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noviembre 19, 2018

POEMAS DE ERICA JONG




Una lectura

El poeta viejo
con la cara llena de arrugas,
con los yámbicos saltándole en el pelo como pulgas,
con todas las enmiendas de su cuerpo
desdiciéndolo,
camina hacia el podio.

Está a punto de decirnos
cómo llegó a esto.


Después del terremoto

Después del primer apuro impresionante,
después de las semanas en el lago,
del cristal, de las nubes y el agua lamiendo las rocas,
la nieve rompiéndose abajo de nuestras botas como si fuera piel,
& las mañanas largas en la cama…

Después de los tangos en la cocina,
& de la cena mirándonos a los ojos,
como si fuéramos a comernos con los párpados,
como si fuéramos a tragarnos el uno al otro…

Todavía te encuentro
en la cama al lado mío,
(mientras mi lapicera rasca el anotador
& tu piel brilla mientras leés)
& mi vida entera está tan suavizada y distinta

que a veces no me puedo acordar
del giro que dio mi corazón para llevarme a vos,
del dolor de un matrimonio como un viejo mal,
de un marido como un nudillo con artritis.
Acá, viviendo con vos,
el amor todavía es el único asunto que importa.
Me abro a vos como una herida que florece,
o una brecha en el mar llena de peces de ensueño,
o el centro humeante de la tierra
partida por un gran terremoto.

Vos cambiaste la topografía.
Donde había valles,
ahora hay montañas.
Donde había desiertos,
ahora hay océanos.

Nos frotamos
pero no nos erosionamos.

La arena se hace más fina
& la piel se nos vuelve seda.




Los mandamientos
“De veras, no querrías ser poeta. Primero que nada, si sos mujer, tenés que ser tres veces  mejor que cualquier hombre. Segundo, te los tenés que coger a todos. Y tercero, tenés que estar muerta”. 
Un poeta, en una conversación.

                                          
Si una mujer quiere ser poeta,
tiene que dormir cerca de la luna con la cara descubierta;
tiene que recorrerse a sí misma observando el paisaje;
no tiene que escribir sus poemas con sangre menstrual.

Si una mujer quiere ser poeta,
tiene que correr para atrás alrededor de un volcán;
tiene que sentir el movimiento fluyéndole por sus grietas;
nunca debe hacer un doctorado en sismografía.

Si una mujer quiere ser poeta,
no tiene que acostarse con manuscritos sin circuncidar
no tiene que escribirles odas a sus abortos
no tiene que hacerse un guiso con carne de unicornio viejo.

Si una mujer quiere ser poeta,
tiene que leer libros de cocina francesa y de verduras chinas;
tiene que chupar poetas franceses para refrescarse el aliento;
no debe masturbarse en los seminarios de poesía.

Si una mujer quiere ser poeta,
se tiene que pelar los ojos;
tiene que escuchar la respiración de los hombres dormidos;
tiene que escuchar los espacios en esa respiración.

Si una mujer quiere ser poeta,
no tiene que escribir sus poemas con un dildo;
tiene que rogar que sus hijos sean mujeres;
tiene que perdonarle al padre su semen más valiente.



Oda a mis zapatos
                                 (Al estilo de Pablo Neruda, que nos dejó las medias)

Solo, el poeta
escribe una oda
a los zapatos de ella—
zapatos que
ella sola puede llenar,
sus zapatos de
gamuza violeta y cuero verde
del color de las frondas de la palma,
sus
botas incrustadas de brillantes,
sus botas de cowboy emplumadas,
sus botas de cowboy en llamas,
sus botas de las siete leguas
de la poesía épica,
sus botitas de haiku de plata,
con tacos diminutos que parpadean,
sus botas con plataforma en primera persona
y sus chinelas de cristal
sin talón
inspiradas en las de Cenicienta
(una, extraviada a medianoche,
por culpa de un hombre a toda carrera),
sus botas de goma de cazadora,
sus botas de amante hasta el tobillo
como grilletes,
sus botitas rosa de bebé bañadas en
bronce
para la posteridad,
las Reebok ardientes de la hija,
las zapatillas sin cordones
que dejó el amante en el placard
de la habitación de huéspedes
para que ella las bese
año tras año
tras año.

queridos zapatos,
pies amados,
diez dedos para llevarme
hacia mi verdadero
amor,
bombas que gritan “cogeme” para impulsar la pasión,
y tacos stiletto para apuñalarlo
si
se desvía.

Los zapatos dicen todo.
Los zapatos hablan mi idioma.
Su tac tac tac
en la pista del aeropuerto
me cuentan la historia
de una mujer muy linda y muy sola que vuela
detrás del amor—
la historia tan vieja tan vieja
en un par de zapatos
nuevo.


Deméter cuando cae la tarde

Cuando cae la tarde Deméter
se preocupa
por la pequeña Perséfone
perdida en ese infierno
que ella misma creó
con su amor.

Exceso de amor—
la maldición de la mujer,
la maldición de querer
eso que causa dolor,
la maldición de llevar
el dolor
la maldición de aguantar
aguantar siempre el dolor.

Deméter hace una pausa, para escuchar a su hija—
esa diosa pequeña y fértil
de pelo dorado, que hace brotar
trigo, fruta y flores
silvestres.
Esa diosa de pechos de manzana
cuyos ojos tristes
van a bendecir al mundo helado,
van a traer de vuelta la primavera—

todo porque una vez
atravesó la noche
y amó a un hombre, mitad demonio,
con lengua de ángel,
que le dio
todo lo que le hacía falta para ser sabia:
una hija,
la noche negra del infierno,
y después la primavera
interminable.


Los impresionistas

Conspiraron para pintar el aire
sabiendo que el arte
no es solamente un modo
de ver
sino un modo
de ser,
una pasión por la luz,
una sensibilidad del corazón
casi a punto
de ser herido por el aire,
una dureza también.

Conspiraron para pintar el aire,
para disecar cada mancha de luz,
para atrapar cada mota de polvo
hasta que el aire bailó con el color
y cada aliento inhalado
se les volvió arcoíris en los pulmones.

Jazmín, hoja de té, camelia,
nardo y tomillo, el aire
convirtiéndose en color, y el color
sangrando en el corazón, el
corazón exhalando sus formas,
sus fósiles, sus olores sexuales
y después cerrándose sobre todo eso.

Conspiraron para pintar el aire
dejando su marca,
una vida obsesiva,
infinitamente rica,
infinitamente madura,
con gusto a duraznos
y anémonas,
a tejas rojas,
a batas de gasa
y aire
aire habitado.


Para X. (Con besos efímeros)

Oí decir que no te vas a enamorar de mí
porque no vengo con garantía, porque puedo
dar media vuelta y partir a mi antojo cualquier día
dejándote desolado, abandonado, en declive.
¿Y estar vivo de qué sirve?, si fuera el caso:
al amar la vida se ama lo que no sobrevive,
y si perdés la cabeza porque te encariñás tanto,
vas a estar muerto un día, así que eso es en vano.
Cultivá un buen desapego con el correr de los años.
Usá  anteojeras y algodón en las orejas, querido.
No revientes la uva contra tu fino paladar si
los gusanos van a catar la lengua que hoy cata el vino.
Tu corazón enclenque, cuidándolo, va a estar entero
el día que se lleven el alma de tu pecho frío.
Y cuando la meretriz que es Vida lance su último aliento,
todavía te va aquedar  una última consolación:
mientras caés alucinado, chasquear los dedos
y decir: “De todos modos, ella nunca me importó!”


Alcestis en el circuito poético

                                                  (Para Marina Tsvetayeva, Anna Wickham, Sylvia Plath, la hermana de Shakespeare, etc., etc.)

A la mejor esclava
no hace falta golpearla.
Se golpea ella sola.

No con un látigo de cuero
ni con un palo o una vara,
no con una cachiporra
ni con un bate,
sino con la fusta sutil
de su propia lengua
& el azote delicado
de su mente

contra su mente.
¿Porque quién puede odiarla la mitad de bien
de lo que se odia ella misma?
¿& quién puede competir con la delicadeza
de su autoagresión?

Para eso se requieren
años de entrenamiento.
Veinte años
de autocomplacencia sutil,
y de abnegación;
hasta que la individua
se crea que es una reina
& una mendiga—
todo a la vez.
Tiene que dudar de sí misma
en todo menos en el amor.

Tiene que elegir apasionadamente
& mal.
Tiene que sentirse perdida como un perro
sin su amo.
Tiene que remitirle al espejo
todo asunto moral.
Tiene que enamorarse de un cosaco
o de un poeta.

No tiene que salir nunca de la casa
si no es detrás un velo de pintura.
Tiene que usar los zapatos apretados
para acordarse siempre de su esclavitud.
Nunca tiene que olvidarse
de que está arraigada al suelo.

Aunque aprende rápido
y hay que admitir que es inteligente,
la desconfianza innata de sí misma
la hace tan débil
que incursiona con destreza
en media docena de talentos
& así decora
nuestra vida
pero nunca la cambia.

Si es una artista
& se acerca al genio,
su propio don
le va a hacer doler tanto
que va a quitarse su vida
antes que la nuestra.

& después de muerta, vamos a llorar
& a hacer de ella una santa.



Otro idioma

Todo el mundo es plano
& yo soy redonda.
Hasta las mujeres apartan la mirada,
& los hombres, avergonzados
por la forma caótica en que
la vida se convierte en vida,
miran para otro lado,
olvidándose de que ellos
una vez fueron esta redondez
debajo del corazón,
este pez indefenso
que nada en la eternidad.

Lo que avergüenza al mundo
es el sonido de la O,
no el de la I.
Mis amigas, que se achataron
el cuerpo voluntariamente
y achataron sus escritos como la pena,
me miran con incredulidad.
¿Qué es esta cosa indecorosa?,
¿una poeta embarazada?
¿Una O enorme que camina?
¡Oh llévense todas las letras del abecedario menos esa!
¡Hablemos el esperanto de los chatos!

Condenada al lenguaje
de señas & al silencio, a los poemas embarazados
para que los hombres se burlen y
para que las mujeres los denuncien,
vivo sola.
Mi mundo es redondo
& está delimitado por la montaña de mis miedos;
mientras los grandes geógrafos concuerdan en que
el mundo es plano
y que la redondez no puede ser.


El fin del mundo

Acá, en el fin del mundo,
las flores sangran
como si fuesen corazones,
los corazones supuran una oscuridad
como de  tinta china,
& los poetas hunden en ella sus plumas
& escriben.

“Acá, en el fin del mundo”,
escriben,
sin saber lo que quiere decir.
“Acá, donde el cielo amamanta con leche negra,
donde las chimeneas le dan de comer el cielo,
donde los árboles tiemblan de terror
& la gente termina por parecérseles…”

Acá, en el fin del mundo,
los poetas sangran.
Escribir & sangrar
se creen que es lo mismo;
cantar & sangrar
se creen que es lo mismo.

¡Escríbannos una carta!
¡Mándennos un paquete de alimentos!
Consuélennos con proverbios o frutas en almíbar,
con lo que dijo un Dios.
Distráigannos con teorías del arte
que no pueda probar nadie.

Acá, en el fin del mundo
tenemos la cabeza vacía,
& el viento se pasea entre ellas
como los fantasmas
por una casa embrujada.


Versiones en castellano de Sandra Toro




A Reading

The old poet
with his face full of lines,
with iambs jumping in his hair like fleas,
with all the revisions of his body
unsaying him,
walks to the podium.
He is about to tell us
how he came to this.


The Commandments 

“You don’t really want to be a poet. First of all, if you’re a woman, you have to be three times as good as any of the men. Secondly, you have to fuck everyone. And thirdly, you have to be dead.” - a male poet, in conversation

If a woman wants to be a poet, 
   she should sleep near the moon with her face open; 
   she should walk through herself studying the landscape; 
   she should not write her poems in menstrual blood. 

If a woman wants to be a poet, 
   she should run backwards circling the volcano; 
   she should feel for the movement along her faults; 
   she should not get a Ph.D. in seismography.

If a woman wants to be a poet,
    she should not sleep with uncircumcised manuscripts;
    she should not write odes to her abortions;
    she should not make stew of old unicorn meat.

If a woman wants to be a poet,
    she should read French cookbooks and Chinese vegetables;
    she should suck on French poets to freshen her breath;
    she should not masturbate in writing seminars.

If a woman wants to be a poet,
    she should peel back the hair from her eyeballs;
    she should listen to the breathing of sleeping men;
    she should listen to the spaces between that breathing.

If a woman wants to be a poet,
    she should not write her poems with a dildo;
    she should pray that her daughters are woman;
    she should forgive her father for his bravest sperm.




Ode to My Shoes
(After Neruda, who left us his socks)

The poet alone
is writing an ode
to her shoes–
her shoes which
only she can fill,
her shoes of
purple suede and green leather
the color of palm fronds,
her
diamond-studded boots,
her feathered cowboy boots,
her seven-league epic
poetry boots,
her little silver haiku boots,
with tiny heels that
twinkle,
her first-person platform boots
and her backless glass
slippers
modelled after Cinderella’s
(one lost, at midnight,
because of
a running man),
her huntress boots of India-rubber,
her lover’s boots
joined at the ankle
like leg irons,
her pink baby booties bronzed
for
posterity,
her daughter’s burning Reeboks,
her lover’s laceless
sneakers
left in the guest room closet
for her to kiss
year after
year
after year.

Darling shoes,
beloved feet
ten toes to walk me
toward my true
love,
fuck me pumps to fuel his passion
stiletto heels to stab him
if
he strays.

Shoes tell you everything.
Shoes speak my language.
Their tap tap tap
on the airport runway
tells me the story
of a lovely, lonely woman flying
after love–
That old, old story
in a new pair
of shoes.


Demeter at dusk 

At dusk Demeter
becomes afraid
for baby Persephone
lost in that hell
which she herself created
with her love.

Excess of love-
the woman's curse,
the curse of loving
that which causes pain,
the curse of bringing forth
in pain,
the curse of bearing,
bearing always pain.

Demeter pauses, listening for her child-
this fertile goddess
with her golden hair, bringing forth
wheat and fruit and wildflowers
knee-high.
This apple-breasted goddess
whose sad eyes
will bless the frozen world,
bring spring again-
all because she once
walked through the night
and loved a man, half-demon,
angel tongued,
who gave her
everything she needed to be wise:
a daughter,
hell's black night,
then endless
spring.



The impressionists

They conspired to paint the air
knowing that art
is not only a way
of seeing
but a way
of being,
a passion for the light,
a tenderness at heart
just short
of being wounded by the air,
a toughness too.

They conspired to paint the air,
to anatomize each light mote,
to imprism each speck of dust
until the air danced with color
and every inhaled breath
became a rainbow in the langs.

Jasmine, tea leaf, camellia,
tuberose and thyme the air
turning to color, the color
bleeding into earth, the
earth giving forth its forms,
its fossils, its sexual smells,
then closing over all.

They conspired to paint the air
leaving their mark,
an obsessed life
infinitely rich,
infinitely ripe,
tasting of peaches
and anemones
red tile,
voile peignoirs
and air,
inhabited air.



To X. (With Ephemeral Kisses) 

I hear you will not fall in love with me
because I come without a guarantee,
because someday I may depart at whim
and leave you desolate, abandoned, grim.
If that's the case, what use to be alive?
In loving life you love what can't survive:
and if you grow too fond and lose your head,
it's all for nought-for someday you'll be dead.
Maintain a cool detachment through the years.
Wear blinders, dear, put cotton in your ears.
Since worms will taste the tongue that tastes the wine,
burst not the grape against your palate fine.
With care, your puny heart will still be whole
the day they come to fetch your tepid soul.
And as that strumpet, Life, deals her last blow,
you'll have this final consolatio:
you'll snap your flippant fingers as you fall,
and say, 'I never cared for her at all!'



Alcestis On The Poetry Circuit
(In Memoriam Marina Tsvetayeva, Anna Wickham, Sylvia Plath, Shakespeare¹s sister, etc., etc.)

The best slave
does not need to be beaten.
She beats herself.

Not with a leather whip,
or with stick or twigs,
not with a blackjack
or a billyclub,
but with the fine whip
of her own tongue
& the subtle beating
of her mind

against her mind.
For who can hate her half so well
as she hates herself?
& who can match the finesse
of her self-abuse?

Years of training
are required for this.
Twenty years
of subtle self-indulgence,
self-denial;
until the subject
thinks herself a queen
& yet a beggar -
both at the same time.
She must doubt herself
in everything but love.

She must choose passionately
& badly.
She must feel lost as a dog
without her master.
She must refer all moral questions
to her mirror.
She must fall in love with a cossack
or a poet.

She must never go out of the house
unless veiled in paint.
She must wear tight shoes
so she always remembers her bondage.
She must never forget
she is rooted in the ground.

Though she is quick to learn
& admittedly clever,
her natural doubt of herself
should make her so weak
that she dabbles brilliantly
in half a dozen talents
& thus embellishes
but does not change
our life.

If she's an artist
& comes close to genius,
the very fact of her gift
should cause her such pain
that she will take her own life
rather than best us.

& after she dies, we will cry
& make her a saint.



Another Language

The whole world is flat
& I am round.
Even women avert their eyes,
& men, embarrassed
by the messy way
that life turns into life,
look away,
forgetting they themselves
were once this roundness
underneath the heart,
this helpless fish
swimming in eternity.

The sound of O,
not the sound of I
embarrasses the world.
My friends, who voluntarily have made
their bodies flat,
their writings flat as grief,
look at me in disbelief.
What is this large unseemly thing-
a pregnant poet?
an enormous walking O?
Oh take all the letters of the alphabet but that!
We speak the Esperanto of the flat!

Condemned to sign
language & silence, pregnant poems
for men to snicker at,
for women to denounce,
I live alone.
My world is round
& bounded by the mountain of my fear;
while all the great geographers agree
the world is flat
& roundness cannot be.



The End Of The World

Here, at the end of the world,
the flowers bleed
as if they were hearts,
the hearts ooze a darkness
like india ink,
& poets dip their pens in
& they write.

"Here, at the end of the world,"
they write,
not knowing what it means.
"Here, where the sky nurses on black milk,
where the smokestack feed the sky,
where the trees tremble in terror
& people come to resemble them. . . . "

Here, at the end of the world,
the poets are bleeding.
Writing & bleeding
are thought to be the same;
singing & bleeding
are thought to be the same.

Write us a letter!
Send us a parcel of food!
Comfort us with proverbs or candied fruit,
with talk of one God.
Distract us with theories of art
no one can prove.

Here at the end of the world
our heads are empty,
& the wind walks through them
like ghosts
through a haunted house.



ERICA JONG (EE.UU., 1942)


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