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julio 25, 2013

POEMAS DE CLAUDIA MASIN











Río


                          Vuelve a erigir la casa y bordemos la historia,
                          Vuelve a contar mi vida.   
                                                                         Olga Orozco                                    
                                


Cuando era chica, a la hora de la siesta, no quedaba en la casa
ni una sola persona (salvo yo) despierta. A veces
algún hecho inesperado rompía la tranquilidad y había
que salir corriendo, contárselo a quien se pudiera:
ninguna cosa –triste, hermosa o terrible– tiene sentido
si nadie más la está viendo. El día
en que pasaron un par de caballos viejos, llevados 
de las riendas por sus dueños, y entraron en el río
en medio del calor insoportable, conté la escena 
pero no dije nada de esas bestias lentas, que iban
con la cabeza gacha, cansadas de antemano,
acostumbradas a la obediencia. En mi relato
eran potrillos ariscos que habían llegado de lejos,
levantando una polvareda, una tropilla de lejos,
que había entrado corcoveando al agua a buscar el fresco.
¿Es siempre una mentira distorsionar
los hechos, inventarle a la vida una combinación, un orden,
un sentido diferentes? ¿Y si lo efectivamente sucedido
se disgregara una y otra vez al ser narrado
como una piedra erosionada por el viento,
hasta terminar reagrupando sus partículas
en una nueva historia, tan cierta
como la original? ¿Sería posible
hacer vacilar los hechos inconmovibles, derrumbarlos,
levantar otros en su lugar, igual de sólidos
o todavía más? Tal vez no compartimos relatos 
para hacernos conocer, ser transparentes
o sinceros, sino para inclinarnos junto a otra persona
sobre la vida que tuvimos y decirle: ¿ves?
acá es donde empezó el deterioro, donde me di por vencida
y acepté que la fealdad o la tristeza
eran irreversibles. Habría que volver atrás, entonces,
a inventar de nuevo la historia malograda,
a reparar lo que se ha roto y recomponer las paredes
precariamente sostenidas, los rebordes descuidados,
los lugares que quedaron abandonados o inconclusos,
como un albañil que maneja las herramientas toscas
con toda la delicadeza de la que es capaz
hasta que logra encontrar la forma
a la vez simple y hermosa 
de combinar los materiales con que cuenta
para transformar lo que estaba dañado, eso que todos decían
que no tenía arreglo.



La cura, Buenos Aires, Hilos, 2015.



La helada

Quien fue dañado lleva consigo ese daño,

como si su tarea fuera propagarlo, hacerlo impactar

sobre aquel que se acerque demasiado. Somos

inocentes ante esto, como es inocente una helada

cuando devasta la cosecha: estaba en ella su frío,

su necesidad de caer, había esperado

-formándose lentamente en el cielo,

en el centro de un silencio que no podemos concebir-

su tiempo de brillar, de desplegarse. ¿Cómo soportarías

vivir con semejante peso sin ansiar la descarga,

aunque en ese rapto destroces la tierra,

las casas, las vidas que se sostienen, apacibles,

en el trabajo de mantener el mundo a salvo,

durante largas estaciones en las que el tiempo se divide

entre los meses de siembra y los de zafra? Pido por esa fuerza

que resiste la catástrofe y rehace lo que fue lastimado todas las veces

que sea necesario, y también por el daño que no puede evitarse,

porque lo que nos damos los unos a los otros,

aún el terror o la tristeza,

viene del mismo deseo: curar y ser curados.








El talismán



Los ojos de los que estamos continuamente al borde de la caída

o del tropiezo, no saben despegarse de la tierra. De qué sirve

una belleza material que no pueda tomarse entre las manos

como una piedra y ser llevada siempre encima del cuerpo

igual que esos objetos insignificantes

que un niño acarrea consigo donde vaya, y que lo hunden

en el terror o el desconcierto si se pierden.

No hay belleza para mí en las cosas

que no pueden volverse talismán contra las fuerzas

del desamparo o de la pena, y ninguna palabra podría hacer eso,

sólo la presencia física de lo que fue elegido por un amor oscuro,

cuyas leyes desconocemos, para preservar nuestra vida intacta

entre todos los peligros y accidentes que la acechan, a pesar

de que es ella, esa presencia amada, el peligro mayor,

porque no puede protegernos de su pérdida.





(De "La plenitud", Hilos, Buenos Aires, 2010.)






Mi mundo privado 


(basado en el film de Gus Van Sant)




Yo ansié tener un cuerpo que practicara,

como un arte, la ignorancia de sí. 

Que cayera rendido con la levedad con que caen 

las hojas de los árboles. Cuando fuera inevitable, 

nunca antes. Pero de tu cuerpo no deseaba 

sino lo que había en él de frágil, de imperfecto: 

la cicatriz que te cruzaba el pómulo, las pequeñas 

arrugas en la frente. La herida

que te asemejaba a mí. Dos ramitas secas 

ante la embestida de la menor brisa, 

se quiebran. El camino es interminable, te decía, 

da vueltas y vueltas alrededor del mundo 

y en alguna de esas vueltas los que estaban 

destinados a perderse, se encuentran. 



Se dice que a la vera 

de cierta ruta que atraviesa el desierto, 

es posible hundir una vara en la tierra reseca 

y en algún momento brotará el petróleo como un géiser. 

Anoche tuve un sueño en el que viajábamos por días

y días para encontrar el yacimiento, a la manera

de los scouts o los cazadores de fortuna 

del oeste. Al llegar era de noche, 

no había una sola estrella, el pozo 

estaba seco. Yo me dormía y te quedabas

al lado mío, cuidando mi sueño. No estabas allí 

a la mañana siguiente. 



En el sueño, alguien decía: 

donde tengas tu tesoro tendrás 

tu corazón. Y yo me preguntaba qué pasaría 

si tu tesoro se perdiera, 

qué pasaría en un juego de cajas chinas 

si al llegar a la última, 

la que debería contener el objeto precioso, 

esa, como todas las otras, 

estuviera vacía.







París, Texas 


(Basado en el film de Wim Wenders)
 
Me gustaría contarte lo que veo, hablarte
de los hoteles abandonados apareciendo de la nada
en el medio de la carretera como castillos solitarios
cuyos puentes levadizos hubieran sido
dinamitados hace tiempo. Me gustaría
contarte lo que veo pero es imposible
hallar un dolor que condescienda
a ser narrado. ¿Vale la pena entonces,
emprender tan largo viaje para ir de un extremo
a otro del silencio? También es imposible
callar por completo: sé que terminaré por llamarte,
como se llama a alguien cuando se está a oscuras,
sin el auxilio de la voz, un estremecimiento
semejante al de esas luciérnagas
que al chocar contra un parabrisas en la ruta,
se deshacen esparciendo una nube pequeña
de polvo y luz, y ésa -quizás- es su idea
de un encuentro.



(De “La vista”, Visor, Madrid, 2002)





Cría cuervos
 
Los niños, como los gatos, podemos ver en la oscuridad.
Vigías que saben que no pueden deslumbrarse
con su propio sueño, pasamos las horas
tejiendo una tela finísima alrededor
de nuestro miedo. Después, muchos años después,
solías decirme, llega el olvido y podemos dormir
sin sobresaltos. Yo aún no he olvidado. 

Cada noche, nos intercambiamos historias
como joyas. Esta te queda bonita,
esta le sienta bien a tu piel, a tus ojos:
Había una niña que era tan pequeña
que cabía en la palma de una mano.
Si yo fuera esa niña —pienso— elegiría
vivir en tu mano. Podrías cerrarla
y dejarme sin nada, pero toda buena historia
necesita una tragedia, un vuelco inesperado
en la trama. No quiero que llegue el fin
de tu relato, que la noche se acabe. No sé qué hay
del otro lado. La vida es una imagen
que va desdibujándose, perdiendo los contornos
día a día. Crecer es el tránsito de la imagen precisa
a la distorsión. Quiero seguir siendo niña
para conservar la vista.





azufre


Ser cartógrafa de una casa implica conocer sus objetos
secretos: una red agujereada de pesca en el depósito
de las herramientas, señuelos con dibujos de peces
rojos y negros, el cuadrante roto de una brújula
que marca siempre el norte, olor a humedad que recuerda
imperfectamente el mar. Como si alguien de la familia
hubiera fallado en los preparativos de una travesía larguísima
y ahora te tocara reconstruir el itinerario de esa expedición
que nunca se hizo.
Se debería partir cuando el mapa esté completo,
cada ciudad en su sitio y de cada una los datos necesarios:
la velocidad máxima de sus vientos, la profundidad de sus ríos,
su época de tormentas. A veces pensaste en diseñar
un mapa deliberadamente errático, por la sola belleza
de extraviarte en dibujos que no llevan a ninguna parte.
O tal vez para obligarte a permanecer en el mismo sitio
preparando para siempre una partida,
tu propia vida el lugar donde aprender la palabra viaje.
Todas las cosas hermosas, al principio, son palabras.
¿Viste alguna vez cómo el sol atraviesa
el ala de un insecto en vuelo? ¿Con qué delicado
y fugaz dibujo la rellena? Así hubieras querido que se viera
tu cuerpo en la transparencia de la tarde:
una chispa de azufre, azulada. Materia inflamable
que al menor roce recuerda su pertenencia a los volcanes,
su ansia de desprenderse y arder en el aire.
¿Adivinaste ya que no es ese tu oficio? ¿Pudo tu cuerpo
amar lo que le ha sido encomendado? Que otros se vayan.
Lo tuyo es escribir la historia de ese viaje.




(de “Geologías”, Nusud, Buenos Aires, 2001.)



El tiempo




Lugar: hospital de pueblo

a las dos

de la tarde.



El médico que me atiende se parece

-sospechosamente-

al médico kafkiano. Estoy

tan feliz de tener

mi propio médico rural.



Admiro en mi costado

la herida hermosa, los gusanos

como flores exóticas. escucho:

ha nacido con ella.



Una ronda de niños

arroja mi cabeza.

Parece una moneda

de cobre en el espacio

clarísimo en la tarde

sin sol.



-Hay una prenda para

quien la deje caer, aviso,

agitada por tanto vaivén.



Mientras circula de mano

en mano, mi boca apenas dice:



que lo hermoso se convierta
en horrible,

que lo horrible amanezca

belleza.



Bostezan

enfermeras y abuelas

a los pies de mi cama.

Son las dos de la tarde

desde hace cinco años.

Estoy aquí, ocupada en contar

el número de pasos

desde la puerta hasta mí,

el número de veces

que respiro en la noche.





La eternidad me observa,

incrédula, celosa.



(de “Bizarría”, Nusud, Buenos Aires, 1997.)







CLAUDIA MASIN (ARGENTINA, 1972.)

4 comentarios:

  1. Grandiosos poemas. Seleccionamos material para su próxima aparición en zUmO dE pOeSíA. Mil gracias.

    Saludos desde Granada (España).

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  2. Claudia - quiero tu permiso poner la poema 'Niños Del Cielos en mi libro - en frente de un capitulo.
    El libro es una cuenta pero tambien es un sinfonia de palabras. No esta publicado en este momento pero espero que un día estara publicado.

    Si es posible darme permiso responde, por favor, en mi email - jqsanna@gmail.com

    Muchas gracias a ti. Durante muchas años he leido sus poesia. Me gusta mucho.

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  3. Hoy he leído algo tuyo por primera vez, gracias a la gentileza y esmero de HT. Impresionante!!!! Gracias inmensas!!!

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