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diciembre 11, 2010

POEMAS DE OSIP MANDELSTAM



 


 
Sin creer en el milagro de la resurrección...


Sin creer en el milagro de la resurrección
paseábamos nosotros por el camposanto.
—¿Sabes? Esta tierra me trae recuerdos
de aquellas colinas
..........................................
..........................................
donde se despeña Rusia
sobre un mar negro y sordo.


Por las pendientes del monasterio
se extiende un ancho prado.
Yo nunca quise ir al sur
desde las afueras de Vladímir.
Pero quedarse en este lugar sombrío
y piadoso, perdido en medio del bosque,
con esa monja tenebrosa,
significaba la desgracia.


Beso este codo bronceado
y una parte de la cérea frente.
Lo sé: se quedó pálida
bajo el mechón dorado
de los cabellos morenos.
Beso la muñeca, que aún conserva
la marca del brazalete.
El tórrido verano de Táuride
obra tales milagros.


Cuando te bronceaste
y al pobre Jesús fuiste a visitar,
besándolo continuamente,
estabas ya orgullosa en Moscú.
Sólo nos queda un nombre:
un sonido milagroso, por mucho tiempo.
Acepta, pues, esta arena
que con mis palmas ahora vierto en tus manos.

1916

Esta noche es irremediable...

Esta noche es irremediable.
Pero en vuestra casa aún hay luz.
A las puertas de Jerusalem
salió un sol negro.


El sol amarillo es más terrible,
–duerme, mi niño, duerme–,
en un luminoso templo los judíos
dieron sepultura a mi madre.


Sin la bendición divina,
excluidos del sacerdocio,
en un luminoso templo los judíos
oficiaron una misa por la difunta.


y sobre mi madre resonaron
las voces de los hijos de Israel.
Me desperté en la cuna,
alumbrado por un sol negro.

1916

Solominka

                1


Cuando no duermes, Solominka, en tu
    inmenso tálamo
y aguardas, insomne, que, alta y grave
una pesadez tranquila —que puede ser triste—
descienda desde el techo a tus leves ojos.


Pajita sonora, brizna de paja seca,
bebiste la muerte y te hiciste más tierna,
al quebrar la dulce pajita inerte.
No, Salomé, no, sino una brizna de paja.


En las horas de insomnio los objetos pesan más
y aparentan ser menos: así es el silencio.
Refulgen en el espejo las almohadas, llenas de
      blancura,
y en un torbellino se refleja la cama.


No, no es Solominka de solemne satén,
en la inmensa alcoba, sobre el negro Neva.
Doce meses cantan la hora fatal,
en el aire vaga un pálido hielo azul.


Diciembre exhala solemne su hálito,
como si en la habitación fluyera el pesado Neva.
No, no es Solominka, sino Ligeia, una lenta
       muerte.
Os enseñé palabras dichosas.

                    2


Os enseñé palabras dichosas:
Lenore, Solominka, Ligeia, Serafita.
En la inmensa alcoba, el pesado Neva
y sangre azul que mana del granito.


El solemne diciembre refulge sobre el Neva.
Los doce meses cantan la hora fatal.
No, no es Solominka de solemne satén
quien siente un lento y fatigoso sosiego.


En mi sangre vive la Ligeia de diciembre,
cuyo amor solemne reposa en el sarcófago.
y esa Solominka, puede ser Salomé,
muerta de pena, ya no volverá.

1916


El decembrista


—¡Que el senado pagano sea testigo!—
¡Estos hechos no mueren!
Encendió la pipa y se abrochó la blusa.
Al lado juegan al ajedrez.


Trocó su sueño ambicioso por una cabaña
en los sórdidos confines de Siberia
y una pipa adornada en su boca mordaz,
que clamó la verdad en el mundo de la pena.


Chapotearon por vez primera las barcas germana
Europa lloraba cautiva,
y las negras cuadrigas se encrespaban
en las vueltas triunfales.


En los vasos flambeaba a menudo el ponche azul.
Y con el gran rumor del samovar
en voz muy baja hablaba la amiga renana,
guitarra amante de la libertad.


—¡Aún suscita vivas voces
la dulce libertad del ciudadano!
Pero los ciegos cielos no quieren sacrificios:
son más seguros el trabajo y la constancia.


Todo se ha enredado, y no hay nadie a quien decir
que el frío poco a poco invade todo.
Todo se ha enredado, y es dulce repetir:
Rusia, Leteo, Lorelei.

1917


Tristia



Estudié la ciencia de la despedida
en las calvas quejas de la noche.
Rumian los bueyes y la espera se alarga,
la última hora de las vigilias de la ciudad.
Sigo el rito de esta noche del gallo,
cuando, tras llevar una penosa carga,
los ojos llorosos miraron a lo lejos,
y lágrimas de mujer se mezclaron con el canto de
    las musas.


¿Quién puede saber al oír la palabra «despedida»
qué separación nos aguarda?
¿Qué nos anuncia el canto del gallo
cuando la llama arde en la Acrópolis?
Y en la aurora de una nueva vida,
cuando en el zaguán perezosamente rumia el buey,
¿por qué el gallo, heraldo de la nueva vida,
en la muralla de la ciudad agita sus alas?


Y yo amo el hilo de la costumbre,
se desliza la canoa, susurra el huso.
Mira: a nuestro encuentro, como pluma de cisne
vuela ya, descalza, Delia.
¡Oh, mísera trama de nuestra vida,
donde es tan pobre el lenguaje de la alegría!
Todo pasó antes, todo se repetirá de nuevo.
Y sólo nos es dulce el instante del
   reconocimiento.


Que así sea: una figura transparente
yace inmaculada en el plato,
como la piel tersa de una ardilla.
Una muchacha, inclinada hacia la cera, la
   contempla.


No nos toca adivinar la suerte del Erebo.
Para las mujeres es cera lo que para los hombres
   es cobre.
A nosotros sólo en las batallas nos habla el
   destino,
y a ellas, les es dado morir leyendo el futuro.

1918


En los pétreos contrafuertes del Pireo...


En los pétreos contrafuertes del Pireo
formaron las Musas el primer corro,
para que, como abejas, los líricos ciegos
miel de Jonia nos regalaran.
Y de la burilada frente de la doncella
un frío sublime descendió
para revelar a los biznietos lejanos
las dulces tumbas del archipiélago.


Se apresura la primavera a pisar los prados de Hélade.
Calzó Safo sus mejores sandalias,
y a martillazos las cigarras cincelan,
como canta la canción, una sortija.
Un recio carpintero hizo la casa,
para la boda degollaron todos los gallos.


Y la lenta tortuga-lira
a duras penas, sin dedos, se arrastra,
al sol de Epiro se tumba
y sigilosamente su dorado vientre calienta.
¿Quién la acariciará?
¿Quién la hará dormir?
En sueños espera a Terprandro,
presintiendo acaso el asalto de sus secos dedos.


De la fría fuente abreva la encina,
la hierba desnuda rumorea,
y para deleite de las avispas exhala la pulmonaria.
Dónde estáis, islas sagradas,
donde no se come pan partido,
y sólo hay miel, vino y leche,
donde la ruidosa labor no aflige al cielo,
y la rueda suavemente gira.

1919


Hacia la tierra vacía, cojeando sin querer...

            

               I


 Hacia la tierra vacía, cojeando sin querer,
con desigual y dulce paso
ella camina, adelantándose apenas
a su rápida amiga y al joven que le lleva un año.
La arrastra la libertad oprimida
del defecto que la anima.
Y parece que una clara sospecha
no quiere detenerse a su paso.
Esta temprana primavera
es para nosotros madre
de un cuerpo muerto.
Y todo va a comenzar eternamente.

             

             II


Hay mujeres que nacieron en una húmeda tierra.
Cada uno de sus pasos es un sollozo sonoro,
y su vocación, acompañar a los muertos
y ser las primeras en saludar a los que resucitan.
Pedirles caricias es un crimen
y separarse de ellas, imposible.
Hoy ángel y mañana gusano en una tumba
y pasado mañana sólo un contorno difuso.
Lo que fue un paso se hace inaccesible.
Las flores son inmortales. El cielo, denso.
Y el futuro, sólo una promesa.



 4 de mayo de 1937







Traducción de Jesús García Gabaldón
(De Tristia y otros poemas, 1998).


OSIP Emílievich MANDELSTAM (О́сип Эми́льевич Мандельшта́м ) (POLONIA, 1891-1938)


diciembre 05, 2010

MÁS DE HENRY MICHAUX




NOSOTROS DOS AÚN


Aire del fuego, no supiste jugar.
Arrojaste sobre mi casa una tela negra. ¿Qué es esta opacidad en todas partes? Es la opacidad que cubrió mi cielo. ¿Qué es este silencio en todas partes? Es el silencio que hizo callar mi canto.


Para esperar me hubiera bastado con un hilo de agua. Pero te lo llevaste todo. El sonido que vibra me fue quitado.


No supiste jugar. Atrapaste las cuerdas. Pero no supiste jugar. Tapiaste todo en seguida. Rompiste el violín. Arrojaste una llama sobre la piel de seda para hacer un horrible pantano de sangre.


El bienestar reía en su alma. Pero era todo mentira. No fue largo el reír.


Ella estaba en un tren que rodaba hacia el mar. Estaba en un huso que hilaba sobre la roca. Se abalanzaba, aunque inmóvil, hacia la serpiente de fuego que iba a consumirla. Y fue allí, de pronto, cuando sorprendió a la confiada, mientras peinaba sus cabellos, contemplando, en el espejo, su felicidad.


Y cuando vio subir esa llama sobre ella, oh...


Al instante, la copa le fue arrancada. Sus manos ya no han sido nada más. Vio como se la apretaba en un rincón. Se detuvo allí arriba como un enorme tema de meditación por resolver antes que nada. Dos segundos más tarde, dos segundos demasiado tarde, huía hacia la ventana, pidiendo socorro.
Toda la llama entonces la rodeó.


Ella se encuentra ahora en una cama, y su sufrimiento sube hasta el cielo, sin encontrar a Dios y su sufrimiento desciende hasta el fondo del infierno sin hallar al demonio.


El hospital duerme. La quemadura despierta. Su cuerpo, como un parque abandonado.


Defenestrada de sí misma, busca cómo volver a entrar. El vacío por donde deriva no responde a sus movimientos.


Lentamente, en la granja, su trigo arde.


Ciega, a través de la larga barrera del sufrimiento, durante un mes, remonta el río de la vida, natación atroz.
Paciente, en lo innombrable inflado, vuelve a trazar sus formas elegantes, teje de nuevo la camisa de su piel fina. La curación está allí. Mañana cae la última venda. Mañana...


Aire de la sangre, no supiste jugar. Tampoco tú supiste. Arrojaste súbitamente, estúpidamente, tu tonta piedrecilla obstructora a través de una aurora nueva.
Ella ya no encontró lugar en el tiempo. Le fue preciso volverse hacia la muerte.
Apenas si divisó la ruta.
Un segundo abrió el abismo. El siguiente la precipitó en él.


Uno se ha quedado confundido de este lado. No ha habido tiempo para decir hasta luego. No ha habido tiempo para una promesa.
Ella había desaparecido del film de esta tierra.
Lou
Lou
Lou, en el retrovisor de un breve instante
Lou ¿no me ves?
Lou, el destino de estar juntos para siempre
en que tenías tanta fe
¿Y bien?
No vas a ser como las otras que ya nunca más hacen una seña,
sumergidas en el silencio.
No, no debe besarte a ti una muerte para separarte de tu amor.
En la pompa horrible
que te espacia hasta yo no sé qué milésima dilusión
buscas aún, nos buscas lugar
Pero tengo miedo
No hemos tomado bastantes precauciones
Debimos haber sido informados mejor,
Alguien me escribe que tú, mártir, velarás ahora por mí.
¡Oh! Lo dudo.
Cuando toco tu fluido tan delicado, persistente en tu cuarto y tus objetos familiares que aprieto en mis manos
este fluido tenue al que sería preciso proteger para siempre
Oh, lo dudo, dudo y tengo miedo por ti,
impetuosa y frágil, dispuesta a las catástrofes
Con todo, voy a las oficinas en busca de certificados
dilapidando momentos preciosos
que sería preciso emplear antes que nada entre nosotros precipitadamente
mientras tiritas
esperando en tu maravillosa confianza que yo venga a ayudarte a sacarte de allí, pensando "Seguramente vendrá
Habrá podido tener algún percance pero no tardará
Vendrá, yo lo conozco
No va a dejarme sola
No es posible
No va a dejar sola a su pobre Lou..."


Yo no conocía mi vida. Mi vida pasaba a través de ti. Se había vuelto simple, ese gran asunto complicado. Se había vuelto simple a pesar del dolor.
Tu fragilidad: yo era fuerte cuando se apoyaba en mí.


Dime, ¿es que verdaderamente no nos encontraremos nunca más?


Lou, hablo una lengua muerta, ahora que ya no te hablo. Tus grandes esfuerzos de liana en mí, lo ves, han logrado su fin. ¿Lo ves al menos? Es cierto, tú jamás dudaste. Se necesitaba un ciego como yo, se necesitaba tiempo, tu larga enfermedad, tu belleza, resurgiendo de la debilidad y de las fiebres, se necesitaba esta claridad en ti, esta fe, para horadar por fin la pared de la apariencia de su autonomía.


Tarde lo vi. Tarde lo supe. Tarde, aprendí "juntos" aquello que no parecía estar en mi destino. Pero no demasiado tarde. Los años han existido para nosotros, no contra nosotros.


Nuestras sombras respiraban juntas. Bajo nosotros, las aguas del río de los acontecimientos corrían casi en silencio.
Nuestras sombras respiraban juntas, y todo estaba por ellas recubierto.


Tuve frío con tu frío. Bebí sorbos de tu dolor. Nos perdemos en el lago de nuestros intercambios.


Rico de un amor inmerecido, rico que se ignoraba con la inconciencia de los poseedores, he perdido ser amado. Mi fortuna ha quebrado en un día.


Árida, mi vida continúa. Pero no me doy cuenta. Mi cuerpo permanece en tu cuerpo delicioso y en mi pecho hay antenas plumosas que me hacen sufrir con el viento del saqueado. La que ya no está se aleja, y su ausencia devoradora me invade y me consume.


Extraño los días de tu sufrimiento atroz en la cama del hospital, cuando yo llegaba por los corredores nauseabundos, atravesados por gemidos, hasta la momia espesa de tu cuerpo vendado y esperaba emerger de pronto, como el "la" de nuestra alianza, tu voz dulce, musical, contenida, resistiendo con valor la fealdad de la desesperación, cuando, a tu vez, escuchabas mis pasos y murmurabas, libre: "Ah, estás allí".
Yo apoyaba mi mano sobre tu rodilla, por encima del sucio cobertor, y todo desaparecía entonces: el hedor, la horrible indecencia del cuerpo tratado como un barril o como un albañal por seres extraños, atareados y recelosos, todo se deslizaba hacia atrás, dejando que nuestros dos fluidos, a través de los remedios, se encontraran de nuevo, se mezclaran en un aturdimiento del corazón, en el colmo de la amargura, en el colmo de la dulzura.
Las enfermeras, el interno, sonreían; tus ojos llenos de fe apagaban los de los otros.


Aquél que está solo, se vuelve de noche contra la pared para hablarte. Sabe lo que te animaba. Viene de compartir el día. Ha mirado con tus ojos. Ha escuchado con tus oídos. Siempre tiene cosas para ti.


¿No me responderás algún día?


Pero tal vez tu persona se ha vuelto como un aire del tiempo de la nieve, que entra por la ventana, que uno cierra, presa de escalofríos o de un malestar precursor del drama, como me ha ocurrido hace algunas semanas. El frío se echó de pronto sobre mis espaldas, yo me cubrí precipitadamente y me volví cuando eras tú quizás y la más cálida que pudieras darte, esperando ser bien recibida; tú, tan lúcida, no podías expresarte de otra manera. Quién sabe si en este mismo momento no esperas, ansiosa, que yo por fin comprensa, y vaya, lejos de la vida donde ya no estás, a reunirme contigo, pobremente, pobremente, es verdad, sin medios, pero nosotros dos aún, nosotros dos...



PENSAMIENTOS

Pensar, vivir, mar apenas perceptible;
Yo --eso-- tiemblo,
Infinito que incesantemente se estremece.

Sombras de mundos ínfimos,
sombras de sombras,
cenizas de alas.
Pensamientos a nado, esa maravilla,
que se deslizan en nosotros, entre nosotros, lejos de nosotros,
y están lejos de iluminarnos, lejos de penetrar nada de nada;

extraños en nuestras casas,
siempre de buhoneros,
polvos para distraernos y desparramarnos la vida.



UN HOMBRE PERDIDO 

Al salir, me perdí. En seguida fue demasiado tarde para retroceder. Me hallaba en el medio de una planicie. Y por todas partes circulaban grandes ruedas. Su tamaño era cien veces el mío. Y otras eran aún más grandes. Casi sin mirarlas, cuando se acercaban yo bisbiseaba suavemente, como para mí mismo:"Rueda, no me aplastes. Rueda, te lo suplico, no me aplastes. Rueda, por favor, no me aplastes." Llegaban levantando un viento potente y volvían a partir. Yo temblaba. Desde hace meses así:"Rueda, no me aplastes. Rueda, esta vez tampoco me aplastes." ¡Y nadie interviene! ¡Y nada puede detener esto! Permaneceré allí hasta mi muerte.



¿NÁUSEA O ACASO ES LA MUERTE QUE LLEGA?
 

Ríndete, corazón mío.
Hemos luchado bastante,
Que mi vida se detenga,
No hemos sido cobardes,
Hicimos lo que pudimos.

¡Oh, alma mía!
Te vas o te quedas,
Tienes que decidirte,
No palpes así mis órganos,
A veces con atención, otras con extravío,
Te vas o te quedas,
Tienes que decidirte.
Yo ya no puedo más.

Señores de la Muerte
No los maldije ni los aplaudí.
Tengan piedad de mí, viajero de tantos viajes sin maleta,
Sin dueño tampoco, sin riqueza, y la gloria que se fue a otra parte,
Ustedes son ciertamente poderosos y divertidos por encima de todo,
Tengan piedad de este hombre enloquecido que antes
de cruzar la barrera ya les grita su nombre,
Atrápenlo al vuelo,
Y después que se amolde a sus temperamentos y costumbres,
si es posible,
Y si les place ayudarlo, ayúdenlo, se los ruego.


MIS OCUPACIONES

Raras veces puedo ver a alguien sin abofetearlo,
Otros prefieren el monólogo interior. Yo, no. Más me gusta abofetear.
Hay gentes que se sientan frente a mí en el restaurante y no dicen nada; están allí
un buen rato porque han decidido comer.
Ahí tenéis a uno.
Yo me lo atraco, toc.
Me lo reatraco, toc.
Lo cuelgo en la percha.
Lo descuelgo.
Vuelvo a colgarlo,
Lo redescuelgo.
Lo pongo sobre la mesa, lo apilo y lo ahogo.
Lo ensucio, lo inundo.
Y vuelve a vivir.
Entonces lo enjuago, lo estiro (comienzo a enervarme, hay que terminar con él),
lo comprimo, lo aprieto, lo resumo, lo introduzco en mi vaso, arrojo ostensiblemente
el contenido por el suelo y le digo al camarero: "Tráigame un vaso más limpio".
Pero me siento mal; arreglo al punto la cuenta y me voy.


LA SIMPLICIDAD

Lo que ha faltado sobre todo hasta el presente a mi vida, ha sido simplicidad. Poco a poco comienzo cambiar.
Ahora, por ejemplo, siempre que salgo, llevo mi cama conmigo, y cuando una mujer me agrada,
la tomo y me acuesto con ella al instante.
Si sus orejas o su nariz son feas y grandes, se las quito juntamente con la ropa y las pongo
debajo de la cama. Allí las encontrará ella al partir. Sólo guardo lo que me agrada.
Si su ropa interior ganara al ser cambiada, la cambio en seguida. Ese será mi regalo.
Si entretanto veo a otra mujer más agradable que pasa, me excuso ante la primera y la
hago desaparecer inmediatamente.
Personas que me conocen sostienen que no soy capaz de hacer eso que digo; que no tengo
suficiente temperamento para ello. Yo también lo creía así, pero era porque no hacía todo
como se me antojaba.
Ahora, paso siempre muy lindas tardes. (Por la mañana trabajo.)


PERSECUCIÓN

Antes, mis enemigos tenían todavía cierto espesor, pero ahora se vuelven huidizos. Recibo un codazo (todo el santo día ando a los tumbos). Son ellos. Pero se eclipsan como por encanto.
Desde hace tres meses sufro una derrota continua;
enemigos sin rostro; raigambre, verdadera raigambre de enemigos.
Después de todo, ya dominaron mi infancia. Pero... yo me había imaginado que ahora estaría un poco más sosegado.


LA PEREZA
 
El alma adora nadar.
Para nadar es preciso extenderse sobre el vientre. El alma se disloca y huye. Huye nadando. (Si vuestra alma huye cuando os encontráis de pie, o sentados, o con las rodillas o los codos doblados, para cada posición corporal diferente el alma partirá con un modo de andar y una forma también diferentes; esto lo estableceré más tarde).
Se habla a menudo de volar. No es eso. Lo que hace el alma es nadar. Nada como las serpientes y las anguilas; nunca de otro modo.
Numerosas personas tienen así un alma que adora nadar. Se las denomina vulgarmente perezosas. Cuando el alma a través del vientre abandona el cuerpo para nadar, se produce una liberación tal de no sé qué; es como un abandono, como un goce, como una relajación tan íntima...
El alma va a nadar en la caja de la escalera o en la calle, según la timidez o la audacia del hombre, pues siempre guarda un hilo entre ella y él, y si este hilo se rompiese (es a menudo muy delgado aunque se precisaría una fuerza espantosa para romperlo) sería terrible para ambos (tanto para ella como para él).
Cuando se encuentra pues el alma nadando a lo lejos, gracias a este simple hilo que liga al hombre con el alma, se derraman volúmenes y volúmenes de una especie de materia espiritual, como el barro, como el mercurio o como el gas -goce sin fin.
Por eso el perezoso vuélvese cerril. No cambiará nunca. Por eso es también que la pereza es la madre de todos los vicios. ¿Hay acaso algo más egoísta que la pereza?
La pereza tiene también fundamentos que el orgullo no posee.
Pero siempre la gente se encarniza con los perezosos.
Cuando están recostados los golpean, les echan agua fría sobre la cabeza; no les queda otra cosa que apresurarse a hacer regresar su alma. Os miran entonces con esa mirada de odio tan conocida y que observamos particularmente en los niños..


MALDITO

Dentro de seis o más meses, o tal vez mañana, estaré ciego. Es mi triste, mi triste vida
que continúa.
Los que me engendraron lo pagarán, decíame antaño. Pero hasta hoy no han pagado nada todavía. Yo, sin embargo... es preciso que entregue ahora mis ojos. Su pérdida definitiva me liberará de sufrimientos atroces. Es todo cuanto puede decirse.  Una mañana mis pupilas estarán llenas de pus.
Sólo habrá tiempo de intentar inútilmente algunas pruebas con el terrible nitrato de plata, y se acabará con ellos.
Hace nueve años que mi madre me decía: "Preferiría que no hubieras nacido".


SANTO

Merodeando por mi cuerpo maldito llegué a una zona donde las partes verdaderamente mías volvíanse raras y donde, para vivir, era preciso ser santo. Y yo, que en otros tiempos había aspirado sin embargo a tal suerte, ahora que la enfermedad me acorralaba, debatíame y me debato todavía.
Es evidente que de este modo no podré vivir.
Tener una posibilidad de ser santo, ¡vaya!, pero eso de estar aculado a ella, ¡se me hace insoportable!


EN VERDAD

En verdad, cuando digo:
"Grande y fuerte.
"así va el muerto.
"¿Cuál es el vivo
"que haría otro tanto?".
el muerto soy yo.
En verdad, cuando digo:
"No comprometáis a vuestros padres en vuestros asuntos,
"no hay cabida allí para ellos,
"y la mujer que dio a luz ha llegado al extremo de sus fuerzas,
"no hay que exigirle más,
"no hagáis tanta historia, la desdicha es lo más natural",
en verdad, la mujer no soy yo.
Yo soy el buen camino que no hace volver a nadie hacia atrás,
Yo soy el buen puñal que hiende cuanto atraviesa.
Yo soy el que...
Los otros son lo que no...


YO SOY GONG

En el canto de mi cólera hay un huevo,
y en ese huevo está mi madre, mi padre y mis hijos,
y en ese todo hay gozo y tristeza mezclados, y también hay vida.
Grávidas tempestades que me socorristeis,
hermoso sol que me contrarrestaste,
hay odio en mí, fuerte odio y  de muy antigua data,
en cuanto a belleza, veremos más tarde.
No me he endurecido en verdad más que por laminillas;
¡si se supiera cuán meduloso he permanecido en el fondo!
Soy gong y algodón en rama y canto nevado,
lo digo yo, y estoy seguro.


MI DIOS

Había una vez un ratón
y a tal punto debieron maltratarlo;
seré más explícito, era un carnero
y a tal punto debieron aplastarlo,
pero era, lo juro, un elefante
y que, por otra parte, se me comprenda bien,
uno de esos inmensos rebaños de elefantes del África
que nuca están bastante cebados,
y bien, pues, a tal punto lo habían aplastado,
y los ratones lo seguían, y luego los carneros
y a tal punto aplastados,
y también había la canalla
y a tal punto aplastada
y no sólo la canalla
no solamente aplastada... no solamente reconcentrada..
¡Oh peso! ¡Oh aniquilamiento!
¡Oh cáscara de Seres!
¡Rostro impecablemente rapaz de la destrucción!
Jabón perfecto, Dios a quien llamamos a grandes gritos,
Te espera este mundo aisladamente redondo, Te espera.
¡Oh aplastamiento!
¡Oh Dios perfecto!


PISOTEADO

Cuando lo hubieron pisoteado durante diez años;
"Después de todo, dijeron, tenía algunas cualidades,
A partir de hoy, se prohibe a todos pisotearlo"
Se fue levantando poco a poco, porque tenía realmente cualidades.
Pero un domingo, como al pueblo le gusta mucho la juerga, se le permitió que lo pisoteara una vez más.
Y fue en tal forma aplastado ese solo domingo, o talvez ya había perdido esa costumbre, que se sintió más miserable que nunca.
"Después de todo, dijeron, no tenía tantas cualidades"


CAÍDA

Dio un paso en falso y cayó de pronto en el siglo XIII.
¡Ay!, ¿cómo sacarlo de allí?
No atornillábamos, nos desatornillábamos, nos reatornillábamos; no encontrábamos nada.
"Sangre fría, gritaba Jorge, sin lo cual está perdido".


PRECAUCIONES

Es bueno observar, cuando abrimos la ventana, si hay algún avión en las inmediaciones, porque una vez que han entrado, resulta difícil deshacerse de ellos.
Los interrogáis y os contestan: "Piernas fracturadas", y son infinitos cuidaos por todas partes los que hay que tomar, y como ahora se vive en la estrechez, si es preciso todavía hacer abandono de una pieza, la cosa se transforma en una verdadera desesperación.


OTROS CAMBIOS AÚN

A fuerza de sufrir, perdí los límites de mi cuerpo y me desmesuré irresistiblemente.
Fui todas las cosas; sobre todo hormigas, interminablemente una detrás de otra, hormigas laboriosas y sin embargo titubeantes. Aquello era un movimiento loco. Yo debía prestar mucha atención. De pronto advertí que no solamente era las hormigas sino también su camino. Por cuanto de tan desmenuzable y polvoroso que éste era, se puso duro y mi sufrimiento se volvía atroz. Yo esperaba que explotase en cualquier momento y que se proyectase en el espacio. Pero resistió.
Me proponía descansar de cualquier modo sobre otra parte mía, más suave. Esa parte era una selva y el viento la agitaba dulcemente. Pero vino un tempestad y las raíces, a fin de resistir al creciente vendaval, me taladraban. Eso no era nada, pero me forzaron tan profundamente, que era peor que la muerte.
Un desmoronamiento repentino del terreno hizo que una playa entrase en mí. Era una playa de guijarros. Estos se pusieron de pronto a rumiar en mi interior y a clamar por el mar, por el mar.
Mucha veces me transformé en boa y aunque esto resultara muy incómodo por cuanto había que estirarse, me aprestaba a dormir o bien me mudaba en bisonte y me preparaba para pacer, cuando al punto un tifón se me desencadenaba en un hombro y las embarcaciones eran proyectadas en el espacio, los barcos de vapor preguntábanse si llegarían a puerto; sólo se escuchaba S.O.S.
Lamentaba no ser más boa o bisonte cuando poco tiempo después fue preciso que me achicase hasta el punto de caber en un platillo. Los cambios eran siempre bruscos, había que rehacerlo siempre todo y eso no valía la pena porque no duraría más que algunos instantes. Era preciso adaptarse sin embargo a esos cambios siempre bruscos. No cuesta tanto pasar de romboedro a pirámide truncada, pero duele pasar de pirámide truncada a ballena; es preciso saber nadar en seguida, saber respirar y luego, el agua es fría y luego, hay que enfrentarse con los arponeros aunque yo, en cuanto veía un hombre, huía. Pero ocurría que súbitamente era trastrocado en arponero. Entonces debía recorrer una ruta más extensa. Lograba finalmente alcanzar a la ballena, le lanzaba con energía un arpón desde la proa, un arpón bien aguzado y sólido (después de haber hecho amarrar, claro está, y verificar el cable). El arpón partía, entraba profundamente en la carne causando una herida enorme. Era entonces cuando me daba cuenta de que yo era la ballena y esto me proporcionaba una nueva ocasión para padecer, a mí, que no puedo todavía acomodarme al sufrimiento.
Después de una carrera loca perdía de pronto la vida, pero me trocaba al mismo tiempo en barco y  cuando yo era el barco, pueden ustedes creerme, hacía agua por todas partes. Y cuando todo ya andaba de mal en peor, entonces, y esto era seguro, me volvía capitán, trataba de adoptar serenidad de ánimo,  pero estaba en verdad desesperado, y si alguien a pesar de todo, lograba salvarnos, entonces me mudaba en cable, y el cable se rompía, y si una lancha saltaba en pedazos, ocurría que justamente yo era todas las planchas, y me hundía, y trasmutado en equinodermo, esa mutación sólo duraba un segundo, por cuanto, desamparado en medio de los enemigos de quienes no tenía siquiera noticia, éstos me echaban mano en seguida, me comían vivo con esos ojos blancos y feroces que sólo se encuentran bajo el agua, bajo el agua salada del océano que aviva todas las llagas. ¿Quién me dejaría tranquilo, ay, por algún tiempo? Pero no, si no me muevo, me pudro en el lugar, y si me muevo, es para colocarme bajo los azotes de mis enemigos. No me atrevo entonces a hacer ningún movimiento. Me disloco inmediatamente para formar parte de un conjunto barroco viciado por un equilibrio que se pone en evidencia demasiado pronto y en forma demasiado clara.
Si me trocase siempre en animal, concluiría en rigor por acomodarme, puesto que el comportamiento de los animales, tanto como el principio de acción y de reacción de los mismos, son siempre iguales, pero ocurre que soy todavía otras cosas, y si fuese solamente cosas, eso marcharía, pero soy conjuntos de cosas ficticias, e incluso lo impalpable.
¡Qué broma cuando me transformo en rayo! Tengo que andar a los apurones entonces, yo que me arrastro siempre y que nunca me decido a tomar una determinación.
¡Ah, si pudiese morirme de una buena vez! Pero no, siempre se me juzga bueno para una vida nueva y, no obstante, no hago más que meter la pata en ella y conducirla a la perdición.
Pero tampoco esto resulta un obstáculo porque me entregan al punto otra vida en la que mi prodigios incapacidad habrá de manifestarse nuevamente con evidencia.
Sucede también que renazco a veces con cólera...
"¿Eh? ¿Qué se pretende hacer romper en dos pedazos aquí? ¡Fárrago de Taciturnos! ¡Rateros! ¡Atracadores! ¡Porquerías! ¡Macacos! ¡Cuclillos! ¡Soy yo el que está en vuestro nido! ¡Y os digo m.....! ¡Cobardes! ¡Cobardes!"
Pero cuando ocurre que estoy en estado de comprender, nadie me ve, y poco después habrán de transformarme en un ser sin fuerzas.
Y así siempre, y sin tregua.
¡Hay tantos animales, tantas plantas, tantos minerales! y lo he sido ya todo y tantas veces... Pero las experiencias no me sirven para nada. Volviéndome por la trigésima segunda vez clorhidrato de amonio, tengo todavía la tendencia de comportarme como un arsénico, y mudado en perro, mis maneras de pájaro nocturno lo desgarran todo.
Raramente veo alguna cosa sin experimentar ese sentimiento tan especial... Ah, sí, yo he sido ESO... no lo recuerdo exactamente, pero lo siento. Esta es la razón por la cual me agradan tanto las Enciclopedias Ilustradas. Las hojeo y experimento muchas veces vivas satisfacciones porque veo en ellas las foto0grafías de muchos seres que no he sido aún. Eso me tranquiliza, es delicioso y me digo: "¡También hubiera podido ser esto y esto otro y se me ha dispensado de serlo!"  Lanzo entonces un suspiro de alivio. ¡Oh, el reposo!


EL LAGO

Por mucho que se aproximen al lago, los hombres no se volverán por eso ranas o lucios.
Construyen sus viviendas a su alrededor, se meten en el agua constantemente, se vuelven nudistas... No importa. El agua traidora e irrespirable para el hombre, fiel y nutricia para los peces, continuará tratando a los hombres como hombres y a los peces como peces. Y hasta el presente ningún deportista ha podido vanagloriarse de haber sido tratado de un modo diferente.


MI PORVENIR

Acabaré de una vez por alcanzar un país de sonrisas.
Una brisa formada de caricias ya me lleva hacia él.
Se me invita, está ahí, me aguardan, se sabe que llego.
Porvenir, puesto que debes, puesto que vas a invadirme,
lleguemos a tiempo, escucha, más de prisa, acércate, atráeme,
porvenir, puesto que debes, puesto que vienes...


HACIA LA SERENIDAD

Aquel que no acepte este mundo no construirá en él casa alguna. Si siente frío, lo siente sin tener frío. Tiene calor sin calor. Si tala álamos blancos, es como si no talase nada; pero los álamos blancos están ahí, por el suelo, y él recibe el estipendio convenido, o bien sólo recibe golpes. Recibe los golpes como un donativo sin significado, y parte sin asombrarse.
Bebe el agua sin tener sed, se hunde en una roca sin el menos malestar.
Con la pierna fracturada, bajo un camión, conserva su aire habitual y sueña en la paz, en la paz, en la paz tan difícil de obtener, tan difícil de conservar, en la paz...
Sin haber salid nunca, el mundo le es familiar. Conoce bien el mar. El mar está constantemente debajo de él, un mar sin agua, pero no sin olas, pero no sin extensión. Conoce bien los ríos. Los ríos lo vadean constantemente, sin agua pero no sin languidez, pero no sin torrentes repentinos.
Huracanes sin viento lo acometen con furor. La inmovilidad de la Tierra es también la suya. Carreteras, vehículos, rebaños infinitos lo recorren y un enorme árbol sin celulosa, pero muy arraigado, madura en él un fruto amargo, amargo muchas veces, raramente dulce.
Así apartado, siempre solo en cualquier cita, sin retener jamás una mano entre sus manos, sueña, con el anzuelo en el corazón, en la paz, en la condenada paz lancinante, la suya, y en la paz que se dice que está por encima de esa paz.


LA MARCHA SOBRE LAS DOS ORILLAS

Caminar sobre las dos orillas de un río es un penoso ejercicio.
Con frecuencia vemos así a un hombre (estudiante de magia) que remonta un río, caminando sobre una y otra orilla a la vez; de tan preocupado que está, no nos ve. Porque lo que realiza es delicado y no tolera distracción alguna. ¡Pero qué solo podría encontrarse de repente sobre una sola orilla, y qué vergüenza para él, entonces!


TRAJE PARA PRONUNCIAR LA LETRA "R"

Los Magos han concebido un traje para pronunciar la letra "R". Tienen también otro para pronunciar la letra "Vstts". Con las demás letras es fácil arreglárselas, salvo sin embargo con la letra "Khng".
Pero ocurre que el precio de estos tres trajes es considerable. Muchas son las gentes que, careciendo de medios para proporcionárselos, sólo logran farfullar cuando deben pronunciar esas letras; también esto sucede cuando son muy dotadas en magia.


LOS 22 PLIEGUES DE LA VIDA HUMANA

El hijo, el hijo del jefe, el hijo del enfermo, el hijo del labriego, el hijo del necio, el hijo del Mago, nacen con veintidós pliegues. La cuestión es desplegarlos. La vida del hombre entonces se completa. Bajo esa forma muere. No le resta pliegue alguno por desplegar.
Raramente muere el hombre conservando algunos pliegues sin desplegar. Ha ocurrido sin embargo. Paralelamente a esta operación el hombre forma su carozo. Las razas inferiores, como la raza blanca, ven más el carozo que el despliegue. El Mago ve más bien el despliegue.
Sólo el despliegue es importante. Lo demás no es sino epifenómeno.


LOS CÓNYUGES MALAVENIDOS

Los cónyuges malavenidos constituyen un peligro mágico, y se ha visto todas las habitaciones de un pueblo caer hechas polvo, consumidas por la violencia de los sentimientos hostiles de un marido hacia su mujer, sentimientos que trató quizá él mismo de disimular hasta entonces, cuando, en el momento en que el pueblo desmoronábase en polvo, debió rendirse a la evidencia.


EXTRAER EL "PSHI" DE UNA MUJER

El Mago Ani pretende poder extraer el pshi... de la mujer que ansía (el pshi no es el doble) y atraerlo hacia sí. Es posible abstenerse del pshi durante algún tiempo; la mujer no repara desde luego en esa privación. El Mago entonces acaricia el pshi y poco a poco y aunque no sintiendo más que cosas vagas, la mujer se aproxima al lugar donde se encuentra su pshi. Y cuando más adelanta, mejor se siente, hasta que coincide, sin saberlo, con él. En tal circunstancia, el amor del hombre ha penetrado ya en ella.


EMPUÑAR EL PAISAJE

Los Magos sostienen que, en la mayoría de las gentes que observan un paisaje, se forma una cápsula. Esa cápsula no es tan pequeña como se cree y constituye el médium entre el paisaje y el contemplador. Si el contemplador pudiese arrancar esa cápsula y llevársela consigo volveríase inconmensurablemente dichoso, conquistaría el paraíso en la tierra.
Pero para ello es preciso una delicadeza extrema, una fuerza prodigiosa y saber lo que se hace. Es como arrancar de un golpe un árbol con todas sus raíces. Los espíritus malignos que utilizan por doquier medios nemotécnicos, representaciones gráficas, comparaciones, análisis y brutalidades sobre la materia observada, no solamente ignoran a qué me estoy refiriendo, sino que no pueden darse cuenta de la sencillez maravillosa y casi infantil de esa operación que os conduce con simplicidad al umbral del éxtasis.

 

LOS MILES DE DIOSES
 
Lo increíble, lo deseado desesperadamente, desde la infancia, lo aparentemente excluido que pensé que nunca volvería a ver, lo inaudito, lo inaccesible, lo demasiado bello, lo sublime prohibido para mí, ha llegado. HE VISTO A LOS MILES DE DIOSES. He recibido el regalo portentoso. Se me han aparecido a mí, que no tengo fe (sin conocer la fe que tal vez pueda tener). Estaban ahí, presentes, más presentes que cualquier cosa que yo haya mirado jamás. Y era imposible y yo lo sabía, y sin embargo. Sin embargo, estaban ahí, colocados por centenares, unos junto a otros (pero les seguían mil más, apenas perceptibles y muchos más de mil, una infinidad). Esas personas tranquilas, nobles, suspendidas en el aire por una levitación que parecía natural, estaban ahí, ligerísimamente móviles, o más bien animándose sobre la marcha. Ellas, esas personas divinas y yo, solos en presencia. En algo así como el reconocimiento, yo les pertenecía. Pero, bueno -me objetarán- que se creía usted? Respondo: ¿Qué iba a creer SI ESTABAN AHÍ? ¿Por qué me iba a poner a discutir si me encontraba satisfecho? No estaban a una gran altura, pero era suficiente para, dejándose ver, guardar las distancias, para ser respetados por el testigo de su gloria que reconoce su superioridad incomparable. Eran naturales, como es natural el sol en el cielo. Yo no me movía. No tenía que inclinarme. Estaban colocados suficientemente por encima de mí. Era real y era como cosa convenida entre nosotros, en virtud de una alianza previa. Yo estaba colmado por ellos. Había dejado de estar mal colmado. Todo era perfecto. Ya no había ni que reflexionar, ni que sopesar, ni que criticar Ya no había nada que comparar. Mi horizontal era ahora una vertical. Yo existía en altura. No había vivido en vano. La diferencia con todos los acontecimientos anteriores era mi total y feliz consentimiento. No prestaba atención a otra cosa. Me entregaba con la misma intensidad con la que veía. En ese don estaba mi alegría...


[de El que fui (1927), Ecuador (1929), Mis propiedades (1929), La noche se agita (1934), En el país de la magia (1941)] 



HENRI MICHAUX (Bélgica, 1899-1984)















noviembre 30, 2010

5 POEMAS DE JAVIER GALARZA





ARQUITECTA

cómo duele
esta impensada calma
esta perfecta geometría
esta arquitectura
esta precisión
con la que lentamente
construyes
un mundo sin mí



LA GUARDIA EN ELSINOR

who art thou that usurp st this time of nigth
william shakespeare, hamlet, acto I,  escena I, línea 44


redoblaremos la guardia en la explanada?
debemos redoblar
                      la guardia del castillo
ahora que la sombra de un espectro
recorre estos lugares?
esta es una hora incierta y la tragedia
podría cernirse
sobre nuestro reino.
daremos crédito a lo que ven nuestros ojos?
habla. aparecido.
                           (padre)
que tu palabra alumbre la trama y los secretos.
vamos. las preguntas nos agobian en el terraplén.
         a qué oscuro designio obedece tu presencia?
somos peones de un juego cuyas reglas desconocemos
 y nuestro reino es todo el mundo.
    habla con tu boca de sepulcros
              con tu furia insepulta
porque nuestro amigo está triste y sólo tú tienes las
respuestas
qué ha profanado tu descanso?
por qué este destino de vigías en la noche?
ser fugas de luz en la sustancia herida de
los sueños?
qué infamia te impide morir, tal vez dormir?
                   será la materia de los sueños
                   la sombra eterna de una duda?
habla ahora si el resto es silencio.

  el cielo no ha estado tan oscuro antes del alba
y nuestra filosofía no hubiera podido soñar esto.
        velamos porque esta noche es larga
       y tiene la fragilidad de las promesas.
vamos. habla.
                     nos perdemos sin palabras.



PIDO

por esta noche sólo por esta noche
cierra con dulzura los ojos de mis muertos
apaga los ecos de los silencios y las voces

inyecta medidas de luna en una sustancia
que me permita vagar narcotizado

tu mirada
entrecierra los abismos para dejarme dormir

cúrame
hazme con tu cuerpo
una casita sin pastillas



(UN SUSURRO EN LA MANSIÓN DEL SILENCIO)

guarecer un secreto. guardarlo y resguardarlo. mantenerlo
como un susurro en la mansión del silencio.

abrevar allí donde resiste lo no dicho, lo impronunciable.
resguardar también al equívoco como posibilidad.

ese espacio nos interpela desde lo que se retira.
está allí y no. es la pregunta. tal vez la poesía misma.

ese resto de misterio.

cuando eso que se retira nos da un nombre.
eso mismo que se va nos funda. nos dice.

al partir.



MONÓLOGO DE EURÍDICE

quisiera encantarme una vez más en las melodías
de tu condenada lira
pero todo lo que digo y hago me excede está más allá
no deja de no decirme no cesa de no escribirme
a cada instante
nada hay que me circunscriba
nada
                que me limite o delimite
apenas
algo de buen dolor, perdición y magia de antaño

cómo sostendré entre mis brazos las dimensiones
de esta sombra que soy
                       que fui
                       que fuimos
                       todo esto que aún tiembla
entre nosotros convocando al mito y la leyenda?





JAVIER GALARZA (Argentina, 1968)

(Todos los poemas pertenecen al libro "Reversión"
Anome livros, Tropofonia Editorial, 2010)







noviembre 29, 2010

POEMAS DE BELLA AJMADÚLINA



Invierno


Este gesto del invierno hacía mí,
frío y aplicado.
Sí, hay algo en el invierno
de la medicina tierna.
De otro modo, cómo de repente,
de la oscuridad y el tormento,
la enfermedad confiada
le dirige sus manos.
Oh amable, seguí con tu brujería,
de nuevo rozará mi frente
el beso santo del anillo helado.
Y es cada vez más fuerte la tentación
de encontrar el engaño con la confianza,
mirarle los ojos a los perros,
abrazar los árboles,
perdonar como jugando,
y habiendo perdonado
perdonar todavía a alguien,
confundirse con el día invernal,
con su óvalo vacío,
ser siempre para él
su matiz pequeño.
Reducirse a no existir,
para implorar detrás de las paredes
no una sombra mía sino la luz,
por mí tapada.


*

En qué me diferencio
de la mujer con la flor
o de la muchacha que ríe
y juega al anillo.
¿Y el anillito no llega hasta sus manos?
Me distingo de la habitación con el empapelado,
donde estoy sentada sobre el final del día
y la mujer con los puños de cibelina
aparta de mí su mirada arrogante.
Cómo compadezco su mirada altiva,
y temo, temo espantarla,
cuando ella se inclina
sobre el cenicero de cobre
para sacudir la ceniza.
¡Oh, Dios mío!
Cómo le compadezco,
su hombro, su hombro deprimido,
y su cuello blanquito y fino,
que siente calor bajo las pieles.
Y temo que de repente comience a llorar,
que sus labios griten terriblemente,
que esconda las manos en las mangas
y que las perlas golpeen el suelo...


Traducción: Natalia Litvinova


Un cuento sobre la lluvia

Desde la mañana la lluvia no me abandonaba,
-Oh, déjame- le decía yo groseramente.
Pero ella no cedía, fiel y triste,
me seguía como una pequeña hija.

La lluvia se pegó a mis espaldas, como un ala.
Yo la retaba
-Avergüénzate, mala!
Llorando te implora el quintero
-Vete a las legumbres y a las flores!
¿Qué quieres de mí?

El tiempo era pesado y seco.
La lluvia estaba conmigo, olvidando
al resto del mundo.
Los chicos bailaban en torno a mí,
como si fuera una máquina regadora.

Me ingenié para entrar en un café,
Me escondí en una mesa, detrás de un nicho.
La lluvia, cual un mendigo, se pegó a la ventana,
y quería llegar a mí a través del vidrio.
Salí otra vez, la mejilla fue castigada
con una bofetada húmeda,
pero en seguida, arrepentida,
la lluvia, triste y valerosa,
me lavó los labios con olor a cachorro.

Creo que mi apariencia era ridícula.
Me envolví el cuello con un pañuelo gris.
Y la lluvia me pellizcaba la oreja.
La sequía era tensa. Todo estaba seco.
Sólo yo me empapé.

Traducción: Irina Astrau



La Noche
A Andréi Smirnov

El alba oscurece por tres puntos
y temerosa la mano no se atreve

a irrumpir en la blancura del papel
cortando el aire denso que lo guarda.

Como sin remedio mi razón es honesta
se avergüenza de su imperfección
y no deja a la mano alcanzar la dicha
de tramar yambos con el descuido de ayer.

Mientras está plena de signos la penumbra
una idea imprecisa que hace arder mi frente,
el poder del café o la pasión nocturna
se pueden confundir con chispas
de la inteligencia.

Pero, en realidad, como grande es mi juicio
está a salvo de las locuras de estas vigilias,
pues esta ardiente excitación, como un genio,
méritos suyos no las considera.

¡Acaso es pecado desconocer mi infortunio!
Es tan inocente la pequeñez, tan dulce
la tentación de violar el anonimato
de esta noche,
nombrando todo lo que me rodea
por su nombre.

En tanto ordeno a mi mano no moverse
cada objeto me observa provocativo,
resplandece y vigila cada gesto mío
que insinúe le rinde pleitesía.

Seguro de que los amo
los objetos gruñen y mendigan,
anhelando con toda el alma
sea mi voz la que los cante.

¡Qué agradecida estoy a la vela,
quisiera hablar de su amada luz
y concederle la incansable caricia
de los epítetos! Pero, callo otra vez.

¡Qué dolor y tormento el de estar muda,
sin confesar ni con una palabra
toda la belleza que el amor
con mi pupila severa contempla!

¿De qué me avergüenzo?
¿Por qué no soy libre en la casa desierta,
bajo la nieve creciendo para escribir mal,
pero con justeza,
sobre la casa, la noche y el cielo azul
tras la ventana?

¡No quiera Dios que pierda la vergüenza
ante la hoja de papel tan indefensa
ante la vela sencilla y luminosa
ante mi rostro esfumándose en el sueño!


La traición

Me traicionan. Me traicionaron. Y después
me olvidan. Yo misma soy culpable.
Y tengo que admitir con mi razón rendida
que me estoy volviendo loca, volviendo loca.
Y si están vendiendo las naranjas
y huele a naranjas todo el cesto,
entonces me parece que a mí me venden,
a mí me venden, no a las naranjas.
Cuando los padres echan al olvido
a sus propios hijos para distraerse,
pues me parece que a mí me traicionan,
a mí me traicionan no a sus hijos.
Y cuando a ninguna cosa le dan valor,
engañan, mienten, andan con los chismes,
pues me parece que a mí me traicionan,
me venden y me traicionan.






BELLA (Izabella) Akhatovna AJMADÚLINA (Белла Ахатовна Ахмаду́лина 
Rusia (10 April 1937 – 29 November 2010)