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noviembre 11, 2016

No hay espacio para la autocompasión, no hay lugar para el miedo - TONI MORRISON


Foto: tegrau.files.wordpress.com


En los tiempos del terror, los artistas no deberían optar por quedarse en silencio.

(Este artículo es parte del número especial del 23 de marzo de 2015 por el aniversario N° 150 de The Nation).


      El día después de Navidad, 2004, tras la reelección presidencial de George W. Bush.
      Miro por la ventana, impotente, de muy mal humor. Entonces un amigo, un colega artista, llama para desearme felices fiestas y me pregunta “¿Cómo estás?”. En vez de “Bien, ¿y vos?”, le suelto la verdad: “Nada bien. No solamente estoy deprimida, parece que no puedo trabajar, escribir. Es como si estuviese paralizada, sin poder escribir nada más de la novela que empecé. Nunca me había sentido así antes, pero las elecciones...” Estaba a punto de explicarle con más detalle cuando me interrumpió gritando: “¡No! ¡No, no, no! Este es precisamente el momento en el que los artistas tienen que trabajar —no cuando está todo bien, sino en los tiempos del terror. ¡Ese es nuestro trabajo!”.
      Me sentí como una tonta el resto de la mañana, sobre todo cuando me acordé de los artistas que hicieron su trabajo en gulags, celdas, camas de hospital; los que hicieron su trabajo mientras se los perseguía, exiliaba, injuriaba y ridiculizaba. Y los que fueron ejecutados.
      La lista –que abarca siglos, no solamente el último—es larga. Una muestra incluye a Paul Robeson, Primo Levi, Ai Weiwei, Oscar Wilde, Pablo Picasso, Dashiell Hammett, Wole Soyinka, Fyodor Dostoyevsky, Alexander Solzhenitsyn, Lillian Hellman, Salman Rushdie, Herta Müller, Walter Benjamin. Una lista exhaustiva llegaría a centenares.
      Para los dictadores y los tiranos, empezar sus reinados y sostener su poder con la destrucción deliberada y calculada del arte es rutina: la censura y la quema de libros de prosa sin regular, el asedio y la detención de pintores, periodistas, poetas, dramaturgos, novelistas y ensayistas. Ese es el primer paso de un déspota cuyos actos instintivos de maldad no son solo irracionales o malvados, sino también perspicaces. Tales déspotas saben muy bien que su estrategia de represión va a hacer que florezcan las verdaderas herramientas del poder opresivo. Su plan es simple:

      1. Elegir un enemigo útil —un “Otro”— para convertir la furia en conflicto, incluso en guerra.
      2. Limitar o borrar la imaginación que proporciona el arte, así como también el pensamiento crítico de académicos y periodistas.
     3. Distraer con juguetes, sueños de botín y temas de una religión superior o de un orgullo nacional desafiante que consagre las humillaciones y las heridas pasadas.

      The Nation nunca hubiera existido ni prosperado en la España de 1940, ni en la Siria de 2014, ni en la Sudáfrica del apartheid, ni en la Alemania de 1930. Y la razón es clara: Nació en los Estados Unidos de 1865, el año del asesinato de Lincoln, cuando la división política era descarnada y letal —como dice mi amigo, durante los tiempos del terror. Pero ningún príncipe ni rey ni dictador puede interferir con éxito para siempre en un país que de verdad valora la libertad de prensa. Esto no quiere decir que no hubiese elementos que intentaran censurar, sino que no pudieron ganar a largo plazo. The Nation, con su historia de ensayos perturbadores, agudos, inteligentes compartiendo un espacio amplio y equitativo con la crítica de arte, las reseñas, la poesía y el teatro, es tan decisivo ahora como lo fue por 150 años.
      En este mundo contemporáneo de protestas violentas, de luchas internas, de reclamos de alimento y paz, en el que ciudades desiertas lanzan a refugiarse a los pueblos desposeídos, abandonados, aterrorizados que corren por su vida y por el aliento de sus hijos, nosotros (que nos llamamos civilizados) ¿qué hacemos?
      Las soluciones fluctúan entre la intervención militar y/o la concentración —matar o encerrar. Cualquier otro gesto en este clima político degradado se interpreta como un signo de debilidad. Uno se pregunta por qué últimamente la etiqueta de “débil” se convirtió en el pecado más esencial e imperdonable. ¿Es porque nos volvimos, el país mismo y los ciudadanos, una nación tan asustada de los demás que no reconoce la verdadera debilidad: la cobardía de insistir con las armas en todas partes y con las guerras en todas partes? ¿Qué tan adulto y qué tan viril es dispararles a médicos que hacen abortos, a alumnos, a peatones, a adolescentes negros que se escaparon? ¡Qué tan fuerte y qué tan poderosa es la sensación de llevar un arma letal en el bolsillo, en la cadera o en la guantera del auto? ¿Qué tan carismático puede ser amenazar de guerra en los asuntos exteriores nada más que por hábito, por miedo manufacturado o por ego nacional? ¿Y qué tan vergonzoso? Vergonzoso porque tenemos que saber, en cierto nivel de conciencia, que la fuente de y la razón para nuestra agresividad instilada no es solamente la guerra. También es el dinero: los beneficios de la industria de las armas, el apoyo financiero del complejo militar-industrial del que nos advirtió el presidente Eisenhower.
      Empujar a un país a usar la fuerza es fácil cuando la ciudadanía está llena de descontento y experimenta sensaciones de indefensión que pueden apaciguarse con la violencia. Y cuando el discurso político está destrozado por una sinrazón y un odio tan profundos que el abuso más vulgar parece lo normal, lo que manda es el desafecto.  
      Nuestros debates, en su mayoría, son el modelo de un recreo: nombres gritados, cachetadas verbales, chismes y risitas, mientras los toboganes y las hamacas del gobierno quedan vacíos.
      La mayor parte de los últimos cinco siglos, África ha sido concebida como pobre, pobre en extremo; a pesar del hecho de ser escandalosamente rica en petróleo, oro, diamantes, metales preciosos, etc. Pero como, en gran parte, esas riquezas no pertenecen a la gente que vivió toda su vida allí, en la mente occidental quedaron como merecedores de desprecio, lástima y, por supuesto, rapiña. A veces nos olvidamos de que el colonialismo era y es una guerra, una guerra para controlar y apropiarse de los recursos —es decir, el dinero— de otros países. Hasta podemos engañarnos pensando que nuestros esfuerzos por “civilizarlos” o “pacificarlos” no tienen nada que ver con el dinero. Pero la esclavitud siempre tuvo que ver con el dinero: con mano de obra libre que produce dinero para propietarios e industrias. Los “pobres trabajadores” y los “pobres desempleados” contemporáneos están como los ricos inactivos del “África colonial más oscura” —disponibles para el robo del salario y de la propiedad, apropiados por corporaciones metastásicas que sofocan sus voces disidentes.
      Nada de esto es un buen augurio para el futuro. Así y todo, me acuerdo del grito de mi amigo el día después de Navidad: ¡No! Este es precisamente el momento en el que los artistas tienen que trabajar. No hay tiempo para desesperarse, no hay espacio para la autocompasión, no hay necesidad de silencio, no hay lugar para el miedo. Hablamos, escribimos, hacemos el lenguaje. Así es como se curan las civilizaciones.
Yo sé que el mundo está golpeado y sangrando, y aunque es importante no ignorar su dolor, también es vital resistirse a sucumbir a su maldad. Como el error, el caos contiene información que puede llevar al conocimiento —incluso a la sabiduría. Como el arte.


(Texto original en https://www.thenation.com/article/no-place-self-pity-no-room-fear/ )



TONI MORRISON (EE. UU., 1931)

Versión en castellano de Sandra Toro.

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