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febrero 17, 2012

POEMAS DE SHARON OLDS




Foto: David Bartolomi



El conocer

Después, cuando ya dormimos
el coma del paraíso y nos despertamos,
nos quedamos un rato largo
mirándonos.
No sé qué verá él, pero yo veo
unos ojos de ternura insuperable
y calma, una calma como la dignidad
de la materia. Amo el mar abierto
azul-verde-gris de su iris, amo
su curva contra lo blanco,
la curva que al mirarla me hace
acabar, cuando está casi quieto, muy hondo
dentro de mí. Nunca vi una curva
como esa, salvo la de la tierra desde el espacio
exterior. Yo no sé de dónde
sacó esa amabilidad sin soberbia,
casi sin ego, y a pesar de eso eligió 
a una mujer entre todas.
Conociéndolo, conozco
la pureza del animal
que se aparea de por vida. A veces sonríe
apenas, pero más que nada me mira mirarlo,
con el rostro entero iluminado. Amo ver 
cómo cambia cuando lloro – no hay inquietud,
ni pena, ni reflejo más serio. Si estamos
boca arriba, acostados uno al lado del otro,
cara a cara, puedo oír una lágrima de mi párpado inferior
golpear contra la sábana, como si fuese
uno de los primeros días sobre la tierra
y después las del párpado superior
se enlazan y bajan por las pestañas
como la aparición del cultivo y la irrigación
en un pueblo que ya no es nómade.
Tengo tanta suerte de poder conocerlo.
La única forma de conocerlo es ésta.
Yo soy la única que lo conoce.
Cuando me vuelvo a despertar, todavía me mira,
como si fuera eterno. Dormitamos así
una hora, y poco a poco sé 
que aunque estamos saciados, aunque casi no 
nos tocamos, este es el éxtasis al que el otro
éxtasis nos llevó – nos adentramos,
más y más profundo, mirada a mirada,
en este lugar más allá de los demás lugares,
más allá del cuerpo mismo, hacemos
el amor


Y qué, si Dios

¿Y qué, si Dios hubiese estado mirando cuando mi madre
se metió en mi cama? ¿Qué hubiera hecho cuando su cuerpo
adulto y largo me rodó encima como una
lengua de lava desde la cumbre de una montaña 
y las lágrimas saltaron de sus conductos como piedras calientes 
y mi cama se sacudió con los temblores del magma 
y de la fractura profunda de mi naturaleza?
¿Qué era Él? ¿Un búfalo, para bajar su
cabeza de nubarrón y chuparse su propio sexo  
mientras nos miraba llorar y rogarle?
¿o una ardilla, escabulléndose por el hoyo
abierto en mi caparazón, ardilla con el 
brazo hasta el codo en el yugo de mi alma,
moviendo y removiendo el oro? ¿o era un chico
en clase de biología, diseccionándome, mientras
ella sostenía mi valva partida para que Él 
pudiera extirparme los huevos oblongos uno por uno
¿Era un hombre entrándome hasta la empuñadura 
mientras ella me separaba los muslos en la oscuridad?—
Dijo que todo lo que hicimos, lo hicimos bajo los ojos de Él. Entonces,
¿qué estaba haciendo Él mientras la veía llorar sobre mi 
pelo y sacarme el alma entre las
costillas como si fuera un jaboncito de hotel? ¿Se lavó
las manos de mí como yo me lavé 
las manos de Él? ¿Hay un Dios en esta casa?
¿Hay un Dios en esta casa? Entonces que baje 
y saque a esa mujer de encima del cuerpo de esa nena,
que saque a esa mujer del cogote como a un gato cachorro,
que la levante y me la entregue a mí. 



Cielo futuro

Si me imagino mi muerte, estaría acostada boca arriba,
y mi espíritu subiría hasta la piel de mi panza para desprenderse 
como una hoja de papel manteca con la forma de una chica, girando
hasta quedar boca abajo y, como la alfombra del genio,
saldría volando bajito
sobre nuestro planeta— al futuro cielo:
ser invulnerable, y poder ver sin
restricción ni interrupción ni límite
andar por el aire, y mirar, mirar,
nada muy distinto de la vida, estaría
llena de una soledad casi indolora,
mirando la tierra como si ver la tierra
fuese mi versión de tener un alma. Entonces
divisaría a mi amado, 
en la puerta del cielo—
no la de las constelaciones, ni la de los 
pentángulos ni la de las boreales,
una puertita, como las de los gatos, 
en la parte de abajo de la puerta del cielo,
detrás de la cual está la nada. Y él me dice que se tiene que ir,
que ya es hora. Y no me pregunta
si quiero ir con él, pero siento
que le gustaría que fuera. Yo no creo
que sea una nada viviente, donde los no-seres
pueden hacer una especie de amor ultraterreno, creo
que es la nada más nada y que 
al pasar esa puerta vamos a desvanecernos  juntos.
Qué alegría tan intensa agarrarle el brazo,
y apretarlo contra mi corazón
como hacen dos amantes que pasean,
y dar el paso.


Vuelvo a 1937 

Los veo en la entrada de la universidad,
veo a mi padre 
bajo el arco de piedra ocre 
con las tejas rojas brillando como platos 
de sangre inclinados detrás de su cabeza, veo 
a mi madre con unos pocos libros sobre la cadera
parada contra la columna de ladrillitos,
con el portón de hierro todavía abierto detrás, 
las puntas de las espadas bajo el viento de mayo.
Están a punto de graduarse, están a punto de casarse,
son chicos, son tontos, lo único que saben es
que son inocentes, nunca le harían daño a nadie.
Quiero acercarme y decirles paren,
no lo hagan —ella es la mujer equivocada,
él es el hombre equivocado, van a hacer cosas
que ni se imaginan que podrían hacer,
van a hacerles cosas malas a sus hijos,
van a sufrir de un modo del que nunca oyeron hablar,
van a querer morirse. Quiero 
acercarme a ellos, ahí bajo esa luz de fin de mayo, y decírselos,
que la cara de ella, linda y hambrienta se dé vuelta a mirarme,
con su cuerpo hermoso y lamentable intacto,
que la cara de él, apuesta y arrogante, se dé vuelta a mirarme,
con su cuerpo hermoso y lamentable intacto,
pero no lo hago. Quiero vivir. 
Los levanto como los muñecos de papel, macho y hembra, que son
y los froto a la altura de la cadera como astillas de pedernal, como para
sacarles chispas, les digo
hagan lo que estaban por hacer, que yo voy a contarlo.


En el subte 

El chico y yo quedamos enfrentados.
Tiene los pies enormes, en zapatillas negras
con cordones blancos en un diseño complicado
como un juego de cicatrices internacionales. Estamos varados
en los lados opuestos del vagón, un par de
moléculas atrapadas en una franja de luz
que avanza rauda por la oscuridad. Él tiene
el aspecto relajado de un asaltante,
alerta bajo los párpados caídos. Va de rojo,
como si llevara expuesto el interior 
del cuerpo. Yo, con una piel oscura, la piel
entera de un animal, que agarré y me puse.
Miro su cara ruda,
él me mira el tapado de piel, y yo no sé
si estoy en sus manos
—le sería tan fácil tomar mi abrigo,
mi billetera, mi vida—
o si él está en las mías, por cómo estoy
viviendo su vida, comiéndome la carne
que él no come, como si 
le quitara la comida de la boca. Él es negro
y yo, blanca, y sin quererlo ni intentarlo, me beneficio de su oscuridad,
así como él absorbe los frijoles asesinos 
del corazón de la patria, como el algodón blanco
absorbe el calor del sol y lo mantiene. No hay
forma de saber qué tan fácil 
me hace la vida esta piel blanca, esta vida 
que él podría tomar tan fácilmente y
romper como un palo sobre su rodilla, así como
a él le rompen la espalda, 
la vara de su alma que al nacer era oscura
fluida y rica como el corazón de un vástago
listo para empujar hacia cualquier luz disponible.



El pujo

De una hora a la otra, él va cambiando,
perdiendo alguna vieja habilidad.
Con las rodillas dobladas, el cuerpo color hojalata
y el pelo negro y gris engrasado
como para un ritual, de cabeza,
mi padre avanza, hora a hora, 
hacia la muerte. Y siento cada centímetro suyo
atravesándome, igual que cada hijo
que bajó lentamente por mi cuerpo,
como si yo fuese Dios y sintiera los ríos
pujar en mí, la presión de la tierra, el universo
mismo acarreado simple y sólidamente, 
pasando a través de mi cuerpo como una servilleta
a través de un aro—
como si mi padre pudiera vivir y morir
a salvo dentro de mí.


La mirada

Cuando mi padre empezó a ahogarse otra vez
gritó ¡masaje en la espalda! en un tono monocorde,
como si hiciera un anuncio,
este hombre que nunca me había pedido nada.
Estaba demasiado débil para inclinarse,
así que deslicé la mano entre su espalda 
caliente y la sábana caliente y él se quedó
sentado con los ojos salidos, esos ojos de goma-
de-borrar-tinta gastada que nunca me habían 
mirado de verdad. Me impresionó su piel,
sedosa como un pecho, voluptuosa
como la piel de un bebé, pero seca, y mi mano
también estaba seca, así que era fácil frotar en círculos,
él me miraba fijo, y no se ahogaba, cerré
los ojos y froté como si su cuerpo fuera su alma.
Podía sentir la columna ahí adentro, podía sentirlo a él
dominado por el ahogo,
toda la vida había sentido que algo lo dominaba.
Tosió, yo ya tenía listo el vaso,
no cambié el ritmo, escupió 
y lo alenté, dejé que el placer
de acariciar a mi padre despertara en mi cuerpo,
y después pude tocarlo desde el fondo de mi corazón.
Él se dio vuelta en la cama, se agachó, los ojos
salidos se le oscurecieron, subió la flema,
yo sostuve el vaso contra sus labios y él 
la dejó salir y volvió a sentarse, cierto rubor le llegó 
a la piel, y levantó la cabeza con timidez pero
sin reticencia y me miró
directamente, un momento nada más, con el rostro
oscuro y los ojos oscuros, brillantes y confiados.


El pene del Papa

Cuelga en lo profundo de sus vestiduras, como un
badajo delicado en el centro de una campana.
Se mueve cuando él se mueve, pez espectral
en un halo de algas de plata, con el vello
meciéndose en la oscuridad y el calor; y por la noche,
mientras sus ojos duermen, se levanta
para alabar a Dios.





Versiones en castellano de Sandra Toro




The Knowing 

Afterwards, when we have slept, paradise-
comaed and woken, we lie a long time
looking at each other.
I do not know what he sees, but I see
eyes of surpassing tenderness
and calm, a calm like the dignity
of matter. I love the open ocean
blue-grey-green of his iris, I love
the curve of it against the white,
that curve the sight of what has caused me
to come, when he's quite still, deep
inside me. I have never seen a curve
like that, except the earth from outer
space. I don't know where he got
his kindness without self-regard,
almost without self, and yet
he chose one woman, instead of the others.
By knowing him, I get to know
the purity of the animal
which mates for life. Sometimes he is slightly
smiling, but mostly he just gazes at me gazing,
his entire face lit. I love
to see it change if I cry--there is no worry,
no pity, no graver radiance. If we
are on our backs, side by side,
with our faces turned fully to face each other,
I can hear a tear from my lower eye
hit the sheet, as if it is an early day on earth,
and then the upper eye's tears
braid and sluice down through the lower eyebrow
like the invention of farmimg, irrigation, a non-nomadic people.
I am so lucky that I can know him.
This is the only way to know him.
I am the only one who knows him.
When I wake again, he is still looking at me,
as if he is eternal. For an hour
we wake and doze, and slowly I know
that though we are sated, though we are hardly
touching, this is the coming the other
coming brought us to the edge of--we are entering,
deeper and deeper, gaze by gaze,
this place beyond the other places,
beyond the body itself, we are making
love


What if God


And what if God had been watching when my mother
came into my bed? What would he have done when her
long adult body rolled on me like a 
tongue of lava from the top of the mountain and the
tears jumped from her ducts like hot rocks and my
bed shook with the tremors of the magma and the 
deep cracking of my nature across-
what was He?  Was He a bison to lower his
thundercloud head and suck His own sex while He
watched us weep and pray to Him or
was He a squirrel, reaching down through the
hole she broke in my shell, squirrel with His
arm in the yoke of my soul up to the elbow,
stirring, stirring the gold? Or was He a
kid in Biology, dissecting me while she 
held my split carapace apart so He could 
firk out my oblong eggs one by one, was He a
man entering me up to the hilt while she
pried my thighs wide in the starry dark-
she said that all we did was done in His sight so
what was He doing as He saw her weep in my
hair and slip my soul from between my
ribs like a tiny hotel soup, did He 
wash His hands of me as I washed my
hands of Him? Is there a God in the house? 
Is there a God in the house? Then reach down and
take that woman off that child's body,
take that woman by the nape of the neck like a young cat and
lift her up and deliver her over to me.




Heaven to be

When I’d picture my death, I would be lying on my back, 

and my spirit would rise to my belly-skin and out 
like a sheet of wax paper the shape of a girl, furl 
over from supine to prone and like the djinn’s 
carpet begin to fly, low, 
over our planet—heaven to be 
unhurtable, and able to see without 
cease or stint or stopperage, 
to lie on the air, and look, and look, 
not so different from my life. I would be 
sheer with an almost not sore loneness, 
looking at the earth as if seeing the earth 
were my version of having a soul. But then 
I could see my beloved, sort of standing 
beside a kind of door in the sky— 
not the door to the constellations, 
to the pentangles, and borealis, 
but a tidy flap at the bottom of the door in the 
sky, like a little cat-door in the door, 
through which is nothing. And he is saying to me that he must 
go, now, it is time. And he does not 
ask me to go with him, but I feel 
he would like me with him. And I do not think 
it is a living nothing, where nonbeings 
can make a kind of unearthly love, I 
think it’s the nothing kind of nothing, I think 
we go through the door and vanish together. 
What depth of joy to take his arm, 
pressing it against my breast 
as lovers do in a formal walk, 
and take that step.



I go back to 1937 


I see them standing at the formal gates of their colleges,

I see my father strolling out
under the ochre sandstone arch, the   
red tiles glinting like bent
plates of blood behind his head, I
see my mother with a few light books at her hip
standing at the pillar made of tiny bricks,
the wrought-iron gate still open behind her, its
sword-tips aglow in the May air,
they are about to graduate, they are about to get married,   
they are kids, they are dumb, all they know is they are   
innocent, they would never hurt anybody.   
I want to go up to them and say Stop,   
don’t do it—she’s the wrong woman,   
he’s the wrong man, you are going to do things
you cannot imagine you would ever do,   
you are going to do bad things to children,
you are going to suffer in ways you have not heard of,
you are going to want to die. I want to go
up to them there in the late May sunlight and say it,
her hungry pretty face turning to me,   
her pitiful beautiful untouched body,
his arrogant handsome face turning to me,   
his pitiful beautiful untouched body,   
but I don’t do it. I want to live. I   
take them up like the male and female   
paper dolls and bang them together   
at the hips, like chips of flint, as if to   
strike sparks from them, I say
Do what you are going to do, and I will tell about it.



On the Subway

The boy and I faced each other.
His feet are huge, in black sneakers
laced with white in a complex pattern like a 
set of international scars. We are stuck on 
opposite sides of the car, a couple of 
molecules stuck in a rod of light
rapidly moving through darkness. He has the 
casual cold look of a mugger,
alert under hooded lids.  He is wearing
red, like the inside of the body
exposed.  I am wearing dark fur, the 
whole skin of an animal taken and
used.  I look at his raw face,
he looks at my fur coat, and I don't 
know if I am in his power-
he could take my coat so easily, my 
briefcase, my life-
or if he is in my power, the way I am
living off his life, eating the steak
he does not eat, as if I am taking
the food from his mouth.  And he is black
and I am white, and without meaning or
trying to I must profit from his darkness,
the way he absorbs the murderous beams of the 
nation's heart, as black cotton
absorbs the heat of the sun and holds it. There is 
no way to know how easy this
white skin makes my life, this
life he could take so easily and
break across his knee like a stick the way his
own back is being broken, the 
rod of his soul that at birth was dark and
fluid and rich as the heart of a seedling
ready to thrust up into any available light.


The Pulling 


Every hour, now, he is changing, 

shedding some old ability. 
Knees up, body tin-colored, 
hair black and grey, thick with 
grease like ritual unguent, my father 
moves, hour by hour, head-first, 
toward death, I sense every inch of him moving 
through me toward it, the way each child 
moved, slowly, down through my body, 
as if I were God feeling the rivers 
pulling steadily through me, and the earth 
pressing through, the universe 
itself hauled through me heavily and easily, 
drawn through my body like a napkin through a ring – 
as if my father could live and die 


The Look 


When my father started choking again 

he cried out Back rub! in a monotone, 
as if making an announcement, 
this man who had never asked me for anything. 
He was too weak to lean forward much, 
so I slid my hand between his hot 
back and the hot sheet and he sat there 
with his eyes bulging, those used India- 
ink-eraser eyes that had never really 
looked at me. His skin shocked me, 
silky as a breast, voluptuous 
as a baby's skin, but dry, and my hand 
was dry, so I rubbed easily, 
in circles, he stared and did not choke, I closed 
my eyes and rubbed as if his body were his soul. 
I could feel his backbone deep inside, I could 
feel him under the rule of the choking, 
all my life I had felt he was under a rule. 
He gargled, I got the cup ready, 
I didn't vary the stroke, he spat, I 
praised him, I let the full pleasure 
of caressing my father come awake in my body, 
and then I could touch him from deep in my heart, 
he shifted in the bed, he tilted, his eyes 
bugged out and darkened, the mucus rose, 
I held the cup to his lips and he slid out 
the mass and sat back, a flush came into 
his skin, and he lifted his head shyly but 
without reluctance and looked at me 
directly, for just a moment, with a dark 
face and dark shining confiding eyes. 


The Pope's Penis


It hangs deep in his robes, a delicate

clapper at the center of a bell.
It moves when he moves, a ghostly fish in a
halo of silver seaweed, the hair
swaying in the dark and the heat-and at night, 
while his eyes sleep, it stands up
in praise of God.












SHARON OLDS (EE.UU., 1942)

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