.

.

abril 27, 2019

POEMAS DE DIANE WAKOSKI

Foto: Lois Shelton, 1979 (Gentileza de The University of Arizona Poetry Center)


De adentro hacia fuera 

Voy por la alfombra morada dentro de tu ojo
y llevo el cuchillo de plata para manteca
pero un camión ruge
y me estampa la huella negra de su neumático en el pie
y las imágenes viejas, el ruido de las puertas mosquitero en las
tardes calurosas de verano y una mosca zumbando sobre la Kool Aid volcada
en la pileta de la cocina,
parpadean como reflejos sobre una superficie de metal.

Entrá, dijiste,
adentro de tus cuadros, adentro de la fábrica de sangre, adentro de
las canciones viejas que te llenan las manos, adentro de
los ojos que cambian como un copo de nieve a cada instante,
adentro de las hojas de espinaca que sostienen esa pieza única de grava,
adentro de los bigotes de un gato,
adentro de tu sombrero viejo, y más que nada adentro de tu boca donde
molés los pigmentos con los dientes, y pintás
con una botella rota sobre el piso, y pintás
con la pluma de un avestruz sobre la luna que sale rodando de mi boca.

No podés dejarme caminar mucho tiempo adentro tuyo adentro
de las venas donde mis pies chiquitos tocan
fondo.
Tenés que meter la mano y sacarme
como una bala de plata
de tu brazo.


Diosa  búho de las nieves

Loudell, con un vestido suelto de algodón
del color de los delfinios
el pelo como plumas de lechuza igual de inmóvil
que los dedos de los pies desnudos en sus sandalias claras
es una amiga de esta parte de nuestra vida 
la cosecha,
una mujer Minerva
de salsas y hierbas, erébolo, trompetas trepadoras
y tomates reliquias de familia. Se desliza
entre todos,
con cuidado,
como si también nosotros pudiéramos 
ser plantas.

Casi en trance por la tarde de
agosto embriagadora, y quizás indolente
y de reojo, más absorta en el murmullo
que en mirar, sorprendí
a esta mujer búho de las nieves
mientras le quitaba una aceituna de la boca a su rapaz,
y lanzaba el carozo delicadamente 
al cantero pegado
a su reposera.

Casi siempre escrupulosa como un farmacéutico
que pesa cristales,
me asombró ese aparente acto de tirar basura
hasta que me di cuenta de que “oh, el carozo podía echar raíz 
y crecer! Era su  instinto de jardinera
dándole un lugar a cada semilla.

Sorbiendo su chardonnay y, rompiendo algunos pistachos 
con una mano para depositar prolijamente
las cáscaras en un bol con los carozos de aceituna
que nos habíamos comido los demás,
me recordó que ni siquiera 
en la abundancia
hace falta derrochar.

Todos los días, en medio de la conversación
del ocaso, me visita esta imagen: Un búho de las nieves 
despliega de pronto sus alas de tres metros de envergadura 
para cubrir esta tierra sagrada,
su movimiento en arco, el brazo de ella desdoblándose en el aire
con el carozo de aceituna
lanzado a la tierra.


Agrádeciéndole a mamá por las lecciones de piano 

El alivio de poner los dedos en el teclado,
como si fueras caminando por la playa
y encontraras un diamante
grande como un zapato;

como si
hubieras acabado de construir una mesa de madera
y el olor a aserrín se quedara en el aire,
y en tus manos secas y leñosas;

como si
hubieras evitado
al hombre del sombrero oscuro que te estuvo siguiendo
toda la semana;

el alivio 
de poner los dedos en el teclado,
y tocar los acordes de
Beethoven,
Bach,
Chopin
una tarde en la que no tengo nadie con quien hablar,
en que las formas de los avisos de las revistas, con pulóveres suaves 
y pelo republicano de clase media limpio y reluciente 
se metieron en sus casas alfombradas
y me dejaron sola
con mis pisos pelados y un par de libros

Quiero agradecerle a mi mamá
por trabajar todos los días
en una oficina insulsa
en estacionamientos y empresas de agua
suprimiendo la crema del café a los 40
para adelgazar, con el cuerpo pesado
llevando sus delicados libros contables 
sola, sin un hombre que le mirase la cara,
el cuerpo, el pelo prematuramente blanco
enamorado
Le quiero agradecer
a mi mamá por trabajar y pagarme siempre
las clases de piano
antes de saldar el préstamo del Bank of America
o de hacer la compra de almacén 
o de llevar nuestro Ford viejo y ruidoso a arreglar.

Yo era una nena callada,
con miedo de entrar sola a un negocio,
con miedo al agua,
al sol,
al pasto sucio de los patios de atrás,
con miedo al mal aliento de mi mamá,
y a las visitas esporádicas de mi papá,
sabiendo que iba a irse otra vez,
con miedo de no tener plata,
con miedo de mi cuerpo torpe,
que sabía
que nunca nadie iba a amar 

Pero tocaba a mi manera
en el piano vertical viejo
que conseguimos por 10 dólares,
tocaba a mi manera movida por el miedo,
movida por la fealdad,
por crecer en un mundo de compras en tiendas de chucherías,
y por un deseo de amar
un mundo sin amor

tocaba a mi manera movida por una cara fea
y por las tardes, días, noches, madrugadas solitarias,
por las mañanas, incluso, vacías
como una lata oxidad de café,
tocaba a mi manera movida por los crujidos de la primavera
y quería que todo brillara a mi alrededor como la marea de
una playa al atardecer en el Sur de California,
tocaba a mi manera movida por
el sombrero vacío de papá en el ropero de mamá
y una cama en la que ella ocupaba una mitad, sin
arrugar nunca un centímetro
de la otra,
esperando,
esperando,

tocaba a mi manera movida por los honores del colegio,
el único lugar donde podía
hablar
en el aula,
o en mis clases de piano, con el canario de la Sra. Hillhouse siempre
cantando al máximo por mis talentos,
como si yo hubiera tirado alguna parte de mi cuerpo al entrar
a su casa

y ahora anduviera por el teclado buscando
en cada tecla de marfil, deslizando los dedos sobre las crestas
negras y alrededor de las piedras suaves,
preguntándome dónde perdí mis órganos malditos,
o mi boca que algunas veces se abrió
como una amapola de California,
amplia y con contrastes
hermosa en los campos barridos,
cerrada por completo día y noche,

tocaba a mi manera etapa tras etapa,
pero ninguna parecía tener edad
o quizás siempre
vieja y sola,
queriendo una única cosa, rodeada de las hojas llenas de polvo 
y olor amargo de los naranjos 
queriendo solamente ser tocada por un hombre que me quisiera,
que estuviera ahí todas las noches 
para ponerme su mano grande y fuerte en el hombro,
contra cuyas caderas despertar a la mañana,
cuyos bigotes pudieran acariciar una cara dormida,
que sueña con pianos que hicieron el sonido de Mozart
y de Schubert sin exigir
que la vida exprimiera todo
cada día,
sin reclamar el vacío
de una vidita tímida.

Le quiero agradecer a mi mamá
por dejarme despertarla a veces a las seis de la mañana
cuando practicaba mis lecciones
y por asegurarse de que tuviera un piano
donde dejar los libros de la escuela todas las tardes.
No toqué un piano en diez años,
quizás por miedo a que ese poco de amor que logré
juntar, como pelusa, del fondo de los bolsillos,
se perdiera,
se escapara
por la cueva terriblemente vacía que soy
si alguna vez volvía a abrirlo.
El amor es un hombre
de bigotes
que me abraza todas las noches con ternura 
y siempre está ahí cuando necesito tocarlo;
él no podría conocer la música dolorosamente 
alta del pasado que
su amor hace que pare de golpear sacudir y
martillarme el cerebro,
que hace todo lo posible por destruir la precaria materia gris 
cuando estoy sola;
él no escucha el canario de la Sra. Hillhouse cantando para mí
aprobando cómo suena mi lección de esta semana,
diciéndome,
confirmando lo que dice mi profesora,
que tengo un don para el piano
que pocos de sus alumnos tienen.
Cuando toco al hombre
que amo,
le quiero agradecer a mi madre por darme
todos estos años 
clases de piano
que me mantienen en la mente el recuerdo de Beethoven,
un hombre sordo y torturado;
y de la belleza 
que puede venir
incluso de un pasado 
feo.


Dibujo de una chica en blanco y negro  

Una chica se sienta en una habitación negra.
Es tan blanca
que afuera las ciruelas se caen de los árboles.
El viento helado le sopla gansos
en el pelo.
La habitación es negra
pero los gansos se pasean por ahí,
irrumpiéndole en la mente
y encerrando en la habitación
su propio secreto negro.
No está sola, con ella está el ruido
de cien alas batientes,
y de la fruta que se pudre en la tierra negra
el olor del tiempo que pasa.

Una chica se sienta en una habitación irreal
a peinarse el pelo irreal.
En las alas batientes de los gansos hay
ciruelas rotas
de los árboles de afuera,
y el viento las heló a todas
para mantener a la chica en la habitación negra
ahí, peinándose
el pelo invernal e irreal.

Una chica se sienta en un dibujo
con el fondo pintado de negro sólido.
y se peina.
Es tan blanca que el viento rompió las ciruelas y esparció los gansos.
Llegó el invierno.
El ruido de alas batientes es tan fuerte que no oigo
nada
pero más que nada tengo que mirar afuera del dibujo
y seguir peinándome el pelo
irreal y negro.



Este matrimonio negro y hermoso 

Fotografía en negativo
el brazo negro de ella: una marsopa buceando,
desparramada en la almohada de un banco de hielo.
La cabeza: una sábana de agua que cae.
Las piernas: ramas de estalactitas que irrumpen en la luz.

Esta mujer,
fotografiada mientras duerme.
El hombre,
revela la fotografía en el caldero de ácido de su cerebro.
El sueño los mancha a los dos,
como si el semen turbio
frotado hasta abrillantar la superficie
fuera a usarse para desarrollar las imágenes.

en el desierto
las marsopas se enroscan,
sus esqueletos muestran los dientes
entre los labios resecos;
los pies de ella dormidos
pisan escarabajos,
mientras contiene el nombre de los muertos
en la respiración acompasada.

Este hombre y esta mujer se casaron
y viajan recitando y
cantando
nombres de objetos perdidos.

Entran en una pirámide.
Una mariposa negra cubre la entrada 
como una telaraña,
se pliega sobre su cuerpo,
la serpiente de su cuerpo
cerrándole los labios.
sus pechos son escaleras de piedra.
Ella pronuncia el nombre, “Isis”
y espera a que la cara blanca aparezca.

De noche no camina nadie por estas pirámides.
Nadie camina 
de día 
se camina en el tiempo negativo,
donde la presencia de la mujer  llena el espacio
como si fuera incienso; el hombre baja
por las hendiduras y
las colinas de su cuerpo.
Los sonidos del matrimonio negro
son sonidos rituales.
De las marsopas que agonizan en el desierto.

La mariposa que amortaja el cuerpo,
la serpiente que le llena la boca.
Los sonidos de todas las partes se juntan
en este único lugar,
la pirámide del desierto,
construida con la fealdad histórica
y limpia de los hombres que murieron en la labor.

Amigo, si te imaginás que no tengo esas
serpientes negras en el pozo de mi cuerpo,
que no me rompió en pedazos el ala
áspera de la mariposa
y que no quedé rota y estrujada como una media de seda negra,
si te imaginás que mi cuerpo no es
madera quemada
ennegrecida,
te imaginás una mujer falsa.

Este matrimonio no me pudo cambiar.
No pudo cambiarme la vida.
No es tan distinto de cualquier otro matrimonio.
Todos están llenos de viajes por el desierto,
con Isis que nos mantiene en su terror,
con Horus que no nos deja ver
las partes unidas de su cuerpo 
pero nos hace presenciarlas en los rincones oscuros,
en confusión sangrienta;
así y todo este matrimonio negro,
como le dicen,
tiene su belleza.
Como el gato negro que se estira con su pelaje rico
y se desliza suavemente bajo los troncos de los árboles.
O la obsidiana negra y resplandeciente
que se arranca de las minas y  se lustra hasta que es como el ojo del gato.
Negra como la semilla pulcra de la sandía,
o un charco de aceite, que descompone la luz en un prisma.
Que no te desespere este “matrimonio negro”
Tenés que dejar salir de tu cuerpo la oscuridad;
reconocerla
y permitirle entrar en tu boca,
saborear abiertamente la oscuridad histórica.
Probar tu propia muerte hermosa,
ver tu imagen fotográfica,
como en rayos x
con los huesos blanqueados adentro de la carne 
que se oscurece.



Leche cortada

No podés hacer
que vuelva a ser
dulce.
           Una vez
fue de un color inocente
como las flores de las frutillas silvestres,
y la textura era tan simple
que pasaba a través de un lienzo,
el sabor era fresco.
Y ahora
sin más culpable que el paso del tiempo
para reprocharle,
la misma sustancia
se volvió agria y grumosa.

La leche cortada
sirve para hacer masas deliciosas & interesantes,
se la puede llevar a un nivel superior de acción bacteriana
para crear alimentos nuevos,
puede considerársela 
compleja por derecho propio y de textura más interesante 
para quien la examine de cerca
como un mapamundi.

Pero
para la mayoría de nosotros:
se echó a perder.
Está agria.
La echamos,
por el desagüe – no en el de patio de atrás—
con cuidado de no volcar nada
porque el olor es fuerte.
Un buen cocinero
estaría escandalizado
con tamaño desperdicio.
Pero no vivimos en un mundo de buenos cocineros.

Yo soy la leche.
Pasa el tiempo.
No me podés volver
a hacer
dulce.
Me siento llena de culpa en el estante de la heladera,
temblando con la esperanza de un cocinero
que sueñe con waffles,
con biscuits, con dumplings
y demás panes exquisitos
aterrada del ama de casa moderna que
va a bajarme del estante y con un giro de muñeca 
diestro
… ya se sabe cómo sigue.

Vos sos la leche.
Cuando te llegue el turno
acordate.
no hay nada que te podamos reprochar
más que el paso del tiempo.


Versiones en castellano de Sandra Toro



Inside Out

I walk the purple carpet into your eye
carrying the silver butter server
but a truck rumbles by,
leaving its black tire prints on my foot
and old images the sound of banging screen doors on hot 
afternoons and a fly buzzing over the Kool-Aid spilled on 
the sink
flicker, as reflections on the metal surface.

Come in, you said,
inside your paintings, inside the blood factory, inside the 
old songs that line your hands, inside
eyes that change like a snowflake every second,
inside spinach leaves holding that one piece of gravel,
inside the whiskers of a cat,
inside your old hat, and most of all inside your mouth where you 
grind the pigments with your teeth, painting
with a broken bottle on the floor, and painting
with an ostrich feather on the moon that rolls out of my mouth.

You cannot let me walk inside you too long inside 
the veins where my small feet touch
bottom.
You must reach inside and pull me
like a silver bullet
from your arm.


Snowy Owl Goddess

Loudell, in a loose cotton dress
the color of delphiniums,
her hair, owl-feathered and quiet
as her naked toes in their pale sandals
is a friend from this harvest part
of our lives,
a Minerva woman
of herbs and salsas, hellebore, trumpet vines
and heirloom tomatoes. She glides
among us all,
carefully,
as if we too might be
live plants.

Almost in a trance from the heady
August evening, and perhaps from the corner
of my indolent eye, more absorbing the murmur
than watching, I registered
this Snowy Owl of a woman
as she stripped an olive through her raptor's mouth,
then delicately flung the pit
into the narrow garden verge next
to her deck chair.

Usually fastidious as a pharmacist
weighing crystals,
she surprised me in this seeming-act
of littering, until I realized "oh, the pit might take root,
grow!" It was her planter's instinct/
give every seed a place.

Sipping her chardonnay and, with one hand cracking
some pistachios to neatly deposit
their shells in a bowl with pits from olives
the rest of us had eaten,
she reminds me that even
with abundance
there need not be waste.

Every day the image, planted in the hull of
twilight conversation, visits me: A Snowy Owl
suddenly spreading her 10-foot wingspan
to cover this sacred earth,
its arcing motion, her arm unfolding into air
with the olive pit
bowling earthward.


Thanking My Mother for Piano Lessons

The relief of putting your fingers on the keyboard, 
as if you were walking on the beach
and found a diamond
as big as a shoe;

as if
you had just built a wooden table
and the smell of sawdust was in the air, 
your hands dry and woody;

as if
you had eluded
the man in the dark hat who had been following you 
all week;

the relief
of putting your fingers on the keyboard, 
playing the chords of
Beethoven,
Bach,
Chopin
in an afternoon when I had no one to talk to,
when the magazine advertisement forms of soft sweaters 
and clean shining Republican middle-class hair
walked into carpeted houses 
and left me alone
with bare floors and a few books

I want to thank my mother 
for working every day
in a drab office
in garages and water companies
cutting the cream out of her coffee at 40
to lose weight, her heavy body
writing its delicate bookkeeper's ledgers
alone, with no man to look at her face, 
her body, her prematurely white hair 
in love
I want to thank
my mother for working and always paying for 
my piano lessons
before she paid the Bank of America loan 
or bought the groceries
or had our old rattling Ford repaired.

I was a quiet child,
afraid of walking into a store alone,
afraid of the water,
the sun,
the dirty weeds in back yards,
afraid of my mother's bad breath,
and afraid of my father's occasional visits home, 
knowing he would leave again;
afraid of not having any money,
afraid of my clumsy body,
that I knew
no one would ever love

But I played my way
on the old upright piano
obtained for $10,
played my way through fear,
through ugliness,
through growing up in a world of dime-store purchases, 
and a desire to love
a loveless world.

I played my way through an ugly face
and lonely afternoons, days, evenings, nights, 
mornings even, empty
as a rusty coffee can,
played my way through the rustles of spring
and wanted everything around me to shimmer like the narrow tide 
on a flat beach at sunset in Southern California,
I played my way through
an empty father's hat in my mother's closet
and a bed she slept on only one side of,
never wrinkling an inch of
the other side,
waiting, 
waiting,

I played my way through honors in school, 
the only place I could
talk
the classroom,
or at my piano lessons, Mrs. Hillhouse's canary always 
singing the most for my talents,
as if I had thrown some part of my body away upon entering 
her house

and was now searching every ivory case
of the keyboard, slipping my fingers over black 
ridges and around smooth rocks,
wondering where I had lost my bloody organs, 
or my mouth which sometimes opened
like a California poppy,
wide and with contrasts
beautiful in sweeping fields,
entirely closed morning and night,

I played my way from age to age,
but they all seemed ageless
or perhaps always
old and lonely,
wanting only one thing, surrounded by the dusty bitter-smelling 
leaves of orange trees,
wanting only to be touched by a man who loved me, 
who would be there every night
to put his large strong hand over my shoulder,
whose hips I would wake up against in the morning, 
whose mustaches might brush a face asleep,
dreaming of pianos that made the sound of Mozart 
and Schubert without demanding
that life suck everything
out of you each day,
without demanding the emptiness
of a timid little life.

I want to thank my mother
for letting me wake her up sometimes at 6 in the morning 
when I practiced my lessons
and for making sure I had a piano
to lay my school books down on, every afternoon.
I haven't touched the piano in 10 years,
perhaps in fear that what little love I've been able to
pick, like lint, out of the corners of pockets,
will get lost,
slide away,
into the terribly empty cavern of me
if I ever open it all the way up again.
Love is a man
with a mustache
gently holding me every night,
always being there when I need to touch him;
he could not know the painfully loud
music from the past that
his loving stops from pounding, banging,
battering through my brain,
which does its best to destroy the precarious gray matter when I 
am alone;
he does not hear Mrs. Hillhouse's canary singing for me,
liking the sound of my lesson this week,
telling me,
confirming what my teacher says, 
that I have a gift for the piano 
few of her other pupils had.
When I touch the man
I love,
I want to thank my mother for giving me 
piano lessons
all those years,
keeping the memory of Beethoven,
a deaf tortured man,
in mind;
of the beauty that can come
from even an ugly
past.


Picture of a girl drawn in black and white 

A girl sits in a black room.
She is so fair
the plums have fallen off the trees outside.
Icy winds blow geese
into her hair.
The room is black
but geese are wandering there,
breaking into her mind
and closing the room off
into its own black secret.
She is not alone, for there is the sound
of a hundred flapping wings,
and from fruit rotting in the dark earth
the smell of passing time.

A girl sits in an unreal room
combing her unreal hair.
The flapping wings of geese have
broken plums
from the trees outside,
and the wind has frozen them all
to keep the girl in the black room
there, combing her
unreal wintry hair.

A girl sits in a picture
with the background painted solid black
and combs her hair.
She is so fair the wind has broken plums and scattered geese.
Winter has come.
The sound of flapping wings is so loud I hear
nothing
but most only stare out of the picture
and continue combing my black
unreal hair.


This Beautiful Black Marriage 

Photograph negative
her black arm: a diving porpoise,
sprawled across the ice-banked pillow.
Head: a sheet of falling water.
Her legs: icicle branches breaking into light.

This woman, 
photographed sleeping.
The man,
making the photograph in the acid pan of his brain.
Sleep stain them both,
as if cloudy semen
rubbed shiningly over the surface
will be used to develop their images.

on the desert
the porpoises curl up,
their skeleton teeth are bared by
parched lips;
her sleeping feet
trod on scarabs,
holding the names of the dead
tight in the steady breathing.

This man and woman have married
and travel reciting
chanting
names of missing objects.

They enter a pyramid.
A black butterfly covers the doorway
like a cobweb,
folds around her body,
the snake of its body
closing her lips.
her breasts are stone stairs.
She calls the name, "Isis,"
and waits for the white face to appear.

No one walks in these pyramids at night.
No one walks during
the day.
You walk in that negative time,
the woman's presence filling up the space
as if she were incense; man walks 
down the crevices and
hills of her body.
Sounds of the black marriage
are ritual sounds.
Of the porpoises dying on the desert.


The butterfly curtaining the body,
The snake filling the mouth.
The sounds of all the parts coming together
in this one place,
the desert pyramid,
built with the clean historical
ugliness of men dying at work.

If you imagine, friend, that I do not have those
black serpents in the pit of my body,
that I am not crushed in fragments by the tough 
butterfly wing
broken and crumpled like a black silk stocking,
if you imagine that my body is not
blackened
burned wood,
then you imagine a false woman.

This marriage could not change me.
Could not change my life.
Not is it that different from any other marriage.
They are all filled with desert journeys,
with Isis who hold us in her terror,
with Horus who will not let us see
the parts of his body joined
but must make us witness them in dark corners,
in bloody confusion;
and yet this black marriage,
as you call it,
has its own beauty.
As the black cat with its rich fur
stretched and gliding smoothly down the tree trunks.
Or the shining black obsidian
pulled out of mines and polished to the cat's eye.
Black as the neat seeds of a watermelon,
or a pool of oil, prisming the light.
Do not despair this "black marriage."
You must let the darkness out of your own body; 
acknowledge it
and let it enter your mouth,
taste the historical darkness openly.
Taste your own beautiful death,
see your own photo image,
as x-ray,
Bone bleaching inside the blackening
flesh

Sour Milk   

You can’t make it
turn sweet 
again.
          Once
it was an innocent color
like the flowers of wild strawberries,
and its texture was simple
would pass through a clean cheese cloth,
its taste was fresh.
And now
with nothing more guilty than the passage of time
to chide it with,
the same substance
has turned sour and lumpy.

The sour milk
makes interesting  & delicious doughs,
can be carried to a further state of bacterial action
to create new foods,
can in its own right
be considered complicated and more interesting in texture
to one who studies it closely,
like a map of all the world.

But 
to most of us:
it is spoiled.
Sour.
We throw it out,
down the drain –not in the back yard—
careful not to spill any
because the smell is strong.
A good cook
would be shocked
with the waste.
But we do not live in a world of good cooks.

I am the milk.
Time passes.
You cannot make it
turn sweet 
again.
I sit guiltily on the refrigerator shelf
trembling with hope for a cook
who dreams of waffles,
biscuits, dumplings
and other delicious breads
fearing the modern houswife
who will lift me off the shelf and with one deft twist
of a wrist. . .
you know the rest.

You are the milk.
When it is your turn
remember.
there is nothing more than the passage of time
we can chide you with.




DIANE WAKOSKI (EE.UU., 1937)
















1 comentario: