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julio 12, 2019

POEMAS DE MARILYN HACKER (según ST)

Foto: Robert Giard, 1987. Fuente: https://brbl-dl.library.yale.edu 



Pena

La pena anda kilómetros al lado del río contaminado,
la pena cuenta los días que el solsticio de invierno se tragó,
la pena recibe las voces exuberantes del patio de la escuela
como si le arrojaran desprecios.

Siempre va a ser el primero de septiembre.
Y va a haber chicos dominicanos cuyo partido de
fútbol provea una conversación inocente
a los dos que

toman café, desabrigados. Va a haber un atardecer
rosado sobre el río como una catedral.
Va a haber un remolcador cómico y oxidado
que empuja una barcaza.

¿Ella creyó saber lo que intentaba el amigo?
¿Creyó que el hermano se alegraba de verla?
¿Pensó que iba a dormir una vez más abrazada a su amante
hasta que saliera el sol?

La pena no tiene hermano, ni hermana ni amante.
La pena hace amistades en otro lugar. La pena, en las horas
y horas a oscuras hasta que una luz sacude una ventana
se abraza a la pena, un espejo.

¿El hermano? Estaba muerto, en una ciudad que la guerra diezmó.
La pena pelaba arvejas, con el agua fría corriendo
en la pileta y un Corelli vibrando en el clavicordio
hasta que sonó el teléfono.

Y cuando la pena volvió de una guardia posoperatoria
dos nenitas parecían reticentes a hacer la tarea.
La mitad del placar y la mitad de los cajones estaban vacíos.
¿Quién se había ido esta vez?

La pena es aislacionista, miope. La pena carece
de compasión, de empatía, de imaginación;
lee relatos de masacres, inundaciones y terremotos
y la historia la atrapa.

La pena es el intercambio individual, burgués, común
y corriente, entre dos mujeres el domingo en el
supermercado: “Le mari de Germaine est mort”. Y
llenan de manzanas la bolsa.

La pena es una primeriza en el quinto mes.
Ahora sabe que el feto está muerto dentro de ella.
Ahora cruza el centro comercial bajo el rayo de
sol de una mañana de mediados del invierno.

El invierno lame el tuétano desde las calles, que se abren
sobre plazas y bulevares, ríos, avenidas paralelas
al río y arterias, hasta los puentes,
aeropuertos y rutas interestatales.

La pena pinta los párpados ardientes de las mujeres maduras con kohl.
La pena maneja kilómetros sin darse cuenta si la ruta corre
junto al océano, a los edificios abandonados o a los
trigales ennegrecidos

--y, de hecho, está adentro. Aunque su estatura sea
intermedia, hay muebles enormes que la encierran y obstaculizan:
el pino y el roble, que pensó que le iban a salvar la temporada
con su grano cálido de oro.

Los obreros se abren paso para arreglar las ventanas,
pero no con paneles de luz al hombro, ninguno de ellos es
un mensajero. Todavía tercamente verde, una calle conduce
de regreso al río.

Catorce años drenados en los quince minutos que
le llevó a un sol de fines del verano extinguir su
luz detrás de la vereda de enfrente, y a los chicos dar el
partido por terminado.




Runa de la finlandesa 
Para Sara Karig

                                                    “Tú eres muy hábil”, le dijo el reno
                                                    “puedes atar todos los vientos del mundo con un solo hilo”
                                                                                                  H.C. Andersen, “La reina de las nieves”

Ella podía atar todos los vientos del mundo con un solo hilo.
Ella podía encontrar todas las palabras en un viento cantor.
Podía tenderle un deseo extraño a una mano con manchas.
Podía hilar de una mente enredada la palabra que buscó.

Ella podía internarse en el bosque feral a lomo de una cierva .
Ella podía hacer cantar un manantial con unavara de serbal.
Podía encuadernar un libro prohibido con una piel de seda.
Podía vendar las heridas del lobo con lienzo de un pañal.

Ella podía pasar una guerra mundial en tierras invadidas.
Podía triturar las raíces secas para hacer un pan.
Podía alimentar con comida inventada a toda una cuadrilla.
A los desmembrados, piezas de repuesto les podía encontrar.

Podía descubrir los miembros de piedra ocultos en la arena.
Ella podía aguantar el frío de la mina con un pulmón reseco.
podía entender los juegos de palabras porque aprendió la jerga.
Ella podía acunar con su lengua madre a los niños huérfanos.

Ella podía trenzar con un peine de espinas el pelo de una nena.
Podía encender un fuego de carbón bajo el viento del Ártico
Podía arreglar el motor de una máquina con un alfiler de gancho.
Podía calentar los pies negros de un hombre que estaba agonizando.

Ella podía beber la sopa de piedra de un pozo más que incierto.
Podía aspirar la pestilencia verde de una letrina de trinchera.
Ella podía compartir de un vino muy valioso el trago de la reina.
Ella podía pensar en dos o tres cosas que nunca se dijeron.

Ella podía aprender el lenguaje de señas de sordos y ciegos.
Ella podía ganarse las llaves de hierro de la reina del hielo.
Ella podía salir a pasear colina arriba con un borracho amigo.
Ella podía atar todos los vientos del mundo con un solo hilo.




Una trenza de ajo

Las mujeres mayores se lamentan mientras van al mercado,
compran pescado, higos y tomates que hoy alcanzan
para alimentar al lobo dormido abajo de la mesa
¿que se despierta de qué sueño?

¿Qué vuelve con el cambio de estación sino lo perdido?
Está muerto aquel, al que, atrevida, llamé hermano
con ese resto de vida encaramado en su hombro
graznando la partida.

Él hizo rodar por última vez el dado. Conoció a su
último y mejor interlocutor días antes de
acostarse para la cirugía que podía/no podía
extenderle la apuesta.

Lo que se dijeron les pertenece a ellos. Ahora un hijo escribe
elegías, aunque tenga un padre vivo.
Uno ama el té de salvia, uno le entrega al mundo el aroma del
café de su madre.

La luz retrocedió a lo que era en abril,
irá volviendo gradualmente atrás hasta el invierno.
No puedo llamar “exilio” a mis peregrinaciones
pero cuento las mañanas.

En una canasta colgada en la pared, con la manija
adornada con flores de tela de las cajas de bombones,
están los chalotes moteados de púrpura, y enroscada atrás,
una trenza de ajo.

Me acuerdo, diez días después de un cumpleaños
(el contrapunto y la luz de las velas en el vaso de vino)
cómo exploraban, sin acariciar,
los dedos de la radióloga.

Entonces, la repetición (a la que no se le decía “recurrencia”)
de un ritual de pasaje de quince años atrás:
llegué, doblada por el exceso de equipaje,
llena de cicatrices, al umbral.

Bajo el sol leve del invierno en febrero,
ir dos o tres veces por semana a Gobelins, al
hospital geriátrico donde mi amiga se estaba
recuperando de los nervios.

Al final de los testimonios elegantes y la poética,
duendes furiosos e incoherentes con pañales,
frágil y  efímero como toda belleza:
el espíritu humano—

mientras la experiodista miraba, tomaba notas y
ofrecía conmovida a sus visitantes los reportes
de la zona de guerra en la que estaba anclada
pasando el tiempo.

Ahora en nuestros propios restos de vida, brindamos
por la memoria y la continencia. Donde hubo pechos,
tengo cicatrices. Sus dedos nudosos, en estos días, apenas
pueden sostener la lapicera.

A él lo lloran miles, mientras en el silencio y el rumor
del soporte vital para falla orgánica múltiple,
la soledad absoluta, un balanceo de alas escarlata que
se agitan, y desaparecen.



¿Quisiste bien lo que dejaste enseguida? 

¿Quisiste bien lo que dejaste enseguida?
Volvé a casa, abrazame y sacame este dolor
de estómago, dolor de cabeza, dolor de corazón.
Nunca tan satisfecha, nunca me despojaron
tanto. Las noches de invierno amontonan
oscuridad en la ventana. Ninguna palabra va a hacer que,
donde estés, tu día se encienda, o te despiertes
de tu noche hacia mí. El único don que
tengo para para dar o conservar es lo llorado,
esclusas abiertas para el lamento por las ocasiones
perdidas, por el fin de la juventud,
por todos los que amé y murieron de verdad.
Bebí nuestro único año en salmuera en vez de
miel de las estaciones de tu lengua.


Versiones en castellano de Sandra Toro



Grief

Grief walks miles beside the polluted river,
grief counts days sucked into the winter solstice,
grief receives exuberant schoolyard voices
as flung despisals.

It will always be the first of September.
There will be Dominican boys whose soccer
game provides an innocent conversation
for the two people

drinking coffee, coatless. There will be sunset
roselight on the river like a cathedral.
There will be a rusty, amusing tugboat
pushing a barge home.

Did she think she knew what her friend intended?
Did she think her brother rejoiced to see her?
Did she think she’d sleep one more time till sunrise
holding her lover?

Grief has got no brother, sister or lover.
Grief finds friendship elsewhere. Grief, in the darkened
hours and hours before light flicks in one window
holds grief, a mirror.

Brother? He was dead, in a war-drained city.
Grief was shelling peas, with cold water running
in the sink; a harpsichord trilled Corelli
until the phone rang.

And when grief came home from a post-op nightwatch
two small girls looked reticent over homework.
Half the closet, half the drawers were empty.
Who was gone this time?

Grief is isolationist, short-viewed. Grief lacks
empathy, compassion, imagination;
reads accounts of massacres, floods and earthquakes
mired in one story.

Grief is individual, bourgeois, common
and banal, two women’s exchange in Sunday
market : “Le mari de Germaine est mort.” They
fill bags with apples.

Grief is primagravida, in her fifth month.
Now she knows the fetus has died inside her.
Now she crosses shopping-streets on a sun-shot
mid-winter morning.

Winter licks the marrow from streets that open
onto parks and boulevards, rivers, riverparallel
parkways, arteries to bridges,
interstates, airports.

Grief daubs kohl on middle-aged burning eyelids.
Grief drives miles not noticing if the highway
runs beside an ocean, abandoned buildings
or blackened wheatfields

—and, in fact, she’s indoors. Although her height is
average, massive furniture blocks and crowds her:
oak and pine, warm gold in their grain she thought would
ransom her season.

Workmen clear a path to repair the windows,
not with panes of light on their backs, no messagebearers
these. Still stubbornly green, a street leads
back to the river.

Fourteen years drained into the fifteen minutes
that it took a late-summer sun to douse its
light behind the opposite bank, the boys to
call their match over.




Rune of the Finland Woman
For Sára Karig


“You are so wise,” the reindeer said, 
“you can bind the winds of the world in a single strand.”
—H. C. Andersen, “The Snow Queen”

She could bind the world’s winds in a single strand.
She could find the world’s words in a singing wind.
She could lend a weird will to a mottled hand.
She could wind a willed word from a muddled mind.

She could wend the wild woods on a saddled hind.
She could sound a wellspring with a rowan wand.
She could bind the wolf’s wounds in a swaddling band.
She could bind a banned book in a silken skin.

She could spend a world war on invaded land.
She could pound the dry roots to a kind of bread.
She could feed a road gang on invented food.
She could find the spare parts of the severed dead.

She could find the stone limbs in a waste of sand.
She could stand the pit cold with a withered lung.
She could handle bad puns in the slang she learned.
She could dandle foundlings in their mother tongue.

She could plait a child’s hair with a fishbone comb.
She could tend a coal fire in the Arctic wind.
She could mend an engine with a sewing pin.
She could warm the dark feet of a dying man.

She could drink the stone soup from a doubtful well.
She could breathe the green stink of a trench latrine.
She could drink a queen’s share of important wine.
She could think a few things she would never tell.

She could learn the hand code of the deaf and blind.
She could earn the iron keys of the frozen queen.
She could wander uphill with a drunken friend.
She could bind the world’s winds in a single strand.




A Braid of Garlic 

Aging women mourn while they go to market,
buy fish, figs, tomatoes, enough today to
feed the wolf asleep underneath the table
who wakes from what dream?

What but loss comes round with the changing season?
He is dead, whom, daring, I called a brother
with that leftover life perched on his shoulder
cawing departure.

He made one last roll of the dice. He met his
last, best interlocutor days before he
lay down for the surgery that might/might not
extend the gamble.

What they said belongs to them. Now a son writes
elegies, though he has a living father.
One loves sage tea, one gave the world the scent of
his mother's coffee.

Light has shrunk back to what it was in April,
incrementally will shrink back to winter.
I can't call my peregrinations 'exile,'
but count the mornings.

In a basket hung from the wall, its handle
festooned with cloth flowers from chocolate boxes,
mottled purple shallots, and looped beside it,
a braid of garlic.

I remember, ten days after a birthday
(counterpoint and candlelight in the wine-glass),
how the woman radiologist's fingers
probed, not caressing.

So, reprise (what wasn't called a 'recurrence')
of a fifteen-years-ago rite of passage:
I arrived, encumbered with excess baggage,
scarred, on the threshold.

Through the mild winter sun in February,
two or three times weekly to Gobelins, the
geriatric hospital where my friend was
getting her nerve back.

At the end of elegant proofs and lyric,
incoherent furious trolls in diapers.
Fragile and ephemeral as all beauty:
the human spirit –

while the former journalist watched, took notes and
shocked, regaled her visitors with dispatches
from the war zone in which she was embedded,
biding her time there.

Now in our own leftover lives, we toast our
memories and continence. I have scars where
breasts were, her gnarled fingers, these days, can hardly
hold the pen steady.

Thousands mourn him, while in the hush and hum of
life-support for multiple organ failure,
utter solitude, poise of scarlet wings that
flutter, and vanish.




Did you love well what very soon you left?

Did you love well what very soon you left?
Come home and take me in your arms and take
away this stomach ache, headache, heartache.
Never so full, I never was bereft
so utterly. The winter evenings drift
dark to the window. Not one word will make
you, where you are, turn in your day, or wake
from your night toward me. The only gift
I got to keep or give is what I’ve cried,
floodgates let down to mourning for the dead
chances, for the end of being young,
for everyone I loved who really died.
I drank our one year out in brine instead
of honey from the seasons of your tongue.






MARILYN HACKER (EE.UU, 1942). 

julio 08, 2019

ANNE WALDMAN (según ST)

Foto: Peter Hujar 



Le estoy poniendo maquillaje al espacio vacío
todas las pátinas reunidas en el espacio vacío
colorete sobre el espacio vacío
Le estoy poniendo maquillaje al espacio vacío
pegándole pestañas al espacio vacío
pintándole las cejas al espacio vacío
untando cremas sobre el espacio vacío
pintando el mundo fenoménico
Estoy colgándole adornos al espacio vacío
broches de oro, peinetas laqueadas, hebillas de plástico en el espacio vacío
Le estoy pegando pasadores de alambre al espacio vacío
vuelco palabras sobre el espacio vacío, lo subyugo
lo empaqueto, lo relleno,  lo meto por la fuerza
le enrosco gargantillas alrededor al espacio vacío
Mirá esto, imaginate esto: pintar el mundo fenoménico
con pulseras en las muñecas
aros colgados en el espacio vacío
Estoy poniendo mi memoria en el espacio vacío
desvistiéndote
colgando la ropa arrugada de un clavo
colgando el abrigo verde de un clavo
bailando de noche se terminó con bailando de noche
todavía estoy pensando en ponerle maquillaje al espacio vacío
te quiero asustar: la noche colgante, la noche a la deriva,
la noche que gime, hija de sueño intranquilo te quiero asustar
a vos
te ato hasta donde llega el día frío
ato el poder de 20 hombres fornidos
ato a las mujeres coloridas y seductoras, a todas
ato la roca enorme
ato la noche colgante, la noche errante, la
noche que gime, hija de sueño intranquilo
estoy atando mis deudas, atraigo la factura de teléfono
ato la raíz de mi lengua puntiaguda
 Ahueco las manos en el agua, salpico agua en el espacio vacío
agua que bebe el espacio vacío
Miren lo que van a hacer los pensamientos Miren lo que van a hacer las palabras
de la nada a la cara
de la nada a la raíz de la lengua
de la nada a hablar del espacio vacío
ato el fresno
ato el tejo
ato el sauce
ato el uranio
ato la energía antieconómica no renovable del uranio
lanzo el uranio al espacio vacío
ato el color rojo seduzco al color rojo para el espacio vacío
pongo el atardecer en el espacio vacío
a él le saco el azul de los ojos y le hago una ofrenda al espacio vacío
el azul  renovable
le saco el verde a todo lo que nace, crece &
trepa por el espacio vacío
pongo el blanco de la nieve a los pies del espacio vacío
capturo el amarillo de los ojos del gato sentado
en el espacio negro y lo engancho a mi corazón, un espacio vacío
quiero que el marrón de este suelo suba al espacio vacío
desmantelar el piso y encontrar el marrón,
volverlo a atar bajo el hechizo del espacio vacío
quiero desmontar esta pared vieja en mi imaginación soy rica pensando
en eso, estoy pensando en ponerle maquillaje al espacio vacío
Todo se derrumba alrededor del espacio vacío
el yuyito seco se deshace, al diente de león lo soplan al espacio vacío
ato las estrellas que se reflejan en tu ojo
de la nada a estos dedos que teclean
de la nada a las patas de los alces
de la nada al cuello del ciervo
de la nada a los dientes de porcelana
de la nada al mantenerse en pie del pino en el bosque
cuando le echo agua lo mantengo vivo
cuando dejo que el agua corra
barriendo juntos el espacio vacío
hay una forma mejor de decir espacio vacío
Date vuelta de adentro hacia afuera y podés desaparecer
tenés una definición nueva en el espacio vacío
Lo que me gusta de la impermanencia es el choque
de mi cuerpo grandote contra el espacio vacío
Estoy volviendo a poner el piso
Estoy reconstruyendo la pared
Estoy cubriendo de revoque los ladrillos
Estoy arreglando la máquina con un alambre delicado
No hay hilo que sea eterno, quizás un hilo de oro puro
estoy empezando a cantar por dentro sobre el espacio vacío
todas las veces hay un detalle nuevo
Estoy pegando en la pared el dibujo que me gusta tanto:
noche negra y sin luna detrás de cortina a cuadros
todo iluminado menos el espacio vacío
cuelgo el vestido de lino negro sobre mi cuerpo
la noche colgante, la noche a la deriva, la noche que gime
hija de sueño intranquilo
esto me pasa a mí
cuelgo un espejo para capturar estrellas, todo me pasa a mí afuera
de noche en mi cráneo de espacio vacío
salgo al hielo estrellado
y reconstruyo la casa en memoria del espacio vacío
Esto me pasa a mí sobre el espacio vacío
que nunca más va a ser mencionado
Te gusta esto
imaginate esto
señalar el mundo fenoménico
se habla de cómo vestir el cuerpo con adornos raros
para hacerte acordar de un juramento al espacio vacío
se habla del discurso de tu mente como un gusano de seda
yo me quiero aventurar a un lugar no cincelado
vuelco arena en el suelo
Vehículos y objetos surgen de la niebla
el desfiladero está peligroso esta noche
De repente hay luces de advertencia
el patrullero es útil como guía
se habla de desaceleración
se habla de una deidad femenina
la ato con una zarza
la ato con el diente de un tigre
la ato con mi cristal de cuarzo
atraigo los mundos
me cubro de joyas
bebo amrita
hay algún detalle nuevo
hay una lentejuela en el zapato de ella
hay un clavo en la bota de ella
las ruedas tienen clavos para una subida difícil
me llevo las manos a la cara
le estoy poniendo maquillaje al espacio vacío
quería asustarte con la noche que me asustó a mí
la noche a la deriva, la noche que gemía
Siempre alguien interrumpía para hacerte olvidar del espacio vacío
arriesgá todo
pintate las uñas
ponete bufandas
todo el tiempo para adornar el espacio vacío
te-llames-como-te-llames te nombro “espacio vacío”
con tus ficciones con la danza andá haciéndote a la idea
con tu forma rara de cantar andá haciéndote a la idea
con tu sonrisa andá haciéndote a la idea
con tu séquito & acumulación enormes andá haciéndote a la idea
con tus adicionales andá haciéndote a la idea
con tu buena suerte, con tu suerte haragana andá haciéndote a la idea
cuando más que nada te parezcas a un pájaro, es el momento de hacerte a la idea
cuando hagas trampa, andá haciéndote a la idea
cuando tengas la cabeza angustiada
cuando no estés sensible
cuando insistas en el
halago de muchas lenguas
empieza con la raíz de la lengua
empieza con la raíz del corazón
hay una columna vertebral de viento
que gime & canta en el espacio vacío


Versión en castellano de Sandra Toro



Makeup on Empty Space 

I am putting makeup on empty space
all patinas convening on empty space
rouge blushing on empty space
I am putting makeup on empty space
pasting eyelashes on empty space
painting the eyebrows of empty space
piling creams on empty space
painting the phenomenal world
I am hanging ornaments on empty space
gold clips, lacquer combs, plastic hairpins on empty space
I am sticking wire pins into empty space
I pour words over empty space, enthrall the empty space
packing, stuffing jamming empty space
spinning necklaces around empty space
Fancy this, imagine this: painting the phenomenal world
bangles on wrists
pendants hung on empty space
I am putting my memory into empty space
undressing you
hanging the wrinkled clothes on a nail
hanging the green coat on a nail
dancing in the evening it ended with dancing in the evening
I am still thinking about putting makeup on empty space
I want to scare you: the hanging night, the drifting night,
the moaning night, daughter of troubled sleep I want to scare you
you
I bind as far as cold day goes
I bind the power of 20 husky men
I bind the seductive colorful women, all of them
I bind the massive rock
I bind the hanging night, the drifting night, the
moaning night, daughter of troubled sleep
I am binding my debts, I magnetize the phone bill
bind the root of my pointed tongue
I cup my hands in water, splash water on empty space
water drunk by empty space
Look what thoughts will do   Look what words will do
from nothing to the face
from nothing to the root of the tongue
from nothing to speaking of empty space
I bind the ash tree
I bind the yew
I bind the willow
I bind uranium
I bind the uneconomical unrenewable energy of uranium
dash uranium to empty space
I bind the color red I seduce the color red to empty space
I put the sunset in empty space
I take the blue of his eyes and make an offering to empty space
renewable blue
I take the green of everything coming to life, it grows &
climbs into empty space
I put the white of the snow at the foot of empty space
I clasp the yellow of the cat's eyes sitting in the
black space I clasp them to my heart, empty space
I want the brown of this floor to rise up into empty space
Take the floor apart to find the brown,
bind it up again under spell of empty space
I want to take this old wall apart I am rich in my mind thinking
of this, I am thinking of putting makeup on empty space
Everything crumbles around empty space
the thin dry weed crumbles, the milkweed is blown into empty space
I bind the stars reflected in your eye
from nothing to these typing fingers
from nothing to the legs of the elk
from nothing to the neck of the deer
from nothing to porcelain teeth
from nothing to the fine stand of pine in the forest
I kept it going when I put the water on
when I let the water run
sweeping together in empty space
There is a better way to say empty space
Turn yourself inside out and you might disappear
you have a new definition in empty space
What I like about impermanence is the clash
of my big body with empty space
I am putting the floor back together again
I am rebuilding the wall
I am slapping mortar on bricks
I am fastening the machine together with delicate wire
There is no eternal thread, maybe there is thread of pure gold
I am starting to sing inside about the empty space
there is some new detail every time
I am taping the picture I love so well on the wall:
moonless black night beyond country-plaid curtains
everything illuminated out of empty space
I hang the black linen dress on my body
the hanging night, the drifting night, the moaning night
daughter of troubled sleep
This occurs to me
I hang up a mirror to catch stars, everything occurs to me out in the
night in my skull of empty space
I go outside in starry ice
I build up the house again in memory of empty space
This occurs to me about empty space
that it is nevered to be mentioned again
Fancy this
imagine this
painting the phenomenal world
there's talk of dressing the body with strange adornments
to remind you of a vow to empty space
there's talk of the discourse in your mind like a silkworm
I wish to venture into a not-chiseled place
I pour sand on the ground
Objects and vehicles emerge from the fog
the canyon is dangerous tonight
suddenly there are warning lights
The patrol is helpful in the manner of guiding
there is talk of slowing down
there is talk of a feminine deity
I bind her with a briar
I bind with the tooth of a tiger
I bind with my quartz crystal
I magnetize the worlds
I cover myself with jewels
I drink amrita
there is some new detail
there is a spangle on her shoe
there is a stud on her boot
the tires are studded for the difficult climb
I put my hands to my face
I am putting makeup on empty space
I wanted to scare you with the night that scared me
the drifting night, the moaning night
Someone was always intruding to make you forget empty space
you put it all on
you paint your nails
you put on scarves
all the time adorning empty space
Whatever-your-name-is I tell you “empty space”
with your fictions with dancing come around to it
with your funny way of singing come around to it
with your smiling come to it
with your enormous retinue & accumulation come around to it
with your extras come round to it
with your good fortune, with your lazy fortune come round to it
when you look most like a bird, that is the time to come around to it
when you are cheating, come to it
when you are in your anguished head
when you are not sensible
when you are insisting on the
praise from many tongues
It begins with the root of the tongue
it begins with the root of the heart
there is a spinal cord of wind
singing & moaning in empty space


ANNE WALDMAN (EE.UU., 1945)

junio 30, 2019

POEMAS DE JANICE GOULD (según ST)


Foto: gentileza de Margaret Randall


Seis sonetos: Cruzando el Oeste

1

Calor desértico, nubes altas y un cielo
del color del lapislázuli. En este viaje,
todo parece posible, así que
paramos delante de un álamo antiguo
a besarnos. La belleza tiembla,
no dice una palabra, solamente
me mira, tan abierta. Los pajaritos pasan volando,
la bandada está arriba de nosotras, en el árbol sombrío. ¿Qué
se instala en el corazón de ella? ¿Qué se coagula?
¿La esperanza? ¿La desesperación? Lejos, el río se agita
entre sus riberas arenosas, las golondrinas viran, dan vueltas
en el aire ardiente. ¿Estos besos irán a unirla
a mí? ¿Yo su amante y ella mi mujer?
¿Es un sueño todo esto, toda mi vida?




2

Ella es este lado de la maravilla,
y el mundo glamoroso de pronto
se colma de resplandor y nos reímos
frente a los monumentos de la ruta que explican
lo difícil que fue para los franciscanos la travesía
en territorio indio salvaje, pobres hombres—
¡La conversión es un trabajo del
demonio! Después las piedras del sueño
le aparecen bajo los pies, la espalda
de una tortuga gigante, sé que
debemos estar dando la vuelta al paraíso porque
las hormigas se llevan los pétalos carnosos
de las flores del borde del camino con ostensibles
dicha y propósito (oh, mi oscura, hermosa mía).


3

Música, mi adorada. ¿Cuándo no
hubo música? Mi acordeón se infla
de melodías bebibles. Derramo
en tu oído abierto sus notas,
una tras otra: el instrumento
trae la danza del gitano melancólico
con sus ritmos difíciles, entona la canción
de trabajo que el campesino le tararea
a la tierra, desafina tonadas románticas
sobre fronteras que se disuelven. Vos te derretís
como una mujer bajo la caricia de la amante.
La música es feliz y despiadada cuando
prende fuego las almas combustibles. Hasta
la voz áspera del bandoneón es lírica.


4

Sagrada sagrada sagrada sagrada (decimos
en un susurro). Nos deslizamos en este 
espacio semiconsciente. La tierra es 
de veras muy grande, aunque los huesos
se le gastaron, es algo vivo.
¿La ves como exhibe su gracia? Los antílopes
pastan en la pradera distante — con sus colas blancas 
en alto— la tierra roja pulsa
su latido lento y el cielo azul
se aclara tan perfecto y veloz  
como radiante. ¿Andarán cerca los ancestros?
¿Qué podemos saber? Decidimos
dar una vuelta por esta pradera, que nos tomen
por utes, parar a comprar provisiones en los pueblitos.


5

A la tarde nos encaminamos al oeste por el Malheur bordeado
de sauces, pasando la curva larga de la llanura del Snake.
(Abajo de la cascada donde iban a rezar los shoshones
metimos los pies en el agua fría, y observé el
arco de sus pies morenos). Al costado del camino, salvia
y chamisa, enebro en los acantilados y en las colinas lejanas.
Atardecer, y el crepúsculo cae en el cuenco ancho de la tierra.
En Burns comemos huevos en un café, pedimos una habitación
en el Motel 6. Y en la oscuridad, alcanzo a ver su
pelo negro, negro contra las almohadas. Su aroma
limpio me recuerda el maíz. Al amanecer, la abrazo
y hay besos. Después más besos. Y más.
El día está frío; anoche sopló viento del norte. Pero la tierra
está lista. Cae la lluvia en aguaceros de luz.



6

La mano de ella en mi muslo, en mi hombro,
en mi pelo. Se inclina para besarme la mejilla.
Nos miramos, sonreímos. Así viajamos kilómetros
en silenciosa proximidad, señalando con
los ojos o la barbilla al halcón que da vueltas, al martín
pescador en la saliente sobre el arroyo
hinchado. Una noche lloro en sus brazos
mientras ella se queja “oh, oh oh” porque apenas
toqué sus cicatrices: garganta, vientre, pechos.
En esa comunión de amantes, se escapan de mí
sollozos densos al pensar en mi amor
de vuelta en casa, en todo lo que hice
y no puedo decir. Es la primera vez
que la dejé tanto y tan completamente sola.



Descontento

Podíamos oírla
derribar las telarañas
de los techos —los filamentos pegajosos,
las bolsas de huevos— casi todas las mañanas
al despertarnos con el gusano de descontento.
Se nos alojaba debajo del corazón,
frotaba nuestros nervios crispados,
nos roía el bazo, las vísceras,
los ovarios. La inmundicia

era el enemigo número uno de mamá, así que cada día
empezaba con la limpieza ritual: la estocada
de la escoba y el barrido de la sala oscura,
sobre los pisos de roble rayados, llenos de manchas.

Por semanas, con una mano
sostuvo el lampazo y con la otra
se agarraba una hernia mientras a los chicos
nos recitaba —con esa voz áspera— una letanía de
nuestras faltas y pecados: pereza,
secretismo, estupidez.

Nosotros la mirábamos
aplastar a las arañas que corrían por los zócalos
a la buena de dios, mientras corríamos también.

Mirándonos con rabia,
levantábamos la ropa sucia
desparramada, los zapatos de papá,
sus diarios y herramientas, nuestros libros,
dibujos, música, remeras y
abrigos, lo que fuera que hubiésemos
dejado por ahí.

Éramos culpables, pero buenos
para la evasión. Cultivábamos
nuestro propio mal carácter o conductas obsesivas:  la dura de
mi hermana mayor se burlaba y se iba de casa
a verse con el novio;
la dulce de la menor
temblaba y lloraba, con el consuelo
de uno de nuestros tantos perros.
Yo golpeaba las puertas, las aporreaba
con los puños, le gritaba, “¡Callate,
callate, callate!”. Ella no podía
dejarnos en paz. Nos quería
demasiado.

Aunque fuéramos rápidos,  ella era 
más rápida. Sus palabras lastimaban.

Debimos haberlo merecido.



Condiciones para la poesía

Tiene que estar oscuro. Pero no por completo,
más bien opalescente como el amanecer a la hora en que está por salir el sol
o del azul grisáceo de cuando cae la noche
y el crepúsculo se retira montaña arriba.
Tiene que haber un escalofrío en el aire
y que el único ruido sea el tictac del reloj
en la habitación de al lado. Su latido mecánico y breve.

Si es a la mañana, se requiere café,
oleoso y aromático. Si es a la noche, una copa de vino tinto,
translúcido, con olor a cereza.

Es preferible que sea viernes y que la lluvia salpique la ventana,
que la música de un cello se vuelque de una radio antigua
dentro de un gabinete de caoba. Que, de repente,
como en una foto vieja en blanco y negro,
los muebles se vean borrosos
y estés en Berkeley o en Berlín

Si es Berkeley, que la lluvia tenga olor a mar,
o también a laurel y eucalipto.
Si es Berlín, que el aire sea rancio de tráfico y cigarros.
Que las ramas de los tilos se estremezcan  con el viento.

Que haya una presencia hermosa parada justo atrás
de la puerta de tu cuarto, escuchando 
con atención, o quizás sin escuchar,
ni ahí, ni siquiera pensando en vos,
sino ocupada en su propia vida,
austera y elegante como un tapiz,
fantástica como una fuga. 


Desposeída

Me acuerdo de ir manejando
en octubre a las montañas,
con los chicos amontonados en la caja de la pick up,
metidos bajo las bolsas de dormir y las mantas.
Tomábamos café de un termo
enriquecido con un trago de brandy.
Todavía quedaba nieve
sobre la cara norte de las crestas,
al sur una tormenta perseguía las bandadas de pájaros migrantes.
Íbamos al país Maidu.
Los maples tenían las hojas amarillas
una brisa fría y clara,
soplaba por el cañón,
a la mañana había escarcha en los pastizales,
a la noche, humo de leña y neblina.
En la taberna nueva
que construyeron sobre la hacienda donde
una vez vivió mamá,
dos chicas indias tomaban cerveza
y jugaban al pool con unos tipos blancos.
Cuando entramos
me miraron raro,
y lo que tenía que haber parecido familiar
fue extraño y tenso. 
Esta no es más mi tierra
—el arroyo donde mamá jugó,
el cementerio colina arriba,
todo yace bajo el canturreo
del tendido eléctrico monumental,
la cabaña con sus hijos espirituales
estas cosas no son mías.



Versiones en castellano de Sandra Toro




Discontent

We could hear her
knocking down strands of cobweb
from ceilings—sticky filaments,
sacs of eggs—as we woke most mornings
to a worm of discontent.
It lodged beneath the heart,
rubbed our frayed nerves,
gnawed at the gut, spleen,
ovaries. Filth

as Mom's first enemy, so each day
began with ritual cleaning: the stab
and sweep of the broom down the dark hall,
over the stained and scratched oak floors.
For weeks, she held her dust mop
one-handed, and with the other
cupped a hernia, while she swore
at us kids in that hard voice—a litany of our sins
and failures: sloth,
stupidity, secrecy.
We watched her
smash the spiders that ran, herky-jerky,
along the baseboards, while we ran, too.

Glaring at each other,
we gathered up the scattered
laundry, our father’s shoes,
his newspapers and tools, our books,
drawings, music, sweatshirts,
and jackets, whatever
we’d left lying around.
We were guilty, but good
at evasion. We cultivated
shrewish or obsessive behaviors of our own: my tough
older sister sneered and stalked out of the house
to meet her boyfriend;
my sweet younger sister
trembled and cried, comforted
by one of our many dogs.
I slammed doors, pounded them
with my fists, screamed, “Shut up,
shut up, shut up!” She couldn’t

leave us alone. She loved us
too much.

Though we were quick, she was
quicker. Her words stung.
We must have deserved it.



Six Sonnets: Crossing the West

1

Desert heat, high clouds, and sky
the color of lapis. On this journey,
anything seems possible,
so we stop by an ancient cottonwood
to kiss. The beauty trembles,
doesn't say a word, just watches
me, so open. Small birds fly by, flock
in the shady tree above us. What
settles in her heart? What congeals?
Hope? Despair? Far off, the river churns
in its sandy banks, swallows veer, turn
in fiery air. Will these kisses seal
her to me? I her lover, she my wife?
Is all of this a dream, my whole life?


2

She is just this side of wonderful,
and suddenly the glamorous world
fills itself with shining and we laugh
at highway monuments that explain
how hard the trek had been for Franciscans
in the Indian wilderness, poor fellows—
conversion is the devil's own
work! Then the stones of her dream
turn up under her feet, the back
of a huge land turtle. I know
we must be circling Paradise
because the ants enter the fleshy petals
of the roadside flowers with evident
joy and purpose (oh, my dark, pretty one).


3

Music, my adored. When is there never
music? My accordion puffs up
with drinkable melodies. I spill
her tunes into your listening ear,
one after the other: the squeeze-box
enters the dance of the plaintive gypsy
with its hard rhythms, lilts the back-
breaking labor song the worker croons
to earth, warbles romantic notes of
dissolving borders. You melt
like a woman beneath her lover's touch.
Music is happy and pitiless when
it sets fire to combustible souls. Even
the raspy bandoneon's voice is lyric.


4

Sacred. Sacred. Sacred. Sacred. (Speak
in a whisper.) We slip into this
space half cognizant. The land is very
large indeed: bones of the earth
worn down, though she is a living thing.
See how she exposes her grace? Antelopes
graze on the far plain—their high,
white tails—the red soil throbs
its slow heartbeat, and the blue sky
clears so smartly, perfectly, like
radiance. Are the ancestors near?
What can we know? We decide
to wander around this prairie, mistaken
for Utes, buy commodities in little towns.


5

Late afternoon we head west along the willow-banked
Malheur after the long curve of the Snake River plain.
(Above the falls where the Shoshone went to pray
we soaked our feet in cold water, and I observed
the arch of her brown foot.) Rabbitbrush and sage
along the highway, juniper on far hills and bluffs.
Sundown, and dusk falls over the wide basin of land.
In Burns we eat eggs in a cafe, take a room
in the Motel 6. In the dark, I can see
her black hair, black against the pillows. Its clean
scent makes me think of corn. At dawn, I hold her
and there are kisses. Then more kisses. Then more.
The day is cold; a north wind blew last night. But
the land is open. Rain falls in showers of light.


6

Her hand on my thigh, my shoulder,
in my hair. She leans over to kiss my cheek.
We look at each other, smile. For miles
we travel this way, nearly silent, point
with eyes or chins at the circling hawk, the king-
fisher on the snag above the swollen
creek. One night I weep in her arms
as she cries, "Oh, oh, oh!" because I have touched
her scars lightly: throat, belly, breasts.
In that communion of lovers, thick sobs
break from me as I think of my love
back home, all that I have done
and cannot say. This is the first time
I have left her so completely, so alone.

(Doubters and Dreamers, 2011).



Conditions for Poetry

It should be dark. Not absolutely,
but opalescent as dawn in the hour before sunrise
or the blue-gray of evening
as twilight gathers over the mountain.
A chill might be in the air
and the only sound the tick of a clock
in another room, its small, mechanical heartbeat.

If it is morning, coffee is called for,
oily, aromatic. If evening, a glass of red wine,
translucent, smelling of cherries.

Preferably it is Friday with rain spattering the window,
the music of one cello pouring from an old radio
in a mahogany cabinet. Suddenly
as in an old black and white photo,
the furniture looks grainy
and you are in Berkeley, or Berlin.

If Berkeley, the rain smells of the sea,
or else laurel and eucalyptus.
If Berlin, the air is rank with cigarettes and traffic.
Branches of linden trees shudder in the wind.

A beautiful presence stands just beyond
the closed door to your room, attentive,
listening, or perhaps not listening,
not there, not even thinking of you,
austere in her own life,
busy and elegant as tapestry,
fantastic as a fugue.

(Three Coyotes, Vol. 1, No. 1, Fall, 2010).


Dispossessed

I remember in October 
driving to the mountains, 
the kids piled in the back of the pick-up, 
tucked under sleeping bags and blankets. 
We drank coffee from a thermos 
spiked with a slug of brandy. 
There was already snow 
on the north face of the ridges, 
a storm chased flocks of migrant birds south. 
We were headed for Maidu country. 
Maples had yellow leaves, 
a clear, cold breeze 
blew through the canyon, 
there was frost on the meadows in the morning, 
woodsmoke and mist in the evening. 
At the new tavern 
built on the homestead 
where my mom once lived, 
two Indian girls drank beer 
and played pool with some white guys. 
They looked at me strangely 
when we came in, 
and what should seem familiar 
was foreign and strained. 
This is not my land anymore. 
The creek where Mama played, 
the graveyard up the hill 
that lies beneath the hum 
of massive power lines, 
the cabin with its spirit children—
these things are not mine. 

(Sinister Wisdom A Gathering of Spirit, North American Indian Women's Issue, Iowa City, Iowa, 1983).





JANICE GOULD (EE.UU., 1949-2019)


mayo 24, 2019

POEMAS DE ALICIA OSTRIKER (según ST)





Insomnio

Pero en realidad es del miedo de lo que querés hablar
y no encontrás las palabras
entonces te burlás de vos misma

te tratás de cobarde
te despertás a las 2 de la mañana pensando tonta,
fracaso, incapaz de dormir, incapaz de dormir

zumbando en tu colchón con dos almohadas,
y un cubrecama al que le dicen comforter,
lo que implica que el consuelo puede comprarse

y pagarse, para colaborar con el miedo, con el fracaso
tus dos cómodas de nogal se ríen, las bibliotecas se lamentan
los cuadros en las paredes te compadecen, el hombre que duerme

al lado tuyo con un olor como a musgo y hongos consuela
pero nunca bastante, nunca, lo oscuro del plafón en el techo
los pliegues de terciopelo ocultan la ventana

y el ruido del tráfico como un animal vicioso
que anda suelto allá afuera--
fanfarroneás con los amigos que la muerte no te molesta, nada más la agonía

qué mentirosa—
todos los demás miedos, al rechazo, al dolor físico,
a perder el juicio, la vista,

¡son todos parte de este!
¡huellas de este! Tu pelo gruñe en el peine
ese reloj encendido la única luz de la habitación.



La bendición de la anciana, el tulipán y el perro

Estar bendecida
dijo la anciana
es tener tantos
nietos que
el amor de Dios
pase a través tuyo
como la leche a través de una vaca.

Estar bendecido
dijo el tulipán rojo oscuro
es voltearles los ojos
con el golpe de lujuria
implícito en
tu pollera levantada

Estar bendecido
dijo el perro
es tener una pizca
de Dios
adentro
y que todos los demás perros
puedan olerla.


Démeter a Perséfone

Te miré salir caminando del pozo

Todo el día había llovido
en esa zona del sur de Italia

la lluvia golpeaba haciendo charcos en el barro
caía de un cielo enfurecido silbando sobre las piedras

Esperé, y fui paciente
saliste por fin y enseguida estabas empapada

me miraste con tus ojos grandes sin amor
llenos de sexo negro y polvo blanco

pero era eso lo que esperaba cuando te abracé
con tus pechos chiquitos y firmes contra mi amplitud

subí al auto, te dije
y después fue primavera


Después del naufragio

Perdida en la corriente, a la deriva, mientras el sol se vuelca
como un jarabe, hundiéndose en la tarde,

la balsa se mece sin fin, se inclina, y nos decimos entre nosotros:
Acá vamos a guardar la soga, la carne seca, el cuchillo,

el botiquín, las galletitas y la taza.
Vamos a repartir el agua de manera justa y honesta.

Marean las manchas negras del aire.
Alguien levanta la voz y dice: Oigan, sabemos que en alguna parte

hay tierra, en alguna dirección. Tenemos que saberlo.
Y la tierra está ahí, inminente, montañosa, enorme

en el horizonte, ahí en nuestra mente. Después, nada
más la hermosura del océano,

las olas innumerables como cabezas vivas histéricas,
la magnificencia creciente del sol,

un viento del atardecer que nos golpea. Cuando el rocío nos empieza
a cubrir de sal, dejamos de hablar. Tratamos de acordarnos.



En toda vida

En toda vida hay un momento o dos,
en que el yo desaparece, la herida cruel
toma el control, y después otra vez
por momentos estamos llenos de cielo
o de pájaros
o simplemente del té con azúcar que quedó sobre la mesa
dijo la anciana

Sé a lo que te referís en cuanto
a las epifanías dijo el tulipán
por ejemplo un cielo despejado de abril
el acercamiento de una mariposa
con respecto a la desaparición del yo
no
todavía no lo experimenté

Están creando distinciones
que no existen en la realidad
donde “yo” y “no yo” son como la sal
en el océano, la nube en el cielo
el oxígeno en el fuego
dijo el perro filosófico
rascándose las bolas abajo de la mesa.



Matisse, también

A Matisse, también, cuando los dedos le dejaron de funcionar,
le funcionaron mejor y más audaces, con los colores primarios celebrando
el casamiento de la inocencia y la gloria, la inocencia y la gloria

Monet pintaba remolinos de furia cuando
las cataratas le velaban los ojos, y cuando recobró la vista
pintó lirios de agua, según afirma Picasso

Yo no busco, encuentro, y me pego a esa historia
acerca de él, y hago que esa historia se pegue.
Al carajo los padres, se trata del desafío.



Ablandar y derretir

El hombre me hizo ablandar y derretir
dijo la anciana

la abeja me hizo temblar como un trapo
dijo el tulipán rojo oscuro

La perra me hizo empujar
dijo el perro



El aniversario

Por supuesto que fracasamos, por tener éxito.
El querube feroz se convierte en su asfixia.
Un corazón avaro se zambulle en un sueño
de poder o verdad, y se despierta maduro
en una sala de conferencias.
Es comer papel en lugar de Dios.
Nosotros dos somos uno, pájaro mío, esto es un casamiento.

Cuando el amor era la guerra, juraste que ibas a quemar
la vida y a morirte a los treinta y cinco, y  yo te dije hasta nunca,
mi chico melenudo y brillante, voy a ganarte, a noquearte,
a hacerte pedazos, sobreviví como la tierra,
con ojos de lechuza, porque quería ver todo
lo negro y permanente, y matarte a vos con tus teorías.
Teníamos la costumbre de despertarnos sudorosos y enredados.

Treinta, el hogar, y el trabajo. Cohabitamos en una máquina que funciona.
Hay violencia, en algún lugar. ¿Esto queremos? Sucede,
El luchador desollado, el chico desmembrado,
los instrumentos en el sótano. Lo debemos querer. Mirá,
entre nosotros hay paz, nuestros bebés son regordetes,
te conozco, te acaricio, te rechazo. Mi fe no se adhiere
a nada. No me dejes, no me dejes.


Canción

Hay quien afirma que el origen de la canción
fue un grito de guerra,
otros  dicen que fue una rima
para indicarles a los granjeros cuándo plantar y cosechar
¿no saben que la primera canción fue una canción de cuna
salida del sueño de una madre?
preguntó la anciana

Un factor
significativo que me produce el placer de estar
vivo esta primavera
es el canto de los pájaros
que me captura como una red amplia
como una lluvia de diamante que nunca
me canso de escuchar dijo el tulipán

vida tras vida
con mis hermanos queridos
salimos de la colina
profiriendo
nuestras canciones hermosas
sedientos de sangre
dijo el perro.



Esperando la luz
                               a Frank O’Hara

Nos convertimos en una especie urbana, Frank,
en este momento muchos millones de seres humanos están
parados en alguna esquina esperando como yo

una señal que nos permita irnos,
una señal que representa a un peatoncito blanco 
que hay que seguir por un mar de luz verde 

no aprovechamos la oportunidad
para sintonizar con lo eterno
rebotamos con impaciencia sobre los dedos de los pies 

Es jueves a la mañana, Frank, y me siento
bastante viva pero necesito algo de belleza
o una teoría de la belleza para reconciliarme

con los bultos de basura que no puedo amar encerrados
en esas bolsas grotescas de plástico brillantes y negras
apiladas a lo largo del cordón de la calle 97, mi calle—

como un recordatorio horrendo del destino que nos espera
dejando que la verdad gruesa y babosa de los desechos
ataque nuestro sentido estético y nuestra alegría de vivir

con confianza cada jueves. Dejame barrer las viviendas de ámbar 
con columnas y cornisas magníficas reflejadas en
las ventanillas de atrás de los coches estacionados, que les 

desee suerte a sus colmenas de intimidad, a la gente
que termina el café de la mañana en la cocina 
y le dice hasta luego a aquellos con los que vive

Dejame que levante los ojos hacia el velo azul a la deriva
en medio y por encima del artificio de los rascacielos
y que por fin me deslice por una falla del tiempo

donde la cuerda de luces delanteras blancas que se acercan y la cuerda
de luces traseras rojas que se alejan parecen
llevar una especie de mensaje

quizás el mensaje sea que una cuadra al oeste
el Parque Riverside extiende su longitud
sobre la orilla de Manhattan como el brazo velludo

de un amante tierno, divertido, hermoso,
y después de eso está el río imperecedero
pero esperar la luz se siente como si fuera para siempre



Salmo

Ya no soy lírica
no voy a tocar el arpa
para complacerte

No te voy a hacer un ruido
de gozo, ni
tampoco un lamento

Porque sé que también
te tomás los lamentos
como el vino

Así que repito monótona
me lastimás
te odio

Aparto los ojos de las montañas
No voy a matar por vos
No voy a volver a quererte nunca

a menos que me lo pidas



Versiones en castellano de Sandra Toro


Insomnia

But it's really fear you want to talk about
and cannot find the words
so you jeer at yourself

you call yourself a coward
you wake at 2 a.m. thinking failure,
fool, unable to sleep, unable to sleep

buzzing away on your mattress with two pillows
and a quilt, they call them comforters,
which implies that comfort can be bought

and paid for, to help with the fear, the failure
your two walnut chests of drawers snicker, the bookshelves mourn
the art on the walls pities you, the man himself beside you

asleep smelling like mushrooms and moss is a comfort
but never enough, never, the ceiling fixture lightless
velvet drapes hiding the window

traffic noise like a vicious animal
on the loose somewhere out there—
you brag to friends you won't mind death only dying

what a liar you are—
all the other fears, of rejection, of physical pain,
of losing your mind, of losing your eyes,

they are all part of this!
Pawprints of this! Hair snarls in your comb
this glowing clock the single light in the room



The Blessing of the Old Woman, the Tulip and the Dog

To be blessed
said the old woman
is to have so many
grandchildren
God’s love
washes right through you
like milk through a cow

To be blessed
said the dark red tulip
is to knock their eyes out
with the slug of lust
implied by
your up-ended
skirt

To be blessed
said the dog
is to have a pinch
of God
inside you
and all the other dogs

can smell it



Demeter to Persephone

I watched you walking up out of that hole

All day it had been raining
in that field in Southern Italy

rain beating down making puddles in the mud
hissing down on rocks from a sky enraged

I waited and was patient
finally you emerged and were immediately soaked

you stared at me without love in your large eyes
that were filled with black sex and white powder

but this is what I expected when I embraced you
Your firm little breasts against my amplitude

Get in the car I said
and then it was spring



After the Shipwreck

Lost, drifting, on the current, as the sun pours down
like syrup, sinking into afternoon,

the raft endlessly rocks, tips, and we say to each other:
Here is where we will store the rope, the dried meat, the knife,

The medical kit, the biscuits and the cup.
We will divide the water fairly and honestly.

Black flecks in the air produce dizziness.
Somebody raises a voice and says: Listen, we know there is land

somewhere, in some direction. We must know it.
And there is the land, looming, mountainous, massive

on the horizon: there in our minds. Then nothing
but the beauty of ocean,

numberless waves like living, hysterical heads,
the sun increasingly magnificent,

a sunset wind hitting us. As the spray begins
to coat us with salt, we stop talking. We try to remember.




In Every Life



In every life there's a moment or two
when the self disappears, the cruel wound
takes over, and then again
at times we are filled with sky
or with birds or
simply with the sugary tea on the table
said the old woman

I know what you mean said the tulip
about epiphanies
for instance a cloudless April sky
the approach of a butterfly
but as to the disappearing self
no
I have not yet experienced that

You are creating distinctions
that do not exist in reality
where "self" and "not-self" are like salt
in ocean, cloud in sky
oxygen in fire
said the philosophical dog
under the table scratching his balls



Matisse, Too

Matisse, too, when the fingers ceased to work, 
Worked larger and bolder, his primary colors celebrating 
The weddings of innocence and glory, innocence and glory 

Monet when the cataracts blanketed his eyes 
Painted swirls of rage, and when his sight recovered 
Painted water lilies, Picasso claimed 

I do not seek, I find, and stuck to that story 
About himself, and made that story stick. 
Damn the fathers. We are talking about defiance. 



Soften and Melt 

the man made me soften and melt
said the old woman

the bee made me shiver like a rag
said the dark red tulip

the bitch made me push
said the dog



The Anniversary 

Of course we failed, by succeeding.
The fiery cherub becomes his smothering.
A greedy heart dives into a dream
Of power or truth, and wakes up middle-aged
In some committee room.
It is eating paper instead of God.
We two are one, my bird, this is a wedding.
When love was war, you swore you’d burn
Your life and die at thirty-five. I said good riddance,
Bright hairy boy, I will beat you, down,
Tear you to monkey shreds, survive like earth,
Owl-eyed, because I wanted to see everything
Black and permanent and kill you with your theories.
We used to wake up sweaty and entangled.
Thirty, home, and work. We cohabit in a functioning machine.
There is violence, somewhere else. Do we wish this? It occurs,
The flayed combatant, the dismembered child,
The instruments in the basement. We must wish it. See,
Between us is peace, our babies are plump,
I know you, I caress you, I fail you. My faith adheres
In nothing. Don’t leave me, don’t leave me.



Song

Some claim the origin of song
was a war cry 
some say it was a rhyme
telling the farmers when to plant and reap
don't they know the first song was a lullaby
pulled from a mother's sleep
said the old woman

A significant
factor generating my delight in being
alive this springtime
is the birdsong 
that like a sweeping mesh has captured me
like diamond rain I can't
hear it enough said the tulip

lifetime after lifetime
we surged up the hill
I and my dear brothers
thirsty for blood
uttering
our beautiful songs
said the dog



Waiting for the Light   
                                            for Frank O’Hara

Frank, we have become an urban species
     at this moment many millions of humans are
          standing on some corner waiting like me

for a signal permitting us to go,
     a signal depicting a small pale pedestrian
          to be followed by a sea-green light

we do not use this opportunity
     to tune in to eternity
          we bounce upon our toes impatiently

It is a Thursday morning, Frank, and I feel
     rather acutely alive but I need a thing of beauty
          or a theory of beauty to reconcile me

to the lumps of garbage I cannot love enclosed
     in these tough shiny black plastic bags
          heaped along the curb of 97th Street, my street—

like a hideous reminder of the fate we all expect
     letting the bulky slimy truth of waste
          attack our aesthetic sense and joie de vivre

reliably every Thursday. Let me scan the handsome amber
     columned and corniced dwellings
          reflected in rear windows of parked cars, let me wish

luck to their hives of intimacies, people
     in kitchens finishing a morning coffee
          saying see you later to the ones they live with

Let me raise my eyes to the blue veil adrift
     between and above the artifice of buildings
          and at last I am slipping through a flaw in time

where the string of white headlights approaching, the string
     of red taillights departing, seem as if
          they carry some kind of message

perhaps the message is that one block west
     Riverside Park extends its length
          at the edge of Manhattan like the downy arm

of a tender, amusing, beautiful lover,
     and after that is the deathless river
          but waiting for the light feels like forever





Psalm


I am not lyric any more
I will not play the harp
for your pleasure

I will not make a joyful
noise to you, neither
will I lament

for I know you drink 
lamentation, too,
like wine

so I dully repeat
you hurt me
I hate you

I pull my eyes away from the hills
I will not kill for you
I will never love you again

unless you ask me


ALICIA OSTRIKER (EE.UU., 1937).










mayo 19, 2019

POEMAS DE JOAN LARKIN (según ST)

Foto: Poets.org



Querer

Ella quiere una casa llena de tazas y fantasmas
de lesbianas del siglo pasado; Yo quiero un departamento
inmaculado, una computadora veloz. Ella quiere una cocina a leña,
tres atados de fresno y un hacha; Yo quiero
una llama limpia de gas. Ella quiere una fila de frascos:
avena, coriandro, aceite verde espeso;
Yo no quiero almacenar nada. Ella quiere ungüentos,
ropa blanca, mantas de bebé tejidas, cuadernos de recortes. Quiere reuniones
en Wellesley. Yo quiero las tablas del piso relucientes, el reflejo
del río.  Ella quiere camarones, sudor y sal;
quiere chocolate. Yo quiero un bol raku
con el vapor subiendo del arroz. Ella quiere cabras,
pollos, chicos. Alimento y llanto. Yo quiero
que el viento del río refresque los cuartos despejados.
Ella quiere cumpleaños, teatros, banderas, peonías.
Yo quiero palabras como rayos láser. Ella quiere la ternura
de una madre. La caricia antigua como el río.
Yo quiero una agudeza de mujer rápida como un zorro.
Ella está en su ciudad, cumpliendo
plazos. Yo estoy en mi pueblo con el perro
escuchando sonar las campanas de viento hasta tarde,
pensando en  los doce años de querernos, juntas y separadas.
Nos besamos todo el fin de semana; queremos
manejar los 160  kilómetros y probar otra vez.



Vida después de la muerte

Soy más vieja que mi padre cuando se volvió
de oro y dejó su cuerpo con el hígado usado
en el Hospital Faulkner de Jamaica Plain. Yo no creo
en la vida después de la muerte, no sé dónde estará
su carne ahora que terminó de pudrirse sobre sus huesos
largos en el cementerio judío —debe ser el único
converso abajo de esas filas y filas de lápidas.
Una vez, mientras lavaba los platos en una cocina angosta
lo oí silbándome detrás. Se me heló la nuca.
Desde esa vez nunca me volvió a pasar algo así. Pero esta mañana
íbamos juntos en un avión a Virginia. Yo tenía 17,
estaba embarazada y con miedo. Me esperaba un aborto,
la cama de huéspedes de mi tía empapada de sangre, mi madre
gritaba — y él decía que los chicos se meten en problemas—
ahora lo estoy entendiendo: eso era el perdón.
Creo que si hubiera vivido habría cambiado y crecido
pero qué hubiese hecho con mi aluvión de palabras
después de que, mientras el avión aterrizaba en
Richmond a plena luz del día y la azafata caminaba
entre las filas de asientos con su pollera impecable
y la blusa metida adentro, me dijo en voz baja
Nunca le cuentes esto a nadie.



Carne

Las pezuñas estaban prohibidas, pero nos daba de comer
el hígado correoso, la lengua gorda, las kishkas grises
rellenas de algo blando. Tenía una cabeza
de ajo, un puñado de sal, unas zanahorias miserables.
Con la sal extraía la sangre, ajustaba la picadora
y le daba de comer los pedazos, empujándolos para abajo.
Me dejaba dar vuelta la manija, y los gusanos rojos
caían en el tazón. Comía de acuerdo con la Ley
y la carne de la vaca se volvía mi carne.
Ahora para comer agacho la cabeza, me quejo cuando me despierto
de la pesadilla, esa en la que nos empujamos una a la otra contra
el hedor violento y el cuchillo del chico. Él levanta el brazo
con un ritmo que conozco desde siempre.



La desaparición

Dos veces Donald hizo algo con la boca 
que no le había visto nunca antes: una mueca de bebéviejo.
Los ojos se le cerraban sobre los míos mientras el abogado chistoso
atropellaba sus síes y  sus esperamos que no
por cobrar. Qué personaje de Dickens era 
no sé –Heep o Tulkinghorn o nada 
más vil que los ojos rasgados y una corbata angosta.
Donald estaba mudo, con la boca haciendo esa sonrisa
rara mientras bajaba con su bastón por una calle empinada.
Gin con el estómago vacío y quedaba afuera,
recogiendo mecánicamente el abadejo. Tres veces
le pregunté ¿Estás bien, me escuchás?
y su mano metía papas fritas en la boca,
un agujero negro sin palabras yo quería que fuera ficción.


El corbatero de mi padre

En el dorso de la puerta de su ropero oscuro,
a la altura de los ojos, con unas pinzas de acero
ingeniosas que podía abrir para los dos lados.
Una fila de péndulos. De lenguas.
Palabras, sin palabras. Testigos
esperando prestar juramento. El secreto del pueblo.
Un cuerpo de seda, la abundancia de un hombre.
Un dolor salvaje, un nudo. Una pintada
con crisantemos dorados, una con hojas 
de sangre en el barro. La piel de Visnú, veinte
matices de cielo. Un lirio bandera blanca.
El lustre elegante de una víbora verdinegra.
¿Cuál se fue al hoyo con él?
En alguna otra parte: los cinturones.



La ofrenda

Cuando te limpiaron y te pusieron en mis manos,
con las piernas y los dedos largos, un brillo rojo
subiéndote de la carne arrugada,
los ojos muy despiertos y la mirada fija,
temblé tres días
en mi nudo de sábanas de hospital.

Las lágrimas vinieron después
—los llantos, los miedos, las posesión feroz.
Las formas en las que ibas a sacudirme.
Tu pozo de furia. Una y otra vez
floreciste en tu conocimiento independiente.

Ayer, me ofreciste palabras tiernas.
Me acordé engullendo los teiglach que hizo Fanny,
nudos gruesos de masa, brillantes de miel,
Estoy llena y quiero más—solamente por sentir el sabor
de ese oro espeso otra vez en mi lengua.



Un padre

El que iba a bajarle al trago—
décadas gritando enroscado en silencio—

echado hacia adelante en su silla plegable:
qué iba hacer con el hijo

que no podía hablar, que publicaba
quisiera que estuviese muerto. Le ofrecí

uno de nuestros bromuros y él miraba
retorciendo los dedos y los labios.

¿Dónde estaba el ángel 
que lo levantara de los pelos

cuando se retorcía en la corriente del averno?
Si tengo alas, son alas de perro,

mi cuerpo viejo, el de un perro, flotando
sobre el ojo frío.



Acumulador

No me hables—revuelve los papeles
que se amontonan como hojas. 
Saca uno de un sobre arrugado y
lo vuelve a guardar. ¿Cómo arrastró
la heladera de repuesto del galponcito
cuando el armatoste blanco dejó de andar?

Después de que salgan corriendo del basural, a lo mejor
alcancen a ver a mi urogalla. Ella se me
acerca al auto y me reta,
está tratando de enseñarme su idioma.

La comida se pone negra en la heladera tibia. 
Esquivo la leña rescatada, abro
la puerta de atrás –Busco al
pájaro de cogote grueso. Rogándole al viento.



El ojo de tritón

Yo era una larva. Todavía en coma, 
me soñaba a mí misma, abajo, en piyama.
Él decía Bach, y yo me echaba cerca de la radio.
Ámbar oscuro se esparcía por mi cerebro de niña.
El ojo de tritón ya había anidado ahí, un huevo
pegado a una rama. Mi hermano pálido y de anteojos
me ponía sobre una hoja y me miraba engordar.
Decía Franz Kafka, y mis antenas largas y nuevas 
rozaban la pared. La Niña ante el Espejo
estaba pegada ahí, arrancada a la Vida,
la gemela gusano panza de pera rosada
como la mía. Medio enroscada, medio arrastrándome,
atravesé piel tras piel. Arte, dije,
y mis alas se animaron a abrirse lentamente.




Versiones en castellano de Sandra Toro

Want

She wants a house full of cups and the ghosts
of last century’s lesbians; I want a spotless
apartment, a fast computer.  She wants a woodstove,
three cords of ash, an axe; I want
a clean gas flame.  She wants a row of jars:
oats, coriander, thick green oil;
I want nothing to store.  She wants pomanders,
linens, baby quilts, scrapbooks.  She wants Wellesley
reunions.  I want gleaming floorboards, the river’s
reflection.  She wants shrimp and sweat and salt;
she wants chocolate.  I want a raku bowl,
steam rising from rice.  She wants goats,
chickens, children.  Feeding and weeping.  I want
wind from the river freshening cleared rooms.
She wants birthdays, theaters, flags, peonies.
I want words like lasers.  She wants a mother’s
tenderness.  Touch ancient as the river.
I want a woman’s wit swift as a fox.
She’s in her city, meeting
her deadline; I’m in my mill village out late
with the dog, listening to the pinging wind bells, thinking
of the twelve years of wanting, apart and together.
We’ve kissed all weekend; we want
to drive the hundred miles and try it again.


Afterlife

I’m older than my father when he turned
bright gold and left his body with its used-up liver
in the Faulkner Hospital, Jamaica Plain.  I don’t 
believe in the afterlife, don’t know where he is 
now his flesh has finished rotting from his long 
bones in the Jewish Cemetery—he could be the only 
convert under those rows and rows of headstones.  
Once, washing dishes in a narrow kitchen 
I heard him whistling behind me.  My nape froze.  
Nothing like this has happened since.  But this morning 
we were on a plane to Virginia together.  I was 17, 
pregnant and scared.  Abortion was waiting, 
my aunt’s guest bed soaked with blood, my mother 
screaming—and he was saying Kids get into trouble—  
I’m getting it now: this was forgiveness.
I think if he’d lived he’d have changed and grown
but what would he have made of my flood of words
after he’d said in a low voice as the plane
descended to Richmond in clean daylight
and the stewardess walked between the rows
in her neat skirt and tucked-in blouse
Don’t ever tell this to anyone.



My Father’s Tie Rack

Back of the door to his dark closet,
eye height, with clever steel
pegs I could flip both ways.
A row of pendulums. Of tongues.
Words, wordless. Witnesses
waiting to be sworn. The town secret.
A silk body, a man's plenty.
A wild ache, a knot. One painted
with gold mums, one with blood
leaves on mud. Vishnu's skin, twenty
shades of sky. White flag iris.
Slick sheen of a greenblack snake.
Which one went with him into the hole?
Somewhere else: his belts


The Offering

When they cleaned you and gave you to me,
long legs and fingers, red glow
rising from creased flesh,
eyes already awake, gaze steady,
I shook for three days 
in my knot of hospital sheets.

Tears came later—
cries, fears, fierce holding.
The ways you’d shake me off.
Your well of rage. Over and over
you bloomed in your separate knowledge.

Yesterday, you offered tender words. 
I remembered gorging on teglach Fanny made,
thick knots of dough shining with honey.
I’m filled and wanting more—only to taste 
that heavy gold on my tongue again.



A Father

who'd put down the drink––
decades of shouting coiled in quiet––

sat forward on his folding chair:
What should he do about the son

who wouldn't speak, who posted
I wish he were dead. I offered

one of our bromides, and he stared,
twisting fingers and lips.

Where was the angel
to lift him by the hair

as he twisted in the avernal current?
If I have wings, they’re dog’s wings,

my old body a dog’s, floating
over the cold eye.


Hoarder

Don't talk to me––he's sifting
papers heaped like leaves. He
takes one from a creased envelope
and puts it back. How did he drag
the spare fridge from the shed
when the white hulk died?

After the dump run, maybe
you'll see my grouse. She comes
close to the car and scolds me,
she's trying to teach me Grouse.

Food blackens in the warm fridge.
I sidestep salvaged lumber, open
the back door––I'm looking
for the ruffed bird. Begging the air.



Eye of Newt

I was larval. I dreamed myself
downstairs in pj’s, still in my coma.
Bach, he said, and I lay next to the radio.
Dark amber spread through my girl­brain.
Eye of newt already nestled there, an egg
glued to a twig. My pale, bespectacled brother
set me on a leaf and watched me fatten.
Franz Kafka, he said, and my new, long feelers
brushed the wall. Girl Before a Mirror
was tacked there, torn from Life,
her twin pear­belly worm pink
as my own. Half curled, half crawling,
I burst through skin after skin. Art, I said,
and my wings fanned slowly open.





JOAN LARKIN (EE.UU., 1939)