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octubre 25, 2012

POEMAS DE YONA WALLACH




MASTURBACIÓN (fragmentos)



Nuevamente te acostaste con Don Nadie
amaste su mirada vacía
abrazaste su cuerpo ausente.

Los ojos de tu amante miraban hacia un punto lejano
no hacia ti no en ti:
tan joven y ya tan amargo.

El amor que penetró tu carne un momento
tu cuerpo se inunda de calor y tu alma
desde la punta del cabello
hasta los órganos internos,

dejándote nuevamente con Don Nadie
que recorre tu cuerpo con ninguna mano
que responde sin emoción ni gestos
a las caricias sin calor –

Le has mostrado el poema a tu joven amante
que responde con ira. Dice: es malo,
no es un poema en absoluto y se da vuelta,
quizás piensa que él es Don Nadie,

(…)

Don Nadie hiela tus emociones congela
tu cuerpo el frío se extiende por tus miembros
helando tu rostro enviando un nervioso temblor
desde la curva de la mejilla hasta el ojo opuesto extirpando
el florecer de emociones emitiendo el gusto del dolor
a la garganta a las distintas zonas del cuello y de la espalda.

Le explicas a tu amante qué significa el tiempo
del amor: cinco minutos son como horas
incluso como cinco horas, hay de todo tipo, vale la pena
aprovechar cada momento que tengamos
es imposible a la mañana antes del trabajo
amar tres horas es necesario calentarse y basta
lo toma a la apurada y trata pero se decepciona
no le gusta tan rápido
desea mucho más de lo que hay,
pero es inteligente: ésta es la ocasión la oportunidad
única que quizás no regrese en su corta vida
hay que modificar un poco las ideas y adaptarse
otra vez está solo consigo y contigo
y demanda toda la fuerza de una noche
en un único y breve amanecer.

(…)

Pero la poesía es sólo un asunto técnico
adquirido durante años de vida
el héroe vivirá en cualquier forma poética
como tercera persona o primera o segunda,

comprenderá también esto,
vivirá como primera persona o segunda o tercera
él deja la impresión principal
de vivir como tercera persona consigo mismo
habla de sí como si fuera él como si fuera alguien
que ya no soportas,
alguien distinto, por completo distinto, él o su sexo,
del que teme al que envidia,
el sexo es él, él se lo otorga,
eres su madre lo educas
le devuelves su confianza su fe en sí mismo
te encuentras con Don Nadie y aprendes
acerca de otra gente acerca de otro él
que incluso puede ser todo tipo de seres
unes a él mismo su sexo cercenado
soy yo el que siente yo el que percibe,
yo mi cuerpo mi alma yo mismo mi carne misma,
que adquirirá cultura apreciará las óperas y las emociones,
generalizará con mayor facilidad acerca de otros de su clase,
porque los frutos del amor de corta vida son,
mucho más que éstos, los de un poema.



CUANDO VENGAS

Cuando vengas a acostarte conmigo,
ponte uniforme policial.
Yo seré el criminal de poca monta
y tú serás el policía.
Tortúrame,
arráncame secretos,
no seré el macho recio,
confesaré,
me quebraré,
cantaré al minuto,
entregaré a medio mundo.
Escúpeme,
patéame el vientre,
párteme los dientes,
que vengan a buscarme en ambulancia
hacia el futuro
hacia el mañana.



CUANDO VENGAS II

Cuando vengas a acostarte conmigo
viste la toga del juez.
Yo seré el ínfimo reo
y a tí que tanto te gustan los disfraces
que tienes para cada ocasión un atuendo distinto
no te despojes abrázame con tu negra toga
bajo la cual estarás desnudo.
Enciérrame
yo seré el ínfimo reo
el criminal existencialista
el que a sí mismo se condena
a mil muertes diarias
no viviré para siempre
moriré en el próximo minuto
falto de identidad como el eterno errante.
Transfórmate en la ley
ponte una peluca blanca sobre tu cabezota
fóllame de parado
métemela hasta que no sepa dónde estoy.
Juega a esos jueguitos que sólo tú conoces
porque de otra manera no sabría que se trata de tí
porque de otra manera no sabría quién eres
haz que sepa.



CUANDO VENGAS III

Ven, acuéstate conmigo como Dios
sólo en espíritu
Tortúrame en cuanto te sea posible
Sé lo eterno incognoscible
Abandóname a mi sufrimiento
Sumergida en aguas profundas
sin tocar jamás la tierra.
Ni siquiera en la mirada
o en el sentimiento
o en el diluvio
aguas abajo y arriba
jamás cielo
aire abierto
el sitio abierto más cerrado del mundo
un sitio abierto
siempre un sitio cerrado abierto
ni abierto ni cerrado
vale decir cerrado abierto
vale decir no cerrado ni abierto
que jamás cese
de ver desde arriba todo
de ver desde arriba el paisaje
Sé sólo espiritual
limpio dolor aislado dolor como un sonido
no tocaré jamás
no sabré jamás
no sentiré jamás
lo real
nunca



QUÉ CRUELDAD

En el gran patio cuadriculado
peleaban los ejércitos
simbólicas batallas
(eso lo entendí después)
Yo estaba preocupada
no veía sangre
pero sabía
que estaba en lo cierto
Largas horas
combatieron los guerreros
el motivo
lo olvidaron hace tiempo

La gran campana de oro
le llevé a mi madre
En el patio el cerezo florecía
y entre las flores tejían las arañas.

Qué belleza dijo mi madre
Qué crueldad
dije yo.





de "Tat Hakará niftajat kmo menifá (El inconciente se abre como un abanico). Poemas escogidos 1963-1985." Editorial HaKibutz HaMehujad, 1992.




Traducción al castellano de Gerardo Lewin (http://decantasion.blogspot.com.ar/)



YONA WALLACH (ISRAEL, 1941-1985)


 

octubre 22, 2012

POEMAS DE TAL NITZAN



EL PUNTO DE LA TERNURA

at the hour when we are

                                                             trembling with tenderness
                                                             lips that would kiss
                                                             form prayers to broken stone.
                                                                                        T.S. Eliot (*)



Aquí reside la ternura.
Aun si al corazón, en su mutismo,
se lo tragó la urbe como a piedra;
debes saber: éste es el punto de la ternura.

Dame tu mano en el mundo.

Vi a una madre hablar a su hijo odios,
asolar con palabras,
vi plegarse un edificio hasta el polvo,
con lentitud, un piso dentro de otro.

Cuánto debemos apiadarnos,
cuánto apaciguar.

Cuando se cierra la noche
sobre una nuca que no fue besada
ya no hay remedio:
a todo ahogo,
en cada garganta,
hay una sola cura.

Mira, sencillamente, éste es el punto.





*Epígrafe: "A la hora en la que estamos... / Temblando de ternura / Labios que hubieran besado/ Forman plegarias a piedras rotas." T.S. Elliot (Del poema: “Los hombres vanos”, traducción: Tal Nitzan)




POR EJEMPLO

Hubiera atrapado mi rostro entre los pechos
del luchador de sumo.

Me hubiera escondido
entre sus elevaciones y sus valles.

Él me hubiera recogido sin amor y por lo tanto
sin causar dolor. Sin comprensión y sin
lo opuesto de la comprensión.

No hubiera bebido palabras de mi boca
ni replicado mi respiración
ni hubiera visto en mí tal o cual rostro -

A duras penas hubiera sentido que di
contra sus carnes.




TISHREI **

De acuerdo a los sonidos que - uno a uno - se apagan,
es vísperas de fiesta.
De acuerdo al descenso leve de la tiranía del calor
- hojas muertas amarillean entre las veredas -
es alguna festividad otoñal.

Como gorriones al alba,
voces de niños se apretujan contra el silencio.
Pérdida sobre pérdida, acumulada.
Aquel que lleva clavada en su interior, como un carozo, la tristeza,
ve excedidas sus fuerzas
por el más suave contacto con una mano humana
o por el cabeceo a las puertas de algún edificio.

Agotadas de estío, las calles yacen
como después de una tormenta de ira,
y si hubiera reposo en su reposo,
si en alguna parte existiera un susurro marino
- qué mano podría asirlo.

Aquel que lleva en su interior obstinada tristeza
atraviesa telarañas de diálogos que vagan a su paso,
se le caen monedas, esquirlas a sus pies:
pérdida sobre pérdida, acumulada.




**NT: Tishrei es el primer mes del calendario hebreo correspondiente a setiembre/octubre. Fuente: wikipedia.




LA PRIMERA EN OLVIDAR

Todo será borrado en retroceso. En el final,
inclinando tu cuerpo su estatura hacia el piano,
tu cabeza ladeada, tu tercio de sonrisa-
demasiado cortos para tus medidas dinteles, camas.
En el camino quedarán almacenes y grúas
a lo largo del río, óxido y esculturas taurinas,
aquellas calles, vacías hasta el desconcierto.

Lo que los empujó a todos a sus casas,
nos incitó, quizás, el uno hacia el otro.
Denso era el tiempo
y salinoso, nos exigía ser veloces -
permíteme ser la primera en olvidar:
dondequiera que huyamos,
causaremos dolor.
Mi retirada se prolongará más allá de la tuya,
en el hotel barato la almohada sintética me expulsará
del sueño. ¿Morderé tu nombre

o golpearé mi cabeza contra otro sueño? Inclinado
hacia mí, hacia el piano - no hace falta
que escribas, permíteme cerrar, ser la primera-
quién creerá, a fin de cuentas,
bajo este duro sol,
en las palabras que emitían nuestras bocas
en el aire congelado, como nubes.


Traducción de Gerardo Lewin

TAL NITZAN (Jaffa, ISRAEL)


octubre 15, 2012

LA TRADUCCIÓN DE LA POESÍA - YVES BONNEFOY

Foto: Henri Cartier-Bresson
 

   Se puede traducir mediante una simple designación. Por ejemplo, me decía un día Wladimir Weidlé, ingeniosamente, el poema de Baudelaire No olvidé, cercana a la ciudad... brinda el sonido de Pushkin, tiene su transparencia, es la mejor de las “traducciones”. ¿Pero se puede reducir un poema a su transparencia?
    ¿Se puede traducir un poema?, no. Uno se topa con demasiadas contradicciones que no pueden olvidarse, uno debe abandonar demasiadas cosas.
      Ejemplo (y es un hecho de experiencia personal) “Sailing to Byzantium” de Yeats: y ya ese título. “¿El embarque de Bizancio?” Imposible, Watteau estaría interfiriendo. Además, sailing posee un dinamismo de verbo. Uno piensa en el “¡A Honfleur!” lo más pronto posible antes de caer más bajo” de Baudelaire, pero “¡A Bisancio!” sería ridículo: el mito excluye esas brevedades...Finalmente, to sail expresa, además de la idea de partida, la del mar a franquear, difícil, agitado como la pasión, y la del puerto a lo lejos: comercio, trabajos, obras, naturaleza vencida, el espíritu. Nada que pueda brindar nuestro zarpar, y hacerse a la vela resulta caduco en esas distancias. Me resigne a “Destino-Bisancio”. Tal vez se salva así una tensión, aunque no la energía, el desarraigo (pensado al menos) que expresaba el verbo. Como a menudo de la lengua de Shakespeare a la que todavía tiraniza Malherbe, lo vivido se vuelve intemporal y lo irracional, inteligible. Otra solución: glosar el título con la frase de Baudelaire. Habría que intentar la experiencia de traducciones desarrolladas, donde subsistieran todas las asociaciones de ideas evocadas por la obra sobre una página análoga a la de Un golpe de dados. Pero Yeats habla en la unicidad y la urgencia del instante: y es a lo que hay que permanecer fiel en primer lugar.
      Otro abandono obligado en ese mismo poema: fish, flesh, and fowl, mediante lo cual Yeats reúne en tres palabras la variedad de la vida, e incluso y sobre todo, mediante la aliteración, su impulso, su aparente finalidad. ¡Ya es arduo! Pero aún peor, es una frase hecha, que hace que uno pueda pensar que la lengua común preserva así el vigor ante esa lengua académica que tantos poetas rechazan. “Sailing to Byzantium” exige pues interrogar a la sabiduría popular, la nación, el aquí, en el mismo momento en que para el espíritu puro se trata de dearraigarse.
      Contradicción profunda en Yeats, tan constante como fecunda a lo largo de toda su obra, pero que no puede sino perderse en francés, que no ofrece una brevedad semejante para esas palabras: las lenguas no tienen sus “felicidades” en los mismos puntos: Yo traduje: “todo lo que nada, vuela, se estira”, lo que no conserva el impulso sino mediante una significación, no en la sustancia verbal. Por otra parte, por una vez el verbo es menos que el sustantivo: ese fish, etc., que parecía repetir el acto primero, divino, de la denominación. Donde un texto tiene sus posibilidades, sus nudos, su espesor -su inconsciente-, la traducción debe pasar a una superficie, aunque tenga en otra parte sus propios nudos. No se puede traducir un poema.
      Pero tanto mejor, porque un poema es menos que la poesía, y en tanto se encuentra privado de ella es un estímulo. Un poema -un número determinado de palabras en un orden determinado sobre la página- es una forma, donde es abolida la relación con el otro, con la finitud: lo verdadero. Y el autor puede complacerse en esto, es tranquilizador, a uno le gusta hacer que existan objetos, que duren, pero de inmediato uno siente el rechazo de verse colocado en contradicción con el lugar y el tiempo del intercambio verdadero. Un medio, el poema, una hipótesis espiritual, no un fin. Publicarlo, una verificación, un tiempo de reflexión que uno se otorga, pero no es aceptarlo, absolutizarlo. Y el mejor lector es igualmente el que ama el poema, sí: pero como se puede amar a un ser: considerando solamente los valores a los que apela, el sentido que ofrece. No hay idolatría por lo escrito; aunque tampoco aversión iconoclasta. Mas bien compasión, una especie de existencia compartida. ¡Pero cuánto saqueo desde ese momento! Todas esas “riquezas” del texto, ambigüedades, paragramas, polisemias, etc. privadas del derecho a imponernos sus palabras cruzadas.
      Pero en compensación, ahí está lo que no llegamos a captar, a retener: la poesía de otras lenguas.

      Uno debe poder ver, en efecto, lo que motiva el poema; uno debe saber revivir el acto que a la vez lo produjo y lo estanca allí: y desprendidas de esa forma fijada que no es más que una huella, la intención, la intuición primeras (una aspiración, digamos, una obsesión, algo universal) podrán ser intentadas de nuevo en la otra lengua, y tanto más verídicamente cuanto que en adelante se manifiesta la misma dificultad: la lengua de traducción paralizando como la primera ese cuestionamiento que una palabra es. Sí, la dificultad de la poesía es que la lengua es sistema, mientras que la palabra de la poesía es presencia. Pero comprender esto es reencontrarse con el autor que se traduce, percibiendo mejor las tiranías que sufre, los movimientos de pensamiento con que resiste; las fidelidades que le debe. Porque las palabras van a intentar amaestrarnos con su modo de ser. De auxiliares de la buena traducción comenzada, van a hacerse los abogados del mal poema en que se convierte, van a rebajar la experiencia en beneficio de un texto, habrá que desconfiar, verificar la necesidad ontológica de nuestras imágenes nuevas mucho más que su semejanza término a término (ya entonces exterior) con las del poema original. Es una tarea pesada, pero a cambio somos ayudados por el autor que traducimos, cuando es Yeats, cuando es John Donne o Shakespeare. Y en lugar de estar como antes, frente a la masa de un texto, estamos de nuevo en el origen, allá donde crecía lo posible, y por una segunda travesía, donde se tiene el derecho de ser uno mismo. ¡Finalmente un acto! Uno se las arregla con las lagunas de su lengua, uno hace “bricolage”, como se dice actualmente, y resulta que ahora uno revive la limitación del otro, así como uno escucha lo que él pudo aprender de ella: de manera que hay que existir primero antes de escribir. Se debe saber que el poema no es nada y que la traducción es posible, lo que no quiere decir fácil; no es más que la poesía, recomenzada.
      ¿Desmesura, retomar así a Yeats en el origen, pretender entonces un poder de invención semejante? Pero proponerse algo no significa estar seguro de alcanzarlo. Y toda poesía es siempre la misma ambición, que en los más verdaderos funciona sin certidumbre. No hay poesía sino de lo imposible. Y digamos que fracasar allí específicamente al menos deja abierto el campo de esa preocupación de unidad o de transparencia -y de destino.
      Prácticamente, en efecto: si la traducción no es una copia ni una técnica sino un cuestionamiento y una experiencia, no puede inscribirse -escribirse- más que en la duración de una vida que será requerida en todos sus aspectos, en todos sus actos. Y esto no exige que el traductor sea “poeta” por otra parte. Pero implica sin duda alguna que si él también escribe no podrá mantener separada su traducción de su propia obra.

      Algunos ejemplos de esa interdependencia -personales, ya que no hay por qué enorgullecerse de eso (ni alarmarse: hechos menores, que no valen más que como indicios).
      Horacio, hablándole a Hamlet de sus compañeros de ronda cuando apareció el fantasma. Fueron “distilled -dice- almost to jelly with the act of fear”...El sentido es claro. Pero the act of fear introduce una intensidad trágica donde jelly (literalmente la “gelatina”, tan inglesa, para nosotros “papilla”) me causó un problema. ¿Por qué? Las obscenidades del comienzo de Romeo pueden traducirse. Pero son significativas, aunque no fuera sino por sí mismas, mientras que en este caso jelly pertenece a la lengua ordinaria, empleada sin atención, sin incremento de sentido. Ahora bien, muy francés en esto (creo), tengo tendencia a preferir que tales contextos, trágicos y por lo tanto ejemplares, resulten de un conocimiento acrecentado, por lo tanto de una economía del sentido, por lo tanto de un vocabulario, si no restringido, al menos verificado. Que lo trivial se mantenga, sí, y eso es Rabelais, Rimbaud, pero como tal, y en esto uno se acerca a Racine o a Nerval y a lo que llaman lengua noble o literaria, pero que no es más que lengua tensada. Los ingleses (cf. Mercuccio) esperan menos del lenguaje. Prefieren más observación directa, simple psicología (en resumen, jelly allí donde lo diría un soldado) antes que reconstrucción heroica.
      Y les doy la razón. ¿Pero era preciso por eso que luchando así contra mí aceptara el desafío sin más y hablara de papilla o incluso de jugo de carne? Sin mucho esfuerzo, hubiera sido literal. Pero si es cierto que seguí siendo por otra parte, aunque sea un poco, el discípulo de Racine, esa aparente fidelidad va a producir algo simplemente pintoresco, es el pecado de las traducciones románticas, mal desbastadas del verbalismo de antaño -en todo caso, será un paliativo y no la resolución de un problema. ¡Mejor Ducis! Mejor escuchar a Shakespeare hasta el momento en que pudiera aventajarlo en toda mi escritura y no simplemente reflejarlo aquí. Y esperando, y con conocimiento de causa (agregaría una nota), verter jelly mediante una palabra mía, implicada en otras cuestiones: ceniza... La traducción ha fallado en el plano local. Pero el acto de traducir ha comenzado y terminará más tarde en otra parte -incluso aquí.

      Y ahora de nuevo Yeats, en “The Sorrow of Love”, cuando dice de la muchacha con “red mournful lips” que es “Doomed like Odysseus and the labouring ships”. Labouring, palabra que evoca las largas y difíciles travesías, el balanceo de un navío, pero también el trastorno afectivo, la tristeza, sin contar con que to be in labour es dar nacimiento y que to labour ha conservado poéticamente su acepción arcaica, “labrar”, casi sembrar. Todos esos sentidos tienen valor en este caso, ¿qué hacer entonces? Pero esta vez ni siquiera pude plantearme la pregunta, traduje irresistiblemente labouring por “que renguean/ a lo lejos”, incluyendo de entrada el rechazo en la traducción. Y podría justificar o criticar esas palabras -Ulises no huía pero los hijos de Príamo, que muere en el verso siguiente, lo hicieron, hacia otra Troya, etc. - pero ésta no es la cuestión. Porque esas palabras no me llegaron a través del cortocircuito que en el traductor, según se cree, va del texto a la traducción, sino a través de un giro completo de mi pasado. A menudo he pensado en la renguera de un navío...Incluso una vez, al regresar de Grecia en 1961, el ánimo lleno con el recuerdo de la Esfinge de Naxos cuya sonrisa expresa la ataraxia, la música, imaginé que el barco, que padecía así, de noche, frente a la costa italiana, también huía y buscaba; y pensando por supuesto en Verlaine, inicié una suerte de poema donde también cumplía su papel el agua balanceándose para siempre “como hierro en una caja cerrada”: un poema que después no terminé nunca -y que aun ahora, doce años más tarde, he desgarrado súbitamente, en suma, para que viva mi traducción. La relación de lo que se buscaba allí con mi preocupación por la poesía de Yeats se volvió lo más importante, el verdadero devenir. El poeta inglés me explicó a mí mismo y el camino de mi propio pensamiento quiso traducirlo. Es dentro de una relación de destino a destino, en suma, y no de una frase inglesa a una francesa, donde se elaboran las traducciones, con repercusiones que no se pueden prever (ese barco y su renguera reaparecieron en mi último libro).

      Continuación lógica de estas declaraciones, haría falta que me pregunte en qué me ayudaron mis traducciones; y cómo la poesía de otras lenguas ha contribuido al devenir de la nuestra.
      Por falta de tiempo no haré más que evocar otra pregunta preliminar. ¿En qué condiciones esta suerte de traducción de la poesía, no es una empresa insensata? “Traduzcan a su prójimo”, propuse una vez. ¿Pero quién puede serlo suficientemente?
      La ironía de Donne, la morosidad luminosa de Eliot -o el spleen baudelaireano, la “malignidad” (y la esperanza constante) de Rimbaud- ¿no son mundos impenetrables? Y en cuanto a Yeats, la aspiración a la Idea, Bizancio, pero también blood and mire, el barro y el rapto, incluso la rabia, de la pasión, y Adonis tanto como Cristo; ¿es eso compartible?
      Pero en poesía la pobreza es recurso. La experiencia que uno no tuvo, a veces es porque uno la ha rechazado: y la traducción, donde un poeta nos habla, puede desbaratar la censura, es una de las formas de ayuda que yo decía que aporta. Una energía se libera. Nuestras fascinaciones nos habrán guiado. Pero sólo hay que seguirlas a ellas, por supuesto. Toda obra que no nos incita es intraducible.


(de “Entretens sur la poesie”, Mercure de France, París, 1982.)
Traducción de Arturo Carrera
Fuente: Diario de Poesía N°45, págs.27/28 - Buenos Aires, Argentina, 1998.



YVES BONNEFOY (FRANCIA, 1923.)
 

octubre 11, 2012

HAROLDO DE CAMPOS - DIOS Y EL DIABLO EN EL FAUSTO DE GOETHE (Frag.)



      La traducción, como la filosofía, no tiene Musa (Es gibt keine Muse der Philosophie, er gibt keine Muse der Übersetzung), dice Walter Benjamin (“La tarea del traductor”). Y no obstante, si bien no tiene Musa, se podría decir que tiene un Angel. En efecto, según el mismo Benjamin, cabe a la traducción una función angélica, de portadora, de mensajera (entendido esto en la acepción etimológica del término griego ángelos, del hebreo mal'akh): la traducción anuncia, para la lengua del original, el espejismo mallarmeano de la lengua pura: ella también es, para la lengua original, la única posibilidad de entrever esta lengua pura: punto mesiánico (o, en los términos laicos de la moderna teoría de los signos: lugar semiótico) de la convergencia de la intencionalidad (más exactamente, del “modo de intencionar”, Art des Meines, Art der Intentio) de todas las lenguas, que señala, entre ellas, al nivel de ese telos desocultado gracias al peculiar “modo de reproducción” (Daestellungsmodus) que es la traducción, una “afinidad electiva”, independientemente de todo parentesco etimológico o histórico. Por esto mismo, aunque resulte un rasgo paradojal de su teoría del traducir (que ya intenté definir en otra parte como una metafísica, más que como una física de la traducción), Benjamin invierte la relación de servidumbre que, a través de la regla, afecta las concepcioes ingenuas de la traducción como un tributo de fidelidad (la llamada traducción literal del sentido, o simplemente, traducción “servil”), concepciones según las cuales la traducción está encadenada a la transmisión del contenido del original. Pues, en la perspectiva benjaminiana de la “lengua pura”, el original es el que sirve en cierto modo a la traducción, a partir del momento en que lo exime de la tarea de transportar el contenido inesencial del mensaje (en el caso de traducción de mensajes estéticos, obras de arte verbal, por supuesto) y le permite dedicarse a otra empresa de fidelidad, subversiva del pacto llanamente contenidístico: Treue in der Wiedergabe der Form, la "didelidad en la traducción de la forma", que arruina aquella otra, ingenua y de primer impulso, estigmatizada por Benjamin con la marca distintiva de la mala traducción: " transmisión inexacta de un contenido inesencial" (eine ungenaue Übermittlung eines unweseltlichen Inhals).
      No sería descabellado, por lo tanto, llevar hasta sus últimas consecuencias la teoría benjaminiana de la traducción "angélica", de la traducción como portadora del mensaje "inter" (o "trans")-semiótico de la lengua pura, diciendo que está orientada por el llamado a la rebelión del non serviam (de la no sumisión a una presencia que le es exterior, a un contenido que le es intrínsecamente inesencial); en otras palabras, como la propia expresión latina lo denuncia, estaríamos ante una hipótesis de traducción luciferina. Pues el desideratum de toda traducción que se rehúsa a servir sumisamente a un contenido de modo sumiso, que se rehúsa a la teoría de un Logos pre-ordenado, es romper la clausura metafísica de la presencia (como diría Derrida): una empresa satánica. La contrapartida "maldita" de la angelitud de la traducción es la Hybris, el pecado semiológico de Satán, il traspasar del segno (Dante, Paradiso, XXVI, 17), la transgresión de los límites sígnicos, en este caso la transgresión de la relación aparentemente natural entre lo que se postula dicotómicamente como forma y contenido. En este sentido, el Angel de la traducción bien podría llamarse AGESILAUS SANTANDER, como el "Angelus Novus" de Benjamin, anagrama cabalístico de DER ANGELUS SATANAS, en la exégesis de Gershom Scholem. Pues, en el límite de toda traducción que se propone como operación radical de transcreación, brilla, resplandece, como un instante volátil de culminación usurpadora, ese espejismo (que evoqué en mi introducción a la "transluminación" de 6 Cantos del Paradiso de Dante) de la conversión, por mínima que sea, del original en la traducción de su traducción. Así, nada más extraño a la tarea del traducir, considerado como una forma (Übersetzung ist eine Form) que aspira a una fidelidad -hiperfidelidad- a otra forma ("fidelidad de la re-donación de la forma", Treue in der Wiedergabe der Form), que la humildad. En ámbito regional se aplica a las maravillas lo que decía el joven Marx en el texto de 1842 donde defiende, contra la censura, el derecho a un estilo propio (y donde se lee: "Mi propiedad es la forma, ella constituye mi individualidad espiritual. Le style, c'est l'homme. ¡Y cómo!"); rehusándose a admitir la "modestia como la esencia del espíritu", Marx recurre a una cita de Goethe: "Sólo el que pide limosna es modesto, dice Goethe.¿Y es a tal mendigo que ustedes quieren reducir el espíritu?". Aquí, como afirma a su turno Nietzsche, "sería necesario el hábito del aire que corta las alturas, de las caminatas en invierno, del hielo y montañas en todas las direcciones, (...) una especie de sublime maldad", una "ultima malicia del conocimiento, muy seguro de sí, que participa de la gran salvación". Pues aquí también, en esta región salvadora del transcrear, los "maestros de la resignación" (Lehrer der ergebung) no deben tener su habitáculo: aquí, lo que se acostumbra llamar "medida" -el hecho de colocar "nuestra silla en medio" - ha de llamarse de hecho, sin complacencia, en los términos de Nietzche, "mediocridad".

Este es el horizonte metafísico del problema. Ahora, con respecto a la física de la traducción, un índice del hacer. Traducir la forma, o sea el "modo de intencionalidad" (Art des Meines) de una obra -una forma significante, por lo tanto, intracódigo semiótica- quiere decir, en términos operacionales de una pragmática del traducir, recorrer el itinerario configurador de la función poética, reconociéndolo en el texto de partida y reinscribiéndolo, como dispositivo de engendramiento textual, en la lengua del traductor, para llegar al poema transcreado como re-proyecto isomórfico del poema originario. El traductor de poesía es un coreógrafo de la danza interna de las lenguas, que toma el sentido (o el contenido, así llamado didácticamente) no como meta lineal de un recorrido término a término, soneto pavloviano de la retroalimentación condicionada, sino como el bastidor semántico o el escenario pluridesplegable de esta coreografía móvil. Pulsión dionisíaca, porque disuelve la diamantización apolínea del texto original ya pre-formado en una nueva fiesta sígnica: pone la cristalografía en reebullición de lava.
      Las traducciones comunes, "naturales", destituidas de un proyecto estético radical son, generalmente, de dos tipos: o se trata de traducciones simpemente mediadoras, que no apuntan a otra cosa sino a la útil tarea de auxiliar en la lectura del original, como una especie de diccionario portátil o léxico dispuesto ad hoc; o se trata de traducciones medianas, que procuran intermediar de manera media (como decía Maiakovski de cierta crítica), conservando de la aspiración estética apenas las marcas extremas de un determinado esfuerzo de versificación (la medida métrica) y de un deliberado empeño rítmico (la rima final, consonante). La morigeración de la intervención estética y la identificaci´n ingenua entre la compleja y sutil dinámica de la función poética, en su multiplicidad cnfiguradora, y los aspectos más obvios y más exteriores del ejercicio de ésta (la métrica y la rima), llevan al oscurecimiento de la intrincada tela de sonido y sentido que recorre el texto como un todo, como diseminado juego paronomásico, sólo accesible a la lectura partitural propia de la traducción radicalmente creativa. Así, con frecuencia, el empeño estético mediano, morigerado, a pesar de sus innegables buenas intenciones, redunda en Kitsch involuntario, ya por la impericia en la selección de los paradigmas lexicales, ya por la trivialidad de las rimas (obtenidas, frecuentemente, por la selección de palabras en "estado de diccionario", o por un dificultoso contorsionismo sintáctico, que delata al "versificador de domingo"). De cualquier modo, si el poeta-traductor, en su estoque movilizador de formas significantes, no estuviera al nivel curricular de la mejor y más avanzada poesía de su tiempo, no podría reconfigurar, sincrónico-diacrónicamente, la mejor poesía del pasado. Contribuciones meritorias en ese campo, juzgabes positivamente como obras de denodado trabajo, devoción y paciencia, no pueden eludir esa cuestión fundamental, que dice la metafísica del traducir: la diferencia ontológica, por hablar así, que aparta, categorialmente, toda traducción-mediación (aun bajo parámetros extrínsecamente "estéticos") y la operación radical de traducción que designo como transcreación.

El Angel de la Traducción -AGESILAUS SANTANDER-, en su Hybris, es lampadóforo, portador de luz, como la Angoisse mallarmeana. Si cae, no capitula: cae folgoreggiando. En él tal vez se emblematice el caso extremo de esa "angustia de las influencias" que Harold Bloom ha entrevisto como característica del artista moderno y cuyas modalidades ha estudiado bajo un abanico de nombres neológicos (clinamen, tessera, kenosis, daemonization, askesis, apophrades), sin darse cuenta de que la traducción/transcreación es una de sus figuras exponenciales. La omisión de Pound en el paideuma de Bloom explica, en cierto modo, este desconocimiento de la especificidad de la traducción en cuanto inscripción de la diferencia en lo mismo. Al definir: a poem is acommunication deliberately twisted askew, turned about. It is mistranslation of its precursors, Bloom inevitablemente opone escritura a traducción, olvidando que, por un lado, como señala Valery (Variations sur les Bucoliques), écrire quoi que ce soit (...) est un travail de traduction exactement comparable à celui qui opère la transmutation d'un texte d'une langue dans une autre*; por otro lado, es indiferente a la evidencia subversiva de que toda traducción creativa es ya también un caso deliberado de mistranslation usurpadora. Por esta reflexión, la traducción radical libera la forma semiótica oculta en el original, en el mismo gesto con que se desolidariza, aparentemente, de su superficie comunicativa.

Cuando se aborda el tema de la tradición, muchas veces se olvida el hecho esencial de que ésta no se mueve solamente por homologación: su motor, frecuentemente, es la ruptura, el quiebre, la discontinuidad, la desacralización por la lectura al revés. "Webern no era previsible: para poder vivir útilmente después de él, no se lo puede seguir; hay que hacerlo pedazos", escribió el joven Pierre Boulez -"Boulez, le violent", que se convertiría con el tiempo, no por casualidad, aparte de su contribución innovadora como compositor de vanguardia, en un sorprendente y radical director de orquesta -"transcreador" de la música del pasado-, poseedor, según se dice, de una "escucha absoluta", siempre oída con oídos nuevos... "La importancia de la traducción icofónica -afirma Paolo Valesio, coincidiendo así en el uso de un concepto que me acompaña desde 1962, cuando hablaba del "isomorfismo" y de la "iconicidad" de la traducción creativa- reside en el hecho de que, al radicalizar algo que está presente, en cierta medida, en toda traducción, ella desmitifica la ideología de la fidelidad" ("The vitues of traducement: Sketch of a theory of translation", Semiotica, 18:1, La Haya Mouton, 1976). Boulez incrustó su reflexión "antropofágica" sobre Webern en un artículo en homenaje a Bach ("Moments de J. S. Bach", Contrepoints, 1951); Webern, en su momento, rindió homenaje a Bach traduciendo sin vacilaciones la gran fuga a seis voces de la Ofrenda Musical en una melodía de timbres...
      Inflamada por el rastro crepitante de su Angel instigador, la traducción creativa, poseída por el demonismo, no es piadosa ni memorial: ella busca, en última instancia, la tachadura del origen: la obliteración del original. A esa desmemoria parricida llamaré "transluciferación".





* "escribir lo que sea (...) es un trabajo de traducción exactamente comparable al que opera la transmutación de un texto de una lengua a otra."
      



(de "Deus o Diabo no Fausto de Goethe", Editorial Perspectiva, San Pablo, 1981.)
Traducción de Ricardo Ibarlucía
 Fuente: Diario de Poesía N°45, pág.7 - Buenos Aires, Argentina, 1998.





HAROLDO DE CAMPOS (BRASIL, 1929-2003)



octubre 09, 2012

EL AMANTE - MARGUERITE DURAS (Frag.)



      Desde que él enloquecía por su cuerpo, la niña ya no sufría por tenerlo, por su delgadez y, al mismo tiempo, extrañamente, su madre ya no se inquietaba como lo hacía antes, como si también hubiera descubierto que ese cuerpo era finalmente plausible, aceptable, igual que otro. El hombre, el amante de Cholen, cree que el desarrollo de la pequeña blanca ha acusado el calor demasiado fuerte. También ha nacido y ha crecido en este calor. Descubre que tiene ese parentesco con ella. Dice que todos esos años pasados aquí, en este calor intolerable, son la causa de que se haya convertido en una muchacha de ese país de Indochina. Que posee la finura de sus muñecas, sus cabellos tupidos de los que diríase que han acaparado en sí todo el vigor, largos como los suyos, y, sobre todo, esa piel, esa piel de todo el cuerpo que es producto del agua de la lluvia que aquí se guarda para el baño de las mujeres y de los niños. Dice que las mujeres de Francia, a su lado, tienen la piel del cuerpo dura, casi áspera. Añade que la alimentación pobre de los trópicos, hecha de pescados, de frutas, sirve también para algo. Y también los algodones y las sedas de las que están hechos los vestidos, esos vestidos siempre anchos, que dejan el cuerpo lejos de la tela, libre, desnudo.
      El amante de Cholen se ha acostumbrado a la adolescencia de la niña blanca hasta perderse. El placer que cada tarde recibe de ella ha dominado su tiempo, su vida. Ya casi no le habla. Quizá cree que la pequeña no comprendería lo que le diría respecto a ella, respecto a ese amor que aún no conocía y del que no sabe decir nada. Quizá descubre que nunca se han hablado, excepto cuando se llaman entre los gritos de la habitación, por la noche. Sí, creo que él no sabía, descubre que no sabía.


      La mira. Con los ojos cerrados la sigue mirando. Respira su rostro. Respira la niña, con los ojos cerrados respira su respiración, ese aire cálido que ella exhala. Distingue cada vez menos claramente los límites de su cuerpo, no es como los otros, no está acabado, en la habitación sigue creciendo, aún no ha alcanzado las formas definitivas, se hace a cada instante, no sólo está ahí donde lo ve, también está en otras partes, se extiende más allá de la vista, hacia el juego, la muerte, es flexible, se lanza todo entero al placer como si fuera mayor, en edad, carece de malicia, es de una inteligencia terrible.


      Contemplaba lo que hacía de mí, cómo se servía de mí y yo nunca había pensado que pudiera hacerse de este modo, iba más allá de mis esperanzas y conforme al destino de mi cuerpo. Así me convertía en su niña. Para mí él se había convertido en otra cosa. Empezaba a reconocer la dulzura indecible de su piel, de su sexo, más allá de él mismo. La sombra de otro hombre debió cruzar también por la habitación, la de un joven asesino, pero yo no lo sabía aún, nada de eso aparecía aún ante mis ojos. La de un joven cazador debió de cruzar también por la habitación, pero en lo que se refería a ésta, sí, lo sabía, a veces estaba presente en el placer y se lo decía, al amante de Cholen, le hablaba de su cuerpo y también de su sexo, de su inefable dulzura, de su valor en la selva y en los ríos de las desembocaduras de las panteras negras. Todo eso provocaba su deseo y le incitaba a tomarme. Me había convertido en su niña. Era con su niña con quien hacía el amor cada tarde. Y, a veces, tenía miedo, de repente se inquietaba por su salud como si descubriera que era mortal y como si se le ocurriera la idea de que podía perderla. Porque es tan delgada, también le entra miedo de repente por eso, brutalmente. Y también por ese dolor de cabeza, que a menudo la hace desfallecer, lívida, inmóvil, una venda húmeda en los ojos. Y también por esa desgana que a veces le inspira la vida, cuando no la domina, y piensa en su madre y de repente grita y llora de rabia ante la idea de no poder cambiar las cosas, hacer feliz a su madre antes de que muera, matar a quienes han provocado ese daño. El rostro de la pequeña en el suyo, el hombre toma esos llantos, los aplasta, loco de deseo por sus lágrimas, por su rabia.


      La toma como tomaría a su niña. Tomaría a su niña de la misma manera. Juega con el cuerpo de su niña, le da vuelta, se cubre con ella el rostro, la boca, los ojos. Y la pequeña, la pequeña sigue abandonándose en la dirección exacta que él ha emprendido cuando ha empezado a jugar. Y de pronto es ella quien le suplica, sin decir qué, y el hombre, el hombre le grita que se calle, grita que ya no quiere saber nada de ella, que no quiere gozarla, y helos de nuevo atornillados entre sí, prisioneros entre sí en el espanto, y hete aquí que este espanto vuelve a diluirse, que se le entregan, entre lágrimas, desespero y felicidad.


      Callan a lo largo de la noche. En el coche negro que la lleva al pensionado apoya la cabeza en su hombro. El la abraza. Le dice que está bien que el barco de Francia llegue pronto y se la lleve y los separe. Callan durante el trayecto. A veces el hombre le pide al chófer que vaya a lo largo del río para dar una vuelta. Se duerme, extenuada, contra él. La despierta con sus besos.

 
(De "El Amante", 1984.)
Traducción de Ana María
Moix


 MARGUERITE DURAS (VIETNAM/FRANCIA, 1914-1996)

octubre 07, 2012

POEMAS DE PAUL BOWLES


Foto: Constantin Joffe/Corbis


SIDI AMAR EN INVIERNO

Pero creo que nunca vi tu rostro
un día de lluvia, cuando las arterias grises del cielo
laten sobre los árboles, y el agua corre
en tu corazón. Nunca te vi llorar
por el zumbido nocturno con tu cabeza desafiando el silencio.

El día llegará en que las líneas del cielo
ya no cercarán las torres
y vos que temblás en la noche
vas a ir a lugares sombríos con una cosa incierta.




CANCIÓN DE AMOR

La cabeza está donde canta el grillo
La mejilla es lo que el diente morderá
El lago está donde el amante arroja
al otro en lo profundo de la noche
Los labios están adonde va la sangre
Los ojos son lo que los dedos arañan
Ahora sabiendo lo que pudieron haber sido
¿Los labios dirán lo que vieron los ojos?




ESCENA III

A veces la fiebre vuelve y veo las montañas,
la mañana cargada de monjas que caminan
y las hipodérmicas del hambre,
los árboles rapaces, las falsas cascadas radiantes de arañas,
las enredaderas del silencio.
Veo las mismas montañas sordas con la boca tapada de nieve
y muevo un poco los dedos. Pero igual,
necesito ayuda.

A veces, al caer la tarde, la fiebre pasea por los suburbios.
A veces hay una sola montaña, justo encima de nuestras cabezas.
Al mediodía empieza a llover. Los caballos se esconden entre las rocas,
y el mar como un idiota se queda ahí.
De vez en cuando necesito ayuda.

“Ese día perecieron dos mil hombres en la costa infinita.”

Para nosotros: tiburones, latas, agua estancada.
A la noche llegan ocho enfermedades
mientras el escorpión se agarra al techo.
Para nosotros: alambre de púas, bocas abiertas, sangre seca,
las flores peludas de las tarántulas
y el ojo ciego y constante 
del tiempo, congelado en el aire.

El viento baja en fragmentos
por los desfiladeros.
Tenemos que gritar sin descanso--
el que para está perdido.



ESCENA IV

Eximite de tus deberes, y un sedante.
Recordá el plan de fuga. Asegurate de la noche.
Desvariá observando el vidrio que se raja despacio
hasta que en el ojo de la mente se forme un coágulo.

“Ahora vení como pactamos. Los árboles ya fueron derribados.”
El castigo tiene que ser rápido. Exigí toda sangre futura.
Los recuerdos feroces donde nos ahogamos,
las horas contenidas tras las paredes gruesas de los nervios,
¿Vas a sentir la avaricia y a encerrarlos
fuera de la vista de la enfermera, donde la tormenta no los escuche?


                           
Versiones en castellano de Sandra Toro





SIDI AMAR IN WINTER

But I think I have never seen your face
A rainy day, when the sky's grey arteries
Pulse about the trees, and in your heart
Water running. I have never seen you weeping
With the droning of the night, your head resisting silence.

There will come a day when the lines upon the sky
Will cling no more around the towers
And you who tremble in the night
Will go to grey places with an unknown thing.



LOVE SONG

The head is where the cricket sings
The cheeks are what the teeth will bite
The lake is where the lover flings
The other in the dead of night
The lips are where the blood goes in
The eyes are what the fingers claw
Knowing now what might hace been
Will the lips tell what the eyes saw?



SCENE III

Sometimes the fever comes back and I can see the mountains,
the morning heavy with noons walking
and the hypodermics of hunger,
the rapacious trees, the false waterfalls shining with spiders,
the vines of silence.
I see the same deaf mountains, their mouth stuffed with snow,
and I move my fingers a bit; even so,
I need help.

Sometimes the fever strolls at evening in the suburbs.
Sometimes there is only one mountain, right above our heads.
At noon the rain begins. The horses hide among the rocks,
and the idiot sea is there.
I need help from time to time.

That day two thousand men perished there on the endless shore.”

For us: sharks, tin, stagnant water.
Eight sicknesses come in the night
as the scorpion clings to the ceiling.
For us: barbed wire, open mouths, dry blood,

the hairy flowers of the tarantulas
and the constant sightless eye
of time, frozen in the air.

The wind in fragments drops
down the mountain passes.
We must scream without respite ---
he who stops is lost.



SCENE IV

Release from duty, and a sedative.
Remember the plan of escape. Be sure of the night.
Rave and watch the slowly craking glass
Till the blood clot forms on the mind's eye.

Come now as arranged. Trees all down.”
Punishment must be swift. Demand all future blood.
The fierce memories where we drown,
The blunted hours behind the nerve's hard wall,
Will you feel avarice and padlock these
Away from the storm's hearing, out of the nurse's sight?





PAUL BOWLES (EE.UU, 1910-1999)