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marzo 27, 2015

POEMAS DE TOMAS TRANSTRÖMER

Foto: Lutfi Ozkok / Bonniers förlagsarkiv.



ALLEGRO

Toco a Haydn después de un día negro
y siento un sencillo calor en las manos.

Las teclas están listas. Los macillos golpean suavemente.
Su resonancia es verde, animada y tranquila.

El sonido dice que la libertad existe
y que alguien no le paga impuestos al César

Meto las manos en los bolsillos como Haydn
e imito a aquel que observa tranquilamente el mundo.

Izo la bandera de Haydn — lo cual quiere decir:
“No nos rendimos. Pero anhelamos la paz.”

La música es una casa de vidrio en la ladera
donde las piedras vuelan, donde ruedan.

Y las piedras ruedan directo hacia la casa
y no obstante los vidrios permanecen intactos.


EL CIELO INACABADO

El abatimiento detiene su curso
La angustia detiene su curso

El buitre frena su vuelo.

Fogosa, la luz fluye,
incluso los fantasmas le dan un trago.

Y nuestros cuadros en el día,
nuestras bestias rojas de los talleres de la era glacial.

Todo comienza a ver alrededor.
Caminamos por cientos bajo el sol.

Cada hombre es una puerta entreabierta
que da a una sala para todos.

El suelo interminable bajo nuestros pies.

El agua brilla entre los árboles.

El lago es una ventana a la tierra.


BAJO PRESIÓN

El estrépito de los motores del cielo azul es ensordecedor.
Vivimos estremecidos en este lugar de trabajo
donde las profundidades del océano de pronto pueden aparecer—
conchas y teléfonos zumbando.

No se puede admirar la belleza más que al sesgo, de prisa.
El grano denso en el campo, multitud de colores en un arroyo amarillo.
Las inquietas sombras en mi cabeza se arrojan ahí.
Quieren meterse en el grano y transformarse en oro.

Llega la oscuridad. A medianoche me voy a la cama.
El barco más pequeño sale del barco más grande
Estás solo en el agua.
El casco oscuro de la sociedad se desplaza cada vez más lejos.


ESPACIOS ABIERTOS Y CERRADOS

Un hombre siente el mundo con su profesión como un guante.
A mediodía descansa un momento y deja los guantes a un lado en el estante.
Allí de pronto crecen, se extienden
y oscurecen toda la casa por dentro.

La casa a oscuras está cercada por los vientos primaverales.
“Amnistía”, el rumor recorre la hierba: “amnistía”.
Un niño corre con un hilo invisible que asciende inclinándose al cielo
donde su absurdo sueño acerca del futuro vuela como un papalote más grande que los suburbios.
Más al norte se puede ver desde lo alto la infinita alfombra azul del bosque de pinos
donde la sombra de las nubes
está quieta.
No, vuela.



De Para los vivos y los muertos


SEIS INVIERNOS

1
En el hotel negro duerme un niño.
Y afuera: la noche de invierno
donde ruedan los dados de ojos desorbitados.

2
Una elite de muertos petrificados
en el cementerio de Santa Catarina
donde el viento tirita en su armadura de Svalbard.*

3
Un invierno durante la guerra en que yacía enfermo
un carámbano enorme se formó frente a la ventana.
Harpón y vecino, recuerdo inexplicado.

4
Hielo colgando del borde del techo.
Carámbanos: el gótico invertido.
Bestiario abstracto, tetas de vidrio.

5
Un vagón vacío en una vía accesoria.
Inmóvil. Heráldico.
Viajes entre las garras

6
Esta noche bruma de nieve, claro de luna. La medusa lunar
flotando ante nosotros. Nuestras sonrisas
en el camino de regreso. Sendero encantado.



*Archipiélgo del océano Ártico descubierto en el siglo XII por los vikingos.



EL RUISEÑOR DE BADELUNDA*

Medianoche verde en la frontera norte de los ruiseñores. Pesadas hojas penden en trance, los autos sordos corren hacia la línea de neón. La voz del ruiseñor se alza sin ladearse, es tan penetrante como el canto del gallo, aunque bella y jamás vanidosa. Estaba prisionero y vino a visitarme. Estaba enfermo y vino a visitarme. No me di cuenta entonces, ahora sí. El tiempo fluye del sol y de la luna y penetra todos los tictacs de los relojes agradecidos. Pero aquí ya no hay tiempo. Sólo la voz del ruiseñor, las crudas notas resonantes que afilan la guadaña luminosa del cielo nocturno.


*Badelunda es una necrópolis de la edad de bronce al noreste de Västerås, en el centro de
Suecia.



BERCEUSE

Soy una momia que duerme en el ataúd azul marino de los bosques, en un rumor constante de motores, de asfalto y caucho.

Lo que pasó en el día se hunde, las lecciones pesan más que la vida.

La carretilla se acercó rodando sobre su única rueda, y yo llegué con mi ánimo dando vueltas aunque los pensamientos han cesado de girar y a la carretilla le han crecido alas.

Mucho tiempo después de que el cielo haya oscurecido, vendrá un avión. Los pasajeros verán bajo ellos destellar las ciudades como el oro de los Godos.


CRIPTAS ROMÁNICAS

En la penumbra de la vasta iglesia románica se apretujaban los turistas.
Una cripta daba a otra cripta, una vista incompleta.
Las llamas de unos cuantos cirios oscilaban.
Un ángel sin rostro me abrazó
y me susurró en todo el cuerpo:
“No te avergüences de ser hombre, ¡enorgullécete!
Dentro de ti una cripta da a otra cripta, sin fin.
Nunca estarás completo y así debe ser.”
Cegado por las lágrimas
fui empujado hasta la piazza que bullía de luz
junto con Mr. y Mrs. Jones, el señor Tanaka y la Signora Sabatini
y dentro de cada uno de ellos una cripta daba a otra cripta, sin fin.


EPIGRAMA

Los edificios de la capital, los alvéolos de las abejas africanas, miel para la flor y nata.
Él servía ahí. Pero en un túnel oscuro desplegaba sus alas y volaba cuando nadie lo veía. Tenía de nuevo que vivir su vida.


RETRATO DE MUJER, SIGLO XIX

La voz se asfixia bajo la ropa. Sus ojos
siguen al gladiador. Luego ella
está en la arena, también. ¿Es libre? Un marco dorado encierra el cuadro.


TEMAS MEDIEVALES

Bajo nuestros gestos encantadores, acecha
inevitablemente el cráneo, la cara del jugador de póker. Mientras
sin prisa el sol rueda en el cielo.
            La partida de ajedrez continúa.

En la espesura un chasquido como las tijeras del peluquero.
Sin prisa el sol rueda en el cielo.
La partida de ajedrez se detiene, tablas.
            En el silencio del arcoíris.


AIR MAIL

En busca de un buzón
llevaba la carta por la ciudad.
La mariposa extraviada revoloteaba
en el inmenso bosque de piedra y hormigón.

La alfombra voladora del timbre postal
las letras titubeantes de la dirección
más mi propia verdad sellada
planean ahora por encima del océano.

La deslizante plata del Atlántico.
Las barreras de nubes. La barca de pescar
como un hueso de aceituna que uno escupe.
Y la pálida cicatriz de la estela.

El trabajo avanza lentamente aquí abajo.
Echo ojeadas frecuentes al reloj.
En el silencio ávido
las sombras de los árboles son números oscuros.

La verdad yace en el suelo
pero nadie se atreve a levantarla.
La verdad está en la calle.
Y nadie la hace suya.


MADRIGAL

Heredé un bosque sombrío donde raramente voy. Pero el día llegará en que los muertos y los vivos cambien de lugar. Estonces el bosque se pondrá en marcha. No carecemos de esperanza. Los crímenes más graves quedan sin resolverse pese a los esfuerzos de todas las policías. En el mismo sentido existe también en algún sitio de nuestras vidas un gran amor sin resolverse. Heredé un bosque sombrío, pero ahora camino por otro bosque, luminoso. ¡Todo lo que vive, canta, se mueve, trepa y se agita! Es primavera y el aire es embriagador. Me gradué en la universidad del olvido y tengo las manos tan vacías como la camisa en el tendedero.


LUCIÓN

El lución, ese lagarto sin patas, se desliza a lo largo de la escalinata
majestuoso y lento como una anaconda, aunque distinto en tamaño.
El cielo está cubierto de nubes que el sol atraviesa. Así es el día.

Esta mañana, la mujer que amo ahuyentó a los espíritus malignos.
Como en el sur, cuando uno abre la puerta de un cobertizo oscuro, y entra la luz
y las cucarachas huyen por los rincones hacia lo alto de los muros
y desaparecen —uno las ve sin verlas,
así su desnudez ahuyentó a los demonios.

Como si nunca hubieran estado ahí.
Pero van a regresar.
Para, con sus mil manos, trastornar la vetusta central telefónica de nuestros nervios.

Es el 5 de julio. Los altramuces se estiran como si quisieran ver el mar.
Estamos en la iglesia de guardar silencio con un fervor sin dogmas.
Como si los rostros implacables de los patriarcas ya no existieran,
ni la falta de ortografía en la piedra con el nombre de Dios.

En la televisión vi a un predicador dogmático que recababa un montón de dinero.
Pero ahora estaba cansado y tenía que apoyarse en un guardaespaldas,
un joven bien trajeado, con una sonrisa tan tensa como un bozal.
Una sonrisa que ahogaba un grito.
El grito del niño al que dejaron solo en la cama de un hospital cuando sus padres se han ido.

Lo divino roza al ser humano y enciende una llama
pero luego se retira.
¿Por qué?
La llama atrae las sombras, que se arrojan en ella chirriando y se unen a la llama
que se alza y ennegrece Y el humo se expande sofocante y negro.
Al final sólo el humo negro, al final sólo el verdugo devoto.

El verdugo devoto se inclina
hacia la plaza del mercado y el gentío que forma un espejo granuloso en donde él mismo se contempla.
El mayor fanático es el mayor escéptico. Sin saberlo.
Es un pacto entre dos
donde uno es cien por ciento visible y el otro invisible.
Cómo detesto la expresión “cien por ciento”.

Aquellos que no pueden existir en otra parte que en su apariencia,
los que jamás se han distraído
aquellos que jamás abren la puerta equivocada para echar un vistazo al No-Identificado.
¡Ignóralos!

Es el 5 de julio. El cielo está cubierto de nubes que el sol atraviesa.
El lución se desliza a lo largo de la escalinata majestuoso y lento como una anaconda.
El lución, como si no existiera la burocracia.
La serpiente de vidrio, como si no hubiera idolatría.
Los altramuces, como si no hubiera el “cien por ciento”.

Conozco la profundidad donde uno es a la vez prisionero y monarca
como Perséfone.
Con frecuencia me he tendido en la hierba tenaz allá abajo
y he visto el arco de la tierra por encima de mí.
La bóveda terrestre.
Con frecuencia, la mitad de mi vida.

Pero hoy mi mirada me abandonó.
Mi ceguera se largó.
El murciélago negro abandonó mi cara y da tijeretazos alrededor en el espacio radiante del verano.



De La góndola fúnebre



ABRIL Y SILENCIO

La primavera desolada.
Una zanja de terciopelo negro
repta a mi lado
sin reflejarse.

Las únicas que brillan
son estas flores gualdas.
Mi sombra me lleva
como un violín
en su estuche negro.

Todo lo que quería decir
reluce inaccesible
como la plata
en casa del usurero.


INSEGURIDAD NACIONAL

La jefe de oficina se inclina y dibuja una X
y sus aretes oscilan como espadas de Damocles.

Como una mariposa moteada en el suelo no se ve,
el demonio se confunde con el periódico abierto.

Un casco que nadie usa ha tomado el poder.
La tortuga madre huye volando bajo el agua.


EN JULIO DE 1990

Estaba en un entierro
y sentía que el muerto
leía mis pensamientos
mejor que yo mismo.

El órgano en silencio, los pájaros cantaron.
Allí está la tumba bajo el sol.
La voz de mi amigo pertenecía
al reverso de los minutos.

Volví a casa confortado
por la claridad de este día de verano
la lluvia y el silencio
confortado por la luna.


EL CUCO


Un cuco cantaba en el abedul, justo al norte de la casa. Tan fuerte que al principio creí que era un cantante de ópera que imitaba a un cuclillo. Después lo vi, asombrado. Las plumas de su cola subían y bajaban con cada nota, como la manija de una bomba. El pájaro saltaba sobre sus dos patas, dando vueltas y gritaba en todas direcciones. Luego se elevó canturreando y voló encima de la casa, hacia el oeste… El verano envejeció y todo se confunde en un murmullo melancólico. El cuculus canorus regresará a los trópicos. En Suecia su época ha pasado. ¡No duró mucho!. En realidad, el cuco es ciudadano de Zaire…. Ya no me hace muy feliz viajar. Pero los viajes vienen a visitarme. Ahora, que cada vez me hacen más a un lado, que aumentan mis círculos anuales, que necesito lentes para leer. Suceden siempre más cosas de las que podemos soportar. No hay nada de qué asombrarse. Estos pensamientos me llevan con la misma fidelidad con la que Susi y Chuma llevaban el cuerpo embalsamado de Livingstone a través de África.



TRES ESTROFAS

I
El caballero y su dama
de piedra pero felices
en la tapa del sarcófago
en fuga fuera del tiempo.

II
Jesús alza una medalla
con el perfil de Tiberio
unos rasgos sin amor
poder en circulación

III
Una espada reluciente
aniquila los recuerdos.
En el suelo se herrumbran
trompetas y el tahalí.


ENTRA LA LUZ

Las largas bestias de la primavera frente a la ventana
y el dragón transparente de los rayos del sol
pasa como un tren suburbano
sin fin —al cual nunca le vimos la cabeza.

Altivas como cangrejos, la villas de la playa
se desplazan de lado.
El sol hace parpadear las estatuas.

El mar de fuego embravecido
se transforma en caricia.
Ha empezado la cuenta regresiva.


VIAJE NOCTURNO

Tumulto bajo nuestros pies. Los trenes.
Tiembla el Hotel Astoria.
Un vaso de agua a la orilla de la cama
brilla en los túneles.

Soñó que estaba preso en Svalbard.
El planeta giró rugiendo.
Unos ojos refulgentes avanzaron sobre el hielo.
La belleza de los milagros existía.


HAIKÚS

I

Líneas de alta tensión
se estiran en el reino del frío
al norte de toda música.

*
Solo rumbo a los montes
azules de la muerte
se encamina el sol blanco.

*
Tendremos que vivir
con la yerba aplacada
y la risa de los sótanos.

*
Hoy el sol está bajo
Nuestras sombras son gigantes.
Pronto todo estará en sombras.

II

Orquídeas púrpuras
Petroleros deslizándose lejos.
Es luna llena.

III

Torres del medioevo,
ciudad extraña, esfinges congeladas,
anfiteatros vacíos.

*
El follaje susurra:
un jabalí toca el órgano.
Y tañeron las campanas.

*
Y la noche transcurre
de este a oeste a
la velocidad de la luna.

IV

Una pareja de libélulas
encabalgadas
pasan con un murmullo de alas.

*
Presencia de Dios.
Se abre un sello cerrado
en el túnel del canto de los pájaros.

*
Robles, la luna.
Fulgor, constelaciones mudas.
Y el mar helado.


HAIKÚS
(Segunda versión)

I

Cables tendidos
al norte de la música.
Reino del frío.

*
Rumbo a los montes
azules de la muerte
viaja el sol blanco.

*
Hay que vivir
con la yerba aplastada.
Risa en los sótanos.

*
Sombras gigantes.
Hoy el sol está bajo.
Pronto la noche.

II

Rojas orquídeas.
Petroleros lejanos.
Es luna llena.

III

Ciudad ajena,
esfinges congeladas,
ruedos vacíos.

*
Dice el follaje:
toca un jabalí el órgano,
tañen campanas.

*
Fluye la noche
al ritmo de la luna
de este a oeste.

IV

Encabalgadas
pasa un par de libélulas.
Un rumor de alas.

*
Dios en el túnel
del canto de los pájaros.
Un sello se abre.

*
Robles y luna.
Fulgor, constelaciones.
El mar helado.



DE LA ISLA, 1860

1

Un día en que ella enjuagaba sus ropas en el muelle
el frío del estrecho le subió por los brazos
hasta su vida.

Sus lágrimas se congelaron en un par de anteojos.
La isla se alzó de sí misma en la yerba
y el estandarte de los arenques ondulaba en lo hondo.


2

Y el enjambre de granos de viruela lo alcanzó
y se posó en su cara.
Está acostado y mira fijamente el techo.

Qué golpe de remos turba el silencio.
La mancha eternamente móvil de la actualidad.
El punto del presente sangrando eternamente.



SILENCIO

Sigue tu camino, los enterraron…
Una nube se desliza frente el disco solar.

El hambre es un gran edificio
que se desplaza durante la noche.

En el cuarto se abre la jaula de un elevador—
una barra oscura apunta a las entrañas .

Flores en la fosa. Fanfarria y silencio.
Sigue tu camino, los enterraron…

La vajilla de plata sobrevive en inmensos enjambres
en las profundidades donde es negro el Atlántico.


EN MITAD DEL INVIERNO

Un brillo azul
irradia de mi ropa.
Solsticio de invierno.
Panderetas de hielo tintineante.
Cierro los ojos.
Hay un mundo insonoro
hay una fisura
donde a los muertos
loa pasan de contrabando la frontera.





Versiones de Francisco Serrano a partir de las traducciones de R. Fulton y J. Outin.



TOMAS TRANSTRÖMER (SUECIA, 1931 - 2015)



marzo 24, 2015

LA GAYA SCIENZA (frags.) - FRIEDRICH NIETSZCHE



15

Desde la distancia

Esta montaña convierte a toda la región dominada por ella en algo de múltiples maneras excitante y lleno de sentido: luego que nos hemos dicho esto por centésima vez, somos tan irracionales y nos sentimos tan agradecidos frente a ella, que creemos que es ella la que otorga esta excitación, y que ha de ser en sí misma lo más excitante de la región —y así es como ascendemos a ella y quedamos defraudados. Repentinamente ella misma pierde su encanto así como todo el paisaje en torno nuestro, debajo de nosotros; habíamos olvidado que algunas magnitudes, al igual que algunas bondades, sólo quieren ser vistas a una cierta distancia, y de todas maneras, desde abajo y no desde arriba —sólo así producen efecto. Tal vez en tu cercanía conoces a hombres que deben mirarse a sí mismos sólo desde una cierta lejanía, para poder encontrarse soportables, atractivos, fortalecedores; el conocimiento de sí mismos les está contraindicado.

16

Sobre el puente

En el trato con personas que son pudorosas frente a sus sentimientos, uno tiene que poder disimular; sienten un odio repentino contra aquel que las sorprende en un sentimiento cariñoso, entusiasta, exaltado, como si les hubiesen visto sus secretos. Si uno quiere hacerles bien en tales momentos, entonces hay que hacerles reír o decirles alguna broma helada, malévola —con ello se enfrían sus sentimientos y vuelven a ser dueñas de sí mismas. Efectivamente, coloco la moral delante de la historia. Alguna vez hemos estado tan cerca uno del otro que nada más parecía impedir nuestra amistad y hermandad, y sólo quedaba aún entre nosotros un pequeño puente. En el preciso momento que querías poner los pies en él, te pregunté: «¿Quieres cruzar hacia mí por el puente?» —pero en ese instante tú no quisiste avanzar más; y cuando te pregunté nuevamente, callaste. Desde entonces se abalanzaron entre nosotros montañas y caudalosos torrentes y todo cuanto sólo separa y vuelve extraño, y aun cuando quisiéramos volver el uno al otro, ¡ya no podríamos! Pero si ahora recuerdas aquel pequeño puente, te quedas sin más palabras —sólo con sollozos y asombro.

20

Dignidad de la locura

¡Algunos milenios más sobre la vía del último siglo! —y se hará visible la más alta cordura en todo lo que el hombre hace: pero precisamente con ello la cordura habrá perdido toda su dignidad. Efectivamente es necesario ser cuerdo, pero también tan corriente y tan vulgar como para que un gusto más noble llegue a sentir esta necesidad como una vulgaridad. Y asi como una tiranía de la verdad y de la ciencia estaría en condiciones de hacer subir el precio de la mentira, también una tiranía de la cordura podría hacer crecer un nuevo género de nobleza. Ser noble —eso significaría entonces, tal vez: tener locuras en la cabeza.

28

Hacer daño con lo mejor que se tiene

Nuestras fuerzas nos empujan a veces tan lejos hacia adelante que ya no podemos sobrellevar nuestras debilidades, y perecemos a causa de ellas: aunque prevemos este resultado, no queremos cambiarlo sin embargo. Allí nos volvemos duros contra aquello que en nosotros quiere ser perdonado, y nuestra grandeza es también nuestra implacabilidad. Una vivencia como ésa, que en último término tenemos que pagar con la vida, es un símil para la totalidad de la acción de los grandes hombres sobre otra época y sobre la suya —justamente con lo mejor que hay en ellos, con lo que sólo ellos pueden, aniquilan mucho que es débil, inseguro, que cambia, que quiere; y por esto son dañinos. Y bien puede darse el caso de que, considerado en general, sólo hagan daño, puesto que lo mejor de ellos sólo será adoptado y en cierto modo bebido por aquellos que, como ante una bebida demasiado fuerte, a causa suya pierden su entendimiento y egoísmo: se embriagarán tanto, que habrán de romperse los huesos por todos los caminos errados a que los conduzca la embriaguez.

43

Lo que delatan las leyes

Uno se equivoca demasiado cuando estudia las leyes penales de un pueblo como si fueran una expresión de su carácter; las leyes no delatan lo que es un pueblo, sino lo que le es extraño, raro, terrible, extranjero. Las leyes se refieren a las excepciones de la eticidad de la costumbre; y los castigos más duros se refieren a lo que está de acuerdo con la ética de un pueblo m vecino. Así es como entre los Wahabitas existen sólo dos pecados mortales: tener otro Dios que el Dios Wahabita y fumar (entre ellos es designado como «la forma más ignominiosa del beber»). «¿Y qué pasa con la muerte y el adulterio?» —preguntó sorprendido el inglés que supo de este asunto. «¡Bueno, Dios es indulgente y misericordioso!» —dijo el viejo jefe.
Asimismo los antiguos romanos pensaban que una mujer sólo podía pecar mortalmente de dos maneras: por adulterio y también —por beber vino. Catón el viejo opinaba que se había establecido como una costumbre el beso entre parientes, sólo para mantener bajo control a las mujeres en este asunto; un beso significaba: ¿huele a vino? Efectivamente se castigaba con la muerte a las mujeres que eran sorprendidas bebiendo vino: y por cierto no sólo porque bajo el efecto del vino las mujeres olvidasen a veces toda posibilidad de decir no; por sobre todo, temían los romanos al culto orgiástico y dionisiaco por el que eran afectadas de tiempo en tiempo las mujeres del sur de Europa —cuando el vino era aún algo nuevo en Europa—, al que consideraban un extranjerismo desaforado que trastornaba el fundamento de la sensibilidad romana; para ellos era como una traición a Roma, como la incorporación de lo extranjero.

47

Acerca de la represión de las pasiones

Cuando alguien se prohíbe a si mismo persistentemente la expresión de las pasiones, como algo que se puede conceder a los seres «ordinarios», toscos» burgueses, campesinos —por consiguiente, cuando no se quiere prohibir la pasión misma, sino sólo su lenguaje y su gesto, se logra no obstante a la vez, precisamente, lo que no se quiere: la represión de la pasión misma, o por lo menos su debilitamiento y transformación; así fue como se lo vivió de la manera más ejemplar en la corte de Luis XIV y en todo lo que dependía de él. La época que le siguió, educada en la represión de la expresión, carecía de las pasiones mismas, y en lugar de ellas poseía una naturaleza agradable, superficial, juguetona —una época afectada por la incapacidad de ser descortés, de tal manera que incluso una ofensa no era admitida ni rechazada más que con palabras obsequiosas. Tal vez nuestro presente ofrece el más asombroso contraste: en todas partes veo, en la vida y en el teatro y no menos que en todo cuanto se escribe, la satisfacción en todos los toscos estallidos y gestos de la pasión —actualmente se exige una cierta convención de lo pasional, ¡y no de la pasión misma! A pesar de eso, en último término se llegará a la pasión, y nuestra descendencia tendrá una ferocidad genuina, y no sólo una ferocidad y rebeldía de las formas.

50

El argumento de la soledad

También entre los más concienzudos es débil el reproche de la conciencia frente al sentimiento: «Esto y aquello están en contra de la buena costumbre de tu sociedad». Una mirada fría, una boca torcida de parte de aquéllos y entre aquéllos y para los que se ha sido educado, es temida hasta por los más fuertes. ¿Qué es lo que allí se teme propiamente? ¡La soledad! ¡En cuanto es el argumento que derrota incluso los mejores argumentos a favor de una persona o de una cosa! —Así habla en nosotros el instinto de rebaño.

52

Lo que otros saben de nosotros

Lo que sabemos de nosotros mismos y mantenemos en la memoria no es tan decisivo para la felicidad de nuestra vida, como se cree. Un día cae sobre nosotros lo que otro sabe de nosotros (o cree saber) —y reconocemos luego que es lo más poderoso. Uno acaba más fácilmente con su mala conciencia, antes que con su mala reputación.

56

El deseo de sufrir

Cuando pienso en el deseo de hacer algo, tal como continuamente hace cosquillas y aguijonea a millones de jóvenes europeos que no pueden soportar ni el aburrimiento ni soportarse a sí mismos, entiendo entonces que en ellos tiene que haber un deseo de sufrir por algo, para sacar de su sufrimiento una posible razón en favor de su acción o de su obra. ¡Se requiere la penuria! De allí procede el griterío de los políticos, las múltiples «condiciones de penurias» de todos los tipos posibles, falsas, inventadas, exageradas, y de allí procede también la ciega disposición a creer en ellas. Este joven mundo exige que debe venir desde fuera o hacerse visible —no algo así como la felicidad, sino la infelicidad; y desde ya su fantasía se atarea con formar un monstruo a partir de allí, para poder luchar luego con un monstruo. Si estos sedientos de penuria sintieran en sí mismos la fuerza para hacerse bien a sí mismos desde su interior, para procurarse algo a sí mismos, entonces sabrían también cómo crearse desde su interior una penuria propia, suya propia. Sus invenciones podrían ser entonces más sutiles, y sus satisfacciones podrían sonar como buena música —¡mientras que ahora el mundo queda plagado con sus gritos de penuria, y en consecuencia, demasiado a menudo, sólo con el sentimiento de penuria! No saben qué hacer consigo mismos —y así es como pintan en la pared la infelicidad de otros: ¡siempre necesitan a otro! ¡Y continuamente a otro otro! Perdón, amigo mío, me he atrevido a pintar en la pared mi felicidad.

79

El atractivo de lo imperfecto

Veo aquí a un poeta que, como muchos otros hombres, ejerce un mayor atractivo mediante sus imperfecciones, antes que a través de todo aquello que bajo sus manos adquiere una forma acabada y perfecta —sí, él debe más bien su ventaja y la fama a su última incapacidad, antes que a la riqueza de su fuerza. Su obra nunca expresa plenamente lo que él propiamente quisiera expresar, lo que quisiera haber visto: pareciera que hubiese degustado la muestra de una visión, pero nunca la visión misma —sin embargo, en su alma subsiste una enorme avidez por esta visión, y desde ella obtiene igualmente su enorme elocuencia del anhelo y del apetito. Con ella eleva a quien le escucha por encima de su obra y de toda «obra», y le da alas para ascender tan alto como jamás pueden ascender los que escuchan: y convertidos de ese modo ellos mismos en poetas y videntes, pagan con admiración al autor de su felicidad, como si los hubiese conducido inmediatamente a avistar su última y más sagrada región, como si él hubiese alcanzado su meta y visto realmente y comunicado su visión. A su fama le viene bien no haber llegado propiamente a la meta.

83

Traducciones

Se puede apreciar el grado de sentido histórico que posee una época por la manera como ella hace las traducciones, y cómo busca incorporarse las épocas y los libros del pasado. Los franceses de la época de Corneille, y también los de la Revolución, se apoderaron de la antigüedad romana de una manera para la cual ya no tendríamos el coraje suficiente —gracias a nuestro superior sentido histórico. Y la antigüedad romana misma: ¡cuán violenta e ingenuamente a la vez puso sus manos sobre todo lo bueno y superior de la antigüedad griega, anterior a ellos! ¡Cómo la tradujeron dentro del presente romano! ¡Cómo hicieron desaparecer intencional y despreocupadamente el polvo de las alas del instante de la mariposa! Así tradujo Horacio a Alceo o a Arquíloco en diferentes momentos, así lo hizo Propercio con Calimaco y Philetas (un poeta del mismo rango de Teócrito, si se nos permite juzgar): ¡qué les importaba que el auténtico creador hubiera vivido esto o aquello, y hubiera inscrito esos signos en su poesía! —como poetas eran contrarios al espíritu rastreador de antigüedades que precede al sentido histórico; como poetas, no daban valor a estas cosas y nombres tan personales ni a todo cuanto era propio de una ciudad, una costa, un siglo —como su vestuario y su máscara—, sino que rápidamente colocaban en su lugar a lo presente y a lo romano. Parecen preguntarnos: «¿No debemos transformar a lo antiguo en algo nuevo para nosotros y poner orden en nosotros dentro de él? ¿No debemos insuflar nuestra alma en este cuerpo muerto? Pues él ya está muerto: ¡cuán odioso es todo lo muerto!» Ellos no conocían el goce del sentido histórico; lo pasado y ajeno les era embarazoso y, en tanto romanos» un estímulo para una conquista romana. De hecho, cuando en aquel tiempo se traducía, se lo hacía como una conquista —no sólo porque se omitía lo histórico; no, se añadía la alusión al presente, sobre todo se borraba el nombre del poeta y en su lugar se colocaba el propio nombre —y no con un sentimiento de robo, sino con la mejor conciencia del imperium Romanum [imperio romano].

113

Para una doctrina de los venenos

¡Se requieren tantas conexiones para que surja un pensamiento científico: y todas estas fuerzas que se necesitan han de ser, en cada caso, inventadas, ejercitadas, cultivadas! Tomadas cada una separadamente, han tenido un efecto muy a menudo completamente diferente al de ahora, en que se limitan mutuamente entre si y se mantienen disciplinadas dentro del pensamiento científico; ellas han actuado como venenos, por ejemplo, el instinto dubitativo, el instinto negador, el instinto expectante, el instinto recolector, el instinto resolutivo. ¡Muchas mortandades de hombres se produjeron antes de que estos instintos aprendiesen a comprender sus vecindades y a sentirse, uno en relación al otro, como funciones de un poder organizador del hombre! ¡Y cuán lejos estamos aún de poder añadir al pensamiento científico también las fuerzas artísticas y la sabiduría práctica de la vida, de que se forme un sistema orgánico más alto, con relación al cual el sabio, el médico, el artista y el legislador, tal como nosotros ahora los conocemos, tendrían que aparecer como precarias vetusteces!

173

Ser profundo y parecer profundo

Quien se sabe profundo, se esfuerza por ser claro: quien quisiera parecer profundo a la multitud, se esfuerza por ser oscuro. Pues la multitud considera profundo todo aquello cuyo fundamento ella no puede ver: ella es tan temerosa y se lanza al agua con tanto disgusto.

240

En el mar

Yo no me construiría ninguna casa (¡y forma parte incluso de mi felicidad el no ser propietario de una casa!). Pero si tuviera que hacerlo, al igual que algunos romanos, la construiría adentrándose en el mar —quisiera tener algunos secretos en común con este hermoso monstruo.

278

El pensamiento de la muerte

Me produce una felicidad melancólica vivir en medio de esta confusión de callejuelas, menesteres, voces: ¡cuánto goce, impaciencia, apetito, cuánta vida sedienta y embriaguez de la vida se hace patente allí en cada instante! ¡Y sin embargo, caerá tan pronto el silencio sobre todos estos bulliciosos, vivientes y sedientos de vida! ¡Cómo lleva cada uno su sombra también detrás de sí, su oscuro compañero de viaje! Siempre sucede como en el último instante anterior a la partida de un barco de emigrantes: como nunca antes surgen tantas cosas que decirse, la hora apremia, el océano espera impaciente con su desierto silencio detrás de todo el bullicio —¡tan ansioso, tan seguro de su presa! Y todos, todos creen que lo sido hasta ahora es nada o muy poco, que el futuro cercano lo es todo: ¡y por eso la prisa, ese griterío, ese ensordecerse y engañarse a si mismos! Cada uno quiere ser el primero en ese futuro —¡y sin embargo, la muerte y el silencio de muerte es lo único seguro y común a todos en este futuro! ¡Cuán extraño es que esta única seguridad y comunidad no ejerza casi ningún poder sobre los hombres, y que sea tanta la distancia que los aleja de sentirse partes de la hermandad de la muerte! ¡Me hace feliz ver que de ninguna manera los hombres quieran pensar el pensamiento de la muerte! Con gusto quisiera hacer algo para que ellos encuentren cien veces más valioso pensar el pensamiento de la vida.

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La amistad de las estrellas

Éramos amigos y nos hemos vuelto extraños. Pero está bien que sea así, y no queremos ocultarnos ni ofuscarnos como si tuviésemos que avergonzarnos de ello. Somos dos barcos y cada uno tiene su meta y su rumbo; bien podemos cruzarnos y celebrar juntos una fiesta, como lo hemos hecho —y los valerosos barcos estaban fondeados luego tan tranquilos en un puerto y bajo un sol, que parecía como si hubiesen arribado ya a la meta y hubiesen tenido una meta. Pero la fuerza todopoderosa de nuestras tareas nos separó e impulsó luego hacia diferentes mares y regiones del sol, y tal vez nunca más nos veremos —tal vez nos volveremos a ver, pero no nos reconoceremos de nuevo: ¡los diferentes mares y soles nos habrán transformado! Que tengamos que ser extraños uno para el otro, es la ley que está sobre nosotros: ¡por eso mismo hemos de volvernos más dignos de estimación uno al otro! ¡Por eso mismo ha de volverse más sagrado el recuerdo de nuestra anterior amistad! Probablemente existe una enorme e invisible curva y órbita de estrellas, en la que pueden estar contenidos como pequeños tramos nuestros caminos y metas tan diferentes —¡elevémonos hacia este pensamiento! Pero nuestra vida es demasiado corta y demasiado escaso el poder de nuestra visión, como para que pudiéramos ser algo más que amigos, en el sentido de aquella sublime posibilidad. Y así es como queremos creer en nuestra amistad de estrellas, aun cuando tuviéramos que ser enemigos en la tierra.

Traducción de José Jara


(de La ciencia jovial, 1990,  Venezuela: Monte Ávila Editores - Obra original publicada en 1882).



FRIEDRICH NIETSZCHE (ALEMANIA, 1844-1900)