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mayo 03, 2019

POEMAS DE LINDA PASTAN


Foto: Carina-Romano



En el jardín

Le digo a mi perro que se siente
y se sienta,
y le doy una galletita.
Le digo que venga,
viene
y se sienta,
y le doy
otra galletita.
Le digo a mi perro ¡acostado!
y se sienta,
mirándome
desde abajo con fe
y adoración.
Espero.
Le doy
una galletita.
Es el principio
del amor y
la desobediencia.
Nunca tuve la intención
de ser un dios.



Todo lo que quiero decir

Un pintor puede decir todo lo que quiera con frutas
o con flores, o hasta con nubes. 
                                                   Edouard Manet

¿Cuando te paso este bol
de manzanas, quiero decir:
acá tenés unas esferas rosadas del
amor, o de la lujuria –emblemas
de todos esos momentos posteriores al Edén
en los que una pizca de lo prohibido era
como la sazón de esa primera manzana?
O nada más quiero decir: Perdoname,
estuve ocupada todo el día, y lo único que hay
de postre es una fruta.

¿Y cuando arrancaste
una sola flor del arbusto que se desteñía
detrás de nuestra ventana,
me estabas diciendo que de algún modo soy
como una flor, o digna de flores?
¿Me decías
algo florido,
o nada más: acá tenés la última rosa
de noviembre, ponela
por favor, en agua?

Pero en cuanto a las nubes,
en cuanto a esos cúmulos blancos,
voluptuosos, que flotan allá arriba,
no son camellos ni almohadas,
ni siquiera los picos nevados
de unas montañas a medio imaginar.
Son la forma pura del silencio;
y sí, por ahora
las nubes dicen todo
lo que quiero decir.



El contestador

Llamo y oigo tu voz
en el contestador
semanas después de tu muerte,
un pichón de fantasma que todavía extraña
los mensajes humanos.

¿Te dejo uno, contándote
que la trama de nuestra vida
se había rasgado antes
pero que esta rotura repentina no
va a ser fácil ni rápida de arreglar?

En tu casa, que se vacía, los demás
enrollan las alfombras, empaquetan libros,
toman café en tu mesa antigua,
y escuchan los mensajes que dejaste
en una máquina embrujada

por el timbre de tu voz,
más palpable que las fotos
o las huellas digitales. Este primer día
de este primer otoño sin vos,
avergonzada y resistiéndome

pero incontenible, vuelvo a marcar
el número que conozco de corazón,
en un mundo menguado agradecida
por la piedad accidental de las máquinas,
escucho y cuelgo.



Bermellón

Pierre Bonnard hubiera entrado
al museo con un pomo de pintura
en el bolsillo y un pincel de pelo de marta.
Después, violando la santidad
de uno de sus propios cuadros,
le hubiera agregado una pincelada bermellón
a la piel de una flor.
Justo así te detuve
en la puerta esta mañana
y chupándome el índice, limpié
una miga invisible
de tu boca bermellón. Como si
en el momento ritual de la despedida
tuviera que demostrar que todavía sos mío.
Como si la revisión fuera
la forma más pura del amor.




Después de una ausencia

Después de una ausencia que no fue culpa de ninguno
estamos tímidos el uno con el otro,
y las palabras parecen más jóvenes de lo que somos,
como si tuviéramos que volver al tiempo en que nos conocimos
y traernos hasta el presente con esfuerzo,
del mismo modo en que nunca leés una historia
desde donde la dejaste
sino que siempre retomás el libro desde el principio.
Tal vez tendríamos que estar
atados como alpinistas
con el cable de seguridad del teléfono,
y el dial, nuestra propia ruedita de plegarias,
con nuestras voces menos fantasmas en kilómetros,
menos incómodas de lo que son ahora.
Me olvidé del gris de tus rulos,
del toque de invierno en tu cara,
y me acordé del hombre joven 
que fuiste.

Y sentí que me volvía vieja y común,
obligada a pensar de nuevo en la cena,
en los animales que hay que atender, en la correntada
de la vida diaria escondida pero peligrosa,
que tan pronto nos tira para abajo a los dos.
Soñé que nuestra cama era
una costa en la que nos bañábamos,
y no este colchón a rayas
que hay que tapar con las sábanas. Me olvidé
de todos los asuntos viejos entre nosotros,
como el correo sin contestar por tanto tiempo que el silencio
se vuelve elocuente, un mensaje en sí mismo.
Hasta me había olvidado de que el amor de los casados
es un territorio más misterioso
cuanto más se lo explora, como uno de esos terrenos
sobre los que leés, un jardín en el desierto
donde parás a beber, sin saber nunca
si vas a llenarte la boca de agua o de arena.



Sensación térmica

La puerta del invierno
está cerrada y helada,

y, como cadáveres de animales
que se extinguieron hace mucho, los autos

quedaron abandonados por ahí,
se los apropia la ruta fría.

Qué ceremoniosa es la nieve,
con qué seriedad muda

hasta a la muerte convierte en un
arreglo formal.

Sola, en mi ventana, escucho
el viento,

el crujido de las hojitas
en sus ataúdes de hielo.



Meditación al lado de la cocina

Amontoné los fuegos
de mi cuerpo
en un fogón chiquito pero constante
acá, en la cocina,
donde la masa tiene vida propia
y respira bajo su repasador húmedo
como un hijo que duerme;
donde la hija verdadera juega abajo de la mesa,
a que el mantel es una carpa,
practicando despedidas; donde un pajarito
marrón y débil voló contra la ventana
enceguecido por la luz
y ahora está atontado sobre el asfalto
—nunca fue sencillo, ni siquiera para los pájaros,
este asunto de los nidos.
El ojo inocente no ve nada, dice Auden,
repitiendo lo que la serpiente le dijo a Eva,
lo que Eva le dijo a Adán, cansada de jardines,
deseosa de una vida bien vivida.
Pero la pasión ocurre por accidente
puedo dejar que la masa rebalse del bol,
descuidarla y no amasarla para que baje,
descuidar a la hija que espera debajo de la mesa,
ya con lagrimitas nublándole los ojos.
Crecemos de maneras tan azarosas.
Hoy me siento más inteligente que el pájaro.
Sé que la ventana me cierra el paso,
que cuando la abra
los olores del jardín van a ponerme impaciente.
Y amontoné los fuegos de mi cuerpo
en una fogata chiquita y doméstica para que los demás
se calienten las manos por un rato.



Perales en espalderas

Clavás los perales a la pared
en un simulacro de crucifixión
—con los miembros aplastados
y la espalda cubierta de hojas mirando hacia nosotros—
y los regás con la manguera.

La semana pasada le dijiste haiku viviente
al bonsái, y le cortaste
sin piedad
las ramas tiernas
como si te cortaras las uñas,

mientras yo no podía dejar de pensar
en las mujeres chinas
trastabillando
sobre los pies vendados.
Acá en el jardín,

donde el precio de la belleza
es en parte el dolor, nos arrodillamos
sobre el suelo resiliente
en un intento de fraternizar con la tierra
en la que nos vamos a convertir.

Mucho después del Edén,
la imaginación florece
con toda su maleza indómita.
Sueño con el sabor
efímero de las peras.



Estoy aprendiendo a abandonar el mundo

Estoy aprendiendo a abandonar el mundo
antes de que él me abandone a mí.
Ya renuncié a la luna
y a la nieve, cerrando las persianas
a las demandas de lo blanco.
Y el mundo se llevó 
a mi padre, a mis amigos.
Sacrifiqué las líneas melódicas de las colinas,
mudándome a un paisaje monótono y llano.
Y todas las noches entrego mi cuerpo
miembro a miembro, de abajo hacia arriba
a través de mis huesos, hacia el corazón.
Pero llega la mañana con los pequeños
indultos del café y el canto de los pájaros.
Un árbol atrás de la ventana que hasta hace
unos segundos era nada más que una sombra 
recupera sus ramas 
hoja por hoja.
Y mientras yo recupero el cuerpo,
el sol recuesta su hocico caliente en mi regazo
como para hacer las paces.




Versiones en castellano de Sandra Toro



In the Garden

I tell my dog to sit
and he sits
and I give him 
a biscuit.
I tell him to come
and he comes
and sits, 
and I give him
a biscuit
again.
I tell my dog Lie Down!
and he sits,
looking up
at me with trust
and adoration.
I pause.
I give him
a biscuit.
This is the beginning 
of love and
disobedience.
I was never meant
to be a god.



All I Want to Say


A painter can say all he wants to with fruit 
or flowers or even clouds. 
Edouard Manet
When I pass you this bowl
of Winesaps, do I want to say: 
here are some rosy spheres
of love, or lust–emblems
of all those moments after Eden
when a pinch of the forbidden
was like spice on that first apple? 
Or do I simply mean: I’m sorry, 
I was busy today; fruit is all
there is for dessert.

And when you picked
a single bloom from the fading bush
outside our window, 
were you saying that I am somehow
like a flower, or deserving of flowers? 
Were you saying
anything flowery at all? 
Or simply: here is the last rose
of November, please
put it in water.
But as for clouds, 
as for those white, voluptuous
cumuli floating overhead, 
they are not camels or pillows
or even the snowy peaks
of half-imagined mountains. 
They are the pure shapes of silence, 
and for now, yes. 
The clouds are saying
all I want to say.


The answering machine 

I call and hear your voice
on the answering machine
weeks after your death,
a fledgling ghost still longing
for human messages.

Shall I leave one, telling
how the fabric of our lives
has been ripped before
but that this sudden tear will not
be mended soon or easily?

In your emptying house, others
roll up rugs, pack books,
drink coffee at your antique table,
and listen to messages left
on a machine haunted

by the timbre of your voice,
more palpable than photographs
or fingerprints. On this first day
of this first fall without you,
ashamed and resisting

but compelled, I dial again
the number I know by heart,
thankful in a diminished world
for the accidental mercy of machines,
then listen and hang up.



Vermilion

Pierre Bonnard would enter
the museum with a tube of paint
in his pocket and a sable brush.
Then violating the sanctity
of one of his own frames
he’d add a stroke of vermilion
to the skin of a flower.
Just so I stopped you
at the door this morning
and licking my index finger, removed
an invisible crumb
from your vermilion mouth. As if
at the ritual moment of departure
I had to show you still belonged to me.
As if revision were

the purest form of love.


After an Absence

After an absence that was no one's fault
we are shy with each,
and our words seem younger than we are,
as if we must return to the time we met
and work ourselves back to the present,
the way you never read a story
from the place you stopped
but always start each book all over again.
Perhaps we should have stayed
tied like mountain climbers
by the safe cord of the phone,
its dial our own small prayer wheel,
our voices less ghostly across the miles,
less awkward than they are now.
I had forgotten the grey in your curls,
that splash of winter over your face,
remembering the younger man
you used to be.

And I feel myself turn old and ordinary,
having to think again of food for supper,
the animals to be tended, the whole riptide
of daily life hidden but perilous
pulling both of us under so fast.
I have dreamed of our bed
as if it were a shore where we would be washed up,
not this striped mattress
we must cover with sheets. I had forgotten
all the old business between us,
like mail unanswered so long that silence
becomes eloquent, a message of its own.
I had even forgotten how married love
is a territory more mysterious
the more it is explored, like one of those terrains
you read about, a garden in the desert
where you stoop to drink, never knowing

if your mouth will fill with water or sand.



Wind Chill

The door of winter
is frozen shut, 

and like the bodies
of long extinct animals, cars 

lie abandoned wherever
the cold road has taken them. 

How ceremonious snow is,
with what quiet severity 

it turns even death to a formal
arrangement. 

Alone at my window, I listen
to the wind, 

to the small leaves clicking

in their coffins of ice.  


Meditation By The Stove

I have banked the fires
of my body
into a small but steady blaze
here in the kitchen
where the dough has a life of its own,
breathing under its damp cloth
like a sleeping child;
where the real child plays under the table,
pretending the tablecloth is a tent,
practicing departures; where a dim
brown bird dazzled by light
has flown into the windowpane
and lies stunned on the pavement--
it was never simple, even for birds,
this business of nests.
The innocent eye sees nothing, Auden says,
repeating what the snake told Eve,
what Eve told Adam, tired of gardens,
wanting the fully lived life.
But passion happens like an accident
I could let the dough spill over the rim
of the bowl, neglecting to punch it down,
neglecting the child who waits under the table,
the mild tears already smudging her eyes.
We grow in such haphazard ways.
Today I feel wiser than the bird.
I know the window shuts me in,
that when I open it
the garden smells will make me restless.
And I have banked the fires of my body
into a small domestic flame for others

to warm their hands on for a while.


Espaliered Pear Trees

You tack the pear trees to the wall
in a mime of crucifixion—
their limbs splayed flat,
their leafed backs toward us—
and water them with a hose.

Last week you called the bonzai
living haiku, paring
its tender branches
as ruthlessly
as you would your nails,

while I could only think
of Chinese women
tottering
on their bound feet.
Here in the garden,

where the cost of beauty
is partly pain, we kneel
on the resilient ground
trying to befriend the soil
we must become.

Long after Eden,
the imagination flourishes
with all its unruly weeds.
I dream of the fleeting

taste of pears.


I am Learning to Abandon the World 

I am learning to abandon the world
before it can abandon me.
Already I have given up the moon
and snow, closing my shades
against the claims of white.
And the world has taken
my father, my friends.
I have given up melodic lines of hills,
moving to a flat, tuneless landscape.
And every night I give my body up
limb by limb, working upwards
across bone, towards the heart.
But morning comes with small
reprieves of coffee and birdsong.
A tree outside the window
which was simply shadow moments ago
takes back its branches twig
by leafy twig.
And as I take my body back
the sun lays its warm muzzle on my lap
as if to make amends.






LINDA PASTAN (EE.UU., 1932)

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