enero 25, 2012

VIRGINIA WOOLF - LAS OLAS (Fragmento)





«Aquí arriba, Bernardo, Neville, Jinny y Susana (todos menos Rhoda) rozan los parterres con sus redes para cazar mariposas y espantan a las mariposas posadas sobre las corolas temblorosas de las flores. Ellos rasan la superficie del mundo. Sus redes están llenas de alas palpitantes. «¡Luis, Luis, Luis!»
gritan, pero no pueden verme. Estoy al otro lado del seto. Sólo hay pequeños resquicios, entre las hojas.
¡Oh, Señor, haced que se marchen de aquí! Señor, haced que desplieguen sus mariposas sobre sus pañuelos en medio de la arena, que cuenten a gusto sus mariposas color tortuga, sus mariposas rojas y las blancas. ¡Pero haced que yo permanezca invisible!. Yo soy verde como un tejo aquí, a la sombra del seto. Mis cabellos son hojas. Mis raíces llegan hasta el centro de la tierra. Mi cuerpo es un tallo. Aprieto el tallo y una gota lenta, espesa, se filtra por el orificio de la boca y se torna más grande. Algo rosado pasa por entre los resquicios de las hojas. El brillo de una mirada ha penetrado la grieta. Esta mirada me ciega. No soy ya sino un muchachito vestido con un traje de franela gris. Ella me ha descubierto. Siento un golpe en la nuca. Ella me ha besado. Todo se desmorona.
Eché a correr por el jardín después del desayuno —dijo Jinny—. Al ver que las hojas se movían en un hueco en el seto, pensé: «Es un pájaro en su nido». Apartándome de los demás, fui a mirar, pero no encontré ningún nido. Las hojas continuaban moviéndose: entonces tuve miedo y eché a correr otra vez pasando junto a Susana, junto a Rhoda y junto a Neville y Bernardo que estaban conversando en la caseta del jardinero. Corrí cada vez más ligero, gritando. ¿Qué fue lo que movió las hojas? ¿Qué es lo que mueve mi corazón, mis piernas? Y me precipité donde estabas tú, Luis. verde como un arbusto, como una rama inmóvil, con los ojos fijos. «¿Estará muerto?» pensé y te besé mientras mi corazón brincaba bajo mi traje rosado como las hojas que se mueven sin cesar, incluso cuando no hay nada, que las agite. Siento ahora el perfume de los geranios, siento el olor a tierra húmeda. Me pongo a danzar como una burbuja, me siento lanzada sobre ti como una red de luz que te envuelve todo entero y queda vibrando sobre ti.
A través de la grieta del seto yo vi a Jinny besarle —dijo Susana—. Al alzar mi cabeza inclinada sobre un macetero de flores y mirar a través de la grieta, vi cómo le besaba. Los vi a ambos, a Jinny y a Luis, besándose. Ahora, voy a envolver mi congoja en mi pañuelo, la apretaré en un nudo y, antes de que comiencen las lecciones, iré sola al bosque de hayas. No me sentaré delante de una mesa a sacar sumas.
No me sentaré junto a Jinny y junto a Luis, sino que iré a depositar mi congoja entre las raíces de las hayas. Allí, la examinaré y la cogeré entre mis dedos. Ellos no podrán encontrarme. Comeré nueces y buscaré huevos entre las zarzas y mis cabellos estarán desgreñados y dormiré bajo los setos y beberé agua en las zanjas y allí me moriré.
Susana acaba de pasar junto a nosotros —dijo Bernardo—. Acaba de pasar junto a la cabaña del jardinero con su pañuelo hecho un ovillo. No estaba llorando. Pero sus ojos que son tan hermosos, parecían acechar como los ojos de los gatos prontos a dar un salto. Voy a seguirla, Neville. Voy ir despacio detrás de ella para estar pronto, con mi curiosidad, y poder confortarla en el momento en que ella estalle de ira pensando: «Estoy sola».
«Ahora atraviesa el campo con un paso lento, perezoso a fin de despistarnos. Y luego, cuando cree que nadie la observa, echa a correr con los puños apretados. Sus uñas se encierran en su pañuelo hecho un ovillo. Se dirige hacia el bosque de hayas donde no penetra la luz del sol. Al entrar en él, abre los brazos y se hunde en las sombras como una nadadora. Pero, como viene cegada por la luz, tropieza y cae entre las raíces de los árboles, donde la luz va y viene en una palpitación sin fin. Las ramas se inclinan, luego vuelven a erguirse. Todo está lleno de agitación e inquietud, aquí. Todo es lúgubre. La luz es caprichosa. Todo está lleno de angustia aquí. Las raíces trazan un esqueleto en la tierra y en todos los rincones se amontonan las hojas muertas. Susana ha esparcido su angustia. Ha depositado su pañuelo sobre las raíces de las hayas y solloza, hecha un montón, en el sitio donde tropezó y cayó.
Vi a Jinny besarle —dijo Susana—. Al mirar entre las hojas la vi. Se aproximaba danzando, salpicada de diamantes y ligera como una nube. En cambio yo soy pequeña, Bernardo, y rechoncha. Mis ojos miran al suelo de cerca y ven insectos en el césped. El color amarillo que arde en mi pecho se convirtió en una piedra cuando vi a Jinny besando a Luis. Quiero comer pasto y morir en una zanja, en medio del agua parda donde se pudren las hojas muertas.
Te vi pasar delante de la cabaña del jardinero —dijo Bernardo. y te oí gemir. «Soy desdichada».
Neville y yo estábamos construyendo barcos de madera, pero al verte, dejé a un lado mi cuchillo. Tengo los cabellos en desorden porque cuando Mrs. Constable me dijo que me los peinara, vi a una mosca cogida en una telaraña y me pregunté: «¿Debo libertar a la mosca? ¿Dejaré que se la coma la araña?» Así es como me atraso siempre. Mis cabellos están despeinados y estas virutas de madera se han adherido a ellos. Al oír que gemías, te seguí y te vi depositar sobre las raíces tu pañuelo, en el cual habías anudado tu furor y tu odio. Pero todo pasará. Nuestros cuerpos están muy próximos ahora. Tú escuchas mi respiración. Al mismo tiempo, ves a aquel escarabajo que arrastra una hoja sobre su dorso, corriendo de un lado a otro. En idéntica forma mientras lo observas, tu deseo de poseer un objeto único (que en este momento es Luis) debe oscilar, como la luz que penetra y sale por entre las hojas de las hayas. Más tarde, las palabras que se mueven oscuramente, en las profundidades de tu cerebro, romperán este nudo de dureza enrollada en tu pañuelo.
Yo amo y odio —dijo Susana—. Yo no deseo sino una sola cosa. Mis ojos son hoscos. Los ojos de Jinny brillan con millares de luces. Los ojos de Rhoda son como esas flores pálidas a las cuales se acercan las mariposas al atardecer. Los tuyos son como agua que sube hasta la superficie y nunca se derrama. Pero yo estoy ya lanzada sobre mi pista. Mis ojos ven los insectos en el césped y aun cuando mi madre toda, vía teje calcetines y cose delantales para mí, a pesar de que soy todavía una niña, sé amar y aborrecer.
Pero mientras permanecemos sentados así, muy próximos —dijo Bernardo—, nuestras palabras nos funden al uno en el otro. Y entre ambos, formamos una especie de territorio impregnable.
Veo el escarabajo —dijo Susana—. Es negro: lo veo es verde: lo veo. Yo estoy atada con palabras cortas, monosilábicas. Tú, en cambio, te echas a vagar con las tuyas a la aventura: te escapas: subes cada vez más alto, con palabras y más palabras hilvanadas en frases.
Y ahora, vamos a explorar a nuestro alrededor —dijo Bernardo—. Allá abajo, entre los árboles, hay una casa blanca. Nos hundiremos como los nadadores que rozan el fondo con las puntas de sus pies, nos sumergiremos a través de la atmósfera verde de las hojas. A medida que corramos, iremos sumergiéndonos, Susana. Las olas se cierran sobre nosotros, las hojas de las hayas se entrecruzan por encima de nuestras cabezas. Se ven relucir los punteros dorados del reloj de las caballerizas. Allí está el techo de la casa grande. Las botas de caucho del mozo de cuadra resuenan en el patio de Elvedon.
«Ahora, descendemos por entre las copas de los árboles hasta el suelo. El aire no agita ya sobre nosotros sus tristes olas púrpuras. Estamos tocando tierra; hollamos el suelo. Aquél es el cerco del jardín de las señoras, donde ellas salen a pasearse al mediodía y a cortar rosas con sus tijeras. Ahora estamos en el bosquecillo rodeado de una muralla. Esto es Elvedon. Yo he visto letreros en los cruces de caminos con un brazo que señalaba: «A Elvedon». Nadie había llegado jamás hasta aquí. Los helechos despiden un olor fuerte y debajo de ellos crecen hongos rojos. Hemos despertado a las cornejas soñolientas que jamás han visto una figura humana y hollamos glándulas podridas que el tiempo ha tornado resbalosas y rojas. Un círculo de murallas rodea este bosque: nadie viene jamás aquí. ¡Escucha!. Ese ruido sordo es el de un sapo gigantesco que brinca entre los matorrales; aquel crujido es el de una piña prehistórica que cae entre los helechos y va a pudrirse allí.
«Afirma tu pie sobre este ladrillo. Mira por encima de la muralla. Aquello es Elvedon. Una señora está sentada entre los largos ventanales escribiendo. Los jardineros barren el jardín con enormes escobas.
Nosotros somos los primeros que hemos llegado a este lugar. Somos los exploradores de una tierra desconocida. No te muevas: si los jardineros nos vieran, dispararían contra nosotros. Nos clavarían como a armiños sobre la puerta de la caballeriza. ¡Cuidado! ¡No te muevas!. Aférrate fuertemente a los helechos que están encima de la muralla.
Veo a la señora que está escribiendo —dijo Susana—. Veo a los jardineros que están barriendo.
Si muriésemos aquí, no habría nadie que nos diera sepultura.
¡Huyamos! —dijo Bernardo—. ¡Huyamos! ¡El jardinero de la barba negra nos ha visto! ¡Van a disparar contra nosotros! ¡Van a matarnos como a cornejas y a clavarnos sobre la pared! Estamos en una comarca hostil. Escapémonos al bosque de hayas. Escondámonos bajo los árboles. Yo quebré, al pasar, una rama que marca un sendero. Agáchate tanto como puedas. Sígueme sin volver la cabeza hacia atrás.
Van a tomarnos por zorros. ¡Huyamos! —ahora, ya estamos a salvo. Ahora podemos enderezarnos nuevamente y estirar los brazos bajo este amplio dosel, en este vasto bosque. No oigo otra cosa que un murmullo de olas en el aire. Es una paloma torcaz que sale de su escondite entre las hayas y bate el aire, bate el aire con sus alas fatigadas.
Nuevamente te me has escapado con tus frases —dijo Susana—. Y subes como un volantín, cada vez más alto, más alto, a través de las capas de hojas, fuera de mi alcance. Ahora te detienes y tiras mis vestidos, mirando hacia atrás, siempre ocupado en hacer frases. Te me has escapado. He aquí el jardín, he aquí el seto. He aquí a Rhoda en el sendero: ella mece un estanque lleno de pétalos de flores.
Todos mis barcos son blancos —dijo Rhoda—. No quiero pétalos rojos de geranios. Quiero pétalos blancos que floten al inclinar yo el estanque. Tenso ahora una flota que bogara de playa en playa.
Dejaré caer una rama cual si fuera una balsa para un marinero que se ahoga. Dejaré caer también una piedra a fin de ver subir las burbujas desde las profundidades del mar. Neville y Susana se han marchado: Jinny está en la huerta cogiendo grosellas en compañía de Luis, quizás. Tengo un breve espacio de tiempo para estar sola mientras Miss Hudson distribuye nuestros cuadernos sobre las mesas de la sala de clases. Tengo una breve tregua de libertad. He recogido todos los pétalos caídos y los he hecho nadar.
En algunos he depositado gotas de lluvia. Plantaré aquí un clarín a guisa de faro. Y ahora meceré el estanque pardo a fin de que mis barcos puedan surcar las olas. Algunos se irán a pique. Otros se estrellarán contra los riscos. Uno de ellos navega solo: es el mío. Navega en el interior de cavernas heladas donde gruñe el oso polar y las estalactitas cuelgan en cadenas verdes. Las olas se embravecen, sus crestas se enroscan. Mirad la luz en los mástiles. Todos los barcos se han dispersado, se han hundido: todos, excepto el mío que surca las olas, en medio de la tempestad, y llega a las islas donde los papagayos chillan y donde los reptiles.
¿Dónde está Bernardo? —dijo Neville—. Él tiene mi cuchillo. Estábamos en la caseta del jardinero haciendo barcos cuando Susana pasó junto a la puerta. Al verla, Bernardo plantó su barco y se fue tras ella llevándose mi cuchillo, ése afilado que sirve para cortar la quilla. Bernardo es como un hilo eléctrico que cuelga, como el cordón de alambre quebrado de un timbre, que está siempre resonando. Es como el alga marina que cuelga en la ventana, ora húmeda, ora seca. Me deja en un atolladero por seguir a Susana, y si Susana se pone a llorar, cogerá mi cuchillo y le contará historias. La lámina grande es un emperador, la lámina quebrada es un negro. Yo detesto las cosas que cuelgan: detesto las cosas húmedas. Detesto las vagancias y las mezclas de cosas. Pero la campana ha sonado y vamos a llegar atrasados. Abandonemos nuestros juguetes y entremos todos juntos. Los cuadernos están ordenados sobre el tapiz verde de la mesa.
No conjugaré el verbo hasta que no lo haya hecho Bernardo —dijo Luis—. Mi padre es un banquero en Brisbane y yo hablo con un acento australiano. Voy a esperar que lo haga Bernardo y enseguida le imitaré. El es inglés. Todos son ingleses. El padre de Susana es un campesino. Rhoda no tiene padre. Bernardo y Neville pertenecen a familias distinguidas. Jinny vive con su abuela en Londres.
En este momento, ellos muerden sus lapiceros. Ahora abren sus cuadernos y, mirando de soslayo a Miss Hudson, cuentan los botones púrpuras de su blusa. Bernardo tiene una viruta en el pelo. Susana tiene los ojos enrojecidos. Ambos están agitados y tienen las mejillas encendidas. En cuanto a mí, soy pálido; yo estoy limpio y mi pantalón corto está sostenido por un cinturón cuya hebilla de cobre representa una serpiente. Yo se mi lección de memoria. Sé mucho más de lo que ellos sabrán jamás. Sé todos los casos y los géneros: si lo deseara, podría saber todas las cosas del mundo. Pero no quiero emerger a la superficie y recitar mi lección. Mis raíces se entrelazan alrededor del globo, como las de las plantas en un macetero. No quiero emerger a la superficie y vivir a la luz de este gran reloj de rostro amarillo cuyo tic-tac no tiene fin, Jinny y Susana, Bernardo y Neville se entrelazan en una correa para fustigarme. Se mofan de mi limpieza y de mi acento australiano. Pero ahora voy a tratar de imitar a Bernardo que cecea dulcemente el latín.
Estas palabras son blancas —dijo Susana. como los guijarros que recojo en la playa.
Ellas agitan la cola a derecha e izquierda a medida que yo las pronuncio —dijo Bernardo—.
Ellas baten el aire con sus colas; vuelan por el espacio en bandada. primero por aquí, en seguida por allá: se mueven simultáneamente, ya separándose, ya reuniéndose nuevamente.
Estas palabras son amarillas, son palabras ardientes —dijo Jinny. Yo quisiera tener un traje ardiente, un traje amarillo, un traje color leonado para ponérmelo por la noche.
Cada tiempo tiene un sentido diferente —dijo Neville—. Existe un orden en este mundo; existen distinciones, existen diferencias en este mundo, en cuyo umbral me encuentro. Porque esto no es sino un comienzo.
Ahora —dijo Rhoda—, Miss Hudson ha cerrado el libro. Ahora comienza la pesadilla. Cogiendo un trozo de tiza ella se pone a trazar cifras: seis, siete, ocho y después, una cruz y una línea sobre el pizarrón. ¿Cuál es la solución? Los demás miran, miran y comprenden. Luis escribe; Susana escribe: Neville escribe; Jinny escribe: incluso Bernardo se pone a escribir. Pero yo no puedo; yo no veo sino cifras desprovistas de sentido. Los demás van entregando a Miss Hudson su solución, uno tras otro.
Ahora me toca mi turno. Pero yo no tengo solución. A los demás les está permitido irse, y se marchan cerrando la puerta tras sí. Miss Hudson también se va. Me dejan sola para que busque una solución. Las cifras ya no poseen significado. El significado se ha ido. El reloj hace tic tac. Las dos agujas son dos caravanas que atraviesan un desierto. Las barras negras sobre el cuadrante son oasis verdes. La aguja más larga ha marchado adelante para encontrar agua. La otra tropieza penosamente entre las piedras calcinantes del desierto. Ella perecerá en el desierto. La puerta de la cocina golpea. Un perro errante ladra a lo lejos. ¡Mirad: el ojal de esta cifra comienza a llenarse de tiempo! Él contiene el mundo. Me pongo a trazar una cifra que enlaza el mundo, pero yo quedo fuera de él. Acercando los dos extremos del ojal, los uno y completo la cifra. El mundo está completo y yo he quedado fuera de él. ¡Oh, salvadme! ¡No me dejéis caer para siempre fuera del ojal del Tiempo!.
Allí está Rhoda con los ojos clavados en el pizarrón —dijo Luis—, mientras nosotros holgazaneamos, cogiendo aquí una rama de tomillo, apretando allá una hoja de toronjil, y en tanto que Bernardo narra una historia. Los omoplatos de Rhoda se juntan en su espalda igual que las alas de una mariposa. Y mientras ella contempla las cifras trazadas con tiza, su espíritu se aposenta en aquellos círculos blancos; cae a través de esos ojales blancos en el vacío, totalmente solo. Esas cifras carecen de significado para Rhoda. Ella no encontrará la solución. Rhoda no es como los demás: ella está desprovista de cuerpo. Y yo, que hablo con un acento australiano, yo que soy hijo de un banquero en Brisbane, no tengo miedo de ella como de los demás.
Deslicémonos ahora bajo el dosel de las hojas del grosellero —dijo Bernardo—, y contemos historias. Instalémonos en el mundo subterráneo. Tomemos posesión de nuestro territorio secreto, que está iluminado por grosellas suspendidas como candelabros, relucientes y rojas por un lado, negras por el otro. Si nos apretujamos un poco, Jinny, podremos caber bajo el dosel de las hojas de grosella y observar cómo se columpian los incensarios. Este es nuestro universo. Los demás atraviesan la ruta para vehículos. Las polleras de Miss Hadson y de Miss Curry se deslizan como apagavelas sobre el suelo.
Aquellos son los calcetines blancos de Susana. Aquellas son las sandalias siempre tan limpias de Luis; ellas van dejando su firme huella sobre la arena. Hasta aquí llegan ráfagas tibias de hojas en descomposición, de vegetación podrida. Estamos aquí en un pantano, en una jungla infestada de malaria. Allí, cubierto de un tapiz de gusanos blancos, hay un elefante que fue muerto por una flecha disparada entre sus ojos.
Ojos brillantes de aves de rapiña —águilas, buitres. surgen por todas partes. Nos confunden con hojas caídas. Picotean un gusano —que es una cobra con caperuza. y lo abandonan allí mismo con una úlcera parda y purulenta a fin de que sea destruido por los leones. Este es nuestro universo, iluminado con medias lunas y estrellas de luz: y grandes pétalos semitransparentes bloquean las aberturas, como vitrales purpúreos. Todo es extraño aquí. Las cosas son inmensas o muy pequeñas. Los tallos de las flores son gruesos como robles. Las hojas son altas como cúpulas de enormes catedrales. En cuanto a nosotros, somos gigantes que pueden hacer estremecerse las selvas.
Lo que estás diciendo es verdad aquí, donde estamos —dijo Jinny. y en este momento. Pero pronto nos marcharemos. Pronto Miss Curry tocará su silbato y tendremos que separarnos. Tú iras al colegio. Tendrás profesores que ostentarán cruces en el pecho y corbatas blancas. Yo iré a un internado de East Coast, donde tendré una maestra que se sentará debajo de un retrato de la reina Alejandra.
Porque allí es a donde iremos Susana, Rhoda y yo. Lo que tú dices no es verdad, por consiguiente, sino aquí y en este momento. En este momento, estamos tendidos debajo del grosellero y cada vez que se agita la brisa, ella proyecta sobre nosotros sombras multicolores. Mi mano es como la piel de una serpiente. Mis rodillas son rosadas islas flotantes. Tu rostro es como un manzano cubierto de una fina redecilla.
El calor comienza a atenuarse en la jungla —dijo Bernardo—. Las hojas columpian sus alas negras sobre nosotros. El silbato de Miss Curry ha resonado en la terraza. Debemos deslizarnos fuera del pabellón formado por las hojas de grosella y enderezarnos. Tienes ramitas prendidas a tus cabellos, Jinny, y un gusano verde en el cuello. Debemos ir a formar fila de a dos en dos. Miss Curry va a llevarnos a dar un breve paseo mientras Miss Hudson arregla sus cuentas en el escritorio.
¡Qué monótono es caminar por este sendero a cuyos lados no hay escaparates que mirar —dijo Jinny—, y donde no hay ojos ofuscados de vidrio azul incrustados en el pavimento! —debemos formarnos de a dos —dijo Susana. y caminar en orden, sin arrastrar los pies, sin quedarnos atrás dejando que Luis se nos adelante para guiarnos porque Luis es alerta y no un soñador.
Puesto que soy demasiado delicado para ir con ellos —dijo Neville—, puesto que me fatigo demasiado pronto y caigo enfermo de cualquier cosa, voy a aprovechar de esta hora de soledad, de esta tregua de silencio para recorrer los alrededores de la casa y reponerme, si es que puedo, de la impresión que experimenté al oír, a través de la puerta giratoria, aquello del hombre muerto anoche, cuando la cocinera estaba removiendo los apagadores de la cocina. Lo habían encontrado degollado. Las hojas de los manzanos se inmovilizaron contra el cielo; la luna se quedó mirando con un ojo fijo y yo no pude mover mi pie del peldaño. Lo encontraron en la alcantarilla, por la que corría su sangre. Tenía la mejilla blanca como un pedazo de bacalao. «La muerte bajo el manzano» es el nombre con que yo designare para siempre, en lo sucesivo, esta contracción, esta rigidez. Allí estaban las nubes grises y flotantes y el árbol clavado, el árbol implacable con su corteza de plata cincelada. El borbollón de mi vida era infructuoso. Yo no podía pasar al otro lado. Había un obstáculo: «No puedo vencer este obstáculo incomprensible», me dije. Los demás, sin embargo, pasaron. Pero todos estamos condenados, todos nosotros, por la maldición de los manzanos por el árbol enclavado que no podremos pasar».
«Pero ya la rigidez, la contracción se han desvanecido y yo proseguiré mi ronda por los alrededores de la casa, en este crepúsculo, a esta hora en que el sol traza manchas oleaginosas sobre el linóleo y un rayo de luz se incrusta en la pared, haciendo aparecer las patas de las sillas como si estuvieran quebradas.
Vi a Florrie en la huerta —dijo Susana—, al regresar de nuestro paseo, mientras la ropa recién lavada —los pijamas, calzones y camisas de noche. se agitaba en los cordeles a su alrededor. Y Ernesto la besó. El acababa de limpiar la platería y tenía puesto todavía su delantal de hule verde. Su boca estaba hinchada y arrugada como una bolsa y cogió a Florrie entre sus brazos, en medio de los pijamas que flotaban al viento. Parecía un toro ciego. Ella desfallecía, llena de angustia, y pequeñas venas rojas se diseñaban sobre sus pálidas mejillas. Ambos circulan ahora a nuestro alrededor pasándonos platos cargados de pan con mantequilla y tazas de leche, pero yo veo una hendidura en el suelo, de la que sube un vapor caliente, y la tetera del té ruge como rugía Ernesto, y yo floto al viento, igual que los pijamas, aun en este momento en que mis dientes se encuentran en mi blando pan untado de mantequilla y lamo la leche dulce. Yo no tengo miedo del calor ni del invierno glacial. Rhoda sueña sorbiendo una corteza empapada en leche; Luis fija sobre la pared de enfrente sus ojos verdes como un gusano; Bernardo hace pelotillas con el pan y las denomina «personas». Neville» con sus modales correctos y precisos, ya ha concluido su merienda. Ha doblado la servilleta y la ha metido dentro de su argolla de plata. Jinny hace piruetear sus dedos sobre el mantel como si estuvieran bailando al sol. Pero yo no tengo miedo del calor ni del invierno glacial.
Ahora —dijo Luis—, todos nos ponemos de pie. Miss Curry extiende el libro negro sobre el armonio se hace difícil no llorar cuando entonamos himnos rogando a Dios que vele nuestro sueño y hablamos de nosotros como de niñitos. Cuando estamos tristes y temblamos de aprensión, es dulce cantar todos juntos, apoyándonos ligeramente los unos en los otros: yo en Susana, Susana en Bernardo, con las manos enlazadas, temerosos de muchas cosas: yo, de mi acento, Rhoda de las cifras y, sin embargo, todos resueltos a conquistar y a vencer.
Ahora trotamos escaleras arriba como una manada de poneys —dijo Bernardo —pateando, reclamando con gran algazara nuestro turno en el cuarto de baño; discutimos, armamos grescas y brincamos sobre nuestros lechos duros y blancos. Pero ha llegado mi turno y paso al baño. Mrs. Constable, con una toalla atada alrededor de su cintura, coge su esponja color limón y la humedece en el agua: al empaparse del liquido, la esponja adquiere un color chocolate. Mrs. Constable la alza muy en alto y la oprime por encima de mi cuerpo que se estremece. El agua se desliza por el arroyuelo de mi espina dorsal. Brillantes flechas de sensación rebotan a ambos lados de mi cuerpo. Estoy cubierto de carne tibia. El agua se desliza por todas las hendiduras de mi cuerpo, haciéndolo resplandecer. El agua desciende y me envuelve como una anguila. Ahora me rodean toallas calientes, me envuelven en su aspereza y, al sentar su frotamiento en mi espalda, mi sangre ronronea como un gato satisfecho.
Sensaciones poderosas y pesadas se forman en el tejado de mi pensamiento: por él desciende, como una llovizna, el día: los bosques y Elvedon: Susana y las palomas. Deslizándose por las murallas de mi pensamiento, corriendo paralelamente, cae el día copioso, resplandeciente. Ahora cierro alrededor de mi cintura el cordón de mi pijama y me tiendo debajo de esta delgada sábana que flota en la claridad difusa como una capa de agua que una ola hubiera extendido sobre mis ojos. Lejos, muy lejos, percibo a través de ella, débil y remoto, el coro que comienza: ruedas, perros; hombres que gritan; campanas de iglesias. ¡El coro nocturno ha comenzado! —en la misma forma que me quito y cuelgo mi vestido y mi camisa —dijo Rhoda—, así cuelgo mi inútil deseo de ser Susana, de ser Jinny. Pero voy a estirar mis pies hasta que ellos toquen el fierro al extremo del lecho. Tocando el fierro confirmo la presencia reconfortante de algo duro. Ahora ya no puedo hundirme, no puedo sumirme a través de la delgada sábana. Ahora extiendo mi cuerpo sobre este frágil colchón y quedo suspendida por encima de la tierra. Ya no estoy de pie, expuesta a recibir golpes, expuesta a que me hagan daño. Todo es suave, todo es blando. Las paredes y, los pizarrones palidecen e inclinan sus cuadriláteros amarillos, por encima de los cuales resplandece un pálido cristal. Mi espíritu puede ahora desprenderse de mi cuerpo. Puedo pensar en mis armadas que surcan las altas olas. Estoy al abrigo de los contactos ásperos y de las colisiones. Navego sola al pie de arrecifes blancos. ¡Oh, pero me hundo, me caigo!. Aquélla es la esquina del pizarrón: aquél es el espejo de la nursery. Pero ellos se alargan. se alejan. Me hundo ahora en las plumas negras del sueño: sus espesas alas oprimen mis párpados. Viajando a través de la oscuridad veo parterres de flores y a Mrs. Constable que aparece corriendo a la vuelta de la esquina para decirme que mi tía ha venido a buscarme en un coche. Yo subo a él y me escapo; con ayuda de unas botas de tacones muy altos, trepo a la copa de los árboles. Pero ahora he caído en el coche a la puerta del vestíbulo, donde mi tía está sentada inclinando sus plumas amarillas con unos ojos duros como bolitas heladas. ¡Oh, si yo pudiera despertar de mis sueños! Mirad: ahí está la cómoda. ¡Dejadme salir de estas aguas!. Pero las olas se precipitan sobre mí, me arrastran sobre sus inmensos hombros, me hacen dar tumbos, me arrollan; estoy extendida entre estas largas luces, entre estas largas olas, entre estos interminables senderos donde la gente me persigue, me persigue.
El sol ascendió en el cielo. Olas azules y verdes abrían rápidos abanicos sobre la playa, rodeando con sus ondas las espinas del cardo marino, poniendo aquí y allá ligeras lagunas de luz sobre la arena y dejando tras sí un ligero borde negro. Las rocas que habían estando envueltas en neblina, perfilaron sus contornos y mostraron sus grietas rojas.
Agudas franjas de sombra cubrían el césped, y el rocío que danzaba sobre las hojas y las corolas de las flores convirtió al jardín en un mosaico de chispas solitarias que no se encendían todavía en un todo de luz. Los pájaros de gargantas manchadas de amarillo y rosa, lanzaban ahora una nota o dos, salvajemente, como alegres patinadores que se deslizaran cogidos del brazo. Después, se quedaban súbitamente silenciosos, para volver a estallar un instante más tarde.
El sol vertía sobre la casa rayos de luz más anchos. La luz tocó algo verde en el rincón de la ventana convirtiéndolo en un bloque de esmeralda, en una caverna de un verde purísimo, semejante a una fruta sin cuesco, agudizó los bordes de las sillas y de las mesas y orlo los manteles blancos con hebras de oro. A medida que el día crecía, aquí y allá se abría un botón de una flor que se quedaba temblando, veteada de verde, cual si el esfuerzo de abrirse la hubiese dejado bamboleándose, y sus frágiles batientes, al golpearse contra sus paredes blancas, desgranaban un dulce carillón. Todo se tornó suavemente amorfo: se hubiese dicho que la porcelana fluía y que el acero de los cuchillos se tornaba liquido. Entretanto el ruido de las olas al romperse repercutía semejante al de leños que cayeran sobre la playa.


(de "The Waves", edición de 1940 -Traducción de Lenka Franulic)




VIRGINIA WOOLF (INGLATERRA, 1882-1941)

1 comentario:

  1. Maravillosa Virginia Woolf. Esta extraordinaria narradora convierte la prosa poética en novela sin dejar de ser novela. Nadie como ella transformó tanto la novela para que fuese más novela. Nadie como ella elevó tanto la narración a categoría de metáfora sin dejar de ser novelas. Supo expresar los movimientos externos que percibimos con los sentidos en los vaivenes que sentimos en cuanto a emociones y sentimientos.

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