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abril 17, 2017

SOBRE LA ESTUPIDEZ - ROBERT MUSIL




Señoras y Señores, quien hoy en día tenga la audacia de hablar de la estupidez corre graves riesgos: puede interpretarse como arrogancia o, incluso, como intento de perturbar el desarrollo de nuestra época. Por mi parte, hace ya varios años escribí: “Si la estupidez no se asemejase perfectamente al progreso, al talento, a la esperanza, o al mejoramiento, nadie querría ser estúpido”. Esto ocurría en 1931 y nadie osará poner en duda que, incluso después, ¡el mundo ha visto todavía más progresos y mejoras! De manera que se hace cada vez más urgente e inaplazable dar una respuesta a la pregunta: ¿Qué es realmente la estupidez?
No quisiera omitir que en mi calidad de poeta conozco la estupidez desde hace mucho tiempo, ¡podría incluso decir que quizás he tenido con ella relaciones profesionales! En el mundo de las letras, apenas abrimos los ojos, nos vemos enfrentados a una resistencia, a una oposición difícil de describir, que parece capaz de presentarse de cualquier forma: ya sea personal, como la respetable de un profesor de literatura que, acostumbrado a mirar desde distancias incontrolables, se equivoca desastrosamente con respecto a la época contemporánea; ya sea en formas genéricas, omnipresentes, como la transformación del juicio crítico mediante el juicio comercial, desde que Dios, con su bondad difícilmente comprensible para nosotros, concedió la lengua humana incluso a los creadores de películas habladas.
He descrito ya en diferentes ocasiones otros fenómenos de este tipo, pero no es necesario que me repita o que lo complete (y, por lo que parece, sería incluso imposible frente a la tendencia colosal que todas las cosas presentan en la actualidad): basta con concretar, como resultado cierto, que la escasa sensibilidad artística de un pueblo no se revela solamente cuando las cosas salen mal y de forma violenta, sino también cuando salen bien y de todas las formas, por lo que existe solamente una diferencia gradual entre prohibiciones y opresiones, por un lado, y laureadas ad honorem, destinadas a ocupar cátedras universitarias y a figurar en las distribuciones de premios, por otro.
Siempre he sospechado que esa resistencia con formas tan diferentes, en relación con el arte y la espiritualidad más elevada, por parte de un pueblo que se vanagloria de su amor por el arte, no es sino estupidez —¿quizás una forma particular, una estupidez artística especial y, quizás incluso, sentimental?— que en cualquier caso se exterioriza en este sentido: al que se le llama un “bello espíritu” sería al mismo tiempo un bello estúpido; y todavía hoy no veo muchos motivos para abandonar esta convicción. Naturalmente, no se puede culpar a todo lo que afea algo tan totalmente humano como el arte; una parte hay que atribuirla a las diferentes formas de falta de carácter, como han mostrado las experiencias de los últimos años. Pero no se debería objetar que la estupidez no interviene para nada en este caso, porque se refiere a la razón y no a los sentimientos, mientras que el arte depende de estos últimos. Sería un error. Por último, el goce estético es juicio y sentimiento. Y os pido permiso no sólo para añadir a esta gran fórmula, que he tomado prestada a Kant, la precisión de que Kant habla de una facultad de juicio estético y de un juicio de gusto, sino también para repetir a continuación las antinomias a que ello conduce: tesis: el juicio de gusto no se basa en conceptos, porque, si no, se podría discutirlo (decidir por medio de la demostración); antítesis: se basa en los conceptos, porque, si no, ni siquiera se podría discutirlo (buscar un acuerdo).
Y en este punto quisiera hacer la pregunta de si un juicio de este tipo, con la misma antinomia, no es la base de la política y de la confusión de la vida en general. Y ¿no es de esperar que, en una casa donde habitan el juicio y la razón, se presenten también sus hermanas y hermanitas, las diferentes formas de la estupidez? Sirva esto para indicar su importancia. Erasmo de Rotterdam escribió en su delicioso, y todavía hoy insólito, Elogio de la locura, que, sin cierto grado de estupidez, el hombre no llegaría ni siquiera a nacer.
Una prueba del dominio vergonzoso y aplastante que la estupidez ejerce sobre nosotros muchos la dan al mostrarse, amigable y conspirativamente sorprendidos, cuando se enteran de que alguien, en quien tenían puesta su confianza, tiene intención de evocar el nombre de ese monstruo. No sólo he tenido esa experiencia, sino que además he podido comprobar muy pronto su validez histórica, cuando, durante mi investigación sobre los predecesores en la tradición de la estupidez —he descubierto una cantidad increíblemente pequeña de ellos; pero ¡los sabios prefieren evidentemente escribir sobre la sabiduría!—, recibí de un docto amigo el ejemplar impreso de una conferencia dada en el año 1866 por Eduard Erdmann, discípulo de Hegel y profesor en la universidad de Halle. Dicha conferencia, titulada Sobre la estupidez, comienza revelando en seguida que su anuncio fue acogido con carcajadas; y, cuando veo que esto puede ocurrirle incluso a un hegeliano, me convenzo todavía más de que tal comportamiento de los hombres hacia quien pretende hablar de la estupidez tiene una motivación especial y me encuentro presa de gran inseguridad, convencido como estoy de haber desafiado una fuerza psicológica poderosa y profundamente contradictoria.
Por eso, prefiero confesar inmediatamente la debilidad en que me encuentro con respecto a ella: no sé lo que es. No he descubierto ninguna teoría de la estupidez con cuya ayuda se pretendiera salvar el mundo: al contrario, no he encontrado en el ámbito de las preocupaciones científicas ni siquiera una investigación dedicada a ella, y tampoco coincidencia de opiniones con respecto a su definición, que resultase del tratamiento de temas análogos. Quizá sea debido a mi ignorancia, pero es más probable que la pregunta: ¿qué es la estupidez?, no corresponda a los usos del pensamiento actual, como tampoco corresponden preguntas sobre la esencia de la bondad, belleza o electricidad. Esto, a pesar del deseo de delimitar dicho concepto y de responder con la máxima sobriedad posible a tal pregunta preliminar a toda la vida, es bastante atrayente; así que un buen día quedé presa de la pregunta, sobre qué es “realmente” la estupidez, y no en el sentido en que todos la entienden, cosa que habría estado más en consonancia con mi competencia y capacidad de escritor. Y, como no quería salir del paso con medios poéticos, ni estaba en condiciones de hacerlo de forma científica, he intentado el camino más sencillo, como se hace espontáneamente en estos casos, examinando el uso de la palabra “estúpido” y de su familia, buscando los ejemplos más frecuentes, e intentando fusionar un poco lo que iba escribiendo.
Por desgracia, un procedimiento de este tipo presenta el riesgo de ser como una caza de mariposas: durante un tiempo seguimos lo que creemos estar observando, sin perderlo de vista, pero, como por otras partes, por idénticos caminos en zigzag, se acercan otras mariposas, casi idénticas, pronto no sabemos bien si estamos todavía siguiendo la del principio. Y, así también, los ejemplos de la familia de la estupidez no siempre permiten distinguir si existe verdaderamente entre ellos un lazo originario o si atraen sólo, exterior e improvisadamente, la atención de uno a otro, y no será nada fácil recogerlos todos en un haz que pertenezca verdaderamente a un estúpido.
En tales condiciones, es casi indiferente cómo se comience. Hagámoslo, pues, de cualquier manera: lo mejor es empezar inmediatamente con la dificultad inicial que consiste en el hecho de que quien quiera hablar de la estupidez, o asistir con provecho a una disertación sobre ella, debe presuponer que él mismo no es un estúpido; y, por eso, alardea de ser inteligente, ¡aunque eso se considere generalmente como señal de estupidez! Si profundizamos la cuestión, como los estúpidos han alardeado de ser inteligentes, surge inmediatamente una respuesta, que parece cubierta por el polvo de los más antiguos predecesores, que sostiene que es más prudente no mostrarse inteligente. Es probable que esa prudencia profundamente pesimista, ni siquiera hoy más comprensible a primera vista, provenga todavía de condiciones en que para el más débil era realmente más prudente no pasar por sabio: ¡la sabiduría habría podido amenazar la vida de los más fuertes!
En cambio, la estupidez elimina cualquier sospecha: “desarma”, como se dice todavía hoy. Y huellas de esa astucia, de esa estupidez astuta, las encontramos todavía en el hecho de que las fuerzas están tan desigualmente distribuidas que el más débil busca su salvación en fingirse más estúpido de lo que es; se encuentran, por ejemplo, en la proverbial astucia cotidiana, también en las relaciones entre la servidumbre y los propietarios del lenguaje culto, en la relación del soldado con el superior, del escolar con el maestro y del niño con los padres. Quien está en el poder se irrita menos cuando los débiles no pueden que cuando no quieren. La estupidez lo reduce directamente a la “desesperación”, es decir, ¡inconfundiblemente a un estado de debilidad!
¡Con esto coincide perfectamente el hecho de que la inteligencia le hace montar en cólera fácilmente! Es cierto que se la aprecia en el ser servil, pero sólo cuando va unida a la sumisión más incondicional. En el momento en que le falta ese certificado de buena conducta y aparece la duda sobre si será ventajosa para el señor, se la llama no tanto inteligencia cuanto impertinencia, insolencia o perfidia: y muchas veces de ello se deriva una situación que parece, por lo menos, manchar el honor y la autoridad del poderoso, aun cuando no lo amenace en su seguridad.
En el campo de la educación, a un alumno bien dotado y rebelde se le trata con mayor dureza que a uno recalcitrante por obtuso mental. En el de la moral, ha producido la concepción de que la voluntad de un hombre es tanto más malvada cuanto más valiosa sea su inteligencia. Ni siquiera la inteligencia ha quedado inmune de ese prejuicio personal y juzga con especial reprobación la ejecución inteligente de un crimen como “refinada” y “carente de sensibilidad”. Y en el de la política, cualquiera podrá procurarse ejemplos donde le parezca.
Pero también la estupidez —se podría objetar— puede ser irritante y no es cierto que calme los nervios en todos los casos. En pocas palabras, generalmente provoca impaciencia, pero en casos excepcionales provoca incluso crueldad; y las repugnantes aberraciones de esa morbosa crueldad, que comúnmente suele llamarse sadismo, nos muestran muchas veces seres estúpidos en el papel de víctima. Ello se debe al hecho de que éstos caen presa de los crueles con más facilidad que los demás; pero también parece estar en relación con el hecho de que su evidente falta de resistencia excita ferozmente la imaginación, como el olor de sangre excita el placer de la caza, y la atrae a un desierto en que la crueldad va “demasiado lejos”, casi sólo porque no encuentra ninguna barrera, ningún obstáculo por ningún lado. Esto constituye un rasgo de sufrimiento en quien infringe sufrimiento, una debilidad inmersa en su brutalidad; y, aunque la privilegiada indignación de la compasión ofendida sólo raras veces permita observarlo, no obstante, tanto en el caso del amor, como en el de la crueldad, se requieren dos que congenien mutuamente.
El estudio de este problema sería importante en una humanidad como la nuestra, tan atormentada por su “vil crueldad hacia los débiles” (y ésta es, me parece, la formulación más corriente para describir el sadismo); pero, considerando la relación seguida en su línea esencial y después de una rápida revisión de los primeros ejemplos, incluso lo que de ello se ha dicho debe figurar como divagación y, en conjunto, puede sacarse algo más: que puede ser estúpido vanagloriarse de la propia inteligencia, pero que no siempre es inteligente ganarse fama de estúpido. Aquí es imposible generalizar; o, en todo caso, la única generalización admisible debería ser la de que la cosa más sensata en este mundo es la de ¡hacerse notar lo menos posible! Y, de hecho, ya se ha trazado varias veces esa línea de conclusión, esencial en toda sensatez. No obstante, muchas veces se hace un uso sólo parcial, o simbólico y representativo, de esa conclusión misantrópica, y entonces ello nos conduce a contemplar el ámbito de las reglas de modestia y de reglas todavía más amplias, sin que haya que abandonar del todo el campo de la sensatez y de la estupidez.
Sea por miedo a parecer estúpido, o por miedo a ofender las buenas costumbres, muchos hombres se consideran inteligentes, es cierto, pero no lo dicen. Y, cuando se ven obligados a hablar de ello, lo circunscriben con una perífrasis y dicen por ejemplo: “No soy más estúpido que otros”. Todavía más corriente es introducir en el discurso, con el tono más distanciado y sobrio posible, la consideración: “Puedo decir que poseo una inteligencia normal”. Y quizá la convicción sobre la propia inteligencia hace su aparición, en la forma coloquial: “¡No dejo que me tomen por estúpido!”. Tanto más digno de observarse es el hecho de que no sólo el individuo en sus pensamientos se considera en secreto como particularmente inteligente y bien dotado, sino que también el hombre que actúa en la historia dice y manda decir, apenas obtiene el poder, que es infinitamente prudente, iluminado, noble, eminente, generoso, elegido por Dios y predestinado por la historia. Incluso lo dice de buena gana a propósito de otro, en caso de que se sienta iluminado por su reflejo. En los títulos y apelativos como majestad, eminencia, excelencia, magnificencia, señoría, todo esto se ha conservado en un estado de fosilización y ya no está reavivado por una conciencia precisa: pero se revela de nuevo e inmediatamente, con toda su vitalidad, cuando el hombre de hoy habla como masa. En particular, existe una condición media del espíritu y del alma, que carece de pudor en su presunción, tan pronto se presenta bajo la protección de un partido o nación o corriente artística y que, en lugar de “yo”, permite decir “nosotros”.
Con una reserva perfectamente comprensible y trivial, esa presunción puede llamarse también vanidad, y en verdad el alma de muchos pueblos y estados aparece dominada por sentimientos entre los que la vanidad ocupa de forma innegable un puesto preeminente; y, por otra parte, entre la vanidad y la estupidez siempre ha habido una relación, que quizá pueda proporcionarnos una indicación útil. Un hombre aparece como vanidoso por el hecho de que le falta la inteligencia de ocultarlo; pero en realidad no hay ni siquiera necesidad de ello, porque el parentesco entre estupidez y vanidad es directo. Un hombre vanidoso produce la impresión de hacer menos de lo que sería capaz de hacer; es como una máquina que pierde vapor. El viejo dicho “estupidez y orgullo crecen bajo el mismo árbol” significa precisamente esto, como también la expresión de que la vanidad es “ciega”. Lo que relacionamos con el concepto de vanidad es el esperar una prestación insuficiente, ya que la palabra “vano” quiere decir en su significado primero casi lo mismo que “inútil”. Y esa reducción de la prestación se la espera incluso donde se da en realidad: no por casualidad van unidos entre sí la vanidad y el talento, pero entonces recibimos la impresión de que se habría podido hacer todavía más, si el vanidoso no obstaculizase su propia actividad. Esa tenaz idea de una prestación reducida resulta ser también la idea más general que tenemos de la estupidez.
Sin embargo, se procura, como es sabido, evitar el comportamiento vanidoso, no porque pueda ser estúpido, sino esencialmente también en este caso, porque es una perturbación del buen comportamiento: “quien se alaba se ensucia”, dice un viejo proverbio, y significa que la jactancia, el hablar mucho de sí mismo y alabarse, se considera no sólo imprudente, sino también indecente. Si no me equivoco, las leyes del buen comportamiento que no se ven afectadas forman parte de los multiformes mandatos de reserva y distanciamiento destinados a no provocar conflictos con la presunción,  presuponiendo siempre que no es menor en el prójimo que en nosotros mismos. Dichos mandatos de distanciamiento prohíben incluso el uso de palabras sinceras, regulan las formas del saludo y de la alocución, no permiten que se nos contradiga sin excusarse o que una carta comience con la palabra “yo”, en resumen, exigen la observación de determinadas reglas con el fin de que no nos “acerquemos demasiado” unos a otros. Su misión consiste en allanar y nivelar las relaciones mutuas, en facilitar el amor propio y el amor al prójimo y en conservar, por decirlo así, una temperatura media en el intercambio de relaciones humanas;  y esas prescripciones las encontramos en cualquier sociedad, en las primitivas todavía más que en las de alto nivel de civilización, e, incluso, la de los animales, aunque carente de palabras, las conoce, como se desprende fácilmente de muchas de sus ceremonias. No obstante, forma parte de dichos mandatos de distanciamiento no sólo el no alabarse a sí mismo, sino también el alabar a los demás con demasiada intromisión. Decirle en la cara a alguien que es un santo o un genio sería tan monstruoso como decirlo de nosotros mismos; y ensuciarse el rostro y arrancarse los cabellos no sería, para la sensibilidad actual, realmente mejor que insultar al prójimo. Nos contentamos con hacer la observación de que no somos más estúpidos o peores que otros, como ya hemos dicho.
Lo que en una situación de orden se desecha son las formulaciones excesivas e incontroladas. Y, de la misma forma que antes hablábamos de la vanidad, por la que pueblos y partidos se creen superiores a los demás en inspiración, hemos de añadir aquí que la mayoría vitalista — como el individuo megalómano en sus alucinaciones— no sólo cree detentar el monopolio de la sabiduría, sino también el de la virtud, y se considera valiente, noble, invencible, pía y buena; y que, entre los hombres, existe una propensión en particular, la de permitirse, cuando se presentan en masas, todo lo que les está prohibido como individuos. Esos privilegios de un “Nosotros”, vuelto grande, producen hoy en día la impresión de que la civilización y la sumisión del individuo, cada vez más creciente, quedan compensadas por el embrutecimiento, que aumenta en la misma proporción, de las naciones, los estados y los grupos ideológicos; y, evidentemente, en esto se revela una perturbación emotiva, una perturbación del equilibrio emotivo, que en el fondo precede al contraste entre yo y nosotros, así como a cualquier forma de valoración moral. Pero —deberíamos preguntarnos—, ¿se trata todavía de estupidez en ese caso? ¿Tiene todavía algo que ver eso con la estupidez?
¡Egregios oyentes! ¡Nadie lo pone en duda! Pero, permitidme, antes de responder, recuperar el aliento con un ejemplo no carente de cierta sensibilidad. Todos nosotros, aunque especialmente nosotros los hombres y, en particular, todos los escritores famosos, conocemos a esa dama que quisiera confiarnos a toda costa la novela de su vida y cuya alma, al parecer, siempre se ha encontrado en condiciones interesantes, sin que nunca haya alcanzado ningún éxito, que espera solamente de nosotros. ¿Es estúpida esa dama? Algo procedente del borbotón de las impresiones nos susurra: ¡sí, lo es! Pero la cortesía, y también la justicia, nos obligan a admitir que no lo es completamente, y no siempre. Habla mucho de sí misma, y en general habla mucho. Lanza juicios con mucha decisión y a propósito de cualquier cosa. Es vanidosa e indiscreta. Nos alecciona con frecuencia. Generalmente su vida sentimental no está en su sitio y, en general, su vida es un poco desgraciada. Pero, ¿acaso no existen también otros tipos de personas a quienes se podría aplicar todo esto o, por lo menos, en gran parte? Hablar mucho de sí mismo, por ejemplo, es también un vicio de los egoístas, de los inquietos e incluso de cierto tipo de melancólicos. Y el mismo comportamiento en general se puede atribuir, en especial, a los jóvenes, de cuyos fenómenos de crecimiento forma parte el hablar mucho de sí mismos, ser vanidosos, sabihondos, y un poco fuera de lugar en la vida, mostrar, en suma, esas desviaciones de la inteligencia y del decoro, sin que por ello sean estúpidos o más estúpidos de lo normal, debido al hecho de que todavía no han llegado a ser inteligentes.
¡Señoras y señores! Los juicios de la vida cotidiana y de su experiencia humana suelen ser exactos, pero suelen estar, además, equivocados. No son fruto de la búsqueda de una auténtica doctrina, sino que sólo representan actos psíquicos de aprobación o de defensa. Por eso, este ejemplo solamente nos enseña que cualquiera puede ser estúpido, pero no lo es necesariamente, que el significado cambia con el contexto en que aparece y que la estupidez va estrechamente vinculada a otros elementos, sin que se pueda encontrar por ningún lado el hilo que permita descoser de una vez el tejido. Incluso la genialidad y la estupidez van inseparablemente unidas, y la prohibición (bajo pena de ser considerado estúpido) de hablar mucho y de hablar mucho de sí mismo, la humanidad la elude de forma curiosa: por medio del poeta. A éste se le permite contar, en nombre de la humanidad, que ha comido bien o que el sol brilla en el cielo, puede poner al desnudo su interior, revelar secretos, hacer confesiones, hacer declaraciones con extraordinaria sinceridad (¡por lo menos muchos poetas lo hacen!); y todo esto presenta el aspecto de una excepción que la humanidad se concede para hacer algo que, de otra forma, prohíbe. De esa forma habla incesantemente de sí misma y con la ayuda del poeta ha narrado ya millones de veces las mismas historias y aventuras, variando solamente las situaciones, sin que el resultado haya supuesto para ella ningún progreso o enriquecimiento del pensamiento: ¿no habría entonces que sospechar estupidez en ella por el uso que hace de su poesía y por la adaptación de lo poesía a su uso? ¡Yo, por mi parte, no lo considero del todo imposible!
Entre los campos de aplicación de la estupidez y de la inmoralidad —esta última entendida en el sentido ulterior, actualmente no usual, equivalente casi a falta de valores espirituales, pero no de moderación— existe en cualquier caso una compleja identidad y diferencia. Y esa mutua pertenencia, esa relación, es semejante a lo que Johann Eduard Erdmann expresó en un pasaje importante de su ya citado discurso, con la formulación de que la ordinariez es la “praxis de la estupidez”. Dice: “ Las palabras no son la única forma en que se revela un estado psíquico. También se expresa en acciones. Igual ocurre con la estupidez. Llamamos ordinariez no sólo al ser estúpido, sino también a actuar como un estúpido, a cometer estupideces” —de ahí, la praxis de la estupidez— “o a la estupidez en acción”. Así pues, esta atrayente afirmación enseña nada menos que la estupidez es un error del sentimiento, ¡porque la ordinariez lo es! Y esto conduce directamente a esas “perturbación emotiva” y “perturbación del equilibrio emotivo” de que ya hemos hablado, sin haber podido encontrarles una explicación. Incluso la explicación contenida en las palabras de Erdmann puede no coincidir con la verdad, porque, aparte del hecho de que ésta mira solamente al hombre individual ordinario y no educado, en contraste con la “cultura”, y, por tanto, no incluye todas las formas de aplicación de la estupidez, tampoco la ordinariez es solamente una estupidez y la estupidez no es solamente ordinariez, y, por eso, quedan todavía varias cosas por explicar sobre la relación entre emotividad e inteligencia, cuando se unen para producir la “estupidez aplicada”, y estas cosas deben aclararse antes, y la mejor forma es utilizar nuevamente algunos ejemplos.
Para que resalten los contornos del concepto de estupidez es necesario sobre todo no quedarse sólo en la concepción de que la estupidez es preferentemente una falta de inteligencia; ya hemos indicado que la opinión más general parece ser la de la incapacidad en las actividades más diversas, de la insuficiencia física e intelectual en general. Un ejemplo significativo de ello lo tenemos en nuestros dialectos locales, la definición de la sordera, es decir, de un defecto físico, con la palabra derisch o terisch, que probablemente significa torisch[i], y que se acerca, por tanto, a la estupidez. Y, como en este caso, la acusación de estupidez se usa popularmente también en otros casos. Cuando un deportista cae en el momento decisivo o comete un error, dice: “¡Estaba como atontado!” o bien: “¡No sé bien dónde tenía la cabeza!”, aunque la participación de la cabeza en la natación o en el boxeo se pueda siempre considerar como más bien vaga. También entre los muchachos y los deportistas, uno que se comportase neciamente se vería tachado de estúpido, aunque fuese un Hölderlin. Además, existen situaciones de negocios en que quien no sea astuto y sin escrúpulos pasa por ser estúpido. En conjunto, esas son estupideces ligadas a sabidurías más antiguas que la que se alaba oficialmente; y, si no estoy mal informado, en la era germánica antigua, no sólo las concepciones morales, sino también las nociones de lo competente, experto y sabio, es decir, las nociones intelectuales, se referían a la guerra y a la lucha. Así pues, a toda sabiduría le corresponde su estupidez, e incluso la psicología animal ha descubierto en sus pruebas de inteligencia que a todo “tipo de prestación” se podía atribuir un “tipo de estupidez”.
Por eso, si quisiésemos encontrar un significado de la inteligencia, lo más extenso posible, resultaría de estas comparaciones poco más o menos el de habilidad y capacidad, y todo lo que es incapaz se podría llamar estúpido; y así es en realidad cuando una habilidad perteneciente a una estupidez no recibe al pie de la letra el nombre de inteligencia. Que la habilidad ocupa el primer lugar y satisface en un momento determinado el concepto de inteligencia y de estupidez es algo que depende de la forma de vida. En épocas de seguridad individual serán la justicia, la violencia, la agudeza de los sentidos y la agilidad física las que caractericen el concepto de inteligencia, mientras que en épocas de una mentalidad de vida más espiritual —con las reservas necesarias, se podría incluso decir: burguesas—, se sustituyen por el trabajo intelectual. Más exactamente, debería ser el trabajo intelectual más elevado, pero en el desarrollo de las cosas ha resultado la preponderancia de la prestación racional, que se ve escrita en el rostro vacío, bajo la dura frente de una activa humanidad; y así ha resultado que hoy día la inteligencia y la estupidez se refieren sólo, como si no pudiese ser de ninguna otra forma, al raciocinio y a los diferentes grados de su habilidad, aunque ello sea más o menos unilateral.
La concepción general de incapacidad unida desde el principio a la palabra “estúpido” —ya sea en el sentido de incapaz frente a cualquier cosa o bien en el de una cualquiera incapacidad específica— tiene además una consecuencia importante: los términos “estúpido” y “estupidez”, en cuanto significan incapacidad genérica, pueden sustituir, a veces, cualquier palabra que indique una incapacidad específica. Este es uno de los motivos por los que la acusación recíproca de estupidez está hoy tan difundida. (En otro contexto, ésa es también la razón por la que el concepto es tan difícil de delimitar, como mostraban nuestros ejemplos). Basta leer las anotaciones que aparecen al margen de novelas de cierta pretensión que han permanecido durante mucho tiempo casi en el anonimato de las librerías circulantes: en este caso, en el que el lector está solo con el poeta, su juicio se expresa con frecuencia en la palabra “¡Estúpido!”, y en sus equivalentes, como “¡Imbécil!” “¡Absurdo!” “¡Estupidez inexpresable!” y otras semejantes. Así también ésas son las primeras palabras de indignación, cuando el hombre se enfrenta en masa con el artista, así en las exposiciones artísticas o en las representaciones teatrales, y se escandaliza.
También habría que recordar aquí la palabra kitsch, predilecta como ninguna otra como primer juicio entre los propios artistas; sin que, a pesar de todo, al menos por lo que yo sé, se pueda definir su concepto y expresar su goce, salvo con el verbo verkitschen, que en el uso coloquial tiene el valor de “vender a bajo costo”, “vender con pérdidas”. Kitsch tiene también el sentido de mercancía a un precio demasiado barato, de ganga, y tengo la impresión de que este significado, traspuesto en sentido espiritual, se puede aplicar allí donde la palabra se usa inconscientemente con razón.
Puesto que mercancía de ganga, chapucería, entran en la palabra kitsch principalmente en el sentido unido a ellas de mercancía sin valor, insuficiente, y, por otra parte, el concepto de invalidez, de insuficiencia, está también en el uso de la palabra estúpido, no es exagerado afirmar que tendemos a definir “de cualquier modo estúpido” todo lo que no nos cae bien —especialmente si, a partir de eso, ¡pretendemos además respetarlo como de elevada sensibilidad artística! Y, para definir ese “de cualquier modo”, es importante observar que el uso de las expresiones de estupidez está íntimamente compenetrado con otro uso, que comprende las también imperfectas expresiones para lo que es vulgar y moralmente repugnante: ello conduce nuestra mirada a un momento ya observado, al destino común de los conceptos “estúpido” e “indecente”. Porque no sólo kitsch, la expresión estética de origen intelectual, sino también las palabras morales “¡porquería!”, “¡repugnante!”, “¡asqueroso!”, “¡insolente!”, “ ¡morboso!” son críticas artísticas incisivas y subdesarrolladas, y juicios sobre la vida. Sin embargo, quizás estas expresiones contienen también un esfuerzo intelectual, una diferenciación de significado, aunque se usen sin distinción; y entonces el último medio a que se recurre es al grito ya casi mudo: “¡Qué indecencia!”, que sustituye a todo el resto y puede repartirse el dominio del mundo con el grito “¡Qué estupidez!”. Porque esas dos palabras pueden sustituir a todas las demás, ya que “estúpido” ha adquirido el significado de incapacidad genérica, e “indecente”, el de ofensa genérica a la moral; y, si oímos lo que los hombres dicen uno de otro, parece que el autorretrato de la humanidad, tal como se viene desarrollando de modo incontrolado a partir de esas fotografías de grupo recíprocas, se componga sólo de variaciones sobre esas dos palabras de color desagradable.
Quizá valga la pena observarlo con mayor atención. Sin duda, ambas constituyen el escalón más bajo de un juicio que no ha llegado a su maduración, una crítica que se ha estructurado del todo, que siente que algo no va, pero no está en condiciones de decir qué. El uso de estas palabras es la expresión más simple y más fuerte de desaprobación que se pueda encontrar, es el comienzo de una respuesta y, al mismo tiempo, su conclusión, si pensamos que “estúpido” e “indecente”, sea cual sea su significado, se usan como insultos. De hecho, el significado de los insultos no reside tanto en su contenido cuanto en su uso; y muchos de nosotros amamos quizás a los asnos, pero nos ofenderíamos si nos llamasen así. El insulto no representa lo que simboliza, sino una mezcla de imágenes, sentimientos e intenciones, que no puede de ninguna manera expresar, sino sólo señalar. De alguna manera, ese carácter le es común con las palabras de moda y extranjeras, que por eso parecen indispensables, aunque se puedan sustituir. Por ese motivo los insultos contienen algo excitante, que coincide con su intención, pero no con su contenido; y eso se ve, incluso con mayor claridad, en las expresiones de burla y de mofa de los jóvenes: un niño dice busch o moritz[ii]. Y consigue con ello, gracias a relaciones secretas, enfurecer a otro.
Lo que se puede decir de las palabras de insulto, mofa, de moda y extranjeras se puede decir de los chistes, de los lugares comunes, de las palabras de amor: y el elemento común a dichas palabras, por lo demás tan diferentes entre sí, es que están al servicio de un momento emotivo y que son la imprecisión y la impropiedad lo que les permite suplantar en el uso a sectores enteros de palabras más apropiadas, racionales y exactas. Quizás en la vida no se puede hacerlo así y no vamos a negar su importancia; pero es estúpido lo que ocurre en tales casos. Esa relación se puede estudiar de una manera más clara en un modelo principal de la confusión mental, es decir, en el pánico.
 Cuando algo ejerce sobre el hombre una acción demasiado violenta para él, ya sea un espanto imprevisto o una presión psíquica continua, entonces puede ocurrir que ese hombre actúe de repente “perdiendo la cabeza”. Quizá comience a gritar, tal como lo hace un niño, o quizás huya “a ciegas” de un peligro o se precipite a ciegas en él, o sea presa de una tendencia explosiva a la destrucción, al insulto, al lamento. En conjunto producirá, en lugar de la acción útil requerida por la situación, una gran cantidad de acciones que, siempre en apariencia, pero muchas veces en realidad, son inútiles o incluso contraproducentes. Este tipo de acción se conoce mejor por el nombre de “temor pánico”, pero, si no se entiende la palabra en sentido restrictivo, se puede hablar también incluso de un pánico de la ira, de la codicia, e incluso de la ternura, y, en general, de todos los momentos en que un estado de excitación se manifiesta sin conseguir calmarse, de forma tan agitada como ciega y absurda. La existencia de un pánico del valor, que se distingue del miedo apenas por la dirección opuesta del efecto, nos la ha confirmado un hombre tan valiente como inteligente.
Lo que ocurre con el comienzo del pánico se considera psicológicamente como limitación temporal de la inteligencia y, en general, de las cualidades espirituales más elevadas, a las que sustituyen mecanismos psíquicos más antiguos; pero hay que añadir también que con la parálisis y la atrofia de la razón en esos casos no se da tanto una disminución hasta la acción instintiva cuanto, más bien, un paso a través de ese estado hasta un instinto de la extrema necesidad y una forma de acción extremada y desesperada. Este tipo de acción presenta el aspecto de la confusión total, es desordenado y carente, en apariencia, tanto de razón como de cualquier instinto salvador; pero su proyecto inconsciente consiste en la calidad de las acciones por su cantidad, y su no despreciable astucia se basa en la probabilidad de que entre cien intentos a ciegas que resulten fracasos, haya una papeleta premiada. Un hombre que ha perdido la cabeza, un insecto que se golpea muchas veces contra la parte cerrada de la ventana hasta que, por casualidad, “se precipita” fuera por la parte abierta, no hacen otra cosa, en su confusión, que lo que hace con cálculo preciso el arte bélico cuando dirige una ráfaga o una salva contra un blanco, o cuando usa una granada o un shrapnel.
Ello quiere decir, en otras palabras, sustituir un modo de acción con objetivo preciso por otro macizo, y es muy característico del ánimo humano sustituir la naturaleza de las palabras o de las acciones por su masa. Pero en el uso de palabras indistintas hay algo muy semejante al uso de muchas palabras, porque, cuanto más indistinta es una palabra, tanto más amplio es el número de cosas a que se puede atribuir; y lo mismo se puede decir de la inexactitud. Si esas formas de hablar son estúpidas, entonces serán el elemento de unión que emparenta la estupidez con el pánico, y también el uso excesivo de ésta y de análogas acusaciones no diferirá mucho de un intento de salvación psíquico con métodos arcaicos y primitivos —y, como bien se puede decir con razón, morbosos— Y, en realidad, por el uso justo de la acusación de que algo sea verdaderamente una estupidez o una indecencia se puede reconocer no sólo la limitación de la inteligencia, sino también un impulso ciego a la fuga insensata o a la destrucción. Esas palabras no sólo son insultos, sino que sustituyen, además, a toda una andanada de insultos. Allí donde algo sólo se puede expresar gracias a ella, se está cerca de la violencia física. Para volver a ejemplos ya citados, se agreden cuadros a paraguazos y, además, en sustitución de quien los ha pintado, se arrojan libros al suelo, como si eso fuese un medio para eliminar el veneno. Pero hay además una presión debilitadora que precede a esa violencia y de la cual ésta debe liberar; se “sofoca” de rabia; “no bastan palabras”, salvo precisamente las más genéricas y pobres de significado; uno ha “perdido la palabra”, debe “darse aire”. Es el grado de pérdida del lenguaje, incluso del pensamiento, que precede a la explosión. Significa un estado grave de insuficiencia y, al final, la explosión se ve introducida por la expresión banal y profunda de que “la cosa es demasiado estúpida”. Sin embargo, esa cosa somos nosotros mismos. En una era en que una gran energía activa se aprecia mucho, es necesario recordar lo que quizá se le asemeja tanto, que puede producir confusión.
¡Señoras y señores! Hoy en día se habla de una crisis de fe en el humanitarismo, una crisis de fe que hasta ahora se escondía en el sentido de humanidad: se podría incluso hablar de un pánico que está a punto de sustituir a la seguridad, de forma que nos sea posible hacer avanzar nuestros asuntos en libertad y de forma racional. Y no debemos eludirlo: esos dos conceptos morales y también ético—estéticos, la libertad y la razón, que están unidos a nosotros como emblemas de la dignidad humana de la época clásica del cosmopolitismo alemán, ya hacia la mitad del siglo diecinueve o poco después, no estaban en tan buenas condiciones. Lentamente fueron quedando “fuera de uso”, no se sabía qué hacer con ellos, y el mérito de que hayamos dejado que se reduzcan cada vez más, corresponde no tanto a sus enemigos cuanto a sus amigos. Por eso, no podemos ni siquiera eludirlos en el futuro: nosotros, o quienes vengan después no recuperaremos esas concepciones inmutadas; nuestra misión, y justificación de las pruebas a que se verán sometidos los espíritus, será —y ésta es la misión muchas veces incomprendida, llena de dolor y esperanza al mismo tiempo, de todas las generaciones— la de realizar con las menores pérdidas posibles ese paso hacia lo nuevo que siempre es necesario, incluso bastante deseable. Y ya que no se ha llegado, en el momento justo, al paso hacia ideas que conserven en parte el pasado, pero que se transformen ellas mismas, tanto más necesarias son en esa actividad concepciones que sirvan de sostén a lo verdadero, racional, importante, sabio, y, por eso, en el extremo opuesto, también a lo estúpido.
Pero, ¿qué noción, o noción parcial, se puede tener de la estupidez, cuando la noción de razón y de inteligencia está en decadencia? Y, para demostrar hasta qué punto cambian esas concepciones con el tiempo, quiero ofrecer este pequeño ejemplo, de que a la pregunta: “¿Qué es la justicia?” se responda: “¡Cuando se castiga al otro!”, que en un manual de psiquiatría, muy conocido hace tiempo, se citaba como caso de imbecilidad, mientras que en él se basa hoy una concepción del derecho bastante discutida. Por eso, temo que no será posible concluir ni siquiera con las más modestas argumentaciones sin por lo menos citar un núcleo independiente de cambios temporales. Del que surgen otras cuestiones y consideraciones.
No tengo ningún derecho a presentarme como psicólogo, y ni siquiera tengo la intención de hacerlo, pero me parece que un poco de atención a esa ciencia es la primera cosa de la que puede esperarse cierta ayuda. La psicología de otro tiempo distinguía entre sensación, voluntad, sentimiento y fantasía o inteligencia, y estaba claro que la estupidez era un grado inferior de inteligencia. La psicología de nuestros días ha disminuido la importancia de la distinción entre los diferentes campos de la psiquis, ha reconocido la recíproca dependencia y compenetración de las diferentes actividades psíquicas, y con ello ha hecho que se complique la respuesta a la pregunta de qué significa la estupidez para la psicología. Naturalmente, también de acuerdo con las concepciones actuales, existe una relativa independencia de la actividad razonadora; pero, incluso en las condiciones más tranquilas, la atención, comprensión, memoria y demás, casi todo lo que pertenece a la razón, depende probablemente también de la calidad de la índole emotiva; a ello se añade, en la experiencia práctica, como también en la espiritual, una posterior compenetración de inteligencia o de emotividad que es casi indisoluble.
Y esa dificultad para distinguir razón y pasión en el concepto de inteligencia se refleja naturalmente también en el concepto de estupidez; y si, por ejemplo, la psicología médica describe el pensamiento de deficientes mentales con palabras como: pobre, impreciso, incapaz de abstraer, carente de claridad, lento, fácil para distraerse, superficial, unilateral, rígido, complicado, excesivamente móvil, confuso, se comprende sin más que esos atributos se refieran en parte a la razón y en parte al sentimiento. Por eso se puede decir: la estupidez y la inteligencia dependen tanto de la razón como del sentimiento; y, si una u otro prevalecen, si, por ejemplo, en la imbecilidad, la debilidad de la inteligencia está “en primer plano”, o la debilidad del sentimiento según algunos famosos moralistas rígidos, puede dejarse que los especialistas decidan, mientras que nosotros, los profanos, debemos arreglárnoslas de forma un poco más libre.
En la vida, se suele entender por estúpido alguien que “es algo débil de cerebro”. Pero, existen también las más variadas aberraciones intelectuales y psíquicas, por las que incluso una inteligencia indemne desde el nacimiento puede verse tan impedida, obstaculizada y confusa, que se vea reducida a una condición en la que el lenguaje tenga a su disposición una vez más sólo la palabra estupidez. Por tanto, dicha palabra incluye dos tipos en el fondo bastante diferentes: una estupidez simple y honesta y otra que, un poco paradójicamente, es señal de inteligencia también. La primera se debe más que nada a una debilidad de la razón, la otra más bien a una razón que es un poco débil respecto a otra cosa, y esta última es, con mucho, la más peligrosa.
 La estupidez honrada es un poco dura de mollera y lenta para aprehender. Es pobre de imágenes y palabras, y torpe en la forma de usarlas. Prefiere las cosas banales, porque se le quedan bien fijadas en la mente a través de su frecuente repetición, y, una vez que se le ha quedado grabado algo en la mente, no piensa dejar que se lo quiten fácilmente, o que lo analicen, o ponerse ella misma a reflexionar sobre ello. ¡En el fondo tiene no poco en común con la sana vida de las mejillas rojas! Es cierto que muchas veces es vaga e imprecisa en el pensar, y con frecuencia su pensamiento deja de funcionar frente a nuevas experiencias, pero, como compensación, se atiene más a lo que se puede aprehender a través de los sentidos, y que se puede, por decirlo así, contar con los dedos. En suma, es la querida “ estupidez luminosa”, y si no fuese quizá tan ingenua, confusa y, al mismo tiempo, tan impenetrable a toda explicación hasta el punto de hacer enloquecer, sería una aparición por lo menos amable.
No puedo renunciar a ilustrar dicha aparición con algunos ejemplos que la muestran también por otros lados y que he sacado del Manual de psiquiatría de Bleuler: un imbécil expresa lo que nosotros despacharíamos con la fórmula “médico a la cabecera del enfermo” con las siguientes palabras: “Un hombre que sujeta la mano de otro, éste está en la cama, además, hay una monja”. Es el modo de expresarse de un primitivo: ¡describiendo! Una mujer de servicio no muy despierta considera una broma tonta proponerle que lleve sus ahorros al banco, donde producirían intereses: ¡nadie, dice, sería tan estúpido de pagarle dinero, cuando encima se lo guarda!, y en ello se expresa una visión caballeresca, ¡una relación hacia el dinero! ¡Como en mi juventud podía encontrarse en raros casos, entre viejos patricios! A un tercer imbécil se le considera como síntoma el hecho de afirmar que una moneda de dos marcos vale menos que una de un marco y dos de medio marco, porque (éste es su razonamiento) hay que cambiarla y entonces se obtiene muy poco cambio. ¡Espero no ser el único imbécil de esta sala que apruebe cordialmente esta teoría de los valores en personas que no prestan atención cuando cambian el dinero!
Pero volvamos de nuevo a la relación con el arte: la estupidez simple es muchas veces verdaderamente artística. En vez de responder a una palabra —estímulo— con otra palabra, como hace un tiempo estaba muy difundido en determinados experimentos, responde con frases completas, y, dígase lo que se diga, dichas frases ¡tienen algo no muy diferente de la poesía! Repito aquí algunas respuestas, colocando delante la palabra—estímulo:
Encender: el hornero enciende la leña.
Invierno: está compuesto de nieve.
Padre: una vez me tiró rodando por la escalera.
Bodas: sirven para dormir.
Jardín: en el jardín siempre hace buen tiempo.
Religión: cuando se va a misa.
¿Quién era Guillermo Tell?: lo representaron en el bosque; había también mujeres y niños disfrazados.
¿Quién era San Pedro? Cantó tres veces.
La ingenuidad y la gran plasticidad de estas respuestas, la sustitución de concepciones más elevadas por la simple narración, la importancia dada dentro de ésta a los elementos superfluos, localizaciones y añadidos, y otras veces la condensación abreviadora, como en el ejemplo de San Pedro, todos ellos son antiquísimos instrumentos de la poesía; y, aunque creo que un exceso de ellos, como se usa actualmente, acerca el poeta al idiota, sin embargo, no se puede desconocer el elemento poético que hay en este último, y es significativo que en la poesía el idiota pueda aparecer representado con una extraña complacencia para su espíritu.
Con relación a esta estupidez nuestra, la pretenciosa y la más elevada, se encuentran en un contraste quizá demasiado violento. Aquélla no es tanto falta de inteligencia en sí, cuanto más bien su falta, debido al hecho de que pretende realizar tareas que no se le confían; y puede tener todas las cualidades malas de la razón débil, pero tiene además todas las causadas por un sentimiento no equilibrado, deforme, de movilidad irregular, en suma, todo sentimiento que desvíe de la salud. Ya que no existen sentimientos “normales”, en dicha desviación se expresa, más exactamente, una insuficiencia de colaboración entre la unilateralidad del sentimiento y una razón que no basta para controlarla. Esa estupidez más elevada es la auténtica enfermedad de la educación (pero, para evitar malentendidos, ésta significa educación equivocada o deformada, desproporción entre materia y forma en la educación), y describirla es una tarea casi ilimitada. Alcanza incluso a la más elevada intelectualidad porque, si la verdadera estupidez es una actriz silenciosa, la inteligente es la que contribuye a la agitación de la vida intelectual, y especialmente a su inestabilidad e infructuosidad. Hace años escribía yo: “No existe prácticamente ningún pensamiento importante que la estupidez no esté en condiciones de utilizar, es móvil en todos los sentidos y puede poner todos los vestidos de la verdad. En cambio, la verdad sólo tiene un vestido en cualquier ocasión, y sólo un camino, y siempre está en desventaja. La estupidez que se entiende con eso no es una enfermedad mental, y, sin embargo, es la enfermedad más peligrosa de la mente, peligrosa hasta para la vida.
Es cierto que cada uno de nosotros debería identificarla en sí mismo, y no esperar a reconocerla en sus grandes explosiones históricas. Pero, ¿cómo reconocerla? Y ¿qué sello inconfundible podemos imponerle? En la actualidad la psiquiatría indica como síntoma principal para los casos que se refieren a ella la incapacidad para tener orden en la vida, el fallo ante todas las tareas que ésta impone, o incluso imprevistamente ante una tarea en la que nadie hubiera esperado una falla. También en la psicología experimental, que estudia sobre todo individuos sanos, la estupidez se define en términos análogos: “Estúpido es para nosotros un comportamiento que no consigue dar una prestación, para la cual aparecen dadas todas las condiciones, excepto las personales”, escribe un conocido representante de una de las más recientes escuelas de esta ciencia. Este síntoma de la incapacidad para un comportamiento objetivo, de habilidad, por tanto, va muy bien para los “casos” en la clínica o en el centro de observación de los monos, pero son los “casos” en libertad los que hacen necesario añadir algo más, porque en ellos el “cumplimiento” correcto o equivocado de la “prestación” no es tan evidente. En primer lugar, en la capacidad de comportarse siempre como se comportaría un hombre vital y enérgico en tales condiciones va ya toda la profunda ambigüedad de la inteligencia y de la estupidez, porque el “comportamiento apropiado”, “competente”, puede utilizar la cosa para su provecho personal o, por el contrario, ponerse a su servicio, y quien hace una cosa suele considerar estúpido a quien hace la otra. (Pero, en sentido médico, estúpido es quien no puede hacer ni la una ni la otra).
Y, en segundo lugar, no se puede negar que un comportamiento sugestivo e incluso inapropiado puede ser muchas veces indispensable porque la objetividad y la impersonalidad, la subjetividad y la impropiedad están emparentadas entre sí, y, por ridícula que pueda ser la subjetividad irreflexiva, igualmente imposible de vivirse e incluso de pensarse es también por supuesto un comportamiento totalmente objetivo; equilibrar ambas cosas es una de las dificultades fundamentales de nuestra cultura. E, incluso, habría que objetar que en ocasiones no todos se comportan tan prudentemente como sería necesario, que, por tanto, cada uno de nosotros es estúpido, si no siempre, por lo menos de vez en cuando. Por eso, hay que distinguir también entre el fracaso y la incapacidad, entre estupidez ocasional y funcional, y continua o constitucional, entre error y falta de sentido. Este es uno de los puntos esenciales, ya que las condiciones de vida en la actualidad son tales, tan oscuras, confusas, complicadas, que de las estupideces ocasionales del individuo puede nacer una estupidez constitucional de la comunidad. Esto nos lleva, para concluir también fuera del campo de las cualidades personales, a considerar una sociedad afectada por taras mentales. Es cierto que no se puede aplicar a la sociedad lo que se produce psicológica y realmente en el interior del individuo, por tanto, tampoco las enfermedades mentales y la estupidez, pero actualmente podría hablarse de una “imitación social de deficiencias mentales”: los ejemplos a propósito son evidentes.
Con esto último hemos sobrepasado el ámbito de la explicación psicológica. Esta nos enseña que una mente inteligente tiene determinadas cualidades, como claridad, precisión, riqueza, elasticidad a pesar de la solidez, y muchas otras más, que se podrían enumerar; y que dichas cualidades son en parte innatas, en parte se adquieren, junto con los conocimientos que uno acumula, como una especie de habilidad en el pensar; de hecho, una buena inteligencia y una mente ágil significan casi la misma cosa. Para llegar a ella sólo hay que superar la pereza; la disposición natural se puede incluso educar, y la extraña expresión “deporte mental” expresa también bastante bien qué es lo especial.
 La estupidez “inteligente”, en cambio, no se encuentra tanto en contraste con el intelecto cuanto con el pensamiento e incluso con el sentimiento (siempre que no se entienda por ello sólo una mezcla de estados sentimentales). Como los pensamientos y los sentimientos se mueven juntos, pero también porque en ellos se expresa el mismo individuo, algunos conceptos como anchura, estrechez, agilidad, simplicidad, fidelidad se pueden aplicar tanto al pensamiento como al sentimiento; y aunque la conexión que resulta no sea del todo clara, basta, en cualquier caso, para poder decir que la razón forma parte también del sentimiento, y que nuestros sentimientos están en relación con la inteligencia y con la estupidez. Contra esa estupidez hay que actuar con el ejemplo y con la crítica.
La concepción aquí expuesta se diferencia de la opinión corriente (que no está del todo equivocada pero, es unilateral), según la cual un sentimiento profundo y sincero no necesitaría la razón sino que, al contrario, se vería solamente contaminado. La verdad es que en ciertas personas simples algunas cualidades apreciables como fidelidad, constancia, pureza de sentimientos y similares se presentan sin mezcla, pero sólo porque la competencia de las otras cualidades es demasiado débil. Un caso límite de ello se nos ha presentado antes con la imagen de la idiotez amable. No tengo la intención de envilecer con estas precisiones el sentimiento bonachón y bien intencionado —¡precisamente su ausencia es una de las causas fundamentales de la estupidez más elevada!— pero todavía más importante ahora es anteponerle el concepto del significado que menciono, pero sólo de forma completamente utópica.
El significado reúne en sí la verdad que podemos reconocer en él con las cualidades del sentimiento en que tenemos fe, para alcanzar algo nuevo, una comprensión, pero también una decisión, un seguir siempre fortalecido, algo que tiene un contenido psíquico y espiritual y “exige” un comportamiento de nosotros y de otros. Podríamos decir, por ejemplo, y es el momento más importante en conexión con la estupidez, que el significado es comprensible tanto por el lado racional como por el lado afectivo de la crítica. El significado es también lo contrario, tanto de la estupidez como de la ordinariez, y la desproporción general, en que hoy los momentos emotivos asfixian a la razón en vez de darle impulso, desaparece en el concepto de la significación. No hablemos más de ello, quizás hayamos dicho ya más de lo que podemos sostener responsablemente. Porque, si hubiese que añadir algo más, sería esto: que con cuanto hemos dicho no hemos dado ninguna señal segura de reconocimiento y de distinción del significado, y que no sería fácil dar una plenamente satisfactoria. Sin embargo, esto nos lleva al último y más importante remedio contra la estupidez: la modestia.
Ocasionalmente todos nosotros somos estúpidos: y debemos actuar a veces como ciegos o semiciegos; si no fuese así, el mundo se cerraría; y, si alguien pretendiese deducir de los peligros de la estupidez la regla: “¡Abstente de juzgar y de decidir en todo lo que no comprendas completamente!”, permaneceríamos inertes. Pero esta situación, de que actualmente se habla tanto, es análoga a otra, conocida desde hace mucho, en el ámbito del intelecto. Como, de hecho, nuestro saber y nuestra capacidad son incompletas, en todas las ciencias nos vemos obligados a emitir juicios aventurados, pero, esforzándonos, hemos aprendido a reducir dicho error a límites conocidos y dentro de los cuales pueda corregirse. Nada impide trasladar ese juicio y esa acción, exactos y llenos de orgullo y de humildad a un tiempo, a otros campos de nuestra existencia: y yo creo que el principio: “¡Actúa bien, cuando puedas, y mal, cuando debas, y, entretanto, ten conciencia de los límites de error de tu obrar!” nos conduciría ya a la mitad del camino para la creación de una vida llena de perspectivas positivas.
Pero con estas observaciones, hace rato que he acabado mis argumentaciones que, como afirmaba al principio, no son sino un estudio preliminar. Y con el pie en el límite, declaro que no estoy en condiciones de ir más allá, porque con un solo paso más estaríamos fuera del ámbito de la estupidez, que incluso en teoría es variado e interesante, y entraríamos en el de la sabiduría, una región desértica y en general esclavizada por los hombres.




[i] Derisch y terisch significan “sordo”; töricht, que en alemán significa “tonto”, se pronuncia igual que törisch.

[ii] Wilhelm Busch (1832–1908), célebre dibujante y humorista alemán, autor de Max und Moritz, historia de dos niños terribles.



Traducción de Aloisio Rendi


("Úber die Dummheit", conferencia pronunciada por Robert Musil en Viena, en marzo de 1937 y publicada originalmente en español por Editorial Tusquets en 1974. Distribuido en formato digital sin fines de lucro por Editorial PI, Medellín, Colombia, 2016).


ROBERT MUSIL (AUSTRIA, 1880-1942).




agosto 14, 2016

POEMAS DE INGEBORG BACHMANN




Al Sol

Más hermoso que la conspicua Luna y hasta que su preclara luz,
más hermoso que las estrellas, las ilustres condecoraciones de la noche,
más hermoso, más, que la flamígera aparición de un cometa
y llamado también a cosas más hermosas que ningún otro astro,
pues tu vida y la mía dependen cada día de él, es el Sol.

Sol hermoso, que se levanta, no olvida jamás su obligación
y la concluye de la manera más hermosa en el estío, cuando el día
se disipa en las costas, y reflejadas sin fuerza pasan
por tus ojos las velas, hasta que el sueño te vence y se esfuma la última.

Sin el Sol hasta el arte vuelve a ponerse el velo;
dejas de iluminarme, y la mar y la arena,
flageladas por las sombras, huyen bajo mis párpados.

Luz hermosa que nos caldea, conserva y cuida maravillosamente:
¡que vuelva a ver y vuelva a verte!
Nada más hermoso bajo el Sol que estar bajo el Sol...

Nada más hermoso que contemplar la vara en el agua y el pájaro en lo alto
que razona su vuelo, y, abajo, los peces, en bandada,
pintados, modelados, venidos al mundo con un mensaje de luz,
ni más hermoso que echar una mirada al derredor y ver el cuadrángulo de un sembrado, el
          miriángulo de mi país
y el manto que te cubre. ¡Y tu manto, acampanado y azul!

Azul hermoso, por el que pasean los pavos reales y se hacen reverencias,
azul de la distancia, de las zonas de dicha con los climas que le vienen mejor a mi sentir,
¡azar azul del horizonte! Y mis enardecidos ojos
vuelven a dilatarse y chispean y se abrasan heridos.


El tiempo aplazado

Se avecinan días más duros.
El tiempo aplazado hasta nuevo aviso
se anuncia ya en el horizonte.
Pronto tendrás que anudarte las sandalias
y ahuyentar a los canes hacia las granjas de la tierra baja.
Que las vísceras de los peces
se han quedado frías al viento
y la luz de las flores de los altramuces arde ya mortecinamente.
Tu mirada se abre paso a través de la niebla:
el tiempo aplazado hasta nuevo aviso
se anuncia ya en el horizonte.

En la otra orilla se te hunde la amada:
la arena sube ya por su cabellera ondeante,
no le deja hablar,
le ordena callar,
la encuentra mortal
y dócil para la despedida
tras cada abrazo.

No vuelvas la mirada.
Anúdate las sandalias.
Ahuyenta a los canes.
Arroja los peces al mar.
¡Apaga las flores de los altramuces!

Se avecinan días más duros.




(21 poetas alemanes, MadridVisor, 1980).

Trad. de Felipe Boso.



Vosotras, palabras


Para Nelly Sachs, la amiga, la poeta, en veneración

¡Vosotras, palabras, levantaos, seguidme!
y aunque ya estemos lejos,
demasiado lejos, nos alejaremos una vez
más, hacia ningún final.
No aclara.
La palabra
sólo arrastrará
otras palabras,
la frase otras frases.
El mundo así quiere,
definitivamente,
imponerse,
quiere estar dicho ya.
No la digáis.
Palabras, seguidme,
¡que no se vuelva definitiva
–esta ansia del verbo
y dicho y contradicho!
Dejad ahora un rato
que ninguno de los sentimientos hable,
que el músculo corazón
se ejercite de manera diferente.
Dejad, digo, dejad.
Nada, digo yo, susurrado
al oído supremo,
que sobre la muerte no se te ocurra nada,
deja y sígueme, ni dulce
ni amargo,
ni consolador,
no significativamente
sin consuelo
tampoco sin signos–
Y sobre todo, no eso: la imagen
en el tejido de polvo, el retumbar vacío
de sílabas, palabras de agonía.
¡Sin decir nada,
vosotras, palabras!
Bajo la tormenta de rosas

Adonde nos dirijamos bajo la tormenta de rosas,
las espinas iluminan la noche, y el trueno
de las hojas, antes tan silenciosas en los arbustos,
nos sigue ahora muy de cerca.



El tiempo postergado

Vienen días más duros. 
El tiempo postergado hasta nuevo aviso 
asoma por el horizonte. 
Pronto tendrás que atarte los zapatos 
y correr los perros de vuelta a las granjas marismeñas. 
Pues las vísceras de los peces 
se han enfriado al viento. 
Arde pobre la luz de los altramuces. 
Tu mirada rastrea la niebla: 
el tiempo postergado hasta nuevo aviso 
asoma por el horizonte.

Allí se te hunde la amada en la arena, 
sube por su cabello ondeante, 
le quita la palabra, 
le ordena callarse, 
le parece mortal 
y dispuesta a la despedida 
tras cada abrazo.

No mires hacia atrás. 
Átate los zapatos. 
Corre los perros de vuelta. 
Tira los peces al mar. 
¡Apaga los altramuces!

Vienen días más duros.



Salmo

1

¡Callad conmigo, como callan todas las campanas!

En la placenta de los horrores 
buscan las sabandijas alimento nuevo. 
Públicamente, cuelga los Viernes Santo una mano 
en el firmamento, le faltan dos dedos, 
y no puede jurar que todo, 
todo, no haya sido y que nada 
será. Se hunde en las nubes pardas, 
arroba a los nuevos asesinos 
y sale absuelta.

De noche, sobre esta tierra, 
forzar ventanas, darle para atrás a las sábanas, 
que quede al descubierto el embozo de los enfermos, 
una llaga llena de alimento, infinitos dolores 
para todos los gustos.

Enguantados contienen los carniceros 
el aliento de los desembozados, 
la luna en la puerta cae al suelo, 
no recojas los fragmentos, la cinta de la que colgó...

Todo estaba preparado para la extremaunción. 
(El sacramento no puede llevarse acabo).

2

Qué vanidad de vanidades. 
Arrastra una ciudad hasta ti, 
levántate del polvo de esa ciudad, 
toma posesión de un cargo 
y enmascárate 
para no ser desenmascarado.

Cumple las promesas 
delante de un espejo ciego en el aire, 
delante de una puerta cerrada en el viento.

Intransitados están los caminos sobre la pared a plomo del cielo.

3

Oh ojos, que la tierra, almacén solar, quemó, 
con la carga de lluvia de todos los ojos cargados, 
cubiertos ahora de hilos, de telas 
hiladas por las arañas trágicas 
del presente ...

4

En la cuenca de mi mudez 
pon una palabra 
y levanta grandes bosques a ambos lados, 
que mi boca 
entera quede en la sombra.



Sólo cosas sombrías

Como Orfeo, toco 
en las cuerdas de la vida la muerte, 
y ante la belleza de la tierra 
y de tus ojos, que administran el cielo, 
sólo sé decir cosas sombrías.

No olvides que también tú, de pronto, 
aquella mañana, cuando tu lecho 
todavía estaba húmedo de rocío y el clavel 
dormía junto a tu corazón, 
viste el río oscuro 
pasar a tu lado.

La cuerda del silencio, 
tensada sobre la ola de sangre, 
puso manos en tu corazón sonante. 
Transformado quedó tu rizo 
en la cabellera de sombras de la noche, 
los copos negros de las tinieblas 
nevaron tu semblante.

Y mi lugar no está a tu lado. 
Ahora nos lamentamos los dos.

Pero como Orfeo, sé 
junto a las cuerdas de la muerte la vida, 
y en mí reverbera el azulado 
de tu ojo por siempre cerrado.



Temprano mediodía

Silencioso verdea el tilo en el verano inaugurado, 
muy apartada de las ciudades tiembla 
el brillo opaco de la luna diurna. Ya es mediodía, 
ya se agita en la fuente el chorro, 
ya se alza bajo el destrozo 
el ala maltratada del pájaro de fábula, 
y la mano, desfigurada por tirar la piedra, 
cae en el despertar del trigo.

Donde el cielo de Alemania ennegrece la tierra, 
busca su ángel decapitado una tumba para el odio 
y te entrega el cuenco del corazón.

Un puñado de dolor se pierde sobre la colina.

Siete años más tarde 
te acuerdas nuevamente, 
junto a la fuente, ante la puerta, 
no mires demasiado profundamente, 
se te saltarán los ojos.

Siete años más tarde, 
en casa de amortajado, 
apuran los ayer verdugos 
el vaso dorado. 
Se te hundirían los ojos.
Ya es mediodía, en las cenizas 
dobla el hierro, sobre el mandril 
está izada la bandera, y sobre la roca

del sueño ancestral, queda de aquí en adelante 
forjada el águila.

Solo la esperanza, aquejada de ceguera, está acurrucada bajo la luz. 
¡Rompe sus cadenas, guíala 
ladera abajo, ponle 
la mano sobre los ojos, que no la 
abrase ninguna sombra!

Donde la tierra de Alemania ennegrece el cielo, 
busca la nube palabras y llena el cráter de silencio 
antes de que el verano las perciba bajo la llovizna. 
Lo inexplicable recorre, en voz baja, el país: 
ya es mediodía.



En la penumbra

De nuevo metemos los dos las manos en el fuego, 
tú, para el vino de la noche largamente embodegada, 
yo, para la fuente de la mañana, que desconoce los lagares. 
Aguarda el fuelle del maestro, en quien confiamos.

Al sentir el calor de la preocupación, el soplador se acerca. 
Se va antes de que amanezca, viene antes de que llames, es viejo 
como la penumbra en nuestras tenues cejas.

De nuevo, él prepara el plomo en caldera de lágrimas, 
a ti, para un vaso -se trata de celebrar lo desaprovechado-, 
a mí, para el pedazo lleno de humo -este se vacía sobre el fuego.
Así avanzo hasta ti y hago sonar las sombras.

Descubierto está quien ahora vacile, 
descubierto, quien haya olvidado el dicho. 
¡Tú no puedes ni quieres saberlo, 
tú bebes del borde, donde está fresco, 
y como antaño, bebes y permaneces sobrio, 
a ti aún te crecen cejas, a ti aún te contemplan!

Pero yo ya aguardo el momento 
en amor, a mí se me cae el pedazo 
en el fuego, a mí se me convierte en el plomo 
que era. Y detrás de la bala 
estoy yo, tuerta, segura del blanco, delgada, 
enviándola al encuentro de la mañana.



Vuelo nocturno

Nuestro campo es el cielo, 
arado con el sudor de los motores, 
frente a la noche, 
bajo la intervención del sueño.

Soñado sobre calvarios y piras, 
bajo el tejado del mundo, cuyas tejas 
se ha llevado el viento -y ahora, lluvia, lluvia, lluvia 
en nuestra casa y en los molinos 
los ciegos vuelos de los murciélagos. 
¿Quién vivía allí? ¿Quién tenía límpidas las manos? 
¿Quién resplandecía en la noche, 
fantasma a los fantasmas?

Al abrigo del plumaje de acero, interrogan 
instrumentos el espacio, relojes y escalas, 
la maleza de nubes, y roza el amor 
el lenguaje olvidado de nuestro corazón: 
corto y largo largo... Durante una hora 
bate granizo el tímpano del oído, 
que, desafecto a nosotros, escucha y distorsiona.

No ha desaparecido el sol ni la tierra, 
solo se han movido como astros, irreconocibles.

Nos hemos remontado de un puerto 
en que no cuenta el retorno, 
ni la carga ni la pesca.
Las especias de la India y las sedas del Japón 
les pertenecen a los comerciantes, 
como los peces a las redes.

Pero se percibe un olor 
que se anticipa a los cometas, 
y el tejido del aire 
desgarrado por el cometa caído. 
Llámalo estado de los solitarios 
en que se lleva a cabo el asombro. 
Nada más.

Nos hemos remontado, y los conventos están vacíos 
desde que toleramos, una orden, que no salva ni enseña. 
Actuar no es asunto de los pilotos. Tienen la vista fija 
en las bases y extendido sobre las rodillas 
el mapa de un mundo al que nada hay que añadir.

¿Quién vive ahí abajo? ¿Quién llora...? 
¿Quién pierde la llave de la casa? 
¿Quién no encuentra su cama, quién duerme 
sobre los umbrales? ¿Quién, cuando llega la mañana, 
se atreve a interpretar la estela de plata: mirad, por encima de mí...? 
Cuando el agua impulsa de nuevo la rueda del molino, 
¿quién se atreve a recordar la noche?



Nueva

Sale del atrio celestial templado de cadáveres el sol.
No están allí los inmortales,
sino los caídos en batalla, oímos.
Y el esplendor no repara en la putrefacción. Nuestra deidad,
la Historia, nos ha dispuesto una sepultura
de la que no hay resurrección.



Todos los días

Ya no se declara la guerra, 
se prosigue. Lo inconcebible 
se ha hecho cotidiano. El héroe 
permanece alejado de los combatientes. El débil 
ha avanzado hasta las zonas de fuego. 
El uniforme de diario es la paciencia, 
la condecoración, la mísera estrella 
de la esperanza sobre el corazón.

Se concede
cuando ya no pasa nada,
cuando el fuego nutrido ha enmudecido,
cuando el enemigo se ha hecho invisible,
y la sombra del armamento eterno
oscurece el cielo.

Se concede 
por abandonar las banderas, 
por el valor ante el amigo, 
por revelar secretos indignos 
y desacatar 
toda orden.


(El tiempo postergado, Madrid: Ediciones Cátedra S. A., 1991).

Trad. de Arturo Parada.



Despedida


La carne, que envejeció muy bien conmigo, 
la mano rugosa, que sostuvo fresca la mía, 
ha de quedarse sobre el pálido muslo,
rejuvenecerse la carne, por un instante, 
para que así venga más rápido el derrumbe en ella,
rápido llegan las arrugas, casi sanas, 
y todo sobre la rígida musculatura.

No ser amada. El dolor podría ser aún
mayor, Se siente muy bien, toca a la puerta.
Pero la carne, con su línea abierta en la rodilla,
las arrugadas manos, todo ello sobrevino de noche, 
el curtido omóplato, donde ya no crece ningún verde,
donde alguna vez se mantuvo oculto un rostro.

Avejentada en cien años, en un solo día,
El confiado animal fue llevado bajo latigazos
a su armonía preestablecida.



Niños de Julio

Por nuestros propios medios nonatos,
mis niños de julio, las monstruosidades
que se mueven con el pie mutilado, no lo sabemos,
que agitan el muñón, no lo sabemos,
y la cabeza perdida.
Por nuestros propios medios, 
perdiendo la cabeza,
mis queridos niños
nada les habría podido enseñar
pero bien alimentados les habría hecho
enamorarse de lo otro, del viento en el aire
Unos miles de ellos en Julio
habría sido siempre Julio
monstruos alimentados
desde mi ternura 
que es lo que buscáis vosotros, espectros etéreos 
Transformadores del mundo, vosotros me
lo habríais cambiado el mundo 
y cambiármelo hasta la muerte por cariño
hasta la muerte para algo otro
Viento en el aire el papel jironeado
que se desgarra, antes que alguno pueda 
leer lo que ha sucedido 
como se os ha arrancado
de mí, se ha desgarrado el jirón de
papel que no puede sin embargo leer aun nadie.



La noche de los perdidos.
El final del amor


Una luna, un cielo
y el mar obscuro.
Tan sólo eso, y todo obscuro. 
Tan sólo eso, porque es de noche.
Y nada humano
entreteje además esa acción efectiva, 
Que me reprochas también tú 
y semejante amargura
No lo hagas. 
Nada mejor hay que yo pudiera conocer
sino amarte, nunca
pensé,
que a través del sudor de la piel
se me haría presente 
el […] mundo.

[Sin título]


Observad, amigos ¡acaso no lo veis!
que no lo he sobrevivido ni menos resistido, no lo veis,
que voy hacia adentro, que 
para aquél de ahí yo voy hablando por dentro, que
me repliego y desdeño
mi cabello, que embolso mis manos
retiro mi palabra, no lo veis, 
observad,

que me marcho, que voy
cayendo, que me entrego,

y grito, porque los locos
buscan tanteando a sus protectores, como
yo a mi guarda.


[Sin título]


Qué difícil es perdonar,
un trabajo muy lento y muy arduo, 
del que sola me he ocupado
durante ya muchos años.

El odio me ha enfermado,
me siento deformada, estos abscesos
me prohíben incluso mostrarme 
junto a los hombres.

Sólo sé que yo 
no puedo odiar más de este modo
ni desear tu muerte, 
la cual tampoco deseo,
ni cumpliría yo por mi mano,

He aprendido que la mía
ha de amar a sus enemigos, y
esto es tan simple, pues si no cómo
podrían luego mis enemigos
hacerme más de un mal. 
Si se extravía una bala, 
si alguien me escupe en a cara, 
como ayer, no me guardo pensamientos 
contra el amor que me ha sido dado.

Tengo miedo ante el amor 
que me has infundido tú, 
con la intención más cruel. 
Totalmente ajada de cortantes ácidos,
venenos de todo tipo, por el opio,
aturdida por completo en mi destrucción.
Puesto que ya no vivo más en ti, 
y muerta me encuentro ya, donde estoy. 
Lo que cuentan y persisten son las cúpulas
comen dos veces al día, satisfacen 
luego sus necesidades, e
imploran por los medicamentos, 
que me han de sumir en un largo sueño.



(No sé de otro mundo mejor. Poemas inéditos. Piper-Verlag, München, 2000). 
Fuente: http://web.uchile.cl/publicaciones/cyber/18/crea16.html 

Trad. de Breno Onetto.



Cantos durante la huida

                                                          Dura legge d'Amor! ma, ben che obliqua, 
                                                          Servar convensi; però ch'ella aggiunge 
                                                          Di cielo in terra, universale, antiqua
                                                          Petrarca, "I Ttriunfi"

I

La hoja de palma se parte con la nieve, 
las escaleras se derrumban, 
la ciudad yace tiesa y brilla 
en el extraño resplandor de invierno.

Los niños gritan y suben 
a la colina del hambre, 
comen de la blanca harina 
y rezan al cielo.

La rica quincalla invernal, 
el oro de las mandarinas, 
vuela en las ráfagas salvajes. 
Rueda la naranja sanguina.

II

Yo, sin embargo, yazgo solo 
encerrado en hielo, lleno de heridas.
Todavía la nieve
no me vendó los ojos.

Los muertos, abrazados a mí,
callan en todas las lenguas.
¡Nadie me ama ni ha agitado
una lámpara para mí!

X

¡Oh amor, que rompiste y tiraste
nuestras cortezas, nuestro escudo,
el cobijo y la herrumbre marrón de años!
¡Oh penas, que pisándolo apagaron nuestro amor,
su fuego húmedo en las partes sensibles!
Llena de humo, sucumbiendo en el humo, la llama se repliega.

XII

Boca que durmió en mi boca,
ojo que vigiló mi ojo,
mano-
y los que me arrasaron, los ojos!
¡Boca que pronunció la sentencia,
mano que me ejecutó!

XV

El amor tiene un triunfo y la muerte tiene otro, 
el tiempo y el tiempo de después. 
Nosotros no tenemos ninguno.

A nuestro alrededor sólo hundirse de astros. Destellos y silencio. 
Mas la canción por encima del polvo después 
va a superarnos.



Currículum Vitae

Larga es la noche, 
larga para el hombre 
que no puede morir, largamente 
se tambalea bajo farolas 
su ojo desnudo y su ojo 
cegado por el aliento de aguardiente, y el olor 
a carne mojada bajo sus uñas 
no siempre le aturde, oh dios, 
larga es la noche.

Mi cabello no se encanece 
porque salí del vientre de las máquinas, 
Rosarroja* me untó de alquitrán la frente 
y los mechones, habían estrangulado 
a su hermana, blanca como la nieve. Pero yo, 
el jefe de la tribu, pasé por la ciudad 
de diez veces cien mil almas, y mi pie 
pisaba las cucarachas del alma bajo el cielo de cuero, del cual 
pendían diez veces cien mil pipas de la paz, 
frías. Una calma de ángeles 
deseé a menudo para mí 
y cotos de caza llenos 
de los gritos impotentes 
de mis amigos.
Con las piernas y las alas abiertas 
subía la sabihonda juventud 
sobre mí, sobre el estiércol, sobre el jazmín, 
hacia las inmensas noches del secreto 
de la raíz cuadrada, la leyenda de la muerte 
empaña mi ventana cada hora, 
dadme euforbia y verted 
la risa en mi garganta 
de los viejos que nos antecedieron, cuando 
caiga yo sobre los infolios 
en el sueño vergonzoso, 
para que no pueda pensar, 
para que juegue con flecos 
de los que cuelgan serpientes.

También nuestras madres 
soñaron con el futuro de sus maridos, 
los vieron poderosos, 
revolucionarios y solitarios, 
pero después del retiro los han visto encorvados en el huerto 
sobre las llameantes malas hierbas, 
mano a mano con el fruto charlatán 
de su amor. Triste padre mío, 
¿por qué callasteis entonces 
y no habéis seguido pensando?

Perdido en las cascadas de fuego, 
En una noche junto a un cañón 
que no dispara, condenadamente larga 
es la noche, bajo el esputo
de una luna enfermiza, su luz 
biliosa, pasa volando sobre mí 
el trineo con la historia 
embellecida, 
en la vía del sueño de poder (lo cual no impido). 
No era que yo durmiese: estaba despierto, 
entre esqueletos de hielo buscaba el camino, 
volvía a casa, me ceñía el brazo 
y la pierna con hiedra y con restos 
de sol blanqueaba las ruinas. 
Respeté los días festivos, 
y sólo si mi pan estaba bendecido 
lo comía.

En una época arrogante 
hay que pasar de prisa 
de una luz a otra, de un país 
a otro, bajo el arco iris, 
con la punta del compás en el corazón, 
tomando la noche por radio. 
Abierto de par en par. Desde las montañas 
se ven lagos, en los lagos 
montañas, y en el armazón de las nubes 
se balancean las campanas 
de un mundo. Saber de quién 
es ese mundo, me está prohibido.

Ocurrió un viernes: 
-yo estaba ayunando por mi vida, 
el aire chorreaba del zumo de los limones
y la espina estaba clavada en mi paladar¬ 
entonces saqué del pez abierto 
un anillo que lanzado 
al nacer yo, cayó en el río 
de la noche y se hundió. 
Yo volví a lanzarlo a la noche.

Oh ¡si no tuviera miedo a la muerte! 
Si tuviera la palabra 
(y no la errase) 
si no tuviera cardos en el corazón 
(y rechazara el sol), 
si no tuviera avidez en la boca 
(y no bebiera el agua salvaje), 
si no abriera el párpado 
(y no hubiera visto la cuerda). 
¿Están tirando del cielo? 
Si no me sostuviera la tierra 
hace tiempo que yacería quieta, 
hace tiempo que yacería 
donde me quiere la noche, 
antes de que hinche las narices 
y levante su casco 
para nuevos golpes, 
siempre para golpear. 
Siempre la noche. 
Y nunca el día. 



*Rosarroja y Blancanieves son hermanas en el cuento.



Explícame, amor

Tu sombrero se levanta despacio, saluda, y vuela al viento, 
tu cabeza desnuda enamora a las nubes, 
tu corazón tiene que hacer en otra parte, 
tu boca asimila lenguas nuevas, 
la hierba tembladera menudea por aquí, 
el verano apaga y enciende los ásteres con un soplo, 
ciego por los copos levantas el rostro, 
ríes y lloras y te hundes en ti, 
qué más ha de ocurrirte -

¡Explícame, amor!

El pavo con solemne asombro hace la rueda, 
la paloma levanta su collar de plumas, 
el aire se dilata repleto de arrullos, 
grita el ánade, el país entero 
se sirve de la miel silvestre, también en el sereno parque 
los arriates están enmarcados con un polvo dorado.

El pez se ruboriza, adelanta a la bandada 
y se precipita entre grutas al lecho de coral. 
Al son de la música de la arena plateada baila tímido el escorpión. 
El escarabajo huele de lejos a la más espléndida; 
¡si yo tuviera sus sentidos, notaría también 
que brillan alas bajo el caparazón de ella, 
y tomaría el camino del fresal lejano!
¡Explícame, amor!

El agua sabe hablar, 
la ola toma a la ola de la mano, 
en la viña el racimo se hincha, salta y cae. 
¡Cuán confiado sale el caracol de su casa!

¡Una piedra sabe conmover a otra!

Explícame amor, lo que no sé explicar: 
¿trataré durante este tiempo corto y hostil 
únicamente con pensamientos y sólo yo 
no conoceré ni haré nada afectuoso? 
¿Tiene uno que pensar? ¿No le echarán de menos?

Dices: otro espíritu cuenta con él... 
No me expliques nada. Veo a la salamandra 
pasar por todos los fuegos. 
Ningún horror la persigue y nada le causa dolor.



Invocación a la Osa Mayor

Osa Mayor, baja, hirsuta noche, 
animal de piel de nubes con ojos viejos, 
ojos de estrellas, 
por la espesura irrumpen relucientes 
tus patas con las garras, 
garras de estrellas, 
mantenemos despiertos los rebaños, 
pero encantados por ti, desconfiamos 
de tus flancos cansados y de tus dientes 
agudos y semidescubiertos, 
vieja osa.

Una piña: vuestro mundo. 
Vosotros: sus escamas. 
Yo la muevo, la hago rodar 
desde los abetos del principio 
hasta los abetos del final, 
la resoplo, la pruebo en la boca 
y la agarro con las zarpas.

Ya tengáis miedo o no lo tengáis, 
pagad en la limosnera y dadle 
al ciego una buena palabra, 
para que sostenga a la osa de la correa. 
Y sazonad bien los corderos.
Podría ser que esta osa
se soltara, no amenazara ya más
y corriera tras todas las piñas caídas
de los abetos grandes y alados
que cayeron del paraíso.



Publicidad

Pero adónde vamos 
no te preocupes no te preocupes 
cuando oscurece y cuando viene el frío 
no te preocupes 
pero 
con música 
qué debemos hacer 
alegre y con música 
y pensar 
alegre 
cara a un final 
con música 
y adónde llevamos 
mejor 
nuestras preguntas y el escalofrío de todos los años 
a la lavandería de sueños no te preocupes no te preocupes 
pero qué ocurre 
mejor 
cuando sobreviene

un silencio de muerte.



Toma de tierra

Llegué a las dehesas 
cuando ya era de noche, 
olfateando en los prados la hierba 
y el viento antes de levantarse. 
Ya no pastaba el amor, 
las campanas se habían extinguido 
y los haces de hierba endurecido.

En el suelo había un cuerno clavado 
por el obstinado animal de guía 
hundido en la oscuridad.

Lo saqué de la tierra, 
lo alcé al cielo 
con todas mis fuerzas.

Para llenar este país 
del todo con sonidos 
toqué el cuerno, 
dispuesto a vivir en el viento venidero 
y bajo los tallos ondeantes 
de cualquier procedencia.


Sombra rosas sombra

Bajo un cielo extraño
sombra rosas
sombra
sobre una tierra extraña
entre rosas y sombra
dentro de un agua extraña
mi sombra



Una especie de pérdida

Usados en común: estaciones del año, libros y una música.
Las llaves, los boles de té, la panera, sábanas y una
cama.
Un ajuar de palabras, de gestos, traídos, empleados,
gastados.
Un reglamento de casa observado. Dicho. Hecho. Y
siempre alargada la mano.
De inviernos, de un septeto vienés y de veranos me he 
enamorado.
De mapas, de un poblacho de montaña, de una playa y de una cama.
Con fechas he hecho un culto, promesas he declarado
irrevocables,
he adornado un algo y he sido devota delante de una nada,
(-de un periódico doblado, de las cenizas frías, del
papel con un apunte)
impávida ante la religión, porque la iglesia era esta cama.
De la vista de un lago surgió mi pintura inagotable.
Desde el balcón había que saludar a los pueblos, mis
vecinos.
Junto al fuego de la chimenea, en la seguridad, mi
cabello tenía su color más intenso.
La llamada a la puerta era la alarma para mi alegría.
No te he perdido a ti,
sino al mundo.



(Invocación a la Osa Mayor, Madrid: Hiperión, 2001).


Trad. de Cacilia Dreymüller y Concha García.




Hablar con un tercero

Y he elegido a la
muerte, para todas las
confesiones ella, le he
contado, a esta muerte
disparatada, a la que no
puedo imaginar, a la que
puedo provocar rápidamente,
pero nunca imaginar, le
he contado.
La muerte, a la que le he contado
tiene la amargura de treinta
píldoras, mide una
caída por la ventana, y
le digo, al estar sola
con ella, ella tan larga

tan larga como una caída por la ventana,
ella tan corta, larga como un sueño,
hasta que le quite al sueño
la preocupaciones por
mí, le cuento a este
tercero.
Digo: hazme ver su
boca, y ese ojo
hazme ver cómo era,
dale marcha atrás,
hazme ver cómo
digo:
Otra vez, y
soy.



Estar permanentemente en las palabras

Estar permanentemente en las palabras, quieras o no,
Estar siempre vivo, lleno de palabras por la vida,
como si las palabras estuviesen vivas, como si la vida fuera palabra.

Tan distinto es, creedme.
Entre una palabra y un objeto
sólo te entremetes tú mismo,
como con un enfermo yaces con los dos
ya que ninguno se arrima jamás al otro
degustas un sonido y un cuerpo,
y te gustan los dos.

Sabe a muerte.

Pero vida y muerte, si existen las dos,
quién sabe,
como hay tanto muerto lejano en mí.
como ya me ha afectado
tanto fallecido
y también los muertos.

una amiga que antes me conocía,

un jarro del que brindé por ti



A la central de telecomunicaciones de Berlín

Me alegro de que ayer fuera más duro
que lo es hoy. Entrada prohibida.
Siguen poniendo en la puerta y nadie
viene, también llueve mucho, vuelve
a ser invierno como ayer, es decir, como hace un año.
Entonces fue duro, en la vecindad
nadie. Es que nadie viene.

Ayer, me asfixié, 
no podía gritar más,
hoy sí que podría gritar,
pero es mejor hoy.
arriba juegan a los bolos, abajo
trabajan la madera y asierran
estos bricoleros inocuos.

En la grieta del muro, en un
segundo de susto, un bicho negro
que se hacía el muerto. Hecho el muerto.
Y aprendo de él,
me hago la muerta,
sin hijo, sin amante,
sin radio, sin teléfono,
en esta grieta, perdida
en este planeta, en
este Berlín.

mirada por nadie más que
un muro cortafuegos.
en un segundo de susto,
me siento mirada por
la locura. Sé que
me miro a mí misma.
Un muro cortafuegos al otro.
Sin cara.
De un incendio en extinción.
Un incendio no extinguible.



Hermandad

Todo es abrir heridas, 
y nadie perdonó a nadie. 
Herido como tú e hiriendo, 
encaminado hacia ti vivía yo. 

El puro, el contacto espiritual, 
Por cada tacto incrementado, 
lo experimentamos Envejeciendo, 
más al frío silencio retirados. 



Tarde ebria

Tarde ebria, llena de azulada luz 
se tambalea en la ventana y desea cantar. 
Con miedo, los cristales se aprietan 
donde sus sombras se enredaron. 
Vacila, llevando la oscuridad hacia el mar de casas, 
encuentra a un niño. Lo ahuyenta con gritos, 
y jadea detrás de todo y de todos 
susurrando cosas temibles. 
En el patio húmedo circundado por opacos muros 
retoza con ratas en los rincones. 
Una mujer, vestida de un gris deslucido, 
retrocede ante ella, escondiéndose en la penumbra. 
Aún fluye, en la fuente, un hilo delgado, 
una gota cae persiguiendo a la otra; 
ahora la tarde bebe un líquido viscoso de la corroída cañería 
y ayuda a lavar las negras cloacas. 
Tarde ebria, llena de azulada luz, 
se tambalea en la ventana y empieza a cantar. 
Los cristales se rompen. Ensangrentado el rostro, 
irrumpe y lucha contra mi terror


Ingreso en el partido

¿Acaso una persona no vale nada entre hermanos?
Calumniada y escupida, burlada, difamada,
quién no lo sabe, por una buena obra, que no se demuestra.
El honor, vendido en cada tertulia.
De boca en boca como una anécdota sucia.
El exceso de un sentimiento, asesinado
por el beneficio diligente.
La escrupulosidad ocupada
con la determinación de los ingresos.
Una vida, una sola, convertida
en experimento. Así está logrado. Realizado.
Tampoco el conejo en el laboratorio, hinchado,
que pierde su piel después de la prueba,
tampoco la rata, llena de inyecciones, sin conciencia,
devorará el brazo de su asesino.
También la mosca, contra la que se dirige
una punta* con veneno, los mosquitos que no se valen
todavía de la Carta de Derechos de los mosquitos
son mis compañeros.
Yo me valgo de mi modesta persona.
Mas si Dios se ha encarnado
y le meten en la probeta y toma
posición, si él fuera el amor
y dudo que pueda ser algo
de esta clase, me consolaría poco.

Sé que hay que obligar a las víctimas aquí
para que se junten, sin ningún acuerdo aún.
La especie de mosca quiere unos días, el paria
una mirada por la ranura del buzón, la rata,
la Yo, los totalmente humillados quieren
la venganza, antes de morir deshonrados –
quieren una palabra de compasión.
La comuna renuncia.
El capital de una atrocidad que produce intereses
se enfrenta al capital de un dolor
menguante.
A pesar de todo, esta sociedad se sentencia a sí misma.
Morir no lo es, levantarse
es la palabra. Sin comprensión
para con la explotación, terminar
con esta explotación. Que venga la revolución.
Que venga, pues que venga.
Yo dudo. Pero que venga
la revolución, también de mi corazón.
Se me han extraviado los poemas.
Los busco en todos los rincones de la habitación.
Por el dolor, no sé cómo anotar
un dolor, ya no sé nada de nada.
Sé que no se puede hablar así, sin ton ni son,
ha de ser más mordaz, una metáfora picante.
tendría que ocurrírsele a uno. Pero con el cuchillo en la espalda.
Parlo e tacio, parlo, me fugo en un idioma
en el que sale hasta algo español, los toros y
las** planetas, se puede escuchar quizá aún
en un viejo disco robado. Con algo de francés
también va, tu es mon amour depuis si longtemps.
Adiós, palabras bonitas, con vuestras profecías.
Por qué me habéis abandonado. ¿No estabais a gusto?
Os he depositado junto a un corazón, de piedra.
Realizad allí para mí, Aguantad allí, realizad allí para mí una obra


* N.d.T.: Los editores alemanes advierten que Flitspitze podría ser una
errata y que la palabra correcta puede ser Flitspritze (inyección con
veneno): Flit es un veneno contra moscas.

**N. d. T.: Así en el original.



(No sé de ningún mundo mejor, Madrid, Hiperión: 2003).

Trad. de Jan Pohl.




Bohemia junto al mar


¿Aquí son verdes las casas? Entro en una casa.
¿Están sanos los puentes? Voy por suelo firme.
¿Pérdida de tiempo es todo el tiempo? Con gusto lo pierdo.

Yo no soy tal, es uno, tan bueno como yo.

Una palabra se me acerca, la dejo aproximarse.
¿Bohemia sigue junto al mar? Creo en los mares otra vez.
¿Y aún creo en el mar? Igual confío en la tierra.

Yo soy eso, entonces un cualquiera, que es tanto como yo.
Para mí no quiero más. Quiero ir al fondo.

En el fondo, es decir hacia el mar, donde encuentro Bohemia otra vez.
Hundida, despierto tranquila.
Conozco ahora el fondo y no me pierdo

Vengan aquí bohemios todos, marineros, putas del puerto,
barcos sin anclar. Ilirios, veroneses, venecianos, ¿no quieren
ser bohemios? Interpreten las comedias que hacen reír

y las que son para llorar. Y fallen cien veces,
como yo lo hice y reprobé las pruebas,
pero sí las soporto, una y otra vez.

Así surgió Bohemia y en algún buen día,
junto al mar fue indultada, ahora yace junto al agua.

Me acerco a una palabra y a otra tierra,
me acerco un poco más, como poco también, a todo lo demás:

un vagabundo, un bohemio sin nada, que nada sostiene,
pero capaz, desde el mar en disputa, de ver la tierra que deseo elegir.



En verdad
                                         para Ana Ajmátova

A quien nunca afectó
[una palabra,
se los digo,
quien sólo sabe ayudarse
[a sí mismo,
y con palabras:

no es alguien a quien ayudar.
Ni en los breves senderos,
tampoco en los extensos.

Hacer perdurable una
[única frase,
sostenerla en el vaivén de las
[palabras.

Esta frase la escribe nadie,
el que no la suscribe.



Enero 64 Praga

A partir de esa noche
camino y hablo otra vez;
suena a bohemio,
cual si estuviera en casa de nuevo

entre el Danubio, el Moldava
y el río de mi infancia,
donde todo tiene una noción de mí.

Partir, paso por paso, es regresar;
a mirar, al parecer, aprendí.

Doblada parpadeo,
cuelgo del pretil de la ventana,
miro los años de sombra
(cuando no había estrella
que me colgara en la boca)
alejarse más allá de la colina.

Sobre el barrio de Hradschin1
a las seis de la mañana,
los paleadores de nieve del Tatra
con sus garras agrietadas
acabaron con los restos de la escarcha.

Entre las cuadras que explotan
de mi río, y también mi río,
se abre paso el agua liberada.

Llega a escucharse en los Urales.



Enigma


para Hans Werner Henze, del tiempo de los Ariosi

Nada más ha de venir.

Ya no será primavera.
Almanaques milenarios se lo dicen a quien pasa.

Pero tampoco verano, ni, lo que ostenta
el nombre 'veraniego',
habrá de venir nuevamente.

No debes de llorar,
dice una música.

Aparte,
nadie
dice
algo.



No es delicatessen

Ya no hay nada que me guste.
¿Debo
adornar una metáfora
con una flor de almendro?
¿crucificar la sintaxis
por un efecto de luz?
Quién se romperá el cráneo
con cosas tan superfluas –

Tuve una comprensión
de ciertas palabras,
las que están ahí
(para la clase más baja)

Hambre
              pena
                      lágrimas
y
                                      oscuridad.

Con el llanto impuro,
con la desesperación
(y aún desespero de la desesperación)
por tanta miseria,
por los decesos por enfermedad, por los costos de la vida,
he de entenderme.

No dejo de lado la escritura,
sino a mí.
Los demás saben
sabe Dios cómo
ayudarse con palabras.
Yo no soy mi asistente.

¿Debo
tomar como rehén un pensamiento,
llevarlo hasta una celda verbal iluminada?
¿alimentar ojos y oído
con un bocado de palabras de primera?
¿explorar la libido de una vocal,
¿calcular el valor amatorio de las consonantes?

¿Debo
—con la cabeza apedreada,
con el calambre de escribir en esta mano,
con el peso de trescientas noches—
desgarrar el papel,
barrer las óperas verbales urdidas,
así de aplastante: yo tú y él ella eso
nosotros ustedes?

(Debo. Deben los otros)

De mi parte, debe darse por perdido.




(Sämtliche Gedichte, Múnich, Piper Verlag, 2005).
(Fuente: Revista La Colmena, N° 82, México: Universidad Autónoma del Estado de México, 2014).


Trad. de Daniel Benomo 


Viaje

El humo asciende de la tierra.
Recuerda los pequeños cobertizos para la pesca,
porque el sol se hundirá
antes de que hayas dejado diez millas tras de ti.

El agua oscura, de mil ojos,
abre sus pestañas de espuma blanca,
estudiándote, profunda y largamente,
durante treinta días.

Aun cuando el barco cabecea
y da cada paso incierto,
continúa calmado sobre la cubierta.

A la mesa ellos comen
el pescado asado;
luego los hombres se hincarán
y zurcirán sus redes,
aunque cada uno dormirá en la noche
una hora o dos,
y sus manos se suavizarán,
libres de sal y aceite,
suaves como el pan de los sueños
que ellos rompen.

La primera ola de la noche golpea contra la costa,
la segunda ya te alcanza.
Pero si miras detenidamente,
aún puedes ver el árbol
que levanta desafiante un brazo
–el viento ya le ha tumbado uno
–y tú piensas: ¿Cuánto más?
¿Cuánto más
soportará la madera el clima?

De la tierra no hay rastro alguno.
Con tu mano debiste haber escarbado en el banco de arena
o atado a ti mismo al acantilado con una hebra capilar.

Soplando conchas, los monstruos marinos flotan
sobre el penacho de las olas, las montan y parten
el día en pedazos con sables brillantes; un rastro rojo
queda en el agua, donde el sueño se apodera de ti
por el resto de tus horas,
tus sentidos se tambalean.

Pero luego algo pasa con las sogas,
te llaman y estás feliz
de que te necesiten. Lo mejor de todo
es el trabajo en los barcos
que zarpan muy lejos,
el anudar sogas, vaciar el agua,
calafetear las fugas, la vigilia del cargamento.
Es mejor estar cansado y colapsar
por la tarde. Es mejor despertar claro en la mañana
a la primera luz, levantarse bajo el cielo inamovible,
ignorar el agua infranqueable
y  alzar la nave sobre las olas
hacia la siempre recurrente costa del sol.



En la tormenta de rosas

A donde sea que volteamos en la tormenta de rosas,
la noche arde con espinas, y el relámpago
de pétalos, alguna vez callado entre los arbustos,
retumba en nuestros talones.


Dialectos

Uno puede reconocerlos por sus dialectos,
el batidor y el abatido,
el perseguidor y el perseguido,
los ingenuos y los sabios,
dialectos que no renuncian a su acento nativo.


Mi amor después de muchos años

Un largo, largo amor
ha comprobado en sus alas la pesadumbre
y no volará hacia otro.
La vieja mendiga debe vagar,
cada día la puerta azotándose frente a ella,
todos estos años, todos, todos estos días
dirigiéndose a casa hacia el norte.
El viento del sur la alienta, el viento del norte la atormenta.



Trad. de Ademar Ramírez.


Barrera de sonido

La alfombra de ruido, ensordecedora y chata,
que arrastra contigo
lo que más ruido hace, todo
hace ruido y ensordecen,
tiemblan
Tus casas todas
cada pisada
en tu cabeza
todas tus posesiones
recuerdos, pensamientos
lo que rebasó
con una velocidad
que nunca fue la tuya
esta locura; no exista nada
más, nada existe más, y 
no existe nada más lejos
hasta que con el gran estruendo 
bajo el que te inclinas
sobre ti, en lo alto,
la barrera del sonido traspasas,
subiendo.
Te inclinas ya estás
arriba y emprendes tu viaje
con flamantes harapos y llantas
con las costuras reventadas y
una fuerza loca, para que en tu
traspasar el cielo sea [siempre] muy suave
y la tierra muy dura.



En manos del enemigo

Estás en manos del enemigo,
ya muelen Tus
huesos, trituran
Tu mirada
aplastan Tus miradas
con los pies
te taladran el oído
con el silbato de alarma
Alarma



Plaza Wenceslao

                          pistas de hielo, bloques de nieve
No mucho para ver, la nieve, una avería
humeantes
sin palabras ante el frío las bocas, hacia arriba
y hacia abajo como cardúmenes xxxxxxxxxxx de casa en casa
Hombres.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx No mucho para entender.
juntos y en todas direcciones

Sale humo solamente, bocanadas, hace rato que cada uno
piensa en sí mismo, no piensa. Tampoco para qué
ni por qué aquí.

El lugar, con [el que] sin embargo me encontré camino a casa, también se llama así,
es uno y el mismo. Tengo mi pequeño humo
delante de la boca y doblo y me descubro viva
en una callejuela que termina xxx lejos en el fondo de mi pasado
y es mi vida.        en la que está mi origen.


Cementerio judío 

Bosque petrificado, ninguna tumba destac[abl]e, nada para arro[d]illarse
ni tampoco para las flores. Es tan estrecho el lugar que las piedras
se abrazan entre sí, para que no se piense en uno sin el otro,
y para los vivos   una pasarela A través de la cual pasearse,
sin tristeza, El que alcanza la salida no tiene la muerte,
sino el día en el corazón.


Praga, policlínico

Aquí es todo gratuito. No cuesta nada.
Sólo están los enfermos, Ningún asilo de ricos, ningún asilo de pobres,
sólo un asilo de enfermos para los enfermos, no cuesta nada, 
todo gratuito, ninguna prerrogativa ni tampoco privilegios,
aquí están todos enfermos y llaman a las puertas como al Paraíso
y deliran como ante el Paraíso y respiran apenas




(Lezte, unveröffentliche Gedichte, Entwürfe und Fassungen. Suhrkamp, Francfort del Meno, 1998).


Trad. de Ricardo Ibarlucía.





INGEBORG BACHMANN (AUSTRIA, 1926-1973).