enero 25, 2012

VIRGINIA WOOLF - LAS OLAS (Fragmento)





«Aquí arriba, Bernardo, Neville, Jinny y Susana (todos menos Rhoda) rozan los parterres con sus redes para cazar mariposas y espantan a las mariposas posadas sobre las corolas temblorosas de las flores. Ellos rasan la superficie del mundo. Sus redes están llenas de alas palpitantes. «¡Luis, Luis, Luis!»
gritan, pero no pueden verme. Estoy al otro lado del seto. Sólo hay pequeños resquicios, entre las hojas.
¡Oh, Señor, haced que se marchen de aquí! Señor, haced que desplieguen sus mariposas sobre sus pañuelos en medio de la arena, que cuenten a gusto sus mariposas color tortuga, sus mariposas rojas y las blancas. ¡Pero haced que yo permanezca invisible!. Yo soy verde como un tejo aquí, a la sombra del seto. Mis cabellos son hojas. Mis raíces llegan hasta el centro de la tierra. Mi cuerpo es un tallo. Aprieto el tallo y una gota lenta, espesa, se filtra por el orificio de la boca y se torna más grande. Algo rosado pasa por entre los resquicios de las hojas. El brillo de una mirada ha penetrado la grieta. Esta mirada me ciega. No soy ya sino un muchachito vestido con un traje de franela gris. Ella me ha descubierto. Siento un golpe en la nuca. Ella me ha besado. Todo se desmorona.
Eché a correr por el jardín después del desayuno —dijo Jinny—. Al ver que las hojas se movían en un hueco en el seto, pensé: «Es un pájaro en su nido». Apartándome de los demás, fui a mirar, pero no encontré ningún nido. Las hojas continuaban moviéndose: entonces tuve miedo y eché a correr otra vez pasando junto a Susana, junto a Rhoda y junto a Neville y Bernardo que estaban conversando en la caseta del jardinero. Corrí cada vez más ligero, gritando. ¿Qué fue lo que movió las hojas? ¿Qué es lo que mueve mi corazón, mis piernas? Y me precipité donde estabas tú, Luis. verde como un arbusto, como una rama inmóvil, con los ojos fijos. «¿Estará muerto?» pensé y te besé mientras mi corazón brincaba bajo mi traje rosado como las hojas que se mueven sin cesar, incluso cuando no hay nada, que las agite. Siento ahora el perfume de los geranios, siento el olor a tierra húmeda. Me pongo a danzar como una burbuja, me siento lanzada sobre ti como una red de luz que te envuelve todo entero y queda vibrando sobre ti.
A través de la grieta del seto yo vi a Jinny besarle —dijo Susana—. Al alzar mi cabeza inclinada sobre un macetero de flores y mirar a través de la grieta, vi cómo le besaba. Los vi a ambos, a Jinny y a Luis, besándose. Ahora, voy a envolver mi congoja en mi pañuelo, la apretaré en un nudo y, antes de que comiencen las lecciones, iré sola al bosque de hayas. No me sentaré delante de una mesa a sacar sumas.
No me sentaré junto a Jinny y junto a Luis, sino que iré a depositar mi congoja entre las raíces de las hayas. Allí, la examinaré y la cogeré entre mis dedos. Ellos no podrán encontrarme. Comeré nueces y buscaré huevos entre las zarzas y mis cabellos estarán desgreñados y dormiré bajo los setos y beberé agua en las zanjas y allí me moriré.
Susana acaba de pasar junto a nosotros —dijo Bernardo—. Acaba de pasar junto a la cabaña del jardinero con su pañuelo hecho un ovillo. No estaba llorando. Pero sus ojos que son tan hermosos, parecían acechar como los ojos de los gatos prontos a dar un salto. Voy a seguirla, Neville. Voy ir despacio detrás de ella para estar pronto, con mi curiosidad, y poder confortarla en el momento en que ella estalle de ira pensando: «Estoy sola».
«Ahora atraviesa el campo con un paso lento, perezoso a fin de despistarnos. Y luego, cuando cree que nadie la observa, echa a correr con los puños apretados. Sus uñas se encierran en su pañuelo hecho un ovillo. Se dirige hacia el bosque de hayas donde no penetra la luz del sol. Al entrar en él, abre los brazos y se hunde en las sombras como una nadadora. Pero, como viene cegada por la luz, tropieza y cae entre las raíces de los árboles, donde la luz va y viene en una palpitación sin fin. Las ramas se inclinan, luego vuelven a erguirse. Todo está lleno de agitación e inquietud, aquí. Todo es lúgubre. La luz es caprichosa. Todo está lleno de angustia aquí. Las raíces trazan un esqueleto en la tierra y en todos los rincones se amontonan las hojas muertas. Susana ha esparcido su angustia. Ha depositado su pañuelo sobre las raíces de las hayas y solloza, hecha un montón, en el sitio donde tropezó y cayó.
Vi a Jinny besarle —dijo Susana—. Al mirar entre las hojas la vi. Se aproximaba danzando, salpicada de diamantes y ligera como una nube. En cambio yo soy pequeña, Bernardo, y rechoncha. Mis ojos miran al suelo de cerca y ven insectos en el césped. El color amarillo que arde en mi pecho se convirtió en una piedra cuando vi a Jinny besando a Luis. Quiero comer pasto y morir en una zanja, en medio del agua parda donde se pudren las hojas muertas.
Te vi pasar delante de la cabaña del jardinero —dijo Bernardo. y te oí gemir. «Soy desdichada».
Neville y yo estábamos construyendo barcos de madera, pero al verte, dejé a un lado mi cuchillo. Tengo los cabellos en desorden porque cuando Mrs. Constable me dijo que me los peinara, vi a una mosca cogida en una telaraña y me pregunté: «¿Debo libertar a la mosca? ¿Dejaré que se la coma la araña?» Así es como me atraso siempre. Mis cabellos están despeinados y estas virutas de madera se han adherido a ellos. Al oír que gemías, te seguí y te vi depositar sobre las raíces tu pañuelo, en el cual habías anudado tu furor y tu odio. Pero todo pasará. Nuestros cuerpos están muy próximos ahora. Tú escuchas mi respiración. Al mismo tiempo, ves a aquel escarabajo que arrastra una hoja sobre su dorso, corriendo de un lado a otro. En idéntica forma mientras lo observas, tu deseo de poseer un objeto único (que en este momento es Luis) debe oscilar, como la luz que penetra y sale por entre las hojas de las hayas. Más tarde, las palabras que se mueven oscuramente, en las profundidades de tu cerebro, romperán este nudo de dureza enrollada en tu pañuelo.
Yo amo y odio —dijo Susana—. Yo no deseo sino una sola cosa. Mis ojos son hoscos. Los ojos de Jinny brillan con millares de luces. Los ojos de Rhoda son como esas flores pálidas a las cuales se acercan las mariposas al atardecer. Los tuyos son como agua que sube hasta la superficie y nunca se derrama. Pero yo estoy ya lanzada sobre mi pista. Mis ojos ven los insectos en el césped y aun cuando mi madre toda, vía teje calcetines y cose delantales para mí, a pesar de que soy todavía una niña, sé amar y aborrecer.
Pero mientras permanecemos sentados así, muy próximos —dijo Bernardo—, nuestras palabras nos funden al uno en el otro. Y entre ambos, formamos una especie de territorio impregnable.
Veo el escarabajo —dijo Susana—. Es negro: lo veo es verde: lo veo. Yo estoy atada con palabras cortas, monosilábicas. Tú, en cambio, te echas a vagar con las tuyas a la aventura: te escapas: subes cada vez más alto, con palabras y más palabras hilvanadas en frases.
Y ahora, vamos a explorar a nuestro alrededor —dijo Bernardo—. Allá abajo, entre los árboles, hay una casa blanca. Nos hundiremos como los nadadores que rozan el fondo con las puntas de sus pies, nos sumergiremos a través de la atmósfera verde de las hojas. A medida que corramos, iremos sumergiéndonos, Susana. Las olas se cierran sobre nosotros, las hojas de las hayas se entrecruzan por encima de nuestras cabezas. Se ven relucir los punteros dorados del reloj de las caballerizas. Allí está el techo de la casa grande. Las botas de caucho del mozo de cuadra resuenan en el patio de Elvedon.
«Ahora, descendemos por entre las copas de los árboles hasta el suelo. El aire no agita ya sobre nosotros sus tristes olas púrpuras. Estamos tocando tierra; hollamos el suelo. Aquél es el cerco del jardín de las señoras, donde ellas salen a pasearse al mediodía y a cortar rosas con sus tijeras. Ahora estamos en el bosquecillo rodeado de una muralla. Esto es Elvedon. Yo he visto letreros en los cruces de caminos con un brazo que señalaba: «A Elvedon». Nadie había llegado jamás hasta aquí. Los helechos despiden un olor fuerte y debajo de ellos crecen hongos rojos. Hemos despertado a las cornejas soñolientas que jamás han visto una figura humana y hollamos glándulas podridas que el tiempo ha tornado resbalosas y rojas. Un círculo de murallas rodea este bosque: nadie viene jamás aquí. ¡Escucha!. Ese ruido sordo es el de un sapo gigantesco que brinca entre los matorrales; aquel crujido es el de una piña prehistórica que cae entre los helechos y va a pudrirse allí.
«Afirma tu pie sobre este ladrillo. Mira por encima de la muralla. Aquello es Elvedon. Una señora está sentada entre los largos ventanales escribiendo. Los jardineros barren el jardín con enormes escobas.
Nosotros somos los primeros que hemos llegado a este lugar. Somos los exploradores de una tierra desconocida. No te muevas: si los jardineros nos vieran, dispararían contra nosotros. Nos clavarían como a armiños sobre la puerta de la caballeriza. ¡Cuidado! ¡No te muevas!. Aférrate fuertemente a los helechos que están encima de la muralla.
Veo a la señora que está escribiendo —dijo Susana—. Veo a los jardineros que están barriendo.
Si muriésemos aquí, no habría nadie que nos diera sepultura.
¡Huyamos! —dijo Bernardo—. ¡Huyamos! ¡El jardinero de la barba negra nos ha visto! ¡Van a disparar contra nosotros! ¡Van a matarnos como a cornejas y a clavarnos sobre la pared! Estamos en una comarca hostil. Escapémonos al bosque de hayas. Escondámonos bajo los árboles. Yo quebré, al pasar, una rama que marca un sendero. Agáchate tanto como puedas. Sígueme sin volver la cabeza hacia atrás.
Van a tomarnos por zorros. ¡Huyamos! —ahora, ya estamos a salvo. Ahora podemos enderezarnos nuevamente y estirar los brazos bajo este amplio dosel, en este vasto bosque. No oigo otra cosa que un murmullo de olas en el aire. Es una paloma torcaz que sale de su escondite entre las hayas y bate el aire, bate el aire con sus alas fatigadas.
Nuevamente te me has escapado con tus frases —dijo Susana—. Y subes como un volantín, cada vez más alto, más alto, a través de las capas de hojas, fuera de mi alcance. Ahora te detienes y tiras mis vestidos, mirando hacia atrás, siempre ocupado en hacer frases. Te me has escapado. He aquí el jardín, he aquí el seto. He aquí a Rhoda en el sendero: ella mece un estanque lleno de pétalos de flores.
Todos mis barcos son blancos —dijo Rhoda—. No quiero pétalos rojos de geranios. Quiero pétalos blancos que floten al inclinar yo el estanque. Tenso ahora una flota que bogara de playa en playa.
Dejaré caer una rama cual si fuera una balsa para un marinero que se ahoga. Dejaré caer también una piedra a fin de ver subir las burbujas desde las profundidades del mar. Neville y Susana se han marchado: Jinny está en la huerta cogiendo grosellas en compañía de Luis, quizás. Tengo un breve espacio de tiempo para estar sola mientras Miss Hudson distribuye nuestros cuadernos sobre las mesas de la sala de clases. Tengo una breve tregua de libertad. He recogido todos los pétalos caídos y los he hecho nadar.
En algunos he depositado gotas de lluvia. Plantaré aquí un clarín a guisa de faro. Y ahora meceré el estanque pardo a fin de que mis barcos puedan surcar las olas. Algunos se irán a pique. Otros se estrellarán contra los riscos. Uno de ellos navega solo: es el mío. Navega en el interior de cavernas heladas donde gruñe el oso polar y las estalactitas cuelgan en cadenas verdes. Las olas se embravecen, sus crestas se enroscan. Mirad la luz en los mástiles. Todos los barcos se han dispersado, se han hundido: todos, excepto el mío que surca las olas, en medio de la tempestad, y llega a las islas donde los papagayos chillan y donde los reptiles.
¿Dónde está Bernardo? —dijo Neville—. Él tiene mi cuchillo. Estábamos en la caseta del jardinero haciendo barcos cuando Susana pasó junto a la puerta. Al verla, Bernardo plantó su barco y se fue tras ella llevándose mi cuchillo, ése afilado que sirve para cortar la quilla. Bernardo es como un hilo eléctrico que cuelga, como el cordón de alambre quebrado de un timbre, que está siempre resonando. Es como el alga marina que cuelga en la ventana, ora húmeda, ora seca. Me deja en un atolladero por seguir a Susana, y si Susana se pone a llorar, cogerá mi cuchillo y le contará historias. La lámina grande es un emperador, la lámina quebrada es un negro. Yo detesto las cosas que cuelgan: detesto las cosas húmedas. Detesto las vagancias y las mezclas de cosas. Pero la campana ha sonado y vamos a llegar atrasados. Abandonemos nuestros juguetes y entremos todos juntos. Los cuadernos están ordenados sobre el tapiz verde de la mesa.
No conjugaré el verbo hasta que no lo haya hecho Bernardo —dijo Luis—. Mi padre es un banquero en Brisbane y yo hablo con un acento australiano. Voy a esperar que lo haga Bernardo y enseguida le imitaré. El es inglés. Todos son ingleses. El padre de Susana es un campesino. Rhoda no tiene padre. Bernardo y Neville pertenecen a familias distinguidas. Jinny vive con su abuela en Londres.
En este momento, ellos muerden sus lapiceros. Ahora abren sus cuadernos y, mirando de soslayo a Miss Hudson, cuentan los botones púrpuras de su blusa. Bernardo tiene una viruta en el pelo. Susana tiene los ojos enrojecidos. Ambos están agitados y tienen las mejillas encendidas. En cuanto a mí, soy pálido; yo estoy limpio y mi pantalón corto está sostenido por un cinturón cuya hebilla de cobre representa una serpiente. Yo se mi lección de memoria. Sé mucho más de lo que ellos sabrán jamás. Sé todos los casos y los géneros: si lo deseara, podría saber todas las cosas del mundo. Pero no quiero emerger a la superficie y recitar mi lección. Mis raíces se entrelazan alrededor del globo, como las de las plantas en un macetero. No quiero emerger a la superficie y vivir a la luz de este gran reloj de rostro amarillo cuyo tic-tac no tiene fin, Jinny y Susana, Bernardo y Neville se entrelazan en una correa para fustigarme. Se mofan de mi limpieza y de mi acento australiano. Pero ahora voy a tratar de imitar a Bernardo que cecea dulcemente el latín.
Estas palabras son blancas —dijo Susana. como los guijarros que recojo en la playa.
Ellas agitan la cola a derecha e izquierda a medida que yo las pronuncio —dijo Bernardo—.
Ellas baten el aire con sus colas; vuelan por el espacio en bandada. primero por aquí, en seguida por allá: se mueven simultáneamente, ya separándose, ya reuniéndose nuevamente.
Estas palabras son amarillas, son palabras ardientes —dijo Jinny. Yo quisiera tener un traje ardiente, un traje amarillo, un traje color leonado para ponérmelo por la noche.
Cada tiempo tiene un sentido diferente —dijo Neville—. Existe un orden en este mundo; existen distinciones, existen diferencias en este mundo, en cuyo umbral me encuentro. Porque esto no es sino un comienzo.
Ahora —dijo Rhoda—, Miss Hudson ha cerrado el libro. Ahora comienza la pesadilla. Cogiendo un trozo de tiza ella se pone a trazar cifras: seis, siete, ocho y después, una cruz y una línea sobre el pizarrón. ¿Cuál es la solución? Los demás miran, miran y comprenden. Luis escribe; Susana escribe: Neville escribe; Jinny escribe: incluso Bernardo se pone a escribir. Pero yo no puedo; yo no veo sino cifras desprovistas de sentido. Los demás van entregando a Miss Hudson su solución, uno tras otro.
Ahora me toca mi turno. Pero yo no tengo solución. A los demás les está permitido irse, y se marchan cerrando la puerta tras sí. Miss Hudson también se va. Me dejan sola para que busque una solución. Las cifras ya no poseen significado. El significado se ha ido. El reloj hace tic tac. Las dos agujas son dos caravanas que atraviesan un desierto. Las barras negras sobre el cuadrante son oasis verdes. La aguja más larga ha marchado adelante para encontrar agua. La otra tropieza penosamente entre las piedras calcinantes del desierto. Ella perecerá en el desierto. La puerta de la cocina golpea. Un perro errante ladra a lo lejos. ¡Mirad: el ojal de esta cifra comienza a llenarse de tiempo! Él contiene el mundo. Me pongo a trazar una cifra que enlaza el mundo, pero yo quedo fuera de él. Acercando los dos extremos del ojal, los uno y completo la cifra. El mundo está completo y yo he quedado fuera de él. ¡Oh, salvadme! ¡No me dejéis caer para siempre fuera del ojal del Tiempo!.
Allí está Rhoda con los ojos clavados en el pizarrón —dijo Luis—, mientras nosotros holgazaneamos, cogiendo aquí una rama de tomillo, apretando allá una hoja de toronjil, y en tanto que Bernardo narra una historia. Los omoplatos de Rhoda se juntan en su espalda igual que las alas de una mariposa. Y mientras ella contempla las cifras trazadas con tiza, su espíritu se aposenta en aquellos círculos blancos; cae a través de esos ojales blancos en el vacío, totalmente solo. Esas cifras carecen de significado para Rhoda. Ella no encontrará la solución. Rhoda no es como los demás: ella está desprovista de cuerpo. Y yo, que hablo con un acento australiano, yo que soy hijo de un banquero en Brisbane, no tengo miedo de ella como de los demás.
Deslicémonos ahora bajo el dosel de las hojas del grosellero —dijo Bernardo—, y contemos historias. Instalémonos en el mundo subterráneo. Tomemos posesión de nuestro territorio secreto, que está iluminado por grosellas suspendidas como candelabros, relucientes y rojas por un lado, negras por el otro. Si nos apretujamos un poco, Jinny, podremos caber bajo el dosel de las hojas de grosella y observar cómo se columpian los incensarios. Este es nuestro universo. Los demás atraviesan la ruta para vehículos. Las polleras de Miss Hadson y de Miss Curry se deslizan como apagavelas sobre el suelo.
Aquellos son los calcetines blancos de Susana. Aquellas son las sandalias siempre tan limpias de Luis; ellas van dejando su firme huella sobre la arena. Hasta aquí llegan ráfagas tibias de hojas en descomposición, de vegetación podrida. Estamos aquí en un pantano, en una jungla infestada de malaria. Allí, cubierto de un tapiz de gusanos blancos, hay un elefante que fue muerto por una flecha disparada entre sus ojos.
Ojos brillantes de aves de rapiña —águilas, buitres. surgen por todas partes. Nos confunden con hojas caídas. Picotean un gusano —que es una cobra con caperuza. y lo abandonan allí mismo con una úlcera parda y purulenta a fin de que sea destruido por los leones. Este es nuestro universo, iluminado con medias lunas y estrellas de luz: y grandes pétalos semitransparentes bloquean las aberturas, como vitrales purpúreos. Todo es extraño aquí. Las cosas son inmensas o muy pequeñas. Los tallos de las flores son gruesos como robles. Las hojas son altas como cúpulas de enormes catedrales. En cuanto a nosotros, somos gigantes que pueden hacer estremecerse las selvas.
Lo que estás diciendo es verdad aquí, donde estamos —dijo Jinny. y en este momento. Pero pronto nos marcharemos. Pronto Miss Curry tocará su silbato y tendremos que separarnos. Tú iras al colegio. Tendrás profesores que ostentarán cruces en el pecho y corbatas blancas. Yo iré a un internado de East Coast, donde tendré una maestra que se sentará debajo de un retrato de la reina Alejandra.
Porque allí es a donde iremos Susana, Rhoda y yo. Lo que tú dices no es verdad, por consiguiente, sino aquí y en este momento. En este momento, estamos tendidos debajo del grosellero y cada vez que se agita la brisa, ella proyecta sobre nosotros sombras multicolores. Mi mano es como la piel de una serpiente. Mis rodillas son rosadas islas flotantes. Tu rostro es como un manzano cubierto de una fina redecilla.
El calor comienza a atenuarse en la jungla —dijo Bernardo—. Las hojas columpian sus alas negras sobre nosotros. El silbato de Miss Curry ha resonado en la terraza. Debemos deslizarnos fuera del pabellón formado por las hojas de grosella y enderezarnos. Tienes ramitas prendidas a tus cabellos, Jinny, y un gusano verde en el cuello. Debemos ir a formar fila de a dos en dos. Miss Curry va a llevarnos a dar un breve paseo mientras Miss Hudson arregla sus cuentas en el escritorio.
¡Qué monótono es caminar por este sendero a cuyos lados no hay escaparates que mirar —dijo Jinny—, y donde no hay ojos ofuscados de vidrio azul incrustados en el pavimento! —debemos formarnos de a dos —dijo Susana. y caminar en orden, sin arrastrar los pies, sin quedarnos atrás dejando que Luis se nos adelante para guiarnos porque Luis es alerta y no un soñador.
Puesto que soy demasiado delicado para ir con ellos —dijo Neville—, puesto que me fatigo demasiado pronto y caigo enfermo de cualquier cosa, voy a aprovechar de esta hora de soledad, de esta tregua de silencio para recorrer los alrededores de la casa y reponerme, si es que puedo, de la impresión que experimenté al oír, a través de la puerta giratoria, aquello del hombre muerto anoche, cuando la cocinera estaba removiendo los apagadores de la cocina. Lo habían encontrado degollado. Las hojas de los manzanos se inmovilizaron contra el cielo; la luna se quedó mirando con un ojo fijo y yo no pude mover mi pie del peldaño. Lo encontraron en la alcantarilla, por la que corría su sangre. Tenía la mejilla blanca como un pedazo de bacalao. «La muerte bajo el manzano» es el nombre con que yo designare para siempre, en lo sucesivo, esta contracción, esta rigidez. Allí estaban las nubes grises y flotantes y el árbol clavado, el árbol implacable con su corteza de plata cincelada. El borbollón de mi vida era infructuoso. Yo no podía pasar al otro lado. Había un obstáculo: «No puedo vencer este obstáculo incomprensible», me dije. Los demás, sin embargo, pasaron. Pero todos estamos condenados, todos nosotros, por la maldición de los manzanos por el árbol enclavado que no podremos pasar».
«Pero ya la rigidez, la contracción se han desvanecido y yo proseguiré mi ronda por los alrededores de la casa, en este crepúsculo, a esta hora en que el sol traza manchas oleaginosas sobre el linóleo y un rayo de luz se incrusta en la pared, haciendo aparecer las patas de las sillas como si estuvieran quebradas.
Vi a Florrie en la huerta —dijo Susana—, al regresar de nuestro paseo, mientras la ropa recién lavada —los pijamas, calzones y camisas de noche. se agitaba en los cordeles a su alrededor. Y Ernesto la besó. El acababa de limpiar la platería y tenía puesto todavía su delantal de hule verde. Su boca estaba hinchada y arrugada como una bolsa y cogió a Florrie entre sus brazos, en medio de los pijamas que flotaban al viento. Parecía un toro ciego. Ella desfallecía, llena de angustia, y pequeñas venas rojas se diseñaban sobre sus pálidas mejillas. Ambos circulan ahora a nuestro alrededor pasándonos platos cargados de pan con mantequilla y tazas de leche, pero yo veo una hendidura en el suelo, de la que sube un vapor caliente, y la tetera del té ruge como rugía Ernesto, y yo floto al viento, igual que los pijamas, aun en este momento en que mis dientes se encuentran en mi blando pan untado de mantequilla y lamo la leche dulce. Yo no tengo miedo del calor ni del invierno glacial. Rhoda sueña sorbiendo una corteza empapada en leche; Luis fija sobre la pared de enfrente sus ojos verdes como un gusano; Bernardo hace pelotillas con el pan y las denomina «personas». Neville» con sus modales correctos y precisos, ya ha concluido su merienda. Ha doblado la servilleta y la ha metido dentro de su argolla de plata. Jinny hace piruetear sus dedos sobre el mantel como si estuvieran bailando al sol. Pero yo no tengo miedo del calor ni del invierno glacial.
Ahora —dijo Luis—, todos nos ponemos de pie. Miss Curry extiende el libro negro sobre el armonio se hace difícil no llorar cuando entonamos himnos rogando a Dios que vele nuestro sueño y hablamos de nosotros como de niñitos. Cuando estamos tristes y temblamos de aprensión, es dulce cantar todos juntos, apoyándonos ligeramente los unos en los otros: yo en Susana, Susana en Bernardo, con las manos enlazadas, temerosos de muchas cosas: yo, de mi acento, Rhoda de las cifras y, sin embargo, todos resueltos a conquistar y a vencer.
Ahora trotamos escaleras arriba como una manada de poneys —dijo Bernardo —pateando, reclamando con gran algazara nuestro turno en el cuarto de baño; discutimos, armamos grescas y brincamos sobre nuestros lechos duros y blancos. Pero ha llegado mi turno y paso al baño. Mrs. Constable, con una toalla atada alrededor de su cintura, coge su esponja color limón y la humedece en el agua: al empaparse del liquido, la esponja adquiere un color chocolate. Mrs. Constable la alza muy en alto y la oprime por encima de mi cuerpo que se estremece. El agua se desliza por el arroyuelo de mi espina dorsal. Brillantes flechas de sensación rebotan a ambos lados de mi cuerpo. Estoy cubierto de carne tibia. El agua se desliza por todas las hendiduras de mi cuerpo, haciéndolo resplandecer. El agua desciende y me envuelve como una anguila. Ahora me rodean toallas calientes, me envuelven en su aspereza y, al sentar su frotamiento en mi espalda, mi sangre ronronea como un gato satisfecho.
Sensaciones poderosas y pesadas se forman en el tejado de mi pensamiento: por él desciende, como una llovizna, el día: los bosques y Elvedon: Susana y las palomas. Deslizándose por las murallas de mi pensamiento, corriendo paralelamente, cae el día copioso, resplandeciente. Ahora cierro alrededor de mi cintura el cordón de mi pijama y me tiendo debajo de esta delgada sábana que flota en la claridad difusa como una capa de agua que una ola hubiera extendido sobre mis ojos. Lejos, muy lejos, percibo a través de ella, débil y remoto, el coro que comienza: ruedas, perros; hombres que gritan; campanas de iglesias. ¡El coro nocturno ha comenzado! —en la misma forma que me quito y cuelgo mi vestido y mi camisa —dijo Rhoda—, así cuelgo mi inútil deseo de ser Susana, de ser Jinny. Pero voy a estirar mis pies hasta que ellos toquen el fierro al extremo del lecho. Tocando el fierro confirmo la presencia reconfortante de algo duro. Ahora ya no puedo hundirme, no puedo sumirme a través de la delgada sábana. Ahora extiendo mi cuerpo sobre este frágil colchón y quedo suspendida por encima de la tierra. Ya no estoy de pie, expuesta a recibir golpes, expuesta a que me hagan daño. Todo es suave, todo es blando. Las paredes y, los pizarrones palidecen e inclinan sus cuadriláteros amarillos, por encima de los cuales resplandece un pálido cristal. Mi espíritu puede ahora desprenderse de mi cuerpo. Puedo pensar en mis armadas que surcan las altas olas. Estoy al abrigo de los contactos ásperos y de las colisiones. Navego sola al pie de arrecifes blancos. ¡Oh, pero me hundo, me caigo!. Aquélla es la esquina del pizarrón: aquél es el espejo de la nursery. Pero ellos se alargan. se alejan. Me hundo ahora en las plumas negras del sueño: sus espesas alas oprimen mis párpados. Viajando a través de la oscuridad veo parterres de flores y a Mrs. Constable que aparece corriendo a la vuelta de la esquina para decirme que mi tía ha venido a buscarme en un coche. Yo subo a él y me escapo; con ayuda de unas botas de tacones muy altos, trepo a la copa de los árboles. Pero ahora he caído en el coche a la puerta del vestíbulo, donde mi tía está sentada inclinando sus plumas amarillas con unos ojos duros como bolitas heladas. ¡Oh, si yo pudiera despertar de mis sueños! Mirad: ahí está la cómoda. ¡Dejadme salir de estas aguas!. Pero las olas se precipitan sobre mí, me arrastran sobre sus inmensos hombros, me hacen dar tumbos, me arrollan; estoy extendida entre estas largas luces, entre estas largas olas, entre estos interminables senderos donde la gente me persigue, me persigue.
El sol ascendió en el cielo. Olas azules y verdes abrían rápidos abanicos sobre la playa, rodeando con sus ondas las espinas del cardo marino, poniendo aquí y allá ligeras lagunas de luz sobre la arena y dejando tras sí un ligero borde negro. Las rocas que habían estando envueltas en neblina, perfilaron sus contornos y mostraron sus grietas rojas.
Agudas franjas de sombra cubrían el césped, y el rocío que danzaba sobre las hojas y las corolas de las flores convirtió al jardín en un mosaico de chispas solitarias que no se encendían todavía en un todo de luz. Los pájaros de gargantas manchadas de amarillo y rosa, lanzaban ahora una nota o dos, salvajemente, como alegres patinadores que se deslizaran cogidos del brazo. Después, se quedaban súbitamente silenciosos, para volver a estallar un instante más tarde.
El sol vertía sobre la casa rayos de luz más anchos. La luz tocó algo verde en el rincón de la ventana convirtiéndolo en un bloque de esmeralda, en una caverna de un verde purísimo, semejante a una fruta sin cuesco, agudizó los bordes de las sillas y de las mesas y orlo los manteles blancos con hebras de oro. A medida que el día crecía, aquí y allá se abría un botón de una flor que se quedaba temblando, veteada de verde, cual si el esfuerzo de abrirse la hubiese dejado bamboleándose, y sus frágiles batientes, al golpearse contra sus paredes blancas, desgranaban un dulce carillón. Todo se tornó suavemente amorfo: se hubiese dicho que la porcelana fluía y que el acero de los cuchillos se tornaba liquido. Entretanto el ruido de las olas al romperse repercutía semejante al de leños que cayeran sobre la playa.


(de "The Waves", edición de 1940 -Traducción de Lenka Franulic)




VIRGINIA WOOLF (INGLATERRA, 1882-1941)

enero 23, 2012

POEMAS DE JUANA BIGNOZZI




Veleidades con niños conocidos

Yo me esfuerzo por enseñarle a los niños que me rodean
que antes de abrir una puerta hay que decir permiso;
ellos miran a sus mujeres y piensan que soy una arpía,
los más benévolos dicen es una mujer con veleidades,
y como les han dicho que los hombres inteligentes ríen en voz baja,
los imitan en forma lamentable.
En los costados del camino los caballos sólo comen las flores azules
yo quisiera llevar a los niños que me rodean
para que empezaran a aprender algo sobre el buen gusto,
los caballos son grandes maestros.
Pero ellos prefieren la filosofía y morirán sin entender
vestidos de niños con mediecitas blancas
y con todas las crueldades absolutas de los niños.
La gente con veleidades que no creemos en los pecados
del precio, la venta o la entrega
los miramos jugar con sus barriletes
y nos ofrecemos tranquilamente
para que nos claven en el cuerpo flechas de colores primarios.



Ce triste exil, ce fier exil

En las noches felices con la gente que amo
él hace sentir su ausencia,
se instala en el amor que me dan,
en el amor que doy,
en el otoño, sí, ya sé, las hojas;
dos amigas caminan por calles entrañables,
hablan del amor, la vida, los hombres,
se dejan envolver por la dulzura de la noche de mayo,
hacen a un lado las cosas irremediables,
caminan solas entre los olores, las luces de las ventanas,
algún rostro obsesivo que insiste, insiste,
pero ellas saben tanto sobre el amor, tanto,
que pueden convertir todo en una charla brillante
el hombre que desean hasta sentir frío,
el verdadero amor
y el aplastante domingo que hay que atravesar
para que su voz sea de nuevo
y todo empiece a cobrar vida.

Los amigos que me aman hablan de mis ojos,
ya sé, son importantes como las hojas en otoño,
pero todo cae a golpes
en estos domingos para lanas tibias, hijos que no tengo,
globos de colores en el parque.

Entre ritos familiares se calienta al sol
impura,
como si hubiera encendido fuego en viernes
o hubiera cantado en tierra extranjera.



Domingo a la tarde

Cuando se sientan frente a frente
amores imposibles, quincallería amistosa,
tipos que se atrevieron y esa mujer intensa
que lleva augurios a felicidades que nunca entenderá,
la buena gente desecha las malas palabras,
la buena gente dice todos tienen posibilidades en la vida,
sienten crecer su amor por esa mujer intensa,
tan sola, que vivirá siempre detrás de una ventana
y todo lo que le ofrecen está demasiado azucarado.



La vida plena

A algunos les han quitado las ganas de hablar,
pasan mudos por el amor, aman perros vagabundos
y tienen una piel tan sensible
que nuestros pequeños saludos cotidianos
pueden producirles heridas casi de muerte.
Nosotros, seres amables e inofensivos,
miramos los gatos enfermos, las mujeres con collares
que pasan por la calle
y sentimos un desamor agradable,
casi suficiente.



Soy una mujer sin problemas

Todos lo saben
y entonces buscan mi compañía para charlar por las noches.
Sin embargo yo conozco a alguien que quiere morir en paz consigo mismo
y me produce estremecimientos, insomnio, soledad,
porque la paz conmigo misma sería una guerra sin fin,
dos o tres asesinatos inevitables y alguna entrega desmedida
que no entra en mis planes.
Sin embargo yo sueño por las noches
con un jardín inmenso donde los muertos se levantan para saludarme;
yo sueño con un hombre que me inquieta y como lo ignora
me habla amigablemente del resto del mundo
y de mis múltiples amores, tan simpáticos,
tan apropiados como tema de conversación.



Le entrego mi nombre a la vida que sube

Detrás de estos juegos de inteligencia
detrás de nosotros, que estamos en lo que podemos,
que sólo manejamos vasos al borde de la lluvia
vinos amicales,
fosforescencias del mar tienen su nombre,
que yo sólo puedo decir a través de ojos lánguidos,
sonrisas tristes mi amor devastado.
Tan pobres que éramos,
y ahora los que vienen de Cuba, los que van hacia Cuba,
entran en mi lenta ternura de mujer que vive junto a un río
hacen insoportable nuestra miseria.



La vida en serio

Ahora he descubierto el sol, los perros y las mentiras.
La vida es más lógica, no he dicho mejor, sino más lógica.
Cierro los ojos y tomo sol, juego con un perro tan vulgar
que es imposible sentirse separada de él y miento.
Eso me obliga por las noches a sacarme los zapatos
como quien se desnuda,
a caminar descalza por mi casa,
a llorar a solas cada tanto.
Ahora miro a una mujer ni linda ni fea,
pienso que la pequeña vida continúa
y que todo dolor importante tiene testigos,
aunque sean un perro, el sol o las mentiras.



La literatura en serio

Como sufro y me aburro resulto bastante divertida,
a veces represento situaciones,
la mujer comprensiva, el hombre triste;
como no tengo sentido de la oportunidad,
puedo interrumpir la mejor escena de amor,
y para que nadie dude de mi inteligencia,
me ocupo de problemas casi ridículos.
Rodeada de gente que espera cosas de la vida
o practica la tragedia,
mis explosiones de júbilo son bastante frecuentes,
y como me regalo horizontes, cucharas que vacían mi corazón,
casi siempre estoy triste,
por eso mi alegría es digna de verse.


*

Una poesía para impresionar
con grandes imposibles olvidos que no llegan
o esas frases de: tengo para poco
una poesía en realidad para ser un animal herido entre la gente
para irse a un rincón y tratar de no molestar
si digo esa poesía ya no me interesa
es porque he empezado a sentir gusto por la vida en serio.


*

Con el invierno los amigos han vuelto a casa
yo pregunto seriamente
¿Qué vas a hacer de tu vida juana?
Sufro, amo, todos rabiamos por la revolución
a veces tengo miedo de que seamos felices.
Los amigos han vuelto con los brazos abiertos
preguntan qué pasa en nuestra ciudad,
yo sólo puedo describir tu rostro,
para decirlo de una vez el rostro del amor.
¿Qué vas a hacer juana
con la juventud que aún te queda,
con las historias inverosímiles
los amigos en solfa,
los amigos en serio
y toda esta ternura
que quién sabe adónde irá a parar?


(De "Mujer de cierto orden", 1967.)


Dulce post art nouveau

Desde este balcón miro llover sobre el mar
-Europa provee las imágenes de afiche I ,
cumple los sueños de barrio
su realidad aumenta la cursilería y la verdad-
yo hago una lista donde objetos amados
se mezclan con objetos necesarios
a los que el agua y la distancia confunde y a veces ni rescata

todos vuelven sobre esta calmísima agua
que llega hasta el pie de mi casa
pocos logran tener una cara

si la palabra tiene valor
esta distancia lo probará
si la palabra es vida y los que la manejan viven en ella
ésta es la prueba

si ya pensé mi vida o sea ya la viví
el agua de este mediterráneo tan muerto
es prueba y respuesta



Aristocracia obrera

Las casas que vimos construir tienen años
las amplias labias son sólo discursos de mitómanos
charlas de magisters
cátedra de confusión
no hay olvido ni paz sólo alguna entrevista pendiente
una carta por escribir
la distancia siempre llegó demasiado temprano a mis fiestas
mucho más de lo que amé ha caído en el vértigo de lo ridículo
la poesía es una señorita esquizofrénica que delira al après-midi
los que ostentaban la escoba de la historia
cuidan la limpieza de sus legajos
yo sonrío aunque no haya laúdes con qué
acompaño a la gente hasta el ascensor
abandonada, perro de umbral en las tardes
viejo pecador converso jamás en silencio
a ver
líneas de las manos
de venus destrozada de apolo inmejorable
alegrías que no le quitan profundidad a mi pensamiento
pero sí lo aligeran
recuerdo algún cementerio sentimental
cierta felicidad de un viaje nocturno
enloquezco con estilo
mientras los dueños de esta luz de domingo a la mañana
con un sentido de la realidad muy argentino
jugados a la precariedad y a la historia
sobreviven en tensa vigilancia
ignoran la tranquilidad de las siglas
no se tranquilizan con ajenjos marchitos
ahora que todo empieza a terminar
confiemos en la diferencia de nuestras muertes
nada las cambiará
menos estas alianzas pasajeras
las maravillosas delicadezas y sus culitos pateados
cada vez que muevo esta mano
cambio de lugar un objeto
aparto algún rostro
como en un triunfo de mis peleas y de mis muertes
o una felicidad de mi final
sé que mis hermanos desconocidos no me olvidarán


*

Desesperada ya como gente que conoció ciertas cosas
verdades que no borran ni el vino
ni los juegos con los que reemplazamos el amor
con mucha delicadeza mucho cuidado
buscamos como niños no ya tréboles de cuatro hojas
no ya la vida plena los golpes definitivos
para acortar los plazos ensayamos fracasos que no duelen
pequeños triunfos que provocan nuestras sonrisas más dulces
bajo mi sueño mis enemigos
–cuidados por mí como por nadie–
entre el ruido de juana
sus grandes actividades y la ternura que me provocan
tenemos ideas fijas obsesivas
verbos que no conjugamos
verbos de acción de sentimiento
verbos para algún momento que creí
cercano próximo imposible
gente que estaremos casi muertos cuando pase algo
no mido lo que falta ni lo que se fue
duro
defendiendo el pedazo justo para estar de pie


*

Ahora que tanta gente llama por teléfono
y tengo invitaciones saludos en la orilla del camino
he dejado de ser la presa mayor en una cacería que
después de todo
protagonizaba
he dejado de ser trágica
a veces soy definitiva
con la edad, simplemente, estoy cada vez más enojada


*

Era fácil quedarme sola brillante intocable en mi agresividad
tirar los pedazos que aún valían entre gente conocida
cartas prestigiosas de desprestigiados
disimular el paso de los años
su asqueroso pelo infiltrado
con frasecitas jactanciosas
pagar la buena conciencia con reuniones de seudo peligrosos
dedicarme a la solidaridad difusa
era tanto más fácil
que entrar a patadas en esta turbia y compleja realidad
si toda vida es un reemplazo y no existe el lugar en blanco
el sueño de estar a la vuelta de esta historia
con aquellos viejos ácratas revolucionarios principios
es el crujido de la muñeca de madera en la noche
abandonen la hermosa escena familiar
no hablen más de un ciego retrato en colores
sobre él ha caído una permanencia
la de la sangre


*


Yo te agradeceré eternamente aquel diálogo
donde vos hablabas y yo preparaba mi historia
yo te agradeceré eternamente
haber señalado con un hecho
que la palabra existe
vos hablabas a nadie que luego fue este animal sin garras
solo en un claro que se llamó JB
quiero decirte que este animal de una aldea
o de aquel lujo de vivir que fue Buenos Aires
sólo escucha a través de lo que amaste en mito
Pére Lachaise fuentes de Roma
a aquella niñita que te escuchaba sin poder contestar
le enseñaste la palabra
que a veces ahora no sabe dónde buscar
este animal no trata de repetir los sonidos de la tribu
sino tus sonidos y tu voz



Sólo mata el engaño

Consagré y consagraron mi vida
a tareas que se cumplirán sin mí
no veré morir a mi madre
no conoceré el delirio por un hombre
no viviré en la revolución


*

Ya me he dado cuenta
sólo son escenarios particulares e indivisibles
hay un único lugar personal
para cada puñalada trapera de la vida
mi corazón sabe que no hay olvido ni ruptura
ésos son triunfos ajenos
siempre miraremos por una ventana
cómo se están llevando a alguien



Cadáver por la palabra
persona por la gente


Por ejercer el miserable pecado de la jactancia
manejo huecas trascendencias
solitarias eternidades
o sea
escribo
por escribir a punto estuve de ser solemne
por escribir pierdo la vida
por mirar a esta gente descuento mis culpas
lejos de falsas jerarquías que engendran peste
a punto estuve de integrar una secta
ave de rapiña de voz de todos
no entenderé el mundo más que lo entendido por todos
no olvidaré en el final el principio
no creeré en el signo sobre los otros
menos en la luz única sobre mí
para que mi vida se cumpla
pierdo el tiempo en confidencias
para escapar al desierto de los elegidos
borraré toda arista que me distinga
para que mi lucha no sea legítimo derecho de soberbia
sólo reconoceré la voz de los que nunca llegarán
a cumbres de lucidez
torres de talento
verdugos de los demás
ceniza de vidas menores
escribo

no me otorgaré la redención


*

Las décadas no han pasado
yo camino sola en la luz de la tarde
en las vidas paralelas de los hombres que he tocado
soy el gran escenario y el mayor espectáculo
nadie cree en la desesperación de los inteligentes
ni en los pactos
en los que siempre pierden los lúcidos
la luz que ahuyenta los visitantes nocturnos
y alimenta los signos de la vida
seguirá encendiéndose en otro lugar

*


Rodeada de universos en tragedia ineluctable
en tragedia coyuntural en tragedia analfabeta
rodeada de mundos en rítmicos caminos hacia la desdicha
he logrado una zona
en la que mi animal sigue a salvo
hablo a unos pocos muertos hablo de mi vida
en mis sueños mendigan los cuerpos que perdí
y casi no tengo compañía para compartir mármoles funerarios
no necesito la trampa de mitos menores
me basta nuestra propia lucidez
y nuestra permanente tristeza
que no tiene nombre de persona sino de ciudad
pueden borrarse las huellas
matar la mano que escribió aquellos poemas
caer en la cátedra y la impostación
pero yo que tengo memoria de piedra y corazón de trapo
sé dónde cuándo y de quién me despedí


*


Acechada por cultos pensadores que han confundido
la ideología con las ciencias aplicadas
la ética con el espontaneísmo
el arte con la habilidad manual
y la lucha de clases con la renovación de generaciones
veo cómo los nuevos dueños de la cultura
han destruido lo que amé y dado rostro al enemigo
pero minuto a minuto recuerdo
que no debe quebrantarse el frente interno
aunque ya ese frente sólo sean
mi memoria y mi soledad


*


Esperé ser la anfitriona elemental
de una estructura no corrompida
ofrecer entregas y apuestas
abandonar mi ciudad sin la sombra de la sal
ni de su adiós y memoria viva
ahora soy dueña de un sistema de condenas y salvaciones
de aceptaciones y rechazos
de una lista de buenos trabajos
de un lejano sabor a vida
de una única forma de limpiarme
en soledad


*


H. M.

Que haría yo sin tus flores
que haría yo sin esta permanencia
de tu gesto y tu lugar
Que haría yo si debiera pensar
en pérdida olvido y sobre todo final
Que haría yo si no tuviera
la certidumbre de tu memoria


*


Qué necia salir por esa ciudad
a recoger mis confidencias entre adúlteras
poetas de diarios pueblerinos
burguesías napoleónicas y analizadas
solitarios a los que no recuerdo en sus actuales escenarios legales
salvo algunas soledades de domingo a la tarde en la provincia
alguna etapa antes de volver al verdadero destino ignorado

qué necia creer que siempre más allá
había un imperio con toda su fanfarria
y el exotismo de sus colores
y no sólo este trabajo mínimo y constante
ser armonioso sin conciliar unir sin renunciar

sé que largué un bumerang que todavía no volvió



Luz de gas

Todos pudimos apagar y encender las hogueras
digamos, las luces
los más inconscientes lo hicimos
pero yo pregunto
quién tuvo la valentía de verlas agonizar
y siguió hablando moviéndose
pensando en las celebraciones
sonriendo ante las consecuencias del cambio de estación
la luz que agoniza era una obra que amaba mi madre
en su fantasía del teatro
pero aquí no habrá salvadores
lúcidos detectives jóvenes enamorados
sólo héroes que miran cómo agonizan
y simulan vivir una vida
¿quién la llamó vida?
sin revolución


*


Supiste quién era
antes de que yo empezara a sospecharlo
ahora caminando por lejanas y míticas ciudades
soy tu triunfo
vos hiciste esa figura que recorre lugares que nunca conocerás
pero son sólo tuyos para siempre
vos los soñaste yo los conozco
para mí las fachadas
para vos el deseo
lo único posible de ser llamado eternidad



*


Tantas flores a la madrugada tanto vino blanco con los amigos
íntima perdida última
tanta vida para la literatura
tanta hermosa fantasía desplegada
corazoncitos en los vidrios empañados en vez de amor
tanto lúcido ascendente iluminista buen alumno
aquellos mis amiguitos con su pacífico partido de izquierda
tanta prueba de amor colgada de un clavito
tanta vida tirada a los perros y a los cobardes
el recuerdo de algunos que en lo mejor de mi vida
en fin cambiemos de tema
después de besar a los íntimos todos los días
como si fuera la despedida del alma
puedo asegurarles que no les crearé ningún problema
soy muy inofensiva
no me pasearé por el mundo con plumas doradas
ni gritaré a destiempo
sólo que tal va consiga un bote al exilio
o todo termine en un claustro con una labor de petit point


*


Yo que moriré vendiendo las joyas
que nunca tuve
extiendo esta mano como si blandiera guante de encaje
que no conoció
porque hizo domésticas tareas
con sentido histórico hartazgo y cierta dignidad
yo que moriré
espero limpia y perfumada y es probable con olor a decencia
no olvidaré el escenario inaugural
donde se encendieron y apagaron las luces
donde creció mi adolescencia y murió mi juventud


(De "Regreso a la patria", Libros de Tierra Firme, 1989.)



Extrañas parejas

siempre volví en olor de bienvenida
flores animalitos de mis colores
corazones de papel que son los que me importan
y ahora entro en una casa donde
hay que dar la luz y el agua
y no buscar bebida en vaso limpio no la hay
sólo una voz por el teléfono

he aceptado entrar en una casa a oscuras
para que en mi vida no echara raíces el patetismo


*


comprémosle unos jazmines
es una buena mujer empecinada en una idea
y esa inutilidad me permite decir
todo cae a pedazos y al tigre de papel
tal vez se lo coma un destructor de documentos
pero hay hijos que no tuve que volverán a elegir a sus enemigos
y volverán a hacerles difícil la victoria final


*


los nombres prestigiosos de mi país
asolan las universidades españolas en verano
salamanca el escorial palabras de mis hermanos
zarpazos defensa del islote
conocí a muchos de estos animales suntuosos
algunas de sus lentejuelas han caído
y ciertas estrellas tienen la punta quebrada
pero existe mayor espectáculo
que viejos magos de mi juventud
contando una fiesta terminada
cerrando una a una las casas de sus orgías
recogiendo las últimas cintas las últimas botellas vacías
de un país una poesía y una ciudad errantes



¿Fieras de papel en ambas orillas?

nuestros mitos se han permitido sobrevivir
y nos han obligado a retroceder
ante esa piedra de la desmemoria
con la que construyen su mausoleo
no somos la juventud que los continuará
tampoco el pasado que los llora
y aunque fuertes y lúcidos como la historia
queremos educarnos en la fragilidad del futuro



El sujeto de la izquierda

educada para ser
la magnífica militante de base de un partido
que por no leer la historia de mi país
se ha convertido en polvo no enamorado sino muerto
preparada para una eterna carrera de fondo
tengo ante los ojos una pared impenetrable
detrás de la cual sólo hay
otros 50 años de trabajo y espera

*

otra vez la cruda tarea a mi cargo
de no aceptar los acuerdos
no aceptar este destino de joya de tu soledad
otra vez la cruda tarea de decir
tu final no va a ser mi final
ser el mundo entero en una vida es demasiado trabajo
para una mujer un poco mayor con citas dispersas en varias ciudades
que ya aprendió a no confundir
el dolor con la vida y la pasión con la propiedad



Interior con poeta I

una mujer en su casa
se dispone a asar un trozo de lubina
desde la ventana
ve uno de los triunfos del urbanismo europeo
y piensa en conseguir la última edición de Caproni
comerá y leerá en hora y lugar inadecuados
media tarde apartando las hojas de una traducción
traducir de un lado del océano al otro
de los poetas jóvenes a los poetas de su generación
tradujo aquí su vida que debe retraducir a su país
Negri dice que el espacio al que siempre creyó pertenecer
el espacio de la izquierda sigue existiendo dice
a la madrugada llamará a una ciudad lejana
y volverá a traducirles a los objetos que la rodean
las claves de ese lugar en el que terminarán su vida



Interior con poeta III

Desde mi ventana
silencio de verano silencio de invierno
veo servir la comida
encenderse las luces
lámparas del atardecer mesas del mediodía
¿acogerían ellos a una sin patria?
¿no estaría mi corazón para siempre en otra tierra?
soy ajena a las ceremonias de la costumbre
que suelen acogerme para señalarme extranjera
vidas de espaldas al mar que es el camino de mi vida



Poetas del 60 I

juntos en cierta lucidez y varios desprecios
miles de papeles los nuestros
y siempre el pesado bagaje de aquella fiesta
miles de papeles los nuestros
nunca el del buen samaritano
no tuvimos manto suficiente
mucho menos podíamos ofrecerlo
a través de años y países
la misma soberbia de demoledores de panteones
el seductor relato de nuestra memoria
y en mí el nombre de los que he elegido entre ustedes
que no dejo de repetir
para gloria de críticos dolor de resentidos y furia de olvidados
en cuanto me ilusiono con ser escuchada


(De “Interior con poeta”, Libros de Tierra Firme, 1993.)


IX

Interiores

perdido el primer sentido de la solidaridad
perdida la solidaridad horizontal
vecino amigo almacenero de la esquina
de puertas adentro ya no se cuenta una vida
dónde han quedado cocinas renacentistas
casas de los cárpatos
no habrá un museo de nuestros interiores
cual velo fundamentalista algunas mujeres han rescatado
un universo derrotado por mis abuelas
hijos plantas hombres en permanente distracción o
fantasías literarias
y ellas
regando las plantas del patio



XVI

las sectas lo han utilizado
el trabajo en la calle la vida en la calle la seducción de la
noche el sueño imperial de volver al amanecer
la ambición oculta del strass los rasos los colores los brillos
siempre los brillos
no se puede vivir del acontecimiento
no se puede vivir de las pocas horas de la fiesta
pero cada noche descubro
que faltan mínimos detalles
para cumplir el viaje que planifico en las mañanas



XIX

para ver el alba
ejercicio periódico en otra época
debo caminar toda la noche
alimentando crías que nunca crecerán
ahora sé que hay teorías para la juventud
ver aparecer la luz recuerda el primer rechazo
la brutalidad del nacimiento
y teorías para el principio del final
ver aun aparecer la luz es recuperar la noche



XXI

los que regresan de la fiesta
aún atontados en el estado de bienestar
que ni les pagará sueños de orígenes negados
pasan por la puerta de mi casa
y me invitan a volver con ellos
yo pregunto cuántas etapas salvajes del sistema
nos quedan por vivir
y sigo escribiendo cada vez con más copias



XXX

me pidió que llevara unos libros que le interesaban
y algo de dinero para una celebración
y me citó en el vestíbulo de partida de las grandes líneas
cuando en la noche en vez de él
llegaron los camilleros para Lourdes
supe que debía irme con su último regalo
los libros que amo
el dinero para un buen vino
y en el espejo que me corresponde
el asco a la caridad
y los amados destinos de esas grandes líneas



XXXVII

los hombres que vuelven en el sueño
son los que se fueron en la vida
vuelven con la cara de hoy
y aunque no la conozco debo aceptarla
vuelven a alabar mi eficacia
a confiarme su currículum
y esperan de mis nuevos y viejos amigos
de mis atenciones a los que amo
de algún desinterés que disimulo por el recuerdo
que yo gestione su permanencia
en un mapa muerto en el setenta
a través de consignas de estación
correos de confidentes encuentros fortuitos en ciudades
europeas esquelas funerarias que nos devuelven a escenas
olvidables y cambian el oprobio en ternura
buscan el tesoro
de la cronología de unos años que volverían a unir
algunas ideas con algunas vidas



XXXIX

Stazione termini

en los rincones de casa aparecen tiradas
las flores de otoño con su herrumbre
en el cerrado entorno de las estaciones terminales
siempre hay hoteles boutiques botones de lujo
que las protegen de su realidad
bisutería y ropa de plástico macarras de suburbio mal vestidos
inmigración comida del altiplano
charangos y sombreros bordados en plata
en el frío de las calles europeas
siempre cerca de los trenes de sus horarios de partida
en los elementos abandonados entre la llegada y el final
suelen aparecer las primeras flores del cambio de tiempo
suelen aparecer los que rescatan nuestra memoria
y nos devuelven la fuerza para continuar con la explicación


*

el hombre que me compra flores
se las guarda en el bolsillo después de dedicármelas
recomienda serenidad ante mis síntomas y mis pérdidas,
cuando se ha asegurado de que recuerdo la hora del regreso
me pide que deje de buscar mi maleta
vuelva a calzarme mis incómodos zapatos
y busquemos un buen lugar para comer



S. B. mi corazón joven

marco un número a ciegas
creyendo saber a quién llamo
en realidad cubro el hueco de los llamados suspendidos
todo es verdad
la necrológica la fecha
la amiga avisándolo
pero esta noche tu voz
prolijo corrector
vino a consolidar y concluir aquel gozo
de nuestra amistad
con una cita imprecisa


(De “Partida de las grandes líneas”, Libros de Tierra Firme, 1997.)



Educada en el vicio de los hombres

voy a la cocina y me siguen
voy al baño y golpean la puerta
me despiertan en la noche para preguntarme si duermo
llaman por teléfono en todas mis ciudades
para avisarme cuidado con el vino y la vida literaria
no he perdido padre ni tíos ni ahijado ni amigos de juventud
por no perder no he perdido ni editor
ni ese hombre
que ya sombra aún cuida mi paso en las esquinas

no me han dejado caer de su mano de su vicio
de su peso de mi corazón


*


en otra vida yo miraba desde la ventana de un bar
cómo la tormenta aplastaba las flores azules contra los cordones
contra las paredes
y por ese momento único de la juventud que dura muy poco
supe que nunca olvidaría esa escena en que nada aparecía
de lo que amaba me interesaba o temía
ni novios ni odios ni otros poetas ni revistas de opinión ni
secretarios de barrio ni amigos imbuidos de una colonizada cultura pavesiana
sólo las flores azules y la lluvia
recuerdo el nombre del pueblo la hora y esa lluvia
que nunca en las décadas que siguieron confundí con alguna otra


*


el efecto realidad de mis nuevos amigos poetas
ha sido una vez más borrado por la realidad
la añoranza de las cartas nunca sobrevivió
a la presencia del añorado
sin confrontación se habla del amado
sea este país capillita literaria o prestigiosa revista
o se juega en los reportajes con la ingenuidad europea engañada sobre la causa del extrañamiento
pero olvidan que la amada en medio del frío abulense respondió con claridad cuando le dijeron quién eres
los nuevos místicos de trópicos nacionalismos megalópolis orígenes raciales
rescatados en el fracaso
no en la derrota
el derrotado es el campo popular el espacio consagrado del obrero
rescatados en el fracaso de unos niños de doble moral que no
resistieron ni la prueba del trabajo en una ciudad extraña
de unos niños que sólo supieron sobrevivir en la prebenda y el acomodo
escenarios conocidos a partir de un lucrativo exilio
han vendido un corazón tramposo
luego el efecto realidad suele poner las cosas en su sitio
a cada cual su campo devastado
a cada cual su justificación por no volver a la patria añorada
a cada cual su jardincito


*


me pasé la vida entre caras de muchachos bellos y nobles
los peores apenas atontados
conozco la cara de los tristes del arte
de los voluntariosos de la acción cultural
menos la cara de la perversión
de la trampa de algunos que acompañan a mis amigas
las mujeres repiten o tienen
su famosa neurosis de destino
repito la manera de apoyar el vaso
de acomodar las hombreras
el color que a través de los años
termina por combinar con todo porque es siempre el mismo
mis amigas ejercen la lucidez cotidiana
cambian de marido
y mi ilusión sólo dura hasta que vuelvo a encontrar
la misma versión de su soledad
¿siempre siempre el error de las mujeres?
consuelo que nadie espera
peligro disfrazado de príncipe
Magdalena con su frasquito
turbamulta de colores venecianos
huyendo del dragón
¿siempre el mismo vestido el mismo color el mismo hombre?



Plaza Congreso

I


atravieso plaza congreso para ir a comer
a casa de mis amigos
si aún quedara un anarquista como mi tío
y tuviéramos a mano un archiduque
o aunque fuera un enano militar de África
pero no hay colonias y menos bombas
las montañas están a 2.000 kilómetros
y yo soy poco más que una mujer
en batalla con el silencio y con las versiones de los exiliados
que sólo logra sostener algunas guerras privadas


II


me despido de dos jóvenes poetas
que cruzan la plaza al amanecer
y en mi escenario de juventud
me regalan un Hockney invadido por la bruma


III


puedo seguir cruzando esta plaza con el molino cerrado
puedo ir a encontrarme
en la esquina de la que era mi casa con la que era mi amiga
para que me explique corruptelas municipales que ella llama sindicalismo
puedo soportar que en la puerta por donde entraron los amigos
a nuestras fiestas y a nuestro casamiento
haya un guardia de seguridad
y en mi confitería en vez de un san martín
sirvan bife de chorizo a buen precio
hasta convertirme en un grabado fin de siècle
y sin ser columna estar de pie en medio de las ruinas



*


por qué no puede decirse en los poemas lo que se dice en las
canciones te quiero con la fuerza de mi alma yo
espera un poco un poquito más
si tú me decís ven lo dejo todo
no puede decirse en los poemas lo que se dice en las canciones
más allá del verano después de la década de las flores de
mi black velvet en el Ideal de Nathalie de la gente linda del
reformismo alguien tiene que decir hay un consuelo en los
poemas
no todo termina
con ese verano de amaneceres en barios góticos la place rouge était vide
o con el último hombre de la madurez
un poema debe decirles en esta esquina de la pérdida es donde
patinamos con el reverendo sobre el hielo de la permanencia



*


tierra y memoria tiro sobre vos
amores de verano y pasiones provincianas
que sellan y borran la confusión de la ideología
elementos frágiles banderas en las manifestaciones
primeros de mayo en el tenebrismo de Palacios
vísperas con despierta y canta
la realidad del día a día con concursos y premios
dónde han caído las primeras muertes heroicas
tierra y memoria tiro
sobre las muchachas que llevaron las banderas
y hoy hacen meritorio teatro de barrio
mientras oigo hablar de idealismo
repugnante palabra patrimonio de la derecha
poetas de mi juventud
bares de mi ciudad colectivos de la madrugada
paso la noche sobre el océano
para tirar tierra y memoria
sobre toda esa poesía perdida


*


para mí siempre estará iluminada
la plaza de los héroes
donde los hirsutos luchadores
siguen fundando una nación
ellos no dejan de avanzar
vos aun muerto
no dejás de avanzar
y sin carro de la gloria
sin arcángel que te alcance una corona y menos una espada
permanecés como ellos en mi obsesión


*


vuelvo a pintar las flores de mi juventud
vuelvo a ver el amanecer
sin temor
ya nunca nadie podrá decirme éstas no son horas
veo amanecer como una mujer no como una joven temerosa
de la ley tu ley
el acero de esta luz para una mujer sola
que no debe temer sino decidir



Nocturno

la luz de mis amigos en las cenas en mi ciudad
el perro de Anouilh que siempre aúlla para mí
casas de barrio a oscuras cazadores de lavabos de estación
mi amiga comprándome vino en el kiosco
un avión esperando para encender los motores


(De “La ley tu ley”, Adriana Hidalgo editora, 2000.)




JUANA BIGNOZZI (ARGENTINA, 1937)