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agosto 02, 2019

EL ENSAYO DE VIDRIO (completo) - ANNE CARSON (según ST)

Imagen gentileza de The Paris Review



Yo

Oigo ruiditos adentro de mi sueño.
La noche hace gotear su canilla de plata
sobre mi espalda.
A las 4 de la mañana me despierto. Pensando

en el hombre que
se fue en septiembre.
Se llamaba Law.

Mi cara en el espejo del baño
tiene surcos blancos que bajan.
Me la enjuago y vuelvo a la cama.
Mañana voy a ir a visitar a mi mamá.




Ella

Vive en un páramo en el norte.
Vive sola.
Allá la primavera se abre como una navaja.
Viajo todo el día en trenes y llevo un montón de libros

—algunos para mi mamá, algunos para mí—
entre ellos las Obras completas de Emily Brontë.
Es mi autora preferida.

También mi miedo más grande, que pretendo enfrentar.
Cuando visito a mi mamá
me convierto en Emily Brontë,

con mi vida solitaria rodeándome como un páramo
y mi cuerpo desgarbado tropezando en los lodazales con un aire de transformación
que muere en cuanto llego a la puerta de la cocina.
¿Qué carne es, Emily, la que necesitamos?




Tres

Tres mujeres calladas en la mesa de la cocina.
La cocina de mi madre es chiquita y oscura pero del otro lado de la ventana
está el páramo, inmovilizado de hielo.
Se extiende hasta donde el ojo alcanza a ver

por kilómetros llanos hasta un cielo sólido y apagado.
Mamá y yo masticamos la lechuga con esmero.
El reloj de la pared de la cocina emite un zumbido bajo e irregular que 

una vez por minuto pasa por encima del doce.
Tengo abierta la pág. 216  de Emily apoyada en la azucarera
pero observo a mamá con disimulo.

Miles de preguntas me golpean desde adentro los ojos.
Mamá inspecciona la lechuga.
Paso a la pág. 217.

“En mi huida por la cocina me llevé por delante a Hareton
que estaba ahorcando a una camada de cachorros
en el respaldo de una silla de la entrada…” 

Es como si nos hubieran sumergido a todas en una atmósfera de vidrio.
De vez en cuando un comentario abre un sendero en el vidrio.
Los impuestos del terreno de atrás. No es un melón muy bueno,

demasiado pronto para melones.
La peluquera del pueblo encontró a Dios, todos los martes tiene cerrado.
Otra vez lauchas en el cajón de los repasadores.
Bolitas. Se comieron

las puntas de las servilletas, con lo que
cuestan hoy en día las servilletas de papel.
Esta noche lluvia.

Mañana lluvia.
Ese volcán de las Filipinas empezó de nuevo. Cómo se llama
Anderson murió no Shirley no

la cantante de ópera. La negra.
Cáncer.
No comiste el aderezo, ¿no te gusta el pimentón?

Atrás de la ventana veo las hojas muertas que ruedan por el llano
y restos de nieve sucia con mugre de pino.
En el medio del páramo

donde el terreno forma una depresión,
el hielo empieza a aflojar.
Un agua libre y negra viene

coagulándose como la bronca. De repente mi mamá habla.
¿Esa psicoterapia no te está haciendo muy bien, no?
No lo estás superando.

Mi mamá tiene una forma de resumir las cosas.
Law nunca le gustó mucho 
pero sí le gustaba la idea de que tuviera un hombre y siguiera adelante con mi vida.

Bueno, él es un tomador y vos una dadora espero que resulte,
fue lo único que dijo después de conocerlo.
Tomar y dar para mí eran solamente palabras 

en esa época, antes nunca me había enamorado.
Era como una rueda que rodaba por una ladera.
Pero esta mañana temprano mientras mamá dormía

y yo estaba abajo leyendo la parte de Cumbres Borrascosas en la que
Heathcliff se agarra del enrejado durante la tormenta llorando y gritándole
"¡Entra! ¡Entra!” al fantasma de la querida de su corazón,

caí de rodillas sobre la alfombra y también lloré.
Sí que sabe cómo ahorcar a los cachorros, 
esa Emily.

No es como tomarse una aspirina, le contesté débilmente.
La Dr. Haw dice que el duelo es un proceso largo.
Frunce el ceño. ¿Qué se logra

con revolver tanto el pasado?
Oh –abro las manos—
¡Me impongo! La miro a los ojos.
Ella sonríe. Sí, te imponés.




Oservadora

Oservadora,
la forma en la que Emily escribe esa palabra,
causó confusiones.
Por ejemplo

en el primer verso del poema que en la edición de Shakespeare Head 
publicaron como “Tell me, wether, is it winter?”.
Pero lo que ella escribió es whacher: oservadora.

Observadora es lo que fue.
Observó a Dios, a los seres humanos, el viento del páramo y  la noche abierta.
Observó los ojos, las estrellas y el clima verdadero, por dentro y por fuera.

Observaba los barrotes del tiempo, que rompió.
Observaba el corazón pobre del mundo,
abierto de par en par.

Ser una observadora no es una elección.
No hay dónde escaparse de eso
ni saliente a la que trepar —como un nadador

que al atardecer sale del 
agua sacudiéndose las gotas—, es algo que se abre.
Ser una observadora no es en sí ni triste ni feliz,

aunque ella use esas palabras en sus poemas
como usa las emociones de la unión sexual en sus novelas,
rayando con el eufemismo el trabajo de observar.

Pero no tiene nombre.
Es transparente.
A veces lo llama Él.

“Emily es la doncella que barre la alfombra,”
escribe Charlotte en 1828.
Antisocial hasta en su casa

e incapaz de mirar a los desconocidos a los ojos cuando se aventuraba fuera,
Emily hizo su camino incómodo
a través de días y años cuya desnudez consterna a sus biógrafos.

Esa vida triste y atrofiada, dice uno de ellos.
Irrelevante, carente de interés, devastada por la desesperanza 
y la decepción, dice otro.

Pudo haber sido un gran navegante si hubiera sido hombre,
sugiere un tercero. Mientras tanto
Emily sigue barriendo la pregunta de la alfombra,

¿Por qué naufraga el mundo?
Para alguien conectado con Él,
el mundo debió haber sido una especie de oración a medio terminar.

Pero entre los vecinos que la recuerdan
llegando de un paseo por los páramos
con la cara “iluminada por una luz divina”

y la hermana que nos cuenta
que en su vida Emily no hizo un solo amigo,
hay un espacio por el que se desliza

el almita en carne viva.
Va rozando la quilla como un petrel
fuera del alcance de la mirada.

Al almita en carne viva no la capturó nadie.
No tuvo amigos, ni hijos, ni sexo, ni religión, ni matrimonio, ni éxito, ni sueldo,
ni miedo a la muerte. Trabajó

en total seis meses de su vida (en una escuela en Halifax)
y se murió en el sofá de su casa a las dos de una tarde de primavera
en su año treinta y uno. Pasó

la mayor parte de las horas de su vida barriendo la alfombra,
paseando por el páramo
y observando. Dice

que eso le daba paz.
“Todo listo y dispuesto condición en la que es deseable que estemos 
todos en este día y por años”
escribió en su diario en 1837.

Sin embargo su poesía tiene que ver de principio a fin con prisiones,
bóvedas, jaulas, barrotes, límites, frenos, cerrojos, cadenas,
ventanas cerradas, marcos angostos, paredes que duelen.

“¿Y por qué tanto alboroto?” pregunta un crítico.
“Quería libertad. ¿No la tenía?
Una vida hogareña razonablemente satisfactoria,

una vida imaginaria todavía más satisfactoria —¿por qué tanto aleteo?”
¿Cuál era esa jaula, invisible para nosotros,
en la que se sentía confinada?”

Hay muchas formas de estar presa,
pienso mientras avanzo por el páramo.
Después del almuerzo es ley que mamá duerma la siesta

y que yo salga a caminar.
Los árboles desnudos y azules y el cielo de abril de madera desteñida
tallan en mí con cuchillos de luz.

Algo de todo eso me recuerda la infancia—
es la luz del tiempo estancado después de almorzar
cuando los relojes hacen tictac

y los corazones se cierran
y los padres vuelven al trabajo
y las madres se quedan paradas frente a la pileta de la cocina pensando

en algo que nunca dicen.
Recordás demasiado, 
me dijo mi mamá hace poco.

¿Para qué quedarse con todo eso? Yo le dije:
¿Dónde lo puedo dejar?
Y ella cambió de tema a algo sobre los aeropuertos.

Los copos de nieve se transforman en barro a mi alrededor
a medida que voy avanzando por el páramo
abrigada con el sol pálido y azul.

Nuestros pinos se sumergen
en la orilla y ondulan con las brisas
de algún otro lugar.

Quizás lo más difícil de perder a un amante sea
ver cómo se repiten los días del año.
Es como si pudiera hundir mi mano en el

tiempo y recoger
las pastillas azules y verdes del calor de abril
en otro país hace un año.

Puedo sentir ese otro día correr debajo de este como una cinta 
de video vieja –acá vamos pasando rápido el último recodo
a la casa de él, colina arriba, con las sombras

de las limas y las rosas flotando en la ventanilla del auto
la música que brota de la radio y él
que canta llevándose a los labios mi mano izquierda.

Law vivía en un cuarto alto y azul desde el que podía ver el mar.
El tiempo con sus vueltas transparentes todavía al pasar junto a 
mí ahora me trae el sonido del teléfono en ese cuarto

y el tráfico lejos y las palomas abajo de la ventana
la risa tranquila y la voz de él diciéndome, 
hermosa. Puedo sentir el corazón de esa 

hermosa latiendo adentro del mío mientras ella se acurruca en los brazos de él en el cuarto alto y azul—
No, digo en voz alta. Me obligo a bajar los brazos
en el aire que de pronto es frío y pesado como el agua

y la cinta se para en seco
como un portaobjetos debajo de una gota de sangre.
Me detengo, me doy vuelta y me paro contra el viento,

que ahora se lanza sobre mí en el páramo.
Cuando Law se fue me sentí tan mal que pensé que iba a morirme.
Eso no es nada raro.

Empecé a practicar meditación.
Todas las mañanas me sentaba en el piso enfrente del sofá
y cantaba pedacitos de oraciones antiguas en latín.

De profundis clamavi ad te Domine.
Y todas las mañanas tenía una visión.
De a poco fui entendiendo que eran destellos de mi alma.

Desnudos, los llamé.
Desnudo #1. Mujer sola en una colina.
Se para contra el viento.

Es un viento fuerte que sopla inclinado desde el norte.
Arrancando aletas y girones largos de piel del cuerpo de la mujer 
que se vuelan dejando

expuesta una columna de nervios sangre y músculo 
que llama en silencio con su boca sin labios.
Me duele registrar esto,

no soy una persona melodramática.
Pero como dice Charlotte Brontë en Cumbres Borrascosas:
“el alma se labra en un taller salvaje”
.
El prólogo de Charlotte de Cumbres Borrascosas es la obra maestra de un publicista.
Como alguien que se cuida de mirar a un escorpión
agazapado en el brazo del sofá 

Charlotte habla con calma y firmeza
sobre los otros muebles del taller de Emily  –sobre
el espíritu inexorable (“más fuerte que el de un hombre, más simple que el de un chico”), 

la enfermedad cruel (“el dolor que ninguna palabra puede procesar”),
el final autónomo (“se hundió rápido, se apuró a dejarnos”)
y sobre el sometimiento absoluto de Emily a

un proyecto creativo que no podía entender ni controlar,
y por el que no merece más elogio ni culpa
que si hubiera abierto la boca

“para respirar un relámpago”. El escorpión baja
por el brazo del sofá mientras Charlotte
sigue hablando gentilmente del relámpago

y otros eventos climáticos que podemos experimentar
cuando entramos en la atmósfera eléctrica de Emily.
Es un “horror de una oscuridad enorme”el que nos espera 

pero Emily no es responsable. Emily estaba atrapada.
“Habiéndoles dado forma a esos seres que no sabía que había creado”,
dice Charlotte (refiriéndose a Heathcliff, Earnshaw y Catherine).

Bueno, hay muchas formas de estar presa.
El escorpión se agarra de un resorte de luz y aterriza sobre nuestra rodilla izquierda
mientras Charlotte concluye, “Consigo misma no tenía piedad”.

Impiadosas también son las Cumbres, que Emily llamó Borrascosas
por su “aireación tonificante”
y “un viento del norte fuera de control”.

Observar el viento del norte moler el páramo que
rodeaba por todos los flancos la casa de su padre,
hecha de una roca conocida como arena de piedra de molino 

le enseñó a Emily todo lo que sabía sobre el amor y sus necesidades—
una educación del enojo que moldea la forma en que sus personajes
se usan los unos a los otros. “Mi amor por Heathcliff”, dice Catherine,

“se parece a las rocas eternas de allá abajo: 
una fuente de placer poco visible, pero necesario”.
¿Necesario? Noto que el sol se apagó

y que el aire de la tarde se afila.
Doy la vuelta y empiezo a cruzar el páramo de regreso a casa.
¿Cuáles son los imperativos

que mantienen a las personas como Catherine y Heathcliff
juntas y separadas, como burbujas sopladas en caliente en la piedra 
que cuando se endurece quedan varadas 

fuera de alcance unas de otras? ¿Qué clase de necesidad es esa?
La última vez que vi a Law fue una noche negra de septiembre.
Había empezado el otoño,

yo tenía las rodillas frías abajo de la ropa.
Salía un fragmento helado de luna.
Él se quedó parado en el living y hablaba sin 

mirarme. Sin dar demasiadas vueltas,
dijo lo de nuestros cinco años de amor.
Adentro de mi pecho sentí que el corazón se me partía en 

dos mitades que se alejaban flotando. Para ese momento tenía tanto frío
que era como si me quemara. Saqué una mano 
para tocar la de él. Retrocedió.  

No me quiero poner sexual con vos, me dijo. Se volvió todo muy loco.
Pero ahora me estaba mirando.
Sí, le dije, mientras empezaba a sacarme la ropa.

Se volvió todo muy loco. Cuando estuve desnuda
le di la espalda porque a él le gusta la espalda.
Se me acercó.

Todo lo que sé sobre el amor y sus necesidades
lo aprendí en ese momento
cuando me vi 

frotando mi culito rojo y ardiente como un mandril
contra un hombre que no me quería más.
No había área de mi mente que no

estuviese espantada por esa acción, ni parte de mi cuerpo
que pudiera haber hecho otra cosa.
Pero hablar de cuerpo y mente plantea la pregunta.

El alma,
que se extiende entre el cuerpo y la mente como una superficie de arena de piedra de molino,
es el lugar donde esa necesidad se tritura a sí misma.

El alma es lo que estuve observando toda esa noche.
Law se quedó conmigo.
Nos acostamos encima de las cobijas como si en realidad esa no fuera una noche del sueño y del tiempo,

acariciándonos y cantando en nuestro idioma inventado
como los chicos que supimos ser.
Esa noche, como diría Emily, concentró 

el Cielo y el Infierno. Tratamos de coger
y él seguía flácido, pero contento. Yo acababa
una y otra vez, cada una acumulando más lucidez, hasta que

al final quedé flotando muy alto cerca del techo mirando ahí
abajo las dos almas agarradas encima de la cama
con sus límites mortales

visibles alrededor como las líneas de un mapa.
Vi endurecerse esas líneas.
A la mañana se fue.

Es muy frío
caminar con el viento de abril largo y rasante.
No hay atardecer en esta época del año, nada más
algunos movimientos adentro de la luz y después hundirse. 




Cocina

La cocina está muda como un hueso cuando entro.
Ni un ruido del resto de la casa.
Espero un segundo
después abro la heladera.

Brillante como una nave espacial exhala confusión fría.
Mi mamá vive sola y come poco pero la heladera está siempre repleta.
Después de sacar el envase de yogur de

abajo de una disposición artera de bloques de torta que sobró de Navidad
envueltos en foil y frascos de remedios con receta
cierro la puerta de la heladera. Un atardecer azulado

llena la habitación como un mar en retirada.
Me apoyo contra la pileta.
Para mí la comida blanca tiene mejor sabor

y prefiero comer sola. No sé por qué.
Una vez oí a unas chicas cantando una canción de las fiestas de mayo que decía:

                       Violeta en la despensa
                       un hueso de cordero mordía
                       cómo lo mordisqueaba
                       cómo lo desgarraba
                       cuando sola se sentía 

Las chicas son más crueles consigo mismas.
Alguien como Emily Brontë,
que siguió siendo una chica toda la vida a pesar del cuerpo de mujer,

tenía la crueldad metida en todos los surcos como nieve de primavera.
En varias ocasiones podemos verla sacándosela de encima 
con un gesto como el que usaba para barrer la alfombra.

¡Razona con él y después azótalo!
fueron las instrucciones que (a los seis años) le dio al padre 
con referencia a su hermano Branwell.

Y cuando tenía 14 y la mordíó un perro rabioso (dicen) 
irrumpió en la cocina y tomando del fogón unas pinzas al rojo se las aplicó
directamente sobre el brazo mordido.

La cauterización de Heathcliff llevó más tiempo.
Más de treinta años en el tiempo de la novela, 
desde la noche de abril cuando él se escapa por la puerta de atrás de la cocina
y desaparece en el páramo

porque escuchó la mitad de una frase de Catherine
(“Casarme con Heathcliff me degradaría”)
hasta la mañana salvaje

en la que el sirviente lo encuentra muerto y sonriente
en Cumbres Borrascosas arriba en su cama empapada por la lluvia.
Heathcliff es un diablo del dolor.

Si se hubiese quedado en la cocina
lo suficiente para escuchar la otra mitad de la frase de Catherine
(“así que nunca va a saber cómo lo amo”) 

habría sido libre.
Pero Emily sabía cómo cazar a un diablo.
Le puso en lugar de un alma

la salida fría y constante de Catherine del sistema nervioso
cada vez que respiraba o tenía un pensamiento.
Rompió cada uno de sus instantes por la mitad

y dejó  la puerta de la cocina abierta.
No me resulta rara esa vida a medias.
Pero hay más que eso.

La desesperación sexual de Heathcliff
hasta donde sabemos, no nació de una experiencia 
de la vida de Emily Brontë. Su pregunta,

referida a los años de crueldad interior que pueden hacer de una persona 
un diablo del dolor,
le llega en una cocina apacible iluminada por el fuego
(“cosina” según la ortografía de Emily) en la que ella,

Charlotte y Anne pelaban juntas las papas 
e inventaban historias con Keeper, el perro de la casa, echado a sus pies. 
Hay un pasaje

de un poema que escribió en 1939
(unos seis años antes de Cumbres Borrascosas) que dice:

                          Ese hombre de hierro nació como yo
                          y alguna vez fue un chico apasionado:
                          Tuvo que haber sentido en la infancia
                          la gloria de un cielo de verano.

¿Quién es el hombre de hierro?
La voz de mi mamá me traspasa
desde el cuarto de al lado, donde está recostada en el sofá.
¿Querida, sos vos?
Sí, ma.
¿Por qué no prendés una luz?

Atrás de la ventana de la cocina observo cómo el sol acerado de abril
le clava las últimas vetas frías y amarillas
a un cielo plateado y sucio.
OK, ma. ¿Qué hay de cenar?



Libertad

Libertad quiere decir cosas distintas para personas distintas.
Nunca me gustó quedarme en la cama a la mañana .
A Law sí.
A mi mamá también.

Pero ni bien la luz del día me da en los ojos, yo ya quiero estar afuera
—moviéndome por el páramo
con las primeras corrientes azules y la navegación fría de todo lo que despierta.

Oigo a mi mamá en la habitación de al lado que se da vuelta bosteza y se sumerge más hondo.
Arranco de mis piernas la celda rancia de hojas 
y soy libre.

En el páramo todo es brillante y duro después de una noche de escarcha.
La luz se zambulle desde el hielo hacia arriba en un agujero azul en lo más alto del cielo.
El barro helado cruje bajo los pies. El ruido

me sobresalta y me lleva  de vuelta a lo que soñaba
esta mañana cuando me desperté,
uno de esos sueños largos y dulces en los que estoy 

en los brazos de Law como una aguja en el agua —es un esfuerzo físico
sacarme a mí misma de entre sus manos blancas de seda 
mientras se deslizan por mis caderas del sueño— Me doy

vuelta contra el viento y
empiezo a correr.
Los duendes, los diablos y la muerte corren detrás de mí.

Los días y meses después de que Law se fue
sentí como si a mi vida le hubieran arrancado el cielo.
Ya no tenía más casa ni Dios.

Ver el amor entre Law y yo
convertirse en dos animales que se mordían y ansiaban algún hambre más 
a través del otro fue terrible.

A lo mejor esto es lo que la gente llama pecado original, pensé.
¿Pero qué amor puede estar antes?
¿Qué es antes?

¿Qué es amor?
Mis preguntas no eran originales.
Ni las contesté.

Esas mañanas en las que meditaba
se me presentó un destello de mi alma sola,
no los misterios complejos del amor y el odio.

Pero los Desnudos siguen todavía tan claros en mi mente 
como la ropa que quedó en la cuerda toda la noche y se congeló.
Había trece en total.

Desnudo #2. Mujer atrapada en una jaula de espinas.
Espinas grandes y refulgentes marrones con manchas negras.
Ella se tuerce para acá y para allá

incapaz de permanecer erguida.
Desnudo #3: Mujer con una gran espina única clavada en la frente.
La agarra con las dos manos.

procurando arrancársela.
Desnudo #4. Mujer en un paisaje calcinado
iluminado desde atrás en rojo como un Hieronymus Bosch.

Cubriéndole la  cabeza y el tronco hay un artilugio infernal
como la mitad superior de un cangrejo.
Con los brazos cruzados como si estuviera quitándose un suéter

ella se esfuerza por desplazar al cangrejo.
Fue en ese tiempo 
que le empecé a contar los Desnudos

a la Dra Haw. Ella me dijo:
¿Por qué te quedás con esas imágenes horribles cuando las ves?
¿Por qué seguís observando? ¿Por qué no 

te vas? Me sorprendí.
¿Irme adónde?, dije.
Esa todavía me parece una buena pregunta.

Pero ahora el día se abre de par en par y una luz de abril rara y joven 
colma el páramo de una leche dorada.
Llegué al medio

donde el suelo se hunde en una depresión que se llena de agua estancada.
Se congeló.
Un bloque negro sólido con la vida del páramo detenida en sus actitudes nocturnas.

Ciertos arreglos de hierbas dorados y salvajes se distinguen en lo más hondo de lo negro.
Cuatro troncos de alisos sin hojas salen de ahí
y se balancean en el aire azul. Donde cada tronco

entra en el hielo irradia un mapa de presiones de plata—
miles de grietas finas como un pelo atrapan lo blanco de la luz
igual que un rostro encarcelado

atrapa las sonrisas a través de los barrotes.
Emily Brontë tiene un poema sobre una mujer presa que dice:

                    Un mensajero de la Esperanza viene a mí todas las noches
                    y me ofrece, a cambio de una vida corta, eterna Libertad.

Me pregunto qué clase de Libertad es esa.
Sus críticos y comentaristas dicen que se refiere a la muerte
o a una experiencia visionaria que prefigura la muerte.

Entienden que su prisión
eran las limitaciones impuestas a la hija de un clérigo por
la vida en el siglo diecinueve en una parroquia remota en un páramo frío

al norte de Inglaterra.
Se ponían impacientes con los términos extremos en los que se imaginó la vida en la prisión.
“En cuánto de la obra de Brontë

el autodramatismo y la pose de esos poemas se tambalea
al borde de un melodrama potencialmente sensiblero”, dice
uno de ellos. Otro

se refiere al “cartón sublime” de su mundo cautivo.
Dejé de contarle de los Desnudos a mi psicoterapeuta 
cuando me di cuenta de que no tenía manera de responder a esa pregunta.

¿Por qué seguía observando?
Algunas personas observan, es lo único que puedo decir.
No hay ningún otro lugar adonde irse,

ninguna saliente adonde trepar.
Quizás pueda explicarle eso si espero el momento justo,
como a una hermana muy difícil.

“Ella solo podía funcionar en ese tiempo de la mente y de la experiencia:
no era receptiva a la influencia de otros intelectos”,
escribió Charlotte acerca de Emily.

Me pregunto qué clase de conversación tendrían esas dos
con el desayuno en la vicaría.
“Mi hermana Emily

no era una persona demostrativa”, afirma Charlotte,
“ni una en los recodos de cuya mente y sentimientos, 
siquiera los más cercanos y queridos pudieran

inmiscuirse con impunidad y sin permiso…”. Los recodos eran muchos.
Un día de otoño en 1845, Charlotte 
descubrió “por accidente un manuscrito con versos de puño y letra de mi  
hermana Emily”

Era una libretita (4x6)
con una cubierta rojo oscuro marcada 6d
que contenía 44 poemas de la mano diminuta de Emily.

Charlotte sabía que Emily escribía versos
pero quedó “más que sorprendida” por su calidad. 
“Para  nada como la poesía que suelen escribir las mujeres”.

A Charlotte le esperaba una sorpresa todavía mayor al leer la novela de Emily,
sobre todo por el lenguaje grosero.
Ella sondea amablemente este recodo

en su prólogo de Cumbres Borrascosas.
“Un extenso número de lectores, asimismo, sufrirá una enormidad
por la introducción en las páginas de esta obra

de palabras impresas con todas las letras,
cuando se ha vuelto costumbre representarlas solamente con la inicial 
y la última letra —con un espacio en blanco
ocupando el lugar entre ellas”.

Bueno, hay distintas definiciones de Libertad.
A Law le gustaba decir que el amor es libertad.
Yo lo tomaba más como un deseo que como una creencia

y le cambiaba de tema.
Pero las líneas en blanco no dicen nada.
Como señala Charlotte,

“La práctica de insinuar con iniciales esos improperios 
con los que las personas profanas y violentas acostumbran adornar sus discursos,
me impresiona como un procedimiento que,

por bientintecionado que sea, es débil e inútil.
No puedo precisar qué bien hace —qué sentimientos ahorra—
qué espanto oculta”.

Doy vuelta y empiezo a caminar de regreso del páramo
a la casa y al desayuno. Es una calle de doble mano

el lenguaje de lo no dicho. Mis páginas favoritas
de las Obras completas de Emily Brontë
son las notas al final

donde se registran los pequeños ajustes sobre el texto de Emily 
hechos por Charlotte,
que lo editó para publicarlo después de su muerte.
“Prisión para los más fuertes (de la mano de Emily) fue modificado a nobles por Charlotte".



Héroe

Por la forma en que mastica la tostada puedo decir si mi mamá
pasó una buena noche
y está a punto de comentar algo alegre
o no.

No.
Pone la tostada a un costado del plato.
Y empieza: Sabés que podés correr las cortinas en esa habitación.

Es una referencia en código a una de nuestras discusiones más viejas,
de lo que llamo la serie de Reglas de la Vida.
Mi mamá siempre cierra bien las cortinas del dormitorio a la noche antes de irse a dormir.

Yo abro las mías todo lo que puedo.
Me gusta ver todo, le digo.
¿Qué hay para ver?

La luna. El viento. El sol.
Toda esa luz en la cara a la mañana. Te despierta.
A mí me gusta despertarme.

En este punto la discusión de las cortinas llega a un delta
y puede avanzar por uno de tres canales.
Está el canal Lo Que Te Hace Falta Es Una Buena Noche De Sueño,

el canal Porfiada Como Tu Padre
y el canal Aleatorio.
¿Más tostadas?, interrumpo con energía, empujando mi silla para atrás.

¡Esas mujeres!, dice mi mamá en un tono exasperado.
Eligió el canal Aleatorio.
¿Mujeres?

Todo el tiempo quejándose de violación.
Veo que golpea con un dedo furioso el diario de ayer
que está detrás del dulce de uva.

En la portada hay un artículo chiquito
a propósito de una manifestación por el Día Internacional de la Mujer
—¿No viste el catálogo de verano de Sears? 

Nop. ¿Por?
¡Una descgracia! Esas mallas
¡Hasta acá! (señala) ¡No me sorprende!

¿Vos decís que las mujeres se merecen que las violen
porque las mallas de las propagandas de Sears
son muy cavadas? ¿Estás hablando en serio, ma?

Bueno, alguien tiene que ser responsable.
¿Por qué las mujeres tienen que ser responsables del deseo masculino? Levanto  la voz.
Ah, ya veo, sos una de Esas.

¿Una de quiénes? Levanto mucho la voz. Mamá le pasa por encima.
¿Y qué hiciste con esa mallita enteriza que tenías el año pasado, la verde?
Te quedaba tan elegante.

De muy arriba me cae el dato endeble 
de que mi mamá tiene miedo.
Va a cumplir ochenta años este verano.

Sus hombritos filosos encorvados adentro de la bata azul
me hacen pensar en Héroe, el alconcito al que Emily Brontë le daba
pedacitos de panceta en la mesa de la cocina cuando Charlotte no andaba cerca.

Entonces, má  —hago saltar la tostadora
y le lanzo rápido al plato una rebanada caliente de pan de centeno—
¿vamos a visitar a papá hoy? Ella mira con hostilidad el reloj de la cocina.

Sigo: ¿Salimos a las once y volvemos a casa a eso de las cuatro?
Ella unta la tostada con golpes irregulares.
En nuestro código el silencio es aceptación. Voy al cuarto de al lado a llamar un taxi.

Mi papá vive en un hospital para pacientes que requieren atención crónica
a unos 80 km de acá.
Sufre una forma de demencia

caracterizada por dos tipos de cambios patológicos
que el primero en registrar fue Alois Alzheimer en 1907.
Primero, la presencia de unas formaciones esféricas 

en el tejido cerebral conocidas como placas neuríticas,
compuestas principalmente por células cerebrales en degeneración.
Segundo, ovillos neurofibrilares

en la corteza cerebral y el hipocampo.
No se conoce causa ni cura.
Mamá lo fue a visitar en taxi una vez por semana

los últimos cinco años.
El matrimonio es en las buenas y en las malas, dice. 
Y estas son las malas.

Así que más o menos una hora después estamos en el taxi
volando al pueblo por los caminos rurales vacíos.
La luz de abril es clara como una alarma.

Cuando pasamos delante de los objetos nos da la sensación repentina 
de que cada uno existe en el espacio sobre su propia sombra.
Desearía poder llevarme esa claridad conmigo 

 al hospital donde las distinciones tienden a aplanarse y fundirse.
Desearía haber sido más buena con él antes de que se volviera loco.
Esos son mis dos deseos.

Es difícil encontrar el principio de la demencia.
Me acuerdo de una noche hace unos diez años
en la que estaba hablando por teléfono con él.

Era un domingo de invierno a la noche.
Oía cómo sus frases iban llenándose de miedo.
Iba a empezar una frase —acerca del tiempo, perdía el hilo, y empezaba otra.
Me puso furiosa oírlo titubear—

¡mi papá alto y orgulloso, expiloto de la Segunda Guerra Mundial!
Me volví implacable.
Me quedé en la orilla de la conversación,

viéndolo revolcarse por una pista,
sin ofrecerle nada,
y como una avalancha en cámara lenta se me ocurrió

que él no tenía ni idea de con quién estaba hablando.
Y hoy más frío supongo…
su voz empujó el silencio hasta que lo rompió,

la nieve le cayó encima.
Hubo una pausa larga en la que la nieve nos tapó a los dos.
En fin no te entretengo más

dijo con la alegría súbita y desesperada de quien divisa la costa.
Me despido,
no te quiero hacer gastar tanto. Adiós.

Adiós.
Adiós. ¿Quién sos?
Le dije al tono de marcado.

En el hospital fuimos por pasillos largos pintados de rosa
y pasamos por una puerta con una ventana grande
y cerradura con combinación  (5-25-3)

al ala oeste, para pacientes de atención crónica.
Cada ala tiene un nombre.
La de atención crónica es Nuestra Milla Dorada.

aunque mamá prefiere decirle La Última Vuelta.
Papá está atado en una silla atada a la pared
en una habitación con otra gente atada que se ladea en diversos ángulos.

Mi papá es el que menos se ladea, estoy orgullosa de él.
¿Hola, pa, cómo estás?
La cara se le abre en lo que puede ser una mueca o furia

y pasándome por encima la mirada lanza al aire una corriente de vehemencia.
Mi mamá pone la mano sobre las de él.
Le dice Hola amor. Él corre la mano. Nos sentamos.

El sol se agolpa en la habitación.
Mamá empieza a sacar del bolso las cosas que le trajo:
uvas, galletas de maicena, caramelos de menta.

Él le hace declaraciones enérgicas a alguien que está en el aire entre nosotras.
Usa un idioma que nada más él conoce,
hecho de sílabas, gruñidos y exhortaciones repentinas y salvajes.

De vez en cuando alguna expresión vieja flota por sobre el chapoteo
—¡No me digas! o ¡Feliz cumpleaños!—
nunca una frase de verdad

desde hace más de tres años.
Veo que los dientes de adelante se le están poniendo negros.
Me pregunto cómo se les lava los dientes a los locos.

Él siempre se los cuidó mucho. Mi mamá levanta la mirada.
Ella y yo a veces tenemos cada una la mitad de un pensamiento.
¿Te acordás de ese escarbadientes de Harrod’s enchapado en oro

que le mandaste el verano que estuviste en Londres? me pregunta.
Sí, no sé qué se habrá hecho.
Debe estar en el baño en alguna parte.

Ella le da las uvas una por una.
A él se le siguen cayendo entre los dedos enormes y rígidos.
Era un hombre grande y fuerte, de más de 1,80 de alto,

pero desde que vino al hospital el cuerpo se le redujo a un asilo de huesos
—excepto las manos. Las manos siguen creciéndole.
Son grandes como las botas de un Van Gogh,

y van persiguiendo las uvas con torpeza por su regazo.
Pero ahora se da vuelta hacia mí con una ráfaga de sílabas urgentes
que acaban en una nota aguda— espera,

mirándome fijo a la cara. Esa mirada inquisitiva.
Con una ceja levantada.
En casa tengo una foto pegada a la heladera.

Se ve el escuadrón aéreo de la Segunda Guerra Mundial posando delante del avión.
Las manos firmes en la espalda, las piernas separadas,
el mentón proyectándose hacia adelante.

Vestidos con los uniformes de vuelo inflados y con
una correa de cuero ancha ajustada a la entrepierna.
Entrecierran los ojos al brillo del sol del invierno de 1942.

Amanece.
Parten a Francia desde Dover.
Mi papá en el extremo izquierdo es el aviador más alto,

con el cuello subido
y una ceja levantada.
La luz sin sombra lo hace parecer inmortal,

para todo el mundo es alguien que no va a volver a llorar nunca.
Todavía me está mirando a la cara.
¡Alerones abajo! Grito.
Su sonrisa negra destella una sola vez y se apaga como un fósforo.




Caliente

La luz caliente y azul de la luna baja por el cielo en declive.
Me despierto demasiado rápido en una celda de cachorros ahorcados
con los ojos chorreando en la oscuridad.
A tientas

muy despacio
la conciencia reemplaza los barrotes.
Colas de sueños y líquidos rabiosos

bajan nadando hasta mi centro.
Ahora casi siempre son rabiosos los sueños que me ocupan las noches.
No es raro después de la pérdida del amor—

azul negro y rojo abren el cráter.
La rabia me interesa.
La trepo para encontrar el origen.

Soñé con una mujer vieja acostada y despierta en la cama.
Controla la casa mediante un sistema de lámparas colgadas de unos cables arriba de ella.
Cada cable tiene un botoncito negro.

Uno por uno los botones se niegan a encender las lámparas.
Ella sigue apretándolos y apretándolos
en oleadas de rabia calurosa.

Después se arrastra de la cama a espiar a través de las celosías
las habitaciones del resto de la casa.
Las habitaciones están en silencio,  brillantemente iluminadas

y llenas de muebles enormes detrás de los que acechan
criaturas chiquitas—no tanto como gatos ni tanto como ratas
lamiéndose sus mandíbulas angostas y rojas

bajo el peso del tiempo.
Quiero ser hermosa otra vez, susurra ella
pero las habitaciones grandiosamente iluminadas hacen tictac vacías

como un transatlántico abandonado y ahora detrás de ella en la oscuridad
hay un sonido crujiente, que se acerca—
Tengo el piyama empapado.

La rabia corre a través de mí, aparta todo lo demás de mi corazón,
chorreándose por los respiraderos.
Todas las noches me despierto con esta rabia,

con la cama empapada,
con el pugilato caliente del dolor que me golpea me mueva como me mueva.
Quiero justicia. Golpe.

Quiero una explicación. Golpe.
Quiero maldecir al amigo falso que dijo que iba a quererme para siempre. Golpe.
Me estiro y enciendo el velador. La noche salta por

la ventana y desaparece en el páramo.
Me quedo acostada escuchando  la vibración leve en los oídos
y pensando en las maldiciones.

Emily Brontë era buena para maldecir.
La falsedad, el mal amor y el dolor mortal de la transformación son temas constantes en su poesía.

                    ¡Bien, habéis dejado de retribuir mi amor!
                    Pero si arriba un Dios hubiese 
                    cuyo brazo sea fuerte, cuya palabra cierta,
                    ¡este infierno estrangulará también a vuestro espíritu!

Las maldiciones son elaboradas:

                    ¡Vete, Impostor, vete! Mi mano te suelta, húmeda;
                    La sangre de mi corazón fluye a buscar la bendición: ¡Olvidar!
                    Oh, que pueda ese corazón perdido retornar a quien pertenece
                    un décimo del dolor que nubla mi oscuridad!

Pero no le dan paz:

                    ¡Palabras vanas, pensamientos vanos desenfrenados! Ningún oído me escucha llamar—
                    En el aire vacío caen y se pierden mis frenéticas maldiciones…

                    Inconquistable en mi alma el Tirano todavía domina—
                    ¡Vida se inclina bajo mi mano, pero a Amor no lo puedo matar!

Su rabia es un rompecabezas.
A mí me despierta muchas preguntas,
ver que trata el amor con tal frialdad y desprecio deliberado

alguien que rara vez dejó la casa
“excepto para ir a la iglesia o para dar un paseo por las colinas”
(según Charlotte) y que

no tuvo más relación con la gente de Haworth
que “una monja con
los campesinos que a veces pasan por la puerta del convento”.

¿Cómo es que Emily llega a perder la fe en los seres humanos?
Admiraba sus dialectos, estudiaba sus genealogías,
“pero con ellos rara vez intercambió una palabra”.

Su naturaleza introvertida disminuyó desde que le estrechó las manos a alguien que conoció en el páramo.
¿Qué sabía Emily de las mentiras del amante o de la fe humana corriente?
Entre sus biógrafos

está el que conjetura que durante su estancia de seis meses
en Halifax  tuvo un parto o un aborto,
pero no hay ninguna evidencia de esos hechos 

y el consenso general es que en sus 31 años Emily no tocó un solo hombre.
Dejando el sexismo banal de lado,
me tienta

leer Cumbres Borrascosas como un acto de venganza acumulada
por toda esa vida que a Emily se le negó.
Pero la poesía muestra rastros de una explicación más profunda.

Como si para algunas mujeres la rabia pudiera ser una especie de vocación.
Un pensamiento escalofriante.

                    El corazón está muerto desde la infancia.
                    Sin llorar por dejar irse al cuerpo.

De pronto con frío alcanzo y tironeo la cobija subiéndomela hasta el mentón.
La mía no es vocación de rabia.
Yo conozco el origen.

Es increíble, un momento como no hay dos,
cuando el amante de una viene y dice no te amo más.
Apago el velador y me acuesto boca arriba,

pensando en el alma joven y fría de Emily.
¿Dónde empieza el descreimiento?
Cuando yo era joven

había niveles de certeza.
Podía decir: sí ya sé que tengo dos manos.
Y un día me desperté en un planeta de gente a la que las manos de vez en cuando
les desaparecen.

Desde el cuarto de al lado escucho a mi mamá moverse suspirar y volver a
acomodarse bajo el umbral del sueño.
Atrás de la ventana la luna es nada más que un pedacito de cartilago de plata abajo en las orillas borrosas del cielo.

                    Nuestros huéspedes están oscuramente alojados, susurré, asomándome 
                    a la bóveda…




Él

El tema que me queda es el tema de la soledad.
Y prefiero aplazarlo.
Es de día.

Una luz azorada baña el páramo de norte a este.
Camino hacia la luz.
Una manera de aplazar la soledad es interponer a Dios.

Emily tenía una relación de ese nivel con alguien al que llamaba Él. Lo describe 
despierto como ella toda la noche 
y lleno de un poder extraño.

Él corteja a Emily con una voz que sale del viento nocturno.
Ella y Él se influyen mutuamente en la oscuridad,
moviéndose al mismo tiempo cerca y lejos.

Ella habla de la dulzura “que demostró que somos uno”.
Me incomoda el modelo compensatorio de la experiencia religiosa femenina y aun así,
no cabe duda,

sería dulce tener un amigo a quien contarle cosas a la noche,
sin tener que pagar el precio terrible del sexo.
Es una idea infantil, ya lo sé.

Mi educación, debo admitir, fue incoherente.
Las reglas básicas de las relaciones hombre-mujer
en nuestra familia se impartían según el clima,

no estaba permitido el discurso directo.
Me acuerdo de un domingo sentada en el asiento de atrás del auto.
Papá en el de adelante.

Estábamos en la entrada esperando a mamá,
que dio vuelta en la esquina de casa
y se metió por la puerta del pasajero
vestida con un traje Chanel amarillo y tacos altos negros.
Papá la miró de arriba abajo.
Tu madre muestra bastante las piernas hoy, dijo

en un tono de voz que (a los once años) me sonó raro.
Miré la nuca de ella esperando a ver qué decía.
La respuesta hubiera aclarado el asunto.

Pero ella solamente se rió con una risa rara con sogas por todas partes.
Más tarde ese verano junté esa risa con otra 
que alcancé a oír cuando iba subiendo la escalera.

Ella hablaba por teléfono en la cocina.
La mayoría de las veces una mujer estaría igual de contenta 
con un beso en la mejilla pero VISTE LOS HOMBRES CÓMO SON,

decía. Risa.
Sogas no, espinas.
Llegué al medio del páramo

donde el suelo se hunde en una zona baja y pantanosa.
El agua estancada se congeló.
Algunos yuyos dorados

se habían impreso en la
parte de abajo del hielo como si fueran mensajes.

                    Vendré cuando Él esté más triste, 
                    solo en la habitación oscurecida,
                    cuando se esfume la risa del día loco,
                    y la sonrisa de gozo esté proscrita.

                    Vendré cuando el sentir real del corazón
                    tenga entero e imparcial dominio
                    y mi influencia sobre vuestra robada pena
                    que se ahonda, alegría que congela,
                    cambie el curso del alma vuestra.

                    ¡Escuchad! Es hora,
                    la hora terrible para vos:
                    ¿Acaso no sentís rodar sobre vuestra 
                    alma un río de sensaciones extrañas,
                    precursoras de un poder más severo,
                    heraldos de mí?

Muy difíciles de leer, los mensajes van y vienen
entre Él y Emily.
En este poema ella invierte los roles:

habla ya no como la víctima sino a la víctima.
Es escalofriante observarlo a Él moverse sobre el vos 
que está solo en la oscuridad a la espera de ser dominado.

Es un impacto darse cuenta de que esta complicidad
de amo y víctima dentro de una sola voz
es la causa

de la soledad más terrible de la hora del poeta.
Ella invirtió los roles de vos y Él
no como una exhibición de poder

sino para arrancarse a sí misma alguna piedad
por esa alma atrapada en el vidrio,
que es su creación verdadera.

Esas noches a solas
no son un discontinuo con este amanecer tísico y frío.
Es lo que soy.

¿Es vocación de rabia?
¿Por qué interpretar el silencio
como la Presencia Verdadera?

¿Por qué agacharse a besar este umbral?
¿Por qué andar desquiciada abatida y languidecer
imaginando alguien inmenso en quien descargar el oleaje de mi alma?

A Emily le gustaba el Salmo 130.
“Mi alma lo espera a Él más que los centinelas a la mañana,
más que los vigilantes a la mañana”.

A mí me gusta creer que el acto de observar le brindó un refugio,

que la complicidad con Él calmaba la rabia y el deseo:
“En Él se apagan como un fuego de espinas”, dice el salmista.

En cuanto a mí, no creo, yo no estoy apagada
—con o sin Él, no encuentro refugio.
Soy mi propio Desnudo.

Y los Desnudos tienen un destino sexual difícil.
He visto a ese destino manifestarse
en el pasaje idiota de la niña a la mujer y a la que soy ahora,

del amor a la rabia y a esta médula fría,
del fuego al refugio y al fuego.
¿Qué es lo contrario de creer en Él—

nada más no creer en Él? No. Eso es demasiado simple.
Eso es preparar un malentendido.
Quiero hablar con más claridad.

Quizás las Desnudos sean la mejor manera.
Desnudo #5. Mazo de cartas.
Todas las cartas están hechas de carne.

Las cartas vivientes son los días de la vida de una mujer.
Veo una gran aguja de plata que prende y apaga una vez encima del mazo de principio a fin.
Desnudo #6 No me acuerdo.

Desnudo #7. Habitación blanca cuyas paredes,
sin tener planos ni curvas ni ángulos,
se componen de una membrana continua de color blanco satinado

como la carne de algún órgano interno de la luna.
Es una superficie viva, casi húmeda.
La radiolucidez inhala y exhala.

Hay arcoiris que la estremecen.
Y alrededor de las paredes de la habitación anda una voz que susurra:
Tené mucho cuidado. Tené mucho cuidado.

Desnudo #8.Disco negro sobre el que los fuegos de todos los vientos
están juntos en fila.
Una mujer se para en el disco.

entre los vientos cuyas llamas de seda largas y amarillas
corren y vibran a través de ella.
Desnudo #9. Sustrato transparente.

Bajo el sustrato una mujer cavó una trinchera larga y honda.
En la trinchera va colocando formitas blancas, que no sé lo que son.
Desnudo #10. La espina verde del mundo pincha

el corazón vivo de una mujer
boca arriba en el piso.
La espina explota 

su sangre verde en el aire encima de ella.
Todo lo que es fue, dice la voz.
Desnudo #11. Precipicio en el espacio exterior.

El espacio es negro azulado y brillante como agua sólida
y moviéndose muy rápido en todas direcciones
pasa chillando delante de la mujer que está clavada

a la nada por su presión.
Ella mira buscando una salida, trata de levantar la mano pero no puede.
Desnudo #12. Mástil viejo al viento.

Sobre él soplan corrientes frías
sacándole
líneas negras horizontales largas y desparejas

hay algunos girones de cintas
unidos al mástil.
No veo cómo están unidos—

¿muescas? ¿grapas? De pronto cambia el viento 
y todos los girones negros se enderezan en el aire
y se atan entre sí formando nudos,

después se desatan y caen flotando.
El viento paró.
Espera.

Para esta época, a mitad de camino del invierno,
estaba totalmente fascinada con mi melodrama espiritual.
Después paró.

Pasaron los días, pasaron los meses y no vi nada.
Seguí mirando y buscando, sentada en la alfombra enfrente del sofá
en la mañana sin cortinas

con los nervios al aire como despellejados.
No vi nada.
Atrás de la ventana las tormentas primaverales fueron y vinieron.

La nieve de abril plegó sus patas grandes y blancas sobre puertas y porches.
Vi un trozo de nieve inclinarse en el techo, romperse
y caer, y pensé

¡Qué lentitud! al pasar deslizándose silenciosamente,
pero ni siquiera así —nada. Ningún desnudo.
Ningún Él.

En la baranda de mi balcón se formó un gran carámbano
así que me preparé cerca de la ventana tratando de espiar a través de él
esperando autoengañarme con alguna visión interior,

pero lo único que vi
fue al hombre y a la mujer de la habitación de enfrente,
que tendían la cama y se reían.

Dejé de mirar.
Me olvidé de los Desnudos.
Viví mi vida,

que sentí como un televisor apagado.
Algo había pasado a través de mí y se había ido y yo no había podido apropiármelo.
“Ahora no hay necesidad de temblar por la escarcha dura y el viento filoso.

Emily no los siente”,
escribió Charlotte el día después de enterrar a su hermana.
Emily se había soltado y era libre.

Un alma puede hacer eso.
Si va a unirse con Él y a sentarse en el porche a disfrutar de las bromas, 
los besos y las noches hermosas y frías de primavera para toda la eternidad,

vos y yo nunca lo vamos a saber. Pero te puedo decir lo que yo vi.
El Desnudo #13 llegó cuando no estaba esperándolo.
A la noche.

Casi como el Desnudo #1
y a la vez fue totalmente distinto.
Vi una colina alta y sobre ella una forma que se recortaba contra el viento fuerte.

Podría haber sido un mástil con un trapo viejo atado,
pero cuando me acerqué
vi que era un cuerpo humano

tratando de hacer frente a vientos tan terribles que la carne se le había volado de los huesos.
Y no había más dolor.
El viento

estaba limpiando los huesos.
Que resistían, plateados y necesarios.
No era mi cuerpo, no era un cuerpo de mujer, era el cuerpo de todas.
Salía caminando de la luz.




Versión en castellano de Sandra Toro







The Glass Essay

I

I can hear little clicks inside my dream.
Night drips its silver tap
down the back.
At 4 A.M. I wake. Thinking

of the man who
left in September.
His name was Law.

My face in the bathroom mirror
has white streaks down it.
I rinse the face and return to bed.
Tomorrow I am going to visit my mother.


SHE

She lives on a moor in the north.
She lives alone.
Spring opens like a blade there.
I travel all day on trains and bring a lot of books—

some for my mother, some for me
including The Collected Works Of Emily Brontë.
This is my favourite author.

Also my main fear, which I mean to confront.
Whenever I visit my mother
I feel I am turning into Emily Brontë,

my lonely life around me like a moor,
my ungainly body stumping over the mud flats with a look of transformation
that dies when I come in the kitchen door.
What meat is it, Emily, we need?



THREE

Three silent women at the kitchen table.
My mother’s kitchen is dark and small but out the window
there is the moor, paralyzed with ice.
It extends as far as the eye can see

over flat miles to a solid unlit white sky.
Mother and I are chewing lettuce carefully.
The kitchen wall clock emits a ragged low buzz that jumps

once a minute over the twelve.
I have Emily p. 216 propped open on the sugarbowl
but am covertly watching my mother.

A thousand questions hit my eyes from the inside.
My mother is studying her lettuce.
I turn to p. 217.

“In my flight through the kitchen I knocked over Hareton
who was hanging a litter of puppies
from a chairback in the doorway. . . .”

It is as if we have all been lowered into an atmosphere of glass.
Now and then a remark trails through the glass.
Taxes on the back lot. Not a good melon,

too early for melons.
Hairdresser in town found God, closes shop every Tuesday.
Mice in the teatowel drawer again.
Little pellets. Chew off

the corners of the napkins, if they knew
what paper napkins cost nowadays.
Rain tonight.

Rain tomorrow.
That volcano in the Philippines at it again. What’s her name
Anderson died no not Shirley

the opera singer. Negress.
Cancer.
Not eating your garnish, you don’t like pimento?

Out the window I can see dead leaves ticking over the flatland
and dregs of snow scarred by pine filth.
At the middle of the moor

where the ground goes down into a depression,
the ice has begun to unclench.
Black open water comes

curdling up like anger. My mother speaks suddenly.
That psychotherapy’s not doing you much good is it?
You aren’t getting over him.

My mother has a way of summing things up.
She never liked Law much
but she liked the idea of me having a man and getting on with life.

Well he’s a taker and you’re a giver I hope it works out,
was all she said after she met him.
Give and take were just words to me

at the time. I had not been in love before.
It was like a wheel rolling downhill.
But early this morning while mother slept

and I was downstairs reading the part in Wuthering Heights
where Heathcliff clings at the lattice in the storm sobbing
Come in! Come in! to the ghost of his heart’s darling,

I fell on my knees on the rug and sobbed too.
She knows how to hang puppies,
that Emily.

It isn’t like taking an aspirin you know, I answer feebly.
Dr. Haw says grief is a long process.
She frowns. What does it accomplish

all that raking up the past?
Oh—I spread my hands—
I prevail! I look her in the eye.
She grins. Yes you do.


WHACHER

Whacher,
Emily’s habitual spelling of this word,
has caused confusion.
For example

in the first line of the poem printed Tell me, whether, is it winter?
in the Shakespeare Head edition.
But whacher is what she wrote.

Whacher is what she was.
She whached God and humans and moor wind and open night.
She whached eyes, stars, inside, outside, actual weather.

She whached the bars of time, which broke.
She whached the poor core of the world,
wide open.

To be a whacher is not a choice.
There is nowhere to get away from it,
no ledge to climb up to—like a swimmer

who walks out of the water at sunset
shaking the drops off, it just flies open.
To be a whacher is not in itself sad or happy,

although she uses these words in her verse
as she uses the emotions of sexual union in her novel,
grazing with euphemism the work of whaching.

But it has no name.
It is transparent.
Sometimes she calls it Thou.

“Emily is in the parlour brushing the carpet,”
records Charlotte in 1828.
Unsociable even at home

and unable to meet the eyes of strangers when she ventured out,
Emily made her awkward way
across days and years whose bareness appalls her biographers.

This sad stunted life, says one.
Uninteresting, unremarkable, wracked by disappointment
and despair, says another.

She could have been a great navigator if she’d been male,
suggests a third. Meanwhile
Emily continued to brush into the carpet the question,

Why cast the world away.
For someone hooked up to Thou,
the world may have seemed a kind of half-finished sentence.

But in between the neighbour who recalls her
coming in from a walk on the moors
with her face “lit up by a divine light”

and the sister who tells us
Emily never made a friend in her life,
is a space where the little raw soul

slips through.
It goes skimming the deep keel like a storm petrel,
out of sight.

The little raw soul was caught by no one.
She didn’t have friends, children, sex, religion, marriage, success, a salary
or a fear of death. She worked

in total six months of her life (at a school in Halifax)
and died on the sofa at home at 2 P.M. on a winter afternoon
in her thirty-first year. She spent

most of the hours of her life brushing the carpet,
walking the moor
or whaching. She says

it gave her peace.
“All tight and right in which condition it is to be hoped we shall all be this   
    day 4 years,”
she wrote in her Diary Paper of 1837.

Yet her poetry from beginning to end is concerned with prisons,
vaults, cages, bars, curbs, bits, bolts, fetters,
locked windows, narrow frames, aching walls.

“Why all the fuss?” asks one critic.
“She wanted liberty. Well didn’t she have it?
A reasonably satisfactory homelife,

a most satisfactory dreamlife—why all this beating of wings?
What was this cage, invisible to us,
which she felt herself to be confined in?”

Well there are many ways of being held prisoner,
I am thinking as I stride over the moor.
As a rule after lunch mother has a nap

and I go out to walk.
The bare blue trees and bleached wooden sky of April
carve into me with knives of light.

Something inside it reminds me of childhood—
it is the light of the stalled time after lunch
when clocks tick

and hearts shut
and fathers leave to go back to work
and mothers stand at the kitchen sink pondering

something they never tell.
You remember too much,
my mother said to me recently.

Why hold onto all that? And I said,
Where can I put it down?
She shifted to a question about airports.

Crops of ice are changing to mud all around me
as I push on across the moor
warmed by drifts from the pale blue sun.

On the edge of the moor our pines
dip and coast in breezes
from somewhere else.

Perhaps the hardest thing about losing a lover is
to watch the year repeat its days.
It is as if I could dip my hand down

into time and scoop up
blue and green lozenges of April heat
a year ago in another country.

I can feel that other day running underneath this one
like an old videotape—here we go fast around the last corner
up the hill to his house, shadows

of limes and roses blowing in the car window
and music spraying from the radio and him
singing and touching my left hand to his lips.

Law lived in a high blue room from which he could see the sea.
Time in its transparent loops as it passes beneath me now
still carries the sound of the telephone in that room

and traffic far off and doves under the window
chuckling coolly and his voice saying,
You beauty. I can feel that beauty’s

heart beating inside mine as she presses into his arms in the high blue room—
No, I say aloud. I force my arms down
through air which is suddenly cold and heavy as water

and the videotape jerks to a halt
like a glass slide under a drop of blood.
I stop and turn and stand into the wind,

which now plunges towards me over the moor.
When Law left I felt so bad I thought I would die.
This is not uncommon.

I took up the practice of meditation.
Each morning I sat on the floor in front of my sofa
and chanted bits of old Latin prayers.

De profundis clamavi ad te Domine.
Each morning a vision came to me.
Gradually I understood that these were naked glimpses of my soul.

I called them Nudes.
Nude #1. Woman alone on a hill.
She stands into the wind.

It is a hard wind slanting from the north.
Long flaps and shreds of flesh rip off the woman’s body and lift
and blow away on the wind, leaving

an exposed column of nerve and blood and muscle
calling mutely through lipless mouth.
It pains me to record this,

I am not a melodramatic person.
But soul is “hewn in a wild workshop”
as Charlotte Brontë says of Wuthering Heights.

Charlotte’s preface to Wuthering Heights is a publicist’s masterpiece.
Like someone carefully not looking at a scorpion
crouched on the arm of the sofa Charlotte

talks firmly and calmly
about the other furniture of Emily’s workshop—about
the inexorable spirit (“stronger than a man, simpler than a child”),

the cruel illness (“pain no words can render”),
the autonomous end (“she sank rapidly, she made haste to leave us”)
and about Emily’s total subjection

to a creative project she could neither understand nor control,
and for which she deserves no more praise nor blame
than if she had opened her mouth

“to breathe lightning.” The scorpion is inching down
the arm of the sofa while Charlotte
continues to speak helpfully about lightning

and other weather we may expect to experience
when we enter Emily’s electrical atmosphere.
It is “a horror of great darkness” that awaits us there

but Emily is not responsible. Emily was in the grip.
“Having formed these beings she did not know what she had done,”
says Charlotte (of Heathcliff and Earnshaw and Catherine).

Well there are many ways of being held prisoner.
The scorpion takes a light spring and lands on our left knee
as Charlotte concludes, “On herself she had no pity.”

Pitiless too are the Heights, which Emily called Wuthering
because of their “bracing ventilation”
and “a north wind over the edge.”

Whaching a north wind grind the moor
that surrounded her father’s house on every side,
formed of a kind of rock called millstone grit,

taught Emily all she knew about love and its necessities—
an angry education that shapes the way her characters
use one another. “My love for Heathcliff,” says Catherine,

“resembles the eternal rocks beneath
a source of little visible delight, but necessary.”
Necessary? I notice the sun has dimmed

and the afternoon air sharpening.
I turn and start to recross the moor towards home.
What are the imperatives

that hold people like Catherine and Heathcliff
together and apart, like pores blown into hot rock
and then stranded out of reach

of one another when it hardens? What kind of necessity is that?
The last time I saw Law was a black night in September.
Autumn had begun,

my knees were cold inside my clothes.
A chill fragment of moon rose.
He stood in my living room and spoke

without looking at me. Not enough spin on it,
he said of our five years of love.
Inside my chest I felt my heart snap into two pieces

which floated apart. By now I was so cold
it was like burning. I put out my hand
to touch his. He moved back.

I don’t want to be sexual with you, he said. Everything gets crazy.
But now he was looking at me.
Yes, I said as I began to remove my clothes.

Everything gets crazy. When nude
I turned my back because he likes the back.
He moved onto me.

Everything I know about love and its necessities
I learned in that one moment
when I found myself

thrusting my little burning red backside like a baboon
at a man who no longer cherished me.
There was no area of my mind

not appalled by this action, no part of my body
that could have done otherwise.
But to talk of mind and body begs the question.

Soul is the place,
stretched like a surface of millstone grit between body and mind,
where such necessity grinds itself out.

Soul is what I kept watch on all that night.
Law stayed with me.
We lay on top of the covers as if it weren’t really a night of sleep and time,

caressing and singing to one another in our made-up language
like the children we used to be.
That was a night that centred Heaven and Hell,

as Emily would say. We tried to fuck
but he remained limp, although happy. I came
again and again, each time accumulating lucidity,

until at last I was floating high up near the ceiling looking down
on the two souls clasped there on the bed
with their mortal boundaries

visible around them like lines on a map.
I saw the lines harden.
He left in the morning.

It is very cold
walking into the long scraped April wind.
At this time of year there is no sunset
just some movements inside the light and then a sinking away.


KITCHEN

Kitchen is quiet as a bone when I come in.
No sound from the rest of the house.
I wait a moment
then open the fridge.

Brilliant as a spaceship it exhales cold confusion.
My mother lives alone and eats little but her fridge is always crammed.
After extracting the yogurt container

from beneath a wily arrangement of leftover blocks of Christmas cake
wrapped in foil and prescription medicine bottles
I close the fridge door. Bluish dusk

fills the room like a sea slid back.
I lean against the sink.
White foods taste best to me

and I prefer to eat alone. I don’t know why.
Once I heard girls singing a May Day song that went:

                                 Violante in the pantry
                                 Gnawing at a mutton bone
                                 How she gnawed it
                                 How she clawed it
                                 When she felt herself alone.

Girls are cruelest to themselves.
Someone like Emily Brontë,
who remained a girl all her life despite her body as a woman,

had cruelty drifted up in all the cracks of her like spring snow.
We can see her ridding herself of it at various times
with a gesture like she used to brush the carpet.

Reason with him and then whip him!
was her instruction (age six) to her father
regarding brother Branwell.

And when she was 14 and bitten by a rabid dog she strode (they say)
into the kitchen and taking red hot tongs from the back of the stove applied
them directly to her arm.

Cauterization of Heathcliff took longer.
More than thirty years in the time of the novel,
from the April evening when he runs out the back door of the kitchen
and vanishes over the moor

because he overheard half a sentence of Catherine’s
(“It would degrade me to marry Heathcliff”)
until the wild morning

when the servant finds him stark dead and grinning
on his rainsoaked bed upstairs in Wuthering Heights.
Heathcliff is a pain devil.

If he had stayed in the kitchen
long enough to hear the other half of Catherine’s sentence
(“so he will never know how I love him”)

Heathcliff would have been set free.
But Emily knew how to catch a devil.
She put into him in place of a soul

the constant cold departure of Catherine from his nervous system
every time he drew a breath or moved thought.
She broke all his moments in half,

with the kitchen door standing open.
I am not unfamiliar with this half-life.
But there is more to it than that.

Heathcliff’s sexual despair
arose out of no such experience in the life of Emily Brontë,
so far as we know. Her question,

which concerns the years of inner cruelty that can twist a person into a pain
    devil,
came to her in a kindly firelit kitchen
(“kichin” in Emily’s spelling) where she

and Charlotte and Anne peeled potatoes together
and made up stories with the old house dog Keeper at their feet.
There is a fragment

of a poem she wrote in 1839
(about six years before Wuthering Heights) that says:

                            That iron man was born like me
                            And he was once an ardent boy:
                            He must have felt in infancy
                            The glory of a summer sky.

Who is the iron man?
My mother’s voice cuts across me,
from the next room where she is lying on the sofa.

Is that you dear?
Yes Ma.
Why don’t you turn on a light in there?

Out the kitchen window I watch the steely April sun
jab its last cold yellow streaks
across a dirty silver sky.
Okay Ma. What’s for supper?


LIBERTY

Liberty means different things to different people.
I have never liked lying in bed in the morning.
Law did.
My mother does.

But as soon as the morning light hits my eyes I want to be out in it—
moving along the moor
into the first blue currents and cold navigation of everything awake.

I hear my mother in the next room turn and sigh and sink deeper.
I peel the stale cage of sheets off my legs
and I am free.

Out on the moor all is brilliant and hard after a night of frost.
The light plunges straight up from the ice to a blue hole at the top of the sky.
Frozen mud crunches underfoot. The sound

startles me back into the dream I was having
this morning when I awoke,
one of those nightlong sweet dreams of lying in Law’s

arms like a needle in water—it is a physical effort
to pull myself out of his white silk hands
as they slide down my dream hips—I

turn and face into the wind
and begin to run.
Goblins, devils and death stream behind me.

In the days and months after Law left
I felt as if the sky was torn off my life.
I had no home in goodness anymore.

To see the love between Law and me
turn into two animals gnawing and craving through one another
towards some other hunger was terrible.

Perhaps this is what people mean by original sin, I thought.
But what love could be prior to it?
What is prior?

What is love?
My questions were not original.
Nor did I answer them.

Mornings when I meditated
I was presented with a nude glimpse of my lone soul,
not the complex mysteries of love and hate.

But the Nudes are still as clear in my mind
as pieces of laundry that froze on the clothesline overnight.
There were in all thirteen of them.

Nude #2. Woman caught in a cage of thorns.
Big glistening brown thorns with black stains on them
where she twists this way and that way

unable to stand upright.
Nude #3. Woman with a single great thorn implanted in her forehead.
She grips it in both hands

endeavouring to wrench it out.
Nude #4. Woman on a blasted landscape
backlit in red like Hieronymus Bosch.

Covering her head and upper body is a hellish contraption
like the top half of a crab.
With arms crossed as if pulling off a sweater

she works hard at dislodging the crab.
It was about this time
I began telling Dr. Haw

about the Nudes. She said,
When you see these horrible images why do you stay with them?
Why keep watching? Why not

go away? I was amazed.
Go away where? I said.
This still seems to me a good question.

But by now the day is wide open and a strange young April light
is filling the moor with gold milk.
I have reached the middle

where the ground goes down into a depression and fills with swampy water.
It is frozen.
A solid black pane of moor life caught in its own night attitudes.

Certain wild gold arrangements of weed are visible deep in the black.
Four naked alder trunks rise straight up from it
and sway in the blue air. Each trunk

where it enters the ice radiates a map of silver pressures—
thousands of hair-thin cracks catching the white of the light
like a jailed face

catching grins through the bars.
Emily Brontë has a poem about a woman in jail who says

                A messenger of Hope, comes every night to me
                And offers, for short life, eternal Liberty.

I wonder what kind of Liberty this is.
Her critics and commentators say she means death
or a visionary experience that prefigures death.

They understand her prison
as the limitations placed on a clergyman’s daughter
by nineteenth-century life in a remote parish on a cold moor

in the north of England.
They grow impatient with the extreme terms in which she figures prison life.
“In so much of Brontë’s work

the self-dramatising and posturing of these poems teeters
on the brink of a potentially bathetic melodrama,”
says one. Another

refers to “the cardboard sublime” of her caught world.
I stopped telling my psychotherapist about the Nudes
when I realized I had no way to answer her question,

Why keep watching?
Some people watch, that’s all I can say.
There is nowhere else to go,

no ledge to climb up to.
Perhaps I can explain this to her if I wait for the right moment,
as with a very difficult sister.

“On that mind time and experience alone could work:
to the influence of other intellects it was not amenable,”
wrote Charlotte of Emily.

I wonder what kind of conversation these two had
over breakfast at the parsonage.
“My sister Emily

was not a person of demonstrative character,” Charlotte emphasizes,
“nor one on the recesses of whose mind and feelings,
even those nearest and dearest to her could,

with impunity, intrude unlicensed. . . .” Recesses were many.
One autumn day in 1845 Charlotte
“accidentally lighted on a MS. volume of verse in my sister Emily’s   
    handwriting.”

It was a small (4 x 6) notebook
with a dark red cover marked 6d.
and contained 44 poems in Emily’s minute hand.

Charlotte had known Emily wrote verse
but felt “more than surprise” at its quality.
“Not at all like the poetry women generally write.”

Further surprise awaited Charlotte when she read Emily’s novel,
not least for its foul language.
She gently probes this recess

in her Editor’s Preface to Wuthering Heights.
“A large class of readers, likewise, will suffer greatly
from the introduction into the pages of this work

of words printed with all their letters,
which it has become the custom to represent by the initial and final letter
    only—a blank
line filling the interval.”

Well, there are different definitions of Liberty.
Love is freedom, Law was fond of saying.
I took this to be more a wish than a thought

and changed the subject.
But blank lines do not say nothing.
As Charlotte puts it,

“The practice of hinting by single letters those expletives
with which profane and violent persons are wont to garnish their discourse,
strikes me as a proceeding which,

however well meant, is weak and futile.
I cannot tell what good it does—what feeling it spares—
what horror it conceals.”

I turn my steps and begin walking back over the moor
towards home and breakfast. It is a two-way traffic,

the language of the unsaid. My favourite pages
of The Collected Works Of Emily Brontë
are the notes at the back

recording small adjustments made by Charlotte
to the text of Emily’s verse,
which Charlotte edited for publication after Emily’s death.
“Prison for strongest [in Emily’s hand] altered to lordly by Charlotte.”


HERO

I can tell by the way my mother chews her toast
whether she had a good night
and is about to say a happy thing
or not.

Not.
She puts her toast down on the side of her plate.
You know you can pull the drapes in that room, she begins.


This is a coded reference to one of our oldest arguments,
from what I call The Rules Of Life series.
My mother always closes her bedroom drapes tight before going to bed at night.

I open mine as wide as possible.
I like to see everything, I say.
What’s there to see?

Moon. Air. Sunrise.
All that light on your face in the morning. Wakes you up.
I like to wake up.

At this point the drapes argument has reached a delta
and may advance along one of three channels.
There is the What You Need Is A Good Night’s Sleep channel,

the Stubborn As Your Father channel
and random channel.
More toast? I interpose strongly, pushing back my chair.

Those women! says my mother with an exasperated rasp.
Mother has chosen random channel.
Women?

Complaining about rape all the time
I see she is tapping one furious finger on yesterday’s newspaper
lying beside the grape jam.

The front page has a small feature
about a rally for International Women’s Day—
have you had a look at the Sears Summer Catalogue?

Nope.
Why, it’s a disgrace! Those bathing suits—
cut way up to here! (she points) No wonder!

You’re saying women deserve to get raped
because Sears bathing suit ads
have high-cut legs? Ma, are you serious?

Well someone has to be responsible.
Why should women be responsible for male desire? My voice is high.
Oh I see you’re one of Them.

One of Whom? My voice is very high. Mother vaults it.
And whatever did you do with that little tank suit you had last year the green
    one?
It looked so smart on you.

The frail fact drops on me from a great height
that my mother is afraid.
She will be eighty years old this summer.

Her tiny sharp shoulders hunched in the blue bathrobe
make me think of Emily Brontë’s little merlin hawk Hero
that she fed bits of bacon at the kitchen table when Charlotte wasn‘t around.

So Ma, we’ll go—I pop up the toaster
and toss a hot slice of pumpernickel lightly across onto her plate—
visit Dad today? She eyes the kitchen clock with hostility.

Leave at eleven, home again by four? I continue.
She is buttering her toast with jagged strokes.
Silence is assent in our code. I go into the next room to phone the taxi.

My father lives in a hospital for patients who need chronic care
about 50 miles from here.
He suffers from a kind of dementia

characterized by two sorts of pathological change
first recorded in 1907 by Alois Alzheimer.
First, the presence in cerebral tissue

of a spherical formation known as neuritic plaque,
consisting mainly of degenerating brain cells.
Second, neurofibrillary snarlings

in the cerebral cortex and in the hippocampus.
There is no known cause or cure.
Mother visits him by taxi once a week

for the last five years.
Marriage is for better or for worse, she says,
this is the worse.

So about an hour later we are in the taxi
shooting along empty country roads towards town.
The April light is clear as an alarm.

As we pass them it gives a sudden sense of every object
existing in space on its own shadow.
I wish I could carry this clarity with me

into the hospital where distinctions tend to flatten and coalesce.
I wish I had been nicer to him before he got crazy.
These are my two wishes.

It is hard to find the beginning of dementia.
I remember a night about ten years ago
when I was talking to him on the telephone.

It was a Sunday night in winter.
I heard his sentences filling up with fear.
He would start a sentence—about weather, lose his way, start another.
It made me furious to hear him floundering—

my tall proud father, former World War II navigator!
It made me merciless.
I stood on the edge of the conversation,

watching him thrash about for cues,
offering none,
and it came to me like a slow avalanche

that he had no idea who he was talking to.
Much colder today I guess. . . .
his voice pressed into the silence and broke off,

snow falling on it.
There was a long pause while snow covered us both.
Well I won’t keep you,

he said with sudden desperate cheer as if sighting land.
I’ll say goodnight now,
I won’t run up your bill. Goodbye.

Goodbye.
Goodbye. Who are you?
I said into the dial tone.

At the hospital we pass down long pink halls
through a door with a big window
and a combination lock (5—25—3)

to the west wing, for chronic care patients.
Each wing has a name.
The chronic wing is Our Golden Mile

although mother prefers to call it The Last Lap.
Father sits strapped in a chair which is tied to the wall
in a room of other tied people tilting at various angles.

My father tilts least, I am proud of him.
Hi Dad how y’doing?
His face cracks open it could be a grin or rage

and looking past me he issues a stream of vehemence at the air.
My mother lays her hand on his.
Hello love, she says. He jerks his hand away. We sit.

Sunlight flocks through the room.
Mother begins to unpack from her handbag the things she has brought for him,
grapes, arrowroot biscuits, humbugs.

He is addressing strenuous remarks to someone in the air between us.
He uses a language known only to himself,
made of snarls and syllables and sudden wild appeals.

Once in a while some old formula floats up through the wash—
You don’t say! or Happy birthday to you!—
but no real sentence

for more than three years now.
I notice his front teeth are getting black.
I wonder how you clean the teeth of mad people.

He always took good care of his teeth. My mother looks up.
She and I often think two halves of one thought.
Do you remember that gold-plated toothpick

you sent him from Harrod’s the summer you were in London? she asks.
Yes I wonder what happened to it.
Must be in the bathroom somewhere.

She is giving him grapes one by one.
They keep rolling out of his huge stiff fingers.
He used to be a big man, over six feet tall and strong,

but since he came to hospital his body has shrunk to the merest bone house—
except the hands. The hands keep growing.
Each one now as big as a boot in Van Gogh,

they go lumbering after the grapes in his lap.
But now he turns to me with a rush of urgent syllables
that break off on a high note—he waits,

staring into my face. That quizzical look.
One eyebrow at an angle.
I have a photograph taped to my fridge at home.

It shows his World War II air crew posing in front of the plane.
Hands firmly behind backs, legs wide apart,
chins forward.

Dressed in the puffed flying suits
with a wide leather strap pulled tight through the crotch.
They squint into the brilliant winter sun of 1942.

It is dawn.
They are leaving Dover for France.
My father on the far left is the tallest airman,

with his collar up,
one eyebrow at an angle.
The shadowless light makes him look immortal,

for all the world like someone who will not weep again.
He is still staring into my face.
Flaps down! I cry.
His black grin flares once and goes out like a match.


HOT

Hot blue moonlight down the steep sky.
I wake too fast from a cellar of hanged puppies
with my eyes pouring into the dark.
Fumbling

and slowly
consciousness replaces the bars.
Dreamtails and angry liquids

swim back down to the middle of me.
It is generally anger dreams that occupy my nights now.
This is not uncommon after loss of love—

blue and black and red blasting the crater open.
I am interested in anger.
I clamber along to find the source.

My dream was of an old woman lying awake in bed.
She controls the house by a system of light bulbs strung above her on wires.
Each wire has a little black switch.

One by one the switches refuse to turn the bulbs on.
She keeps switching and switching
in rising tides of very hot anger.

Then she creeps out of bed to peer through lattices
at the rooms of the rest of the house.
The rooms are silent and brilliantly lit

and full of huge furniture beneath which crouch
small creatures—not quite cats not quite rats
licking their narrow red jaws

under a load of time.
I want to be beautiful again, she whispers
but the great overlit rooms tick emptily

as a deserted oceanliner and now behind her in the dark
a rustling sound, comes—
My pajamas are soaked.

Anger travels through me, pushes aside everything else in my heart,
pouring up the vents.
Every night I wake to this anger,

the soaked bed,
the hot pain box slamming me each way I move.
I want justice. Slam.

I want an explanation. Slam.
I want to curse the false friend who said I love you forever. Slam.
I reach up and switch on the bedside lamp. Night springs

out the window and is gone over the moor.
I lie listening to the light vibrate in my ears
and thinking about curses.

Emily Brontë was good at cursing.
Falsity and bad love and the deadly pain of alteration are constant topics in
    her verse.

                     Well, thou halt paid me back my love!
                     But if there be a God above
                     Whose arm is strong, whose word is true,
                     This hell shall wring thy spirit too!

The curses are elaborate:

            There go, Deceiver, go! My hand is streaming wet;
            My heart’s blood flows to buy the blessing—To forget!
            Oh could that lost heart give back, back again to thine,
            One tenth part of the pain that clouds my dark decline!

But they do not bring her peace:

       Vain words, vain frenzied thoughts! No ear can hear me call—
       Lost in the vacant air my frantic curses fall. . . .

       Unconquered in my soul the Tyrant rules me still—
       Life bows to my control, but Love I cannot kill!

Her anger is a puzzle.
It raises many questions in me,
to see love treated with such cold and knowing contempt

by someone who rarely left home
“except to go to church or take a walk on the hills”
(Charlotte tells us) and who

had no more intercourse with Haworth folk
than “a nun has
of the country people who sometimes pass her convent gates.”

How did Emily come to lose faith in humans?
She admired their dialects, studied their genealogies,
“but with them she rarely exchanged a word.”

Her introvert nature shrank from shaking hands with someone she met on the moor.
What did Emily know of lover’s lies or cursive human faith?
Among her biographers

is one who conjectures she bore or aborted a child
during her six-month stay in Halifax,
but there is no evidence at all for such an event

and the more general consensus is that Emily did not touch a man in her 31
    years.
Banal sexism aside,
I find myself tempted

to read Wuthering Heights as one thick stacked act of revenge
for all that life withheld from Emily.
But the poetry shows traces of a deeper explanation.

As if anger could be a kind of vocation for some women.
It is a chilly thought.
                           
                              The heart is dead since infancy.
                              Unwept for let the body go.

Suddenly cold I reach down and pull the blanket back up to my chin.
The vocation of anger is not mine.
I know my source.

It is stunning, it is a moment like no other,
when one’s lover comes in and says I do not love you anymore.
I switch off the lamp and lie on my back,

thinking about Emily’s cold young soul.
Where does unbelief begin?
When I was young

there were degrees of certainty.
I could say, Yes I know that I have two hands.
Then one day I awakened on a planet of people whose hands occasionally   
    disappear—

From the next room I hear my mother shift and sigh and settle
back down under the doorsill of sleep.
Out the window the moon is just a cold bit of silver gristle low on fading banks
    of sky.

          Our guests are darkly lodged, I whispered, gazing through
          The vault . . .


THOU

The question I am left with is the question of her loneliness.
And I prefer to put it off.
It is morning.

Astonished light is washing over the moor from north to east.
I am walking into the light.
One way to put off loneliness is to interpose God.

Emily had a relationship on this level with someone she calls Thou. She describes Thou as awake like herself all night
and full of strange power.

Thou woos Emily with a voice that comes out of the night wind.
Thou and Emily influence one another in the darkness,
playing near and far at once.

She talks about a sweetness that “proved us one.”
I am uneasy with the compensatory model of female religious experience and yet,
there is no question,

it would be sweet to have a friend to tell things to at night,
without the terrible sex price to pay.
This is a childish idea, I know.

My education, I have to admit, has been gappy.
The basic rules of male-female relations
were imparted atmospherically in our family,

no direct speech allowed.
I remember one Sunday I was sitting in the backseat of the car.
Father in front.

We were waiting in the driveway for mother,
who came around the corner of the house
and got into the passenger side of the car

dressed in a yellow Chanel suit and black high heels.
Father glanced sideways at her.
Showing a good bit of leg today Mother, he said

in a voice which I (age eleven) thought odd.
I stared at the back of her head waiting for what she would say.
Her answer would clear this up.

But she just laughed a strange laugh with ropes all over it.
Later that summer I put this laugh together with another laugh
I overheard as I was going upstairs.

She was talking on the telephone in the kitchen.
Well a woman would be just as happy with a kiss on the cheek
most of the time but YOU KNOW MEN,

she was saying. Laugh.
Not ropes, thorns.
I have arrived at the middle of the moor

where the ground goes down into a low swampy place.
The swamp water is frozen solid.
Bits of gold weed

have etched themselves
on the underside of the ice like messages.

                        I’ll come when thou art saddest,
                        Laid alone in the darkened room;
                        When the mad day’s mirth has vanished,
                        And the smile of joy is banished,

                         I’ll come when the heart’s real feeling
                         Has entire, unbiased sway,
                         And my influence o’er thee stealing
                         Grief deepening, joy congealing,
                         Shall bear thy soul away.

                         Listen! ’tis just the hour,
                         The awful time for thee:
                         Dost thou not feel upon thy soul
                         A flood of strange sensations roll,
                         Forerunners of a sterner power,
                         Heralds of me?

Very hard to read, the messages that pass
between Thou and Emily.
In this poem she reverses their roles,

speaking not as the victim but to the victim.
It is chilling to watch Thou move upon thou,
who lies alone in the dark waiting to be mastered.

It is a shock to realize that this low, slow collusion
of master and victim within one voice
is a rationale

for the most awful loneliness of the poet’s hour.
She has reversed the roles of thou and Thou
not as a display of power

but to force out of herself some pity
for this soul trapped in glass,
which is her true creation.

Those nights lying alone
are not discontinuous with this cold hectic dawn.
It is who I am.

Is it a vocation of anger?
Why construe silence
as the Real Presence?

Why stoop to kiss this doorstep?
Why be unstrung and pounded flat and pine away
imagining someone vast to whom I may vent the swell of my soul?

Emily was fond of Psalm 130.
“My soul waiteth on Thou more than they that watch for the morning,
I say more than they that watch for the morning.”

I like to believe that for her the act of watching provided a shelter,

that her collusion with Thou gave ease to anger and desire:
”In Thou they are quenched as a fire of thorns,“ says the psalmist.

But for myself I do not believe this, I am not quenched—
with Thou or without Thou I find no shelter.
I am my own Nude.

And Nudes have a difficult sexual destiny.
I have watched this destiny disclose itself
in its jerky passage from girl to woman to who I am now,

from love to anger to this cold marrow,
from fire to shelter to fire.
What is the opposite of believing in Thou—

merely not believing in Thou? No. That is too simple.
That is to prepare a misunderstanding.
I want to speak more clearly.

Perhaps the Nudes are the best way.
Nude #5. Deck of cards.
Each card is made of flesh.

The living cards are days of a woman’s life.
I see a great silver needle go flashing right through the deck once from end to
    end.
Nude #6 I cannot remember.

Nude #7. White room whose walls,
having neither planes nor curves nor angles,
are composed of a continuous satiny white membrane

like the flesh of some interior organ of the moon.
It is a living surface, almost wet.
Lucency breathes in and out.

Rainbows shudder across it.
And around the walls of the room a voice goes whispering,
Be very careful. Be very careful.

Nude #8. Black disc on which the fires of all the winds
are attached in a row.
A woman stands on the disc

amid the winds whose long yellow silk flames
flow and vibrate up through her.
Nude #9. Transparent loam.

Under the loam a woman has dug a long deep trench.
Into the trench she is placing small white forms, I don’t know what they are.
Nude #10. Green thorn of the world poking up

alive through the heart of a woman
who lies on her back on the ground.
The thorn is exploding

its green blood above her in the air.
Everything it is it has, the voice says.
Nude #11. Ledge in outer space.

Space is bluish black and glossy as solid water
and moving very fast in all directions,
shrieking past the woman who stands pinned

to nothing by its pressure.
She peers and glances for some way to go, trying to lift her hand but cannot.
Nude #12. Old pole in the wind.

Cold currents are streaming over it
and pulling out
into ragged long horizontal black lines

some shreds of ribbon
attached to the pole.
I cannot see how they are attached—

notches? staples? nails? All of a sudden the wind changes
and all the black shreds rise straight up in the air
and tie themselves into knots,

then untie and float down.
The wind is gone.
It waits.

By this time, midway through winter,
I had become entirely fascinated with my spiritual melodrama.
Then it stopped.

Days passed, months passed and I saw nothing.
I continued to peer and glance, sitting on the rug in front of my sofa
in the curtainless morning

with my nerves open to the air like something skinned.
I saw nothing.
Outside the window spring storms came and went.

April snow folded its huge white paws over doors and porches.
I watched a chunk of it lean over the roof and break off
and fall and I thought,

How slow! as it glided soundlessly past,
but still—nothing. No nudes.
No Thou.

A great icicle formed on the railing of my balcony
so I drew up close to the window and tried peering through the icicle,
hoping to trick myself into some interior vision,

but all I saw
was the man and woman in the room across the street
making their bed and laughing.

I stopped watching.
I forgot about Nudes.
I lived my life,

which felt like a switched-off TV.
Something had gone through me and out and I could not own it.
“No need now to tremble for the hard frost and the keen wind.

Emily does not feel them,”
wrote Charlotte the day after burying her sister.
Emily had shaken free.

A soul can do that.
Whether it goes to join Thou and sit on the porch for all eternity
enjoying jokes and kisses and beautiful cold spring evenings,

you and I will never know. But I can tell you what I saw.
Nude #13 arrived when I was not watching for it.
It came at night.

Very much like Nude #1.
And yet utterly different.
I saw a high hill and on it a form shaped against hard air.

It could have been just a pole with some old cloth attached,
but as I came closer
I saw it was a human body

trying to stand against winds so terrible that the flesh was blowing off the bones.
And there was no pain.
The wind

was cleansing the bones.
They stood forth silver and necessary.
It was not my body, not a woman’s body, it was the body of us all.
It walked out of the light.




(From Glass Irony and God, New Directions Publishing Corporation, 1995).





ANNE CARSON (CANADÁ, 1950)