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enero 02, 2014

LA LLUVIA Y EL RINOCERONTE - THOMAS MERTON


Déjenme decir esto antes de que la lluvia se convierta en un servicio que puedan planificar y distribuir por dinero. Y cuando digo "puedan", me refiero a la gente que no entiende que la lluvia es un festival, que no aprecia su gratuidad, que cree que lo que no tiene precio no tiene valor, que aquello que no puede venderse no es real, de modo que la única forma de hacer que algo sea genuino es colocarlo en el mercado. Va a llegar el momento en que te van a vender tu propia lluvia. Por ahora todavía es gratis, y estoy debajo de ella. Celebro su gratuidad y su falta de significado.
      La lluvia bajo la que estoy no es como la de las ciudades. Llena el bosque con un sonido inmenso y confuso. Cubre el techo plano de la cabaña y la galería de ritmos insistentes y controlados. Y yo escucho porque me recuerda una y otra vez que el mundo entero se mueve según ritmos que todavía no aprendí a reconocer, ritmos que no son los de una máquina.
      Anoche subí desde el monasterio hasta acá chapoteando por el maizal, dije las oraciones vespertinas y puse un poco de avena para la cena en la cocina Coleman. Hirvió y se volcó mientras yo escuchaba la lluvia y tostaba un pedazo de pan en la fogata.
      La noche se puso muy oscura. La lluvia rodeó la cabaña con su enorme mito virginal, un mundo entero de significado, de secreto, de silencio, de rumor. Imagínense: ¡Todo ese discurso cayendo sin vender nada, sin juzgar a nadie; empapando el colchón espeso de las hojas muertas, mojando los árboles, llenando cada surco y cada recodo del bosque, lavando las laderas que el hombre desnudó! ¡Qué grandioso es sentarse completamente solo en el bosque, de noche, acariciado por ese discurso maravilloso, ininteligible y de una inocencia perfecta, el más reconfortante del mundo: la conversación de la lluvia sobre los riscos, y de las corrientes en las hondonadas!
      Nadie la inició y nadie va a detenerla. Va a seguir hablando todo el tiempo que quiera, esta lluvia. Y mientras hable, yo voy a escuchar.
      Pero también voy a dormir; porque acá, en este territorio salvaje, aprendí a dormir otra vez. Acá no soy extranjero. Conozco los árboles, conozco la noche, conozco la lluvia. Cierro los ojos y enseguida me hundo en el mundo lluvioso del que formo parte, y el mundo sigue conmigo en él, porque no soy un extranjero. Extranjero soy para los ruidos de la ciudad, de la multitud, para la voracidad de las maquinarias que no duermen, para el zumbido del poder que se traga la noche. Donde la lluvia, el sol y la oscuridad se menosprecian, no puedo dormir. No confío en nada que haya sido confeccionado para reemplazar el clima de los bosques o de las praderas. No puedo tener ninguna confianza en los lugares donde el aire, primero se contamina y después se purifica; donde el agua, primero se hace letal y después se sanea con otros venenos. No hay nada en el mundo de los edificios que no haya sido prefabricado, y si un árbol se mete por equivocación entre los departamentos, se le enseña a crecer químicamente. Se le da una razón para existir. Le ponen un cartel que dice que es para la salud, la belleza y la perspectiva; que es para la paz y la prosperidad, o que lo plantó la hija del intendente. Todo eso es mistificación. La ciudad misma vive en su propio mito. En lugar de despertarse y existir en silencio, la gente de la ciudad prefiere un sueño tenaz y prefabricado; no les importa ser parte de la noche o simplemente del mundo. Construyeron un mundo fuera del mundo, contra el mundo, un mundo de ficciones mecánicas que menosprecia la naturaleza y solo busca agotarla, impidiendo así que ella y el hombre se renueven.
      Por supuesto, el festival de la lluvia no puede detenerse, ni siquiera en la ciudad. La mujer de la tienda corre por la vereda tapándose la cabeza con un diario. Las calles, lavadas súbitamente, se volvieron vivas y translúcidas; y el ruido del tráfico se transformó en un chapoteo de fuentes. Se podría pensar que el hombre urbano bajo la tormenta debe considerar a la naturaleza en su humedad y frescura, en su bautismo y su renovación. Pero la lluvia no trae ninguna renovación a la ciudad, a no ser por el clima del día siguiente, y para entonces el reflejo de las ventanas en los edificios altos ya no tiene nada que ver con el cielo nuevo. Toda la "realidad" quedará en alguna parte dentro de esas paredes, contabilizándose y vendiéndose con una determinación increíblemente compleja. Mientras tanto, los ciudadanos obsesionados se zambullen en la lluvia cargando el peso de sus obsesiones; algo más vulnerables que antes, pero todavía apenas conscientes de las realidades externas. No ven que las calles brillan hermosamente, que ellos mismos caminan sobre agua y estrellas, que corren en el cielo para alcanzar un colectivo o un taxi, para refugiarse en alguna parte entre la presión de los hombres irritados, las caras de los anuncios y el sonido opaco e idiota de una música no identificada. Pero tienen que saber que en las afueras hay humedad. Tal vez hasta la sientan. No puedo decirlo. Sus quejas son mecánicas y desganadas.
      Naturalmente, nadie puede creer las cosas que dicen de la lluvia. Todo eso implica una mentira básica: lo único real es la ciudad. Este clima, al no estar planificado ni fabricado, es una impertinencia, un quiste en el rostro del progreso. (Una cirugía menor, y todo el lío se volvería relativamente tolerable. Que las empresas hagan lluvia. Eso le daría sentido).
      Thoreau se sentaba en su cabaña y criticaba el ferrocarril. Yo me siento en la mía y me asombro de un mundo que, bueno, progresó. Tengo que volver a leer Walden y ver si Thoreau ya se daba cuenta de que formana parte de eso de lo que pensaba que podía escapar. Pero no se trata de “escaparse”. Ni siquiera de protestar muy alto. La tecnología está acá, hasta en la cabaña. En realidad, la línea eléctrica todavía no llegó, y por eso la General Electric tampoco está todavía. Cuando la electricidad y General Electric entren del brazo en mi cabaña, la culpa no va a ser de nadie más que mía. Lo admito. No voy a engañar a nadie, ni siquiera a mí mismo. Voy a sufrir en silencio sus complacencias espamentosas y paternalistas. Voy a dejarlos creer que saben lo que hago acá.
      Ellos están convencidos de que me divierto.
      En eso ya me iluminó mi linterna Coleman.
Hermosa lámpara: consume gas y canta despiadadamente, pero da una luz verde espléndida con la que leo a Filoxenes, un ermitaño sirio del siglo VI. Filoxenes queda bien con la lluvia y el festival de la noche. Sobre esto voy a volver más tarde. Mientras tanto: ¿qué me dice mi linterna Coleman? (la filosofía Coleman viene impresa en la caja de cartón que no barnicé como se suponía que hiciera, y en vez de eso tiré con culpa en la leñera, detrás de los troncos de pacana). Coleman dice que la luz es buena, y tiene una razón: “Prolonga el día dando más horas de diversión.”
      ¿No puedo estar en el bosque sin que haya una razón en particular? Estar en el bosque, nada más, de noche, en la cabaña, ¡es algo demasiado perfecto para tener que justificarlo o explicar! Es así. Siempre hay unos pocos que están en el bosque de noche , bajo la lluvia (si no los hubiera, el mundo se habría terminado), y yo soy uno de ellos. No nos estamos divirtiendo, no “tenemos” nada, no estamos “prolongando nuestros días”; y si nos divertimos, no es algo que se mida en horas. Aunque, de hecho, eso parece ser la diversión: un estado de excitación difusa que puede medirse con reloj y “prolongarse” con un artefacto.
      No hay reloj capaz de medir el discurso de esta lluvia que cae toda la noche en el bosque anegado y solitario. Claro, a las tres y media de la mañana pasa el avión del CAE*, una luz roja que parpadea bajo las nubes rasando las cimas boscosas del lado sur del valle, cargado de remedios fuertes. Muy fuertes. Lo suficientemente fuertes como para quemar todos estos bosques y prolongar nuestras horas de diversión hasta la eternidad.
      Y eso me lleva a Filoxenes, un sirio que se divirtió en el siglo VI sin el beneficio de los artefactos y menos aún de las fuerzas disuasivas nucleares. Filoxenes, en su novena memra (sobre la pobreza), les dice a los que viven en soledad que no hay explicación ni justificación para la vida solitaria puesto que no tiene ley. Luego, ser contemplativo es ser un proscrito. Como lo fue Cristo. Como lo fue Pablo.
      El que no está “solo”, dice Filoxenes, no ha descubierto su identidad. Tal vez aparenta estar solo, porque se experimenta a sí mismo como “individuo”. Pero al estar voluntariamente encerrado y limitado por las leyes y las ilusiones de la existencia colectiva, no tiene más identidad que un nonato en el vientre. Todavía no es consciente. Es ajeno a su propia verdad. Tiene sentidos, pero no puede usarlos. Tiene vida, pero no tiene identidad. Para tenerla tiene que estar despierto y atento. Pero para estar despierto tiene que aceptar la vulnerabilidad y la muerte. No por ellas mismas: ni por estoicismo, ni por desesperación, sino por la invulnerable realidad interior que no podemos reconocer (que únicamente podemos ser) pero a la cual solo despertamos cuando vemos la irrealidad de nuestro caparazón vulnerable. El descubrimiento de este ser interior es un acto y una afirmación de la soledad.
      Ahora, si tomamos nuestro caparazón vulnerable como nuestra verdadera identidad, si creemos que nuestra máscara es nuestro rostro verdadero, vamos a protegerla con fabricaciones, incluso a costa de violar nuestra propia verdad. Este parece ser el esfuerzo colectivo de la sociedad: cuanto más afanosamente se dedican los hombres  a eso, con mayor certeza se convierte en una ilusión colectiva, hasta que al final tenemos la dinámica enorme, obsesiva, incontrolable de las fabricaciones diseñadas para proteger meras identidades ficticias –es decir, “sujetos”, considerados como objetos. Sujetos que pueden distanciarse y verse a sí mismos divirtiéndose (ilusión que les reafirma que son reales).
      Tal es la ignorancia que se toma como fundamento axiomático de todo conocimiento en la colectividad humana: a fin de experimentarse a sí mismo como real, uno tiene que suprimir la conciencia de su eventualidad, su irrealidad, su estado de necesidad radical. Esto se hace creando una percepción de uno mismo como alguien que no tiene necesidad que no pueda satisfacerse de inmediato. Básicamente, es una ilusión de omnipotencia: una ilusión que la colectividad se arroga a sí misma y acepta compartir con sus miembros individuales en proporción a lo que ellos se sometan a sus fabricaciones más centrales y más rígidas.
      Uno tiene necesidades, pero si se comporta y se conforma existe la posibilidad de participar del poder colectivo. Entonces pueden todas las necesidades pueden ser satisfechas. Mientras tanto, a fin de aumentar ese poder sobre uno, la colectividad aumenta sus necesidades. Esto también intensifica la demanda de conformidad. Así, uno se compromete todavía más con la ilusión colectiva, según se hipoteque más desesperadamente, en proporción, por el poder colectivo.
      ¿Cómo funciona esto? La colectividad informa y forma tu voluntad hacia la felicidad (“divertite”) mostrándote imágenes irresistibles de vos mismo como querés ser: divirtiéndote de un modo tan perfectamente creíble que no permite las interferencias de la duda consciente. Pasarla bien, en teoría, puede ser tan convincente que no se considera ni la más remota posibilidad de que pueda volverse algo menos satisfactorio. En la práctica, la diversión onerosa siempre admite una duda, que florece en otra necesidad, también floreciente, que reclama una satisfacción todavía más creíble y costosa, que vuelve a fallar. El final del ciclo es la desesperación.
      Al vivir en un vientre de ilusión colectiva, nuestra libertad permanece abortada. Nuestra capacidad de alegría, paz y verdad no se libera nunca. Nunca puede utilizarse. Somos prisioneros de un proceso, de una dialéctica de promesas falsas y decepciones reales que acaba en futilidad.
      “El niño, antes de nacer“, dice Filoxenos, ”ya está perfecta y completamente constituido en su naturaleza, con todos sus sentidos y extremidades, pero no puede hacer uso de ellos en sus funciones naturales porque en el vientre no puede fortalecerlos ni desarrollarlos para tal uso.”
      Ahora bien, dado que todas las cosas tienen su tiempo, hay un tiempo para ser nonato. De hecho, debemos empezar en el vientre social. Hay un tiempo para abrigarse en el mito colectivo. Pero también hay un tiempo para nacer. Aquél que ha “nacido” espiritualmente como una identidad madura es liberado del encierro en el vientre del mito y el prejuicio. Aprende a pensar por sí mismo, ya no guiado por los dictados de la necesidad, ni por los sistemas y procesos diseñados para crear necesidades artificiales y luego “satisfacerlas”.
      Esta emancipación puede tomar dos formas: la primera, la de la vida activa, que se libera de la esclavitud de la necesidad al considerar y servir a las necesidades de los otros sin pensar en una recompensa o interés personal. Y la segunda, la de la vida contemplativa, que no debe construirse como un escape del tiempo y la materia, de la responsabilidad social y de la vida de los sentidos, sino mas bien como un adentrarse en la soledad y el desierto, una confrontación con la pobreza y el vacío, una renuncia al yo empírico ante la presencia de la muerte y el “ser nada”, a fin de derrotar la ignorancia y el error que surgen del miedo de “ser nada”. El hombre que se atreve a estar solo puede llegar a ver que ese “vacío” e “inutilidad” que la mentalidad colectiva teme y condena son condiciones necesarias para encontrarse con la verdad.
      Es en el desierto de la soledad y el vacío donde el miedo a la muerte y la necesidad de autoafirmación demuestran ser ilusorios. Cuando uno se enfrenta con eso, no necesariamente vence la angustia, pero puede aceptarla y comprenderla.       Así, en el centro de la angustia se encuentran los dones de la paz y el entendimiento: no simplemente en la iluminación personal y en la liberación, sino por el compromiso y la empatía, porque el contemplativo debe asumir la angustia universal y la condición inexorable de hombre mortal. El solitario, lejos de encerrarse en sí mismo, se convierte en todos los hombres. Habita en la soledad, la pobreza, la indigencia de todos los hombres.
Es en este sentido que el ermitaño, según Filoxenes, imita a Cristo. Porque en Cristo, Dios hace propia la soledad y la negligencia del hombre: de cada hombre. Desde el momento en que Cristo fue al desierto para ser tentado, la soledad, la tentación y el hambre de cada hombre se convirtieron en la soledad, la tentación y el hambre de Cristo. Pero a cambio, el don de la verdad, con el cual Cristo disipó los tres tipos de ilusión ofrecida para tentarlo (la seguridad, la reputación y el poder), también puede convertirse en nuestra propia verdad, si tan solo podemos aceptarla. También se nos ofrece en la tentación. “Vayan al desierto,” decía Filoxenes, “sin llevar nada del mundo, y el Espíritu Santo irá con ustedes. Vean la libertad con la que Jesús se fue, y vayan como Él. Vean dónde dejó las reglas de los hombres, dejen las reglas del mundo donde Él dejó la ley, y salgan con Él a luchar contra el poder del error.”
      ¿Y dónde está el poder del error? Nos encontramos con que, después de todo, no estaba en la ciudad sino en nosotros mismos.
      Hoy en día las visiones de un Filoxenes deben procurarse menos en los tratados de los teólogos que en las meditaciones de los existencialistas y en el Teatro del Absurdo. El problema de Berenger, en El Rinoceronte de Ionesco, es el problema de la persona humana varada y sola en lo que amenaza con convertirse en una sociedad de monstruos. En el siglo VI, Berenger tal vez hubiera podido retirarse al desierto de Escitia, sin que importara mucho el hecho de que todos sus conciudadanos, todos sus amigos y hasta su novia Daisy, se hubieran transformado en rinocerontes.
      El problema actual es que no hay desiertos, solamente cabañas para turistas.
      Las islas desiertas son lugares donde los perversos personajitos de El Señor de las Moscas se enfrentan con el Señor de las moscas, forman una colectividad pequeña, unida y feroz de carapintadas y se arman con lanzas para cazar al último miembro de su grupo que todavía recuerda con nostalgia las posibilidades del discurso racional.
      Cuando, de repente, Berenger se encuentra con que es el último humano en una manada de rinocerontes, se mira al espejo y dice con humildad, “Después de todo, el hombre no es tan malo como parece, ¿no es cierto?”. Pero su mundo se sacude poderosamente con la estampida de sus congéneres metamorfoseados, y pronto se da cuenta de que la estampida misma es el más contundente y trágico de todos los argumentos. Porque cuando considera salir a la calle “a tratar de convencerlos”, se da cuenta de que “tendría que aprender su idioma”. Se mira al espejo y ve que ya no se parece a nadie. Busca enloquecidamente una fotografía de la gente como era antes del gran cambio. Pero la humanidad misma se ha vuelto tan increíble como espantosa. Ser el último hombre en la manada de rinocerontes es, en efecto, ser un monstruo.
Tal es el problema que Ionesco nos plantea con su trágica ironía: la soledad y el disenso se vuelven más y más imposibles, más y más absurdos. Que Berenger finalmente acepte su absurdo y corra a desafiar a toda la manada sólo resalta la futilidad de un compromiso con la rebelión. Al mismo tiempo en El nuevo inquilino (Le Nouveau Locataire), Ionesco retrata el absurdo de un individualismo lógicamente consistente, que de hecho es un autoaislamiento por la pseudológica de las necesidades y posesiones proliferantes.
      Ionesco se queja de que la producción como farsa de El Rinoceronte en Nueva York era un completo malentendido de su intención. Es una obra no solamente en contra del conformismo sino acerca del totalitarismo. El rinoceronte no es una bestia amigable, y con él alrededor se termina la diversión y las cosas empiezan a ponerse serias. Todo tiene que tener sentido y ser totalmente útil para la operación totalmente obsesiva. A la vez, Ionesco fue criticado por no darle a la audiencia “algo positivo” que llevarse, en lugar de solo “rechazar la aventura humana” (¡Presumiblemente, la “rinoceritis” es la última de las aventuras humanas!). Él replicó: “Ellos (los espectadores) se llevan un vacío y esa fue mi intención. Al hombre libre le corresponde impulsarse a sí mismo fuera de ese vacío por su propio poder ¡y no por el poder de los demás!”. En esto Ionesco se acercó mucho al Zen y al eremitismo cristiano.
      “En todas las ciudades del mundo es igual” dice Ionesco. “El hombre moderno y universal es el hombre apurado (un rinoceronte), un hombre que no tiene tiempo, que es prisionero de la necesidad, que no puede comprender que una cosa pueda carecer, quizás, de utilidad; ni entiende que, en el fondo, es lo útil lo que puede resultar una carga inútil y agobiante. Si uno no entiende la utilidad de lo inútil y la inutilidad de lo útil, no puede entender el arte. Y un país donde el arte no se entiende es un país de esclavos y robots” (Notes et contre-notes, pág. 129). La Rinoceritis, agrega, es la enfermedad que amenaza “a aquellos que han perdido el sentido de la soledad y el gusto por ella”.
      El amor a la soledad a veces se condena como “odio a los semejantes”. Pero, ¿es verdad? Si llevamos un poquito más allá nuestro análisis del pensamiento colectivo, encontramos que la dialéctica del poder y la necesidad, de la sumisión y la satisfacción, termina por ser una dialéctica del odio. La colectividad no sólo necesita absorber a todos los que pueda, sino también, de manera implícita, odiar y destruir a cualquiera que no pueda ser absorbido. Paradójicamente, una de las necesidades de la colectividad es rechazar a ciertas clases, razas o grupos a fin de fortalecer su propia autoconciencia al odiarlos en lugar de absorberlos.
      Así, el solitario no puede sobrevivir a menos que sea capaz de amar a todos, sin importar el hecho de que probablemente sea considerado por todos como un traidor. Solo el hombre que ha logrado plenamente su propia identidad puede vivir sin la necesidad de matar, y sin la necesidad de una doctrina que le permita hacerlo con una buena conciencia. Siempre habrá un lugar, dice Ionesco “para aquellas conciencias aisladas que se han puesto de pie por la conciencia universal” como contra la mentalidad de la masa. Pero su lugar es la soledad. No tienen otro. Por consiguiente, es la persona solitaria (tanto en la ciudad como en el desierto) la que le hace a la humanidad el inestimable favor de recordarle su propia capacidad para la madurez, la libertad y la paz.

      Esto me suena mucho a Filoxenes.
      Y me suena a lo que dice la lluvia. Nosotros todavía llevamos esta carga de ilusión porque no nos atrevemos a soltarla. Sufrimos todas las necesidades que la sociedad demanda que suframos, porque si no tenemos esas necesidades perdemos nuestra “utilidad” en la sociedad, la utilidad de los incautos.
Tenemos miedo de estar solos, y de ser nosotros mismos, y eso por recordarle a los otros la verdad que está en ellos.
      “No te haré un hombre tan rico que tengas necesidad de muchas cosas,” decía Filoxenes (poniendo las palabras en los labios de Cristo), “pero te haré un hombre verdaderamente rico que no tenga necesidad de nada. Porque rico no es aquél que tiene más posesiones, sino aquel que tiene menos necesidades”. Obviamente, siempre vamos a tener algunas necesidades. Pero el que tenga sólo las necesidades más simples y naturales puede considerarse sin necesidades, ya que las únicas necesidades que tiene son las reales, ¡y las reales no son difíciles de satisfacer si uno es un hombre libre!
      La lluvia paró. El sol del atardecer se inclina entre los pinos: ¡y cómo huelen esas agujas inútiles en el aire claro!
Una margarita, muy fuera de temporada, se ha forzado a florecer entre las hojas pisoteadas de las lilas de los últimos días del verano. El valle resuena con la conversación, que no informa absolutamente nada, de los arroyos y el agua salvaje.
      Después las codornices empiezan con su dulce silbido en los arbustos mojados. Su ruido es absolutamente inútil y también lo es el deleite que me provoca. No hay nada más que quiera oír, no porque haya un ruido mejor que otros, sino porque es la voz del momento presente, del festival presente.
      Pero incluso acá la tierra se sacude. En Fort Knox el Rinoceronte se divierte.



*CAE: Comando Aéreo Estratégico (SAC, en el original).

Rain and the Rhinoceros by Thomas Merton

Let me say this before rain becomes a utility that they can plan and distribute for money. By "they" I mean the people who cannot understand that rain is a festival, who do not appreciate its gratuity, who think that what has no price has no value, that what cannot be sold is not real, so that the only way to make something actual is to place it on the market. The time will come when they will sell you even your rain. At the moment it is still free, and I am in it. I celebrate its gratuity and its meaninglessness.
The rain I am in is not like the rain of cities. It fills the woods with an immense and confused sound. It covers the flat roof of the cabin and its porch with inconsistent and controlled rhythms. And I listen, because it reminds me again and again that the whole world runs by rhythms I have not yet learned to recognize, rhythms that are not those of the engineer.

I came up here from the monastery last night, sloshing through the cornfield, said Vespers, and put some oatmeal on the Coleman stove for supper. It boiled over while I was listening to the rain and toasting a piece of bread at the log fire. The night became very dark. The rain surrounded the whole cabin with its enormous virginal myth, a whole world of meaning, of secrecy, of silence, of rumor. Think of it: all that speech pouring down, selling nothing, judging nobody, drenching the thick mulch of dead leaves, soaking the trees, filling the gullies and crannies of the wood with water, washing out the places where men have stripped the hillside! What a thing it is to sit absolutely alone, in the forest, at night, cherished by this wonderful, unintelligible, perfectly innocent speech, the most comforting speech in the world, the talk that rain makes by itself all over the ridges, and the talk of the watercourses everywhere in the hollows!

Nobody started it, nobody is going to stop it. It will talk as long as it wants, this rain. As long as it talks I am going to listen.

But I am also going to sleep, because here in this wilderness I have learned how to sleep again. Here I am not alien. The trees I know, the night I know, the rain I know. I close my eyes and instantly sink into the whole rainy world of which I am a part, and the world goes on with me in it, for I am not alien to it. I am alien to the noises of cities, of people, to the greed of machinery that does not sleep, the hum of power that eats up the night. Where rain, sunlight and darkness are contemned, I cannot sleep. I do not trust anything that has been fabricated to replace the climate of woods or prairies. I can have no confidence in places where the air is first fouled and then cleansed, where the water is first made deadly and then made safe with other poisons. There is nothing in the world of buildings that is not fabricated, and if a tree gets in among the apartment houses by mistake it is taught to grow chemically. It is given a precise reason for existing. They put a sign on it saying it is for health, beauty, perspective; that it is for peace, for prosperity; that it was planted by the mayor's daughter. All of this is mystification. The city itself lives on its own myth. Instead of waking up and silently existing, the city people prefer a stubborn and fabricated dream; they do not care to be a part of the night, or to be merely of the world. They have constructed a world outside the world, against the world, a world of mechanical fictions which contemn nature and seek only to use it up, thus preventing it from renewing itself and man.

Of course the festival of rain cannot be stopped, even in the city. The woman from the delicatessen scampers along the sidewalk with a newspaper over her head. The streets, suddenly washed, became transparent and alive, and the noise of traffic becomes a plashing of fountains. One would think that urban man in a rainstorm would have to take account of nature in its wetness and freshness, its baptism and its renewal. But the rain brings no renewal to the city, on to tomorrow's weather, and the glint of windows in tall buildings will then have nothing to do with the new sky. All "reality" will remain somewhere inside those walls, counting itself and selling itself with fantastically complex determination. Meanwhile the obsessed citizens plunge through the rain bearing the load of their obsessions, slightly more vulnerable than before, but still only barely aware of external realities. They do not see that the streets shine beautifully, that they themselves are walking on stars and water, that they are running in skies to catch a bus or a taxi, to shelter somewhere in the press of irritated humans, the faces of advertisements and the dim, cretinous sound of unidentified music. But they must know that there is wetness abroad. Perhaps they even feel it. I cannot say. Their complaints are mechanical and without spirit.

Naturally no one can believe the things they say about the rain. It all implies one basic lie: only the city is real. That weather, not being planned, not being fabricated, is an impertinence, a wen on the visage of progress. (Just a simple little operation, and the whole mess may become relatively tolerable. Let business make the rain. This will give it meaning.)

Thoreau sat in his cabin and criticized the railways. I sit in mine and wonder about a world that has, well, progressed. I must read Walden again, and see if Thoreau already guessed that he was part of what he thought he could escape. But it is not a matter of "escaping." It is not even a matter of protesting very audibly. Technology is here, even in the cabin. True, the utility line is not here yet, and so G.E. is not here yet either. When the utilities and G.E. enter my cabin arm in arm it will be nobody's fault but my own. I admit it. I am not kidding anybody, even myself. I will suffer their bluff and patronizing complacencies in silence. I will let them think they know what I am doing here.

They are convinced that I am having fun.

This has already been brought home to me with a wallop by my Coleman lantern. Beautiful lamp: It burns white gas and sings viciously but gives out a splendid green light in which I read Philoxenos, a sixth-century Syrian hermit. Philoxenos fits in with the rain and the festival of night. Of this, more later. Meanwhile: what does my Coleman lantern tell me? (Coleman's philosophy is printed on the cardboard box which I have (guiltily) not shellacked as I was supposed to, and which I have tossed in the woodshed behind the hickory chunks.) Coleman says that the light is good, and has a reason: it "Stretches days to give more hours of fun."

Can't I just be in the woods without any special reason? Just being in the woods, at night, in the cabin, is something too excellent to be justified or explained! It just is. There are always a few people who are in the woods at night, in the rain (because if there were not the world would have ended), and I am one of them. We are not having fun, we are not "having" anything, we are not "stretching our days," and if we had fun it would not be measured by hours. Though as a matter of fact that is what fun seems to be: a state of diffuse excitation that can be measured by the clock and "stretched" by an appliance.

There is no clock that can measure the speech of this rain that falls all night on the drowned and lonely forest.

Of course at three-thirty A.M. the SAC plane goes over, red light winking low under the clouds, skimming the wooded summits on the south side of the valley, loaded with strong medicine. Very strong. Strong enough to burn up all these woods and stretch our hours of fun into eternities.

And that brings me to Philoxenos, a Syrian who had fun in the sixth century, without benefit of appliances, still less of nuclear deterrents.

Philoxenos in his ninth memra (on poverty) to dwellers in solitude, says that there is no explanation and no justification for the solitary life, since it is without a law. To be contemplative is therefore to be an outlaw. As was Christ. As was Paul.

One who is not "alone," says Philoxenos, has not discovered his identity. He seems to be alone, perhaps, for he experiences himself as "individual." But because he is willingly enclosed and limited by the laws and illusions of collective existence, he has no more identity than an unborn child in the womb. He is not yet conscious. He is alien to his own truth. He has senses, but he cannot use them. He has life, but not identity. To have an identity, he has to be awake, and aware. But to be awake, he has to accept vulnerability and death. Not for their own sake: not out of stoicism or despair-only for the sake of the invulnerable inner reality which we cannot recognize (which we can only be ) but to which we awaken only when we see the unreality of our vulnerable shell. The discovery of this inner self is an act and affirmation of solitude.

Now if we take our vulnerable shell to be our true identity, if we think our mask is our true face, we will protect it with fabrications even at the cost of violating our own truth. This seems to be the collective endeavor of society: the more busily men dedicate themselves to it, the more certainly it becomes a collective illusion, until in the end we have the enormous, obsessive, uncontrollable dynamic of fabrications designed to protect mere fictitious identities-- "selves," that is to say, regarded as objects. Selves that can stand back and see themselves having fun (an illusion which reassures them that they are real).

Such is the ignorance which is taken to be the axiomatic foundation of all knowledge in the human collectivity: in order to experience yourself as real, you have to suppress the awareness of your contingency, your unreality, your state of radical need. This you do by creating an awareness of yourself as one who has no needs that he cannot immediately fulfill. Basically, this is an illusion of omnipotence: an illusion which the collectivity arrogates to itself, and consents to share with its individual members in proportion as they submit to its more central and more rigid fabrications.

You have needs; but if you behave and conform you can participate in the collective power. You can then satisfy all your needs. Meanwhile, in order to increase its power over you, the collectivity increases your needs. It also tightens its demand for conformity. Thus you can become all the more committed to the collective illusion in proportion to becoming more hopelessly mortgaged to collective power.

How does this work? The collectivity informs and shapes your will to happiness ("have fun") by presenting you with irresistible images of yourself as you would like to be: having fun that is so perfectly credible that it allows no interference of conscious doubt. In theory such a good time can be so convincing that you are no longer aware of even a remote possibility that it might change into something less satisfying. In practice, expensive fun always admits of a doubt, which blossoms out into another full-blown need, which then calls for a still more credible and more costly refinement of satisfaction, which again fails you. The end of the cycle is despair.

Because we live in a womb of collective illusion, our freedom remains abortive. Our capacities for joy, peace, and truth are never liberated. They can never be used. We are prisoners of a process, a dialectic of false promises and real deceptions ending in futility.

"The unborn child," says Philoxenos, "is already perfect and fully constituted in his nature, with all his senses, and limbs, but he cannot make use of them in their natural functions, because, in the womb, he cannot strengthen or develop them for such use."

Now, since all things have their season, there is a time to be unborn. We must begin, indeed, in the social womb. There is a time for warmth in the collective myth. But there is also a time to be born. He who is spiritually "born" as a mature identity is liberated from the enclosing womb of myth and prejudice. He learns to think for himself, guided no longer by the dictates of need and by the systems and processes designed to create artificial needs and then "satisfy" them.

This emancipation can take two forms: first that of the active life, which liberates itself from enslavement to necessity by considering and serving the needs of others, without thought of personal interest or return. And second, the contemplative life, which must not be construed as an escape from time and matter, from social responsibility and from the life of sense, but rather, as an advance into solitude and the desert, a confrontation with poverty and the void, a renunciation of the empirical self, in the presence of death, and nothingness, in order to overcome the ignorance and error that spring from the fear of "being nothing." The man who dares to be alone can come to see that the "empitness" and "uselessness" which the collective mind fears and condemns are necessary conditions for the encounter with truth.

It is in the desert of loneliness and emptiness that the fear of death and the need for self-affirmation are seen to be illusory. When this is faced, then anguish is not necessarily overcome, but it can be accepted and understood. Thus, in the heart of anguish are found the gifts of peace and understanding: not simply in personal illumination and liberation, but by commitment and empathy, for the contemplative must assume the universal anguish and the inescapable condition of mortal man. The solitary, far from enclosing himself in himself, becomes every man. He dwells in the solitude, the poverty, the indigence of every man.

It is in this sense that the hermit, according to Philoxenos, imitates Christ. For in Christ, God takes to Himself the solitude and dereliction of man: every man. From the moment Christ went out into the desert to be tempted, the loneliness, the temptation and the hunger of every man became the loneliness, temptation and hunger of Christ. But in return, the gift of truth with which Christ dispelled the three kinds of illusion offered him in his temptation (security, reputation and power) can become also our own truth, if we can only accept it. It is offered to us also in temptation. "You too go out into the desert," said Philoxenos, "having with you nothing of the world, and the Holy Spirit will go with you. See the freedom with which Jesus has gone forth, and go forth like Him-see where he has left the rule of men; leave the rule of the world where he has left the law, and go out with him to fight the power of error."

And where is the power of error? We find it was after all not in the city, but in ourselves .

Today the insights of a Philoxenos are to be sought less in the tracts of theologians than in the meditations of the existentialists and in the Theater of the Absurd. The problem of Berenger, in Ionesco's Rhinoceros, is the problem of the human person stranded and alone in what threatens to become a society of monsters. In the sixth century Berenger might perhaps have walked off into the desert of Scete, without too much concern over the fact that all his fellow citizens, all his friends, and even his girl Daisy, had turned into rhinoceroses.

The problem today is that there are no deserts, only dude ranches.

The desert islands are places where the wicked little characters in the Lord of the Flies come face to face with the Lord of the Flies, form a small, tight, ferocious collectivity of painted face, and arm themselves with spears to hunt down the last member of their group who still remembers with nostalgia the possibilities of rational discourse.

Where Berenger finds himself suddenly the last human in a rhinoceros herd he looks into the mirror and says, humbly enough, "After all, man is not as bad as all that, is he?" But his world now shakes mightily with the stampede of his metamorphosed fellow citizens, and he soon becomes aware that the very stampede itself is the most telling and tragic of all arguments. For when he considers going out into the street "to try to convince them," he realizes that he "would have to learn their language." He looks in the mirror and sees that he no longer resembles anyone . He searches madly for a photograph of people as they were before the big change. But now humanity itself has become incredible, as well as hideous. To be the last man in the rhinoceros herd is, in fact, to be a monster.

Such is the problem which Ionesco sets us in his tragic irony: solitude and dissent become more and more impossible, more and more absurd. That Berenger finally accepts his absurdity and rushes out to challenge the whole herd only points up the futility of a commitment to rebellion. At the same time in The New Tenant (Le Nouveau Locataire ) Ionesco portrays the absurdity of a logically consistent individualism which, in fact, is a self-isolation by the pseudo-logic of proliferating needs and possessions.

Ionesco protested that the New York production of Rhinoceros as a farce was a complete misunderstanding of his intention. It is a play not merely against conformism but about totalitarianism. The rhinoceros is not an amiable beast, and with him around the fun ceases and things begin to get serious. Everything has to make sense and be totally useful to the totally obsessive operation. At the same time Ionesco was criticized for not giving the audience "something positive" to take away with them, instead of just "refusing the human adventure." (Presumably "rhinoceritis" is the latest in human adventure!) He replied: "They [the spectators] leave in a void-and that was my intention. It is the business of a free man to pull himself out of this void by his own power and not by the power of other people!" In this Ionesco comes very close to Zen and to Christian eremitism.

"In all the cities of the world, it is the same," says Ionesco. "The universal and modern man is the man in a rush (i.e. a rhinoceros), a man who has no time, who is a prisoner of necessity, who cannot understand that a thing might perhaps be without usefulness ; nor does he understand that, at bottom, it is the useful that may be a useless and back-breaking burden. If one does not understand the usefulness of the useless and the uselessness of the useful, one cannot understand art. And a country where art is not understood is a country of slaves and robots." (Notes et Contre Notes, p129) Rhinoceritis, he adds, is the sickness that lies in wait "for those who have lost the sense and the taste for solitude."

The love of solitude is sometimes condemned as "hatred of our fellow men." But is this true? If we push our analysis of collective thinking a little further we will find that the dialectic of power and need, of submission and satisfaction, ends by being a dialectic of hate. Collectivity needs not only to absorb everyone it can, but also implicitly to hate and destroy whoever cannot be absorbed. Paradoxically, one of the needs of collectivity is to reject certain classes, or races, or groups, in order to strengthen its own self-awareness by hating them instead of absorbing them.

Thus the solitary cannot survive unless he is capable of loving everyone, without concern for the fact that he is likely to be regarded by all of them as a traitor. Only the man who has fully attained his own spiritual identity can live without the need to kill, and without the need of a doctrine that permits him to do so with a good conscience. There will always be a place, says Ionesco, " for those isolated consciences who have stood up for the universal conscience " as against the mass mind. But their place is solitude. They have no other. Hence it is the solitary person (whether in the city or in the desert) who does mankind the inestimable favor of reminding it of its true capacity for maturity, liberty and peace.

It sounds very much like Philoxenos to me.

And it sounds like what the rain says. We still carry this burden of illusion because we do not dare to lay it down. We suffer all the need that society demands we suffer, because if we do not have these needs we lose our "usefulness" in society-the usefulness of suckers. We fear to be alone, and to be ourselves, and so to remind others of the truth that is in them.

"I will not make you such rich men as have need of many things," said Philoxenos (putting the words on the lips of Christ), "but I will make you true rich men who have need of nothing. Since it is not he who has many possessions that is rich, but he who has no needs." Obviously, we shall always have some needs. But only he who has the simplest and most natural needs can be considered to be without needs, since the only needs he has are real ones, and the real ones are not hard to fulfill if one is a free man!

The rain has stopped. The afternoon sun slants through the pine trees: and how those useless needles smell in the clear air!

A dandelion, long out of season, has pushed itself into bloom between the smashed leaves of last summer's day lilies. The valley resounds with the totally uninformative talk of creeks and wild water.

Then the quails begin their sweet whistling in the wet bushes. Their noise is absolutely useless, and so is the delight I take in it. There is nothing I would rather hear, not because it is a better noise than other noises, but because it is the voice of the present moment, the present festival.


Yet even here the earth shakes. Over at Fort Knox the Rhinoceros is having fun.






(de “Raids on the Unspeakable”, New Directions Publishing Corporation, 1966.)
Versión en castellano de Sandra Toro


THOMAS MERTON (FRANCIA/EE.UU., 1915- 1968)

diciembre 29, 2013

EL ARTE DE DESAPARECER - ENRIQUE VILA-MATAS



Hasta que llegó aquel día, el día precisamente de su jubilación, siempre le había horrorizado la idea de llegar a tener éxito en la vida. Muy a menudo se le veía andar de puntillas por el instituto o por su casa, como no queriendo molestar a nadie. Y siempre había existido en él un rechazo total del sentimiento de protagonismo. Perder, por ejemplo, siempre le había gustado. Hasta en el ajedrez prefería jugar a un tipo de juego que se llama autómata, y que consiste en obligar al contrincante a vences a pesar suyo. Le gustaba sentirse a buen resguardo de las indiscretas miradas de los otros. Y no era nada extraño, por tanto, que todo lo que a lo largo de cuarenta años había ido escribiendo –siete extensas novelas en torno al tema del funambulismo- permaneciera rigurosamente inédito, encerrado bajo doble llave en el fondo de un baúl que había heredado de sus discretos antepasados.
      Era un hombre modesto, no orientado hacia sí mismo, sino hacia una búsqueda oscura, hacia una preocupación esencial cuya importancia no estaba ligada a la afirmación de su persona; se trataba de una búsqueda muy peculiar en la que estaba empeñado con obstinación y fuerza metódicas que sólo se disimulaba bajo su modestia.
     ¿Para qué exhibirme (razonaba Anatol cínicamente) y por qué dar a la imprenta mis textos si en lo que yo escribo sospecho que no hay más que una ceremonia íntima y egoísta, una especie de interminable y falsificado chisme sobre mí mismo, destinado, por tanto, a una utilización estrictamente privada?
      Era un razonamiento absolutamente cínico que él se hacía a menudo para no sentirse tentado a publicar. Porque nada más lejos de la realidad que todo aquello que se decía a sí mismo para así engañarse y poder seguir en la amada sombra del cerrado espacio de su estudio.
      Entre las medidas adoptadas para poder vivir como escritor secreto, la más curiosa de todas era la que había tomado hacía ya más de cuarenta años: la de vivir en su propio país, la pequeña y seductora, aunque terriblemente mezquina, isla de Umbertha, haciéndose pasar por extranjero. Le resultó fácil engañar a todo el mundo, porque la trágica y brutal desaparición de toda su familia en la guerra le facilitó el cambio de identidad. De pronto, una noche, muertos ya todos, Anatol comprendió que estaba solo, completamente solo en el mundo, y notó esa sensación de extravío que se siente cuando, en el camino, nos volvemos atrás y vemos el trecho recorrido, la vía indiferente que se pierde en un horizonte que ya no es el nuestro. Concluida la guerra, Anatol se dijo que al final sólo quedaba eso, la mirada hacia atrás que percibía la nada, y estuvo deambulando –extraviado- tres largos años por Europa, y cuando cumplió los veinte regresó a Umbertha y lo hizo exagerando enormemente las haches aspiradas (en Umbertha no hay palabra que no lleve esa letra, que es pronunciada siempre de forma relativamente aspirada) y cometiendo, además, todo tipo de errores cuando hablaba ese idioma. Todo el mundo le tomó por forastero, y hasta se reían mucho con su exageración al aspirar las haches, y eso le reportó a Anatol la inmediata ventaja de asegurarse protección como escritor secreto, pues en Umbertha los buscadores del oro de talentos ocultos sólo estaban interesados en posibles glorias nacionales y descartaban por sistema cualquier pista que pudiera conducir a genios forasteros.
     ¿En cuántos lugares de este mundo (razonaba Anatol) no habrá en este instante genios ocultos cuyos pensamientos no llegarán nunca a oídas de la gente? El mundo es para quienes nacen para conquistarlo, no para quienes prefieren pasar desapercibidos, vivir en el anonimato.
      Viviendo en ese anonimato, tratando de pasar de puntillas por la vida, protegido por su falsa condición de extranjero y confiando en no ser nunca reconocido como isleño ni como escritor, había ido disfrutando durante cuarenta años de una discreta y feliz existencia. Siempre en compañía de su esposa Yhma, una umberthiana que le dio cinco hijos y que fue siempre fiel cómplice de sus secretos literarios. Y trabajando siempre en lo mismo, como profesor de idiomas y de educación física en un instituto de la capital. Siempre en lo mismo, siempre, hasta que le llegó el día de su jubilación.
      Tuvo que ser precisamente ese día cuando, resonando todavía los ecos del emocionado aplauso de varias generaciones de alumnos que acudieron espontáneamente a su última clase, vio peligrar por vez primera en cuarenta años su rechazo total del sentimiento de protagonismo, pues notó que en el fondo no le desagradaban nada todas aquellas muestras de afecto y también el sentirse (aunque fuera tan sólo por unas horas) el centro de atención de aquel instituto en el que, sin él buscarlo, se había convertido en toda una institución. Con su peculiar acento extranjero y aspirando más que de costumbre las haches –sin duda para reírse un poco de sí mismo-, bromeó con su amigo el profesor Bompharte acerca de la estimación que se le tenía en el instituto.
      —Querido Bompharte, ya lo ves: instituto, institución —le dijo.
      Bompharte le dedicó una sonrisa amable y condescendiente (la que habitualmente le dedicaba cuando no acababa de entender lo que quería expresar el bueno de Anatol) y le comentó que se alegraba de verle tan radiante:
      —Te veo muy bien. Esto de la jubilación te está sentando de maravilla.
      Anatol calló, porque pensó que si hablaba tendría que explicar —y aquello era algo vergonzoso para él- que si se le veía tan radiante era debido a lo mucho que estaba disfrutando al sentirse centro de atención de tanta y tanta gente en el instituto.
      Lo que son las cosas (pensaba Anatol). Me paso días, meses,años rechazando cualquier tipo de protagonismo y, cuando de repente me convierto en el personaje principal de la función, me muero de gusto.
      —¿Por qué te quedas tan callado? ¿En qué estás pensando? —le dijo entonces Bompharte.
      —En lo volubles que somos todos los humanos —le contestó—. Y no me preguntes ahora por qué pensaba esto. Dejémoslo así. De vez en cuando me gusta tener algún secreto.
      —Ya —dijo Bompharte con un aire un tanto misterioso—. Por cierto, creo que te hablé de la exposición de fotografías que ando preparando sobre el mundo del deporte...
      —Sí. Me hablaste.
      —Pero no sé si te dije que pensamos también editar un libro sobre la exposición...
      —Pues no.
      —Y que he pensado en ti para que, desde la autoridad que te conceden tantos años de profesor de educación física, escribas la introducción. ¿Qué te parece? Y es que sospecho, amigo Anatol, que lo harás muy bien. Siempre me has parecido un escritor secreto.
      Anatol, completamente lívido, creyó que había llegado la hora del fin del mundo. ¿Qué clase de broma siniestra era aquella? Todo el orden y la gran armonía y tranquilidad de su vida se tambaleaba por momentos. Tardó en darse cuenta de que no había para tanto, de que las palabras de Bompharte eran tan sólo una forma convencional de animarle a escribir cuatro intrascendentes líneas, y nada más. Hasta que no llegó a verlo así, lo pasó muy mal. Y lo peor de todo era que su repentina lividez y expresión de pánico le estaban delatando.
      —Pero ¿te sucede algo, Anatol?
      Finalmente reaccionó a tiempo y logró mudar la expresión de su rostro.
      —No, nada. ¿Por qué? —sonrió.
      Era mucho mejor no negarse a escribir la introducción, pues eso sí equivaldría a levantar automáticamente todo tipo de sospechas. Era mejor aceptar el encargo, escribir cuatro líneas con desidia y torpeza, cuatro tonterías, y acabar con aquel enojoso asunto.
      —Yo pensé —ya se estaba excusando Bompharte— que disponiendo como dispondrás a partir de ahora de más tiempo libre, pues yo pensé, me dije...
      —¡Nada! —bromeó rápidamente Anathol—. ¡Instituto, institución! ¿Y cómo no va a encantarme escribirte la introducción?
      Una semana después, le llegaban las fotografías a su casa de recién jubilado. Eran imágenes de tenis, fútbol, esgrima, atletismo, natación...Creyó apreciar de inmediato en las fotografías de los saltos de pértiga una belleza descomunal, totalmente diferenciada del resto de las imágenes que le habían enviado. Una belleza única. Y cuando comenzó a redactar la introducción no tardó en darse cuenta de lo difícil que iba a resultarle escribir con desidia o torpeza. Aunque hubiera sabido hacerlo, habría sido incapaz de firmar un texto inválido, y además él pensaba que era cierto eso de que cada hombre lleva escrita en la propia sangre la fidelidad de una voz y no hace más que obedecerla, por muchas derogaciones que la ocasión le sugiera.
     Se dijo a sí mismo que era incapaz de escribir mal y traicionarse y que, además, allí estaba (no podía apartar de ella su fascinada y rendida mirada) la exagerada y singular belleza de las instantáneas de los saltos de pértiga, a los que irremediablemente acabó comparando en su escrito con las heroicas maniobras de los funámbulos y, como fuera que a éstos les conocía a la perfección, pues no en vano llevaba cuarenta años escribiendo sobre su arriesgado oficio, el resultado final fue un texto compacto y muy osado, hermoso y casi genial, una muy equilibrada y espectacular reflexión sobre el equilibrio humano y también sobre el mundo de los pasos en falso en el vacío del cielo de Umbertha.
      La introducción llegó a manos de Lampher Hvulac, el gran poeta y editor umberthiano, y ello ocurrió no a causa de la brillantez y el nervio de la prosa de Anatol o a la importancia de la exposición (que no la tenía, más bien estaba condenada en un principio a no rebasar los estrechos límites del instituto), sino a que casualmente la sobrina favorita del gran Hvulac aparecía muchas veces en segundo plano en las fotografías de los duelos de esgrima y le hizo llegar el libro a su querido tío, que quedó asombrado y vivamente intrigado ante el ingenio del que hacía gala aquel desconocido y modesto profesor de educación física que firmaba la funambulesca introducción.
      —Aquí, detrás de estas líneas, se esconde un autor —señaló Hvulac en cuanto terminó de leer la introducción. Lo dijo con cierto fanatismo y plenamente convencido, además, de que jamás le fallaba el olfato, su tremendo olfato literario.
      Y poco después —para que le oyeran todos los hvulaquianos que le rodeaban en aquel momento— incluso lo repitió, gritándolo; cada vez más fanático de aquellas líneas que había leído y también de su propio olfato.
      —¡Aquí hay un autor!
      Poco después, todos sus incondicionales estaban de acuerdo en que detrás de aquellas frases sobre el equilibrio y la pértiga tenían que haber otras encerradas en los cajones de un escritorio, páginas secretas y deliciosamente extranjeras que Hvulac debía conocer por si merecía la pena editarlas en su exquisita colección de prosas umberthianas.
      Podemos imaginar el estado de ánimo de Anatol, que en vano invocó su condición de extranjero para que se desinteresaran de él, en vano porque el círculo de Hvulac consideraba que cuarenta años en la isla le habían convertido en un umberthiano más. Y por otra parte, estaba la fascinación y curiosidad que despertaba lo que no dejaba de ser toda una expectativa inédita en la isla: la posible existencia de páginas extranjeras en la obra de un umberthiano más.
      De nada sirvió que Anatol se defendiera, que negara la existencia de otros escritos. Todo fue inútil. Acosado tenazmente por el círculo de hvulaquianos, acabó confesando que, como era un aficionado a la literatura, en cierta ocasión se había atrevido a traducir por su cuenta al Walter Benjamin de Infancia en Berlín, y les ofreció a modo de pantalla, para que no indagaran más en sus posibles trabaos literarios, su versión al umberthiano del libro, una versión que empezaba así: “Importa poco no saber orientarse en una ciudad. Perderse, en cambio, en una ciudad como quien se pierde en el bosque, requiere aprendizaje.”
      —Publicaremos esa traducción —dijeron a coro todos los hvulaquianos.
      ¡Curioso dilema! (razonaba Anatol, aquella misma noche, en compañía de su mujer Yhma). Por una parte, hay en mí los estímulos de una honesta ambición; ciertos deseos de mover, si bien púdicamente, las cosas: decirles que en realidad la traducción la he utilizado únicamente a modo de pantalla para que no descubran que tengo escritas siete novelas terribles sobre esta maldita isla de Umbertha. Por una parte, pues, la íntima sensación de que en el fondo ardo en deseos de que me lean. Y por otra parte, con características más fuertes, el presentimiento  de que un eventual destino de escritor pueda contener no sé qué simisntes de una siniestra aventura. Y por encima de todo ese dilema, la impresión o tal vez la certeza de que en la clandestinidad mi obra ha madurado más y mejor que si me hubiera apresurado a publicarla; y también la impresión o tal vez certeza de que estoy llegando a la última etapa de un viaje en el que he ido aprendiendo lentamente el difícil ejercicio de saber perderse en el emboscado mundo de lo impreso.
      Nunca dejaste que leyera tus papeles (le dijo Yhma), y por eso yo siempre he vivido con cierta ignorancia acerca de aquello sobre lo que tú realmente escribías. Pero debo decirte que siempre, ¿me oyes?, siempre me he preguntado cuál debe ser la historia que subyace debajo de todas las historias que has contado en tus novelas.
      Es triste (dijo Anatol desviándose de la cuestión), pero cada vez se glorifica menos al arte y más al artista creador; cada vez se prefiere más al artista que a la obra. Es triste, créeme.
      Pero no has contestado a mi pregunta (insistió Yhma). ¿Cuál puede ser esa historia que debes estar repitiendo continuamente en tus novelas?
      En el fondo, muy en el fondo (le contestó entonces Anatol simulando una confesión muy íntima y dolorosa), yo vengo repitiendo desde siempre la historia de alguien que se jura vivir en su propio país disfrazado de forastero hasta que le reconozcan.
      Pues ya te han reconocido (le dijo su mujer con una sonrisa que a Anatol le pareció de una estupidez y grosería infinitas).
      ¿Me atreveré a subir al alambre y correr los riesgos del funámbulo? ¿Me atreveré a propiciar la publicación de la primera de mis novelas? (se preguntaba, al día siguiente, Anatol, mientras avanzaba con el manuscrito en dirección a la editorial de Hvulac). Si entrego la novela, ya nunca podré recobrarla, pertenecerá al mundo. ¿Debo entregarla? Hvulac no sabe que existe. Nada me obliga a dársela. De repente el poder de las palabras me parece exorbitante; su responsabilidad, insostenible. ¿Me atreveré a subir al alambre?
      —Amigo Anatol —le diría poco después Hvulac al recibir el manuscrito—, quisiera que supiera que mi experiencia de autor reconocido confirma su presentimiento de que se trata de una aventura realmente siniestra. Entre otras cosas porque el escritor que consigue un nombre y lo impone, sabe muy bien que hay otros hombres que hasta tal punto son sólo escritores que precisamente por eso no pueden conseguir este nombre. Se trata de una aventura realmente siniestra, pero el hecho es que no se puede dejar de correrla, créame, no se puede escapar a un destino semejante.
      —Pero es que a mí, amigo Hvulac, siempre me ha horrorizado el sentimiento de protagonismo. Yo siempre amé la discreción, el feliz anonimato, la gloria sin fama, la grandeza sin brillo, la dignidad sin sueldo, el prestigio propio. Ya de niño, el mundo de la escritura se me presentaba como precozmente apetecible y prohibido, relacionado, en cualquier caso, con una infracción, con una práctica furtiva. Y además, amigo Hvulac, en lo que yo escribo sospecho una operación de baja lujuria, una especie de interminable y falsificado chisme sobre mí mismo. ¿A quién podría interesarle algo semejante?
      —¿Y dice que un chisme sobre sí mismo? ¿Acaso es usted también un funámbulo como su héroe?
      —Ya me gustaría, ya. Pero yo nunca me atreví a serlo, porque es un oficio muy duro. Si caes, mereces la más convencional de las oraciones fúnebres. Y no debes esperar nada más, porque el circo es así, convencional. Y su público es descortés. Durante tus movimientos más peligrosos, cierra los ojos. ¡Cierra los ojos el público cuando tú estás rozando la muerte para deslumbrarlo! Es un oficio duro que nunca me atreví a practicar. Yo más bien he huido siempre del menor riesgo, y es por eso que tal vez nunca me decidí a publicar, a correr ese peligro infinito de una aventura literaria que presentía que podía contener no sé qué simientes de una peripecia realmente siniestra. Publicar era y es, para mí, algo así como arriesgarse a dar un paso en falso en el vacío. Si yo algún día viera publicada mi novela, ese hecho yo lo sufriría como si fuera un baldón, un sentirme desnudo y humillado como delante de una uniformada comisión médica militar.
      —Y sin embargo no me negará, amigo Anatol, que usted me acaba de entregar su novela para que la publique. Es más, sabe perfectamente que la voy a publicar.
      Por toda respuesta, Anatol bajó la cabeza, como si estuviera confundido y avergonzado por sus manifiestas contradicciones. Pero en realidad se sentía íntimamente satisfecho por haberse atrevido a dar aquel decisivo paso sobre la cuerda floja, sobre el alambre circense de la literatura.
      Después, comenzó a perderse. Se imaginó en un bosque de pinos y hayas, en un paisaje lluvioso, rodeado de ardillas que se mofaban de él. El bosque era tenebroso y en la madera de los árboles había leyendas grabadas en letra impresa. Decidió que había llegado la hora de retirarse prudentemente, la hora de desaparecer. Se despidió de Hvulac y alcanzó la calle, comenzó a caminar bajo la lluvia de Umbertha, pensativo. Dio vueltas a la idea de que su novela ya no podía ser recobrada, pues ahora pertenecía al mundo, que por fin sabría, a través de una voz extranjera, de la mezquindad y miseria moral que reinaba en la isla de Umbertha.
      Un sentimiento de pánico le acompañó hasta el portal de su casa. Pero se trataba de un pánico fingido, provocado artificialmente por el propio Anatol. Se disponía a entrar ya en su casa cuando de repente se golpeó teatralmente con las manos en la frente y simuló que acababa de recordar que se encontraba sin tabaco. Y entonces, mientras anochecía, dirigió sus pasos hacia el cercano café Asha, en cuya antesala (nunca Anatol solía pasar de ella) había un luminoso kiosko con un viejo cartel en el que podía leerse: Tabaco y Prensa. Esas dos palabras unidas le producían siempre una inmensa sensación de felicidad, porque leer y fumar eran sus dos actividades favoritas y porque, además, aquella inscripción era como una señal confortable en el desierto ciudadano, pues le indicaba que se hallaba a dos pasos de su muer, de su pipa y de sus libros, de su hogar.
      En contra de su más elemental costumbre, Anatol se perdió en el interior del local. Tabaco y prensa en ristre, abordó a un camarero que le pareció que también andaba perdido por allí, y le preguntó qué clase de secreto era el que ocultaban detrás de la puerta del fondo del bar y por qué desde hacía años ésta permanecía misteriosamente cerrada. Anatol, que sabía perfectamente que por la puerta trasera del bar pasaba a diario una verdadera multitud, escuchó con simulado interés las explicaciones del camarero:
      —Por esa puerta pasa cada día más gente que por la mismísima Vía Vhico... ¿No ve que lleva al Callejón de la China?
      —No me diga...—le dijo Anatol.
      —Sí. Se lo digo — respondió molesto el camarero mientras le invitaba a abandonar el local precisamente por aquella puerta.
      Anatol salió de buena gana al callejón, y se puso a caminar como si se hubiera perdido. Andando en deliberado zigzag bajo la luz de las farolas, Anatol no hacía más que entrenarse a perderse para más tarde poder perderse de verdad. Y andando de aquella forma, llegó finalmente, tras no pocas vacilaciones, a la oficina de viajes marítimos que languidecía junto a la lavandería china que daba nombre al callejón. Allí, un hombre que parecía muy impaciente, le saludó:
      —Por fin, ya era hora, señor...Hace rato que debería haber cerrado. Creí que no vendría. Aquí tiene su billete, y que haya suerte, señor... Perdone, no logro nunca recordar su nombre que, por otra parte, si quiere que le diga la verdad, siempre me sonó falso.
      —Señor Don Nadie —le sonrió con inmensa felicidad Anatol. Y tras dejar que su mirada vagara por las extrañas pinturas de remolcadores que se mecían en aguas manchadas de aceite y que junto a un calendario que exaltaba las vacaciones en Europa, decoraban la polvorienta oficina, Anatol pagó, y después salió silbando una habanera, y se perdió en la noche.
      Una hora después, entró en un bar del puerto. Seguía jugando a estar perdido. Sabiendo perfectamente dónde estaba, preguntó si quedaba lejos el muelle de Europa. Le dijeron que estaba en él. Entonces pidió un café y dos fichas, y en primer lugar llamó por teléfono a Yhma.
      —No te inquietes por la tardanza —le dijo—. He bajado a comprar tabaco.
      —Pero ¿cómo que has bajado si no has subido a casa? A veces no te entiendo, Anatol.
      —Ya lo entenderás —dijo y colgó.
      Después, llamó a Hvulac.
      —Enemigo Anatol —le dijo éste medio bromeando, pero también bastante en serio—, es usted un verdadero animal, permítame que le hable así. Estoy leyendo su novela, y nos deja muy mal. Pero ¿qué tiene usted contra nosotros? La verdad es que nunca imaginé que fuera usted tan extranjero...
      Hubo una larga pausa en la que tal vez Hvulac estuvo esperando alguna seria justificación por parte de Anatol, pero éste permaneció en riguroso silencio.
      Pero en fin —prosiguió Hvulac—, se trata de un texto valioso, para qué negarlo, y nosotros somos más liberales de lo que usted cree, así que lo publicaremos. Es más, tiene usted que firmarme un contrato en exclusiva, quiero asegurarme los derechos de sus próximos libros. Olvídese de la pensión con la que pensaba vivir tras su jubilación, y alegre esa cara, hombre, firmemos el contrato de su vida, y decídase a ser feliz entre nosotros.
      Por un momento fue como si Anatol hubiera previsto desde hacía ya mucho tiempo que Hvulac le hablaría de esa forma, porque le contestó en un tono muy ceremonioso, como si recitara un papel aprendido de antemano:
      —Hallará la puerta de mi casa abierta, amigo Hvulac, mi mujer se la franqueará con sumo gusto, encontrará todas las estancias iluminadas, y en una de ellas, en la que hasta el día de hoy fue mi estudio, hallará la llave que abre el baúl en el que descansa el resto de mi obra secreta. El baúl es suyo. La isla es bella. En mi escritorio hallará un documento que atestigua que el baúl es suyo y de la isla entera.
      Hizo una breve pausa, mientras contemplaba a través de la ventana la fila de palmeras y de bancos de piedra del muelle de Europa. Y luego, añadió murmurando entre dientes y con voz muy baja y casi imperceptible:
      —Y que os sea leve, porque os dejo seis perfectas bombas de relojería.
      —¿Cómo dice? ¿Sigue ahí, Anatol?
      —Sí, pero por poco tiempo. Porque el autor se va. Les dejo el baúl, que es lo único que interesa.
      Anatol colgó el teléfono. Pensó: La obligación del autor es desaparecer. Tomó sin prisas el café, observó que había dejado de llover, y poco después se perdió en la oscuridad del muelle de Europa. Pensó: Hay personas que siempre se encuentran bien en otro lugar.
      Al mediodía del día siguiente, en alta mar, el sol calentaba cada vez con más violencia, el alquitrán derretido se escurría por las paredes, el mar era azul, y el agua utilizada para lavar el puente se evaporaba directamente hacia el cielo también azul. El capitán del barco apareció sobre el puente de mando, se mojó un dedo, y comentó que ya se lo imaginaba, que la prisa estaba descendiendo y que muy pronto podría cambiar de dirección el viento. Anatol, que lo oyó, blasfemó en una larga y obscena frase que contenía cinco haches que él pronunció tan exageradamente aspiradas como pudo, y después sonrió. El capitán repitió lo de la dirección del viento, y Anatol entonces descendió, sin prisas, por la escalera que conducía a la única zona refrigerada del barco, y allí se perdió.


(de Suicidios ejemplares, Editorial Anagrama, 2000)


ENRIQUE VILA-MATAS (ESPAÑA, 1948)