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octubre 07, 2013

POEMAS DE ROBERT CREELEY

Foto: Elsa Dorfman


UN DÍA


Un día después del otro.
Encajan todos.
Perfectos.


ALGO

Me acerco con tal temblor
cauteloso y siempre
siento la pregunta, tonta al final,

cómo se supone
que se siente, después,
y por quién. Me acuerdo

de una vez en un cuarto alquilado
en la calle 27, la mujer que en ese tiempo
amaba, literalmente, después de

hacer el amor en la cama enorme
sentada frente a un lavatorio
con dos canillas, tenía

que hacer pis pero estaba nerviosa,
avergonzada, supongo,
de que la viera, a ella, que apenas

un momento atrás había estado
completamente abierta a mí, desnuda,
en la misma cama. En cuclillas,

con la cabeza reflejada en el espejo,
el pelo oscuro, toda
su cara, los hombros,

se sentó abierta de piernas, abrió
una de las canillas y orinó con timidez. Lo que el amor
podría aprender de una visión como esa.


LA FLOR

Creo que cultivo tensiones
como flores
en un bosque al que
no va nadie.

Cada herida es perfecta,
se encierra a sí misma en un
capullo diminuto, imperceptible,
y hace doler.

El dolor es una flor como aquella,
como esta,
como aquella,
como esta.



AUTORRETRATO

Él quiere ser
un viejo cruel,
un viejo hostil,
tan anodino, tan salvaje
como el vacío a su alrededor,

él no quiere compromisos,
ni ser bueno nunca
con nadie. Solamente ruin,
y definitivo en su brutal,
total, rechazo de todo.

Probó lo dulce,
lo amable, el “oh,
dame la mano”
y fue espantoso,
aburrido, brutalmente intrascendente.

Ahora se va a parar
sobre sus propias piernas que declinan.
Sus brazos, su piel,
día a día se arrugan. Y
ama, pero odia por igual.



EL PÁJARO

Qué me dijiste
que no te había escuchado.
Ella dijo que vio
un pajarito.

Dónde estaba.
En un árbol.
Ah, dijo él, pensé
que me hablabas a mí.


LOS CARTEROS DESHONESTOS

Agarran todas mis cartas
y las echan al fuego.
      Yo veo las llamas, etc.
Pero no me importa, etc.

Queman todo lo que tengo, o lo poco
que tengo. No me importa, etc.

El poema supremo, dirigido al
vacío –Esa es la audacia
que hace falta. Es algo
bastante diferente.



LOS CAMBIOS

La gente no actúa
en la vida real
como actúa
en la vida real. Son

más lentos
y registran los cambios pasivos
de la atmósfera.

O se convierten
en perros persas verdes  
y en pájaros.
       Cuando ves a uno
sabés que el mundo es un artilugio.
Que tiene proverbialidad.
Que la gente es pobre.



MÚSICA DE AGUA

Las palabras son una música hermosa.
Las palabras se reflejan como en el agua.

Música de agua,
sonora en el claro,

lejos de los botes,
las hojas, los pájaros.

Buscan un lugar
donde quedarse y comer—

ningún significado,
ninguna conclusión.



EL MUNDO

Tanto quería yo
tranquilizarte, quería
que el hombre que confundiste conmigo

te consolara, se levantara
y fuera hasta la ventana
a correr las cortinas, 

como me pediste,
para ver
la silueta de los árboles
en la noche, afuera.

La luz, amor,
la luz que sentimos entonces ,
grismente, fue, lo que
entró, sobre nosotros, no
solamente mis manos o las tuyas,
o una humedad tan acogedora,

sino, en la oscuridad, después,
mientras dormías, la figura
gris que se acercó tanto

y se inclinó sobre nosotros,
entre nosotros, mientras
dormías, inquieta, y

mi propia cara tuvo
que verla, y ser vista, era el hombre, tu

hermano perdido gris cansado
desconcertado, sin uso, intacto,
odiado por el amor, y muerto,

pero no muerto, por un
instante, me vio, a mí,
como si fuera yo el intruso y no él.

Traté de decir: está
todo bien, ella
es feliz, ya no

hacés falta. Dije,
está muerto, y se fue
mientras te movías
y despertabas, al principio con miedo,
después te enterabas por mí
de lo que había pasado—

y entonces la luz
del sol que llegaba
por una mañana más
en el mundo.


LA ADVERTENCIA

Por amor te partiría
la cabeza y te pondría
una vela detrás
de cada ojo.

El amor está muerto
si nos olvidamos
de las virtudes de un amuleto
y de la sorpresa.



EL RITMO

Todo es un ritmo,
desde el cerrarse
de una puerta hasta el abrirse
de una ventana.

las estaciones, la luz
del sol, la luna,
los océanos, el crecimiento
de las cosas,

la mente de los hombres,
íntima, que vuelve a ellos
otra vez,
creyendo que el final

no es el final, que vuelve
atrás el tiempo,
ellos muertos pero
con alguien por llegar.

Si estoy muerto en la muerte,
en la vida también
me muero, me muero...
Y las mujeres lloran y se mueren.

Los chicos crecen
hasta ser solo viejos.
El pasto se seca,
la potencia se va.

Pero se encuentra con otra
que vuelve, oh no la mía,
no la mía, y
a su tiempo se muere.

El ritmo que se proyecta
desde sí mismo continúa
doblegándolo todo con su fuerza
de la ventana a la puerta
del techo al piso,
luz al abrirse,
oscuridad al cerrarse.



LA CONSPIRACIÓN

Vos mandame tus poemas
que yo te mando los míos.

Las cosas tienden a despertarse
hasta con una comunicación casual

Déjennos de pronto
proclamar la primavera. Y burlarnos

de los demás,
de todos los demás.

Te voy a mandar una foto también
si me mandás una tuya.



LA PROPUESTA INDECENTE

Si nunca hacés nada por nadie
estás a salvo de la tragedia de las relaciones humanas.

Si en silencio y como en otro tiempo
ocurre el avance de lo inesperado:

mirarlo es más
de lo que fue. Dios sabe
que nada está bien hecho, que nada
es todo lo que hay. El egoísta

inseguro no es bueno
para sí mismo.



 Versiones en castellano de Sandra Toro


One day

One day after another—
Perfect.
They all fit. 



Something

I approach with such
a careful tremor, always
I feel the finally foolish

question of how it is,
then, supposed to be felt,
and by whom. I remember

once in a rented room on
27th street, the woman I loved
then, literally, after we

had made love on the large
bed sitting across from
a basin with two faucets, she

had to pee but was nervous,
embarrassed I suppose I
would watch her who had but

a moment ago been completely
open to me, naked, on
the same bed. Squatting, her

head reflected in the mirror,
the hair dark there, the
full of her face, the shoulders,

sat spread-legged, turned on
one faucet and shyly pissed. What
love might learn from such a sight.



The flower

 I think I grow tensions
like flowers
in a wood where
nobody goes.

Each wound is perfect,
encloses itself in a tiny
imperceptible blossom,
making pain.
Pain is a flower like that one,
like this one,
like that one, like this one. 



Self-Portrait

He wants to be
a brutal old man,
an aggressive old man,
as dull, as brutal
as the emptiness around him,

He doesn’t want compromise,
nor to be ever nice
to anyone. Just mean,
and final in his brutal,
his total, rejection of it all.

He tried the sweet,
the gentle, the “oh,
let’s hold hands together”
and it was awful,
dull, brutally inconsequential.


Now he’ll stand on
his own dwindling legs.
His arms, his skin,
shrink daily. And
he loves, but hates equally.



The bird

What did you say to me
 that I had no heard.
She said she saw
 a small bird.


Where was it.
 In a tree.
Ah, he said, I thought
 you spoke to me.

He doesn’t want compromise,
nor to be ever nice
to anyone. Just mean,
and final in his brutal,
his total, rejection of it all.


The dishonest mailmen

They are taking all my letters, and they
put them into a fire.
    I see the flames, etc.
But do not care, etc.


They burn everything I have, or what little
I have. I don’t care, etc.


The poem supreme, addressed to
emptiness –this is the courage
necessary. This is something
quite different.



The changes

People don’t act
like they act
in real life
in real life. They


are slower
and record the passive changes
of atmosphere.


Or change themselves
into green persian dogs
and birds.
    When you see one
you know the world is a contrivance.
It has proverbiality.
People are poor.



Water Music

The words are a beautiful music.
The words bounce like in water.

Water music,
loud in the clearing

off the boats,
birds, leaves.

They look for a place
to sit and eat--

no meaning,
no point.



The World

I wanted so ably
to reassure you, I wanted
the man you took to be me,

to comfort you, and got
up, and went to the window,
pushed back, as you asked me to,

the curtain, to see
the outline of the trees
in the night outside.

The light, love,
the light we felt then,
grayly, was it, that
came in, on us, not
merely my hands or yours,
or a wetness so comfortable,

but in the dark then
as you slept, the gray
figure came so close

and leaned over,
between us, as you
slept, restless, and

my own face had to
see it, and be seen by it,
the man it was, your

gray lost tired bewildered
brother, unused, untaken -
hated by love, and dead,

but not dead, for an
instant, saw me, myself
the intruder, as he was not.

I tried to say, it is
all right, she is
happy, you are no longer

needed. I said,
he is dead, and he
went as you shifted
and woke, at first afraid,
then knew by my own knowing
what had happened -

and the light then
of the sun coming
for another morning
in the world.



The Warning

For love-I would
split open your head and put
a candle in
behind the eyes.

Love is dead in us
if we forget
the virtues of an amulet
and quick surprise.



The Rhythm


It is all a rhythm,
from the shutting
door, to the window
opening,

the seasons, the sun's
light, the moon,
the oceans, the
growing of things,

the mind in men
personal, recurring
in them again,
thinking the end

is not the end, the
time returning,
themselves dead but
someone else coming.

If in death I am dead,
then in life also
dying, dying...
And the women cry and die.

The little children
grown only to old men.
The grass dries,
the force goes.

But is met by another
returning, oh not mine,
not mine, and
in turn dies.

The rhythm which projects
from itself continuity
bending all to its force
from window to door,
from ceiling to floor,
light at the opening,
dark at the closing.


The Conspiracy

You send me your poems,
I'll send you mine.

Things tend to awaken
even through random communication

Let us suddenly
proclaim spring. And jeer

at the others,
all the others.

I will send a picture too
if you will send me one of you.


The Immoral Proposition

If you never do anything for anyone else
you are spared the tragedy of human relation-

ships. If quietly and like another time
there is the passage of an unexpected thing:

to look at it is more
than it was. God knows

nothing is competent nothing is
all there is. The unsure

egoist is not
good for himself.





ROBERT CREELEY (EE.UU., 1926-2005)

octubre 06, 2013

POEMAS DE JOSÉ CORONEL URTECHO


HIPÓTESIS DE TU CUERPO

                I

Sé que no me creerán como a espejo sin fondo
que el movimiento clava tu vórtice de armadas
donde momentos miles primeros segundos en roca a pique
ya me esperaban en ti girando.

Aunque dijera que no tenías mar
ni que toda tu espuma en tu interior de piedra habita
m por sangre espumosa esculpida menos viva
ni carcomida,
sino por la frecuencia de tus pecas algo se congregaba.

Porque esperaban la que eras visible
si es que alzabas las manos de concreto
puesto vestido de labrador ya no tarjeta de visita
mientras hay llamamiento de flores a piano
y con tu duelo gigantesco gastas otra violeta
si solitaria,
lo cual no puede aunque posible.

Todo ello en brisa regular compuesta a sentimiento...

Porque esperaban miedo que te clamara a muerte:
«Yo te comparo a un faro»
explicando tu pelo despacio de noche.

No es comparando.

                II

Yo te proyecto desnuda por dentro
como paloma leona interior a la tierra
sin otra sustancia marina que tormenta.

Muerte vida.

Pues o no pasajero por tu frente
(no en pensamiento aquí ni con veneno
que ya serpiente río al pie descabezado
no deja a playa crespa a cantos de sirena
que foca hieda espuma se deshile
ni húmeda luna en brama de animales
largo del arca, dentro quedas mansa
de leonas de palomas de elefantes)
por tu carne de piedra a tu pecho de leche.
Mito en resumen, pero toco.

Vida muerte.

Cuanto camino da a tu ombligo
si echo raíces ánclote a fondo puerto de tierra
puerta a mi tierra tuya a cerrojo sagrada.

Tesomosme, Mesomoste.

Cávote sepultura en mi otro sexo.
Cávame sepultura en tu otro sexo.
Muéreme Vívote Víveme Muérote
No nos distingo.

Sésamo.



                III

Confieso que te arribo puerto si subterráneo
como a la roca en sueño vegetal dormida viva
tengo mi casa allí donde mi araña espero ciego
lo mismo vivo o muerto que tu secreto como silencio.



PEQUEÑA ODA A TÍO COYOTE


¡Salud a tío Coyote,
el animal Quijote!

Porque era inofensivo, lejos de la manada,
perro de soledad, fiel al secreto
inquieto
de su vida engañada
sufrió el palo, la burla y la patada.

Fue el más humilde peregrino
en los caminos de los cuentos de camino.

Como amaba las frutas sazonas,
las sandías, los melones, las anonas,
no conoció huerta con puerta,
infranqueable alacena,
ni propiedad ajena,
y husmeando el buen olor de las cocinas
cayó en la trampa que le tendieron las vecinas
de todas las aldeas mezquinas
y se quedó enredado en las consejas
urdidas por las viejas
campesinas.

Y así lo engendró la leyenda
como el Quijote de la Merienda.

Pero su historia es dulce y meritoria.

Y el animal diente-quebrado,
culo-quemado,
se ahogó en la laguna
buceando el queso de la luna.
Y allí comienza su gloria
donde su pena termina!

También así murió
Li-Tai-Po,
poeta de la China.


    
IDILIO EN CUATRO ENDECHAS

        I

De nuevo. Sí. De nuevo
siento que voy, que llevo.

En el tren, en los trenes,
siento que vas, que vienes.

Inútil preguntar
a la tierra, a la mar,
a la estrella polar.

Ni la arena, ni la espuma, ni la estrella
darán razón de ti. De ella.
Pero te esperaré. Te espero en las esquinas,
a ver si vas, si ves, si lo adivinas.

        II

Te quiero
en diciembre, en enero.
Te quiero día a día, el año entero.

Te quiero
bajo el naranjo y bajo el limonero.

        III

Ya parece que sí, que te das, que te entregas.
Pero te busco a tientas, busco a ciegas,
busco donde no estás, donde no llegas.

Tus manos en mis manos tiemblan de frío.
¿En dónde está tu corazón, en dónde el mío?
En tu abandono estás desfallecida.
¿Qué se hizo tu sangre, tu vida?

No sabes tú, ni quieres
saber quién soy, quién eres.
Despierta. Escucha, escucha lo que digo.
Lejos estás de mí si estás conmigo.

        IV

Olvida
mi vida, tu vida.
Mira que el día nuevo
es tiempo de relevo
y deber militar.

Vienen tiempos de guerra
y de sangre en la tierra,
en el aire, en el mar.

Deja el recuerdo perdido
en el mar del olvido.
Deja el recuerdo en el mar.

Mira que tú has nacido
sólo pra el olvido,
sólo para llorar.

Olvidar y llorar en el mar.




EL TIGRE ESTÁ EN LA NIÑA

                                                                 Tiger! Tiger! burning bright
                                                                 In the forest of the night
                                                                                              William Blake


El tigre está en los ojos
Preso entre curvas mansas, perezosas
Despertando del lodo como vegetaciones
Entre panales y gorgeos al borde de la cama
El grifo abierto, el rumor, el vapor de la bañera
El zumo de naranja, las tostadas
Todo lo que se apunta con la lengua del lápiz
El gesto de la mano que suelta una paloma
Los pechos como nidos ocultos en las ramas
Y una serpiente dulce como un canto
Entre viejas consolas y entre jaulas de flores

Buenos días, muchacha hace tiempo olvidada
No despiertes del todo en la visita
Sigue tus infalibles líneas ecuatoriales
Siempre dormida, virginal, obscena

Conoces tú a la dama de la mano en el pecho?
El tigre está en la niña del ojo de la mujer.



ODA A RUBÉN DARÍO

“¿Ella? No la anuncian. No llega aún.”
Rubén Darío. Heraldos


I
(Acompañamiento de papel de lija)

Burlé tu león de cemento al cabo.
Tú sabes que mi llanto fue de lágrimas,
i no de perlas. Te amo.
Soy el asesino de tus retratos.
Por vez primera comimos naranjas.
Il n´y a pas de chocolat —dijo tu ángel de la guarda.
Ahora podías perfectamente
mostrarme tu vida por la ventana
como unos cuadros que nadie ha pintado.
Tu vestido de emperador, que cuelga
de la pared, bordado de palabras,
cuánto más pequeño que ese pajama
con que duermes ahora,
que eres tan sólo un alma.
Yo te besé las manos.
“Stella —tú hablabas contigo mismo—
llegó por fin después de la parada”,
i no recuerdo qué dijiste luego.
Sé que reímos de ello.
(Por fin te dije: “Maestro, quisiera
ver el fauno”.
Mas tú: “Vete a un convento”).
Hablamos de Zorrilla. Tu dijiste:
“Mi padre” i hablamos de los amigos.
“Et le reste est literature” de nuevo
tu ángel impertinente.
Tú te exaltaste mucho.
“Literatura todo —el resto es esto”.
Entonces comprendimos la tragedia.
Es como el agua cuando
inunda un campo, un pueblo
sin alboroto i se entra
por las puertas i llena los salones
de los palacios —en busca de un cauce,
del mar, nadie sabe.
Tú que dijiste tantas veces “Ecce
Homo” frente al espejo
i no sabías cuál de los dos era
el verdadero, si acaso era alguno.
(¿Te entraban deseos de hacer pedazos
el cristal?) Nada de esto
(mármol bajo el azul) en tus jardines
—donde antes de morir rezaste al cabo—
donde yo me paseo con mi novia
i soy irrespetuoso con los cisnes.


II
(Acompañamiento de tambores)

He tenido una reyerta
con el Ladrón de tus Corbatas
(yo mismo cuando iba a la escuela),
el cual me ha roto tus ritmos
a puñetazos en las orejas…
Libertador, te llamaría,
si esto no fuera una insolencia
contra tus manos provenzales
(i el Cancionero de Baena)
en el “Clavicordio de la Abuela”
—tus manos, que beso de nuevo,
Maestro.
En nuestra casa nos reuníamos
para verte partir en globo
i tú partías en una galera
—después descubrimos que la luna
era una bicicleta—
y regresabas a la gran fiesta
de la apertura de tu maleta.
La Abuela se enfurecía
de tus sinfonías parisienses,
i los chicuelos nos comíamos
tus peras de cera.
(Oh tus sabrosas frutas de cera)
Tú comprendes.
Tú que estuviste en el Louvre,
entre los mármoles de Grecia,
y ejecutaste una marcha
a la Victoria de Samotracia,
tú comprendes por qué te hablo
como una máquina fotográfica
en la plaza de la Independencia
de las Cosmópolis de América,
donde enseñaste a criar Centauros
a los ganaderos de las Pampas.
Porque, buscándome en vano
entre tus cortinajes de ensueño,
he terminado por llamarte
“Maestro, maestro”,
donde tu música suntuosa
es la armonía de tu silencio…
(¿Por qué has huído, maestro?)
(Hay unas gotas de sangre
en tus tapices).
Comprendo.
Perdón. Nada ha sido.
Vuelvo a la cuerda de mi contento.
¿Rubén? Sí. Rubén fue un mármol
griego. (¿No es esto?)
“All’s right with the world”, nos dijo
con su prosaísmo soberbio
nuestro querido sir Roberto
Browning. Y es cierto.

FINAL
(Con pito)

En fin, Rubén,
paisano inevitable, te saludo
con mi bombín,
que se comieron los ratones en
mil novecientos veinte i cin-
co. Amén.




(de “Pol-la D'Annanta Katanta Paranta”, 1970)


JOSÉ CORONEL URTECHO (NICARAGUA, 1906-1994) 



octubre 03, 2013

EL EROTISMO (ESTUDIO VI) – GEORGES BATAILLE


 La santidad, el erotismo y la soledad*

      Me propongo hablarles hoy de la santidad, del erotismo y de la soledad. Antes de desarrollar ante ustedes un conjunto de representaciones coherentes, diré unas palabras de lo sorprendente de mi intención. El término erotismo introduce una expectación equívoca. Me gustaría precisar, en primer lugar, las razones por las que he querido hablarles del erotismo al mismo tiempo que de la santidad y de la soledad.
      Parto esencialmente del principio según el cual el erotismo nos deja en la soledad. El erotismo es al menos aquello de lo que es difícil hablar. Por razones que no son únicamente convencionales, el erotismo se define por el secreto. No puede ser público. Podría citar ejemplos contrarios, pero, de cualquier modo, la experiencia erótica se sitúa fuera de la vida corriente. En el conjunto de nuestra experiencia, permanece esencialmente al margen de la comunicación normal de las emociones. Se trata de un tema prohibido. Nada está prohibido absolutamente, siempre hay transgresiones. Pero la prohibición actúa lo bastante para que, en conjunto, se pueda decir que el erotismo, aun siendo tal vez la emoción más intensa, en la medida en que nuestra existencia se nos hace presente bajo forma de lenguaje (de discurso), es para nosotros como si no existiera. Hay en la actualidad una atenuación de la prohibición —sin la cual hoy no podría hablarles— pero creo, a pesar de todo, que puesto que esta sala pertenece al mundo del discurso, el erotismo quedará para nosotros como algo de fuera; hablaré de él, pero como de un más allá de lo que vivimos en el presente, de un más allá que sólo nos es accesible con una condición: que salgamos, para aislarnos en la soledad, del mundo en que estamos ahora. En particular, me parece que para acceder a este más allá hemos de renunciar a la actitud del filósofo. El filósofo puede hablarnos de cuanto siente. En principio, la experiencia erótica nos obliga al silencio.
       No ocurre así con una experiencia que es tal vez cercana, la de la santidad. La emoción sentida en la experiencia de la santidad puede expresarse en un discurso, puede ser objeto de un sermón. Sin embargo, es posible que la experiencia erótica esté cercana a la santidad.
      No quiero decir que el erotismo y la santidad tengan la misma naturaleza. Esta cuestión además no entra en mi propósito. Sólo quiero decir que ambas experiencias tienen, tanto la una como la otra, una intensidad extrema. Cuando hablo de santidad, hablo de la vida que determina la presencia en nosotros de una realidad sagrada, de una realidad que puede trastornarnos totalmente. Me contento ahora con contemplar la emoción de la santidad por una parte, y la emoción erótica por otra, en cuanto su intensidad es extrema. He querido decir de estas emociones que una nos acerca a los demás hombres y la otra nos aleja de ellos, nos deja en la soledad.
      Este es el punto de partida de la exposición que quiero desarrollar ante ustedes. No hablaré desde el punto de vista de la filosofía tal y como suele entenderse. Quiero hacer observar desde ahora que la experiencia propiamente filosófica excluye ambas emociones. Admito en principio que la experiencia del filósofo es una experiencia separada, al margen de las demás experiencias. En una palabra, es la experiencia de un especialista. Las emociones la perturban.
Desde hace tiempo me llama la atención un aspecto particular. El verdadero filósofo debe dedicar su vida a la filosofía. En la práctica de la filosofía, nada se opone seriamente la endeblez de cualquier actividad de conocimiento, que requiere que, para adquirir superioridad en un campo, se admita la ignorancia relativa en otros campos. La situación se agrava cada día: cada día se hace más difícil adquirir la suma de los conocimientos humanos, puesto que esta suma crece desmedidamente. Se sigue admitiendo el principio de que la filosofía es esta suma de conocimientos, considerada como operación sintética, más allá de una yuxtaposición en la memoria, pero dicho principio se mantiene a duras penas: la filosofía se va transformando cada vez más en una disciplina especializada parecida a las demás. No quiero hablar hoy de la imposibilidad de construir una filosofía independiente de la experiencia política: éste es, en rigor, un principio que caracteriza una orientación moderna de la filosofía. En este punto, la filosofía se ha abierto a la experiencia. Pero, aun admitiendo este principio, lo más corriente es considerar la filosofía de forma separada. Quiero decir que es difícil filosofar y vivir a un tiempo. Quiero decir que la humanidad está hecha de experiencias separadas y que la filosofía no es más que una experiencia entre otras. Cada vez es más difícil que la filosofía sea la suma de los conocimientos, pero ésta ni siquiera aspira, en la estrechez de miras que es lo propio del especialista, a ser la suma de las experiencias. Sin embargo, ¿qué significa la reflexión del ser humano sobre sí mismo y sobre el ser en general, si es ajena a los estados de emoción más intensos? Significa obviamente la especialización de lo que, por definición, no puede aceptar, bajo ningún pretexto, no ser total y universal. La filosofía evidentemente no puede ser más que la suma de los posibles, en el sentido de una operación sintética, o no ser nada.
      Lo repito: o es la filosofía la suma de los posibles, en el sentido de una operación sintética, o no es nada. Creo que es lo que fue para Hegel. La experiencia erótica, al menos en las primeras formas de su construcción dialéctica, ocupó abiertamente un lugar en la elaboración del sistema, pero no es imposible pensar que tuviera, secretamente, una influencia más profunda: el erotismo no puede ser considerado más que dialécticamente, y en justa reciprocidad, el filósofo dialéctico, si no se limita al formalismo, tiene necesariamente la vista puesta en su experiencia sexual. En todo caso (y no tengo reparos en reconocer que en un punto tan oscuro la duda es posible), parece que, al menos en parte, Hegel extrajo de sus conocimientos teológicos, así como del conocimiento del maestro Eckart y de Jacob Boehme, el movimiento dialéctico que le es propio. Pero si he hablado ahora de Hegel, no es con el propósito de insistir en el valor de su filosofía. Quisiera, al contrario, a pesar de mis reservas, vincular expresamente a Hegel con la filosofía especializada. Me basta por lo demás recordar que él mismo se opuso con cierta dureza a la tendencia de la filosofía romántica de su tiempo, que pretendía que la filosofía pudiera ser tarea de cualquiera, sin preparación particular. No digo que estuviera equivocado recusando la improvisación en el campo de la filosofía: eso, sin duda, es imposible. Pero la construcción, por así decirlo, impenetrable de Hegel, aunque fuera el término de la filosofía, incorpora ciertamente este valor de la filosofía especializada: al mismo tiempo que une, separa lo que une de la experiencia. Tal es, sin duda, su ambición: en el espíritu de Hegel, lo inmediato es malo, y Hegel hubiera relacionado seguramente lo que yo llamo experiencia con lo inmediato. No obstante, sin entrar en una discusión filosófica, quisiera insistir en que los desarrollos de Hegel dan la sensación de una actividad especializada. No creo que a él mismo se le haya escapado esta sensación. Para responder por anticipado a la objeción, insistía en que la filosofía es un desarrollo en el tiempo, en que es un discurso que se enuncia en partes sucesivas. Podemos admitirlo, pero esto es hacer de cada momento de la filosofía un momento especializado, subordinado a los demás. De este modo, no dejamos la especialización más que para entrar en el sueño del especialista, esta vez definitivamente.
      No digo que esté al alcance de cualquiera de nosotros, ni de nadie, despertar. Esta suma de los posibles, considerada como una operación sintética, es tal vez quimérica. Asumo el riesgo de fracasar. Me causa malestar la idea de considerar un éxito lo que es un fracaso. Sobre todo, no encuentro motivo para limitar lo posible que está ante mí, imponiéndome un trabajo especializado. Hablo de una elección cuyos términos se plantean en todo momento a cada uno de nosotros. En este mismo instante se me plantea la elección entre atenerme al tema que me he impuesto desarrollar ante ustedes o dar no sé qué respuesta a un posible capricho. Me escapo a duras penas diciendo que hablo en el sentido del capricho, sin ceder al deseo de entregarme a él, pero reconociendo el mayor valor del capricho, que es lo opuesto a la especialización. La especialización es condición de la eficacia, y buscar la eficacia es lo que hace cualquiera que siente lo que le falta. Hay en eso una confesión de impotencia, un humilde sometimiento a la necesidad.
      Es cierto que hay una lamentable debilidad en el hecho de querer tal o cual resultado y no hacer lo necesario para conseguirlo. En cambio hay una fuerza en el hecho de no querer ese resultado y de negarnos a emprender el camino que puede llevar a él. En esta encrucijada, se propone tanto la santidad como el erotismo. La santidad, con relación al esfuerzo especializado, se sitúa de entrada del lado del capricho. El santo no busca la eficacia. Lo que le anima es el deseo, y sólo el deseo: en eso se parece al hombre del erotismo. Se trata de saber, en un punto determinado, si el deseo responde mejor que la especialización del proyecto, mejor que la especialización que asegura la eficacia del proyecto, a la esencia de la filosofía, en cuanto ésta, como dije, es ante todo la suma de los posibles, considerada como una operación sintética. En otras palabras: en un sentido, ¿es imaginable esta operación con el simple movimiento calculado que desemboca en la especialización? o, en otro sentido, ¿es imaginable la suma de los posibles cuando el interés prevalece sobre el capricho, que es otro nombre del deseo?
      Antes de ir más lejos intentaré decir lo esencial sobre el erotismo, a pesar de la dificultad fundamental que encontramos cuando queremos hablar de él.
      En primer lugar, el erotismo difiere de la sexualidad de los animales en que la sexualidad humana está limitada por prohibiciones y en que el campo del erotismo es el de la transgresión de estas prohibiciones. El deseo del erotismo es el deseo que triunfa sobre la prohibición. Supone la oposición del hombre a sí mismo. Las prohibiciones que se oponen a la sexualidad humana tienen, en principio, formas particulares, atañen por ejemplo al incesto, o a la sangre menstrual, pero podemos también considerarlas bajo el aspecto general, por ejemplo bajo un aspecto que ciertamente no se daba en los primeros tiempos (en el paso del animal al hombre), y que por otra parte hoy se cuestiona, el de la desnudez. En efecto, la prohibición de la desnudez es hoy al mismo tiempo fuerte y cuestionada. No hay nadie que no se dé cuenta del carácter relativamente absurdo, gratuito, históricamente condicionado, de la prohibición de la desnudez, y por otra parte de que la prohibición de la desnudez y la transgresión de la prohibición de la desnudez constituyen el tema general del erotismo, quiero decir de la sexualidad transformada en erotismo (la sexualidad propia del hombre, la sexualidad de un ser dotado de lenguaje). En las complicaciones llamadas enfermizas, en los vicios, este tema siempre tiene un sentido. El vicio podría considerarse como el arte de darse a uno mismo, de una manera más o menos maniaca, la sensación de transgredir.
      Me parece conveniente recordar el singular origen de la teoría de la prohibición y de la transgresión. La hallamos en las enseñanzas orales de Marcel Mauss, cuya obra representa sin duda la contribución menos discutible de la escuela sociológica francesa, aun cuando él no publicó nada sobre dicha teoría. Mauss sentía cierta repugnancia a formular, a dar a su pensamiento la forma definitiva de lo impreso. Me figuro incluso que sus más notables resultados debieron de darle un sentimiento de malestar. Sin duda, el aspecto fundamental de la teoría de la transgresión aparece en su obra escrita, pero en forma de breve indicación, de paso. Así es como, en su Essai sur le Sacrifice, dice en dos frases que los griegos consideraban el sacrificio de las Bufonías como el crimen del sacrificador. No generaliza. No seguí personalmente sus enseñanzas orales, pero, en lo que concierne a la transgresión, la doctrina de Marcel Mauss está expuesta en L'homme et le sacre, un corto libro de uno de sus discípulos, Roger Caillois. Quiso la suerte que, lejos de ser un mero compilador, Roger Caillois fuese no sólo capaz de exponer los hechos de forma convincente, sino de dotar sus desarrollos de la firmeza de un pensamiento activo y personal. Daré aquí el esquema de la exposición de Caillois, según el cual, entre los pueblos primitivos que estudia la etnografía, el tiempo humano se reparte en tiempo profano y tiempo sagrado, siendo el tiempo profano el tiempo ordinario, el del trabajo y del respeto de las prohibiciones, y el tiempo sagrado el de la fiesta, es decir, esencialmente el de la transgresión de las prohibiciones. En el plano del erotismo, la fiesta es a menudo el tiempo de la licencia sexual. En el plano propiamente religioso, es en particular el tiempo del sacrificio, que es la transgresión de la prohibición de matar.
      De esta doctrina formulé una exposición, que elaboré personalmente, en una obra que dediqué a las pinturas de la cueva de Lascaux, es decir, de hecho, las del hombre de los primeros tiempos, el del nacimiento del arte, el que pasó verdaderamente de la animalidad a lo humano1. Se me impuso la idea de asociar la prohibición con el trabajo. El trabajo existía mucho antes del nacimiento del arte. Conocemos sus huellas bajo la forma de herramientas de piedra que se conservan en el suelo y cuya fecha relativa podemos conocer. Me pareció que el trabajo debía implicar de entrada la existencia de un mundo del trabajo del que estaban excluidos la vida sexual o el homicidio, y en general la muerte. La vida sexual, por una parte, y por otra el homicidio, la guerra, la muerte, representan, para el mundo del trabajo, graves perturbaciones o incluso trastornos. No me parece dudoso que tales momentos hayan sido excluidos, de manera fundamental, del tiempo de trabajo, que pudo llegar pronto a ser colectivo. En relación con el tiempo del trabajo, la creación de la vida y su supresión tuvieron que ser expulsadas afuera, siendo el trabajo mismo, frente a los momentos de emoción intensa en los que están en juego —y se afirman— la vida y la muerte, un tiempo neutro, una especie de anulación.
      El punto al que quiero llegar puede ahora, a mi juicio, aparecer en plena luz.
      No digo que la filosofía no especializada sea posible. Pero la filosofía, en cuanto labor especializada, es un trabajo. Es decir, que excluye, sin siquiera dignarse advertirlo, los momentos de emoción intensa de los que he hablado en primer lugar. En consecuencia, la filosofía no es esta suma de posibles, considerada como una operación sintética, que a mi juicio debe ser en primer lugar. No es la suma de los posibles, la suma de las experiencias posibles, sino sólo la suma de ciertas experiencias definidas, que tienen como fin el conocimiento. Es sólo la suma de los conocimientos. Excluye con buena conciencia, o incluso con el sentimiento de rechazar un cuerpo extraño, una impureza, o al menos una fuente de error, lo que es emoción intensa, ligada al nacimiento, a la creación de la vida, así como a la muerte. No soy el primero que se siente sorprendido por este resultado decepcionante de la filosofía, que es la expresión de la humanidad media, y que se ha vuelto ajena a la humanidad extrema, es decir, a las convulsiones de la sexualidad y de la muerte. Me parece incluso que la reacción contra este aspecto gélido de la filosofía caracteriza a la filosofía moderna en su conjunto, digamos de Nietzsche a Heidegger, sin hablar de Kierkegaard. Naturalmente, la filosofía, a mi parecer, está profundamente enferma. Es inconciliable con una posibilidad bohemia, una actitud desaliñada del pensamiento que tal vez yo represento a los ojos de algunos de ustedes. Lo que está plenamente justificado. La filosofía no es nada si no es un esfuerzo extremo y, por consiguiente, un esfuerzo disciplinado, pero al introducir el esfuerzo concertado y la disciplina, ¿no falta por otra parte la filosofía a su razón de ser profunda, al menos si es, como dije, la «suma de los posibles considerada como una operación sintética»? Lo que quisiera mostrar finalmente es el callejón sin salida de la filosofía que no pudo instituirse sin la disciplina y que, por otra parte, fracasa por el hecho de no poder abarcar los extremos de su objeto, lo que designé antaño con el nombre de «extremos de lo posible», que siempre lindan con los puntos extremos de la vida. Si es fundamental, aun una filosofía de la muerte se desvía de su objeto. Pero no quiero decir que absorbiéndose en él, entregándose al vértigo que es su término, la filosofía siga siendo posible. Salvo quizá si, llegada a la cima, la filosofía fuera negación de la filosofía, si la filosofía se riera de la filosofía. Supongamos en efecto que la filosofía se ríe de verdad de la filosofía: esto supone la disciplina y su abandono. Entonces está en juego la suma entera de los posibles, y esta suma es una síntesis, no una simple adición, ya que desemboca en la visión sintética, en la que el esfuerzo humano revela una impotencia, y donde sin pesar se relaja en el sentimiento de esta impotencia. Sin la disciplina, hubiera sido imposible alcanzar este punto, pero esta disciplina nunca llega hasta el final. Esto es una verdad experimental. En todos los casos, el espíritu, el cerebro del hombre está reducido al estado de continente desbordado, reventado por su contenido —como una maleta en la que se siguen guardando cosas y que deja finalmente de ser una maleta, puesto que deja de abarcar los objetos que le entregan. Y, sobre todo, los estados extremos introducen en la suma de los posibles un elemento irreductible a la reflexión pausada.
      Me esforzaré por describir con precisión la experiencia que podemos hacer de este desbordamiento.
      Nos hallamos ante la necesidad de elegir. Debemos hacer en primer lugar una elección cuantitativa. Si los consideramos homogéneos, los posibles son demasiado numerosos. Por ejemplo, dado el tiempo limitado de la vida, hemos de renunciar a leer alguna obra en la que posiblemente hallaríamos los elementos y la respuesta a la pregunta que nos formulamos. Debemos decirnos, pues, que no podemos acceder a los posibles que dicho libro expone. Si está en juego la experiencia de los estados extremos, se trata entonces de una elección cualitativa. En efecto, esta experiencia nos descompone, excluye la reflexión pausada, ya que por principio nos pone «fuera de nosotros». Es difícil imaginar la vida de un filósofo que estuviera continuadamente, o al menos la mayor parte del tiempo, fuera de sí. Estamos de nuevo ante la experiencia humana esencial que desemboca en la división del tiempo en tiempo del trabajo y tiempo sagrado. El hecho de estar abiertos a una posibilidad cercana a la locura (éste es el caso de cualquier posibilidad referida al erotismo, a la amenaza o más generalmente a la presencia de la muerte o de la santidad) subordina continuamente el trabajo de la reflexión a algo diferente, donde justamente la reflexión se interrumpe.
      En la práctica, no llegamos a un estancamiento absoluto, pero ¿qué ocurre? Solemos olvidar que el juego de la filosofía es, como cualquier juego, una competición. Se trata de ir siempre lo más lejos posible. Estamos en la situación, en verdad humillante, de quien trata de establecer un récord. En esta situación, la superioridad se otorga, según los puntos de vista, a unos desarrollos en distintos sentidos. Desde el punto de vista de la filosofía profesoral, es obvio que la  superioridad le pertenece a aquel que trabaja y se abstiene, la mayor parte del tiempo, de las posibilidades que se dan en la transgresión. Confieso que desconfío profundamente de la superioridad opuesta, concedida al negador, que se hace ingenuamente portavoz de la pereza y de la pretensión. Al haber aceptado la competición, he experimentado personalmente la necesidad de hacerme cargo de las dificultades en ambos sentidos, tanto en el sentido de la transgresión como en el sentido del trabajo. El límite está en la evidente imposibilidad de responder de forma satisfactoria en ambos sentidos a la vez. No quiero insistir. Me parece que sólo un sentimiento de opresión y de impotencia puede responder a la pregunta que he formulado. Estamos evidentemente ante un imposible. No es preciso resignarse, pero debemos reconocer que la falta de resignación no nos salva de nada. Simplemente confieso lo que es para mí una tentación. En el sentido de la transgresión, que coincide con la pereza, vislumbro al menos el beneficio de la aparente inferioridad. Pero de todos modos es una mentira, no puedo negarlo, puesto que la competición está abierta y que estoy tomando parte en ella. El hecho de que, inevitablemente para mí, mi participación se vincule al cuestionamiento de los principios de la superioridad en juego, no cambia nada, se sigue tratando, siempre se trata de ir lo más lejos posible, y mi indiferencia no cambia nada. Si rehúso el juego, no lo rehúso enteramente, con esto basta. Estoy comprometido pese a todo. Por lo demás hoy estoy hablando ante ustedes y esto significa que no me satisface la soledad.
      Desde el inicio de mi exposición, he dado por sentado que el erotismo tenía el sentido de la soledad, en oposición a la santidad, cuyo valor se propone a todos los demás hombres. No puedo tener en cuenta un solo instante el hecho de que para muchos de ustedes el erotismo, de antemano, pueda tener un valor que no tiene la santidad. Cualquiera que sea la ilusión posible, cualesquiera que sean las razones de esta impotencia, el erotismo es en principio lo que sólo tiene sentido para una persona sola o para una pareja. El discurso no lo recusa menos que el trabajo. Además es verosímil que el discurso y el trabajo estén vinculados. Esta exposición es un trabajo, y no he dejado de experimentar, al prepararla, el sentimiento de espanto que tenemos que vencer previamente para trabajar. El erotismo tiene, de manera fundamental, el sentido de la muerte. El que aprehende un instante el valor del erotismo pronto percibe que este valor es el de la muerte.
Es un valor tal vez, pero la soledad lo ahoga.
      Ahora intentaré representar, para llegar al fondo de la cuestión, lo que el cristianismo significa respecto del conjunto de las cuestiones que he querido plantear. No es que, al hablar de santidad, crea tener que hablar expresamente de la santidad cristiana. Pero, quiéralo o no, en la mente de quienes me escuchan no hay en principio ninguna diferencia entre santidad y santidad cristiana, y no he  introducido esta noción para esquivarla. Volviendo a las nociones que antes me esforcé por introducir, tengo que dejar claro que, en los límites del cristianismo, lo que yo llamo la transgresión se llama el pecado. El pecado es una falta, algo que no hubiera debido ocurrir. Consideremos en primer lugar la muerte en la cruz, es un sacrificio, es el sacrificio cuya víctima es el mismo Dios. Pero aun cuando el sacrificio nos redime, aun cuando la Iglesia canta a propósito de la culpa, que es el principio del sacrificio, el paradójico Félix culpa!, lo que nos redime es al mismo tiempo lo que nunca hubiera debido ocurrir. Para el cristianismo, la prohibición se afirma de forma absoluta y la transgresión, cualquiera que sea, es definitivamente condenable. Sin embargo, la condena se levanta a consecuencia de la culpa más condenable, de la transgresión más profunda que pudiera pensarse. El paso del erotismo a la santidad tiene un sentido profundo. Es el paso de lo que es maldito y rechazado a lo que es fausto y bendito. Por un lado, el erotismo es la culpa solitaria, lo que sólo nos salva oponiéndonos a todos los demás, lo que sólo nos salva en la euforia de una ilusión, ya que, en definitiva, lo que en el erotismo nos ha llevado al grado extremo de la intensidad, nos condena al mismo tiempo a la maldición de la soledad. Por otra parte, la santidad nos aleja de la soledad, pero con la condición de aceptar esta paradoja —felix culpa!— cuyo exceso mismo nos redime. Sólo la huida nos permite en estas condiciones volver a nuestros semejantes. Esta huida merece sin duda el nombre de renuncia, ya que, en el cristianismo, no podemos operar la transgresión y gozar de ella a la vez, ¡otros son los que pueden gozar en la condena de la soledad! El acuerdo con sus semejantes sólo vuelve a encontrarlo el cristiano con la condición de no gozar más de aquello que lo libera, que sin embargo no es nunca sino la transgresión, la violación de las prohibiciones sobre las que descansa la civilización.
      Ciertamente, si seguimos el camino trazado por el cristianismo, podemos no sólo salir de la soledad, sino acceder a una especie de equilibrio, escapando así del desequilibrio primero, que tomo como punto de partida, el cual nos impide conciliar la disciplina y el trabajo con la experiencia de lo extremo. La santidad cristiana nos abre al menos la posibilidad de llevar hasta el fin la experiencia de esta convulsión final que nos arroja, en el extremo, a la muerte. Entre la santidad y la transgresión de la prohibición tocante a la muerte no hay plena coincidencia. La transgresión de esta prohibición es ante todo la guerra. Pero la santidad no deja de estar situada a la altura de la muerte: en esto la santidad se parece al heroísmo guerrero que el santo vive como si muriera. ¿No hay en esto una prodigiosa inversión? Vive como si muriera, ¡pero con el fin de hallar la vida eterna! La santidad es siempre un proyecto. Aunque tal vez no sea ésta su esencia. Santa Teresa decía que aunque el infierno tuviera que tragarla no podía sino perseverar. En cualquier caso, la intención de la vida eterna se une a la santidad como a su contrario. Como si, en la santidad, solo una componenda permitiera poner de acuerdo al santo con la multitud, poner de acuerdo al santo con todos los demás hombres. Con la multitud o, lo que es lo mismo, con la filosofía, es decir, con el pensamiento común.
      Lo más extraño es que haya podido surgir un acuerdo entre la transgresión resuelta y los otros hombres, pero con la condición de no hablar. Este acuerdo se cumple en todas las formas de religiones arcaicas. El cristianismo inventó la única vía abierta a la transgresión que permitiera incluso hablar. Reconozcamos aquí simplemente que el discurso que va más allá del cristianismo tiende a negar todo lo que se parece a la transgresión, negando al mismo tiempo todo lo que se parece a la prohibición. En el plano de la sexualidad, basta pensar en la aberración del nudismo, una negación de la prohibición sexual, una negación de la transgresión necesariamente engendrada por la prohibición. Si se quiere, este discurso es la negación de lo que define lo humano por oposición a la animalidad.
      Por mi parte, me parece haber rendido, hablando, una especie de homenaje. —bastante torpe— al silencio. Un homenaje también —tal vez— al erotismo. Pero llegado a este punto, quiero invitar a los que me escuchan a la mayor desconfianza. Hablo, en suma, un lenguaje muerto. Este lenguaje, a mi entender, es el de la filosofía. Me atreveré a decir que para mí la filosofía es también una forma de dar muerte al lenguaje. Es también un sacrificio. La operación de la que hablé antes, que hace la síntesis de todos los posibles, es la supresión de todo lo que el lenguaje introduce, sustituyendo la experiencia de la vida que brota —y de la muerte— por un campo neutro, un campo indiferente. He querido invitarles a desconfiar del lenguaje. Así pues, tengo que pedirles, al mismo tiempo, que desconfíen de cuanto he dicho. No quiero terminar aquí con una pirueta, pero he querido hablar un lenguaje igual a cero, un lenguaje equivalente a nada, un lenguaje que vuelva al silencio. No estoy hablando de la nada, que me parece a veces un pretexto para añadir al discurso un capítulo especializado, sino de la supresión de lo que el lenguaje añade al mundo. Siento que esta supresión es impracticable de forma rigurosa. No se trata por otra parte de introducir una nueva forma de deber. Pero me faltaría al respeto a mí mismo si no les pusiera en guardia contra un uso desafortunado de lo que he dicho. Todo lo que, a partir de ahí, no nos aparte del mundo (en el sentido en que, más allá de la Iglesia, o en contra de la Iglesia, una especie de santidad aparta del mundo) traicionaría mi intención. He dicho que la disciplina, al encauzarnos por el camino del trabajo, nos alejaba de la experiencia de los extremos. Es cierto, al menos en un sentido general, pero esta experiencia tiene a su vez su disciplina. En todo caso, esta disciplina es, en primer lugar, contraria a toda forma de apología verbosa del erotismo. He dicho que el erotismo era silencio, que era soledad. Pero no lo es para aquellos cuya presencia en el mundo es por sí sola pura negación del silencio, vana charla, olvido de la soledad posible.



Notas: 

*El texto de este Estudio es el de una conferencia pronunciada en el Collége
philosophique en la primavera de 1955. (N. del A.)


1. Lascaux ou la naissance de l'Art («Grands Siécles de la Peinture»), Genéve, Skira, 1955. Lo llamo el hombre de los primeros tiempos, pero sólo en el sentido de que el hombre de Lascaux no debía diferir mucho del hombre de los primeros tiempos. Las pinturas de la cueva de Lascaux son evidentemente posteriores a la fecha que se puede asignar sin demasiada imprecisión al «nacimiento del arte».

 (de “L'Érotisme”, 1957)



GEORGES BATAILLE (FRANCIA, 1897-1962)