.

.

julio 15, 2012

POEMAS DE MATTHEW DICKMAN




 CUATRO TECLAS

1. VENTILACIÓN

Puedo sentir al Cristo adentro mío con el costado abierto
para poder respirar, como un pez,
como quien se ahogaba con un huesito, quizá
una astilla de la vértebra de otro animal,
hasta que un amigo lo agarró por detrás y lo obligó
a toser, haciendo volar el hueso hasta los candelabros del restaurante.
Y me siento como si inhalara por primera vez en todo el día, un viento
de alguna montaña o la boca
de una mujer con  ropa interior de varón y labial azul
que estuvo masticando chicle de gaulteria o fumando un mentolado
exhalara en mi pecho, y deslizara su muslo contra mis costillas, oh
puedo sentir que el Cristo adentro mío baja la persiana
y suspira, la pesadez de sus pulmones liberada como cuando se arranca
la cinta de la boca de la amante
y se le saca del fondo de la garganta el pañuelo empapado
en un solo movimiento largo y húmedo.


 2. LUZ

Cuando me das vuelta la cara de una cachetada
un relámpago de gozo golpea los doscientos puntos
de la galaxia de mi cuerpo
y me hace pensar en los cuerpos poderosos
de los caballos. Es increíble lo lejos que viajó
una sola molécula del sol para escurrirse entre tus dedos,
tu labio inferior, las tres pecas debajo de tu pecho izquierdo, 
y era tanto 
que me agarraras una mano
para ponértela alrededor de la garganta
mientras con cada músculo libre sostenías la otra  
contra el almohadón blanco
y levantaras la cabeza
hacia el ventilador de techo  abriéndole la boca
a la lamparita que, a esa altura, ya se había transformado
en una nube, que giraba como un trompo de porcelana china.



3. CALEFACCIÓN

Me acuerdo del sonido que hiciste la primera vez
que mi mano estuvo adentro tuyo
y cómo ese sonido se hizo más hondo, un color oscuro
en la palma, y al final crujió
igual que un pedazo de vidrio transparente contra la muñeca, y de las perlas de sudor
que empezaron a gotear desde tu frente y tus orejas, hasta que de algún modo
la habitación tomó un matiz amarillo brillante
en la oscuridad. Ahora mismo puedo escucharlo. Puedo sentir las vibraciones
saliendo de tu pecho como descargas
eléctricas y el modo en que empezabas como quien pelea
pero al final,  enroscada
en las sábanas húmedas, cada centímetro de tu cuerpo
era un charco de agua tibia
que alguien echó sobre las baldosas de un comedor
muy elegante, y de cómo llenabas la bañera y, al meterte,
sonabas casi igual, un dolor agudo
te hacía rechinar los dientes, el agua tan hirviendo
que cada parte de tu cuerpo que tocaba era como Marte 
al rojo.


4. VELADOR

La casa entera helada como un glaciar, salvo por los fantasmas
de nuestra ropa en un rincón del cuarto
que todavía parecen recordar cómo las quitaron,
todavía bullen, casi calientes. La luna
en la ventana y el cielo
en parte campo de algodón y en parte obsidiana, el repasador que llenamos con hielo,
y se derrite en el piso de parqué. En el cielo no hay
nada mejor que vos. Y en la tierra nada se siente mejor
que la cinta que te quitás del pelo
y me atás a las muñecas. Los ojos cerrados. El pecho que se levanta
y cae como nieve
en la oscuridad del viento, tu boca apenas hinchada, la sangre volviéndote
a llenar los labios, tus brazos debajo de la cabeza,
un poco de saliva en la comisura de tu boca, y las cosas que de vos amo,
como tus piernas, pateando levemente cuando soñás, tu pijama feo, tu nombre hermoso.


PENA

Cuando te llega la pena como un gorila morado
considerate un tipo con suerte.
Tendrías que ofrecerle lo que quedó
de la cena, dejar el libro que intentabas
terminar,
y hacerle espacio para que se siente a los pies de tu cama,
con los ojos yendo y viniendo
del reloj al televisor.
No tengo miedo. Antes ya estuvo acá
y ahora reconozco su andar
al acercarse a la casa.
Algunas noches, cuando la oigo venir,
saco la llave, me acuesto boca arriba
y cuento los pasos
desde la calle hasta el porche.
Esta noche trae un lápiz y una resma de papel,
me pide que escriba los nombres
de todas las personas que conocí
y que los separe en vivos y muertos
para que elija un nombre al azar.
Pongo su disco favorito de Willie Nelson
porque ella extraña Texas,
pero no pregunto por qué.
Tararea un poquito,
como mi hermano cuando hace el jardín.
Nos sentamos una hora
y me habla de lo poco razonable que fui
al ponerme a llorar en la cola del supermercado,
negándome a comer, a bañarme,
y por todo lo que fumé y tomé.
Al final me pasa uno de sus brazos
pesados y violetas alrededor, apoya
su cabeza contra la mía,
y de pronto las cosas se ponen románticas.
Así que le digo:
las cosas están poniéndose románticas.
Ella tira otro nombre, esta vez
de los muertos,
y se da vuelta a mirarme como mira un padre
haciéndote sentir confuso o avergonzado.
Dice: ¿Románticas?
mientras lee el nombre en voz alta, muy despacio,
y tomo conciencia de cada sílaba, cada vocal
que envuelve los huesos como músculo nuevo,
del sonido del cuerpo de esa persona
y de la negligencia,
el descuido con que ese nombre está en una pila y no en la otra.


 FUEGO

¡Oh, fuego - quemame! Canta Ed
detrás del humo y la leña, con su mujer al lado, y el resto de nosotros
bajo las estrellas
que nadan, quemándose, sobre el estado de Washington,
él es como un Príncipe de los Apalaches
Henry con su banjo
y su whisky. La corte alrededor, y afuera
el ciervo, en las colinas cerradas como idioma francés, muerto de miedo
pero enamorado y famélico.
Todo el tiempo me quemo. Con los bolsillos llenos de fósforos
y encendedores, el humo azul
se me escurre entre los labios como un fantasma flaco.
Mis pulmones en llamas, sus
alas caen del cielo abierto. El dorso de las manos largas de Michelle
se parecía al pelaje hermoso
que tienen los leopardos, cubierto de manchas oscuras. Todos los cigarrillos que encendía
y aplastaba, sus ojos
del color del spray, turbios, mugrientos,
idos ¡pero hermosos! Ella llevaba sus manos a todas partes
como dos pésimas cartas de recomendación. Nunca entendí
quién podía abrirlas, leerlas en voz alta,
y así y todo tirarla en una cama, y así y todo caminar hasta la calle donde estaba ella, y así y todo encender la mecha que había dejado. Oh, fuego--
quemame. Mi hermana y yo y Southern Comfort
carbonizándonos y echando chispas, rodeados de las
cenizas familiares, el modo en que ella es hermosa para mí en su resplandor singular,
mi cerebro encendiéndose, mi lengua
como un monje en tiempos de guerra, inundada de seda naranja y llamas.
La primera vez pisé un puñado de codeína en su universo
de rosa en polvo, la última
sentí bajar por mi garganta la gota ácida del éxtasis,
el auto que pierde el control, el sonido de la velocidad, la tierra que no se queda quieta, oh ascensor en picada-
guardame, oh, tumba-
tuviste tanta paciencia, haciendo tictac, incandescente---
vos, granada. Oh, fuego,
la primera vez que tomé estaba empapado en nafta,
y esa brasita avivándose adentro mío, que empezaba a brillar y a subir, resplandeciendo.



LENTO

Más que poner otro hombre en la luna,
más que un propósito de yogur y yoga para año nuevo,
necesitamos la oportunidad de bailar
con desconocidos hermosos de verdad. Un lento
entre el sofá y la mesa del comedor, al final
de una fiesta, mientras la persona que amamos salió
a buscar el auto
porque empezaba a llover y si algo se nos moja
le rompería el corazón. Un lento
para traer la noche a casa, para romperla. Dos personas
hamacándose como una boya. Nada extravagante.
Una musiquita. Una botella de whisky vacía.
Es un poco como ser infiel. Tu cabeza apoyada
en su hombro, tu aliento que sube por su cuello.
Tus manos le recorren la columna. Las caderas de ella
se desdoblan como una servilleta de algodón
y empezás a pensar cómo es que todas las estrellas del cielo
están muertas. Mi cuerpo
habla lento con tu cuerpo. La Melodía encadenada o
Escalera al cielo, un lento con eléctrica. Toda mi vida
cometí errores. Chiquitos y crueles. Hice mis planes.
Y no llegué nunca. Comí mi comida. Tomé mi vino.
El lento no importa. Es todo inocencia como los chicos
antes de los cuatro. Como estar en los brazos
de mi hermano.  El lento de los hermanos.
Dos hombres en medio de la sala.  Cuando bailo con él,
uno de mis grandes amores, es totalmente humano,
y cuando gira para  hacerme un dip o lo piso
porque los dos llevamos, pienso que
uno se va a morir primero y el otro va a sufrir.
El lento de lo que vendrá
y el lento del insomnio
chorreando por el piso como agua de la bañera.
Cuando la mujer con la que duermo
está en el baño, desnuda,
cepillándose los dientes, escupe en el lavatorio
el lento del ritual. No hay nadie que nos salve
porque no hay necesidad de ser salvados.
Te lastimé. Te quise. Corté el pasto
del jardín de adelante. Cuando la desconocida del vestido blanco
cubierto con un millón de cuentas
viene hacia mí como un candelabro hipersexuado viviente,
la agarro de la mano. La hago girar para un lado
y para el otro. Es el bosque de almendros
del baile lento y oscuro.
Es lo que tendríamos que estar haciendo. Desguazar
en busca de alegría. El haiku y la miel. El lento de la naranja y el orangután.



 V

La flaquita que va codo a codo
con la hermana menor
tiene una remera que dice
HABLAME EN NERD
y yo quiero,
quiero poner mi bolsa de las compras en el piso
atrás de la boca de incendio
y susurrarle al oído algo sobre la división.
Quiero pararme atrás de ella y deslizarle
un solo dedo por la columna
mientras me cuenta de sus correlativas.
Tal vez se queje un poquito
cuando le diga que x es igual a menos b
más menos la raíz cuadrada
de b al cuadrado menos 4(a)(c), todo
elevado a la segunda. Pero tengo esperanzas.
Le puedo mostrar mis historietas
y mi Playstation. O podemos sacar
las cartas viejas de D&D;
y sentarnos en el sótano a la luz de una vela.
Sé suficiente sobre el Dr.Who,
la Enterprise y la Flota Estelar
como para sacarle la remera y desabrocharle el jean.
Podemos desarrollar la Teoría de las cuerdas
por todo su dormitorio.
Podemos doblegar juntos el espacio-tiempo.
Pero a lo mejor no es eso lo que pide.
El mundo viene hablando sucio
desde que ella tiene orejas para oír.
A todos nos habla mierda
y no hay nada en la bomba de hidrógeno
que me haga querer usar un anillo para el pene
o hacerlo en la cocina mientras hierve una olla con agua.
A lo mejor, con los hombros caídos como tiene
y el pelo largo tapándole
la mitad de la cara,
ella solamente pide que la consideren
algo más que una noche salvaje, un rizo
de vello púbico, o la estructura rosada
y compleja de los pezones.
A lo mejor quiere que la midan más allá
de la cucharadita de sombra del ano
y el molusco suave de la lengua,
más allá de la ecuación de los miembros, y que la vean
como un absoluto.
Y a lo mejor no será un salto gigantesco
en la ciencia de la compasión, pero es algo.
Así que cuando paso al lado de ella
hago exactamente lo que me pide,
levanto la mano derecha y hago una V
como los Vulcanos cuando le desean suerte a alguien,
esperando que consiga lo que quiere, aunque
tenga que ser en una galaxia muy lejana.




PROBLEMA

Marilyn Monroe se llevó a la cama todas las pastillas
de dormir cuando tenía treinta y seis, y la hija de Marlon Brando
se colgó en el dormitorio Tahitiano
de la casa de su madre,
mientras que Stanley Adams se pegó un tiro en la cabeza. A veces
podés mirar las nubes o los árboles
y no se parecen nada a nubes ni a árboles ni al cielo ni a la tierra.
Kathy Change, la performer,
se prendió fuego mientras los hijos de Bing Crosby se volaron
para siempre de la historia de la música.
A veces me sorprende la vida interior de los osos polares. El filósofo
francés Gilles Deleuze saltó al mundo,
y después fuera de él, desde la ventana 
de un departamento. Peg Entwistle, una actriz sin ningún
protagónico, se tiró de la “H” del cartel de HOLLYWOOD
cuando todo se veía en blanco y negro
y David O. Selznick era rey, circa 1932. Enest Hemingway
se puso una escopeta en la cabeza en Ketchum, Idaho
y la nieta, modelo y actriz, trepó el árbol genealógico
para darse una sobredosis de fenobarbital. Mi hermano abrió
treinta parches de fentanil y se los metió en el cuerpo
hasta que no fue más su cuerpo. Me gusta
cómo se oyen los gansos sobre el río. Me gustan
los jaboncitos de los baños de hotel porque son hermosos.
Sarah Kane se ahorcó, Harold Pinter
le llevó rosas cuando todavía estaba viva,
y Louis Lingg, el anarquista alemán, prendió un cartucho de dinamita
con la boca
aunque le llevó seis horas
morirse, 1887. Ludwig II de Bavaria se ahogó
lo mismo que Hart Crane, John Berryman y Virginia Wolf. Si vas
de viaje, siempre tenés que llevarte un libro para leer, sobre todo
si es en tren. Andrew Martinez, el activista desnudo, murió
preso, desnudo y con una bolsa
en la cabeza, y en 1815 el aristócrata y escritor polaco
Jan Potocki se disparó una bala de plata.
Sara Teasdale se tragó un frasco de tristeza
después de darse un baño de inmersión
en el que docenas de senadores romanos se abrieron las venas abajo del agua.
Larry Walters se hizo famoso
por volar en una silla de jardín Sears con cuarenta y cinco globos de helio.
Llegó a una altura de casi 5000 metros
y aterrizó. Él era un hombre que volaba.
Se disparó en el corazón. A la mañana salgo de la cama, me cepillo
los dientes, me lavo la cara, me pongo la ropa que más me gusta.
Yo quiero ser bueno conmigo.



UN TACO DE CAMARONES PARA DIANE WAKOSKI

El bol de camarones rosados
que mezclé con los cítricos se parece a un equipo
de bebés alienígenas, tan exhaustos
de cavar toda la noche en las calles
de un planeta frío
que ahora tienen que acurrucarse
en el calor ácido del jugo de lima
y dormir contra una oreja fría. Pico
un ananá, un jalapeño. Intento ser valiente
con la muela que me van a sacar, trato de no desmayarme
en los hospitales ni tomar demasiado. Un vaso de whisky
y es otro país, un pack de cerveza, y es otro mundo.
Me pregunto cómo Michigan puede
vivir sin un solo puesto de tacos. Sin
una sola chica que se asome
por la ventana para hablar con el chico
que fuma faso atrás de la parrilla.
Tiro al aire hojas verdes de cilantro
para el dinero y la suerte. Si estuvieras acá, Diane,
¡podríamos comer un par
juntos! Podríamos hablar sobre
la enorme diferencia entre las tortillas de maíz
y las tortillas de harina, entre
la tristeza de mi hermano y la muerte de mi hermano, entre los callejones
de la infancia y nuestro modo de caminarlos, hambrientos y felices en la oscuridad.


Un forajido chiquito y triste

ATADO AL ÁRBOL, mientras mi hermano galopaba
por el patio, montado en una escoba
con un revólver en la mano.
A mí siempre me dejaban atrás
en el barro, con los ojos vendados,
hasta que me alcanzaba
lo justo para que nuestros dedos se tocaran
y él volviera a alejarse, gritando mi nombre mientras llegaba la tropa.
Pero no era mi nombre de verdad
con sus limitaciones bíblicas, no, él me gritaba ¡¡¡Johnny!!!
Johnny, el de toda Norteamérica desde Kansas hasta Iowa, el Johnny
de Nueva Jersey y el de Queens, un chico
por el que la gente iba a golpearse el pecho cuando doblaran la bandera
en un triángulo de lástima.
¡Tanto tiempo fui un forajido chiquito y triste!
Sabiendo que mi hermano iba a tener que vivir
sin mí. Que iba a estar solo
de noche en nuestra habitación, con una estrella de alguacil
pinchada en el pecho como una flor de plata

floreciéndole en el corazón.




Versiones en castellano de Sandra Toro







 FOUR SWITCHES

1. VENT

I can feel the Christ inside me with his side cut open
so he can breathe like a fish
like someone who has been choking on a small bone, maybe
a tiny part of another animal’s vertebrae,
when a friend grabs him from behind, forces
him to lunge, the bone flying out into the restaurant’s candlelight.
And I feel like I am inhaling for the first time all day, a wind
from some mountain or the mouth
of a woman in boys underwear and blue lipstick
who has been chewing Wintergreen gum or smoking a menthol
exhales into my chest, slides her thigh along my ribs, oh
I can feel the Christ inside me shutter
and then sigh, the heaviness of his lungs let free like ripping
the Duct Tape off your lovers mouth
and pulling the soaked
handkerchief from the back of her throat in one long wet movement.


2. LIGHT

When you slap me hard across the face
there’s a lightning field of joy that hits the two thousand points
of my body’s galaxy
and makes me think of the powerful bodies
horses have. It’s amazing how far a single molecule of the sun
has traveled just to slip across your finger,
your lower lip, the three freckles below your left breast. It means
so much that you would take one of my hands
and put it around your throat
while you hold the other one down onto the white pillow
with every muscle you have left, and that you would turn your head
up to the ceiling fan and open your mouth
toward the light bulb which must be, by now,
turning into a cloud, spinning like a top made out of milky blue china.


 3. HEAT

I remember the sound you made the first time
my hand was inside you
and how that sound became deeper like a dark color
at the palm and how it finally rang
like a clear piece of glass at the wrist, the beads of sweat
beginning to drip from your forehead, your ears, until the room
took on a shade of bright yellow
somehow in the dark. I can hear it now. I can feel the vibrations
coming off your chest like flags
of electricity and how you would start like someone in a fight
but in the end, curled up
in the damp sheets, every inch of your body
was like a pool of warm water
that had been thrown onto the tile floor of an elaborate
dinning room, and how you would run a bath so that, stepping
into it, you almost sounded the same, a sharp pain
that made your teeth grind, the water so hot
that every part of your body that touched it was like Mars turning red.



 4. NIGHT LIGHT

The whole house frozen like a glacier but for the ghost
our clothes make in the corner of the room
as if they can still remember what it was like to be taken off,
still humming, almost warm. The moon
in the window and the sky
part cotton field and part obsidian, the kitchen towel we used, full of ice,
melting onto the hardwood floor. There is nothing
in the sky better than you. Nothing on earth that feels better
than the ribbon you took out of your hair
and tied around my wrists. Your eyes closed. Your chest rising
and falling like snow
in the windy dark, your mouth a little swollen, the blood in your lips
filling them back up, your arms above your head,
a little spit in the corner of your mouth, the things I love about you,
your legs kicking a bit when you dream, your ugly pajamas, your beautiful name.


GRIEF

When grief comes to you as a purple gorilla
you must count yourself lucky.
You must offer her what’s left
of your dinner, the book you were trying to finish
you must put aside,
and make her a place to sit at the foot of your bed,
her eyes moving from the clock
to the television and back again.
I am not afraid. She has been here before
and now I can recognize her gait
as she approaches the house.
Some nights, when I know she’s coming,
I unlock the door, lie down on my back,
and count her steps
from the street to the porch.
Tonight she brings a pencil and a ream of paper,
tells me to write down
everyone I have ever known,
and we separate them between the living and the dead
so she can pick each name at random.
I play her favorite Willie Nelson album
because she misses Texas
but I don’t ask why.
She hums a little,
the way my brother does when he gardens.
We sit for an hour
while she tells me how unreasonable I’ve been,
crying in the checkout line,
refusing to eat, refusing to shower,
all the smoking and all the drinking.
Eventually she puts one of her heavy
purple arms around me, leans
her head against mine,
and all of a sudden things are feeling romantic.
So I tell her,
things are feeling romantic.
She pulls another name, this time
from the dead,
and turns to me in that way that parents do
so you feel embarrassed or ashamed of something.
Romantic? she says,
reading the name out loud, slowly,
so I am aware of each syllable, each vowel
wrapping around the bones like new muscle,
the sound of that person’s body
and how reckless it is,
how careless that his name is in one pile and not the other.



FIRE

Oh, fire—you burn me! Ed is singing
behind the smoke and coals, his wife near him, the rest of us
below the stars
swimming above Washington state,
burning through themselves, he’s like an Appalachian Prince
Henry with his banjo
and whiskey. The court surrounding him and the deer
off in the dark hills like the French, terrified
but in love and hungry.
I’m burning all the time. My pockets full of matches
and lighters, the blue smoke
crawling out like a skinny ghost from between my lips.
My lungs on fire, the wings
of them falling from the open sky. The tops of Michelle’s long hands
looked like the beautiful coats
leopards have, covered in dark spots. All the cigarettes she would light
and then smash out, her eyes
the color of hair spray, cloudy and stingy
and gone, but beautiful! She carried her hands around
like two terrible letters of introduction. I never understood
who could have opened them, read them aloud,
and still thrown her onto a bed, still walked into the street she was, still
lit what little fuse she had left. Oh, fire—
you burn me. My sister and I and Southern Comfort
making us singe and spark, the family
ash all around us, the way she is beautiful to me in her singular blaze,
my brain lighting up, my tongue
like a monk in wartime, awash in orange silk and flames.
The first time I ever crushed a handful of codeine into its universe
of powdered pink, the last time
I felt the tangy aspirin drip of ecstasy down my throat,
the car losing control, the sound of momentum, this earth is not standing
still, oh, falling elevator—
you keep me, oh, graveyard—
you have been so patient, ticking away, smoldering—
you grenade. Oh, fire,
the first time I ever took a drink I was doused with gasoline,
that little ember perking up inside me, flashing, beginning to glow and climb.



SLOW DANCE

More than putting another man on the moon,
more than a New Year’s resolution of yogurt and yoga,
we need the opportunity to dance
with really exquisite strangers. A slow dance
between the couch and dinning room table, at the end
of the party, while the person we love has gone
to bring the car around
because it’s begun to rain and would break their heart
if any part of us got wet. A slow dance
to bring the evening home, to knock it out of the park. Two people
rocking back and forth like a buoy. Nothing extravagant.
A little music. An empty bottle of whiskey.
It’s a little like cheating. Your head resting
on his shoulder, your breath moving up his neck.
Your hands along her spine. Her hips
unfolding like a cotton napkin
and you begin to think about how all the stars in the sky
are dead. The my body
is talking to your body slow dance. The Unchained Melody,
Stairway to Heaven, power-cord slow dance. All my life
I’ve made mistakes. Small
and cruel. I made my plans.
I never arrived. I ate my food. I drank my wine.
The slow dance doesn’t care. It’s all kindness like children
before they turn four. Like being held in the arms
of my brother. The slow dance of siblings.
Two men in the middle of the room. When I dance with him,
one of my great loves, he is absolutely human,
and when he turns to dip me
or I step on his foot because we are both leading,
I know that one of us will die first and the other will suffer.
The slow dance of what’s to come
and the slow dance of insomnia
pouring across the floor like bath water.
When the woman I’m sleeping with
stands naked in the bathroom,
brushing her teeth, the slow dance of ritual is being spit
into the sink. There is no one to save us
because there is no need to be saved.
I’ve hurt you. I’ve loved you. I’ve mowed
the front yard. When the stranger wearing a shear white dress
covered in a million beads
comes toward me like an over-sexed chandelier suddenly come to life,
I take her hand in mine. I spin her out
and bring her in. This is the almond grove
in the dark slow dance.
It is what we should be doing right now. Scrapping
for joy. The haiku and honey. The orange and orangutang slow dance.


TROUBLE

Marilyn Monroe took all her sleeping pills
to bed when she was thirty-six, and Marlon Brando’s daughter
hung in the Tahitian bedroom
of her mother’s house,
while Stanley Adams shot himself in the head. Sometimes
you can look at the clouds or the trees
and they look nothing like clouds or trees or the sky or the ground.
The performance artist Kathy Change
set herself on fire while Bing Crosby’s sons shot themselves
out of the music industry forever.
I sometimes wonder about the inner lives of polar bears. The French
philosopher Gilles Deleuze jumped
from an apartment window into the world
and then out of it. Peg Entwistle, an actress with no lead
roles, leaped off the “H” in the HOLLYWOOD sign
when everything looked black and white
and David O. Selznick was king, circa 1932. Ernest Hemingway
put a shotgun to his head in Ketchum, Idaho
while his granddaughter, a model and actress, climbed the family tree
and overdosed on phenobarbital. My brother opened
thirteen fentanyl patches and stuck them on his body
until it wasn’t his body anymore. I like
the way geese sound above the river. I like
the little soaps you find in hotel bathrooms because they’re beautiful.
Sarah Kane hanged herself, Harold Pinter
brought her roses when she was still alive,
and Louis Lingg, the German anarchist, lit a cap of dynamite
in his own mouth
though it took six hours for him
to die, 1887. Ludwig II of Bavaria drowned
and so did Hart Crane, John Berryman, and Virginia Woolf. If you are
travelling, you should always bring a book to read, especially
on a train. Andrew Martinez, the nude activist, died
in prison, naked, a bag
around his head, while in 1815 the Polish aristocrat and writer
Jan Potocki shot himself with a silver bullet.
Sara Teasdale swallowed a bottle of blues
after drawing a hot bath,
in which dozens of Roman senators opened their veins beneath the water.
Larry Walters became famous
for flying in a Sears patio chair and forty-five helium-filled
weather balloons. He reached an altitude of 16,000 feet
and then he landed. He was a man who flew.
He shot himself in the heart. In the morning I get out of bed, I brush
my teeth, I wash my face, I get dressed in the clothes I like best.
I want to be good to myself.



A SHRIMP TACO FOR DIANE WAKOSKI

The bowl of pink shrimp
I’ve tossed with citrus looks like a work crew
of baby aliens, exhausted
from digging up the streets all night
on a cold planet
and now they get to huddle together
in the acid heat of the lime juice
and fall asleep against a soft ear. I’m chopping up
a pineapple, a jalapeño. I’m trying to be brave
about the tooth I have to get pulled, trying not to faint
in hospitals or drink too much. A glass of whiskey
and it’s another country, a case of beer, another world.
I wonder how Michigan
can live without a single taco shack. Without
a single girl leaning in through
the window so she can talk to the boy
smoking pot behind the grill.
I’m throwing the green leaves of the cilantro in the air
for luck and money. Diane, if you were here
we could eat a couple of them
together! We could talk
about the great difference between corn tortillas
and flour tortillas, between
my brother’s sadness and my brother’s death, between the alleys
of childhood and the way we walk down them, hungry, happy in the dark.


Sad Little Outlaw

TIED TO THE TREE,  as I was, while my brother galloped
through the backyard, straddling a broom,
a plastic six-shooter in his hand.
I was always being left behind
in the mud, a bandage around my eyes,
until he reached out
just enough so that our fingers slipped apart
and he could ride away, calling out my name as the posse advanced.
But it wasn’t really my name
with its biblical limitations, no, he called out Johnny!!!
Johnny, that all-American from Kansas and Iowa, that Johnny
from New Jersey and Queens, a boy
people will beat their chests for as the flag is being folded
into its triangle of pity.
I was a sad little outlaw for so long!
Knowing my brother would have to live
without me. That he would be alone
in our room at night, a sheriff’s badge
pinned to his chest like a silver flower

blooming above his heart.






 MATTHEW DICKMAN (EE.UU., 1975)


















































julio 11, 2012

POEMAS DE NÉSTOR PERLONGHER


 
POR QUÉ SEREMOS TAN HERMOSAS...


Por qué seremos tan perversas, tan mezquinas
(tan derramadas, tan abiertas)
y abriremos la puerta de calle
al monstruo que mora en las esquina,
o sea el cielo como una explosión de vaselina
como un chisporroteo,
como un tiro clavado en la nalguicie.

Por qué seremos tan sentadoras, tan bonitas
los llamaremos por sus nombres
cuando todos nos sienten
(o sea, cuando nadie nos escucha)
Por qué seremos tan pizpiretas, charlatanas
tan solteronas, tan dementes

Por qué estaremos en esa densa fronda
agitando la intimidad de las malezas
como una blandura escandalosa cuyos vellos
se agitan muellemente
al ritmo de una música tropical, brasilera.

Por qué seremos tan disparatadas y brillantes
abordaremos con tocado de plumas el latrocinio
desparramando gráciles sentencias
que no retrasarán la salva, no
pero que al menos permitirán guiñarle el ojo al fusilero

Por qué seremos tan despatarradas, tan obesas
sorbiendo en lentas aspiraciones
el zumo de las noches peligrosas
tan entregadas, tan masoquistas,
tan hedonísticamente hablando

Por qué seremos tan gozosas, tan gustosas
que no nos bastará el gesto airado del muchacho,
su curvada muñeca:
pretenderemos desollar su cuerpo
y extraer las secretas esponjas de la axila
tan denostadas, tan groseras

Por qué creeremos en la inmediatez,
en la proximidad de los milagros
circuidas de coros de vírgenes bebidas y asesinos dichosos
tan arriesgadas, tan audaces
pringando de dulces cremas los tocadores
cachando, curioseando.

Por qué seremos tan superficiales, tan ligeras
encantadas de ahogarnos en las pieles
que nos recuerdan animales pavorosos y extintos,
fogosos, gigantescos.

Por qué seremos tan sirenas, tan reinas
abroqueladas por los infinitos marasmos del romanticismo
tan lánguidas, tan magras

Por qué tan quebradizas las ojeras, tan pajiza la ojeada
tan de reaparecer en los estanques donde hubimos de hundirnos
salpicando, chorreando la felonía de la vida
tan nauseabunda, tan errática.



CANCIÓN DE AMOR PARA LOS NAZIS EN BAVIERA


Marlene Dietrich
cantaba en Londres una canción entre la guerra:
Oh no no no es cierto que me quieras
Oh no no no es cierto que me quieras
Sólo quieres a tu padre, Nelson, que murió en Trafalgar
 y ese amor es sospechoso, Nelson
porque tu papá
era nazi!
Era el apogeo de la aliadofilia
debajo de las mesas aplastábamos soldados alemanes
pero yo estaba sentada junto a ti, Nelson
que eras un agente nazi
Y me dabas puntapiés

Oh no no no es cierto que me quieras
Ay ay ay me dabas puntapiés

Ceremoniosamente me pedías perdón
posabas una estola de visón sobre mis hombros
y nos íbamos a hacer
el amor a mi buhardilla
pero tú descubrías a Ana Frank en los huecos
y la cremabas, Nelson, oh

Oh no no no es cierto que me quieras
Ay ay ay me dabas puntapiés
Heil heil heil eres un agente nazi

Más acá o más allá de esta historieta
estaba tu pistola de soldado de Rommel
ardiendo como arena en el desierto
un camello extenuado que llegaba al oasis
de mi orto u ocaso o crepúsculo que me languidecía
y yo sentía el movimiento de tu svástica en mis tripasoh
oh oh oh




EL CADÁVER


¿Por qué no entré por el pasillo?
Qué tenía que hacer en esa noche
a las 20.25, hora en que ella entró,
por Casanova
donde rueda el rodete?
Por qué a él?
entre casillas de ojos viscosos,
de piel fina
y esas manchitas en la cara
que aparecieron cuando ella, eh
por un alfiler que dejó su peluquera,
empezó a pudrirse, eh
por una hebilla de su pelo
en la memoria de su pueblo
                                                Y si ella
se empezara a desvanecer, digamos
a deshacerse
qué diré del pasillo, entonces?
Por qué no?
entre cervatillos de ojos pringosos,
y anhelantes
agazapados en las chapas, torvos
dulces en su melosidad de peronistas
si ese tubo?
Y qué de su cureña y dos millones
de personas detrás
con paso lento
cuando las 20.25 se paraban las radios
yo negándome a entrar
por el pasillo
reticente acaso?
como digna?
Por él,
por sus agitados ademanes
de miseria
entre su cuerpo y el cuerpo yacente
de Eva, hurtado luego,
depositado en Punta del Este
o en Italia o en el seno del río
Y la historia de los veinticinco cajones


Vamos, no juegues con ella, con su muerte
déjame pasar, anda, no ves que ya está muerta!


Y qué había en el fondo de esos pasillos
sino su olor a orquídeas descompuestas,
a mortajas,
arañazos del embalsamador en los tejidos


Y si no nos tomáramos tan a pecho su muerte, digo?
si no nos riéramos entre las colas
de los pasillos y las bolas
las olas donde nosotras
no quisimos entrar
en esa noche de veinte horas
en la inmortalidad
donde ella entraba
por ese pasillo con olor a flores viejas
y perfumes chillones
esa deseada sordidez
nosotras
siguiéndola detrás de la cureña?
entre la multitud
que emergía desde las bocas de los pasillos
dando voces de pánico


Y yo le pregunté si eso era una manifestación o un entierro
Un entierro, me dijo
entonces vendría solo
ya que yo no quería entrar por el pasillo
para ver a sus patas en la mesa de luz,
despabilando
Acaso pensé en la manicura que le aplicó el esmalte Revlon?
O en las miradas de las muchachas comunistas,
húmedas sí, pero ya hartas
de tanta pérdida de tiempo:
ellas hubieran entrado por el pasillo de inmediato
y no se hubieran quedado vagando por las adyacencias
temiendo la mirada de un dios ciego
Una actriz –así dicen–
que se fue de Los Toldos con un cantor de tangos
conoce en un temblor al General, y lo seduce
ella con sus maneras de princesa ordinaria
por un largo pasillo
muerta ya
                                                Y yo
por temor a un olvido
intrascendente, a un hurto
debo negarme a seguir su cureña por las plazas?
a empalagarme con la transparencia de su cuerpo?
a entrar, vamos por ese pasillo donde muere
en su féretro?


Si él no me hubiera dicho entonces que está solo,
que un amigo mayor le plancha las camisas
y que precisaría, vamos, una ayuda
allá, en Isidro
donde los terrenos son más baratos que la vida


lotes precarios, si, anegadizos
cerca de San Vicente (ella
no toleraba viajar a San Vicente
quiso escapar de la comitiva más de una vez
y Pocho la retuvo tomándola del brazo)


Ese deseo de no morir?
es cierto?
en lugar de quedarse ahí
en ese pasillo
entre sus fauces amarillas y halitosas
en su dolor de despertar
ahí, donde reposa,
robada luego,
oculta en un arcón marino,
en los galeones de la bahía de Tortuga
(hundidos)


Como en un juego, ya
es que no quiero entrar a esa sombría
convalecencia, umbría
–en los tobillos carbonizados
que guarda su hermana en una marmita de cristal–
para no perder la honra, ahí
en ese pasillo
la dudosa bondad
en ese entierro

 


EL POLVO


En esta encantadora soledad
-oh claro, estabas sola!-
en esta enhiesta, insoportable inercia
es ella, es él, siempre de a uno, lo que esplende
ella, su vaporosa mansedumbre o vestido
él, su manera de tajear los sábados, la mucilaginosa telilla de los sábados
la pared de los patios rayada por los haces de una luz encendida a deshora
ceniciento el terror, ya maculado, untuoso en esas buscas a través de los charcos los chancros repetidos, esos rastreos del pavor por las mesetas del hechizo
rápidamente roto
esos destrozos recurrentes de un espejo en la cabeza de otro espejo
o esos diálogos:
“Ya no seré la última marica de tu vida”, dice él
que dice ella, o dice ella, o él
que hubiera dicho ella, o si él le hubiera dicho:
“Seré tu último chongo” -y ese sábado
espeso como masacre de tulipanes, lácteo
como la leche de él sobre la boca de ella, o de los senos
de ella sobre los vellos de su ano, o un dedo en la garganta
su concha multicolor hecha pedazos en donde vuelcan los carreros residuos
de una penetración: la de los penes truncos, puntos, juncos,
la de los penes juntos en su hondura - oh perdido acabar
albur derrame el de ella, el de él, el de ellaél o élella
con sus trepidaciones nauseabundas y su increíble gusto por la asquerosidad
su coprofagia

Ella depositaba junto al pubis cofres de oro amarillo, joyas de los piratas
fruto de sus deposiciones y repuestos
y él era su manera de uncirse los zafiros y calzarse los aros en su verga
aquella corva y justa, espamentosa, cuya prestancia enrula las praderas de piel, el infinito poro
oh erupciones de un huracán canalizado, como rayos miméticos
o eructos de una empolvada saciedad
                                            Su maquillaje
eran los bultos que en los días de feria exhiben los gitanos
halándolos desde las carpas de las tribus;
                                   su sombra de los párpados
eran esas ojeras tormentosas de las noches de fiesta tropicales
y cuando, tras sus fornicaciones simultáneas, sus rítmicos jaleos y sus exhalaciones de almidón y sus pedos, sus dulcísimos pedos
desleída la aurora en la polvera, nada
ni nadie pasa



de “Austria-Hungría” (Buenos Aires, Tierra Baldía, 1980)




EL CIRCO


soledad del lamé: de lo que brilla
no llora lo que ríe sino apenas la máscara que ríe lo llorado
llorado en lo reído:
lo que atado al corcel, lo que prendido
al garfio
de la soga:
la écuyère: domadora
la que penachos unce por el pelo
prendida a lo que mece: a lo que engarza:
ganchos
         alambres
                     jaulas
              animales dorados
              a los aros
              atados      a los haros
              halos
              aros:
                        la mujer más obesa, la barbuda:
                        la de más fuerte toca:
                        la enganchada
                                       en el aire
                                       en el delirio:
en la burbuja del delirio:
                                        el mago
                                        en sus dos partes:
la que cortada en dos desaparece
y la que festoneada por facones
sangra de corazón: la que cimbréase sin red, la que
desaparece




CORTO PERO LIGERO


(Y no habría de ser: esa chupada, ese lambeteo: cebado el mate
          junto al fogón de los arrieros, que arden de...
          ese descanso de la tropa alzada, en grupas: no
          habría de bajarme el chiripá, descendiendo a este
          encuentro. Ahora susurra el viento en la ventana
          que da al aljibe: hurras blande
                          no desacordonarme la manea
          donde tremolo temblorosa?)

Una historia de sables, de pistolas
De trincheras con flores de sapo y de zarza parrilla
Como hecha a dedo, a pecho
Echada en el camino de Tarija
Por un gendarme ríspido, montés
Trasiego, belicosa?
Belfo y flande
Congoja

Si tuviera que ver este lenguaje
con el terror de esos paisanos
que al ver al General piensan en Hoffman
Si su respiración no moviera las borlas de la cama de Rosas,
                            de Esmeralda
Y él no se lo encontrase, al regreso de un vado, en la catrera:
          en el encame jabonoso, como un lagarto entre los lienzos
aparece con labios de obsidiana y perfume de ajenjo: huele a chipre

(Si no me hubieras dicho qué paso
en esa noche de Cañuelas, la última
- un bolero: si bien -
aún te querría?)

Un general moviendo espadas en la sombra
Cacha y espuela, blonda y nácar
Coro de férulas:

           Un general que agita los pendorchos
           y se entrega al de enfrente, saltando los tapiales
           es más mujer que hombre, es más mujer para ser hombre.
           hombre de más para mujer: un general,
           un artesano de la muerte

Chupa, lame esta hinchazón del español




CADÁVERES
a Flores

Bajo las matas
En los pajonales
Sobre los puentes
En los canales
Hay Cadáveres

En la trilla de un tren que nunca se detiene
En la estela de un barco que naufraga
En una olilla, que se desvanece
En los muelles los apeaderos los trampolines los malecones
Hay Cadáveres

En las redes de los pescadores
En el tropiezo de los cangrejales
En la del pelo que se toma
Con un prendedorcito descolgado
Hay Cadáveres

En lo preciso de esta ausencia
En lo que raya esa palabra
En su divina presencia
Comandante, en su raya
Hay Cadáveres

En las mangas acaloradas de la mujer del pasaporte que se arroja
         por la ventana del barquillo con un bebito a cuestas
En el barquillero que se obliga a hacer garrapiñada
En el garrapiñiero que se empana
En la pana, en la paja, ahí
Hay Cadáveres

Precisamente ahí, y en esa richa
de la que deshilacha, y
en ese soslayo de la que no conviene que se diga, y
en el desdén de la que no se diga que no piensa, acaso
en la que no se dice que se sepa...
Hay Cadáveres

Empero, en la lingüita de ese zapato que se lía disimuladamente, al
         espejuelo, en la
correíta de esa hebilla que se corre, sin querer, en el techo, patas
arriba de ese monedero que se deshincha, como un buhón, y, sin
embargo, en esa c... que, cómo se escribía? c. .. de qué?, mas, Con
         Todo
Sobretodo
Hay Cadáveres

En el tepado de la que se despelmaza, febrilmente, en la
menea de la que se lagarta en esa yedra, inerme en el
despanzurrar de la que no se abriga, apenas, sino con un
saquito, y en potiche de saquitos, y figurines anteriores, modas
pasadas como mejas muertas de las que
Hay Cadáveres

Se ven, se los despanza divisantes flotando en el pantano:
en la colilla de los pantalones que se enchastran, símilmente;
en el ribete de la cola del tapado de seda de la novia, que no se casa
                           porque su novio ha
….........................!
Hay Cadáveres

En ese golpe bajo, en la bajez
de esa mofleta, en el disfraz
ambiguo de ese buitre, la zeta de
esas azaleas, encendidas, en esa obscuridad
Hay Cadáveres

Está lleno: en los frasquitos de leche de chancho con que las
         campesinas
agasajan sus fiolos, en los
fiordos de las portuarias y marítimas que se dejan amanecer, como a
         escondidas, con la bombacha llena; en la
humedad de esas bolsitas, bolas, que se apisonan al movimiento de
         los de
Hay Cadáveres

Parece remanido: en la manea
de esos gauchos, en el pelaje de
esa tropa alzada, en los cañaverales (paja brava), en el botijo
de ese guacho, el olor a matorra de ese juiz
Hay Cadáveres

Ay, en el quejido de esa corista que vendía "estrellas federales"
Uy, en el pateo de esa arpista que cogía pequeños perros invertidos,
Uau, en el peer de esa carrera cuando rumbea la cascada, con
una botella de whisky "Russo" llena de vidrio en los breteles, en ésos,
tan delgados,
Hay Cadáveres

En la finura de la modistilla que atara cintas do un buraco hubiere
En la delicadeza de las manos que la manicura que electriza
las uñas salitrosas, en las mismas
cutículas que ella abre, como en una toilette; en el tocador, tan
...indeciso..., que
clava preciosamente los alfiles, en las caderas de la Reina y
en los cuadernillos de la princesa, que en el sonido de una realeza
que se derrumba, oui
Hay Cadáveres

Yes, en el estuche de alcanfor del precho de esa
¡bonita profesora!
Ecco, en los tizones con que esa ¡bonita profesora! traza el rescoldo de ese incienso;
Da, en la garganta de esa ajorca, o en lo mollejo de ese moretón
atravesado por un aro, enagua, en
Ya
Hay Cadáveres

En eso que empuja
lo que se atraganta,
En eso que traga
lo que emputarra,
En eso que amputa
lo que empala,
En eso que ¡puta!
Hay Cadáveres

Ya no se puede sostener: el mango
de la pala que clava en la tierra su rosario de musgos,
el rosario
de la cruz que empala en el muro la tierra de una clava,
la corriente
que sujeta a los juncos el pichido – tin, tin... – del son-
ajero, en el gargajo que se esputa...
Hay Cadáveres

En la mucosidad que se mamosa, además, en la gárgara; en la también
glacial amígdala; en el florete que no se succiona con fruición
porque guarda una orla de caca; en el escupitajo
que se estampa como sobre en un pijo,
en la saliva por donde penetra un elefante, en esos chistes de
         la hormiga,
Hay Cadáveres

En la conchita de las pendejas
En el pitín de un gladiador sureño, sueño
En el florín de un perdulario que se emparrala, en unas
brechas, en el sudario del cliente
que paga un precio desmesuradamente alto por el polvo,
en el polvo
Hay Cadáveres

En el desierto de los consultorios
En la polvareda de los divanes "inconcientes"
En lo incesante de ese trámite, de ese "proceso" en hospitales
donde el muerto circula, en los pasillos
donde las enfermeras hacen SHHH! con una aguja en los ovarios,
en los huecos
de los escaparates de cristal de orquesta donde los cirujanos
se travisten de ''hombre drapeado",
laz zarigueyaz de dezhechoz, donde tatúase, o tajéase (o paladea)
un paladar, en tornos
Hay Cadáveres


En las canastas de mamá que alternativamente se llenan o vacían de
esmeraldas, canutos, en las alforzas de ese
bies que ciñe – algo demás – esos corpiños, en el azul Iunado del cabe-
llo, gloriamar, en el chupazo de esa teta que se exprime, en el
reclinatorio, contra una mandolina, salamí, pleta de tersos caños...
Hay Cadáveres

En esas circunstancias, cuando la madre se
lava los platos, el hijo los pies, el padre el cinto, la
hermanita la mancha de pus, que, bajo el sobaco, que
va “creciente”, o
Hay Cadáveres

Ya no se puede enumerar: en la pequeña “riela” de ceniza
que deja mi caballo al fumar por los campos (campos, hum…),o por
los haras, eh, harás de cuenta de que no
Hay Cadáveres

Cuando el caballo pisa
los embonchados pólderes,
empenachado se hunde
en los forrajes;
cuando la golondrina, tera tera,
vola en circuitos, como un gallo, o cuando la bondiola
como una sierpe “leche de cobra” se
disipa,
los miradores llegan todos a la siguiente
conclusión:
Hay Cadáveres

Cuando los extranjeros, como crápulas, ("se les ha volado la
papisa, y la manotean a dos cuerpos"), cómplices,
arrodíllanse (de) bajo la estatua de una muerta,
y ella es devaluada!
Hay Cadáveres

Cuando el cansancio de una pistola, la flaccidez de un ano,
ya no pueden, el peso de un carajo, el pis de un
''palo borracho", la estirpe real de una azalea que ha florecido
roja, como un seibo, o un servio, cuando un paje
la troncha, calmamente, a dentelladas, cuando la va embutiendo
contra una parecita, y a horcajadas, chorrea, y
Hay Cadáveres

Cuando la entierra levemente, y entusiasmado por el su-
ceso de su pica, más
atornilla esa clava, cuando "mecha"
en el pistilo de esa carroña el peristilo de una carroza
chueca, cuando la va dándola vuelta
para que rase todos.. . los lunares, o
Sitios,
Hay Cadáveres

Verrufas, alforranas (de teflón), macarios muermos: cuando sin...
acribilla, acrisola, ángeles miriados' de peces espadas, mirtas
acneicas, o sólo adolescentes, doloridas del
dedo de un puntapié en las várices, torreja
de ubre, percal crispado, romo clít ...
Hay Cadáveres

En el país donde se yuga el molinero
En el estado donde el carnicero vende sus lomos, al contado,
y donde todas las Ocupaciones tienen nombre….
En las regiones donde una piruja voltèa su zorrito de banlon,
la huelen desde lejos, desde antaño
Hay Cadáveres

En la provincia donde no se dice la verdad
En los locales donde no se cuenta una mentira
–Esto no sale de acá–
En los meaderos de borrachos donde aparece una pústula roja en
      la bragueta del que orina-esto no va a parar aquí -, contra los
azulejos, en el vano, de la 14 o de la 15, Corrientes y
Esmeraldas,
Hay Cadáveres

Y se convierte inmediatamente en La Cautiva,
los caciques le hacen un enema,
le abren el c... para sacarle el chico,
el marido se queda con la nena,
pero ella consigue conservar un escapulario con una foto borroneada
         de un camarín donde...
Hay Cadáveres

Donde él la traicionó, donde la quiso convencer que ella
era una oveja hecha rabona, donde la perra
lo cagó, donde la puerca
dejó caer por la puntilla de boquilla almibarada unos pelillos
almizclados, lo sedujo,
Hay Cadáveres

Donde ella eyaculó, la bombachita toda blanda, como sobre
un bombachón de muñequera como en
un cáliz borboteante - los retazos
de argolla flotaban en la "Solución Humectante" (método agua por
         agua),
ella se lo tenía que contar
Hay Cadáveres

El feto, criándose en un arroyuelo ratonil,
La abuela, afeitándose en un bols de lavandina,
La suegra, jalándose unas pepitas de sarmiento,
La tía, volviéndose loca por unos peines encurvados
Hay Cadáveres

La familia, hurgándolo en los repliegues de las sábanas
La amiga, cosiendo sin parar el desgarrón de una "calada"
El gil, chupándose una yuta por unos papelitos desleídos
Un chongo, cuando intentaba introducirla por el caño de escape de
         una Kombi,
Hay Cadáveres

La despeinada, cuyo rodete se ha raído
por culpa de tanto "rayito de sol", tanto "clarito";
La martinera, cuyo corazón prefirió no saberlo;
La desposeída, que se enganchó los dientes al intentar huir de un taxi;
La que deseó, detrás de una mantilla untuosa, desdentarse
para no ver lo que veía:
Hay Cadáveres

La matrona casada, que le hizo el favor a la muchacho pasándole un
         buen punto;
la tejedora que no cánsase, que se cansó buscando el punto bien
discreto que no mostrara nada
– y al mismo tiempo diera a entender lo que pasase –;
la dueña de la fábrica, que vio las venas de sus obreras urdirse
         táctilmente en los telares-y daba esa textura acompasada...
                                    lila...
La lianera, que procuró enroscarse en los hilambres, las púas
Hay Cadáveres

La que hace años que no ve una pija
La que se la imagina, como aterciopelada, en una cuna (o cuña)
Beba, que se escapó con su marido, ya impotente, a una quinta
         donde los
vigilaban, con un naso, o con un martillito, en las rodillas, le
tomaron los pezones, con una tenacilla (Beba era tan bonita como una
         profesora…)
Hay Cadáveres

Era ver contra toda evidencia
Era callar contra todo silencio
Era manifestarse contra todo acto
Contra toda lambida era chupar
Hay Cadáveres

Era: "No le digas que lo viste conmigo porque capaz que se dan
         cuenta"
O: "No le vayas a contar que lo vimos porque a ver si se lo toma a
         pecho"
Acaso: "No te conviene que lo sepa porque te amputan una teta"
Aún: "Hoy asaltaron a una vaca"
"Cuando lo veas hacé de cuenta que no te diste cuenta de nada
...y listo"
Hay Cadáveres

Como una muletilla se le enchufaba en el pezcuello
Como una frase hecha le atornillaba los corsets, las fajas
Como un titilar olvidadizo, eran como resplandores de mangrullo, como
una corbata se avizora, pinche de plata, así
Hay Cadáveres

En        el campo
En el campo
En la casa
En la caza
Ahí
Hay Cadáveres

En el decaer de esta escritura
En el borroneo de esas inscripciones
En el difuminar de estas leyendas
En las conversaciones de lesbianas que se muestran la marca de la liga,
En ese puño elástico,
Hay Cadáveres

Decir "en" no es una maravilla?
Una pretensión de centramiento?
Un centramiento de lo céntrico, cuyo forward
muere al amanecer, y descompuesto de
El Túnel
Hay Cadáveres

Un área donde principales fosas?
Un loro donde aristas enjauladas?
Un pabellón de lolas pajareras?
Una pepa, trincada, en el cubismo
de superficie frívola...?

Hay Cadáveres

Yo no te lo quería comentar, Fernando, pero esa vez que me mandaste
         a la oficina, a hacer los trámites, cuando yo
curzaba la calle, una viejita se cayó, por una biela, y los
carruajes que pasaban, con esos crepés tan anticuados (ya preciso,
te dije, de otro pantalón blanco), vos creés que se iban a
dedetener, Fernando? Imaginá…
Hay Cadáveres

Estamos hartas de esta reiteración, y llenas
de esta reiteración estamos.
Las damiselas italianas
pierden la tapita del Luis XV en La Boca!
Las ''modelos" –del partido polaco–
no encuentran los botones (el escote cerraba por atrás) en La Matanza!
Cholas baratas y envidiosas – cuya catinga no compite – en Quilmes!
Monas muy guapas en los corsos de Avellaneda!
Barracas!
Hay Cadáveres

Ay, no le digas nada a doña Marta, ella le cuenta al nieto que es
         colimba!
Y si se entera Misia Amalia, que tiene un novio federal!
Y la que paya, si callase!
La que bordona, arpona!
Ni a la vitrolera, que es botona!
Ni al lustrabotas, cachafaz!
Ni a la que hace el género "volante"!
NI
Hay Cadáveres

Féretros alegóricos!
Sótanos metafóricos!
Pocillos metonímicos!
Ex-plícito !
Hay Cadáveres

Ejercicios
Campañas
Consorcios
Condominios
Contractus
Hay Cadáveres

Yermos o Luengos
Pozzis o Westerleys
Rouges o Sombras
Tablas o Pliegues
Hay Cadáveres

– Todo esto no viene así nomás
– Por qué no?
– No me digas que los vas a contar
– No te parece?
– Cuándo te recibiste?
– Militaba?
– Hay Cadáveres?

Saliste Sola
Con el Fresquito de la Noche
Cuando te Sorprendieron los Relámpagos
No Llevaste un Saquito
Y
Hay Cadáveres

Se entiende?
Estaba claro?
No era un poco demás para la época?
Las uñas azuladas?
Hay Cadáveres

Yo soy aquél que ayer nomás...
Ella es la que…
Veíase el arpa...
En alfombrada sala...
Villegas o
Hay Cadáveres

..............................................
..............................................
..............................................
..............................................

No hay nadie?, pregunta la mujer del Paraguay.
Respuesta: No hay cadáveres.




MME. S.


Ataviada de pencas, de gladíolos: cómo fustigas, madre, esas escenas
de oseznos acaramelados, esas mieles amargas como blandes
el plumero de espuma: y las arañas: cómo
espantas con tu ácido bretel el fijo bruto: fija, remacha y muele:
muletillas de madre parapléxica: pelvis acochambrado, bombachones
de esmirna: es esa madre la que en el espejo se insinúa ofreciendo
las galas de una noche de esmirna y bacarat: fija y demarca: muda
la madre que se ofrece mudándose en amante al plumereo, despiole y despilfarro: ese
          desplume
de la madre que corre las gasas de los vasos de whisky en la mesa
ratona: madre y corre: cercena y garabato: y gorgotea:
                                                              pende del
cuello de la madre una ajorca de sangre, sangre púbica, de plomos
y pillastres: sangre pesada por esas facturas y esas cremas que
comimos de más en la mesita de luz en la penumbra de nuestras
muelles bodas: ese borlazgo: si tomabas mis bolas como frutas de un
elixir enhiesto y denodado: pendorchos de un glacé que te endulzaba:
pero era demasiado matarte, dulcemente: haciéndome comer de esos
pelillos tiesos que tiernos se agazapan en el enroque altivo de mis
muslos, y que se encaracolan cuando lames con tu boca de madre las
cavernas del orto, del ocaso: las cuevas;
                                                  y yo, te penetraba?
pude acaso pararme como un macho ebrio de goznes, de tequilas mustio,
informe, almibararme, penetrar tus blonduras de madre que se ofrece,
como un altar, al hijo - menor y amanerado? adoptar tus alambres de
abanico, tus joyas que al descuido dejabas tintinear sobre la mesa.
entre los vasos de ginebra, indecorosamente pringados de ese rouge
arcaico de tus labias?
                                        cual lobezno lascivo, pude, alzarme,
tras tus enaguas, y lamer tus senos, como tú me lamías los pezones
y dejabas babeante en las tetillas - que parecían titilar -
el ronroneo
de tu saliva rumorosa? el bretel de tus dientes?
pude madre?
como un galán en ruinas que sorprende a su novia entre
las toscas braguetas de los estibadores, en los muelles, cuando
laxa desova, en los botones, la perfidia a él guardada? ese lugar
secreto y púbico? cómo entonces tomé esa agarradera, esos tapires
incrustados con mangos de magnolia, aterciopeladamente sospechosos
y sosteniendo con mi mismo miembro la espuma escancorosa de tu
sexo, descargar en tu testa? Sonreías borlada entre las gotas de semen de
los estibadores que en el muelle te tomaban de atrás y muellemente:
te agarre: qué creías?




TUYÚ*


La historia, es un lenguaje?
Tiene que ver este lenguaje con el lenguaje de la historia
o con la historia del lenguaje /
en donde balbuceó /
tiene que ver con este verso?
lenguas vivas lamiendo lenguas muertas
lenguas menguadas como medias
lenguas, luengas, fungosas:este lenguaje de la historia / cuál historia?
si no se tiene por historia la larga historia de la lengua

Cuentan
en un fogón:

Ña-Rudecinda
no roció el apero el ánima?
no se hizo jabón el chajá?

(Gauchos fundidos, con sus lenguas de vaca, con sus trancas con sus coyundas y sus rastras
Gaucho fundido: él clava sus espuelas en el dorso — fundido — de la lengua, como atrapado en una vizcachera)

A unos kilómetros de San Clemente, en el Tuyú
está la tumba de Santos Vega, adonde acuden las toninas
y los surfistas en sus jabas, sobre las olas de cristal
Roto cristal, tercas toninas de la historia: van
donde los arponeros con sus garfios: van
donde los zafarranchos cachan: donde fundido el gaucho
saca el facón y se disgracia:
era la historia, esa disgracia!
disgracia de yacer en el Tuyú, de un yacer genera
Los caníbales en ese cristal las rudas olas asaetan;
y tú, en esa pereza de la yertez, no jalas?
Jalas de crestas cristalinas y empenachadas?


* Poema publicado en el número 2 de la revista XUL, editada por Jorge Santiago Perednik,en septiembre de 1981.




de “Alambres” (Buenos Aires, Último Reino, 1987)





PREÁMBULOS BARROSOS

Infinitos preámbulos barrosos en la canilla que no cierra, pre-ámbulos, deambulos, bulones en la chata florida de los bulos, golosos cotorreos en el cierre del mimbre que gotea, gracial, en esa jarcia a rascas el cimbreo, en el bleque, de ese ruedo, de alpaca zarpullida a narigazos, la nieve o la creolina, el demorado desconcharse del cierre, en el eléctrico botón, empala lo que lame a lo que enjaba, encía milagrera la almorrana, espía en el recanto del esfínter, desafinando mandolinas al toletole de la hinchada, hinchando en leves várices de una furtiva dentellada el timo: si se huía, por los corredores que vanal calambre, al vomitorio, se rasgaba el satén de las esperas flatulentas, de las borlas de nalga abochornándose en la bombacha de laqué. Bombeé, aspiré el orujo en la estampida tibia, estampilla en estampas de Gobel, lino sudado en la vertiente ácrata del soba, sobar bajo los ábacos la cuenta cristalina de la transpiración, agror marino en elazor marrano delicuesce, en shampoos que se pudren en la mata, de tedio, poco usados: si el olor, olor fiero, olor de macho en la soirée de bolas, algo peludas, inflamadas por lainminencia del ardor, del merdar, del dolor de merdar y ser merdado en la lisura de ese acuario, llano, chato, adonde descendían en un intento fatuo de salvar los pececillos languidecentes, fosforescencia que se abruma, en la bruma del brillo, en la solapa del sopapo, ocaso, en la cresta de brines, que, desabotonados, corrían como peplos en bandera, rasguñando el olfato de fragancias de lágrima.





DEVENIR MARTA


A lacios oropeles enyedrada
la toga que flaneando las ligas, las ampula
para que flote en el deambuleo la ceniza, impregnando
de lanas la atmósfera cerrada y fría del boudoir.

A través de los años, esa lívida
mujereidad enroscándose, bizca,
en laberintos de maquillaje, el velador de los aduares
incendiaba al volcarse la arena, vacilar

en un trazo que sutil cubriese
las hendiduras del revoque
y, más abajo, ligas, lilas, revuelo
de la mampostería por la presión ceñida y fina que al ajustar

los valles microscópicos del tul
sofocase las riendas del calambre, irguiendo
levemente el pezcuello que tornando
mujer se echa al diván


de “Hule” (Buenos Aires, Último Reino, 1989)




DANZIG


La rutilancia de las lentejuelas
en un rimmel de tan marmóreo transparente
el rebote de los ojares
en las azulejas de pintos níveos y plumosos
esfinge nítida bajo el implacable velador
cebaba el puntilleo de las pestañas
con una fijeza de ciempiés,
sólo mucho después conoce su renguera.

Esfinge de codos revoloteantes y ampulosos, la gorguera
en la rebaba de la cervez
alabraba otros potros que los amarrados al palenque. El palio
era como intestino, porque las pompas
tapizaban en la escamación las peceras ventrales, y el dolor
de la espera, o de la sola sola noche
sollozaba contra el estaño pegajoso:
la noche del carnicero
en la lámina de la hoja el pincho
pichicho fuera de sí.

 Los tatuajes de los azulejos se repetían en los antebrazos, pero los abrazos en los
anteojos los refractaba la luz de plata
que salpicaba las muñecas de la mancha rocío.
Pero la esponja del lavacopas detergía la hialinidad de los guerrero
sque se tumbaban en las puertas de aireo de ráfagas de betún
poniéndole precio (o ala) al cenicero,
aplastaban las coles en el mosaico pantanoso,
en balde,
porque la novia estaba ahogada en el bañito





de “Parque Lezama” (Buenos Aires, Sudamericana, 1990)











                                                                             Es como ver un agua muy clara que corre sobre
                                                                             cristal y reverbera en ello el sol, a una muy turbia
                                                                             y con gran nublado y corre por encima de la tierra;
                                                                             no porque se representa el sol, ni la luz es como la
                                                                             del sol; parece, en fin, luz natural y estotra cosa
                                                                             artificial.
                                                                                                                        SANTA TERESA DE JESÚS


XXII
                                                                              Este en selva inconstante pino alado

                                                                                                                     CONDE DE VILLAMEDIANA


ASCESIS FORESTAL:
                el agua sólo como excusa o cauce para el entroncamiento del tronco en el ramaje, sutileza fluvial, el fluir de la canoa por el divertimiento de las ramas, haciéndole de concha al sibilante estuche, chispas de borravino nacían del encuentro amoroso del codo de la piragua con el nudo del árbol adamado, inclinado a enguantar o feminar sus redes, al otro lado del arroyo, envuelto, vegetales que entraban en el agua, un devenir ácueo del palo,
                                                                           navegan en el bosque.



XXIX


EL CIRCUITO DE OCELOS el estanque encantado
conmueve tenuemente con la finura de una
anguila del aire
vermes de rosicler urdiendo bajo el césped
un laberinto de relámpagos.





PASO DE LA SERPIENTE


                                             serpientes breves, de pasos evaporados
                                                                                  LEZAMA LIMA



1.

DE LA SERPIENTE EL PASO traslúcido
babea en el instante el eco que se abomba
o tapiza de jades, como un pespunte verde
alza coloraciones en el giro del espacio increado,
trasnatural, su giba en roce desleyente
borra casi olvidando las leyendas del jabón
mas del halo al halarlo resurgen contraseñaso
anulares que enseñan la lucidez del paso.



2.

SERPENTINA DE COBRAS en el ballet mohave
mojándose a la sombra de espiraladas araucarias
por marcar en la hiedra la levedad de un paso
que es en verdad el paso de la hierba por el aire
mojado de los círculos de ojos hueros en salitrosos
vidrios fintas de macramé escandiendo la cítara
pupilar, su enamorado colibrí la córnea
cornea simulando en la alfombra del musgo
en lo aguado del aire ese rocío del humo en su
dehiscencia.






de “Aguas aéreas” (Buenos Aires, Último Reino, 1990)





TEMA DEL CISNE HUNDIDO (1)

Undoso el que avanzara por los rizos
del espejo laqueado, su pezcuello
dócil al mando del cendal declina
rayado el rutilar de su plumaje.

Quien por interrogar las inestables
corrientes donde aneja su pellejo
arruga de nerviosas denticiones
la quilla que traslúcida corría

por parques de reflejos azulados,
impávido el azor, la crista altiva,
arriesga el hundimiento en ese anclaje.

Porque, por más que mírese a los hados,
no se retarda la fatal carrera
si tempestuoso pie pisa la pluma.




TEMA DEL CISNE HUNDIDO (2)


Leda, aferrándose al cuello del que
penden gruesas esclavas de pesadez dorada
doblándole – suspensiones de carbunclo
en nácar plumetí – la glotis,

las falanges nimbadas de bermejo
hunde en la interrogación fluctuante y rasga
de un tirón el julepe de las ondas
impulsado por raudos torbellinos.

La majestuosidad en la decadencia
finge, cual refulgir de lamparitas
que al mojarse en el lago un fogonazo

de refucilo en el anuncio de tempestades trasmarinas
soltasen, viento oculto en la rizada
peineta de la que ahógase en el nado.




EL MAL DE SÍ



Detente, muerte:
                tu infernal chorreando
escampar hace las estanterías,
la purulenta salvia los baldíos
de cremoso torpor tiñe y derrite,
ausentando los cuerpos en los campos:

los cuerpos carcomidos en los campos barridos por la lepra.

Ya no se puede disertar.

Ve, muerte, a ti.
Encónchate sin disparar el estallido de la cápsula.
Escondida que no seas descubierta.
Pues una vez presente todo lo vuelves ausencia.
Ausencia gris, ausencia chata, ausencia dolorosa del que falta.

No es lo que falta, es lo que sobra, lo que no duele.
Aquello que excede la austeridad taimada de las cosas
o que desborda desdoblando la mezquindad del alma prisionera.
Mientras estamos dentro de nosotros duele el alma,
duele ese estarse sin palabras suspendido en la higuera
como un noctámbulo extraviado.


de "El chorreo de las iluminaciones" (Caracas, Pequeña Venecia, 1992)






NÉSTOR PERLONGHER (ARGENTINA, 1949-1992)