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octubre 24, 2017

Más poemas de Levertov (según ST)

Photographer unknown, provided by Jan Wallace, The Project Room


i

Él recoge botones de vidrio del fondo del mar.
Las branquias de la mente palpitan en el agua insondable.
Descubre granos de arena dorados
en el diccionario infinito. Cada uno tiene su gemelo
en alguna orilla al otro lado del mundo.
Ciego a lo que todavía no necesita,
tantea su camino sobre vidrios rotos
hasta dar con la única piedra que cabe en su palma.
Cuando abre los ojos, le da a lo que contempla
el reconocimiento que ninguna mirada otorgó.
Lo transforma en palabra, que se sacude y levanta vuelo.




ii

 

"Lo que ha de dar luz debe soportar arder" 
 Viktor Frankl " The Doctor and the Soul"



Ciego hasta que soñando en gris
chispean verde, sus ojos
encienden una calle de ceniza,
la carne amarga
de una bailarina al amanecer,
la última mirada de la luna
por encima del hombro
al mediodía. 
Se apagan, y las llamas
siguen ardiendo,
perdurables.



iii
 

Sordo hasta que oye
la respuesta:
                        campana
amable, que dobla
y habla
del Tiempo fiel, esa corriente
(incesante) de sangre fiel.
Las respuestas echan abajo
los límites
(esos diques pretenciosos),
la pregunta se revela.

Las preguntas, piedras
desprovistas de tierra, 
golpean la puerta, son un latido
en la sien:
la danza insistente
del Quién, el Cómo y el Dónde,
las manos en la cintura del Cuándo.


iv

 
Uno por uno,
cuando les llega la hora, los libros
saltan de los estantes.
Pisan fuerte (otra vez, polvorientos, ajados,
                        ¡pero prístinos!)
para dar a luz:
la pasión de cada poema
acaba en una Pascua,
en una nueva vida.
                                   Los libros de los muertos
sacuden sus hojas,
las palabras-semillas vuelan
a depositarse sobre la tierra negra.


v


Las tazas de café se le caen de las manos,
se le escapan los picaportes y
las puertas se golpean .
Los escritorios antiguos se rompen cuando
apoya los codos -- Tauro
pateando y corcoveando, cruza con la cabeza gacha
el campo exiguo.
                               Pero las sobras de madera
que encontró en la calle una noche, cuando los vientos
deshuesaban la oscuridad hasta volverla un brillo de acero,
                              en manos del poeta se vuelven
una mesa,
                  redonda y
bien parada sobre su única pata.




vi

 
Hacer poemas es encontrar
una silla vieja en la banquina
y llevarla a casa,
al altillo;
un caballo perdido en el lago,
un barco perdido en la maleza de la orilla,
fosforescente.

Y luego, en la mecedora rota,
despegar —¡hacia la realidad!—
Al reino de la ambrosía y el pan duro
no se llega arrastrándose.

Recién cuando los pies empiezan
a bailar, cuando la silla
rechina y galopa,
se abren las puertas
y nos
           descubrimos
adentro
del reino sin rey.


vii

 
El toro salvaje de la luna
                                             que es el poeta
pasta solo
en un campo de gotas infinitas de trébol rojo
empapadas de rocío
entre arpones de pasto
                                            que son las palabras

Sobre el alambre de púas, una tropa
de chicos y jóvenes
                                           que son la multitud
del poeta,
                   silenciosos, sin aliento,
van a su encuentro.

Quieren 
practicar la danza
que prepararon en secreto.
Él respira,
les arroja de lejos su aliento verde,
fresco,
los mira con inocencia
tras la plata de la luna llena
y arremete
feroz.
Ellos
se apartan,
se burlan,
con sus viejos abrigos como capas,
él lanza
el florecer agónico de cuernos,
y les encanta, se imaginan
el sol caliente de la matanza sagrada.

La plata se disipa,
implacable. Para el amanecer

desaparecen, y él oye
cómo vibra
el alambrado que treparon.


viii


El perro de la sombra
obstruye el umbral.
Es solamente una sombra ¡ Pero
muerde!
              Tratá
de entrar, tratá
de salir:  
               el obstáculo
te hunde
los dientes
en la carne, y

la sangre fluye.
No son
dientes de sombra,
son sucios 
y afilados.



*


La ponzoña sube
desde el pie desgarrado 
hasta el corazón. Y le hace
un nudo.

Un chirriar:
de frenos en la calle,
de una voz 
insospechada,  que llora
a través de los labios
del poeta, negando
la poesía,
                   el latido
violento de las alas 
de la mente, enjauladas.

Polvo en la lengua.

Tormenta
de plumas rotas.
Que caen.
                  Caen—





ix



El balanceo jasídico
siempre adelante y atrás,
                 adelante y atrás,
en perfecta armonía con las palabras,
una y otra vez
todos los días del año

—excepto uno:
el día en que el Templo es destruído
                 que también es
el día que nace el Mesías,
ese único día, el balanceo
es de un lado al otro
     de un lado al otro,
un oscilar
como el de los árboles al viento.




x


Sobre su única pierna dolorida
el poeta
aprende a pararse firme
y a sostener
la mesa redonda de su
página en blanco.
Cuando sople el viento
su madera
será árbol otra vez .
Va a agitarse, 
va a suspirar y a cantar.



xi
"Lo que sea que tenga sonidos negros, tiene duende"
Manuel Torres, citado por F. G. Lorca


Y ahora los sonidos
son verdes, la insignia  desafiante
y muda de un copo de nieve:

ahora los sonidos
se quiebran con fulgores de mica,
raspan con carbonilla,
llaman con la calma de oboe del cuarzo rosa:

ahora los sonidos
son flautas de hueso, eco
del cañón más hondo, sonidos que solo
pueden escuchar las estrellas más tempranas y más pálidas:

y ahora los sonidos
son negros. Sonidos negros.
Negra. La canción profunda
escarba.



DOBLANDO UNA CAMISA

Para S. P.

Doblando una camisa, una mujer se queda
quieta un instante, recuerda
el calor de la carne; sus manos repasan

con cuidado una manga, recuerdan
un gesto, o el toque del amor;
se apoya contra la pared de la cocina

y trata de escuchar una palabra de amor,
pero solo oye un ruido como miedo
que corre entre los cuartos de arriba.

Con la ropa que dobla, dobla su miedo,
pero al deseo no lo puede guardar,
ni puede hacer que la oiga el silencio.

Guarda de mala gana
el pan, el vino, la cuchilla,
alisa las mantas sobre la cama,

mientras el cuchillo resuelto del tiempo
rebana las horas de la existencia,
los rituales simples de la vida.

Londres, 1946.






UNA SOLA VEZ

Todo aquello que por ser 
llama y canción, y concedernos alegría,
creímos que volveríamos a ser, a hacer, a visitar,
resulta que fue lo que fue
esa única vez. Cada iniciación
no es el comienzo
de una serie, de una construcción: lo maravilloso
                        aconteció en nuestra vida, nuestra historia
                        no se opaca con su ausencia: pero no
esperes volver a buscar más.
Lo que tenga que ser va a ser
único, como fue único aquello. Tratá
de reconocer la próxima
canción por su aura en llamas como un
presente absoluto, como un ahora o nunca. 



LA MEMORIA EXIGE TANTO

La memoria exige tanto,
reclama cada fibra
dicha y redicha.
                             Te da y te da
pero a cambio de un precio, poniéndote
en riesgo de esclavitud, llevándote a
documentar las traiciones
de la luna deslumbrante y del marzo lento.
Hoja nunca antes vista
ni imaginada, araña voladora
del otoño rosa, que toca
una corriente solitaria de viento indeciso,
llevame con vos, sacame
de esta tierra de la memoria, que se agarra
a mis pies como un barro espeso,
exigiendo gratitud por sus dones y más dones.
Llevame volando, hoja, antes
de que te desvanezcas, antes
de que tenga tiempo de recordarte,
propósito en lugar de ser,
en medio de ese vuelo,
de esas palabras imprevisibles.



Versiones en castellano de Sandra Toro




GROWTH OF A POET

i

He picks up crystal buttons from the ocean floor./ Gills of the mind pulse in unfathomed water.// In the infinite dictionary he discovers/ gold grains of sand. Each has its twin/ on some shore the other side of the world.// Blind to what he does not yet need,/ he feels his way over broken glass/ to the one stone that fits his palm.// When he opens his eyes he gives to what he gazea at/ the recognition no look ever befor granted it./It becomes a word. Shuddering, it takes wing.

ii
"What is to give light must endure burning" 
Viktor Frankl, The Doctor and the Soul

Blind until dreaming gray/ sparks green, his eyes/ set fire to an ashen street,/ a dancer's/ bitter flesh in daybreak,/the moon's/ lost noontime look/ over its shoulder./ They fade; the flames/go on burning, enduring.

iii

Deaf till he hears/what answers:/ Grandfatherly/ bell, tolling/ and telling/ of faithful Time, thet flood/ (ever-rolling), of faithful blood./ The answers pushing/ boundaries over,/ (those proud embankments), the asking revealed.// The asking, stones/ bared of earth,/  hammers at the door, a pulse/ in the Temple:/ the insistent dance/ of Who and How and Where,/ the arms-akimbo of When.


iv

One at a time/ books, when their hour is come/ step out of the shelves./ Heavily step (once more, dusty, fingermarked, but pristine!)/ to give birth:/ each poem's passion/ ends in an Easter, a new life.// The books of the dead/ shake their leaves, word-seeds fly and/ lodge in the black earth.

v

Coffee cups fall out of his hands,/ doorknobs slip his grasp and/doors slam,/ antique writing desks break under his/ leaning elbows -- Taurus/ is bucking and thudding, head down across/ the cramped field./ But scraps of wood/ found on the street, one nighr when winds were/ scraping the thick dark to a steely shine,
become in the poet's hands/ a table,/ round and/ set firm on its one leg.


vi

To make poems is to find/ an old chair in the gutter/ and bring it home/ into the upstairs cave:/ a stray horse from the pound,/ a stray boat on the weedy shore,/ phosphorescent./ Then in the boken rocking chair/ take off- to reality!/ Realm of Ambrosia and hard crusts/ earnest trudging doesn't lead to.// Only when feet begin/ to dance, when the chair/ creaks and gallops, do the gates open/ and we/ discover ourselves/ inside/ the kingless kingdom.

vii

The wild moonbull/  who is the poet/ grazes alone/ a field of infinite, dewdrenched,/ drops of red clover,/ sharp spears of grass/ which are words//
Over the barbed fence a troop/ of boys and young men/ who are the poet/ throng,/ breathless, silent,/ to the encounter.// They desire/ to practice the dance./ Secretly to prepare./ He breathes/ his green, fresh, breath at them,/ still distant,/ gazing innocent/ through full-moon silver/ toward them/ and viciously/ rushes them, they step/ each aside,/ old coats for capes, they taunt him/ he tosses/ his deadly flourish of horns,/ they love him, they imagine/ the hot sunlight of the sacred kill.// Implacable silver/ fades. By moonset// they vanish, he hears/ the wire fence/ twang where they climbed it.


viii

Shadowdog/ blocking the threshold./ Only a shadow. But/ bites!/ Try/ to get out, try/ to get in:/ the obstacle/ sinks its/ teeth in/ flesh, and// blood flows,/ they are not/ shadowteeth,/ are sharp, and/ dirty.
*
The venom rises/ from torn foot to/ heart. Makes/ a knot in the heart.// A screeching:/ of brakes on the street,/ of an unsuspected/ voice outcrying/ through the poet's/ lips, denying/ poetry,/ violent/ palpitating beat of/ the mind's wings caged.// Dust on the tongue.// Storm/ of torn feathers.// Falling./Falling--


ix

Hassidic rocking/ is always back and forth,/ back and forth,/ in perfect measure with the words,/ over and over,/ every day of the year--// except one:/ on the day the Temple is destroyed/which is also/ the day the Messiah is born,/ on that day alone, the rocking/ moves from side to side,/ side to side,// a swaying, as trees sway in the wind.

x

On his one leg that aches/the poet/ learns to stand firm/upholding/ the round table of his/ blank page./ When the wind blows/ his wood/ shall be tree again./ Shall stir,/ shall sigh and sing.

xi

"Whatever has black sounds, has duende" 
Manuel Torres quoted by Federico García Lorca

And now the sounds/ are green, a snowdrop's quiet/ defiant insignia:// and now the sounds/ crackle with mica glitterings,/ rasp with cinder,/ call with the oboe calm of rose quartz:/ and now the sounds/ are bone flutes, echo/ from deepest canyon, sounds/ only the earliest, palest stars may hear:// and now the sounds/ are black. Are black sounds./ Black. The deep song/ delves.

(Poems 1972-1982,  New Directions Publishing Corporation, 2001).

FOLDING A SHIRT
                                                       For S.P.

Folding a shirt, a woman stands 
still for a moment, to recall 
warmth of flesh; her careful hands 

heavy on a sleeve, recall 
a gesture, or the touch of love; 
she leans against the kitchen wall, 

listening for a word of love, 
but only finds a sound like fear 
running through the rooms above. 

With folded clothes she folds her fear, 
but cannot put desire away, 
and cannot make the silence hear. 

Unwillingly she puts away 
the bread, the wine, the knife, 
smooths the bed where covers lay, 

while time’s unhesitating knife 
cuts away the living hours, 
the common rituals of life.

London, 1946

(Collected Earlier Poems, 1940-1960).



ONCE ONLY 

All which, because it was
flame and song and granted us
joy, we thought we'd do, be, revisit,
turns out to have been what it was
that once, only; every initiation
did not begin
a series, a build-up: the marvelous
               did happen in our lives, our stories
               are not drab with its absence: but don't
expect now to return for more. Whatever more
there will be will be
unique as those were unique. Try
to acknowledge the next
song in its body-halo of flames as utterly
present, as now or never.



MEMORY DEMANDS SO MUCH

Memory demands so much,
it wants every fiber
told and retold.
                           It gives and gives
but for a price, making you
risk drudgery, lapse
into document, treacheries
of glaring noon and a slow march.
Leaf never before
seen or envisioned, flying spider
of rose-red autumn, playing
a lone current of undecided wind,
lift me with you, take me
off this ground of memory that clings
to my feet like thick clay,
exacting gratitude for gifts and gifts.
Take me flying before
you vanish, leaf, before
I have time to remember you,
intent instead on being
in the midst of that flight,
of those unforeseeable words. 


(This Great Unknowing, 1999).




DENISE LEVERTOV (INGLATERRA/EE. UU., 1923-1997).


julio 27, 2017

POEMAS DE MAXINE KUMIN


Foto: Bill Brett – The Boston Globe


Poema de cumpleaños

Nazco en mi casa,
la menor de cuatro hijos.
El doctor me trae tal cual lo prometió
en su bolso de cuero negro de motociclista.

Va sacándome por partes
primero asegura los miembros y el torso
y después, del torso hasta la base del cuello.
Abre el ombligo de mamá
y me mete, de cabeza.

Nado por el canal alimentario hacia arriba
con el mentón apuntando para atrás,
paso por la boca y el agujero de la nariz
y en la cima de la cabeza golpeo
para que me deje salir
por la partecita sin pelo.

Hoy mi mamá cumple ochenta y dos
empulserada y empelucada, espléndida.
Tuvo que ir a buscarme cuatro veces al pozo
para tenerme.




El trabajo de la vida

Mi nena, mi mamá,
me acuerdo de esta escena:
recién salida del Conservatorio
a los dieciocho una experta en Bach
de blusa almidonada
suplicando permiso para ir de gira
con el violinista virtuoso al que nunca
ibas a poder acompañar y él, que
arrojaba su música desde el arco
por la colofonia,
pelando línea tras línea
como notas de gracia en clave de sol
mientras mi abuelo
ese hombre respetable al que no conocí
con un pañuelo te limpiaba la boca
diciéndote no hija mía
y te desabrochaba el relicario de oro
que usabas sin foto alguna
y toda la casa alemana de la calle 15
se acomodaba a la cadencia…

A los dieciocho yo quería ser nadadora.
El pelo largo me chorreaba encima de la cena
servida en plato chino.
Con los dedos arrugados por el entrenamiento nocturno
como pasas rubias Sunsweet,
mi boca masticaba pero yo seguía haciendo largos.
Entraba en el agua como un cuchillo.
Toda músculos y siete puertas.
Una rana en el borde.
El rey de las anguilas y señora.
Tragaba y rezaba
que me dejaran entrar en la Aquacade
y mi papi perfecto
el que te hizo fugarte
después de que al violinista se le
rompió el diapazón y perdió su causa
mi papi con la cara sucia de salsa
juraba sobre el estofado y las zanahorias
que yo no iba a llegar a nada
que a la pena iba a llegar …

Bien, los padres de mano dura están muertos
y no llegué a la pena.
En vez de eso llegué a las palabras
para contar el cuentito que quedó:
Siguen siendo las medianoches de mi infancia.
Las escaleras vuelven a hablar bajo tus pies.
Las puertas pesadas del salón se cierran
y  “Claro de luna”  hace pucheros,
simple como el tictac del reloj en un aula,
desde las teclas obedientes.
Y de la Canción de amor de Debussy, lo que
oigo más nítido es la resonancia
seca de tus uñas largas al golpearlas.


Natación matutina

A la cabeza vacía me viene una
playa de algodón, un muelle desde donde

me ponía en marcha, aceitada y desnuda,
a través de la niebla, en la soledad fría.

No había línea, ni suelo ni techo
para distinguir el agua del aire.

La niebla de la noche, espesa como felpa,
me rodeaba en su profusión enmarañada.

Yo colgaba mi bata de dos ganchos.
Y sostenía el lago entre las piernas.

Invadida e invasora. Iba por encima
de ese cielo chato.

Los peces se movían debajo de mí, rápidos y sumisos.
Entonaban mi nombre en su zona verde.

Y al ritmo de la brazada
tarareaba en dos por cuatro un himno lento.

Tarareaba “Quédate conmigo”. El ritmo
subía con cada azote delicado de mi pie.

Subía en las burbujas oblicuas que
soltaba, y que trepaban por mi boca.

Mis huesos se tomaban el agua: el agua que caía
por todas mis compuertas. Yo era el manantial

que alimentaba el lago que se reunía con el mar
por el que iba cantando “Quédate conmigo”.




Apetito

Me como estas
frambuesas rojas silvestres
todavía tibias por el sol
y con un leve olor a balsamina
en memoria de mi padre

que se ponía la servilleta
bajo la barbilla y se inclinaba
sobre un bol de siderita
bañado en el jugo
de los granos brillantes

mi padre
con el suspiro de un hombre
que todo lo vio y fue redimido
decía una y otra vez
levantando la cuchara:

los hombres matan por esto.



Nuestra estadía en tierra va a ser breve

Las luces azules de aterrizaje le hacen
agujeros de clavos a la oscuridad.
Cae una nieve fina.
Nos posamos
en la pista a recoger
la correspondencia, la carga rápida,
bandejas de ratones de laboratorio,
café y masitas
para los pasajeros.

Vayamos donde vayamos
es lunes a la mañana.
Vengamos de donde vengamos
es el regazo de mamá.
Arriba, entre el montón de nubes,
dispersas como semillas
de chirivía o de apio, están
las almas de los no-nacidos:

Los hijos de los hijos de mis
hijos y los de su papá.
Vamos tomando velocidad para el último recorrido
y despegamos bajo la tormenta.



Canción

Todo imita este acto: los arpegios
el batir de las alas, los golpes de tambor, y en especial
los cascos de los caballos endureciéndose a medio galope.

No mencioné: nadar, la comba y el tirón
de la brazada en el agua

ni el batido de la manteca en los bols
las caricias, el mordisqueo en la boquilla de la pipa
el enfriarse circular al revolver los martinis
con hielo

o el ritual de la lluvia sobre las cornisas y desde muy lejos
el aviso soplado por el viento de un tren llegando
al puente, cuidado, cuidado:

todo se afila, después estalla.
Ante una ola de aplausos cae el telón.



Gracia

Las gallinas tienen su grava. La grava se pega
al buche, como debe ser.
Y piedra contra piedra es muela
que muele lo duro.

Y moliendo lo duro, aprendo
a llenar el buche, como debe ser.
Devoro  la pudinga
y creo que está bien.

Y creo que está bien forrarme las tripas
de octágonos pulcros de arenilla.
Sin hendija ni hoyo
que ventile,

ni vierta ningún fango, ningún lodo;
ni una pérdida se vuelque ni un terror se desprenda.
Dios, concedeme suficiente
apetito por la piedra.




Versiones en castellano de Sandra Toro.




Birthday Poem

I am born at home
the last of four children.
The doctor brings me as promised
in his snap-jawed black leather satchel.

He takes me out in sections
fastens limbs to torso
torso to neck stem
pries Mama’s navel open
and inserts me, head first.

Chin back, I swim upward
up the alimentary canal
bypassing mouth and nose holes
and knock at the top
of her head to be let out
wherefore her little bald spot.

Today my mother is eighty-two
splendidly braceleted and wigged.
She had to go four times to the well
to get me.


Life’s Work

Mother my good girl
I remember this old story:
you fresh out of the Conservatory
at eighteen a Bach specialist
in a starched shirtwaist
begging permission to go on tour
with the nimble violinist you were
never to accompany and he
flinging his music down
the rosin from his bow
flaking line by line
like grace notes on the treble clef
and my grandfather
that estimable man I never met
scrubbing your mouth with a handkerchief
saying no daughter of mine
tearing loose the gold locket
you wore with no one’s picture in it
and the whole German house on 15th street
at righteous white heat. . . .

At eighteen I chose to be a swimmer.
My long hair dripped through the dinner
onto the china plate.
My fingers wrinkled like Sunsweet
yellow raisins from the afternoon workout.
My mouth chewed but I was doing laps.
I entered the water like a knife.
I was all muscle and seven doors.
A frog on the running board.
King of the Eels and the Eel’s wife.
I swallowed and prayed
to be allowed to join the Aquacade
and my perfect daddy
who carried you off to elope
after the fingerboard snapped
and the violinist lost his case
my daddy wearing gravy on his face
swore on the carrots and the boiled beef
that I would come to nothing
that I would come to grief. . . .
Well, the firm old fathers are dead
and I didn’t come to grief.
I came to words instead
to tell the little tale that’s left:
the midnights of my childhood still go on.
The stairs speak again under your foot.
The heavy parlor door folds shut
and “Claire de Lune”
puckers from the obedient keys
plain as a schoolroom clock ticking
and what I hear more clearly than Debussy’s
love song is the dry aftersound
of your long nails clicking.


Our Ground Time Here Will Be Brief

Blue landing lights make
nail holes in the dark.
A fine snow falls.
We sit
on the tarmac taking on
the mail, quick freight,
trays of laboratory mice,
coffee and Danish
for the passengers.

Wherever we’re going
is Monday morning.
Wherever we’re coming from
is Mother’s lap.
On the cloud-pack above, strewn
as loosely as parsnip
or celery seeds, lie
the souls of the unborn:

my children’s children’s
children and their father.
We gather speed for the last run
and lift off into the weather.


Appetite

I eat these
wild red raspberries
still warm from the sun
and smelling faintly like jewelweed
in memory of my father
tucking the napkin
under his chin and bending
over an ironstone bowl
of the bright drupelets
awash in cream
my father
with the sigh of a man
who has seen all and been redeemed
said time after time
as he lifted his spoon
men kill for this.



Song

Everything imitates this act: arpeggios
the flapping of wings, drum beats, and especially
horses’ hooves hardening in a canter.

I have not said: swimming, the cupping and pull
of handholds on water

or the beating of batter in deep bowls
the fondling, the nipping of pipestems
the circular cooling of martinis stirred
over ice

or the ritual rain on the eaves and from far away
the windblown message of a train beginning
the trestle, warning, warning:

everything sharpens, then bursts.
The curtain comes down to a thunderous wave of applause.

Grace

Hens have their gravel; gravel sticks
The way it should stick, in the craw.
And stone on stone is tooth
For grinding raw.

And grinding raw, I learn from this
To fill my crop the way I should.
I put down pudding stone
And find it good.

I find it good to line my gut
With tidy octagons of grit.
No loophole and no chink
Make vents in it.

And in it vents no slime or sludge;
No losses sluice, no terrors slough.
God, give me appetite
for stone enough.




MAXINE KUMIN  (EE.UU., 1925-2014)

julio 09, 2017

POEMAS DE MARGE PIERCY

Foto: Jane Bown




¿De qué están hechas las chicas grandes? 

La construcción de una mujer:
una mujer no está hecha de carne,
de hueso y nervio,
de vientre, pechos, hígado, codos y dedos de los pies.
Se manufactura como un auto deportivo.
Se remodela, reajusta y rediseña
todas las décadas.

Cecilia en la universidad había sido la seducción misma.
Se retorcía entre las barras como una anguila de seda,
con las caderas y el culo que eran una promesa, y la boca
fruncida con el labial rojo oscuro del deseo.

Nos visitó en el 68 y todavía usaba pollera
ajustada hasta la rodilla y el mismo labial rojo oscuro,
mientras yo bailaba por Manhattan en minifalda
con los labios pálidos como leche de damasco
y el pelo suelto como las crines de una yegua. Oh, queridas,
¿Me creí superior en ese momento,
le pasara lo que le pasara a la pobre Cecilia?
Ella ya estaba fuera de moda, fuera de juego,
descalificada, desdeñada, des-
membrada del club del deseo.

Miren las fotos de las revistas de moda
francesas del siglo XVIII:
el siglo de la última fantasía para damas
forjada en seda y corsés.
El miriñaque les corría la cadera un metro
para cada lado, la cintura apretada,
la panza comprimida por las maderas.
Los pechos con relleno abajo y a los costados
servidos como manzanas en un bol.
El piecito preso en una zapatilla que
jamás fue pensada para caminar.
Y arriba de todo un colosal dolor de cabeza:
el pelo como pieza de museo, ornamentado
a diario con cintas, grutas y floreros,
montañas y fragatas en plena
navegación, globos y lobos, al capricho
de un peluquero desatado.
Los sombreros eran tortas de casamiento rococó
que le hubieran hecho sombra al Strip de Las Vegas.
He aquí a una mujer en forma
con el exoesqueleto torturándole la carne:
una mujer hecha de dolor.

¡Y ahora qué superiores somos! Miren a la mujer
moderna:
delgada como cuchilla de tijera.
Corre todas las mañanas en una cinta,
se mete a gruñir y tironear
en una máquina de pesas y poleas,
con una imagen en mente a la que nunca
se podrá aproximar, un cuerpo de vidrio
rosa que nunca se arruga,
nunca crece, nunca desaparece. Se sienta
a la mesa y cierra los ojos a la comida
con hambre, siempre con hambre:
una mujer hecha de dolor.

Un perro o un gato se acercan,
se huelen el hocico. Se olfatean el culo.
Se gruñen o se lamen. Se enamoran
tan seguido como nosotras,
y con la misma pasión. Pero ellos se enamoran
o se apasionan a pelo,
sin miriñaque ni corpiño con push up
sin extirparse una costilla ni hacerse liposucción.
No es para los perros, ni machos ni hembras,
que los caniches se podan
como macizos topiarios.

Si solamente pudiéramos gustarnos en bruto los unos a los otros.
Si solamente pudiéramos querernos a nosotras mismas
como queremos a un bebé que nos balbucea en los brazos.
Si no nos programaran y nos reprogramaran
para necesitar lo que nos venden.
¿Por qué íbamos a querer vivir en una propaganda?
¿Por qué íbamos a querer flagelarnos las blanduras
hasta hacerlas líneas rectas como un cuadro de Mondrian?
¿Por qué nos íbamos a castigar con el desprecio,
como si tener grande el culo
fuera peor que la codicia o la maldad?

¿Cuándo vamos a dejar las mujeres de estar obligadas
a ver nuestros cuerpos como experimentos de ciencias,
como jardines que hay que desmalezar
como perros que hay que domesticar?
¿Cuándo una mujer va a dejar
de estar hecha de dolor?


Las implicancias del uno más uno

A veces colisionamos, placas tectónicas que se funden,
continentes que empujan y se derrumban en las venas
de fuego derretido del centro de la tierra y hacen saltar
montones de rocas hasta las crestas dentadas de la Sierra.

A veces tus manos van a la deriva, caricias de la
punta de un ala como el penacho sedoso de la asclepia,
y nuestros labios pacen y una corriente de deseos se congrega
como la bruma sobre el calor del agua hasta que se hace lluvia.

A veces con fervor vamos cavando y
excavando, gruñendo y arrojando las sábanas
como si fueran tierra suelta, metiendo la nariz caliente
en la carne del otro y revolcándonos.

A veces somos dos chicos besuqueándonos como tontos
sobre la manta, haciéndonos cosquillas en el xilofón de la columna
y chistes sucios, a gritos, como todo un pijama party 
que salta y rebota hasta partir la cama en dos.

Te doy vueltas y vueltas alrededor otras veces, explorando
a los tumbos, buscando una salida del laberinto de los bojes altos
en el que entro corriendo con los pulmones a punto de
reventar, rumbo a la fuente de fuego verde del corazón.

A veces te abrís de par en par como las puertas de una catedral
y me empujás adentro. A veces te deslizás
dentro de mí como una víbora en su nido.
Y a veces entrás marchando con una banda de bronces.

Diez años de encastrar cuerpo con cuerpo
y todavía entonan cantos salvajes en nuevos tonos.
Es más y menos que el amor: es ritmo,
química, magia, voluntad, y suerte.

Uno más uno es igual a uno, no se puede saber si no es
en el momento, no se traduce en palabras,
no es explicable ni filosóficamente relevante.
Pero es. Y es. Y es. Amén.


Muñeca Barbie

Esta nena nació como se suele nacer,
le ofrecieron muñecas que hacían pipí,
planchas, cocinas BGH en miniatura y
lápices labiales diminutos de color caramelo de cereza.
Después, en la magia de la pubertad, una compañera dijo:
Tenés la nariz muy grande y las piernas gordas.

Ella era sana, probadamente inteligente,
tenía espalda y brazos fuertes,
abundante instinto sexual y destreza manual.
Anduvo de acá para allá pidiendo disculpas.
Todos veían una nariz grande sobre dos piernas gordas.

Le aconsejaron que se hiciera la tímida,
la exhortaron a volverse simpática,
a hacer ejercicio y dieta, a sonreír y engatusar.
Como la correa de un ventilador, así
se le gastó el buen humor.
Entonces se cortó la nariz y las piernas
y se las ofreció.

La exhibieron en un féretro forrado de seda
maquillada con cosméticos funerarios,
una naricita respingada,
un camisón rosa y blanco.
¿No está preciosa?, dijeron todos.
¡La consumación, era hora!
A toda mujer le llega su final feliz.


La canción del gato

Mía, dice el gato, sacando una pata de la oscuridad.
Mi amante, mi amiga, mi esclava, mi juguete, dice
el gato, haciéndote en el pecho el gesto de exprimir
la leche de las tetas olvidadas de la madre.

Vamos a caminar al bosque, dice el gato.
Voy a enseñarte a leer el diario de los aromas,
a desaparecer entre las sombras, a esperar como espera una trampa, a cazar.
Te dejo este ratón calentito en la alfombra.

Vos me alimentás, yo trato de alimentarte, dice el gato,
para eso somos amigos, aunque yo sea más imparcial.
¿Podés saltar veinte veces lo que mide tu cuerpo?
¿Podés subir y bajar corriendo de un árbol? ¿Y saltar entre los techos?

Vamos a frotarnos y a hablar de las caricias.
Tengo emociones puras como cristales de sal, e igual de duras.
Como mis ojos, relucen mis lujurias. A la mañana te canto
dando vueltas y vueltas por tu cama y por tu cara.

Vení, voy a enseñarte a bailar con tanta naturalidad
como dormir o caminar o estirarte largo, largo.
Con los bigotes hablo del miedo, y del orgullo con las garras.
La envidia me agita la cola. El amor me habla entero: una palabra

hecha de pelos. Te voy a enseñar a estar quieta como un huevo
y a deslizarte por el pasto como el fantasma del viento.


El cumpleaños del mundo

En el cumpleaños del mundo
empiezo a considerar
lo que hice y lo que dejé
de hacer, pero este año
no hay tanta reconstrucción

de mi psiquis con daño
permanente, apuntalando amistades
erosionadas, desenterrando los
tocones de antiguos resentimientos
que se niegan a arraigar por su cuenta.

No, este año me quiero llamar
a mí misma y amonestarme por
lo que hice y por lo que no hice
por la paz. ¿Cuánto me atreví
a oponerme?

¿Cuánto puse
en juego por la libertad?
La mía y la de los otros.
Mientras a esas libertades las pelan,
pican y rebanan, ¿dónde

me pronuncié? ¿A quién
traté de movilizar? En
esta estación sagrada, me pongo de pie
para autocondenarme por mi pereza
en una época en la que las mentiras asfixian

la mente y la retórica
somete la razón al deslizarse
de sus boas constrictoras. Aquí
me paro ante las puertas
abiertas, ante el fuego que 

me encandila, y mientras me aproximo
a lo que me juzga, me juzgo
yo. Denme las armas
de destrucción mínima. Dejen que

mis palabras se transformen en chispas.


Más que suficiente

El primer lirio de junio abre la boca roja.
En el camino de arena por el que vamos,
la rosa multiflora trepa a los árboles y cae
en cascadas de flores blancas o rosas. La escena,
intensa y simple, se deja llevar como la niebla de colores.

La punta de flecha esparce sus racimos
de flores cremosas, y las zarzamoras
florecen en los matorrales. La estación de
la alegría para las abejas. El verde nunca más va a
volver a ser tan verde, tan puro, nuevo y

exuberante, el pasto eleva sus inflorescencias
al viento. Vino fresco y rico de junio,
en vos nos internamos tambaleando,
sucios de polen y victoriosos, como la tortuga
que deposita sus huevos al costado de la ruta.


Promesas de invierno

Tomates rozagantes como las nalgas perfectas de los bebés,
berenjenas brillosas como guardabarros lustrados,
ajíes impecables de neón violeta
y reluciente, chauchas trepadoras prolíficas
que crecen como el tallo de Jack bajo los efectos del Viagra,
grandes como ruedas de camión, las zinias que el hongo
nunca marchita, las rosas colgadas
de un arbusto que el chancro jamás tocó,
los arbolitos frutales valientes que ladean
sus adornos inmaculados de frutas de vidrio:

estoy acostada en el sofá, cubierta
de catálogos de semillas, queriendo comprar
demasiadas.  Por la ventana cae
aguanieve y un viento ribeteado de
cuchillos de hielo se mete por cada hendija.
Miéntanme, mercaderes de jardines:
Quiero creer en todas las promesas,
creer en tomates de dos kilos
y en dalias más brillantes que el sol
que se comió la escarcha hace unos días.


El amigo

Nos sentamos uno de cada lado de la mesa.
él dijo: cortate las manos.
siempre están hurgando algo.
me van a tocar.
Dije que sí.

La comida se enfriaba en la mesa.
él me dijo: quemate el cuerpo.
no está limpio y tiene olor a sexo.
Irrita mi úlcera mental.
Dije que sí.

Te amo, me dijo.
Es muy lindo, dijo.
Me gusta que me ames,
me hace feliz.
¿Ya te cortaste las manos, no?



Los colores que nos atraviesan

Morado como los tulipanes de mayo, malva
en el terciopelo suntuoso, morado
como las manchas que dejan las moras
en los labios, y en las manos,
el morado de las uvas maduras
soleadas y tibias como la carne.
Todos los días voy a darte un color, 
como si pusiera una flor en un florero
de tu escritorio.
Todos los días
te voy a pintar, como se pintan 
las mujeres entre ellas 
con henna las manos y los pies.

Rojo como el henna, como la canela,
como las ascuas después de que el fuego se amontona,
como el cardenal en su comedero
y las rosas que caen de la glorieta
con su peso inclinando las maderas
o el rojo del jarabe que hago con los pétalos.

Naranja como la fruta perfumada
que cuelga sus globos del árbol resplandeciente,
naranja como las calabazas en la tierra,
como las asclepias y las mariposas monarca
que vienen a alimentarse de ellas, naranja como mi
gato que corre ágil por el pasto crecido.

Amarillo como los ojos sabios y bellacos de una cabra.
Amarillo como una colina de narcisos,
amarillo como los dientes de león en la ruta,
amarillo como la manteca y la yema de huevo,
amarillo como el micro escolar que se detiene adelante
amarillo como un impermeable abajo del chaparrón.

Acá está mi ramo, acá hay una canción
por cada cosa que hacés y en la que
me hacés pensar, acá está la plegaria
indirecta a tu altura, a tu profundidad
y también a tu amplitud.

Acá está mi caja de crayones nuevos, a tus pies.

Verde como la jalea de menta, verde
como una rana sobre el temblor de un nenúfar,
el verde de la lechuga romana, erguida,
a punto de huir de su torre opulenta,
verde como el Grand Chartreuse en un vaso
transparente, verde como las botellas de vino.

Azul como las violetas, los delfinios,
la centáurea.
Azul como el roquefort,
como el Saga,
como el agua quieta.
Azul como los ojos de un gato siamés.
Azul como las sombras en la nieve reciente, como el cielo
de la primavera que bebe de un charco del asfalto.

Cobalto como el cielo a medianoche
cuando el día se va sin dejar huella
y nos quedamos, una en brazos de la otra,
con los ojos cerrados y los dedos abiertos
y todos los colores del mundo pasan

a través de nuestros cuerpos como si fueran cuerdas de fuego.



El siete de oros

Bajo un cielo color sopa de arvejas
ella mira allá afuera cómo crece su trabajo
frondoso, activo, como la vid o la chaucha trepadora
como crecen las cosas del mundo real, tomándose su tiempo.
Si se las cuida de la forma adecuada, si se fertilizan, si se riegan,
si en invierno se les brinda refugio y alimento a los pájaros que se comen los insectos,
si brilla el sol y se quitan las orugas,
si vienen la mantis religiosa, la vaquita de San Antonio y las abejas,
entonces las plantas florecen, cada una según su reloj interior.

Las conexiones se hacen lentamente, a veces crecen bajo tierra
y no siempre se sabe lo que pasa con solo mirar.
Más de la mitad del árbol se extiende bajo el suelo que pisamos.
Entrá en silencio como la lombriz que no hace alardes.
Luchá con la persistencia de la peste que derriba el árbol.
Dispersate como la calabaza que invade el jardín.
Roé en la oscuridad, y con el sol fabricá azúcar.

Tejé conexiones auténticas, creá nodos auténticos, construí casas auténticas.
Viví una vida que puedas tolerar: hacé el amor que sea amoroso.
Seguí tejiendo, entretejiendo y asimilando más,
una selva de zarzas y espesura para el afuera pero para nosotras
conectada con las corridas, madrigueras y escondites de los conejos.

Viví como si te gustaras a vos misma, y puede ser que suceda:
tendé la mano, seguí  tendiendo la mano, incorporá,
así vamos a vivir un tiempo largo: no para siempre,
porque todo jardinero sabe que después de cavar, después de sembrar
después de una temporada larga de atención y crecimiento, llega la cosecha.




Versiones en castellano de Sandra Toro.


What are Big Girls Made of? 

The construction of a woman:
a woman is not made of flesh 
of bone and sinew 
belly and breasts, elbows and liver and toe. 
She is manufactured like a sports sedan. 
She is retooled, refitted and redesigned 
every decade. 
Cecile had been seduction itself in college. 
She wriggled through bars like a satin eel, 
her hips and ass promising, her mouth pursed 
in the dark red lipstick of desire. 

She visited in '68 still wearing skirts 
tight to the knees, dark red lipstick, 
while I danced through Manhattan in mini skirt, 
lipstick pale as apricot milk, 
hair loose as a horse's mane. Oh dear, 
I thought in my superiority of the moment, 
whatever has happened to poor Cecile? 
She was out of fashion, out of the game, 
disqualified, disdained, dis- 
membered from the club of desire. 

Look at pictures in French fashion 
magazines of the 18th century: 
century of the ultimate lady 
fantasy wrought of silk and corseting. 
Paniers bring her hips out three feet 
each way, while the waist is pinched 
and the belly flattened under wood. 
The breasts are stuffed up and out 
offered like apples in a bowl. 
The tiny foot is encased in a slipper 
never meant for walking. 
On top is a grandiose headache: 
hair like a museum piece, daily 
ornamented with ribbons, vases, 
grottoes, mountains, frigates in full 
sail, balloons, baboons, the fancy 
of a hairdresser turned loose. 
The hats were rococo wedding cakes 
that would dim the Las Vegas strip. 
Here is a woman forced into shape 
rigid exoskeleton torturing flesh: 
a woman made of pain. 

How superior we are now: see the modern woman 
thin as a blade of scissors. 
She runs on a treadmill every morning, 
fits herself into machines of weights 
and pulleys to heave and grunt, 
an image in her mind she can never 
approximate, a body of rosy 
glass that never wrinkles, 
never grows, never fades. She 
sits at the table closing her eyes to food 
hungry, always hungry: 
a woman made of pain. 

A cat or dog approaches another, 
they sniff noses. They sniff asses. 
They bristle or lick. They fall 
in love as often as we do, 
as passionately. But they fall 
in love or lust with furry flesh, 
not hoop skirts or push up bras 
rib removal or liposuction. 
It is not for male or female dogs 
that poodles are clipped 
to topiary hedges. 

If only we could like each other raw. 
If only we could love ourselves 
like healthy babies burbling in our arms. 
If only we were not programmed and reprogrammed 
to need what is sold us. 
Why should we want to live inside ads? 
Why should we want to scourge our softness 
to straight lines like a Mondrian painting? 
Why should we punish each other with scorn 
as if to have a large ass
were worse than being greedy or mean?

When will women not be compelled
to view their bodies as science projects,
gardens to be weeded,
dogs to be trained?
When will a woman cease
to be made of pain?


Implications of One plus One


Sometimes we collide, tectonic plates merging, 
continents shoving, crumpling down into the molten 
veins of fire deep in the earth and raising 
tons of rock into jagged crests of Sierra. 

Sometimes your hands drift on me, milkweed's 
airy silk, wingtip's feathery caresses, 
our lips grazing, a drift of desires gathering 
like fog over warm water, thickening to rain. 

Sometimes we go to it heartily, digging, 
burrowing, grunting, tossing up covers 
like loose earth, nosing into the other's 
flesh with hot nozzles and wallowing there. 

Sometimes we are kids making out, silly 
in the quilt, tickling the xylophone spine, 
blowing wet jokes, loud as a whole 
slumber party bouncing till the bed breaks. 

I go round and round you sometimes, scouting, 
blundering, seeking a way in, the high boxwood 
maze I penetrate running lungs bursting 
toward the fountain of green fire at the heart. 

Sometimes you open wide as cathedral doors 
and yank me inside. Sometimes you slither 
into me like a snake into its burrow. 
Sometimes you march in with a brass band. 

Ten years of fitting our bodies together 
and still they sing wild songs in new keys. 
It is more and less than love: timing, 
chemistry, magic and will and luck. 

One plus one equal one, unknowable except 
in the moment, not convertible into words, 
not explicable or philosophically interesting. 
But it is. And it is. And it is. Amen.



Barbie Doll 

This girlchild was born as usual
and presented dolls that did pee-pee
and miniature GE stoves and irons
and wee lipsticks the color of cherry candy.
Then in the magic of puberty, a classmate said:
You have a great big nose and fat legs. 

She was healthy, tested intelligent,
possessed strong arms and back,
abundant sexual drive and manual dexterity.
She went to and fro apologizing.
Everyone saw a fat nose on thick legs. 

She was advised to play coy,
exhorted to come on hearty,
exercise, diet, smile and wheedle.
Her good nature wore out
like a fan belt.
So she cut off her nose and her legs
and offered them up. 

In the casket displayed on satin she lay
with the undertaker's cosmetics painted on,
a turned-up putty nose,
dressed in a pink and white nightie.
Doesn't she look pretty? everyone said.
Consummation at last.
To every woman a happy ending.


The Cat's Song

Mine, says the cat, putting out his paw of darkness. 

My lover, my friend, my slave, my toy, says 

the cat making on your chest his gesture of drawing 

milk from his mother's forgotten breasts. 



Let us walk in the woods, says the cat. 

I'll teach you to read the tabloid of scents, 

to fade into shadow, wait like a trap, to hunt. 

Now I lay this plump warm mouse on your mat. 



You feed me, I try to feed you, we are friends, 

says the cat, although I am more equal than you. 
Can you leap twenty times the height of your body? 
Can you run up and down trees? Jump between roofs?

Let us rub our bodies together and talk of touch. 
My emotions are pure as salt crystals and as hard. 
My lusts glow like my eyes. I sing to you in the mornings
walking round and round your bed and into your face. 

Come I will teach you to dance as naturally 
as falling asleep and waking and stretching long, long. 
I speak greed with my paws and fear with my whiskers. 
Envy lashes my tail. Love speaks me entire, a word 

of fur. I will teach you to be still as an egg 
and to slip like the ghost of wind through the grass. 



The Birthday of the World

On the birthday of the world 
I begin to contemplate 
what I have done and left 
undone, but this year 
not so much rebuilding

of my perennially damaged 
psyche, shoring up eroding 
friendships, digging out 
stumps of old resentments 
that refuse to rot on their own.

No, this year I want to call 
myself to task for what 
I have done and not done 
for peace. How much have 
I dared in opposition?

How much have I put 
on the line for freedom? 
For mine and others? 
As these freedoms are pared, 
sliced and diced, where

have I spoken out? Who 
have I tried to move? In 
this holy season, I stand 
self-convicted of sloth 
in a time when lies choke

the mind and rhetoric 
bends reason to slithering 
choking pythons. Here 
I stand before the gates 
opening, the fire dazzling

my eyes, and as I approach 
what judges me, I judge 
myself. Give me weapons 
of minute destruction. Let 
my words turn into sparks.



More than Enough

The first lily of June opens its red mouth. 
All over the sand road where we walk 
multiflora rose climbs trees cascading 
white or pink blossoms, simple, intense 
the scene drifting like colored mist. 

The arrowhead is spreading its creamy 
clumps of flower and the blackberries 
are blooming in the thickets. Season of 
joy for the bee. The green will never 
again be so green, so purely and lushly 

new, grass lifting its wheaty seedheads 
into the wind. Rich fresh wine 
of June, we stagger into you smeared 
with pollen, overcome as the turtle 
laying her eggs in roadside sand.


Winter Promises

Tomatoes rosy as perfect baby's buttocks, 
eggplants glossy as waxed fenders, 
purple neon flawless glistening 
peppers, pole beans fecund and fast 
growing as Jack's Viagra-sped stalk, 
big as truck tire zinnias that mildew 
will never wilt, roses weighing down 
a bush never touched by black spot, 
brave little fruit trees shouldering up 
their spotless ornaments of glass fruit: 

I lie on the couch under a blanket 
of seed catalogs ordering far 
too much.
 Sleet slides down 
the windows, a wind edged 
with ice knifes through every crack.
Lie to me, sweet garden-mongers: 
I want to believe every promise, 
to trust in five pound tomatoes 
and dahlias brighter than the sun 
that was eaten by frost last week.


The Friend

We sat across the table. 
he said, cut off your hands. 
they are always poking at things. 
they might touch me. 
I said yes. 

Food grew cold on the table. 
he said, burn your body. 
it is not clean and smells like sex. 
it rubs my mind sore. 
I said yes. 

I love you, I said. 
That’s very nice, he said 
I like to be loved, 
that makes me happy. 
Have you cut off your hands yet?



Colors Passing Through Us

Purple as tulips in May, mauve 
into lush velvet, purple 
as the stain blackberries leave 
on the lips, on the hands, 
the purple of ripe grapes 
sunlit and warm as flesh.
Every day I will give you a color, 
like a new flower in a bud vase 
on your desk.
 Every day 
I will paint you, as women 
color each other with henna 
on hands and on feet.

Red as henna, as cinnamon, 
as coals after the fire is banked, 
the cardinal in the feeder, 
the roses tumbling on the arbor 
their weight bending the wood 
the red of the syrup I make from petals.

Orange as the perfumed fruit 
hanging their globes on the glossy tree, 
orange as pumpkins in the field, 
orange as butterflyweed and the monarchs 
who come to eat it, orange as my 
cat running lithe through the high grass.

Yellow as a goat's wise and wicked eyes, 
yellow as a hill of daffodils, 
yellow as dandelions by the highway, 
yellow as butter and egg yolks, 
yellow as a school bus stopping you, 
yellow as a slicker in a downpour.

Here is my bouquet, here is a sing 
song of all the things you make 
me think of, here is oblique 
praise for the height and depth 
of you and the width too.
Here is my box of new crayons at your feet.

Green as mint jelly, green 
as a frog on a lily pad twanging, 
the green of cos lettuce upright 
about to bolt into opulent towers, 
green as Grand Chartreuse in a clear 
glass, green as wine bottles.

Blue as cornflowers, delphiniums, 
bachelors' buttons.
Blue as Roquefort, 
blue as Saga.
Blue as still water.
Blue as the eyes of a Siamese cat.
Blue as shadows on new snow, as a spring 
azure sipping from a puddle on the blacktop.

Cobalt as the midnight sky 
when day has gone without a trace 
and we lie in each other's arms 
eyes shut and fingers open 
and all the colors of the world 
pass through our bodies like strings of fire.


The Seven Of Pentacles 

Under a sky the color of pea soup
she is looking at her work growing away there
actively, thickly like grapevines or pole beans
as things grow in the real world, slowly enough.
If you tend them properly, if you mulch, if you water,
if you provide birds that eat insects a home and winter food,
if the sun shines and you pick off caterpillars,
if the praying mantis comes and the ladybugs and the bees,
then the plants flourish, but at their own internal clock.

Connections are made slowly, sometimes they grow underground.
You cannot tell always by looking what is happening.
More than half the tree is spread out in the soil under your feet.
Penetrate quietly as the earthworm that blows no trumpet.
Fight persistently as the creeper that brings down the tree.
Spread like the squash plant that overruns the garden.
Gnaw in the dark and use the sun to make sugar.

Weave real connections, create real nodes, build real houses.
Live a life you can endure: Make love that is loving.
Keep tangling and interweaving and taking more in,
a thicket and bramble wilderness to the outside but to us 
interconnected with rabbit runs and burrows and lairs.

Live as if you liked yourself, and it may happen:
reach out, keep reaching out, keep bringing in.
This is how we are going to live for a long time: not always,
for every gardener knows that after the digging, after
the planting,
after the long season of tending and growth, the harvest comes.

MARGE PIERCY (EE. UU., 1936)