.

.

mayo 09, 2012

POEMAS DE LEOPOLDO CASTILLA





XXXII
                                                 Iba yo por el salar
                                                 y un hombre me saludó
                                                desde entonces nadie sabe
                                                dónde estoy, qué me pasó.


El silencio es azul. La montaña
como una loca
arrastra sus arterias,
se arranca las piedras alarmadas
la violencia del metal y el perdón de la nieve,
inquiere
con el cóndor que vuela en el olvido,
en el hielo, en el ventisquero
y no da con el mar que ha desaparecido.

No se acerca al salar la cordillera.
Es ánima ese páramo
donde golpea el océano con olas que no hay,
con espuma difunta.
Sin barcos, sin viento, sin peces y sin pájaros.

En el calvario sólo la respiración
de ese hombre con un hacha
como un solazo,
dividiendo la sal,

Vende panes de cemento.
Vende los huesos del mar.


ÁFRICA

En la luz comienzan los animales
extenuada
expulsó a la cebra
que no tiene campo
sino en el espejismo
enfermó a la resolana para espesar al león
y dobló en un tulipán
a los flamencos.

Ella hizo
que las especies se reconocieran
para que el fin durara,
que no se cruce con el halcón
el leopardo
el buitre con el pez
pues nunca serán del todo
sólo formas del miedo que tuvo el universo
a perder la memoria.

La luz es eso que las bestias gritan
el bramido del elefante
amputado
del pulmón de la noche
el grito con que se alumbra el zorro
la risa
con que se desclava de sus huesos la hiena
y el rugido
de cada rotación del mundo en el león.

Los hombres, al borde del cráter, sonríen
con el voltaje justo
para no desaparecer,
quietos, igual que sombras azules bajo los árboles veloces,
separados
por el cuello
de la intemperie
atraídos
como jóvenes muertos
hacia la luna vacía del Ngorongoro.

Son el alguien del viento
los masais
van como lentos pájaros
detrás de su ganado
sin rumbo:
ellos son el confín. El ademán
de la planta
cuando iba a ser vagabunda,
el de la sombra cuando iba a ser persona,
hombre que sale por su propio pie de un sueño
y no acaba de ser
aunque se imante de colores
se perfore
o a duras penas toque tierra.
No le viene su animal ni bebiendo sangre
sólo el cloriti le devuelve el rugido
que, como el coraje, regresa desde muy remoto
y entonces sí
el león huele a masai
y se espanta de ese hombre
hendido
por una bestia transparente.

Recién entonces entran, solitarios,
a la luz que ondulan
y es ver
peces oscuros
en un campo de olfatos.

Los animales emanan sus distancias:
en la jirafa cunde
la visión de la hierba;
la alegría de un suicidio
en el azul
del pájaro,
que no ocupa nada
y ese color es más grande
que todos los espacios.

Estos invisibles son el campo
donde la cebra acaba
va a comenzar la lluvia,
el avestruz mira
por donde él ya se ha ido
y la garza
vuela siempre en otro lado.

Fuera, los masais, cercan
en círculos
sus animales, sus casas, sus mujeres.
Para seguir, borran el camino
en círculos
como el fuego
y los pájaros.

En la sabana tarda el primer día.
El último, el final,
un viento de eclipse borrará las llanuras
alentará
ya ingrávida en el polvo, la gacela,
en su imán
el rinoceronte
y en leves desiertos
la desnudez, sólo la desnudez
sin cuerpo de los hombres.

A ese final lo huele el ñu, sabe que sólo el que huye
es único
y muere sin cesar en la manada,
el cocodrilo que aguarda en el pasado,
el hipopótamo
que envejece, amniótico,
las aguas de su nacimiento.

Las bestias
sostenidas
por la música de su aparición
propagan, copulando, esta comarca de temblores,
de alumbramientos.
Y empieza la cacería, dentro del polvo
en Masai Mara,
dentro de la atmósfera
en Ngorongoro
y en un desmonte de la luna
en Taranguire.

El día no tiene tiempo.
El mismo instante
que aísla
el sueño de la jirafa
hechiza
el oído del elefante;
se templa en el búfalo
la hora
que martiriza al buitre
aquí
pesa más la sangre que la muerte.

Ya de noche, lo que se oye y brilla
son fiebres
el elefante grita como un árbol,
como un humillado
la hiena
y una ola lejos del mar
clama en los leones.

Todos deformándose
hasta desterrarse. Pero vuelve la luz
y con la luz
el tacto
y el esperma y la sed y la sombra y el hambre
entonces
cambian el color
y son el pasto
y la arena y la rama y la lluvia
y nada puede detener el mundo
mientras dure el quebranto
del primer día del mundo. 


 de "Manada" (2009)

LA MESA DE MIS DIOSES
A Pedro González

Bebo con mis dioses,
con Xangó, dios del trueno, protector
del ebrio y del amante,
a quien he visto desimantar a las bahianas
marearlas
como si dentro les copulara una bandera,
que descendió en mí en Santiago de Cuba
por obra y gracia de Orula y de un babalao
cenizo
de cruzar la suerte de los hombres.
Bebo con Vishnú a quien no pude despertar
de su lento absoluto, cuando ascendiendo
una escalera enorme
lo vi yacer, sin mundo,
como una luna esperando el regreso del cielo.
Fue en Bali esa visión. La tierra
desaparecía
devorada por sus delicadezas.
Ofrendo y bebo con la Pachamama, porque le pertenezco
arbolito que yo soy y nunca alcanzo
río que me llamo y nunca vuelvo,
y con el Señor del Milagro,
que brillaba como un fruto
en el terror
en el luto
y el espejismo del alma de mis abuelos.

En la mesa, desnumerando, como suelen,
está el duende, con su mano de lana
y su mano de hierro
cicatrizando sus ojos debajo de la higuera.
Y el diablo, pobre hombre, aparecido en otra dimensión,
tahur,
que sólo como música puede entrar a este mundo.
De pie, a mis espaldas, está mi muerto. Lo desconozco.
Me dijeron “es alto y tiene el pelo blanco. Lo cuida.”
Un extraño condenado a mi suerte,
un plenilunio de mi cuerpo. Y es que otras formas duran
para sostener tu forma
y están vacíos todos los nacimientos.

Y estoy yo, ateo, sin iglesias,
milagroso.
Y en otro rincón, también yo, con siete años,
mirándome mirar
los sentires de mi madre
y a mi padre ardiendo,
maravillado,
herido
entre cantores difuntos.

Unos recién naciendo,
otros, en la muerte,
maldormidos,
nos amanecemos
aunque nunca llegue el día.

Estamos todos ocupando todo.

No falta nadie.
Y, sin embargo, la mesa está vacía.


NACIMIENTO DE LA SIMETRÍA
A Osvaldo Torasso


De esas dos mitades sólo una es real.
Hechizada por su aparición
y antes que la luz la disuelva
engendró la otra para verse.

Medio árbol es el que extiende sus ramas para tocarse,
medio hombre el que custodia su propia calavera
y sólo con un ala y un espejo
vuela la mariposa.

Una desesperada volandería de mitades llena de mañanas el mundo.

Siempre que la muerte, que es tuerta,
con su ojo demasiado solitario
no se atreva a mirar,
lo irreal semillará la tierra.


SUPLANTACIONES

El firmamento para esa mujer es el oro,
el oro para ese niño
un fueguito en el baldío,
el baldío para una anciana
su juventud en esa fotografía.

Las cosas están soldadas por la desesperación.
Entre ellas, el hombre que las junta,
mientras nada, sonámbulo, en el cardumen de sus antepasados,
y va, tenue de pensamiento,
a ese otro pensamiento
que es la muerte.

Entonces, le unen las manos
para que se toque y se recuerde.
Pero él ya no está,
ni puede reunir sus islas.
La anciana, la mujer, el niño
lo miran irse de la fotografía
hacia el firmamento baldío.

Alguien dice: “son cosas del destino”.

Y lejos, el destino gira,
fuera de sí,
sin porvenir,
como un loco atado
al árbol del fondo de la casa.


LORO

Esa flor sacrílega, habla.
No imita, habla
y desea el vino, las mujeres y el pan de los hombres.
Ese es su secreto.

Avanza por el aro
y cierra el círculo.
Entonces chilla, igual que ellos
cuando eran pájaros
o canta, como las campanas,
con el pavor de tener dos almas.

Mientras ellos repiten lo que dice, ríe
y se pica el pecho
y se lo parte,
ríe a carcajadas
y se pica, a fondo, el corazón
para que el secreto salga.


TEMA: LA VACA

La vaca rectangular, trazada de tal modo
de estar en paz con la gravedad,
cómodamente amoblada por dentro,
el salón del estómago y, apartados,
los depósitos urinarios,
la que calma, venerable, la ansiedad de la hierba,
la huida de los campos

la vaca con toda su profundidad
anodina
encima de la tierra, con sus ojos beduinos
y mortales
la que amamanta al ternero y a otras letales bestias,
demasiado sola si no fuera
por las maternales moscas,
vive en la mano de dios y, en un día sin salud,
desventurada, muere.

Extrañamente se ha vuelto pasto
de hombres o de pájaros carniceros.
Hasta que el viento o las hambrientas superficies
la dejan en los huesos. Entonces, se ve su calavera,
triangular, astada,
una bestia insurrecta
ahuecando la llanura,
quebrantando el viento,
su aterrada arquitectura, el hueco de los ojos
devorando el futuro,
uno por uno
todos los nacimientos.


LA MADRE Y LA MUSICA

Escuchaba música en la azotea.
Me enseñaba el cielo. Sonreía.
Siempre sonríe la madre mirando las estrellas.

Una tarde dejó su anillo en la tumba de Chopin.
Debe estar brillando, todavía.

Un círculo de oro tan infinito
que enciende el firmamento dentro de la tierra
y la música
y la brasa del corazón de la madre,
mientras, desquiciada, enorme
se mueve la noche
en su mausoleo
libre y oscuro.


EL AMANECIDO

A Maximiliano Witte


¿Qué estaré siendo yo de este lugar
que ha parido la presa de su cacería?
Entenado de mis muertos
llevo una flor a su caridad
para que vuelva en mí esta comarca,
pero es tarde,
el cielo envejeció
y el espacio ha crecido demasiado.

He gozado todos los sonidos,
me he dejado llorar
por ojos difuntos,
he besado a mi época en la lengua
y a esta altura
soy el cielo de mis fornicaciones
y la intemperie donde flameo, inhumano.

Entro a la tormenta de la casa vacía
y lluevo largamente,
con la copa en las raíces,
asfixiado por el aire,
y, enguantado por mi oscuridad,
pudro mi leña,
eyaculo el escenario,
pierdo los papeles, tacho la luz,
lastimo la función.

Los otros no saben que están dentro
de un día que no amaneció,
el que me he robado
mientras del suero de mi cerebro
se amamantaba la noche
cuando yo tiraba mis huesos al aire
y ni la muerte los reconocía.

Tengo dentro
un salto de pájaro espantado,
un niño helado en su futuro,
un camino que no deja de ir
y un árbol inmóvil
soltando frutos oscuros.

No hay contemplación: mi limosna es mi cuerpo.
Ya no me sirve el universo
ni le sirvo yo.

Hacia una luz inválida se va el día.
Y no me lleva.
Donde yo duermo, trinan como perras,
mendigas, las palomas.


de“El amanecido” (2005)
ARRIEROS CHINOS

A Héctor Berenguer

Siglos van que no llegan
que la misma polvareda y una misma hora los persigue,
en Laos, camino a Natha,
lejos de este mundo,
desencadenados del jardín mudo de la edad media
y de la voluntad del emperador,
libres por la sierra
arriando rumbo a la anigua China.

Ahí van, el presente inmortal, airado,
en el penacho de plumas
que corona las mulas;
enarbolando un bastón, y en la punta del bastón
un papagayo,
flor carnicera de los resucitados.

Fuera de la historia, pasa la historia,
invicta, viuda, prodigiosa.


ADIÓS A LAOS

Ya se va, ya salen las niñas,
cargando sus hermanos pequeños,
emergen del río los adolescentes
desnudando al agua
y las ancianas castigan los ramos de arroz
sobre el camino que se lo lleva para siempre,
entenebrado,
por el humo verde de la jungla.

Ese extranjero,
tocado, como el bambú, por la fuga de la tierra,
se roba la tardanza de los ríos,
los bueyes insepultos,
la caravana, como un abecedario, de los patos
y el ojo incendiario de los gallos;
nuestros colores,
nuestras huellas, roba.
Como las semillas
caminaremos de memoria.

Atánquelo libélulas, caballitos del diablo, alguaciles,
de a miles, atánquelo, fléchenlo,
que no escape,
que lo empantanen los animales,
mirándolo,
no lo dejes salir, neblina,
que lo traigan de nuevo a Laos,
que lo roben a él con todo lo que se está llevando.

Bambú (2004)


FUGA DE LA PIEDRA


La piedra se acumula
se suma a sí misma
-cree que suma-
asciende

y luego se desmorona
se resta a sí misma
-cree que resta-
cae

y es la misma
en el polvo
y más allá del polvo
ya vacía
en el viento que vuela
persiguiéndola.

Así se fuga. Y todo sería invisible
si no fuera
que le espacio tarda en comenzar
donde estuvo una piedra.


FUGA DE LA SOMBRA

Al difunto
le vuelve la sombra al cuerpo.
Se dicen adiós
ya no tiene quien lo siga,
ella se ha ido demasiado lejos

dentro de él
dobladita
como un pañuelo.

XI

Un hombre
cae
hasta perder su nombre

el futuro no alcanza
la velocidad de la sangre.

En el salto
sólo el salto es alguien.


Línea de Fuga (2004)

EL FILICIDA


El mismo hombre que degüella ese cordero
asesinó a su hija, con un hijo adentro,
para que no la vean
y la hundió en el río
y en el río de sí mismo.

Esta deshonra que el honor exige
era necesaria
para que Dios pueda estar en todas partes.

Aúlla como una cabra
la niña de sus ojos
y un trueno estraga el árbol de sus muertos,
mientras la mata
y ella lo enciela
y lo deja, inverso,
tocado por un solo sentido.

Nadie va a oír
el trapo de sus palabras
cuando pida que lo enferme el olvido
y ore
a la basilisca,
a la oblicua religión
la que se alimenta de una niña tenue
la que con la luz del perdón
afila los cuchillos.


LA CIUDAD DE LOS MUERTOS

I

Aquí, en la Ciudad de los Muertos,
hallé mi techo,
puse mi mesa
y su pan desterrado.
Mis hijos corren entre las tumbas
del patio de mi casa.
Cuando vuelven de sus juegos
sonríen
horas y horas
dormidos
y no de felicidad
de infinito
sonríen.
Mi mujer no se ve.
Sus ojos fulguran en la cocina
como dos insectos
dentro del humo del mausoleo
(en un campo de cenizas
hace
fuego de ciegos).

Mi madre es esa anciana
fija
en un rincón de la calle.
Ella no nació.
Guarda, como otras viejas, este lugar.
Hace años que tiene
la ira de los muertos.

Nadie entra aquí
a menos que su miseria
sea más grande que la muerte,
nadie que no muerda el polvo
de todos los desiertos.


XV

Puertas adentro
junto a una cama quemada por las pesadillas,
en una mesa
comen
sin reconocerse
mi mujer, los difuntos, los insectos y mis hijos.

Fuera, en el patio,
el sol tambaleante
brama
con un hueso en el cerebro
se golpea, se eleva, se entristece y se rompe.


XVI

A veces por la televisión
entran al mausoleo
mares naciendo,
lluvias en lejanas selvas,
hombres que no nos ven,
ciudades.

Mi hijos,
con las raíces al aire,
no creen en ese mundo
se duermen sin sentir
como esas mariposas negras, sordomudas,
pegados
a estos muros mentales.

Jardines de cal
su infancia.

Nadie aquí se sueña en otra parte.


EL DESIERTO
A Arturo y Clara Botelli

En el desierto
uno es la sombra
la hendidura
por donde pasa la muerte
o el día siguiente

uno vive su tumba
a oscuras
dentro de su carne,
oyendo como el viento se lleva el día
y el polvoriento mar,
que golpea sin aire
contra el aire
su mariposa negra.

Aquí
las constelaciones cargan
al escorpión
y el hombre se envenena
si pronuncia, a solas, su propio nombre en la noche.

Sólo cuando el médano rojo
espanta la luna,
después que el espacio se va devorando,
recién entonces
lo que queda de uno
cicatriza.


SOBEK Y EL FARAÓN

Alguna vez fue dios
el escarabajo, el toro,
el escorpión, el ave y el chacal.

Incapaz de crear su propia forma,
todo el poder del universo
atormentado
dentro de esas leves biologías.

Cuando al escarabajo lo cubría la arena,
al ave
el viento
y al chacal el olor de la muerte,
esas criaturas no lo dejaban ver

como si su máscara hubiera cerrado los ojos.

Así emigró por la juventud de las bestias
y murió mil veces
mendigando un rostro.

Miren a Sobek, con la cabeza del cocodrilo
y a su lado
en el mármol,
otro intento de dios:
el joven faraón
tenuemente humano
que comienza a desaparecer.

De Libro de Egipto (2003)


NUNCA


A Daniel Moyano
Es la misma mosca
bramando
en el mismo verano,
la misma vela temiendo por las habitaciones
y en su horca
el trueno;
el mismo niño ese hombre con el agua al pecho
bajo los cielos asustados.
No hay quietud
la sombra de ese árbol
esta copa de vino
un relincho
esparcen toda eternidad
Tú y yo,
cada crepitación de la vida
y el astro seco
como una máscara
en el vacío
somos infinitos
infinito
cada sollozo
cada paso que das y el que no has dado
y una pluma que cae
y detiene la tierra
y el último estertor
que añade un laberinto.
El hombre
cría un animal, un caballo, un toro,
como quien alimenta a un dios antiguo
hasta que uno de los dos se lleva en los ojos
la extinción del otro
y es lo simultáneo
de la vida y la muerte
lo que tienen de inolvidables.
Cada vez que recuerda
es de nuevo poblaciones
un hombre solo
procreando derrumbes.
Dentro de esos lentos vendavales
resiste
su criatura
emblemática y ácida
como una joya carnívora.
Nada lo contiene
es la misma marea en su antiguo abismo,
la misma inmensidad que expulsan
un hombre ciego
y una mariposa quieta,
la misma lengua
de la piedra haciendo piedra,
del pájaro
llamando al agua,
del trapo que se acobarda
en el cerebro de un loco.
No hay fugacidades
así como el mar día a día
llega, brillante, a su propio funeral
así
no cabes en tu tiempo
tu segundo está lleno de enormes batallas.
En el instante
no hay pérdida ni huida,
de esa breve eternidad
tenemos
la física de la leyenda.
No es el hombre un enigma
es que no hay nadie en él.
Su único don es mundo.
Hay, sin embargo, un sitio que no pertenece al universo
una grieta
que se fuga del mundo
y no retorna nunca :
y es cuando el hombre sabe que se muere.
Le queda grande la luz,
como colgajos
los días que le faltan,
que reptan dificultosamente
entre los amedrentados muebles del salón
y es inútil acudir en su auxilio
porque él, mudo, frente a una ventana
le ha dado
su palabra
a la muerte.
Ya no oye
los nombres de su vida lo han abandonado
son como piedras
ahogadas
en los arenales
de su alrededor.
Mientras el salón se desordena
en una meticulosa desesperación
todo lo que lo rodea intenta un arco
que desciende y no cae
un hueco que sobresalga
una señal que lo ocupe
antes que no le quede nadie
pero él no tiene dónde
es la frontera.
Asilado en su nombre
absoluto en el sillón
discontinuo
fuera de la naturaleza
uno lo llama y gira la cabeza y nos mira
mientras el pasado lo deshora
y torna, último, a la insolación,
a fijar sus ojos
antes de que la ventana se desclave
mientras el mundo se va de su cerebro
como una luna lenta.
El muerto
difunde su instante profundo
desde lejos mueve una hoja, vuelca un vaso,
abre una puerta sin viento
para despedirse,
asola
con desahuciada luz
las poblaciones de sus cinco sentidos
y le devuelve
a la amada una tarde,
la sangre al hijo,
el hueco a la madre,
restituye su nombre al enemigo
toca, todo su deseo, toca los desalmados
cabellos
de su mujer dormida,
entonces los objetos
sollozan estériles futuros
y la casa de llena de asfixia y tempestad,
de premoniciones.
De pronto
todo cesa.
Y es él, cayendo en otra latitud,
esa gota desorientada en el borde de la mesa,
es él
insepulto
en esa mariposa
diciendo adiós
a su propia forma.
Lo sentirás ensordecer
con su ala de harapo
la levedad del mundo
vagar como un pez
perdido en la luz del espejo
desahogando
su insondables ropas
de finado
sabrás que estuvo
porque el día que adviene
no tendrá presente.
¿Cuál será, ahora, su comarca ?
¿La desazón de la luz,
la luna enferma dentro de las habitaciones,
un basural, sin recordar,
huyendo ?
Vengo llovido
por sus aguas seniles y brillantes
han ahorcado
con sus inversos
sietemesinos
aires
las hojas del árbol de mi casa
me han soltado
vacas en pena
como muebles amarillos
en el corazón.
Huero y sagrado
soy el cubil
la boca de salida de mis muertos.


EL CANAL

A Carlos Roberto y Fermín Aranda.

I

Agua de nunca
el canal
las larvas devoran todo el presente
donde un niño
juega para siempre.

El día era cenizo entre los pobres
la noche
inflamada
y violenta,
al alba los perros lamían la sangre
del acuchillado
que se iba
gritador
a ser peón o changador o nada.

La muerte hería
no mataba

para eso estaba la vida
que calentaba los basurales
donde una mendiga pare
otro mendigo
que llora con el llanto de las ranas.

Debe estar todavía
el hombre de sombrero negro
tocando el bandoneón bajo el solazo

(ese señor oscuro
es un resucitado)

Todo es de mala muerte

y se destrozaría
si no fuera ese niño
que emerge del lodo
y ríe a plena luz
desangrado
por las sanguijuelas.


II

Dónde está realmente
la puta que llora y besa
un crucifijo mientras
- que no la vea, que no la vea-
la policía montada
allana los prostíbulos
de arpillera, de lata,
está innumerable, disuelta
de tanto irse,
en el agua con semen
de la palangana ?
encerrada en su desnudez
para ser invisible
y
en lo alto del pavor
ave purísima ?

el adolescente que corre
delante de los caballos
y en este instante
salta sobre el canal
está en el aire
solo en el futuro,
despegado de su sombra
como una nube,
dentro del espejo de su edad,
inalcanzable?

y el policía qué cabalga
el trueno de su cabeza,
un estertor sin muerto,
las nalgas de su padre ?

El adolescente toca tierra
en la otra orilla.

La puta repta a salvo
sin piel
en los basurales

el caballo se detiene al borde

No puede saltar
en su cerebro
un rayo
parte en dos la tarde.


III

Saben que nunca será así
pero en el patio del cabaret
simulan el hogar

todas las mañanas una prostituta teje
los días que le faltan,
un hueco y otro hueco,
punto cruz
el cuerpo
punto cruz
el alma
(Como a un embrión
el pelo le nace de la mente).

Otra hace los deberes de su hijo
“hubiera o hubiese habido,
hubiera o hubiese amado”.
Y el presente
perfecto
flota ahogado en el patio.

Otras cuatro juegan a la loba
con cuatro reyes
cuatro reinas de verdad
se vigilan las uñas
se arrancan de los ojos
diamantes
y corazones
imaginarios.

Y la que lee una novela sin final

hasta que cae en el canal la tarde
y apaga el patio
donde grita
una luz roja.


IV

Nadie es nadie
cuando la comparsa
danza
en su jardín carnívoro
sólo un voltaje
de espejo a espejo,

en el baldío
la luna raída
del sexo de los mendigos,
el suicidio
de los caballos

y la batalla de los pandilleros
la azulada violencia
prenatal
donde un precipicio
devora a otro
precipicio.

El canal recoge
una pluma de garza
un coágulo de sangre
dos lentejuelas
y una navaja

De eso se alimenta.

Y de una flor
intacta
sobre el agua muerta.


ÁNIMAS
A Aníbal Alfaro


Un silbido largo, haraposo, final,
le hace un tajo a la tarde.
Alguien dice : “son las ánimas”.

Y el niño que oye todo
sabe que el día que resta
colgará boca abajo
desinflamándose
como una camisa en la soga de la ropa,
y que no se hará noche
hasta que se sepa
el nombre de ese muerto
que vino a desterrarnos.

No hay sutura
de
tiempo
en
tiempo.

Los hombres no se alarman. A veces
pasan por aquí
bandadas de otro mundo.


HUMANO
A Roberto Sánchez

I

El recién nacido
cae como un trapo húmedo
sobre los mosaicos blancos.

Lo que era conjetura
entra al espacio
como entra
la mano
a un guante envenenado.

El modelo no está en la semilla
sino en el viento
que la derrumba
y siembra
el enigmático número de la horda,
la unidad pavorosa
que eyacula el ahorcado.


II

¿Hay alguien, realmente hay alguien
en lo humano?
Insustancial, pegajoso, leudo,
desanimado presagio,
piel de higo
simultánea
entre la flor cerrada
y su fallecimiento

lo humano
alienta a solas
con la ferocidad que dura
en la jaula vacía de las bestias
o el alerta
en esas casas
donde estuvo encerrado el viento.

Lo humano
sudando oscuridad
en tu jardín, en tu reloj, tu cama

pudre en ti
su tormenta
difunde tu luz final
como un relámpago.

NI SOL NI POLVO
A Julio Salgado.

I

Hay espejos en el firmamento ?
Será como aquí
la flor
y ella misma en el agua ?

Que estemos detrás del azogue
y lo que en lo oscuro
arde,
sea lo que se filtra
las estrellas como incisiones
quemaduras
de una luz extranjera
que las enciende y no les pertenece,

perforaciones en ese espejo inmenso
hasta la luz completa.
No el espacio,
recorremos la luz
hundidos hacia afuera
como la flor quieta en el agua
que viaja y no la lleva

que está dentro del agua
y que no entra.


II

Puede que un día
todo sea día
que el azogue
ya oculto por la luz
desaparezca

no quedará sol
ni polvo ni proporción ni cielo

al dar en sí
se destruirá la luz
(claridad contra claridad
son los suicidios)

Sólo nos resta
aguardar otro espejo

entonces
estaremos en la luz
pero no podremos vernos.


TERAPIA INTENSIVA

Un gemido de búfala, un hedor de alma
en la cama del fondo
y aquí, todo el cerebro
antes de desclavarse
huracanado
en los ojos de mi madre.

Se trata de nacer,
sólo que los líquidos están afuera
y producen
lirios en los vacíos
oxígenos sin aire
y sangre de otro
sangre que no sabe.

Tarde
baja por la cánula su infancia

tarde le pinto los labios
para que sea visible
y la peino
delicadamente
para que no deje de venir del cielo

Tarde
la peino
tan lento
para recordarla.


DÉJELO EN EL MONTE
A Salvador Raspa Quintana

Déjelo dentro del yuchán
donde hace noche el agua
que despierte zorro
en el aire
gavilán
y lo vea venir el león y se disuelva en los pajonales
porque ha entrado al monte Salvador Raspa.

El que ofrendaba un quirquincho a la luna
y era una columna de plata
absoluto
solo
mostrándole su cría
a las constelaciones.

Déjelo en el monte que le llevó la vida
hasta que perdió la memoria
y regresó a los obrajes de su infancia
y ahí sigue todavía
abriendo claros
donde no queda nada.

Déjelo en la umbría, donde el monte está viendo:
hombre que cunde tanto
en la naturaleza
ya no puede entrar en su cadáver.

Sea
del polvo
la cólera tenue,
pilpinto sea,
ánima
del aire.


VUELVE DON FRANCISCO MADARIAGA

A Graciela Aráoz y Víctor Redondo.

En el cielo no cabe un muerto
y, sin embargo, apenas puede
mover un pétalo,
se alarga y se alarga
y no alcanza al color.

El mismo firmamento
apenas si le hace
una espuma en la boca,
ah, pero un pájaro, ser un pájaro no puede,
de dónde va a juntar tanta velocidad
hasta que cante
el sitio
donde estaba el cuerpo.

Un muerto usa
la imprecisión de la atmósfera,
la temperatura de una silla vacía
o un descuido de la luz
y aparece alguito
con el cuerpo en los ojos
como un zorro en la noche,
o por demás
si arbola, de golpe,
su primavera vacía
tu cerebro

y somos dos
bebiendo sin final
devorando
un lento
espacio sin persona.

¡Salud por el difunto
donde naceremos!

Yo, que soy su campo y él que entra montado
en su caballo de humo
y me llena de huellas

galope, señor, que vamos juntos.
Yo soy su sensación
un día
usted será mi tierra.


EL OTRO
A Belisario Saravia

Tal vez ya no es mortal. Lo han encendido
la luz de antiguos días, la sequía
de oír mis muertos y la insanía
de verme partir, de quedarse ido.

Absoluto, inviolable, es el olvido.
Lo que entra en él, no cesa, cría
de cada acto, cada hombre, cada día
formas de pavor. El ha cumplido

amamantó sin tregua mis despojos
y hoy que he vuelto a que mire por mis ojos
es el Teuco, esta vez, quien me destierra.

El es joven aún. Tiene la suerte
de estar en mi pasado. Ni mi muerte
le podrá nunca devolver la tierra.
de “Nunca” (2001)

SUDESTE

II

Tiene temperatura de parto
la noche de Bangkok. La oscuridad
oleosa
corrompe lo que va a sobrevivir,
asfixia la cuchillería
de los peces secos,
entumece el verde
para que al alba tenga su ataúd el agua
y en los mercados
la misma luna
menstrua
en el bulto que duerme en la vereda
y en el ojo del gallo
que peleará mañana.

No pasarán de esta noche
el dios grasiento que las moscas
desahogan,
el árbol enfermo por su propio perfume
donde un hermafrodita ofuscado
se ama,
este cirio que ha debilitado el infinito
ni los fuegos llorones de fritangas.

Todos, empobrecidos, girando lentos
en esta resaca de la selva y el mar.

El día sigue oculto
en la noche
como el sol dentro de una iguana
es esta corona de flores amarillas
que flota
ultrajada
en el río

todavía caliente
todavía sagrada.

V

¿Quién puede decir que estuvo
en lo desencadenado
en estas tierras de mutación
donde los cadáveres brotan de sus flores?
Como el inmortal baniano
ese árbol pariéndose
a sí mismo,
deudo y difunto simultáneo
así el muerto
come y bebe
en la fiesta de sus funerales.

Aquí la unidad es el laberinto
y no hay un solo nacimiento
en tanta resurrección.
Número contra número
he visto, no más caer,
mi semen
devorado por las hormigas,
en el fondo del mar
a los corales
detenerse en el rayo
y en un río de la jungla
al agua suicidarse
vomitando fuego.

Todo extinguiéndose para salvarse
de esta plenitud, de esta alegría
que con delicadeza
ovula el exterminio,
mientras los árboles olfatean
la fiebre de la transmutación,
su largo día,
y suenan altísimos de modo
que no toque tierra la noche.

Esas fosforescencias somos nosotros
viviendo en la distancia que hay
entre el pez yendo a ser hombre
entre el hombre
yendo
a ser pájaro

todos con su verdadero cuerpo ausente
como la arteria suelta
de la libélula roja
o el Phra Ruang
el pez transparente de Sukhotai
ánima en el agua
donde pestañea su esqueleto.

Nadie puede decir que estuvo
sino suspenso
en el lenguaje de la selva
igual que un ciego
en una jaula de mariposas.

Ni siquiera este muerto podrá partir
aunque le ofrenden gotas de agua
para que vuelva
por las claridades
aunque suene el gamelán
para que escuche
la forma de la tierra
o le prendan fuego al toro
negro y dorado
que lo contiene.
Cada llamarada trazará un tigre
quemándolo,
una víbora que salta
como un nervio entre dos luces
por la hoja del banano
y se iguana en un río
se martiriza en una garza
hasta que la jungla
la disuelva en sonido.

La selva se encierra con huidas.
De la forma del muerto
sólo queda este humo que entra en los pulmones
como un cielo que se descerebra

Y un ausente
que ha florecido el fuego.

VI
A Gonzalo Rojas


De entre todos alabo a Ganesh
el dios de cabeza de elefante.

Tiene la sabiduría
del que conoció con el cuerpo.
Cerró su mutación
(siempre el más increíble
es el más verdadero.)

Los mediodías
se apoyan
en una mariposa
una telaraña puede
sujetar al viento
porque él,
enorme,
danzó sobre un pie.
Desde entonces
lo débil
sostiene el firmamento.

Como él
somos nosotros
esta aleación
de la gravedad y el pánico.

¿Quién puede soportar
sin desfigurarse
el peso de sus sueños?

Alguien se cría en el fondo de uno
- y no es uno –
comiendo tus pedazos.

Sólo quien reconoce su otro animal
resiste lo sagrado.

X

No está ahí
ese hombre solo
en cuclillas bajo la tormenta
mirando el débil campo de arroz
cómo el agua destruye al agua
y a su arrozal
del que sólo le queda
el escalofrío.

No hay hospedaje en él
para que vuelva
el hombre que fue
y el hombre que no ha sido

(de desolación a luz
sólo es posible
la simetría del desequilibrio.)

Este día lleno de nunca. En algún sitio
flota inválido el sol
y el grito de un pájaro
ha raído el atardecer. Nada se conmueve
y sin embargo
hay un viento enorme que no se ha ido.

Un extremo del horizonte se alza

y se derrumba
hacia el pavor
por un plano inclinado.

XI

Las canoas traían el rambután,
en vela
la sandía amarilla, durián y mango,
fueguitos
descorazonados
de sus casas
y recién asesinada
la carne
que no pueden tocar las mujeres
porque ellas tienen
la carne imaginaria.

En el mercado flotante
la muchacha de siete sombreros
vendía la risa
del maíz
del ananá
la lámpara
y al ofrecer el color
en celo de una fruta
traficaba una esclava

para que un hombre
un fruto
devore a otro fruto
una gravedad a otra
y se despierte el mundo
sexuado
por sus desapariciones.

Han vendido el día.

El río se desierta

la corriente se roba una naranja.
En la sombra del agua
pasan víboras,
las últimas
horas sueltas.


INDIA

V
A José María Parreño


Desimantándose:

La anciana dormida bajo dos paraguas
como en el oído de la muerte;
la vaca transparente que se va,
celestial, a su niñez antigua;
el peluquero cuyas manos trinan;
la única víscera que cuelga de la carnicería
su reloj de sangre;
los ciclistas que huyen de sí mismos
como un número
perseguido por sus ceros
y las ventanas donde se hunden, veladas, las mujeres,
las de órbitas
desnudas hasta la luna,
desimantándose.

A mitad del aire:

El santón que no sabe dónde ir a nacer;
la comida que sobrevuela la ciudad
de cuervo en cuervo, igual que la arquitectura
de mono en mono
se desarticula y se dispara
y el elefante, sí, el elefante en el aire
de tanto que no ha muerto
y el sándalo, ese perfume descalzo y el tambor
de flores hilvanando mujeres, pétalos, camiones,
dioses y caballos
y en el aire también
la tormenta que hipnotiza
los cabellos del anciano
toda la ciudad colgando
de las cometas
y del alarido del muecín, náufrago en el viento.

Abajo, al fondo:

Sólo el mendigo
su número quebrado

y el ojo del cocodrilo
que mira cómo se ha volado todo
y no queda nadie
sobre la línea de flotación.

XIII

Este hombre que duerme desnudo en el asfalto
no puede aparecer.

Una larguísima soledad se extiende
de esa carne
como un párpado caído en plena calle.

De pronto, al verlo, los que íbamos
comenzamos a manar nuestro invisible:
nos abandonan lunas, adormilados animales,
espejos narcóticos, entumecidas memorias,
alguien que nunca había nacido,
y se hunden en el medanal de su cuerpo
y cruzan con él
hasta la planicie
donde a la eternidad
la alarga
una estéril naturaleza.

Ahora los que van por la ciudad
temen por ellos,
por sus deformidades,

el hombre
por el horno de su cremación
-su casa-
donde multiplica por un pozo
los caminos
y teme el pájaro
que creía
que el espacio era su cerebro
y las bestias al saber
que nunca habían sostenido la tierra.


XVIII

Vas a entrar al templo de Anuman,
el dios mono,
unge tu lengua con ceniza,
vas a ser innumerable

que tu cerebro ocupe
el sonido muerto de estas campanas
- él también es un eco
de lo que está desapareciendo –
y cruza
bajo la lluvia de grasa
que desprende la demencia
de los que en esta habitación
rondaron
lejos de su cuerpo.

Este es el patio, aquí da el sol
pero no llega
a la mujer que gira huyendo de sus cabellos
como un cometa
a la convulsa que se comió su sombra
y descubrió que es una grieta
lo que nos une al mundo

entra en la nave y únete al coro
mira
cómo nunca hay nadie en el canta
mira a los niños encadenados a la reja
despavoridos
en la telaraña
de su infancia
y a este hombre sin cielo
que intenta atravesar el muro.

Lleva tu ofrenda al fondo,
donde un anciano
con cuatro rocas sobre la cara
busca un centro de gravedad
pues lo mental
acumula a la piedra;
abre el lugar
para que esa mujer se pare boca abajo
y observa cómo no caen sus vestidos
clavada como está
en dirección al infierno.

Esta es la puerta y no tiene salida.
Pon aquí la huella de tu mano,
alguna vez sabrás
que eres tú
el que dejaste dentro.

Y ahora vete por el barrial de Balaji
aturdido
por las radios que emiten la muerte,
las fornicaciones de los dioses
entre ex votos, humos y abalorios

y no intentas saber más.
Has lavado un basural
con agua de tus ojos.

XIX
A Joaquín Giannuzzi y Libertad Demitrópulos


La brasa de la luz
y la carne
dilatando los hombres, afeminando el barro
hicieron Benarés.

¿Hay un sitio
donde se una lo sagrado y el cuerpo
que no sea en el asombro
de ir desapareciendo?

¿Quién sino el hombre que huye
de su propia distancia,
que se va quedando en lo que ya se ha ido
puede,
sin ver su llaga,
mirar un río?

No hay como su sensación
templo tan profundo
que deshunda el agua,
ni inmensidad
como la de seguir naciendo
para perder futuros.
Como el río.

Aquí viene a morir, en una casa azul espera
que se borren el día, sus hijos, el olfato y el tacto.
Junto a su mujer anciana
secreteándose
comen sus huecos,
intersticios de su historia
pedazos de un pan
que nunca podrá ser dividido.

Ella lo ayuda:
si ocupa todo el recuerdo
le vendrá el olvido. Le deja, eso sí, que tenga,
su jarro, su nombre, su sombrero
(todavía está imantado)
y lo lleva al Ganges
para que alce el agua y la aplauda
y la deje caer en la luz

pues para cruzar el infinito
hace falta una infancia.

Junto a él, otros, van perdiendo su alguien
(también su alguien pierde
el que pide salvarse)

Todos
lámparas
con el agua al pecho
entre la vida y la muerte
perplejos
en un fuego sin instantes
hicieron esta turbulencia, estas lenguas sin gravedad
que unge el río
y tiemblan
de tanto adiós sin salir de la carne.

¿Qué media entre ese adolescente que se zambulle
y el niño
que flota
sin luna, en el fondo?
No es la muerte
sino la forma
en que los abandonó el espacio.

¿Qué abisma al hijo con esas varas encendidas
que, antes de prenderle fuego,
da vueltas alrededor de su madre,
que no sea señalar un sitio
pues no hay sustentación
ni pierde distancia lo que cae?

Y entre la muerta
sin fondo, en su mortaja
y el esposo que se afeitó los cabellos
para despedirla
qué se rompe
sino un relámpago
y cada uno vuelve a su soledad
de no ser ni solo
pues a la muerte la une la asimetría.

Ese cadáver que pasa sobre la corriente
con un pájaro vivo
parado
sobre la profundidad de su cabeza
flor de agua
va como el río
de cuerpo presente
en su ausencia.

¿Dónde está Benarés
sino en todo lo lejos que estamos de nosotros?,
cruzando el día
como apagones, haciendo noche
en la fosforescencia,
buscando camino donde sólo hay señales,
cada uno en su espejo
para que el otro no se vea, llamando dios
a lo inestable
queriendo llenar la velocidad
con una piedra

hasta llegar a Benarés
y hundirse en el río
para acabar en alguna forma
y ser uno la salida
a la que nunca llega.
Y el hombre le dice al dios:
esta es mi carne
la única que te queda.

Desde el río se ve el humo
sólo hay una orilla
donde el muerto comienza.

Esa nube es él. Ahora se ve cómo
se sentía
y cual era la forma que se desorientaba
en la forma que él era.

Ahora no importa dónde arde.
Tampoco en la vida
tuvo dentro ni fuera
ni lo retuvo un sitio.

Lleva una luz que la luz no toca.
No se detiene
porque todo lo atraviesa.

Lo dan al río. Se lleva
el agua sus cenizas.

Agua sin agua sentirán que llueve
cuando nunca vuelva.


de “Baniano” (1995)



EL AGUA

A Salvador Garmendia

Hagamos de cuenta
que yo no sé que la lluvia
sólo ocurre en la palabra lluvia
que cae en sentido inverso al espacio
y es
porque deja de ser
como tu ojo deja de ser ojo
y es caballo
al mirar un caballo

no es natural
que llueva
es natural
que tiembles
que temas a la lluvia

que eres casi todo agua
construyes una casa
en nombre de la palabra hombre
agua creyente
te proteges del horror de caer

dices: lluvia
y eres agua
mirando agua.


MIMETISMO

A Francisco Madariaga

Un pájaro ocupado por una rama
una hoja por un pez
un león por un prado
¿quién ha entrado en quién?

La imagen nos salva
entre la cara y el semblante
se defrauda un ídolo
lo sabe
el ojo del hipopótamo
que ya ha visto a Dios
demasiadas veces.
No hay semejanza
lo sabe
el gato de la astucia
el alacrán de la cólera
la rata de tu fuga

eres
una polifonía lacrada
por una sola bestia.

Te arrancaste tu don

no escucharás tu nombre
pronunciado por ellos.


EL MUTANTE

                                           A Guillermo Alonso del Real
                                          A Margarita Delgado

En el mutante no hay ningún animal

sólo una velocidad
que a veces
se emociona
de pez a bestia
de saurio a hoja
de piedra a pájaro
de escama a pluma a piel
que no se le detiene

ocupa cuerpos
como exactas tempestades

De imagen a imagen
va la eternidad
a tientas

Bestia planta piedra hombre
no eres

habitas
sistemas abandonados.


FORMAS

A Jesús Ramón Vera.

¿Por qué
aparece mano?

¿Por qué la energía aparece
agua
silla
o mirada?

Si no da más
o no sabía
¿por qué elige?

No entra al mundo el cuerpo
lo arranca el mundo

la forma es un anónimo

en el agua no hay agua.


UN DIOS

A Javier Villán


La destrucción ansía semejanza

un segundo antes del estallido
alguien inicia un gesto, una palabra
y en ese instante
el mundo salta en pedazos

ese campo de fuerza
permanece inconcluso
como un cielo sobre una isla

en busca de su alguien
va lo frágil
¿será así
la materia de Dios?

Los cuerpos expulsan duraciones

en el universo, ese banco de datos,
Dios es sólo una medida de tiempo.


SUPERFICIES

El pájaro intenta
alcanzar al pájaro
que vuela con su nombre

el mar
a esa línea
donde pierde el conocimiento

ninguno retiene su superficie

¿De qué no estamos hechos?

La forma existe
hasta que halle la salida

los límites viajan

la Creación no ha comenzado todavía.


Teorema Natural (1991)

EL INVENTOR

La naturaleza no cree
es dudoso que la sombra sepa
que mana a un hombre
que los hilos no sean producidos
por un taller
en los ojos
que en el alma estemos sin nacer

la materia en acto
deja al universo sin cadáveres
(por eso inventamos la historia)

por eso fabriqué
este aparato
puede medir la lluvia
la abstracción de una piedra
mensurar el sonido
donde está la idea de dios

está hecho de metal
madera fibras cristales
materiales sensibles a la utopía
que fueron una vez

en algún lugar, en uno de sus códigos
debo estar yo
campo de prueba

pero es dudoso
la naturaleza no tiene adentro
a nadie.


SOBRE LA PERFECCIÓN

La paloma perfecta
desciende a la basura
sobre las tablas rotas el agua muerta
los plásticos torcidos

cuando toque tierra
tendrá la armonía de la basura

también estos residuos
al llegar tenían la belleza
del que todavía es amado

el diseño del mundo puede ser la circulación
de estos inactivos objetos
su inmortalidad –lo neutro-
eres tú y yo y el oxígeno solo
y el río que supones aparte
y cada muerto

la armonía no resiste
a una paloma sola.


SOBRE EL AMOR

No creas que tu amor
depende de ti o de ella
de lo que sienten o ven o sueñan
hay metales, movimientos
campos de fuerza
cuya acción no empieza nunca
actos virtuales
que te despedazarían

en algún lugar
esas materias
esos instantes que contienen lo inverso
libran una batalla

los que se aman
han sobrevivido.


TEOREMA DE UNA TARDE

Unidades:
un pájaro que nunca antes fue un pájaro
sólo nada
salta y desaparece en los ojos

un viejo que habla solo
y mira su voz aparte
para creer que ha vivido

una semilla que se para en la mitad del viento
y crea la muerte
y el grito de un niño
y un golpe de humo
y aparece la mujer que amo
y ese instante
es la forma de la tierra

Otras progresiones:
-esos cantores, el orden de las hojas
del geranio
diez elefantes en el televisor
reducidos
por sólo una mirada-
intentan unir tramar
al pájaro
con el viejo
con el grito y la mujer y la semilla

pero es demasiado tarde
las matemáticas
hicieron su tarea:
para que el tiempo sea relativo
lo nacido
debe ser inverosímil.


SUCESO

En la calle
una niño rompe una botella
ese gesto
invade la mente
en donde están sin voluntad
el niño la botella el estallido

ni causalidad ni azar:
igual que un ácido destruye un cuerpo
y un cielo
al cielo del ojo
el caos
deshace y hace seres
como el color posee abandona y crea
en un solo animal
animales

el niño
y la botella trizada
tienen la misma simetría

en la mente pasa agua
despacio
agua mental

la pasión no es nadie

y humedece la calle.


UN PÁJARO

Para descreer de los pájaros
debes primero tocar un pájaro

su sonido
es más pájaro que él
pero su ficción más verdadera:
hizo un cuerpo

un instante

tócalo:
lo que llamamos nunca
es la primera superficie.


UN CABALLO

No hay una fuerza
que en otra se serene:
la leche suave arma un caballo

mira cómo dobla el cuello
y cierra el mundo
(lo demás
son cielos como olfatos)

la punta de los pastos
son relinchos

el que las muerde
se vuelve caballo.


DESCRIPCIÓN DE LA MUERTE
(Homenaje a Raúl Brié)

PRIMER DIA

I

No hay lugar en la luz.
El primer día después de la muerte
condensas,
el círculo enmudece
-guarda su misión-
y el que estaba se divide
sólo en su imagen

el punto de luz
-o la vida- es como ver aletear
al círculo de la naranja
el círculo es un pájaro
sin un solo punto de soldura.

II

La luz del cuerpo es el pasado

y la forma
amparo

cáscara de otra cáscara que fuimos
somos

El feto en el que cabe un muerto.

III

El nombre no puede salir
aún contiene la vida

otro cuerpo distinto son las sombras
y llevan todavía
el nombre de las cosas

el nombre no se va
se cierra en sí
y es como la idea que tenía el muerto de su corazón.

IV

No sé si estoy en mi carne
hay una medida sin escala
puede corresponder a todo o a poco
a mi cuerpo
o a cuerpo o ni siquiera a eso

la forma es un deseo sagrado

sagrado es creer
que hay materiales.

V

Superpón una hoja blanca sobre una hoja blanca
ninguna se ve
pedirías una imagen
y la imagen se concibe en sí

nadie ve porque el que ve
se borra

nadie tuvo a otro en sus ojos

hay sí
lo que coincide:
dos hojas blancas superpuestas
hacen una hoja negra

no soy la imagen
sino su travesía.

VI

No hay transformación.
Lo sucesivo es el acto de la quietud
la materia no elimina
pero se piensa
y busca caracteres:
la luz ve dentro de la luz

un niño generándose alberga ya a todas sus casas
nunca habitará ninguna.


TERCER DIA

I

Los otros
como si mi sombra estuviera adentro mío.

Lo que se ha visto
no se pierde en el nuevo estado.
Después de ellos –o desde ellos-
viene uno:
la acción o el fulgor
y luego
la imagen
en cuya linde
comienza el conocimiento que es la prolongación
de las cosas.
Ellos están aquí.

Somos el mismo esplendor
pero cuando se presentan
la sombra crece, el fulgor disminuye
o es dividido.
Ellos vienen unidos al conocimiento
y traspasan la imagen.

Piensa en la flecha:
su destino comienza cuando divide al arco.

II

La llama puede atravesar la llama
la muerte es el paso de dios
y dios una dirección de la energía.

Decimos “en lo alto”
porque nos ha traspasado
compuesto de la misma materia
nos hace sentir
que está dentro de nosotros.

Exhalamos imágenes
fuera de su dirección:
las paredes del círculo.
Pero no es el círculo lo infinito
sino el diámetro que lo parte.

Existe el triángulo
pero no la base del triángulo
no hay nada cerrado
por ahí pasa por ahí lo vemos
irnos.

III

Evitarás la muerte
si eres todo lo exterior a ti.
Pero no sabrías que la has evitado
soñarías con ser tú
pensarías en ello
llegarías a ser esa imposibilidad
esa carencia a la que rodeas.

Por eso las dimensiones se detienen en un punto
y hacen seres
para tener dónde

lo que contiene muerte es eso:
el sitio

el que muere se cubre con el todo
sigues ahí
sigues
cuando sientes dónde
ya no puedes tener otro estado.

IV

El universo no es infinito
pero sí sus divisiones
piensa en ti cuando sueñas
tienes un límite (una imagen)
pero puedes dividirte.
Es esa división la que lo traspasa.

Las partes son infinitas
el todo no.
Su límite es finito
pero está contenido en una forma infinita
y ella
solo es una parte del todo
(quien traza una línea la toca)

Las proporciones no son lógicas
esta noche soñarás tu infancia,
mañana la muerte de otro:
tú.

V

Nombrar el todo y pensar su extinción
puede empezar a provocarla
y esa organización se defiende.
Te está vedado saberlo
es la intuición más peligrosa
porque eres una parte y eres infinito
intentarías ser el resto: el todo
y esa compensación se rompería.

La destrucción es posible porque el todo
tendría la proporción de la parte
sería también parte.

La destrucción, sólo la destrucción
sería inmortal.
No el universo.


QUINTO DIA

I

Cuando la forma se rompe
se pierde el sentimiento.
Tu imagen, como tu cuerpo,
no se vería si no sintieras.

Es la primera vez que la energía queda sola
sin instante
(lo invisible está lleno
de monumentos a lo muerto)

aquí no hay estado
la imagen se ha roto
la materia empieza formas semejantes a tu soledad

nada hay fuera de ella
tal vez
porque el universo es una cifra elemental
cuya unidad es el sueño.

II

Mi nuevo estado no reinicia
es el universo
no sus formas
es vulnerable por dentro
indivisible por fuera.

Lo que fui avanza paralelo
pero esa materia
lleva la muerte en sí
tendrá que buscar su forma en otra semejante

piensa en el ojo del huracán
sus rotaciones
serían tu cuerpo, tu imagen,

sólo lo externo
destruye.

III

La eternidad puede subsistir
porque aún no ha matado lo suficiente.


IV

La hoja del árbol reproduce
la forma de la energía total
por un borde es abierta, continúa
por el otro es finita:
es esa cicatriz, su límite,
la que la devuelve a la muerte visible

nuestros ojos son cicatrices
las formas que ven
son cicatrices.


OCTAVO DIA

I

No hay espacio.
Sólo un acto neutro que de sí mismo se alimenta
(lo visible son las cicatrices
de esa autofagia)

intentamos representar el todo
para ser finitos
reducimos el mundo al tamaño del ojo
incluimos el ojo
en la dimensión del mundo

pero traspasamos y somos traspasados
lo que se va ya está reunido

decimos espacio
para pensarnos parte.


II

No verás nunca lo que no coincida con tu imagen
(la lucidez sólo es reflejo).

Extraño la suposición de existir
no la conciencia,
existimos siempre sin saberlo: yo mismo
ahora

pero en la vida
produje una incisión al universo
un gesto de libertad.

de “Campo de Prueba” (1985)


SOBRE LA PERSPECTIVA

No ve, como antes, el enorme aguacate
bajo la noche pequeña
sino la falsificación de la luz

uno y el mismo es el cuerpo del árbol
y el de la luna
violentamente separados
por la cultura
que no admite
el ojo en la órbita de la luna
la luna en el ciclo del fruto
el fruto en la órbita del ojo

así
no es extraño que esté la luna
en el cerebro del observador

lo sobrenatural
es haber imaginado que existe la distancia.


TEOREMA DEL SOLITARIO

Tomemos una cifra imaginaria
cero
y un hombre imaginario
uno

el cero no existe
pero él cree que sí

el dos se queda siempre
en
uno

el uno existe
pero nadie le cree.


JOHNNY WEISSMULLER

En Africa
los hombres dividen sus rostros en lugares
un trazo amarillo una línea blanca
un plano negro

(quien se transfigura corrompe su poder)

pueden
como la lluvia
pronunciar el nombre inverosímil
del universo

funden la representación y el acto:
el cisne canta
en su invisible

algo debe saber este anciano
que no oye su silla de ruedas
que ensordece el hospital
con el grito de los monos.



DISTANCIA

Entre un punto y otro
la distancia más grande es la desolación
del punto.


LOS SOBREVIVIENTES

Este otoño
salen de las casas
cajones con hojas
son
del árbol de la basura.

Al sol, en la vereda,
de espaldas a su casa de moscas,
el hindú, con un sombrero blanco,
está muerto y sanando
de una larga dolencia.

El mendigo se afeita
y hunde su cara en un trozo de espejo
no soporta sangrar
del lado en que su rostro ya no existe.

¿Quién puede sangrar sin verse?
¿Con todos los muertos en la calle
quién recibir de visita a la ausencia
hablar con ella cosas
que nunca tendrán pasado?

¿Es que hubo con quién?
O sólo prófugos, sólo asesinados
muros quebrantados
por sombras de persona.

Días así
de llevar flores
a los sobrevivientes.
Argentina, abril de 1976


MUERTE EN PRIMAVERA

Un fruto a mitad de su caída
pierde el cuerpo,
a mitad de su caída
pierde su pasado
y para siempre la boca que lo nombraba.

Sólo que en la selva
el alba sorprende a los pájaros
cantando dormidos
y el día amanece
como una capilla ardiente.

Esta es la primavera en las moscas verdes.
Los jóvenes cadáveres
viajan por sus propios colores
recién asesinados
se hacen a la noche
en un pozo de cal.

Digo
lo eterno
es la unión de lo solitario

sus mujeres hablando solas
para hacerse inolvidables

el que cierra los ojos de sus muertos
y se queda invisible.

Algo cae de la vida
cae y golpea
una zona en sombras

en la selva canta un pájaro

cada amanecer
muere de memoria.

Argentina, marzo de 1976


MEMORIAS

Nadie es quien para morírseme.

Me dicen: ayer Burnichón, hoy Raúl,
mañana Holver
y yo les hago lugar, aquí tienen dónde,
pero les tengo dicho
que no me lleguen a deshora, Alberto,
que no te aparezcas
como si nada
Raúl,
que no enflaquezca tu ropa, que te hace falta,
para abrigarme, Holver

y esto de tener que andar
con el cuerpo en el cielo
le hace mal al alcohol
mal a la cabeza
esto de ser la casa de pensión de ellos.

Cada uno llega y me deja ofrendas
(saben que al principio me va a asustar)

no quieren que se les muera el cementerio.


PAISAJE MARINO

Cuatro piedras
lentas
casi mentales
son el límite entre el mar y la tierra

ambos en la misma energía
hicieron estas rocas
para euforia de pequeñas plenitudes:
el oído el tacto la visión
o el cerebro
que es cuatro piedras lentas
que miran desde fuera
al hombre
esa metáfora de la materia
que cree en la piedra
que cree en el agua.



PEQUEÑO CANTO GREGORIANO DE AMOR

A Graciela Baquero


I

SE HA RECOSTADO

advertencia a los físicos::
la fuerza de gravedad no existe

la órbita
es lo femenino de la tierra



II

SE VA

los espacios hasta hoy
se reconocían por la ausencia

cuando ella está ocupa un lugar
cuando se va
llena todas las habitaciones


III

ESCUCHA MUSICA

si bien en el todo
no hay unidad
ciertas correspondencias demuestran
que el sonido es un cuerpo

que cuando lo escuchamos
somos
el sonido


IV

ACCIDENTE

en el instante en que ella duerme
me lastimo la mano

no son dos sucesos aislados
ella ama
no es inofensiva

el lugar de mi sangre
es lo exterior de su cuerpo


V

ELLA DESCANSA

algo de nosotros quiere ser la tierra

voy a su lado dormido

la buey reposa junto al macho
para que la sombra
tenga su animal


VI

SUS PIES ANTE EL ESPEJO

lo innumerable no tiene lugar en el universo

una sola imagen
contiene todos los ejemplos


VII

ENCIENDE EL TOCADISCO

en el sonido
están tatuados
todas las formas
todos los cuerpos

en el silencio la forma
de un solo cuerpo


VIII

ELLA SE DESCUIDA

la armonía no existe
basta un movimiento
para que en el orden gima
de nacimiento
lo que está por morir.


PERFUME

En el metro, años después, siente el perfume
que usaba la abuela
una mujer desconocida
le advierte que no hay nada eterno
ni mortal
sólo pequeños prodigios
para que la vida no sepa nada de nosotros

como nosotros ignoramos a ese niño
que en un vagón del metro
abre la puerta de un ropero oscuro.



MAQUILLAJE

No hay nada artificial
sin naturaleza
el color no existe
ni existe la mujer que ella dibuja

(la belleza es un pacto
entre dos partes que no creen )

el lápiz de labios se le arrima como un perro a la cara

y en esa aleación
sólo el lápiz
se ha saciado.



TRAYECTORIA

El espacio es alguien

Ansía
un hilo
una araña

son deseos personales
del espacio
los objetos.



GITANOS

Los gitanos sacan a pedir
a sus animalitos
un mono, un hijo, una cabra

saben que la carne
diviniza a la piedad

que tenemos dentro
objetos,
formas sin lastimarse

nos ayudan
nos extraen del cuerpo
una cabra
el mono
un niño dormido.


OSCURIDAD

Toco el espejo a oscuras. Una planicie indefensa
donde pierdo mi frontera
y mis huesos pierdo
como si el espacio me hubiera envenenado.

Si cruzo esta noche, si amanece,
pínteme la vida
porque nunca es el mismo
el resucitado,
de madre, en el mirar eternamente,
y, de tanto morir,
padre.

Soy yo la oscuridad.
Yo, las inclemencias del que no se ve

y,
porque he visto,
soy el que mendiga.


de “Versión de la materia” (1982)





LEOPOLDO "TEUCO" CASTILLA (ARGENTINA, 1947)

mayo 06, 2012

LOS PERROS ROMÁNTICOS - ROBERTO BOLAÑO



LOS PERROS ROMÁNTICOS

En aquel tiempo yo tenía veinte años 
y estaba loco. 
Había perdido un país 
pero había ganado un sueño. 
Y si tenía ese sueño 
lo demás no importaba. 
Ni trabajar ni rezar 
ni estudiar en la madrugada 
junto a los perros románticos. 
Y el sueño vivía en el vacío de mi espíritu. 
Una habitación de madera, 
en penumbras, 
en uno de los pulmones del trópico. 
Y a veces me volvía dentro de mí 
y visitaba el sueño: estatua eternizada 
en pensamientos líquidos, 
un gusano blanco retorciéndose 
en el amor. 
Un amor desbocado. 
Un sueño dentro de otro sueño. 
Y la pesadilla me decía: crecerás. 
Dejarás atrás las imágenes del dolor y del laberinto 
y olvidarás. 
Pero en aquel tiempo crecer hubiera sido un crimen. 
Estoy aquí, dije, con los perros románticos 
y aquí me voy a quedar.


AUTORRETRATO A LOS VEINTE AÑOS 

Me dejé ir, lo tomé en marcha y no supe nunca 
hacia dónde hubiera podido llevarme. Iba lleno de miedo, 
se me aflojó el estómago y me zumbaba la cabeza: 
yo creo que era el aire frío de los muertos. 
No sé. Me dejé ir, pensé que era una pena 
acabar tan pronto, pero por otra parte 
escuché aquella llamada misteriosa y convincente. 
O la escuchas o no la escuchas, y yo la escuché 
y casi me eché a llorar: un sonido terrible, 
nacido en el aire y en el mar. 
Un escudo y una espada. Entonces, 
pese al miedo, me dejé ir, puse mi mejilla 
junto a la mejilla de la muerte. 
Y me fue imposible cerrar los ojos y no ver 
aquel espectáculo extraño, lento y extraño, 
aunque empotrado en una realidad velocísima: 
miles de muchachos como yo, lampiños 
o barbudos, pero latinoamericanos todos, 
juntando sus mejillas con la muerte.



RESURRECCIÓN 

La poesía entra en el sueño 
como un buzo en un lago. 
La poesía, más valiente que nadie, 
entra y cae 
a plomo 
en un lago infinito como Loch Ness 
o turbio e infausto como el lago Balatón. 
Contempladla desde el fondo: 
un buzo 
inocente 
envuelto en las plumas 
de la voluntad. 
La poesía entra en el sueño 
como un buzo muerto 
en el ojo de Dios.


EN LA SALA DE LECTURAS DEL INFIERNO

En la sala de lecturas del Infierno    En el club 
de aficionados a la ciencia-ficción 
En los patios escarchados    En los dormitorios de tránsito 
En los caminos de hielo    Cuando ya todo parece más claro 
Y cada instante es mejor y menos importante 
Con un cigarrillo en la boca y con miedo    A veces 
los ojos verdes    Y 26 años     Un servidor 




SONI 

Estoy en un bar y alguien se llama Soni
El suelo está cubierto de ceniza    Como un pájaro 
como un solo pájaro llegan dos ancianos
Arquíloco y Anacreonte y Simónides    Miserables 
refugios del Mediterráneo     No preguntarme que hago 
aquí, no recordar que he estado con una muchacha 
pálida y rica    Sin embargo sólo recuerdo rubor
la palabra vergüenza después de la palabra vacío
Soni Soni!    La tendí de espaldas y restregué 
mi pene sobre su cintura     El perro ladró en la calle 
abajo había un cine y después de eyacular 
pensé «dos cines» y el vacío Arquíloco y Anacreonte 
y Simónides ciñéndose ramas de sauce     El hombre 
no busca la vida, dije, la tendí de espaldas y se
lo metí de un envión     Algo crujió entre las orejas 
del perro    Crac!    Estamos perdidos
Sólo falta que te enfermes, dije     Y Soni
se separó del grupo    La luz de los vidrios sucios
lo presentó como un Dios y el autor 
cerró los ojos


ERNESTO CARDENAL Y YO 

Iba caminando, sudado y con el pelo pegado 
en la cara 
cuando vi a Ernesto Cardenal que venía 
en dirección contraria 
y a modo de saludo le dije: 
Padre, en el Reino de los Cielos 
que es el comunismo, 
¿tienen un sitio los homosexuales? 
Sí, dijo él. 
¿Y los masturbadores impenitentes? 
¿Los esclavos del sexo? 
¿Los bromistas del sexo? 
¿Los sadomasoquistas, las putas, los fanáticos 
de los enemas, 
los que ya no pueden más, los que de verdad 
ya no pueden más? 
Y Cardenal dijo sí. 
Y yo levanté la vista 
y las nubes parecían 
sonrisas de gatos levemente rosadas 
y los árboles que pespunteaban la colina 
(la colina que hemos de subir) 
agitaban las ramas. 
Los árboles salvajes, como diciendo 
algún día, más temprano que tarde, has de venir 
a mis brazos gomosos, a mis brazos sarmentosos, 
a mis brazos fríos. Una frialdad vegetal 
que te erizará los pelos.




SANGRIENTO DÍA DE LLUVIA 

Ah, sangriento día de lluvia 
qué haces en el alma de los desamparados, 
sangriento día de voluntad apenas entrevista: 
detrás de la cortina de juncos, en el barrizal, 
con los dedos de los pies agarrotados en el dolor 
como un animal pequeño y tembloroso: 
pero tu no eres pequeño y tus temblores son de placer, 
día revestido con las potencias de la voluntad, 
aterido y fijo en un barrizal que acaso no sea 
de este mundo, descalzo en medio del sueño que se mueve 
desde nuestros corazones hasta nuestras necesidades, 
desde la ira hasta el deseo: cortina de juncos 
que se abre y nos ensucia y nos abraza.


EL GUSANO 

Demos gracias por nuestra pobreza, dijo el tipo vestido con harapos. 
Lo vi con este ojo: vagaba por un pueblo de casas chatas, 
hechas de cemento y ladrillos, entre México y Estados Unidos. 
Demos gracias por nuestra violencia, dijo, aunque sea estéril 
como un fantasma, aunque a nada nos conduzca, 
tampoco estos caminos conducen a ninguna parte. 
Lo vi con este ojo: gesticulaba sobre un fondo rosado 
que se resistía al negro, ah, los atardeceres de la frontera, 
leídos y perdidos para siempre. 
Los atardeceres que envolvieron al padre de Lisa 
a principios de los cincuenta. 
Los atardeceres que vieron pasar a Mario Santiago, 
arriba y abajo, aterido de frío, en el asiento trasero 
del coche de un contrabandista. Los atardeceres 
del infinito blanco y del infinito negro. 
Lo vi con este ojo: parecía un gusano con sombrero de paja 
y mirada de asesino 
y viajaba por los pueblos del norte de México 
como si anduviera perdido, desalojado de la mente, 
desalojado del sueño grande, el de todos, 
y sus palabras eran, madre mía, terroríficas. 
Parecía un gusano con sombrero de paja, 
ropas blancas 
y mirada de asesino. 
Y viajaba como un trompo 
por los pueblos del norte de México 
sin atreverse a dar el paso, 
sin decidirse 
a bajar al D.F.
Lo vi con este ojo 
ir y venir
entre vendedores ambulantes y borrachos, 
temido, 
con el verbo desbocado por calles 
de casas de adobe. 
Parecía un gusano blanco 
con un Bali entre los labios 
o un Delicados sin filtro. 
Y viajaba de un lado a otro 
de los sueños, 
tal que un gusano de tierra, 
arrastrando su desesperación, 
comiéndosela. 
Un gusano blanco con sombrero de paja 
bajo el sol del norte de México,   
en las tierras regadas con sangre y palabras mordaces 
de la frontera, la puerta del Cuerpo que vio Sam Peckinpah, 
la puerta de la Mente desalojada, el puritito 
azote, y el maldito gusano blanco allí estaba, 
con su sombrero de paja y su pitillo colgando 
del labio inferior, y tenía la misma mirada 
de asesino de siempre. 
Lo vi y le dije tengo tres bultos en la cabeza 
y la ciencia ya no puede hacer nada conmigo. 
Lo vi y le dije sáquese de mi huella so mamón, 
la poesía es más valiente que nadie, 
las tierras regadas con sangre me la pelan, la Mente desalojada 
apenas si estremece mis sentidos. 
De estas pesadillas sólo conservaré 
estas pobres casas, 
estas calles barridas por el viento  y no su mirada de asesino. 
Parecía un gusano blanco con su sombrero de paja 
y su pistola automática debajo de la camisa 
y no paraba de hablar solo o con cualquiera 
acerca de un poblado que tenía 
por lo menos dos mil o tres mil años, 
allá por el norte, cerca de la frontera 
con los Estados Unidos, 
un lugar que todavía existía, 
digamos cuarenta casas, 
dos cantinas, 
una tienda de comestibles, 
un pueblo de vigilantes y asesinos 
como él mismo, 
casas de adobe y patios encementados 
donde los ojos no se despegaban 
del horizonte 
(de ese horizonte color carne 
como la espalda de un moribundo). 
¿Y qué esperaban que apareciera por allí?, pregunté. 
El viento y el polvo, tal vez. 
Un sueño mínimo 
pero en el que empeñaban 
toda su obstinación, toda su voluntad. 
Parecía un gusano blanco con sombrero de paja y un Delicados 
colgando del labio inferior. 
Parecía un chileno de veintidós años entrando en el Café La Habana 
y observando a una muchacha rubia 
sentada en el fondo, 
en la Mente desalojada. 
Parecían las caminatas a altas horas de la noche 
de Mario Santiago.  En la Mente desalojada. 
En los espejos encantados. 
En el huracán del D.F. 
Los dedos cortados renacían 
con velocidad sorprendente. 
Dedos cortados, 
quebrados, 
esparcidos 
en el aire del D.F.


LUPE 


Trabajaba en la Guerrero, a pocas calles de la casa de Julián 
y tenía 17 años y había perdido un hijo. 
El recuerdo la hacía llorar en aquel cuarto del hotel Trébol, 
espacioso y oscuro, con baño y bidet, el sitio ideal 
para vivir durante algunos años. El sitio ideal para escribir 
un libro de memorias apócrifas o un ramillete 
de poemas de terror. Lupe 
era delgada y tenía las piernas largas y manchadas 
como los leopardos. 
La primera vez ni siquiera tuve una erección: 
tampoco esperaba tener una erección. Lupe habló de su vida 
y de lo que para ella era la felicidad. 
Al cabo de una semana nos volvimos a ver. La encontré 
en una esquina junto a otras putitas adolescentes, 
apoyada en los guardabarros de un viejo Cadillac. 
Creo que nos alegramos de vemos. A partir de entonces 
Lupe empezó a contarme cosas de su vida, a veces llorando, 
a veces cogiendo, casi siempre desnudos en la cama, 
mirando el cielorraso tomados de la mano. 
Su hijo nació enfermo y Lupe prometió a la Virgen 
que dejaría el oficio si su bebé se curaba. 
Mantuvo la promesa un mes o dos y luego tuvo que volver. 
Poco después su hijo murió y Lupe decía que la culpa 
era suya por no cumplir con la Virgen. 
La Virgen se llevó al angelito por una promesa no sostenida. 

Yo no sabía qué decirle. 
Me gustaban los niños, seguro, 
pero aún faltaban muchos años para que supiera 
lo que era tener un hijo. 
Así que me quedaba callado y pensaba en lo extraño
que resultaba el silencio de aquel hotel. 
O tenía las paredes muy gruesas o éramos los únicos ocupantes 
o los demás no abrían la boca ni para gemir. 
Era tan fácil manejar a Lupe y sentirte hombre 
y sentirte desgraciado. Era fácil acompasarla 
a tu ritmo y era fácil escucharla referir 
las últimas películas de terror que había visto 
en el cine Bucareli. 
Sus piernas de leopardo se anudaban en mi cintura 
y hundía su cabeza en mi pecho buscando mis pezones 
o el latido de mi corazón. 
Eso es lo que quiero chuparte, me dijo una noche. 
¿Qué, Lupe? El corazón. 


LOS ARTILLEROS 


En este poema los artilleros están juntos. 
Blancos sus rostros, las manos 
entrelazando sus cuerpos o en los bolsillos. 
Algunos tienen los ojos cerrados o miran el suelo. 
Los otros te consideran. 
Ojos que el tiempo ha vaciado. Vuelven 
hacia ellos después de este intervalo. 
El reencuentro sólo les devuelve 
la certidumbre de su unión.


LA FRANCESA 

Una mujer inteligente. 
Una mujer hermosa. 
Conocía todas las variantes, todas las posibilidades. 
Lectora de los aforismos de Duchamp y de los relatos de Defoe. 
En general con un auto control envidiable, 
Salvo cuando se deprimía y se emborrachaba, 
Algo que podía durar dos o tres días, 
Una sucesión de burdeos y valiums 
Que te ponía la carne de gallina. 
Entonces solía contarte las historias que le sucedieron 
Entre los 15 y los 18. 
Una película de sexo y de terror, 
Cuerpos desnudos y negocios en los límites de la ley, 
Una actriz vocacional y al mismo tiempo una chica con extraños rasgos de avaricia. 
La conocí cuando acababa de cumplir los 25, 
En una época tranquila. 
Supongo que tenía miedo de la vejez y de la muerte. 
La vejez para ella eran los treinta años, 
La Guerra de los Treinta Años, 
Los treinta años de Cristo cuando empezó a predicar, 
Una edad como cualquier otra, le decía mientras cenábamos 
A la luz de las velas 
Contemplando el discurrir del río más literario del planeta. 
Pero para nosotros el prestigio estaba en otra parte, 
En las bandas poseídas por la lentitud, en los gestos 
Exquisitamente lentos 
Del desarreglo nervioso, 
En las camas oscuras, 
En la multiplicación geométrica de las vitrinas vacías 
Y en el hoyo de la realidad, 
Nuestro absoluto,  Nuestro Voltaire, 
Nuestra filosofía de dormitorio y tocador. 
Como decía, una muchacha inteligente, 
Con esa rara virtud previsora 
(Rara para nosotros, latinoamericanos) 
Que es tan común en su patria,
En donde hasta los asesinos tienen una cartilla de ahorros 
y ella no iba a ser menos, 
Una cartilla de ahorros y una foto de Tristán Cabral, 
La nostalgia de lo no vivido,  . 
Mientras aquel prestigioso río arrastraba un sol moribundo 
Y sobre sus mejillas rodaban lágrimas aparentemente gratuitas. 
No me quiero morir, susurraba mientras se corría 
En la perspicaz oscuridad del dormitorio, 
Y yo no sabía qué decir, 
En verdad no sabía qué decir, 
Salvo acariciada y sostenerla mientras se movía 
Arriba y abajo como la vida,   
Arriba y abajo como las poetas de Francia 
Inocentes y castigadas, 
Hasta que volvía al planeta Tierra 
Y de sus labios brotaban 
Pasajes de su adolescencia que de improviso llenaban nuestra habitación 
Con duplicados que lloraban en las escaleras automáticas del metro, 
Con duplicados que hacían el amor con dos tipos a la vez
Mientras afuera caía la lluvia 
Sobre las bolsas de basura y sobre las pistolas abandonadas 
En las bolsas de basura, 
La lluvia que todo lo lava 
Menos la memoria y la razón. 
Vestidos, chaquetas de cuero, botas italianas, lencería para volverse loco, 
Para volverla loca, 
Aparecían y desaparecían en nuestra habitación fosforescente y pulsátil, 
Y trazos rápidos de otras aventuras menos íntimas
Fulguraban en sus ojos heridos como luciérnagas. 
Un amor que no iba a durar mucho 
Pero que a la postre resultaría inolvidable. 
Eso dijo, 
Sentada junto a la ventana, 
Su rostro suspendido en el tiempo, 
Sus labios: los labios de una estatua. 
Un amor inolvidable 
Bajo la lluvia, 
Bajo ese cielo erizado de antenas en donde convivían 
Los artesonados del Siglo XVII 
Con las cagadas de palomas del Siglo XX. 
Y en medio 
Toda la inextinguible capacidad de provocar dolor, 
Invicta a través de los años, 
Invicta a través de los amores 
Inolvidables. 
Eso dijo, sí. 
Un amor inolvidable 
Y breve, 
¿Como un huracán?, 
No, un amor breve como el suspiro de una cabeza guillotinada, 
La cabeza de un rey o un conde bretón, 
Breve como la belleza, 
La belleza absoluta, 
La que contiene toda la grandeza y la miseria del mundo 
Y que sólo es visible para quienes aman.


EL MONO EXTERIOR 

¿Te acuerdas del Triunfo de Alejandro Magno, de Gustave Moreau? 
La belleza y el terror, el instante de cristal en que se corta 
la respiración. Pero tú no te detuviste bajo esa cúpula 
en penumbras, bajo esa cúpula iluminada por los feroces 
rayos de armonía. Ni se te cortó la respiración. 
Caminaste como un mono infatigable entre los dioses 
pues sabías −o tal vez no− que el Triunfo desplegaba 
sus armas bajo la caverna de PIatón: imágenes, 
sombras sin sustancia, soberanía del vacío. Tú querías 
alcanzar el árbol y el pájaro, los restos 
de una pobre fiesta al aire libre, la tierra yerma 
regada con sangre, el escenario del crimen donde pacen 
las estatuas de los fotógrafos y de los policías, y la pugnaz vida 
a la intemperie. ¡Ah, la pugnaz vida a la intemperie! 


SUCIO, MAL VESTIDO 

En el camino de los perros mi alma encontró 
a mi corazón. Destrozado, pero vivo, 
sucio, mal vestido y lleno de amor. 
En el camino de los perros, allí donde no quiere ir nadie. 
Un camino que sólo recorren los poetas 
cuando ya no les queda nada por hacer. 
¡Pero yo tenía tantas cosas que hacer todavía! 
Y sin embargo allí estaba: haciéndome matar 
por las hormigas rojas y también 
por las hormigas negras, recorriendo las aldeas 
vacías: el espanto que se elevaba 
hasta tocar las estrellas. 
Un chileno educado en México lo puede soportar todo, 
pensaba, pero no era verdad. 
Por las noches mi corazón lloraba. El río del ser, decían 
unos labios afiebrados que luego descubrí eran los míos, 
el río del ser, el río del ser, el éxtasis 
que se pliega en la ribera de estas aldeas abandonadas. 
Sumulistas y teólogos, adivinadores 
y salteadores de caminos emergieron 
como realidades acuáticas en medio de una realidad metálica. 
Sólo la fiebre y la poesía provocan visiones. 
Sólo el amor y la memoria. 
No estos caminos ni estas llanuras. 
No estos laberintos. 
Hasta que por fin mi alma encontró a mi corazón. 
Estaba enfermo, es cierto, pero estaba vivo. 


*  *  *



                                                                        Soñé con detectives helados en el gran 
                                                                        refrigerador de Los Ángeles 
                                                                        en el gran refrigerador de México D.F. 



LOS DETECTIVES 

Soñé con detectives perdidos en la ciudad oscura. 
oí sus gemidos, sus náuseas, la delicadeza 
de sus fugas. 
Soñé con dos pintores que aún no tenían 
40 años cuando Colón 
descubrió América. 
(Uno clásico, intemporal, el otro 
moderno siempre, 
como la mierda.) 
Soñé con una huella luminosa, 
la senda de las serpientes 
recorrida una y otra vez 
por detectives 
absolutamente desesperados. 
Soñé con un caso difícil, 
vi los pasillos llenos de policías, 
vi los cuestionarios que nadie resuelve, 
los archivos ignominiosos, 
y luego vi al detective 
volver al lugar del crimen 
solo y tranquilo 
como en las peores pesadillas, 
lo vi sentarse en el suelo y fumar 
en un dormitorio con sangre seca 
mientras las agujas del reloj 
viajaban encogidas por la noche 
interminable. 


LOS DETECTIVES PERDIDOS
 
Los detectives perdidos en la ciudad oscura. 
Oí sus gemidos. 
Oí sus pasos en el Teatro de la Juventud. 
Una voz que avanza como una flecha. 
Sombra de cafés y parques 
frecuentados en la adolescencia. 
Los detectives que observan 
sus manos abiertas, 
el destino manchado con la propia sangre. 
Y tú no puedes ni siquiera recordar 
en dónde estuvo la herida, 
los rostros que una vez amaste, 
la mujer que te salvó la vida. 


LOS DETECTIVES HELADOS 

Soñé con detectives helados, detectives latinoamericanos 
que intentaban mantener los ojos abiertos 
en medio del sueño. 
Soñé con crímenes horribles 
y con tipos cuidadosos 
que procuraban no pisar los charcos de sangre 
y al mismo tiempo abarcar con una sola mirada 
el escenario del crimen. 
Soñé con detectives perdidos 
en el espejo convexo de los Arnolfini: 
nuestra época, nuestras perspectivas, 
nuestros modelos del Espanto.


FRAGMENTOS

Detective abrumado ... Ciudades extranjeras 
con teatros de nombres griegos 
los muchachos mallorquines se suicidaron 
en el balcón a las cuatro de la mañana 
las chicas se asomaron al oír el primer disparo 
Dionisios Apolo Venus Hércules... 
Con variedad    El amanecer 
sobre los edificios alineados 
Un tipo que escucha las noticias dentro del coche 
y la lluvia repiquetea sobre la carrocería 
Orfeo... 


EL FANTASMA DE EDNA LIEBERMAN 

Te visitan en la hora más oscura 
todos tus amores perdidos. 
El camino de tierra que conducía al manicomio 
se despliega otra vez como los ojos 
de Edna Lieberman, 
como sólo podían sus ojos 
elevarse por encima de las ciudades 
y brillar. 
Y brillan nuevamente para ti 
los ojos de Edna 
detrás del aro de fuego 
que antes era el camino de tierra, 
la senda que recorriste de noche, 
ida y vuelta, 
una y otra vez, 
buscándola o acaso 
buscando tu sombra. 
Y despiertas silenciosamente 
y los ojos de Edna 
están allí. 
Entre la luna y el aro de fuego, 
leyendo a sus poetas mexicanos 
favoritos. 
¿ y a Gilberto Owen, 
lo has leído?, 
dicen tus labios sin sonido, 
dice tu respiración 
y tu sangre que circula 
como la luz de un faro. 
Pero son sus ojos el faro 
que atraviesa tu silencio.
Sus ojos que son como el libro 
de geografía ideal: 
los mapas de la pesadilla pura. 
Y tu sangre ilumina 
los estantes con libros, las sillas 
con libros, el suelo 
lleno de libros apilados. 
Pero los ojos de Edna 
sólo te buscan a ti. 
Sus ojos son el libro 
más buscado. 
Demasiado tarde 
lo has entendido, pero 
no importa. 
En el sueño vuelves 
a estrechar sus manos, 
y ya no pides nada.


LA VISITA AL CONVALECIENTE
 
Es 1976 y la Revolución ha sido derrotada 
pero aún no lo sabemos. 
Tenemos 22, 23 años. 
Mario Santiago y yo caminamos por una calle en blanco y negro. 
Al final de la calle, en una vecindad escapada de una película de los años cincuenta está la casa de los padres de Darío Galicia.]
Es el año 1976 y a Darío Galicia le han trepanado el cerebro. 
Está vivo, la Revolución ha sido derrotada, el día es bonito 
pese a los nubarrones que avanzan lentamente desde el norte cruzando el valle. 
Darío nos recibe recostado en un diván. 
Pero antes hablamos con sus padres, dos personas ya mayores, el señor y la señora Ardilla que contemplan cómo el bosque se quema desde una rama verde suspendida en el sueño. ] 
Y la madre nos mira y no nos ve o ve cosas de nosotros que nosotros no sabemos. 
Es 1976 y aunque todas las puertas parecen abiertas, 
de hecho, si prestáramos atención, podríamos oír cómo 
una a una las puertas se cierran. 
Las puertas: secciones de metal, planchas de acero reforzado, una a una se van cerrando en la película del infinito. ] 
Pero nosotros tenemos 22 o 23 años y el infinito no nos asusta. 
A Darío Galicia le han trepanado el cerebro, ¡dos veces!, 
y uno de los aneurismas se le reventó en medio del Sueño. 
Los amigos dicen que ha perdido la memoria. 
Así, pues, Mario y yo nos abrimos paso entre películas mexicanas de los cuarenta 
y llegamos hasta sus manos flacas que reposan sobre las rodillas en un gesto de plácida espera.] 
Es 1976 Y es México y los amigos dicen que Darío lo ha olvidado todo, incluso su propia homosexualidad.]   
Y el padre de Darío dice que no hay mal que por bien no venga. 
Y afuera llueve a cántaros:
en el patio de la vecindad la lluvia barre las escaleras  y los pasillos 
y se desliza por los rostros de Tin Tan, Resortes y Calambres 
que velan en la semi transparencia el año de 1976. 
Y Darío comienza a hablar. Está emocionado. 
Está contento de que lo hayamos ido a visitar. 
Su voz como la de un pájaro: aguda, otra voz, 
como si le hubieran hecho algo en las cuerdas vocales. 
Ya le crece el pelo pero aún pueden verse las cicatrices de la trepanación. 
Estoy bien, dice. 
A veces el sueño es tan monótono. 
Rincones, regiones desconocidas, pero del mismo sueño. 
Naturalmente no ha olvidado que es homosexual (nos reímos), 
como tampoco ha olvidado respirar. 
Estuve a punto de morir, dice después de pensarlo mucho. 
Por un momento creemos que va a llorar. 
Pero no es él el que llora. 
Tampoco es Mario ni yo. 
Sin embargo alguien llora mientras atardece con una lentitud inaudita. 
Y Darío dice: el pire definitivo y habla de Vera que estuvo con él en el hospital y de otros rostros que Mario y yo no conocemos y que ahora él tampoco reconoce.]   
El pire en blanco y negro de las películas de los cuarenta-cincuenta. 
Pedro Infante y Tony Aguilar vestidos de policías 
recorriendo en sus motos el atardecer infinito de México. 
Y alguien llora pero no somos nosotros. 
Si escucháramos con atención podríamos oír los portazos de la historia o del destino. 
Pero nosotros sólo escuchamos los hipos de alguien que llora 
en alguna parte. 
Y Mario se pone a leer poemas. 
Le lee poemas a Darío, la voz de Mario tan hermosa mientras afuera cae la lluvia, 
y Darío susurra que le gustan los poetas franceses. 
Poetas que sólo él y Mario y yo conocemos. 
Muchachos de la entonces inimaginable ciudad de París con los ojos enrojecidos por el suicidio.   
¡Cuánto le gustan!   Como a mí me gustaban las calles de México en 1968. 
Tenía entonces quince años y acababa de llegar. 
Era un emigrante de quince años pero las calles de México lo primero que me dicen es que allí todos somos emigrantes, emigrantes del Espíritu.]   
Ah, las hermosas, las nunca demasiado ponderadas, las terribles 
calles de México colgando del abismo 
mientras las demás ciudades del mundo 
se hunden en lo uniforme y silencioso. 
Y los muchachos, los valientes muchachos homosexuales estampados como santos fosforescentes en todos estos años, desde 1968 hasta 1976.]   
Como en un túnel del tiempo, el hoyo que aparece donde menos te lo esperas, 
el hoyo metafísico de los adolescentes maricas que se enfrentan 
  −¡más valientes que nadie!− a la poesía y a la adversidad. 
Pero es el año 1976 y la cabeza de Darío Galicia tiene las marcas indelebles de una trepanación. 
Es el año previo de los adioses 
que avanza como un enorme pájaro drogado 
por los callejones sin salida de una vecindad 
detenida en el tiempo. 
Como un río de negra orina que circunvala la arteria principal de México, 
río hablado y navegado por las ratas negras de Chapultepec, 
río-palabra, el anillo líquido de las vecindades perdidas en el tiempo. 
Y aunque la voz de Mario y la actual voz de Darío
aguda como la de un dibujo animado 
llenen de calidez nuestro aire adverso, 
yo sé que en las imágenes que nos contemplan con anticipada piedad, 
en los iconos transparentes de la pasión mexicana, 
se agazapan la gran advertencia y el gran perdón, 
aquello innombrable, parte del sueño, que muchos años después 
llamaremos con nombres varios que significan derrota. 
La derrota de la poesía verdadera, la que nosotros escribimos con sangre. 
Y semen y sudor, dice Darío. 
Y lágrimas, dice Mario. 
Aunque ninguno de los tres está llorando.


GODZILLA EN MÉXICO

Atiende esto, hijo mío: las bombas caían
sobre la ciudad de México
pero nadie se daba cuenta.
El aire llevó el veneno a través 
de las calles y las ventanas abiertas.
Tú acababas de comer y veías en la tele
los dibujos animados.
Yo leía en la habitación de al lado
cuando supe que íbamos a morir.
Pese al mareo y las náuseas me arrastré
hasta el comedor y te encontré en el suelo.
Nos abrazamos. Me preguntaste qué pasaba
y yo no dije que estábamos en el programa de la muerte
sino que íbamos a iniciar un viaje,
uno más, juntos, y que no tuvieras miedo.
Al marcharse, la muerte ni siquiera
nos cerró los ojos.
¿Qué somos?, me preguntaste una semana o un año después,
¿hormigas, abejas, cifras equivocadas
en la gran sopa podrida del azar?
Somos seres humanos, hijo mío, casi pájaros,
héroes públicos y secretos.

VERSOS DE JUAN RAMÓN

Malherido en un bar que podía ser o podía no ser mi victoria,
como un charro mexicano de finos bigotes negros
y traje de paño con recamados de plata, sentencié
sin mayores reflexiones la pena de la lengua española. No hay
poeta mayor que Juan Ramón Jiménez, dije, ni versos más altos
en la lírica goda del siglo XX que estos que a continuación recito:

       Mare, me jeché arena zobre la quemaúra.
       Te yamé, te yamé dejde er camino... ¡Nunca
       ejtubo esto tan zolo! Laj yama me comían,
       mare, y yo te yamaba, y tú nunca benía!


Después permanecí en silencio, hundido de quijada en mis fantasmas,
pensando en Juan Ramón y pensando en las islas que se hinchan,
que se juntan, que se separan.
Como un charro mexicano del infierno, dijo horas o días más tarde
la mujer con la que vivía. Es posible.
Como un charro mexicano de carbón
entre la legión de inocentes.


DINO CAMPANA REVISA SU BIOGRAFÍA EN EL PSIQUIÁTRICO DE CASTEL PULCI 

Servía para la química, para la química pura. 
Pero preferí ser un vagabundo. 
Vi el amor de mi madre en las tempestades del planeta. 
Vi ojos sin cuerpo, ojos ingrávidos orbitando alrededor de mi lecho. 
Decían que no estaba bien de la cabeza . 
Tomé trenes y barcos, recorrí la tierra de los justos 
en la hora más temprana y con la gente más humilde: 
gitanos y feriantes. 
Me despertaba temprano o no dormía. En la hora 
en que la niebla aún no ha despejado 
y los fantasmas guardianes del sueño avisan inútilmente. 
Oí los avisos y las alertas pero no supe descifrados. 
No iban dirigidos a mí sino a los que dormían, 
pero no supe descifrados. 
Palabras ininteligibles, gruñidos, gritos de dolor, lenguas 
extranjeras oí adonde quiera que fuese. 
Ejercí los oficios más bajos. 
Recorrí la Argentina y toda Europa en la hora en que todos 
duermen y los fantasmas guardianes del sueño aparecen. 
Pero guardaban el sueño de los otros y no supe 
descifrar sus mensajes urgentes. 
Fragmentos tal vez sí, y por eso visité los manicomios 
y las cárceles. Fragmentos, 
sílabas quemantes. 
No creí en la posteridad, aunque a veces 
creí en la Quimera. 
Servía para la química, para la química pura.

PALINGENESIA
 
Estaba conversando con Archibald MacLeish en el bar «Los Marinos»
de la Barceloneta cuando la vi aparecer, una estatua de yeso 
caminando penosamente sobre los adoquines. Mi interlocutor 
también la vio y envió a un mozo a buscarla. Durante los primeros 
minutos ella no dijo una palabra. MacLeish pidió consomé y tapas 
de Mariscos, pan de payés con tomate y aceite, y cerveza San Miguel. 
Yo me conformé con una infusión de manzanilla y rodajas de pan 
integral. Debía cuidarme, dije. Entonces ella se decidió a hablar: 
Los bárbaros avanzan, susurró melodiosamente, una masa disforme, 
grávida de aullidos y juramentos, una larga noche manteada 
para iluminar el matrimonio de los músculos y la grasa. Luego 
su voz se apagó y dedicóse a ingerir las viandas. Una mujer Hambrienta y hermosa, dijo MacLeish, una tentación irresistible]   
para dos poetas, si bien de diferentes lenguas, del mismo indómito 
Nuevo Mundo. Le di la razón sin entender del todos sus palabras 
y cerré los ojos. Cuando desperté MacLeish se había ido. La estatua 
estaba allí, en la calle, sus restos esparcidos entre la irregular 
acera y los viejos adoquines. El cielo, horas antes azul, se había vuelto 
negro como un rencor insuperable. Va a llover, dijo un niño 
descalzo, temblando sin motivo aparente. Nos miramos un rato: 
con el dedo indicó los trozos de yeso en el suelo. Nieve, dijo. 
No tiembles, respondí, no ocurrirá nada, la pesadilla, aunque cercana, 
ha pasado sin apenas tocarnos.


LAS ENFERMERAS
 
Una estela de enfermeras emprenden el regreso a casa. Protegido 
por mis polaroid las observo ir y volver. 
Ellas están protegidas por el crepúsculo. 
Una estela de enfermeras y una estela de alacranes. 
Van y vienen. 
¿A las siete de la tarde? ¿A las ocho 
de la tarde? 
A veces alguna levanta la mano y me saluda. Luego alcanza 
su coche, sin volverse, y desaparece 
protegida por el crepúsculo corno yo por mis polaroid. 
Entre ambas indefensiones está el jarrón de Poe. 
El florero sin fondo que contiene todos los crepúsculos, 
todos los lentes negros, todos 
los hospitales.


LOS CREPÚSCULOS DE BARCELONA

Qué decir sobre los crepúsculos ahogados de Barcelona. ¿Recordáis 
el cuadro de Rusiñol Erik Satie en el seu estudi? Así 
son los crepúsculos magnéticos de Barcelona, como los ojos y la 
cabellera de Satie, como las manos de Satie y como la simpatía 
de Rusiñol. Crepúsculos habitados por siluetas soberanas, magnificencia 
del sol y del mar sobre estas viviendas colgantes o subterráneas 
para el amor construidas. La ciudad de Sara Gibert y de Lola Paniagua, 
la ciudad de las estelas y de las confidencias absolutamente gratuitas. 
la ciudad de las genuflexiones y de los cordeles.


LA GRIEGA

Vimos a una mujer morena construir el acantilado. 
No más de un segundo, como alanceada por el sol. Como 
los párpados heridos del dios, el niño premeditado 
de nuestra playa infinita. La griega, la griega, 
repetían las putas del Mediterráneo, la brisa 
magistral: la que se autodirige, como una falange 
de estatuas de mármol, veteadas de sangre y voluntad, 
como un plan diabólico y risueño sostenido por el cielo 
y por tus ojos. Renegada de las ciudades y de la República, 
cuando crea que todo está perdido a tus ojos me fiaré. 
Cuando la derrota compasiva nos convenza de lo inútil 
que es seguir luchando, a tus ojos me fiaré.


EL SEÑOR WILTSHIRE

Todo ha terminado, dice la voz del sueño, y ahora eres el reflejo 
de aquel señor Wiltshire, comerciante de copra en los mares del sur, 
el blanco que desposó a Uma, que tuvo muchos hijos, 
el que mató a Case y el que jamás volvió a Inglaterra, 
eres como el cojo a quien el amor convirtió en héroe: 
nunca regresarás a tu tierra (¿pero cuál es tu tierra?), 
nunca serás un hombre sabio, vaya, ni siquiera un hombre 
razonablemente inteligente, pero el amor y tu sangre 
te hicieron dar un paso, incierto pero necesario, en medio 
de la noche, y el amor que guió ese paso te salva.


LLUVIA

Llueve y tú dices es como si las nubes
lloraran. Luego te cubres la boca y apresuras
el paso. ¿Cómo si esas nubes escuálidas lloraran?
Imposible. Pero entonces, ¿de dónde esa rabia,
esa desesperación que nos ha de llevar a todos al diablo?
La naturaleza oculta algunos de sus procedimientos
en el Misterio, su hermanastro. Así esta tarde
que consideras similar a una tarde del fin del mundo
más pronto de lo que crees te parecerá tan sólo
una tarde melancólica, una tarde de soledad perdida
en la memoria: el espejo de la Naturaleza. O bien
la olvidarás. Ni la lluvia, ni el llanto, ni tus pasos
que resuenan en el camino del acantilado importan.
Ahora puedes llorar y dejar que tu imagen se diluya
en los parabrisas de los coches estacionados a lo largo
del Paseo Marítimo. Pero no puedes perderte.


LA SUERTE

Él venía de una semana de trabajo en el campo 
en casa de un hijo de puta y era diciembre o enero, 
no lo recuerdo, pero hacía frío y al llegar a Barcelona la nieve 
comenzó a caer y él tomó el metro y llegó hasta la esquina 
de la casa de su amiga y la llamó por teléfono para que 
bajara y viera la nieve. Una noche hermosa, sin duda, 
y su amiga lo invitó a tomar café y luego hicieron el amor 
y conversaron y mucho después él se quedó dormido y soñó 
que llegaba a una casa en el campo y caía la nieve 
detrás de la casa, detrás de las montañas, caía la nieve 
y él se encontraba atrapado en el valle y llamaba por teléfono 
a su amiga y la voz fría (¡fría pero amable!) le decía 
que de ese hoyo inmaculado no salía ni el mas valiente 
a menos que tuviera mucha suerte.


RAYOS X

Si miramos con rayos X la casa del paciente 
veremos los fantasmas de los libros en estanterías silenciosas 
o apilados en el pasillo o sobre veladores y mesas. 
También veremos una libreta con dibujos, líneas y flechas 
que divergen y se intersecan: son los viajes en compañía 
de la muerte. Pero la muerte, pese al soberbio aide-mémoire
aun no a triunfado. Los rayos X nos dicen que el tiempo 
se ensancha y adelgaza como la cola de un cometa 
en el interior de la casa. La vida aún da los mejores 
frutos. Y así como el mar prometió a Jaufré Rudel 
la visión del amor, esta casa cercana al mar promete 
a su habitante el sueño de la torre destruida y construida. 
Si miramos, no obstante, con rayos X el interior del hombre 
veremos huesos y sombras: fantasmas de fiestas 
y paisajes en movimiento como contemplados desde un avión 
en barrena. Veremos los ojos que él vio, los labios 
que sus dedos rozaron, un cuerpo surgido 
de un temporal de nieve. Y veremos el cuerpo desnudo 
tal como él lo vio, y los ojos y los labios que rozó, 
y sabremos que no hay remedio.


EL ÚLTIMO CANTO DE AMOR 
DE PEDRO J. LASTARRIA, ALIAS «EL CHORITO»

Sudamericano en tierra de godos, 
este es mi canto de despedida 
ahora que los hospitales sobrevuelan 
los desayunos y las horas del té 
con una insistencia que no puedo 
sino remitir a la muerte. 
Se acabaron los crepúsculos 
largamente estudiados, se acabaron  
los juegos graciosos que no conducen 
a ninguna parte. Sudamericano 
en tierra más hostil 
que hospitalaria, me preparo 
para entrar en el largo 
pasillo incógnito 
donde dicen que florecen 
las oportunidades perdidas. 
Mi vida fue una sucesión 
de oportunidades perdidas, 
lector de Catulo en latín 
apenas tuve valor para pronunciar 
Sine qua non o Ad hoc 
en la hora más amarga 
de mi vida. Sudamericano 
en hospitales de godos, ¿qué hacer 
sino recordar las cosas amables 
que una vez me acaecieron? 
viajes infantiles, la elegancia 
de padres y abuelos, la generosidad 
de mi juventud perdida y con ella
la juventud perdida de tantos 
compatriotas 
son ahora el bálsamo de mi dolor 
son ahora el chiste incruento 
desencadenado en estas soledades 
que los godos no entienden 
o que entienden de otra manera. 
También yo fui elegante y generoso: 
Supe apreciar las tempestades, 
los gemidos del amor en las barracas 
y el llanto de las viudas, 
pero la experiencia es una estafa. 
En el hospital sólo me acompañan 
mi inmadurez premeditada 
y los resplandores vistos en otro planeta 
o en otra vida. 
La cabalgata de los monstruos 
en donde «El Chorito» 
tiene un papel destacado. 
Sudamericano en tierra de 
nadie, me preparo 
para entrar en el lago 
inmóvil, como mi ojo, 
donde se refractan las aventuras 
de Pedro Javier Lastarria 
desde el rayo incidente 
hasta el ángulo de incidencia, 
desde el seno del ángulo 
de refracción 
hasta la constante llamada 
índice de refracción. 
En plata: las malas cosas 
convertidas en buenas, 
en apariciones gloriosas  las metidas de pata, 
la memoria del fracaso 
convertida en la memoria 
del valor. Un sueño, 
tal vez, pero 
un sueño que he ganado 
a pulso. 
Que nadie siga mi ejemplo 
pero que sepan
que son los músculos de Lastarria 
los que abren este camino. 
Es el córtex de Lastarria, 
el entrechocar de dientes 
de Lastarria, el que ilumina 
esta noche negra del alma, 
reducida, para mi disfrute 
y reflexión, a este rincón 
de habitación en sombras, 
como piedra afiebrada, 
como desierto detenido 
en mi palabra. 
Sudamericano en tierra 
de sombras, 
yo que siempre fui 
un caballero, 
me preparo para asistir 
a mi propio vuelo de despedida.


MI VIDA EN LOS TUBOS DE SUPERVIVENCIA

Como era pigmeo y amarillo y de facciones agradables 
y como era listo y no estaba dispuesto a ser torturado 
en un campo de trabajo o en una celda acolchada 
me metieron en el interior de este platillo volante 
y me dijeron vuela y encuentra tu destino. ¿Pero qué 
destino iba a encontrar? La maldita nave parecía 
el holandés errante por los cielos del mundo, como si 
huir quisiera de mi minusvalía, de mi singular 
esqueleto: un escupitajo en la cara de la Religión, 
un hachazo de seda en la espalda de la Felicidad, 
sustento de la Moral y de la Ética, la escapada hacia adelante 
de mis hermanos verdugos y de mis hermanos desconocidos. 
Todos finalmente humanos y curiosos, todos huérfanos y 
jugadores ciegos en el borde del abismo. Pero todo eso 
en el platillo volador no podía sino serme indiferente. 
O lejano. O secundario. La mayor virtud de mi traidora especie 
es el valor, tal vez la única real, palpable hasta las lágrimas 
y los adioses. Y valor era lo que yo demandaba encerrado en 
el platillo, asombrando a los labradores y a los borrachos 
tirados en las acequias. Valor invocaba mientras la maldita nave 
rielaba por guetos y parques que para un paseante 
serían enormes, pero que para mí sólo eran tatuajes sin sentido, 
palabras magnéticas e indescifrables, apenas un gesto 
insinuado bajo el manto de nutrias del planeta. 
¿Es que me había convertido en Stefan Zweig y veía avanzar 
a mi suicida? Respecto a esto la frialdad de la nave 
era incontrovertible, sin embargo a veces soñaba 
con un país cálido, una terraza y un amor fiel y desesperado. 
Las lágrimas que luego derramaba permanecían en la superficie 
del platillo durante días, testimonio no de mi dolor, sino de 
una suerte de poesía exaltada que cada vez más a menudo
apretaba mi pecho, mis sienes y caderas. Una terraza, 
un país cálido y un amor de grandes ojos fieles 
avanzando lentamente a través del sueño, mientras la nave 
dejaba estelas de fuego en la ignorancia de mis hermanos 
y en su inocencia. Y una bola de luz éramos el platillo y yo 
en las retinas de los pobres campesinos, una imagen perecedera 
que no diría jamás lo suficiente acerca de mi anhelo 
ni del misterio que era el principio y el final 
de aquel incomprensible artefacto. Así hasta la 
conclusión de mis días, sometido al arbitrio de los vientos, 
soñando a veces que el platillo se estrellaba en una serranía 
de América y mi cadáver casi sin mácula surgía 
para ofrecerse al ojo de viejos montañeses e historiadores: 
Un huevo en un nido de hierros retorcidos. Soñando 
que el platillo y yo habíamos concluido la danza peripatética, 
nuestra pobre crítica de la Realidad, en una colisión indolora 
y anónima en alguno de los desiertos del planeta. Muerte 
que no me traía el descanso, pues tras corromperse mi carne 
aún seguía soñando.


JUNTO AL ACANTILADO

En hoteles que parecían organismos vivos. 
En hoteles como el interior de un perro de laboratorio. 
Hundidos en la ceniza. 
El tipo aquel, semidesnudo, ponía la misma canción una y otra vez. 
Y una mujer, la proyección holográfica de una mujer, salía a la terraza 
a contemplar las pesadillas o las astillas. 
Nadie entendía nada. 
Todo fallaba: el sonido, la percepción de la imagen. 
Pesadillas o astillas empotradas en el cielo 
a las nueve de la noche. 
En hoteles que parecían organismos vivos de películas de terror. 
Como cuando uno sueña que mata a una persona 
que no acaba nunca de morir. 
O como aquel otro sueño: el del tipo que evita un atraco 
o una violación y golpea al atracador 
hasta arrojado al suelo y allí lo sigue golpeando 
y una voz (¿pero qué voz?) le pregunta al atracador 
cómo se llama 
y el atracador dice tu nombre 
y tú dejas de golpear y dices no puede ser, ese es mi nombre, 
y la voz (las voces) dicen que es una casualidad, 
pero tú en el fondo nunca has creído en las casualidades. 
Y dices: debemos de ser parientes, tú eres el hijo 
de alguno de mis tíos o de mis primos. 
Pero cuando lo levantas y lo miras, tan flaco, tan frágil, 
comprendes que también esa historia es mentira. 
Tú eres el atracador, el violador, el rufián inepto 
que rueda por las calles inútiles del sueño. 
y entonces vuelves a los hoteles-coleópteros, a los hoteles-araña, 
a leer poesía junto al acantilado.


BÓLIDO

El automóvil negro desaparece 
en la curva del ser. Yo 
aparezco en la explanada: 
todos van a fallecer, dice el viejo 
que se apoya en la fachada. 
No me cuentes más historias: 
mi camino es el camino 
de la nieve, no del parecer 
más alto, más guapo, mejor. 
Murió Beltrán Morales, 
o eso dicen, murió 
Juan Luis Martínez, 
Rodrigo Lira se suicidó. 
Murió Philip K. Dick 
y ya sólo necesitamos 
lo estrictamente necesario. 
Ven, métete en mi cama. 
Acariciémonos toda la noche 
del ser y de su negro coche.


EL ÚLTIMO SALVAJE 

1

Salí de la última función a las calles vacías. El esqueleto 
pasó junto a mí, temblando, colgado del asta 
de un camión de basura. Grandes gorros amarillos 
ocultaban el rostro de los basureros, aun así creí reconocerlo: 
un viejo amigo. ¡Aquí estamos!, me dije a mí mismo 
unas doscientas veces, 
hasta que el camión desapareció en una esquina.

2  

No tenía adonde ir. Durante mucho tiempo 
vagué por los alrededores del cine 
buscando una cafetería, un bar abierto. 
Todo estaba cerrado, puertas y contraventanas, pero 
lo más curioso era que los edificios parecían vacíos, como 
si la gente ya no viviera allí. No tenía nada que hacer 
salvo dar vueltas y recordar 
pero incluso la memoria comenzó a fallarme.


Me vi a mí mismo como «El Último Salvaje» montado en 
una motocicleta blanca, recorriendo los caminos 
de Baja California. A mi izquierda el mar, a mi derecha el mar 
y en mi centro la caja llena de imágenes que paulatinamente 
se iban desvaneciendo. ¿Al final la caja quedaría vacía? 
¿Al final la moto se iría junto con las nubes? 
¿Al final Baja California y «El Último Salvaje» se fundirían 
con el Universo, con la Nada?

4  

Creí reconocerlo: debajo del gorro amarillo de basurero un amigo 
de la juventud. Nunca quieto. Nunca demasiado tiempo en un solo 
registro. De sus ojos oscuros decían los poetas: son como dos volantines 
suspendidos sobre la ciudad. Sin duda el más valiente. Y sus ojos 
como dos volantines negros en la noche negra. Colgado 
del asta del camión el esqueleto bailaba con la letra de nuestra 
juventud. El esqueleto bailaba con los volantines y con las sombras.

5  

Las calles estaban vacías. Tenía frío y en mi cerebro se sucedían 
las escenas de «El Último Salvaje». Una película de acción, con trampa: 
las cosas sólo ocurrían aparentemente. En el fondo: un valle quieto, 
petrificado, a salvo del viento y de la historia. Las motos, el fuego 
de las ametralladoras, los sabotajes, los 300 terroristas muertos, en realidad 
estaban hechos de una sustancia más leve que los sueños. Resplandor 
visto y no visto. Ojo visto y no visto. Hasta que la pantalla 
volvió al blanco, y salí a la calle.

6  

Los alrededores del cine, los edificios, los árboles, los buzones de correo, 
las bocas del alcantarillado, todo parecía más grande que antes 
de ver la película. Los artesonados eran como calles suspendidas en el aire. 
¿Había salido. de una película de la fijeza y entrado en una ciudad 
de gigantes. Por un momento creí que los volúmenes y las perspectivas 
enloquecían. Una locura natural. Sin aristas. ¡Incluso mi ropa 
había sido objeto de una mutación! Temblando, metí las manos 
en los bolsillos de mi guerrera negra y eché a andar.

7  

Seguí el rastro de los camiones de basura sin saber a ciencia cierta 
qué esperaba encontrar. Todas las avenidas 
desembocaban en un Estadio Olímpico de magnitudes colosales.
Un Estadio Olímpico dibujado en el vacío del universo. 
Recordé noches sin estrellas, los ojos de una mexicana, un adolescente 
con el torso desnudo y una navaja. Estoy en el lugar donde sólo 
se ve con la punta de los dedos, pensé. Aquí no hay nadie.

8  

Había ido a ver «El Último Salvaje» y al salir del cine 
no tenía adonde ir. De alguna manera yo era 
el personaje de la película y mi motocicleta negra me conducía 
directamente hacia la destrucción. No más lunas rielando 
sobre las vitrinas, no más camiones de basura, no más 
desaparecidos. Había visto a la muerte copular con el sueño 
y ahora estaba seco.


NI CRUDO NI COCIDO

Como quien hurga en un brasero apagado. 
Como quien remueve los carbones y recuerda. 
La Tempestad de Shakespeare, pero una lluvia sin fin. 
Como quien observa un brasero que exhala gases tóxicos 
en una gran habitación vacía. 
Aunque tal vez la grandeza de la habitación 
resida en la edad del observador. 
En todo caso: vacía, oscura, el suelo desigual, 
con cortinas donde no deberían, 
y muy pocos muebles. 
Como quien mueve las brasas 
y aspira a todo pulmón 
el aire criminal de la infancia. 
Como quien se acuclilla y piensa. 
Como quien remueve el carbón 
bajo La Tempestad de Shakespeare que golpea las calaminas. 
Como el carbón que exhala gases. 
Como las brasas deshojadas como una cebolla 
bajo la batuta del detective latinoamericano. 
Aunque tal vez todos estemos locos 
y nunca haya habido un crimen. 
Como quien camina de la mano 
de un maníaco depresivo. 
Escuchando a la lluvia batir 
los bosques, los caminos. 
Como quien respira junto al brasero 
y su mente remueve las brasas 
una a una. 
Como quien se vuelve a mirar a alguien 
por última vez 
y no lo ve.  Como las brasas que arden 
mientras Ariel y Calibán 
sostienen la soledad del muro del oeste. 
Acuclillados uno frente al otro. 
Como quien busca su rostro 
en el corazón de la cebolla. 
Hurgando, hurgando 
pese al frío y los gases: 
un abrigo de fantasía. 
Como quien remueve el brasero apagado 
con la batuta de un detective 
inexistente. 
Y La Tempestad de Shakespeare 
no aminora en esta isla maldita. 
Ah, como quien remueve las brasas 
y aspira a todo pulmón.


ATOLE

Vi a Mario Santiago y Orlando Guillén 
los poetas perdidos de México 
tomando atole con el dedo

En los murales de una nueva universidad 
llamada infierno o algo que podía ser 
una especie de infierno pedagógico

Pero os aseguro que la música de fondo 
era una huasteca veracruzana o tamaulipeca 
no soy capaz de precisarlo

Amigos míos era el día en que se estrenaba 
«Los Poetas Perdidos de México» 
así que ya se lo pueden imaginar

Y Mario y Orlando reían pero como en cámara lenta 
como si en el mural en el que vivían 
no existiera la prisa o la velocidad

No sé si me explico 
como si sus risas se desplegaran minuciosamente 
sobre un horizonte infinito

Esos cielos pintados por el Dr. Atl, ¿los recuerdas? 
sí, los recuerdo, y también recuerdo 
las risas de mis amigos

Cuando aún no vivían dentro del mural laberíntico 
apareciendo y desapareciendo como la poesía verdadera 
esa que ahora visitan los turistas

Borrachos y drogados como escritos con sangre 
ahora desaparecen por el esplendor geométrico 
que es el México que les pertenece

El México de las soledades y los recuerdos 
el del metro nocturno y los cafés chinos 
el del amanecer y el del atole


EL BURRO

A veces sueño que Mario Santiago 
viene a buscarme con su moto negra. 
Y dejamos atrás la ciudad y a medida 
que las luces van desapareciendo 
Mario Santiago me dice que se trata 
de una moto robada, la última moto 
robada para viajar por las pobres tierras 
del norte, en dirección a Texas, 
persiguiendo un sueño innombrable, 
inclasificable, el sueño de nuestra juventud, 
es decir el sueño más valiente de todos 
nuestros sueños. Y de tal manera 
cómo negarme a montar la veloz moto negra 
del norte y salir rajados por aquellos caminos 
que antaño recorrieran los santos de México, 
los poetas mendicantes de México, 
las sanguijuelas taciturnas de Tepito 
o la colonia Guerrero, todos en la misma senda, 
donde se confunden y mezclan los tiempos: 
verbales y físicos, el ayer y la afasia.

Y a veces sueño que Mario Santiago 
viene a buscarme, o es un poeta sin rostro, 
una cabeza sin ojos, ni boca, ni nariz, 
sólo piel y voluntad, y yo sin preguntar nada 
me subo a la moto y partimos 
por los caminos del norte, la cabeza y yo, 
extraños tripulantes embarcados en una ruta 
miserable, caminos borrados por el polvo y la lluvia, 
tierra de moscas y lagartijas, matorrales resecos 
y ventiscas de arena, el único teatro concebible
para nuestra poesía

Y a veces sueño que el camino 
que nuestra moto o nuestro anhelo recorre 
no empieza en mi sueño sino en el sueño 
de otros: los inocentes, los bienaventurados, 
los mansos, los que para nuestra desgracia 
ya no están aquí. Y así Mario Santiago y yo 
salimos de la ciudad de México que es la prolongación 
de tantos sueños, la materialización de tantas 
pesadillas, y remontamos los estados 
siempre hacia el norte, siempre por el camino 
de los coyotes, y nuestra moto entonces 
es del color de la noche. Nuestra moto 
es un burro negro que viaja sin prisa 
por las tierras de la Curiosidad. Un burro negro 
que se desplaza por la humanidad y la geometría 
de estos pobres paisajes desolados. 
Y la risa de Mario o de la cabeza 
saluda a los fantasmas de nuestra juventud, 
el sueño innombrable e inútil 
de la valentía.

Y a veces creo ver una moto negra 
como un burro alejándose por los caminos 
de tierra de Zacatecas y Coahuila, en los límites 
del sueño, y sin alcanzar a comprender 
su sentido, su significado último, 
comprendo no obstante su música: 
una alegre canción de despedida.

Y acaso son los gestos de valor los que 
nos dicen adiós, sin resentimiento ni amargura, 
en paz con su gratuidad absoluta y con nosotros mismos.
Son los pequeños desafíos inútiles -o que 
los años y la costumbre consintieron 
que creyéramos inútiles-los que nos saludan, 
los que nos hacen señales enigmáticas con las manos, 
en medio de la noche, a un lado de la carretera, 
como nuestros hijos queridos y abandonados, 
criados solos en estos desiertos calcáreos, 
como el resplandor que un día nos atravesó 
y que habíamos olvidado.

Y a veces sueño que Mario llega 
con su moto negra en medio de la pesadilla 
y partimos rumbo al norte, 
rumbo a los pueblos fantasmas donde moran 
las lagartijas y las moscas. 
y mientras el sueño me transporta 
de un continente a otro 
a través de una ducha de estrellas frías e indoloras, 
veo la moto negra, como un burro de otra planeta, 
partir en dos las tierras de Coahuila. 
un burro de otro planeta 
que es el anhelo desbocado de nuestra ignorancia, 
pero que también es nuestra esperanza 
y nuestro valor.

Un valor innombrable e inútil, bien cierto, 
pero reencontrado en los márgenes 
del sueño más remoto, 
en las particiones del sueño final, 
en la senda confusa y magnética 
de los burros y de los poetas.


LOS PASOS DE PARRA

Ahora Parra camina 
ahora Parra camina por Las Cruces 
Marcial y yo estamos quietos y oímos sus pisadas 
Chile es un pasillo largo y estrecho 
sin salida aparente 
EI Flandes indiano que se quema allá a los lejos 
un incendio rodeado de huellas 
o los restos de un incendio 
y los restos de unas huellas 
que el viento va borrando 
o diluyendo 
nadie te da la bienvenida a Dinamarca 
todos estamos haciendo 
lo indecible 
nadie te da la bienvenida a Dinamarca 
aquí está lloviendo 
y las cruces exhiben huellas 
de hormigas y de incendios 
oh el Flandes indiano 
el interminable pasillo de nuestro descontento 
en donde todo lo hecho parece deshecho 
el país de Zurita y de las cordilleras fritas 
el país de la eterna juventud 
sin embargo llueve y nadie se moja 
excepto Parra 
o sus pisadas que recorren 
estos tierrales en llamas 
petrificadas 
estos camposantos arados por bueyes 
inmóviles 
Oh el Flandes indiano de nuestra lengua esquizofrénica
toda pisada deja huella 
pero toda huella es inmóvil 
nada que ver con el hombre o la sombra 
que una vez pasó 
o que en e! último suspiro intentó 
materializar la cobra 
del sueño inmóvil 
o de lo que en el sueño sobra 
representaciones representaciones 
carentes de sustancia 
En el Flandes indiano de la fractura 
infinita 
pero nosotros sabemos que todos 
nuestros asuntos 
son finitos (alegres, sí, feroces, 
pero finitos) 
la revolución se llama Atlántida 
y es feroz e infinita 
mas no sirve para nada 
a caminar, entonces, latinoamericanos 
a caminar a caminar 
a buscar las pisadas extraviadas 
de los poetas perdidos 
en el fango inmóvil 
a perdemos en la nada 
o en la rosa de la nada 
allí donde sólo se oyen las pisadas 
de Parra 
y los sueños de generaciones 
sacrificadas bajo la rueda 
y no historiadas


Jus lo front port vostra bella semblança
                                                                         JORDI DE SANT JORDI

Intentaré olvidar   Un cuerpo que apareció durante la nevada 
Cuando todos estábamos solos    En el parque, en el montículo detrás 
de las canchas de básket    Dije detente y se volvió: 
un rostro blanco encendido por un noble corazón    Nunca 
había visto tanta belleza    La luna se distanciaba de la tierra 
De lejos llegaba el ruido de los coches en la autovía: gente 
que regresaba a casa    Todos vivíamos en un anuncio 
de televisión hasta que ella apartó las sucesivas 
cortinas de nieve y me dejó ver su rostro: el dolor 
y la belleza del mundo en su mirada Vi huellas 
diminutas sobre la nieve    Sentí el viento helado en la cara 
En el otro extremo del parque alguien hacía señales 
con una linterna    Cada copo de nieve estaba vivo 
Cada huevo de insecto estaba vivo y soñaba    Pensé: ahora 
me voy a quedar solo para siempre    Pero la nieve caía 
y caía y ella no se alejaba


MUSA

Era más hermosa que el sol 
y yo aún no tenía 16 años. 
24 han pasado 
y sigue a mi lado.

A veces la veo caminar 
sobre las montañas: es el ángel guardián 
de nuestras plegarias. 
Es el sueño que regresa

con la promesa y el silbido. 
El silbido que nos llama 
y que nos pierde. 
En sus ojos veo los rostros

de todos mis amores perdidos. 
Ah, Musa, protégeme, 
le digo, en los días terribles 
de la aventura incesante.

Nunca te separes de mí. 
Cuida mis pasos y los pasos 
de mi hijo Lautaro. 
Déjame sentir la punta de tus dedos 
otra vez sobre mi espalda, 
empujándome, cuando todo esté oscuro, 
cuando todo esté perdido. 
Déjame oír nuevamente el silbido.

Soy tu fiel amante 
aunque a veces el sueño  me separe de ti. 
También tú eres la reina de los sueños.

Mi amistad la tienes cada día 
y algún día 
tu amistad me recogerá 
del erial del olvido.

Pues aunque tú vengas 
cuando yo vaya 
en el fondo somos amigos 
inseparables.

Musa, a donde quiera 
que yo vaya 
tú vas. 
Te vi en los hospitales

y en la fila 
de los presos políticos. 
Te vi en los ojos terribles 
de Edna Lieberman

y en los callejones 
de los pistoleros. 
¡Y siempre me protegiste! 
En la derrota y en la rayadura.

En las relaciones enfermizas 
y en la crueldad, 
siempre estuviste conmigo. 
Y aunque pasen los años

y el Roberto Bolaño de la Alameda
y la Librería de Cristal 
se transforme, 
se paralice,

se haga más tonto y más viejo 
tú permanecerás igual de hermosa. 
Más que el sol 
y que las estrellas.

Musa, a donde quiera 
que tú vayas 
yo voy. 
Sigo tu estela radiante

a través de la larga noche. 
Sin importarme los años 
o la enfermedad. 
Sin importarme el dolor

o el esfuerzo que he de hacer 
para seguirte.

Porque contigo puedo atravesar 
los grandes espacios desolados

y siempre encontraré la puerta 
que me devuelva 
a la Quimera, 
porque tú estás conmigo,

Musa, 
más hermosa que el sol 
y más hermosa 
que las estrellas.


ENTRE LAS MOSCAS 

Poetas troyanos 
ya nada de lo que podía ser vuestro 
existe

Ni templos ni jardines 
ni poesía

Sois libres 
admirables poetas troyanos


("Los perros románticos", Editorial Lumen. Barcelona, 2000)



ROBERTO BOLAÑO (CHILE, 1953-2003)



abril 22, 2012

POEMAS DE TOM MAVER

Foto: Juan Christensen


La soledad siguiendo
GARCILASO DE LA VEGA


EN CAMINOS despejados me atraso sin remedio
y llego a mi casa siempre después de mí
como a un lugar donde no queda nadie. 

Tropiezo con cosas que ya no están,
por todas partes choco con la distancia que se abre
entre nosotros, con armarios que quedaron cerrados.
Los ecos de las charlas que todavía recuerdo
son sobre viajes que se llevan a los que hablan
y peparativos que hace uno solo.

Apenas te fuiste, borré cada huella tuya
para no ver adonde iría la siguiente.
Fuí, uno por uno, deshaciendo todos tus abandonos
hasta desorientarme y no tener cómo seguirte.

Pero ahora resulta que cuando piso
donde alguna vez borré los rastros de tu partida
vuelvo a tropezar con algo que quedó de vos
y que se sigue yendo de donde ya no estás.



MUDANZAS

1

Hay una madre gritándole a su hijo.
Hay un portazo, un gemido, dos silencios.
Los pasos de un viejo en el pasillo
marcan el tiempo, más que los ruidos del ascensor.
Un teléfono inconsolable suena
en un departamento donde nadie quiere atenderlo.
Alguien tira la basura como si de algo se salvara.


2

Poco va quedando de mí.
En cada mudanza
dejo algo atrás, a veces con olvido,
a veces con algo de solemnidad.

Y me instalo apenas
como polvo sobre un piso sin amueblar
listo pra cuando sea el momento
de dejar mi nueva casa.

Pero hay veces que tardo en irme
y como ropa en un cajón, me acumulo,
empiezo a vivir casi sin enterarme, 
tapo las humedades, pinto, traigo una cama.

Para cuando llega la señal de que debo partir,
limpio en serio, ordeno, barro y , si hace falta
cambio las cosas de sitio
para ver si acaso éste se parece, si puede haber sido
aquel sitio que no quise dejar la primera vez.


3

¿Dónde estoy?
Hace tanto frío y estoy inquieto.
Me pareció escuchar un llamado,
ruidos, quizá alguien que se fue.
Si es así, hace bien, acá nadie es bueno,
todos se van y no tengo con quien hablar.
Pero suena el teléfono y temo
que sean los de la compañía para avisarme
que cortarán la línea por falta de pago.
Es cierto que tampoco estoy al día con las expensas
y me miran raro en las reuniones de consorcio
que no puedo eludir por algún motivo,
y cuando me alejo por el pasillo
hablan con tanta pasión mal de mí
que casi me pone contento su entusiasmo.

Con el tiempo me fueron sacando los muebles
como forma de pago, luego la ropa,
los electrodomésticos, y así
llegué a sentir que de algún modo
yo también me mudaba, muy a pesar mío,
que mi casa era otra: una cada vez
más espaciosa, más fría, es cierto,
pero debo decir que con más luz.




ESTAS PIEDRAS dispersas
¿qué fueron: una muralla,
una columna, una estatua griega?

No sé qué dicen.
Hablan diferentes lenguas
al responder de dónde vienen
las partes de mi corazón.

Me asusta 
que en su desvarío
llegue un punto en que empiezan
a hablar cuerdamente
acerca de su locura.
No razonan en su pasión
sino que apasionan su razonamiento
hasta velar las explicaciones

Yo sigo el curso sacudido 
de sus desacuerdos porque me sirve
para descifrar lo que en verdad piensan
 acerca de cuando estaban unidas
y yo aún sabía lo que pasaba en mi corazón.




HABLARTE mientras dormís
es lo más parecido que conozco
a escribir un poema.

Sujetada a tu respiración, amagás
con irte, con quedarte.

Es como si no estuvieras del todo
y esa suerte de intermitencia
me va guiando en lo que digo.

Paso la mano por tu cuerpo
y se hunde en el puente
que atraviesa de ayer a hoy
y te pierdo y te sigo en el pasaje.

¿Qué se oye, qué dirección 
toma ese largo devaneo?

Las frases te acarician el cuerpo,
te tapan y sin querer te olvidan
en su afán de acomodar
el rasgueo de tu respiración
al tono oscuro de mi voz.

¿Qué le hace a uno alargar más
y más la declaración, hasta casi sabotearle
lo poco que tiene que decir
para quedarse revoloteando
alrededor del silencio como
de un fuego que mantiene despierto
al enamorado de las palabras?

¿Qué duración, qué soledad
atraviesa el insomne
con la sospecha de que, quizá, no esté solo
en la inmensa noche?

Es posible que más tarde 
llegue de algún lugar
inexistente para mí
y sin terminar de abrir los ojos
estire la mano, diga alguna cosa
y yo, del lado del día, 
en medio de la nada, la oiga mansamente.



(de "Yo, la incesante nieve", Huesos de Jibia. Buenos Aires, 2009)



TOMÁS MAVER (ARGENTINA, 1985)