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octubre 24, 2017

Más poemas de Levertov (según ST)

Photographer unknown, provided by Jan Wallace, The Project Room




DOBLANDO UNA CAMISA

Para S. P.
Doblando una camisa, una mujer se queda
quieta un instante, recuerda
el calor de la carne; sus manos repasan

con cuidado una manga, recuerdan
un gesto, o el toque del amor;
se apoya contra la pared de la cocina

y trata de escuchar una palabra de amor,
pero solo oye un ruido como miedo
que corre entre los cuartos de arriba.

Con la ropa que dobla, dobla su miedo,
pero al deseo no lo puede guardar,
ni puede hacer que la oiga el silencio.

Guarda de mala gana
el pan, el vino, la cuchilla,
alisa las mantas sobre la cama,

mientras el cuchillo resuelto del tiempo
rebana las horas de la existencia,
los rituales simples de la vida.

Londres, 1946.






UNA SOLA VEZ

Todo aquello que por ser 
llama y canción, y concedernos alegría,
creímos que volveríamos a ser, a hacer, a visitar,
resulta que fue lo que fue
esa única vez. Cada iniciación
no es el comienzo
de una serie, de una construcción: lo maravilloso
                        aconteció en nuestra vida, nuestra historia
                        no se opaca con su ausencia: pero no
esperes volver a buscar más.
Lo que tenga que ser va a ser
único, como fue único aquello. Tratá
de reconocer la próxima
canción por su aura en llamas como un
presente absoluto, como un ahora o nunca. 



LA MEMORIA EXIGE TANTO

La memoria exige tanto,
reclama cada fibra
dicha y redicha.
                             Te da y te da
pero tiene un precio, poniéndote
en riesgo de esclavitud, llevándote a
documentar las traiciones
de la luna deslumbrante y del marzo lento.
Hoja nunca antes vista
ni imaginada, araña voladora
del otoño rosa, que toca
una corriente solitaria de viento indeciso,
llevame con vos, sacame
de esta tierra de la memoria, que se agarra
a mis pies como un barro espeso,
exigiendo gratitud por sus dones y más dones.
Llevame volando, hoja, antes
de que te desvanezcas, antes
de que tenga tiempo de recordarte,
propósito en lugar de ser,
en medio de ese vuelo,
de esas palabras imprevisibles.



Versiones en castellano de Sandra Toro



FOLDING A SHIRT
                                                       For S.P.

Folding a shirt, a woman stands 
still for a moment, to recall 
warmth of flesh; her careful hands 

heavy on a sleeve, recall 
a gesture, or the touch of love; 
she leans against the kitchen wall, 

listening for a word of love, 
but only finds a sound like fear 
running through the rooms above. 

With folded clothes she folds her fear, 
but cannot put desire away, 
and cannot make the silence hear. 

Unwillingly she puts away 
the bread, the wine, the knife, 
smooths the bed where covers lay, 

while time’s unhesitating knife 
cuts away the living hours, 
the common rituals of life.

London, 1946

(Collected Earlier Poems, 1940-1960).



ONCE ONLY 

All which, because it was
flame and song and granted us
joy, we thought we'd do, be, revisit,
turns out to have been what it was
that once, only; every initiation
did not begin
a series, a build-up: the marvelous
               did happen in our lives, our stories
               are not drab with its absence: but don't
expect now to return for more. Whatever more
there will be will be
unique as those were unique. Try
to acknowledge the next
song in its body-halo of flames as utterly
present, as now or never.



MEMORY DEMANDS SO MUCH

Memory demands so much,
it wants every fiber
told and retold.
                           It gives and gives
but for a price, making you
risk drudgery, lapse
into document, treacheries
of glaring noon and a slow march.
Leaf never before
seen or envisioned, flying spider
of rose-red autumn, playing
a lone current of undecided wind,
lift me with you, take me
off this ground of memory that clings
to my feet like thick clay,
exacting gratitude for gifts and gifts.
Take me flying before
you vanish, leaf, before
I have time to remember you,
intent instead on being
in the midst of that flight,
of those unforeseeable words. 


(This Great Unknowing, 1999).




DENISE LEVERTOV (INGLATERRA/EE. UU., 1923-1997).


julio 27, 2017

POEMAS DE MAXINE KUMIN


Foto: Bill Brett – The Boston Globe


Poema de cumpleaños

Nazco en mi casa,
la menor de cuatro hijos.
El doctor me trae tal cual lo prometió
en su bolso de cuero negro de motociclista.

Va sacándome por partes
asegura primero los miembros y el torso
y después, del torso a la base del cuello.
Abre el ombligo de mamá
y me mete, de cabeza.

Nado hacia arriba por el canal alimentario
con el mentón apuntando para atrás,
paso por la boca y el agujero de la nariz
y en la cima de la cabeza golpeo
para que me deje salir
por la partecita sin pelo.

Hoy mi mamá cumple ochenta y dos
empulserada y empelucada, espléndida.
Tuvo que ir a buscarme cuatro veces al pozo
para tenerme.


El trabajo de la vida

Mi nena, mi mamá,
me acuerdo de esta escena:
recién salida del Conservatorio
a los dieciocho una experta en Bach
de blusa almidonada
suplicando permiso para ir de gira
con el violinista virtuoso al que nunca
ibas a poder acompañar y él, que
arrojaba su música desde el arco
por la colofonia,
pelando línea tras línea
como notas de gracia en clave de sol
mientras mi abuelo
ese hombre respetable al que no conocí
con un pañuelo te limpiaba la boca
diciéndote no hija mía
y te desabrochaba el relicario de oro
que usabas sin foto alguna
y toda la casa alemana de la calle 15
se acomodaba a la cadencia…

A los dieciocho yo quería ser nadadora.
El pelo largo me chorreaba encima de la cena
servida en plato chino.
Con los dedos arrugados por el entrenamiento nocturno
como pasas rubias Sunsweet,
mi boca masticaba pero yo seguía haciendo largos.
Entraba en el agua como un cuchillo.
Toda músculos y siete puertas.
Una rana en el borde.
El rey de las anguilas y señora.
Tragaba y rezaba
que me dejaran entrar en la Aquacade
y mi papi perfecto
el que te hizo fugarte
después de que al violinista se le
rompió el diapazón y perdió su causa
mi papi con la cara sucia de salsa
juraba sobre el estofado y las zanahorias
que yo no iba a llegar a nada
que a la pena iba a llegar …

Bien, los padres de mano dura están muertos
y no llegué a la pena.
En vez de eso llegué a las palabras
para contar el cuentito que quedó:
Siguen siendo las medianoches de mi infancia.
Las escaleras vuelven a hablar bajo tus pies.
Las puertas pesadas del salón se cierran
y  “Claro de luna”  hace pucheros,
simple como el tictac del reloj en un aula,
desde las teclas obedientes.
Y de la Canción de amor de Debussy, lo que
oigo más nítido es la resonancia
seca de tus uñas largas al golpearlas.


Natación matutina

A la cabeza vacía me viene una
playa de algodón, un muelle desde donde

me ponía en marcha, aceitada y desnuda,
a través de la niebla, en la soledad fría.

No había ninguna línea, ni calles ni techos
para diferenciar el agua desde el aire.

La niebla de la noche, espesa como felpa,
me rodeaba en su profusión enmarañada.

Yo colgaba mi bata de dos broches.
Y sostenía el lago entre las piernas.

Invadida e invasora. Iba por arriba
en ese cielo chato.

Los peces se movían debajo de mí, rápidos y sumisos.
Entonaban mi nombre en su zona verde.

Y al ritmo de la brazada
tarareaba en dos por cuatro un himno lento.

Tarareaba “Quédate conmigo”. El ritmo
subía con cada azote delicado de mi pie.

Subía en las burbujas oblicuas que
soltaba, y que trepaban de mi boca.

Y mis huesos se tomaban el agua: el agua que caía
por todas mis puertas. Yo era el manantial

que alimentaba al lago que se encontraba con el mar
por el que iba cantando “Quédate conmigo”.



Apetito

Me como estas
frambuesas rojas silvestres
tibias todavía por el sol
y con un leve olor a balsamina
en memoria de mi padre

que se ponía la servilleta
bajo la barbilla y se inclinaba
sobre un bol de siderita
bañado en el jugo
de los granos brillantes

mi padre
con el suspiro de un hombre
que todo lo vio y fue redimido
decía una y otra vez
levantando la cuchara:

los hombres matan por esto.


Nuestra estadía en tierra va a ser breve

Luces azules de aterrizaje le hacen
agujeros de clavos a la oscuridad.
Cae una nieve fina.
Nos posamos
en la pista a recoger
la correspondencia, el flete rápido,
bandejas de ratones de laboratorio,
café y masitas
para los pasajeros.

Vayamos donde vayamos
es lunes a la mañana.
Vengamos de donde vengamos
es el regazo de mamá.
Arriba, entre el montón de nubes,
dispersas como semillas
de chirivía o de apio, están
las almas de los no-nacidos:

Los hijos de los hijos de mis
hijos y los de su papá.
Vamos tomando velocidad para el último recorrido
y despegamos bajo la tormenta.


Gracia

Las gallinas tienen su grava. La grava se pega
al buche, como debe ser.
Y piedra contra piedra es muela
que muele lo duro.

Y moliendo lo duro, aprendo
a llenar el buche. Cultivo, como debe ser.
Sacrifico la roca
y me parece bueno.

Me parece bien forrarme el intestino
de semillas, alinear instinto y agallas
donde no hay hendija ni hoyo
que ventilen,

ni se vierte ningún fango, ningún lodo;
ni una pérdida se vuelca ni un terror se desprende.
Dios, concedeme suficiente
apetito por la piedra.


Versiones en castellano de Sandra Toro.




Birthday Poem

I am born at home
the last of four children.
The doctor brings me as promised
in his snap-jawed black leather satchel.

He takes me out in sections
fastens limbs to torso
torso to neck stem
pries Mama’s navel open
and inserts me, head first.

Chin back, I swim upward
up the alimentary canal
bypassing mouth and nose holes
and knock at the top
of her head to be let out
wherefore her little bald spot.

Today my mother is eighty-two
splendidly braceleted and wigged.
She had to go four times to the well
to get me.

Life’s Work

Mother my good girl
I remember this old story:
you fresh out of the Conservatory
at eighteen a Bach specialist
in a starched shirtwaist
begging permission to go on tour
with the nimble violinist you were
never to accompany and he
flinging his music down
the rosin from his bow
flaking line by line
like grace notes on the treble clef
and my grandfather
that estimable man I never met
scrubbing your mouth with a handkerchief
saying no daughter of mine
tearing loose the gold locket
you wore with no one’s picture in it
and the whole German house on 15th street
at righteous white heat. . . .

At eighteen I chose to be a swimmer.
My long hair dripped through the dinner
onto the china plate.
My fingers wrinkled like Sunsweet
yellow raisins from the afternoon workout.
My mouth chewed but I was doing laps.
I entered the water like a knife.
I was all muscle and seven doors.
A frog on the running board.
King of the Eels and the Eel’s wife.
I swallowed and prayed
to be allowed to join the Aquacade
and my perfect daddy
who carried you off to elope
after the fingerboard snapped
and the violinist lost his case
my daddy wearing gravy on his face
swore on the carrots and the boiled beef
that I would come to nothing
that I would come to grief. . . .
Well, the firm old fathers are dead
and I didn’t come to grief.
I came to words instead
to tell the little tale that’s left:
the midnights of my childhood still go on.
The stairs speak again under your foot.
The heavy parlor door folds shut
and “Claire de Lune”
puckers from the obedient keys
plain as a schoolroom clock ticking
and what I hear more clearly than Debussy’s
love song is the dry aftersound
of your long nails clicking.


Our Ground Time Here Will Be Brief

Blue landing lights make
nail holes in the dark.
A fine snow falls.
We sit
on the tarmac taking on
the mail, quick freight,
trays of laboratory mice,
coffee and Danish
for the passengers.

Wherever we’re going
is Monday morning.
Wherever we’re coming from
is Mother’s lap.
On the cloud-pack above, strewn
as loosely as parsnip
or celery seeds, lie
the souls of the unborn:

my children’s children’s
children and their father.
We gather speed for the last run
and lift off into the weather.


Appetite

I eat these
wild red raspberries
still warm from the sun
and smelling faintly like jewelweed
in memory of my father
tucking the napkin
under his chin and bending
over an ironstone bowl
of the bright drupelets
awash in cream
my father
with the sigh of a man
who has seen all and been redeemed
said time after time
as he lifted his spoon
men kill for this.


Grace

Hens have their gravel; gravel sticks
The way it should stick, in the craw.
And stone on stone is tooth
For grinding raw.
And grinding raw, I learn from this
To fill my crop the way I should.
I put down pudding stone
And find it good.
I find it good to line my gut
With tidy octagons of grit.
No loophole and no chink
Make vents in it.
And in it vents no slime or sludge;
No losses sluice, no terrors slough.
God, give me appetite
for stone enough.




MAXINE KUMIN  (EE.UU., 1925-2014)

julio 09, 2017

POEMAS DE MARGE PIERCY

Foto: Jane Bown



¿De qué están hechas las chicas grandes? 

La construcción de una mujer:
una mujer no está hecha de carne,
hueso y tendón,
vientre y pechos, hígado, codos y dedos de los pies.
Se manufactura como un auto deportivo.
Se remodela, reajusta y rediseña
todas las décadas.

Cecilia en la universidad había sido la seducción misma.
Se retorcía entre las barras como una anguila de seda,
con el culo y las caderas que eran una promesa, y la boca
fruncida con el labial rojo oscuro del deseo.

Nos visitó en el 68 y todavía usaba la pollera
ajustada por la rodilla y el mismo labial rojo oscuro,
mientras en Manhattan yo bailaba en minifalda
con los labios pálidos como leche de damasco,
y el pelo suelto como las crines de una yegua. Oh, queridas,
¿Me creí superior en aquel momento,
le pasara lo que le pasara a la pobre Cecilia?
Ella estaba fuera de moda, fuera de juego,
descalificada, desdeñada, des-
membrada del club del deseo.

Miren las fotos de las revistas francesas
de moda del siglo XVIII:
el siglo de la última fantasía para damas
forjada en seda y corset.
El miriñaque les corría un metro la cadera
para cada lado, la cintura apretada,
la panza comprimida por las maderas.
Los pechos rellenos de abajo y de los costados
servidos como manzanas en un bol.
El piecito preso en una zapatilla que
jamás se pensó para caminar.
Y arriba de todo un colosal dolor de cabeza:
el pelo como pieza de museo, ornamentado
a diario con cintas, grutas y floreros,
montañas y fragatas en plena
navegación, globos y lobos, al capricho
de un peluquero suelto.
Los sombreros eran tortas de casamiento rococó
que hubieran eclipsado un striptease de Las Vegas.
He aquí a una mujer en forma
con el exoesqueleto torturándole la carne:
una mujer hecha de dolor.

¡Ahora qué superiores somos! Miren a la mujer
moderna:
delgada como cuchilla de tijera.
Corre todas las mañanas en una cinta,
se mete a gruñir y tironear
en una máquina de pesas y poleas,
con una imagen en mente a la que nunca
se podrá aproximar, un cuerpo de vidrio
rosa que nunca se arruga,
nunca crece, nunca desaparece. Se sienta
a la mesa y cierra los ojos a la comida
con hambre, siempre con hambre:
una mujer hecha de dolor.

Un perro o un gato se acercan,
se huelen el hocico. Se olfatean el culo.
Se gruñen o se lamen. Se enamoran
tan seguido como nosotras,
con la misma pasión. Pero se enamoran
o se apasionan a pelo,
sin miriñaque ni corpiño con push up
sin extirparse una costilla ni hacerse liposucción.
No es para perros, ni machos ni hembras,
que los caniches se podan
como un macizo topiario.

Si solamente pudiéramos gustarnos unos a otros en bruto.
Si solamente pudiéramos querernos a nosotras mismas
como queremos a un bebé que nos balbucea en los brazos.
Si no nos programaran y
nos reprogramaran
para necesitar lo que nos venden.
¿Por qué íbamos a querer vivir en una propaganda?
¿Por qué íbamos a querer flagelarnos las blanduras
hasta hacerlas líneas rectas como un cuadro de Mondrian?
¿Por qué nos íbamos a castigar con el desprecio,
como si tener grande el culo
fuera peor que la codicia o la maldad?

¿Cuándo vamos a dejar las mujeres de estar obligadas
a ver nuestros cuerpos como experimentos de ciencias,
como jardines que hay que desmalezar
como perros que hay que domesticar?
¿Cuándo una mujer va a dejar
de estar hecha de dolor?


Las implicancias del uno más uno

A veces colisionamos, placas tectónicas que se funden,
continentes que empujan y se derrumban en las venas
de fuego derretidas del centro de la tierra y hacen saltar
montones de rocas hasta las crestas dentadas de la Sierra.

A veces tus manos van a la deriva, caricias de la
punta de un ala como el penacho sedoso de la asclepia,
y nuestros labios pacen y una corriente de deseos se congrega
como la bruma sobre el calor del agua hasta que se hace lluvia.

A veces con fervor vamos cavando y
excavando, gruñendo y lanzando sábanas
como si fueran tierra suelta, metiendo la nariz caliente
en la carne del otro y revolcándonos.

A veces somos dos chicos sobre la colcha,
haciéndonos cosquillas en el xilofón de la columna
y chistes sucios a los gritos como un pijama party entero
que salta y rebota hasta partir la cama en dos.

Te doy vueltas y vueltas alrededor otras veces, explorando
a los tumbos, buscando una salida del laberinto de los bojes altos
en el que entro corriendo con los pulmones a punto de
estallar, rumbo a la fuente de fuego verde del corazón.

A veces te abrís de par en par como las puertas de una catedral
y me empujás adentro. A veces te deslizás
en mí como una víbora en su nido.
Y a veces entrás marchando con una banda de bronces.

Diez años de encastrar cuerpo con cuerpo
y todavía entonan cantos salvajes en nuevos tonos.
Es más y menos que amor: es ritmo,
química, magia, voluntad, y suerte.

Uno más uno es igual a uno, no se puede saber si no es
en el momento, no es traducible en palabras,
no es explicable ni filosóficamente relevante.
Pero es. Y es. Y es. Amén.



Muñeca Barbie

Esta nena nació como se suele nacer,
le ofrecieron muñecas que hacían pipí,
planchas y cocinas BGH en miniatura
y lápices labiales diminutos color caramelo de cereza.
Después, en la magia de la pubertad, una compañera dijo:
Tenés la nariz muy grande y las piernas gordas.
Era sana, probadamente inteligente,
tenía espalda y brazos fuertes,
abundante instinto sexual y destreza manual.
Andaba de acá para allá pidiendo disculpas.
Todos veían una nariz grande sobre dos piernas gordas.
Le aconsejaron que se hiciera la tímida,
la exhortaron a volverse simpática,
a hacer ejercicios y dieta, a sonreír y engatusar.
Como la correa de un ventilador, así
se le gastó el buen humor.
.
Entonces se cortó la nariz y las piernas
y se las ofreció.
La exhibieron en un féretro forrado de seda
maquillada con cosméticos funerarios,
una naricita respingada,
un camisón rosa y blanco.
¿No está preciosa?, dijeron todos.
¡La consumación, era hora!
A toda mujer le llega su final feliz.


La canción del gato

Mía, dice el gato, sacando una pata de la oscuridad.
Mi amante, mi amiga, mi esclava, mi juguete, dice
el gato haciéndote sobre el pecho el gesto de exprimir
la leche de las tetas olvidadas de la madre.

Vamos a caminar al bosque, dice el gato.
Te voy a enseñar a leer el diario de los aromas,
a desaparecer entre las sombras, a esperar como espera una trampa, a cazar.
Ahora te dejo este ratón calentito en la alfombra.
Vos me alimentás, y yo intento alimentarte, dice el gato,
para eso somos amigos, aunque yo sea más imparcial.
¿Podés saltar veinte veces lo que mide tu cuerpo?
¿Podés subir y bajar corriendo de un árbol? ¿Y saltar entre los techos?

Vamos a frotarnos y a hablar de las caricias.
Tengo emociones puras como cristales de sal, igual de duras.
Como mis ojos relucen mis lujurias. A la mañana te canto
dando vueltas y vueltas por tu cama y por tu cara.

Vení, te voy a enseñar a bailar con tanta naturalidad
como dormir o caminar o estirarte largo, largo.
Con los bigotes hablo del miedo, y del orgullo con las garras.
La envidia me agita la cola. El amor me habla entero: una palabra

hecha de pelos. Yo te voy a enseñar a estar quieto como un huevo
y a deslizarte por el pasto como el fantasma del viento.


El cumpleaños del mundo

En el cumpleaños del mundo
empiezo a considerar
lo que hice y lo que dejé
sin hacer, pero este año
no hay tanta reconstrucción

de mi psiquis con daño
permanente, apuntalando amistades
erosionadas, desenterrando
tocones de antiguos resentimientos
que se niegan a arraigar por su cuenta.

No, este año me quiero llamar
a mí misma y reprenderme por
lo que hice y por lo que no hice
por la paz. ¿Cuánto me atreví
a oponerme?

¿Cuánto puse
en juego por la libertad?
¿La mía y la de los otros?
Cuando esas libertades están siendo cortadas,
rebanadas y picadas, ¿dónde

me pronuncié? ¿A quién
traté de movilizar? En
esta estación sagrada, me pongo de pie
para autocondenarme por mi pereza
en una época en que las mentiras asfixian

la mente y la retórica
obliga a la razón a arrastrar
a la boa constrictor. Aquí
me paro ante las puertas
abiertas, ante el fuego que me encandila

los ojos, y mientras me aproximo
a lo que me juzga, me juzgo
yo. Entréguenme las armas
de destrucción diminuta. Dejen que
mis palabras se transformen en chispas.


Más que suficiente

El primer lirio de junio abre la boca roja.
Por el camino de arena en el que vamos
la rosa multiflora trepa a los árboles y cae
en cascadas de flores blancas o rosas. La escena,
intensa y simple, se deja llevar como la niebla de colores.

La punta de flecha esparce sus racimos
de flores cremosas y las zarzamoras
florecen en los matorrales. Estación de
alegría para las abejas. El verde nunca más va a
volver a ser tan verde, tan puro, nuevo y

exuberante, el pasto eleva sus inflorescencias
al viento. Vino fresco y rico de junio,
en vos nos internamos tambaleando,
sucios de polen, y vencemos como la tortuga
que deposita sus huevos al costado de la ruta.



Promesas de invierno

Los tomates rozagantes como las nalgas perfectas de los bebés,
las berenjenas brillosas como guardabarros lustrados,
los ajíes impecables de neón violeta
y reluciente, las habichuelas trepadoras prolíficas
creciendo como el tallo de Jack bajo el efecto del Viagra,
grandes como ruedas de camión las zinias que el hongo
nunca marchita, las rosas colgadas
de un arbusto que el chancro jamás tocó,
los arbolitos frutales valientes que ladean
sus adornos inmaculados de frutas de vidrio:

estoy acostada en el sofá cubierta
de catálogos de semillas queriendo comprar
demasiadas.  Por la ventana cae
aguanieve y un viento ribeteado de
cuchillos de hielo se mete por cada hendija.
Miéntanme, jardineros:
Quiero creer en todas las promesas,
creer en tomates de dos kilos
y en dalias más brillantes que el sol
que se comió la escarcha hace unos días.



El amigo

Nos sentamos uno de cada lado de la mesa.
él dijo: cortate las manos.
siempre están robando algo.
tendrían  que tocarme.
Dije que sí.

La comida se enfriaba en la mesa.
él me dijo: quemate el cuerpo.
no está limpio y tiene olor a sexo.
Me confunde la cabeza y me hace doler.
Dije que sí.

Te amo, me dijo.
Es muy lindo, dijo.
Me gusta que me ames,
me hace feliz.
¿Ya te cortaste las manos, no?



Los colores que nos atraviesan

Morado como los tulipanes de mayo, malva
en el terciopelo suntuoso, morado
como las manchas que dejan las moras
en los labios, y en las manos,
el morado de las uvas maduras
soleado y tibio como la carne.

Todos los días voy a darte un color, 
como si pusiera una flor en un florero
encima de tu escritorio.
Todos los días
te voy a pintar, como se pintan 
las mujeres entre ellas 
con henna las manos y los pies.

Rojo como el henna, como la canela,
como las ascuas después de que el fuego se amontona,
como el cardenal en su comedero
y las rosas que caen de la glorieta
con su peso inclinando las maderas
o el rojo del jarabe que preparo con los pétalos.

Naranja como la fruta perfumada
que cuelga sus globos del árbol resplandeciente,
naranja como las calabazas en la tierra,
como las asclepias y las mariposas monarca
que vienen a alimentarse de ellas, naranja como mi
gato que corre ágil por el pasto crecido.

Amarillo como los ojos sabios y bellacos de una cabra.
Amarillo como una colina de narcisos,
amarillo como los dientes de león en la ruta,
amarillo como la manteca y la yema de huevo,
amarillo como el micro escolar que para delante tuyo
amarillo como un impermeable abajo del chaparrón.

Acá está mi ramo, acá hay por cada cosa 
que hacés y en la que me hacés pensar
una canción,  acá está la plegaria
indirecta a tu altura, a tu profundidad
y también a tu amplitud.

Acá está mi caja de crayones nuevos a tus pies.

Verde como la jalea de menta, verde
como una rana sobre el temblor de un nenúfar,
el verde de la lechuga romana, erguida,
a punto de huir de su torre opulenta,
verde como el Grand Chartreuse en un vaso
transparente, verde como las botellas de vino.

Azul como las violetas, los delfinios,
la centáurea.
Azul como el roquefort,
como la Saga,
como el agua quieta.

Azul como los ojos de un gato siamés.

Azul como las sombras en la nieve reciente, como el cielo
de la primavera que toma de un charco en el asfalto.
Cobalto como el cielo a medianoche
cuando el día se va sin dejar huella
y nos quedamos, una en brazos de la otra,
con los ojos cerrados y los dedos abiertos
y todos los colores del mundo pasan
a través de nuestros cuerpos como si fueran cuerdas de fuego.



Versiones en castellano de Sandra Toro.


What Are Big Girls Made Of? 

The construction of a woman:
a woman is not made of flesh 
of bone and sinew 
belly and breasts, elbows and liver and toe. 
She is manufactured like a sports sedan. 
She is retooled, refitted and redesigned 
every decade. 
Cecile had been seduction itself in college. 
She wriggled through bars like a satin eel, 
her hips and ass promising, her mouth pursed 
in the dark red lipstick of desire. 

She visited in '68 still wearing skirts 
tight to the knees, dark red lipstick, 
while I danced through Manhattan in mini skirt, 
lipstick pale as apricot milk, 
hair loose as a horse's mane. Oh dear, 
I thought in my superiority of the moment, 
whatever has happened to poor Cecile? 
She was out of fashion, out of the game, 
disqualified, disdained, dis- 
membered from the club of desire. 

Look at pictures in French fashion 
magazines of the 18th century: 
century of the ultimate lady 
fantasy wrought of silk and corseting. 
Paniers bring her hips out three feet 
each way, while the waist is pinched 
and the belly flattened under wood. 
The breasts are stuffed up and out 
offered like apples in a bowl. 
The tiny foot is encased in a slipper 
never meant for walking. 
On top is a grandiose headache: 
hair like a museum piece, daily 
ornamented with ribbons, vases, 
grottoes, mountains, frigates in full 
sail, balloons, baboons, the fancy 
of a hairdresser turned loose. 
The hats were rococo wedding cakes 
that would dim the Las Vegas strip. 
Here is a woman forced into shape 
rigid exoskeleton torturing flesh: 
a woman made of pain. 

How superior we are now: see the modern woman 
thin as a blade of scissors. 
She runs on a treadmill every morning, 
fits herself into machines of weights 
and pulleys to heave and grunt, 
an image in her mind she can never 
approximate, a body of rosy 
glass that never wrinkles, 
never grows, never fades. She 
sits at the table closing her eyes to food 
hungry, always hungry: 
a woman made of pain. 

A cat or dog approaches another, 
they sniff noses. They sniff asses. 
They bristle or lick. They fall 
in love as often as we do, 
as passionately. But they fall 
in love or lust with furry flesh, 
not hoop skirts or push up bras 
rib removal or liposuction. 
It is not for male or female dogs 
that poodles are clipped 
to topiary hedges. 

If only we could like each other raw. 
If only we could love ourselves 
like healthy babies burbling in our arms. 
If only we were not programmed and reprogrammed 
to need what is sold us. 
Why should we want to live inside ads? 
Why should we want to scourge our softness 
to straight lines like a Mondrian painting? 
Why should we punish each other with scorn 
as if to have a large ass
were worse than being greedy or mean?

When will women not be compelled
to view their bodies as science projects,
gardens to be weeded,
dogs to be trained?
When will a woman cease
to be made of pain?


Implications of One Plus One


Sometimes we collide, tectonic plates merging, 
continents shoving, crumpling down into the molten 
veins of fire deep in the earth and raising 
tons of rock into jagged crests of Sierra. 

Sometimes your hands drift on me, milkweed's 
airy silk, wingtip's feathery caresses, 
our lips grazing, a drift of desires gathering 
like fog over warm water, thickening to rain. 

Sometimes we go to it heartily, digging, 
burrowing, grunting, tossing up covers 
like loose earth, nosing into the other's 
flesh with hot nozzles and wallowing there. 

Sometimes we are kids making out, silly 
in the quilt, tickling the xylophone spine, 
blowing wet jokes, loud as a whole 
slumber party bouncing till the bed breaks. 

I go round and round you sometimes, scouting, 
blundering, seeking a way in, the high boxwood 
maze I penetrate running lungs bursting 
toward the fountain of green fire at the heart. 

Sometimes you open wide as cathedral doors 
and yank me inside. Sometimes you slither 
into me like a snake into its burrow. 
Sometimes you march in with a brass band. 

Ten years of fitting our bodies together 
and still they sing wild songs in new keys. 
It is more and less than love: timing, 
chemistry, magic and will and luck. 

One plus one equal one, unknowable except 
in the moment, not convertible into words, 
not explicable or philosophically interesting. 
But it is. And it is. And it is. Amen.



Barbie Doll 

This girlchild was born as usual
and presented dolls that did pee-pee
and miniature GE stoves and irons
and wee lipsticks the color of cherry candy.
Then in the magic of puberty, a classmate said:
You have a great big nose and fat legs. 

She was healthy, tested intelligent,
possessed strong arms and back,
abundant sexual drive and manual dexterity.
She went to and fro apologizing.
Everyone saw a fat nose on thick legs. 

She was advised to play coy,
exhorted to come on hearty,
exercise, diet, smile and wheedle.
Her good nature wore out
like a fan belt.
So she cut off her nose and her legs
and offered them up. 

In the casket displayed on satin she lay
with the undertaker's cosmetics painted on,
a turned-up putty nose,
dressed in a pink and white nightie.
Doesn't she look pretty? everyone said.
Consummation at last.
To every woman a happy ending.

The Cat's Song


Mine, says the cat, putting out his paw of darkness. 

My lover, my friend, my slave, my toy, says 
the cat making on your chest his gesture of drawing 
milk from his mother's forgotten breasts. 

Let us walk in the woods, says the cat. 
I'll teach you to read the tabloid of scents, 
to fade into shadow, wait like a trap, to hunt. 
Now I lay this plump warm mouse on your mat. 

You feed me, I try to feed you, we are friends, 
says the cat, although I am more equal than you. 
Can you leap twenty times the height of your body? 
Can you run up and down trees? Jump between roofs?

Let us rub our bodies together and talk of touch. 
My emotions are pure as salt crystals and as hard. 
My lusts glow like my eyes. I sing to you in the mornings
walking round and round your bed and into your face. 

Come I will teach you to dance as naturally 
as falling asleep and waking and stretching long, long. 
I speak greed with my paws and fear with my whiskers. 
Envy lashes my tail. Love speaks me entire, a word 

of fur. I will teach you to be still as an egg 
and to slip like the ghost of wind through the grass. 


More Than Enough

The first lily of June opens its red mouth. 
All over the sand road where we walk 
multiflora rose climbs trees cascading 
white or pink blossoms, simple, intense 
the scene drifting like colored mist. 

The arrowhead is spreading its creamy 
clumps of flower and the blackberries 
are blooming in the thickets. Season of 
joy for the bee. The green will never 
again be so green, so purely and lushly 

new, grass lifting its wheaty seedheads 
into the wind. Rich fresh wine 
of June, we stagger into you smeared 
with pollen, overcome as the turtle 
laying her eggs in roadside sand.


The birthday of the world

On the birthday of the world 
I begin to contemplate 
what I have done and left 
undone, but this year 
not so much rebuilding

of my perennially damaged 
psyche, shoring up eroding 
friendships, digging out 
stumps of old resentments 
that refuse to rot on their own.

No, this year I want to call 
myself to task for what 
I have done and not done 
for peace. How much have 
I dared in opposition?

How much have I put 
on the line for freedom? 
For mine and others? 
As these freedoms are pared, 
sliced and diced, where

have I spoken out? Who 
have I tried to move? In 
this holy season, I stand 
self-convicted of sloth 
in a time when lies choke

the mind and rhetoric 
bends reason to slithering 
choking pythons. Here 
I stand before the gates 
opening, the fire dazzling

my eyes, and as I approach 
what judges me, I judge 
myself. Give me weapons 
of minute destruction. Let 
my words turn into sparks.


Winter Promises

Tomatoes rosy as perfect baby's buttocks, 
eggplants glossy as waxed fenders, 
purple neon flawless glistening 
peppers, pole beans fecund and fast 
growing as Jack's Viagra-sped stalk, 
big as truck tire zinnias that mildew 
will never wilt, roses weighing down 
a bush never touched by black spot, 
brave little fruit trees shouldering up 
their spotless ornaments of glass fruit: 

I lie on the couch under a blanket 
of seed catalogs ordering far 
too much.
 Sleet slides down 
the windows, a wind edged 
with ice knifes through every crack.
Lie to me, sweet garden-mongers: 
I want to believe every promise, 
to trust in five pound tomatoes 
and dahlias brighter than the sun 
that was eaten by frost last week.


The friend

We sat across the table. 
he said, cut off your hands. 
they are always poking at things. 
they might touch me. 
I said yes. 

Food grew cold on the table. 
he said, burn your body. 
it is not clean and smells like sex. 
it rubs my mind sore. 
I said yes. 

I love you, I said. 
That’s very nice, he said 
I like to be loved, 
that makes me happy. 
Have you cut off your hands yet?



Colors Passing Through Us

Purple as tulips in May, mauve 
into lush velvet, purple 
as the stain blackberries leave 
on the lips, on the hands, 
the purple of ripe grapes 
sunlit and warm as flesh.
Every day I will give you a color, 
like a new flower in a bud vase 
on your desk.
 Every day 
I will paint you, as women 
color each other with henna 
on hands and on feet.

Red as henna, as cinnamon, 
as coals after the fire is banked, 
the cardinal in the feeder, 
the roses tumbling on the arbor 
their weight bending the wood 
the red of the syrup I make from petals.

Orange as the perfumed fruit 
hanging their globes on the glossy tree, 
orange as pumpkins in the field, 
orange as butterflyweed and the monarchs 
who come to eat it, orange as my 
cat running lithe through the high grass.

Yellow as a goat's wise and wicked eyes, 
yellow as a hill of daffodils, 
yellow as dandelions by the highway, 
yellow as butter and egg yolks, 
yellow as a school bus stopping you, 
yellow as a slicker in a downpour.

Here is my bouquet, here is a sing 
song of all the things you make 
me think of, here is oblique 
praise for the height and depth 
of you and the width too.
Here is my box of new crayons at your feet.

Green as mint jelly, green 
as a frog on a lily pad twanging, 
the green of cos lettuce upright 
about to bolt into opulent towers, 
green as Grand Chartreuse in a clear 
glass, green as wine bottles.

Blue as cornflowers, delphiniums, 
bachelors' buttons.
 Blue as Roquefort, 
blue as Saga.
 Blue as still water.
Blue as the eyes of a Siamese cat.
Blue as shadows on new snow, as a spring 
azure sipping from a puddle on the blacktop.

Cobalt as the midnight sky 
when day has gone without a trace 
and we lie in each other's arms 
eyes shut and fingers open 
and all the colors of the world 
pass through our bodies like strings of fire.



MARGE PIERCY (EE. UU., 1936)









julio 04, 2017

POEMAS DE LISEL MUELLER


Foto: Lois Shelton


El final de la ciencia ficción

Esta no es una fantasía, es nuestra vida.
Somos los personajes
que invadieron la luna,
los que no pueden parar a las computadoras.
Somos los dioses capaces de deshacer
el mundo en siete jornadas.

Las dos manos se detienen al mediodía.
Estamos empezando a vivir para siempre
en mamelucos livianos, de aluminio,
con un número estampado en la espalda.
Sintonizamos nuestras palabras como música funcional.
Y nos escuchamos a través del agua.

El género está muerto. Inventen algo nuevo.
Inventen un hombre y una mujer
desnudos en un jardín,
inventen un hijo que va a salvar al mundo,
un hombre que se lleve a su padre
de una ciudad en llamas.
Inventen un carretel de hilo
que conduzca al héroe a un lugar seguro,
inventen una isla donde abandone
a la mujer que le salvó la vida
sin perder el sueño por esa traición.

Invéntennos como éramos
antes de que el cuerpo nos resplandeciera
y dejáramos de sangrar: 
inventen a un pastor que mate a un gigante,
a una chica que se transforme en árbol,
a una mujer que se niegue a dejar atrás 
el pasado y se vuelva una estatua de sal,
a un hermano que robe la primogenitura 
y se convierta en el líder de una nación.
Inventen las lágrimas verdaderas, el amor imposible,
las palabras antiguas, pronunciadas despacio 
y con dificultad,  como los primeros pasos
que da un chico para atravesar una sala.




A veces, cuando la luz

A veces, cuando la luz incide en un ángulo raro
y te lanza de nuevo a la infancia,

pasás por una mansión en ruinas
oculta detrás de los sauces antiguos 

o por un convento abandonado que  
higueras y abetos custodian codo con codo,

y volvés a saber que detrás de esos muros, 
debajo de la melena sin cortar de los sauces

está pasando algo secreto,
tan fantástico y peligroso

que si te hubieras arrastrado entre ellos a ver
te habrías muerto o serías feliz para siempre.




Inmortalidad

En el castillo de la Bella Durmiente
el reloj marca cien años
y la chica en la torre vuelve al mundo
igual que los sirvientes en la cocina,
sin siquiera restregarse los ojos.
La mano derecha que el cocinero levantó
hace un siglo exacto
completa el arco de su descenso
hasta la oreja izquierda del ayudante de cocina.
Tensas, las cuerdas vocales del chico
por fin dejan salir
la queja atrapada, inextinguible.
Y la mosca, detenida en medio de un clavado
sobre la tarta de frutillas,
completa su misión empecinada
y se zambulle en la cobertura dulce y roja.

De chica tuve un libro
con un dibujo de esa escena.
Era demasiado joven para darme cuenta 
de cómo persiste el miedo y cómo
persiste el enojo, que es la causa del miedo, 
de que su trayectoria no se puede modificar
ni romper, sino solamente  interrumpirse.
Mi atención estaba en la mosca:
en que ese cuerpo leve
de alas transparentes
con la esperanza de vida de un día humano
todavía reclamara su porción
de dulzura un siglo después.



Nombrar a los animales


Hasta que llamó caballo
                                            al caballo,
los cascos no dejaban rastro sobre la tierra,
las crines no se habían inventado,
la gracia y la rapidez no iban unidas en matrimonio.

Hasta que llamó vaca
                                      a la vaca,
nadie durmió de pie,
nadie miró a través de unos ojos opacos,
y la comida se masticaba una vez sola.

Recién después de que llamó pez 
                                                             al pez,
la luz le puso a la piel
aceite amarillo y plata,
revelándose bailarina
y campeona mundial de salto,

así 
tuvo que llamar amor
                                        a la mujer,
antes de poner el conocimiento
de quién era, con sus manos chiquitas.




Las cosas

Lo que pasó fue que crecimos solos
viviendo entre las cosas
así que a la moneda le dimos una cara, 
a la silla una espalda,
a la lámpara un pie firme
que no supiera de fatiga.

Nos calentamos junto al fuego con lenguas
que arden como la nuestra
y colgamos lenguas también en las campanas
para escuchar
su idioma sentimental,

y como adorábamos los perfiles graciosos
el vino tuvo su nariz,
la botella, un cuello largo y delgado.

Incluso lo que estaba más allá 
lo rehicimos a nuestra imagen,
le dimos un corazón a la ciudad,
a la tormenta un ojo,
a la cueva una boca
para poder entrar y estar a salvo.


Monet rechaza la operación

Doctor, usted dice que en París no hay halos
alrededor de las luces de la calle,
que lo que veo es una aberración
causada por la vejez y el sufrimiento.
Yo le digo que me llevó toda la vida
llegar a ver ángeles en las luces de mercurio,
suavizar , difuminar y por último desvanecer
los bordes que usted lamenta que no vea,
aprender que la línea que llamaba horizonte
no existe y que el cielo y el agua,
separados hace tanto, son el mismo estado del ser.
Cincuenta y cuatro años atrás pude ver que la catedral 
de Rouen fue construida
con los ejes paralelos del sol,
y ahora usted quiere que restaure 
mis errores de juventud: las nociones fijas
de arriba y abajo,
la ilusión de un espacio tridimensional,
la glicina escindida
del puente que tapiza.
¿Qué le digo para convencerlo
de que las Casas del Parlamento se disuelven
noche tras noche para convertirse
en el sueño fluido del Támesis?
No voy a volver a un universo
de objetos que se desconocen entre sí,
como si las islas no fueran las hijas perdidas
de un solo gran continente. El mundo
es flujo, y la luz se convierte en lo que toca,
se convierte en el agua y en los lirios de agua,
en el agua de arriba y  la de abajo,
se convierte en las lámparas cerúleas y blancas
lila, malva y amarillo, 
puños pequeños que traspasan la luz del sol
uno tras otro tan rápido
que haría falta un cabello largo y continuo
de mi cepillo para atraparlos.
¡Pintar la velocidad de la luz!
Nuestras formas sopesadas, estas verticales,
quemarlas para mezclar con el aire
y trocar nuestros huesos, piel y ropa
en gases. Doctor,
si usted tan solo pudiera ver 
cómo el cielo empuja a la tierra en sus brazos
y lo infinito del corazón que se expande 
para reclamar este mundo, un vapor azul sin fin.


La risa de las mujeres

La risa de las mujeres prende fuego
los Salones de la Injusticia,
y arden las falsas evidencias
a la luz de una hermosa claridad 

Sacude las Cámaras del Congreso 
y abre bien las ventanas por la fuerza
para sacar volando los discursos fatuos 

La risa de las mujeres les desempaña
los anteojos a los viejos;
los contagia de una gripe feliz
y ell0s se ríen como si volvieran a ser jóvenes 

Los presos de las celdas subterráneas
se imaginan que ven la luz del día
cuando se acuerdan de la risa de las mujeres

Corre en la divisoria de agua
y reconcilia dos riberas hostiles,
como bengala que porta buenas nuevas.

Qué idioma, la risa de las mujeres,
ambicioso y subversivo.
Mucho antes de las escrituras y de la ley 
ya oíamos la risa, entendíamos la libertad.


Lo que quizás escucha el perro

Si un silbido inaudible
salido de nuestros labios
es capaz de mandarlo de vuelta con nosotros,
entonces el silencio es quizás 
el sonido de la respiración de las arañas
y el de las raíces que perforan la tierra.
Tal vez, el del espárrago lanzándose
de cabeza a la luz
y el ruido marrón y largo,
cuando acontece, de las tazas rotas.
Nos gustaría preguntarle al perro
si hay un zumbido constante
mientras el chico crece en la casa,
si la serpiente de veras 
se estira sin un clic 
en toda su longitud y si el sol
se abre paso entre las nubes
sin un decibel de esfuerzo.
Si en otoño, cuando los árboles
agotan sus pozos, hay una vibración
tan aguda que no podemos oírla.
¿Cómo es allá, por encima
del nivel de encendido
de nuestras orejas elementales?
Para nosotros no hubo grito,
el pájaro recién nacido de repente estaba ahí:
el huevo roto, el nido vivo.
Y no escuchamos nada cuando el mundo cambió.




El amor como la sal

Lo tenemos entre las manos en cristales
demasiado intrincados de descifrar

va a la sartén
sin pensarlo dos veces

se vuelca en el piso y es tan fino
que lo pisamos por todas partes 

llevamos una pizca detrás de cada ojo

nos estalla en la frente

lo almacenamos dentro de nuestro cuerpo
en su odres secretos

y en la cena, lo hacemos pasar de mano en mano
mientras hablamos de  las vacaciones y del mar.


Viva y con vos

Hablando de maravillas, estoy viva
y con vos, cuando podría haber estado
viva con cualquier otro bajo el sol.
Cuando podría haber sido la esposa de Abelardo
o la puta de un padre del Renacimiento
o la mujer de un campesino sin mucho que comer 
y sin mucho amor, con mis hijos
muertos por la peste. Podría haber dormido 
en una alcoba al lado del hombre
de la nariz de oro, el que la metía
en los asuntos de las estrellas,
o haber cosido una bandera estrellada
para un general con dientes de madera.
Pude haber sido la ejemplar Pocahontas
o una mujer sin nombre
canjeada por una mula 
llorando por mi esposo en el lecho del Amo, 
con mi hija perdida en una apuesta de borrachos.
Podrían haberme estirado en el poste de un tótem
para aplacar a un dios vengativo
o abandonado en un despeñadero para que muriera  
como una niña inútil. Me gusta pensar que 
pude haber sido Mary Shelley
enamorada de un ángel pertinaz
o una amiga de Mary. Pude haber sido vos.
Este poema es infinito, las probabilidades en contra son infinitas,
y las oportunidades de estar vivos y juntos,
estadísticamente inexistentes.
Y con todo, lo hicimos: vivos en una época
en la que racionalistas de sombrero cuadrado
y testigos de jehová sin sombrero
concuerdan que ya casi se termina,
vivos con nuestros hijos vivaces
que  —por interminables síes—
pudieron haberse perdido de estar vivos,
junto con las maravillas y las locuras
y los anhelos y las mentiras y los deseos
y el error y el humor y la piedad
y los viajes y  las voces y las caras
y los colores y los veranos y las mañanas
y el conocimiento y las lágrimas y el azar.


Por qué contamos cuentos

Para Linda Foster


I

Porque antes teníamos hojas
y los días de humedad
sentimos el tirón, hoy doloroso, 
en los músculos de cuando las raíces
nos aferraban a la tierra

y porque nuestros hijos creen
que pueden volar, conservan el instinto 
de cuando los huesos de los brazos
tenían forma de cítara, antes de romperse
limpiamente debajo de las plumas

y porque antes de tener pulmones
sabíamos lo lejos que quedaba el fondo
mientras con los ojos abiertos flotábamos 
como pañuelos pintados en el escenario
de los sueños, y porque nos despertamos

y aprendimos a hablar


2

Nos sentamos junto al fuego en las cavernas
y como éramos pobres, inventamos la historia
de un tesoro escondido en una montaña
que va a abrirse solo para nosotros

y como siempre nos derrotaban,
inventamos acertijos imposibles
que nada más nosotros podíamos resolver,
monstruos que nada más nosotros podíamos matar,
mujeres que no podían enamorarse de ningún otro
y como sobrevivimos
hermanos y hermanas, hijos e hijas,
descubrimos huesos que surgían
de la tierra oscura y cantaban
en los árboles como pájaros blancos 


3

Porque la historia de nuestra vida
se vuelve nuestra vida

Porque cada uno cuenta
la misma historia
pero la cuenta distinta

y nadie la cuenta
dos veces igual

Porque las abuelas que parecen arañas
quieren embrujar a los chicos
y los abuelos tienen que convencernos
de que lo que pasó, pasó por ellos

y aunque escuchemos al azar, 
con un solo oído,
vamos a empezar el cuento
con la palabra Y



Paul Delvaux: La villa de las sirenas


¿Quién es ese hombre de negro que se aleja
de nosotros hacia el horizonte?
Dicen que el pintor tardó mucho
en encontrar su visión del mundo.

Las sirenas, si es lo que son
debajo de sus polleras largas,
se sientan una enfrente de la otra
calle abajo, más bien un callejón,
delante de sus casas grises y en fila.
Son todas iguales, como una orden
de monjas rubias o como prostitutas
de caras idénticas  y castas.
Qué tranquilas están, con los ojos vacíos y
las manos en el regazo que nada traiciona.
Una sola tiene escamas en el vestido oscuro.

Es 1942, es Europa,
y nada encaja. La única figura conocida
es el hombre de negro que se acerca al mar,
y él es pequeño y se aleja de nosotros.



Ruta turística

Para Lucy, que les decía “las casas fantasmas”


Siempre alguien está yéndose
para no volver.
Las casas de madera esperan como esposas viejas
a lo largo de este camino, están por todas partes,
abandonadas, torciéndose, poniéndose grises.

Siempre hubo alguien que negoció
la belleza solitaria
de los falsos abetos y la costa pedregosa
para sobrevivir, empacó su vida
y escapó a la ciudad.
En los patios, los manzanos
aguantan pero la fruta
crece más chica año tras año.

Cuando volvamos a venir por este rumbo,
los árboles ya van a ser salvajes,
las casas van a haber colapsado sin necesidad
de acción humana que las rompa.
Los campos habrán sido tomados.

Lo que vamos a reconocer 
es el viento, el mismo viento feroz
y sin historia.


Otra versión

Nuestros árboles son álamos pero la gente
los confunde con abedules,
piensan que somos personajes
de una novela rusa, igual que Kitty y Levin
que viven alegremente en el campo.
Los amigos de la ciudad miran cómo comen 
juntos los pájaros y los conejos 
sobre la nieve espesa y blanca.
(Tenemos inviernos rusos en Illinois,
aunque no haya trineos, hay comadrejas en lugar de lobos,
y ningún sirviente fiel nos hace el trabajo.)
En nuestra casa, como en una obra rusa, 
vive un viejo, y es mi papá.
Él se deja ir año a año en cámara lenta,
y la tristeza nos queda atrapada dentro
como una manzana envenenada
que no sube ni baja.
Pero como las tres hermanas, hablamos rara vez 
de lo que a la noche nos mantiene despiertas.
Igual que ellas, nos quejamos de las cosas
que en realidad no importan y hablamos
de los placeres y el futuro:
nos decimos mutuamente que a los sauces
este año el verde se les esfumó muy pronto.



Pesca de la luna

Cuando había luna llena se metían al agua.
Algunos con horquetas, algunos con rastrillos,
algunos con tamices y cucharas,
y uno con una copa de plata.

Y pescaban. Hasta que pasó un viajero y les dijo:
“Tontos,
para cazar a la luna tienen que hacer que sus mujeres
se suelten el pelo en el agua—
hasta la luna astuta va a saltar a esa red bamboleante
de hilos que destellan,
va a suspirar y a forcejear hasta que las escamas de plata
caigan negras y quietas a sus pies”.

Y ellos pescaron con el pelo de las mujeres
hasta que pasó un viajero y les dijo:
“Tontos,
¿creen que van a cazar a la luna con esa levedad,
con brillos e hilos de seda?
Tienen que cortarse el corazón y usar ese animal oscuro 
de carnada.
¿Qué importa perder el corazón si es para pescar los sueños?”

Y ellos pescaron con sus corazones apretados y calientes
hasta que pasó un viajero y les dijo:
“Tontos,
¿de qué le sirve la luna a un hombre sin corazón?
Vuelvan a ponérselos, arrodíllense
y beban como nunca lo hicieron,
hasta que la garganta se les cubra de plata
y como una campana suene la voz”.

Y ellos pescaron con labios y lenguas
hasta que ya no hubo más agua
y la luna se les escabulló
en el barro blando e insondable.


Cinco para música country


I. Insomnio

El foco de la entrada se enciende y se enciende.
Si fuera una rosa blanca estaría cansada de florecer
otra noche interminable. 

La luna conoce la rutina,
golpea los arbustos de este a oeste
y se queda con las manos vacías. De nuevo lo único
que espera se le escapa a la luna.


II. Plata antigua

Las manos manchadas tiemblan mientran lustran las monedas.

El centavo más brillante va abajo de la lengua,
las dos piezas de plata
pesadas por las pirámides
van a cerrar los ojos.

Todo lo demás es papel,
inútil en cualquier otro mundo excepto en este.


III. Película casera

Ella conoce esos pasos, ese silbido, esa forma de golpear.

Es el lobo negro que mete
la pata enharinada debajo de la puerta.

Trata de no abrir. Una sola mirada 
y se le cae el revólver. Él lo va a levantar
para apuntarle a ella, que espera
con los ojos brillantes y las manos arriba.


IV. Niño bonito

Blanqueado a la cal, los ojos te rechazan.

Y por eso la boca debe estar serena,
los músculos juegan, el cuerpo
adopta una postura fácil

para distraerte de las dos
cámaras clausuradas
donde alguien murió.


V. Día de lavado

Cada año la soga de la ropa pesa menos.
Uno por uno desaparecen
los diez indiecitos. Se llevan las medias,
los vaqueros, las camisas leñadoras.

Arriba del Ford y de los bloques de cemento,
rayado y con cierres
el vestido de algodón se agita sin parar.


Versiones en castellanos de Sandra Toro.






The End of Science Fiction


This is not fantasy, this is our life.
We are the characters
who have invaded the moon,
who cannot stop their computers.
We are the gods who can unmake
the world in seven days.

Both hands are stopped at noon.
We are beginning to live forever,
in lightweight, aluminum bodies
with numbers stamped on our backs.
We dial our words like Muzak.
We hear each other through water.

The genre is dead. Invent something new.
Invent a man and a woman
naked in a garden,
invent a child that will save the world,
a man who carries his father
out of a burning city.
Invent a spool of thread
that leads a hero to safety,
invent an island on which he abandons
the woman who saved his life
with no loss of sleep over his betrayal.

Invent us as we were
before our bodies glittered
and we stopped bleeding:
invent a shepherd who kills a giant,
a girl who grows into a tree,
a woman who refuses to turn
her back on the past and is changed to salt,

a boy who steals his brother's birthright
and becomes the head of a nation.
Invent real tears, hard love,
slow-spoken, ancient words,
difficult as a child's
first steps across a room.



Sometimes, When the Light 

Sometimes, when the light strikes at odd angles
and pulls you back into childhood

and you are passing a crumbling mansion
completely hidden behind old willows

or an empty convent guarded by hemlocks
and giant firs standing hip to hip,

you know again that behind that wall,
under the uncut hair of the willows

something secret is going on,
so marvelous and dangerous

that if you crawled through and saw,

you would die, or be happy forever.


Immortality

In Sleeping Beauty's castle
the clock strikes one hundred years
and the girl in the tower returns to the world.
So do the servants in the kitchen,
who don't even rub their eyes.
The cook's right hand, lifted
an exact century ago,
completes its downward arc
to the kitchen boy's left ear;
the boy's tensed vocal cords
finally let go
the trapped, enduring whimper,
and the fly, arrested mid-plunge
above the strawberry pie
fulfills its abiding mission
and dives into the sweet, red glaze.

As a child I had a book
with a picture of that scene.
I was too young to notice
how fear persists, and how
the anger that causes fear persists,
that its trajectory can't be changed
or broken, only interrupted.
My attention was on the fly:
that this slight body
with its transparent wings
and life-span of one human day
still craved its particular share

of sweetness, a century later. 



Naming the animals


Until he named the horse
                                     horse,
hoofs left no print on the earth,
manes had not been invented,
swiftness and grace were not married.

Until he named the cow
                                     cow,
no one slept standing up,
no one saw through opaque eyes,
food was chewed only once.

Only after he named the fish
                                               fish,
did the light put on skins
of yellow and silver oil,
revealing itself as a dancer
and high-jump champion of the world,

just as later
he had to name the woman
                                     love
before he could put on the knowledge

of who she was, with her small hands.



Things

What happened is, we grew lonely
living among the things,
so we gave the clock a face,
the chair a back,
the table four stout legs
which will never suffer fatigue.

We fitted our shoes with tongues
as smooth as our own
and hung tongues inside bells
so we could listen
to their emotional language,

and because we loved graceful profiles
the pitcher received a lip,
the bottle a long, slender neck.

Even what was beyond us
was recast in our image;
we gave the country a heart,
the storm an eye,
the cave a mouth
so we could pass into safety.


Monet Refuses The Operation


Doctor, you say there are no haloes
around the streetlights in Paris
and what I see is an aberration
caused by old age, an affliction.
I tell you it has taken me all my life
to arrive at the vision of gas lamps as angels,
to soften and blur and finally banish
the edges you regret I don't see,
to learn that the line I called the horizon
does not exist and sky and water,
so long apart, are the same state of being.
Fifty-four years before I could see
Rouen cathedral is built
of parallel shafts of sun,
and now you want to restore
my youthful errors: fixed
notions of top and bottom,
the illusion of three-dimensional space,
wisteria separate
from the bridge it covers.
What can I say to convince you
the Houses of Parliament dissolves
night after night to become
the fluid dream of the Thames?
I will not return to a universe
of objects that don't know each other,
as if islands were not the lost children
of one great continent. The world
is flux, and light becomes what it touches,
becomes water, lilies on water,
above and below water,
becomes lilac and mauve and yellow

and white and cerulean lamps,
small fists passing sunlight
so quickly to one another
that it would take long, streaming hair 
inside my brush to catch it.
To paint the speed of light!
Our weighted shapes, these verticals,
burn to mix with air
and change our bones, skin, clothes
to gases. Doctor,
if only you could see
how heaven pulls earth into its arms
and how infinitely the heart expands 

to claim this world, blue vapor without end.



The laughter of women 

The laughter of women sets fire
to the Halls of Injustice
and the false evidence burns
to a beautiful white lightness

It rattles the Chambers of Congress
and forces the windows wide open
so the fatuous speeches can fly out

The laughter of women wipes the mist
from the spectacles of the old;
it infects them with a happy flu
and they laugh as if they were young again

Prisoners held in underground cells
imagine that they see daylight
when they remember the laughter of women

It runs across water that divides,
and reconciles two unfriendly shores
like flares that signal the news to each other

What a language it is, the laughter of women,
high-flying and subversive.
Long before law and scripture 

we heard the laughter, we understood freedom.


What the Dog Perhaps hears

If an inaudible whistle
blown between our lips
can send him home to us, 
then silence is perhaps
the sound of spiders breathing
and roots mining the earth; 
it may be asparagus heaving, 
headfirst, into the light
and the long brown sound
of cracked cups, when it happens. 
We would like to ask the dog
if there is a continuous whir
because the child in the house 
keeps growing, if the snake
really stretches full length
without a click and the sun
breaks through clouds without
a decibel of effort, 
whether in autumn, when the trees
dry up their wells, there isn't a shudder
too high for us to hear.

What is it like up there
above the shut-off level
of our simple ears?
For us there was no birth cry,
the newborn bird is suddenly here, 
the egg broken, the nest alive,
and we heard nothing when the world changed.


Love Like Salt

It lies in our hands in crystals
too intricate to decipher

It goes into the skillet
without being given a second thought

It spills on the floor so fine
we step all over it

We carry a pinch behind each eyeball

It breaks out on our foreheads

We store it inside our bodies
in secret wineskins

At supper, we pass it around the table

talking of holidays and the sea.


Alive Together

Speaking of marvels, I am alive
together with you, when I might have been
alive with anyone under the sun,
when I might have been Abelard's woman
or the whore of a Renaissance pop
or a peasant wife with not enough food
and not enough love, with my children
dead of the plague. I might have slept
in an alcove next to the man
with the golden nose, who poked it
into the business of stars,
or sewn a starry flag
for a general with wooden teeth.
I might have been the exemplary Pocahontas
or a woman without a name
weeping in Master's bed
for my husband, exchanged for a mule,
my daughter, lost in a drunken bet.
I might have been stretched on a totem pole
to appease a vindictive god
or left, a useless girl-child,
to die on a cliff. I like to think
I might have been Mary Shelley
in love with a wrong-headed angel,
or Mary's friend. I might have been you.
This poem is endless, the odds against us are endless,
our chances of being alive together
statistically nonexistent;
still we have made it, alive in a time
when rationalists in square hats
and hatless Jehovah's Witnesses
agree it is almost over,
alive with our lively children

who--but for endless ifs—
might have missed out on being alive
together with marvels and follies
and longings and lies and wishes
and error and humor and mercy
and journeys and voices and faces
and colors and summers and mornings
and knowledge and tears and chance.


Why We Tell Stories

For Linda Foster


I
Because we used to have leaves
and on damp days
our muscles feel a tug,
painful now, from when roots
pulled us into the ground

and because our children believe
they can fly, an instinct retained
from when the bones in our arms
were shaped like zithers and broke
neatly under their feathers

and because before we had lungs
we knew how far it was to the bottom
as we floated open-eyed
like painted scarves through the scenery
of dreams, and because we awakened

and learned to speak

2
We sat by the fire in our caves,
and because we were poor, we made up a tale
about a treasure mountain
that would open only for us

and because we were always defeated,
we invented impossible riddles 
only we could solve,
monsters only we could kill,

women who could love no one else

and because we had survived
sisters and brothers, daughters and sons,
we discovered bones that rose
from the dark earth and sang
as white birds in the trees

3

Because the story of our life 
becomes our life

Because each of us tells
the same story
but tells it differently

and none of us tells it
the same way twice

Because grandmothers looking like spiders
want to enchant the children
and grandfathers need to convince us
what happened happened because of them

and though we listen only
haphazardly, with one ear,
we will begin our story

with the word and



Paul Delvaux: The Village of the Mermaids


Who is that man in black, walking
away from us into the distance?
The painter, they say, took a long time
finding his vision of the world.

The mermaids, if that is what they are
under their full-length skirts,
sit facing each other
all down the street, more of an alley,
in front of their gray row houses.
They all look the same, like a fair-haired
order of nuns, or like prostitutes
with chaste, identical faces.
How calm they are, with their vacant eyes,
their hands in laps that betray nothing.
Only one has scales on her dusky dress.

It is 1942; it is Europe,
and nothing fits. The one familiar figure
is the man in black approaching the sea,
and he is small and walking away from us.



Scenic Route

For Lucy, who called them "ghost houses"


Someone was always leaving
and never coming back.
The wooden houses wait like old wives
along this road; they are everywhere,
abandoned, leaning, turning gray. 

Someone always traded
the lonely beauty
of hemlock and stony lakeshore
for survival, packed up his life
and drove off to the city.
In the yards the apple trees
keep hanging on, but the fruit
grows smaller year by year. 

When we come this way again
the trees will have gone wild,
the houses collapsed, not even worth
the human act of breaking in.
Fields will have taken over. 

What we will recognize
is the wind, the same fierce wind,

which has no history. 


Another Version


Our trees are aspens, but people
mistake them for birches;
they think of us as characters
in a Russian novel, Kitty and Levin
living contentedly in the country.
Our friends from the city watch the birds
and rabbits feeding together
on top of the deep, white snow.
(We have Russian winters in Illinois,
but no sleighbells, possums instead of wolves,
no trusted servants to do our work.)
As in a Russian play, an old man
lives in our house, he is my father;
he lets go of life in such slow motion,
year after year, that the grief
is stuck inside me, a poisoned apple
that won't go up or down.
But like the three sisters, we rarely speak
of what keeps us awake at night;
like them, we complain about things
that don't really matter and talk
of our pleasures and of the future:
we tell each other the willows
are early this year, hazy with green.



Moon Fishing


When the moon was full they came to the water.
some with pitchforks, some with rakes,
some with sieves and ladles,
and one with a silver cup.

And they fished til a traveler passed them and said,
"Fools,
to catch the moon you must let your women
spread their hair on the water --
even the wily moon will leap to that bobbing
net of shimmering threads,
gasp and flop till its silver scales
lie black and still at your feet."

And they fished with the hair of their women
till a traveler passed them and said,
"Fools,
do you think the moon is caught lightly,
with glitter and silk threads?
You must cut out your hearts and bait your hooks
with those dark animals;
what matter you lose your hearts to reel in your dream?"

And they fished with their tight, hot hearts
till a traveler passed them and said,
"Fools,
what good is the moon to a heartless man?
Put back your hearts and get on your knees
and drink as you never have,
until your throats are coated with silver
and your voices ring like bells."
And they fished with their lips and tongues
until the water was gone
and the moon had slipped away

in the soft, bottomless mud.


Five For Country Music 





I. Insomnia

The bulb at the front door burns and burns.
If it were a white rose it would tire of blooming
through another endless night. 

The moon knows the routine;
it beats the bushes from east to west
and sets empty-handed. Again the one
she is waiting for has outrun the moon. 



II. Old Money

The spotted hands shake as they polish the coins. 

The shiny penny goes under the tongue,
the two silver pieces
weighted by pyramids
will shut down the eyes. 

All the rest is paper,
useless in any world but this. 


III. Home Movie

She knows that walk, that whistle, that knock. 

It's the black wolf who sticks
his floured paw underneath the door. 

She tries not to open. One look at his face
and she'll drop the gun. He will pick it up
and turn it on her where she waits,
her eyes shining, her hands over her head. 






IV. Golden Boy

Whitewashed, the eyes refuse you. 

And so the mouth must be serene,
the muscles play, the body
take an easy stance 

to divert you from the two
boarded-up chambers

where someone has died. 



V. Washing Day

Each year her laundry line gets lighter.
One by one they disappear,
ten little Indians. They take their socks,
their jeans, their stiff plaid shirts. 

Above the Ford on its concrete blocks,
striped and zippered,

her cotton dress flutters on and on.






LISEL MUELLER (Alemania/EE. UU. - 1924).