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junio 30, 2019

POEMAS DE JANICE GOULD (según ST)


Foto: gentileza de Margaret Randall


Seis sonetos: Cruzando el Oeste

1

Calor desértico, nubes altas y un cielo
del color del lapislázuli. En este viaje,
todo parece posible, así que
paramos delante de un álamo antiguo
a besarnos. La belleza tiembla,
no dice una palabra, solamente
me mira, tan abierta. Los pajaritos pasan volando,
la bandada está arriba de nosotras, en el árbol sombrío. ¿Qué
se instala en el corazón de ella? ¿Qué se coagula?
¿La esperanza? ¿La desesperación? Lejos, el río se agita
entre sus riberas arenosas, las golondrinas viran, dan vueltas
en el aire ardiente. ¿Estos besos irán a unirla
a mí? ¿Yo su amante y ella mi mujer?
¿Es un sueño todo esto, toda mi vida?




2

Ella es este lado de la maravilla,
y el mundo glamoroso de pronto
se colma de resplandor y nos reímos
frente a los monumentos de la ruta que explican
lo difícil que fue para los franciscanos la travesía
en territorio indio salvaje, pobres hombres—
¡La conversión es un trabajo del
demonio! Después las piedras del sueño
le aparecen bajo los pies, la espalda
de una tortuga gigante, sé que
debemos estar dando la vuelta al paraíso porque
las hormigas se llevan los pétalos carnosos
de las flores del borde del camino con ostensibles
dicha y propósito (oh, mi oscura, hermosa mía).


3

Música, mi adorada. ¿Cuándo no
hubo música? Mi acordeón se infla
de melodías bebibles. Derramo
en tu oído abierto sus notas,
una tras otra: el instrumento
trae la danza del gitano melancólico
con sus ritmos difíciles, entona la canción
de trabajo que el campesino le tararea
a la tierra, desafina tonadas románticas
sobre fronteras que se disuelven. Vos te derretís
como una mujer bajo la caricia de la amante.
La música es feliz y despiadada cuando
prende fuego las almas combustibles. Hasta
la voz áspera del bandoneón es lírica.


4

Sagrada sagrada sagrada sagrada (decimos
en un susurro). Nos deslizamos en este 
espacio semiconsciente. La tierra es 
de veras muy grande, aunque los huesos
se le gastaron, es algo vivo.
¿La ves como exhibe su gracia? Los antílopes
pastan en la pradera distante — con sus colas blancas 
en alto— la tierra roja pulsa
su latido lento y el cielo azul
se aclara tan perfecto y veloz  
como radiante. ¿Andarán cerca los ancestros?
¿Qué podemos saber? Decidimos
dar una vuelta por esta pradera, que nos tomen
por utes, parar a comprar provisiones en los pueblitos.


5

A la tarde nos encaminamos al oeste por el Malheur bordeado
de sauces, pasando la curva larga de la llanura del Snake.
(Abajo de la cascada donde iban a rezar los shoshones
metimos los pies en el agua fría, y observé el
arco de sus pies morenos). Al costado del camino, salvia
y chamisa, enebro en los acantilados y en las colinas lejanas.
Atardecer, y el crepúsculo cae en el cuenco ancho de la tierra.
En Burns comemos huevos en un café, pedimos una habitación
en el Motel 6. Y en la oscuridad, alcanzo a ver su
pelo negro, negro contra las almohadas. Su aroma
limpio me recuerda el maíz. Al amanecer, la abrazo
y hay besos. Después más besos. Y más.
El día está frío; anoche sopló viento del norte. Pero la tierra
está lista. Cae la lluvia en aguaceros de luz.



6

La mano de ella en mi muslo, en mi hombro,
en mi pelo. Se inclina para besarme la mejilla.
Nos miramos, sonreímos. Así viajamos kilómetros
en silenciosa proximidad, señalando con
los ojos o la barbilla al halcón que da vueltas, al martín
pescador en la saliente sobre el arroyo
hinchado. Una noche lloro en sus brazos
mientras ella se queja “oh, oh oh” porque apenas
toqué sus cicatrices: garganta, vientre, pechos.
En esa comunión de amantes, se escapan de mí
sollozos densos al pensar en mi amor
de vuelta en casa, en todo lo que hice
y no puedo decir. Es la primera vez
que la dejé tanto y tan completamente sola.



Descontento

Podíamos oírla
derribar las telarañas
de los techos —los filamentos pegajosos,
las bolsas de huevos— casi todas las mañanas
al despertarnos con el gusano de descontento.
Se nos alojaba debajo del corazón,
frotaba nuestros nervios crispados,
nos roía el bazo, las vísceras,
los ovarios. La inmundicia

era el enemigo número uno de mamá, así que cada día
empezaba con la limpieza ritual: la estocada
de la escoba y el barrido de la sala oscura,
sobre los pisos de roble rayados, llenos de manchas.

Por semanas, con una mano
sostuvo el lampazo y con la otra
se agarraba una hernia mientras a los chicos
nos recitaba —con esa voz áspera— una letanía de
nuestras faltas y pecados: pereza,
secretismo, estupidez.

Nosotros la mirábamos
aplastar a las arañas que corrían por los zócalos
a la buena de dios, mientras corríamos también.

Mirándonos con rabia,
levantábamos la ropa sucia
desparramada, los zapatos de papá,
sus diarios y herramientas, nuestros libros,
dibujos, música, remeras y
abrigos, lo que fuera que hubiésemos
dejado por ahí.

Éramos culpables, pero buenos
para la evasión. Cultivábamos
nuestro propio mal carácter o conductas obsesivas:  la dura de
mi hermana mayor se burlaba y se iba de casa
a verse con el novio;
la dulce de la menor
temblaba y lloraba, con el consuelo
de uno de nuestros tantos perros.
Yo golpeaba las puertas, las aporreaba
con los puños, le gritaba, “¡Callate,
callate, callate!”. Ella no podía
dejarnos en paz. Nos quería
demasiado.

Aunque fuéramos rápidos,  ella era 
más rápida. Sus palabras lastimaban.

Debimos haberlo merecido.



Condiciones para la poesía

Tiene que estar oscuro. Pero no por completo,
más bien opalescente como el amanecer a la hora en que está por salir el sol
o del azul grisáceo de cuando cae la noche
y el crepúsculo se retira montaña arriba.
Tiene que haber un escalofrío en el aire
y que el único ruido sea el tictac del reloj
en la habitación de al lado. Su latido mecánico y breve.

Si es a la mañana, se requiere café,
oleoso y aromático. Si es a la noche, una copa de vino tinto,
translúcido, con olor a cereza.

Es preferible que sea viernes y que la lluvia salpique la ventana,
que la música de un cello se vuelque de una radio antigua
dentro de un gabinete de caoba. Que, de repente,
como en una foto vieja en blanco y negro,
los muebles se vean borrosos
y estés en Berkeley o en Berlín

Si es Berkeley, que la lluvia tenga olor a mar,
o también a laurel y eucalipto.
Si es Berlín, que el aire sea rancio de tráfico y cigarros.
Que las ramas de los tilos se estremezcan  con el viento.

Que haya una presencia hermosa parada justo atrás
de la puerta de tu cuarto, escuchando 
con atención, o quizás sin escuchar,
ni ahí, ni siquiera pensando en vos,
sino ocupada en su propia vida,
austera y elegante como un tapiz,
fantástica como una fuga. 


Desposeída

Me acuerdo de ir manejando
en octubre a las montañas,
con los chicos amontonados en la caja de la pick up,
metidos bajo las bolsas de dormir y las mantas.
Tomábamos café de un termo
enriquecido con un trago de brandy.
Todavía quedaba nieve
sobre la cara norte de las crestas,
al sur una tormenta perseguía las bandadas de pájaros migrantes.
Íbamos al país Maidu.
Los maples tenían las hojas amarillas
una brisa fría y clara,
soplaba por el cañón,
a la mañana había escarcha en los pastizales,
a la noche, humo de leña y neblina.
En la taberna nueva
que construyeron sobre la hacienda donde
una vez vivió mamá,
dos chicas indias tomaban cerveza
y jugaban al pool con unos tipos blancos.
Cuando entramos
me miraron raro,
y lo que tenía que haber parecido familiar
fue extraño y tenso. 
Esta no es más mi tierra
—el arroyo donde mamá jugó,
el cementerio colina arriba,
todo yace bajo el canturreo
del tendido eléctrico monumental,
la cabaña con sus hijos espirituales
estas cosas no son mías.



Versiones en castellano de Sandra Toro




Discontent

We could hear her
knocking down strands of cobweb
from ceilings—sticky filaments,
sacs of eggs—as we woke most mornings
to a worm of discontent.
It lodged beneath the heart,
rubbed our frayed nerves,
gnawed at the gut, spleen,
ovaries. Filth

as Mom's first enemy, so each day
began with ritual cleaning: the stab
and sweep of the broom down the dark hall,
over the stained and scratched oak floors.
For weeks, she held her dust mop
one-handed, and with the other
cupped a hernia, while she swore
at us kids in that hard voice—a litany of our sins
and failures: sloth,
stupidity, secrecy.
We watched her
smash the spiders that ran, herky-jerky,
along the baseboards, while we ran, too.

Glaring at each other,
we gathered up the scattered
laundry, our father’s shoes,
his newspapers and tools, our books,
drawings, music, sweatshirts,
and jackets, whatever
we’d left lying around.
We were guilty, but good
at evasion. We cultivated
shrewish or obsessive behaviors of our own: my tough
older sister sneered and stalked out of the house
to meet her boyfriend;
my sweet younger sister
trembled and cried, comforted
by one of our many dogs.
I slammed doors, pounded them
with my fists, screamed, “Shut up,
shut up, shut up!” She couldn’t

leave us alone. She loved us
too much.

Though we were quick, she was
quicker. Her words stung.
We must have deserved it.



Six Sonnets: Crossing the West

1

Desert heat, high clouds, and sky
the color of lapis. On this journey,
anything seems possible,
so we stop by an ancient cottonwood
to kiss. The beauty trembles,
doesn't say a word, just watches
me, so open. Small birds fly by, flock
in the shady tree above us. What
settles in her heart? What congeals?
Hope? Despair? Far off, the river churns
in its sandy banks, swallows veer, turn
in fiery air. Will these kisses seal
her to me? I her lover, she my wife?
Is all of this a dream, my whole life?


2

She is just this side of wonderful,
and suddenly the glamorous world
fills itself with shining and we laugh
at highway monuments that explain
how hard the trek had been for Franciscans
in the Indian wilderness, poor fellows—
conversion is the devil's own
work! Then the stones of her dream
turn up under her feet, the back
of a huge land turtle. I know
we must be circling Paradise
because the ants enter the fleshy petals
of the roadside flowers with evident
joy and purpose (oh, my dark, pretty one).


3

Music, my adored. When is there never
music? My accordion puffs up
with drinkable melodies. I spill
her tunes into your listening ear,
one after the other: the squeeze-box
enters the dance of the plaintive gypsy
with its hard rhythms, lilts the back-
breaking labor song the worker croons
to earth, warbles romantic notes of
dissolving borders. You melt
like a woman beneath her lover's touch.
Music is happy and pitiless when
it sets fire to combustible souls. Even
the raspy bandoneon's voice is lyric.


4

Sacred. Sacred. Sacred. Sacred. (Speak
in a whisper.) We slip into this
space half cognizant. The land is very
large indeed: bones of the earth
worn down, though she is a living thing.
See how she exposes her grace? Antelopes
graze on the far plain—their high,
white tails—the red soil throbs
its slow heartbeat, and the blue sky
clears so smartly, perfectly, like
radiance. Are the ancestors near?
What can we know? We decide
to wander around this prairie, mistaken
for Utes, buy commodities in little towns.


5

Late afternoon we head west along the willow-banked
Malheur after the long curve of the Snake River plain.
(Above the falls where the Shoshone went to pray
we soaked our feet in cold water, and I observed
the arch of her brown foot.) Rabbitbrush and sage
along the highway, juniper on far hills and bluffs.
Sundown, and dusk falls over the wide basin of land.
In Burns we eat eggs in a cafe, take a room
in the Motel 6. In the dark, I can see
her black hair, black against the pillows. Its clean
scent makes me think of corn. At dawn, I hold her
and there are kisses. Then more kisses. Then more.
The day is cold; a north wind blew last night. But
the land is open. Rain falls in showers of light.


6

Her hand on my thigh, my shoulder,
in my hair. She leans over to kiss my cheek.
We look at each other, smile. For miles
we travel this way, nearly silent, point
with eyes or chins at the circling hawk, the king-
fisher on the snag above the swollen
creek. One night I weep in her arms
as she cries, "Oh, oh, oh!" because I have touched
her scars lightly: throat, belly, breasts.
In that communion of lovers, thick sobs
break from me as I think of my love
back home, all that I have done
and cannot say. This is the first time
I have left her so completely, so alone.

(Doubters and Dreamers, 2011).



Conditions for Poetry

It should be dark. Not absolutely,
but opalescent as dawn in the hour before sunrise
or the blue-gray of evening
as twilight gathers over the mountain.
A chill might be in the air
and the only sound the tick of a clock
in another room, its small, mechanical heartbeat.

If it is morning, coffee is called for,
oily, aromatic. If evening, a glass of red wine,
translucent, smelling of cherries.

Preferably it is Friday with rain spattering the window,
the music of one cello pouring from an old radio
in a mahogany cabinet. Suddenly
as in an old black and white photo,
the furniture looks grainy
and you are in Berkeley, or Berlin.

If Berkeley, the rain smells of the sea,
or else laurel and eucalyptus.
If Berlin, the air is rank with cigarettes and traffic.
Branches of linden trees shudder in the wind.

A beautiful presence stands just beyond
the closed door to your room, attentive,
listening, or perhaps not listening,
not there, not even thinking of you,
austere in her own life,
busy and elegant as tapestry,
fantastic as a fugue.

(Three Coyotes, Vol. 1, No. 1, Fall, 2010).


Dispossessed

I remember in October 
driving to the mountains, 
the kids piled in the back of the pick-up, 
tucked under sleeping bags and blankets. 
We drank coffee from a thermos 
spiked with a slug of brandy. 
There was already snow 
on the north face of the ridges, 
a storm chased flocks of migrant birds south. 
We were headed for Maidu country. 
Maples had yellow leaves, 
a clear, cold breeze 
blew through the canyon, 
there was frost on the meadows in the morning, 
woodsmoke and mist in the evening. 
At the new tavern 
built on the homestead 
where my mom once lived, 
two Indian girls drank beer 
and played pool with some white guys. 
They looked at me strangely 
when we came in, 
and what should seem familiar 
was foreign and strained. 
This is not my land anymore. 
The creek where Mama played, 
the graveyard up the hill 
that lies beneath the hum 
of massive power lines, 
the cabin with its spirit children—
these things are not mine. 

(Sinister Wisdom A Gathering of Spirit, North American Indian Women's Issue, Iowa City, Iowa, 1983).





JANICE GOULD (EE.UU., 1949-2019)


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