junio 01, 2015

PAPELES DE RECIENVENIDO (Fragm.) - MACEDONIO FERNÁNDEZ



Confesiones de un recién llegado al mundo literario
(Esforzados estudios y brillantes primeras equivocaciones)

Tengo que asentar las siguientes observaciones y otras no menos siguientes que me comprometo a que se me ocurran.
Con motivo de la carestía de los cigarrillos, éstos se han puesto más baratos, y para que parezcan menos cortos, los hacen más largos. Para una persona que por primera vez es un recién llegado, esto le confunde de tal manera que le entra el sentimiento de que lo están viendo por la calle desnudo saliendo de una sastrería.
No es menos cierto que existen insomnios que afectan al mismo tiempo la facultad de dormir y la de estar despierto; y, lo digo con toda la seriedad del hombre durmiendo, para elegir entre dos coqueterías, óptese por la peculiaridad de ser un gran dormilón, porque es factible aparentar dormir -aunque fatigoso-, y no es fácil aparentar estar despierto. Aquí se sabe (por los diarios, como todo) que una persona que ha sido despertada durante un simple cuarto de hora, por la caída del techo sobre su cama, o por el paso sigiloso de un gato por la pared que debería tener el terreno de enfrente, y continúa durmiendo de seguida hasta que la desayune alguna sirvienta, no dejará de proclamar por todo el día siguiente, el infalible día que cuelga de cada noche por su extremo Este; "No he pegado los ojos esta noche". Obsérvese lo que es la obra de insomnio: quita el sueño en torno nuestro y a veces al mismo paciente.
Cuando un día anterior es precedido de un siguiente, contando desde adelante, ocurre una separación entre los dos practicada mediante una noche, intervalo de faroles, tropezones y comisarías, que muchas personas ocupan en preparar un conversación sobre insomnio, para las personas de su familia; hay quienes hasta durmiendo piensan en los suyos.
Recién llegado por definición es: aquella diferente persona notada en seguida por todos, que llegado recién a un país de la clase de los diferentes, tiene el aire digno de un hombre que no sabe si se ha puesto los pantalones al revés, o el sombrero derecho en la cabeza izquierda, y no se decide a cerciorarse del desperfecto en público, sino que se concentra en una meditación sobre eclipses, ceguera de los transeúntes, huelga de los repartidores de luz, invisibilidad de los átomos y del dinero de papá, y así logra no ser visto.


("Proa", 1922) 

[...]

Cómo pudo llegar el caso
de un brindis oral de faltante

No es éste el brindis desmontable de mi invención, ha tiempo patentada, ni "el de otro banquete" que barnizado se aprovecha luego por segunda vez. Este no es, tampoco, el brindis aprovechado ahora clandestinamente, de faltar a otro banquete, al que llegué tarde y a otro restaurante, y el día antes, caso de puntualidad relativa, disminuida por exceso, en el que comprendí que el campo de la impuntualidad no está solo en lo después de lo puntual, zona de lo tardío, sino en lo prematuro, zona del "estar verde" todavía. (Y no recordaré aquí la conducta sensata del hombre que no faltaba a ningún entierro, extrema diligencia en esto que admiraba a todos; y requiriéndosele para que explicase cómo había sido siempre tan puntual, manifestó que lo era en todo sepelio de otros para que en agradecimiento de ello se le disculpara si por acaso llegaba tarde al propio, pues, dijo, sólo se permitía ser perezoso en cosas propias). Sin embargo, quizá, con mi ir el día antes, conseguí un resultado perverso de despojo de la puntualidad ajena, pues hice al momento inasistentes a todos.
Pero, como digo, no es éste ese brindis; ahora es el profundo desahogo de haber faltado a todo aquello a que asistí, por mi condición delgada y pequeña de físico, de inadvertible, a quien por extraña arbitrariedad no le fue dada nunca la presencia completa, haciéndome el perpetuo impresenciado; mi minusculidad hízome parecer en cualquier lugar que no estaba allí todavía, como un existente con pero, un "ya, pero", siempre un "recién" de llegar de la Nada; aún menos que llegar: un no quedado en la Nada, llegar es demasiado positivo.
Así como nadie, aunque sea alguno, despiértase sin creer haber estado despierto algo antes —obsérvense ustedes y lo notarán así: es estrictamente psicológica la impresión en todos los despertares de haber estado despierto desde unos momento antes. En estado de expectativa de un hecho cierto ocurre también lo mismo: noten ustedes que cuando se aguarda, preocupado, un llamamiento telefónico y oímos sonar la campanilla, parécenos que desde algunos segundos antes ya la estábamos oyendo—, así yo no conseguía empezar a estar presente, ni más ni menos que les ocurría a los primeros trenes, tan lentos y torpes, que hasta después de un rato no estaban en la estación a que habían llegado. Advertía siempre que había en torno mío incredulidad; amable pero incrédulamente se me recibía siempre; a veces, el que me saludaba y me tendía la mano creía estar en el ridículo de hablar y gesticular solo, y para disimular su confusión se dirigía a los circunstantes alegando que había intentado cazar una polilla, lo que aumentaba su ridículo porque es sabido que las polillas se cazan con un aplauso de dos manos, a diferencia de los mosquitos que se matan sin aplaudirlos, con una sola mano.
Las presentaciones son mi tortura; y mi envidia de toda la vida es la obesidad de todas las cosas, el extravolumen que, por contragolpe, hacía comparable, como veis, a una presencia de polilla la mía.
Sin embargo, mi educación, mi ambiente, mi género de vida, mi inadvertido género de vida, me habían hecho extremadamente sociable, con horror de la soledad, de la cual, empero, no podía escapar ni en compañía. Todos estos sentimientos y resentimientos de esta terrible negación del destino para acordarme presencia, calidad de concurrente, como cualquier mortal, me han constreñido a este desahogo en que hago la oratoria de un faltante irremediable. En mi condición de inadvertible, pues ahora pienso que vosotros no me advertís y me resigno a este irremediable mío, concluiré diciendo: Señores obsequiados y señores invitantes al banquete cuya circular he recibido: siéndome imposible la presencia, por causas misteriosas que nada tienen que ver con la falta de puntualidad de la planchadora en traerme la camisa recién planchada ni con la perversidad del objeto: el botón que se ha corrido debajo de la cama, sino con una puntualidad de faltar adherida a mi vida con misteriosa inherencia, os ruego disculpéis mi inasistencia al homenaje a que me he asociado de todo corazón, perdonándome plenamente como si hubiera alegado no poder asistir a él por no tener noticia alguna de tal homenaje o por haber llegado tarde a la verdad que trae en horario aquí.
Lo más concentrado de lo doloroso de esta preocupación de no tener presencia en un mundo en que la hay hasta para la "presencia" de ánimo, es la imposibilidad deprimente de lograr alguna vez "estorbar" algo a alguien. Sólo me han halagado las situaciones, en fiestas de convite y danza muy concurridas y agitadas, que me deparaban los atareados mozos, justamente exigentes e irritables que cruzan entre movibles parejas y mesas apiñadas con la abundante todollevabilidad de su luciente bandeja cargada de fragilidades e inestabilidades, temblorosa de líquidos en vasos estremecidos, indicándome con un violento ademán apartarme y no molestar. ¡Molestar a ojos vistas, en un inadvertible! ¡Qué buen recuerdo y amistad guardo a los mozos de mal humor!

Fin

Nótese que algunos artículos llevan al pie la palabra Fin, porque los más de mis lectores se quejan de que escribo muy corto, sin darme cuenta de que son ellos los que dejan de leerme cerca del principio.
La palabra Fin hace constar que no he sido yo el que abandonó la compañía del lector. Que los lectores no se fíen y sigan; que no es auténtico ningún "acabado" —como dicen los vendedores de relucientes coches— de mis colaboraciones sin esa palabra, y faltando ella deberéis seguir leyendo. Les aconsejo, pues, sospechar de su impulso toda vez que crean concluido el artículo muy cerca de su comienzo.


Lo que sólo deben saber quienes esto escuchen

Seré el primer perorador que secreta con el público. Pero se entiende que al secreto que voy a confiaros no le haréis dar una vuelta tan grande que me alcance de retorno y me lo cuenten a mí mismo en el bar de allí enfrente, que es el de mi séptimo café de la tarde.
Los consagrados artistas que acaban de exponeros elogiosamente mis méritos han tenido razón. Bien sabía que para escribir ¡como yo escribo! debe tenerse quien nos dé de palos si escribimos mal. (Felices los lectores, ellos no me leyeron a la fuerza, como yo compuse, y mis libros están por venderse.) Por eso nos lastima mucho pensar en el destino de los que fueron universalmente señalados en el escribir bien: Quevedo, Poe, Cervantes, Steme, hoy mismo Kafka, Rilke, Supervielle, pues sabemos que alguien seguramente los esperaba, o los espera, en su casa, con un ceño y una ronquera terribles, si vienen del escribir mal.
Ahora el secreto. "Si Juanita no retorna mañana antes de las 8, pasado mañana la caso a la fuerza con su novio si hay registro civil. —¡Pero si hay todos los días registro civil!— Lo malo abunda." (Aquí el autor parece que ya sabía que se iba a equivocar porque habría de sacar un papel previstamente confundido. Y así, leído en alta voz ese papelito, seguiría impávidamente improvisando sin ése ni otro apunte.)
El secreto que iba a deciros, bien lo recuerdo, es éste: los consagrados artistas que han encomiado en este acto mi figura literaria, bien saben por qué lo han hecho, bien sé yo la carga que comienza para mí ahora que han terminado la suya.
Con el uno, me comprometí a que poco tiempo después de este elogio lo libraría de una vecina de balcón de enfrente de muy desairada persona que lo saetea con miradas, lo molesta con llamadas telefónicas y, en suma, todo lo hace menos ser bonita en su balcón. Con el otro, me obligué —es empleado público importante— a procurarle certificado médico mío para toda inasistencia que le conviniera justificar en su oficina; es sabido que nadie hasta hoy ha conseguido la condescendencia de obtener tal certificación de ninguno de los abogados de Buenos Aires: podéis, por tanto, juzgarla de preciosa. (Os dejo con lo que tampoco yo pude averiguar: por qué los abogados no otorgamos certificados médicos).
Con un tercero, me sometí a un pedido que me pareció muy raro: que usara siempre paraguas nuevos y lujosos y que con ellos concurriera todos los días de lluvia a su casa. Me imaginé que había elegido esos días para sus reuniones y quería ostentar no que en su casa también llueve como en las demás, lo que quizá algunos no le creerían, sino que tiene amigos dueños de ricos paraguas; se lo prometí. Mas parecía tener algo más que pedirme. Así es que me exigió también, y lo acepté, que en el momento de retirarme de cada una de esas visitas olvidara mi paraguas, por haberles dicho a sus amigos que él conocía al hombre más desmemoriado del mundo; y yo debía ser el amigo que era, al mismo tiempo, el hombre más desmemoriado del mundo.
Ya ven lo que he perdido por obtener el favor de opiniones sobre mi inteligencia; se le caen a uno del alma hasta las ganas de vivir mucho tiempo; poetas que sientan en pureza la poesía de la lluvia son muy pocos: lo que los más sentimos es el exquisito egoísmo de oír lluvia en nuestro techo en el día en que los otros la soportan por la calle, y yo quedo comprometido a dejar mi techo por el ajeno, para la música de lluvia, y ser transeúnte bajo el chaparrón. Y además, a olvidar un buen paraguas comprado para una sola vez, como cañón Bertha, en cada día de lluvia, sin contar mudarse del ser envidiado al ser compadecido, cuando llueve.
Y así, para cada uno de estos notables artistas me he obligado pesadamente; por tanto, mi deber de agradecimiento, que hondamente siento y acato, es para con nosotros, el público, único no sólo exento de todo interés, sino exento también de toda escasez de tiempo, pues que ha acudido aquí por un par de horas.
Para despedirme, voy a exponer una sintética confrontación entre la poesía de las grandes almas no literarias y la de los grandes artistas; o sea, entre lo estético artístico que hay en muy pocos y lo ético que hay en muchos.
Ramón Gómez de la Serna dijo, captando una exquisita sensación decorativa, un resorte urbanjartístico, que en los galgos de bronce del trayecto a Palermo (que han gustado tanto) se daba a Buenos Aires la más decisiva nota de empaque de gran ciudad. Le opongo la respuesta de una sensibilidad femenina de suprema percepción emocional: "Pues esos galgos me dieron pena: no pude sentir su belleza ni la resonancia ornamental o significativa que dispensan a la mole urbanística, porque lo que me conmovió contemplándolos fue el desesperante nada sentir de esos perros de metal, tan gráciles, que no tenían ni la vida de los pastitos que pisaban en su aparente correr."
¿Haría Gómez de la Sema la comparación justa entre ambos diferentes impulsos interpretativos del sentimiento?
Propondría a ese inmenso poeta, todavía, que se enfrentara el problema emocional (de Gusto), de cuál sería en él, cuál debería ser en el mayor poeta, la emoción de perfecta justeza ante un espectáculo que la misma mujer presenció. Habiendo llevado un nido a un deslumbrador circo, fue presentado en la arena un elefante pruebístico al que en el transcurso se le hizo erguirse sobre las dos patas, con lo que se vieron en su vientre unos letrerones con una propaganda sobre el mejor jabón de Buenos Aires. Se sublevó su sentimiento ante el humillante uso que se hacía de animal tan consagrado convivente con los humanos de todo el mundo, tan legendario; sintió hasta las lágrimas la sorpresa de tal insensibilidad hacia aquel pobre ser tantos años mansamente mártir de los fieros aprendizajes de circo.
¿Qué habría sentido Gómez de la Sema de esta villana ridiculización?*
Un ilustre tercer caso: alabóse a Wordsworth por haber dicho: Me repugnan las cópulas de las moscas en vuelo. En cambio, una hermosa argentina, no obstante su vejez, la pobreza en que había caído y el largo martirio de una parálisis que la tenía siempre en cama, decía: Me gustan las moscas, las moscas son alegría.
¿Quién de ambos poseía más imaginación y poesía en el alma?
Yo quiero decirle a este público generoso, que tampoco consienta que en su espíritu ceda la piedad a lo artístico, sino que se fíe y afirme en la impulsión ética aunque ejercite su percepción y su sensibilidad al par en la estética.
Aferrémonos a la piedad y entonados por ella el goce de lo bello y de lo artístico lo disfrutaremos con el sentimiento aditivo de merecerlo.



Le di al Editor en un solo libro 10 oportunidades de páginas en blanco: quedó tan enamorado de esta liberalidad con él que, metido en ánimos, previno a toda su clientela que su imprenta no aceptaba sino libro con 10 o más páginas en blanco. Sabido es que éstas son las originales páginas de editor en todo libro de páginas de autor. 




*Si las dos emociones referidas no son de estricta incumbencia artística, porque están rebasadas de la pulsación o compulsión de lo ético, ocurre que en ambas hay algo de lo impráctico o no eticoteleológico de la emoción estética, porque ni los galgos sentían la falta de vida ni el elefante la humillación. ¿Puede lo estético mantenerse incomprometido o debe ceder a la piedad?
Hay, a su vez, una diferencia parcial entre los dos ejemplos (aparte de la versión artística en cuanto al primero) y es que la piedad que despertaron los galgos esculturales está falta de un elemento esencial a la piedad: el impulso de acción para mitigar o remediar la carencia de vida de esos seres, mientras que para con el elefante cabe el impulso ético puesto en un esfuerzo para que el espectáculo no se repita. Pero no es alivio directo en favor de la víctima porque el elefante no siente esa humillación. 



MACEDONIO FERNÁNDEZ (ARGENTINA, 1874-1952).



mayo 23, 2015

POEMAS DE MARGARET ATWOOD

 © TXETXU BERRUEZO (EL PAÍS)

HÁBITAT

El matrimonio no es
una casa, ni siquiera una carpa

es anterior, y más frío:

el límite del bosque, el límite
del desierto
la escalera despintada
en el patio de atrás
donde nos sentamos
comiendo pochoclo

el límite del glaciar que retrocede

donde con el dolor y el asombro
de haber llegado
tan lejos

estamos aprendiendo a encender la fogata


EL RESTO

El resto de nosotros mira detrás de la valla
mientras la mujer avanza a paso desbocado
hacia su dolor como en una carrera en cámara lenta.
Vemos su cuerpo en movimiento
y no escuchamos sonidos, o los escuchamos
pero el idioma, no; o nos damos cuenta
de que no es un idioma que conozcamos,
por ahora. La podemos ver con claridad
aunque para ella sea correr entre humo negro.
Su racimo de células se inflama
como la avena hirviendo , y estalla
como las uvas, pensamos. O pensamos en
las explosiones del barro, pero no sabemos nada.
Alrededor nuestro, los árboles
y la hierba iluminan con clemencia,
tan verdes y tan sanos
en esta época del año.
Quisiéramos gritarle algo.
Alentarla de algún modo.
Hay dolor pero no se llega a nada.


LA VOZ DE LA SOMBRA

Mi sombra me preguntó:
¿qué te pasa?


¿La luna no es bastante
tibia para vos?
¿por qué necesitás
el abrigo de otro cuerpo


cuyo beso es moho?


Alrededor de las mesas de picnic
las manos de color rosa vivo sostenían sándwiches
desmigajados por la distancia. Las moscas
se arrastraban sobre la dulzura del instante


Vos sabés lo que hay en esas mantas


Afuera, los árboles se doblan bajo el peso
de los chicos que disparan sus armas.
Dejalos en paz. Juegan
sus propios juegos.


Te doy agua, te doy cortezas limpias


¿No hay suficientes palabras
flotando en tus venas
como para seguir?


POEMA DE LA NOCHE

No hay por qué tener miedo,
es nada más el viento
dando vuelta hacia el Este, nada más
que tu padre     el trueno
tu madre         la lluvia

en este país de agua
con su luna beige húmeda como un hongo,
sus troncos anegados y los pájaros largos
que nadan, donde el musgo crece
por toda la superficie de los árboles
y tu sombra no es tu sombra
sino tu reflejo,

tus padres verdaderos desaparecen
cuando la cortina se corre sobre tu puerta.
Somos los otros,
los de abajo del lago,
parados en silencio al lado de tu cama
con nuestras cabezas de oscuridad.
Vinimos a cubrirte
con lana roja,
con nuestras lágrimas y susurros distantes.

Te hamacás en los brazos de la lluvia,
en el arca helada de tu sueño,
mientras esperamos,
padre y madre nocturnos,
con las manos frías y una linterna apagada,
sabiendo que solo somos
las sombras vacilantes que arroja
una vela, en este eco
que treinta años después vas a escuchar.


FEBRERO

Invierno. Tiempo de comer grasas
y mirar hockey. En las mañanas de peltre, el gato,
una salchicha de pelo negro con los ojos amarillos
de Houdini, salta a la cama y trata
de llegar hasta mi cabeza. Es su modo
de ver si estoy muerta o no.
Si no estoy muerta, quiere que lo rasque; si lo estoy,
algo se le ocurrirá. Se me instala
encima del pecho, exhalando su aliento
a carne eructada y sofás con moho,
ronroneando como una tabla de lavar. Algún otro gato,
al que todavía no castraron, roció la puerta del frente
y le declaró la guerra. Todo es cuestión de sexo y territorio,
que, a la larga, van a ser lo que
nos extermine. Algunos amos
cortarían uno que otro testículo. Si los sabios
homínidos fuéramos sensatos, lo haríamos también,
o nos comeríamos a los más jóvenes, como los tiburones.
Pero es el amor lo que nos mata. ¡Una y otra
vez, tira, y acierta! y el hambre
se agazapa entre las sábanas, emboscando al edredón
que late, y la sensación térmica debajo
llega a treinta, y la polución
rebosa de las chimeneas para mantenernos abrigados.
Febrero, mes de la desesperación,
con un corazón ensartado en el medio.
Tengo pensamientos funestos, y lujuria por las papas fritas
rociadas con vinagre.
Gato, basta con tu cantinela insaciable
y el hoyito rosado de tu culo.
¡Sacámelo de la cara! Sos, casi casi,
el principio de la vida,
así que a ponerle
un poquito de optimismo.
Sacate de encima a la muerte. Celebrá el aumento. Hacé que sea primavera.


VOLAR DENTRO DE TU PROPIO CUERPO

Tus pulmones se llenan & se expanden,
alas de sangre rosa, y tus huesos
se vacían y se vuelven huecos.
Cuando inhalás, subís como un globo
y tu corazón también es liviano & enorme,
bate de puro gozo, de puro helio.
Los vientos blancos del sol soplan a través tuyo,
no hay nada abajo,
mirá el corazón, ahora, una joya ovalada
radiante y azul de amor.
Solamente en sueños podés hacerlo.
Al despertar, tu corazón es un puño que se agita,
un polvo fino bloquea el aire que inspirás;
el sol es un peso de cobre caliente que aplasta
la corteza pensá-en-rosa de tu cráneo.
Siempre es el momento justo antes del disparo.
Tratás & tratás de levantarte, y no podés.


HELENA DE TROYA BAILA EN LA BARRA

El mundo está lleno de mujeres.
Si tuviera oportunidad, quién me diría que tengo
que avergonzarme de mí. Dejen de bailar.
Consíganse un poco de respeto
y un trabajo diurno.
Bien. Y un sueldo mínimo,
y venas varicosas, ocho horas
paradas en el mismo lugar
atrás de un mostrador de vidrio
fajadas hasta el cuello, en vez de
andar desnudas como un sándwich de carne.
Vendan guantes, o alguna otra cosa.
No lo que vendo yo.
Hay que tener talento
para comerciar con algo tan nebuloso
y sin forma material.
Explotadas, dicen. Sí, como sea,
que la corten, pero puedo elegir
cómo, y me llevo la plata.

Yo le doy valor.
Como los predicadores, vendo la revelación;
como las propagandas de perfume, el deseo
o su facsímil. El secreto es esperar el momento oportuno,
como en las bromas o en la guerra.
Vuelvo a venderles a los hombres sus peores sospechas:
que todo está en venta,
y por partes. Justo antes de que pase,
me miran y ven al asesino de la motosierra,
cuando muslo, culo, mancha de tinta, rajadura, teta y pezón
todavía están conectados.
¡Tal odio les salta,
mis adoradores con olor a cerveza! Eso, o un amor
medio dormido y sin esperanza. Viendo las cabezas en fila
y los ojos dados vuelta, implorantes
pero prestos a morderme los tobillos,
entiendo las inundaciones y los terremotos, y la urgencia
por pisar a las hormigas. Yo sigo el compás,
y bailo para ellos porque
ellos no pueden. La música tiene el olor de los zorros,
cruje como metal recalentado
quema las fosas nasales
o es húmeda como agosto, difusa y lánguida
como una ciudad saqueada, el día después,
cuando ya se cometió el abuso
y la matanza,
y los sobrevivientes andan
buscando en la basura
qué comer, y solo queda un cansancio desolado.
Hablando de ese tema, es la sonrisa
lo que más me agota.
Eso, y fingir
que no los oigo.
Y no los oigo, porque después de todo,
para ellos soy una extranjera.
El habla aquí es toda gutural y verrugosa,
obvia como una feta de jamón,
y yo vengo de la provincia de los dioses
donde los significados son melódicos y oblicuos.
No lo hago con todos,
pero acercate, que te lo digo al oído:
A mi mamá la raptó un cisne sagrado.
¿Me creés? Podés llevarme a cenar.
Es lo que le decimos a todos los maridos.
Seguro hay un montón de pájaros peligrosos sueltos alrededor.

Y no es que alguien de acá
aparte de vos vaya a entender.
A los demás les gustaría mirarme
y no sentir nada. Reducirme a las piezas que me componen
como en una fábrica de relojes o un matadero.
Aplastar el misterio.
Emparedarme viva
adentro de mi cuerpo.
Les gustaría ver a través de mí,
pero no hay nada más opaco
que la transparencia absoluta.
Miren —¡mis pies no tocan el mármol!
Como el aliento o un globo, me elevo,
floto en el aire a quince centímetros
en mi huevo de cisne, deslumbrante, hecho de luz.
¿No me creés que soy una diosa?
Probame.
Esta canción es una antorcha.
Tocame y te quemás.


EURÍDICE

Está acá, bajó a buscarte.
Es la canción que te pide que vuelvas,
una canción de alegría y de sufrimiento
por igual, una promesa:
que las cosas arriba
van a ser diferentes que la última vez.
Mejor hubieras seguido sin sentir nada,
vacío y silencio; la paz estancada del mar
más profundo, antes que el ruido
y la carne de la superficie.
Estás acostumbrada a estos pasillos blanqueados y sombríos,
estás acostumbrada al rey
que pasa delante tuyo sin hablar.
El otro es diferente
y casi te acordás.
Dice que te canta
porque te ama,
pero no como sos ahora,
tan fría y mínima: moviéndote y quieta
a la vez, como una cortina blanca que ondula
en la corriente de una ventana a medio  cerrar
detrás de una silla donde no se sienta nadie.
Quiere que seas lo que él llama “real”.
Quiere que le tapes la luz.
Quiere sentir que se engrosa
como el tronco de un árbol o unas ancas
y ver sangre en sus párpados
cuando los cierra, y el latido del sol.
Este amor suyo no es algo
que él pueda hacer si vos no estás,
pero lo que supiste de pronto mientras dejabas tu cuerpo
enfriarse y palidecer en el suelo
es que lo amás donde sea,
incluso en esta tierra sin memoria,
incluso en este dominio del hambre.
Tenés al amor en tu mano, una semilla roja
que te olvidaste que sostenías.
Llegó casi demasiado lejos.
No puede creer sin ver,
y acá está oscuro.
Andate, murmurás,
pero él quiere que vuelvas
a alimentarlo. Un poco de gasa, una
vendita, un poco de aire
fresco, no es a través de él
como vas a alcanzar la libertad.


ORFEO 

Ibas delante de mí,
arrastrándome de vuelta
a la luz verde que una vez
tuvo colmillos y me mató.
Yo era obediente, pero
insensible, como un brazo
dormido; no fue elección mía
regresar al tiempo.
Para entonces, estaba acostumbrada a callarme.
Sin embargo, algo se tendía entre nosotros
como un susurro, una soga:
mi nombre antiguo, que tiraba fuerte.
Vos llevabas tu vieja correa,
que podría llamarse "te amo",
y tu voz carnal.
Delante de tus ojos tenías fija
la imagen en la que querías
que me convirtiese: viva otra vez.
Fue esa esperanza tuya lo que me hizo seguirte.
Yo era tu alucinación, oyente
y floral. Me cantabas
y ya se me iba formando una piel nueva
dentro de la mortaja luminosa
de mi otro cuerpo, ya
tenía las manos sucias y sed.
Lo único que podía ver era el contorno
de tu cabeza y tus hombros,
negros, contra la entrada de la cueva,
así que no pude verte la cara
en absoluto, cuando te diste vuelta
a llamarme porque
me habías perdido. Lo último
que vi fue un óvalo oscuro.
Aunque sabía cuánto iba a dolerte
esa falta, tuve que
replegarme como una polilla y dejarte ir.
Vos no podías creer que yo fuera algo más que tu eco.


HISTORIAS VERDADERAS

i

No preguntes por la historia verdadera,
¿Para qué la querés?

No es por donde yo empiezo
ni lo que llevo conmigo.

Ni con lo que navego,
un cuchillo, un fuego azul,

suerte, dos o tres palabras buenas 
que todavía funcionan, y la marea.

ii

La historia verdadera se perdió
en el camino a la playa, es algo 

que nunca tuve, esa maraña negra 
de ramas bajo una luz cambiante,

mis pisadas borrosas 
llenándose de agua 

salada, este manojo 
de huesos diminutos, esta cacería de lechuzas;

una luna, papeles abollados, una moneda,
el resplandor de un picnic viejo,

los huecos que los amantes  
dejaron en la arena hace 

cien años: ni idea.



iii

La historia verdadera está 
entre las otras historias,

un lío de colores, como la ropa revuelta,
tirada o desparramada,

como los corazones sobre el mármol, como las sílabas
como las sobras del carnicero.

La historia verdadera es mezquina
y múltiple y falsa

después de todo. ¿Para qué 
la querés? Nunca preguntes

por la historia verdadera.



Versiones en castellano de Sandra Toro.








HABITATION

Marriage is not
a house or even a tent

it is before that, and colder:


the edge of the forest, the edge
of the desert
the unpainted stairs
at the back where we squat
outside, eating popcorn

the edge of the receding glacier

where painfully and with wonder
at having survived even
this far

we are learning to make fire

THE REST

The rest of us watch from beyond the fence
as the woman moves with her jagged stride
into her pain as if into a slow race.
We see her body in motion
but hear no sounds, or we hear
sounds but no language; or we know
it is not a language we know
yet. We can see her clearly
but for her it is running in black smoke.
The cluster of cells in her swelling
like porridge boiling, and bursting,
like grapes, we think. Or we think of
explosions in mud; but we know nothing.
All around us the trees
and the grasses light up with forgiveness,
so green and at this time
of the year healthy.
We would like to call something
out to her. Some form of cheering.
There is pain but no arrival at anything.


THE SHADOW VOICE

My shadow said to me:
what is the matter


Isn't the moon warm
enough for you
why do you need
the blanket of another body


Whose kiss is moss


Around the picnic tables
The bright pink hands held sandwiches
crumbled by distance. Flies crawl
over the sweet instant


You know what is in these blankets


The trees outside are bending with
children shooting guns. Leave
them alone. They are playing
games of their own.


I give water, I give clean crusts


Aren't there enough words
flowing in your veins
to keep you going.

NIGHT POEM

There is nothing to be afraid of,
it is only the wind
changing to the east, it is only
your father        the thunder
your mother      the rain

In this country of water
with its beige moon damp as a mushroom,
its drowned stumps and long birds
that swim, where the moss grows
on all sides of the trees
and your shadow is not your shadow
but your reflection,

your true parents disappear
when the curtain covers your door.
We are the others,
the ones from under the lake
who stand silently beside your bed
with our heads of darkness.
We have come to cover you
with red wool,
with our tears and distant whispers.

You rock in the rain’s arms,
the chilly ark of your sleep,
while we wait, your night
father and mother,
with our cold hands and dead flashlight,
knowing we are only
the wavering shadows thrown
by one candle, in this echo
you will hear twenty years later.

FEBRUARY

Winter. Time to eat fat
and watch hockey. In the pewter mornings, the cat,
a black fur sausage with yellow
Houdini eyes, jumps up on the bed and tries
to get onto my head. It's his
way of telling whether or not I'm dead.
If I'm not, he wants to be scratched; if I am
He'll think of something. He settles
on my chest, breathing his breath
of burped-up meat and musty sofas,
purring like a washboard. Some other tomcat,
not yet a capon, has been spraying our front door,
declaring war. It's all about sex and territory,
which are what will finish us off
in the long run. Some cat owners around here
should snip a few testicles. If we wise
hominids were sensible, we'd do that too,
or eat our young, like sharks.
But it's love that does us in. Over and over
again, He shoots, he scores! and famine
crouches in the bedsheets, ambushing the pulsing
eiderdown, and the windchill factor hits
thirty below, and pollution pours
out of our chimneys to keep us warm.
February, month of despair,
with a skewered heart in the centre.
I think dire thoughts, and lust for French fries
with a splash of vinegar.
Cat, enough of your greedy whining
and your small pink bumhole.
Off my face! You're the life principle,
more or less, so get going
on a little optimism around here.
Get rid of death. Celebrate increase. Make it be spring.

Flying Inside Your Own Body

Your lungs fill & spread themselves,
wings of pink blood, and your bones
empty themselves and become hollow.
When you breathe in you’ll lift like a balloon
and your heart is light too & huge,
beating with pure joy, pure helium.
The sun’s white winds blow through you,
there’s nothing above you,
you see the earth now as an oval jewel,
radiant & seablue with love.
It’s only in dreams you can do this.
Waking, your heart is a shaken fist,
a fine dust clogs the air you breathe in;
the sun’s a hot copper weight pressing straight
down on the think pink rind of your skull.
It’s always the moment just before gunshot.
You try & try to rise but you cannot.


Helen Of Troy Does Countertop Dancing
The world is full of women
who'd tell me I should be ashamed of myself
if they had the chance. Quit dancing.
Get some self-respect
and a day job.
Right. And minimum wage,
and varicose veins, just standing
in one place for eight hours
behind a glass counter
bundled up to the neck, instead of
naked as a meat sandwich.
Selling gloves, or something.
Instead of what I do sell.
You have to have talent
to peddle a thing so nebulous
and without material form.
Exploited, they'd say. Yes, any way
you cut it, but I've a choice
of how, and I'll take the money.

I do give value.
Like preachers, I sell vision,
like perfume ads, desire
or its facsimile. Like jokes
or war, it's all in the timing.
I sell men back their worse suspicions:
that everything's for sale,
and piecemeal. They gaze at me and see
a chain-saw murder just before it happens,
when thigh, ass, inkblot, crevice, tit, and nipple
are still connected.
Such hatred leaps in them,
my beery worshippers! That, or a bleary
hopeless love. Seeing the rows of heads
and upturned eyes, imploring
but ready to snap at my ankles,
I understand floods and earthquakes, and the urge
to step on ants. I keep the beat,
and dance for them because
they can't. The music smells like foxes,
crisp as heated metal
searing the nostrils
or humid as August, hazy and languorous
as a looted city the day after,
when all the rape's been done
already, and the killing,
and the survivors wander around
looking for garbage
to eat, and there's only a bleak exhaustion.
Speaking of which, it's the smiling
tires me out the most.
This, and the pretence
that I can't hear them.
And I can't, because I'm after all
a foreigner to them.
The speech here is all warty gutturals,
obvious as a slab of ham,
but I come from the province of the gods
where meanings are lilting and oblique.
I don't let on to everyone,
but lean close, and I'll whisper:
My mother was raped by a holy swan.
You believe that? You can take me out to dinner.
That's what we tell all the husbands.
There sure are a lot of dangerous birds around.

Not that anyone here
but you would understand.
The rest of them would like to watch me
and feel nothing. Reduce me to components
as in a clock factory or abattoir.
Crush out the mystery.
Wall me up alive
in my own body.
They'd like to see through me,
but nothing is more opaque
than absolute transparency.
Look--my feet don't hit the marble!
Like breath or a balloon, I'm rising,
I hover six inches in the air
in my blazing swan-egg of light.
You think I'm not a goddess?
Try me.
This is a torch song.
Touch me and you'll burn.

EURYDICE

He is here, come down to look for you.
It is the song that calls you back,
a song of joy and suffering
equally: a promise:
that things will be different up there
than they were last time.
You would rather have gone on feeling nothing,
emptiness and silence; the stagnant peace
of the deepest sea, which is easier
than the noise and flesh of the surface.
You are used to these blanched dim corridors,
you are used to the king
who passes you without speaking.
The other one is different
and you almost remember him.
He says he is singing to you
because he loves you,
not as you are now,
so chilled and minimal: moving and still
both, like a white curtain blowing
in the draft from a half-opened window
beside a chair on which nobody sits.
He wants you to be what he calls real.
He wants you to stop light.
He wants to feel himself thickening
like a treetrunk or a haunch
and see blood on his eyelids
when he closes them, and the sun beating.
This love of his is not something
he can do if you aren’t there,
but what you knew suddenly as you left your body
cooling and whitening on the lawn
was that you love him anywhere,
even in this land of no memory,
even in this domain of hunger.
You hold love in your hand, a red seed
you had forgotten you were holding.
He has come almost too far.
He cannot believe without seeing,
and it’s dark here.
Go back, you whisper,
but he wants to be fed again
by you. O handful of gauze, little
bandage, handful of cold
air, it is not through him
you will get your freedom.


ORPHEUS 

You walked in front of me,
pulling me back out
to the green light that had once
grown fangs and killed me.
I was obedient, but
numb, like an arm
gone to sleep; the return
to time was not my choice.
By then I was used to silence.
Though something stretched between us
like a whisper, like a rope:
my former name,
drawn tight.
You had your old leash
with you, love you might call it,
and your flesh voice.
Before your eyes you held steady
the image of what you wanted
me to become: living again.
It was this hope of yours that kept me following.
I was your hallucination, listening
and floral, and you were singing me:
already new skin was forming on me
within the luminous misty shroud
of my other body; already
there was dirt on my hands and I was thirsty.
I could see only the outline
of your head and shoulders,
black against the cave mouth,
and so could not see your face
at all, when you turned
and called to me because you had
already lost me. The last
I saw of you was a dark oval.
Though I knew how this failure
would hurt you, I had to
fold like a gray moth and let go.
You could not believe I was more than your echo.


TRUE STORIES

i

Don't ask for the true story;
why do you need it?

It's not what I set out with,
or what I carry.

What I'm sailing with,
a knife, blue fire,

luck, a few good words 
that still work, and the tide.

ii

The true story was lost
on the way down to the beach; it's something 

I never had, that black tangle 
of branches in a shifting light,

my blurred footprints 
filling with salt 

water, this handful 
of tiny bones, this owl's kill.

a moon, crumpled papers, a coin,
the glint of an old picnic,

the hollows made by lovers 
in the sand a hundred 

years ago: no clue.

iii

The true story lies 
among the other stories,

a mess of colors, like jumbled clothing,
thrown off or away,

like hearts on marble, like syllables, like 
butchers' discards.

The true story is vicious
and multiple and untrue

after all. Why do you 
need it? Don't ever 

ask for the true story.


MARGARET ATWOOD (CANADÁ, 1939)