noviembre 04, 2014

JORGE LUIS BORGES - LAS DOS MANERAS DE TRADUCIR

Foto: Pepe Fernández

     Suele presuponerse que cualquier texto original es incorregible de puro bueno, y que los traductores son unos chapuceros irreparables, padres del frangollo y de la mentira. Se les infiere la sentencia italiana de traduttore traditore y ese chiste basta para condenarlos. Yo sospecho que la observación directa no es asesora en ese juicio condenatorio (aquí me ha salido una especie de alegoría legal, pero sin querer) y que los opinadores menudean esa sentencia por otras causas. Primero, por su fácil memorabilidad; segundo, porque los pensamientos o seudopensamientos dichos en forma de retruécano parecen prefigurados y como recomendados por el idioma; tercero, por la confortativa costumbre de alacranear; cuarto, por la tentación de ponerse un poco de ingenio. En cuanto a mí, creo en las buenas traducciones de obras literarias (de las didácticas o especulativas, ni hablemos) y opino que hasta los versos son traducibles. El venezolano Pérez Bonalde, con su traducción ejemplar de El cuervo de Poe, nos ministra una prueba de ello. Alguien objetará que la versión de Pérez Bonalde, por fidedigna y grata que sea, nunca será para nosotros lo que su original inglés es para los norteamericanos. La objeción es difícil de levantar; también los versos de Evaristo Carriego parecerán más pobres al ser escuchados por un chileno que al ser escuchados por mí, que les maliciaré las tardecitas orilleras, los tipos y hasta pormenores de paisaje no registrados en ellos, pero latentes: un corralón, una higuera detrás de una pared rosada, una fogata de San Juan en un hueco. Es decir, a un forastero no le parecerán más pobres; serán más pobres. Su caudal representativo será menor.
     Las dificultades de traducir son múltiples. Ya el universalmente atareado Novalis (Werke, página 207, parte tercera de la edición de Friedemann) señaló que cada palabra tiene una significación peculiar, otras connotativas y otras enteramente arbitrarias. En prosa, la significación corriente es la valedera y el encuentro de su equivalencia suele ser fácil. En verso, mayormente durante las épocas llamadas de decadencia o sea de haraganería literaria y de mera recordación, el caso es distinto. Allí el sentido de una palabra no es lo que vale, sino su ambiente, su connotación, su ademán. Las palabras se hacen incantaciones y la poesía quiere ser magia. Tiene sus redondeles mágicos y sus conjuros, no siempre de curso legal fuera del país. La palabra “luna”, que para nosotros ya es una invitación de poesía, es desagradable entre los bosquímanos que la consideran poderosa y de mala entraña y no se atreven a mirarla cuando campean. De la palabra “gaucho”, tan privilegiada en estas repúblicas por nuestro criollismo, un judío me confesó que la encontraba realmente cómica y que su conchabo sólo sería aguantable en un verso que se viese obligado a rimar con “caucho”. La palabra “súbdito” (esta observación pertenece a Arturo Costa Álvarez) es decente en España y denigrante en América.
     Los epítetos “gentil”, “azulino”, “regio”, “filial”, eran de eficacia poética hace veinte años, y ahora ya no funcionan y sólo sobreviven algunos en los poetas de San José de Flores o Bánfield. Es cosa averiguada que cada generación literaria tiene sus palabras predilectas: palabras con gualicho, palabras que encajonan inmensidad y cuyo empleo, al escribir, es un grandioso alivio para las imaginaciones chambonas. En seguida se gastan y el escritor que las ha frecuentado mucho (el hombre avanzado, el muy contemporáneo, el moderno) corre el albur de pasar después por un simulador o un maniático. Eso suele convenirle: toda perfección, hasta la perfección del mal gusto, puede ubicar a un hombre en la fama. Ser cursi inmortalmente es una manera de sobrevivir como las demás.
     Hay obras llanísimas de leer que, para traducir, son difíciles. Aquí va una estrofa del Martín Fierro, quizá la que más me gusta de todas, por hablar de felicidad:

El gaucho más infeliz
Tenía tropilla de un pelo.
No le faltaba un consuelo
y andaba la gente lista.
Tendiendo al campo la vista,
Sólo vía hacienda y cielo.

La dificultad estriba en la palabra “consuelo”. El diccionario de argentinismos no la considera, ni falta que hace. He oído decir que ese consuelo es algunos pesos. A mí no me convence: ha de ser alguna muchacha, más bien...
     Universalmente, supongo que hay dos clases de traducciones. Una practica la literalidad, la otra la perífrasis. La primera corresponde a las mentalidades románticas; la segunda a las clásicas. Quiero razonar esta afirmación, para disminuirle su aire de paradoja. A las mentalidades clásicas les interesará siempre la obra de arte y nunca el artista. Creerán en la perfección absoluta y la buscarán. Desdeñarán los localismos, las rarezas, las contingencias. ¿No ha de ser la poesía una hermosura semejante a la luna: eterna, desapasionada, imparcial? La metáfora, por ejemplo, no es considerada por el clasicismo ni como énfasis ni como una visión personal, sino como una obtención de verdad poética, que, una vez agenciada, puede (y debe) ser aprovechada por todos. Cada literatura posee un repertorio de esas verdades, y el traductor sabrá aprovecharlo y verter su original no sólo a las palabras, sino a la sintaxis y a las usuales metáforas de su idioma. Ese procedimiento nos parece sacrílego y a veces lo es. Nuestra condenación, sin embargo, peca de optimismo, pues la mayoría de las metáforas ya no son representaciones, son maquinales. Nadie, al escuchar el adverbio “espiritualmente” piensa en el aliento, soplo o espíritu; nadie ve diferencia alguna (ni siquiera de énfasis) entre las locuciones “muy pobre” y “pobre como las arañas”.
     Inversamente, los románticos no solicitan jamás la obra de arte, solicitan al hombre. Y el hombre (ya se sabe) no es intemporal ni arquetípico, es Diego Fulano, ¿no?, es Juan Mengano, es poseedor de un clima, de un cuerpo, de una ascendencia, de un hacer algo, de un no hacer nada, de un presente, de un pasado, de un porvenir y hasta de una muerte que es suya. ¡Cuidado con torcerle una sola palabra de las que dejó escritas!
     Esa reverencia del yo, de la irreemplazable diferenciación humana que es cualquier yo, justifica la literalidad en las traducciones. Además, lo lejano, lo forastero, es siempre belleza. Novalis ha enunciado con claridad ese sentimiento romántico: La filosofía lejana resuena como poesía. Todo se vuelve poético en la distancia: montes lejanos, hombres lejanos, acontecimientos lejanos, y lo demás. De eso deriva lo esencialmente poético de nuestra naturaleza. Poesía de la noche y de la penumbra (Werke, III, 213). Gustación de la lejanía, viaje casero por el tiempo y por el espacio, vestuario de destinos ajenos, nos son prometidos por las traslaciones literarias de obras antiguas: promesa que suele quedarse en el prólogo. El anunciado propósito de veracidad hace del traductor un falsario, pues éste, para mantener la extrañez de lo que traduce se ve obligado a espesar el color local, a encrudecer las crudezas, a empalagar con las dulzuras y a enfatizarlo todo hasta la mentira.
     En cuanto a las repetidas versiones de libros famosos, que han fatigado y siguen fatigando las prensas, sospecho que su finalidad verdadera es jugar a las variantes y nada más. A veces, el traductor aprovecha los descuidos o los idiotismos del texto para verle comparaciones. Este juego, bien podría hacerse dentro de una misma literatura. ¿A qué pasar de un idioma a otro? Es sabido que el Martín Fierro empieza con estas rituales palabras: “Aquí me pongo a cantar — al compás de la vigüela.” Traduzcamos con prolija literalidad: “En el mismo lugar donde me encuentro, estoy empezando a cantar con guitarra” y con altisonante perífrasis: “Aquí, en la fraternidad de mi guitarra, empiezo a cantar” y armemos luego una documentada polémica para averiguar cuál de las dos versiones es peor. La primera, ¡tan ridícula y cachacienta”, es casi literal.

(La Prensa, 1 de agosto de 1926. Recogido en Textos recobrados 1919-1930, Buenos Aires, Emecé, 1997, 256-259)


octubre 25, 2014

EL OFICIO DEL TRADUCTOR - TOMÁS SEGOVIA


Soy un traductor literario, de humanidades, un traductor universitario. En estas palabras de clausura voy a hablar desde ese punto de vista, no sin antes decir que me ha gustado mucho lo que ha pasado en este congreso, porque pocas veces he visto abordar la traducción principalmente desde el punto de vista de la solidaridad, de la utilidad humana de la traducción. Eso, además, implica pensar la traducción como una práctica; y yo siempre he pensado que la traducción es un oficio, ni siquiera una profesión, sino más bien un oficio; y no un conocimiento, sino un saber. De eso voy a hablar, de la traducción como un oficio.
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A lo largo de los años, he visto cómo se ha ido profesionalizando cada vez más la traducción. En este congreso hemos visto abundantes ejemplos de ello. Es inevitable que se profesionalice viendo las cifras que nos han mencionado hace un momento con gráficas que crecen vertiginosamente. Sin embargo, un traductor como yo no deja de sentir cierta nostalgia de que el oficio se vuelva profesión, porque ya no se trata de lo mismo: un oficio es algo de lo que no se puede hacer disciplina académica, por un lado, y una cosa que escapa hasta donde se puede al Estado, a las autoridades, al poder, por otro.
Todavía en Grecia la medicina era un oficio; un médico era aquella persona que la gente creía que era médico, que la gente pensaba que tenía ciertas facultades especiales y acudían a él para curarse. Hoy en día, un médico es un señor al que el Estado autoriza para curar; hoy en día los médicos ya no podrían ser esas personas que la gente cree que curan. Existen, pero se llaman curanderos, con toda clase de farsantes, de engaños. ¿Qué es lo que se trata de controlar, profesionalizando un oficio? La filosofía también era un oficio en Grecia. Por supuesto que a nadie se le ocurriría decir que, vistos con los criterios de hoy, Platón y Aristóteles eran charlatanes —como ellos mismos decían de los sofistas—, pero también ellos eran charlatanes porque no podían ostentar un título. Esos oficios se van profesionalizando, pero incluso en el caso de la medicina, de vez en cuando, tenemos nostalgia de cuando era un oficio; de vez en cuando, añoramos al médico de cabecera, añoramos al médico interesado. Incluso hay slogans en la profesión médica de que el médico debe pensar en el paciente y no en la categoría de la enfermedad, es decir, que debe tratar de rescatar una relación directa con el paciente, una relación artesanal con el paciente.
Para un traductor como yo, esa profesionalización acarrea algunas pérdidas. Es decir, cuando no es el público el que decide quién es un buen traductor, sino que es la Academia —o sea, el Estado, uno de los brazos del Estado— quien decide quién es buen traductor, esto se controla mejor, pero en el buen y en el mal sentido de la palabra. Inmediatamente acarrea burocratización, peligro de politización y grave peligro de manipulación, por supuesto. De modo que aquí ya interviene el poder. Desde el momento en que se trata de una profesión regulada, hay jerarquías, y se producen luchas por esas jerarquías: luchas de poder.
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Para hablar de la traducción como un oficio, yo había pensado abordarlo mediante un concepto que no ha aparecido en estas discusiones con su nombre, pero sí ha aparecido. Cuando se ha hablado de solidaridad y de usos sociales de la traducción, casi siempre se ha mencionado a la vez la calidad y se ha hablado de que la calidad no está peleada con el compromiso, entre otras cosas. Ahora bien, a la calidad se une un concepto, que es el de corrección, y creo que no se ha hablado de eso, aunque me parece que, para la traducción como oficio, se trata de un concepto pertinente y que, además, nos puede introducir en varios aspectos de la traducción, incluso en aspectos jurídicos porque, cuando un traductor termina su traducción, con lo primero que se va a topar es con un corrector.
Hasta hace poco, los editores solían tener correctores, y solía suceder que el corrector era un profesional mientras que el traductor era muchas veces un artesano. El traductor ejercía un oficio, y luego venía el corrector a ejercer una profesión. Es decir, muchas veces el corrector era un empleado fijo de la editorial, mientras que el traductor era un señor que a menudo hacía muchas otras cosas y, de vez en cuando, traducía un libro porque era muy difícil vivir solamente de traducir libros. Incluso los traductores que traducían para instituciones, como la mayoría de los organizadores de este congreso, tenían que pasar por un corrector. Además, acabamos de oír que eso está en vías de convertirse no en una práctica sino en una «normatividad», es decir, está a punto de burocratizarse. Por tanto, lo primero con que uno se encuentra es con un corrector. Ahora bien, ese corrector, ¿qué estatuto jurídico tiene? Si la traducción es eso que llaman una «propiedad intelectual», concepto contra el que yo he escrito varios artículos porque me parece que es un derecho y que llamarlo propiedad no solo confunde muchísimo las cosas sino que acarrea tremendos problemas de todo tipo —incluidos problemas de viudas, ya que se han mencionado antes las cartas de Octavio Paz; de propietarios intelectuales, en fin, de propietarios heredados—, debido a la idea de que eso es una propiedad. En todo caso, si le llaman propiedad —a mi modo de ver impropiamente—, si le llaman propiedad, ¿cómo es que hay un corrector?
Al autor de un libro, no solo según las leyes sino según las normas, un editor no se atreve a corregirle sin pedirle permiso, no manda una novela de García Márquez a un corrector, por ejemplo. Y si acaso algún corrector hace alguna corrección, le piden permiso al autor, pero a un traductor le mete mano todo el mundo y eso no es ilegal. Yo creo que sí. En México, por ejemplo, a mí me ha sucedido (yo he traducido casi siempre para México, claro, muy poco para editoriales españolas). Y me ha sucedido incluso que publiquen una traducción mía sin avisarme, con mi nombre y el del corrector, como traductores: «traducción de Tomás Segovia y fulano de tal», y eso sin haberme dicho nada. Supongo que el corrector ha cambiado mi texto, y a veces se producen cosas graves, como cambiar la terminología, lo que me ha sucedido también con alguna traducción.
Eso muestra que ese estatuto del traductor igualado con el del autor — bueno, un escalón más abajo, pero en el sentido de tener derechos de autor ¿no?, propiedad intelectual—, en muchos países no se cumple. En México casi nunca se cumple, a pesar de que México está en la Unesco, y por lo tanto ha suscrito esas declaraciones que son de las Naciones Unidas; pero no se cumplen, no se pagan regalías a los traductores. Se paga «a tanto alzado», como dicen ellos, a tanto la página y se acabó. Por ejemplo, esa traducción que tanto indignaba a Octavio Paz, mi traducción de Lacan, lleva treinta y tantas ediciones, y nunca me han pagado una sola regalía. Son problemas legales de la traducción, problemas laborales, a los cuales se asoma uno al pensar en el concepto de corrección. Aparte también existen otros aspectos lingüísticos, de corrección.
¿Qué es la corrección? ¿Cómo corrige un corrector? A mí a veces me gusta llamarlo, a ese empleado que tiene la editorial para revisar lo que yo he traducido, me gusta llamarlo «corruptor de estilo», porque muchas veces es un corruptor de estilo. Porque ¿qué es la corrección? Existe una tendencia moderna, defendida por gente lúcida sobre estas cuestiones, en el sentido de que no hay corrección; la lengua es un fenómeno histórico, social, evoluciona, cambia. La corrección es siempre un prejuicio, es purismo; a veces incluso se describe como un autoritarismo con algún trasfondo político, de clases, de poder, de dominio. Y en efecto, algo hay de eso.
No cabe duda de que corregir es un acto más o menos autoritario que implica jerarquías de autoridad y de hegemonía, pero a mi modo de ver la corrección también es otra cosa; no se trata solo de un criterio académico, de unas normas o reglas que unos cuantos señores deciden más o menos arbitrariamente o más o menos autoritariamente. Yo diría que es al revés: la corrección, como norma, es más bien antiacadémica, o por lo menos no es necesariamente académica, más bien la academia tiende a convertir las normas en reglas. No sé si se entiende el matiz; es una noción más bien lingüística la que estoy usando, no necesariamente ortodoxa. La noción de norma a mí me ha interesado mucho, entre otras cosas, porque tengo un muy buen amigo que vosotros conocéis muy bien, Luis Fernando Lara, que ha meditado mucho sobre la norma.
Un teórico poco conocido, que ya murió hace tiempo, el hispanista alemán Klaus Heger, elaboró una cuestión sobre la norma que a mí me parece convincente y es que la norma no implica una jerarquía de los hablantes como seres sociales, independientemente de la lengua, sino que la norma proviene de la lengua misma, o sea que proviene de los hablantes pero como hablantes, no como ciudadanos. Dicho de otro modo, lo que Heger propone es que el ejercicio de una lengua, la práctica de una lengua tiene implícitamente unos ideales; ideales no en el sentido de idealización, sino unos ideales en el sentido de lo que la cursilería moderna llamaría «imaginario», un imaginario de la lengua. Que en la práctica de la lengua existe un modelo implícito, inconsciente, que puede hacerse consciente pero que no es necesariamente consciente. Eso es lo que implica el simple latiguillo archifrecuente en toda lengua hablada: «mejor dicho»; dices algo, y dices «mejor dicho». Si hay una manera de «decir mejor» es que hay un modelo de mejor y peor dicho, hay un mejor y peor dicho. Y eso no porque lo decidan o no los académicos, sino porque el hablante tiene un cartabón inconsciente de lo que está mejor dicho y de lo que está peor dicho.
Si todo esto se objetiva, se puede volver inmediatamente autoritario y se puede volver purismo. Cuando yo hablaba de esto a unos señores a los que llamábamos «alumnos de traducción» —como si se pudiera dar un curso de traducción, que yo creo que no se puede, pero los he dado porque no había más remedio que darlos—, lo que les decía era, por ejemplo: si tú dices en una clase de anatomía, o de traumatología: «Cuando a un señor se le parte la pata», es incorrecto; pero si en un campo de fútbol dices «Me produjeron un trauma en la epífisis del peroné», también es incorrecto, porque la norma de un futbolista no es la misma que la norma de un profesor de anatomía, y esa norma está incluida en la lengua, no es la que dan los académicos. La mayoría de las veces uno puede percibir esa norma, pero los académicos no la perciben. Es la norma que está implícita en la lengua. Sí hay una corrección en la lengua; ahora bien, se trata de una corrección en ese sentido de la palabra, no de una regla dada por esa autoridad, sino en el de dilucidar lo que el ideal de lengua propone.
En español en particular, como lengua de traducción, es especialmente importante o, al menos, especialmente interesante porque traducir al español es traducir a veintiuna lenguas y es un problema que los traductores literarios y humanísticos conocen muy bien, y los traductores técnicos un poco menos, pero incluso entre los traductores técnicos o traductores institucionales, aparece constantemente ese problema de que el español sea veintiuna lenguas, por lo menos, sin contar la de los chicanos y la de los restos de español que quedan en Filipinas. Por ejemplo, traduciendo algún tratado internacional, en la ONU o en la Unión Europea, si se tradujera «este artículo entrará en vigor» o «estará en vigor hasta diciembre de 2008», un mexicano va a entender que empezará en diciembre de 2008. No hay más remedio que aceptar algunas normas, por lo que no hay más remedio que decir que en el español real, a pesar de la diferencia de las veintiuna lenguas, hay una norma implícita de español común, hay un ideal de español común que permite —aunque los mexicanos, que en este caso estarían en minoría, protesten— decir que lo correcto es que «hasta» significa «término de un periodo que empieza en un 'desde' implícito», mientras que para un mexicano «hasta» significa «comienzo de un periodo de tiempo». Cuando en México se dice «llega hasta las tres» lo que se quiere decir es «no antes de las tres». ¿Se puede corregir un texto mexicano que diga «llega hasta las tres» cuando lo que se quiere decir en la norma general es «no llega hasta las tres»? Yo diría que, una vez más, depende del contexto práctico; si es un texto para uso de mexicanos, no, no se puede corregir eso, pero si es un texto para uso de varios países de lengua española, yo creo que sí se puede.
Todo esto está lleno de problemas espinosos, porque existe esa corrección referida a una norma general del español, y yo creo que la hay, una norma general del español. Es español culto, por supuesto, pero el español culto no es pecado. Cuando yo era estudiante, decías «español culto» y todo el mundo torcía el gesto porque había que hablar «español inculto», o sea, popular, democrático. Pero el español culto no es un pecado. A Cervantes no le podemos regañar por escribir como escribía; me parece que tenía cierto derecho a escribir mejor que Quevedo, por ejemplo.
Sin embargo, no se trata solamente de la cuestión del español culto, sino que dentro de lo que podemos llamar español culto, de una norma general, también aparecen esos problemas de corrección. Por ejemplo, todavía, en el terreno de la traducción, sigue habiendo una hegemonía, por lo menos, digámoslo entre comillas, «política», del español de España. Todo el mundo dice de dientes para afuera que el español de España lo habla menos del diez por ciento de los hablantes y que, por tanto, la norma de la Península no puede ser la norma universal. Sin embargo, lo sigue siendo. Es difícil, pero no imposible, que un mexicano o un colombiano acepten una corrección de su norma colombiana o mexicana. Pero es muy difícil que un español acepte una corrección de su norma española. Por ejemplo, ahora hace un rato, al desayunar quise tomar jugo de naranja y no había, pero, además, se llamaba «zumo de naranja». Para el noventa y tantos por ciento de los hispanohablantes, esto es un disparate. El zumo es lo que rezuma, y las frutas que exprimimos no son frutas «zumosas» sino frutas «jugosas». Sin embargo, es imposible que un español corrija lo de zumo, ni siquiera por una norma española. Mi abuela, no ya mi abuela sino mi padre, jamás hubiera dicho «zumo de naranja». Eso es una innovación en el español peninsular. Son esas modas pedantes que se imponen; algún pedante dice que zumo es más elegante que jugo e inmediatamente corre como mancha de aceite. No hay cursilería que no prospere en la norma lingüística. En México, por ejemplo, para que vean que en todas partes cuecen habas o en todas partes corren babas, una cursilería que se impuso como mancha de aceite, es que a algún cultillo se le ocurrió decir: «No se dice vaso de agua, los vasos no son de agua, son de vidrio»; y entonces todo el mundo en México en los cafés pide «Por favor, un vaso con agua». No tardó ni seis meses en imponerse, todo el mundo a repetir eso: «un vaso con agua».
Estas cuestiones sobre la corrección muestran ese carácter artesanal de la traducción, que es también el carácter artesanal de la lengua misma. La lengua misma es el terreno general de todas las significaciones y el sistema al que pueden traducirse todas las significaciones. Por eso a mí me parece que para un traductor la traducción obviamente es un oficio. De todas formas, no digo yo que no haya que leer teoría de la traducción y aprenderla, como también es conveniente si se es escritor leer lo que dicen los académicos. Ahora bien, un escritor no se va a reprimir por lo que le diga un académico, o no debería hacerlo, pese a que algunos sí lo hagan —en realidad, no se reprimen por lo que dicen los académicos sino más bien por lo que dicen los teóricos, que son más teóricos todavía que los académicos—. Los académicos, a su manera, también son artesanos; los teóricos, no. Hay escritores que se reprimen por lo que dicen los teóricos; allá ellos, pero es saludable que un escritor conozca la teoría, le ayuda a tener ciertas miradas sobre el lenguaje, sin duda alguna a tomar conciencia de muchas cosas, aunque, desde luego, no tiene que aprender a escribir de la teoría; es al revés: la teoría es la que tiene que tomar de la práctica su sabiduría. Un traductor siempre está incómodo leyendo teoría de la traducción, entre otras cosas porque casi siempre lee uno teorías traducidas, y a menudo mal traducidas, porque generalmente los teóricos son muy malos traductores.
Lo que sucede todo el tiempo es que la teoría inevitablemente está tomando la traducción en un sentido metafórico pero uno podría decir, jugando pero jugando como juegan ellos, como juegan los teóricos, «metafóricamente metafórico», y eso es peligrosísimo. Para un teórico la traducción es algo mucho más general que lo que es para nosotros, es decir, tomar un texto de una lengua y pasarlo a otra lengua, o a veces, si incluimos dentro de la traducción la interpretación simultánea, también esta —a mí siempre me ha parecido extraño que se llame interpretación, porque interpretar, también la traducción interpreta, y el texto interpreta más que lo que llamamos interpretación, pero son tecnicismos de terminología que ya nos los aclararán las normas—. La cuestión es que para un teórico, eso que nosotros hacemos que es traducir, tomar un texto y pasarlo a otra lengua, no es más que un caso, pero traducción es otra cosa, algo más general. La lengua traduce ideas o conceptos o estructuras o formas, o logos diseminado, en fin, algo traduce.
La lengua traduce algo, dentro de la lengua el significante traduce el significado, y luego en la acción también, un gesto traduce un sentimiento, o una intención, o una política traduce una ideología. Pero traducir es metafórico, en ese sentido, o al revés, pero da igual. También Derrida nos ha tratado de explicar que es al revés, que lo que es metafórico es llamar traducir a pasar de una lengua a otra porque en realidad traducir lo que significa es transferir el poder o cosas de esas. La cuestión es que lo están tomando en un sentido metafórico, pero luego esa metáfora se usa metafóricamente, y entonces llega un momento en que de esa metáfora, de la idea de que traducir es un montón de cosas, no solo traducir interlingüísticamente o intersemióticamente como dirían ellos, sino que de ahí empiezan a deducir cosas sobre la traducción misma, sobre la traducción práctica; entonces la ventaja es que un teórico, por ejemplo, Umberto Eco, tiene que hablar de verdad de traducción, lo primero que dice es «Bueno, yo he hecho teoría de la traducción pero ahora vamos a hablar de práctica, olvidémoslo».
Sí, hay que olvidar, pero es que hay que olvidar como hay que olvidar en la lengua, porque la traducción yo creo que es, junto con la creación literaria, la experiencia más radical de una lengua, y en cierto sentido más radical aún que la creación, porque por el hecho de estar mirando dos lenguas a la vez se tiene la doble visión que da tener dos ojos, y hay una visión en profundidad que a veces el creador no tiene. A veces un escritor tiene intuiciones de su lengua maravillosas, pero otras veces le falta un poco de perspectiva porque la está viendo con un solo ojo, en una sola lengua.
En mi carrera literaria me ha asombrado hasta qué punto algunos amigos míos escritores no veían el trasfondo de la lengua, no veían la lengua en profundidad; no tenían esa conciencia, en ese sentido en que hablaba yo antes de la norma de Heger. Yo a veces he pensado que si puede uno atreverse a decir las cosas, es que hay una conciencia inconsciente, que es por ejemplo una conciencia implícita, la de esa norma en el sentido hegeriano, no hegeliano sino hegeriano, de norma lingüística que es que cuando alguien le pregunta a otro en cualquier nivel lingüístico, aunque sea entre analfabetos de barrio bajo, cuando le preguntas «¿Qué quieres decir?» es que está implicando que hay mejores y peores maneras de decir. Ahora, de eso que está implicando en cierto modo es consciente, es consciente de que hay ciertos niveles de lengua, que no podría pedir un mejor nivel si no tiene conciencia de que hay un mejor nivel o mejores niveles. Pero de esa conciencia no es consciente. O sea, si uno le pregunta «¿En qué estás pensando cuando dices lo que quieres decir, cuando preguntas en qué estás pensando?», no sabría contestar, pero de su comportamiento uno podría deducir que está pensando en eso, está pensando en niveles de decir mejor o peor. A eso le podríamos llamar, salvando la paradoja, una conciencia inconsciente. Y eso pasa continuamente en la lengua.
En la lengua, cuando uno toma conciencia de esa conciencia inconsciente generalmente se paraliza, suele uno paralizarse. Y si uno le va a decir a una persona «Pásame el salero» y empieza a pensar «imperativo de segunda persona, pronombre personal...», se acaba, no puede hablar. Para hablar hay que pasar la gramática al segundo plano, a ese inconsciente, ese consciente inconsciente. Y eso es lo que nos pasa en la traducción con la teoría: cuando traducimos, hay que dejar la teoría en el cajón porque si tenemos la teoría delante de los ojos nos va a ocurrir como a los escritores que tienen la teoría delante de los ojos, que pueden ganar premios incluso —son premios académicos, todos—, pero son ilegibles; y creo que eso también nos pasa a los traductores.
Más o menos de esto era de lo que yo quería hablar aquí, un poco para remover en el plano de la traducción como oficio, que me parece que es lo que ha estado como en presupuesto en este congreso, es decir, que estábamos pensando en la traducción como un oficio, me parece a mí.

Muchas gracias.


(Actas del IV Congreso. El español, lengua de traducción para la cooperación y el diálogo. Toledo, 2008)


octubre 08, 2014

MÁS POEMAS DE KATHERINE MANSFIELD



Soledad

Ahora es Soledad, en vez de Sueño,
la que viene de noche a sentarse a mi lado en la cama.
Como una nena cansada me acuesto a esperar sus pasos,
la veo cómo sopla suavemente la vela y se sienta
inmóvil, ni muy a la izquierda ni muy a la derecha.
Se da vuelta y, exhausta, exhausta, cabecea.
Ella también está vieja; ella también supo dar pelea.
Por eso va coronada de laureles.

En la oscuridad triste la marea baja lenta 
a dar contra una costa insatisfecha, estéril.
Sopla un viento extraño...después, el silencio. Me conformo
con acercarme a Soledad, darle la mano
y aferrarme a ella, esperando, hasta que la tierra estéril
se colme de la atroz monotonía de la lluvia.


La tormenta

Corrí al bosque a buscar un refugio,
sin aliento, casi llorando,
puse los brazos alrededor de un árbol
apoyé la cabeza en la áspera corteza 
y le dije “protégeme, soy una niña perdida”.
Y el árbol me roció la cara y el pelo con gotas de plata.
De los confines de la tierra se alzó un viento
que azotó al bosque,
una ola enorme y verde tronó y estalló sobre mi cabeza.
Supliqué, imploré: “¡cuídenme, por favor!”
El viento me arrancó la capa y la lluvia me golpeó.
Pequeños ríos rasgaron el suelo anegando los arbustos.
La tierra cayó presa de un frenesí: parecía que se ahogaba
burbujeando en una cueva del espacio. Y solamente yo—
más ínfima que la más ínfima mosca—estaba viva y aterrada.
Después, por qué razón lo ignoro, me sentí triunfal.
Está bien, mátame —grité, y corrí a la intemperie.
Y la tormenta cesó: el sol extendió sus alas
y flotó sereno en el lago plateado del cielo.
Me toqué el rostro: enrojecido
y los árboles se balancearon al unísono y, delicadamente, rieron.

El pájaro herido

En la cama amplia 
bajo la cobija verde bordada con hojas y flores 
siempre en suave movimiento
ella es como un pájaro herido que flota en un estanque.
El cazador lanzó su dardo
y le dio en el pecho.
Le dio, pero no la mató.

¡Levántenme — levántenme, ohalas mías,
no estoy herida de muerte!
Abajo seguía quieta.
La buena gente se acercó con canastas al borde del estanque
“¡Lo que el pobre pájaro quiere es que le den bien de comer!”
Las bolsas y bolsillos, a reventar
con cáscaras y sobras del almuerzo de los criados.
¡Oh, tan contentos de poder ayudar!
“En el pasado, tú sabes tú sabes, siempre volaste tan alto.
Bajabas tan poco a las cornisas, tan rara vez
compartías las migas deliciosas que te arrojaban al patio.
Aquí hay un fragmento delicado y aquí un poquito más
como nuevo. Y aquí, un bocado que da gusto
y torta y pan y pan y pan y pan”
De noche — en la cama amplia 
con las hojas y las flores
ondulando suavemente en la oscuridad
ella es como un pájaro herido que flota en un estanque.
Tímida, tímida, levanta la cabeza entre las alas.
En el cielo, dos estrellas
flotan — brillan—
¡Oh, agua, no me cubras!
¡Podría mirar y mirar esas estrellas hermosas!
Levántenme — levántenme, oh, alas mías
no estoy herida de muerte...

Malade

El hombre de la habitación de al lado
padece mi mismo mal.
De noche, cuando me despierto, lo oigo dar vueltas.
Después él tose
y toso yo.
Se hace un silencio, y toso. Y él vuelve a toser.
Así, un rato largo.
Hasta que siento que somos como dos gallos
llamándose en un falso amanecer.
Desde granjas distantes y escondidas.

Mariposas

En el fondo de nuestros platos de avena
había pintada una mariposa azul
y todas las mañanas jugábamos a ver quién la alcanzaba primero.
Después la abuela decía: "No se coman a la pobre mariposa".
Y eso nos hacía reír.
Lo decía siempre, y siempre nos hacía reír.
Era como una bromita tierna.
Yo estaba segura de que un buen día
la mariposa iba a salir volando del plato,
con la risita más diminuta del mundo,
y a posarse en el regazo de la abuela.


El encuentro

Empezamos a hablar,
nos miramos, después nos alejamos.
Las lágrimas seguían subiendo a mis ojos.
Pero no pude llorar.
Quise agarrarte la mano
pero mi mano temblaba.
Seguías contando los días
que faltaban para volvernos a encontrar.
Aunque en el corazón los dos sentíamos 
que nos estábamos separando para siempre.
El tictac del reloj llenaba el cuarto en silencio.
Escucha —te dije— se oye tan alto 
como el galope de un caballo en un camino solitario,
tan alto como un caballo que galopa en la noche.
Me hiciste callar en tus brazos.
Y el sonido del reloj sofocó nuestros latidos.
No puedo irme —dijiste— todo lo que vive  en mí
está acá para siempre.
Después te fuiste.
El mundo cambió. El sonido del reloj fue esfumándose,
menguando, se convirtió en algo nimio.
Yo susurré en la oscuridad “Si se detiene, moriré”.

Flores secretas

¿Para mí el amor es una luz? ¿Una luz constante,
un lámpara  bajo cuya aureola pálida sueño
con viejos libros de amor? ¿O es un fanal,
un fulgor que me llega de lejos
desde una montaña oscura? ¿Es una estrella mi amor?
¡Ah allá arriba, tan alto, tan brillante y tan fría!
El fuego baila. ¿Es mi amor un fuego
que salta del crepúsculo, embarrado y audaz?
No, le tendría miedo, demasiado fría soy 
para un amor así de rápido y hambriento. Hay un resplandor
de oro en los pétalos de esta flor cuando se cierran
más verdaderamente mío, más parecido a mi deseo.
Los pétalos de la flor se cierran. El sol los olvida.
Crecen en un bosque sombrío
donde los árboles negros se mecen oscuramente 
de acá para allá. ¿Quién va a mirar cómo brillan
cuando haya soñado mi sueño? Ah, querido mío,
ve a buscarlos, recógelos uno por uno para mí.


La brecha

Una brecha de silencio nos separa
yo estoy de un lado y vos del otro
no puedo verte ni oírte —pero sé que estás—
suelo llamarte con un nombre infantil
y simulo que el eco de mi grito es tu voz.
Cómo podemos cruzar la brecha— con una palabra o una caricia, nunca.
Una vez pensé que íbamos a llenarla con nuestras lágrimas
ahora la quiero derrumbar con nuestra risa.



Loneliness 
Now it is Loneliness who comes at night
Instead of Sleep, to sit beside my bed.
Like a tired child I lie and wait her tread,
I watch her softly blowing out the light.
Motionless sitting, neither left or right
She turns, and weary, weary droops her head.
She, too, is old; she, too, has fought the fight.
So, with the laurel she is garlanded.
Through the sad dark the slowly ebbing tide
Breaks on a barren shore, unsatisfied.
A strange wind flows... then silence. I am fain
To turn to Loneliness, to take her hand,
Cling to her, waiting, till the barren land
Fills with the dreadful monotone of rain.

The Storm 
I ran to the forest for shelter,
Breathless, half sobbing
I put my arms round a tree
Pillowed my head against the rough bark
Protect me, I said. I am a lost child.
But the tree showered silver drops on my face and hair.
A wind sprang up from the ends of the earth
It lashed the forest together
A huge green wave thundered and burst over my head.
I prayed, implored, "Please take care of me!"
But the wind pulled at my cloak and the rain beat upon me.
Little rivers tore up the ground and swamped the bushes.
A frenzy possessed the earth: I felt that the earth was drowning
In a bubbling cavern of space. I alone--
Smaller than the smallest fly--was alive and terrified.
Then for what reason I know not, I became triumphant.
Well kill me – I cried – and ran out into the open.
But the storm ceased: the sun spread his wings
And floated serene in the silver pool of the sky.
I put my hands over my face: I was blushing
And the trees swung together and delicately laughed.

The Wounded Bird 
In the wide bed
Under the green embroidered quilt
With flowers and leaves always in soft motion
She is like a wounded bird resting on a pool.
The hunter threw his dart
And hit her breast,
Hit her but did not kill.
O my wings, lift me--lift me
I am not dreadfully hurt!
Down she dropped and was still.
Kind people come to the edge of the pool with baskets
"Of course what the poor bird wants is plenty of food!"
Their bags and pockets are crammed almost to bursting
With dinner scrapings and scraps from the servants' lunch.
Oh! how pleased they are to be really giving!
"In the past, you know you know, you were always so fly-away.
So seldom came to the windowsill, so rarely
Shared the delicious crumbs thrown into the yard.
Here is a delicate fragment and here a tit-bit
As good as new. And here's a morsel of relish
And cake and bread and bread and bread and bread."
At night – in the wide bed
With the leaves and flowers
Gently weaving in the darkness
She is like a wounded bird at rest on a pool.
Timidly, timidly she lifts her head from her wing.
In the sky there are two stars
Floating – shining –
Oh, waters – do not cover me!
I would look long and long at those beautiful stars!
O my wings – lift me – lift me
I am not so dreadfully hurt. . .

 Malade
 man in the room next to mine
has the same complaint as I.
When I wake in the night I hear him turning.
And then he coughs.
And I cough.
And after a silence I cough. And he coughs again.
This goes on for a long time.
Until I feel we are like two roosters
calling to each other at false dawn.
From far-away hidden farms.

Butterfly Laughter
In the middle of our porridge plates
There was a blue butterfly painted
And each morning we tried who should reach the
butterfly first.
Then the Grandmother said: "Do not eat the poor
butterfly."
That made us laugh.
Always she said it and always it started us laughing.
It seemed such a sweet little joke.
I was certain that one fine morning
The butterfly would fly out of our plates,
Laughing the teeniest laugh in the world,
And perch on the Grandmother's lap. 

The Meeting
We started speaking,
Looked at each other, then turned away.
The tears kept rising to my eyes.
But I could not weep.
I wanted to take your hand
But my hand trembled.
You kept counting the days
Before we should meet again.
But both of us felt in our hearts
That we parted for ever and ever.
The ticking of the little clock filled the quiet room.
"Listen," I said. "It is so loud,
Like a horse galloping on a lonely road,
As loud as a horse galloping past in the night."
You shut me up in your arms.
But the sound of the clock stifled our hearts' beating.
You said, "I cannot go: all that is living of me
Is here for ever and ever."
Then you went.
The world changed. The sound of the clock grew fainter,
Dwindled away, became a minute thing.
I whispered in the darkness. "If it stops, I shall die."

Secret Flowers
Is love a light for me? A steady light,
A lamp within whose pallid pool I dream
Over old love-books? Or is it a gleam,
A lantern coming towards me from afar
Down a dark mountain? Is my love a star?
Ah me!- so high above so coldly bright!
The fire dances. Is my love a fire
Leaping down the twilight muddy and bold?
Nay, I'd be frightened of him. I'm too cold
For quick and eager loving. There's a gold
Sheen on these flower petals as they fold
More truly mine, more like to my desire.
The flower petals fold. They are by the sun
Forgotten. In a shadowy wood they grow
Where the dark trees keep up a to-and-fro
Shadowy waving. Who will watch them shine
When I have dreamed my dream? Ah, darling mine,
Find them, gather them for me one by one.


The Gulf
A gulf of silence separates us from each other
I stand at one side of the gulf -you at the other
I cannot see or hear you -yet know that you are there-
Often I call you by childish name
And pretend that the echo to my crying is your voice.
How can we bridge the gulf -never by speech or touch
Once I thought we might fill it quite up with our tears
Now I want to shatter it with our laughter.




Versiones en castellano de Sandra Toro



KATHERINE MANSFIELD (NUEVA ZELANDA, 1888-1923)