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marzo 24, 2015

LA GAYA SCIENZA (frags.) - FRIEDRICH NIETSZCHE



15

Desde la distancia

Esta montaña convierte a toda la región dominada por ella en algo de múltiples maneras excitante y lleno de sentido: luego que nos hemos dicho esto por centésima vez, somos tan irracionales y nos sentimos tan agradecidos frente a ella, que creemos que es ella la que otorga esta excitación, y que ha de ser en sí misma lo más excitante de la región —y así es como ascendemos a ella y quedamos defraudados. Repentinamente ella misma pierde su encanto así como todo el paisaje en torno nuestro, debajo de nosotros; habíamos olvidado que algunas magnitudes, al igual que algunas bondades, sólo quieren ser vistas a una cierta distancia, y de todas maneras, desde abajo y no desde arriba —sólo así producen efecto. Tal vez en tu cercanía conoces a hombres que deben mirarse a sí mismos sólo desde una cierta lejanía, para poder encontrarse soportables, atractivos, fortalecedores; el conocimiento de sí mismos les está contraindicado.

16

Sobre el puente

En el trato con personas que son pudorosas frente a sus sentimientos, uno tiene que poder disimular; sienten un odio repentino contra aquel que las sorprende en un sentimiento cariñoso, entusiasta, exaltado, como si les hubiesen visto sus secretos. Si uno quiere hacerles bien en tales momentos, entonces hay que hacerles reír o decirles alguna broma helada, malévola —con ello se enfrían sus sentimientos y vuelven a ser dueñas de sí mismas. Efectivamente, coloco la moral delante de la historia. Alguna vez hemos estado tan cerca uno del otro que nada más parecía impedir nuestra amistad y hermandad, y sólo quedaba aún entre nosotros un pequeño puente. En el preciso momento que querías poner los pies en él, te pregunté: «¿Quieres cruzar hacia mí por el puente?» —pero en ese instante tú no quisiste avanzar más; y cuando te pregunté nuevamente, callaste. Desde entonces se abalanzaron entre nosotros montañas y caudalosos torrentes y todo cuanto sólo separa y vuelve extraño, y aun cuando quisiéramos volver el uno al otro, ¡ya no podríamos! Pero si ahora recuerdas aquel pequeño puente, te quedas sin más palabras —sólo con sollozos y asombro.

20

Dignidad de la locura

¡Algunos milenios más sobre la vía del último siglo! —y se hará visible la más alta cordura en todo lo que el hombre hace: pero precisamente con ello la cordura habrá perdido toda su dignidad. Efectivamente es necesario ser cuerdo, pero también tan corriente y tan vulgar como para que un gusto más noble llegue a sentir esta necesidad como una vulgaridad. Y asi como una tiranía de la verdad y de la ciencia estaría en condiciones de hacer subir el precio de la mentira, también una tiranía de la cordura podría hacer crecer un nuevo género de nobleza. Ser noble —eso significaría entonces, tal vez: tener locuras en la cabeza.

28

Hacer daño con lo mejor que se tiene

Nuestras fuerzas nos empujan a veces tan lejos hacia adelante que ya no podemos sobrellevar nuestras debilidades, y perecemos a causa de ellas: aunque prevemos este resultado, no queremos cambiarlo sin embargo. Allí nos volvemos duros contra aquello que en nosotros quiere ser perdonado, y nuestra grandeza es también nuestra implacabilidad. Una vivencia como ésa, que en último término tenemos que pagar con la vida, es un símil para la totalidad de la acción de los grandes hombres sobre otra época y sobre la suya —justamente con lo mejor que hay en ellos, con lo que sólo ellos pueden, aniquilan mucho que es débil, inseguro, que cambia, que quiere; y por esto son dañinos. Y bien puede darse el caso de que, considerado en general, sólo hagan daño, puesto que lo mejor de ellos sólo será adoptado y en cierto modo bebido por aquellos que, como ante una bebida demasiado fuerte, a causa suya pierden su entendimiento y egoísmo: se embriagarán tanto, que habrán de romperse los huesos por todos los caminos errados a que los conduzca la embriaguez.

43

Lo que delatan las leyes

Uno se equivoca demasiado cuando estudia las leyes penales de un pueblo como si fueran una expresión de su carácter; las leyes no delatan lo que es un pueblo, sino lo que le es extraño, raro, terrible, extranjero. Las leyes se refieren a las excepciones de la eticidad de la costumbre; y los castigos más duros se refieren a lo que está de acuerdo con la ética de un pueblo m vecino. Así es como entre los Wahabitas existen sólo dos pecados mortales: tener otro Dios que el Dios Wahabita y fumar (entre ellos es designado como «la forma más ignominiosa del beber»). «¿Y qué pasa con la muerte y el adulterio?» —preguntó sorprendido el inglés que supo de este asunto. «¡Bueno, Dios es indulgente y misericordioso!» —dijo el viejo jefe.
Asimismo los antiguos romanos pensaban que una mujer sólo podía pecar mortalmente de dos maneras: por adulterio y también —por beber vino. Catón el viejo opinaba que se había establecido como una costumbre el beso entre parientes, sólo para mantener bajo control a las mujeres en este asunto; un beso significaba: ¿huele a vino? Efectivamente se castigaba con la muerte a las mujeres que eran sorprendidas bebiendo vino: y por cierto no sólo porque bajo el efecto del vino las mujeres olvidasen a veces toda posibilidad de decir no; por sobre todo, temían los romanos al culto orgiástico y dionisiaco por el que eran afectadas de tiempo en tiempo las mujeres del sur de Europa —cuando el vino era aún algo nuevo en Europa—, al que consideraban un extranjerismo desaforado que trastornaba el fundamento de la sensibilidad romana; para ellos era como una traición a Roma, como la incorporación de lo extranjero.

47

Acerca de la represión de las pasiones

Cuando alguien se prohíbe a si mismo persistentemente la expresión de las pasiones, como algo que se puede conceder a los seres «ordinarios», toscos» burgueses, campesinos —por consiguiente, cuando no se quiere prohibir la pasión misma, sino sólo su lenguaje y su gesto, se logra no obstante a la vez, precisamente, lo que no se quiere: la represión de la pasión misma, o por lo menos su debilitamiento y transformación; así fue como se lo vivió de la manera más ejemplar en la corte de Luis XIV y en todo lo que dependía de él. La época que le siguió, educada en la represión de la expresión, carecía de las pasiones mismas, y en lugar de ellas poseía una naturaleza agradable, superficial, juguetona —una época afectada por la incapacidad de ser descortés, de tal manera que incluso una ofensa no era admitida ni rechazada más que con palabras obsequiosas. Tal vez nuestro presente ofrece el más asombroso contraste: en todas partes veo, en la vida y en el teatro y no menos que en todo cuanto se escribe, la satisfacción en todos los toscos estallidos y gestos de la pasión —actualmente se exige una cierta convención de lo pasional, ¡y no de la pasión misma! A pesar de eso, en último término se llegará a la pasión, y nuestra descendencia tendrá una ferocidad genuina, y no sólo una ferocidad y rebeldía de las formas.

50

El argumento de la soledad

También entre los más concienzudos es débil el reproche de la conciencia frente al sentimiento: «Esto y aquello están en contra de la buena costumbre de tu sociedad». Una mirada fría, una boca torcida de parte de aquéllos y entre aquéllos y para los que se ha sido educado, es temida hasta por los más fuertes. ¿Qué es lo que allí se teme propiamente? ¡La soledad! ¡En cuanto es el argumento que derrota incluso los mejores argumentos a favor de una persona o de una cosa! —Así habla en nosotros el instinto de rebaño.

52

Lo que otros saben de nosotros

Lo que sabemos de nosotros mismos y mantenemos en la memoria no es tan decisivo para la felicidad de nuestra vida, como se cree. Un día cae sobre nosotros lo que otro sabe de nosotros (o cree saber) —y reconocemos luego que es lo más poderoso. Uno acaba más fácilmente con su mala conciencia, antes que con su mala reputación.

56

El deseo de sufrir

Cuando pienso en el deseo de hacer algo, tal como continuamente hace cosquillas y aguijonea a millones de jóvenes europeos que no pueden soportar ni el aburrimiento ni soportarse a sí mismos, entiendo entonces que en ellos tiene que haber un deseo de sufrir por algo, para sacar de su sufrimiento una posible razón en favor de su acción o de su obra. ¡Se requiere la penuria! De allí procede el griterío de los políticos, las múltiples «condiciones de penurias» de todos los tipos posibles, falsas, inventadas, exageradas, y de allí procede también la ciega disposición a creer en ellas. Este joven mundo exige que debe venir desde fuera o hacerse visible —no algo así como la felicidad, sino la infelicidad; y desde ya su fantasía se atarea con formar un monstruo a partir de allí, para poder luchar luego con un monstruo. Si estos sedientos de penuria sintieran en sí mismos la fuerza para hacerse bien a sí mismos desde su interior, para procurarse algo a sí mismos, entonces sabrían también cómo crearse desde su interior una penuria propia, suya propia. Sus invenciones podrían ser entonces más sutiles, y sus satisfacciones podrían sonar como buena música —¡mientras que ahora el mundo queda plagado con sus gritos de penuria, y en consecuencia, demasiado a menudo, sólo con el sentimiento de penuria! No saben qué hacer consigo mismos —y así es como pintan en la pared la infelicidad de otros: ¡siempre necesitan a otro! ¡Y continuamente a otro otro! Perdón, amigo mío, me he atrevido a pintar en la pared mi felicidad.

79

El atractivo de lo imperfecto

Veo aquí a un poeta que, como muchos otros hombres, ejerce un mayor atractivo mediante sus imperfecciones, antes que a través de todo aquello que bajo sus manos adquiere una forma acabada y perfecta —sí, él debe más bien su ventaja y la fama a su última incapacidad, antes que a la riqueza de su fuerza. Su obra nunca expresa plenamente lo que él propiamente quisiera expresar, lo que quisiera haber visto: pareciera que hubiese degustado la muestra de una visión, pero nunca la visión misma —sin embargo, en su alma subsiste una enorme avidez por esta visión, y desde ella obtiene igualmente su enorme elocuencia del anhelo y del apetito. Con ella eleva a quien le escucha por encima de su obra y de toda «obra», y le da alas para ascender tan alto como jamás pueden ascender los que escuchan: y convertidos de ese modo ellos mismos en poetas y videntes, pagan con admiración al autor de su felicidad, como si los hubiese conducido inmediatamente a avistar su última y más sagrada región, como si él hubiese alcanzado su meta y visto realmente y comunicado su visión. A su fama le viene bien no haber llegado propiamente a la meta.

83

Traducciones

Se puede apreciar el grado de sentido histórico que posee una época por la manera como ella hace las traducciones, y cómo busca incorporarse las épocas y los libros del pasado. Los franceses de la época de Corneille, y también los de la Revolución, se apoderaron de la antigüedad romana de una manera para la cual ya no tendríamos el coraje suficiente —gracias a nuestro superior sentido histórico. Y la antigüedad romana misma: ¡cuán violenta e ingenuamente a la vez puso sus manos sobre todo lo bueno y superior de la antigüedad griega, anterior a ellos! ¡Cómo la tradujeron dentro del presente romano! ¡Cómo hicieron desaparecer intencional y despreocupadamente el polvo de las alas del instante de la mariposa! Así tradujo Horacio a Alceo o a Arquíloco en diferentes momentos, así lo hizo Propercio con Calimaco y Philetas (un poeta del mismo rango de Teócrito, si se nos permite juzgar): ¡qué les importaba que el auténtico creador hubiera vivido esto o aquello, y hubiera inscrito esos signos en su poesía! —como poetas eran contrarios al espíritu rastreador de antigüedades que precede al sentido histórico; como poetas, no daban valor a estas cosas y nombres tan personales ni a todo cuanto era propio de una ciudad, una costa, un siglo —como su vestuario y su máscara—, sino que rápidamente colocaban en su lugar a lo presente y a lo romano. Parecen preguntarnos: «¿No debemos transformar a lo antiguo en algo nuevo para nosotros y poner orden en nosotros dentro de él? ¿No debemos insuflar nuestra alma en este cuerpo muerto? Pues él ya está muerto: ¡cuán odioso es todo lo muerto!» Ellos no conocían el goce del sentido histórico; lo pasado y ajeno les era embarazoso y, en tanto romanos» un estímulo para una conquista romana. De hecho, cuando en aquel tiempo se traducía, se lo hacía como una conquista —no sólo porque se omitía lo histórico; no, se añadía la alusión al presente, sobre todo se borraba el nombre del poeta y en su lugar se colocaba el propio nombre —y no con un sentimiento de robo, sino con la mejor conciencia del imperium Romanum [imperio romano].

113

Para una doctrina de los venenos

¡Se requieren tantas conexiones para que surja un pensamiento científico: y todas estas fuerzas que se necesitan han de ser, en cada caso, inventadas, ejercitadas, cultivadas! Tomadas cada una separadamente, han tenido un efecto muy a menudo completamente diferente al de ahora, en que se limitan mutuamente entre si y se mantienen disciplinadas dentro del pensamiento científico; ellas han actuado como venenos, por ejemplo, el instinto dubitativo, el instinto negador, el instinto expectante, el instinto recolector, el instinto resolutivo. ¡Muchas mortandades de hombres se produjeron antes de que estos instintos aprendiesen a comprender sus vecindades y a sentirse, uno en relación al otro, como funciones de un poder organizador del hombre! ¡Y cuán lejos estamos aún de poder añadir al pensamiento científico también las fuerzas artísticas y la sabiduría práctica de la vida, de que se forme un sistema orgánico más alto, con relación al cual el sabio, el médico, el artista y el legislador, tal como nosotros ahora los conocemos, tendrían que aparecer como precarias vetusteces!

173

Ser profundo y parecer profundo

Quien se sabe profundo, se esfuerza por ser claro: quien quisiera parecer profundo a la multitud, se esfuerza por ser oscuro. Pues la multitud considera profundo todo aquello cuyo fundamento ella no puede ver: ella es tan temerosa y se lanza al agua con tanto disgusto.

240

En el mar

Yo no me construiría ninguna casa (¡y forma parte incluso de mi felicidad el no ser propietario de una casa!). Pero si tuviera que hacerlo, al igual que algunos romanos, la construiría adentrándose en el mar —quisiera tener algunos secretos en común con este hermoso monstruo.

278

El pensamiento de la muerte

Me produce una felicidad melancólica vivir en medio de esta confusión de callejuelas, menesteres, voces: ¡cuánto goce, impaciencia, apetito, cuánta vida sedienta y embriaguez de la vida se hace patente allí en cada instante! ¡Y sin embargo, caerá tan pronto el silencio sobre todos estos bulliciosos, vivientes y sedientos de vida! ¡Cómo lleva cada uno su sombra también detrás de sí, su oscuro compañero de viaje! Siempre sucede como en el último instante anterior a la partida de un barco de emigrantes: como nunca antes surgen tantas cosas que decirse, la hora apremia, el océano espera impaciente con su desierto silencio detrás de todo el bullicio —¡tan ansioso, tan seguro de su presa! Y todos, todos creen que lo sido hasta ahora es nada o muy poco, que el futuro cercano lo es todo: ¡y por eso la prisa, ese griterío, ese ensordecerse y engañarse a si mismos! Cada uno quiere ser el primero en ese futuro —¡y sin embargo, la muerte y el silencio de muerte es lo único seguro y común a todos en este futuro! ¡Cuán extraño es que esta única seguridad y comunidad no ejerza casi ningún poder sobre los hombres, y que sea tanta la distancia que los aleja de sentirse partes de la hermandad de la muerte! ¡Me hace feliz ver que de ninguna manera los hombres quieran pensar el pensamiento de la muerte! Con gusto quisiera hacer algo para que ellos encuentren cien veces más valioso pensar el pensamiento de la vida.

279

La amistad de las estrellas

Éramos amigos y nos hemos vuelto extraños. Pero está bien que sea así, y no queremos ocultarnos ni ofuscarnos como si tuviésemos que avergonzarnos de ello. Somos dos barcos y cada uno tiene su meta y su rumbo; bien podemos cruzarnos y celebrar juntos una fiesta, como lo hemos hecho —y los valerosos barcos estaban fondeados luego tan tranquilos en un puerto y bajo un sol, que parecía como si hubiesen arribado ya a la meta y hubiesen tenido una meta. Pero la fuerza todopoderosa de nuestras tareas nos separó e impulsó luego hacia diferentes mares y regiones del sol, y tal vez nunca más nos veremos —tal vez nos volveremos a ver, pero no nos reconoceremos de nuevo: ¡los diferentes mares y soles nos habrán transformado! Que tengamos que ser extraños uno para el otro, es la ley que está sobre nosotros: ¡por eso mismo hemos de volvernos más dignos de estimación uno al otro! ¡Por eso mismo ha de volverse más sagrado el recuerdo de nuestra anterior amistad! Probablemente existe una enorme e invisible curva y órbita de estrellas, en la que pueden estar contenidos como pequeños tramos nuestros caminos y metas tan diferentes —¡elevémonos hacia este pensamiento! Pero nuestra vida es demasiado corta y demasiado escaso el poder de nuestra visión, como para que pudiéramos ser algo más que amigos, en el sentido de aquella sublime posibilidad. Y así es como queremos creer en nuestra amistad de estrellas, aun cuando tuviéramos que ser enemigos en la tierra.

Traducción de José Jara


(de La ciencia jovial, 1990,  Venezuela: Monte Ávila Editores - Obra original publicada en 1882).



FRIEDRICH NIETSZCHE (ALEMANIA, 1844-1900)





enero 26, 2015

LOS SIETE PUENTES de Yukio Mishima

Foto: Eikoh Hosoe. Ordeal by Roses (Barakei) #32, 1961.

Eran las once y media de una noche de luna llena del mes de septiembre. Al terminar la reunión a la cual habían asistido, Koyumi y Kanako regresaron a la Casa del Laurel e inmediatamente vistieron sus kimonos de algodón. Hubieran preferido bañarse antes de cambiar su ropa, pero aquella noche no quedaba tiempo para eso.

Koyumi tenía cuarenta y dos años, una figura regordeta, alrededor de cinco pies de altura y un kimono estampado con hojas negras. Kanako, la otra geisha, aun cuando sólo tenía veintidós años y era buena bailarina, no tenía protector y parecía destinada a no desempeñar nunca un papel de importancia en los bailes anuales de otoño y primavera de las geishas. Su kimono de crêpe tenía remolinos azules sobre un fondo blanco.

—Me gustaría saber qué dibujos tendrá el kimono de Masako esta noche —dijo Kanako.

—Tréboles. Ni lo dudes. Está desesperada por tener un hijo.

—¿A tanto ha llegado?

—No, y ése es el problema— repuso Koyumi—. Todavía le falta mucho para obtener tal triunfo. Si no, sería como la Virgen María. ¡Tendría un niño simplemente por haberse enamorado de un hombre!

Una superstición común entre las geishas es que, cuando una mujer usa un kimono de verano estampado con tréboles o uno de invierno con paisajes dibujados, ha de quedar embarazada en un corto lapso.

Cuando, por fin, terminaron su arreglo, Koyumi sintió súbitos alfilerazos de hambre. Esto le sucedía cada vez que salía para la ronda de fiestas nocturnas. El hambre se le antojaba como una catástrofe inesperada que le llegaba desde afuera y sin previo aviso.

Nunca la asaltaba el apetito frente a los dientes por más aburrida que resultara la reunión; pero, antes y después de su actuación, el hambre la atacaba por sorpresa. Koyumi no podía nunca prever esta eventualidad comiendo en el tiempo debido. A veces, por ejemplo, cuando concurría a la peluquería durante la tarde, observaba a las otras geishas encargar su comida y probarla con deleite mientras aguardaban su turno. Aquello no producía a Koyumi ninguna impresión. Ni siquiera podía imaginar que el risotto o cualquier otro plato, resultara apetitoso. Sin embargo, una hora después, comenzaban los dolores provocados por el hambre y la saliva fluía, tibia, desde las raíces de sus pequeños y fuertes dientes.

Koyumi y Kanako pagaban cierta cantidad mensual a la Casa del Laurel en concepto de publicidad y alimentos. La cuenta de Koyumi era siempre excepcionalmente abultada. No sólo era muy golosa, sino que también era de gustos delicados. Sin embargo, desde que había adoptado el hábito de comer solamente antes y después de sus apariciones en público, su cuenta había ido decreciendo y amenazaba, ahora, con ser menor que la de Kanako.

Koyumi no recordaba el origen de esta excéntrica costumbre ni el día en que comenzó a detenerse en la cocina antes de la primera reunión de la noche y a pedir, con impaciencia, mientras bailaba:

«¿No hay alguna cosita para comer?». Ahora había adquirido la costumbre de cenar en la cocina de la primera casa y de efectuar un último refrigerio en las dependencias de la vivienda en la que terminaba la noche. Su estómago se había acostumbrado a esta rutina y, en consecuencia, su cuenta en materia de alimentos en la Casa del Laurel, había disminuido notablemente.

El Ginza estaba casi desierto cuando las dos geishas comenzaron a caminar hacia la Casa Yonei en Shimbashi.
Kanako señaló el cielo que se vislumbraba sobre el techo de un Banco cuyas ventanas estaban protegidas por gruesos barrotes:

—Tenemos suerte con el tiempo, ¿no es cierto? Hoy hasta se podría ver a un hombre en la Luna.

Los pensamientos de Koyomi estaban concentrados en su estómago. Su primera reunión había tenido lugar en lo de Yonei y, la última, en lo de Fuminoya. Sólo en aquel momento caía en la cuenta de que había sido un error no cenar en lo de Fuminoya antes de marcharse. Había tenido que salir precipitadamente rumbo a la Casa del Laurel y el tiempo había resultado escaso. Tendría que reclamar su cena en lo de Yonei, en la misma cocina donde había comido horas antes. Este pensamiento la apesadumbró.

Sin embargo, la ansiedad de Koyumi se disipó tan pronto como hubo puesto un pie dentro de la cocina. Masako, la muy cuidada hija de la dueña del lugar, las aguardaba en la puerta. Llevaba, efectivamente, el kimono con tréboles que sus fantasías le habían adjudicado. Al ver a Koyumi, dijo con gran tacto:

—No las esperaba tan pronto. No tenemos prisa. ¿Por qué no entran y comen algo antes de irse?

La cocina estaba en desorden, colmada de sobras de las fiestas de la noche. Enormes pilas de platos y bols brillaban a la luz de las lamparillas sin pantalla. Masako estaba de pie, con una mano apoyada en el marco de la puerta. Ocultaba la luz con su cuerpo y su rostro permanecía en la sombra. Koyumi se alegró que aquella circunstancia no revelara la expresión de alivio Mientras Koyumi se instalaba frente a su cena, Masako llevó a Kanako hasta su cuarto. De todas las geishas que frecuentaban la Casa Yonei, era ella con quien más congeniaba. Tenían la misma edad, habían concurrido a la misma escuela primaria y su belleza era muy semejante. Pero, por encima de estas razones, lo cierto es que Kanako realmente le gustaba.

Kanako era tan modesta que parecía lista para ser arrebatada por la más ligera brisa. Sin embargo, había acumulado toda la experiencia necesaria y una palabra dicha por ella como al descuido, traía enormes beneficios a Masako. La alegre Masako era, por el contrario, tímida y aniñada en todo lo referente al amor. Su puerilidad era de todos conocida y su madre estaba tan segura de la inocencia de la muchacha, que el kimono con tréboles no había despertado sus sospechas.
Masako estudiaba en la Facultad de Artes de la Universidad de Waseda. Siempre había sentido profunda admiración por R, el actor de cine. Esta pasión no había hecho sino aumentar desde el día en que el actor visitara la Casa Yonei.

Su habitación estaba atiborrada con fotografías del astro y había encargado un jarrón esmaltado con su foto junto a él obtenida en ocasión de tan memorable visita. Se destacaba sobre su escritorio, siempre lleno de flores.

Kanako se sentó y dijo:

—Hoy dieron a conocer el reparto. —Frunció su boca en un mohín.

—¿Ah, sí? —Apenada por Kanako, Masako fingió no estar enterada del asunto.

—No he conseguido más que un pequeño papel. Nunca lograré algo mejor. Es como para descorazonarme. Me siento como una chica que, en un espectáculo musical, permanece año tras año en el coro.

—Estoy segura de que el año que viene te darán un buen papel.

Kanako sacudió la cabeza:

—Mientras tanto, envejezco. Sin siquiera advertirlo, pronto seré como Koyumi.

—No seas tonta. Todavía te faltan veinte años.

Aquella noche no hubiera sido apropiado, para ninguna de las jóvenes, mencionar, en el curso de la conversación, el objeto de sus plegarias elevadas al cielo. Pero, aun sin preguntarlo, todas lo sabían. Masako deseaba una aventura con R.; Kanako un buen protector, y ambas no dudaban de que Koyumi pedía dinero.

Estaba claro que sus plegarias tenían diferentes objetivos todos ellos muy razonables. Si la Luna no se los otorgaba, sería el astro, y no ellas, quien fallaría. Sus esperanzas se reflejaban simple y honestamente en sus rostros y eran deseos tan humanos que cualquiera que contemplara a aquellas tres mujeres caminando a la luz de la luna, no podría dudar de que el astro de la noche reconocería su sinceridad y respondería a sus plegarias.

—Vendrá alguien con nosotros esta noche —anunció Masako.

—¿Quién?

—Una sirvienta. Se llama Mina y ha llegado del campo hace un mes. Le dije a mi madre que no quería que viniera conmigo, pero Mamá insistió en que se quedaría preocupada si no enviaba a alguien para acompañarme.

—¿Cómo es? —preguntó Kanako.

—Ya la verás. Es, lo que podríamos llamar, bien desarrollada.

En aquel momento Mina entreabrió las puertas corredizas ubicadas tras ellas y asomó la cabeza.

—Ya te he dicho que cuando abras las puertas corredizas, deberás, primero, arrodillarte, y luego, abrirlas. —El tono de Masako era altanero.

—Sí, señorita.

Kanako contuvo la risa frente a la aparición de la muchacha que llevaba un vestido entero hecho con retazos y parches de tela de kimono. Sus cabellos se rizaban en una apretada permanente y unos brazos extraordinariamente morenos asomaban de sus mangas y rivalizaban con el colorido de su rostro. Las mejillas abultadas aplastaban sus rasgos abotagados y sus ojos parecían dos ranuras. Aun cuando cerrara la boca, sus dientes irregulares y prominentes se ingeniaban para aparecer entre los labios. Resultaba difícil descubrir en aquel rostro expresión alguna.

—¡Un buen guardaespaldas! —murmuró Kasako al oído de su amiga.

Masako adoptó un tono severo:

—Vuelvo a repetir lo que ya os he dicho antes. En cuanto salgamos de esta casa, ya no podréis abrir la boca, pase lo que pase, hasta que hayamos cruzado los siete puentes. Una sola palabra y no obtendréis lo deseado. Si alguien conocido nos habla, mala suerte. Sin embargo, no creo que exista ningún peligro en ese sentido. Algo más. No podéis usar dos veces el mismo camino, y es menester que nos limitemos a seguir a Koyumi, quien lo dirigirá todo.

Masako había tenido que presentar en la Universidad una monografía sobre Marcel Proust pero, en lo referente a cuestiones de esta naturaleza, la moderna educación recibida en la escuela no le hacía mella alguna.

—Sí, señorita —contestó Mina, de quien no podía saberse si había comprendido o no.

—Como tienes que venir de todos modos, también puedes formular un deseo. ¿Has pensado en algo?

—Sí, señorita —y una sonrisa se extendió lentamente por su rostro.

—¡Bueno, bueno, parece que reacciona como todo el mundo!— comentó Kanako.

En aquel momento apareció Koyumi, palmeándose alegremente el estómago:

—Ya estoy lista —anunció.

—¿Has elegido buenos puentes? —preguntó Masako.

—Comenzaremos con el puente Miyoshi. Como pasa sobre dos ríos, ¡cuenta como dos puentes! ¿No es cierto que eso facilita las cosas? Si se me permite decirlo, apuntaré que esta elección significa una gran muestra de inteligencia de mi parte.

Sabiendo que una vez afuera ya no podrían pronunciar una sola palabra, las tres mujeres comenzaron a hablar en voz alta y todas al mismo tiempo como para desquitarse del obligatorio silencio que luego deberían guardar. La conversación prosiguió hasta llegar a la puerta de la cocina. Las Geta de laca negra de Masako la esperaban sobre el piso de tierra junto a la puerta, y mientras deslizaba sus pies desnudos en ellas, las uñas esmaltadas de sus dedos brillaron suavemente en la oscuridad.

—¡Esto sí que es elegancia! ¡Esmalte de uñas y geta negras! ¡Ni la Luna podrá resistirlo! —exclamó Koyumi.

Las cuatro mujeres, guiadas por Koyumi, salieron a la avenida Showa. Pasaron frente a una playa de estacionamiento donde gran cantidad de taxis, ya finalizado el trabajo del día, reflejaban la luna en sus negras carrocerías. Se escuchaba el rumor de los insectos alojados bajo los autos. El tráfico era aún denso en la Avenida Showa, pero la calle ya estaba dormida y el rugido de las motocicletas resonaba tristemente solitario sin el habitual acompañamiento de ruidos callejeros. Algunas pequeñas nubes cruzaban el cielo iluminado por la Luna. Apenas rozaban el gran banco de nubarrones que se cernía en el horizonte. La luna brillaba limpiamente. Cuando se silenciaba el rumor del tráfico, el repiquetear de las geta sobre la calzada parecía repercutir directamente en la superficie azul del cielo.

A Koyumi, que caminaba al frente, le agradaba ver ante sus ojos la ancha calle desierta. Se jactaba de no tener que depender de nadie y estaba contenta porque tenía el estómago lleno. Mientras caminaba alegremente le costaba vislumbrar la razón por la cual ansiaba más dinero. Sentía como si su verdadero deseo fuera fundirse suave e involuntariamente en la luz de la luna que bañaba el pavimento. Fragmentos de vidrio brillaban aquí y allá. Hasta el vidrio podía resplandecer bajo la luz de la luna... Reflexionó y se dijo que, quizás, su deseo tan largamente acariciado era como aquel vidrio roto.

Masako y Kanako, con los meñiques entrelazados, iban pisando la larga sombra que Koyumi arrastraba a sus espaldas. El aire de la noche era fresco y ambas sentían cómo la brisa suave penetraba en sus mangas enfriando sus pechos húmedos por la transpiración provocada en la excitación de la partida. A través de los dedos entrelazados se comunicaban sus ruegos aún con más elocuencia que por intermedio de la palabra.

Masako soñaba con la dulce voz de R., con sus largos ojos bien delineados, con su pelo ondulándose bajo las sienes. Ella, como hija del dueño de un restaurante de primera categoría en Shimbashi, no podía ser confundida con otras admiradoras..., no veía, pues, ningún motivo para que su plegaria no fuera escuchada. Recordó que al hablarle R. al oído, su aliento era fragante y sin rastros de alcohol. No podía olvidar aquel aliento joven, masculino, lleno de calor como el heno en verano. Cuando estos recuerdos la asaltaban sentía algo semejante a una onda de agua deslizándose sobre su piel desde las rodillas hasta los muslos. Estaba segura, y tan insegura también, de que el cuerpo de R. existía en alguna parte del mundo. La duda la torturaba constantemente.

Kanako soñaba con un hombre maduro, rico y gordo. Tenía que ser gordo, pues si no, no parecería rico. Pensó en la felicidad que le dispensaría ¡cerrar los ojos y sentirse rodeada de su liberal y generosa protección! Kanako estaba acostumbrada a soñar, pero hasta aquel momento su experiencia le había demostrado que, al abrir los párpados nuevamente, el hombre en cuestión había desaparecido.

Como movidas por un mismo impulso, las dos muchachas volvieron la cabeza y por encima de sus hombros vieron que Mina las seguía pesadamente. Apretaba sus mejillas con las manos, se balanceaba en forma grotesca e iba golpeando el ruedo de su vestido a cada paso. Masako y Kanako coincidieron en que la presencia de Mina constituía un insulto a sus plegarias.

Giraron hacia la derecha, en la Avenida Showa, en el punto donde se encuentran el primero y segundo barrio del Ginza Este. La luz de los faroles bajaba como caída de agua a intervalos regulares a lo largo de los edificios. En la calle angosta, las sombras ocultaban la luz de la luna.

En seguida contemplaron el Puente Miyoshi, frente a ellas. Era el primero de los siete puentes que deberían cruzar. Está construido en forma curiosa. Se asemeja a una «Y» debido a la bifurcación del río en dicho lugar.

En la orilla opuesta los sombríos edificios de la Oficina del Distrito Central parecían achatarse y la blanca cara de un reloj en su torre proclamaba una hora absurda e incorrecta contra el cielo oscuro.

El puente Miyoshi tiene una balaustrada de escasa altura, y en cada esquina de su parte central, allí donde se encuentran los tres brazos del puente, hay un farol antiguo del que cuelgan un grupo de lamparillas eléctricas.

No todas estaban encendidas y los globos apagados lucían opacos y mortecinos bajo la luz de la luna. Gran cantidad de insectos voladores se arremolinaban junto a las luces.

El agua del río se encrespaba bajo el resplandor lunar.

Antes de cruzar el puente, las mujeres, dirigidas por Koyumi juntaron las manos para formular sus ruegos. Una débil luz brillaba en la ventana de un edificio cercano y un hombre, que aparentemente había cumplido labores fuera de horario salió de él. Estaba echando llave a la puerta, cuando, advirtiendo el extraño espectáculo, suspendió su ocupación.

Las mujeres comenzaron a cruzar el puente lentamente. No era sino una prolongación del pavimento; pero al hollarlo, sus pasos se hicieron más pesados e inseguros, como si estuvieran subiendo a un escenario. Faltaban pocos metros para franquear el primer brazo del puente, pero ello les infundió una sensación de alivio y tarea cumplida.

Koyumi se detuvo bajo un farol y juntó nuevamente las manos. Las demás la imitaron. De acuerdo con los cálculos de Koyumi, el cruzar dos de los tres brazos del puente, equivalía a dos puentes por separado. Esto significaba que deberían formular sus peticiones cuatro veces en el Puente Miyoshi.

Masako observó los rostros asombrados de los pasajeros de un taxi que pasaba. Pero Koyumi no prestaba atención a tales cosas. Cuando las mujeres llegaron frente a la Oficina del Distrito, oraron por cuarta vez. Kanako y Masako comenzaron a sentir que, junto con el alivio que les proporcionaba el haber cruzado sin inconvenientes los dos primeros puentes, las oraciones, que hasta aquel momento no habían tomado demasiado en serio, representaban algo de trascendental importancia.

Masako llegó a convencerse de que prefería estar muerta si no podía consumar su encuentro con R. El solo hecho de cruzar dos puentes había multiplicado la intensidad de sus deseos. Por otra parte, Kanako creía ahora que la vida no merecía la pena de ser vivida si no encontraba un buen protector. Sus corazones se llenaron de emoción y los ojos de Masako se humedecieron repentinamente.

A su lado, Mina, con los ojos cerrados, mantenía reverentemente las manos juntas. Masako no dudó de que, cualquiera fuera la plegaria de Mina, jamás sería tan importante como la suya. Sintió desprecio y también envidia por la cueva vacía e insensible que era el corazón de la sirvienta.

Caminaron hacia el Sur, siguiendo el río hasta la estación de tranvías. El último coche había partido hacía ya largo rato, y las vías que quemaban durante el día bajo el sol de otoño, eran ahora dos líneas blancas y frías.

Aun antes de llegar a la estación, Kanako había comenzado a sentir extraños dolores en su abdomen. Algo le había caído mal. Los primeros síntomas de un calambre se desvanecieron a los dos o tres pasos seguidos por la sensación de alivio al olvidar el dolor. Mientras se felicitaba por ello, el calambre comenzó a atenacearla nuevamente.

El Puente Tsukiji era el tercero en la lista. Al término de este sombrío puente, ubicado en el centro de la ciudad, distinguieron un sauce plantado a la usanza tradicional. Era un sauce solitario que, normalmente, no se hubieran detenido a mirar mientras pasaban rápidamente en auto. Crecía en una pequeña franja de tierra salvada del cemento. Sus hojas, fieles a la tradición, temblaban con la brisa del río. A aquellas avanzadas horas de la noche los edificios bulliciosos morían a su alrededor. Sólo el sauce se agitaba, vivo.

Koyumi se detuvo bajo el sauce y juntó las manos para orar. Era quizás su responsabilidad como guía, pero lo cierto es que su rolliza figura se erguía en forma desacostumbrada. En realidad, hacía ya tiempo que Koyumi había olvidado el motivo de sus ruegos. En aquel momento, lo más importante era, para ella, cruzar los siete puentes sin inconvenientes. Esta determinación era la manifestación de que cruzar los puentes se había convertido en el objeto de sus oraciones. Podrá parecer ésta una meta bastante peculiar, pero, como sus repentinos ataques de hambre, pertenecía a su modo de vivir. Mientras caminaba bajo la luna, estos pensamientos se convirtieron en extrañas convicciones. Mantuvo la espalda más derecha que nunca y fijó la mirada hacia adelante.

El Puente Tsukiji es un puente totalmente desprovisto de encanto. Los cuatro pilares de sus extremos carecen de todo atractivo. Sin embargo, mientras lo cruzaban, las cuatro mujeres pudieron oler por primera vez algo parecido al aroma del mar. Soplaba un viento con reminiscencias de brisa salada. Hasta un aviso de neón rojo perteneciente a una compañía de seguros, que podía divisarse hacia el sur, parecía un faro proclamando la proximidad del océano.

Cruzaron el puente y oraron de nuevo. Kanako sintió que su dolor, ahora agudo, le provocaba náuseas. Pasaron por la terminal de tranvías y caminaron entre los viejos edificios amarillos de las empresas S. y el río. Kanako comenzó a rezagarse. Masako, preocupada, aminoró el paso, pero no pudo romper el silencio para preguntarle si se sentía mal. Finalmente, Kanako se hizo entender oprimiendo su vientre y haciendo muecas de dolor.

Sin advertir lo que sucedía, Koyumi seguía marchando triunfalmente hacia adelante. Se agrandó la distancia entre ella y sus compañeras.

Cuando por fin un excelente protector aparecía frente a sus ojos, tan cerca que sólo necesitaba estirar la mano para tocarlo, Kanako sintió con desesperación que sus manos no podrían estirarse lo suficiente. Su rostro estaba mortalmente pálido y una pegajosa transpiración brotaba de su frente.

El corazón humano es sorprendentemente mudable. A medida que el dolor de su abdomen se hacía más intenso, Kanako comprendió que cuanto había deseado con tanto fervor minutos atrás, perdía toda realidad y sólo quedaba reducido a un sueño pueril, irreal y fantástico. Mientras luchaba contra el palpitante e implacable dolor, pensó que, si abandonaba aquellas tontas ilusiones, sus sufrimientos cesarían de inmediato.

Cuando, por fin, el cuarto puente apareció ante sus ojos, Kanako posó suavemente una mano sobre el hombro de Masako y, con ademanes semejantes al lenguaje de la danza, señaló su estomago y sacudió la cabeza. Los mechones de pelo pegados a sus mejillas por la transpiración expresaban bien a las claras que no podía continuar. Abruptamente volvió la espalda y se alejó precipitadamente rumbo a la estación terminal de tranvías.

El primer impulso de Masako fue el de seguirla; pero, recordando que su plegaria quedaría anulada si la interrumpía, se contuvo y sólo miró alejarse a Kanako.

Sólo al llegar al puente, Koyumi advirtió que algo andaba mal. Para ese entonces, Kanako corría frenéticamente bajo la luna sin importarle su aspecto desaliñado. Su kimono azul y blanco flameaba en la brisa y sus geta resonaban entre los edificios cercanos. Un taxi solitario parecía esperarla providencialmente en una esquina.

El cuarto puente era el de Irifuna. Era menester atravesarlo en dirección opuesta a la del Puente Tsukiji.

Las tres mujeres se congregaron en el extremo del puente y oraron con idéntico fervor. Masako sentía pena por Kanako, pero su compasión no brotaba tan espontáneamente como de costumbre. Sólo reflexionaba fríamente que quien desertara del grupo, tomaría, de ahora en adelante, un camino diferente al suyo.

Las plegarias de cada una eran una cuestión personal y ni siquiera en una emergencia era dable esperar que Masako cargara con responsabilidades ajenas.

Las palabras «Puente de Irifuna» se destacaban en letras blancas sobre una placa metálica clavada horizontalmente en un poste al extremo del puente. Este se destacaba en la oscuridad con su lisa superficie de cemento recortada por el crudo reflejo de la estación de gasolina Caltex, ubicada en la otra orilla. Podía verse una lucecita en el río, bajo la sombra del puente. Aparentemente pertenecía a la choza semiderruída de un hombre que vivía en el extremo del muelle de pescadores. La choza estaba adornada con plantas y un letrero anunciaba allí «Botes de placer, Remolcadores, Botes de Pesca y Botes para redes».

El cielo nocturno parecía abrirse sobre los techos de la apretada fila de edificios que descendía gradualmente del otro lado del puente. Las jóvenes advirtieron que la luna, tan brillante minutos atrás, apenas se traslucía a través de finas nubes. El cielo estaba, ahora, completamente nublado.

Las mujeres cruzaron el puente Irifuna sin ningún contratiempo.

El río dobla allí en ángulo recto. El quinto puente se encontraba bastante alejado. Sería menester seguir el río por el terraplén ancho y desierto hasta el puente Akatsuki.

Hacia la derecha la mayoría de los edificios eran restaurantes. En cambio, en la orilla izquierda, montañas de piedra, arena y pedregullo esperaban ser empleadas en alguna construcción. En ciertos lugares su masa oscura ocupaba más de la mitad de la carretera. Poco después contemplaron el edificio del Hospital de San Lucas, que emergía, lúgubre, bajo la velada luna. La enorme cruz dorada instalada en su techo estaba brillantemente iluminada y las luces rojas, destinadas al tráfico aéreo, emitían destellos y delimitaban techos contra el cielo: No había luz en la capilla ubicada a los fondos del Hospital, pero su ventanal gótico se distinguía claramente. Algunas luces permanecían encendidas en las ventanas del Hospital.

Las tres mujeres marchaban en silencio. Masako, la mente ocupada por la tarea que la esperaba, no podía pensar en otra cosa. Sin advertirlo, habían acelerado la marcha y ahora estaba bañada en su transpiración.

El cielo se oscureció en forma amenazadora, y Masako sintió las primeras gotas de lluvia sobre su frente. Afortunadamente, aquello parecía no tener intenciones de convertirse en un aguacero.

En aquel momento apareció frente a ellas el Puente Akatsuki. Era el quinto del recorrido. Los postes de cemento pintados de blanco emitían una tonalidad fantasmal en medio de la noche.

Masako juntó las manos para orar en el extremo del puente, sin advertir las imperfecciones del suelo. Trastabillando casi, hubo de dar con sus huesos sobre un caño de hierro en reparación.

En el otro extremo del puente se encontraba el desvío para automóviles del Hospital San Lucas.

El puente no era largo. Las mujeres caminaban tan rápidamente que lo cruzaron en un breve lapso. Sin embargo, la adversidad aguardaba a Koyumi. Una mujer con el pelo suelto y mojado y con una vasija de metal en la mano se acercaba en dirección opuesta. Masako miró fugazmente a la mujer y se atemorizó ante la palidez mortal de aquel rostro bajo el pelo mojado.

La mujer se detuvo en la mitad del puente:

—Pero, ¡si es Koyumi! Han pasado tantos años, ¿no es cierto? ¡Koyumi! ¿Estás fingiendo que no me reconoces? ¡Koyumi!

Estiró su cuello hacia Koyumi, cerrándole el paso.

Koyumi bajó los ojos y no contestó. La voz de la mujer era aguda y destemplada como el viento a través de una grieta.

Su monólogo no parecía dirigido a Koyumi, sino a otra persona que no se encontraba allí:

—En este momento volvía de la casa de baños. ¡Hace realmente tanto tiempo! ¡Mira que encontrarnos aquí!

Al sentir la mano de la mujer sobre su hombro, Koyumi abrió finalmente los ojos. Comprendió que era inútil negarse a responder a la mujer, ya que el hecho de que alguien le dirigiera la palabra era suficiente como para anular el efecto de la plegaria.

Masako observó el rostro de la mujer. Reflexionó un instante y siguió caminando, dejando atrás a Koyumi.

Masako recordó a la recién llegada. Era una vieja geisha que había aparecido en Shimbashi durante algún tiempo, inmediatamente después de la guerra. Se llamaba Koen. Había comenzado a comportarse en forma extraña, como una chiquilla y ello le había valido ser borrada del registro de geishas. No era sorprendente, pues, que Koen hubiera reconocido a Koyumi, una vieja amiga. Sin embargo, era una coincidencia afortunada que no recordara a Masako.

El sexto puente, el Sakai, era sólo una pequeña estructura con un cartel de metal pintado de verde. Masako apresuró sus rezos y echó a correr para cruzarlo. Volviendo la cabeza, comprobó con alivio que Koyumi se había perdido de vista. Mina, en cambio, la seguía con su acostumbrada expresión de malhumor.

Ya sin guía, Masako no sabía cómo encontrar el séptimo y último puente. Sin embargo, razonó que si continuaba andando por la misma calle, tarde o temprano alcanzaría algún puente paralelo al Akatsuki. Sólo faltaba un puente para que sus plegarias fueran escuchadas.

Una fina llovizna humedeció su rostro. La calle que se extendía frente a ella estaba colmada de depósitos de mercaderías y casuchas de material ocultaban la vista del río. La oscuridad era total. A la distancia, las brillantes luces de la calle volvían aún más negras las tinieblas. Masako no tenía miedo de andar a aquellas altas horas. Tenía un carácter aventurero, y su meta, el logro de sus plegarias, le infundía coraje. A sus espaldas el eco de las geta de Mina, se le antojó una carga insoportable de llevar. En realidad, el eco tenía una alegre irregularidad, pero el porte de Mina, en contraste con sus pasitos, parecía encarnar una burla hacia Masako.

La presencia de Mina sólo produjo cierto desprecio en el corazón de Masako hasta el momento en que Kanako abandonó el grupo. Desde aquel instante comenzó a pesarle y ahora que estaban solas, Masako no podía evitar sentirse molesta frente al enigma que significaban las plegarias de la muchacha campesina.

No era agradable verse seguida por una mujer impasible, de insondables ruegos. No, no era tan desagradable como inquietante y la incomodidad de Masako aumentó gradualmente hasta convertirse en algo parecido al terror. Masako nunca había advertido cuán perturbador resulta no conocer el pensamiento de otra persona.

Tenía la sensación de llevar a sus espaldas una gran masa negra. No era como cuando la seguían Kanako o Koyumi, cuyas plegarias eran tan transparentes que resultaba fácil ver a través de ellas. Masako intentó desesperadamente estimular su anhelo por R. hasta volverlo aún más febril que antes. Pensó en su rostro, en su voz. Recordó su aliento lleno de juventud. Pero la imagen se desvanecía inmediatamente y no intentó reconstruirla.

Era menester cruzar el último puente lo antes posible. Hasta entonces no pensaría ya en nada más.

Las luces de una calle que había divisado en la lejanía parecían ser, ahora, las de un puente. Comprendió que se estaba aproximando a una vía pública importante. Había indicios de que el puente no podía estar lejos.

En efecto, llegó primero a un pequeño parque donde las luces brillaban sobre oscuros charcos producidos por la lluvia, y, luego, apareció el puente con su nombre, «Puente Bizen», escrito en una columna de cemento. En lo alto del pilar una lamparita irradiaba una luz mortecina. Masako divisó a su derecha el Templo de Tsukiji Honganji con su techo verde levemente abovedado. Debería cuidarse al cruzar el puente de no regresar por el mismo camino.

Masako suspiró con alivio. Entrelazó sus dedos para orar en el extremo del puente, y esta vez, para enmendar la superficialidad de sus rezos anteriores, lo hizo cuidadosa y devotamente. Por el rabo del ojo podía observar a Mina, quien, remedándola, apretaba piadosamente las gruesas palmas de sus manos. Verla molestó tanto a Masako, que se apartó de la oración para murmurar a media voz: «¡Ojalá no la hubiera traído! ¡Es verdaderamente exasperante!».

En aquel mismo instante una voz de hombre la interpeló. Masako se puso tensa. Un policía se había detenido a su lado:

—¿Qué está haciendo aquí a estas horas de la noche?

Masako no podía contestar. Una palabra lo arruinaría todo. Advirtió de inmediato, a través del apurado interrogatorio, que el policía, al verla orando en medio del puente, la había tomado por una suicida en potencia. Masako no podía hablar. Era necesario hacer comprender a Mina que lo hiciera en su lugar. Tironeó del vestido de la sirvienta e intentó despertar su inteligencia. Por más obtusa que fuera Mina, parecía imposible que no pudiera comprender sus señas. Seguía con los labios obstinadamente sellados. Masako advirtió con desaliento que Mina —fuera por obedecer las instrucciones originales o por proteger sus propias plegarias— estaba resuelta a no hablar.
El tono del policía se hizo aún más áspero:

—¡Contésteme! ¡Exijo una respuesta!

Masako decidió que lo mejor que podía hacer era intentar ganar el otro lado del puente y explicarlo todo cuando hubiera finalizado el cruce. Se soltó de la mano del policía y se internó corriendo en el puente. Alcanzó a ver cómo Mina se precipitaba tras ella.

El policía alcanzó a Masako en la mitad del puente.

—Tratando de escapar, ¿eh? —gritó, tomándola de un brazo.
—¿Quién piensa en escaparse? ¡Me está lastimando! —Masako había gritado impulsivamente. Advirtiendo, entonces, que sus plegarias habían quedado en la nada, miró hacia el lado derecho del puente con los ojos llameantes de indignación.

Mina, a salvo en el otro extremo, completaba su catorceava y última plegaria.

Cuando regresaron, Masako se quejó histéricamente a su madre, quien, sin saber lo que sucedía, reprendió a Mina.

—¿Puedes decirme qué pedías en tus plegarias? —preguntó.

Por toda respuesta, Mina se limitó a sonreír estúpidamente.

Algunos días después y ya un poco más tranquila, Masako continuó importunando a Mina:

—¿Qué pedías? —le preguntó por centésima vez—. Cuéntamelo. Con toda seguridad ya me lo puedes contar.

Pero Mina sólo esbozaba una sonrisa evasiva.

—¡Eres espantosa! Mina, ¡eres realmente insoportable!

Y riéndose, Masako pellizcó el hombro de Mina con sus uñas cuidadosamente afiladas por la manicura.

La piel elástica y pesada repelió las uñas. Los dedos de Masako quedaron insensibles y ya no supo qué hacer con su mano.



YUKIO MISHIMA (JAPÓN, 1925-1970)