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octubre 06, 2013

POEMAS DE JOSÉ CORONEL URTECHO


HIPÓTESIS DE TU CUERPO

                I

Sé que no me creerán como a espejo sin fondo
que el movimiento clava tu vórtice de armadas
donde momentos miles primeros segundos en roca a pique
ya me esperaban en ti girando.

Aunque dijera que no tenías mar
ni que toda tu espuma en tu interior de piedra habita
m por sangre espumosa esculpida menos viva
ni carcomida,
sino por la frecuencia de tus pecas algo se congregaba.

Porque esperaban la que eras visible
si es que alzabas las manos de concreto
puesto vestido de labrador ya no tarjeta de visita
mientras hay llamamiento de flores a piano
y con tu duelo gigantesco gastas otra violeta
si solitaria,
lo cual no puede aunque posible.

Todo ello en brisa regular compuesta a sentimiento...

Porque esperaban miedo que te clamara a muerte:
«Yo te comparo a un faro»
explicando tu pelo despacio de noche.

No es comparando.

                II

Yo te proyecto desnuda por dentro
como paloma leona interior a la tierra
sin otra sustancia marina que tormenta.

Muerte vida.

Pues o no pasajero por tu frente
(no en pensamiento aquí ni con veneno
que ya serpiente río al pie descabezado
no deja a playa crespa a cantos de sirena
que foca hieda espuma se deshile
ni húmeda luna en brama de animales
largo del arca, dentro quedas mansa
de leonas de palomas de elefantes)
por tu carne de piedra a tu pecho de leche.
Mito en resumen, pero toco.

Vida muerte.

Cuanto camino da a tu ombligo
si echo raíces ánclote a fondo puerto de tierra
puerta a mi tierra tuya a cerrojo sagrada.

Tesomosme, Mesomoste.

Cávote sepultura en mi otro sexo.
Cávame sepultura en tu otro sexo.
Muéreme Vívote Víveme Muérote
No nos distingo.

Sésamo.



                III

Confieso que te arribo puerto si subterráneo
como a la roca en sueño vegetal dormida viva
tengo mi casa allí donde mi araña espero ciego
lo mismo vivo o muerto que tu secreto como silencio.



PEQUEÑA ODA A TÍO COYOTE


¡Salud a tío Coyote,
el animal Quijote!

Porque era inofensivo, lejos de la manada,
perro de soledad, fiel al secreto
inquieto
de su vida engañada
sufrió el palo, la burla y la patada.

Fue el más humilde peregrino
en los caminos de los cuentos de camino.

Como amaba las frutas sazonas,
las sandías, los melones, las anonas,
no conoció huerta con puerta,
infranqueable alacena,
ni propiedad ajena,
y husmeando el buen olor de las cocinas
cayó en la trampa que le tendieron las vecinas
de todas las aldeas mezquinas
y se quedó enredado en las consejas
urdidas por las viejas
campesinas.

Y así lo engendró la leyenda
como el Quijote de la Merienda.

Pero su historia es dulce y meritoria.

Y el animal diente-quebrado,
culo-quemado,
se ahogó en la laguna
buceando el queso de la luna.
Y allí comienza su gloria
donde su pena termina!

También así murió
Li-Tai-Po,
poeta de la China.


    
IDILIO EN CUATRO ENDECHAS

        I

De nuevo. Sí. De nuevo
siento que voy, que llevo.

En el tren, en los trenes,
siento que vas, que vienes.

Inútil preguntar
a la tierra, a la mar,
a la estrella polar.

Ni la arena, ni la espuma, ni la estrella
darán razón de ti. De ella.
Pero te esperaré. Te espero en las esquinas,
a ver si vas, si ves, si lo adivinas.

        II

Te quiero
en diciembre, en enero.
Te quiero día a día, el año entero.

Te quiero
bajo el naranjo y bajo el limonero.

        III

Ya parece que sí, que te das, que te entregas.
Pero te busco a tientas, busco a ciegas,
busco donde no estás, donde no llegas.

Tus manos en mis manos tiemblan de frío.
¿En dónde está tu corazón, en dónde el mío?
En tu abandono estás desfallecida.
¿Qué se hizo tu sangre, tu vida?

No sabes tú, ni quieres
saber quién soy, quién eres.
Despierta. Escucha, escucha lo que digo.
Lejos estás de mí si estás conmigo.

        IV

Olvida
mi vida, tu vida.
Mira que el día nuevo
es tiempo de relevo
y deber militar.

Vienen tiempos de guerra
y de sangre en la tierra,
en el aire, en el mar.

Deja el recuerdo perdido
en el mar del olvido.
Deja el recuerdo en el mar.

Mira que tú has nacido
sólo pra el olvido,
sólo para llorar.

Olvidar y llorar en el mar.




EL TIGRE ESTÁ EN LA NIÑA

                                                                 Tiger! Tiger! burning bright
                                                                 In the forest of the night
                                                                                              William Blake


El tigre está en los ojos
Preso entre curvas mansas, perezosas
Despertando del lodo como vegetaciones
Entre panales y gorgeos al borde de la cama
El grifo abierto, el rumor, el vapor de la bañera
El zumo de naranja, las tostadas
Todo lo que se apunta con la lengua del lápiz
El gesto de la mano que suelta una paloma
Los pechos como nidos ocultos en las ramas
Y una serpiente dulce como un canto
Entre viejas consolas y entre jaulas de flores

Buenos días, muchacha hace tiempo olvidada
No despiertes del todo en la visita
Sigue tus infalibles líneas ecuatoriales
Siempre dormida, virginal, obscena

Conoces tú a la dama de la mano en el pecho?
El tigre está en la niña del ojo de la mujer.



ODA A RUBÉN DARÍO

“¿Ella? No la anuncian. No llega aún.”
Rubén Darío. Heraldos


I
(Acompañamiento de papel de lija)

Burlé tu león de cemento al cabo.
Tú sabes que mi llanto fue de lágrimas,
i no de perlas. Te amo.
Soy el asesino de tus retratos.
Por vez primera comimos naranjas.
Il n´y a pas de chocolat —dijo tu ángel de la guarda.
Ahora podías perfectamente
mostrarme tu vida por la ventana
como unos cuadros que nadie ha pintado.
Tu vestido de emperador, que cuelga
de la pared, bordado de palabras,
cuánto más pequeño que ese pajama
con que duermes ahora,
que eres tan sólo un alma.
Yo te besé las manos.
“Stella —tú hablabas contigo mismo—
llegó por fin después de la parada”,
i no recuerdo qué dijiste luego.
Sé que reímos de ello.
(Por fin te dije: “Maestro, quisiera
ver el fauno”.
Mas tú: “Vete a un convento”).
Hablamos de Zorrilla. Tu dijiste:
“Mi padre” i hablamos de los amigos.
“Et le reste est literature” de nuevo
tu ángel impertinente.
Tú te exaltaste mucho.
“Literatura todo —el resto es esto”.
Entonces comprendimos la tragedia.
Es como el agua cuando
inunda un campo, un pueblo
sin alboroto i se entra
por las puertas i llena los salones
de los palacios —en busca de un cauce,
del mar, nadie sabe.
Tú que dijiste tantas veces “Ecce
Homo” frente al espejo
i no sabías cuál de los dos era
el verdadero, si acaso era alguno.
(¿Te entraban deseos de hacer pedazos
el cristal?) Nada de esto
(mármol bajo el azul) en tus jardines
—donde antes de morir rezaste al cabo—
donde yo me paseo con mi novia
i soy irrespetuoso con los cisnes.


II
(Acompañamiento de tambores)

He tenido una reyerta
con el Ladrón de tus Corbatas
(yo mismo cuando iba a la escuela),
el cual me ha roto tus ritmos
a puñetazos en las orejas…
Libertador, te llamaría,
si esto no fuera una insolencia
contra tus manos provenzales
(i el Cancionero de Baena)
en el “Clavicordio de la Abuela”
—tus manos, que beso de nuevo,
Maestro.
En nuestra casa nos reuníamos
para verte partir en globo
i tú partías en una galera
—después descubrimos que la luna
era una bicicleta—
y regresabas a la gran fiesta
de la apertura de tu maleta.
La Abuela se enfurecía
de tus sinfonías parisienses,
i los chicuelos nos comíamos
tus peras de cera.
(Oh tus sabrosas frutas de cera)
Tú comprendes.
Tú que estuviste en el Louvre,
entre los mármoles de Grecia,
y ejecutaste una marcha
a la Victoria de Samotracia,
tú comprendes por qué te hablo
como una máquina fotográfica
en la plaza de la Independencia
de las Cosmópolis de América,
donde enseñaste a criar Centauros
a los ganaderos de las Pampas.
Porque, buscándome en vano
entre tus cortinajes de ensueño,
he terminado por llamarte
“Maestro, maestro”,
donde tu música suntuosa
es la armonía de tu silencio…
(¿Por qué has huído, maestro?)
(Hay unas gotas de sangre
en tus tapices).
Comprendo.
Perdón. Nada ha sido.
Vuelvo a la cuerda de mi contento.
¿Rubén? Sí. Rubén fue un mármol
griego. (¿No es esto?)
“All’s right with the world”, nos dijo
con su prosaísmo soberbio
nuestro querido sir Roberto
Browning. Y es cierto.

FINAL
(Con pito)

En fin, Rubén,
paisano inevitable, te saludo
con mi bombín,
que se comieron los ratones en
mil novecientos veinte i cin-
co. Amén.




(de “Pol-la D'Annanta Katanta Paranta”, 1970)


JOSÉ CORONEL URTECHO (NICARAGUA, 1906-1994) 



octubre 03, 2013

EL EROTISMO (ESTUDIO VI) – GEORGES BATAILLE


 La santidad, el erotismo y la soledad*

      Me propongo hablarles hoy de la santidad, del erotismo y de la soledad. Antes de desarrollar ante ustedes un conjunto de representaciones coherentes, diré unas palabras de lo sorprendente de mi intención. El término erotismo introduce una expectación equívoca. Me gustaría precisar, en primer lugar, las razones por las que he querido hablarles del erotismo al mismo tiempo que de la santidad y de la soledad.
      Parto esencialmente del principio según el cual el erotismo nos deja en la soledad. El erotismo es al menos aquello de lo que es difícil hablar. Por razones que no son únicamente convencionales, el erotismo se define por el secreto. No puede ser público. Podría citar ejemplos contrarios, pero, de cualquier modo, la experiencia erótica se sitúa fuera de la vida corriente. En el conjunto de nuestra experiencia, permanece esencialmente al margen de la comunicación normal de las emociones. Se trata de un tema prohibido. Nada está prohibido absolutamente, siempre hay transgresiones. Pero la prohibición actúa lo bastante para que, en conjunto, se pueda decir que el erotismo, aun siendo tal vez la emoción más intensa, en la medida en que nuestra existencia se nos hace presente bajo forma de lenguaje (de discurso), es para nosotros como si no existiera. Hay en la actualidad una atenuación de la prohibición —sin la cual hoy no podría hablarles— pero creo, a pesar de todo, que puesto que esta sala pertenece al mundo del discurso, el erotismo quedará para nosotros como algo de fuera; hablaré de él, pero como de un más allá de lo que vivimos en el presente, de un más allá que sólo nos es accesible con una condición: que salgamos, para aislarnos en la soledad, del mundo en que estamos ahora. En particular, me parece que para acceder a este más allá hemos de renunciar a la actitud del filósofo. El filósofo puede hablarnos de cuanto siente. En principio, la experiencia erótica nos obliga al silencio.
       No ocurre así con una experiencia que es tal vez cercana, la de la santidad. La emoción sentida en la experiencia de la santidad puede expresarse en un discurso, puede ser objeto de un sermón. Sin embargo, es posible que la experiencia erótica esté cercana a la santidad.
      No quiero decir que el erotismo y la santidad tengan la misma naturaleza. Esta cuestión además no entra en mi propósito. Sólo quiero decir que ambas experiencias tienen, tanto la una como la otra, una intensidad extrema. Cuando hablo de santidad, hablo de la vida que determina la presencia en nosotros de una realidad sagrada, de una realidad que puede trastornarnos totalmente. Me contento ahora con contemplar la emoción de la santidad por una parte, y la emoción erótica por otra, en cuanto su intensidad es extrema. He querido decir de estas emociones que una nos acerca a los demás hombres y la otra nos aleja de ellos, nos deja en la soledad.
      Este es el punto de partida de la exposición que quiero desarrollar ante ustedes. No hablaré desde el punto de vista de la filosofía tal y como suele entenderse. Quiero hacer observar desde ahora que la experiencia propiamente filosófica excluye ambas emociones. Admito en principio que la experiencia del filósofo es una experiencia separada, al margen de las demás experiencias. En una palabra, es la experiencia de un especialista. Las emociones la perturban.
Desde hace tiempo me llama la atención un aspecto particular. El verdadero filósofo debe dedicar su vida a la filosofía. En la práctica de la filosofía, nada se opone seriamente la endeblez de cualquier actividad de conocimiento, que requiere que, para adquirir superioridad en un campo, se admita la ignorancia relativa en otros campos. La situación se agrava cada día: cada día se hace más difícil adquirir la suma de los conocimientos humanos, puesto que esta suma crece desmedidamente. Se sigue admitiendo el principio de que la filosofía es esta suma de conocimientos, considerada como operación sintética, más allá de una yuxtaposición en la memoria, pero dicho principio se mantiene a duras penas: la filosofía se va transformando cada vez más en una disciplina especializada parecida a las demás. No quiero hablar hoy de la imposibilidad de construir una filosofía independiente de la experiencia política: éste es, en rigor, un principio que caracteriza una orientación moderna de la filosofía. En este punto, la filosofía se ha abierto a la experiencia. Pero, aun admitiendo este principio, lo más corriente es considerar la filosofía de forma separada. Quiero decir que es difícil filosofar y vivir a un tiempo. Quiero decir que la humanidad está hecha de experiencias separadas y que la filosofía no es más que una experiencia entre otras. Cada vez es más difícil que la filosofía sea la suma de los conocimientos, pero ésta ni siquiera aspira, en la estrechez de miras que es lo propio del especialista, a ser la suma de las experiencias. Sin embargo, ¿qué significa la reflexión del ser humano sobre sí mismo y sobre el ser en general, si es ajena a los estados de emoción más intensos? Significa obviamente la especialización de lo que, por definición, no puede aceptar, bajo ningún pretexto, no ser total y universal. La filosofía evidentemente no puede ser más que la suma de los posibles, en el sentido de una operación sintética, o no ser nada.
      Lo repito: o es la filosofía la suma de los posibles, en el sentido de una operación sintética, o no es nada. Creo que es lo que fue para Hegel. La experiencia erótica, al menos en las primeras formas de su construcción dialéctica, ocupó abiertamente un lugar en la elaboración del sistema, pero no es imposible pensar que tuviera, secretamente, una influencia más profunda: el erotismo no puede ser considerado más que dialécticamente, y en justa reciprocidad, el filósofo dialéctico, si no se limita al formalismo, tiene necesariamente la vista puesta en su experiencia sexual. En todo caso (y no tengo reparos en reconocer que en un punto tan oscuro la duda es posible), parece que, al menos en parte, Hegel extrajo de sus conocimientos teológicos, así como del conocimiento del maestro Eckart y de Jacob Boehme, el movimiento dialéctico que le es propio. Pero si he hablado ahora de Hegel, no es con el propósito de insistir en el valor de su filosofía. Quisiera, al contrario, a pesar de mis reservas, vincular expresamente a Hegel con la filosofía especializada. Me basta por lo demás recordar que él mismo se opuso con cierta dureza a la tendencia de la filosofía romántica de su tiempo, que pretendía que la filosofía pudiera ser tarea de cualquiera, sin preparación particular. No digo que estuviera equivocado recusando la improvisación en el campo de la filosofía: eso, sin duda, es imposible. Pero la construcción, por así decirlo, impenetrable de Hegel, aunque fuera el término de la filosofía, incorpora ciertamente este valor de la filosofía especializada: al mismo tiempo que une, separa lo que une de la experiencia. Tal es, sin duda, su ambición: en el espíritu de Hegel, lo inmediato es malo, y Hegel hubiera relacionado seguramente lo que yo llamo experiencia con lo inmediato. No obstante, sin entrar en una discusión filosófica, quisiera insistir en que los desarrollos de Hegel dan la sensación de una actividad especializada. No creo que a él mismo se le haya escapado esta sensación. Para responder por anticipado a la objeción, insistía en que la filosofía es un desarrollo en el tiempo, en que es un discurso que se enuncia en partes sucesivas. Podemos admitirlo, pero esto es hacer de cada momento de la filosofía un momento especializado, subordinado a los demás. De este modo, no dejamos la especialización más que para entrar en el sueño del especialista, esta vez definitivamente.
      No digo que esté al alcance de cualquiera de nosotros, ni de nadie, despertar. Esta suma de los posibles, considerada como una operación sintética, es tal vez quimérica. Asumo el riesgo de fracasar. Me causa malestar la idea de considerar un éxito lo que es un fracaso. Sobre todo, no encuentro motivo para limitar lo posible que está ante mí, imponiéndome un trabajo especializado. Hablo de una elección cuyos términos se plantean en todo momento a cada uno de nosotros. En este mismo instante se me plantea la elección entre atenerme al tema que me he impuesto desarrollar ante ustedes o dar no sé qué respuesta a un posible capricho. Me escapo a duras penas diciendo que hablo en el sentido del capricho, sin ceder al deseo de entregarme a él, pero reconociendo el mayor valor del capricho, que es lo opuesto a la especialización. La especialización es condición de la eficacia, y buscar la eficacia es lo que hace cualquiera que siente lo que le falta. Hay en eso una confesión de impotencia, un humilde sometimiento a la necesidad.
      Es cierto que hay una lamentable debilidad en el hecho de querer tal o cual resultado y no hacer lo necesario para conseguirlo. En cambio hay una fuerza en el hecho de no querer ese resultado y de negarnos a emprender el camino que puede llevar a él. En esta encrucijada, se propone tanto la santidad como el erotismo. La santidad, con relación al esfuerzo especializado, se sitúa de entrada del lado del capricho. El santo no busca la eficacia. Lo que le anima es el deseo, y sólo el deseo: en eso se parece al hombre del erotismo. Se trata de saber, en un punto determinado, si el deseo responde mejor que la especialización del proyecto, mejor que la especialización que asegura la eficacia del proyecto, a la esencia de la filosofía, en cuanto ésta, como dije, es ante todo la suma de los posibles, considerada como una operación sintética. En otras palabras: en un sentido, ¿es imaginable esta operación con el simple movimiento calculado que desemboca en la especialización? o, en otro sentido, ¿es imaginable la suma de los posibles cuando el interés prevalece sobre el capricho, que es otro nombre del deseo?
      Antes de ir más lejos intentaré decir lo esencial sobre el erotismo, a pesar de la dificultad fundamental que encontramos cuando queremos hablar de él.
      En primer lugar, el erotismo difiere de la sexualidad de los animales en que la sexualidad humana está limitada por prohibiciones y en que el campo del erotismo es el de la transgresión de estas prohibiciones. El deseo del erotismo es el deseo que triunfa sobre la prohibición. Supone la oposición del hombre a sí mismo. Las prohibiciones que se oponen a la sexualidad humana tienen, en principio, formas particulares, atañen por ejemplo al incesto, o a la sangre menstrual, pero podemos también considerarlas bajo el aspecto general, por ejemplo bajo un aspecto que ciertamente no se daba en los primeros tiempos (en el paso del animal al hombre), y que por otra parte hoy se cuestiona, el de la desnudez. En efecto, la prohibición de la desnudez es hoy al mismo tiempo fuerte y cuestionada. No hay nadie que no se dé cuenta del carácter relativamente absurdo, gratuito, históricamente condicionado, de la prohibición de la desnudez, y por otra parte de que la prohibición de la desnudez y la transgresión de la prohibición de la desnudez constituyen el tema general del erotismo, quiero decir de la sexualidad transformada en erotismo (la sexualidad propia del hombre, la sexualidad de un ser dotado de lenguaje). En las complicaciones llamadas enfermizas, en los vicios, este tema siempre tiene un sentido. El vicio podría considerarse como el arte de darse a uno mismo, de una manera más o menos maniaca, la sensación de transgredir.
      Me parece conveniente recordar el singular origen de la teoría de la prohibición y de la transgresión. La hallamos en las enseñanzas orales de Marcel Mauss, cuya obra representa sin duda la contribución menos discutible de la escuela sociológica francesa, aun cuando él no publicó nada sobre dicha teoría. Mauss sentía cierta repugnancia a formular, a dar a su pensamiento la forma definitiva de lo impreso. Me figuro incluso que sus más notables resultados debieron de darle un sentimiento de malestar. Sin duda, el aspecto fundamental de la teoría de la transgresión aparece en su obra escrita, pero en forma de breve indicación, de paso. Así es como, en su Essai sur le Sacrifice, dice en dos frases que los griegos consideraban el sacrificio de las Bufonías como el crimen del sacrificador. No generaliza. No seguí personalmente sus enseñanzas orales, pero, en lo que concierne a la transgresión, la doctrina de Marcel Mauss está expuesta en L'homme et le sacre, un corto libro de uno de sus discípulos, Roger Caillois. Quiso la suerte que, lejos de ser un mero compilador, Roger Caillois fuese no sólo capaz de exponer los hechos de forma convincente, sino de dotar sus desarrollos de la firmeza de un pensamiento activo y personal. Daré aquí el esquema de la exposición de Caillois, según el cual, entre los pueblos primitivos que estudia la etnografía, el tiempo humano se reparte en tiempo profano y tiempo sagrado, siendo el tiempo profano el tiempo ordinario, el del trabajo y del respeto de las prohibiciones, y el tiempo sagrado el de la fiesta, es decir, esencialmente el de la transgresión de las prohibiciones. En el plano del erotismo, la fiesta es a menudo el tiempo de la licencia sexual. En el plano propiamente religioso, es en particular el tiempo del sacrificio, que es la transgresión de la prohibición de matar.
      De esta doctrina formulé una exposición, que elaboré personalmente, en una obra que dediqué a las pinturas de la cueva de Lascaux, es decir, de hecho, las del hombre de los primeros tiempos, el del nacimiento del arte, el que pasó verdaderamente de la animalidad a lo humano1. Se me impuso la idea de asociar la prohibición con el trabajo. El trabajo existía mucho antes del nacimiento del arte. Conocemos sus huellas bajo la forma de herramientas de piedra que se conservan en el suelo y cuya fecha relativa podemos conocer. Me pareció que el trabajo debía implicar de entrada la existencia de un mundo del trabajo del que estaban excluidos la vida sexual o el homicidio, y en general la muerte. La vida sexual, por una parte, y por otra el homicidio, la guerra, la muerte, representan, para el mundo del trabajo, graves perturbaciones o incluso trastornos. No me parece dudoso que tales momentos hayan sido excluidos, de manera fundamental, del tiempo de trabajo, que pudo llegar pronto a ser colectivo. En relación con el tiempo del trabajo, la creación de la vida y su supresión tuvieron que ser expulsadas afuera, siendo el trabajo mismo, frente a los momentos de emoción intensa en los que están en juego —y se afirman— la vida y la muerte, un tiempo neutro, una especie de anulación.
      El punto al que quiero llegar puede ahora, a mi juicio, aparecer en plena luz.
      No digo que la filosofía no especializada sea posible. Pero la filosofía, en cuanto labor especializada, es un trabajo. Es decir, que excluye, sin siquiera dignarse advertirlo, los momentos de emoción intensa de los que he hablado en primer lugar. En consecuencia, la filosofía no es esta suma de posibles, considerada como una operación sintética, que a mi juicio debe ser en primer lugar. No es la suma de los posibles, la suma de las experiencias posibles, sino sólo la suma de ciertas experiencias definidas, que tienen como fin el conocimiento. Es sólo la suma de los conocimientos. Excluye con buena conciencia, o incluso con el sentimiento de rechazar un cuerpo extraño, una impureza, o al menos una fuente de error, lo que es emoción intensa, ligada al nacimiento, a la creación de la vida, así como a la muerte. No soy el primero que se siente sorprendido por este resultado decepcionante de la filosofía, que es la expresión de la humanidad media, y que se ha vuelto ajena a la humanidad extrema, es decir, a las convulsiones de la sexualidad y de la muerte. Me parece incluso que la reacción contra este aspecto gélido de la filosofía caracteriza a la filosofía moderna en su conjunto, digamos de Nietzsche a Heidegger, sin hablar de Kierkegaard. Naturalmente, la filosofía, a mi parecer, está profundamente enferma. Es inconciliable con una posibilidad bohemia, una actitud desaliñada del pensamiento que tal vez yo represento a los ojos de algunos de ustedes. Lo que está plenamente justificado. La filosofía no es nada si no es un esfuerzo extremo y, por consiguiente, un esfuerzo disciplinado, pero al introducir el esfuerzo concertado y la disciplina, ¿no falta por otra parte la filosofía a su razón de ser profunda, al menos si es, como dije, la «suma de los posibles considerada como una operación sintética»? Lo que quisiera mostrar finalmente es el callejón sin salida de la filosofía que no pudo instituirse sin la disciplina y que, por otra parte, fracasa por el hecho de no poder abarcar los extremos de su objeto, lo que designé antaño con el nombre de «extremos de lo posible», que siempre lindan con los puntos extremos de la vida. Si es fundamental, aun una filosofía de la muerte se desvía de su objeto. Pero no quiero decir que absorbiéndose en él, entregándose al vértigo que es su término, la filosofía siga siendo posible. Salvo quizá si, llegada a la cima, la filosofía fuera negación de la filosofía, si la filosofía se riera de la filosofía. Supongamos en efecto que la filosofía se ríe de verdad de la filosofía: esto supone la disciplina y su abandono. Entonces está en juego la suma entera de los posibles, y esta suma es una síntesis, no una simple adición, ya que desemboca en la visión sintética, en la que el esfuerzo humano revela una impotencia, y donde sin pesar se relaja en el sentimiento de esta impotencia. Sin la disciplina, hubiera sido imposible alcanzar este punto, pero esta disciplina nunca llega hasta el final. Esto es una verdad experimental. En todos los casos, el espíritu, el cerebro del hombre está reducido al estado de continente desbordado, reventado por su contenido —como una maleta en la que se siguen guardando cosas y que deja finalmente de ser una maleta, puesto que deja de abarcar los objetos que le entregan. Y, sobre todo, los estados extremos introducen en la suma de los posibles un elemento irreductible a la reflexión pausada.
      Me esforzaré por describir con precisión la experiencia que podemos hacer de este desbordamiento.
      Nos hallamos ante la necesidad de elegir. Debemos hacer en primer lugar una elección cuantitativa. Si los consideramos homogéneos, los posibles son demasiado numerosos. Por ejemplo, dado el tiempo limitado de la vida, hemos de renunciar a leer alguna obra en la que posiblemente hallaríamos los elementos y la respuesta a la pregunta que nos formulamos. Debemos decirnos, pues, que no podemos acceder a los posibles que dicho libro expone. Si está en juego la experiencia de los estados extremos, se trata entonces de una elección cualitativa. En efecto, esta experiencia nos descompone, excluye la reflexión pausada, ya que por principio nos pone «fuera de nosotros». Es difícil imaginar la vida de un filósofo que estuviera continuadamente, o al menos la mayor parte del tiempo, fuera de sí. Estamos de nuevo ante la experiencia humana esencial que desemboca en la división del tiempo en tiempo del trabajo y tiempo sagrado. El hecho de estar abiertos a una posibilidad cercana a la locura (éste es el caso de cualquier posibilidad referida al erotismo, a la amenaza o más generalmente a la presencia de la muerte o de la santidad) subordina continuamente el trabajo de la reflexión a algo diferente, donde justamente la reflexión se interrumpe.
      En la práctica, no llegamos a un estancamiento absoluto, pero ¿qué ocurre? Solemos olvidar que el juego de la filosofía es, como cualquier juego, una competición. Se trata de ir siempre lo más lejos posible. Estamos en la situación, en verdad humillante, de quien trata de establecer un récord. En esta situación, la superioridad se otorga, según los puntos de vista, a unos desarrollos en distintos sentidos. Desde el punto de vista de la filosofía profesoral, es obvio que la  superioridad le pertenece a aquel que trabaja y se abstiene, la mayor parte del tiempo, de las posibilidades que se dan en la transgresión. Confieso que desconfío profundamente de la superioridad opuesta, concedida al negador, que se hace ingenuamente portavoz de la pereza y de la pretensión. Al haber aceptado la competición, he experimentado personalmente la necesidad de hacerme cargo de las dificultades en ambos sentidos, tanto en el sentido de la transgresión como en el sentido del trabajo. El límite está en la evidente imposibilidad de responder de forma satisfactoria en ambos sentidos a la vez. No quiero insistir. Me parece que sólo un sentimiento de opresión y de impotencia puede responder a la pregunta que he formulado. Estamos evidentemente ante un imposible. No es preciso resignarse, pero debemos reconocer que la falta de resignación no nos salva de nada. Simplemente confieso lo que es para mí una tentación. En el sentido de la transgresión, que coincide con la pereza, vislumbro al menos el beneficio de la aparente inferioridad. Pero de todos modos es una mentira, no puedo negarlo, puesto que la competición está abierta y que estoy tomando parte en ella. El hecho de que, inevitablemente para mí, mi participación se vincule al cuestionamiento de los principios de la superioridad en juego, no cambia nada, se sigue tratando, siempre se trata de ir lo más lejos posible, y mi indiferencia no cambia nada. Si rehúso el juego, no lo rehúso enteramente, con esto basta. Estoy comprometido pese a todo. Por lo demás hoy estoy hablando ante ustedes y esto significa que no me satisface la soledad.
      Desde el inicio de mi exposición, he dado por sentado que el erotismo tenía el sentido de la soledad, en oposición a la santidad, cuyo valor se propone a todos los demás hombres. No puedo tener en cuenta un solo instante el hecho de que para muchos de ustedes el erotismo, de antemano, pueda tener un valor que no tiene la santidad. Cualquiera que sea la ilusión posible, cualesquiera que sean las razones de esta impotencia, el erotismo es en principio lo que sólo tiene sentido para una persona sola o para una pareja. El discurso no lo recusa menos que el trabajo. Además es verosímil que el discurso y el trabajo estén vinculados. Esta exposición es un trabajo, y no he dejado de experimentar, al prepararla, el sentimiento de espanto que tenemos que vencer previamente para trabajar. El erotismo tiene, de manera fundamental, el sentido de la muerte. El que aprehende un instante el valor del erotismo pronto percibe que este valor es el de la muerte.
Es un valor tal vez, pero la soledad lo ahoga.
      Ahora intentaré representar, para llegar al fondo de la cuestión, lo que el cristianismo significa respecto del conjunto de las cuestiones que he querido plantear. No es que, al hablar de santidad, crea tener que hablar expresamente de la santidad cristiana. Pero, quiéralo o no, en la mente de quienes me escuchan no hay en principio ninguna diferencia entre santidad y santidad cristiana, y no he  introducido esta noción para esquivarla. Volviendo a las nociones que antes me esforcé por introducir, tengo que dejar claro que, en los límites del cristianismo, lo que yo llamo la transgresión se llama el pecado. El pecado es una falta, algo que no hubiera debido ocurrir. Consideremos en primer lugar la muerte en la cruz, es un sacrificio, es el sacrificio cuya víctima es el mismo Dios. Pero aun cuando el sacrificio nos redime, aun cuando la Iglesia canta a propósito de la culpa, que es el principio del sacrificio, el paradójico Félix culpa!, lo que nos redime es al mismo tiempo lo que nunca hubiera debido ocurrir. Para el cristianismo, la prohibición se afirma de forma absoluta y la transgresión, cualquiera que sea, es definitivamente condenable. Sin embargo, la condena se levanta a consecuencia de la culpa más condenable, de la transgresión más profunda que pudiera pensarse. El paso del erotismo a la santidad tiene un sentido profundo. Es el paso de lo que es maldito y rechazado a lo que es fausto y bendito. Por un lado, el erotismo es la culpa solitaria, lo que sólo nos salva oponiéndonos a todos los demás, lo que sólo nos salva en la euforia de una ilusión, ya que, en definitiva, lo que en el erotismo nos ha llevado al grado extremo de la intensidad, nos condena al mismo tiempo a la maldición de la soledad. Por otra parte, la santidad nos aleja de la soledad, pero con la condición de aceptar esta paradoja —felix culpa!— cuyo exceso mismo nos redime. Sólo la huida nos permite en estas condiciones volver a nuestros semejantes. Esta huida merece sin duda el nombre de renuncia, ya que, en el cristianismo, no podemos operar la transgresión y gozar de ella a la vez, ¡otros son los que pueden gozar en la condena de la soledad! El acuerdo con sus semejantes sólo vuelve a encontrarlo el cristiano con la condición de no gozar más de aquello que lo libera, que sin embargo no es nunca sino la transgresión, la violación de las prohibiciones sobre las que descansa la civilización.
      Ciertamente, si seguimos el camino trazado por el cristianismo, podemos no sólo salir de la soledad, sino acceder a una especie de equilibrio, escapando así del desequilibrio primero, que tomo como punto de partida, el cual nos impide conciliar la disciplina y el trabajo con la experiencia de lo extremo. La santidad cristiana nos abre al menos la posibilidad de llevar hasta el fin la experiencia de esta convulsión final que nos arroja, en el extremo, a la muerte. Entre la santidad y la transgresión de la prohibición tocante a la muerte no hay plena coincidencia. La transgresión de esta prohibición es ante todo la guerra. Pero la santidad no deja de estar situada a la altura de la muerte: en esto la santidad se parece al heroísmo guerrero que el santo vive como si muriera. ¿No hay en esto una prodigiosa inversión? Vive como si muriera, ¡pero con el fin de hallar la vida eterna! La santidad es siempre un proyecto. Aunque tal vez no sea ésta su esencia. Santa Teresa decía que aunque el infierno tuviera que tragarla no podía sino perseverar. En cualquier caso, la intención de la vida eterna se une a la santidad como a su contrario. Como si, en la santidad, solo una componenda permitiera poner de acuerdo al santo con la multitud, poner de acuerdo al santo con todos los demás hombres. Con la multitud o, lo que es lo mismo, con la filosofía, es decir, con el pensamiento común.
      Lo más extraño es que haya podido surgir un acuerdo entre la transgresión resuelta y los otros hombres, pero con la condición de no hablar. Este acuerdo se cumple en todas las formas de religiones arcaicas. El cristianismo inventó la única vía abierta a la transgresión que permitiera incluso hablar. Reconozcamos aquí simplemente que el discurso que va más allá del cristianismo tiende a negar todo lo que se parece a la transgresión, negando al mismo tiempo todo lo que se parece a la prohibición. En el plano de la sexualidad, basta pensar en la aberración del nudismo, una negación de la prohibición sexual, una negación de la transgresión necesariamente engendrada por la prohibición. Si se quiere, este discurso es la negación de lo que define lo humano por oposición a la animalidad.
      Por mi parte, me parece haber rendido, hablando, una especie de homenaje. —bastante torpe— al silencio. Un homenaje también —tal vez— al erotismo. Pero llegado a este punto, quiero invitar a los que me escuchan a la mayor desconfianza. Hablo, en suma, un lenguaje muerto. Este lenguaje, a mi entender, es el de la filosofía. Me atreveré a decir que para mí la filosofía es también una forma de dar muerte al lenguaje. Es también un sacrificio. La operación de la que hablé antes, que hace la síntesis de todos los posibles, es la supresión de todo lo que el lenguaje introduce, sustituyendo la experiencia de la vida que brota —y de la muerte— por un campo neutro, un campo indiferente. He querido invitarles a desconfiar del lenguaje. Así pues, tengo que pedirles, al mismo tiempo, que desconfíen de cuanto he dicho. No quiero terminar aquí con una pirueta, pero he querido hablar un lenguaje igual a cero, un lenguaje equivalente a nada, un lenguaje que vuelva al silencio. No estoy hablando de la nada, que me parece a veces un pretexto para añadir al discurso un capítulo especializado, sino de la supresión de lo que el lenguaje añade al mundo. Siento que esta supresión es impracticable de forma rigurosa. No se trata por otra parte de introducir una nueva forma de deber. Pero me faltaría al respeto a mí mismo si no les pusiera en guardia contra un uso desafortunado de lo que he dicho. Todo lo que, a partir de ahí, no nos aparte del mundo (en el sentido en que, más allá de la Iglesia, o en contra de la Iglesia, una especie de santidad aparta del mundo) traicionaría mi intención. He dicho que la disciplina, al encauzarnos por el camino del trabajo, nos alejaba de la experiencia de los extremos. Es cierto, al menos en un sentido general, pero esta experiencia tiene a su vez su disciplina. En todo caso, esta disciplina es, en primer lugar, contraria a toda forma de apología verbosa del erotismo. He dicho que el erotismo era silencio, que era soledad. Pero no lo es para aquellos cuya presencia en el mundo es por sí sola pura negación del silencio, vana charla, olvido de la soledad posible.



Notas: 

*El texto de este Estudio es el de una conferencia pronunciada en el Collége
philosophique en la primavera de 1955. (N. del A.)


1. Lascaux ou la naissance de l'Art («Grands Siécles de la Peinture»), Genéve, Skira, 1955. Lo llamo el hombre de los primeros tiempos, pero sólo en el sentido de que el hombre de Lascaux no debía diferir mucho del hombre de los primeros tiempos. Las pinturas de la cueva de Lascaux son evidentemente posteriores a la fecha que se puede asignar sin demasiada imprecisión al «nacimiento del arte».

 (de “L'Érotisme”, 1957)



GEORGES BATAILLE (FRANCIA, 1897-1962)

octubre 02, 2013

LA EÑE TAMBIÉN ES GENTE - MARÍA ELENA WALSH



Foto: Sara Facio

La culpa es de los gnomos que nunca quisieron ser ñomos. Culpa tienen la nieve, la niebla, los nietos, los atenienses, el unicornio. Todos evasores de la eñe. ¡Señoras, señores, compañeros, amados niños! ¡No nos dejemos arrebatar la eñe! Ya nos han birlado los signos de apertura de interrogación y admiración. Ya nos redujeron hasta la apócope. Ya nos han traducido el pochoclo. Y como éramos pocos, la abuelita informática ha parido un monstruoso # en lugar de la eñe con su gracioso peluquín, el ~. ¿Quieren decirme qué haremos con nuestros sueños? ¿Entre la fauna en peligro de extinción figuran los ñandúes y los ñacurutuces? ¿En los pagos de Añatuya cómo cantarán Añoranzas? ¿A qué pobre barrigón fajaremos al ñudo? ¿Qué será del Año Nuevo, el tiempo de ñaupa, aquel tapado de armiño y la ñata contra el vidrio? ¿Y cómo graficaremos la más dulce consonante de la lengua guaraní? "La ortografía también es gente", escribió Fernando Pessoa. Y, como la gente, sufre variadas discriminaciones. Hay signos y signos, unos blancos, altos y de ojos azules, como la W o la K. Otros, pobres morochos de Hispanoamérica, como la letrita segunda, la eñe, jamás considerada por los monóculos británicos, que está en peligro de pasar al bando de los desocupados después de rendir tantos servicios y no ser precisamente una letra ñoqui. A barrerla, a borrarla, a sustituirla, dicen los perezosos manipuladores de las maquinitas, sólo porque la ñ da un poco de trabajo. Pereza ideológica, hubiéramos dicho en la década del setenta. Una letra española es un defecto más de los hispanos, esa raza impura formateada y escaneada también por pereza y comodidad. Nada de hondureños, salvadoreños, caribeños, panameños. ¡Impronunciables nativos! Sigamos siendo dueños de algo que nos pertenece, esa letra con caperuza, algo muy pequeño, pero menos ñoño de lo que parece. Algo importante, algo gente, algo alma y lengua, algo no descartable, algo propio y compartido porque así nos canta. No faltará quien ofrezca soluciones absurdas: escribir con nuestro inolvidable César Bruto, compinche del maestro Oski. Ninios, suenios, otonio. Fantasía inexplicable que ya fue y preferimos no reanudar, salvo que la Madre Patria retroceda y vuelva a llamarse Hispania. La supervivencia de esta letra nos atañe, sin distinción de sexos, credos ni programas de software. Luchemos para no añadir más leña a la hoguera dónde se debate nuestro discriminado signo.
Letra es sinónimo de carácter. ¡Avisémoslo al mundo entero por Internet! La eñe también es gente.




MARÍA ELENA WALSH (ARGENTINA, 1930-2011)


septiembre 30, 2013

TRADUCCIÓN: LITERATURA Y LITERALIDAD - OCTAVIO PAZ



Aprender a hablar es aprender a traducir; cuando el niño pregunta a su madre por el significado de esta o aquella palabra, lo que realmente pide es que traduzca a su lenguaje el término desconocido. La traducción dentro de una lengua no es, en este sentido, esencialmente distinta a la traducción entre dos lenguas, y la historia de todos los pueblos repite la experiencia infantil: incluso la tribu más aislada tiene que enfrentarse, en un momento o en otro, al lenguaje de un pueblo extraño. El asombro, la cólera, el horror o la divertida perplejidad que sentimos ante los sonidos de una lengua que ignoramos, no tarda en transformarse en una duda sobre la que hablamos. El lenguaje pierde su universalidad y se revela como una pluralidad de lenguas, todas ellas extrañas e ininteligibles las unas para las otras. En el pasado, la traducción disipaba la duda: si no hay una lengua universal, las lenguas forman unas sociedades universales en la que todos, vencidas ciertas dificultades, se entienden y comprenden. Y se comprenden porque en lenguas distintas los hombres dicen siempre las mismas cosas. La universalidad del espíritu era la respuesta a la confusión babélica: hay muchas lenguas, pero el sentido es uno. Pascal encontraba en la pluralidad de las religiones una prueba de la verdad del cristianismo; la traducción respondía con el ideal de una inteligibilidad universal a la diversidad de las lenguas. Así, la traducción no sólo era una prueba suplementaria, sino una garantía de la unidad del espíritu. La Edad Moderna destruyó esa seguridad. Al redescubrir la infinita variedad de los temperamentos y pasiones, y ante el espectáculo de la multiplicidad de costumbres e instituciones, el hombre empezó a dejar de reconocerse en los hombres. Hasta entonces el salvaje había sido una excepción que había que suprimir por la conversión o la exterminación, el bautismo o la espada; el salvaje que aparece en los salones del siglo XVIII es una criatura nueva y que, aunque hable a la perfección la lengua de sus anfitriones, encarna una extrañeza irreductible. No es un sujeto de conversión, sino de polémica y crítica; la originalidad de sus juicios, la simplicidad de sus costumbres y hasta la violencia de sus pasiones son una prueba de la locura y la vanidad, cuando no de la infamia, de los bautismos y conversiones. Cambio de dirección: a la búsqueda religiosa de una identidad universal sucede una curiosidad intelectual empeñada en descubrir diferencias no menos universales. La extrañeza deja de ser un extravío y se vuelve ejemplar. Su ejemplaridad es paradójica y reveladora: el salvaje es la nostalgia del civilizado, su otro yo, su mitad perdida. La traducción refleja estos cambios: ya no es una operación tendiente a mostrar la identidad última de los hombres, sino que es el vehículo de sus singularidades. Su función había consistido en mostrar las semejanzas por encima de las diferencias; de ahora en adelante manifiesta que estas diferencias son infranqueables, trátese de la extrañeza del salvaje o de la de nuestro vecino.
      Una reflexión del Dr. Johnson en el curso de un viaje expresa muy bien la nueva actitud: A blade of grass is always a blade ofgrass, whether in one country or another... Men and women are my subjects of inquiry; let us see how these differ from those we have left behind. ("Una brizna de hierba es siempre una brizna de hierba, tanto en un país como en otro... Los hombres y las mujeres son mis objetos de estudio; veamos pues cómo estos se diferencian de aquellos que hemos dejado atrás"). La frase del Dr. Johnson tiene dos sentidos, y ambos prefiguran el doble camino que había de emprender la Edad Moderna. El primero se refiere a la separación entre el hombre y la naturaleza, una separación que se transformaría en oposición y combate: la nueva misión del hombre no es salvarse, sino dominar la naturaleza; el segundo se refiere a la separación entre los hombres. El mundo deja de ser un mundo, una totalidad indivisible, y se escinde entre naturaleza y cultura; y la cultura se parcela en culturas. Pluralidad de lenguas y sociedades: cada lengua es una visión del mundo. El sol que canta el poema azteca es distinto al sol del himno egipcio, aunque el astro sea el mismo. Durante más de dos siglos, primero los filósofos y los historiadores, ahora los antropólogos y los lingüistas, han acumulado pruebas sobre las irreductibles diferencias entre los individuos, las sociedades y las épocas. La gran división, apenas menos profunda que la establecida entre naturaleza y cultura, es la que separa a los primitivos de los civilizados; en seguida, la variedad y heterogeneidad de las civilizaciones. En el interior de cada civilización renacen las diferencias: las lenguas que nos sirven para comunicarnos también nos encierran en una malla invisible de sonidos y significados, de modo que las naciones son prisioneras de las lenguas que hablan. Dentro de cada lengua se reproducen las divisiones: épocas históricas, clases sociales, generaciones. En cuanto a las relaciones entre individuos aislados y que pertenecen a la misma comunidad: cada uno es emparedado vivo en su propio yo.
      Todo esto debería haber desanimado a los traductores. No ha sido así: por un movimiento contradictorio y complementario, se traduce más y más. La razón de esta paradoja es la siguiente: por una parte la traducción suprime las diferencias entre una lengua y otra; por la otra, las revela más plenamente: gracias a la traducción nos enteramos de que nuestros vecinos hablan y piensan de un modo distinto al nuestro. En un extremo el mundo se nos presenta como una colección de heterogeneidades; en el otro, como una superposición de textos, cada uno ligeramente distinto al anterior: traducciones de traducciones de traducciones. Cada texto es único y, simultáneamente, es la traducción de otro texto. Ningún texto es enteramente original, porque el lenguaje mismo, en su esencia, es ya una traducción: primero, del mundo no verbal y, después, porque cada signo y cada frase es la traducción de otro signo y de otra frase. Pero ese razonamiento puede invertirse sin perder validez: todos los textos son originales porque cada traducción es distinta. Cada traducción es, hasta cierto punto, una invención y así constituye un texto único.
      Los descubrimientos de la antropología y la lingüística no condenan la traducción, sino cierta idea ingenua de la traducción. O sea: la traducción literal que en español llamamos, significativamente, servil. No digo que la traducción literal sea imposible, sino que no es una traducción. Es un dispositivo, generalmente compuesto por una hilera de palabras, para ayudarnos a leer el texto en su lengua original. Algo más cerca del diccionario que de la traducción, que es siempre una operación literaria. En todos los casos, sin excluir aquellos en que sólo es necesario traducir el sentido, como en las obras de ciencia, la traducción implica una transformación del original. Esa transformación no es ni puede ser sino literaria, porque todas las traducciones son operaciones que se sirven de los dos modos de expresión a que, según Román Jakobson, se reducen todos los procedimientos literarios: la metonimia y la metáfora. El texto original jamás reaparece (sería imposible) en la otra lengua; no obstante, está presente siempre, porque la traducción, sin decirlo, lo menciona constantemente, o lo convierte en un objeto verbal que, aunque distinto, lo reproduce: metonimia o metáfora. Las dos, a diferencia de las traducciones explicativas y de las paráfrasis, son formas rigurosas y que no están reñidas con la exactitud: la primera es una descripción indirecta, y la segunda una ecuación verbal.
      La condena mayor sobre la posibilidad de traducción ha caído sobre la poesía. Condena singular, si se recuerda que muchos de los mejores poemas de cada lengua en Occidente son traducciones, y que muchas de estas traducciones son obra de grandes poetas. En el libro que hace unos años dedicó a la traducción, el crítico y lingüista Georges Mounin1 señala que en general se concede, aunque de mala gana, que sí es posible traducir los significados denotativos de un texto; en cambio, es casi unánime la opinión que juzga imposible la traducción de los significados connotativos. Hecha de ecos, reflejos y correspondencias entre el sonido y el sentido, la poesía es un tejido de connotaciones y, por tanto, es intraducible. Confieso que esta idea me repugna, no sólo porque se opone a la imagen que yo me he hecho de la universalidad de la poesía, sino porque se funda en una concepción errónea de lo que es traducción. No todos comparten mis ideas y muchos poetas modernos afirman que la poesía es intraducible. Los mueve, tal vez, un amor inmoderado a la materia verbal o se han enredado en la materia de la subjetividad. Una trampa mortal, como Quevedo nos advierte: "las aguas del abismo/donde me enamoraba de mí mismo..." Un ejemplo de este engolosinamiento verbal es Unamuno, que en uno de sus arranques lírico patrióticos dice:

                                                       Ávila, Málaga, Cáceres,                
                                                       Játiva, Mérida, Córdoba,
                                                       Ciudad Rodrigo, Sepúlveda,
                                                       Ubeda, Arévalo, Frómista,
                                                       Zumárraga, Salamanca,
                                                       Turégano, Zaragoza,
                                                       Lérida, Zamarramala,
                                                       sois nombres de cuerpo entero,
                                                       libres, propios, los de nómina,
                                                       el tuétano intraducible
                                                       de nuestra lengua española.

      "El tuétano intraducible de la lengua española" es una metáfora estrafalaria (¿tuétano y lengua?) pero perfectamente traducible y que alude a una experiencia universal. Muchísimos poetas se han servido del mismo procedimiento retórico, sólo que en otras lenguas: las listas de palabras son distintas pero el contexto, la emoción y el sentido son análogos. Es curioso, por lo demás, que la intraducible esencia de España consista en una sucesión de nombres romanos, árabes, celtíberos y vascos. También lo es que Unamuno traduzca al castellano el nombre de la ciudad catalana Lleida (Lérida). Y lo más extraño es que, sin darse cuenta de que así desmentía la pretendida intraductibilidad de esos nombres, haya citado estos versos de Victor Hugo como epígrafe de su poema:

                                                           Et tout tremble, Irún, Cóimbre
                                                           Santander, Almodóvar,
                                                           sitót qu 'on entena le timbre
                                                           des cymbals de Bivar.
                                                                   
                                                           (Y todo tiembla, Irún, Coimbra
                                                           Santander, Almodóvar,
                                                           en cuanto se escucha el timbre
                                                           de los platillos de Vivar.)

      En español y en francés el sentido y la emoción son los mismos. Como los nombres propios, en rigor, no son traducibles, Hugo se limita a repetirlos en español sin tratar siquiera de afrancesarlos. La repetición es eficaz porque esas palabras, despejadas de todo significado preciso y convertidas, suenan en francés con más extrañeza aún que en castellano... Traducir es muy difícil - no menos
difícil que escribir textos más o menos originales -, pero no es imposible. Los poemas de Hugo y Unamuno muestran que los significados connotativos pueden preservarse si el poeta-traductor logra reproducir la situación verbal, el contexto poético, en que se engastan. Wallace Stevens nos ha dado una suerte de imagen arquetípica de esta situación en un pasaje admirable:

                                                                                                                           
                                                                                                the hard hidalgo
                                Lives in the mountainous character of his speech;

                               And in that mountainous mirror Spain acquires
                               The knowledge of Spain and of the hidalgo's hat -

                               A seeming of the Spaniard, a style of life,
                               The invention of a nation in a phrase...2


                                                                            (el inflexible hidalgo
                               Vive en el montañoso carácter de su lengua;

                               Y en ese espejo montañoso adquiere España
                               El conocimiento de España y del sombrero del hidalgo:

                               Una apariencia del español, un modo de vida,
                               La invención de una nación en una frase.)

      El lenguaje se vuelve paisaje y este paisaje, a su vez, es una invención, la metáfora de una nación o de un individuo. Topografía verbal en la que todo se comunica, todo es traducción: las frases son una cadena de montañas, y las montañas son los signos, los ideogramas de una civilización. Pero el juego de los ecos y las correspondencias verbales, además de ser vertiginoso, esconde un peligro cierto. Rodeados de palabras por todas partes, hay un momento en que nos sentimos sobrecogidos: angustiosa extrañeza de vivir entre nombres y no entre cosas. Extrañeza de tener nombre:

                                                     Entre los juncos y la baja tarde
                                                     ¡qué raro que me llame Federico!

      También esta experiencia es universal: García Lorca habría sentido la misma extrañeza si se hubiese llamado Tom, Jean o Chuang-Tzu. Perder nuestro nombre es como perder nuestra sombra; ser sólo nuestro nombre es reducirnos a ser sombra. La ausencia de relación ente las cosas y sus nombres es doblemente insoportable: o el sentido se evapora o las cosas se desvanecen. Un mundo de puros significados es tan inhospitalario como un mundo de cosas sin sentido – sin nombres. El lenguaje vuelve habitable el mundo. Al instante de perplejidad ante la extrañeza de llamarse Federico o So Ji, sucede inmediatamente la invención de otro nombre, un nombre que es, en cierto modo, la traducción del antiguo: la metáfora o la metonimia que, sin decirlo, lo dicen.
      En los últimos años, debido tal vez al imperialismo de la lingüística, se tiende a minimizar la naturaleza eminentemente literaria de la traducción. No, no hay ni puede haber una ciencia de la traducción, aunque ésta puede y debe estudiarse científicamente. Del mismo modo que la literatura es una función especializada del lenguaje, la traducción es una función especializada de la literatura. ¿Y las máquinas que traducen? Cuando estos aparatos logren realmente traducir, realizarán una operación literaria; no harán nada distinto a lo que hacen ahora los traductores: literatura. La traducción es una tarea en la que, descontados los indispensables conocimientos lingüísticos, lo decisivo es la iniciativa del traductor, sea este una máquina "programada" por un hombre o un hombre rodeado de diccionarios. Para convencernos oigamos al poeta británico Arthur Waley: "A French scholar wrote recently with regará to translators: «Qu'ils s'effacent derriére les textes et ceux-ci, s'ils ont été vraiment compris, parleront d'eux mentes». Except in the rare case of plain concrete statements such as «The cat chases the mouse» there are seldom sentences that have exact word to word exact equivalents in another language. It becomes a question of choosing between various approximations... I have always found that it was I, not the texts that had to do the talking." ("Un estudioso francés escribió recientemente: «Que desaparezcan tras los textos, y estos, si en verdad han sido comprendidos, hablarán por sí mismos». Salvo en el caso, bastante raro, de afirmaciones sencillas y concretas como «El gato persigue al ratón», pocas frases tienen un equivalente exacto, literal, en otra lengua. El asunto se convierte en una elección entre varias aproximaciones... A mí siempre me ocurrió que era yo, y no los textos, quien tenía que hablar."). Sería difícil añadir una palabra más a esta declaración.
      En teoría, sólo los poetas deberían traducir poesía; en la realidad, pocas veces los poetas son buenos traductores. No lo son porque casi siempre usan el poema ajeno como un punto de partida para escribir su poema. El buen traductor se mueve en una dirección contraria: su punto de llegada es un poema análogo, ya que no idéntico, al poema original. No se aparta del poema sino para seguirlo más de cerca. El buen traductor de poesía es un traductor que, además, es un poeta – como Arthur Waley - ; o un poeta que, además, es un buen traductor - como Gérard de Nerval cuando tradujo el primer Fausto -. En otros casos Nerval hizo "imitaciones" admirables y realmente originales de Goethe, Jean-Paul y otros poetas alemanes. La "imitación" es la hermana gemela de la traducción: se parecen pero no hay que confundirlas. Son como Justine y Juliette, las dos hermanas de las novelas de Sade... La razón de la incapacidad de muchos poetas para traducir poesía no es de orden puramente psicológico, aunque la egolatría tenga su parte, sino funcional: la traducción poética, según me propongo mostrar enseguida, es una operación análoga a la creación poética, sólo que se despliega en sentido inverso.
      Cada palabra encierra cierta pluralidad de significados virtuales; en el momento en que la palabra se asocia a otras para constituir una frase, uno de estos sentidos se actualiza y se vuelve predominante. En la prosa la significación tiende a ser unívoca mientras que, según se ha dicho con frecuencia, una de las características de la poesía, tal vez la cardinal, es preservar la pluralidad de sentidos. En verdad se trata de una propiedad general del lenguaje; la poesía la acentúa pero, atenuada, se manifiesta también en el habla corriente y aun en la prosa. (Esta circunstancia confirma que la prosa, en el sentido riguroso del término, no tiene existencia real: es una exigencia ideal del pensamiento.) Los críticos se han detenido en esta turbadora particularidad de la poesía, sin reparar que a esta suerte de movilidad e indeterminación de los significados corresponde otra particularidad igualmente fascinante: la inmovilidad de los signos. La poesía transforma radicalmente el lenguaje y en dirección contraria a la de la prosa. En un caso, a la movilidad de los signos corresponde la tendencia a fijar un solo significado; en el otro, a la pluralidad de significados corresponde la fijeza de los signos. Ahora bien, el lenguaje es un sistema de signos móviles que, hasta cierto punto, pueden ser intercanjeables: una palabra puede ser sustituida por otra y cada frase puede ser dicha (traducida) por otra. Parodiando a Charles Sanders Peirce podría decirse que el significado de una palabra es siempre otra palabra. Para comprobarlo basta con recordar que cada vez que preguntamos: "¿Qué quiere decir esta frase?", se nos responde con otra frase. Pues bien, apenas nos internamos en los dominios de la poesía, las palabras pierden su movilidad y su intercanjeabilidad. Los sentidos del poema son múltiples y cambiantes; las palabras del mismo poema son únicas e insustituibles. Cambiarlas sería destruir el poema. La poesía, sin cesar de ser lenguaje, es un más allá del lenguaje.
      El poeta, inmerso en el movimiento del idioma, continuo ir y venir verbal, escoge unas cuantas palabras - o es escogido por ellas. Al combinarlas, construye su poema: un objeto verbal hecho de signos insustituibles e inamovibles. El punto de partida del traductor no es el lenguaje en movimiento, materia prima del poeta, sino el lenguaje fijo del poema. Lenguaje congelado y, no obstante, perfectamente vivo. Su operación es inversa a la del poeta: no se trata de construir con signos móviles un texto inamovible, sino desmontar los elementos de ese texto, poner de nuevo en circulación los signos y devolverlos al lenguaje. Hasta aquí, la actividad del traductor es parecida a la del lector y a la del crítico: cada lectura es una traducción, y cada crítica es, o comienza por ser, una interpretación. Pero la lectura es una traducción dentro del mismo idioma y la crítica es una versión libre del poema o, más exactamente, una trasposición. Para el crítico un poema es un punto de partida hacia otro texto, el suyo, mientras que el traductor, en otro lenguaje, y con signos diferentes, debe componer un poema análogo al original. Así, en su segundo momento, la actividad del traductor es paralela a la del poeta, con esta diferencia capital: al escribir, el poeta no sabe cómo será su poema; al traducir, el traductor sabe que su poema deberá reproducir el poema que tiene bajo los ojos. En sus dos momentos la traducción es una operación paralela, aunque en sentido inverso, a la creación poética. El poema traducido deberá reproducir el poema original que, como ya se ha dicho, no es tanto su copia como su transmutación. El ideal de la traducción poética, según alguna vez lo definió Paul Valéry de manera insuperable, consiste en producir con medios diferentes efectos análogos.
      Traducción y creación son operaciones gemelas. Por una parte, según lo muestran los casos de Charles Baudelaire y de Ezra Pound, la traducción es muchas veces indistinguible de la creación; por la otra, hay un incesante reflujo entre las dos, una continua y mutua fecundación. Los grandes períodos creadores de la poesía de Occidente, desde su origen en Provenza hasta nuestros días, han sido precedidos o acompañados por entrecruzamientos entre diferentes tradiciones poéticas. Esos entrecruzamientos a veces adoptan la forma de la imitación y otras la de la traducción. Desde este punto de vista la historia de la poesía europea podría verse como la historia de las conjunciones de las diversas tradiciones que componen lo que se llama la literatura de Occidente, para no hablar de la presencia árabe en la lírica provenzal o la del haiku y la poesía china en la poesía moderna. Los críticos estudian las "influencias" pero este término es equívoco; más cuerdo sería considerar la literatura de Occidente como un todo unitario en el que los personajes centrales no son las tradiciones nacionales, ni siquiera el llamado "nacionalismo artístico". Todos los estilos han sido translingüísticos: John Donne está más cerca de Quevedo que de William Wordsworth; entre Góngora y Giambattista Marino hay una evidente afinidad, en tanto que nada, salvo la lengua, une a Góngora con el Arcipreste de Hita, que a su vez hace pensar por momentos en Geoffrey Chaucer. Los estilos son colectivos y pasan de una lengua a otra; las obras, todas arraigadas a su suelo verbal, son únicas... Únicas pero no aisladas: cada una de ellas nace y vive en relación con otras obras de lenguas distintas. Así, ni la pluralidad de las lenguas ni la singularidad de las obras significa heterogeneidad irreductible o confusión, sino lo contrario: un mundo de relaciones hecho de contradicciones y correspondencias, uniones y separaciones.
      En cada período los poetas europeos - ahora también los del continente americano, en sus dos mitades - escriben el mismo poema en lenguas diferentes. Cada una de estas versiones es, asimismo, un poema original y distinto. Cierto, la sincronía no es perfecta, pero basta alejarse un poco para advertir que oímos un concierto en el que los músicos, con diferentes instrumentos, sin obedecer a ningún director de orquesta ni seguir partitura alguna, componen una obra colectiva en la que la improvisación es inseparable de la traducción y la invención de la imitación.
      A veces, uno de los músicos se lanza a un solo inspirado; al poco tiempo, los demás lo siguen, no sin variaciones que vuelven irreconocible al motivo original. A fines del siglo pasado la poesía francesa maravilló y escandalizó a Europa con ese solo que inicia Baudelaire y que cierra Stéphane Mallarmé. Los poetas modernistas hispanoamericanos fueron de los primeros en percibir esta nueva música; al imitarla, la hicieron suya, la cambiaron y la transmitieron a España que, a su vez, volvió a recrearla. Un poco más tarde los poetas de lengua inglesa realizaron algo parecido pero con instrumentos distintos y diferentes tonalidad y tempo. Una versión más sobria y crítica en la que Jules Laforgue, y no Paul Verlaine, ocupa un lugar central. La posición singular de Laforgue en el modernismo angloamericano contribuye a explicar el carácter de ese movimiento que fue, simultáneamente, simbolista y antisimbolista. Pound y T. S. Eliot, siguiendo en esto a Laforgue, introducen dentro del simbolismo la crítica del simbolismo, la burla de lo que el mismo, Pound llama funny symbolist trappings ("graciosos ornatos simbolistas"). Esta actitud crítica los preparó para escribir, un poco después, una poesía no modernista, sino moderna, y así iniciar, con Wallace Stevens, William Carlos Williams y otros, un nuevo solo - el solo de la poesía angloamericana contemporánea.
      La fortuna de Laforgue en la poesía inglesa y en la de lengua castellana es un ejemplo de la interdependencia entre creación e imitación, traducción y obra original. La influencia del poeta francés en Eliot y Pound es muy conocida, pero apenas si lo es la que ejerció sobre los poetas hispanoamericanos. En 1905 el argentino Leopoldo Lugones, uno de los grandes poetas de nuestra lengua y uno de los menos estudiados, publica un volumen de poemas. Los crepúsculos del jardín, en el que aparecen por primera vez en español algunos rasgos laforguianos; ironía, choque entre el lenguaje coloquial y el literario, imágenes violentas que yuxtaponen el absurdo urbano al de una naturaleza convertida en grotesca matrona. Algunos de los poemas de este libro parecían escritos en uno de esos dimanches bannis de l'Infini, domingos de la burguesía hispanoamericana de fin de siglo. En 1909 Lugones publica Lunario sentimental: a despecho de ser una imitación de Laforgue, este libro fue uno de los más originales de su tiempo y todavía puede leerse con asombro y delicia. La influencia del Lunario sentimental fue inmensa entre los poetas latinoamericanos pero en ninguno fue más benéfica y estimulante que en el mexicano Ramón López Velarde. En 1919 López Velarde publica Zozobra, el libro central del postmodernismo hispanoamericano, es decir, de nuestro simbolismo antisimbolista. Dos años antes Eliot había publicado Prufrock and other observations. En Boston, recién salido de Harvard, un Laforgue protestante; en Zacatecas, escapado de un seminario, un Laforgue católico. Erotismo, blasfemias, humor y, como decía López Velarde, una "íntima tristeza reaccionaria". El poeta mexicano murió poco después, en 1921, a los treinta y tres años de edad. Su obra termina donde comienza la de Eliot... Boston y Zacatecas: la unión de estos dos nombres nos hace sonreír como si se tratase de una de esas asociaciones incongruentes en las que se complacía Laforgue. Dos poetas escriben, casi en los mismos años, en lenguas distintas y sin que ninguno de los dos sospeche siquiera la existencia del otro, dos versiones diferentes e igualmente originales de unos poemas que unos años antes había escrito un tercer poeta en otra lengua.



(1)  Problémes théoriques de la traduction, Gallimard, 1963.
(2) De Description without Place, VII, en Transpon to Summer, recogido en Collected Poems, Nueva York, Alfred A. Knopf. 1978, pág. 345.



(Traducción: literatura y literalidad, Barcelona, Tusquets, 1971.)

OCTAVIO PAZ (MÉXICO, 1914-1998)