septiembre 25, 2016

POEMAS DE MEI-MEI BERSSENBRUGGE


Foto: Ann Hutchins


EL ROMPIMIENTO DEL ALAKANAK 



1

Para calcular la temperatura, ella arroja al aire un vaso de agua 
puesto que va a evaporarse antes de tocar el suelo.
Sale y arroja al aire un vaso de alcohol 
y después se queda mirando el aire.

Cuando su atención es discontinua, ya no quiere decir que esté
desatenta. Ahora se puede medir la planicie del mismo modo,
aunque planicie y temperatura sean vacíos que su calor 
atraviesa, incluso antes de que se dé vuelta.

Cuando se da vuelta, el hielo sobre el que estaba parada se transforma
en espuma y está por irse a la deriva. Retumba mientras cambia.
Ella lo mira alejarse hasta que es un tajo de luz entrando en el cerebro,
porque el cerebro se protege a sí mismo de la luz.

He aquí el horizonte eventual. Te podés concentrar en una piedra cónica
de la bahía. Podés hacerla más grande y más cercana que el hielo
que la rodea, porque tenés el poder de atraer el objeto.
Esto rompe tu arreglo en un tramo de infinito.

Después atás una cuerda a un palo y lo lanzás adelante
mientras mirás la roca. Y lo volvés a traer.
A veces el palo desaparece frente a tus ojos, y lo tenés que 
ir a buscar. En esos momentos, la roca se convierte en vos,

envuelta en mantas y con los ojos ardiendo.
Equilibrás tres horizontes. De la misma manera, agarrás de los 
hombros a la persona y con suavidad la empujás contra el suelo,
que cambia constantemente con la corriente y la marea.

Te enfocaron en eso. Todo este tiempo
habías estado registrando la dirección de la ventisca y de los tallos 
que torció el viento del sur. Sin embargo, una tormenta te puede distraer.
Tu atención se convierte en el sonido irritante de un palito que raspa 
el borde de un tazón en una fiesta. Dirige la atención tenuemente hacia tus
dedos, tanto como tu cuerpo que con el viento se empieza a apurar.

Te enfocaron en eso, a fin de que tuvieras miedo
o a fin de reproducir la línea entre tu mente y tu mente al otro lado
de una grieta azul del hielo, así que te podés sentar con ellas
cara a cara, como los témpanos plegados, rotos
y apilados uno encima del otro, y así sabés lo necesario para frenar 
en cuanto perdés el rumbo.

Entonces, si estás en el mar, con visibilidad escasa, sin viento,
y no te ven, da una vuelta alrededor de un témpano, por favor,
el mar contiene partículas de polvo que van a brillar
indicando la dirección del sol, dice ella.

Cuando mirás para arriba, ves que en la ventana se formó un montón de escarcha,
que todas las mañanas estuvo un rato húmeda y después se secó
y se empezó a fracturar. Atravesás la ventana. El hielo comienza
a derretirse y las gotas de agua bajan en diagonal
debido a tu velocidad.

Agarrás la ventana y te la ponés en la boca, mientras tanto
el sedal enganchado en tu bandana roja se agita en la oscuridad,
porque estás perdiendo el conocimiento. Se enrosca sobre la tela 
cuando lo mirás contra el cielo.

Los guiones que con tanto esmero aplicaste a fin de registrar la rotación 
en el cielo se borraron, dejando huellas lechosas de ellos mismos 
y de sus recorridos, así que tu pobre mapa es ahora un circuito de espirales, que
solo podés descifrar como crisantemos, sobre una manga que avanza dejando atrás los cirros.

Sos una niebla de velocidad concentrada en apuntar en una sola dirección.
La ribera está encima de vos, que estás quieta porque te
retienen. A veces en el camino ves una oscuridad que parece
humo. Cuando llegás al borde te das cuenta de que
ya estás saliendo. Tenés que enfocarte en la
línea punteada de tu carril, que se anuncia por triplicado con la luz
y hace tic tac como un medidor de tu mirada hacia ellos.

Al sentarte, pensás que alguien te estuvo salpicando la ropa con agua.
Recogés un guion, que con el calor de tu mano se convirtió en una viga, 
y lo acomodás en un tablero, distraída del cielo, porque
ahora podés concebirte a vos misma, moviéndote en el tablero
o detrás. Una casilla de ese tablero se enciende y se transforma en el único
faro de un coche, que anuncia a otra persona.

Si la gravedad de este momento pesa más que tu noción de dónde 
estás, es patético. Eso es lo que hace que el espacio encima del mar
sea tan atractivo, pero todavía sabés lo necesario para viajar
en línea recta a través de una parcela de niebla y seguir caminando cuando 
emergés, nada más que hasta la cintura, con un poco de niebla pegada.

Cada vez que establecés una bifurcación del río, esperás
que sea el río. Es un momento perfecto. Ves una hilera
de gaviotas alineadas en el hielo, con el pecho inflado hacia el sol
que es del color de los damascos en la nieve.

Pasás delante de un hombre echado, que sube y baja la cabeza
cantando. Al principio, la monotonía del movimiento hace difícil
concentrarse en lo que dice. En torno a él, la nieve se 
congeló formando diseños de líneas onduladas, así que hay sombras azules
luminosas a tu alrededor. Es evidente que es un instrumento 
para localizarlo que la voz de ella ocupa. Rechina 
entre los puntos marcados con estelas de vapor.

Tan perfecto es, que empezás a confundir tu destino con
tu ubicación. Tu ubicación son todos los planos del animal
que se reconstruye ante vos.



2

Cualquiera que estuviese bien, no volvería cubierto de niebla.

Hay un patrón cuando se mueve. Cuando se mueve las colisiones 
de las cosas que pasan producen una imagen vacilante pero reconocible
que se funde con el suelo cuando está quieto. Es un diamante negro
que te condensa mentalmente al colapsar. Es un diamante negro
en el suelo, y el diamante se mueve. Después, en cuanto lo mirás, 
desaparece, sin que haya coincidencia.

El piso está cubierto de hielo.

Hay muchos agujeros en el hielo en los que brilla la luz.
Podría decirse que la luz es una tabla inclinada que interrumpe el hielo. 
Podría ser un puente, excepto donde el hielo nuevo la encierra en un recinto
chiquito como un lapicero o una cama. El humano brilla a través de los hoyos y las uniones
del hielo. El humano merodea como un estado anímico.
En un nivel molecular, el humano persiste, como una marca resplandeciente y delicada
en la línea de la historia, como una luz que destella río arriba y que solo puede ser vista
por la primera persona que la mire, pues su mirada equivale
a cronometrar su velocidad en una rampa o túnel que va hacia ella.

Ella considera que estas son las lecciones inconscientes de una fuerza dominante
que está naciendo, y a medida que lo hace, su ser es la estructura que recibe.
Primero cristales de hielo y después un vidrio más denso oscurecen la luz,
por eso va y viene hablando sola en una esfera blanca 
y silenciosa, alejada de la basura del pueblo.

Pasa a través de las crestas de presión que forman un borde entre el hielo viejo
y el mar abierto. Y el hielo responde a su movimiento aleatorio.
La nieve se desplaza sobre el hielo, una parte se asienta y una parte se vuela.
Ella nota que ciertas porciones son de hielo mientras que otras están cubiertas de nieve
en la que es fácil abrir una huella. Tiene cuidado de no pararse ahí.

Bajo la nieve se comban 30 kilómetros de crestas heladas,
pero cuando viaja bajo el hielo, el hielo puede ser como la niebla.
Adentro de la niebla hay una celda en llamas. Las llamas atraen una medida
de lo que le va a pasar hacia la ambigüedad
ablandándole el cuerpo con el calor, como si la casa en la que está
de repente se elevara porque la gente todavía la quiere.

Ella prefiere echarse como un río cuando se congela en el valle
y estar quieta, pero de su boca entran y salen 
líneas brillantes al vomitar el agua salada.
Esta es la abertura en el plano. El plano en sí es mudo.
Abajo y detrás del valle está el delta helado. Abajo y 
delante de ella, la niebla se hunde en el horizonte, con el silencio como material,
así que camina entre las formaciones de roca. Una vez más, puede hacer
que una piedra de un remolino lejano se acerque a ella, allí donde abre
su acontecer en contenidos. Una vez más su soledad
puede fluir hasta el presente, aunque ella parezca saber lo que
va a pasar.

Esta es una imagen representada por una línea de bloques de hielo frente a 
una línea de rocas. Una roca parece un poco más pesada y oscura que las demás,
pero por ahora son dos líneas de voces que tintinean sin acompañamiento.

El resto puede inferirse, en consecuencia, como una línea de rocas
que conduce a un monte distante o a un espejo de distorsión,
que una vez más se oscurece y se adensa como escombros bajo los pies, 
traspasando la masa por un rato, antes de volver a la breve 
repetición de saxo con la que empezó.

Quieta, todavía puede pasar cualquier cosa. Ella sigue sin poder 
distinguir una onda de otra. Este es su sistema nervioso que intenta
mantener el rastreo sobre la planicie.
Todavía se mueve todo, y todo es todavía una textura,
modificada del espacio puro a la textura de una pared.

El recorrido se ciñe al sistema nervioso como un músculo.
Flota como una montaña negra contra el cielo nocturno, aunque ella va a recordar
una montaña de fulgor mineral. Luego se oscurece para el regreso.
El río se bifurca, y el mar queda en blanco como los espejos
en los que desemboca cada brazo del río.



3

A veces creo que mi espíritu descansa en la oscuridad de mi estómago.
La nieve se vuelve liviana al final del invierno. El verano
es una interrupción de intervalos que desaparecen, como el bailecito de él
antes de los bailes principales, una droga verídica.

Una ostia del espacio que hay debajo del hielo comienza a descender, como 
el borde de la manga de ella sobre la lente de la cámara. Pronto
el hielo va a estar todo roto. No queda más lugar. Desde lo alto mirás 
la fragmentación de la planicie en nubecitas, como si la casa en la que estás
se elevara de pronto, para aliviar la tensión nerviosa de la luz.

30 kilómetros de crestas heladas se convierten en un nudo de musgo
y charcos demasiado planos para verlos, y que respiran. Acá hay
un montón de nieve que empezó a derretirse. Acá hay una vieja
que habla de una persona joven que es andrógina, en medio de una distorsión
de ondas de radio, tratando de localizarte. Se mueve solamente 
de las rodillas para abajo.

La nieve se vuelve liviana al final del invierno. La forma en la que el hielo cambia
a cada lado del barco no es una táctica. El tambor es un barco.
La ruta del correo es una línea de luz eléctrica controlada.
Van a desparramar la ropa en cualquier parte debajo de esta luz. Vos dejás
tu camisa cerca de la máquina de nieve. Es el primer color sobre la tundra.





Versión en castellano de Sandra Toro.





Alakanak Break-Up


1

To find out the temperature, she tosses a cup of water into the air
because it will evaporate before it hits the ground.
She goes outside and tosses a cup of alcohol into the air
and then she keeps looking into the air

When her attention is discontinuous, this no longer means that she
is inattentive. In the same way, they can measure the plain, now,
although the plain and the temperature are vacuums her heat sweeps
across, even before she has turned.

When she turns, the ice she had been standing on is changing into
foam and is about to drift away. It rumbles as it is changing.
She watches it recede until it is a slit of light entering the brain,
because the brain is protecting itself against the light.


Here is the event horizon. You can focus on a cone-shaped rock
in the bay. You can make it larger and closer than ice
surrounding it, because you have the power to coax the target.
This breaks up your settlement in a stretch of infinity.


Then you tie some string to a stick and toss it in front of you
as you are watching at the rock. Then you keep drawing it back.
Sometimes the stick disappears in front of you, and you have to
draw it back. At these times, the rock becomes yourself

wearing soft bedclothes and with burned eyes.
You balance three horizons. In the same way you press down
on her shoulders and gently push the person into the ground, 
which is constantly changing in the current and on the tide.

This is where they have concentrated you. All that time
You had been noting the direction of snowdrifts and stalks bent
In the south wind. Nevertheless, a storm can distract your attention.
Your attention becomes the rasping noise of a stick drawn across
the edge of a bowl at a party. It draws attention tenuously
from your fingers, the way your body starts to hurry in the wind.

This is where they have concentrated you, in order to be afraid
or in order to recreate the line between your mind and your mind
on the other side of a blue crack in the ice, so you can sit
facing each other, like ice floes folded up and cut up
and piled up against each other, and so you know enough to stop
as soon as you lose your direction.

Then, if you are on the ocean, with poor visibility, with no wind
and you cannot be seen, please go around the outside of an ice
floe, because the ocean has dust particles, which will sparkle
and indicate the direction of the sun, she says.

When you look up, you see a heavy frost has formed on the window,
which had been damp for a while each morning, and then would dry
up and begin to crackle. You pass the window. The ice begins
to melt and drops of water travel down the window diagonally,
because of your speed.

You take the window and place it in your mouth, and meanwhile
fishline attached to your red bandanna jiggles in the dark,
because you are losing consciousness. It swarms around the rag
when you look up at it against the sky.

The dashes you had applied so carefully, in order to record rotation 
in the sky have been washed away, leaving milky traces of themselves
and of their trails, so your poor map is now circuit of spirals you
can only decode into chrysanthemums, on a sleeve moving past cirrus clouds.

You are a blur of speed concentrating on heading in one direction.
It is the bank above you standing still, because you are being
held back. Sometimes in your path you see a darkness that looks 
like smoke. When you come to the edge of it, you realize you are
already veering away from it. You have to concentrate on the
dotted line of your lane, which is foretold in threes by the light
and ticks like a meter from your looking at them.

Sitting up, you think someone has been splashing water on your clothes.
Picking up a dash, which has become a warm I-beam in your hand,
you arrange them on a board, oblivious to the sky, because
you can conceive of yourself now, moving on the board or behind
the board. A square of the board lights up and becomes the single
headlight of a car, indicating another person.

If the gravity of this moment outweighs your knowledge of where
you are, that is pathetic. That is what makes the space above the
ocean so attractive, but you still know enough to travel in a 
straight line through a patch of fog, and continue to walk when
you emerge, with some fog clinging to you, up to your waist.

Each time you forge an off-shoot of the river, you are hoping it
is the river. It is a little mild time. You see a row
of gulls lined up on the ice, their chests puffed toward the sun
which is the color of apricots on the snow.

You pass a man lying on the snow, moving his head up and down
and singing. At first the monotony of his movement makes it hard
to concentrate on what he is saying. The snow around him has 
frozen into patterns of wavy lines, so there are luminous blue
shadows all around you. This is obviously an instrument for his
location which her voice is occupying. It is grating across the
pointed places in the form of vapor trails.

It is so mild, you are beginning to confuse your destination with
your location. Your location is all the planes of the animal
reconstituting itself in front of you.


2


Anyone who is all right would not be coming in covered with fog.

It is a pattern when it is moving. When it is moving collisions
of things that happen produce a wavering but recognizable image
that merges into the ground when it is still. It is a black diamond
that condenses you mentally as it collapses. It is a black diamond
on the ground, and the diamond is moving. Then it disappears
when you look at it, yourself having no coincidence.

The ground is covered with ice.

Many holes in the ice are glowing with light.
You could say one light is a slanting plank that interrupts the ice. It 
could be a bridge, except where new ice is closing it off into a small
enclosure like a holding pen or a bed. The human shines through from behind
and below seams and holes in the ice. The human hovers like a mood.
Ona molecular level, the human remains, as a delicate glittering accent
on the dateline, like a light flashing upriver, which can only be seen
by the first person who looks on it, because her looing is equivalent
to clocking its velocity in a chute or a tunnel to her.

She considers these the unconscious lessons of a dominant force
that is being born, and as it becomes, its being is received structure.
First ice crystals, then heavier glass obscures the light,
so she walks back and forth talking to herself in a white soundless
sphere past the trash of the village.

She crosses pressure ridges which form a fringe between old ice
and open water. And the ice responds to her haphazard movement.
The snow is moving about the ice, some of it settling, some of it blowing.
She notices certain portions are ice, while others are covered with snow
which is easy to make tracks on. And she is careful not to step on the snow.

Twnty miles of frozen ridges buckle under snow,
but when she travels under the ice, the ice would be like fog.
Inside the fog is a jail fire. Flames lure a quantity
of what is going to happen to her into equivocalness
by softening her body with heat, as if the house she is in
suddenly rises, because people still want her.

She prefers to lie down like a river, when it is frozen in the valley
and lie still, but bright lines go back and forth
from her mouth, as she vomits salt water.
This is the breakthrough in plane. The plane itself is silent.
Above and behind the plain lies the frozen delta. Above an in
front of her, fog sinks into the horizon, with silence as a material,
so she is walking among formations of rock. Once again, she can make
a rock in a distant wash move closer to her, where it splays out
like contents its occurrence there. Once again, her solitariness
can flow into the present moment, although she seems to know what
is going to happen.

This is an image represented by a line of ice slabs facing a line 
of rocks. One rock seems a little heavier and darker than the others,
but for now, they are two lines of tinkling unaccompanied voices.

The rest can be correspondingly inferred, as a line of rocks
leading toward a distant mountain, as into a distorting mirror,
which once again grows darker and denser, crossing over into mass
for a while, before returning to the little saxophone repetition
with which it began, like rubble under her feet.

Still anything can still happen. She is still unable to distinguish
one wave from another. This is her nervous system attempting
to maintain its sweep across the plain.
Everything is still moving, and everything is still one texture, 
altered from sheer space to the texture of a wall.

The route-through tightens around the nervous system like a musculature.
It floats like a black mountain against the night sky, although she will remember
a mountain glimmering with ore. Then it darkens for her return.
The river branches, and the sea has become blank as mirrors each
branch of the river flows into.


3

Sometimes I think my spirit is resting in the darkness of my stomach.
The snow becomes light at the end of the winter. The summer 
is an interruption of intervals that disappear, like his little dance
before the main dances, a veridical drug.

A wafer of space beneath the ice starts to descend, like
the edge of her sleeve across a camera lens. Pretty soon
the ice will be all broken up. There is no space left. You look
down on a break-up of little clouds over the plain, as if the house
you are in suddenly rises, to relieve the nervous pressure of light.

Twenty miles of frozen ridges become a lace of moss
and puddles too flat to see and which are breathing. Here is 
a snowdrift that has begun to melt. Here is an old woman
talking about a young person who is androgynous, across a distortion
of radio waves, trying to locate you. She is only moving
from her knees down.

The snow becomes light at the end of winter. How ice changes
on either side of the boat is not a tactic. The drum is a boat.
The mail route is a line of controlled electric light.
They will scatter their clothes anywhere in this light. You leave
your shirt near the snow machine. It is the initial color on the tundra.









MEI-MEI BERSSENBRUGGE (CHINA/EE. UU., 1947).

septiembre 11, 2016

TABAQUERÍA

Heterónimos de Fernando Pessoa.
Mural de la Facultad de Letras, Universidade Clássica de Lisboa.

No soy nada.
Nunca voy a ser nada.
No puedo querer ser nada.
Aparte de eso, tengo en mí todos los sueños del mundo.

Ventanas de mi cuarto,
de mi cuarto, de uno de los millones del mundo que nadie sabe quién es
(y si supieran quién es, ¿qué sabrían?).
Dan al misterio de una calle que la gente cruza constantemente, 
una calle inaccesible a todos los pensamientos,
real, imposiblemente real; cierta, desconocidamente cierta,
con el misterio de las cosas debajo de las piedras y de los seres,
con la muerte, que pone humedad en las paredes y cabellos blancos en los hombres.
Con el Destino, que conduce la carroza de todo por la calle de nada.

Hoy estoy vencido como si supiese la verdad.
Hoy estoy lúcido como si me fuera morir
y no tuviese más hermandad con las cosas
que una despedida, como si esta casa y este lado de la calle
se volvieran la hilera de vagones de un tren, y una partida que silba en mi cabeza,
y una sacudida de mis nervios y un crujir de huesos al partir.

Hoy estoy perplejo como quien pensó y creyó y olvidó.
Hoy estoy dividido entre la lealtad que le debo 
a la Tabaquería del otro lado de la calle, como cosa real por fuera,
y a la sensación de que todo es sueño, como cosa real por dentro.

Fallé en todo.
Como no tuve ningún propósito, tal vez todo fuese nada.
Del aprendizaje que me dieron,
me escapé por la ventana de atrás.
Fui al campo con grandes proyectos.
Pero allá no encontré nada más que yuyos y árboles,
y cuando había gente, era igual a la otra.
Salgo de la ventana, me siento en una silla. ¿En qué puedo pensar?

Qué sé yo lo que seré, ¿yo, que no sé lo que soy?
¿Ser lo que pienso? ¡Pero pienso ser tantas cosas!
¡Y hay tantos que piensan ser lo mismo, que no puede haber tantos!
¿Genio? En este momento
cien mil cerebros sueñan que son genios como yo,
y la historia no va a registrar, ¿quién sabe?, ni a uno,
no va a quedar más que estiércol de tantas conquistas futuras.
No, no creo en mí.
¡En todos los manicomios hay locos de remate con tantas certezas!
Yo, que no tengo ninguna certeza, ¿soy más cierto o menos cierto?
No, ni en mí...
¿En cuántos altillos y no-altillos del mundo
no habrá a esta hora genios-para-sí-mismos soñando?
¿Cuántas aspiraciones altas y nobles y lúcidas 
—Sí, de veras altas y nobles y lúcidas—,
y quién sabe si realizables,
nunca van a ver la luz del sol real ni a encontrar los oídos de la gente?
El mundo es para el que nace para conquistarlo
y no para el que sueña que puede conquistarlo, aunque tenga razón.
Soñé más de lo que Napoleón hizo.
Apreté contra el pecho hipotético más humanidades que Cristo,
pensé en secreto filosofías que ningún Kant escribió.
Pero soy, y tal vez voy a ser siempre, el del altillo,
aunque no viva en uno;
voy a ser siempre el que no nació para eso;
voy a ser siempre el que tenía cualidades;
voy a ser siempre el que esperó a que le abriesen la puerta delante de una pared sin puerta,
y cantó el canto del Infinito en un gallinero,
y oyó la voz de Dios en un pozo tapado.
¿Creer en mí? No, ni en nada.
Que la Naturaleza derrame sobre mi cabeza febril
su sol, su lluvia, el viento que encuentre mi pelo,
y el resto que venga si viene o si tiene que venir, o que no venga.
Esclavos cardíacos de las estrellas,
conquistamos el mundo antes de levantarnos de la cama;
pero nos despertamos y es opaco,
nos levantamos y es ajeno,
salimos de la casa y es la Tierra entera,
más el sistema solar y la Vía Láctea y lo Indefinido.

(¡Comé chocolates, nena,
comé chocolates!
Mirá que no hay más metafísica en el mundo que los chocolates.
Mirá que todas las religiones no enseñan más que la bombonería.
¡Comé, chiquita sucia, comé!
¡Si yo pudiese comer chocolates con la misma verdad con la que comés vos!
Pero pienso, y al tirar el papel plateado, que es de hoja de estaño,
tiro todo al suelo, como tiré la vida).

Pero al menos queda de la amargura de lo que nunca voy a ser
la caligrafía rápida de estos versos,
pórtico roto a lo Imposible.
Pero al menos me consagro a mí mismo un desprecio sin lágrimas,
noble al menos en el gesto amplio con el que tiro
la ropa sucia que soy, el papel, al transcurso de las cosas,
y me quedo en casa sin camisa.

(Tú, que consuelas, que no existes y por eso consuelas,
diosa griega, concebida como estatua viviente
o patricia romana, imposiblemente noble y nefasta,
o princesa de trovadores, gentilísima y colorida,
o marquesa del siglo dieciocho, escotada y lejana,
o célebre cocotte del tiempo de nuestros padres,
o no sé qué moderno —no me imagino bien qué—,
todo eso, sea lo que fuere, que sea ¡si puede inspirar, que inspire!

Mi corazón es un balde volcado.
Como invocan espíritus los que invocan espíritus, me invoco
a mí mismo y no encuentro nada.
Llego a la ventana y veo la calle con una nitidez absoluta.
Veo los negocios, veo las veredas, veo los autos que pasan,
veo a los seres vivos vestidos que se cruzan,
veo a los perros que también existen,
y todo esto me pesa como una condena al destierro,
y todo esto es extranjero, como todo).

Viví, estudié, amé y hasta creí,
y hoy no hay mendigo al que no envidie solo por no ser yo.
Le miro a cada uno los andrajos y las llagas y la mentira,
y pienso: tal vez nunca viviste ni estudiaste ni amaste, ni creíste
(porque es posible hacer la realidad de todo eso sin hacer nada de eso);
Tal vez hayas existido apenas, como un lagarto al que le cortaron la cola
y que es cola más acá del lagarto, empecinadamente.

Hice de mí lo que no supe, 
y lo que podía hacer de mí, no lo hice.
El traje que me puse era el equivocado.
Me confundieron enseguida con quien no era y no lo desmentí, y me perdí.
Cuando quise arrancarme la máscara,
la tenía pegada a la cara.
Cuando la arranqué y me vi en el espejo,
había envejecido.
Estaba borracho, ya no sabía llevar el disfraz que no me había quitado.
Tiré la máscara y dormí en el vestíbulo
como un perro al que la administración tolera
por ser inofensivo
y voy a escribir esta historia para probar que soy sublime.

Esencia musical de mis versos inútiles,
ojalá me encontrara como cosa que hiciese,
y no quedara siempre enfrente de la Tabaquería de enfrente,
pisoteando la conciencia de existir,
como un tapete con el que tropieza un borracho
o un felpudo que robaron los gitanos y que no valía nada.
Pero el dueño de la Tabaquería salió a la puerta y se quedó en la puerta.
Lo miro con la incomodidad de la cabeza mal volteada
y con la incomodidad del alma que entiende mal.
Él se va a morir y yo me voy a morir.
Él va a dejar el cartel, yo voy a dejar los versos.
En algún momento también va a morir el cartel, y los versos.
Después va a morir la calle donde estaba el cartel,
y el idioma en el que se escribieron los versos.
Y morirá el planeta giratorio en el que todo esto pasó
En otros satélites de otros sistemas cualquier cosa como gente
continuará haciendo cosas como versos y viviendo debajo de cosas como carteles,
siempre una cosa enfrente de la otra,
siempre una cosa tan inútil como la otra,
siempre lo imposible tan estúpido como lo real,
siempre el misterio del fondo tan cierto como el sueño del misterio de la superficie,
siempre esto o siempre otra cosa o ni una cosa ni otra.

Pero un hombre entró en la Tabaquería (¿a comprar tabaco?)
y la realidad plausible de repente me cae encima.
Me levanto enérgico, convencido, humano,
y voy a intentar escribir estos versos en los que digo lo contrario.

Enciendo un cigarrillo pensando en escribirlos
y saboreo en el cigarrillo la libertad de todos los pensamientos.
Sigo el humo como una ruta propia,
y gozo, en un momento sensitivo y competente,
la liberación de todas las especulaciones
y la conciencia de que la metafísica es una consecuencia
de estar descompuesto.

Después me echo hacia atrás en la silla
y sigo fumando.
Mientras el Destino me lo conceda, voy a seguir fumando.

(Si me casara con la hija de mi lavandera
tal vez fuese feliz).
Visto esto, me levanto de la silla. Voy hasta la ventana.

El hombre salió de la Tabaquería (¿metiendo el cambio 
en el bolsillo de los pantalones?)
Ah, lo conozco, es Esteves sin metafísica.
(El dueño de la Tabaquería salió a la puerta).
Como por un instinto divino, Esteves se dio vuelta
y me vio.
Me saludó con un gesto, y yo le grité ¡Adiós, Esteves!, y el universo
se reconstruyó sin ideal ni esperanza, y el Dueño de la Tabaquería sonrió.




Versión en castellano de Sandra Toro.



TABACARIA

Não sou nada.
Nunca serei nada.
Não posso querer ser nada.
À parte isso, tenho em mim todos os sonhos do mundo.

Janelas do meu quarto,
Do meu quarto de um dos milhões do mundo que ninguém sabe quem é
(E se soubessem quem é, o que saberiam?),
Dais para o mistério de uma rua cruzada constantemente por gente,
Para uma rua inacessível a todos os pensamentos,
Real, impossivelmente real, certa, desconhecidamente certa,
Com o mistério das coisas por baixo das pedras e dos seres,
Com a morte a por umidade nas paredes e cabelos brancos nos homens,
Com o Destino a conduzir a carroça de tudo pela estrada de nada.

Estou hoje vencido, como se soubesse a verdade.
Estou hoje lúcido, como se estivesse para morrer,
E não tivesse mais irmandade com as coisas
Senão uma despedida, tornando-se esta casa e este lado da rua
A fileira de carruagens de um comboio, e uma partida apitada
De dentro da minha cabeça,
E uma sacudidela dos meus nervos e um ranger de ossos na ida.

Estou hoje perplexo, como quem pensou e achou e esqueceu.
Estou hoje dividido entre a lealdade que devo
À Tabacaria do outro lado da rua, como coisa real por fora,
E à sensação de que tudo é sonho, como coisa real por dentro.

Falhei em tudo.
Como não fiz propósito nenhum, talvez tudo fosse nada.
A aprendizagem que me deram,
Desci dela pela janela das traseiras da casa.
Fui até ao campo com grandes propósitos.
Mas lá encontrei só ervas e árvores,
E quando havia gente era igual à outra.
Saio da janela, sento-me numa cadeira. Em que hei de pensar?

Que sei eu do que serei, eu que não sei o que sou?
Ser o que penso? Mas penso tanta coisa!
E há tantos que pensam ser a mesma coisa que não pode haver tantos!
Gênio? Neste momento
Cem mil cérebros se concebem em sonho gênios como eu,
E a história não marcará, quem sabe?, nem um,
Nem haverá senão estrume de tantas conquistas futuras.
Não, não creio em mim.
Em todos os manicômios há doidos malucos com tantas certezas!
Eu, que não tenho nenhuma certeza, sou mais certo ou menos certo?
Não, nem em mim...
Em quantas mansardas e não-mansardas do mundo
Não estão nesta hora gênios-para-si-mesmos sonhando?
Quantas aspirações altas e nobres e lúcidas -
Sim, verdadeiramente altas e nobres e lúcidas -,
E quem sabe se realizáveis,
Nunca verão a luz do sol real nem acharão ouvidos de gente?
O mundo é para quem nasce para o conquistar
E não para quem sonha que pode conquistá-lo, ainda que tenha razão.
Tenho sonhado mais que o que Napoleão fez.
Tenho apertado ao peito hipotético mais humanidades do que Cristo,
Tenho feito filosofias em segredo que nenhum Kant escreveu.
Mas sou, e talvez serei sempre, o da mansarda,
Ainda que não more nela;
Serei sempre o que não nasceu para isso;
Serei sempre só o que tinha qualidades;
Serei sempre o que esperou que lhe abrissem a porta ao pé de uma parede sem porta,

E cantou a cantiga do Infinito numa capoeira,
E ouviu a voz de Deus num poço tapado.
Crer em mim? Não, nem em nada.
Derrame-me a Natureza sobre a cabeça ardente
O seu sol, a sua chava, o vento que me acha o cabelo,
E o resto que venha se vier, ou tiver que vir, ou não venha.
Escravos cardíacos das estrelas,
Conquistamos todo o mundo antes de nos levantar da cama;
Mas acordamos e ele é opaco,
Levantamo-nos e ele é alheio,
Saímos de casa e ele é a terra inteira,
Mais o sistema solar e a Via Láctea e o Indefinido.

(Come chocolates, pequena;
Come chocolates!
Olha que não há mais metafísica no mundo senão chocolates.
Olha que as religiões todas não ensinam mais que a confeitaria.
Come, pequena suja, come!
Pudesse eu comer chocolates com a mesma verdade com que comes!
Mas eu penso e, ao tirar o papel de prata, que é de folha de estanho,
Deito tudo para o chão, como tenho deitado a vida.)

Mas ao menos fica da amargura do que nunca serei
A caligrafia rápida destes versos,
Pórtico partido para o Impossível.
Mas ao menos consagro a mim mesmo um desprezo sem lágrimas,
Nobre ao menos no gesto largo com que atiro
A roupa suja que sou, em rol, pra o decurso das coisas,
E fico em casa sem camisa.

(Tu que consolas, que não existes e por isso consolas,
Ou deusa grega, concebida como estátua que fosse viva,
Ou patrícia romana, impossivelmente nobre e nefasta,
Ou princesa de trovadores, gentilíssima e colorida,
Ou marquesa do século dezoito, decotada e longínqua,
Ou cocote célebre do tempo dos nossos pais,
Ou não sei quê moderno - não concebo bem o quê -
Tudo isso, seja o que for, que sejas, se pode inspirar que inspire!
Meu coração é um balde despejado.
Como os que invocam espíritos invocam espíritos invoco
A mim mesmo e não encontro nada.
Chego à janela e vejo a rua com uma nitidez absoluta.
Vejo as lojas, vejo os passeios, vejo os carros que passam,
Vejo os entes vivos vestidos que se cruzam,
Vejo os cães que também existem,
E tudo isto me pesa como uma condenação ao degredo,
E tudo isto é estrangeiro, como tudo.)

Vivi, estudei, amei e até cri,
E hoje não há mendigo que eu não inveje só por não ser eu.
Olho a cada um os andrajos e as chagas e a mentira,
E penso: talvez nunca vivesses nem estudasses nem amasses nem cresses
(Porque é possível fazer a realidade de tudo isso sem fazer nada disso);
Talvez tenhas existido apenas, como um lagarto a quem cortam o rabo
E que é rabo para aquém do lagarto remexidamente

Fiz de mim o que não soube
E o que podia fazer de mim não o fiz.
O dominó que vesti era errado.
Conheceram-me logo por quem não era e não desmenti, e perdi-me.
Quando quis tirar a máscara,
Estava pegada à cara.
Quando a tirei e me vi ao espelho,
Já tinha envelhecido.
Estava bêbado, já não sabia vestir o dominó que não tinha tirado.
Deitei fora a máscara e dormi no vestiário
Como um cão tolerado pela gerência
Por ser inofensivo
E vou escrever esta história para provar que sou sublime.

Essência musical dos meus versos inúteis,
Quem me dera encontrar-me como coisa que eu fizesse,
E não ficasse sempre defronte da Tabacaria de defronte,
Calcando aos pés a consciência de estar existindo,
Como um tapete em que um bêbado tropeça
Ou um capacho que os ciganos roubaram e não valia nada.

Mas o Dono da Tabacaria chegou à porta e ficou à porta.
Olho-o com o deconforto da cabeça mal voltada
E com o desconforto da alma mal-entendendo.
Ele morrerá e eu morrerei.
Ele deixará a tabuleta, eu deixarei os versos.
A certa altura morrerá a tabuleta também, os versos também.
Depois de certa altura morrerá a rua onde esteve a tabuleta,

E a língua em que foram escritos os versos.
Morrerá depois o planeta girante em que tudo isto se deu.
Em outros satélites de outros sistemas qualquer coisa como gente
Continuará fazendo coisas como versos e vivendo por baixo de coisas como tabuletas,
Sempre uma coisa defronte da outra,
Sempre uma coisa tão inútil como a outra,
Sempre o impossível tão estúpido como o real,
Sempre o mistério do fundo tão certo como o sono de mistério da superfície,
Sempre isto ou sempre outra coisa ou nem uma coisa nem outra.

Mas um homem entrou na Tabacaria (para comprar tabaco?)
E a realidade plausível cai de repente em cima de mim.
Semiergo-me enérgico, convencido, humano,
E vou tencionar escrever estes versos em que digo o contrário.

Acendo um cigarro ao pensar em escrevê-los
E saboreio no cigarro a libertação de todos os pensamentos.
Sigo o fumo como uma rota própria,
E gozo, num momento sensitivo e competente,
A libertação de todas as especulações
E a consciência de que a metafísica é uma consequência de estar mal disposto.

Depois deito-me para trás na cadeira
E continuo fumando.
Enquanto o Destino mo conceder, continuarei fumando.

(Se eu casasse com a filha da minha lavadeira
Talvez fosse feliz.)
Visto isto, levanto-me da cadeira. Vou à janela.
O homem saiu da Tabacaria (metendo troco na algibeira das calças?).
Ah, conheço-o; é o Esteves sem metafísica.
(O Dono da Tabacaria chegou à porta.)
Como por um instinto divino o Esteves voltou-se e viu-me.
Acenou-me adeus, gritei-lhe Adeus ó Esteves!, e o universo
Reconstruiu-se-me sem ideal nem esperança, e o Dono da Tabacaria sorriu.



Álvaro de Campos, 15-1-1928.





FERNANDO PESSOA (PORTUGAL, 1888-1935)