marzo 12, 2007

LOS ZAPATOS ROJOS




Había una vez una muchachita muy linda y graciosa en extremo, pero tan pobre, que en verano tenía siempre que ir descalza y en invierno con grandes zuecos que lastimaban horriblemente sus piecitos y los dejaba enrojecidos. En medio de la aldea vivía la vieja zapatera, que se sentó a coser lo mejor que sabía un par de zapatitos de tiras de un viejo trapo rojo. Eran bastante toscos, pero los hacía con el mejor fin, dárselos a la muchachita. La muchachita se llamaba Karen. Tuvo los zapatos rojos y los estrenó precisamente el día que enterraron a su madre. No eran lo que se dice una prenda de luto, pero no tenía otros. Así es que se los puso en los pies desnudos, para seguir al pobre ataúd de paja. Acertó en aquel momento a pasar un enorme y viejo carruaje en el que iba una enorme y vieja señora. Vio a la muchachita y le dio pena, por lo que dijo al sacerdote:

-Oiga, si me entrega la niña, me encargaré de ella.

Y Karen pensó que todo era debido a los zapatos rojos, pero la señora dijo que eran horrorosos y los mandó quemar. Karen tuvo vestidos limpios y bonitos, aprendió a leer y a coser y la gente dijo que era encantadora, pero el espejo le decía: -Eres más que encantadora. ¡Eres preciosa! Ocurrió que una vez la reina recorrió el país y llevó con ella a la princesa, su hija. El pueblo se aglomeró ante el castillo y allí estaba también Karen y la princesita se asomó a una ventana con su vestido blanco. No llevaba cola ni corona, sino preciosos zapatos rojos de tafilete. Eran de verdad mucho más bonitos que los que la vieja zapatera había cosido para la pequeña Karen. ¡Nada en el mundo podía compararse con unos zapatos rojos! Karen llegó a la edad de ser confirmada. Tuvo nuevos trajes, así como nuevos zapatos. El zapatero más caro de la ciudad tomó la medida de sus piececitos. Trabajaba en su propia casa, en la que había grandes vitrinas con elegantes zapatos y relucientes botas. Constituían un espléndido espectáculo, pero la vieja señora no veía bien, por lo que no le divirtió gran cosa. Entre los zapatos había un par rojo, semejantes a los de la princesa; ¡qué bellos eran! El zapatero también dijo que habían sido encargados para la hija de un conde, pero no le habían sentado. -No hay duda de que son de charol -dijo la señora-. ¡Cómo brillan! -¡Sí que brillan! -dijo Karen. Le sentaban bien y los compraron; pero la vieja señora no se había dado cuenta de que eran rojos, porque nunca le hubiera permitido a Karen ir a la confirmación con zapatos rojos, pero esto es lo que ocurrió. Todos le miraban los pies y cuando pasó por la nave hasta el antealtar, pensó que incluso los viejos cuadros sobre las tumbas, los retratos de clérigos y sus esposas, con rígidos cuellos y largas hopalandas negras, fijaban los ojos en sus zapatos rojos. Y sólo en ellos pensaba cuando el sacerdote le colocó su mano en la cabeza y habló sobre el santo bautizo, del pacto con el Señor y de que ahora debía convertirse en una cristiana entera y verdadera. Y el órgano sonó con toda solemnidad, sonaron las bellas voces de los niños y cantó el viejo cantante, pero Karen sólo pensaba en los zapatos rojos. Por la tarde no hubo quien no le hubiera contado a la señora que los zapatos eran rojos y ella dijo que estaba muy mal, que era altamente impropio y que, a partir de entonces, cuantas veces fuera Karen a la iglesia, debería ir siempre con zapatos negros, por viejos que fuesen. El próximo domingo había comunión y Karen miró los zapatos negros, miró los rojos -y volvió a mirar los rojos y se los puso. Hacía un sol espléndido. Karen y la señora tomaron el sendero a través de los trigales, donde había un poco de polvo. A la puerta de la iglesia se encontraba un viejo soldado con una muleta y una barba asombrosamente larga, más roja que blanca, porque la verdad es que era roja. Hizo una profunda reverencia y preguntó a la señora si le limpiaba los zapatos. Y Karen sacó también su piececito. -¡Qué preciosos zapatos de baile! -dijo el soldado-. ¡Sujetaos bien cuando bailéis! -y dio un golpe a las suelas con la mano. Y la vieja señora dio al soldado unos céntimos y entró con Karen en la iglesia. Y todos los que estaban en ella se quedaron mirando los zapatos rojos de Karen y todas las pinturas hicieron lo mismo y cuando Karen se arrodilló ante el altar y colocó el cáliz de oro ante su boca, sólo pensaba en los zapatos rojos, como si estuviesen nadando en el cáliz ante ella; y olvidó cantar su himno, olvidó decir su padrenuestro. Después salieron todos de la iglesia y la señora subió a su carruaje. Al levantar Karen el pie para subir tras ella, el viejo soldado, que estaba al lado, dijo: -¡Qué preciosos zapatos de baile! Y Karen no pudo impedir el dar unos pasos de baile y cuando empezó, las piernas siguieron bailando, era como si los zapatos hubieran tenido poder sobre ellas. Bailó en torno a la esquina de la iglesia sin poderlo remediar. El cochero tuvo que correr tras ella y, echándole mano, la subió al coche, pero los pies siguieron bailando, de forma que la pobre anciana recibió furiosas patadas. Al fin se quitó los zapatos y las piernas se apaciguaron. Guardaron los zapatos en lo alto de un armario de la casa, pero Karen no podía resistirse a echarles un vistazo. Un día, la señora cayó enferma, decían que no podía vivir; había que cuidarla y atenderla y nadie tenía más próximo que Karen. Pero se celebraba un gran baile en la ciudad, Karen estaba invitada -miró a la señora, que después de todo no podía vivir, miró a los zapatos rojos, y pensó que ningún mal había en ello; se puso los zapatos rojos, lo cual era perfectamente lícito-; se fue al baile y comenzó a bailar. Pero cuando quiso ir a la derecha, los zapatos fueron bailando hacia la izquierda y cuando quiso ir al fondo de la sala, los zapatos la llevaron a la entrada, escaleras abajo, por la calle y fuera de la puerta de la ciudad. Iba a bailar y tenía que bailar, hasta lo profundo del bosque sombrío. Algo brillaba en lo alto entre los árboles, y como parecía un rostro, creyó que era la luna. Pero era el viejo soldado con la barba roja; estaba sentado, cabeceaba y decía: -¡Mira qué preciosos zapatos de baile! Entonces se asustó y quiso arrancarse los zapatos rojos, pero estaban firmemente agarrados, y se arrancó las medias, pero los zapatos se habían hecho unos con sus pies e iba a bailar y tenía que bailar por campo y pradera, a la lluvia y al sol, de noche y de día, pero de noche era peor. Bailó en el cementerio, al aire libre, pero los muertos allí no bailaban, tenían algo mucho mejor que hacer. Hubiera querido sentarse junto a la fosa común, donde crece la manzanilla amarga, pero para ella no había paz ni reposo y cuando entró bailando por la puerta abierta de la iglesia, vio un ángel de larga túnica blanca, con alas que de los hombros le llegaban a la tierra, el rostro duro y serio y en la mano empuñaba una espada, muy ancha y resplandeciente: -¡Tienes que bailar! -dijo-. ¡Baila con tus zapatos rojos hasta que quedes pálida y fría! Hasta que tu piel se arrugue como la de un esqueleto. Bailarás de puerta en puerta y donde vivan niños llenos de orgullo y vanidad, llamarás, para que te oigan y se asusten. ¡Baila, baila! -¡Piedad! -gritó Karen. Pero no oyó la respuesta del ángel, porque los zapatos la habían arrastrado por la verja al campo, por caminos y sendas, baila que te bailarás. Una madrugada pasó bailando por delante de una puerta que conocía bien. El sonido de un himno llegaba de su interior, sacaban un ataúd adornado de flores. Entonces comprendió que la señora había muerto y pensó que ahora se encontraba abandonada por todos y maldita del ángel de Dios. Baila que te baila, bailaba en la noche oscura. Los zapatos la arrastraban sobre espinos y rastrojos, que la arañaban hasta sangrar. Fue bailando, más allá del brazal, hasta una casita solitaria. Ella sabía que allí vivía el verdugo y golpeó con los dedos en el vidrio y dijo: -¡Sal! ¡Sal! No puedo entrar porque estoy bailando. Y el verdugo dijo: -¿Es que no sabes quién soy? Les corto las cabezas a los malos y ahora veo que mi hacha se estremece. -¡No me cortes la cabeza -dijo Karen-, porque entonces no podré arrepentirme de mi pecado! Pero córtame los pies con los zapatos rojos. Y así confesó todo su pecado y el verdugo le cortó los pies con los zapatos rojos; pero los zapatos se fueron bailando con los piececitos dentro, por los campos hasta el hondo bosque. Y le hizo unas piernas de palo y unas muletas, le enseñó un himno que los pecadores siempre cantan y ella besó la mano que había empuñado el hacha y marchó por el brazal . -Ahora ya he sufrido de sobra por los zapatos rojos -se dijo-. Iré a la iglesia, para que me vean. Y marchó decididamente a la puerta de la iglesia, pero cuando llegó allí, los zapatos rojos bailaban ante ella, y se asustó y se volvió. Durante toda la semana estuvo muy desconsolada y lloró muchas y gruesas lágrimas, pero al llegar el domingo, dijo: -¡Ya está bien! ¡Ya he sufrido y peleado bastante! Creo que soy tan buena como muchos de los que se sientan muy estirados en la iglesia. Y se decidió a ir. Pero no había pasado del portillo cuando vio delante de ella bailar los zapatos rojos y se asustó y se volvió y en lo hondo de su corazón se arrepintió de su pecado. Y fue a la casa del párroco y rogó si la podían tomar allí como criada: sería diligente y haría cuanto pudiera, del salario no se cuidaba, sólo de tener un techo sobre la cabeza y estar en casa de gente honrada. Y la esposa del pastor se apiadó de ella y la tomó. Y ella era aplicada y sensata. Se sentaba en silencio a escuchar cuando por las noches el párroco leía la Biblia en voz alta. Todos los pequeños la querían, pero cuando hablaban de adornos y de pompas y de ser tan hermosa como una reina, ella negaba con la cabeza. Al domingo siguiente fueron todos a la iglesia, y le preguntaron si iba con ellos, pero ella miró tristemente, con lágrimas en los ojos, a sus muletas y así se fueron los otros a oír la palabra de Dios, y ella se retiró sola a su cuartito. No era mayor que lo necesario para que cupiese una cama y una silla y en ella se sentó con su libro de himnos. Mientras lo leía con piadoso espíritu, el viento trajo hasta ella los sonidos del órgano de la iglesia. Levantó su rostro cubierto de lágrimas y dijo: -¡Oh, Señor, ayúdame! Entonces resplandeció el sol y ante ella se alzó el ángel del Señor, de blanca túnica, el mismo que aquella noche había visto a la puerta de la iglesia, pero ya no empuñaba la afilada espada, sino una fragante rama verde, cuajada de rosas. Tocó con ella el techo, que se elevó muchísimo, y allí donde había tocado, resplandeció una estrella de oro. Y tocó las paredes, que se abrieron, y vio el órgano que estaba tocando, vio los viejos retratos de los clérigos y sus esposas; la congregación sentada en bancos esculpidos, cantando el libro de himnos. Porque la iglesia misma se había trasladado a la pobre muchacha en su estrecho cuartito, o quizá era ella la que había ido a la iglesia. Estaba sentada en el banco de la familia del párroco y cuando hubieron acabado el himno y levantaron la cabeza, asintieron y dijeron: -Hiciste bien en venir, Karen. -Fue la bondad del Señor -dijo ella. Y retumbó el órgano, y las voces de los niños en el coro sona ron llenas de dulzura y de encanto. El sol. caía, brillante y tibio, a levantaron la cabeza, asintieron y dijeron: -Hiciste bien en venir, Karen. -Fue la bondad del Señor -dijo ella. Y retumbó el órgano, y las voces de los niños en el coro sonaron llenas de dulzura y de encanto. El sol. caía, brillante y tibio, a través de las ventanas sobre el banco de la iglesia en el que se sentaba Karen. Su corazón se llenó de tal modo de sol, de paz y de alegría, que estalló. Su alma voló por los rayos del sol hasta Dios, donde no había nadie que preguntase por los zapatos rojos.

marzo 05, 2007

POEMAS DE MARK STRAND



Los restos

Me vacío de los nombres de los otros. Vacío mis bolsillos.
Vacío mis zapatos y los dejo al lado del camino.
De noche atraso los relojes,
abro el álbum familiar y me miro de chico.

¿De qué puede servir? Las horas hicieron su trabajo.
Digo mi nombre. Digo adiós.
Las palabras se van con el viento una tras otra.
Amo a mi mujer pero la mando fuera.

Mis padres van de su trono
a las habitaciones lácteas de las nubes. ¿Cómo puedo cantar?
El tiempo me dice lo que soy. Cambio y soy el mismo.
Me vacío de mi vida y mi vida permanece.


El matrimonio

El viento sopla desde polos opuestos
al viajar despacio.

Ella se da vuelta en el aire profundo.
Él camina en las nubes.

Ella se prepara,
sacude la cabellera,

se maquilla los ojos,
sonríe.

El sol le calienta los dientes,
y se los moja con la punta de la lengua.

Él se sacude el polvo del traje
y se arregla la corbata.

Fuma.
Pronto se van a encontrar.

El viento los acerca.
Flotan.

Cerca, más cerca.
Se abrazan.

Ella tiende la cama.
Él se saca los pantalones.

Se casan
y tienen un hijo.

El viento los lleva
en direcciones contrarias.

El viento es fuerte, piensa él
mientras se arregla la corbata.

Este viento me gusta, dice ella
mientras se pone el vestido.

El viento se desenreda.
El viento es todo para ellos.


Mantener las cosas enteras

En un campo
soy la ausencia
del campo.
Siempre es
este el caso.
Dondequiera que esté
soy lo que falta.

Cuando camino
separo el aire
y el aire
siempre se mueve
para llenar los espacios
donde estuvo mi cuerpo.

Todos tenemos razones
para movernos.
Yo me muevo
para mantener las cosas enteras.


Respiración

Cuando los veas
deciles que todavía estoy acá,
que estoy parado en un pie mientras el otro sueña,
que este es el único modo,

que las mentiras que les digo son distintas
de las que me digo a mí,
que por estar acá y más allá
me estoy haciendo horizonte,

que como el sol que sale y se pone conozco mi lugar,
que la respiración es lo que me salva,
que hasta las sílabas forzadas del rechazo son respiración,
que si el cuerpo es un ataúd también es un armario de la respiración,

que la respiración es un espejo empañado por las palabras,
que es todo lo que sobrevive al grito de ayuda
cuando entra en el oído del extraño
y permanece mucho después de que el mundo se fue,

que la respiración es volver a empezar, que a partir de ella
cae toda resistencia, como cae de la vida
el significado, o la oscuridad después de la luz,
que la respiración es lo que les regalo cuando les mando mi amor.


Renunciar a mí mismo

Renuncio a mis ojos que son huevos de vidrio.
Renuncio a mi lengua.
Renuncio a mi boca que es el sueño constante de mi lengua.
Renuncio a mi garganta que es el estuche de mi voz.
Renuncio a mi corazón que es una manzana ardiendo.
Renuncio a mis pulmones que son árboles que jamás vieron la luna.
Renuncio a mi olor que es el de una piedra que viaja por la lluvia.
Renuncio a mis manos que son diez deseos.
Renuncio a mis brazos que de todos modos renunciaron a mí.
Renuncio a mis piernas que solamente de noche son amantes.
Renuncio a mis nalgas que son las lunas de la infancia.
Renuncio a mi pene que susurra alentando a mis muslos.
Renuncio a mi ropa que son paredes que se agitan al viento
y renuncio al fantasma que las habita.
Y de todo esto no vas a quedarte con nada porque ya estoy empezando de la nada otra vez.


Llegar a esto

Hicimos lo que quisimos.
Descartamos los sueños, preferimos la industria pesada
de cada uno, le dimos la bienvenida a la pena
y llamamos ruina al hábito imposible de romper.

Y ahora estamos acá.
La cena está lista y no podemos comer.
La carne se sienta en el lago blanco de su plato.
El vino espera.

Llegar a esto
tiene su premio: nada se nos promete, nada se nos quita.
No tenemos corazón ni gracia que nos salve,
ni lugar donde ir, ni razón para quedarnos.



Otro lugar

Camino
hacia la luz
que hay

no es suficiente para encandilar
ni para ver claro
lo que está por venir

aun así veo
el agua
el único bote
el hombre parado

no es alguien que yo conozca

este es otro lugar
la luz que hay
se esparce como una red
sobre nada

lo que está por venir
ha sido esto
antes

este es el espejo
donde el dolor duerme
este es el país
que nadie visita.


Versiones en castellano de Sandra Toro



 The Remains

Para Bill y Sandy Bailey

I empty myself of the names of others. I empty my pockets.
I empty my shoes and leave them beside the road.
At night I turn back the clocks;
I open the family album and look at myself as a boy.

What good does it do? The hours have done their job.
I say my own name. I say goodbye.
The words follow each other downwind.
I love my wife but send her away.

My parents rise out of their thrones
into the milky rooms of clouds. How can I sing?
Time tells me what I am. I change and I am the same.
I empty myself of my life and my life remains.


 The Marriage

The wind comes from opposite poles,
traveling slowly.

She turns in the deep air.
He walks in the clouds.

She readies herself,
shakes out her hair,

makes up her eyes,
smiles.

The sun warms her teeth,
the tip of her tongue moistens them.

He brushes the dust from his suit
and straightens his tie.

He smokes.
Soon they will meet.

The wind carries them closer.
They wave.

Close, closer.
They embrace.

She is making a bed.
He is pulling off his pants.

They marry
and have a child.

The wind carries them off
in different direction.

The wind is strong, he thinks
as he straightens his tie.

I like this wind, she says
as she puts on her dress.

The wind unfolds.
The wind is everything to them.


Keeping Things Whole

In a field
I am the absence
of field.
This is
always the case.
Wherever I am
I am what is missing.

When I walk
I part the air
and always
the air moves in
to fill the spaces
where my body's been.

We all have reasons
for moving.
I move
to keep things whole.


Breath

When you see them
tell them I am still here,
that I stand on one leg while the other one dreams,
that this is the only way,

that the lies I tell them are different
from the lies I tell myself,
that by being both here and beyond
I am becoming a horizon,

that as the sun rises and sets I know my place,
that breath is what saves me,
that even the forced syllables of decline are breath,
that if the body is a coffin it is also a closet of breath,

that breath is a mirror clouded by words,
that breath is all that survives the cry for help
as it enters the stranger's ear
and stays long after the world is gone,

that breath is the beginning again, that from it
all resistance falls away, as meaning falls
away from life, or darkness fall from light,
that breath is what I give them when I send my love.


Giving myself up

I give up my eyes which are glass eggs.
I give up my tongue.
I give up my mouth which is the constant dream of my tongue.
I give up my throat which is the sleeve of my voice.
I give up my heart which is a burning apple.
I give up my lungs which are trees that have never seen the moon.
I give up my smell which is that of a stone traveling through rain.
I give up my hands which are ten wishes.
I give up my arms which have wanted to leave me anyway.
I give up my legs which are lovers only at night.
I give up my buttocks which are the moons of childhood.
I give up my penis which whispers encouragement to my thighs.
I give up my clothes which are walls that blow in the wind
and I give up the ghost that lives in them.
I give up. I give up.
And you will have none of it because already I am beginning
again without anything.


Coming to This

We have done what we wanted.
We have discarded dreams, preferring the heavy industry  
of each other, and we have welcomed grief
and called ruin the impossible habit to break.

And now we are here.
The dinner is ready and we cannot eat.  
The meat sits in the white lake of its dish.  
The wine waits.

Coming to this
has its rewards: nothing is promised, nothing is taken away.  
We have no heart or saving grace,
no place to go, no reason to remain.


Now I lie in the box
of my making while the weather
builds and the mourners shake their heads as if
to write or to die, I did not have to do either.


Another Place

I walk
into what light
there is

not enough for blindness
or clear sight
of what is to come
yet I see
the water
the single boat
the man standing

he is not someone I know

this is another place
what light there is
spreads like a net
over nothing

what is to come
has come to this
before

this is the mirror
in which pain is asleep
this is the country
nobody visits.



MARK STRAND (EE.UU., 1934-2014)