abril 05, 2014

RAYUELA - CAPÍTULO 20 - JULIO CORTÁZAR




     -Siempre me sospeché que acabarías acostándote con él -dijo Oliveira.
       La Maga tapó a su hijo que berreaba un poco menos, y se frotó las manos con un algodón.
      -Por favor lavate las manos como Dios manda -dijo Oliveira-. Y sacá toda esa porquería de ahí.
      -En seguida -dijo la Maga. Oliveira aguantó su mirada (lo que siempre le costaba bastante) y la Maga trajo un diario, lo abrió sobre la cama, metió los algodones, hizo un paquete y salió de la pieza para ir a tirarlo al water del rellano. Cuando volvió, con las manos rojas y brillantes, Oliveira le alcanzó su mate. Se sentó en el sillón bajo, chupó aplicadamente. Siempre estropeaba el mate, tirando de un lado y del otro la bombilla, revolviéndola como si estuviera haciendo polenta.
      -En fin- dijo Oliveira, sacando el humo por la nariz-. De todos modos me podían haber avisado. Ahora voy a tener seiscientos francos de taxi para llevarme mis cosas a otro lado. Y conseguir una pieza, que no es fácil en esta época.
      -No tenés por qué irte -dijo la Maga-. ¿Hasta cuándo vas a seguir imaginando falsedades?
      -Imaginando falsedades -dijo Oliveira-. Hablás como en los diálogos de las mejores novelas rioplatenses. Ahora solamente te falta reírte con todas las vísceras de mi grotesquería sin pareja, y la rematás fenómeno.
      -Ya no llora más -dijo la Maga, mirando hacia la cama-. Hablemos bajo, va a dormir muy bien con la aspirina. Yo no me he acostado para nada con Gregorovius.
      -Oh sí que te has acostado.
     -No, Horacio. ¿Por qué no te iba a decir? Desde que te conocí no he tenido otro amante que vos. No me importa si lo digo mal y te hacen reír mis palabras. Yo hablo como puedo, no sé decir lo que siento.
      -Bueno, bueno -dijo aburrido Oliveira, alcanzándole otro mate-. Será que tu hijo te cambia, entonces. Desde hace días estás convertida en lo que se llama una madre.
      -Pero Rocamadour está enfermo.
    -Más bien - dijo Oliveira-. Qué querés, a mí los cambios me parecieron en otro orden. En realidad ya no nos aguantamos demasiado.
      -Vos sos el que no me aguanta. Vos sos el que no aguantás a Rocamadour.
      -Eso es cierto, el chico no entraba en mis cálculos. Tres es mal número dentro de una pieza. Pensar que con Ossip ya somos cuatro, es insoportable.
      -Ossip no tiene nada que ver.
      -Si calentaras la pavita -dijo Oliveira.
      -No tiene nada que ver -repitió la Maga-. ¿Por qué me hacés sufrir, bobo? Ya sé que estás cansado, que no me querés más. Nunca me quisiste, era otra cosa una manera de soñar. Andate, Horacio, no tenés por qué quedarte. A mi ya me ha pasado tantas veces... Miró hacia la cama. Rocamadour dormía.
      -Tantas veces -dijo Oliveira, cambiando la yerba-. Para la autobiografía sentimental sos de una franqueza admirable. Que lo diga Ossip. Conocerte y oír enseguida la historia del negro es todo uno.
      -Tengo que decirlo, vos no comprendés.
      -No lo comprenderé, pero es fatal.
      -Yo creo que tengo que decirlo aunque sea fatal. Es justo que uno le diga a un hombre como ha vivido, si lo quiere. Hablo de vos, no de Ossip. Vos me podías contar o no de tus amigas, pero tenía que decirte todo. Sabés, es la única manera de hacerlos irse antes de empezar a querer a otro hombre, la única manera de que pasen al otro lado de la puerta y nos dejen a los dos solos en la pieza.
     -Una especie de ceremonia expiatoria, y por qué no propiciatoria. Primero el negro.
     -Sí -dijo la Maga, mirándolo-. Primero el negro. Después Ledesma.
     -Después Ledesma, claro.
     -Y los tres del callejón, la noche de carnaval.
     -Por delante -dijo Oliveira, cebando el mate.
     -Y monsieur Vincent, el hermano del hotelero.
     -Por detrás.
     -Y un soldado que lloraba en un parque..
     -Por delante.
     -Y vos.
     -Por detrás. Pero eso de ponerme a mi en la lista estando yo presente es como una confirmación de mis lúgubres premoniciones. En realidad la lista completa se la habrás tenido que recitar a Gregorovius.
      La Maga revolvía la bombilla. Había agachado la cabeza y todo el pelo le cayó de golpe sobre la cara, borrando la expresión que Oliveira había espiado con aire indiferente.

        Después fuiste la amiguita
        de un viejo boticario,
        y el hijo de un comisario
        todo el vento te sacó...

      Oliveira canturreaba el tango. La Maga chupó la bombilla y se encogió de hombros, sin mirarlo. -Pobrecita-, pensó Oliveira. Le tiró un manotón al pelo, echándoselo para atrás brutalmente como si corriera una cortina. La bombilla hizo ruido seco entre los dientes.
      -Es casi como si me hubieras pegado -dijo la Maga, tocándose la boca con los dedos que temblaban-. A mi no me importa, pero...
      -Por suerte te importa -dijo Oliveira-.. Si no me estuvieras mirando así te despreciaría. Sos maravillosa, con Rocamadour y todo.
      -De qué me sirve que me digas eso.
       -A mi me sirve.
      -Si, a vos te sirve. A vos todo te sirve para lo que andás buscando.
      -Querida -dijo gentilmente Oliveira-, las lágrimas estropean el gusto de la yerba, es sabido.
      -A lo mejor también te sirve que yo llore.
      -Si, en la medida en que me reconozco culpable.
      -Andate, Horacio, va a ser lo mejor.
      -Probablemente. Fijate, de todas maneras, que si me voy ahora cometo algo que se parece casi al heroísmo, es decir que te dejo solo, sin plata y con tu hijo enfermo.
      -Sí -dijo la Maga sonriendo homéricamente entre lágrimas-. Es casi heroico, cierto.
      -Y como disto de ser un héroe, me parece mejor quedarme hasta que sepamos a qué atenernos, como dice mi hermano con su bello estilo.
      -Entonces quedate.
      -¿Pero vos comprendés cómo y por qué renuncio a ese heroísmo?
      -Si, claro.
      -A ver, explicá por qué no me voy.
      -No te vas porque sos bastante burgués y tomás en cuenta que pensarían Ronald y Babs y los otros amigos.
      -Exacto. Es bueno que veas que vos no tenés nada que ver en mi decisión. No me quedo por solidaridad ni por lástima ni porque hay que darle la mamadera a Rocamadour. Y mucho menos porque vos y yo tengamos todavía algo en común.
      -Sos tan cómico a veces -dijo la Maga.
      -Por supuesto -dijo Oliveira-. Bob Hope es una mierda al lado mío.
      -Cuando decís que ya no tenemos nada en común, ponés la boca de una manera...
      -Un poco así, ¿verdad?
      -Si, es increíble.
      Tuvieron que sacar los pañuelos y taparse la cara con las dos manos, soltaban tales carcajadas que Rocamadour se iba a despertar, era algo horrible. Aunque Oliveira hacía lo posible por sostenerla, mordiendo el pañuelo y llorando de risa, la Maga resbaló poco a poco del sillón, que tenía las patas delanteras más cortas y la ayudaba a caerse, hasta quedar enredada entre las piernas de Oliveira que se reía con un hipo entrecortado y que acabó escupiendo el pañuelo con una carcajada.
      -Mostrá otra vez cómo pongo la boca cuando digo esas cosas -suplicó Oliveira.
      -Así -dijo la Maga, y otra vez se retorcieron hasta que Oliveira se dobló en dos apretándose la barriga, y la Maga vio su cara contra la suya, los ojos que la miraban brillando entre lágrimas. Se besaron al revés, ella hacia arriba y él con el pelo colgando como un fleco, se besaron mordiéndose un poco porque sus bocas no se reconocían, estaban besando bocas diferentes, buscándose con las manos en un enredo infernal de pelo colgando y el mate que se había volcado al borde de la mesa y chorreaba en la falda de la Maga.
      -Decime cómo hace el amor Ossip -murmuró Oliveira, apretando los labios contra los de la Maga-. Pronto que se me sube la sangre a la cabeza, no puedo seguir así, es espantoso.
      -Lo hace muy bien -dijo la Maga mordiéndose el labio-. Muchísimo mejor que vos y más seguido.
      -¿Pero te retila la murta? No me vayas a mentir. ¿Te la retila de veras?
      -Muchísimo. Por todas partes, a veces demasiado. Es una sensación maravillosa.
      -¿Y te hace poner con los plíneos entre las argustas?
      -Sí, y después nos entreturnamos los porcios hasta que él dice basta basta, y yo tampoco puedo más, hay que apurarse comprendés. Pero eso vos no lo podés comprender, siempre te quedás en la gunfia más chica.
      -Yo y cualquiera -rezongó Oliveira, enderezándose-. Che, este mate es una porquería, yo me voy un rato a la calle.
      -¿No querés que te siga contando de Ossip? -dijo la Maga-. En glíglico.
      -Me aburre mucho el glíglico. Además vos no tenés imaginación, siempre decís las mismas cosas. La gunfia, vaya novedad. Y no se dice -contando de-.
      -El glíglico lo inventé yo -dijo resentida la Maga-. Vos soltás cualquier cosa y te lucís, pero no es el verdadero glíglico.
      -Volviendo a Ossip...
      -No seas tonto, Horacio, te digo que no me he acostado con él. ¿Te tengo que hacer el gran juramento de los sioux?
      -No, al final me parece que te voy a creer.
      -Y después -dijo la Maga- lo más probable es que acabe por acostarme con Ossip, pero serás vos el que lo habrá querido.
      -¿Pero a vos realmente te puede gustar ese tipo?
      -No. Lo que pasa es que hay que pagar la farmacia. De vos no quiero ni un centavo, y a Ossip no le puedo pedir plata y dejarlo con las ilusiones.
      -Sí, ya sé -dijo Oliveira-. Tu lado samaritano. Al soldadito del parque tampoco lo podías dejar que llorara.
      -Tampoco, Horacio. Ya ves lo distintos que somos.
      -Sí, la piedad no es mi fuerte. Pero también yo podría llorar en una de esas, y entonces vos...
      -No te veo llorando -dijo la Maga-. Para vos sería como un desperdicio.
      -Alguna vez he llorado.
     -De rabia, solamente. Vos no sabés llorar, Horacio, es una de las cosas que no sabés.
Oliveira atrajo a la Maga y la sentó en las rodillas. pensó que el olor de la Maga, de la nuca de la Maga, lo entristecía. Ese mismo olor que antes..."Buscar a a través de", pensó confusamente.
      -Sí, es una de las cosas que no sé hacer, eso y llorar y compadecerme.-
      -Nunca nos quisimos -le dijo besándola en el pelo.
      -No hablés por mí -dijo la Maga cerrando los ojos-. Vos no podés saber si yo te quiero o no. Ni siquiera eso podés saber.
      -¿Tan ciego me creés?
      -Al contrario, te haría tanto bien quedarte un poco ciego.
      -Ah, sí, el tacto que reemplaza las definiciones, el instinto que va más allá de la inteligencia. la vía mágica, la noche oscura del alma.
      -Te haría bien -se obstinó la Maga como cada vez que no entendía y quería disimularlo.
      -Mirá, con lo que tengo me basta para saber que cada uno puede irse por su lado. Yo creo que necesito estar solo, Lucía; realmente no sé que voy a hacer. A vos y a Rocamadour, que me parece que se está despertando, les hago la injusticia de tratarlos mal y no quiero que siga.
      -Por mí y por Rocamadour no te tenés que preocupar.
      -No me preocupo pero andamos los tres enredándonos en los tobillos del otro, es incómodo y antiestético. Yo no seré lo bastante ciego, querida, pero el nervio óptico me alcanza para ver que vos te vas a arreglar perfectamente sin mí. Ninguna amiga mía se ha suicidado hasta ahora, aunque mi orgullo sangre al decirlo.
      -Si, Horacio.
      -De manera que si consigo reunir suficiente heroísmo para plantarte esta misma noche o mañana, aquí no ha pasado nada.
      -Nada -dijo la Maga.
      -Vos le llevarás de nuevo tu chico a ma
dame Irène, y volverás a París a seguir tu vida. 
      -Eso.
      -Irás mucho al cine, seguirás leyendo novelas, te pasearás con riesgo de tu vida en los peores barrios y a las peores horas.
      -Todo eso.
      -Encontrarás muchísimas cosas extrañas en la calle, las traerás, fabricarás objetos. Wong te enseñará juegos malabares y Ossip te seguirá a dos metros de distancia, con las manos juntas y una actitud de humilde reverencia.
      -Por favor, Horacio -dijo la Maga, abrazándose a él y escondiendo la cara.
      -Por supuesto que nos encontraremos mágicamente en los sitios más extraños, como aquella noche en la Bastille, te acordás.
      -En la rue Daval.
      -Yo estaba bastante borracho y vos apareciste en la esquina y nos quedamos mirándonos como idiotas.
      -Porque yo creía que esa noche vos ibas a un concierto.
      -Y vos me habías dicho que tenías cita con madame Leónie.
      -Por eso nos hizo tanta gracia encontrarnos en la rue Daval.
      -Vos llevabas el pulóver verde y te habías parado en la esquina a consolar a un pederasta.
      -Lo habían echado a golpes del café, y lloraba de una manera.
      -Otra vez me acuerdo que nos encontramos cerca del Quai de Jemmapes.
      -Hacía calor -dijo la Maga.
      -Nunca me explicaste bien qué andabas buscando por el Quai de Jemmapes.
      -Oh, no buscaba nada.
      -Tenías una moneda en la mano.
       -Me la encontré en el cordón de la vereda. Brillaba tanto.
      -Y después fuimos a la Place de la Republiqué donde estaban los saltimbanquis, y nos ganamos una caja de caramelos.
      -Eran horribles.
     -Y otra vez yo salía del metro Mouton-Duvernet, y vos estabas sentada en la terraza de un café con un negro y un filipino.
      -Y vos nunca me dijiste que tenías que hacer por el lado de Mouton-Duvernet.
      -Iba a lo de una pedicura -dijo Oliveira-. Tenía una sala de espera empapelada con escenas entre violeta y solferino: góndolas, palmeras, y unos amantes abrazados a la luz de la luna. Imaginátelo repetido quinientas veces en tamaño doce por ocho.
      -Vos ibas por eso, no por los callos.
      -No eran callos, hija mía. Una auténtica verruga en la planta del pie. Avitaminosis, parece.
      -¿Se te curó bien? -dijo la Maga, levantando la cabeza y mirándolo con gran concentración.
      A la primera carcajada Rocamadour se despertó y empezó a quejarse. Oliveira suspiró, ahora iba a repetirse la escena, por un rato sólo vería a la Maga de espaldas, inclinada sobre la cama, las manos yendo y viniendo. Se puso a cebar mate, a armar un cigarrillo. No quería pensar. La Maga fue a lavarse las manos y volvió. Tomaron un par de mates casi sin mirarse.
      -Lo bueno de todo esto -dijo Oliveira- es que no le damos calce al radioteatro. No me mires así, si pensás un poco te vas a dar cuenta de lo que quiero decir.
      -Me doy cuenta -dijo la Maga-. No es por eso que te miro así.
      -Ah, vos creés que...
      -Un poco, sí. pero mejor no volver a hablar.
      -Tenés razón. Bueno, me parece que me voy a dar una vuelta.
      -No vuelvas -dijo la Maga.
      -En fin, no exageremos -dijo Oliveira-. ¿Dónde querés que me vaya a dormir? una cosa son los nudos gordianos y otra el céfiro que sopla en la calle, debe haber cinco grados bajo cero.
      -Va a ser mejor que no vuelvas, Horacio -dijo la Maga-. Ahora me resulta fácil decírtelo. Comprendé.
      -En fin -dijo Oliveira-. Me parece que nos apuramos a congratularnos por nuestro savoir faire.
      
-Te tengo tanta lástima, Horacio.
      -Ah, eso no. Despacito, ahí.
      -Vos sabés que yo a veces veo. Veo tan claro. Pensar que hace una hora se me ocurrió que lo mejor era ir a tirarme al río.
      -La desconocida del Sena... Pero si vos nadás como un cisne.
      -Te tengo lástima -insistió la Maga-. Ahora me doy cuenta. La noche que nos encontramos detrás de Notre-Dame también vi que... Pero no lo quise creer. Llevabas una camisa azul tan preciosa. Fue la primera vez que fuimos juntos a un hotel, ¿verdad?
      -No, pero es igual. Y vos me enseñaste a hablar en glíglico.
      -Si te dijera que todo eso lo hice por lástima.
      -Veamos -dijo Oliveira, mirándola sobresaltado.
      -Esa noche vos corrías peligro. Se veía, era como una sirena a lo lejos... no se puede explicar.
      -Mis peligros son sólo metafísicos -dijo Oliveira-. Créeme, a mí no me van a sacar del agua con ganchos. Reventaré de una oclusión intestinal, de la gripe asiática o de un Peugeot 403.
      -No sé -dijo la Maga-. Yo pienso a veces en matarme pero veo que no lo voy a hacer. No creas que es solamente por Rocamadour, antes de él era lo mismo. La idea de matarme me hace siempre bien. Pero vos, que no lo pensás... ¿Por qué decís: peligros metafísicos? También hay ríos metafísicos, Horacio. Vos te vas a tirar a uno de esos ríos.
      -A lo mejor -dijo Oliveira- eso es el Tao.
      -A mí me pareció que yo podía protegerte. No digas nada. En seguida me di cuenta de que no me necesitabas. Hacíamos el amor como dos músicos que se juntan para tocar sonatas.
      -Precioso, lo que decís
      -Era así, el piano iba por su lado y el violín por el suyo y de eso salía la sonata, pero ya ves, en el fondo no nos encontrábamos. Me di cuenta en seguida, Horacio, pero las sonatas eran tan hermosas.
      -Si, querida.
      -Y el glíglico.
      -Vaya.
      -Y todo, el Club, aquella noche en el Quai de Bercy bajo los árboles, cuando cazamos estrellas hasta la madrugada y nos contamos historias de príncipes, y vos tenías sed y compramos una botella de espumante carísimo, y bebimos a la orilla del río.
      -Y entonces vino un clochard -dijo Oliveira- y le dimos la mitad de la botella.
      -Y el clochard sabía una barbaridad, latín y cosas orientales, y vos le discutiste algo de...
    -Averroes, creo.
    -Si, Averroes.
      -Y la noche que el soldado me tocó el traste en la Foire du Trône, y vos le diste una trompada en la cara, y nos metieron presos a todos.
      -Que no oiga Rocamadour -dijo Oliveira riéndose.
      -Por suerte Rocamadour no se acordará nunca de vos, todavía no tiene nada detrás de los ojos. Como los pájaros que comen las migas que uno les tira. Te miran, las comen, se vuelan... No queda nada.
      -No -dijo Oliveira-. No queda nada.
En el rellano gritaba la del tercer piso, borracha como siempre a esa hora. Oliveira miró vagamente hacia la puerta, pero la Maga lo apretó contra ella, se fue resbalando hasta ceñirle las rodillas, temblando y llorando.
      -¿Por qué te afligís así? -dijo Oliveira-. Los ríos metafísicos no pasan por cualquier lado, no hay que ir muy lejos a encontrarlos. Mirá, nadie se habrá ahogado con tanto derecho como yo, monona. Te prometo una cosa: acordarme de vos a último momento para que sea todavía más amargo. Un verdadero folletín, con tapa en tres colores.
      -No te vayas -murmuró la Maga, apretándole las piernas.
      -Una vuelta por ahí, nomás.
      -No, no te vayas.
      -Dejáme. Sabés muy bien que voy a volver, por lo menos esta noche.
      -Vamos juntos -dijo la Maga-. Ves, Rocamadour duerme, va a estar tranquilo hasta la hora del biberón. tenemos dos horas, vamos al café del barrio árabe, ese cafecito triste donde se está tan bien.
      Pero Oliveira quería salir solo. Empezó a librar poco a poco las piernas del abrazo de la Maga. Le acariciaba el pelo, le pasó los dedos por el collar, la besó en la nuca, detrás de la oreja, oyéndola llorar con todo el pelo colgándole en la cara. -Chantajes no-, pensaba. -Lloremos cara a cara, pero no ese hipo barato que se aprende en el cine.- Le levantó la cara, la obligó a mirarlo.
      -El canalla soy yo -dijo Oliveira-. Dejáme pagar a mí. Llorá por tu hijo, que a lo mejor se muere, pero no malgastes las lágrimas conmigo. Madre mía, desde los tiempos de Zola no se veía una escena semejante. Dejáme salir, por favor.
      -¿Por qué? -dijo la Maga, sin moverse del suelo, mirándolo como un perro.
      -¿Por qué qué?
      -¿Por qué?
       -Ah, vos querés decir por qué todo esto. Andá a saber, yo creo que ni vos ni yo tenemos demasiado la culpa. No somos adultos, Lucía. Es un mérito pero se paga caro. Los chicos se tiran siempre de los pelos después de haber jugado. Debe ser algo así. Habría que pensarlo.


(de "Rayuela", 1963.)

marzo 24, 2014

LEJANA - JULIO CORTÁZAR

Foto: Alberto Jonquières


Diario de Alina Reyes

12 de enero

Anoche fue otra vez, yo tan cansada de pulseras y farándulas, de pink champagne y la cara de Renato Viñes, oh esa cara de foca balbuceante, de retrato de Dorian Gray a lo último. Me acosté con gusto a bombón de menta, al Boogie del Banco Rojo, a mamá bostezada y cenicienta (como queda ella a la vuelta de las fiestas, cenicienta y durmiéndose, pescado enormísimo y tan no ella.)

Nora que dice dormirse con luz, con bulla, entre las urgidas crónicas de su hermana a medio desvestir. Qué felices son, yo apago las luces y las manos, me desnudo a gritos de lo diurno y moviente, quiero dormir y soy una horrible campana resonando, una ola, la cadena que Rex arrastra toda la noche contra los ligustros. Now I lay me down to sleep... Tengo que repetir versos, o el sistema de buscar palabras con a, después con a y e, con las cinco vocales, con cuatro. Con dos y una consonante (ala, ola), con tres consonantes y una vocal (tras, gris) y otra vez versos, la luna bajó a la fragua con su polisón de nardos, el niño la mira mira, el niño la está mirando. Con tres y tres aslternadas, cábala, laguna, animal; Ulises, ráfaga, reposo.

Así paso horas: de cuatro, de tres y dos, y más tarde palindromas. Los fáciles, salta Lenin el Atlas; amigo, no gima; los más difíciles y hermosos, átate, demoniaco Caín o me delata; Anás usó tu auto Susana. O los preciosos anagramas: Salvador Dalí, Avida Dollars; Alina Reyes, es la reina y... Tan hermoso, éste, porque abre un camino, porque no concluye. Porque la reina y...

No, horrible. Horrible porque abre camino a esta que no es la reina, y que otra vez odio de noche. A esa que es Alina Reyes pero no la reina del anagrama; que será cualquier cosa, mendiga en Budapest, pupila de mala casa en Jujuy o sirvienta en Quetzaltenango, cualquier lado lejos y no reina. Pero sí Alina Reyes y por eso anoche fue otra vez, sentirla y el odio.

20 de enero

A veces sé que tiene frío, que sufre, que le pegan. Puedo solamente odiarla tanto, aborrecer las manos que la tiran al suelo y también a ella, a ella todavía más porque le pegan, porque soy yo y le pegan. Ah, no me desespera tanto cuando estoy durmiendo o corto un vestido o son las horas de recibo de mamá y yo sirvo el té a la señora de Regules o al chico de los Rivas. Entonces me importa menos, es un poco cosa personal, yo conmigo; la siento más dueña de su infortunio, lejos y sola pero dueña. Que sufra, que se hiele; yo aguanto desde aquí, y creo que entonces la ayudo un poco. Como hacer vendas para un soldado que todavía no ha sido herido y sentir eso de grato, que se le está aliviando desde antes, previsoramente.

Que sufra. Le doy un beso a la señora de Regules, el té al chico de los Rivas, y me reservo para resistir por dentro. Me digo: «Ahora estoy cruzando un puente helado, ahora la nieve me entra por los zapatos rotos». No es que sienta nada. Sé solamente que es así, que en algún lado cruzo un puente en el instante mismo (pero no sé si es el instante mismo) en que el chico de los Rivas me acepta el té y pone su mejor cara de tarado. Y aguanto bien porque estoy sola entre esas gentes sin sentido, y no me desespera tanto. Nora se quedó anoche como tonta, dijo: «¿Pero qué te pasa?». Le pasaba a aquella, a mí tan lejos. Algo horrible debió pasarle, le pegaban o se sentía enferma y justamente cuando Nora iba a cantar a Fauré y yo en el piano, mirándolo tan feliz a Luis María acodado en la cola que le hacía como un marco, él mirándome contento con cara de perrito, esperando oír los arpegios, los dos tan cerca y tan queriéndonos. Así es peor, cuando conozco algo nuevo sobre ella y justo estoy bailando con Luis María, besándolo o solamente cerca de Luis María. Porque a mí, a la lejana, no la quieren. Es la parte que no quieren y cómo no me va a desgarrar por dentro sentir que me pegan o la nieve me entra por los zapatos cuando Luis María baila conmigo y su mano en la cintura me va subiendo como un calor a mediodía, un sabor a naranjas fuertes o tacuaras chicoteadas, y a ella le pegan y es imposible resistir y entonces tengo que decirle a Luis María que no estoy bien, que es la humedad, humedad entre esa nieve que no siento, que no siento y me está entrando por los zapatos.

25 de enero

Claro, vino Nora a verme y fue la escena. «M'hijita, la última vez que te pido que me acompañes al piano. Hicimos un papelón». Qué sabía yo de papelones, la acompañé como pude, me acuerdo que la oía con sordina. Votre âme est un paysage choisi... pero me veía las manos entre las teclas y parecía que tocaban bien, que acompañaban honestamente a Nora. Luis María también me miró las manos, el pobrecito, yo creo que era porque no se animaba a mirarme la cara. Debo ponerme tan rara.

Pobre Norita, que la acompañe otra. (Esto parece cada vez más un castigo, ahora sólo me conozco allá cuando voy a ser feliz, cuando soy feliz, cuando Nora canta Fauré me conozco allá y no queda más que el odio).

Noche

A veces es ternura, una súbita y necesaria ternura hacia la que no es reina y anda por ahí. Me gustaría mandarle un telegrama, encomiendas, saber que sus hijos están bien o que no tiene hijos -porque yo creo que allá no tengo hijos- y necesita confortación, lástima, caramelos. Anoche me dormí confabulando mensajes, puntos de reunión. Estaré jueves stop espérame puente. ¿Qué puente? Idea que vuelve como vuelve Budapest donde habrá tanto puente y nieve que rezuma. Entonces me enderecé rígida en la cama y casi aúllo, casi corro a despertar a mamá, a morderla para que se despertara. Nada más que por pensar. Todavía no es fácil decirlo. Nada más que por pensar que yo podría irme ahora mismo a Budapest, si realmente se me antojara. O a Jujuy, a Quetzaltenango. (Volví a buscar estos nombres páginas atrás). No valen, igual sería decir Tres Arroyos, Kobe, Florida al cuatrocientos. Sólo queda Budapest porque allí es el frío, allí me pegan y me ultrajan. Allí (lo he soñado, no es más que un sueño, pero cómo adhiere y se insinúa hacia la vigilia) hay alguien que se llama Rod -o Erod, o Rodo- y él me pega y yo lo amo, no sé si lo amo pero me dejo pegar, eso vuelve de día en día, entonces es seguro que lo amo.

Más tarde

Mentira. Soñé a Rod o lo hice con una imagen cualquiera de sueño, ya usada y a tiro. No hay Rod, a mí me han de castigar allá, pero quién sabe si es un hombre, una madre furiosa, una soledad.

Ir a buscarme. Decirle a Luis María: «Casémonos y me llevas a Budapest, a un puente donde hay nieve y alguien». Yo digo: ¿y si estoy? (Porque todo lo pienso con la secreta ventaja de no querer creerlo a fondo. ¿Y si estoy?). Bueno, si estoy... Pero solamente loca, solamente... ¡Qué luna de miel!

28 de enero

Pensé una cosa curiosa. Hace tres días que no me viene nada de la lejana. Tal vez ahora no le pegan, o no pudo conseguir abrigo. Mandarle un telegrama, unas medias... Pensé una cosa curiosa. Llegaba a la terrible ciudad y era de tarde, tarde verdosa y ácuea como no son nunca las tardes si no se las ayuda pensándolas. Por el lado de la Dobrina Stana, en la perspectiva Skorda, caballos erizados de estalagmitas y polizontes rígidos, hogazas humeantes y flecos de viento ensoberbeciendo las ventanas Andar por la Dobrina con paso de turista, el mapa en el bolsillo de mi sastre azul (con ese frío y dejarme el abrigo en el Burglos), hasta una plaza contra el río, casi en encima del río tronante de hielos rotos y barcazas y algún martín pescador que allá se llamará sbunáia tjéno o algo peor.

Después de la plaza supuse que venía el puente. Lo pensé y no quise seguir. Era la tarde del concierto de Elsa Piaggio de Tarelli en el Odeón, me vestí sin ganas sospechando que después me esperaría el insomnio. Este pensar de noche, tan noche... Quién sabe si no me perdería. Una inventa nombres al viajar pensando, los recuerda en el momento: Dobrina Stana, sbunáia tjéno, Burglos. Pero no sé el nombre de la plaza, es como si de veras hubiera llegado a una plaza de Budapest y estuviera perdida por no saber su nombre; ahí donde un nombre es una plaza.

Ya voy, mamá. Llegaremos bien a tu Bach y a tu Brahms. Es un camino tan simple. Sin plaza, sin Burglos. Aquí nosotras, allá Elsa Piaggio. Qué triste haberme interrumpido, saber que estoy en una plaza (pero esto ya no es cierto, solamente lo pienso y eso es menos que nada). Y que al final de la plaza empieza el puente.

Noche

Empieza, sigue. Entre el final del concierto y el primer bis hallé su nombre y el camino. La plaza Vladas, el puente de los mercados. Por la plaza Vladas seguí hasta el nacimiento del puente, un poco andando y queriendo a veces quedarme en casas o vitrinas, en chicos abrigadísimos y fuentes con altos héroes de emblanquecidas pelerinas, Tadeo Alanko y Vladislas Néroy, bebedores de tokay y cimbalistas. Yo veía saludar a Elsa Piaggio entre un Chopin y otro Chopin, pobrecita, y de mi platea se salía abiertamente a la plaza, con la entrada del puente entre vastísimas columnas. Pero esto yo lo pensaba, ojo, lo mismo que anagramar es la reina y... en vez de Alina Reyes, o imaginarme a mamá en casa de los Suárez y no a mi lado. Es bueno no caer en la sonsera: eso es cosa mía, nada más que dárseme la gana, la real gana. Real porque Alina, vamos -No lo otro, no el sentirla tener frío o que la maltratan. Esto se me antoja y lo sigo por gusto, por saber adónde va, para enterarme si Luis María me lleva a Budapest, si nos casamos y le pido que me lleve a Budapest. Más fácil salir a buscar ese puente, salir en busca mía y encontrarme como ahora porque ya he andado la mitad del puente entre gritos y aplausos, entre «¡Álbeniz!» y más aplausos y «¡La polonesa!», como si esto tuviera sentido entre la nieve arriscada que me empuja con el viento por la espalda, manos de toalla de esponja llevándome por la cintura hacia el medio del puente.

(Es más cómodo hablar en presente. Esto era a las ocho, cuando Elsa Piaggio tocaba el tercer bis, creo que Julián Aguirre o Carlos Guastavino, algo con pasto y pajaritos). Pero me he vuelto canalla con el tiempo, ya no le tengo respeto. Me acuerdo que un día pensé: «Allá me pegan, allá la nieve me entra por los zapatos y esto lo sé en el momento, cuando me está ocurriendo allá yo lo sé al mismo tiempo. ¿Pero por qué al mismo tiempo? A lo mejor me llega tarde, a lo mejor no ha ocurrido todavía. A lo mejor le pegarán dentro de catorce años, o ya es una cruz y una cifra en el cementerio de Santa Úrsula. Y me parecía bonito, posible, tan idiota. Porque detrás de eso una siempre cae en el tiempo parejo. Si ahora ella estuviera realmente entrando en el puente, sé que lo sentiría ya mismo y desde aquí. Me acuerdo que me paré a mirar el río que estaba sonando y chicoteando. (Esto yo lo pensaba). Valía asomarse al parapeto del puente y sentir en las orejas la rotura del hielo ahí abajo. Valía quedarse un poco por la vista, un poco por el miedo que me venía de adentro -o era el desabrigo, la nevisca deshecha y mi tapado en el hotel-. Y después que yo soy modesta, soy una chica sin humos, pero vengan a decirme de otra que le haya pasado lo mismo, que viaje a Hungría en pleno Odeón. Eso le da frío a cualquiera, che, aquí o en Francia.

Pero mamá me tironeaba la manga, ya casi no había gente en la platea. Escribo hasta ahí, sin ganas de seguir acordándome de lo que pensé. Me va a hacer mal si sigo acordándome. Pero es cierto, cierto; pensé una cosa curiosa.

30 de enero

Pobre Luis María, qué idiota casarse conmigo. No sabe lo que se echa encima. O debajo, como dice Nora que posa de emancipada intelectual.

31 de enero

Iremos allá. Estuvo tan de acuerdo que casi grito. Sentí miedo, me pareció que él entra demasiado fácilmente en este juego. Y no sabe nada, es como el peoncito de dama que remata la partida sin sospecharlo. Peoncito Luis María, al lado de su reina. De la reina y -

7 de febrero

A curarse. No escribiré el final de lo que había pensado en el concierto. Anoche la sentí sufrir otra vez. Sé que allá me estarán pegando de nuevo. No puedo evitar saberlo, pero basta de crónica. Si me hubiese limitado a dejar constancia de eso por gusto, por desahogo... Era peor, un deseo de conocer al ir releyendo; de encontar claves en cada palabra tirada al papel después de tantas noches. Como cuando pensé la plaza, el río roto y los ruidos, y después... Pero no lo escribo, no lo escribiré ya nunca.

Ir allá a convencerme de que la soltería me dañaba, nada más que eso, tener veintisiete años y sin hombre. Ahora estará bien mi cachorro, mi bobo, basta de pensar, a ser al fin y para bien.

Y sin embargo, ya que cerraré este diario, porque una o se casa o escribe un diario, las dos cosas no marchan juntas -Ya ahora no me gusta salirme de él sin decir esto con alegría de esperanza, con esperanza de alegría. Vamos allá pero no ha de ser como lo pensé la noche del concierto. (Lo escribo, y basta de diario para bien mío.) En el puente la hallaré y nos miraremos. La noche del concierto yo sentía en las orejas la rotura del hielo ahí abajo. Y será la victoria de la reina sobre esa adherencia maligna, esa usurpación indebida y sorda. Se doblegará si realmente soy yo, se sumará a mi zona iluminada, más bella y cierta; con sólo ir a su lado y apoyarle una mano en el hombro.

*
Alina Reyes de Aráoz y su esposo llegaron a Budapest el 6 de abril y se alojaron en el Ritz. Eso era dos meses antes de su divorcio. En la tarde del segundo día Alina salió a conocer la ciudad y el deshielo. Como le gustaba caminar sola -era rápida y curiosa- anduvo por veinte lados buscando vagamente algo, pero sin proponérselo demasiado, dejando que el deseo escogiera y se expresara con bruscos arranques que la llevaban de una vidriera a otra, cambiando aceras y escaparates.

Llegó al puente y lo cruzó hasta el centro andando ahora con trabajo porque la nieve se oponía y del Danubio crece un viento de abajo, difícil, que engancha y hostiga. Sentía cómo la pollera se le pegaba a los muslos (no estaba bien abrigada) y de pronto un deseo de dar vuelta, de volverse a la ciudad conocida. En el centro del puente desolado la harapienta mujer de pelo negro y lacio esperaba con algo fijo y ávido en la cara sinuosa, en el pliegue de las manos un poco cerradas pero ya tendiéndose. Alina estuvo junto a ella repitiendo, ahora lo sabía, gestos y distancias como después de un ensayo general. Sin temor, liberándose al fin -lo creía con un salto terrible de júbilo y frío- estuvo junto a ella y alargó también las manos, negándose a pensar, y la mujer del puente se apretó contra su pecho y las dos se abrazaron rígidas y calladas en el puente, con el río trizado golpeando en los pilares.

A Alina le dolió el cierre de la cartera que la fuerza del abrazo le clavaba entre los senos con una laceración dulce, sostenible. Ceñía a la mujer delgadísima, sintiéndola entera y absoluta dentro de su abrazo, con un crecer de felicidad igual a un himno, a un soltarse de palomas, al río cantando. Cerró los ojos en la fusión total, rehuyendo las sensaciones de fuera, la luz crepuscular; repentinamente tan cansada, pero segura de su victoria, sin celebrarlo por tan suyo y por fin.

Le pareció que dulcemente una de las dos lloraba. Debía ser ella porque sintió mojadas las mejillas, y el pómulo mismo doliéndole como si tuviera allí un golpe. También el cuello, y de pronto los hombros, agobiados por fatigas incontables. Al abrir los ojos (tal vez gritaba ya) vio que se habían separado. Ahora sí gritó. De frío, porque la nieve le estaba entrando por los zapatos rotos, porque yéndose camino de la plaza iba Alina Reyes lindísima en su sastre gris, el pelo un poco suelto contra el viento, sin dar vuelta la cara y yéndose.


(de "Bestiario", 1951)

JULIO CORTÁZAR (BÉLGICA/ARGENTINA, 1914-1984)

marzo 17, 2014

ELEGÍAS IMAGINARIAS / BILLY THE KID - JACK SPICER

Foto: Robert Berg



ELEGÍAS IMAGINARIAS, I - IV

para Robin Blaser


I

La poesía, casi ciega como una cámara
Está viva en la mira apenas un segundo. Clic,
El párpado cae veloz ante el movimiento
Casi como sucede con la palabra.
Uno no elegiría parpadear y quedarse ciego
Después del instante. Uno no elegiría
Ver el diseño platónico y continuo de pájaros en vuelo
Mucho después de que la bandada cayó o anidó.
Es una suerte para nosotros que existan cosas visibles como Los mares
Que nos rodean siempre,
Auxiliares disciplinados, ininterrumpidos
Al momento de la visión.
Visión
Pero no tan dulce
Como hemos visto.
Cuando alabo al sol o a cualquier otro dios de bronce derivado
No piensen que no preferiría alabar al chico muy alto y rubio
Que se comió todas mis papas fritas en el Red Lizard
Es solo que no voy a verlo cuando abra los ojos
Y sí voy a ver el sol.
Las cosas como el sol están siempre ahí al abrir los ojos
Insistentes como la respiración.
                                                        Nada más se puede adorar
A esas eternidades frías por su sustento
De lo absolutamente temporario.
Pero no tan dulce.
Lo temporario seduce a la poesía
Seduce a las fotografías, seduce a los ojos.
De las fotografías
Hago aparecer
A los pájaros
Al chico
Al cuarto en el que empiezo a escribir este poema
Todo
Cuanto mi ojo vio o pudo haber visto
Y amo
Amo —el párpado hace clic—
Y veo
A la poesía fría
En el borde de su imagen.
Es como si resucitáramos a los muertos y ellos hablaran solamente
A través de nuestras malditas trompetas, de nuestra maldita mediumnidad:
“Soy la pequeña Eva, una princesa negra del paraíso soleado.”
La voz suena alta y rubia.
“Soy la tía Minnie. El amor es dulce como la luz de la luna acá en el cielo.”
La voz suena alta y rubia.
“Soy Barnacle Bill. Me hundí con el Titanic y emergí en el cielo salado.”
La voz suena alta, suena rubia, suena alta y rubia.
“Adiós desde el país de los espíritus, desde el país dulce y platónico de los espíritus.
No puedes vernos en el país de los espíritus, y nosotros nada podemos ver.”



II

Dios debe tener un ojo muy grande para ver todo
Lo que perdimos u olvidamos. Los hombres suelen decir
Que los objetos perdidos quedan en la luna
Inasibles para cualquier ojo excepto el de Dios.
La luna es el gran ojo amarillo de Dios que recuerda
Lo que perdimos o lo que nunca pensamos. Por eso
Parece cruda y fantasmal en la oscuridad.
Es la captura fotográfica de cada instante del mundo
Abandonada en el terrible frío amarillo.
Son los objetos que nunca vimos.
Son los dodos que atravesaron la nieve volando
Desde la Isla de Baffin hasta el extremo de Groenlandia
Sin siquiera verse a ellos mismos.
La luna está hecha para los amantes. Los amantes
Se pierden en los otros. No se ven a ellos mismos.
La luna, sí. La luna, sí. 
La luna no es una cámara amarilla. Percibe
Lo que no fue, lo que se desintegra, lo que no va a pasar.
No es un ojo agudo de vidrio que chasquea con un parasol. Es la vieja 
Y lenta exposición infinita
Del negativo de lo que no puede ocurrir.
Teme al ojo antiguo de Dios porque está inyectado con hielo
En vez de sangre. Teme su inhumano vacío de espejo
Que pone el anzuelo a los amantes.
Teme a la luna de Dios por embrujar, por clavarle alfileres
A las muñecas olvidadas. Témele por los lobos
Por las brujas, la magia, la locura, los trucos de salón.

El poeta construye un castillo en la luna
Hecho de piel muerta y vidrio. Aquí máquinas maravillosas
Estampan galletas chinas de la fortuna llenas de amor.
                                                               Las cartas de Tarot
Le hacen el amor a otras cartas de Tarot. Aquí la agonía
Es la hermana puta de la imaginación.
Este es el castillo atormentado por el sol que
Refleja al sol. La lala la
Canta el castillo.
La. No recuerdo lo que perdí. Lala.
La canción. La. Cantaban los hipogrifos.
La lala. El chico. Sus cuernos.
Rstaban mojados con la canción. Lala.
No recuerdo. La. El infierno.
La. Lala. Olvidado. Vieja cara de manteca
Que siempre se come a sus amantes.

El infierno existe de algún modo en la distancia
Entre lo que se recuerda y lo que se olvida.
El infierno existe de algún modo en la distancia
Entre lo que pasó y lo que nunca pasó
Entre la luna y la tierra del instante
Entre el poema y el ojo amarillo de Dios.
Mira por la ventana a la luna verdadera.
Mira el cielo alrededor, herido por los rayos.
Pero mira ahora, en este cuarto, mira a los hijos de la luna
Al lobo, al oso y a la nutria, al dragón, a la paloma.
Mira, ahora, en este cuarto, mira a los hijos de la luna
Que vuelan, reptan, nadan, se queman
Vacíos en su belleza.
Óyelos susurrar.



III


El otro ojo de Dios es bueno y dorado. Tan brillante
Que su destello ciega. Su ojo es certero. Su ojo
Observa la bondad de la luz que emite
Y luego, abalanzándose como un gato, devora
Cada rastro dorado de la luz
Que vio y que hizo brillar.
El gato se alimenta del ratón. Dios se alimenta de Dios.La bondad de Dios es 
Un caníbal negro con dientes que encandilan
Que sólo se come a sí mismo.
Niega la luz.
El ojo dorado de Dios es de lata. Es el estruendo de lata
De la buena intención.
Es la lata ruidosa ardiente estridente.
La luz es una corneja negra
Que grazna en picada. Grazna en picada.
Después, después hay un detenerse súbito.
El día cambia.
Hay un sol viejo e inocente bastante frío en lo nublado.
El dolor del sol se detiene.
Dios se fue. Dios se fue.
Nada ha sido tan bueno.
Se está haciendo tarde. Ponte tu abrigo.
Está oscureciendo. Está haciendo frío.
La mayor parte de las cosas sucede en el crepúsculo
Cuando ningún ojo está abierto
Y la tierra baila.
La mayor parte de las cosas sucede en el crepúsculo
Cuando la tierra baila
Y Dios está ciego como un murciélago gigante.
Los chicos en la pileta reciben al sol.
Sus ingles se aplastan contra el cemento caliente.
Miran como desde un sueño. Como si sus cuerpos soñaran.
Salva sus cuerpos del sol envenenado.
Rescata a los soñadores. Ahora son como langostas
Al rojo vivo, íntimos mientras sueñan.
Sueñan con ellos mismos
Sueñan sueños sobre ellos mismos
Sueñan que sueñan sueños sobre ellos mismos.
Salpícalos con el crepúsculo como un murciélago mojado.
Libera a los soñadores.
                                         Poeta,
sé como Dios.


IV

Sí, sé como Dios. Me pregunto en qué pensaba
Cuando escribí eso. Los soñadores se encorvan un poco
Como si cinco años se hubieran condensado en su carne
O en mis ojos. ¿Despertarlos con qué?
¿Debería arrojarles piedras
Para hacer sangrar sus cuerpos desnudos e íntimos?
No. Déjenlos dormir. Mucho aprendí 
En estos cinco años que gasté y gané:
El tiempo no termina un poema.
Los imbéciles en la feria vacía contemplan
El vaivén del oleaje. La luna gorda y vieja
Brilla todas las noches entre las maderas podridas.
Esto es lo que está claro, piensan, el hombre que nos
Hizo crispar y rechinar y nos puso la risa en la garganta
Es tan frío como nosotras. Las luces se apagaron.
                                                                                      Las luces se apagaron.
Vas a sentir los olores más viejos
El olor de la sal, de la orina y del sueño
Antes de que despiertes. Mucho aprendí 
En estos cinco años en los que gasté y gané:
El tiempo no termina un poema.
¿Con quién me fui a la cama todos estos años?
¿Qué me llevé a mi cama llorando
por amor de mí?
Solamente las sombras del sol y de la luna
Las ingles soñadoras, sus imágenes chirriantes.
Solamente a mí mismo.
                                          ¿Hay alguna retórica
Para hacerme pensar que cuidé una casa
Mientras jugaba a las muñecas? Mucho aprendí 
En estos cinco años en los que gasté y gané:
Ese Dios, el monstruo de dos ojos, todavía está arriba.
Lo vi una vez cuando era joven y una
Cuando estaba atacado de locura, o estuve atacado
Y loco porque una vez lo vi. Él es el sol
Y la luna hechos realidad con ojos.
Él es la fotografía de todo a la vez. El amor
Que hace correr fría a la sangre .
Pero se fue. No es más real que
La poesía antigua. Mucho aprendí 
En estos cinco años en los que gasté y gané:
El tiempo no termina un poema.
Sobre el viejo muelle observo
La escalofriante oscuridad amontonándose al oeste.
Por encima de la feria inmensa y de los fantasmas
Oigo el canto de las gaviotas. Van al oeste
Hacia la gran Catalina de un sueño
Allá donde termina el poema.
                                                    ¿Pero termina?
Los pájaros todavía están en vuelo. Cree en los pájaros.



1950-1955




BILLY THE KID


I

La radio, que me habló de la muerte de Billy the Kid
(Y el día, un día caluroso de verano, con pájaros en el cielo)
Inventemos una frontera —un poema que alguien podría esconder con la patrulla del sheriff persiguiéndolo— de mil kilómetros si para él es necesario irse a mil kilómetros— un poema sin esquinas difíciles, sin casas donde perderse, sin la red de magia acostumbrada, sin judíos de Nueva York que venden pijamas color amatista, solamente un lugar donde Billy the Kid pueda ocultarse cuando le dispara a alguien.
Jardines de tortura y vías espectaculares. La radio
Que me habló de la muerte de Billy the Kid
El día, un día caluroso de verano. Los caminos polvorientos del verano. Los caminos que van a alguna parte. Casi se puede ver adónde van detrás del violeta oscuro del horizonte. Ni siquiera los pájaros saben adónde van.
El poema. A tanta distancia quién podría reconocer su rostro.


II

Un desparramo de hojas doradas que parecen flores del infierno.
Un pedazo de papel de envolver, arrugado, pero vuelto a arrugar en la mano, alisado con una plancha eléctrica.
Un cuadro
Que me contó la muerte de Billy the Kid.
Un collage un aglutinado
De lo real
Cuyos colores insípidos
Nos dicen lo que de veras
Consiguieron los héroes.
No, no es un collage. Las flores del infierno
Se caen de las manos de los héroes
Se caen de nuestras manos
Abiertas
Como si no nos fuera posible abarcarlas.
Su revólver
No dispara balas de verdad
Su muerte
Consumada es irrelevante
Consumada
En esos colores insípidos
No es un collage
Es un aglutinado, un
Recuerdo.


III

No había nada a la orilla del río
A no ser pasto seco y algodón de azúcar.
"Alias", le dije. "Alias,
Alguien nos hace querer tomarnos el río
Alguien quiere darnos sed."
"Chico," dijo él. "ningún río
Quiere atrapar hombres. No tienen maldad.
Trata de entender."
Nos quedamos ahí junto al río y Alias se quitó la camisa y yo me quité la mía
Nunca fui real. Alias nunca fue real.
Ni ese enorme árbol de algodón ni el pasto.
Ni el río.


IV

Lo que quiero decir es que
Yo
Te voy a contar del dolor
Era un dolor largo
Casi tan ancho como una cortina
Pero largo
Como la intemperie
Estig-
mas
Tres agujeros de bala en la ingle
Uno en la cabeza
Bailando
Justo debajo de la ceja izquierda
Lo que quiero decir es que yo
Te voy a contar de su
Dolor.


V

Billy the Kid en una alameda con apenas un toque de luz de luna
Su sombra se distingue
Cuidadosamente de todas las demás sombras
Delicada
Como es la percepción
Nadie le va a quitar el revólver ni va a borrar
Sus sombras


VI

El arma
Una pista falsa
Nada puede matar
A nadie.
Ni un poema ni un pene gordo. Bang,
bang, bang. Una pista
Falsa.
Ni siquiera la inmortalidad (aunque por qué se me ocurriría
la inmortalidad con alguien tan mortal como Billy the Kid o su revólver que ahora está oxidado en un montón de basura o perfectamente lustrado en algún museo de Nueva York) Una
Pista falsa
Nada
Puede matar a nadie. Tu revólver, Billy,
Y tu rostro
Fresco.


VII

Las langostas se arremolinan en el desierto.
En el desierto
Solo quedan langostas.
Señora
de Guadalupe
Haz que mi vista sea clara
Haz que mi aliento sea puro
Haz que mi brazo fuerte sea más fuerte y que mis dedos aprieten más.
Señora de Guadalupe, amante
De muchos
Hazme vengarlos.


VIII

De vuelta donde está la poesía está Nuestra Señora
Observa cada movimiento cuando los jugadores sacan las cartas
Del mazo.
El diez de diamantes. La jota de trébol. La reina
de picas. El rey de corazones. El as
que Dios nos dio cuando nos puso a escribir poesía para gente desprevenida o a dispararles con un arma.
Nuestra Señora
Se levanta como una especie de compañera de baile de la memoria.
¿Baila, Nuestra Señora,
muerta e inesperada?
Billy quiere que baile
Billy
Le va a volar los tacos de un tiro si no baila
Billy
Muerto también quiere
Divertirse.


IX

Así el corazón se rompe
En pequeñas sombras
Casi tan azarosas
Que no tienen sentido
Como un diamante
Tiene en su centro un diamante
O una piedra
Piedra.
Estando asustado
El amor formula su pregunta esencial—
No puedo recordar
Lo que me trajo aquí 
Más de lo que el hueso responde al hueso en el brazo
O la sombra ve sombra—
Hacia la muerte vamos en la barca
Como quien pasea en canoa
Por un lago
Cuando en los dos extremos
no hay nada más que las ramas de los pinos—
Hacia la muerte vamos en la barca
Con el corazón roto o el cuerpo roto
La elección es real. El diamante. Yo
Lo pido.

X

Billy the Kid
Te quiero
Billy the Kid
Apoyo todo lo que digas
y hubo un desierto
y la desembocadura de un río
Billy the Kid
(A pesar de las noticias de tu muerte)
Hay miel en la ingle
Billy


IMAGINARY ELEGIES, I - IV


To Robin Blaser

I

Poetry, almost blind like a camera
Is alive in sight only for a second. Click,
Snap goes the eyelid of the eye before movement
Almost as the word happens.
One would not choose to blink and go blind
After the instant. One would not choose
To see the continuous Platonic pattern of birds flying
Long after the stream of birds had dropped or had nested.
Lucky for us that there are visible things like oceans
Which are always around,
Continuous, disciplined adjuncts
To the moment of sight.
Sight
But not so sweet
As we have seen.
When I praise the sun or any bronze god derived from it
Don't think I wouldn't rather praise the very tall blond boy
Who ate all of my potato-chips at the Red Lizard.
It's just that I won't see him when I open my eyes
And I will see the sun.
Things like the sun are always there when the eyes are open
Insistent as breath.
                                  One can only worship
These cold eternals for their support of
What is absolutely temporary.
But not so sweet.
The temporary tempts poetry
Tempts photographs, tempts eyes.
I conjure up
From photographs
The birds
The boy
The room in which I began to write this poem
All
My eye has seen or could ever have seen
I love
I love-- the eyelid clicks
I see
Cold poetry
At the edge of their image.
It is as if we conjure the dead and they speak only
Through our own damned trumpets, through our damned medium:
"I am little Eva, a Negro princess from sunny heaven."
The voice sounds blond and tall.
"I am Aunt Minnie. Love is sweet as moonlight here in heaven."
The voice sounds blond and tall.
"I'm Barnacle Bill. I sank with the Titanic. I rose in salty heaven."
The voice sounds blond, sounds tall, sounds blond and tall.
"Goodbye from us in spiritland, from sweet Platonic spiritland.
You can't see us in spiritland, and we can't see at all."


II.

God must have a big eye to see everything
That we have lost or forgotten. Men used to say
That all lost objects stay upon the moon
Untouched by any other eye but God´s.
The moon is God´s big yellow eye remembering
What we have lost or never thought. That´s why
The moon looks raw and ghostly in the dark.
It is the camera shots of every instant in the world
Laid bare in terrible yellow cold.
It is the objects we never saw.
It is the dodos flying through the snow
That flew from Baffinland to Greenland´s tip
And did not even see themselves.
The moon is meant for lovers. Lovers lose
Themselves in others. Do not see themselves.
The moon does. The moon does.
The moon is not a yellow camera. It perceives
What wasn´t, what undoes, what will not happen.
It´s not a sharp and clicking eye of glass and hood. Just old,
Slow infinite exposure of
The negative that cannot happen.
Fear God´s old eye for being shot with ice
Instead of blood. Fear its inhuman mirror blankness
Luring lovers.
Fear God´s moon for hexing, sticking pins
In forgotten dolls. Fear it for wolves.
For witches, magic, lunacy, for parlor tricks.
The poet builds a castle on the moon
Made of dead skin and glass. Here marvellous machines
Stamp Chinese fortune cookies full of love.
Tarot cards
Make love to other Tarot cards. Here agony
Is just imagination´s sister bitch.
This is the sun-tormented castle which
Reflects the sun. Da dada da.
The castle sings.
Da. I don´t remember what I lost. Dada.
The song. Da. The hippogriffs were singing.
Da. Dada. Hell. Old butterface
Who always eats her lovers.

Hell somehow exists in the distance
Between the remembered and the forgotten.
Hell somehow exists in the distance
Between what happened and what never happened
Between the moon and the earth of the instant
Between the poem and God´s yellow eye.
Look through the window at the real moon.
See the sky surrounded. Bruised with rays.
But look now, in this room, see the moon children
Wolf, bear, and otter, dragon, dove.
Look now, in this room, see the moon children
Flying, crawling, swimming, burning
Vacant with beauty.

Hear them whisper.


III

God's other eye is good and gold. So bright
The shine blinds. His eye is accurate. His eye
Observes the goodnes of the light it shines
Then, pouncing like a cat, devours
Each golden trace of light
It saw and shined.
Cat feeds on mouse. God feeds on God. God's goodness is
A black and blinding cannibal with sunny teeth
That only eats itself.
Deny the light
God's golden eye is brazen. It is clanging brass
Of good intention.
It is noisy burning clanging brass.
Light is a carrion crow
Cawing and swooping. Cawing and swoooping.
Then, then there is a sudden stop.
The day changes
There is an innocent old sun quite old in cloud.
The ache of sunshine stops.
God is gone. God is gone.
Nothing was quite as good.
It's getting late. Put on your coat.
It's getting dark. It's getting cold.
Most things happen in twilight
When the sun goes down and the moon hasn't come
And the earth dances.
Most things happen in twilight
When neither eye is open
And the eart dances
Most things happen in twilight
When the earth dances
And God is blind as a gigantic bat.
The boys above the swimming pool receive the sun.
Their groins are pressed against the warm cement.
They look as if they dream. As if their bodies dream.
Rescue their bodies from the poisoned sun,
Shelter the dreamers. They're like lobsters now
Hot red and private as they dream.
They dream about themselves.
They dream of dreams about themselves.
They dream they dream of dreams about themselves.
Splash them with twilight like a wet bat.
Unbind the dreamers,

                                       Poet,
Be like God.






IV

Yes, be like God. I wonder what I thought
When I wrote that. The dreamers sag a bit
As if five years had thickened on their flesh
Or on my eyes. Wake them with what?
Should I throw rocks at them
To make their naked private bodies bleed?
No. Let them sleep. This much I’ve learned
In these five years in what I spent and earned:
Time does not finish a poem.
The dummies in the empty funhouse watch
The tides wash in and out. The thick old moon
Shines through the rotten timbers every night.
This much is clear, they think, the men who made
Us twitch and creak and put the laughter in our throats
Are just as cold as we. The lights are out.
                                                   The lights are out.
You’ll smell the oldest smells—
The smell of salt, of urine, and of sleep
Before you wake. This much I’ve learned
In these five years in what I’ve spent and earned:
Time does not finish a poem.
What have I gone to bed with all these years?
What have I taken crying to my bed
For love of me?
Only the shadows of the sun and moon
The dreaming groins, their creaking images.
Only myself.
             Is there some rhetoric
To make me think that I have kept a house
While playing dolls? This much I’ve learned
In these five years in what I’ve spent and earned:
That two-eyed monster God is still above.
I saw him once when I was young and once
When I was seized with madness, or was I seized
And mad because I saw him once. He is the sun
And moon made real with eyes.
He is the photograph of everything at once. The love
That makes the blood run cold.
But he is gone. No realer than old
Poetry. This much I’ve learned
In these five years in what I’ve spent and earned:
Time does not finish a poem.
Upon the old amusement pier I watch
The creeping darkness gather in the west.
Above the giant funhouse and the ghosts
I hear the seagulls call. They’re going west
Toward some great Catalina of a dream
Out where the poem ends.
                                   But does it end?
The birds are still in flight. Believe the birds.



(De "The New American Poetry, 1945-1960",  University of California Press, 1999.) 



BILLY THE KID


I.

The radio that told me about the death of Billy The Kid
(And the day, a hot summer day, with birds in the sky)
Let us fake out a frontier — a poem somebody could hide in with a sheriff’s posse after him — a thousand miles of it if it is necessary for him to go a thousand miles — a poem with no hard corners, no houses to get lost in, no underwebbing of customary magic, no New York Jew salesmen of amethyst pajamas, only a place where Billy The Kid can hide when he shoots people.
Torture gardens and scenic railways. The radio
That told me about the death of Billy The Kid
The day a hot summer day. The roads dusty in the summer. The roads going somewhere. You can almost see where they are going beyond the dark purple of the horizon. Not even the birds know where they are going.
The poem. In all that distance who could recognize his face.



II.

A sprinkling of gold leaf looking like hell flowers
A flat piece of wrapping paper, already wrinkled, but wrinkled
again by hand, smoothed into shape by an electric iron
A painting
Which told me about the death of Billy The Kid.
Collage a binding together
Of the real
Which flat colors
Tell us what heroes
really come by.
No, it is not a collage. Hell flowers
Fall from the hands of heroes
fall from all our hands
flat
As if we were not ever able quite to include them.
His gun
does not shoot real bullets
his death
Being done is unimportant.
Being done
In those flat colors
Not a collage
A binding together, a
Memory.


III.

There was nothing at the edge of the river
But dry grass and cotton candy.
"Alias," I said to him. "Alias,
Somebody there makes us want to drink the river
Somebody wants to thirst us.”
"Kid," he said. "No river
Wants to trap men. There ain’t no malice in it. Try
To understand.”
We stood there by that little river and Alias took off his shirt
and I took off my shirt
I was never real. Alias was never real.
Or that big cotton tree or the ground.
Or the little river.


IV.

What I mean is
I
Will tell you about the pain
It was a long pain
About as wide as a curtain
But long
As the great outdoors
Stig-
mata
Three bullet holes in the groin
One in the head
dancing
Right below the left eyebrow
What I mean is I
Will tell you about his
Pain.


V.

Billy The Kid in a field of poplars with just one touch of moonlight
His shadow is carefully
distinguished from all of their shadows
Delicate
as perception is
No one will get his gun or obliterate
Their shadows


VI.

The gun
A false clue
Nothing can kill
Anybody.
Not a poem or a fat penis. Bang,
Bang, bang. A false
Clue.
Nor immortality either (though why immortality should occur to
me with somebody who was as mortal as Billy The Kid or
his gun which is now rusted in some rubbish heap or shined
up properly in some New York museum) A
False clue
Nothing
Can kill anybody. Your gun, Billy,
And your fresh
Face.


VII.

Grasshoppers swarm through the desert.
Within the desert
There are only grasshoppers.
Lady
Of Guadalupe
Make my sight clear
Make my breath pure
Make my strong arm stronger and my fingers tight.
Lady of Guadalupe, lover
Of many make
Me avenge
Them.


VIII.

Back where poetry is Our Lady
Watches each motion when the players take the cards
From the deck.
The Ten of Diamonds. The Jack of Spades. The Queen
of Clubs. The King of Hearts. The Ace
God gave us when he put us alive writing poetry for unsuspecting
people or shooting them with guns.
Our Lady
Stands as a kind of dancing partner for the memory.
Will you dance, Our Lady,
Dead and unexpected?
Billy wants you to dance
Billy
Will shoot the heels off your shoes if you don’t dance
Billy
Being dead also wants
Fun.


IX.

So the heart breaks
Into small shadows
Almost so random
They are meaningless
Like a diamond
Has at the center of it a diamond
Or a rock
Rock.
Being afraid
Love asks its bare question—
I can no more remember
What brought me here
Than bone answers bone in the arm
Or shadow sees shadow—
Deathward we ride in the boat
Like someone canoeing
In a small lake
Where at either end
There are nothing but pine-branches—
Deathward we ride in the boat
Broken-hearted or broken-boied
The choice is real. The diamond. I
Ask it.

X.

Billy The Kid
I love you
Billy The Kid
I back anything you say
And there was the desert
And the mouth of the river
Billy The Kid
(In spite of your death notices)
There is honey in the groin

Billy



(De "Billy the Kid", Enkidu Surrogate, Stinson Beach, CA., 1959.)



Versiones en castellano de Sandra Toro


JACK SPICER (EE.UU., 1925-1965)