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junio 16, 2017

LA MÁQUINA DEL TIEMPO - H. G. WELLS

Foto cortesía de The H.G. Wells Society



CAPÍTULO SIETE

De hecho, parecía que estaba en peor situación que antes. Hasta entonces, salvo por mi noche de angustia por haber perdido la Máquina del Tiempo, había mantenido la esperanza de que al final iba a poder escaparme, pero con los nuevos descubrimientos esa esperanza tambaleaba. Hasta ese momento solamente me había sentido obstaculizado por la simplicidad infantil de esas personitas y por el poder de algunas fuerzas desconocidas con las que iba a tener que familiarizarme si quería vencer. Pero en la cualidad repugnante de los Morlocks había un elemento nuevo, algo inhumano y maligno. Instintivamente, los aborrecí. Antes me sentía como un hombre que se había caído al fondo de un pozo: mi preocupación era cómo salir. Ahora me sentía como un animal en una trampa, cuyo enemigo no iba a tardar en caerle encima.

A lo mejor a ustedes les sorprenda saber cuál era el enemigo que me asustaba: la oscuridad de la luna nueva. Weena me lo había metido en la cabeza haciéndome comentarios, al principio incomprensibles, sobre las Noches Oscuras. Y no era tan difícil adivinar lo que significaban esas noches oscuras que se acercaban. Había luna menguante: cada noche el lapso de oscuridad era más largo. Entendía, por lo menos hasta cierto punto, la razón del miedo a la oscuridad que experimentaban las personitas del Mundo Superior. Me preguntaba sin demasiada preocupación qué vilezas criminales perpetrarían los Morlocks bajo esa luna nueva. Y caí en la cuenta de que, casi con total seguridad, mi segunda hipótesis estaba equivocada. La gente del Mundo Superior alguna vez pudo haber sido la aristocracia privilegiada y los Morlocks, sus sirvientes mecánicos: pero eso había pasado hacía mucho tiempo. Las dos especies resultantes de la evolución humana se acercaban, o ya habían llegado, a establecer un tipo de relación completamente nuevo. Como los reyes Carolingios, los Elois se habían rebajado a un estado de inutilidad hermosa. Mal que mal, todavía eran los dueños de la tierra: puesto que los Morlocks, después de haber sido subterráneos por innumerables generaciones, no toleraban la luz de la superficie. Ellos confeccionaban sus prendas, infiero, y se ocupaban de sus necesidades, quizás gracias a cierto hábito antiguo y heredado de servidumbre. Lo hacían como un caballo que golpea la tierra con sus cascos, o como un hombre que se entretiene matando animales por deporte: porque esas necesidades antiguas e inmemoriales se habían grabado así en su organismo. Pero estaba claro que el viejo orden en parte ya se había revertido. El destino de los más débiles se ensombrecía rápidamente. Muchos siglos antes, miles de generaciones antes, el hombre había expulsado a su hermano de la luz y el calor del sol... ¡Y ahora ese hermano volvía cambiado! Los Elois ya habían empezado a reaprender una lección vieja. Volvían a familiarizarse con el Miedo.

Y de pronto me vino a la mente la carne que había visto en el Mundo Inferior. Era extraño cómo me llegaba flotando ese recuerdo, no revuelto por la corriente de mis reflexiones sino como un interrogante de afuera. Intenté acordarme de la forma. Tenía la sensación de que se trataba de algo familiar, aunque en ese momento no podía decir qué era.

Pero, aunque las personitas temblaran y se sintieran indefensas frente a ese miedo misterioso, yo estaba hecho de un material distinto. Yo venía de esta época nuestra, de esta plenitud de la raza humana, en la que el miedo no paraliza y el misterio perdió sus terrores. Yo por lo menos me iba a defender. Sin perder el tiempo, decidí fabricarme armas y un refugio donde dormir. Con ese albergue como base, iba a poder hacerle frente a este mundo extraño, recuperando un poco la confianza que había perdido cuando me di cuenta a qué clase de criaturas me había expuesto noche tras noche. Pensaba que nunca iba a volver a conciliar el sueño mientras mi cama no estuviese a salvo de ellos. Me estremecía de horror al pensar cómo habrían estado observándome.

Anduve dando vueltas toda la tarde por el valle del Támesis, pero no encontré nada que se me figurase inaccesible. Todos los edificios y los árboles eran viables para trepadores tan diestros como debían ser los Morlocks, a juzgar por sus pozos.

Después me volvieron a la memoria los altos pináculos del Palacio de Porcelana Verde y el lustre brillante de sus muros y esa noche cargué a Weena sobre el hombro, como si fuese una nena, y subí por la ladera hacia el sudeste. Según mis cálculos, debían ser diez o doce kilómetros; pero resultaron casi treinta. La primera vez que había visto el lugar era una tarde húmeda, lo que acorta engañosamente las distancias. Para colmo, se me había soltado el taco de un zapato y un clavo le atravesaba la suela —eran zapatos viejos y cómodos para andar por la casa— así que estaba rengo. Ya hacía tiempo que había caído el sol cuando vi recortarse a lo lejos la silueta negra del palacio contra el amarillo pálido del cielo.

Al principio, Wenna había estado encantada de que la llevase a cuestas, pero después de un rato ya quería que la volviera a poner en el suelo para poder ir corriendo al lado mío y salir disparada de vez en cuando a arrancar alguna flor y metérmela en los bolsillos. Mis bolsillos siempre la habían intrigado, pero al final debió haber llegado a la conclusión de que eran una especie de vasos extraños para decorar con flores. Por lo menos, ella los usaba para eso. ¡Y ahora que me acuerdo! Al cambiarme el saco, encontré...

El Viajero del Tiempo hizo una pausa, metió la mano en el bolsillo, sacó en silencio dos flores marchitas parecidas a grandes malvas blancas, y las puso encima de la mesita. Después retomó su relato.

Cuando el silencio de la noche se arrastraba sobre el mundo y nosotros remontábamos la pendiente hacia Wimbledon, Weena se cansó y quiso volver a la casa de piedra gris. Pero le señalé con el dedo los pináculos lejanos del Palacio de Porcelana Verde y logré hacerle entender que íbamos allá, a buscar refugio contra el Miedo.

¿Vieron esa pausa que se cierne sobre las cosas antes de que oscurezca? Hasta la brisa se detiene en los árboles. Para mí en esa quietud del crepúsculo siempre hay un aire de expectación. El cielo estaba limpio, distante y vacío excepto por unas cuantas bandas horizontales que se divisaban a lo lejos, en el poniente. Bien, esa noche la expectación se tiñó del color de mis temores. En aquella calma a oscuras mis sentidos parecían haberse agudizado prodigiosamente. Me imaginaba que podía sentir inclusive lo hueco del terreno debajo de mis pies: y que era capaz de distinguir a través de él a los Morlocks,  yendo y viniendo en sus hormigueros  a la espera de la oscuridad. En la excitación se me figuraba que podían haber interpretado mi intromisión en su madriguera como una declaración de guerra. ¿Pero por qué me habrían robado la Máquina del Tiempo?

Seguimos avanzando así, en el silencio, y la luz del crepúsculo fue adentrándose en la noche. El azul claro de la distancia se disipó, y una por una salieron las estrellas. El terreno era cada vez más oscuro y los árboles se volvieron negros. Los miedos y la fatiga de Weena aumentaban. La tomé en mis brazos, le hablé y la acaricié. Después, a medida que la oscuridad fue haciéndose más intensa, ella me rodeó el cuello con sus brazos y, cerrando los ojos, pegó la cara contra mi hombro. Así descendimos por una larga pendiente hasta un valle y, en medio de tanta oscuridad, casi me meto en un riacho. Lo vadeé y subí por el lado opuesto del valle, pasé frente a un grupo de casas dormidas y una estatua —una especie de fauno, o una figura por el estilo— sin cabeza. También había acacias. Hasta ese momento no había visto a ningún Morlock, pero recién eran las primeras horas de la noche y las de más oscuridad, que son las que preceden a la salida de la luna menguante, todavía estaban por llegar.

Desde la cima de la colina siguiente vi un bosque espeso que se extendía, ancho y negro, delante de mí. Entonces, dudé. No podía ver dónde terminaba, ni a la derecha ni a la izquierda. Como estaba cansado —sobre todo, me dolían mucho los pies—, bajé con cuidado a Weena de mi hombro, mientras paraba y me sentaba en el pasto. Ya no podía ver el Palacio de Porcelana Verde y no sabía bien qué dirección tomar.

Miré hacia la espesura del bosque y me puse a pensar qué podría esconder. Bajo esa maraña de ramas uno estaba lejos de la mirada de las estrellas. Aunque no hubiese ningún otro peligro al acecho —peligro hacia el cual no dejé que volara mi imaginación—, ahí estaban todas las raíces y los troncos con los que se podía tropezar.

Además estaba muy cansado después de las emociones del día, así que decidí no enfrentarme y, en lugar de eso, pasar la noche a la intemperie sobre la colina.
Me alegró ver que Weena ya se había dormido. Con cuidado, la tapé con mi saco y me senté al lado de ella a esperar que saliera la luna.

La ladera estaba desierta y silenciosa, pero de lo más negro del bosque surgía de vez en cuando un revuelo de seres vivos. Sobre mi cabeza brillaban las estrellas, porque la noche era muy clara. En su parpadeo encontraba cierto consuelo amistoso. Sin embargo, todas las constelaciones antiguas habían desaparecido del cielo: ese movimiento, que es imperceptible en cien vidas humanas, las había reacomodado en grupos que a mí me resultaban poco familiares. Pero la Vía Láctea me parecía que seguía siendo la misma serpentina deshilachada de polvo de estrellas de siempre. Al sur (según creí), había una estrella roja fulgurante que para mí era nueva y todavía más espléndida que nuestra verde Sirio. Y entre todos esos puntos centellantes de luz brillaba un planeta, amable y persistente como la cara de un viejo amigo.

Al contemplar estas estrellas de pronto se minimizaron mis problemas y las preocupaciones de la vida terrestre. Pensé en esa distancia inconmensurable y en el lento e indefectible devenir de sus movimientos, de un pasado desconocido a un futuro desconocido. Pensé en el gran ciclo procesional que describe el polo de la Tierra. Esa revolución silenciosa se había producido solo cuarenta veces durante los años que viví. Y durante esas pocas revoluciones, habían desaparecido todas las actividades del hombre tal como yo lo conocía, todas las tradiciones, las organizaciones más complejas, los países, los idiomas, las literaturas, las aspiraciones y hasta la propia memoria del ser humano. En lugar de eso quedaban estas criaturas frágiles, que se habían olvidado por completo de sus ancestros. Y las otras Cosas blancas, de las que estaba huyendo despavorido. Entonces pensé en el Gran Miedo que separaba a las dos especies y por primera vez, con un escalofrío, comprendí claramente lo que podía ser aquel pedazo de carne que había visto. ¡Era demasiado horrible! Miré a la pequeña Weena que dormía al lado mío, su carita blanca que parecía una estrella bajo las estrellas, y enseguida descarté ese pensamiento.
Durante esa noche tan larga intenté mantener la cabeza lo más lejos posible de los Morlocks, y para pasar el rato traté de encontrar algún indicio de las viejas constelaciones en la confusión nueva. El cielo seguía muy claro, excepto por una que otra nube difusa. No dudo de que de a ratos debo haber cabeceado. A medida que transcurría mi vigilia, fue surgiendo un resplandor en la parte oriental del cielo, como el reflejo de una fogata sin color, y apareció la luna vieja, pálida y menguante. Enseguida, como siguiéndola de cerca, sobrepasándola y desbordante, llegó el amanecer, al principio desteñido pero después rosado y cálido.
No se nos había acercado ningún Morlock, de hecho no había visto a ninguno esa noche en la colina. Y con la confianza del día nuevo casi me pareció que mis miedos habían sido irracionales. Me levanté y vi que el pie del taco roto se me había hinchado a la altura del tobillo y me dolía en el talón, así que volví a sentarme, me saqué los zapatos y los tiré bien lejos.

Desperté a Weena y bajamos al bosque, que ahora era verde y acogedor en vez de negro y prohibido. Encontramos algunas frutas para desayunar. Y no tardamos en toparnos con otros seres delicados que reían y correteaban al sol, como si en la naturaleza no existieran las noches. Y me volví a acordar de aquella carne que había visto. Ahora estaba seguro de lo que era y desde el fondo de mi corazón sentí lástima por ese último riachuelo débil que quedaba de la gran corriente de la humanidad. Estaba claro que, en algún punto distante de la decadencia humana, los Morlocks habían estado escasos de alimento. Es posible que hubieran tenido que vivir de ratas y de gusanos o algo por el estilo. Incluso hoy en día el hombre es mucho menos selectivo y exquisito para elegir su alimento de lo que fue antaño, mucho menos que cualquier mono. El prejuicio contra la antropofagia no es un instinto arraigado. De modo que, ¡esos hijos inhumanos de los hombres..! Traté de ver las cosas con espíritu científico. Después de todo, eran menos humanos y más lejanos que nuestros ancestros caníbales de hace tres o cuatro mil años. Y la inteligencia que pudo haber hecho un tormento de este estado de cosas ya había desaparecido. ¿Por qué iba a tener que preocuparme yo? Para los Morlocks, que vivían como  hormigas, estos Elois eran nada más que ganado para engorde, que ellos cazaban y conservaban probablemente con vistas a la cría. Y ahí estaba Weena, ¡bailando al lado mío!
Traté de protegerme del espanto que se cernía sobre mí, tomándolo como un castigo severo por el egoísmo humano. El hombre se había acostumbrado a vivir en la comodidad y el deleite gracias al trabajo de sus congéneres, había hecho de la Necesidad una excusa y una palabra mágica, y con el correr del tiempo la Necesidad había caído sobre el hombre. Hasta intenté burlarme al estilo de Carlyle de esta aristocracia miserable y venida a menos, pero me resultaba imposible mantener esa postura mental. A pesar de la enorme degradación intelectual, los Elois habían conservado demasiado la forma humana como para no despertar mi empatía y hacerme copartícipe forzoso de su degradación y su Miedo.
Para entonces tenía ideas muy vagas sobre el camino a seguir. Lo primero era asegurarme un lugar donde estar a salvo, un refugio, y fabricarme las armas de metal o de piedra que pudiera concebir. Esa necesidad era inminente. Después, esperaba encontrar alguna forma de producir fuego de manera que pudiera tener una antorcha siempre a mano, ya que por lo que sabía nada iba a ser más eficaz contra los Morlocks. Por último, quería idear un artilugio para abrir las puertas de bronce de la base de la Esfinge Blanca. Tenía en mente un ariete. Estaba convencido de que si lograba atravesar esas puertas llevando una antorcha, iba a descubrir dónde estaba la Máquina del Tiempo y podría escapar. No me podía imaginar que los Morlocks fueran lo suficientemente fuertes como para haberla transportado muy lejos. Había decidido llevar a Weena a nuestra época conmigo. Y. con los planes así de trastocados en mente, emprendí el camino hacia el edificio que mi imaginación había elegido como nuestra morada.


(de The Time Machine, 1898. Traducción de Sandra Toro).



H.G. WELLS (Reino Unido, 1866-1946).






noviembre 21, 2016

POEMAS DE DORIS LESSING

Foto: Sophie Bassouls/Sygma/Corbis (Fuente: theguardian.com)






Fábula

Cuando miro hacia atrás me parece recordar el canto.
Aunque siempre estaba en silencio aquel salón largo y tibio.

Impenetrables, creímos, esos muros,
oscurecidos de escudos antiguos. La luz
brillaba sobre la cabeza de una chica o sobre sus piernas 
jóvenes despatarradas. Y las voces bajas
subían en el silencio a perderse como en el agua.

Además, estando todo tibio y quieto como una mano,
si uno de nosotros corría las cortinas
una lluvia bordada soplaba afuera con descuido.
A veces se colaba un viento que hacía bambolear las llamas,
proyectando sombras agazapadas en las paredes,
o afuera aullaba un lobo en la noche vasta 
y al sentir que se nos helaba la carne, nos juntábamos.

Pero la danza seguía por un rato
—así me parece ahora:
formas lentas que se movían serenas a través
de charcos de luz tejiendo una red dorada sobre el piso.
Así debe haber seguido, para siempre, como un sueño.

Pero entre un año y otro —¿cambió el viento? 
¿La lluvia al final pudrió las paredes?
¿Vinieron los hocicos de los lobos a empujar los rayos caídos?

Hace tanto.
Sin embargo a veces me acuerdo del salón cortinado
y escucho las voces lejanas y jóvenes que cantan.




Oh cerezos que son demasiado blancos para mi corazón

Oh cerezos que son demasiado blancos para mi corazón,
y todo el suelo se blanquea con su muerte,
y todas sus ramas van a sumergirse al río,
y cada gota cae de mi corazón.

Si hay justicia en el ángel de los ojos que brillan
va a decir “¡Esperá!” y me va a alcanzar un racimo de cerezas.
El ángel barbudo, justo y firme como una cabra
levanta una cabeza rumiante y masca la nieve con lentitud.

¿Hace falta, cabra, que te quedes acá?
¿hace falta que te quedes acá, quieta?
¿siempre vas a estar parada acá,
a prueba de fe, a prueba de inocencia?





Versiones en castellano de © Sandra Toro.




Fable

When I look back I seem to remember singing.
Yet it was always silent in that long warm room.

Impenetrable, those walls, we thought,
Dark with ancient shields.  The light
Shone on the head of a girl or young limbs
Spread carelessly. And the low voices
Rose in the silence and were lost as in water.

Yet, for all it was quiet and warm as a hand,
If one of us drew the curtains
A threaded rain blew carelessly outside.
Sometimes a wind crept, swaying the flames,
And set shadows crouching on the walls,
Or a wolf howled in the wide night outside,
And feeling our flesh chilled we drew together.

But for a while the dance went on –
That is how it seems to me now:
Slow forms moving calm through
Pools of light like gold net on the floor.
It might have gone on, dream-like, for ever.

But between one year and the next – a new wind blew?
The rain rotted the walls at last?
Wolves’ snouts came thrusting at the fallen beams?

It  is so long ago.
But sometimes I remember the curtained room
And hear the far-off youthful voices singing.




Oh Cherry trees you are too white for my heart

Oh Cherry trees you are too white for my heart,
And all the ground is whitened with your dying,
And all your boughs go dipping towards the river,
And every drop is falling from my heart.’

Now if there is justice in the angel with the bright eyes
He will say ‘Stop!’ and hand me a bough of cherry.
The bearded angel, four-square and straight like a goat
Lifts a ruminant head and slowly chews at the snow.

Goat, must you stand here?
Must you stand here still?
Is it that you will always stand here,
Proof against faith, proof against innocence?




(de Fourteen Poems, 1959).





DORIS LESSING (Irán/Reino Unido, 1919-2013).

octubre 23, 2010

POEMAS DE DYLAN THOMAS






 



POEMA DE OCTUBRE

Era mi año treinta al cielo
desvelado para oír que del puerto y el
           bosque vecino
y de la costa
con charcos de almejas y garzas como clérigos
la mañana hacía señas
con el rezo del agua y el grito de gaviotas y
            cornejas
y el golpeteo de los botes en el muro tramado
            por las redes,
para que yo me levantara
es ese instante
en el pueblo dormido todavía y empezara a
            caminar.

Mi cumpleaños comenzó con los pájaros
          acuáticos
y los pájaros en los árboles alados volando mi
           nombre
por encima de las granjas y los caballos
            blancos
y yo me levanté
en el otoño lluvioso
y me alejé en el chaparrón de todos mis días.
La garza y la pleamar se zambulleron cuando
            tomé el camino
a la frontera
y las puertas del pueblo estaban cerradas
              todavía
cuando el pueblo despertó.

Toda una primavera de alondras en una nube
               enrollada
y las matas al borde del camino rebosantes
               de mirlos silbadores
y el sol de octubre,
como en verano,
en el hombro de la colina,
eran climas afectuosos y dulces cantores
                llegaron de repente
la mañana en que vagaba y escuchaba
a la lluvia que escurría
y el viento que soplaba frío
en el bosque remoto, a mis pies.

Una pálida lluvia sobre el puerto encogido
y la iglesia – un caracol, a la distancia –
                 mojada por el mar
con sus cuernos en la niebla y el castillo
oscuro como búhos.
Pero todos los jardines de verano y primavera
estaban floreciendo en los cuentos increíbles
más allá de la frontera y bajo la nube llena de
             alondras.
Ahí podía yo maravillarme
mi cumpleaños
lejos pero el clima giraba alrededor.

Y se alejó con un giro del país jubiloso
y bajo el otro aire y el cielo azul alterado
hizo fluir de nuevo un prodigio de verano
con manzanas
peras y grosellas coloradas
y al girar yo ví tan claramente
las mañanas olvidadas de un chico caminando
                con su madre
por las parábolas del sol
y las leyendas
de las capillas verdes.

Y los campos de la infancia dos veces
                relatados
de modo que sus lágrimas quemaron mis
                 mejillas
y su corazón se conmovió en el mío.
Estos eran los bosques el río y el mar
donde un chico
en el atento
verano de los muertos susurraba la verdad de
                su alegría
a los árboles y las piedras y el pez en la
                marea.
Y el misterio
cantó animado
y calmo en el agua y los pájaros que cantan.

Y ahí podía yo maravillarme mi cumpleaños
lejos pero el clima giraba alrededor. Y el
                verdadero
gozo del chico muerto hace tanto cantaba
                 quemándose
al sol.
Era mi año treinta
al cielo ahí de pie en el mediodía del verano
aunque el pueblo, allá abajo, se tumbara
             cubierto de hojas
con la sangre de octubre.
Oh, que la verdad de mi corazón
se cante aún a la vuelta de un año
en esta elevada colina.


Y LA MUERTE NO TENDRÁ DOMINIO

Y la muerte no tendrá dominio.
Los muertos desnudos serán uno
con el hombre en el viento y la luna del oeste;
cuando sus huesos queden limpios y los huesos limpios se consuman,
en codo y pie tendrán estrellas;
aunque estén locos serán cuerdos,
aunque se hundan en el mar volverán a levantarse,
aunque se pierdan los amantes, no se perderá el amor,
y la muerte no tendrá dominio.

Y la muerte no tendrá dominio.
Los que yacen hace tiempo en los recodos bajo el mar
no morirán allí enredados;
retorcidos en el potro cuando sus fibras cedan,
atados a una rueda de tortura, aún así no serán despedazados;
la fe, en sus manos, se partirá en dos
y los males unicornes les pasarán de largo;
Cuando todos los cabos estén rotos, ellos no crujirán;
y la muerte no tendrá dominio.

Y la muerte no tendrá dominio.
No pueden gritar más en sus oídos las gaviotas
o romper ruidosamente las olas en la plalya;
donde surgió una flor, otra no podrá
levantar su cabeza a los golpes de la lluvia;
aunque estos personajes estén locos y muertos como clavos,
irrumpirán al sol hasta que el sol se hunda,
y la muerte no tendrá dominio.


UN PROCESO EN EL CLIMA DEL CORAZÓN

Un proceso en el clima del corazón
vuelve lo húmedo seco; la bala de oro
estalla en la tumba helada.
Un proceso en el barrio de las venas
vuelve la noche día; y al vivo gusano da luz
la sangre en sus soles.

Un proceso en el ojo avisa a tiempo a los
         huesos
de la ceguera; y el útero atrae una muerte
         hacia adentro
mientras escapa hacia afuera la vida.

Una sombra en el clima del ojo
es la mitad de su luz, el mar sondeado
rompe en tierra no atrapada por anzuelos.
La semilla que del lomo hace un bosque
corta la mitad de su fruto; y una mitad cae
         lentamente
en un sueño dormido.

Un clima en la carne y el hueso
es húmedo y seco; delante del ojo
los vivos y los muertos van como fantasmas.

Un proceso en el clima del mundo
vuelve espectro al espectro; y cada niño en su
          madre
está en una doble sombra.
Un proceso impulsa a la luna dentro del sol,
baja las cortinas raídas de la piel;
y el corazón cede sus muertos.


LA FUERZA QUE POR LA VERDE MECHA IMPULSA A LA FLOR

La fuerza que por la verde mecha impulsa a la flor
impulsa mis verdes años; la que estalla las raíces de los árboles
es mi destructora.
Y yo estoy mudo para decirle a la rosa encorvada
que la misma fiebre de invierno inclina mi juventud.

La fuerza que impulsa el agua por las rocas
impulsa mi roja sangre; la que seca los arroyos que murmuran
vuelve cera los míos.
Y yo estoy mudo para decirle a mis venas
que la misma boca toma de la fuente en la montaña.

La mano que revuelve el agua en el estanque
agita la arena movediza; la que amarra al viento cuando sopla
iza mi vela de mortaja.
Y yo estoy mudo para decirle al ahorcado
que la cal del verdugo está hecha de mi arcilla.

Los labios del tiempo sorben del manantial igual que sanguijuelas;
el amor gotea y se junta, pero la sangre caída
calmará su dolor.
Y yo estoy mudo para decirle a un viento del clima
que el tiempo ha marcado un cielo para ir y venir a las estrellas.

Y yo estoy mudo para decirle a la tumba de la amada
que el mismo gusano encorvado en mi sábana camina.



NO ENTRES DÓCILMENTE EN ESA PLÁCIDA NOCHE

No entres dócilmente en esa plácida noche,
la vejez debería arder y delirar al terminar el día;
rabia, rabia contra la agonía de la luz.

Aunque los sabios reconocen al morir que la tiniebla es justa,
porque ningún relámpago han clavado sus palabras
no entran dócilmente en esa plácida noche.

Los buenos, que en el último gesto lloran por el brillo
con que sus frágiles actos hubieran podido bailar en una verde bahía,
rabian, rabian contra la agonía de la luz.

Los salvajes, que atraparon y cantaron el sol en vuelo,
y demasiado tarde aprenden que lo han apenado en su camino,
no entran dócilmente en esa plácida noche.

Los solemnes, cerca de la muerte, que ven con mirada cegadora
que los ojos ciegos pudieron brillar igual que meteoros y alegrarse,
rabian, rabian contra la agonía de la luz.

Y tú, mi padre, allí en la triste altura,
maldice, bendíceme ahora con tus lágrimas feroces, te suplico.
no entres dócilmente en esa plácida noche.
Rabia, rabia contra la agonía de la luz.


Traducción de Gerardo Gambolini
 (De Fern Hill y otros poemas, Centro Editor de América Latina, Bs. As., 1988)



DYLAN THOMAS (Gales del Sur, REINO UNIDO, 1914-1953)