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abril 15, 2011

ARTHUR RIMBAUD - DELIRIOS






I


VIRGEN LOCA


EL ESPOSO INFERNAL

Escuchemos la confesión de un compañero
de infierno:
“Oh divino Esposo, mi Señor, no rehuses
la confesión de la más triste de tus siervas.
Estoy perdida, ebria. Soy impura.
¡Qué vida!
“¡Perdón, divino Señor, perdón! ¡Ah!
¡perdón! ¡Cuántas lágrimas! ¡Y cuántas lágrimas
todavía para después, espero!
“¡Más tarde, conoceré al divino Esposo!
Nací sometida a Él. —¡Ahora puede golpearme
el otro!
“Actualmente, ¡estoy en el fondo del
mundo! ¡Oh mis amigas!... no, no son mis
amigas... Jamás hubo delirios ni torturas
semejantes... ¡Qué tontería!
“¡Ah! sufro, grito. Sufro verdaderamen-
te. Cargada con el desprecio de los más
despreciables corazones, todo me está permitido
sin embargo.
“En fin, hagamos esta confidencia, a
condición de poder repetirla otras veinte
veces, —¡tan opaca, tan insignificante!
“Soy esclava del Esposo infernal, de
aquel que perdió a las vírgenes locas. Es
ciertamente ese demonio. No es un espectro,
no es un fantasma. Pero a mí que perdí
la prudencia, que estoy condenada y muerta
para el mundo, —¡no me matarán!—
¡Cómo os lo describiré! Ya ni siquiera sé
hablar. Estoy de luto, lloro, tengo miedo.
¡Un poco de frescura, Señor, si quieres, si
tú así lo quieres!
“Soy viuda... —Era viuda...— pero
sí, antes era muy seria, ¡y no nací para
convertirme en esqueleto!... El era casi
un niño... Sus misteriosas delicadezas me
sedujeron. Olvidé todo deber humano por
seguirlo. ¡Qué vida! La verdadera vida está
ausente. No estamos en el mundo. Yo
voy adonde él va, es necesario. Y él se encoleriza
a menudo conmigo, conmigo, la
pobre alma. ¡El Demonio! —Es un Demonio,
ya lo sabéis, no es un hombre.
“El dice: “No amo a las mujeres. Hay
que reinventar el amor, ya se sabe. Ellas
sólo pueden ambicionar una posición segura.
Obtenida, corazón y belleza se dejan
a un lado: sólo queda frío desdén, único
alimento del matrimonio de hoy. O bien encuentro
mujeres con los signos de la felicidad,
a quienes yo hubiera podido trasformar
en buenas camaradas mías, devoradas
desde el comienzo por brutos sensibles
como hogueras...”

“Le escucho convertir la infamia en una
gloria, la crueldad en un encanto. “Soy de
raza lejana: mis padres eran escandinavos:
se atravesaban las costillas, bebían su propia
sangre. —Yo cubriré de incisiones todo
mi cuerpo, me tatuaré, quiero volverme
horrible como un mongol: ya verás, aullaré
por las calles. Quiero enloquecer de rabia.
Nunca me muestres joyas, me arrastraría
y me retorcería sobre la alfombra.
Mi riqueza, la querría toda manchada de
sangre. Jamás trabajaré...” Muchas noches,
su demonio se apoderaba de mí, y
rodábamos juntos, ¡y yo luchaba con él!
—Otras, a menudo, ebrio, acecha en las
calles o en las casas, para asustarme mortalmente.
“Con toda seguridad me cortarán
la cabeza; será “repugnante”. ¡Oh!, ¡esos
días en que desea andar con aire de crimen!
“A veces habla, en una especie de jerga
enternecida, de la muerte que hace arrepentir,
de desdichados que ciertamente
existen, de trabajos penosos, de despedidas
que desgarran los corazones. En los
tugurios donde nos embriagábamos, lloraba
al pensar en la gente que nos rodeaba,
rebaño de la miseria. Levantaba a los
ebrios en las negras calles. Sentía la piedad
de una mala madre por las criaturas. —Se
alejaba con gentileza de niñita que va al
catecismo. —Simulaba conocerlo todo, ce
mercio, arte, medicina. —Yo lo seguía,
¡como corresponde!

“Veía todo el decorado con que se rodeaba
mentalmente: vestimentas, telas,
muebles; yo le prestaba armas, otro rostro.
Veía cuanto le concernía, como él hubiera
querido crearlo para sí mismo. Cuando su
espíritu parecíame inerte, lo seguía, lejos,
en acciones extrañas y complicadas, buenas
o malas: estaba segura de no penetrar jamás
en su mundo. Junto a su querido cuerpo
dormido, cuántas horas nocturnas he
velado, preguntándome por qué ansiaría
tanto evadirse de la realidad. Jamás ningún
hombre hizo semejante voto. Reconocía
—sin temer por él— que podría representar
un serio peligro para la sociedad.
¿Tendrá acaso secretos para cambiar la
vida.? “No, sólo los busca”, me respondía.
En fin, su caridad está hechizada, y yo soy
su prisionera. Ninguna otra alma tendría
fuerza suficiente —¡fuerza de desesperación!—
para soportarla, para ser protegída
y amada por él. Por lo demás, no lo
imaginaba con otra alma: uno ve a su propio
Ángel, nunca al Ángel de otro, creo.
Yo residía en su alma como en un palacio
que se ha desocupado para no recibir a
una persona tan innoble como vosotros:
eso es todo. ¡Qué vamos a hacerle! Yo
dependía de él enteramente. Pero ¿qué
pretendía con mi opaca y pusilánime existencia?
¡El no conseguía que fuese mejor,
sino haciéndome morir! “Te comprendo.”
Él se encogía de hombros.
 “Así, mi pena se renovaba sin cesar, y
encontrándome cada vez más perdida ante
mis propios ojos —¡como también ante los
de aquellos que hubieran querido fijarse en
mí, si no hubiese estado condenada para
siempre al olvido de todos!— sentía más y
más hambre de su bondad. Con sus besos
y sus cariñosos abrazos aquello era un verdadero
cielo, un sombrío cielo en el que yo
penetraba, y en el cual hubiese querido
que me dejaran, pobre, sorda, muda, ciega.
Ya me iba habituando a ello. Yo nos
veía como dos buenos niños que pueden
pasearse libremente en el Paraíso de la tristeza.
Nos compenetrábamos. Llenos de
emoción, trabajábamos juntos. Pero, despues
de una penetrante caricia, él me decía:
“Qué extraño te parecerá todo lo que
has pasado, cuando ya no esté. Cuando ya
no tengas mi brazo bajo tu cuello, mi corazón
para que reposes, ni esta boca sobre
tus ojos. Porque tendré que irme, muy
lejos, algún día. Pues tengo que ayudar a
otros: es mi deber. Aunque sea tan poco
apetecible... alma querida...” En seguida
yo me presentía, ya lejos de él, presa
de un vértigo que me precipitaba en las
más horribles de las sombras: la muerte.
Le hacía jurar que no me abandonaría.
Veinte veces, hizo esta promesa de amante.
Era tan frívolo como yo cuando le
decía: “Te comprendo”.
 “¡Ah! Jamás me inspiró celos. Creo
que no me abandonará. ¿Qué sucedería?
Carece de relaciones; no trabajará jamás.
Quiere vivir sonámbulo. ¿Bastarían su
bondad y su caridad para darle derecho al
mundo real? Hay instante en que olvido
la miseria en que he caído: él me hará fuerte,
viajaremos, casaremos en los desiertos,
dormiremos sobre el pavimento de ciudades
desconocidas, sin cuidados, sin penas.
O despertaré, y las leyes y las costumbres
habrán cambiado —gracias a su poder mágico—,
el mundo, aunque siga siendo el
mismo, me permitirá entregarme a mis deseos,
a mis alegrías, a mis indolencias. ¡Oh!
la vida de aventuras que existe en los libros
de los niños ¿me la darás como recompensa
por todo lo que he sufrido? No puede.
Ignoro su ideal. Me ha dicho que tiene
penas, esperanzas: no debo inmiscuirme en
eso. ¿El habla con Dios? Tal vez yo debiera
dirigirme a Dios. Estoy en lo más hondo
del abismo, y ya no sé rezar.
“Si me explicase sus tristezas, ¿las comprendería
mejor que sus sarcasmos? Me
ataca, pasa horas enteras avergonzándome
por todo lo que pudo conmoverme en el
mundo, y se indigna si lloro.
“—Ves a ese elegante joven, penetrando
en la hermosa y calma mansión: se llama
Duval, Dufour, Armando, Mauricio, ¿qué
sé yo? Una mujer se ha consagrado a querer
a ese maligno idiota: está muerta, con
seguridad ahora es una santa en el cielo.
Tú me matarás como él mató a esa mujer.
Es nuestro destino, el destino de los corazones
caritativos...” ¡Ay! algunos días
se le antojaba que todos los hombres laboriosos
eran juguetes de delirios grotescos;
se reía largo rato, espantosamente. Luego
recobraba sus modales de joven madre, de
hermana querida. ¡Si fuera menos salvaje,
estaríamos salvados! Pero su dulzura tam-
bien es mortal. Yo estoy sometida a él.
¡Ah! ¡Si seré loca!
“Quizás algún día él desaparezca maravillosamente;
¡pero necesito saber si subirá
a un cielo, y presenciar, aunque sea en parte,
la asunción de mi amiguito!”
¡Vaya una pareja!


II


ALQUIMIA DEL VERBO

¡A mí! La historia de una de mis locuras.
Desde tiempo atrás me vanagloriaba de
poseer todos los paisajes imaginables, y me
parecían irrisorias todas las celebridades de
la pintura y la poesía modernas.
Gustaba de las pinturas idiotas, ornamentos
de puertas, decorados, telas de saltimbanquis,
enseñas, iluminadas estampas
populares; la literatura pasada de moda,
latín de iglesia, libros eróticos sin ortografía,
novelas de nuestras abuelas, cuentos de
hadas, pequeños libros de infancia, viejas
óperas, estribillos bobos, ritmos ingenuos.

Soñaba cruzadas, viajes de descubrímiento

sobre los que no existen relaciones,
repúblicas sin historia, guerras de religión
sofocadas, revoluciones de costumbres, desplazamientos
de razas y de continentes:
creía en todos los encantamientos.

¡Inventaba el color de las vocales! —A

negra, E blanca, I roja, O azul, U verde—.
Regía la forma, el movimiento de cada consonante,
y, con ritmos instintivos, me jactaba
de inventar un verbo poético, accesible,
un día u otro, a todos los sentidos.
Reservaba la traducción.
Al comiendo fue un estudio. Escribía
silencios, noches, anotaba lo inexpresable.
Fijaba vértigos:
Lejos ya de rebaños, de pájaros, de
aldeanos,
¿qué era lo que bebía
entre aquella maleza, de rodillas,
en ese tierno bosque de avellanos
y ese brumoso y tibio mediodía?
¿Qué era lo que bebía
en ese joven Oise,
—¡olmos sin voz, oscurecido cielo, césped
sin una flor!—
en esas amarillas calabazas,
lejos ya de mi choza, tan amada?
Un licor de oro insípido que nos baña en
sudor.
Hacía yo de enseña dudosa de hostería.
—Una tormenta vino a perseguir los cielos.
En la virgen arena
el agua de los bosques se perdía,
y el vendaval de Dios
su granito arrojaba a la marea,
en el atardecer.
Oro veía, llorando —y no pude beber.
Hasta la aurora, en verano,
el sueño de amor perdura.
Bajo el follaje se esfuma
la noche que festejamos.
Allí, en sus vastos talleres
—y ya en mangas de camisalos
Carpinteros trajinan
bajo el sol de las Hespérides.

En espumosos Desiertos

tranquilos arman los techos,
donde, luego, ha de pintar
falsos cielos, la ciudad.
¡Oh, por esos Artesanos
de algún rey de Babilonia
deja, Venus, los Amantes
de alma en forma de corona!
¡Oh Reina de los Rebaños,
obsequiales aguardiente!
¡Que en paz; su fuerza se encuentre,
mientras esperan el baño
en el mar más meridiano!
Las antiguallas poéticas formaban gran
parte de mi alquimia del verbo.
Me habitué a la alucinación simple:
veía con toda nitidez una mezquita en
lugar de una fábrica, una escuela de tambores
erigida por ángeles, calesas por las
rutas del cielo, un salón en el fondo de un
lago; los monstruos, los misterios; un título
de sainete proyectaba espantos ante mí.

¡Después explicaba mis sofismas mági-

cos por medio de la alucinación de las
palabras!
Terminé por encontrar sagrado el desorden
de mi espíritu. Permanecía ocioso,
presa de pesada fiebre: envidiaba la felicidad
de las bestias —las orugas, que representan
la inocencia de los limbos, los
topos ¡el sueño de la virginidad!
Mi carácter se agriaba. Me despedía
del mundo en una especie de romanzas:



CANCIÓN DE LA MÁS ALTA TORRE



¡Que venga! ¡Que venga!

el tiempo que nos prenda.
Tuve tanta paciencia
que por siempre olvidé.
Sufrimientos, temores
a los cielos se elevan.
Y la malsana sed
oscurece mis venas.
¡Que venga! ¡Que venga!
el tiempo que nos prenda.
Tal como una pradera
entregada al olvido,
se expande, florecida
de inciensos y cardones,
al huraño zumbido
de sucios moscardones.
¡Que venga! ¡Que venga!
el tiempo que nos prenda.

Amaba el desierto, los vergeles quemados,

las pequeñas tiendas marchitas, las
bebidas tibias. Me arrastraba por calles
hediondas y, con los ojos cerrados, me ofrecía
al sol, dios de fuego.
“General, si queda un viejo cañón sobre
tus ruinosas murallas, bombardéanos con
bloques de tierra seca. ¡A los cristales de los
espléndidos almacenes! ¡a los salones! Que
la ciudad trague su polvo. Oxida las gárgolas...
Colma los tocadores con polvos
de rubí ardiente...”
¡Oh! ¡el ebrio moscardón en el mingitorio
de la posada, enamorado del sedimento,
y al que un rayo disuelve!

HAMBRE


Si es que algún gusto me queda

es por la tierra y las piedras.
Me desayuno con viento,
peñascos, carbones, hierro.
¡Den vueltas, mis hambres!
Las hambres, ¡que pasten
en prado de sones!
¡Que atraigan la suave,
la alegre ponzoña
de las amapolas!
Coman riscos que alguien quiebra,
antiguas piedras de iglesia
o de diluvios de antaño;
panes de los valles pálidos.

Aullaba bajo la fronda

el lobo escupiendo plumas
de un volátil desayuno:
como él ¡ay! yo me consumo.
Las frutas, las ensaladas,
sólo esperan la cosecha;
pero en el soto la araña
no ingiere más que violetas.
¡Que yo duerma, que yo hierva!
en aras de Salomón.
Corre el caldo por la herrumbre
para mezclarse al Cedrón.
En fin, ¡oh dicha! ¡oh razón!, aparté del
cielo el azul, que es negro, y viví, chispa
de oro, de la luz naturaleza. De alegría,
adoptaba la más bufonesca y extraviada
expresión posible:
¡Se la volvió a encontrar!
¿Qué? la eternidad.
Es el sol mezclado
al mar.
Cumple tu voto alma eterna
pese a los fuegos del día
y de la noche desierta.
Así pues tú te desprendes
de los sufragios humanos
y entusiasmos cotidianos
para alzar vuelo... según.
—Ya se alejó la esperanza,
nunca ya más orietur.
Tan sólo ciencia y paciencia.
El suplicio es sin albur.
Ha sucumbido el mañana.
Brasas ardientes de raso,
es el deber vuestras llamas.
Se la volvió a encontrar.
—¿Qué?— la eternidad.
Es el sol mezclado
al mar.
Me trasformé en una ópera fabulosa:
vi que todos los seres tienen una fatalidad
de dicha: la acción no es la vida, sino una
forma de malgastar una fuerza, un enervamiento.
La moral es la debilidad del cerebro.
Me pareció que, a cada ser, se le debían
muchas otras vidas. Ese señor ignora lo
que hace: es un ángel. Esta familia es una
carnada de perros. Ante muchos hombres,
conversé en voz; alta con un momento de
una de sus otras vidas. —Así, amé a un
cerdo.
Ninguno de los sofismas de la locura
—de la locura que se recluye—, fue olvidado
por mí: podría repetirlos todos, poseo
el sistema.
Mi salud peligró. El terror llegaba. Caía
dormido durante días enteros, y, despierto,
continuaba los sueños más tristes. Me encontraba
maduro para la muerte, y por una
ruta de peligros mi debilidad me conducía
a los confines del mundo y de la Cimeria,
patria de la sombra y de los torbellinos.
Debí viajar, disipar los encantamientos
acumulados en mi cerebro. Sobre el mar,
al que amaba como si él debiera lavarme de
un estigma, veía elevarse la cruz; consoladora.
Yo había sido condenado por el arco
iris. La Dicha era mi fatalidad, mi remordimiento,
mi gusano: mi vida sería siempre
demasiado inmensa para ser consagrada a la
fuerza y a la belleza.
¡La Dicha! Su diente, dulce para la
muerte, me advertía al cantar el gallo —ad
matutinum, al Christus venit—, en las más
sombrías ciudades:
¡Oh estaciones! ¡Oh castillos!
¿qué alma carece de vicios?
El mágico estudio yo hice
de la dicha ineludible.
¡Salud! a ella, cada ves
que canta el gallo francés.
¡Ah! no tendré más codicia.
Se ha encargado de mi vida.
Su encanto invade alma y cuerpo
y dispersa todo esfuerzo.
¡Oh estaciones! ¡Oh castillos!
El instante, ¡ay! de su fuga
será el mismo de la tumba.
¡Oh estaciones! ¡Oh castillos!
Eso ha terminado. Hoy sé saludar a la
belleza.





ARTHUR RIMBAUD
(FRANCIA, 1854-1891)
Traducción de Oliverio Girondo y Enrique Molina


La paginación se corresponde con la edición impresa por Edicom, Bs.As, 1970. 



abril 10, 2011

POEMAS DE WILLY G. BOUILLON



Estragón


A ver quién viene y dice qué son estas cosas y qué se hace con
las torres zozobrantes
Y dónde va aquél y de dónde viene éste y qué decimos y por
qué buscamos y
cómo es por dentro la luz y cómo por dentro la sombra
Y si nos arrojamos igual que una piara de cerdos desde lo alto
Mortuorios en la caída y desdentados ignorando cuál se salva
Si se salva. O quién lo ató a la rueda de eje quebradizo en el que
Sólo intenta, fracasa y se resiente
Entonces se escuchó la trompeta del séptimo ángel
Y luego hubo como un silencio en los cielos y la Tierra
Y los días del hombre fueron 333.333 y nos preguntamos
Quién viene y dice qué son estas cosas y qué hacemos hoy
O mañana o tal vez en la próxima cuaterna parados frente
al mar seco
Qué hacemos con aquellas torres de las que se fue el aire
Sin que nadie sepa cuánto hace que están allí
O si estuvieron o estarán nada más y por siempre
a la intemperie.



Findergan



Una lluvia azul, que cae cada 175.000 años,
es capaz de borrar todos los recuerdos.
Y eso es lo que me ocurrió en el desierto,
O creo que me ocurrió, porque entonces
Sobrevino el olvido. ¿A quién amaba o
había amado? ¿A quién o qué detestaba?
¿Qué había perdido y qué había encontrado?
¿Por qué tenía una cicatriz
en la rodilla izquierda? ¿De quién eran
esas fotografías antiguas, en las que veo
siempre un niño parado frente al mar,
siempre solo?
Pero una vez me pareció
que me asaltaba un fugaz rastro del pasado:
alguien se sentó junto a mí, en una
plaza, saludó tocándose el sombrero
y me preguntó cómo estaba Findergan.
No sabía quién podía llamarse así,
aunque -como hago desde no sé cuándo
para recuperar la memoria- escribí ese nombre
en la pared de mi cuarto. Y después de haberlo leído
todo un día y una noche, creí recordar, vagamente,
que era el nombre de un enano que me cuidaba,
en una playa, mientras yo miraba
el horizonte.




(De "La conciencia", Último Reino, 2006)





Todo y todas las cosas


Camino en una noche
Húmeda y salvaje hacia
Un día húmedo y salvaje.
Pero todo está bien
Si alguien canta
su canción
y si alguien come uvas
bajo la lluvia, y ríe.
Hablaremos de esto.
Y años después
Bastará con recordarlo.



El desierto


Te vi avanzar, desde el horizonte.
Eras un punto oscuro, apenas, porque
entre tú y yo estaba el desierto. Cuando
Vemos que alguien avanza hacia nosotros,
en el desierto, su figura se deforma a cada instante.
Se alarga, se desvanece y su cabeza parece
no estar donde debería estar.
Como era mediodía, no tenías sombra,
Y si la hubieras tenido habría sido sólo
La delgada hoja de un puñal en la arena,
de breves y cegadores relámpagos.
Pero podía imaginar tus cabellos negros,
Agitados por el viento ardoroso
Y tu brazalete, con la serpiente enroscada
en la rama del muérdago.
Quizás llegarías al atardecer, o más tarde,
tal vez en la madrugada, de modo que tuve
mucho tiempo para pensar. ¿Esta era la hora
más peligrosa que había vivido?
¿O fue ayer o hace cien años,
cuando desperté después de apagarse
el fuego, en medio de la mortandad,
y sentí la soledad y el silencio atravesándome
de lado a lado?
Podrías llegar en la madrugada, y así sería
preferible. Valoro ahora más los albores,
en los que ya nada humea y
las torres están rodeadas del silencio propio
de fantasmas que se alejan.
Sabría lo he sabido desde hace mucho- qué
te diría, después de mirarte, callado, un largo momento:
-Nada ha cambiado, te diría. Puedes beber
del cántaro, en el que hay agua de la última lluvia.
Cuéntame una historia.



Caravaggio, julio de 1610
(fragmento)


Dejé atrás Ercole. Poco después,
un pantano feroz y apuñalante
me atravesó de lado a lado. Pero
ni el fangoso cerco ni el lirio pútrido
podían más que el filo del silencio en que
se había ahora convertido el mundo,
como en una batalla sin sobrevivientes.
“Soy el hombre más lejano de sí mismo -pensé-,
pero, a la vez, el más cercano y desposeído, cuya piedad
inmisericorde deshace la luz
de los arcángeles y hace huir
en negra nube a demonios que tal vez
han añorado una plegaria de redenciones”.
Sé que al día le sucederá la noche y a la noche
el día, y que el día y la noche serán sólo
huecos por los que pasa el viento, y que el buitre
me mirará atento, eterno en su voluntad ciega, abrasadora.
Mi hogar original se aleja, hoy, para siempre.


 
WILLY G. BOUILLON (ARGENTINA,  contemporáneo)





abril 07, 2011

POEMAS DE EDUARDO ESPÓSITO








CLASE TURISTA


Porque no estamos hechos
de carne ni de sangre como pretendemos
aunque alguno que otro traje parezca desmentirlo
Porque la humedad bisiesta de este pueblo
arropa formas innombrables y mezquinas
Y nuestras lenguas de trapo
achican dos talles en invierno
Y porque el sur también existe
                                  en un afiche al menos
Porque soplamos semillas de amargón cada verano
para que alguien se eleve liviano en sus muñones
así enmohezcan los planos inclinados
Porque rezamos desnudos en las playas
y nadamos vestidos en nuestras sofocadas camas
y vacacionamos de oído
y hacemos de la fiesta una fanfarria
y porque sí
y porque el mar y la montaña
y estas ganas de ser otro
bajo una luna parecida.

                                                                              A Robert F. Young




TV COLOR (CUANDO LOS PÁJAROS SE VAN)


Con la huída de los últimos pájaros
la ciudad perfila su destino sombrío
Es mucho más el cielo en apariencia
aunque se colme de ondas invisibles
de cables y de verbos
La sinfonía plumífera ha cesado
Las antenas
Como una acupuntura cósmica
pulsan la medida azul del aire
Un licor sonoro
                         emborrachante
va descendiendo en el declive de la noche
y el ruido y el pájaro
                                  inmolados juntos
se llevan los secretos
                                del quinto día creativo
para que en la atmósfera intrascendente
de algún living
los pichones del hombre
duerman su sueño eléctrico.

                                                                             A Ray Bradbury



LA REINA DEL AIRE Y LA OSCURIDAD


Lloro
Es la última vez que tendré sexo
Agosto se me viene encima en pleno octubre
con 31 legiones de minutos
y la implacable extrañeza de no saber
Agüita salada en pecas de ángel
lloran también los niños que me antecedieron
Una tristeza de máuseres
dormidos en formol
a la espera del año de las resurrecciones
Y me voy
capricho en retirada
muelle sombra de ocaso en saco roto
Nos sufras por favor
No gimas nunca más
La abuela de la nieve está enseñando

                                                                          
                                                                               A Poul Anderson

                                 


HUEVOS FATÍDICOS

La panza tiesa de los días
se apoya laxa en las comisuras del mundo
Van pasando las horas como imanes
Este naufragio aspira a ser certeza
Se ha borrado la línea divisoria
entre la espiga y el suelo
Ya no hay mar donde empollar
los  fatídicos huevos de la ira
Todo cabe en este caldero de pócimas
                                                     austeras
Y los días
combados por el peso de las revelaciones
aguardan a la sombra nuevas nupcias
Inclemencias montadas por la biología.

                                                                             A Mikhail Bulgakov


LA LUNA ES UNA CRUEL AMANTE


La luna se aleja de la tierra a 38 milímetros por año
3 metros cada siglo y
qué esperamos Amor para dejar las matemáticas y
                                                                el Word
y así salir a acariciarnos
Para untar nuestros dedos en la brillantina
Para abrir nuevos agujeros de gusano
en su cárcel tormentosa hecha de tiempo
No hay arrugas que curar
El miedo nos va tiñendo el pelo
Nos va haciendo parecidos
Esa vieja redonda
guarda un luto de grullas por nosotros
un milagro blando algunas noches
y el sexo carcomido
como un rayo secuestrado en dos espejos
No nos va a esperar
Vendrá a buscarnos la ladrona
y antes de retirarse a su molienda de huesos
ya estaremos deshidratados y en letargo
Casi hermanos de su prueba de exilio.

                                                                           A Robert Heinlein




CALIDOSCOPIO


Me voy cayendo al sol
Todos parecen darse cuenta
La hierba es fina
Mis manos transpiran soledad
                                   ingravidez
La grave-edad desacelera para mí
con su manojo de arrugas
No hay cremas paliativas
para el cansancio de los materiales
Mi cuerpo es un satélite en desuso
Me voy cayendo al sol
como ellos
que encremados de espanto
reparten Pancután y botiquines
Ayer fuimos más que Dios
                              hoy somos pasto
Mis manos queman cromo
La hierba es inasible
                        Y el destino amarillo.

                                                                               A Ray Bradbury


TODA LA CARNE ES HIERBA


Un despertar como de pájaro
en la jaula equivocada
y colas en el super
a la hora en que derrapan
la fiebre y su museo
La casa dada vuelta
uncida a los recuerdos
(un Poseidón henchido de naufragios)

Con el día crujiendo en el rescoldo
Algo en la causalidad cambia de mano
Prolijas/ tempraneras
las hormigas del patio del vecino
me acercan sus carritos
(en furtiva procesión la Reinas Magas)

El bamboleo de la existencia continúa
Como Tarzán en las lianas
Nosotros en los pasamanos
Las culpas repartidas con cada amanecer.

                                                                             A Clifford D. Simak


DOCTOR ISLA


Y no pudiste ver
en el sitio donde estallan las palabras
todos los fuegos encendidos
las coces primarias de la infancia
padres tan inútiles como los candelabros

Te fuiste abroquelando en la orfandad
hasta caer de Ellos
mefítico y ambiguo
hacia el berenjenal del mundo
Y te entregaron a los peces
A los susurros de una hoja
Al juego azul del infortunio

La enfermedad
La cura
lobotomía de un macaco sin sus ganglios
para que seas uno más
ya sano y libre
semejante a tus padres

A padres tan inútiles como los candelabros.

                                                                             A Gene Wolfe






 EDUARDO ESPÓSITO (ARGENTINA, 1956)

abril 05, 2011

"La mujer es arena..."



"La vida es muy difícil. Una mujer es un reloj de arena."  Benjamín Prado 


"Las mujeres se escurren muy fácil." Axel Vender

 

 






"La mujer es arena..." dijo,
como si así justificara el peregrinaje.
Ella le miró los pies,
midió el tamaño de la huella,
el sendero infinito. Pensó
en el ciempiés, labrando duna arriba
 su filigrana.


"...y la arena se vuela".

No dijo una palabra más,
pero detrás de sus ojos llovió
sobre el desierto,
y hubo kilómetros de playa
mojada      sólida
como la mejor roca.









ST



















abril 04, 2011

POEMAS DE JOSÉ LEZAMA LIMA




DOBLE NOCHE

I

La noche no logra terminar,
malhumorada permanece,
adormeciendo a los gatos y a las hojas.
Estar aprisionada entre dos globos de luces
y mantener, como una cabellera
que se esparce infinitamente,
el oscuro capote de su misterio.
La noche nos agarra un pie,
nos clava en un árbol,
cuando abrimos los ojos
ya no podemos ver al gato dormido.
El gato está escarbando la tierra,
ha fabricado un agujero húmedo.
Lo acariciamos con rapidez,
pero ha tenido tiempo para tapar
el agujero. Hace trampa
y esconde de nuevo a la noche.

II

Entré en el cuarto,
no me decidí a encender la luz.
Estaba un hombre sentado en un taburete,
su espalda toda frente a mis ojos.
No lo sentí como extraño
ni alteraba la colocación de los muebles
ni el botón de la luz.
Como en una explicación casi inaudible
dije: Uno.
El otro, con su cuerpo inmovilizado,
moviendo sus labios con sílabas muy lentas,
me respondió: el cuerpo.
Temeroso, con gran culpa, encendí la luz.
El otro seguía en su taburete,
comenzó entonces como un debate ciceroniano
en el senado romano,
golpeando las almohadas con los puños.
El gato absorto y lentísimo
comenzó de nuevo a esconder la noche.




LOS FRAGMENTOS DE LA NOCHE


Cómo aislar los fragmentos de la noche
para apretar algo con las manos,
como la liebre penetra en su oscuridad
separando dos estrellas
apoyadas en el brillo de la yerba húmeda.
La noche respira en una intocable humedad,
no en el centro de la esfera que vuela,
y todo lo va uniendo, esquinas o fragmentos,
hasta formar el irrompible tejido de la noche,
sutil y completo como los dedos unidos
que apenas dejan pasar el agua,
como un cestillo mágico
que nada vacío dentro del río.
Yo quería separar mis manos de la noche,
pero se oía una gran sonoridad que no se oía,
como si todo mi cuerpo cayera sobre una serafina
silenciosa en la esquina del templo.
La noche era un reloj no para el tiempo
sino para la luz,
era un pulpo que era una piedra,
era una tela como una pizarra llena de ojos.
Yo quería rescatar la noche
aislando sus fragmentos,
que nada sabían de un cuerpo,
de una tuba de órgano
sino la sustancia que vuela
desconociendo los pestañeos de la luz.
Quería rescatar la respiración
y se alzaba en su soledad y esplendor,
hasta formar el neuma universal
anterior a la aparición del hombre.
La suma respirante
que forma los grandes continentes
de la aurora que sonríe
con zancos infantiles.
Yo quería rescatar los fragmentos de la noche
y formaba una sustancia universal,
comencé entonces a sumergir
los dedos y los ojos en la noche,
le soltaba todas las amarras a la barcaza.
Era un combate sin término,
entre lo que yo le quería quitar a la noche
y lo que la noche me regalaba.
El sueño, con contornos de diamante,
detenía a la liebre
con orejas de trébol.
Momentáneamente tuve que abandonar la casa
para darle paso a la noche.
Qué brusquedad rompió esa continuidad,
entre la noche trazando el techo,
sosteniéndolo como entre dos nubes
que flotaban en la oscuridad sumergida.
En el comienzo que no anota los nombres,
la llegada de lo diferenciado con campanillas
de acero, con ojos
para la profundidad de las aguas
donde la noche reposaba.
Como en un incendio,
yo quería sacar los recuerdos de la noche,
el tintineo hacia dentro del golpe mate,
como cuando con la palma de la mano
golpeamos la masa de pan.
El sueño volvió a detener a la liebre
que arañaba mis brazos
con palillos de aguarrás.
Riéndose, repartía por mi rostro grandes cicatrices.




UNA BATALLA CHINA


Separados por la colina ondulante,
dos ejércitos enmascarados
lanzan interminables aleluyas de combate.
El jefe, en su tienda de campaña,
interpreta las ancestrales furias de su pueblo.
El otro, fijándose en la línea del río,
ve su sombra en otro cuerpo, desconociéndose.
Las músicas creciendo con la sangre
precipitan la marcha hacia la muerte.
Los dos ejércitos, como envueltos por las nubes,
se adormecen borrando los escarceos temporales.
Los dos jefes se han quedado como petrificados.
Después cuentan las sombras que huyeron del cuerpo,
cuentan los cuerpos que huyeron por el río.
Uno de los ejércitos logró mantener
unida su sombra con su cuerpo,
su cuerpo con la fugacidad del río.
El otro fue vencido por un inmenso desierto somnoliento.
Su jefe rinde su espada con orgullo.



EL PABELLON DEL VACIO


Voy con el tornillo
preguntando en la pared,
un sonido sin color
un color tapado con un manto.
Pero vacilo y momentáneamente
ciego, apenas puedo sentirme.
De pronto, recuerdo,
con las uñas voy abriendo
el tokonoma en la pared.
Necesito un pequeño vacío,
allí me voy reduciendo
para reaparecer de nuevo,
palparme y poner la frente en su lugar.
Un pequeño vacío en la pared.

Estoy en un café
multiplicador del hastío,
el insistente daiquirí
vuelve como una cara inservible
para morir, para la primavera.
Recorro con las manos
la solapa que me parece fría.
No espero a nadie
e insisto en que alguien tiene que llegar.
De pronto, con la uña
trazo un pequeño hueco en la mesa.
Ya tengo el tokonoma, el vacío,
la compañía insuperable,
la conversación en una esquina de Alejandría.
Estoy con él en una ronda
de patinadores por el Prado.
Era un niño que respiraba
todo el rocío tenaz del cielo,
ya con el vacío, como un gato
que nos rodea todo el cuerpo,
con un silencio lleno de luces.

Tener cerca de lo que nos rodea
y cerca de nuestro cuerpo,
la idea fija de que nuestra alma
y su envoltura caben
en un pequeño vacío en la pared
o en un papel de seda raspado con la uña.
Me voy reduciendo,
soy un punto que desaparece y vuelve
y quepo entero en el tokonoma.
Me hago invisible
y en el reverso recobro mi cuerpo
nadando en una playa,
rodeado de bachilleres con estandartes de nieve,
de matemáticos y de jugadores de pelota
describiendo un helado de mamey.
El vacío es más pequeño que un naipe
y puede ser grande como el cielo,
pero lo podemos hacer con nuestra uña
en el borde de una taza de café
o en el cielo que cae por nuestro hombro.

El principio se une con el tokonoma,
en el vacío se puede esconder un canguro
sin perder su saltante júbilo.
La aparición de una cueva
es misteriosa y va desenrollando su terrible.
Esconderse allí es temblar,
los cuernos de los cazadores resuenan
en el bosque congelado.
Pero el vacío es calmoso,
lo podemos atraer con un hilo
e inaugurarlo en la insignificancia.
Araño en la pared con la uña,
la cal va cayendo
como si fuese un pedazo de la concha
de la tortuga celeste.
¿La aridez en el vacío
es el primer y último camino?
Me duermo, en el tokonoma
evaporo el otro que sigue caminando.




AH, QUE TÚ ESCAPES


Ah, que tú escapes en el instante
en el que ya habías alcanzado tu definición mejor.
Ah, mi amiga, que tú no querías creer
las preguntas de esa estrella recién cortada,
que va mojando sus puntas en otra estrella enemiga.
Ah, si pudiera ser cierto que a la hora del baño,
cuando en una misma agua discursiva
se bañan el inmóvil paisaje y los animales más finos:
antílopes, serpientes de pasos breves, de pasos evaporados,
parecen entre sueños, sin ansias levantar
los más extensos cabellos y el agua más recordada.
Ah, mi amiga, si en el puro mármol de los adioses
hubieras dejado la estatua que nos podía acompañar,
pues el viento, el viento gracioso,
se extiende como un gato para dejarse definir.




EL PUERTO


Como una giba que ha muerto envenenada
el mar quiere decirnos ¿cenará conmigo esta noche?
Sentado sobre ese mantel quiere rehusar,
su cabeza no declina el vaivén
de un oleaje que va plegando la orquesta
que sabe colocarse detrás de un árbol o del hombre despedido
por la misma pregunta entornada en la adolescencia.
Un cordel apretado en seguimiento de una roca que fija;
el cordel atensado como una espalda cuando alguien la pisa,
une el barco cambiado de colores con la orilla nocherniega:
un sapo pinchado en su centro, un escualo que se pega con una encina submarina.

La rata pasea por el cordel su oído con un recado.
Un fuego suena en parábola y un ave cae;
el adolescente une en punta el final del fuego
con su chaqueta carmesí, en reflejos dos puntos finales tragicómicos.
La presa cae en el mar o en la cubierta como un sombrero
caído con una piedra encubierta, con una piedra.
Su índice traza, un fuego pega en parábola.
La misma sonrisa ha caído como una medusa en su chaqueta carmesí.

El alción, el paje y el barco mastican su concéntrico.
El litoral y los dientes del marino ejecutan
una oblea paradisíaca para la blancura que puede
enemistarse con el papel traspasado por aquél a otro más cercano.
El barco borra el patio y el traspatio, el fanal es su máscara.
Se quita la máscara, y entonces el fanal.

Se apaga el fanal, pero la máscara explora con una profunda banalidad.
Entra el aceite muerto, los verdinegros alimentos de altamar,
a una bodega para alcanzar la mediada vivaz como un ojo paquidermo.
Como una pena seminal los hombres hispanos y los toros penosos
recuestan su peso en la bodega con los alimentos que alcanzan una medida.
Al atravesar ese hombre hispano y ese toro penoso revientan su concéntrico.
Un fuego pega en parábola y el halcón cae,
pero en la bodega del barco ha hundido lo concéntrico oscuro, penoso,
lo mesurable enmascarado que aleja con un hilo lo que recoge con un hilo.




OCTAVIO PAZ



En el chisporreo del remolino
el guerrero japonés pregunta por su silencio,
le responden, en el descenso a los infiernos,
los huesos orinados con sangre
de la furiosa divinidad mexicana.
El mazapán con las franjas del presagio
se iguala con la placenta de la vaca sagrada.
El pabellón de la vacuidad oprime una brisa alta
y la convierte en un caracol sangriento.
En Río el carnaval tira de la soga
y aparecemos en la sala recién iluminada.
En la Isla de San Luis la conversación,
serpiente que penetra en el costado como la lanza,
hace visible las farolas de la ciudad tibetana
y llueve, como un árbol, en los oídos.
El murciélago trinitario,
extraño sosiego en la tau insular,
con su bigote lindo humeando.
Todo aquí y allí en acecho.
Es el ciervo que ve en las respuestas del río
a la sierpe, el deslizarse naturaleza
con escamas que convocan el ritmo inaugural.
Nombrar y hacer el nombre en la ceguera palpatoria.
La voz ordenando con la máscara a los reyes de Grecia,
la sangre que no se acostumbra a la tenaza nocturnal
y vuelve a la primigenia esfera en remolino.
El sacerdote, dormido en la terraza,
despierta en cada palabra que flecha
a la perdiz caída en su espejo de metal.
El movimiento de la palabra
en el instante del desprendimiento que comienza
a desfilar en la cantidad resistente,
en la posible ciudad creada
para los moradores increados, pero ya respirantes.
Las danzas llegaron con sus disfraces
al centro del bosque, pero ya el fuego
había desarraigado el horizonte.
La ciudad dormida evapora su lenguaje,
el incendio rodaba como agua
por los peldaños de los brazos.
La nueva ordenanza indescrifrable
levantó la cabeza del náufrago que hablaba.
Sólo el incendio espejeaba
el tamaño silencioso del naufragio.




UNA FRAGATA, CON LAS VELAS DESPLEGADAS


Las velas se vuelven
picoteadas por un dogo de niebla.
Giran hasta el guiñapo,
donde el gran viento les busca las hilachas.
Empieza a volver el círculo
de aullidos penetrantes,
los nombres se borran, un pedazo
de madera ablandada por las aguas,
contornea el sexo dormilón del alcatraz.
La proa fabrica un abismo
para que el gran viento le muerda los huesos.
Crecen los huesos abismados,
las arenas calientan
las piedras del cuerpo en su sueño
y los huevos con el reloj central.
El alción se envuelve en las velas,
entra y sale en la blasfemia neblinosa.
Parece con su pico
impulsar la rotación de la fragata.
Gira el barco hacia el centro
del guiñapo de seda.
Sopladas desde abajo
las velas se despedazan
en la blancura transparente del oleaje.
Una fragata
con todas sus velas presuntuosas,
gira golpeada por un grotesco Eolo,
hasta anclarse en un círculo,
azul inalterable con bordes amarillos,
en el lente cuadriculado de un prismático.
Allí se ve una fingida transparencia,
la fragata, amigada con el viento,
se desliza sobre un cordel de seda.
Los pájaros descansan
en el cobre tibio de la proa,
uno de ellos, el más provocativo,
aletea y canta.
Encantada cola de delfín
muestra la torrecilla en su creciente.
Hoy es un grabado
en el tenebrario de un aula nocturna.
Cuando se tachan las luces
comienza de nuevo su combate sin saciarse,
entre el dogo de nieblas y la blancura
desesperadamente sucesiva del oleaje.




RAPSODIA PARA EL MULO


Con qué seguro paso el mulo en el abismo.

Lento es el mulo. Su misión no siente.
Su destino frente a la piedra, piedra que sangra
creando la abierta risa en las granadas.
Su piel rajada, pequeñísimo triunfo ya en lo oscuro,
pequeñísimo fango de alas ciegas.
La ceguera, el vidrio y el agua de tus ojos
tienen la fuerza de un tendón oculto,
y así los inmutables ojos recorriendo
lo oscuro progresivo y fugitivo.
El espacio de agua comprendido
entre sus ojos y el abierto túnel,
fija su centro que le faja
como la carga de plomo necesaria
que viene a caer como el sonido
del mulo cayendo en el abismo.

Las salvadas alas en el mulo inexistentes,
más apuntala su cuerpo en el abismo
la faja que le impide la dispersión
de la carga de plomo que en la entraña
del mulo pesa cayendo en la tierra húmeda
de piedras pisadas con un nombre.
Seguro, fajado por Dios,
entra el poderoso mulo en el abismo.

Las sucesivas coronas del desfiladero
-van creciendo corona tras corona-
y allí en lo alto la carroña
de las ancianas aves que en el cuello
muestran corona tras corona.

Seguir con su paso en el abismo.
Él no puede, no crea ni persigue,
ni brincan sus ojos
ni sus ojos buscan el secuestrado asilo
al borde preñado de la tierra.
No crea, eso es tal vez decir:
¿No siente, no ama ni pregunta?
El amor traído a la traición de alas sonrosadas,
infantil en su oscura caracola.
Su amor a los cuatro signos
del desfiladero, a las sucesivas coronas
en que asciende vidrioso, cegato,
como un oscuro cuerpo hinchado
por el agua de los orígenes,
no la de la redención y los perfumes.
Paso es el paso del mulo en el abismo.

Su don ya no es estéril: su creación
la segura marcha en el abismo.
Amigo del desfiladero, la profunda
hinchazón del plomo dilata sus carrillos.

Sus ojos soportan cajas de agua
y el jugo de sus ojos
-sus sucias lágrimas-
son en la redención ofrenda altiva.
Entontado el ojo del mulo en el abismo
y sigue en lo oscuro con sus cuatro signos.
Peldaños de agua soportan sus ojos,
pero ya frente al mar
la ola retrocede como el cuerpo volteado
en el instante de la muerte súbita.
Hinchado está el mulo, valerosa hinchazón
que le lleva a caer hinchado en el abismo.
Sentado en el ojo del mulo,
vidrioso, cegato, el abismo
lentamente repasa su invisible.
En el sentado abismo,
paso a paso, sólo se oyen,
las preguntas que el mulo
va dejando caer sobre la piedra al fuego.

Son ya los cuatro signos
conque se asienta su fajado cuerpo
sobre el serpentín de calcinadas piedras.
Cuando se adentra más en el abismo
la piel le tiembla cual si fuesen clavos
las rápidas preguntas que rebotan.
En el abismo sólo el paso del mulo.
Sus cuatro ojos de húmeda yesca
sobre la piedra envuelven rápidas miradas.
Los cuatro pies, los cuatro signos
maniatados revierten en las piedras.
El remolino de chispas sólo impide
seguir la misma aventura en la costumbre.
Ya se acostumbra, colcha del mulo,
A estar clavado en lo oscuro sucesivo;
a caer sobre la tierra hinchado
de aguas nocturnas y pacientes lunas.
En los ojos del mulo, cajas de agua.
Aprieta Dios la faja del mulo
y lo hincha de plomo como premio.
Cuando el gamo bailarín pellizca el fuego
en el desfiladero prosigue el mulo
avanzando como las aguas impulsadas
por los ojos de los maniatados.
Paso es el paso del mulo en el abismo.

El sudor manando sobre el casco
ablanda la piedra entresacada
del fuego no en las vasijas educado,
sino al centro del tragaluz, oscuro miente.
Su paso en la piedra nueva carne
formada de un despertar brillante
en la cerrada sierra que oscurece.
Ya despertado, mágica soga
cierra el desfiladero comenzado
por hundir sus rodillas vaporosas.
Ese seguro paso del mulo en el abismo
suele confundirse con los pintados guantes de lo estéril.
Suele confundirse con los comienzos
de la oscura cabeza negadora.
Por ti suele confundirse, descastado vidrioso.

Por ti, cadera con lazos charolados
que parece decirnos yo no soy y yo no soy,
pero que penetra también en las casonas
donde la araña hogareña ya no alumbra
y la portátil lámpara traslada
de un horror a otro horror.
Por ti suele confundirse, tú vidrio descastado,
que paso es el paso del mulo en el abismo.

La faja de Dios sigue sirviendo.
Así cuando sólo no es chispas, la caída
sino una piedra que volteando
arroja el sentido como pelado fuego
que en la piedra deja sus mordidas intocables.
Así contraída la faja, Dios lo quiere,
la entraña no revierte sobre el cuerpo,
aprieta el gesto posterior a toda muerte.
Cuerpo pesado, tu plomada entraña,
inencontrada ha sido en el abismo,
ya que cayendo, terrible vertical
trenzada.de luminosos puntos ciegos,
aspa volteando incesante oscuro,
has puesto en cruz los dos abismos.

Tu final no siempre es la vertical de dos abismos.
Los ojos del mulo parecen entregar
a la entraña del abismo, húmedo árbol.
Árbol que no se extiende en acanalados verdes
sino cerrado como la única voz de los comienzos.
Entontado, Dios lo quiere,
el mulo sigue transportando en sus ojos
árboles visibles y en sus músculos
los árboles que la música han rehusado.
Árbol de sombra y árbol de figura
han llegado también a la última corona desfilada.
La soga hinchada transporta la marea
y en el cuello del mulo nadan voces
necesarias al pasar del vacío al haz del abismo.

Paso es el paso, cajas de agua, fajado por Dios
el poderoso mulo duerme temblando.
Con sus ojos sentados y acuosos,
al fin el mulo árboles encaja en todo abismo.




MUERTE DE NARCISO


Dánae teje el tiempo dorado por el Nilo,
envolviendo los labios que pasaban
entre labios y vuelos desligados.
La mano o el labio o el pájaro nevaban.
Era el círculo en nieve que se abría.
Mano era sin sangre la seda que borraba
la perfección que muere de rodillas
y en su celo se esconde y se divierte.

Vertical desde el mármol no miraba
la frente que se abría en loto húmedo.
En chillido sin fin se abría la floresta
al airado redoble en flecha y muerte.
¿No se apresura tal vez su fría mirada
sobre la garza real y el frío tan débil
del poniente, grito que ayuda la fuga
del dormir, llama fría y lengua alfilereada?

Rostro absoluto, firmeza mentída del espejo.
El espejo se olvida del sonido y de la noche
y su puerta al cambiante pontífice entreabre.
Máscara y río, grifo de los sueños.
Frío muerto y cabellera desterrada del aire
que la crea, del aire que le miente son
de vida arrastrada a la nube y a la abierta
boca negada en sangre que se mueve.

Ascendiendo en el pecho sólo blanda,
olvidada por un aliento que olvida y desentraña.
Olvidado papel, fresco agujero al corazón
saltante se apresura y la sonrisa al caracol.
La mano que por el aire líneas impulsaba,
seca, sonrisas caminando por la nieve.
Ahora llevaba el oído al caracol, el caracol
enterrando firme oído en la seda del estanque.

Granizados toronjiles y ríos de velamen congelados,
aguardan la señal de una mustia hoja de oro,
alzada en espiral, sobre el otoño de aguas tan hirvientes.
Dócil rubí queda suspirando en su fuga ya ascendiendo.
Ya el otoño recorre las islas no cuidadas, guarnecidas
islas y aislada paloma muda entre dos hojas enterradas.
El río en la suma de sus ojos anunciaba
lo que pesa la luna en sus espaldas y el aliento que en halo convertía.

Antorchas como peces, flaco garzón trabaja noche y cielo,
arco y cestillo y sierpes encendidos, carámbano y lebrel.
Pluma morada, no mojada, pez mirándome, sepulcro.
Ecuestres faisanes ya no advierten mano sin eco, pulso desdoblado:
los dedos en inmóvil calendario y el hastío en su trono cejijunto.
Lenta se forma ola en la marmórea cavidad que mira 

por espaldas que nunca me preguntan, en veneno
que nunca se pervierte y en su escudo ni potros ni faisanes.

Como se derrama la ausencia en la flecha que se aísla
y como la fresa respira hilando su cristal,
así el otoño en que su labio muere, así el granizo
en blando espejo destroza la mirada que le ciñe,
que le miente la pluma por los labios, laberinto y halago
le recorre junto a la fuente que humedece el sueño.
La ausencia, el espejo ya en el cabello que en la playa
extiende y al aislado cabello pregunta y se divierte.

Fronda leve vierte la ascensión que asume.
¿No es la curva corintia traición de confitados mirabeles,
que el espejo reúne o navega, ciego desterrado?
¿Ya se siente temblar el pájaro en mano terrenal?
Ya sólo cae el pájaro, la mano que la cárcel mueve,
los dioses hundidos entre la piedra, el carbunclo y la doncella.
Si la ausencia pregunta con la nieve desmayada,
forma en la pluma, no círculos que la pulpa abandona sumergida.

Triste recorre -curva ceñida en ceniciento airón-
el espacio que manos desalojan, timbre ausente
y avivado azafrán, tiernos redobles sus extremos.
Convocados se agitan los durmientes, fruncen las olas
batiendo en torno de ajedrez dormido, su insepulta tiara.
Su insepulta madera blanda el frío pico del hirviente cisne.
Reluce muelle: falsos diamantes; pluma cambiante: terso atlas.
Verdes chillidos: juegan las olas, blanda muerte el relámpago en sus venas.

Ahogadas cintas mudo el labio las ofrece.
Orientales cestillos cuelan agua de luna.
Los más dormidos son los que más se apresuran,
se entierran, pluma en el grito, silbo enmascarado, entre frentes y garfios.
Estirado mármol como un río que recurva o aprisiona
los labios destrozados, pero los ciegos no oscilan.
Espirales de heroicos tenores caen en el pecho de una paloma
y allí se agitan hasta relucir como flechas en su abrigo de noche.

Una flecha destaca, una espalda se ausenta.
Relámpago es violeta si alfiler en la nieve y terco rostro.
Tierra húmeda ascendiendo hasta el rostro, flecha cerrada.
Polvos de luna y húmeda tierra, el perfil desgajado en la nube que es espejo.
Frescas las valvas de la noche y límite airado de las conchas
en su cárcel sin sed se destacan los brazos,
no preguntan corales en estrías de abejas y en secretos
confusos despiertan recordando curvos brazos y engaste de la frente.

Desde ayer las preguntas se divierten o se cierran
al impulso de frutos polvorosos o de islas donde acampan
los tesoros que la rabia esparce, adula o reconviene.
Los donceles trabajan en las nueces y el surtidor de frente a su sonido
en la llama fabrica sus raíces y su mansión de gritos soterrados.
Si se aleja, recta abeja, el espejo destroza el río mudo.
Si se hunde, media sirena al fuego, las hilachas que surcan el invierno
tejen blanco cuerpo en preguntas de estatua polvorienta.

Cuerpo del sonido el enjambre que mudos pinos claman,
despertando el oleaje en lisas llamaradas y vuelos sosegados,
guiados por la paloma que sin ojos chifla,
que sin clavel la frente espejo es de ondas, no recuerdos.
Van reuniendo en ojos, hilando en el clavel no siempre ardido
el abismo de nieve alquitarada o gimiendo en el cielo apuntalado.
Los corceles si nieve o si cobre guiados por miradas la súplica
destilan o más firmes recurvan a la mudez primera ya sin cielo.

La nieve que en los sistros no penetran, arguye
en hojas, recta destroza vidrio en el oído,
nidos blancos, en su centro ya encienden tibios los corales,
huidos los donceles en sus ciervos de hastío, en sus bosques rosados.
Convierten si coral y doncel rizo las voces, nieve los caminos,
donde el cuerpo sonoro se mece con los pinos, delgado cabecea.
Más esforzado pino, ya columna de humo tan agudo
que canario es su aguja y surtidor en viento desrizado.

Narciso, Narciso. Las astas del ciervo asesinado
son peces, son llamas, son flautas, son dedos mordisqueados.
Narciso, Narciso. Los cabellos guiando florentinos reptan perfiles,
labios sus rutas, llamas tristes las olas mordiendo sus caderas.
Pez del frío verde el aire en el espejo sin estrías, racimo de palomas
ocultas en la garganta muerta: hija de la flecha y de los cisnes.
Garza divaga, concha en la ola, nube en el desgaire, 

espuma colgaba de los ojos, gota marmórea y dulce plinto 
no ofreciendo.

Chillidos frutados en la nieve, el secreto en geranio convertido.
La blancura seda es ascendiendo en labio derramada,
abre un olvido en las islas, espadas y pestañas vienen
a entregar el sueño, a rendir espejo en litoral de tierra y roca impura.
Húmedos labios no en la concha que busca recto hilo,
esclavos del perfil y del velamen secos el aire muerden
al tornasol que cambia su sonido en rubio tornasol de cal salada,
busca en lo rubio espejo de la muerte, concha del sonido.
Si atraviesa el espejo hierven las aguas que agitan el oído.
Sí se sienta en su borde o en su frente el centurión pulsa en su costado.
Si declama penetra en la mirada y se fruncen las letras en el sueño.
Ola de aire envuelve secreto albino, piel arponeada,
que coloreado espejo sombra es del recuerdo y minuto del silencio.
Ya traspasa blancura recto sinfín en llamas secas y hojas lloviznadas.
Chorro de abejas increadas muerden la estela, pídenle el costado.
Así el espejo averiguó callado, así Narciso en pleamar fugó sin alas.





JOSÉ LEZAMA LIMA (Cuba, 1910-1976)


abril 03, 2011

POEMAS DE VASKO POPA




Negra sea tu lengua negro tu mediodía negra tu esperanza
Sea todo negro menos mi honor blanco
Esté mi lobo en tu garganta

Sea la tormenta tu lecho
mi miedo la almohada
ancho tu campo de desasosiego

tu aliento de fuego tus dientes de cera
Ahora mastica glotón
Mastica cuanto quieras

Sordo sea tu viento sordo sordas flores de ceguera
Sea todo sordo menos mi fuerte rechinar de dientes
Mi halcón esté en tu corazón

Terror tu madre sea desolación


***


He borrado tu cara de mi cara
He rasgado tu sombra de mi sombra

Allanado en ti las colinas
Convertido en montes tus llanuras

He desnortado en ti las estaciones
He puesto boca abajo todo el mundo desde ti en torno a ti
He enrollado el camino de mi vida

Mi impenetrable mi imposible camino

Ahora, precisamente, intenta encontrarme




UN DRAGÓN EN EL VIENTRE


Un fiero dragón en el vientre
En el dragón una roja cueva
En la cueva un cordero blanco

Alimentamos el dragón con tierra
Lo queríamos domar
Y robar el antiguo cielo

Nos quedamos sin tierra
No sabíamos dónde ir luego
Montamos en la cola del dragón

El dragón nos miró furioso
Nos dio miedo nuestro propio rostro
En los ojos del dragón

Saltamos a las fauces del dragón
Nos agachamos detrás de sus dientes

Y esperamos que el fuego nos salvara





UNA PALOMA EN LA CABEZA




Una paloma transparente en la cabeza
En la paloma un arca de cerámica
En el arca un mar muerto
En el mar una maravillosa luna

Partimos la paloma
Hicimos pedazos el arca
Partimos el mar muerto

Acometimos el mar
Llegamos al fondo
Hondo bajo el fondo
Vimos la paloma transparente
Y en ella una joven luna

Llegamos a la superficie

Alto sobre la superficie
De nuevo vimos la paloma
En ella una luna llena

Empezamos a beber el mar muerto





NADA




 

Nada estabas dormida
Y soñabas que eras algo

En el algo prendió fuego
la llama se retorció
En agonías ciegas

Tú despertaste nada
Y calentaste tu dorso
Con la llama del sueño

No viste la agonía de la llama
Mundos enteros de agonía
Miope es tu espalda

Nada te dormiste de nuevo
Y soñaste que eras nada

La llama se apagó
Sus agonías recibieron su mirada
Y también ellas dichosas se apagaron











SALIDA LOCA



Ellos me asustan diciendo 
Hay un tornillo suelto en mi cabeza 
Ellos me asustan más diciendo 
Me enterrarán 
En una caja con los tornillos
                                                         sueltos
Ellos me asustan pero poco se dan cuenta 
Que mis tornillos sueltos
Los asustan mucho más
El loco feliz de nuestra calle 
De mí también se jacta.  





LA TUMBA DE RASTKO PETROVICH 



Una vieja que limpia la casa desde el pasado 
Oyó que yo había visitado 
La Tumba de Rastko en Rock Creek 
Un cementerio en Washington 
Yo hago pasteles -ella dice 
Todos los años en días festivos
Y enciendo velas  
Para mi muerto en el viejo país 
Y para los indios de Osceola 
Desde que mis vecinos me dijeron 
Está su cementerio
Debajo de todo este bloque de casas 
Ahora yo haré lo necesario 
Para ese poeta también serbio 
Él a nadie tiene aquí.



DEJATE IR



Fuera de mi infinidad amurallada 
Fuera del astro-anillo que ronda mi cabeza 
Fuera de mi boca llena de sol 
Fuera del mar risible de mi sangre 
Fuera de mi flujo, de mi menguante, 
Sal de mi silencio encallado 
Vete de mí -dijo 
Vete 
Fuera de la quiebra de mi vida 
Del padre-árbol dentro de mí severo
Vete Cuánto tiempo debo gritar ¡FUERA! 
Sal de mi cabeza estallando 
Vete
Simplemente vete.



ANTES DEL JUEGO



Cierra un ojo y luego el otro  
Atisba en cada esquina de ti mismo  
Mira que no hay una
                               uña
                               un ladrón  
Observa que no hay huevos de  ningún cuco  
Cierra el otro ojo entonces  
Acuclíllate y salta  
Salta alto alto alto  
Sobre ti mismo  
Déjate caer entonces con todo tu peso  
Cae durante días interminables
Profundo profundo profundo  
Al fondo de tu abismo  

Quien no se rompa en pedazos  
Quién permanezca ileso y todo
                                 entero en alto
Juega.  





EN LA ALDEA DE MIS ANCESTROS



Alguien me abraza
Alguien me mira con los ojos de un lobo
Alguien se quita el sombrero
para que pueda reconocer mejor su aspecto

Cada uno me pregunta
sabes cómo estoy unido a ti

Desconocidos ancianos y mujeres
se apropian los nombres
de muchachos y muchachas de mi memoria

Le pregunto a uno de ellos
dime por amor de Dios
si George el Lobo todavía vive

Ese soy yo, responde desde un
mundo casi venidero

Yo toco sus mejillas con mi mano
y le imploro con mis ojos
que me diga también si todavía
yo vivo.









CANCIÓN DE LA JOVEN VERDAD



Cantaba la verdad en lo oscuro
En la cumbre del tilo en medio del corazón

El sol madurará decía
En la cumbre del tilo en medio del corazón
Si los ojos lo iluminan

Nos reímos de la canción
Atrapamos y sujetamos la verdad
Y bajo el tilo la degollamos

Los ojos estaban ocupados
Afuera en otra oscuridad
Y nada vieron




EL TILO EN MEDIO DEL CORAZÓN



El tilo florecido en medio del corazón
Bajo el tilo sepultado un perol
En el perol doce nubes
En las nubes el joven sol

Cavamos por el perol en el corazón
Exhumamos doce nubes
El perol huyó con el sol
De una hondura a otra

Con los ojos absortos miramos la última hondura
Más profunda que la propia vida
Dejamos de cavar

Talamos el tilo para calentarnos
Hacía frío en torno al corazón




2



Me he extendido ante ti
Lobo cojo

Reposo entre tus estatuas
Deformadas e incendiadas
Y revestidas de barro

He caído entre ellas
Con el rostro en tus sacras ortigas
Y con ellas ardo

Mi boca está llena
De su carne de madera
Y de sus cejas doradas

Me he extendido ante ti
Dime con un chirrido que me levante
Lobo cojo



4



Vuelve tu mirada hacia mí
Lobo cojo

Y aliéntame con el fuego de tus fauces
Para que cante a tu nombre

Con la remota lengua de tilo

Traza en mi frente con tu garra
Dibujos y líneas celestiales
Para que llegue a ser intérprete de tu silencio

Y muérdeme la mano izquierda
Para que me reverencien tus lobos
Y me proclamen su pastor

Vuelve tu mirada hacia mí
Y no fijes los ojos en tu derribada estatura
Lobo cojo




ESTIRPE LOBUNA




Bajo los tilos en el Banato
Mi bisabuelo Ilia Luca Morun
Encontró dos lobitos

Los cargó entre las orejas del asno
Y los llevó a la granja

Los alimentó con la leche de oveja
Y les enseño a jugar
Con los corderos

Ya fuertes los llevó
Al mismo lugar bajo los tilos
Y allí los besó y rebautizó

Desde la infancia espero
Que el número de mis años
Se iguale al de mi bisabuelo

Para preguntarle entonces
Cuál de esos dos lobitos
Era yo





LA CASA




Acompañado por el primer sol invernal
Vino a visitarnos Agim
Segador de algún sitio de Príshtina

Nos trajo dos manzanas rojas
Envueltas en un pañuelo
Y la noticia de que tiene casa

Finalmente Agim tienes un techo

No tengo techo
Se lo llevó el viento

Tienes tal vez puertas y ventanas

No tengo ni puertas ni ventanas
Me las arrebató el invierno

Tienes al menos cuatro paredes

Tampoco tengo las cuatro paredes
Tengo sólo la casa te he dicho
Para lo demás me será fácil





LECTURA DEL MIEDO




Con miedo abro la carta
De mi conocido extranjero
La primera en treinta años

Con miedo aún mayor leo

Nos parece
Que nada se mueve aquí

Pero también así
Se puede vivir
Sólo que nosotros no lo sabíamos
Y nos moríamos de miedo





DEBATE SOBRE EL ROCÍO




El discípulo de Fulcanelli
Me enseña su horno Atanor

Tomándome de la mano
Me saca de su taller
Y me conduce al jardín

Me muestra la hierba
De la cual quita el rocío
Para preparar la Obra maestra

Se acerca a mi oído

Predican que el agua es H2O
Y no sueñan que las nubes
Son también planetas




TILOS REPATRIADOS




Mi conciudadano albañil
No puede olvidar la tala
De árboles en su calle
Con sus manos se cubre los ojos

En el sueño me atacan pájaros
Cuyas alas son hojas de tilo




(de: “Poesía”, Fondo de Cultura Económica -1985)
Traducción: Juan Octavio Prenz





VASKO POPA (Васко Попа. Serbia, 1922-1991)