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marzo 08, 2019

POEMAS DE MARGARET RANDALL



Foto de Robert Giard, 1998.


Sospecha y parábolas vacías

Viajamos a alguna parte
pero no tenemos mapa.
Las líneas de mi palma relucen
como corriente eléctrica
almohadillas de carne
que hablan un idioma desconocido.

Quedamos dos, y después
estoy sola, pero enseguida
hay miles que me acompañan
hasta que cada cual desaparece
detrás de una promesa hecha
antes de que hubiera nacido.

Llevar así el pasado
es un gran lastre,
cargado de sospecha
y parábolas vacías.
Los que no pueden seguir
se queman como estrellas que agonizan.
Todavía podemos ver su luz
pero sabemos
que es el reflejo de algo antiguo
y frío,
precioso en el recuerdo
pero ahora inútil.

Siempre llevé un diario de viaje,
creía que les iba a servir a
los que quedaran después de haberme ido.
En mis sueños veo disolverse
esas páginas en el fuego
que consume una ciudad entera.

Ya no me puedo agazapar más
detrás del Otro.
La hambruna y el fuego nos barrieron
de ese espejo
donde una vez sentí
la seguridad hipócrita de la excepción.


Garantía de por vida

Los años llevan desgaste a las partes del cuerpo
y me imagino un negocio
donde los repuestos estén clasificados
por modelo y por fecha,
los experimentales y los de producción en masa
en mesas especiales de saldo
alentándonos a probar una nariz de plástico
inmune al daño solar
o superbaterías para el corazón o el hígado
que prometan durar para siempre.

Los modelos genéricos atraerían
al comprador de ingresos bajos,
las versiones de lujo a la élite
que tiene de todo
menos un cuerpo que marche a la perfección.
El lugar podría ser
una boutique exclusiva o un hipermercado
donde todo el mundo fuera a buscar gangas

Todavía ninguna cura para los cánceres más graves,
la demencia o la bacteria carnívora.

Soluciones a corto plazo que se anuncien
con términos elogiosos
ofrecidas en llamativos exhibidores
junto a la caja:
Te esperan a la salida,
y no se puede dejar seña.
El oxígeno portátil con sabor tropical
es el especial del mes.
Cuando la esperanza llega a un límite
no escasea el engaño.

Me imagino en un negocio, boutique o
sector de ofertas así de futurista,
y sé que es un sueño del Primer Mundo
Personas desesperadas de todo el planeta
venden partes de su cuerpo:
el pelo y los riñones
o usan los órganos para pasar contrabando.
Si les va bien, ganan lo suficiente
para comer unos meses más
o la oportunidad fugaz de otro día.

¿Qué querrá decir garantía de por vida
para un cuerpo que solamente lleva puesta la esperanza?
¿El consumidor aguantará hasta que haya ADN de diseño
o invertirá en partes del cuerpo de repuesto?
Y los que venden una parte de ellos, ¿cómo podrán estar seguros
de que no se pierde un haz de espíritu ni  una hebra de personalidad
en ese arreglo de última instancia?
El privilegio deambula por el Primer Mundo
mientras en cualquier otro lugar la supervivencia tiene
un costo trágico.


Entumecidos para la acción sobre el terreno

Mi memoria fue de todo menos
domesticada para guardar silencio,
adelgazar y dispersarse
al cruzar el paralelo 17
agarrada de mi mano.

No estuvo a bordo de esos helicópeteros
que despegaron del techo de la embajada
en una ciudad que rebautizaron
después de Ho Chi Minh,
pero entrenó con las imágenes

que llenaban las pantallas de nuestra TV, trató
de compensar el impacto
con lo que había oído decir
a madres y hermanas
acerca de por qué pararon la contienda.

Cuando los abandonamos
nuestros recuerdos se corrompen
en un pantano, cosidos a la culpa
o entumecidos para la acción
sobre el terreno.

Ahora recupero mi memoria
la saco de donde se esconde,
la doblo prolijamente
o la guardo en una percha
de alambre en mi ropero.

Nunca la hice limpiar,
ni lavar a mano o a máquina,
ningún ojo
pudo verle las manchas
estampadas por los libros de historia.

Los que cuentan historias falsas
y se van,
confiados en que nadie va a darse cuenta,
a cuestionar su credibilidad
ni a descubrirlos mintiendo.

Mi memoria se da cuenta. Habla
con la voz segura de los años,
pronuncia cada palabra
así como las imágenes que vio
y grabó hace tanto.



Versiones en castellano de Sandra Toro, revisadas y autorizadas por la autora.

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 Suspicion and Empty Parables

We are traveling somewhere
but have no map.
The lines on my palm shimmer
as electric current
spiders pads of flesh
speaking a language no one knows.

There are two of us and then
I am alone, but soon
thousands accompany me
until each disappears
following promises made
before they were born.

Carrying the past like that
is a heavy burden,
weighted with suspicion
and empty parables.
Those who can't keep up
burn out like dying stars.
We can still see their light
but know it is
a reflection of something ancient
and cold,
precious in memory
but useless now.

I have always kept a travel journal,
believed it would serve
those alive after I'm gone.
In my dream I see its pages
dissolving in the fire
that's consumed an entire town.

I can no longer crouch behind
the Other.
Famine and fire have swept us
from that mirror
where I once felt
the disingenuous safety of exception.


Lifetime Warranty

Age brings wear and tear to body parts
and I imagine a shop
where replacements are shelved
by date and model,
the experimental or mass-produced
on special sales tables
as if daring us to try a plastic nose
immune to sun damage
or super batteries for heart or liver
guaranteed to last forever.

Generic models would attract 
the low-income shopper,
luxury versions the elite
who have everything
but a perfect working body.
The place itself might be
an upscale boutique or big box store
where everyone goes for bargains.

No remedies yet for serious cancers,
dementia or flesh-eating bacteria.

Short-term solutions are advertised
in glowing terms
and offered on brightly decorated racks
right next to the cashier:
They just may get you on the way out,
and there is no layaway.
Portable oxygen in tropical flavors
is this month's special.
No shortage of deception
when hope stretches thin.

I imagine visiting such a futuristic shop,
boutique or bargain basement,
and know it's a First World dream.
Desperate people the world over
sell their body parts:
hair and kidneys
or use their organs to carry contraband.
If lucky they may get enough
to eat a few more months
or a fleeting chance at another day.

What would a lifetime warranty mean
to a body wearing only hope?
Will the consumer hold out for designer DNA
or invest in replacement body parts?
How can those who sell a piece of themselves
be sure a sliver of spirit or strand of character
isn't lost in that deal of last resort?
Privilege roams the First World
while elsewhere survival comes
at tragic cost.


Numbed to the Action on the Ground

My memory was all but
battered into silence,
made thin and sparse
as it crossed the 17th parallel
clinging to my hand.

It wasn't aboard those helicopters
lifting off the embassy roof
in a city renamed
after Ho Chi Minh,
but sparred with images

filling our TV screens, tried
to balance their impact
with what it had heard
from mothers and sisters
about why the fighting stopped.

When we abandon them
our memories corrode
in a swamp sewn with guilt
or numbed to the action
on the ground.

Now I retrieve my memory
from where it cowers,
fold it neatly
or place it in my closet
on a hanger of bent wire.

I've never sent it out to be cleaned,
washed it by hand or machine,
yet human eyes
cannot see the stains
bestowed by history books.

They tell the wrongs stories
then walk away,
confident no one will notice,
question their credibility
or catch them in their lies.

My memory notices. It speaks
with the sure voice of age,
pronounces each word
like the images it saw
and recorded so long ago.


(Textos inéditos cedidos por Margaret Randall, marzo de 2019)



MARGARET RANDALL (EE.UU., 1936)