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marzo 25, 2016

LA AMBICIÓN DE LOS FANTASMAS - ROSMARIE WALDROP



1. La separación precede al encuentro

El gato tan cerca
del fuego
que huelo su aliento
chamuscado. Mis padres,
mudos, detrás de mí,
una sensación de
árboles que pueden caerse.
O perros.
               Un poema,
como tratar
de recordar,
es un movimiento
de todo el cuerpo.
Seguís la niebla
hasta alcanzar más niebla.
Quizás la puerta al final
separe
los hechos
del cariño innato. Cómo
saber. Me encuentro
con tantas
en cada espejo.


2.

Cuando era chica,
¿era yo?
¿Y mi hermana? ¿Una loba
encadenada,
ahogándose en virtudes verdes?
                                                  Más lento
el tiempo
de la memoria. Una vez
que tengo algo
me acuesto
encima con todo mi peso.
Citas de Goethe, arena
tibia, un olor a heno,
las tardes largas.
                             Pero
iba a tomar un camino
se iba a encerrar, con el espacio,
en sí mismo,
iba a hacer
una oferta de la ocasión.


3.

Durante días sostengo
un paisaje diminuto entre
el pulgar 
y el índice:
arena,
brezos,
resplandor azul entre los pinos.
Ningún olor: cajita de fósforos.
La arena tan esquemática como
                                                  si cayera
en la memoria,
abajo,
con mi sangre,
a acumularse
en las arterias,
para ser leída con el cuerpo
entero, en las cavidades
del corazón.
La luz: del fósforo,
por fin
deslumbra.


4.

Concentración: fruncir el entrecejo
de todo el cuerpo. No me puedo 
acordar. Demasiados
pasados
retroceden
en todas direcciones.
Movimiento lento hacia unas
                                                botas lejanas.
De noche, escarabajos negros. Un olor
a sudor.
             El restaurante,
sí. No te imaginás
lo que comía mi padre.
El lugar repleto de humo.
Cartas. Cerveza rebosando espuma
encima de la mesa.
                        Y siempre
algún tipo que decía 
que me tenía que casar,
me ponía una almohada en los ojos
y, con un suspiro
cómplice, escupía
en mi regazo.



5. 

El presente.
Tan difícil como
el pasado, una vez que un lugar
se curva en
                  caderas, meciéndose en otra parte.
Castillos en la arena.
O España. Espacio
de otro lenguaje.
                           El sueño
es un cuerpo de agua.
Seguí tus labios
hasta su suavidad. Mucho más abajo
la cabeza encuentra su nivel



6 - Tropismos

Hacia dentro, siempre. La noche
enrosca la hoja del trébol
alrededor de su sueño.
Apretada.
Los cuerpos de los justos
ruedan,
toda la noche,
por cuevas subterráneas
que se repliegan
sobre sí.
                           Túnel 
extenso
del olvido. Necesidad
de desenfocar. El aire,
inmenso, encorva
todo su cuerpo.
Olas enormes martillan
mis músculos
aplanándolos.
Hacia dentro, las distancias: los territorios
masculino y femenino,
rigurosamente iguales.


7.

El borracho se me cayó encima
en la calle. Espero
no haberlo
defraudado. Le desollé
el sueño.
              Noviembre.
Y un olor a nieve. Bastante habitual,
dice el portero, el amo
de la basura, cada vez 
más chiquito en mi 
espejo curvo. 
                      Tengo una
suerte in-
controlable: mi sueño
siempre se vuelve  denso
y visible. Hay
muchas brujas 
en Alemania. Sus canciones
descienden en semitonos constantes
a través tuyo.


8.

Vas a morir, dice Novalis, vas a morirte
siguiendo filas interminables
de ovejas hasta la
respiración regular.
                       Precario,
como Mozart, una especie 
de aire vivo
mantiene el sueño
orbitando
alrededor de sí mismo, de su
centro extraviado.
Imagen 
tras imagen del placer
de todo el cuerpo 
ahonda
mi sueño:

agita las aletas.



9. La introducción de los decimales

Un sueño, como tratando
de recordar, abre las palabras
para otros,
significados ocultos. El pasto
empalidece gradualmente, las ramitas
tiemblan, vítreas,
el hielo
pone flores en la ventana.
Las ecuaciones íntimas más complejas
que las coordenadas del pasado
y Alemania. El gato
no puede alzar su garra,
la pata se estira y se estira
con esfuerzo.
Un ataque de llanto
se cancela. Un aria se coagula
en la laringe.
Nada se mueve en el coma
de algodón: solo Descartes
se pellizca
y cada fracción
tiene que resolverse.




Versión en castellano de Sandra Toro





THE AMBITION OF GHOSTS


I. Separation Precedes Meeting

The cat so close
to the fire
I smell scorched
breath. Parents,
silent, behind me,
a feeling of
trees that might fall.
Or dogs.
                 A poem,
like trying
to remember,
is a movement
of the whole body.
You follow the
fog
into more fog.
Maybe the door ahead
divides
the facts
from natural affection. How
can I know. I meet
too many
in every mirror.


2.

When I was little,
was I I?
My sister? A wolf
chained,
smothered in green virtues?
                                              Slower
time
of memory. Once
I’ve got something
I lie
down on it
with my whole body.
Goethe quotations, warm
sand, a smell of hay,
long afternoons.
                            But it
would take a road
would turn, with space,
in on itself,
would turn
occasion into offer.


3.

For days I hold
a tiny landscape between
thumb
and index:
sand,
heather,
shimmer of blue between pines.
No smell: matchbook.
Sand as schematic as
                                    Falling
into memory,
down,
with my blood,
to the accretions
in the arteries,
to be read with the whole
body, in the chambers
of the heart.
The light: of the match,
struck,
at last.

4.

Concentration: a frown
of the whole body. I can’t
remember. Too many
pasts
recede
in all directions.
Slow movement into
                                   Distant boots.
Black beetles at night. A smell
of sweat.
                 The restaurant,
yes. You’ve no idea
how much my father used to eat.
Place thick with smoke.
Cards. Beer foaming over
on the table.
                     And always
some guy said I ought
to get married,
put a pillow behind my eyes
and, with a knowing
sigh, spat
in my lap.


5.

The present.
As difficult as
the past, once a place
curves into
           Hips swinging elsewhere.
Castles in sand.
Or Spain. Space
of another language.
                                   Sleep
is a body of water.
You follow your lips
into its softness. Far down
the head finds its level



6. Tropisms

Inward, always. Night
curls the clover leaf
around its sleep.
Tightly.
The bodies of the just
roll,
all night,
through subterranean caves
which turn
in on themselves.
                                Long
tunnel
of forgetting. Need
of blur. The air,
large, curves
its whole body.
Big hammering waves
flatten my
muscles.
Inward, the distances: male
and female fields,
rigorously equal.


7.

The drunk fell toward me
in the street. I hope
he wasn’t
disappointed. Skinned
his sleep.
                 November.

And a smell of snow. Quite normal,
says the landlord, the master
of rubbish, smaller
and smaller in my
curved mirror.
                         I have un-
controllable
good luck: my sleep
always turns dense
and visible. There
are many witches
in Germany. Their songs
descend in steady half-tones
through you.


8.

You’ll die, Novalis says, you’ll die
following endless rows
of sheep into your
even breath.
                     Precarious,
like Mozart, a living
kind of air,
keeps the dream
spinning
around itself, its
missing core.
Image
after image of pleasure
of the whole body
deepens
my sleep:

fins.


9. Introducing Decimals

A dream, like trying
to remember, breaks open words
for other,
hidden meanings. The grass
pales by degrees, twigs
quaver glassily,
ice
flowers the window.
Intimate equations more complicated
than the coordinates of past
and Germany. The cat
can’t lift its paw,
its leg longer and longer
with effort.
A crying fit
is cancelled. An aria jelled
in the larynx.
Nothing moves in the cotton
coma: only Descartes
pinches himself
and every fraction
must be solved.



("The Ambition of Ghosts: 1: Remembering Into Sleep...", Another Language: Selected Poems. Copyright © 1997).



ROSMARIE WALDROP (ALEMANIA/EE. UU., 1935)


febrero 28, 2016

DOS POEMAS DE SEAMUS HEANEY


Foto: cortesía de Bobbie Hanvey Photographic Archives, John J. Burns Library, Boston College.


SEGUIDOR

Mi padre araba con un caballo de tiro,
su espalda se curvaba como una vela inflada
extendida entre la esteva y el surco.
El caballo tiraba a un chasquido de su lengua.

Todo un experto. Colocaba el yugo
y ensartaba la reja de acero reluciente.
Y la tierra se volteaba sin romperse.
Al final del campo, con un solo tirón

de riendas, el grupo sudoroso daba la vuelta
y volvía a la tierra. El ojo entrecerrado
de mi padre, fijo en el suelo,
al trazar cada surco con exactitud.

Yo tropezaba en la huella de sus botas,
a veces me caía en la tierra lustrosa,
otras veces él me llevaba en andas
subiendo y bajando mientras caminaba.

Yo quería crecer y arar,
cerrar un ojo, tensar el brazo.
Lo único que hacía era seguir
su sombra ancha alrededor de la granja.

Era un fastidio, tropezando, cayéndome,
siempre parloteando. Pero ahora
es mi padre el que tropieza
detrás de mí, y no se va.





CAVAR

Entre índice y pulgar
descansa mi lapicera, calzada como un revólver.

Bajo la ventana, el ruido limpio y áspero
de la pala al hundirse en el pedregullo:
es mi padre, que cava. Lo miro

hasta que su espalda arqueada se dobla
entre los canteros, y reaparece veinte años atrás
agachado entre los surcos de papas
donde cavaba.

Con la bota rústica encajada en la pala, y el mango
haciendo palanca en la rodilla,
iba arrancando los tallos, hundía hasta el fondo el filo brillante
para esparcir las papas nuevas, que juntábamos
fascinados por su dureza fría en las manos.

Por dios, cómo manejaba la pala el viejo.
Igual que el de él.

Mi abuelo cortaba más turba en un día
que cualquier otro en la turbera de Toner.
Una vez le llevé leche en una botella
tapada con un corcho de papel. Él se paró
a tomarla y enseguida volvió a agacharse
a cortar y tajar con esmero, arrojando los terrones
sobre el hombro, más y más hondo,
en busca de la turba buena. Cavando.

El olor frío del moho de las papas, el chapoteo
de la turba empapada, los cortes secos de un filo
contra las raíces vivas se despiertan en mi cabeza.
Pero yo no tengo pala con que seguir a esos hombres.

Entre el pulgar y el índice
descansa mi lapicera.
Con ella, cavaré.



Versiones en castellano de Sandra Toro.








FOLLOWER

My father worked with a horse-plough,
His shoulders globed like a full sail strung
Between the shafts and the furrow.
The horse strained at his clicking tongue.

An expert. He would set the wing
And fit the bright steel-pointed sock.
The sod rolled over without breaking.
At the headrig, with a single pluck

Of reins, the sweating team turned round
And back into the land. His eye
Narrowed and angled at the ground,
Mapping the furrow exactly.

I stumbled in his hob-nailed wake,
Fell sometimes on the polished sod;
Sometimes he rode me on his back
Dipping and rising to his plod.

I wanted to grow up and plough,
To close one eye, stiffen my arm.
All I ever did was follow
In his broad shadow round the farm.

I was a nuisance, tripping, falling,
Yapping always. But today
It is my father who keeps stumbling
Behind me, and will not go away.



Digging

Between my finger and my thumb  
The squat pen rests; snug as a gun.

Under my window, a clean rasping sound  
When the spade sinks into gravelly ground:  
My father, digging. I look down

Till his straining rump among the flowerbeds  
Bends low, comes up twenty years away  
Stooping in rhythm through potato drills  
Where he was digging.

The coarse boot nestled on the lug, the shaft  
Against the inside knee was levered firmly.
He rooted out tall tops, buried the bright edge deep
To scatter new potatoes that we picked,
Loving their cool hardness in our hands.

By God, the old man could handle a spade.  
Just like his old man.

My grandfather cut more turf in a day
Than any other man on Toner’s bog.
Once I carried him milk in a bottle
Corked sloppily with paper. He straightened up
To drink it, then fell to right away
Nicking and slicing neatly, heaving sods
Over his shoulder, going down and down
For the good turf. Digging.

The cold smell of potato mould, the squelch and slap
Of soggy peat, the curt cuts of an edge
Through living roots awaken in my head.
But I’ve no spade to follow men like them.

Between my finger and my thumb
The squat pen rests.

I’ll dig with it.




SEAMUS HEANEY (IRLANDA, 1939-2013).

febrero 15, 2016

PIETÁ - ALICIA SILVA REY


1

Manchada de… lirios, la escalinata que subo y subo y subo 
sin lograr alcanzar nunca la cúspide ni el picaporte de la puerta 
que cierra el paso al altarcito de la escalera. 
Entramos él, y yo, dos sombras 
agitándose en un sitio remoto, el pie del altarcito cubierto de ramos muy finos. 
De eneldo. 



2


Se iba, dijo, porque los perros romperían la puerta: 
los desaliñados, los perdidos. 
-Sabés- le dije- anoche soñé con vos. 
Te ibas a causa de una puerta astillada, 
pero en astillas grandes como vigas. 
No hay contradicción en la imagen 
porque las astillas eran grandes 
como vigas pero livianas como hebras   
y despedían un aire cálido de otoño 
y parecían girar o desavenirse en los límites 
del marco de una puerta, no sé,   
como un portal, que ciertos perros 
estaban a punto de devorar o romper.
-Los desaliñados son los míos- me contestaste.
Ahora: yo querría saber de quién son los perdidos. 


3

O sea que ni siquiera tenía una respuesta 
para la puerta firme como un ícono 
en sus goznes de hierro negro, 
puerta liviana, suave como un arco de plumas, 
desgarrada aún sin que ningún perro  hubiera intervenido. 
Cerré los ojos, no sabía si alguna vez 
había llorado en lo alto de una escalera, 
vestida de blanco, una guarda, me parece, 
muy…se destacaba como una opresión 
dorada alrededor de los pechos y cerca de los tobillos 
o tal vez más arriba, unas tobilleras de oro muy brillantes y pulidas y más oscuras 
en los pectorales de la túnica que había perdido toda consistencia en tu memoria. 
La puerta se abría en la cúspide de la escalinata y yo no lograba llegar hasta ella, 
alcanzar el picaporte, girarlo, salir a tu intemperie cercada por una luz cruda de agua, siendo atravesada 
por la inminencia de esa puerta cerrada y al alcance de la potencia de mis 
tobillos de oro y de la presión de mis manos sin defectos.


4


Cuando las habitaciones fueron desnudadas, 
por encima de todo lo que hubo y lo que fue, 
cubriéndolo, 
hice colocar un paño de terciopelo. Verde.
Porque esa era mi voluntad y porque debía 
concentrarme día y noche, sin pausas, 
en callar, perfeccionando el acallamiento 
hasta completarlo.


5


Sólo cuando los pájaros empezaron a gritar, 
me acerqué a tu cama, te toqué la cabeza, el pecho, los pies.
Te escuché respirar con fuerza y estremecimientos de dolor.
La bandada gritaba más y más fuerte pero a medida que cobraba altura 
se desflecaba el diseño de su desplazamiento, 
y los gritos 
se contorsionaban una y otra vez en la atmósfera hasta perderse. 
La funcionalidad de esas aves negras en lo alto de un cielo 
de ventana de hospital me es indiferente y lo menciono 
como una incógnita o una inquietud, lejanas. 
Un año lúgubre me diste.
“Tartamuda”, sí. Habías encontrado 
la manera apropiada de restituirme al balbuceo del mundo.   


6
  
El olor a trapo quemado me ensordecía. 
Por favor. Por favor. Conocía esa clase de jueg… de fuego. 
Llamas que parecían extinguidas, provenidas de otras regiones, 
de otras precogniciones. “Que boquee, que se ahogue como un pescado”, vos, 
sobre todo, por encima de las voces destempladas que retorcían la horda,
la hoguera, por favor, yo, sin lengua para hablar. Ver brillar el silencio. Alguien, 
uno de ustedes, 
chicos que yo misma vi crecer, invité, acaricié 
con mi mano sin anillos, vos, me parecía que habías sido vos, 
con una especie de arma, de martillo golpeó, golpeó, lo quiso…lo….yo no podía 
impedirlo, el baño fue de fuego, 
en el silencio sobrecargado de olor, tu voz de niño, aguda y destemplada: “que 
me mate, que me asesine”, o esto mismo invertido, yuxtapuesto, desgarrado en 
el tiempo de la acción delirante, los troncos de fresno perfumado, se arrojaban 
al piso, desnudos, danzaban sin abrigo, la luz era pequeña 
como la de una lámpara, bañaron con el fuego a aquél a quien llamaban padre, 
todavía se retuerce bajo mis párpados el amianto de sus rodillas.


7

- Muévase-. El agua limpia había comenzado a descargarse 
con fuerza, su frescura fuera de sí… Sin pausas 
voy transportando los baldes metálicos desbordados, 
por una calle empinada donde por todas partes había uniformados: agentes de 
policía, guardiacárceles, enfermeras 
en actitudes misteriosas. Todo el piso mojado. 
Un policía resbala en un charco. Se limpia con un pañuelo, 
me señala, lo pierdo de vista,  el acarreo de agua es incesante. 
El r…r… el rumor de las lavadoras me astilla los nervios. Otro uniformado, 
de gris topo, me sonríe secándose próximo al vertedero hacia donde algunos 
civiles van arrastrando grandes masas de piedra. A mí que no me pongan 
piedras como almohada. Me muevo con gran agilidad llevando un balde tras 
otro hasta un pozo abierto en el corazón de la cantera. Allí también se detenían 
los señores uniformados, tocándose, y burlándose, mencionando aquellas 
partes de mi cuerpo que el agua empapaba, y el agua, inocente, dejándose 
llevar limpia en mis baldes de aluminio hasta la boca del pozo, 
no por esperar llenarlo en alguno de los viajes, dios me libre, sino por no 
olvidarlo, no olvidar lo que ese pozo encierra 
bajo mis párpados, en el recuerdo, alimentando 
esa frescura orlada  de pedacitos de mat…de mat… de materia translúcida 
como…donde la luz penetra suavemente todo el tiempo que los veo rodar, caer 
al fondo inalcanzable, fuera de sí la superficie y acaso desdoblada, yo misma ir 
siendo cada vez  aquella que alimenta el pozo no con la intención de llenarlo 
sino  para que no deje de desbordar.   


8

Absorta, escayolada, voy recorriendo palmo a palmo 
y en todas direcciones el circuito de la…disponibilidad. 
No tengo cómo contar esto si no es por medio de la aridez, 
el recato, la austeridad de los sentidos. 


9

Estar desierta, disponible, una palma desnuda abierta 
sobre un vidrio empañado. Pero ahora se trata de otra cosa: desplegar un 
relato que nos incluya, que no nos q...quite la p…posibilidad de estar j…j…untos 
una última vez. 
Escayolada, decirse escayolada no resulta de la inútil lentitud de una violenta 
analogía. Significa “demasiado disponible”, escayolada. 


10


Días y años de internarme, de ser i… i… internada en idéntica travesía por 
pasillos vigilados, esas personas uniformadas en color azul topo… con birretitos, 
amaneramientos y amenazas encubiertas. Disponible. Escayolada. De pronto 
recordé, cómo era sentir hambre y…y necesitar dar de comer, me corrijo: 
proponerte comer,
¿comerías? 
Como la vez que desperté sedienta y te pregunté ¿querés agua? Disponible, 
disponible hasta morir de hambre y sed.
Escayolada. 
Una palma desnuda abierta haciendo presión sobre la ventanilla mojada 
de un auto. La mano abierta va del lado de afuera, posada.
Del lado de adentro hay la calidez de un cuerpo neutro 
que maquina su…su…desatención. 
Yo me había cambiado de ropa, tenía un impermeable amarillo como 
despedida.  Y la palma, disponible, palpaba la superficie fría del vidrio como 
una mano ciega lo haría en el fondo de un pozo.


(Partes del campo, Buenos Aires:  Ediciones de La Eterna, 2015).



La tercera persona del plural 

de puntillas niñas al tacto bajo el cedro, siestas no cruzar, los puentes tendidos no arriesgarse, a la frescura de nata no roer, frutillas verdeazuladas dejarse estar como la tierra o la avispa o los pies 
desnudos y el hueco de los hombros, la dulzura de las clavículas, la noche en que cediera la plusvalía de los cuerpos frases desprendidas de un alfabeto raro como un grano de polen o muchos granos 
de polen, tan blanco el arroz en el cuenco de la mano, al roce el beso en la comisura de los labios los dientes el paladar
devenires en el cuenco de la mano mutante, lengua que era secreta en la oscuridad de las voces brilla como saben brillar los cuerpos, amables las herramientas apropiadas
no pan ácimo no reclinatorio de silencio en la arena no miniatura coloreada donde triunfa el Amor 
al tacto en 
un gueto, un manicomio, el estallido de una guerra, trincheras, amasijos de sangre y hojaldre perfumados, treguas, electroshock, canela, huevos de pascua pintados, venenos libros, un gallinero, delirante una higuera 

amor dialecto lengua desprendida viva

(inédito)















ALICIA SILVA REY (ARGENTINA, 1950).