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junio 12, 2011

POEMAS DE CÉSAR VALLEJO







Considerando en frío, imparcialmente...

Considerando en frío, imparcialmente,
que el hombre es triste, tose y, sin embargo,
se complace en su pecho colorado;
que lo único que hace es componerse
de días;
que es lóbrego mamífero y se peina...

Considerando
que el hombre procede suavemente del trabajo
y repercute jefe, suena subordinado;
que el diagrama del tiempo
es constante diorama en sus medallas
y, a medio abrir, sus ojos estudiaron,
desde lejanos tiempos,
su fórmula famélica de masa...

Comprendiendo sin esfuerzo
que el hombre se queda, a veces, pensando,
como queriendo llorar,
y, sujeto a tenderse como objeto,
se hace buen carpintero, suda, mata
y luego canta, almuerza, se abotona...

Considerando también
que el hombre es en verdad un animal
y, no obstante, al voltear, me da con su tristeza en la cabeza...

Examinando, en fin,
sus encontradas piezas, su retrete,
su desesperación, al terminar su día atroz, borrándolo...

Comprendiendo
que él sabe que le quiero,
que le odio con afecto y me es, en suma, indiferente...

Considerando sus documentos generales
y mirando con lentes aquel certificado
que prueba que nació muy pequeñito...

le hago una seña,
viene,
y le doy un abrazo, emocionado.
¡Qué más da! Emocionado... Emocionado...


LVII

Craterizados los puntos más altos, los puntos
del amor, de ser mayúsculo, bebo, ayuno ab-
sorbo heroína para la pena, para el latido
lacio y contra toda corrección.

      ¿Puedo decir que nos han traicionado? No.
¿Qué todos fueron buenos? Tampoco. Pero
allí está una buena voluntad, sin duda,
y sobre todo, el ser así.

     Y qué quien se ame mucho! Yo me busco
en mi propio designio que debió ser obra
mía, en vano: nada alcanzó a ser libre.

     Y sin embargo, quién me empuja.
A que no me atrevo a cerrar la quinta ventana.
Y el papel de amarse y persistir, junto a las
horas y a lo indebido.

     Y el éste y el aquél.


EL ALMA QUE SUFRIÓ DE SER SU CUERPO

Tú sufres de una glándula endocrínica, se ve,
o, quizá,
sufres de mí, de mi sagacidad escueta, tácita.
Tú padeces del diáfano antropoide, allá, cerca,
donde está la tiniebla tenebrosa.
Tú das vuelta al sol, agarrándote el alma,
extendiendo tus juanes corporales
y ajustándote el cuello; eso se ve.
Tú sabes lo que te duele,
lo que te salta al anca,
lo que baja por ti con soga al suelo.
Tú, pobre hombre, vives; no lo niegues,
si mueres; no lo niegues,
si mueres de tu edad ¡ay! y de tu época.
Y, aunque llores, bebes,
y, aunque sangres, alimentas a tu híbrido colmillo,
a tu vela tristona y a tus partes.
Tú sufres, tú padeces y tú vuelves a sufrir horriblemente,
desgraciado mono,
jovencito de Darwin,
alguacil que me atisbas, atrocísimo microbio.
Y tú lo sabes a tal punto,
que lo ignoras, soltándote a llorar.
Tú, luego, has nacido; eso
también se ve de lejos, infeliz y cállate,
y soportas la calle que te dio la suerte
y a tu ombligo interrogas: ¿dónde? ¿cómo?

Amigo mío, estás completamente, .
hasta el pelo, en el año treinta y ocho,
nicolás o santiago, tal o cual,
estés contigo o con tu aborto o conmigo
y cautivo en tu enorme libertad,
arrastrado por tu hércules autónomo...
Pero si tú calculas en tus dedos hasta dos,
es peor; no lo niegues, hermanito.

¿Que nó? ¿Que sí, pero que nó?
¡Pobre mono!... ¡Dame la pata!... No. La mano, he dicho.

¡Salud! ¡Y sufre!


Tengo un miedo terrible de ser un animal...

Tengo un miedo terrible de ser un animal
de blanca nieve, que sostuvo padre
y madre, con su sola circulación venosa,
y que, este día espléndido, solar y arzobispal,
día que representa así a la noche,
linealmente
elude este animal estar contento, respirar
y transformarse y tener plata.

Sería pena grande
que fuera yo tan hombre hasta ese punto.
Un disparate, una premisa ubérrima
a cuyo yugo ocasional sucumbe
el gonce espiritual de mi cintura.
Un disparate... En tanto,
es así, más acá de la cabeza de Dios,
en la tabla de Locke, de Bacon, en el lívido pescuezo
de la bestia, en el hocico del alma.

Y, en lógica aromática,
tengo ese miedo práctico, este día
espléndido, lunar, de ser aquél, éste talvez,
a cuyo olfato huele a muerto el suelo,
el disparate vivo y el disparate muerto.
¡Oh revolcarse, estar, toser, fajarse,
fajarse la doctrina, la sien, de un hombro al otro,
alejarse, llorar, darlo por ocho
o por siete o por seis, por cinco o darlo
por la vida que tiene tres potencias.


Va corriendo, andando, huyendo...

Va corriendo, andando, huyendo
de sus pies...
Va con dos nubes en su nube,
sentado apócrifo, en la mano insertos
sus tristes paras, sus entonces fúnebres.

Corre de todo, andando
entre protestas incoloras; huye
subiendo, huye
bajando, huye
a paso de sotana, huye
alzando al mal en brazos,
huye
directamente a sollozar a solas.

Adonde vaya,
lejos de sus fragosos, cáusticos talones,
lejos del aire, lejos de su viaje,
a fin de huir, huir y huir y huir
de sus pies —hombre en dos pies, parado
de tánto huir— habrá sed de correr.
¡Y ni el árbol, si endosa hierro de oro!
¡Y ni el hierro, si cubre su hojarasca!
Nada, sino sus pies,
nada sino su breve calofrío,
sus paras vivos, sus entonces vivos...


GUITARRA

El placer de sufrir, de odiar, me tiñe
la garganta con plásticos venenos,
mas la cerda que implanta su orden mágico,
su grandeza taurina, entre la prima
y la sexta
y la octava mendaz, las sufre todas.

El placer de sufrir... ¿Quién? ¿a quién?
¿quién, las muelas? ¿a quién la sociedad,
los carburos de rabia de la encía?
¿Cómo ser
y estar, sin darle cólera al vecino?

Vales más que mi número, hombre solo,
y valen más que todo el diccionario,
con su prosa en verso,
con su verso en prosa,
tu función águila,
tu mecanismo tigre, blando prójimo.

El placer de sufrir,
de esperar esperanzas en la mesa,
el domingo con todos los idiomas,
el sábado con horas chinas, belgas,
la semana, con dos escupitajos.

El placer de esperar en zapatillas,
de esperar encogido tras de un verso,
de esperar con pujanza y mala poña;
el placer de sufrir: zurdazo de hembra
muerta con una piedra en la cintura
y muerta entre la cuerda y la guitarra,
llorando días y cantando meses.



LVIII

En la celda, en lo sólido, también
se acurrucan los rincones.

     Arreglo los desnudos que se ajan,
se doblan, se harapan.

     Apéome del caballo jadeante, bufando
líneas de bofetadas y de horizontes;
espumoso pie contra tres cascos.
Y le ayudo: Anda, animal!

     Se tomaría menos, siempre menos, de lo
que me tocase erogar,
en la celda, en lo líquido.

     El compañero de prisión comía el trigo
de las lomas, con mi propia cuchara,
cuando, a la mesa de mis padres, niño,
me quedaba dormido masticando.

     Le soplo al otro:
Vuelve, sal por la otra esquina;
apura... aprisa... apronta!

     E inadvertido aduzco, planeo,
cabe camastro desvencijado, piadoso:
No creas. Aquel médico era un hombre sano.

     Ya no reiré cuando mi madre rece
en infancia y en domingo, a las cuatro
de la madrugada, por los caminantes,
encarcelados,
enfermos
y pobres.

     En el redil de niños, ya no le asestaré
puñetazos a ninguno de ellos, quien, después,
todavía sangrando, lloraría: El otro sábado
te daré de mi fiambre, pero
no me pegues!
Ya no le diré que bueno.

     En la celda, en el gas ilimitado
hasta redondearse en la condensación,
¿quién tropieza por afuera?


XXXVIII

Este cristal aguarda ser sorbido
en bruto por boca venidera
sin dientes. No desdentada.
Este cristal es pan no venido todavía.

     Hiere cuando lo fuerzan
y ya no tiene cariños animales.
Mas si se le apasiona, se melaría
y tomaría la horma de los sustantivos
que se adjetivan de brindarse.

     Quienes lo ven allí triste individuo
incoloro, lo enviarían por amor,
por pasado y a lo más por futuro:
si él no dase por ninguno de sus costados;
si él espera ser sorbido de golpe
y en cuanto transparencia, por boca ve
nidera que ya no tendrá dientes.

Este cristal ha pasado de animal,
y márchase ahora a formar las izquierdas,
los nuevos Menos.
Déjenlo solo no más.

La cólera que quiebra al hombre en niños...

La cólera que quiebra al hombre en niños,
que quiebra al niño en pájaros iguales,
y al pájaro, después, en huevecillos;
la cólera del pobre
tiene un aceite contra dos vinagres.

La cólera que al árbol quiebra en hojas,
a la hoja en botones desiguales
y al botón, en ranuras telescópicas;
la cólera del pobre
tiene dos ríos contra muchos mares.

La cólera que quiebra al bien en dudas,
a la duda, en tres arcos semejantes
y al arco, luego, en tumbas imprevistas;
la cólera del pobre
tiene un acero contra dos puñales.

La cólera que quiebra al alma en cuerpos,
al cuerpo en órganos desemejantes
y al órgano, en octavos pensamientos;
la cólera del pobre
tiene un fuego central contra dos cráteres.

XLIX

Murmurado en inquietud, cruzo,
el traje largo de sentir, los lunes
                      de la verdad.
Nadie me busca ni me reconoce,
y hasta yo he olvidado
                      de quién seré.

Cierta guardarropía, sólo ella, nos sabrá
a todos en las blancas hojas
                     de las partidas.
Esa guardarropía, ella sola,
al volver de cada facción,
                      de cada candelabro
                      ciego de nacimiento.

Tampoco yo descubro a nadie, bajo
este mantillo que iridice los lunes
                       de la razón;
y no hago más que sonreir a cada púa
de las verjas, en la loca búsqueda
                       del conocido.

Buena guardarropía, ábreme
                      tus blancas hojas:
quiero reconocer siquiera al 1,
quiero el punto de apoyo, quiero
                      saber de estar siquiera.

En los bastidores donde nos vestimos,
no hay, no Hay nadie: hojas tan sólo
                       de par en par.
Y siempre los trajes descolgándose
por sí propios, de perchas
como ductores índices grotescos,
y partiendo sin cuerpos, vacantes,
                      hasta el matiz prudente
de un gran caldo de alas con causas
y lindes fritas.
Y hasta el hueso!


XVIII

Oh las cuatro paredes de la celda.
Ah las cuatro paredes albicantes
que sin remedio dan al mismo número.

     Criadero de nervios, mala brecha,
por sus cuatro rincones cómo arranca
las diarias aherrojadas extremidades.

     Amorosa llavera de innumerables llaves,
si estuvieras aquí, si vieras hasta
qué hora son cuatro estas paredes.
Contra ellas seríamos contigo, los dos,
más dos que nunca. Y ni lloraras,
di, libertadora!

     Ah las paredes de la celda.
De ellas me duele entretanto, más
las dos largas que tienen esta noche
algo de madres que ya muertas
llevan por bromurados declives,
a un niño de la mano cada una.

     Y sólo yo me voy quedando,
con la diestra, que hace por ambas manos,
en alto, en busca de terciario brazo
que ha de pupilar, entre mi dónde y mi cuándo,
esta mayoría inválida de hombre.


LA RUEDA DEL HAMBRIENTO

Por entre mis propios dientes salgo humeando,
dando voces, pujando,
bajándome los pantalones...
Váca mi estómago, váca mi yeyuno,
la miseria me saca por entre mis propios dientes,
cogido con un palito por el puño de la camisa.

Una piedra en que sentarme
¿no habrá ahora para mí?
Aún aquella piedra en que tropieza la mujer que ha dado a luz,
la madre del cordero, la causa, la raíz,
¿ésa no habrá ahora para mí?
¡Siquiera aquella otra,
que ha pasado agachándose por mi alma!
Siquiera
la calcárida o la mala (humilde océano)
o la que ya no sirve ni para ser tirada contra el hombre
ésa dádmela ahora para mí!

Siquiera la que hallaren atravesada y sola en un insulto,
ésa dádmela ahora para mí!
Siquiera la torcida y coronada, en que resuena
solamente una vez el andar de las rectas conciencias,
o, al menos, esa otra, que arrojada en digna curva,
va a caer por sí misma,
en profesión de entraña verdadera,
¡ésa dádmela ahora para mí!

Un pedazo de pan, ¿tampoco habrá para mí?
Ya no más he de ser lo que siempre he de ser,
pero dadme
una piedra en que sentarme,
pero dadme,
por favor, un pedazo de pan en que sentarme,
pero dadme
en español
algo, en fin, de beber, de comer, de vivir, de reposarse
y después me iré...
Halló una extraña forma, está muy rota
y sucia mi camisa
y ya no tengo nada, esto es horrendo.


XXXIV

Se acabó el extraño, con quien, tarde
la noche, regresabas parla y parla.
Ya no habrá quien me aguarde,
dispuesto mi lugar, bueno lo malo.

     Se acabó la calurosa tarde;
tu gran bahía y tu clamor; la charla
con tu madre acabada
que nos brindaba un té lleno de tarde.

     Se acabó todo al fin: las vacaciones,
tu obediencia de pechos, tu manera
de pedirme que no me vaya fuera.

     Y se acabó el diminutivo, para
mi mayoría en el dolor sin fin,
y nuestro haber nacido así sin causa.


(de “Obra poética”, Editorial Oveja Negra. Bogotá. Colombia. 1987)


TRILCE

     Hay un lugar que yo me sé
en este mundo, nada menos,
adonde nunca llegaremos.

     Donde, aun si nuestro pie
llegase a dar por un instante
será, en verdad, como no estarse.

     Es ese sitio que se ve
a cada rato en esta vida,
andando, andando de uno en fila.

Más acá de mí mismo y de
mi par de yemas, lo he entrevisto
siempre lejos de los destinos.

     Ya podéis iros a pie
o a puro sentimiento en pelo,
que a él no arriban ni los sellos.

     El horizonte color té
se muere por colonizarle
para su gran Cualquiera parte.

Mas el lugar que yo me sé,
en este mundo, nada menos,
hombreado va con los reversos.

     —Cerrad aquella puerta que
está entreabierta en las entrañas
de ese espejo. —¿Está?— No; su hermana.

     —No se puede cerrar. No se
puede llegar nunca a aquel sitio
do van en rama los pestillos.

     Tal es el lugar que yo me sé.


XIII

     Pienso en tu sexo.
Simplificado el corazón, pienso en tu sexo,
ante el hijar maduro del día.
Palpo el botón de dicha, está en sazón.
Y muere un sentimiento antiguo
degenerado en seso.

     Pienso en tu sexo, surco más prolífico
y armonioso que el vientre de la Sombra,
aunque la Muerte concibe y pare
de Dios mismo.
Oh Conciencia,
pienso, sí, en el bruto libre
que goza donde quiere, donde puede.

     Oh, escándalo de miel de los crepúsculos.
Oh estruendo mudo.

¡Odumodneurtse!




(de “Antología Cátedra de Poesía de las Letras Hispánicas”. Selección e introducción de José Francisco Ruiz Casanova. Cátedra Letras Hispánicas. 500. Ediciones Cátedra S.A. 1998.)


ME VIENE, HAY DÍAS, UNA GANA UBÉRRIMA...

Me viene, hay días, una gana ubérrima, política,
de querer, de besar al cariño en sus dos rostros,
y me viene de lejos un querer
demostrativo, otro querer amar, de grado o fuerza,
al que me odia, al que rasga su papel, al muchachito,
a la que llora por el que lloraba,
al rey del vino, al esclavo del agua,
al que ocultóse en su ira,
al que suda, al que pasa, al que sacude su persona en mi alma.
Y quiero, por lo tanto, acomodarle
al que me habla, su trenza; sus cabellos, al soldado;
su luz, al grande; su grandeza, al chico.
Quiero planchar directamente
un pañuelo al que no puede llorar
y, cuando estoy triste o me duele la dicha,
remendar a los niños y a los genios.

Quiero ayudar al bueno a ser su poquillo de malo
y me urge estar sentado
a la diestra del zurdo, y responder al mundo,
tratando de serle útil en
lo que puedo, y también quiero muchísimo
lavarle al cojo el pie,
y ayudarle a dormir al tuerto próximo.

¡Ah querer, éste, el mío, éste, el mundial,
interhumano y parroquial, proyecto!
Me viene a pelo
desde el cimiento, desde la ingle pública,
y, viniendo de lejos, da ganas de besarle
la bufanda al cantor,
y al que sufre, besarle en su sartén,
al sordo, en su rumor craneano, impávido;
al que me da lo que olvidé en mi seno,
en su Dante, en su Chaplin, en sus hombros.

Quiero, para terminar,
cuando estoy al borde célebre de la violencia
o lleno de pecho el corazón, querría
ayudar a reír al que sonríe,
ponerle un pajarillo al malvado en plena nuca,
cuidar a los enfermos enfadándolos,
comprarle al vendedor,
ayudar a matar al matador —cosa terrible—
y quisiera yo ser bueno conmigo
en todo.


(de “Antología de la poesía hispanoamericana contemporánea 1914-1987”. Selección prólogo y notas de José Olivio Jiménez. El libro de bolsillo - 289. Alianza Editorial. Madrid.)




CÉSAR VALLEJO (PERÚ, 1892-1938)

junio 07, 2011

ESA MUJER - RODOLFO WALSH




El Coronel elogia mi puntualidad. -Es puntual como los alemanes -dice.
-O como los ingleses.
El Coronel tiene apellido alemán.
Es un hombre corpulento, canoso, de cara ancha, tostada.
-He leído sus cosas -propone-. Lo felicito.
Mientras sirve dos grandes vasos de whisky, me va informando, casualmente, que tiene veinte años de servicios
de informaciones, que ha estudiado filosofía y letras, que es un curioso del arte. No subraya nada, simplemente
deja establecido el terreno en que podemos operar, una zona vagamente común.
Desde el gran ventanal del décimo piso se ve la ciudad en el atardecer, las luces pálidas del no. Desde aquí es
fácil amar, siquiera momentáneamente, a Buenos Aires. Pero no es ninguna forma concebible de amor lo que nos
ha reunido.
El Coronel busca unos nombres, unos papeles que acaso yo tenga.
Yo busco una muerta, un lugar en el mapa. Aun no es una búsqueda, es apenas una fantasía: la clase de fantasía
perversa que algunos sospechan que podría ocurrírseme.
Algún día (pienso en momentos de ira) iré a buscarla. Ella no significa nada para mi, y sin embargo iré tras el
misterio de su muerte, detrás de sus restos que se pudren lentamente en algún remoto cementerio. Si la encuentro,
frescas altas olas de cólera, miedo y frustrado amor se alzaran, poderosas vengativas olas, y por un momento ya
no me sentiré solo, ya no me sentiré como una arrastrada, amarga, olvidada sombra.
El Coronel sabe donde esta.
Se mueve con facilidad en el piso de muebles ampulosos, ornado de marfiles y de bronces, de platos de Meissen
y Canton. Sonrfo ante el Jongkind falso, el Figari dudoso. Pienso en la cara que pondría si le dijera quien fabrica
los Jongkind, pero en cambio elogio su whisky.
El bebe con vigor, con salud, con entusiasmo, con alegría, con superioridad, con desprecio. Su cara cambia y
cambia, mientras sus manos gordas hacen girar el vaso lentamente.
-Esos papeles -dice. Lo miro.
-Esa mujer, Coronel. Sonríe.
-Todo se encadena -filosofa.
A un potiche de porcelana de Viena le falta una esquirla en la base. Una lámpara de cristal esta rajada. El Coronel, con los ojos brumosos y sonriendo, habla de la bomba.
-La pusieron en el palier, Creen que yo tengo la culpa. Si supieran lo que he hecho por ellos, esos roñosos.
-¿Mucho daño? -pregunto. Me importa un carajo.
-Bastante. Mi hija. La he puesto en manos de un psiquiatra. Tiene doce arios -dice.
El Coronel bebe, con ira, con tristeza, con miedo, con remordimiento.
Entra su mujer, con dos pocillos de café.
-Contale vos, Negra.
Ella se va sin contestar; una mujer alta, orgullosa, con un rictus de neurosis. Su desdén queda flotando como una
nubecita.
-La pobre quedo muy afectada -explica el Coronel-. Pero a usted no le importa esto.
-¡Cómo no me va a importar!... Oí decir que al capitán N y al mayor X también les ocurrió alguna desgracia
después de aquello.
El Coronel se ríe.
-La fantasía popular -dice-. Vea como trabaja. Pero en el fondo no inventan nada. No hacen mas que repetir.
Enciende un Marlboro, deja el paquete a mi alcance sobre la mesa.
-Cuénteme cualquier chiste -dice. Pienso. No se me ocurre.
-Cuénteme cualquier chiste político, el que quiera, y yo le demostrare que estaba inventando hace veinte anos,
cincuenta anos, un siglo. Que se uso tras la derrota de Sedan, o a propósito de Hindenburg, de Dollfuss, de
Badoglio.
-¿Y esto?
-La tumba de Tutankamon -dice el Coronel-. Lord Carnavon. Basura.
El Coronel se seca la transpiración con la mano gorda y velluda.
-Pero el mayor X tuvo un accidente, mato a su mujer.
-¿Que mas? -dice, haciendo tintinear el hielo en el vaso.
-Le pego un tiro una madrugada.
-La confundió con un ladrón -sonríe el Coronel-. Esas cosas ocurren. -Pero el capitán N...
-Tuvo un cheque de automóvil, que lo tiene cual-quiera, y mas el, que no ve un caballo ensillado cuando se pone
en pedo.
-¿Y usted, Coronel?
-Lo mío es distinto -dice-. Me la tienen jurada. Se para, da una vuelca alrededor de la mesa.
-Creen que yo tengo la culpa. Esos roñosos no saben lo que yo hice por ellos. Pero algún día se va a escribir
la historia. A lo mejor la va a escribir usted.
-Me gustaría.
-Y yo voy a quedar limpio, yo voy a quedar bien. No es que me importe quedar bien con esos roñosos, pero si
ante la historia, ¿comprende?
-Ojalá dependa de mí, Coronel.
-Anduvieron rondando. Una noche, uno se animo. Dejo la bomba en el palier y salió corriendo.
Mete la mano en una vitrina, saca una figurita de porcelana policromada, una pastora con un cesto de flores.
-Mire.
A la pastora le falta un bracito.
-Derby -dice-. Doscientos años.
La pastora. se pierde entre sus dedos repentinamente tiernos. El Coronel tiene una mueca de fierro en la cara
nocturna, dolorida.
-¿Por que creen que usted tiene la culpa?
-Porque yo la saque de donde estaba, eso es cierto, y la lleve donde esta ahora, eso también es cierto. Pero ellos
no saben lo que querían hacer, esos roñosos no saben nada, y no saben que fui yo quien lo impidió.
El Coronel bebe, con ardor, con orgullo, con fiereza, con elocuencia, con método.
-Porque yo he estudiado historia. Puedo ver las cosas con perspectiva histórica. Yo he leído a Hegel.
-¿Que querían hacer?
-Fondearla en el rió, tirarla de un avión, quemarla y arrojar los restos por el inodoro, diluirla en ácido. ¡Cuanta
basura tiene que oír uno! Este país esta cubierto de basura, uno no sabe de donde sale tanta basura, pero estamos
todos hasta el cogote.
-Todos, Coronel. Porque en el fondo estamos de acuerdo, ¿no? Ha llegado la hora de destruir. Habría que romper
todo.
-Y orinarle encima.
-Pero sin remordimientos, Coronel. Enarbolando alegremente la bomba y la picana. ¡Salud! -digo levantando el
vaso.
No contesta. Estamos sentados junto al ventanal. Las luces del puerto brillan: azul mercurio. De a ratos se oyen
las bocinas de los automóviles, arrastrándose lejanas como las voces de un sueno. El Coronel es apenas la
mancha gris de su cara sobre la mancha blanca de su camisa.
-Esa mujer -le oigo murmurar-. Estaba desnuda en el ataúd y parecía una virgen. La piel se le había vuelto
transparente. Se veían las metástasis del cáncer, como esos dibujitos que uno hace en una ventanilla mojada.
El Coronel bebe. Es duro.
-Desnuda -dice-. Éramos cuatro o cinco y no queríamos mirarnos. Estaba ese capitán de navío, y el gallego que la
embalsamo, y no me acuerdo quien mas. Y cuando la sacamos del ataúd -el Coronel se pasa la mano por la
frente-, cuando la sacamos, ese gallego asqueroso...
Oscurece por grados, como en un teatro. La cara del Coronel es casi invisible. Solo el whisky brilla en su vaso,
como un fuego que se apaga despacio. Por la puerta abierta del departamento llegan remotos ruidos. La puerta
del ascensor se ha cerrado en la planta baja, se ha abierro mas cerca. El enorme edificio cuchichea, respira,
gorgotea con sus cañerías, sus incineradores, sus cocinas, sus chicos, sus televisores, sus sirvientas. Y ahora el
Coronel se ha parado, empuña una metralleta que no le vi sacar de ninguna parte, y en puntas de pie camina hacia
el palier, enciende la luz de golpe, mira el ascético, geométrico, irónico vacío del palier, del ascensor, de la
escalera, donde no hay absolutamente nadie, y regresa despacio, arrastrando la metralleta.
-Me pareció oír. Esos roñosos no me van a agarrar descuidado, como la vez pasada.
Se sienta, mas cerca del ventanal ahora. La metralleta ha desaparecido y el Coronel divaga nuevamente sobre
aquella gran escena de su vida.
-... se le tiro encima, ese gallego asqueroso. Estaba enamorado del cadáver, la tocaba, le manoseaba los pezones.
Le di una trompada, mire -el Coronel se mira los nudillos-, que lo tire contra la pared. Esta todo podrido, no
respetan ni a la muerte. ¿Le molesta la oscuridad?
-No. -Mejor. Desde aquí puedo ver la calle. Y pensar. Pienso siempre. En la oscuridad se piensa mejor. Vuelve a
servirse un whisky.
-Pero esa mujer estaba desnuda -dice, argumenta contra un invisible contradictor-. Tuve que taparle el monte de
Venus, le puse una mortaja y el cinturón franciscano.
Bruscamente se ríe.
-Tuve que pagar la mortaja de mi bolsillo. Mil cuatrocientos pesos. Eso le demuestra, ¿eh? Eso le demuestra.
Repite varias veces "Eso le demuestra", como un juguete mecánico, sin decir que es lo que eso me demuestra.
-Tuve que buscar ayuda para cambiarla de ataúd. Llame a unos obreros que había por a hi. Figúrese como se
quedaron. Para ellos era una diosa, que se yo las cosas que les meten en la cabeza, pobre gente.
-¿Pobre gente?
-Si, pobre gente. -El Coronel lucha contra una escurridiza cólera interior.- Yo también soy argentino.
-Yo también, Coronel, yo también. Somos todos argentinos.
-Ah, bueno -dice.
-¿La vieron así?
-Si, ya le dije que esa mujer estaba desnuda. Una diosa, y desnuda, y muerta. Con toda la muerte al aire, ¿sabe?
Con todo, con todo...
La voz del Coronel se pierde en una perspectiva surrealista, esa frasecita cada vez mas remota encuadrada en sus
líneas de fuga, y el descenso de la voz manteniendo una divina proporción o que. Yo también me sirvo un
whisky.
-Para mi no es nada -dice el Coronel-. Yo estoy acostumbrado a ver mujeres desnudas. Muchas en mi vida. Y
hombres muertos. Muchos en Polonia, el '39. Yo era agregado militar, dese cuenta.
Quiero darme cuenta, sumo mujeres desnudas mas hombres muertos, pero el resultado no me da, no me da, no
me da... Con un solo movimiento muscular me pongo sobrio, como un perro que se sacude el agua.
-A mi no me podía sorprender. Pero. ellos...
-¿Se impresionaron?
-Uno se desmayo. Lo desperté a bofetadas. Le dije: "Maricón, ,;esto es lo que haces cuando tenes que enterrar a
tu reina? Acordate de San Pedro, que se durmió cuando lo mataban a Cristo". Después me agradeció.
Miro la calle. "Coca" dice el letrero, plata sobre rojo. "Cola" dice el letrero, plata sobre rojo. La pupila inmensa
crece, circulo rojo tras concéntrico circulo rojo, invadiendo la noche, la ciudad, el mundo. "Beba."
-Beba -dice el Coronel. Bebo.
-¿Me escucha?
-Lo escucho.
-Le cortamos un dedo.
-¿Era necesario?
El Coronel es de plata, ahora. Se mira la punta del índice, la demarca con la uña del pulgar y la alza.
-Tantito a si'. Para identificarla.
-¿No sabían quien era?
Se ríe. La mano se vuelve roja. "Beba."
-Sabíamos, si. Las cosas tienen que ser legales. Era un acto histórico, ¿comprende?
-Comprendo.
-La impresión digital no agarra si el dedo esta muerto. Hay que hidratarlo. Mas tarde se lo pegamos.
-¿Y?
-Era ella. Esa mujer era ella.
-¿Muy cambiada?
-No, no, usted no me entiende. Igualita. Parecía que iba a hablar, que iba a... Lo del dedo es para que todo fuera
legal. El profesor R. controlo todo, hasta le saco radiografías.
-¿El profesor R.?
-Si. Eso no lo podía hacer cualquiera. Hacia falta alguien con autoridad científica, moral.
En algún lugar de la casa suena, remota, entrecorta-da, una campanilla. No veo entrar a la mujer del Coronel,
pero de pronto esta ahí, su voz amarga, inconquistable:
-(.'Enciendo?
-No.
-Teléfono.
-Deciles que no estoy. Desaparece.
-Es para patearme -explica el Coronel-. Me llaman a cualquier hora. A las tres de la madrugada, a las cinco.
-Ganas de joder -digo alegremente. -Cambie tres veces el numero del teléfono. Pero siempre lo averiguan.
-¿Qué le dicen?
-Qué a mi hija le agarre la polio. Que me van a cortar los huevos. Basura.
Oigo el hielo en el vaso, como un cencerro lejano.
-Hice una ceremonia, los arengue. Yo respeto las ideas, les dije. Esa mujer hizo mucho por ustedes. Yo la voy
enterrar como cristiana. Pero tienen que ayudarme.
El Coronel esta de pie y bebe con coraje, con exasperación, con grandes y altas ideas que refluyen sobre el como
grandes y altas olas contra un peñasco y lo dejan intocado y seco, recortado y negro, rojo y plata.
-La sacamos en un furgón, la tuve en Viamonte, después en 25 de Mayo, siempre cuidándola, protegiendo-la,
escondiéndola. Me la querían quitar, hacer algo con ella. La tape con una lona, estaba en mi despacho, sobre un
armario, muy alto. Cuando me preguntaban que era, les decía que era el transmisor de Córdoba, la Voz de la
Libertad.
Ya no se donde esta el Coronel. El reflejo plateado lo busca, la pupila roja. Tal vez ha salido. Tal vez ambula
entre los muebles. El edificio huele vagamente a sopa en la cocina, colonia en el baño, pañales en la cuna,
remedios, cigarrillos, vida, muerte.
-Llueve -dice su voz extraña.
Miro el cielo: el perro Sirio, el cazador Orión.
-Llueve día por medio -dice el Coronel-. Día por me-dio llueve en un jardín donde todo se pudre, las rosas, el
pino, el cinturón franciscano.
Donde, pienso, donde.
-¡Esta parada! -grita el Coronel-. ¡La enterré parada, como Facundo, porque era un macho!
Entonces lo veo, en la otra punta de la mesa. Y por un momento, cuando el resplandor cárdeno lo baña, creo que
llora, que gruesas lagrimas le resbalan por la cara.
-No me haga caso -dice, se sienta-. Estoy borracho.
Y largamente llueve en su memoria. Me paro, le toco el hombro.
-¿Eh? -dice-. ¿Eh? -dice.
Y me mira con desconfianza, como un ebrio que se despierta en un tren desconocido.
-¿La sacaron del país?
-Si.
-¿La saco usted?
-Si.
-¿Cuantas personas saben?
-Dos.
-¿E1 Viejo sabe? Se ríe.
-Cree que sabe.
-¿Dónde? No contesta.
-Hay que escribirlo, publicarlo.
-Si. Algún día.
Parece cansado, remoto.
-¡Ahora! -me exaspero-. ¿No le preocupa la historia? ;Yo escribo la historia, y usted queda bien, bien para
siempre, Coronel!
La lengua se le pega al paladar, a los dientes.
-Cuando llegue el momento..., usted será el primero...
-No, ya mismo. Piense. Paris Match. Life. Cinco mil dólares. Diez mil. Lo que quiera. Se ríe.
-¿Dónde, Coronel, donde?
Se para despacio, no me conoce. Tal vez va a preguntarme quien soy, que hago ahí.
Y mientras salgo derrotado, pensando que tendré que volver, o que no volveré nunca. Mientras mi dedo índice
inicia ya ese infatigable itinerario por los mapas, uniendo isoyetas, probabilidades, complicidades. Mientras se
que ya no me interesa, y que justamente no moveré un dedo, ni siquiera en un mapa, la voz del Coronel me
alcanza como una revelación:
-Es mía -dice simplemente-. Esa mujer es mía.





(de “Los oficios terrestres”, 1966)



RODOLFO WALSH (ARGENTINA, 1927-desaparecido desde 1977)