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abril 09, 2017

METAMORFOSIS (Frag.) - OVIDIO


Pan e Siringa - Baldassarre Peruzzi - S. XVI .


Júpiter e Ío (I)

      Hay un bosque en la Hemonia al que por todos lados cierra, acantilada,
una espesura: le llaman Tempe. Por ellos el Peneo, desde el profundo
Pindo derramándose, merced a sus espumosas ondas, rueda,
y en su caer pesado nubes que agitan tenues
humos congrega, y sobre sus supremas espesuras con su aspersión
llueve, y con su sonar más que a la vecindad fatiga.
Ésta la casa, ésta la sede, éstos son los penetrales del gran
caudal; en ellos aposentado, en su caverna hecha de escollos,
a sus ondas leyes daba, y a las ninfas que honran sus ondas.
Se reúnen allá las paisanas corrientes primero,
ignorando si deben felicitar o consolar al padre:
rico en álamos el Esperquío y el irrequieto Enipeo
y el Apídano viejo y el lene Anfriso y el Eante,
y pronto los caudales otros que, por donde los llevara su ímpetu a ellos,
hacia el mar abajan, cansadas de su errar, sus ondas.
      El Ínaco solo falta y, en su profunda caverna recóndito,
con sus llantos aumenta sus aguas y a su hija, tristísimo, a Ío,
plañe como perdida; no sabe si de vida goza
o si está entre los manes, pero a la que no encuentra en ningún sitio
estar cree en ningún sitio y en su ánimo lo peor teme.
      La había visto, de la paterna corriente regresando, Júpiter
a ella y: «Oh virgen de Júpiter digna y que feliz con tu
lecho ignoro a quién has de hacer, busca», le había dicho, «las sombras
de esos altos bosques», y de los bosques le había mostrado las sombras,
«mientras hace calor y en medio el sol está, altísimo, de su orbe,
que si sola temes en las guaridas entrar de las fieras,
segura con la protección de un dios, de los bosques el secreto alcanzarás,
y no de la plebe un dios, sino el que los celestes cetros
en mi magna mano sostengo, pero el que los errantes rayos lanzo:
no me huye», pues huía. Ya los pastos de Lerna,
y, sembrados de árboles, de Lirceo había dejado atrás los campos,
cuando el dios, produciendo una calina, las anchas tierras
ocultó, y detuvo su fuga, y le arrebató su pudor.
      Entre tanto Juno abajo miró en medio de los campos
y de que la faz de la noche hubieran causado unas nieblas voladoras
en el esplendor del día admirada, no que de una corriente ellas
fueran, ni sintió que de la humedecida tierra fueran despedidas,
y su esposo dónde esté busca en derredor, como la que
ya conociera, sorprendido tantas veces, los hurtos de su marido.
Al cual, después de que en el cielo no halló: «O yo me engaño
o se me ofende», dice, y deslizándose del éter supremo
se posó en las tierras y a las nieblas retirarse ordenó.
De su esposa la llegada había presentido, y en una lustrosa
novilla la apariencia de la Ináquida había mutado él
-de res también hermosa es-: la belleza la Saturnia de la vaca
aunque contrariada aprueba, y de quién, y de dónde, o de qué manada
era, de la verdad como desconocedora, no deja de preguntar.
Júpiter de la tierra engendrada la miente, para que su autor
deje de averiguar: la pide a ella la Saturnia de regalo.
¿Qué iba a hacer? Cruel cosa adjudicarle sus amores,
no dárselos sospechoso es: el pudor es quien persuade de aquello,
de esto disuade el amor. Vencido el pudor habría sido por el amor,
pero si el leve regalo, a su compañera de linaje y de lecho,
de una vaca le negara, pudiera no una vaca parecer.
      Su rival ya regalada no en seguida se despojó la divina
de todo miedo, y temió de Júpiter, y estuvo ansiosa de su hurto
hasta que al Arestórida para ser custodiada la entregó, a Argos.

Argos

      De cien luces ceñida su cabeza Argos tenía,
de donde por sus turnos tomaban, de dos en dos, descanso,
los demás vigilaban y en posta se mantenían.
Como quiera que se apostara miraba hacia Ío:
ante sus ojos a Ío, aun vuelto de espaldas, tenía.
A la luz la deja pacer; cuando el sol bajo la tierra alta está,
la encierra, y circunda de cadenas, indigno, su cuello.
De frondas de árbol y de amarga hierba se apacienta,
y, en vez de en un lecho, en una tierra que no siempre grama tiene
se recuesta la infeliz y limosas corrientes bebe.
Ella, incluso, suplicante a Argos cuando sus brazos quisiera
tender, no tuvo qué brazos tendiera a Argos,
e intentando quejarse, mugidos salían de su boca,
y se llenó de temor de esos sonidos y de su propia voz aterróse.
      Llegó también a las riberas donde jugar a menudo solía,
del Ínaco a las riberas, y cuando contempló en su onda
sus nuevos cuernos, se llenó de temor y de sí misma enloquecida huyó.
Las náyades ignoran, ignora también Ínaco mismo
quién es; mas ella a su padre sigue y sigue a sus hermanas
y se deja tocar y a sus admiraciones se ofrece.
Por él arrancadas el más anciano le había acercado, Ínaco, hierbas:
ella sus manos lame y da besos de su padre a las palmas
y no retiene las lágrimas y, si sólo las palabras le obedecieran,
le rogara auxilio y el nombre suyo y sus casos le dijera.
Su letra, en vez de palabras, que su pie en el polvo trazó,
de indicio amargo de su cuerpo mutado actuó.
«Triste de mí», exclama el padre Ínaco, y en los cuernos
de la que gemía, y colgándose en la cerviz de la nívea novilla:
«Triste de mí», reitera; «¿Tú eres, buscada por todas
las tierras, mi hija? Tú no encontrada que hallada
un luto eras más leve. Callas y mutuas a las nuestras
palabras no respondes, sólo suspiros sacas de tu alto
pecho y, lo que solo puedes, a mis palabras remuges.
Mas a ti yo, sin saber, tálamos y teas te preparaba
y esperanza tuve de un yerno la primera, la segunda de nietos.
De la grey ahora tú un marido, y de la grey hijo has de tener.
Y concluir no puedo yo con mi muerte tan grandes dolores,
sino que mal me hace ser dios, y cerrada la puerta de la muerte
nuestros lutos extiende a una eterna edad».
Mientras de tal se afligía, lo aparta el constelado Argos
y, arrancada a su padre, a lejanos pastos a su hija
arrastra; él mismo, lejos, de un monte la sublime cima
ocupa, desde donde sentado otea hacia todas partes.
      Tampoco de los altísimos el regidor los males tan grandes de la Forónide
más tiempo soportar puede y a su hijo llama, al que la lúcida Pléyade
de su vientre había parido, y que a la muerte dé, le impera, a Argos.
Pequeña la demora es la de las alas para sus pies, y la vara somnífera
para su potente mano tomar, y el cobertor para sus cabellos.
Ello cuando dispuso, de Júpiter el nacido desde el paterno recinto
salta a las tierras. Allí, tanto su cobertor se quitó
como depuso sus alas, de modo que sólo la vara retuvo:
con ella lleva, como un pastor, por desviados campos unas cabritas
que mientras venía había reunido, y con unas ensambladas avenas canta.
Por esa voz nueva, y cautivado el guardián de Juno por su arte:
«Mas tú, quien quiera que eres, podrías conmigo sentarte en esta roca»,
Argos dice, «pues tampoco para el rebaño más fecunda en ningún
lugar hierba hay, y apta ves para los pastores esta sombra».
      Se sienta el Atlantíada, y al que se marchaba, de muchas cosas hablando
detuvo con su discurso, al día, y cantando con sus unidas
cañas vencer sus vigilantes luces intenta.
Él, aun así, pugna por vencer sobre los blandos sueños
y aunque el sopor en parte de sus ojos se ha alojado,
en parte, aun así, vigila; pregunta también, pues descubierta
la flauta hacía poco había sido, en razón de qué fue descubierta.


Pan y Siringe

      Entonces el dios: «De la Arcadia en los helados montes», dice,
«entre las hamadríadas muy célebre, las Nonacrinas,
náyade una hubo; las ninfas Siringe la llamaban.
No una vez, no ya a los sátiros había burlado ella, que la seguían,
sino a cuantos dioses la sombreada espesura y el feraz
campo hospeda; a la Ortigia en sus aficiones y con su propia
virginidad honraba, a la diosa; según el rito también ceñida de
Diana, engañaría y podría creérsela la Latonia, si no
de cuerno el arco de ésta, si no fuera áureo el de aquélla;
así también engañaba.
                                    Volviendo ella del collado Liceo,
Pan la ve, y de pino agudo ceñido en su cabeza
tales palabras refiere...». Restaba sus palabras referir,
y que despreciadas sus súplicas había huido por lo intransitable la ninfa,
hasta que del arenoso Ladón al plácido caudal
llegó: que aquí ella, su carrera al impedirle sus ondas,
que la mutaran a sus líquidas hermanas les había rogado,
y que Pan, cuando presa de él ya a Siringa creía,
en vez del cuerpo de la ninfa, cálamos sostenía lacustres,
y, mientras allí suspira, que movidos dentro de la caña los vientos
efectuaron un sonido tenue y semejante al de quien se lamenta;
que por esa nueva arte y de su voz por la dulzura el dios cautivado:
«Este coloquio a mí contigo», había dicho, «me quedará»,
y que así, los desparejos cálamos con la trabazón de la cera
entre sí unidos, el nombre retuvieron de la muchacha.


Júpiter e Ío (II)

      Tales cosas cuando iba a decir ve el Cilenio que todos
los ojos se habían postrado, y cubiertas sus luces por el sueño.
Apaga al instante su voz y afirma su sopor,
sus lánguidas luces acariciando con la ungüentada vara.
Y, sin demora, con su falcada espada mientras cabeceaba le hiere
por donde al cuello es confín la cabeza, y de su roca, cruento,
abajo lo lanza, y mancha con su sangre la acantilada peña.
Argos, yaces, y la que para tantas luces luz tenías
extinguido se ha, y cien ojos una noche ocupa sola.
Los recoge, y del ave suya la Saturnia en sus plumas
los coloca, y de gemas consteladas su cola llena.
       En seguida se inflamó y los tiempos de su ira no difirió
y, horrenda, ante los ojos y el ánimo de su rival argólica
le echó a la Erinis, y aguijadas en su pecho ciegas
escondió, y prófuga por todo el orbe la aterró.
Último restabas, Nilo, a su inmensa labor;
a él, en cuanto lo alcanzó y, puestas en el margen de su ribera
sus rodillas, se postró, y alzada ella de levantar el cuello,
elevando a las estrellas los semblantes que sólo pudo,
con su gemido, y lágrimas, y luctuoso mugido
con Júpiter pareció quejarse, y el final rogar de sus males.
De su esposa él estrechando el cuello con sus brazos,
que concluya sus castigos de una vez le ruega y: «Para el futuro
deja tus miedos», dice; «nunca para ti causa de dolor
ella será», y a las estigias lagunas ordena que esto oigan.
Cuando aplacado la diosa se hubo, sus rasgos cobra ella anteriores
y se hace lo que antes fue: huyen del cuerpo las cerdas,
los cuernos decrecen, se hace de su luz más estrecho el orbe,
se contrae su comisura, vuelven sus hombros y manos,
y su pezuña, disipada, se subsume en cinco uñas:
de la res nada queda a su figura, salvo el blancor en ella,
y al servicio de sus dos pies la ninfa limitándose
se yergue, y teme hablar, no a la manera de la novilla
muja, y tímidamente las palabras interrumpidas reintenta.
       Ahora como diosa la honra, celebradísima, la multitud vestida de lino.
Ahora que Épafo generado fue de la simiente del gran Júpiter por fin
se cree, y por las ciudades, juntos a los de su madre...







      Est nemus Haemoniae, praerupta quod undique claudit
silva: vocant Tempe; per quae Peneos ab imo
effusus Pindo spumosis volvitur undis 
deiectuque gravi tenues agitantia fumos
nubila conducit summisque adspergine silvis
inpluit et sonitu plus quam vicina fatigat:
haec domus, haec sedes, haec sunt penetralia magni
amnis, in his residens facto de cautibus antro, 
undis iura dabat nymphisque colentibus undas.
conveniunt illuc popularia flumina primum,
nescia, gratentur consolenturne parentem,
populifer Sperchios et inrequietus Enipeus
Apidanosque senex lenisque Amphrysos et Aeas, 
moxque amnes alii, qui, qua tulit inpetus illos,
in mare deducunt fessas erroribus undas.
Inachus unus abest imoque reconditus antro
fletibus auget aquas natamque miserrimus Io
luget ut amissam: nescit, vitane fruatur 
an sit apud manes; sed quam non invenit usquam,
esse putat nusquam atque animo peiora veretur.
      Viderat a patrio redeuntem Iuppiter illam
flumine et 'o virgo Iove digna tuoque beatum
nescio quem factura toro, pete' dixerat 'umbras 
altorum nemorum' (et nemorum monstraverat umbras)
'dum calet, et medio sol est altissimus orbe!
quodsi sola times latebras intrare ferarum,
praeside tuta deo nemorum secreta subibis,
nec de plebe deo, sed qui caelestia magna 
sceptra manu teneo, sed qui vaga fulmina mitto.
ne fuge me!' fugiebat enim. iam pascua Lernae
consitaque arboribus Lyrcea reliquerat arva,
cum deus inducta latas caligine terras
occuluit tenuitque fugam rapuitque pudorem. 
      Interea medios Iuno despexit in Argos
et noctis faciem nebulas fecisse volucres
sub nitido mirata die, non fluminis illas
esse, nec umenti sensit tellure remitti;
atque suus coniunx ubi sit circumspicit, ut quae 
deprensi totiens iam nosset furta mariti.
quem postquam caelo non repperit, 'aut ego fallor
aut ego laedor' ait delapsaque ab aethere summo
constitit in terris nebulasque recedere iussit.
coniugis adventum praesenserat inque nitentem 
Inachidos vultus mutaverat ille iuvencam;
bos quoque formosa est. speciem Saturnia vaccae,
quamquam invita, probat nec non, et cuius et unde
quove sit armento, veri quasi nescia quaerit.
Iuppiter e terra genitam mentitur, ut auctor 
desinat inquiri: petit hanc Saturnia munus.
quid faciat? crudele suos addicere amores,
non dare suspectum est: Pudor est, qui suadeat illinc,
hinc dissuadet Amor. victus Pudor esset Amore,
sed leve si munus sociae generisque torique 
vacca negaretur, poterat non vacca videri!
      Paelice donata non protinus exuit omnem
diva metum timuitque Iovem et fuit anxia furti,
donec Arestoridae servandam tradidit Argo.

centum luminibus cinctum caput Argus habebat 
inde suis vicibus capiebant bina quietem,
cetera servabant atque in statione manebant.
constiterat quocumque modo, spectabat ad Io,
ante oculos Io, quamvis aversus, habebat.
luce sinit pasci; cum sol tellure sub alta est, 
claudit et indigno circumdat vincula collo.
frondibus arboreis et amara pascitur herba.
proque toro terrae non semper gramen habenti
incubat infelix limosaque flumina potat.
illa etiam supplex Argo cum bracchia vellet 
tendere, non habuit, quae bracchia tenderet Argo,
conatoque queri mugitus edidit ore
pertimuitque sonos propriaque exterrita voce est.
venit et ad ripas, ubi ludere saepe solebat,
Inachidas: rictus novaque ut conspexit in unda 
cornua, pertimuit seque exsternata refugit.
naides ignorant, ignorat et Inachus ipse,
quae sit; at illa patrem sequitur sequiturque sorores
et patitur tangi seque admirantibus offert.
decerptas senior porrexerat Inachus herbas: 
illa manus lambit patriisque dat oscula palmis
nec retinet lacrimas et, si modo verba sequantur,
oret opem nomenque suum casusque loquatur;
littera pro verbis, quam pes in pulvere duxit,
corporis indicium mutati triste peregit. 
'me miserum!' exclamat pater Inachus inque gementis
cornibus et nivea pendens cervice iuvencae
'me miserum!' ingeminat; 'tune es quaesita per omnes
nata mihi terras? tu non inventa reperta
luctus eras levior! retices nec mutua nostris 
dicta refers, alto tantum suspiria ducis
pectore, quodque unum potes, ad mea verba remugis!
at tibi ego ignarus thalamos taedasque parabam,
spesque fuit generi mihi prima, secunda nepotum.
de grege nunc tibi vir, nunc de grege natus habendus. 
nec finire licet tantos mihi morte dolores;
sed nocet esse deum, praeclusaque ianua leti
aeternum nostros luctus extendit in aevum.'
talia maerenti stellatus submovet Argus
ereptamque patri diversa in pascua natam 
abstrahit. ipse procul montis sublime cacumen
occupat, unde sedens partes speculatur in omnes.
      Nec superum rector mala tanta Phoronidos ultra
ferre potest natumque vocat, quem lucida partu
Pleias enixa est letoque det imperat Argum. 
parva mora est alas pedibus virgamque potenti
somniferam sumpsisse manu tegumenque capillis.
haec ubi disposuit, patria Iove natus ab arce
desilit in terras; illic tegumenque removit
et posuit pennas, tantummodo virga retenta est: 
hac agit, ut pastor, per devia rura capellas
dum venit abductas, et structis cantat avenis.
voce nova captus custos Iunonius 'at tu,
quisquis es, hoc poteras mecum considere saxo'
Argus ait; 'neque enim pecori fecundior ullo 
herba loco est, aptamque vides pastoribus umbram.'
      Sedit Atlantiades et euntem multa loquendo
detinuit sermone diem iunctisque canendo
vincere harundinibus servantia lumina temptat.
ille tamen pugnat molles evincere somnos 
et, quamvis sopor est oculorum parte receptus,
parte tamen vigilat. quaerit quoque (namque reperta
fistula nuper erat), qua sit ratione reperta.
Tum deus 'Arcadiae gelidis sub montibus' inquit
'inter hamadryadas celeberrima Nonacrinas 
naias una fuit: nymphae Syringa vocabant.
non semel et satyros eluserat illa sequentes
et quoscumque deos umbrosaque silva feraxque
rus habet. Ortygiam studiis ipsaque colebat
virginitate deam; ritu quoque cincta Dianae 
falleret et posset credi Latonia, si non
corneus huic arcus, si non foret aureus illi;
sic quoque fallebat.
Redeuntem colle Lycaeo
Pan videt hanc pinuque caput praecinctus acuta
talia verba refert -- restabat verba referre 
et precibus spretis fugisse per avia nympham,
donec harenosi placidum Ladonis ad amnem
venerit; hic illam cursum inpedientibus undis
ut se mutarent liquidas orasse sorores,
Panaque cum prensam sibi iam Syringa putaret, 
corpore pro nymphae calamos tenuisse palustres,
dumque ibi suspirat, motos in harundine ventos
effecisse sonum tenuem similemque querenti.
arte nova vocisque deum dulcedine captum
'hoc mihi colloquium tecum' dixisse 'manebit,' 
atque ita disparibus calamis conpagine cerae
inter se iunctis nomen tenuisse puellae.


talia dicturus vidit Cyllenius omnes
subcubuisse oculos adopertaque lumina somno;
supprimit extemplo vocem firmatque soporem 
languida permulcens medicata lumina virga.
nec mora, falcato nutantem vulnerat ense,
qua collo est confine caput, saxoque cruentum
deicit et maculat praeruptam sanguine rupem.
Arge, iaces, quodque in tot lumina lumen habebas, 
exstinctum est, centumque oculos nox occupat una.
       Excipit hos volucrisque suae Saturnia pennis
collocat et gemmis caudam stellantibus inplet.
protinus exarsit nec tempora distulit irae
horriferamque oculis animoque obiecit Erinyn 
paelicis Argolicae stimulosque in pectore caecos
condidit et profugam per totum exercuit orbem.
ultimus inmenso restabas, Nile, labori;
quem simulac tetigit, positisque in margine ripae
procubuit genibus resupinoque ardua collo, 
quos potuit solos, tollens ad sidera vultus
et gemitu et lacrimis et luctisono mugitu
cum Iove visa queri finemque orare malorum.
coniugis ille suae conplexus colla lacertis,
finiat ut poenas tandem, rogat 'in' que 'futurum 
pone metus' inquit: 'numquam tibi causa doloris
haec erit,' et Stygias iubet hoc audire paludes.
       Ut lenita dea est, vultus capit illa priores
fitque, quod ante fuit: fugiunt e corpore saetae,
cornua decrescunt, fit luminis artior orbis, 
contrahitur rictus, redeunt umerique manusque,
ungulaque in quinos dilapsa absumitur ungues:
de bove nil superest formae nisi candor in illa.
officioque pedum nymphe contenta duorum
erigitur metuitque loqui, ne more iuvencae 
mugiat, et timide verba intermissa retemptat.
       Nunc dea linigera colitur celeberrima turba.
huic Epaphus magni genitus de semine tandem
creditur esse Iovis perque urbes iuncta parenti  



Metamorfosis (Traducción de Ana Pérez Vega, Alicante: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2002).


PUBLIO OVIDIO NASÓN (ITALIA, 43 a.C-18 d.C) 


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