marzo 04, 2017

El navío Night - Marguerite Duras



Foto: Serge Hambourg, 1968.

—Le he dicho que era preciso verlo.
Que hacia el mediodía el silencio que hay en Atenas es tal… con el calor aumentando…
La ciudad se vacía a la hora de la siesta, cerrada como la noche…
… que había que asistir al crecimiento del silencio…
Me acuerdo, le dije: poco a poco uno se pregunta lo que ocurre, esa desaparición del sonido con la subida del sol…
Entonces llega el miedo. No a la noche, sino como un miedo a la noche en la claridad. El silencio de la noche a pleno sol. El sol en el cenit y el silencio de la noche. El silencio en el centro del cielo y el silencio de la noche.
Cuando los demás llegaron, casi a las dos de la tarde, volvimos a bajar hacia la ciudad, Atenas, y luego nada más pasó.
Nada.
Nada más que siempre, en todas partes, esa carencia de amar.
—En el Museo cívico de Atenas, la tarde del día siguiente…
—Ah, sí… es cierto… lo había olvidado… mire lo que son las cosas…
… y luego le había hablado de la otra historia, de las otras personas…
—Es sábado. A la noche. En primavera.
Es casi el comienzo del verano. En el mes de junio.
El hombre de la historia trabaja.
Cubre el horario nocturno de un centro de telecomunicaciones.
Se aburre.
París vacía. La primavera. Un sábado. Tiene veinticinco años. Solo.
Tiene algunos números de conexión con el abismo telefónico. Los marca. Dos números. Tres números.
—Y luego ya está.
Aquí está ella.

Estamos en 1973.
En aquella época de su vida llevaba un diario y dice que anotó muchas cosas. Pero que después no. Dejó de hacerlo. Dejó de hacerlo poco después de que ella comenzara la historia, la historia de amor.
Historia sin imágenes.
Historia de imágenes negras.
Entonces, empieza ella.

Ella le habla por teléfono al mismo tiempo que él en el espacio y en el tiempo.
Se hablan.
Hablan.
—Se describen. Ella dice que es una joven de pelo negro. Largo.
—Él dice que también es joven, rubio, con ojos muy azules, alto, casi delgado, hermoso.
—Ella le cuenta lo que hace. Primero le dice que trabaja en una fábrica. Otra vez le dice que regresa de China. Le cuenta un viaje a China.
—Y en otra ocasión le dice que estudia medicina, con el propósito de incorporarse a los Médicos sin Fronteras.
—Pareciera que ella se atuvo en adelante a esta versión. Que ya no cambió nada. Que nunca hubiese dicho otra cosa que esto: que terminaba su carrera de medicina, que era residente de un hospital de París.
—Él dice que ella habla muy bien. Con facilidad. Que no es posible evitar escucharla.
Creerle.
—Le da su número de teléfono. Ella no le da el suyo.
—No, ella no.

—Pasa un mes.
Durante esos días ella se nombra. Le dice a él un nombre de pila para llamarla que empieza con la letra F.
—Él dice que ella tiene una voz que da gusto oír.
Dice: bastante fascinante.
—Se hablan. Incansablemente.
Hablan.
—Sin fin se describen. Uno a la otra. La otra al uno. Nombrando el color de ojos. La textura de la piel. La suavidad del pecho que tiene en la mano. La suavidad de esa mano. En ese mismo momento en que ella habla, la mira. Me miro con tus ojos.
—Él dice que ve.
Se describe a su vez.
Dice que sigue a su propia mano sobre su propio cuerpo.
Dice: es la primera vez. Dice el placer de estar solo que eso procura. Apoya el teléfono en su corazón. ¿Lo escucha ella?
—Ella escucha.
—Él dice que todo su cuerpo palpita al unísono con su voz.
—Ella dice que lo sabe. Que lo ve. Lo escucha, con los ojos cerrados.
—Él dice: era un extraño para mí mismo y lo ignoraba.
—Ella dice que antes de él no había podido ser deseable con un deseo de sí misma que ella misma pudiera compartir.
Y que eso da miedo.

—¿Ocurrió la historia?
—Alguien dice que la vivió en realidad, sí.
Y luego ha sido relatada por otros.
Y luego ha sido redactada.
Escrita.

—Ella habla de noche.
Sí, con la noche, habla.
—Cuando llega la noche, llega ella.
“Soy yo F., tengo miedo.”
—Las conversaciones se vuelven muy largas.
Noches.
—Terminan durando hasta el otro día. Duran ocho horas. Diez horas seguidas.
—Él sigue sin saber su nombre, ni su dirección, ni su número de teléfono.
—Sólo sabe ese nombre de pila con el que ella misma se nombra cuando él descuelga el teléfono:
“Soy yo F., tengo miedo.”
—Él está a su disposición. Espera las llamadas por teléfono. No tiene ningún medio para encontrarla. Ninguna indicación sobre el lugar donde ella está.
—Él no exige tenerlos. Durante meses.

—Cierta vez ella le dará algunos datos.
—Cierta vez ella le informa: el lugar es Neuilly.
El sitio donde está ella es ése, Neuilly.
Un hotel particular.
Entre el Sena y el Bosque.

—Neuilly: Neuilly sin fin en torno a ella…
—En torno a la imagen negra…
—Neuilly sin fin en torno a ella.
—En torno a la imagen negra…

—Durante noches y noches viven con el teléfono descolgado. Duermen contra el tubo. Hablan o se callan. Gozan uno del otro.
—Es un orgasmo negro. Sin un tocar recíproco. Ni rostro. Los ojos cerrados.
Tu voz, sola.
El texto de las voces dice los ojos cerrados.
—¿Ninguna imagen en el texto del deseo?
—¿Cuál?
—No veo cuál.
—Entonces no hay nada para ver.
—Nada. Ninguna imagen.
El navío Night está frente a la noche de los tiempos.
—Ciego, avanza.
Sobre el mar de tinta negra.
—El navío Night acaba de entrar en su historia.
—Ella es la primera que quiere verlo, encontrarlo.
Le da dos clases de citas. Las que son canceladas. Las que ella no cancela.
Él va a todas las citas.
Siempre hay circunstancias imprevistas que impiden el encuentro.
—Él no se sorprende de las dificultades para encontrarla.
Cree que es posible, siempre.
—Cree lo que ella dice.
Le cree.
—Muy pronto, él no puede hacer nada para desviar la historia. Es F. quien maneja la historia. Se le resiste. Evita las imprudencias.
—Quien poco a poco los hace acostumbrarse a los dos.
Ella no sabe nada. Inventa.
La primera que se vuelve loca.
—Pasan meses.
Un año.
—Tres años.

—La historia se llena de cavernas, se profundiza. Mientras más crece su decorado, más se oscurece.
—Un día ella le dice: está enferma. Leucémica. Condenada a muerte. Mantenida con vida a fuerza de tratamientos, de dinero, desde hace diez años, desde los dieciséis años. Tiene ahora veintiséis años.
—En torno a ella, el Sena sucio.
—Y ese Bosque.
Ese decorado triste
Herido a su vez
De muerte.

—Durante un período ella rehusa verlo. Rechaza esa idea. Dice que no se encontrarán nunca. Que nunca se verán.

—Ella dice que lo ama con locura. Que está loca de amor por él. Que está dispuesta a dejarlo todo por él.
Por amor a ti, dejaría mi familia, la casa de Neuilly.
Pero no es necesario por eso que nos veamos.
Podría dejarlo todo por ti sin reunirme por eso contigo.
Dejarlo por tu causa, por ti, y justamente no alcanzar nada.
Inventar esa fidelidad a nuestro amor. (Texto dicho.)

Ella dice que lo ama con locura. Que está loca de amor por él. Que está dispuesta a dejarlo todo por él.
Por amor hacia él, dejaría a su familia, la casa de Neuilly.
Pero que no es necesario por eso que se vean.
Ella podría dejarlo todo por él sin por eso reunirse.
Dejarlo a causa de él, por él, y justamente no alcanzar nada.
Inventar esa fidelidad a su historia. (Texto leído en un cuadro negro.)

—El territorio de París a la noche, insómnico, es el mar sobre el que pasa el Night. Ese film. Esa deriva que se llamó así: el navío Night.
Nada en el día se ve de la noche de ese paso.
Nada en el día.
Los movimientos del navío Night deberían mostrar otros movimientos que se producirían en otro parte y que serían de naturaleza diferente.
Los movimientos del navío Night deberían mostrar movimientos del deseo.

—Él insiste. Quiere ver.
Porque la idea de ver da cada vez más miedo, él quiere ver.
Una manera de liquidar la historia, de ponerle fin.
—Los dos saben que la distancia ya no es mensurable en adelante entre aquella que grita a la noche, fundida en la generalidad del deseo, desfigurada por el abismo, y aquella —¿quién sería? —que él no reconocería al verla, que no reconocería más que con los ojos cerrados en la oscuridad del mundo.
—Él no promete cerrar los ojos cuando ella se acerque, aparezca decorosa cubierta con un Chanel blanco en la esquina de una calle de Neuilly.
No, él no prometió no mirar.
—Ella cede.
Se combina una cita.

—Estamos en París en julio de 1973.
—Ese día hace un intenso calor.
La cita debería tener lugar en un café de la plaza de la Bastilla a las tres de la tarde.

—Él la espera, dice que durante una hora y media.
Sin duda que más.
Ella no viene.
A la noche, llama por teléfono. Ella le dice que fue a la cita. Que lo vio.
—Que tenía puesta una camisa liviana de verano. Le dice el color. La transparencia.
Ella le dice que no pudo detenerse.
—Él no vio pasar a nadie delante suyo que se pareciera a su imagen negra, descripta por ella el primer día.
Ella pasó delante suyo en auto. Detrás la seguía el chofer de su padre, por orden de su padre. Es lo que ella dirá. Que había obtenido de su padre permiso para verlo con la condición de no detenerse.
—El chofer le había confesado que había recibido la orden de informar sobre su obediencia. Por lo tanto, ella no hubiera podido detenerse sin comprometer al chofer. ¿Lo entiende él?
—Lo entiende.

—Desde entonces, ella no puede ya olvidar al hombre que vio, que esperaba a esa mujer, a ella. Ese cuerpo percibido a través de la transparencia de la camisa, al pasar, esa huella negra de las tetillas en el pecho delgado la colma de locura.

Ella pues en adelante lo ha visto. Durante unos segundos. Pero la imagen está allí para siempre.
No hablo de tu rostro, sino de tu cuerpo.

—Puede pensarse que aquel día de tanto calor ella no pudiese bajar del auto y caminar hacia él a causa de la leucemia.
O bien que fuera desde una ambulancia alquilada para eso —para verte —desde donde habría percibido a quien la esperaba.
Después de la cita de la plaza de la Bastilla ella entra en un deseo constante, cada noche.
Cada noche ella reclama morir.
Pide morir.

—Las personas que gritan a la noche en el abismo siempre proponen citas. Citas a las que nunca siguen encuentros. Basta que se propongan.
—Es el llamado lanzado en el abismo, el grito, lo que desencadena el goce.
—Es el otro grito. La respuesta.
—Alguien grita. Alguien responde que ha escuchado el grito, que le responde.
Esa respuesta desencadena la agonía.
—Usted decía que se acordaba de ese hombre que aúllaba al amanecer.
—Sí. Llamaba. Decía que era el Gato. Soy el Gato… ¿Entienden? El Gato llama… Aquí el Gato…
—El tono mandaba.
—Ordenaba, sí. Al mismo tiempo suplicaba.
—Decía que el Gato buscaba a alguien.
Que el Gato quería gozar.
Que había que responderle.
—Respondió un hombre. La voz era muy suave, tierna. Dijo que escuchaba al Gato. Que le respondía para decirle eso, que lo escuchaba.
—Él le decía que fuera. Que gozara.
Ven. Goza.
—Sí.
La voz del Gato se calmó entre sollozos.
Fue en París en invierno, cerca de las cuatro, en plena noche.

—Otra vez. Una vez más le da otra información: ella tiene dos madres. Es bastarda. Su madre oficial no es su verdadera madre.
—Su verdadera madre es una antigua sirvienta del hotel de Neuilly. Ahora se ha retirado. Vive en los suburbios.

—Ella es vigilada.
En su entorno se inquietan por esas llamadas de teléfono tan largas, a la noche, porque la cansan mucho.
El padre da órdenes para que los perjuicios de la historia sobre la salud de F. se limiten a esas llamadas de teléfono.
—Para que no pase nada más. Nada fuera de esas llamadas de teléfono.
—El chofer del padre es el primero que le avisa sobre esa vigilancia. También ese chofer quiere su bien, su supervivencia, como todo el mundo en torno a ella.
—Un día.
Un día la casa de Neuilly se aleja.
Él cree que le mienten. Ya no cree en que se muera allí.
Si todavía ve esa casa de Neuilly, esa deriva detenida entre los setos, ya no ve que se muera allí.
Ya no la ve contener esa leyenda de la única heredera de nombre desconocido, leucémica y bastarda. La de su deseo.
—Duda brutalmente de uno de los términos dados por F., la enfermedad. Le dice que eso es demasiado. Habla de estratagema. Le dice que ella miente.
Que en eso miente.
—Entonces ella le habla de una prueba irrefutable de leucemia. Los cabellos rubios que ella tiene muy largos, muy hermosos, una masa enorme, sorprendente, sobre la que duerme. Si él pudiera verlos.
—Ella se sorprende. ¿Cómo ignora él una cosa tan común, tan conocida?… ¿que la leucemia hace que el pelo sea muy largo, muy hermoso, incomparablemente rubio?
—Él le recuerda que la primera noche ella se describió morocha.
Ella le dice que entendió mal.
Él no resiste.

—Las fechas se confunden.
El diario ya no es llevado tan regularmente.
La cronología ya no es segura.
—Sólo queda un recuerdo global del acontecimiento.
Tan completo que cada noche manifiesta la totalidad del deseo.
—Las paredes caen entre los días.

—Ella dice que sufre. Físicamente. Muy fuerte. Cada vez más fuerte. Que está muy débil. Cada vez más débil. Tan débil que se cae con frecuencia. Y que se lastima y que tiene todo el cuerpo marcado por las marcas y las heridas de sus caídas.
—Y que su goce se mezcla con ese dolor.
—Ella dice: la enfermedad se agrava, aumenta.
Dice que sigue yendo a trabajar al hospital parisino donde hace sus años de residencia. Pero que está cada vez más frecuentemente en la cama, bajo perfusión. Que sólo vive de esas perfusiones, de esas transfusiones.
Y que luego, a veces, de pronto renace, revive.
—Esa oscilación entre la vida y al muerte.
Desaparece
Se muere
Se calla
Y luego vuelve a la vida
Él dice que empieza a amarla.

—Sucede que en la casa de Neuilly tienen miedo.
Él recibe llamados de teléfono de la mujer del padre, la madre ilegítima, que sabe el número de teléfono del joven de los Gobelins.
Él nunca sabrá si fue F. quien le dio ese número o si le fue robado mientras dormía.
La madre ilegítima le suplica que deje a F. tranquila. Que esas noches con el teléfono agotan a su hija, la matan. Que en ello va la vida de esa hija.
—Él pregunta: ¿cómo, de qué manera podría dejarla tranquila? Él no tiene ningún medio de llamarla, no sabe su dirección, ni su nombre, ni su número de teléfono.
La madre ilegítima le dice que el medio consistiría en negarse a responderle.
—Él lo hace. Corta la comunicación apenas reconoce su voz.

—Ella llama otra vez.
Disfraza su voz.
Él la reconoce.
Entonces de nuevo él no se le resiste.
Le responde.
—Un día, una mujer viene a su casa para traerle un paquete de parte de F. Dice que es la costurera de la casa de Neuilly. Tal vez la mujer del chofer.
—El paquete contiene dos fotografías.
Es una mujer joven.
Tiene el pelo rubio, muy largo, muy hermoso.
Es bastante alta. Delgada.
Él dice: tiene un rostro banal.
—Ella está fotografiada en un parque. Un césped entre árboles y setos.
—El paquete contiene también un pañuelo bordado con sus iniciales y una suma de dinero en efectivo.
—La historia se detiene con las fotografías.
—Solo, a la noche, con esas fotografías irreconocibles. Encerrado con ellas. Desesperado.

—El navío Night está detenido en el mar.
Ya no tiene una ruta posible. No hay más itinerario.
—El deseo ha muerto, matado por una imagen.

—Él ya no puede responder al teléfono. Tiene miedo.
A partir de las fotografías él ya no reconocería su voz.
¿Quién es tan imprevisible?
¿Quién?
Es demasiado tarde para que ella tenga un rostro.
Es preciso que le devuelva esas fotografías. Rápido.
No sabe cómo devolverlas. Ni a quién.
Luego se acuerda.
—Se acuerda. La costurera que vino a traerle el paquete le dijo que estaba en relación con la verdadera madre de F. Le dijo que las dos vivían en el mismo edificio barato en los alrededores de París.
—La costurera le dio su propio número de teléfono por orden de F. La señorita me dijo que le diera mi número de teléfono, aquí está, uno nunca sabe.
—Una barrera ha sido cruzada.
La verdadera madre habla por teléfono. “¿Qué puedo hacer por usted?”
Él le dice quiero devolver las fotografías.
Ella no pregunta qué fotografías.
Dice que está de acuerdo.
Se combina la cita. Él irá a su casa.
—Es un edificio barato por el lado de Vincennes. Departamento comprado por el padre como recompensa por la hija.
Ella abre la puerta.
—Sesenta años. El aspecto de una empleada doméstica. Lo dice él, que tiene el aspecto de una empleada doméstica. Sola en el segundo piso. Vista hacia el suburbio Este. Vincennes-Saint-Mandé. El exilio.
—El departamento es de estilo obrero. Muebles y revestimiento tipo europeos hechos en serie. Falsa piel sobre la cama. Limpieza inmaculada del vacío.

—Rostro liso, mirada ausente. Ella agarra las fotografías sin una palabra. Él no le pregunta quién es esa mujer en el parque. Joven. Rubia. Ella no lo dice. No le pregunta por qué las devuelve.
Él le pide que le hable de F.
Ella dice que tuvo a F. antes del matrimonio del padre con la otra mujer, la que lleva el nombre del padre. Que después de ese matrimonio ella fue contratada como nodriza de la niña en la casa de Neuilly.
—Luego, cuando la niña creció la conservaron como mucama. Siempre por bondad, dice ella, para no separarla de su hija, todo lo que ella tiene en el mundo.

Él nunca podrá saber nada acerca de la relación entre F. y su verdadera madre.
Al parecer fue tarde, cuando ya era mayor, que F. supo que su verdadera madre era la que dormía en el subsuelo de la casa de Neuilly.
—Que la mujer amada por el padre, la única, había sido aquélla.

—Él volverá a ver varias veces a la verdadera madre. Bajo las órdenes de su hija, ella volverá a verlo para llevarle otros regalos, otras sumas de dinero.
—También la costurera, al igual que la verdadera madre, viene a verlo por orden de la joven señora de Neuilly. Vienen a traerle paquetes conteniendo el dinero y los regalos.
—Es un encendedor de oro. Una billetera de cocodrilo. Pero eso no es lo esencial.
—Lo esencial es el dinero.
Ellas nunca vendrán a verlo sin una fuerte suma de dinero.
Él toma el dinero.
Las sumas de dinero son para él considerables.
—Ella habla de darle todo. De darle un auto, un departamento. Todo.
—Ella no le dará más fotografías, ya fueran de otras mujeres o de sí misma.
Entre ellos nunca se habló acerca de esas fotografías.
Nunca hablarán entre ellos de las fotografías de esa joven en el parque.
Ella nunca le habló de eso.
—Él dice: me olvidé de las fotografías.
Todo volvió a empezar como antes.
—¿Para qué se da el dinero? ¿Qué paga el dinero? ¿La historia de amor tal vez? Algo es pagado en la historia. Hay pues un precio que pagar por algo en la historia.
—Él toma el dinero, por lo tanto confirma el pago.
—Sin duda que el dinero cumpliría en este caso, como siempre, como en todas partes, su función salarial.
—Siempre entregado por las mismas manos. En este caso, las de la joven señora de Neuilly.
Ella le paga por proporcionarle tanto deseo.
—Le he dicho que había salido del hotel mucho antes que los demás, que había llegado ahí cerca de las once de la mañana. Que estaba sola. Aparte de dos señoras de las embajadas de Francia en América encontradas en el aeropuerto de Atenas, sola.
Que me había quedado ahí hasta las dos de la tarde.
¿Usted también fue allí de esa manera, no?
—Sí.
—Le he dicho que había que ver.
Ver.
Que cerca del mediodía el silencio que se hace en Atenas es tal… con el calor aumentando… La ciudad se vacía a la hora de la siesta, cerrada como la noche…
Le hablé de espanto.
Le dije: poco a poco uno se pregunta qué pasa… esa desaparición del sonido con la subida del sol…
Entonces aparece el miedo.
No a la noche, no, sino como un miedo a la noche en la claridad… el silencio de la noche a pleno sol… el sol en el cenit y el silencio de la noche…
el miedo…
Entonces la sombra se desliza y se amontona al pie de las columnas, se acumula, se endurece, y durante un momento la cosa no tiene sombra alguna. Como inaparente, ¿entiende?
Desaparecida…
El silencio es tal que recuerda el campo. Un valle tranquilo.
… a tal punto que un enjambre de mariposas se confundió. Atravesó el silencio, el abismo de la ciudad. Llegó a la colina. Atravesó el templo.
Venía de las colinas del Ática.
Eran blancas.
En ese momento vi. Mientras las mariposas cruzaban, vi… el templo no es blanco sino de mármol azul.
Y luego la sombra que regresa.
Implanta el templo de nuevo del lado inverso al de su desaparición.
Primero es como una línea negra.
Y luego como un trazo.
Se siente menos miedo.
El relieve se ve de nuevo.
Poco a poco la planicie completa a lo largo del templo se recubrió de negro.
Cuando los demás llegaron cerca de las dos de la tarde visitaron el templo. Después bajamos juntos hacia la ciudad. Atenas.

Y luego nada más pasó. Nada más.
Nada. Excepto siempre, por todas partes, esos gritos. Esa misma carencia de amar.
—En el Museo cívico de Atenas la tarde del día siguiente…
—Ah, sí, es cierto… lo había olvidado… mire lo que son las cosas… y luego se dio que era el mismo día… le hablé de la otra historia… la de las otras personas… *

—Al principio él no ve nada en común entre F. y su madre. Luego de repente, cuando la madre le habla por teléfono para anunciarle que iría a llevarle un regalo, advierte que sus voces son parecidas. Las inflexiones de sus voces. Cuando ella le habla por teléfono, se confunde. A menudo.

—La que habla por teléfono es la verdadera madre. Él no puede encontrarla más que a través de la costurera, la mujer del chofer.
—Él le pide varias veces que le dé el número de teléfono de su hija. Ella no se niega.
—Le da en cada ocasión un número de teléfono. En cada ocasión le dice que es el verdadero, el correcto. Él llama.
Atienden en un cine.

—Ella le propone citas. Le propone diez citas. Él va a todas las citas.
—Las citas son siempre en lugares públicos, vastos para perderse. El Bosque. La plaza de la República. La plaza de la Bastilla. Les Champs-Élysées. Los Grandes Boulevares.
En horas de intenso tráfico.
De noche. De día.
—A cualquier hora de la noche o del día.
—Él cree que ella no es responsable de su imposibilidad de acudir.
—Que es presa de antagonismos más fuertes que ella misma y que en su propio ponerse a disposición de esos antagonismos está su fuerza. Que su abandono a esas fuerzas brutales la muestra a ella.
—Él siempre cree posible que ella acuda. Como ella misma lo cree posible, hasta el último minuto.
Él dice: y luego, sin duda, ella no logra salir de eso. Esa espesura. Ese Bosque.
—Ella le habla del padre.
Ella le habla del dinero.
A menudo.
El padre. Temible y venerado. Venerado por todos. Temido por todos. Situación considerable. Director de un importante organismo económico del Estado. Consejero financiero privado del presidente de la República francesa. Él es el proveedor de dinero.
El dinero parece sin fondo. Risible.
—Una propiedad sobre el lago Majeur.
—Otra en Sainte-Marie de Provence.
—Otra en Bornes-les-Mimosas.
—Y esa casa en Neuilly.
—La única heredera, F., la hija condenada a muerte.

—El padre.
El padre nunca habla por teléfono. Amenaza por medio de las mujeres de la casa de Neuilly. Es preciso que la historia no se extienda más allá de las llamadas por teléfono.
—Cree que la historia será menos nefasta para la salud de F. si ésta no es visible. Ese aplazamiento del padre hacia su hija muestra al padre. Su invalidez esencial en cuanto al deseo.

—Una vez, mientras ella le habla de día, él oye que alguien dice un nombre en la casa y que ella responde. Es la madre ilegítima que llama a su hija.
Así se entera él de su nombre de bautismo y de estado civil.
—Ella no lo desmiente.
Desde entonces, él la llamará por ese nombre.
—El apellido del padre, su apellido, ella le dice que tiene que descubrirlo él.
Que hay distintos tipos de búsqueda. Las búsquedas secundarias. Y la búsqueda principal.
—La búsqueda principal debería tener lugar en el cementerio de Père-Lachaise.

Ella le dice cómo, cómo llegar al sitio de la búsqueda principal. Es allí, en una esquina del templo de la muerte. El lugar no es muy visitado. Las piedras son verdes. Monumentales. Desenterradas. La mayoría ilegibles.
—Se trata de una basura de mariscales del Imperio ennoblecidos en los grandes lugares de la muerte de comienzos del siglo XIX, duques de Dalmacia y de Austerlitz, de Francia y de Waterloo, un linaje crapuloso de financistas turbios, una gentuza emigrada a Neuilly por miedo a la Comuna, y el fárrago de sus mujeres e hijos.
—Entre esa basura es donde hay que buscar. El nombre de su madre también figura ahí. En tanto que desciende de los grandes jefes militares del ejército napoleónico y de los financistas del reino, ella también está dentro de ese cambalache.
—Pero también en ese mismo cambalache, junto con ella, es donde se encuentra el apellido de su abuelo paterno. Por lo tanto, el apellido de su padre. Por lo tanto, el suyo.
—Ella no explica por qué, incluso antes de su nacimiento, los apellidos de su padre y de su madre se encuentran ya unidos en las piedras sepulcrales del Père-Lachaise.
¿Desavenencias sin duda corregidas luego por esos casamientos? No se sabe.
—La explicación se ha perdido.

—Él no va al Père-Lachaise.
—Ella cree que sí, que ha hecho las indagaciones que ella le indicó.
Durante un tiempo ella cree que él sabe quién es ella a partir de su apellido.
Que con ese apellido él podrá encontrar la casa de Neuilly.
—Él no le dice que no ha ido al Père-Lachaise.

—Ya le conté dónde estaba ella, entre dos salas, las últimas de ese inmenso Museo de la Ciudad, justo antes de la sala de las carcazas de caballos de cobre que se encontraron en 1960 en el puerto del Pireo.
Creo que me afectó tanto por la herida del rostro. Esa herida contrastaba con la mirada… íntegra, usted sabe… ya no sé muy bien…
La miré por mucho tiempo.
¿No la vio usted en el museo?
—No.
—Su nombre está escrito.
—Atenea.
—Sí, así es…
Debe tener la parte izquierda del rostro como desgarrada por una reja de arado, por el hierro, pero sus ojos están intactos… unas almendras blancas sin ningún relieve…
¿No existe alguna reproducción?
—No, ninguna.
—La cabeza es muy pequeña, cabría en la mano. Le dije que como una cabeza de niño.
Está sobre una columna baja, perdida entre las grandes estelas, el fárrago de las últimas salas.
Vea, es posible que considerándola de poco valor, justamente a causa de esa herida, las autoridades del Museo la hayan almacenado en los depósitos del subsuelo.
Pero lo que me sorprende es que eso haya pasado entre mi visita y la suya, es decir, durante el mismo día…
—¿Por qué no?
—Es cierto… Por qué no…

—La herida del rostro es terrible. Debe influir mucho en la profundidad de la mirada.
—Esa mirada es para usted…
—Sí, así es, es una mirada que nos mira… hacia quien mira pero también a través de él… y aún mucho más allá… más allá del fin, hacia esas lejanías… sabe… no es posible… no sabemos qué nombres darles… son comunes a toda la historia…

—Veo sin ver.
—Sí, eso es.

—Al día siguiente, dejamos Atenas, y después no pasó nada más.
Nada más.
Excepto siempre, en todas partes, esos gritos.
Esa misma carencia de amar.

—En París.
En París, el amor siempre. De noche. Sin salida.
El goce entre sollozos.
Entre ellos, ese muro infranqueable, ciego.
—A veces no pueden estar uno sin el otro. Se hablan por teléfono de noche, de día.
—A veces ya no pueden soportarse. Discuten.
Gritan.
Se separan.
—Y un día, estallan los celos.
Imprevisibles.
Terribles.
—Ella quiere ser la preferida a todas.
La única.
—Disfraza su voz, habla por teléfono de parte de otras mujeres.
—Él la reconoce siempre.
—Ella lo hace seguir. O lo sigue ella misma. Nunca se sabrá.

—Él nunca entendió cómo había sido posible. Cómo había sucedido.

—Al anochecer, ella le habla por teléfono, le dice la hora a la que salió de su trabajo, los lugares adonde fue, las calles que recorrió en bicicleta antes de entrar a su casa.
Todos sus trayectos.
—Él no quiere mirar detrás suyo. Sabe. Sabe que está bajo vigilancia en todo momento.
—Él no procura saber quién está allí, detrás suyo.
Ella lo provoca con el juego de la muerte. Él se presta a ese juego como nunca lo hubiese podido prever.
Ambos lo saben: si él se da vuelta y ve quién es, la historia muerte fulminada.
—Él sabe que es ella. Los detalles dichos por teléfono al anochecer no pueden engañarlo.
“Y cuando doblaste por la calle Val-de-Grâce se despejó y miraste hacia el cielo…”
—Él llega a su casa. Se introduce en el pasillo del edificio. Sabe: ella está allí, lo mira desaparecer. Él no se da vuelta. Espera, enloquecido de deseo hasta las lágrimas.
—Durante ese período, él descubre la potencia fenomenal de la soledad, la violencia no dirigida del deseo.
—Entonces él rechaza la historia mortal para permanecer en la del abismo general.

—Ahora dice que nunca vio a alguien que lo siguiera.
—Dice tambien que una vez observó un auto con chofer parado en los alrededores del lugar de su trabajo. Vacío.

—Una vez, mientras ella le habla a la noche en el silencio de Neuilly, escucha una voz de hombre que le pregunta a la señora “si puede levantar la mesa”. Ella no mintió sobre la riqueza, hay un mayordomo en la casa de Neuilly.
—El viaje a Saône-et-Loire.
Él le había dicho que había nacido allí. Ella va, viaja por la región hasta que encuentra la casa. La encuentra. Se la describe perfectamente a la vuelta. Encuentra también el departamento de su madre en una ciudad cercana. Le habla por teléfono, le dice que ella está loca de amor por él, su hijo.

—¿Acaso él sabe si ella todavía está viva?
—El dice que no, nada.
-¿Puede saberlo?
—Podría hablarle por teléfono a la costurera, la otra mujer del edificio barato. Pero no puede hacerlo ahora. Ya no tiene su número de teléfono. No se acuerda de su nombre. No puede solicitar la información.
—Según él, ¿está muerta?
—Él dice: tal vez, que no sabe, ni idea… Pero… sin duda… sí… ella estaba tan enferma al final.
—¿Al final?
—Sí, cuando todo terminó.

—Varias veces ella había tomado la decisión de no llamarlo más.
Lo hizo una vez más.
—Lo hizo una vez.

Si ella está muerta, su tumba está en el Père-Lachaise. En ese caso se podría averiguar, por lo reciente del relieve de la losa sepulcral y de la tierra removida, se podría averiguar si es ella.
—En ese caso, el apellido que estuviera seguido por el nombre conocido últimamente sería el suyo.
—Él dice: Yo estaba loco. Estábamos locos.
—¿Por qué estaba loco: de deseo por ella?
—Él dice que no sabe exactamente por qué estaba loco. Que no podía estar loco por ella, de deseo por ella.
¿Cómo hubiera sido posible?
—¿Por la imagen?
—¿Por el mismo deseo?

—Responde que no sabe.
—¿Ella existió?
—¿Quién? ¿Quién no habría existido?
Él dice: Sí, ella existía. En todos los casos. Ella existía. Quienquiera que haya sido, quienquiera que tal vez pueda ser ahora, ella existía.
Existe.
—De donde viniera, aunque se hubiera servido de alguna coartada, ella existía. Existe.
Incluso si era esa mujer de sesenta años del edificio barato de Vincennes, ella existiría. Él dice que la pregunta no tiene objeto.

—Tres años.

—El número de horas hablando por teléfono: meses.

—Hay períodos, a veces de un mes, durante los cuales ella no da signos de vida. Tal vez estaría demasiado enferma durante esos períodos como para hacerlo.
—Y luego vuelve a llamar.

El orgasmo común es árido.
Inmenso
Desnudo
Incomparable.

—Una noche, él le pregunta: ¿ella tuvo amantes antes de él? ¿Algún hombre se le acercó? Él solo tiene de ella el olor de los billetes tocados por sus manos.
—Ella le dice que sí. Tuvo un amante. Un cura que encontró en un tren.
Ella lo volvió loco de amor.
Y después lo dejó.
Ella revela todos los detalles. Grita los detalles.
—Su goce llega hasta el alarido. Ella grita contándole el suplicio del cura loco de amor al que había dejado.
Él grita que quiere saber más.

—Al amanecer se encuentran en camas separadas. Lloran.

—En los últimos tiempos, ella está casi siempre acostada, moribunda. Todo el tiempo está bajo perfusión. A veces llega a desmayarse hablando por teléfono.
—Él lo sabe por su voz. Distingue sus voces de sus voces. Su voz acostada.
Su voz moribunda.
Su voz cautiva o infantil.
—Su voz cuando habla del padre adorado.
Su voz de salón, su voz mentirosa.
—Su voz desnaturalizada, destimbrada por el deseo.
—Su voz espantada.
Ella ya no puede mentirle.
—Una vez más. Ella le da una indicación acerca de la casa de Neuilly. En ese momento construyen una fuente en el parque. Entre el seto y el césped. Un día entero él recorre las calles de Neuilly en bicicleta. Todo un día. No busca la fuente en el parque, sino algo más. Un detalle imprevisto pero probatorio. El color de una pared. De una reja.
—Una disposición determinada de las ventanas de las habitaciones. Una determinada luz velada por encima de todo. Un signo del cielo.
—No encuentra nada. Dice que no recorrió todas las calles de Neuilly.

—Al día siguiente vuelve a empezar.
Ella lo deja que busque.
No le da ninguna indicación suplementaria.
—Excepto una, sin embargo, la tarde de aquel día, que su habitación es visible desde la calle, que las ventanas nunca están cerradas, que su cama está así abierta a todas las miradas.

—Él dice ahora que hubiese podido encontrar la casa de Neuilly si hubiera querido ver.

—¿Tenía él una imagen de ella?
—Él dice que al comienzo sí, había tenido esa imagen negra, de mujer de cabellos negros. Y después que a continuación esa imagen habría sido reemplazada por la de las dos fotografías. Y después que más tarde, cuando las fotografías habían sido olvidadas, él habría recobrado la imagen negra descripta por ella.
Él dice que ahora ya no tiene ninguna imagen de ella.

—¿Él dice que mintió?
—No. Dice que confundió los momentos, los días, los lugares, que no tiene una cronología —que no dispone en este caso de un pensamiento claro, que no sospecha para qué serviría.
Dice que ella, al igual que él, se habría confundido entre su propia imagen en el espejo y la del joven vislumbrado en la plaza de la Bastilla. Entre morir y vivir. Entre su cuerpo y el suyo, desconocido. Y lo desconocido del suyo y cualquier desconocido.
Que ella, igual, al igual que él, no habría sabido si ella era la de la historia o la que miraba la historia desde afuera.
—Él dice que ella tal vez era ese chico joven que durante las noches en que ella decía sentirse tan mal pasaba bajo su ventana y la miraba morir.
—Ese joven errante de Neuilly que pasaba a la noche y la miraba morir.

—Una vez, ella permanece varios días sin hablar por teléfono. Cuando vuelve a hablar le anuncia la noticia.
—Le dice que está cada vez más enferma. Y que va a morir.
Le anuncia su matrimonio.
—Su marido es el cirujano que la trata desde hace diez años. ¿Él lo recuerda? ¿El que la conocía desde siempre, el que la vio nacer? ¿El que siempre la cuidó, la protegió?

—Poco después hablan por teléfono. Un hombre. Dice que es el futuro marido.
Exigen que terminen sus relaciones.
Le confirma la muerte próxima.
—Pronuncia por primera vez la palabra locura.
—Por primera vez se pronuncia la palabra: locura.
—Ella habla por teléfono una última vez.
—Le dice la fecha del matrimonio. No el lugar.
—Le dice que sólo sintió amor por él, su único amante.
Lamenta tener que morir.
—El matrimonio tuvo lugar un día de verano, en 1975. Él no está en París.
—Usted había hablado también del mar.
—Ah, sí, tal vez… Las ratas reventadas a lo largo de los muelles de Tesalónica… el olor del anís, el del ouzo… el olor del vaso también… el borde del mar.

—Usted había hablado también de un film.
—Sí… el film… el film no se rodó… Hubiera habido gente aquí. Los hubiéramos visto aquí sumidos en una reflexión común muy absorbente…
—Y que de pronto se habría detenido… o que habría sido detenida por la muerte por ejemplo…
—Así es, sí… o por una duda de pronto… de orden general.

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*En el film El navío Night esta parte del texto fue dejada de lado. Se conservó un fragmento al comienzo del filme.






(El navío Night- Aurelia Steiner, Traducción de Silvio Mattoni,  El cuenco de plata, Buenos Aires, 2007).



MARGUERITE DURAS (FRANCIA, 1914-1996).




noviembre 21, 2016

POEMAS DE DORIS LESSING

Foto: Sophie Bassouls/Sygma/Corbis (Fuente: theguardian.com)






Fábula

Cuando miro hacia atrás me parece recordar el canto.
Aunque siempre estaba en silencio aquel salón largo y tibio.

Impenetrables, creíamos, esos muros
oscurecidos de escudos antiguos. La luz
brillaba sobre la cabeza de una chica o sobre sus piernas 
jóvenes despatarradas. Y las voces bajas
subían en el silencio a perderse como en el agua.

Incluso, al estar todo tibio y quieto como una mano,
si uno de nosotros corría las cortinas
una lluvia bordada soplaba afuera con descuido.
A veces se colaba un viento que hacía bambolear las llamas
y proyectaba sombras agazapadas en las paredes,
o aullaba un lobo afuera en la noche vasta  
y al sentir que se nos helaba la carne nos acercábamos.

Pero la danza continuaba por un rato
—así me parece ahora:
formas lentas que se movían serenas a través
de charcos de luz como una red dorada sobre el piso.
Así debe haber seguido, para siempre, como un sueño.

Pero entre un año y otro —¿cambió el viento? 
¿La lluvia al final pudrió las paredes?
¿Vinieron los hocicos de los lobos a empujar los rayos caídos?

Hace tanto.
Sin embargo a veces me acuerdo del salón cortinado
y escucho las voces lejanas y jóvenes, que cantan.


Oh cerezos que son demasiado blancos para mi corazón

Oh cerezos que son demasiado blancos para mi corazón,
y todo el suelo blanquean con su muerte,
y todas sus ramas van a sumergirse al río,
y cada gota cae de mi corazón.

Si hay justicia en el ángel de los ojos que brillan,
va a decir “¡Esperá!” y me va a alcanzar una rama de cerezo.
El ángel barbudo, justo y firme como una cabra
levanta una cabeza rumiante y mastica en la nieve con lentitud.

¿Hace falta, cabra, que te quedes acá?
¿hace falta que te quedes acá, quieta?
¿siempre vas a estar parada acá,
a prueba de fe, a prueba de inocencia?




Versiones en castellano de © Sandra Toro.




Fable

When I look back I seem to remember singing.
Yet it was always silent in that long warm room.

Impenetrable, those walls, we thought,
Dark with ancient shields.  The light
Shone on the head of a girl or young limbs
Spread carelessly. And the low voices
Rose in the silence and were lost as in water.

Yet, for all it was quiet and warm as a hand,
If one of us drew the curtains
A threaded rain blew carelessly outside.
Sometimes a wind crept, swaying the flames,
And set shadows crouching on the walls,
Or a wolf howled in the wide night outside,
And feeling our flesh chilled we drew together.

But for a while the dance went on –
That is how it seems to me now:
Slow forms moving calm through
Pools of light like gold net on the floor.
It might have gone on, dream-like, for ever.

But between one year and the next – a new wind blew?
The rain rotted the walls at last?
Wolves’ snouts came thrusting at the fallen beams?

It  is so long ago.
But sometimes I remember the curtained room
And hear the far-off youthful voices singing.



Oh Cherry trees you are too white for my heart

Oh Cherry trees you are too white for my heart,
And all the ground is whitened with your dying,
And all your boughs go dipping towards the river,
And every drop is falling from my heart.’

Now if there is justice in the angel with the bright eyes
He will say ‘Stop!’ and hand me a bough of cherry.
The bearded angel, four-square and straight like a goat
Lifts a ruminant head and slowly chews at the snow.

Goat, must you stand here?
Must you stand here still?
Is it that you will always stand here,
Proof against faith, proof against innocence?




(Fourteen Poems, 1959).





DORIS LESSING (Irán/Reino Unido, 1919-2013).