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noviembre 19, 2018

POEMAS DE ERICA JONG




Una lectura

El poeta viejo
con la cara llena de arrugas,
con los yámbicos saltándole en el pelo como pulgas,
con todas las enmiendas de su cuerpo
desdiciéndolo,
camina hacia el podio.

Está a punto de decirnos
cómo llegó a esto.


Después del terremoto

Después del primer apuro impresionante,
después de las semanas en el lago,
del cristal, de las nubes y el agua lamiendo las rocas,
la nieve rompiéndose abajo de nuestras botas como si fuera piel,
& las mañanas largas en la cama…

Después de los tangos en la cocina,
& de la cena mirándonos a los ojos,
como si fuéramos a comernos con los párpados,
como si fuéramos a tragarnos el uno al otro…

Todavía te encuentro
en la cama al lado mío,
(mientras mi lapicera rasca el anotador
& tu piel brilla mientras leés)
& mi vida entera está tan suavizada y distinta

que a veces no me puedo acordar
del giro que dio mi corazón para llevarme a vos,
del dolor de un matrimonio como un viejo mal,
de un marido como un nudillo con artritis.
Acá, viviendo con vos,
el amor todavía es el único asunto que importa.
Me abro a vos como una herida que florece,
o una brecha en el mar llena de peces de ensueño,
o el centro humeante de la tierra
partida por un gran terremoto.

Vos cambiaste la topografía.
Donde había valles,
ahora hay montañas.
Donde había desiertos,
ahora hay océanos.

Nos frotamos
pero no nos erosionamos.

La arena se hace más fina
& la piel se nos vuelve seda.




Los mandamientos
“De veras, no querrías ser poeta. Primero que nada, si sos mujer, tenés que ser tres veces  mejor que cualquier hombre. Segundo, te los tenés que coger a todos. Y tercero, tenés que estar muerta”. 
Un poeta, en una conversación.

                                          
Si una mujer quiere ser poeta,
tiene que dormir cerca de la luna con la cara descubierta;
tiene que recorrerse a sí misma observando el paisaje;
no tiene que escribir sus poemas con sangre menstrual.

Si una mujer quiere ser poeta,
tiene que correr para atrás alrededor de un volcán;
tiene que sentir el movimiento fluyéndole por sus grietas;
nunca debe hacer un doctorado en sismografía.

Si una mujer quiere ser poeta,
no tiene que acostarse con manuscritos sin circuncidar
no tiene que escribirles odas a sus abortos
no tiene que hacerse un guiso con carne de unicornio viejo.

Si una mujer quiere ser poeta,
tiene que leer libros de cocina francesa y de verduras chinas;
tiene que chupar poetas franceses para refrescarse el aliento;
no debe masturbarse en los seminarios de poesía.

Si una mujer quiere ser poeta,
se tiene que pelar los ojos;
tiene que escuchar la respiración de los hombres dormidos;
tiene que escuchar los espacios en esa respiración.

Si una mujer quiere ser poeta,
no tiene que escribir sus poemas con un dildo;
tiene que rogar que sus hijos sean mujeres;
tiene que perdonarle al padre su semen más valiente.



Oda a mis zapatos
                                 (Al estilo de Pablo Neruda, que nos dejó las medias)

Solo, el poeta
escribe una oda
a los zapatos de ella—
zapatos que
ella sola puede llenar,
sus zapatos de
gamuza violeta y cuero verde
del color de las frondas de la palma,
sus
botas incrustadas de brillantes,
sus botas de cowboy emplumadas,
sus botas de cowboy en llamas,
sus botas de las siete leguas
de la poesía épica,
sus botitas de haiku de plata,
con tacos diminutos que parpadean,
sus botas con plataforma en primera persona
y sus chinelas de cristal
sin talón
inspiradas en las de Cenicienta
(una, extraviada a medianoche,
por culpa de un hombre a toda carrera),
sus botas de goma de cazadora,
sus botas de amante hasta el tobillo
como grilletes,
sus botitas rosa de bebé bañadas en
bronce
para la posteridad,
las Reebok ardientes de la hija,
las zapatillas sin cordones
que dejó el amante en el placard
de la habitación de huéspedes
para que ella las bese
año tras año
tras año.

queridos zapatos,
pies amados,
diez dedos para llevarme
hacia mi verdadero
amor,
bombas que gritan “cogeme” para impulsar la pasión,
y tacos stiletto para apuñalarlo
si
se desvía.

Los zapatos dicen todo.
Los zapatos hablan mi idioma.
Su tac tac tac
en la pista del aeropuerto
me cuentan la historia
de una mujer muy linda y muy sola que vuela
detrás del amor—
la historia tan vieja tan vieja
en un par de zapatos
nuevo.


Deméter cuando cae la tarde

Cuando cae la tarde Deméter
se preocupa
por la pequeña Perséfone
perdida en ese infierno
que ella misma creó
con su amor.

Exceso de amor—
la maldición de la mujer,
la maldición de querer
eso que causa dolor,
la maldición de llevar
el dolor
la maldición de aguantar
aguantar siempre el dolor.

Deméter hace una pausa, para escuchar a su hija—
esa diosa pequeña y fértil
de pelo dorado, que hace brotar
trigo, fruta y flores
silvestres.
Esa diosa de pechos de manzana
cuyos ojos tristes
van a bendecir al mundo helado,
van a traer de vuelta la primavera—

todo porque una vez
atravesó la noche
y amó a un hombre, mitad demonio,
con lengua de ángel,
que le dio
todo lo que le hacía falta para ser sabia:
una hija,
la noche negra del infierno,
y después la primavera
interminable.


Los impresionistas

Conspiraron para pintar el aire
sabiendo que el arte
no es solamente un modo
de ver
sino un modo
de ser,
una pasión por la luz,
una sensibilidad del corazón
casi a punto
de ser herido por el aire,
una dureza también.

Conspiraron para pintar el aire,
para disecar cada mancha de luz,
para atrapar cada mota de polvo
hasta que el aire bailó con el color
y cada aliento inhalado
se les volvió arcoíris en los pulmones.

Jazmín, hoja de té, camelia,
nardo y tomillo, el aire
convirtiéndose en color, y el color
sangrando en el corazón, el
corazón exhalando sus formas,
sus fósiles, sus olores sexuales
y después cerrándose sobre todo eso.

Conspiraron para pintar el aire
dejando su marca,
una vida obsesiva,
infinitamente rica,
infinitamente madura,
con gusto a duraznos
y anémonas,
a tejas rojas,
a batas de gasa
y aire
aire habitado.


Para X. (Con besos efímeros)

Oí decir que no te vas a enamorar de mí
porque no vengo con garantía, porque puedo
dar media vuelta y partir a mi antojo cualquier día
dejándote desolado, abandonado, en declive.
¿Y estar vivo de qué sirve?, si fuera el caso:
al amar la vida se ama lo que no sobrevive,
y si perdés la cabeza porque te encariñás tanto,
vas a estar muerto un día, así que eso es en vano.
Cultivá un buen desapego con el correr de los años.
Usá  anteojeras y algodón en las orejas, querido.
No revientes la uva contra tu fino paladar si
los gusanos van a catar la lengua que hoy cata el vino.
Tu corazón enclenque, cuidándolo, va a estar entero
el día que se lleven el alma de tu pecho frío.
Y cuando la meretriz que es Vida lance su último aliento,
todavía te va aquedar  una última consolación:
mientras caés alucinado, chasquear los dedos
y decir: “De todos modos, ella nunca me importó!”


Alcestis en el circuito poético

                                                  (Para Marina Tsvetayeva, Anna Wickham, Sylvia Plath, la hermana de Shakespeare, etc., etc.)

A la mejor esclava
no hace falta golpearla.
Se golpea ella sola.

No con un látigo de cuero
ni con un palo o una vara,
no con una cachiporra
ni con un bate,
sino con la fusta sutil
de su propia lengua
& el azote delicado
de su mente

contra su mente.
¿Porque quién puede odiarla la mitad de bien
de lo que se odia ella misma?
¿& quién puede competir con la delicadeza
de su autoagresión?

Para eso se requieren
años de entrenamiento.
Veinte años
de autocomplacencia sutil,
y de abnegación;
hasta que la individua
se crea que es una reina
& una mendiga—
todo a la vez.
Tiene que dudar de sí misma
en todo menos en el amor.

Tiene que elegir apasionadamente
& mal.
Tiene que sentirse perdida como un perro
sin su amo.
Tiene que remitirle al espejo
todo asunto moral.
Tiene que enamorarse de un cosaco
o de un poeta.

No tiene que salir nunca de la casa
si no es detrás un velo de pintura.
Tiene que usar los zapatos apretados
para acordarse siempre de su esclavitud.
Nunca tiene que olvidarse
de que está arraigada al suelo.

Aunque aprende rápido
y hay que admitir que es inteligente,
la desconfianza innata de sí misma
la hace tan débil
que incursiona con destreza
en media docena de talentos
& así decora
nuestra vida
pero nunca la cambia.

Si es una artista
& se acerca al genio,
su propio don
le va a hacer doler tanto
que va a quitarse su vida
antes que la nuestra.

& después de muerta, vamos a llorar
& a hacer de ella una santa.



Otro idioma

Todo el mundo es plano
& yo soy redonda.
Hasta las mujeres apartan la mirada,
& los hombres, avergonzados
por la forma caótica en que
la vida se convierte en vida,
miran para otro lado,
olvidándose de que ellos
una vez fueron esta redondez
debajo del corazón,
este pez indefenso
que nada en la eternidad.

Lo que avergüenza al mundo
es el sonido de la O,
no el de la I.
Mis amigas, que se achataron
el cuerpo voluntariamente
y achataron sus escritos como la pena,
me miran con incredulidad.
¿Qué es esta cosa indecorosa?,
¿una poeta embarazada?
¿Una O enorme que camina?
¡Oh llévense todas las letras del abecedario menos esa!
¡Hablemos el esperanto de los chatos!

Condenada al lenguaje
de señas & al silencio, a los poemas embarazados
para que los hombres se burlen y
para que las mujeres los denuncien,
vivo sola.
Mi mundo es redondo
& está delimitado por la montaña de mis miedos;
mientras los grandes geógrafos concuerdan en que
el mundo es plano
y que la redondez no puede ser.


El fin del mundo

Acá, en el fin del mundo,
las flores sangran
como si fuesen corazones,
los corazones supuran una oscuridad
como de  tinta china,
& los poetas hunden en ella sus plumas
& escriben.

“Acá, en el fin del mundo”,
escriben,
sin saber lo que quiere decir.
“Acá, donde el cielo amamanta con leche negra,
donde las chimeneas le dan de comer el cielo,
donde los árboles tiemblan de terror
& la gente termina por parecérseles…”

Acá, en el fin del mundo,
los poetas sangran.
Escribir & sangrar
se creen que es lo mismo;
cantar & sangrar
se creen que es lo mismo.

¡Escríbannos una carta!
¡Mándennos un paquete de alimentos!
Consuélennos con proverbios o frutas en almíbar,
con lo que dijo un Dios.
Distráigannos con teorías del arte
que no pueda probar nadie.

Acá, en el fin del mundo
tenemos la cabeza vacía,
& el viento se pasea entre ellas
como los fantasmas
por una casa embrujada.


Versiones en castellano de Sandra Toro




A Reading

The old poet
with his face full of lines,
with iambs jumping in his hair like fleas,
with all the revisions of his body
unsaying him,
walks to the podium.
He is about to tell us
how he came to this.


The Commandments 

“You don’t really want to be a poet. First of all, if you’re a woman, you have to be three times as good as any of the men. Secondly, you have to fuck everyone. And thirdly, you have to be dead.” - a male poet, in conversation

If a woman wants to be a poet, 
   she should sleep near the moon with her face open; 
   she should walk through herself studying the landscape; 
   she should not write her poems in menstrual blood. 

If a woman wants to be a poet, 
   she should run backwards circling the volcano; 
   she should feel for the movement along her faults; 
   she should not get a Ph.D. in seismography.

If a woman wants to be a poet,
    she should not sleep with uncircumcised manuscripts;
    she should not write odes to her abortions;
    she should not make stew of old unicorn meat.

If a woman wants to be a poet,
    she should read French cookbooks and Chinese vegetables;
    she should suck on French poets to freshen her breath;
    she should not masturbate in writing seminars.

If a woman wants to be a poet,
    she should peel back the hair from her eyeballs;
    she should listen to the breathing of sleeping men;
    she should listen to the spaces between that breathing.

If a woman wants to be a poet,
    she should not write her poems with a dildo;
    she should pray that her daughters are woman;
    she should forgive her father for his bravest sperm.




Ode to My Shoes
(After Neruda, who left us his socks)

The poet alone
is writing an ode
to her shoes–
her shoes which
only she can fill,
her shoes of
purple suede and green leather
the color of palm fronds,
her
diamond-studded boots,
her feathered cowboy boots,
her seven-league epic
poetry boots,
her little silver haiku boots,
with tiny heels that
twinkle,
her first-person platform boots
and her backless glass
slippers
modelled after Cinderella’s
(one lost, at midnight,
because of
a running man),
her huntress boots of India-rubber,
her lover’s boots
joined at the ankle
like leg irons,
her pink baby booties bronzed
for
posterity,
her daughter’s burning Reeboks,
her lover’s laceless
sneakers
left in the guest room closet
for her to kiss
year after
year
after year.

Darling shoes,
beloved feet
ten toes to walk me
toward my true
love,
fuck me pumps to fuel his passion
stiletto heels to stab him
if
he strays.

Shoes tell you everything.
Shoes speak my language.
Their tap tap tap
on the airport runway
tells me the story
of a lovely, lonely woman flying
after love–
That old, old story
in a new pair
of shoes.


Demeter at dusk 

At dusk Demeter
becomes afraid
for baby Persephone
lost in that hell
which she herself created
with her love.

Excess of love-
the woman's curse,
the curse of loving
that which causes pain,
the curse of bringing forth
in pain,
the curse of bearing,
bearing always pain.

Demeter pauses, listening for her child-
this fertile goddess
with her golden hair, bringing forth
wheat and fruit and wildflowers
knee-high.
This apple-breasted goddess
whose sad eyes
will bless the frozen world,
bring spring again-
all because she once
walked through the night
and loved a man, half-demon,
angel tongued,
who gave her
everything she needed to be wise:
a daughter,
hell's black night,
then endless
spring.



The impressionists

They conspired to paint the air
knowing that art
is not only a way
of seeing
but a way
of being,
a passion for the light,
a tenderness at heart
just short
of being wounded by the air,
a toughness too.

They conspired to paint the air,
to anatomize each light mote,
to imprism each speck of dust
until the air danced with color
and every inhaled breath
became a rainbow in the langs.

Jasmine, tea leaf, camellia,
tuberose and thyme the air
turning to color, the color
bleeding into earth, the
earth giving forth its forms,
its fossils, its sexual smells,
then closing over all.

They conspired to paint the air
leaving their mark,
an obsessed life
infinitely rich,
infinitely ripe,
tasting of peaches
and anemones
red tile,
voile peignoirs
and air,
inhabited air.



To X. (With Ephemeral Kisses) 

I hear you will not fall in love with me
because I come without a guarantee,
because someday I may depart at whim
and leave you desolate, abandoned, grim.
If that's the case, what use to be alive?
In loving life you love what can't survive:
and if you grow too fond and lose your head,
it's all for nought-for someday you'll be dead.
Maintain a cool detachment through the years.
Wear blinders, dear, put cotton in your ears.
Since worms will taste the tongue that tastes the wine,
burst not the grape against your palate fine.
With care, your puny heart will still be whole
the day they come to fetch your tepid soul.
And as that strumpet, Life, deals her last blow,
you'll have this final consolatio:
you'll snap your flippant fingers as you fall,
and say, 'I never cared for her at all!'



Alcestis On The Poetry Circuit
(In Memoriam Marina Tsvetayeva, Anna Wickham, Sylvia Plath, Shakespeare¹s sister, etc., etc.)

The best slave
does not need to be beaten.
She beats herself.

Not with a leather whip,
or with stick or twigs,
not with a blackjack
or a billyclub,
but with the fine whip
of her own tongue
& the subtle beating
of her mind

against her mind.
For who can hate her half so well
as she hates herself?
& who can match the finesse
of her self-abuse?

Years of training
are required for this.
Twenty years
of subtle self-indulgence,
self-denial;
until the subject
thinks herself a queen
& yet a beggar -
both at the same time.
She must doubt herself
in everything but love.

She must choose passionately
& badly.
She must feel lost as a dog
without her master.
She must refer all moral questions
to her mirror.
She must fall in love with a cossack
or a poet.

She must never go out of the house
unless veiled in paint.
She must wear tight shoes
so she always remembers her bondage.
She must never forget
she is rooted in the ground.

Though she is quick to learn
& admittedly clever,
her natural doubt of herself
should make her so weak
that she dabbles brilliantly
in half a dozen talents
& thus embellishes
but does not change
our life.

If she's an artist
& comes close to genius,
the very fact of her gift
should cause her such pain
that she will take her own life
rather than best us.

& after she dies, we will cry
& make her a saint.



Another Language

The whole world is flat
& I am round.
Even women avert their eyes,
& men, embarrassed
by the messy way
that life turns into life,
look away,
forgetting they themselves
were once this roundness
underneath the heart,
this helpless fish
swimming in eternity.

The sound of O,
not the sound of I
embarrasses the world.
My friends, who voluntarily have made
their bodies flat,
their writings flat as grief,
look at me in disbelief.
What is this large unseemly thing-
a pregnant poet?
an enormous walking O?
Oh take all the letters of the alphabet but that!
We speak the Esperanto of the flat!

Condemned to sign
language & silence, pregnant poems
for men to snicker at,
for women to denounce,
I live alone.
My world is round
& bounded by the mountain of my fear;
while all the great geographers agree
the world is flat
& roundness cannot be.



The End Of The World

Here, at the end of the world,
the flowers bleed
as if they were hearts,
the hearts ooze a darkness
like india ink,
& poets dip their pens in
& they write.

"Here, at the end of the world,"
they write,
not knowing what it means.
"Here, where the sky nurses on black milk,
where the smokestack feed the sky,
where the trees tremble in terror
& people come to resemble them. . . . "

Here, at the end of the world,
the poets are bleeding.
Writing & bleeding
are thought to be the same;
singing & bleeding
are thought to be the same.

Write us a letter!
Send us a parcel of food!
Comfort us with proverbs or candied fruit,
with talk of one God.
Distract us with theories of art
no one can prove.

Here at the end of the world
our heads are empty,
& the wind walks through them
like ghosts
through a haunted house.



ERICA JONG (EE.UU., 1942)


septiembre 24, 2018

CERCA DE LA NADA - PAUL BOWLES





En el principio era el barro, y el sonido de la respiración,
y ninguno de nosotros estaba seguro de dónde estaba.
Cuando nos enteramos, era demasiado tarde.
Ahora no puede pasar nada salvo lo que tenga que pasar.
Y después estuve solo, y no importó.
Porque para entonces no podía importar nada.

Al otro año hubo peleas de cuchillo en el estadio.
Creo que la gente está lista para esto, decía el intendente.
Participación total. Un nuevo concepto en deportes.
El que pierde no sale vivo del ring.

Pero nadie puede saber dónde está hasta que sabe dónde estuvo.
Me senté tranquilo, y entonces el viento cambió, y miré arriba.
Y las ramas negras que colgaban sobre el agua
se agitaron apenas con el cambio de viento.
Piropos, dijiste. El aire les hace piropos.

¿Me cambiás este billete?
Por el momento está cerrado.
Llevame a la otra punta de la ciudad
adonde rebanan a los tiburones en la arena.

Después del atardecer corre tarifa doble.
Está prohibido pasar de la baranda.
Llevame a la otra punta de la ciudad
adonde nadie quiere ir.

Sí, dije que íbamos a necesitar las ametralladoras para marzo,
pero también avisé que no dijeran que la vida era fácil.
Mezclé aros con ataúdes, cunas con agujas
mientras a lo lejos las luces parpadeaban en el Monte Tomás.
Nos sentamos en un parque con olor a pinos,
y esa noche en los pasillos hubo voces
y me acordé de la cara vacía del ciego mientras cantaba.

Tú misma tienes la culpa
de lo que has hecho conmigo.

Te vas a encontrar entre la gente
eso no se puede evitar
y por otra parte tampoco lo querrías.
Los pasajes en los que no espera nadie son oscuros
y difíciles de navegar.
Las paredes mojadas te tocan los hombros de los dos lados.
Cuando los árboles estaban ahí me preocupaba que estuvieran.
Ahora no están, ¿importa?
Los pasajes donde no espera nadie se suceden
sin la promesa de un final.
Te vas encontrar entre la gente,
las caras, la ropa, los dientes, el pelo
y las palabras, muchas palabras.
Cuando hubo vida, dije que la vida era un error.
¿Y ahora qué digo? ¿Entendés?

Estos últimos días algo pasa.
Las nubes en los árboles
pueden rozarte la cabeza mientras corrés monte arriba.
Después del atardecer los pájaros bajan volando
empujan la reja y se comen las plantas.
La bruma se extiende sobre las tierras bajas
y los barcos lentos gimen.

Sí, algo pasa.
Dijiste que los viste juntos
pero no estaban juntos.

¿Quién ama la niebla?
¿Por qué vienen los pájaros?
En cuanto a las nubes, puede ser que sean inocentes.

Las ramas vivas cuelgan sobre el agua negra. No se mueve nada.
¿Y cómo voy a saber qué sos para mí?
Nuestras teorías quedan sin demostrarse. No te rías.
Pensamos que había otras formas.
Probablemente las haya, pero están escondidas
y no vamos a encontrarlas nunca.

¿Cómo se llama?
Dios no permita.
¿Adónde vive?
Nadie sabe.
¿Cómo llegamos allá?
Preguntale al chofer.
¿Esa es la cara de él?
Nadie sabe.
¿Podré preguntarle ahora?
Dios no permita.

Llevame a la otra punta de la ciudad
adonde nadie sepa la diferencia entre vos y yo.
Volví. No lo encontré.
¿Y ahora qué digo? ¿Entendés?

La mujer señaló.
Ese es el modelo que
tendríamos que haber tenido.
Lo pensamos, nos echamos atrás
y no lo hicimos.

Mil veces deseamos haberlo hecho.
Pero esas cosas se dan así.

Nunca se sabe
hasta después.
Caminos nada más que
de ripio filoso y piedras.

Y dicen que hay
víboras detrás de las piedras.
No se ve ninguna pero
se sabe que están ahí.

Y después de que
bajaste por los siete
valles desiertos, uno
detrás del otro,

encontrás que estuviste
llorando en silencio
la última media hora.
O al menos eso hice yo.

Porque no había
conexión. Ninguna
conexión con ninguna
cosa en absoluto. Nada.

Podría no haber sido
un viaje tan terrible
de haberla tenido.

La mujer señaló.
Ese es el modelo que
tendríamos que haber elegido.

Va a estar lloviendo allá arriba para cuando llegues.
Tratá de pasar rápido. Mejor no perturbar la respiración
fría y verde del bosque, dejarla enroscada cerca de las ramas.
Una vez en campo abierto se puede volver a respirar.
Esa es la teoría, pero nuestras teorías quedan sin demostrarse.
Las cosas no son como eran.
¿Cómo podemos estar seguros? Se aplican leyes nuevas,
¿y quién sabe la diferencia entre la ley y el viento?
¿Y quién sabe la diferencia entre vos y yo?

Y tú misma tienes la culpa
de lo que has hecho conmigo.

Me gustaría ver el fondo de la fuente.
No te acerques al borde.
¿Este camino lleva al lago artificial?
Pospusieron el concierto.
¿Hay una cascada detrás de esas rocas?
El guardia no está de servicio.

No tengo la menor idea de lo que va a pasar
ni en qué partes va a ser el dolor.
Estamos en primavera, y la primavera tiene una luz tortuosa.
Las imágenes de la primavera están hechas de cristal y no pueden evocarse.
Va a haber sufrimiento, pero sabés cómo engatusarlo.
Va a haber recuerdos, pero se pueden vencer.
Va a estar tu corazón todavía moviéndose
en el viento que no paró de soplar hacia el oeste,  
y vas a hacer una señal. ¿Alguien va a verla?

Pensamos que había otras formas.
Que la oscuridad iba a quedarse afuera.
No somos eso, dijimos. No está en nosotros.

Sí, sí, andá con ella. Sonrió el viejo.
Vas a volver. No me vas a encontrar.

Hubo un tiempo en que la vida iba por carriles más diáfanos.
Todavía tomábamos agua del lago,
y el balde salía frío
y dulce con olor a agua profunda.
Ese año la canción estaba en todas partes, una cantinela ridícula:
Es que parece tan largo, y no lo es.
Es que parecen tantos años,
y quizás es uno solo.
Cuando los árboles estaban ahí me preocupaba que estuvieran,
y ahora no están.
Para salir usamos el sendero que rodea el pantano.
Cuando quisimos volver había subido la marea.
Había otro camino, pero mucho más alto y difícil de tomar.
Así que esperamos acá, y sigue siendo lo mismo.

Había muchas cosas que quería decirte
antes de que te fueras, y ahora no voy a decirlas nunca.
Aunque la luz se derrame sobre el balcón
formando en los mismos lugares las mismas sombras,
solo yo puedo verlas, solo yo puedo oír el viento
y es demasiado fuerte.
El mundo hierve de palabras. Perdoname.
Te amo, pero no tengo que pensar en vos.
Es la ley. No todos la obedecen.
Aunque el tiempo pase y el viento nunca sea el mismo
no voy a cambiar. Esa es la ley, y está bien.

Sí, sí, fui con ella. Sí.
Con el brillo de la mañana y con el fulgor de la tarde.

Piropos, dijiste. El tiempo te hace piropos.
Nunca habrá modo de saber.
Sí, volví. El viejo se había ido.

Nosotros no pensamos, no damos explicaciones,
no tenemos ninguna sensación, no pedimos disculpas.
Esta es nuestra actitud, y a ellos los impresiona.
La angustia no era lo suficientemente real,
la época de terror fue demasiado efímera.
Creyeron que todo eso se había terminado, y que lo habíamos dejado atrás.
Estaban seguros de que tenía que haber otras formas.

Yo soy la araña en tu ensalada, la sangre extendida sobre tu pan.
Soy el escalpelo oxidado, la espina debajo de tu uña.
Un día voy a serte útil, como vos a mí nunca me vas a ser útil.
Las cabras saltan de tumba en tumba, y mordisquean los cardos del  otro año.
En nombre de algo más que la nada, de Sidi Bouayad,
y de todo el que posea sabiduría, poder y arte,
soy la dirección incorrecta, el nervio muerto, el grito trunco.
Un día mis palabras te van a consolar, como las tuyas no van a consolarme nunca.






NOTAS

Piropos son los pequeños halagos que un hombre le susurra a una chica que pasa caminando. Como: ¿A dónde va toda esa belleza? ¡Qué guapa! ¡Qué linda! Etcétera. Y las chicas calculan su atractivo en un día determinado por el número de piropos que les dijeron.

“Tú mismo tienes la culpa de lo que has hecho conmigo” es la línea inicial de una vieja canción flamenca de los años veinte, creo que un fandanguillo, cantado por Pepe Marchena. Aunque su significado literal no tiene conexión con el contexto, solamente el sonido, como el recuerdo de una canción.



(Bardo Matrix Press, Katmandú, Nepal, 1976).



Versión en castellano de Sandra Toro

Leer versión original en inglés




PAUL BOWLES (EE.UU. , 1910-1999).

septiembre 20, 2018

POEMAS DE ALBERTO SZPUNBERG




Foto intervenida, original gentileza de APU 



APUNTES

I

Es así, como la lluvia en la tarde,
nunca termino de llegar al fondo de tus ojos.
Demasiado dolor para hablar sueltamente del futuro,
cuando el húmedo brillo de la corteza huele a un bosque
crecido de golpe en el corazón del invierno, esta tarde,
esos muertos.

Pero a qué abrazarme sino a ti, contra qué ventana
ver los hilos de la lluvia sino en tus ojos,
desde qué espera, bajo qué silencio.

¿A qué huele la tibieza de tu abrigo de lana
si no a esta lluvia, si no a ti misma,
tejida y desflecándose en el aire de la tarde?

En la hornalla ronronea el agua.
Encendamos un cigarrillo en su fuego y fumemos tranquilos:
existes, vivimos, y creo que te amo.


II

Y digo "creo" porque no sé, nunca sabré.
Como si te dijera: he visto esta mañana dos o tres hojas
amarillas que se agitaban en el árbol, un árbol,
pura fragilidad, inminente pero delicada, en el aire frío
de diciembre.
Como si te dijera: esta mañana salí al balcón y, a mis
pies, la parra era una espesura macilenta recorrida
apenas por el susurro de las voces,
no sólo esas ahogadas brutalmente sobre la tierra, pero
también esas voces ahogadas brutalmente sobre la
tierra.
Entonces, ¿dónde empezó el encuentro, no de un
cuerpo sobre otro sino de una sombra en la otra o
del aire con el aire o de una mirada hacia la otra?
¿en qué momento de ayer -¿de qué ayer?- dejamos de
ver las cosas para adivinarnos, a tientas, uno en el
otro y en los otros, o sea, válida luz esta luz la del
presentimiento?
¿a la mañana de qué día hemos llegado o vuelto cuando
nos inunda el mar azul, y los barcos pudriéndose
sobre la arena, y el olor a historias de hombres sin
otra historia que el tiempo justo para vivir y morir?
Desde la ventanilla del tren se alcanza a ver la vieja
casona donde la hiedra es un fino trazo sobre los
altos muros.
Es un resplandor fugaz, muy fugaz, que ilumina tu perfil
dorado por el sol.
¿El sol? Sí, creo que es el sol.


III

"Como si te dijera", o sea, todo esto es un decir,
también este poema.
Por ejemplo: esta mañana pude descubrir en el perfil
de la montaña un gesto que es tuyo, sobre todo
cuando observo tu rostro contra el cielo, y ambos tan
inasibles.
Pero no pensaba en ti, sino en la montaña, allá arriba
donde el cielo también es inasible,
allá en lo alto de esa ola que no deja de avanzar en su
tiempo, el mismo que empuja en el fondo de todos
nuestros días.
Pero detenida para nosotros en el horizonte, podemos
encontrar nuestro camino en relación con ella, su
soledad,
tu gesto ese que tampoco deja de empujar y empujar
en el fondo de todos mis días, mis mañanas, mis
silencios.
Como si te dijera: no pensando en ti sino en la
montaña pude pensar que te encontraré y
hablaremos,
aun sabiendo que tu voz me distrae de todo lo que
dices.
Como si te dijera: entre palabra y palabra, el poema
vuelve a ser un juego inocente.



IV

Sí, también "allá arriba", en la montaña, "el cielo es
inasible",
menos en estas tardes en que toda la lluvia parece bajar
lentamente a posarse en su cabeza,
menos en estas tardes -ya sé, ya sé, "esos muertos" -en
que la lluvia se asoma al ventanal de la casona y
humedece la corteza del árbol que la cubre.
Sólo a su puerta recostaría mi cabeza sobre tu hombro
y te diría: "he caminado mucho, tengo hambre y sed".


V

No se trata de la tierra, pensaba, sino del oscuro
corazón de la memoria,
esta sombra socavando antes y ahora la sonrisa que
curva sospechosamente tus labios, la húmeda
hondura de tus ojos: "esta tarde, esos muertos".
Mis dedos entre tus cabellos no destejen toda la
tristeza ni toda la alegría, pensaba decirte, siempre
inseparables e infinitas,
como tu perfil contra el cielo, pensaba, como el
trazo firme de tu perfil contra la transparencia de
diciembre, pensaba,
pero "hasta la alegría de los chicos entristece" son tus
palabras
y tus palabras son toda tu voz, sin distracciones,
como si de pronto la poesía fuera este poema, este
juego inocente donde también cabe la muerte, sin
distracciones,
y ahora, ¿cómo saberte sobre la tierra sin esta caída
agazapada debajo de tus huellas?
y antes, ¿cómo amar tu perfil contra el cielo sin tentar
el vacío?


VI

Pero fumemos tranquilos, también en la casona de altos
muros -"fugaz, muy fugaz"- alguien se inclina sobre
la hornalla y enciende un cigarrillo,
también los días que vendrán palpitan en este oscuro
corazón.

Para asirte, sólo y apenas la yema de los dedos:
sólo del aire la caricia aprende a contenerte.


VII

Aprendí de tu desnudez
la tarde en que supe lo que ella tiene que ver con el olor
de la lluvia.

Ahora que llueve, aprendo de la lluvia,
íntima y transparente como tu desnudez en la tarde.

Huele a tierra, a hojas, a tristeza, a tu rostro, y sin embargo,
todo lo que se puede decir sobre la lluvia son palabras:
lo único cierto ella misma lo dice contra la ventana,
contra el vidrio empañado donde sólo es posible dibujar
tu nombre.

Sí, ya escucho, "en la hornalla ronronea el agua", afuera
anochece.
Miro cómo comienzan a llorar tus letras y callo:
la única manera de amarte ahora es callar y oír.


VIII

Nunca dices toda la verdad, nunca mientes.
Como si dijera: el ruido de las ramas agitándose no es el
viento,
el ronroneo del agua en la hornalla no es la tibieza,
ni siquiera tu cabeza sobre mi hombro es tu presencia,
pero todo lo que ocurre entre hoja y hoja ocurre en la raíz
y la taza de té que enfrían tus manos no ocurre sólo
entre tus manos.

Como si dijera: nada hace pensar que es así, pero todo
lo confirma,
hasta tus destellos de sombra con que me iluminas.
Nunca dices toda la verdad: siempre existes.


IX

Las manos sobre tu rostro, los labios bajo tus besos,
creí "llegar al fondo de tus ojos" y no volver, o sea, no
llegar:
¿nunca habré caminado lo suficiente para apoyar mi cabeza
sobre tu hombro y rehacer el camino:
la hilera de pinos trepando la montaña, un adiós casi,
un gesto tuyo,
y el ocre macilento donde el futuro es sólo una semilla
arrojada al rigor del invierno?
En realidad, estoy triste: en realidad, no estoy triste;
en realidad, toda verdad es arrojada siempre al rigor y
sabe a despedida;
en realidad, te miro a los labios y espero:
ahora mi silencio ya no es lo que callo sino las palabras
que me faltan,
también esta humildad es otra forma de creer que te amo.


X

Esta charla queda que continúa el silencio y es
continuada en silencio, quedamente:
ahora sé que también puede ser verte partir,
no el abandono sino los graves movimientos de la luz
que nos transita y transitamos,
sabios gestos del aire que anima nuestra tibieza y nos
traspasa,
su gracia imprevista al hacernos íntimos de la tarde, más
exactamente: dolor de la belleza de la tarde,
"esta tarde" toda cielo que envuelve tu cabeza pensativa.
Mi mano roza tu sonrisa, se deja tentar hacia la derrota
del miedo.


XI

Hay un hombre que contempla la vieja hiedra y busca
una palabra que no encuentra,
toma del suelo una hoja caída y sueña con la palabra
que no encuentra esa palabra,
la hoja -"dos o tres hojas"- es quebradiza y cruje entre
las manos de un hombre como si fuera la palabra que
busca y que no encuentra,
pero sólo tiene los bordes rojizos como el atardecer,
"esa tarde" en que hay un hombre que busca una
palabra, esa palabra, y no la encuentra.
Mira la tierra, el muro rugoso bajo el sol -"creo que es
el sol"-, pero es otra la palabra que no encuentra:
¿será tu nombre que él no sabe y yo creo saber,
cualquiera de estas palabras que él no lee y yo creo
escribir?
A través de las hojas de la hiedra el hombre cree ver la
palabra que no encuentra,
pero son las nubes de bordes rojizos como la hoja en el
atardecer, "esta tarde" en que hay un hombre que
busca una palabra y no la encuentra, "esos muertos"
esa palabra.
Vendrá la noche y el hombre se sentará al pie de la
hiedra agobiado por la palabra que no encuentra,
se dormirá soñando con la palabra que no encuentra,
y se despertará balbuceando inútilmente esa palabra que
no encuentra,
y volverá a casa -"la vieja casona donde la hiedra es un
fino trazo sobre los altos muros" -y encenderá la
hornalla pensando en la palabra que no encuentra,
"esta tarde", esa palabra,
se inclinará a encender un cigarrillo y yo escribiré “el
agua ronronea” y tú leerás “El agua ronronea” y él
oirá que el agua ronronea.
Sin saber por qué -"porque no sé, nunca sabré" -recién
entonces el hombre podrá fumar tranquilo, "esta tarde",
esta misma- sí, "ya sé, ya sé, esos muertos"-
en que hay otro hombre que busca una palabra y no
la encuentra.
Como si otro hombre dijera: "tu voz me distrae de todo
lo que dices",
como si otro hombre dijera: "de pronto tus palabras",
como si siempre otro hombre dijera la palabra, tu
nombre quizás, este silencio.


/////


Sólo ella puede transformar la hoja en palabra
en este poema que sostenido por ella sólo existe,
esta hoja de roble a trasluz de las llamas
hasta que sus nervaduras ardan junto a su rostro pensativo:
demasiado fuego para que no crepite entre sus manos
como breve ceniza que se suma a la ceniza,
humo fugaz que sube hacia la niebla
donde el roble sostiene la tristeza del mundo
para que exista este poema donde ella, sólo ella
transforma la palabra en hoja para que siga ardiendo.

Volvamos a empezar,
mejor dicho, ¿en medio de qué aire o viento, digamos
viento, cayó la hoja que ha levantado para dejarla
caer, o sea, para dejar que vuelva a empezar a caer en
medio de otro aire, digamos país, digamos viento,
otro viento que la devuelva a otra hoja, a otras
manos que vuelvan a empezar en este gesto tan vano
si se quiere –“pensativa en el balcón”- de volver a
empezar lo que nunca comienza ni termina?

Ella vuelve del balcón, sonríe, gira
y sus manos sobre mi frente borran toda la sombra de
las huellas, todas las prisas,
“trémula y efímera como el equilibrio entre el cielo y la
tierra”.

Por qué, me pregunta por qué
Cuando acaso el amor –la poesía, tan vana si se quiere-
Es la única coherencia de lo azaroso.



LUCES QUE A LO LEJOS

El mar, yo sólo dije el mar, pero igual tiemblo:
todos estos bosques también pudieron haber sido o serán
barcos crujientes que con las velas hinchadas dejan
estelas, jarcias, banderas, gallardetes, esloras, grumetes,
medusas y brújulas inquietantes sobre el mar,

¿el mar? ¿por qué yo sólo dije el mar cuando sólo
bastaría con poder mirarse a los ojos y decir
naturalmente “bitácora” o simplemente “equinoccio”
o apasionadamente “Perla de Labuán” o “altos
sureste” y dar vuelta la página o, escuchame, “hacia
las rompientes empujan los vientos que soplan
implacables a estribor”?
pero tanta belleza se me confunde finalmente con ella,
ella que salía del mar como un animal fantástico.


(de Apuntes / Luces que a lo lejos, Colihue, Buenos Aires, 2008).






l vero amore è una quiete accesa
Giuseppe Ungaretti, Silenzio in Liguria.
    
    
    
     vi.
    
     Todo el amor cabe en la mano
     cuando la mano se vierte sobre un cuerpo
     que se derrama de goce
     al roce de la mano:
    
     de un cuenco a otro cuenco
     se vuelca la transparencia
     que calma la sed más antigua,
     los veranos más violentos,
    
     y de esta ligereza nace el empeño
     de desmentir la gravedad del mundo,
     hasta que se cuelen por entre las caricias
     sus cuerpos suspendidos,
     únicos.
    
    
     vii.
    
     Huelen a hoteles imprecisos,
     valijas entreabiertas, destinos mal hablados:
     lo que uno busca en el otro
     se evade entre gestos confundidos, azarosos,
     por una calle que conduce a lo que hoy ya es distinto:
     la última verdad se desvanece en cada encuentro
     y en ella se hacen fuertes,
     sin embargo,
     los días.
    
    
     viii.
    
     No hay después, no hay más tarde, no hay mañana,
     sino el gesto de ella en la tibia desnudez que continúa
     las horas más duras, las de siempre,
     como si todo siempre comenzara.
    
     El aire se inquieta por las cartas que no llegan
     y agita las cortinas cerradas a la tarde.



(de La encendida calma, Delbolsillo, Buenos Aires, 2002).




A Victoria y Sabina, mis hijas
A Shila, la perra
A Tula, la tortuga
A Manolín, la lagartija
A los compañeros de la Brigada


V

Vuelvo a hablar del río con el río
como el agua con la orilla:

aquí nací
y donde sea que muera qerá aquí,
sobre este mismo pálpito:

la leve firmeza de los pasos
saben lo que nuestros pies ignoran,
descalzos sobre arenas
donde nunca quedan huellas del camino:

besos esparcidos entre labios
lejanos, casi ajenos, inexpicables.


Hay matorrales que ceden a las corrientes
y otros que resisten con las raíces
hundidas en el barro
hasta que un golpe de agua las desprende
con tal delicadeza,

como sólo la muerte es pasajera:
acaso por eso flotan y se balancean
transparentes islas
en la demora del remanso.


VIII

Yo sé que mis pasos ya trazan la ausencia
y nada ni nadie ni nunca,
ni siquiera ella,
colmará el infinito asombro.

En qué mar, vaya a saber, será el reencuentro,
en qué mar arrojado contra qué rocas,
en el embate de qué tiempo
contra el trabajo sucio,
imperceptible,
del olvido.

XII

Yo sé que este poema

-la lluvia que se derrama
desde las hojas moradas de la hiedra,
ausencia sobre ausencia,
hasta dar con el fulgor de la noche,
imprescindible,
en el más humilde paisaje adoquinado-

yo sé que este poema,
-delicadeza de la tenacidad infinita-
no sólo a mí me pasa.

XVII

Diferentes
como dos gotas de agua
de la misma lluvia,
incontables
como los días
de una misma jornada,
olemos a tierra húmeda
donde el viento al azar nos siembra.


XXIV

Acariciarte es también una manera
de buscar la verdad,
como si tus mejillas fueran
lo que parece que es tu rostro
que reconozco o adivino
pero nunca del todo
y no te encuentro, verdad, sino cuando te busco
y no te encuentro,
verdad,
hasta que cada caricia que te encuentra
te pierde,
desnuda,
pero nunca del todo,
sino sólo un instante
para siempre.


XXVII
No en el papel
escribo tu nombre,
sino en la trama del papel,
donde aún respira el bosque herido,
el desgarrado tapiz de la memoria.


XXXII

Las nubes, más arriba,
el viento,
y nada, nada,
ni siquiera el bisque se detiene.

Acá abajo, a nuestros pies,
entre las rocas,
¿qué presagian las aguas oscuras
si no la noche
de las entregas infinitas?

Y un velo de lilas,
segundos apenas del aire mismo,
ligero, tembloroso,
envuelve los árboles y la nieve,
y nada, nada,
ni siquiera la montaña permanece.

Cierro los ojos, vida,
como si horas después la marea
fuese a cubrirnos
en su constancia de espumas y de sombras.

Un graznido
sella el silencio.


XXXV

Caminas sobre tu propio corazón
y en él tienes tu casa, la quietud, el fuego,
a pesar de los días desolados:
te echas sobre el suelo
y escuchas latir el mundo
como si fuesen tus propios pasos
que se acercan.

(de El libro de Judith, El Surí Porfiado, Buenos Aires, 2008).




HABLA PIATOCK

Yo, Piatock, vi muchas cosas en mi vida:
en vísperas del día más terrible de todos los días, asistí al
parto de un cordero de dos cabezas:
con la una asentía, con la otra negaba, pero en sus cuatro
ojos brillaba
la misma única mirada de los que de una u otra forma van a
morir.

Yo sentí que los cuatro ojos me miraban
y aún humedece mis ojos la misma única mirada.


EL CORDERO DE DOS CABEZAS FORMULA LAS CUATRO PREGUNTAS

– ¿Por qué esta noche es diferente a las demás si quien
    pregunta responde por otra boca y en ésta ya no hay
    palabras sino chirridos de arena entre los dientes?

– ¿Por qué esta noche es diferente a las demás si la
    amargura sólo nos recuerda el cautiverio y es
    precisamente el recuerdo lo que más nos cautiva?

– ¿Por qué esta noche es diferente a las demás si, contra
    el más elemental sentido, nos bañamos dos veces en la
    misma sangre?

– ¿Por qué esta noche es diferente a las demás si afuera el
matarife afila pacientemente su cuchillo y ahora
recostarse acaso sea dormirse para siempre?



LOS MIEMBROS DE LA ACADEMIA OBSERVAN EL MILAGRO DE LA COPA

– Levanto la copa para la bendición del vino y, a la altura
de los ojos, allí donde llega cualquier mirada, incluso
la mía, apoyo la copa en el aire y abro la mano, como
quien da o saluda o se cubre del sol, y es evidente que,
antes de estrellarse, la copa permanece en el aire
sostenida por sus propios destellos...

– Pero es todo muy fugaz para que una fragilidad que
finalmente se estrella sea un milagro...

– Sé de una copa que, sin que nadie la levante, entre el
último suspiro del viernes y el primer suspiro del
sábado, titila sola en el aire y nadie sabe si es la primera
estrella o un simple pestañeo o una chispa perdida o una
luciérnaga entre muchas, y hasta los 36 justos se llenan
de dudas, pero son las mismas dudas las que hacen más
justos a los justos y santifican el sábado...

– Pero la copa que cae finalmente se rompe y el sábado, en
cambio, continúa...

– También un corazón se rompe, pero el final de un milagro
es parte del milagro y nadie, ni la escoba más feroz, ni la
limpieza más étnica, ni la contradicción más antagónica,
nadie puede hacer a un lado la última astilla de cristal si
también ella, aun pequeña e insignificante, desnuda los
colores de la luz y reverbera y resplandece...

– Pero si lo peor, Él no lo quiera, ocurre en el preciso
instante de la bendición del vino, también se pierde el
vino...

– Siempre algo del vino se esparce y huele en el aire, pero
quién puede hacer a un lado la última gota si también en
ella se refleja y tiembla la primera estrella, sin olvidar
jamás que, al fin y al cabo, la verdadera bendición del
vino es el trago y el descanso...

– ¡Salud y R.S.!

– Por los siglos de los siglos, amén…



EL OBRERO DEL VIDRIO ANALIZA LAS CONDICIONES OBJETIVAS DEL MILAGRO DE LA COPA

¿De qué milagro me hablan si soy yo quien carga todo el
desierto sobre mis hombros y luego vuelco su arena en
el crisol y recojo el líquido ardiente en el molde y le doy
la forma de mi sed y pulo su hueco como el vacío de mi
hambre y aún sangra en la palma de mis manos el
recuerdo de la astilla más pequeña?

¿De qué milagro me hablan si cada vez que toco la realidad
hasta el aire es áspero y mis caricias siempre dejan
huellas y hasta a veces, sin querer, hacen daño?
¿De qué milagro de la copa me hablan si es una maniobra
más de la fábrica de vidrios y cristales Glasserman Hnos,
cuyas acciones suben o bajan según me hundo o emerjo,
pero siempre con el desierto a cuestas, con esa transparencia
entre los ojos, esa redención, ese espejismo
que hiere y se aleja, siempre se aleja?



EL POETA PASA POR PLAZA DE MAYO Y DESCUBRE AL PROLETARIADO

Tiene razón el compañero Obrero del Vidrio:
yo empecé como copista del Libro, letra por letra, punto
por punto, hasta que una primavera me di cuenta de que
nunca lo mismo es lo mismo:
era justo el momento en que yo empezaba a copiar el
primer signo cuando el aire de la siesta abrió de golpe
las ventanas y eché una mirada, una sola mirada al
inmenso mundo:
no lo volvería a ver hasta levantar la vista de la última letra,
del último punto,
y recuerdo como ahora que el cielo con sus columnas
infinitas y sus minúsculos engranajes zodiacales y sus
palacios de piedra levantados sobre el viento y su
ejército de ángeles y arcángeles era otro
y que la tierra con sus barros y sus odios y sus guerras y sus
hambres era otra
y que las letras y los puntos de siempre, que ya
empezaban a formar las palabras de siempre,
en principio eran otros,
y cerré los ojos y descubrí que los signos de siempre
estaban a punto de crear otro cielo y otra tierra y
de empezar en realidad un nuevo Libro,
y ahí caí, compañeros, en que todo momento es el
momento justo.


EL MÚSICO EXPONE SUS QUEJAS DE BANDONEÓN


a César Stroscio


Tiene razón el compañero Poeta:
yo empecé con un do de pecho en el coro del oberkantor,
pero terminé siendo su yerno, y mi vida empezó a
cambiar por las noches con el crujido de la escalera de
madera: a veces, era ella que subía y bajaba y la música
era ella, pero otras veces los escalones crujían porque sí
y la música que subía y bajaba era sólo música: una
noche blanca abrí la ventana a la más nocturna de las
claridades y advertí que los vientos que suben hasta el
cielo y bajan desde el cielo trepan y se descuelgan por
escalas que también son de música, y aunque a esa hora
nadie camina por las calles, la música igual sube y baja
por ellas como si fuese ella la primera nota de la noche,
y entendí que el graznido del cuerno en los días
terribles, el silbido de Piatock, los sueños de su caballo,
la respiración de mis hijas mientras duermen,
los ladridos de Shila, el mutismo de Tula y el fueye de
César y las nueve sinfonías de Beethoven, todo, todo es
el mismo grito de corazón.


REB ARIEH BEN NAFTULE REPASA

Ahora me doy cuenta de que los planetas que todas las
noches rozan mis manos y las estrellas que de día permanecen
en tus ojos y tu silencio que siempre habita en
el entresijo de mis palabras son ese momento en que el
cielo y la tierra se tocan y reconocen asombrados la
presencia de uno en el otro.


(de La academia de Piatock, Córdoba, Alción, 2010).





ADIVINANZA DEL MIRLO

Ni siquiera la palabra mirlo puede ser el silbido del mirlo,
ni siquiera la belleza, entre escombros, de decirlo: mirlo,
no sólo esa cadencia en el balanceo de las ramas,
sino el silencio al oído que anida en el mirlo
para que el silbido sea solamente mirlo:
es el temblor de las sílabas únicas en los labios,
la claridad del aire como si sus alas me rozaran.


LABERINTO

La palabra palabra como quien da la palabra,
es la moneda en el puño como si sólo mía fuera:
también la limosna es codicia, controversias
en un tartamudeo que todo lo confunde:
por amor o por espanto, pega lo mismo
la brutalidad que borra lo que iba a decir:
sin punto final, sin puntos suspensivos,
y aunque parezca que todo comienza de nuevo,
pena es el grito, gemido el adiós, pronto el silencio.


HUMOS

Acabo de apagar el último, lo juro,
prometo que no más, esta vez va en serio,
aunque haya más últimos, más brasas
que se encandilen a la primera inmediatez,
nuevas maneras de aspirar más hondo
la mentira imprescindible para vivir
como si recién comenzase a ser hombre,
esa niebla que me envuelve de hace años.


GEOMETRÍAS

Hasta la línea recta, que no existe, se cansa
de insistir en ser lo que, por cierto, no es:
advierte, aunque ya es tarde, que ella misma
se cierra en un círculo inabarcable, fantástico,
que por natural naturaleza es horizonte:
la línea recta, inventada para atravesarlo todo,
es ajena a la curva de una mano que encrespa
el remolino de los cuerpos en sí íntimos:
condenada a padecer eterno el infinito,
su oculto deseo, lo sé, es el punto final.


(de El nombre revelado, Buenos Aires, Ediciones En Danza, 2016).


ALBERTO SZPUNBERG (ARGENTINA, Buenos Aires, 1940).