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agosto 27, 2007

Clothes Of Sand




Who has dressed you in strange clothes of sand
Who has taken you far from my land
Who has said that my sayings were wrong
And who will say that I stayed much too long?
Clothes of sand have covered your face
Given you meaning but taken my place
So make your way on down to the sea
Something has taken you so far from me.
Does it now seem worth all the colour of skies
To see the earth through painted eyes
To look through panes of shaded glass
See the stains of winter's grass.
Can you now return to from where you came
Try to burn your changing name
Or with silver spoons and coloured light
Will you worship moons in winter's night.
Clothes of sand have covered your face
Given you meaning but taken my place
So make your way on down to the sea
Something has taken you so far from me.


NICK DRAKE (1948-1974)


agosto 26, 2007



Este es un detalle de una obra de Víctor Davobe, un vecino.
Como para recordar que la maravilla puede estar a la vuelta de la esquina o,
en este caso, a un par de cuadras.

marzo 12, 2007

LOS ZAPATOS ROJOS




Había una vez una muchachita muy linda y graciosa en extremo, pero tan pobre, que en verano tenía siempre que ir descalza y en invierno con grandes zuecos que lastimaban horriblemente sus piecitos y los dejaba enrojecidos. En medio de la aldea vivía la vieja zapatera, que se sentó a coser lo mejor que sabía un par de zapatitos de tiras de un viejo trapo rojo. Eran bastante toscos, pero los hacía con el mejor fin, dárselos a la muchachita. La muchachita se llamaba Karen. Tuvo los zapatos rojos y los estrenó precisamente el día que enterraron a su madre. No eran lo que se dice una prenda de luto, pero no tenía otros. Así es que se los puso en los pies desnudos, para seguir al pobre ataúd de paja. Acertó en aquel momento a pasar un enorme y viejo carruaje en el que iba una enorme y vieja señora. Vio a la muchachita y le dio pena, por lo que dijo al sacerdote:

-Oiga, si me entrega la niña, me encargaré de ella.

Y Karen pensó que todo era debido a los zapatos rojos, pero la señora dijo que eran horrorosos y los mandó quemar. Karen tuvo vestidos limpios y bonitos, aprendió a leer y a coser y la gente dijo que era encantadora, pero el espejo le decía: -Eres más que encantadora. ¡Eres preciosa! Ocurrió que una vez la reina recorrió el país y llevó con ella a la princesa, su hija. El pueblo se aglomeró ante el castillo y allí estaba también Karen y la princesita se asomó a una ventana con su vestido blanco. No llevaba cola ni corona, sino preciosos zapatos rojos de tafilete. Eran de verdad mucho más bonitos que los que la vieja zapatera había cosido para la pequeña Karen. ¡Nada en el mundo podía compararse con unos zapatos rojos! Karen llegó a la edad de ser confirmada. Tuvo nuevos trajes, así como nuevos zapatos. El zapatero más caro de la ciudad tomó la medida de sus piececitos. Trabajaba en su propia casa, en la que había grandes vitrinas con elegantes zapatos y relucientes botas. Constituían un espléndido espectáculo, pero la vieja señora no veía bien, por lo que no le divirtió gran cosa. Entre los zapatos había un par rojo, semejantes a los de la princesa; ¡qué bellos eran! El zapatero también dijo que habían sido encargados para la hija de un conde, pero no le habían sentado. -No hay duda de que son de charol -dijo la señora-. ¡Cómo brillan! -¡Sí que brillan! -dijo Karen. Le sentaban bien y los compraron; pero la vieja señora no se había dado cuenta de que eran rojos, porque nunca le hubiera permitido a Karen ir a la confirmación con zapatos rojos, pero esto es lo que ocurrió. Todos le miraban los pies y cuando pasó por la nave hasta el antealtar, pensó que incluso los viejos cuadros sobre las tumbas, los retratos de clérigos y sus esposas, con rígidos cuellos y largas hopalandas negras, fijaban los ojos en sus zapatos rojos. Y sólo en ellos pensaba cuando el sacerdote le colocó su mano en la cabeza y habló sobre el santo bautizo, del pacto con el Señor y de que ahora debía convertirse en una cristiana entera y verdadera. Y el órgano sonó con toda solemnidad, sonaron las bellas voces de los niños y cantó el viejo cantante, pero Karen sólo pensaba en los zapatos rojos. Por la tarde no hubo quien no le hubiera contado a la señora que los zapatos eran rojos y ella dijo que estaba muy mal, que era altamente impropio y que, a partir de entonces, cuantas veces fuera Karen a la iglesia, debería ir siempre con zapatos negros, por viejos que fuesen. El próximo domingo había comunión y Karen miró los zapatos negros, miró los rojos -y volvió a mirar los rojos y se los puso. Hacía un sol espléndido. Karen y la señora tomaron el sendero a través de los trigales, donde había un poco de polvo. A la puerta de la iglesia se encontraba un viejo soldado con una muleta y una barba asombrosamente larga, más roja que blanca, porque la verdad es que era roja. Hizo una profunda reverencia y preguntó a la señora si le limpiaba los zapatos. Y Karen sacó también su piececito. -¡Qué preciosos zapatos de baile! -dijo el soldado-. ¡Sujetaos bien cuando bailéis! -y dio un golpe a las suelas con la mano. Y la vieja señora dio al soldado unos céntimos y entró con Karen en la iglesia. Y todos los que estaban en ella se quedaron mirando los zapatos rojos de Karen y todas las pinturas hicieron lo mismo y cuando Karen se arrodilló ante el altar y colocó el cáliz de oro ante su boca, sólo pensaba en los zapatos rojos, como si estuviesen nadando en el cáliz ante ella; y olvidó cantar su himno, olvidó decir su padrenuestro. Después salieron todos de la iglesia y la señora subió a su carruaje. Al levantar Karen el pie para subir tras ella, el viejo soldado, que estaba al lado, dijo: -¡Qué preciosos zapatos de baile! Y Karen no pudo impedir el dar unos pasos de baile y cuando empezó, las piernas siguieron bailando, era como si los zapatos hubieran tenido poder sobre ellas. Bailó en torno a la esquina de la iglesia sin poderlo remediar. El cochero tuvo que correr tras ella y, echándole mano, la subió al coche, pero los pies siguieron bailando, de forma que la pobre anciana recibió furiosas patadas. Al fin se quitó los zapatos y las piernas se apaciguaron. Guardaron los zapatos en lo alto de un armario de la casa, pero Karen no podía resistirse a echarles un vistazo. Un día, la señora cayó enferma, decían que no podía vivir; había que cuidarla y atenderla y nadie tenía más próximo que Karen. Pero se celebraba un gran baile en la ciudad, Karen estaba invitada -miró a la señora, que después de todo no podía vivir, miró a los zapatos rojos, y pensó que ningún mal había en ello; se puso los zapatos rojos, lo cual era perfectamente lícito-; se fue al baile y comenzó a bailar. Pero cuando quiso ir a la derecha, los zapatos fueron bailando hacia la izquierda y cuando quiso ir al fondo de la sala, los zapatos la llevaron a la entrada, escaleras abajo, por la calle y fuera de la puerta de la ciudad. Iba a bailar y tenía que bailar, hasta lo profundo del bosque sombrío. Algo brillaba en lo alto entre los árboles, y como parecía un rostro, creyó que era la luna. Pero era el viejo soldado con la barba roja; estaba sentado, cabeceaba y decía: -¡Mira qué preciosos zapatos de baile! Entonces se asustó y quiso arrancarse los zapatos rojos, pero estaban firmemente agarrados, y se arrancó las medias, pero los zapatos se habían hecho unos con sus pies e iba a bailar y tenía que bailar por campo y pradera, a la lluvia y al sol, de noche y de día, pero de noche era peor. Bailó en el cementerio, al aire libre, pero los muertos allí no bailaban, tenían algo mucho mejor que hacer. Hubiera querido sentarse junto a la fosa común, donde crece la manzanilla amarga, pero para ella no había paz ni reposo y cuando entró bailando por la puerta abierta de la iglesia, vio un ángel de larga túnica blanca, con alas que de los hombros le llegaban a la tierra, el rostro duro y serio y en la mano empuñaba una espada, muy ancha y resplandeciente: -¡Tienes que bailar! -dijo-. ¡Baila con tus zapatos rojos hasta que quedes pálida y fría! Hasta que tu piel se arrugue como la de un esqueleto. Bailarás de puerta en puerta y donde vivan niños llenos de orgullo y vanidad, llamarás, para que te oigan y se asusten. ¡Baila, baila! -¡Piedad! -gritó Karen. Pero no oyó la respuesta del ángel, porque los zapatos la habían arrastrado por la verja al campo, por caminos y sendas, baila que te bailarás. Una madrugada pasó bailando por delante de una puerta que conocía bien. El sonido de un himno llegaba de su interior, sacaban un ataúd adornado de flores. Entonces comprendió que la señora había muerto y pensó que ahora se encontraba abandonada por todos y maldita del ángel de Dios. Baila que te baila, bailaba en la noche oscura. Los zapatos la arrastraban sobre espinos y rastrojos, que la arañaban hasta sangrar. Fue bailando, más allá del brazal, hasta una casita solitaria. Ella sabía que allí vivía el verdugo y golpeó con los dedos en el vidrio y dijo: -¡Sal! ¡Sal! No puedo entrar porque estoy bailando. Y el verdugo dijo: -¿Es que no sabes quién soy? Les corto las cabezas a los malos y ahora veo que mi hacha se estremece. -¡No me cortes la cabeza -dijo Karen-, porque entonces no podré arrepentirme de mi pecado! Pero córtame los pies con los zapatos rojos. Y así confesó todo su pecado y el verdugo le cortó los pies con los zapatos rojos; pero los zapatos se fueron bailando con los piececitos dentro, por los campos hasta el hondo bosque. Y le hizo unas piernas de palo y unas muletas, le enseñó un himno que los pecadores siempre cantan y ella besó la mano que había empuñado el hacha y marchó por el brazal . -Ahora ya he sufrido de sobra por los zapatos rojos -se dijo-. Iré a la iglesia, para que me vean. Y marchó decididamente a la puerta de la iglesia, pero cuando llegó allí, los zapatos rojos bailaban ante ella, y se asustó y se volvió. Durante toda la semana estuvo muy desconsolada y lloró muchas y gruesas lágrimas, pero al llegar el domingo, dijo: -¡Ya está bien! ¡Ya he sufrido y peleado bastante! Creo que soy tan buena como muchos de los que se sientan muy estirados en la iglesia. Y se decidió a ir. Pero no había pasado del portillo cuando vio delante de ella bailar los zapatos rojos y se asustó y se volvió y en lo hondo de su corazón se arrepintió de su pecado. Y fue a la casa del párroco y rogó si la podían tomar allí como criada: sería diligente y haría cuanto pudiera, del salario no se cuidaba, sólo de tener un techo sobre la cabeza y estar en casa de gente honrada. Y la esposa del pastor se apiadó de ella y la tomó. Y ella era aplicada y sensata. Se sentaba en silencio a escuchar cuando por las noches el párroco leía la Biblia en voz alta. Todos los pequeños la querían, pero cuando hablaban de adornos y de pompas y de ser tan hermosa como una reina, ella negaba con la cabeza. Al domingo siguiente fueron todos a la iglesia, y le preguntaron si iba con ellos, pero ella miró tristemente, con lágrimas en los ojos, a sus muletas y así se fueron los otros a oír la palabra de Dios, y ella se retiró sola a su cuartito. No era mayor que lo necesario para que cupiese una cama y una silla y en ella se sentó con su libro de himnos. Mientras lo leía con piadoso espíritu, el viento trajo hasta ella los sonidos del órgano de la iglesia. Levantó su rostro cubierto de lágrimas y dijo: -¡Oh, Señor, ayúdame! Entonces resplandeció el sol y ante ella se alzó el ángel del Señor, de blanca túnica, el mismo que aquella noche había visto a la puerta de la iglesia, pero ya no empuñaba la afilada espada, sino una fragante rama verde, cuajada de rosas. Tocó con ella el techo, que se elevó muchísimo, y allí donde había tocado, resplandeció una estrella de oro. Y tocó las paredes, que se abrieron, y vio el órgano que estaba tocando, vio los viejos retratos de los clérigos y sus esposas; la congregación sentada en bancos esculpidos, cantando el libro de himnos. Porque la iglesia misma se había trasladado a la pobre muchacha en su estrecho cuartito, o quizá era ella la que había ido a la iglesia. Estaba sentada en el banco de la familia del párroco y cuando hubieron acabado el himno y levantaron la cabeza, asintieron y dijeron: -Hiciste bien en venir, Karen. -Fue la bondad del Señor -dijo ella. Y retumbó el órgano, y las voces de los niños en el coro sona ron llenas de dulzura y de encanto. El sol. caía, brillante y tibio, a levantaron la cabeza, asintieron y dijeron: -Hiciste bien en venir, Karen. -Fue la bondad del Señor -dijo ella. Y retumbó el órgano, y las voces de los niños en el coro sonaron llenas de dulzura y de encanto. El sol. caía, brillante y tibio, a través de las ventanas sobre el banco de la iglesia en el que se sentaba Karen. Su corazón se llenó de tal modo de sol, de paz y de alegría, que estalló. Su alma voló por los rayos del sol hasta Dios, donde no había nadie que preguntase por los zapatos rojos.

marzo 05, 2007

POEMAS DE MARK STRAND



Los restos

Me vacío de los nombres de los otros. Vacío mis bolsillos.
Vacío mis zapatos y los dejo al lado del camino.
De noche atraso los relojes,
abro el álbum familiar y me miro de chico.

¿De qué puede servir? Las horas hicieron su trabajo.
Digo mi nombre. Digo adiós.
Las palabras se van con el viento una tras otra.
Amo a mi mujer pero la mando fuera.

Mis padres van de su trono
a las habitaciones lácteas de las nubes. ¿Cómo puedo cantar?
El tiempo me dice lo que soy. Cambio y soy el mismo.
Me vacío de mi vida y mi vida permanece.


El matrimonio

El viento sopla desde polos opuestos
al viajar despacio.

Ella se da vuelta en el aire profundo.
Él camina en las nubes.

Ella se prepara,
sacude la cabellera,

se maquilla los ojos,
sonríe.

El sol le calienta los dientes,
y se los moja con la punta de la lengua.

Él se sacude el polvo del traje
y se arregla la corbata.

Fuma.
Pronto se van a encontrar.

El viento los acerca.
Flotan.

Cerca, más cerca.
Se abrazan.

Ella tiende la cama.
Él se saca los pantalones.

Se casan
y tienen un hijo.

El viento los lleva
en direcciones contrarias.

El viento es fuerte, piensa él
mientras se arregla la corbata.

Este viento me gusta, dice ella
mientras se pone el vestido.

El viento se desenreda.
El viento es todo para ellos.


Mantener las cosas enteras

En un campo
soy la ausencia
del campo.
Siempre es
este el caso.
Dondequiera que esté
soy lo que falta.

Cuando camino
separo el aire
y el aire
siempre se mueve
para llenar los espacios
donde estuvo mi cuerpo.

Todos tenemos razones
para movernos.
Yo me muevo
para mantener las cosas enteras.


Respiración

Cuando los veas
deciles que todavía estoy acá,
que estoy parado en un pie mientras el otro sueña,
que este es el único modo,

que las mentiras que les digo son distintas
de las que me digo a mí,
que por estar acá y más allá
me estoy haciendo horizonte,

que como el sol que sale y se pone conozco mi lugar,
que la respiración es lo que me salva,
que hasta las sílabas forzadas del rechazo son respiración,
que si el cuerpo es un ataúd también es un armario de la respiración,

que la respiración es un espejo empañado por las palabras,
que es todo lo que sobrevive al grito de ayuda
cuando entra en el oído del extraño
y permanece mucho después de que el mundo se fue,

que la respiración es volver a empezar, que a partir de ella
cae toda resistencia, como cae de la vida
el significado, o la oscuridad después de la luz,
que la respiración es lo que les regalo cuando les mando mi amor.


Renunciar a mí mismo

Renuncio a mis ojos que son huevos de vidrio.
Renuncio a mi lengua.
Renuncio a mi boca que es el sueño constante de mi lengua.
Renuncio a mi garganta que es el estuche de mi voz.
Renuncio a mi corazón que es una manzana ardiendo.
Renuncio a mis pulmones que son árboles que jamás vieron la luna.
Renuncio a mi olor que es el de una piedra que viaja por la lluvia.
Renuncio a mis manos que son diez deseos.
Renuncio a mis brazos que de todos modos renunciaron a mí.
Renuncio a mis piernas que solamente de noche son amantes.
Renuncio a mis nalgas que son las lunas de la infancia.
Renuncio a mi pene que susurra alentando a mis muslos.
Renuncio a mi ropa que son paredes que se agitan al viento
y renuncio al fantasma que las habita.
Y de todo esto no vas a quedarte con nada porque ya estoy empezando de la nada otra vez.


Llegar a esto

Hicimos lo que quisimos.
Descartamos los sueños, preferimos la industria pesada
de cada uno, le dimos la bienvenida a la pena
y llamamos ruina al hábito imposible de romper.

Y ahora estamos acá.
La cena está lista y no podemos comer.
La carne se sienta en el lago blanco de su plato.
El vino espera.

Llegar a esto
tiene su premio: nada se nos promete, nada se nos quita.
No tenemos corazón ni gracia que nos salve,
ni lugar donde ir, ni razón para quedarnos.



Otro lugar

Camino
hacia la luz
que hay

no es suficiente para encandilar
ni para ver claro
lo que está por venir

aun así veo
el agua
el único bote
el hombre parado

no es alguien que yo conozca

este es otro lugar
la luz que hay
se esparce como una red
sobre nada

lo que está por venir
ha sido esto
antes

este es el espejo
donde el dolor duerme
este es el país
que nadie visita.


Versiones en castellano de Sandra Toro



 The Remains

Para Bill y Sandy Bailey

I empty myself of the names of others. I empty my pockets.
I empty my shoes and leave them beside the road.
At night I turn back the clocks;
I open the family album and look at myself as a boy.

What good does it do? The hours have done their job.
I say my own name. I say goodbye.
The words follow each other downwind.
I love my wife but send her away.

My parents rise out of their thrones
into the milky rooms of clouds. How can I sing?
Time tells me what I am. I change and I am the same.
I empty myself of my life and my life remains.


 The Marriage

The wind comes from opposite poles,
traveling slowly.

She turns in the deep air.
He walks in the clouds.

She readies herself,
shakes out her hair,

makes up her eyes,
smiles.

The sun warms her teeth,
the tip of her tongue moistens them.

He brushes the dust from his suit
and straightens his tie.

He smokes.
Soon they will meet.

The wind carries them closer.
They wave.

Close, closer.
They embrace.

She is making a bed.
He is pulling off his pants.

They marry
and have a child.

The wind carries them off
in different direction.

The wind is strong, he thinks
as he straightens his tie.

I like this wind, she says
as she puts on her dress.

The wind unfolds.
The wind is everything to them.


Keeping Things Whole

In a field
I am the absence
of field.
This is
always the case.
Wherever I am
I am what is missing.

When I walk
I part the air
and always
the air moves in
to fill the spaces
where my body's been.

We all have reasons
for moving.
I move
to keep things whole.


Breath

When you see them
tell them I am still here,
that I stand on one leg while the other one dreams,
that this is the only way,

that the lies I tell them are different
from the lies I tell myself,
that by being both here and beyond
I am becoming a horizon,

that as the sun rises and sets I know my place,
that breath is what saves me,
that even the forced syllables of decline are breath,
that if the body is a coffin it is also a closet of breath,

that breath is a mirror clouded by words,
that breath is all that survives the cry for help
as it enters the stranger's ear
and stays long after the world is gone,

that breath is the beginning again, that from it
all resistance falls away, as meaning falls
away from life, or darkness fall from light,
that breath is what I give them when I send my love.


Giving myself up

I give up my eyes which are glass eggs.
I give up my tongue.
I give up my mouth which is the constant dream of my tongue.
I give up my throat which is the sleeve of my voice.
I give up my heart which is a burning apple.
I give up my lungs which are trees that have never seen the moon.
I give up my smell which is that of a stone traveling through rain.
I give up my hands which are ten wishes.
I give up my arms which have wanted to leave me anyway.
I give up my legs which are lovers only at night.
I give up my buttocks which are the moons of childhood.
I give up my penis which whispers encouragement to my thighs.
I give up my clothes which are walls that blow in the wind
and I give up the ghost that lives in them.
I give up. I give up.
And you will have none of it because already I am beginning
again without anything.


Coming to This

We have done what we wanted.
We have discarded dreams, preferring the heavy industry  
of each other, and we have welcomed grief
and called ruin the impossible habit to break.

And now we are here.
The dinner is ready and we cannot eat.  
The meat sits in the white lake of its dish.  
The wine waits.

Coming to this
has its rewards: nothing is promised, nothing is taken away.  
We have no heart or saving grace,
no place to go, no reason to remain.


Now I lie in the box
of my making while the weather
builds and the mourners shake their heads as if
to write or to die, I did not have to do either.


Another Place

I walk
into what light
there is

not enough for blindness
or clear sight
of what is to come
yet I see
the water
the single boat
the man standing

he is not someone I know

this is another place
what light there is
spreads like a net
over nothing

what is to come
has come to this
before

this is the mirror
in which pain is asleep
this is the country
nobody visits.



MARK STRAND (EE.UU., 1934-2014)

noviembre 03, 2006



De los labios dudosos y por
demás pintados de mi abuela
supe de los primeros en llegar:
gitana de las cuevas, ella.
Él, contrabandista.
Rapto por medio
y un barquito a Brasil.

Después no sé por qué Morón,
el almacén. Jabón para lavar
el karma de esta familia venida
a convertir en polvo 

todo lo que flota.


Sandra Toro




POEMA EN LINEA RECTA


Imagen: Alberto Molina Navarrete







Nunca conocí a nadie a quien le hubiesen roto la cara.
Todos mis conocidos fueron campeones en todo.
Y yo, que fui ordinario, inmundo, vil,
un parásito descarado,
un tipo imperdonablemente sucio
al que tantas veces le faltó paciencia para bañarse;
yo que fui ridículo, absurdo,
que me llevé por delante las alfombras de las formalidades,
que fui grotesco, mezquino, sumiso y arrogante,
que recibí insultos sin abrir la boca
y que fui todavía más ridículo cuando la abrí ;
yo que resulté cómico a las mucamas de hotel,
yo que sentí los guiños de los changadores,
yo que estafé, que pedí prestado y no devolví nunca,
que aparté el cuerpo cuando hubo que enfrentarse a puñetazos,
yo que sufrí la angustia de las pequeñas cosas ridículas,
me doy cuenta que no hay en este mundo otro como yo.

La gente que conozco y con la que hablo
nunca cayó en ridículo, nunca fue insultada,
nunca fue sino príncipe -todos ellos príncipes- en la vida...

¡Ah, quién pudiera oír una voz humana
confesando no un pecado sino una infamia;
contando no una violencia sino una cobardía!
Pero no, son todos la Maravilla si los escucho.
¿Es que no hay nadie en este ancho mundo capaz de confesar 
que una vez fue vil?
¡Oh príncipes, mis hermanos!

¡Basta, estoy harto de semidioses!
¿Dónde está la gente de este mundo?
¿Así que en esta tierra sólo yo soy vil y me equivoco?

Admitirán que las mujeres no los amaron,
aceptarán que fueron traicionados -¡pero ridículos nunca!-
Y yo que fui ridículo sin haber sido traicionado,
¿cómo puedo dirigirme a mis superiores sin titubear?
Yo que fui vil, literalmente vil,
vil en el sentido mezquino e infame de la vileza.



Trad. Santiago Kovadloff




ÁLVARO DE CAMPOS, a través de FERNANDO PESSOA (1888-1935).







noviembre 01, 2006

octubre 25, 2006

DOMESTICAR UN CARACOL




Domesticar un caracol es
un trabajo para pocos.
Primero hay que encontrar 
el adecuado, salir 
apenas para de llover
o a la hora del rocío
y buscar detrás de las macetas
o en el tronco de un árbol.
No dejarse engañar por los que escalan
la pared como expertos alpinistas,
inclinarse más bien por los pequeños
algo débiles para acarrear su casa,
esos aceptan de buen grado
un dedo que les acorte el viaje.
Después hay que ocuparse de hospedarlo.
Una pecera vieja suele ser lo ideal
bien acondicionada con tierra,
musgo, alguna planta.
No olvidar mantenerla siempre húmeda
es, por supuesto, indispensable.
Lo demás es cuestión de ser paciente,
hablarle siempre sin importar de qué
y sobre todo bajarlo
cada vez que llega al borde
hasta que aprenda a sentirse como en casa.





 

ANALISIS TARDIO




Sé bien, sé bien que estoy en el fondo de la fosa;
que todo aquello que toco ya lo he tocado;
que soy prisionero de un interés indecente;
que cada convalecencia es una recaída;
que las aguas están estancadas y todo tiene sabor a viejo;
que también el humorismo forma parte del bloque inamovible;
que no hago otra cosa que reducir lo nuevo a lo antiguo;
que no intento todavía reconocer quién soy;
que he perdido hasta la antigua paciencia de orfebre;
que la vejez hace resaltar por impaciencia sólo las miserias;
que no saldré nunca de aquí por más que sonría;
que doy vueltas de un lado a otro por la tierra como una bestia enjaulada;
que de tantas cuerdas que tengo he terminado por tirar de una sola;
que me gusta embarrarme porque el barro es materia pobre
y por lo tanto pura;
que adoro la luz sólo si no ofrece esperanza.




Pier Paolo Pasolini

(Versión de Delfina Muschietti)



octubre 17, 2006

EL JARDIN DEL ANGELASTRO




I

La mujer con sombrero se corrompió / en pleno solsticio de verano. / Primero se probó uno / y otro frente al espejo oval / que invariablemente le fruncía el ceño: / —Este te hace zíngara // —Este estrella fugada / —Este te levanta la pollera y husmea. / No conforme con ninguno / se alejó del espejo y del sombrerero / aunque él la corría arrastrando una boa / que se le enredaba entre las piernas / poniendo en riesgo su escasa integridad / mientras insistía en llamarla a los gritos. // En el jardín nevaba lila / como siempre en diciembre / y la mujercita —que a fuerza/ de ser llamada REINA había empequeñecido— / se acurrucó en la hamaca y se mecía / mirando con tristura el asiento vacante / cuando el Angelastro / que la vichaba desde arriba / sacudió la glicina con tantas ganas / que comenzó a nevar más / y más, hasta enterrarla. / Hecho lo cual el susobicho / consciente de su atropello se descolgó / de la rama más alta / no sin quebrarse un alita / dispuesto a escarbar hasta verle / asomar la punta de la nariz. / Ahí nomás / le insufló sus alientos afrodisíacos / y de la nieve no quedó /más que un charquito flúo. // —Uy qué vibraciones, Angelastro macabro, /pervertido y maleducado!— le reprochó / en tanto retorcía los calzones / y los colgaba a secar al sol. / Él se deshizo en fornicaciones/ términos médicos y morfológicos / (los cuales eran su especialidad)/pero no la convenció ni medio. // En eso salió el sombrerero / portando mantel y tetera de porcelana, / listo para tender la mesa / bajo la violeta parra. / —Tiempo! arbitró, haciendo sonar el pito /que le colgaba más por coquetería que por utilidad. /Hora del té. / Eso fue demasiado. / La constipada barajó la indirecta / y cedió por eludida. Menos mal / le quedaba un paraguas sin abrir / y procedió a darle uso para salir flotando / sobre los tejados. // El Angelastro, por más que batió / y batió el alita sana, /no consiguió sino perder algunas plumas / que el sombrerero se apresuró a juntar/ para coserle a su boa. // La mujercita a esas alturas / ya se llamaba a sí misma Mary Poppins/ y pomposamente fue a aterrizar / al otro lado de la ruta. /  Se desprendió las hojas secas y suspiró: / —Bien pude haber salido mal parida / como la virgen tocaya... /Y después se alejó cantando / al mejor estilo Julie Andrews.


II

 
El Angelerdo se quedó / sin trabajo a partir de los hechos. / Quiso pedir subsidio por invalidez / y los santos lo sacaron / vendiendo estampitas: “Qué te creés / que estamos en la antigua Grecia” ”Qué es /eso de arrastrarle el ala a una señora terrestre / por muy voladora que parezca” // Por esos días empezó a desentenderse / de los otros entes celestes que / le gastaban bromas pesadas / por el alita mocha. / Al final metió la aureola / en la mochila y se fue. // En eso estaba, bajando la escalera de Jacob / cuando la Poppins lo interceptó en un descanso: / —No puede ser que nos separemos así / antes de habernos encontrado/ —le espetó. A lo cual / él no supo qué responder. / Por supuesto ella lo tomó como un agravio / y se dio vuelta entera / mascullando entremeses como paspado / maricón y otros términos freudianos. // En el transcurso de la bajada volvieron/ a encontrarse en ocasiones. /Algunas se ignoraron, otras / se lanzaron miradas / improperios / las peores, objetos contundentes. / Uno de los cuales fue a horadar el paraguas / devolviéndola al rol de doncella en apuros. / "Esta es la mía", pensó el Angelisto / y sin más preámbulos realizó / un picado admirable / (teniendo en cuenta su precaria condición) / e hizo tierra justo / para recibirla en sus brazos. // La damisela perdió el conocimiento en la caída / para volverlo a encontrar en el triangulito / del escote del Angelindo / por donde asomaban unos pelitos muy viriles. / —Dicen que los ángeles no tienen... / —empezó a parlotear ni bien recuperada / pero él no la dejó seguir / y antes de que se arrepintiera se la llevó a los pastos / donde por largo rato se vio / un revuelo de plumas / y unos extraños fulgores / como fuegos de artificio.

III


De esperarse era que Oropéndola / adquirido nuevo nombre tras sucesivas / sesiones de frotamientos angelicales / trastocara también sus formas y sus fondos. /—Al final vos buscás lo mismo que todos:/una mujer con alas /—dicho lo cual batió sus ídem / como por vanidad o efectismo / y alzó el vuelo entre los pastizales / dejando al Angelento patizambo y maniroto / ante tremebundo vituperio. / Él, dado que su conocimiento de las féminas / se reducía a los anuncios de “Siempre libre”, / se sentó a esperar que cambiara de parecer con la luna / como había observado ocurría / con las más de las mortales. // Entretanto Oropéndola sintió tumultos en el vientre / un como rumor de peces. Y santiguóse:/ —¡Angelorro libidinal, descuidado y procreativo! / El plumaje recién estrenado se le alborotaba / con los espasmos y contorsiones del bajobombo / —Menudo qui... / —no pudo terminar, pues ya asomaba entre sus belfos el huevo. / Con sorpresa avistó al primogénito / digno de zares, tales sus pedrerías, turquesas y oropeles. / Pero el impulso del recienvenido / la había arrojado lejos / tendida sobre la espalda / y al levantarse dolorida comprobó / —no sin alaridos, ladridos y otros alardes— / que las negrísimas alas / habíanse desprendido porsiemprejamás. // Por fortuna el sombrerero/ todavía oficiaba de anticuario / y amante como era de coleccionar naderías / se las aceptó en canje por una capa seminueva. / —Tomá, ponetelá. Mirá si vas a andar así / que no se sabe bien qué sos / y a qué género pertenecés. /A Caperucita empezaron a rodarle/ redondas lágrimas que al tocar el suelo/ se convertían en jabones de glicerina/ que ella recogía y guardaba amorosamente junto a su Fabergé. // —Daaale. Deciiiiime que llevás en la canastiiita / —inquirió el sombrerero / con una risa llena de dientes. / Y ella, viendo que empezaba a despuntar la luna llena, / se apuró a despedirse para huir / toda prisa y tropiezos por el camino del bosque.

IV

El bosque abrió la boca / y se tragó a Caperucita. / Como a Jonás en la intimidad de la ballena / la recibieron toda clase de colgajos / y babas y líquenes que se le adherían a la piel. /—Esto parece obra de Julio Verne / —susurró a Fabergé, que continuaba sin salir del cascarón / dormido en el fondo de la canasta. // La mujercita caminó, corrió y revoloteó entre las orquídeas / hasta que al fin se declaró perdida. / Súbitamente se encontró cara a cara con el árbol / un ejemplar que la dejó sin respiración / así de hermoso él, con un tronco lleno de nudos / y una melena negra arriba / de la que provenían extraños rumores y perfumes. // Caperucita se quitó los zapatos y apoyó un pie en las raíces salientes, / luego el otro, guardando el equilibrio / puesto que el árbol en cuestión había crecido / en la margen de un río de corriente voraz. // Ni bien estuvo firme extendió los brazos / cuanto le fue posible y se abrazó / a la humedad del tronco que daba la impresión / de haberla estado esperando. // Fue al alzar la cabeza cuando vio los frutitos / raros, de un color naranja como de terciopelo. / Estiró un dedo y los tocó en toda su redondez / estaban cubiertos de un vellito suavísimo / y bajo su tacto se encogían levemente. // Lo único importante entonces era alcanzarlos. Tanto / que en un intento la canasta / se le zafó del brazo y fue a dar de lleno a la corriente / previo bambolearse un buen trecho entre las piedras. / Caperucita ni lo notó dada su hipnosis / se estiró y estiró hasta rozar / los frutos con los labios. //  Sacó la lengua y lamió / hasta que empezaron a gotear una miel / que se le escurría por el cuello / mojándole los muslos. / Fue ahí cuando el árbol la rodeó con sus ramas / y la frotó con otros frutos ocultos / tan fragantes y flagrantes que embobaban los sentidos. // Los jugos del árbol bañaron a la mujercita / que abría las piernas y la boca / entonando sonidos como ruegos o canciones salvajes. / Así permanecieron, ella / arañando las lianas/ que la sujetaban con fuerza y la enroscaban / y se le metían por debajo del corpiño. Él, / estrenando prolongaciones para hurgarla / y hendirla y perforarla mejor. // Hasta que no se pudo más / e hincó los dientes en los frutos / que primero sangraron y después / se deshicieron en lágrimas mientras el árbol / se sacudía, y a cada sacudida / le temblaban las hojas y las flores / empezando a caer como una lluvia lila. // —Ahora sí te reconozco —le reclamó con la voz todavía entrecortada—/ Angelárbol mendaz, engreído y traicionero./Y sin esperar respuesta se lanzó río abajo / a la corriente espumosa que se la llevó / en andas en un santiamén.



Sandra Toro



 

"No puedo ya ir contigo, Peter. 
He olvidado cómo volar, y...
Wendy se levantó y encendió la luz: 
él lanzó un grito de dolor... » 




"Peter Pan", James Matthew Barrie (Escocia, 1860-1937) 







ASI ESTAMOS...





Relatividad 


(Maurits Cornelis Escher, Holanda 1898-1972)






octubre 08, 2006

octubre 06, 2006


¿De dónde habrá surgido la idea de que las personas pueden comunicarse mediante cartas? Uno puede pensar en una persona distante y puede tocar a una persona cercana; todo lo demás queda más allá de las fuerzas humanas. Escribir cartas, sin embargo, significa desnudarse ante los fantasmas, que las esperan con avidez. Los besos por escrito no llegan a su destino, se los beben por el camino los fantasmas. Con este abundante alimento se multiplican en forma desmesurada. La humanidad lo percibe y lucha por evitarlo. Y para eliminar en lo posible lo fantasmal entre las personas y lograr una comunicación natural, para recuperar la paz de las almas, ha inventado el ferrocarril, el automóvil, el aeroplano. Pero ya es tarde: son evidentemente inventos hechos en el momento del desastre. El bando opuesto es tanto más calmo y poderoso; después del correo inventó el telégrafo, el teléfono, la radio. Los fantasmas no se morirán de hambre, y nosotros, en cambio, pereceremos.


Franz Kafka (Cartas a Milena)


octubre 03, 2006



Al
amanecer
los
niños
montaron
en
sus
triciclos,
y
nunca
regresaron
Gime el lebrel en el cordón de seda Góngora



como un perro me ladro a mí mismo
y escarbo en los restos de mi alma
igual a alguien que quiso ser
y se convirtió
en vapor de sí mismo, en seda
rasgada por los lebreles del tiempo



Leopoldo María Panero
(Madrid, 1948)





LAS VENTANAS

( Edward Hopper "Summer Interior")


En estas oscuras piezas, donde paso
días agobiantes, voy y vuelvo arriba abajo
para hallar las ventanas. -Cuando se abra
una ventana habrá un consuelo- .
Mas las ventanas no están, o no puedo
encontrarlas. Y mejor quizás que no las halle.
Acaso la luz sea un nuevo tormento.
Quién sabe qué cosas nuevas mostrará.



Constantin Kavafis ( Grecia, 1863-1933)



octubre 02, 2006




A la noche empezó a soplar viento; en verdad, eran jazmines que venían, y eso parecía el viento. A ras de tierra, por el aire, a través de los árboles, puertas y ventanas; semejaron eludirme, pero, uno me golpeó en el pie; varios, seis, se me acomodaban en la cara, tal rápida corona (se deshizo). Yo estaba junto a la mesa, inmóvil, trazada con un lápiz.
Los Jazmines eran grandes y brillantes como hechos con huevos y con lágrimas.
Los familiares parecieron preguntarme silenciosamente y con alguna ira:
Aprendiste tantas cosas y ahora no puedes explicar? Se inició alguna conversación en lo oscuro, varias conversaciones, pero se interrumpían porque todo era inútil y nada podía detener a los jazmines.


Marosa di Giorgio (Uruguay, 1932-2004)
Imagen: Larry Carlson

Time of no reply

Summer was gone and the heat died down/And Autumn reached for her golden crown/I looked behind as I heard a sigh/But this was the time of no reply.//The sun went down and the crowd went home/I was left by the roadside all alone/I turned to speak as they went by/But this was the time of no reply.//The time of no reply is calling me to stayThere is no hello and no goodbye/To leave there is no way./The trees on the hill had nothing to say/They would keep their dreams till another day/So they stood and thought and wondered why/For this was the time of no reply.//Time goes by from year to year/And no one asks why I am standing here/But I have my answer as I look to the sky/This is the time of no reply./The time of no reply is calling me to stay/There`s no hello and no goodbye/To leave there is no way.

Nick Drake (pero mejor es escucharlo...)