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octubre 30, 2016

La traducción como musa: la musa como maestra - Mary Jo Bang

© 2015 Larry D. Moore


En 2012, investigadores de la Universidad de Emory publicaron los resultados de un estudio en el que a varios sujetos cuyos cerebros eran monitoreados por resonancia magnética se les pedía que leyeran una lista de metáforas basadas en texturas —por ejemplo, las “manos de cuero” de un hombre o la “voz de terciopelo” de una cantante. Los exámenes mostraron una clara evidencia de que el área de la corteza sensorial que procesa la información relativa a la textura táctil se activaba al leer dichas metáforas sensoriales. Esto estaba en marcado contraste con lo que ocurría cuando los sujetos leían frases descriptivas que no involucraban textura —“manos fuertes”, “voz agradable”, etcétera. En otro estudio, realizado en Francia por Véronique Boulenger, del Laboratorio de Dinámica del Lenguaje, cuando los sujetos leían oraciones que describían actividad física —“Pablo pateó la pelota”—, no solo se iluminaba la corteza motora, sino que la palabra “pateó” desencadenaba actividad en la parte de la corteza encargada del movimiento de la pierna, mientras que “Juan agarró el objeto” estimulaba la parte implicada específicamente en la actividad del brazo.

Qué curioso que nuestro cerebro opere como si materia e imaginación fuesen iguales. Siendo este el caso, ¿cómo la lectura no va a sumar a la experiencia y, en su momento, a influenciar la escritura de una persona? Y cómo la traducción, específicamente, no va a afectar al cerebro, cuando implica la clase de lectura más cercana, en la que la mente lee para comprender el significado y a la vez trata de acceder al término equivalente en otro idioma. De un modo similar, leer la palabra “pelle” en italiano, ¿no envíaría un mensaje al cerebro  para acceder al archivo sináptico de todas las experiencias sensoriales pasadas relacionadas con el cuero: chaqueta negra, guantes para chicos, butaca de auto, cinturón rojo con broche de lagarto, funda de pistola de juguete o zapatería? ¿El traductor  no arrastraría el conocimiento experimental de cómo se sienten todos esos cueros mientras alterna entre dos sistemas lingüísticos diferentes? Y, por supuesto, cada uno de esos recuerdos relacionados con el cuero estaría en conexión con otros por memoria asociativa. Algunos de ellos, bastante ricos en subjetividad.

Por lo tanto, en cuanto a la pregunta que nos ocupa: ¿La traducción afecta al trabajo creativo del traductor? Cómo podría no hacerlo, si leer impulsa al cerebro a activar recuerdos almacenados que renuevan nuestro sentido del mundo material. El mismo mundo material sobre el que tecleamos la propia escritura. Pero hay una segunda parte de la pregunta: ¿El efecto de la traducción “nutre” u “obstaculiza”? Tengo que admitir que me sorprendí la primera vez que un entrevistador me preguntó si traducir a Dante había afectado mi propia obra. Le dije que no era consciente de ninguna influencia y enseguida di un rodeo a la pregunta para hablar de lo que me llevó, en primer lugar, a traducir el Infierno. Especulaba que había sido porque el poema tenía un fuerte sentido narrativo y a mí siempre me había parecido que la narrativa era un dispositivo poético útil —aunque, en mis propios poemas, las narrativas son menos elaboradas y, por lo general, solamente se insinúan. Al mirar atrás, puedo ver que la pregunta acerca de los posibles efectos de la traducción en mi propia obra no solo no me interesó en ese momento, sino que me puso nerviosa. Mi impresión era que le había dedicado todo mi tiempo a la traducción. Mi propia escritura era algo a lo que esperaba volver una vez que hubiese terminado de traducir, pero en ese momento sentía que no existía. Así que, ¿cómo iba a ser posible que la traducción tuviera influencia sobre algo que no estaba haciendo?

Fue varios años después, cuando publiqué los poemas que había escrito durante el tiempo en el que estaba trabajando en la traducción, que noté que, en efecto, había estado escribiendo poemas con regularidad —a veces impulsada por una invitación a publicar, a veces como resultado de los juegos del lenguaje que inventaba como descanso de la traducción. Sin darme cuenta, mientras simultáneamente traducía el largo poema de Dante, había escrito un libro de poemas entero. Es más, ahora que están reunidos, puedo ver que muchos —casi la mayoría, al menos en cuanto a lo temático—, en diálogo con el Infierno. Ahora veo que, casi involuntariamente, estuve aprendiendo del ejemplo de Dante acerca de cómo usar mejor el artificio.

Lo que más me gusta del Infierno es su brillante complejidad y la inteligencia con la que Dante inventa el castigo perfecto para cada error humano. Los lujuriosos, que en la tierra no pudieron contener el fuego del deseo carnal, sufren una lluvia de fuego. El concejal corrupto y otros oficiales electos que en su vida anterior "se las tomaron" después de aceptar sobornos, hierven en un pozo de brea y, cuando suben a buscar una bocanada de aire fresco a la superficie, se los obliga a “tomar” lo suyo del tridente del diablo. También hay cierta perfección formal en los nueve círculos, cada uno más pequeño que el anterior, cada uno más lejos de la divinidad y más cerca del corazón helado del Lago Cocito.
Además, me atrae la sinceridad del personaje llamado Dante. Admiro la forma en que nunca se sitúa por encima de los demás pero, como cualquier otro mortal, sigue tropezándose con sus propias debilidades. Es bastante fácil convencerse de que el mal es siempre “el otro”, pero Dante, el poeta, previene a Dante, el personaje, de ese autoengaño.

Como poeta, el desafío es inventar estrategias que permitan hablar de aquellas cosas que parecen más apremiantes. No puedo escribir el Infierno. Pero al escribir sobre el poema de Dante, creo que comprendo algo acerca de por qué resulta tan eficaz. Así como Dante inventó un personaje llamado Dante, cada vez que escribo un poema, invento un personaje que, aunque lleve mi nombre, nunca soy yo. De haber limitado el poema a las circunstancias de su propia vida, el poeta llamado Dante no podría haber inventado un Infierno hecho de nueve círculos habitados por gente que nunca conoció, tanto personajes de los mitos tanto gente real tomada de la historia. No podría haber hecho que Virgilio le sirviera de guía, excepto en un sentido figurado. Que el poeta y el que habla no son uno para mí no es una novedad, pero andar rastreando el texto de Dante por tanto tiempo, me dio un mejor entendimiento acerca de cómo funciona esta clase de invenciones, una forma que depende del desarrollo de un sentido de remoción de las circunstancias personales.

Si me hubieran preguntado si la traducción nutre u obstaculiza la propia escritura creativa antes de esta realización reciente, podría haber dicho que la traducción obstaculizaba mi escritura porque estaba dedicándole demasiado tiempo a la traducción y a las notas, que me llevaron más de un año de trabajo constante. El hecho es que los escritores no siempre son conscientes de cuánto escriben. Yo, de hecho, no lo era. Y no era consciente de la influencia que recibía al reescribir el poema en inglés, palabra-por-palabra.

Versión en castellano de Sandra Toro







Translation as Muse: Muse as Teacher 

In 2012, researchers at Emory University published the results of a study where subjects whose brains had been wired to MRI machines were asked to read a list of metaphors based on texture—for example, a man’s “leathery hands,” a singer’s “velvet voice.” The scans showed clear evidence that the area of the sensory cortex that processes information about texture-based-on-touch was activated by reading these sensory-based metaphors. This was in marked contrast to when the subjects read descriptive phrases that did not involve texture—“strong hands,” “pleasant voice,” etcetera. In another study, done in France by Véronique Boulenger of the Laboratory of Language Dynamics, when subjects read sentences that described physical activity—“Pablo kicked the ball”— their motor cortexes not only lit up but the word “kicked” triggered activity in that part of the cortex dedicated to leg movement, whereas “John grasped the object” stimulated that part of the motor cortex specifically involved in arm activity.
How odd that our brains operate as if it matter and imagination were equal. Since that’s the case, how can reading not add to one’s experience, and in turn influence a person’s writing? And wouldn’t translation especially affect the brain, since translation involves the closest sort of reading, one where the mind simultaneously reads for meaning and tries to access the equivalent word or expression in another language. Wouldn’t reading the word “pelle” in Italian similarly send a message to the brain to access the synaptic record of all past sensory experience having to do with leather: black jacket, kid gloves, car seat, red belt with an alligator buckle, toy-gun holster, shoe shop. Wouldn’t the experiential knowledge of how those various leathers felt be carried along as the translator toggled between two different linguistic systems? And of course each of those leather memories would be connected to other associational memories, some quite rich in subjectivity.
So, now to the question at hand: Does translation affect the translator’s creative work? How could it not, since reading prompts the brain to actuate stored memories that refresh our sense of the material world. It’s the same material world we tap into for our own writing. But there’s a second part to the question: is translation’s effect one that “nurtures” or one that “impedes”? I have to admit I was surprised the first time I was asked by an interviewer whether translating Dante had affected my own work. I said I wasn’t aware of any influence and quickly turned the question around to talk about why I might been drawn in the first place to translate the Inferno. I speculated that it was because the poem had a strong sense of narrative and I had always found narrative to be a useful poetic device—although, in my own poems, the narratives are less elaborate and usually only hinted at. Looking back, I can see that the question about the possible effect of the translation on my own work not only didn’t interest me at the time, it made me anxious. My impression was that I was devoting all of my time to the translation. My own writing was something that I expected I would return to once I had finished the translation but in that moment, I felt my own writing didn’t exist. So, how could the translation be influencing something I wasn’t doing?
It was several years later, when I printed out the poems I had written over the years I had worked on the translation, that I saw that I had, in fact, been regularly writing poems—sometimes prompted by an invitation to publish, sometimes the result of language games I invented as a break from the translation. Without realizing it, while simultaneously translating Dante’s long poem, I had written an entire book of poems. And further, now that they were gathered together, I could see that many—almost all of them were, at least thematically, in dialogue with the Inferno. I see now that I had rather unwittingly been learning by Dante’s example about how better to use artifice.
What I most love about the Inferno is its brilliant complexity and the intelligence with which Dante invents the perfect punishment for each human error. The lustful, unable to contain the fire of carnal wanting on earth, suffer a rain of fire. The corrupt aldermen and other elected officials who were secretly “on the take” in a former life, now boil in a pit of tar; when they rise to the surface for a cool breath of air, they are forced to “take” a piece of a devil’s fork. There is a formal perfection too in the nine circles, each one smaller than the previous, each one farther from the godhead and that much closer to the loveless cold of frozen Lake Cocytus.
I’m also drawn to the sincerity of the character named Dante. I admire the way he never holds himself above the others but, like every other mortal, keeps tripping over his own shortcomings. It’s easy enough to deceive oneself that evil is always “the other,” but Dante the poet prevents Dante the character from that self-deception.
As a poet, the challenge is to invent strategies that allow you to speak about those things that seem most pressing. I can’t write the Inferno. But by writing over Dante’s poem, I think I understand something about why it feels so fully realized. Just as Dante invented a character called Dante, each time I write a poem, I invent a character that, even when she has my name, is never me. Had the poet named Dante limited the poem to the circumstances of his own life, he couldn’t have invented a nine-circle Hell inhabited by people he’d never met, characters from myth as well as real people culled from history. He couldn’t have had Virgil serve as a guide, except in the figurative sense. That the poet and the speaker are not one wasn’t new knowledge for me, but tracing over the Dante’s text for so long, has given me a better understanding of how this form of invention, a form that hinges on developing a sense of remove from one’s personal circumstances, works.
If I’d I been asked the question of whether translation nurtures or impedes one’s own creative writing prior to this recent realization, I might have said that translation was impeding my writing because I was devoting so much time to the translation, and to the accompanying notes, which took over a year of steady work. The fact is, writers are not always aware of how much writing they are doing. I certainly wasn’t. And I wasn’t aware of how I was being influenced as I rewrote the poem, word-by-word, into English.



(http://www.villagillet.net/).





MARY JO BANG (EE. UU., 1949)

octubre 16, 2016

POEMAS DE JOYCE CAROL OATES



Anécdota de amor

Mientras se enamora, él le extrae los secretos
de su “vida anterior”.

Mientras le extrae los secretos de su “vida anterior”,
él se enamora.

Es salvaje, embriagador y ácido, vertiginoso. Es un interrogatorio.
Le dice, contame. Por favor, contame.
No dudes. No tengas vergüenza. Es humano, dice.
Le ruega: no es avidez mía, te define.
No mientas.

Él es dedicado. Es insaciable.
Su sombra se extiende desde sus pies, henchida y generosa, 
hacia ella. Pero seguro te olvidás de algo, le dice.
Primera desaprobación, la hoja del cuchillo, entre las cejas perfectas,
esa no puede ser toda la historia, dice.
No convence. Casi ni es una anécdota. 

Él es tierno, es el ala lustrosa de un avión enorme,
es el olvido, todo hambre, sed inextinguible, abnegación.
Hay más, dice con calma, vos no me estás diciendo toda
la verdad, me estás mintiendo, dice, ¿no sabés que 
nada que descubra me va a hacer enojar?

Mientras drena su “vida anterior”, el amor de él disminuye.
Pronto va a ser camaradería, después hermandad.
Y después no va a ser nada.

Sin embargo, esta noche está feroz de amor, y con ganas de
rogarle. Te olvidaste bastante, dice, por favor no me mientas,
dice, qué es, le pregunta.
Él siempre pregunta.



Fotos viejas

En estas fotos viejas el domingo siempre resplandece.
Si es Navidad, tu padre se apura a esconder
el árbol abajo de la escalera del sótano.
Los bigotes del abuelo pasan cerca, raspando como virulana.
El tío come con la boca húmedamente abierta y los dientes
demasiado grandes. Y hay susurros que no alcanzás a oír.
Plegarias para los muertos que no se hicieron para registrarse.

(Cuando éramos chicos, decís. Si fuimos chicos).

En estos documentos reside tu estrategia de no acordarte de nada.
Esas mandíbulas de masticar lento, esas crisálidas de globos.
"Fenómenos de la vida".

(Las fotos te muestran puro rulos, hoyuelos y ojos escondidos. 
Es siempre mediodía y hay una marea de luz.
Vos estás siempre encandilada y sonriente).

Mirá —hay criaturas que salen nadando, perezosas,
de los rincones oscuros de la habitación. Se levantan del barro.
Hay bigotes paternalistas que se proyectan, ásperos, bajo los labios y
ojos de peltre que parecen hacer un guiño,
pero no.

Un bioquímico sueco dice que el deseo de su vida es
conocer la vida. Como en "Fenómenos de la vida".

En estas fotos viejas no hay explicaciones
ni subtítulos. No hay palabras.
Se los sorprendía en silencio, y por lo general sonriendo,
a los muertos queridos.

Cuando éramos chicos.


Noche


                                 Llamamos "noche" a la privación del gusto 
                                 en todas las cosas
                                                                   San Juan de la Cruz


Se acuerda de que el incidente tuvo lugar de noche.
Es un cuento nocturno, quizás una alegoría.
La toman por detrás, con un brazo cruzándole el cuello,
apretado abajo del mentón. Ella es una nena de once años.

Pasa tan rápido, siempre pasa tan rápido,
que no tiene tiempo de gritar. Y después no respira.
Es de noche, empieza a ahogarse, está perdiendo
el conocimiento, se va a olvidar.
Por lo general, recomiendan olvidar.

Comparado con el de él, el peso de ella debe ser poco.
Va a ahogarse, no puede gritar ni llorar, si se desmaya
tal vez la furia de él se aplaque .
Ni siquiera forcejea con el brazo. Ni le rasguña la cara.
(De hecho no hay cara, porque es de noche).

No va a lastimarla. Es alta para su edad, así que
pudo haberse confundido.
Ella siempre miente. No se puede confiar en ella.
Cuando se caiga en el asfalto (están en un túnel 
abajo de las vías) la va a soltar.
Técnicamente no fue “abusada”.
Excepto por los raspones en las rodillas, sangre no hay.
No hay cicatriz ni herida permanente
salvo por el cuento nocturno, la memoria.

Siempre es de noche, ¿no puede ser que lo recuerde como noche
aunque fuese a la tarde?—Volvía a casa
de la escuela, venía bajando de la calle,
una ruta vieja que de día es totalmente segura.

Todavía se acuerda de que el incidente tuvo lugar de noche.
Veinte años después va a demostrarse que es una mentirosa.
Y el resto del cuento—¿no lo habrás inventado?

Vos tuviste siempre mucha imaginación, le dicen.



Sobrenatural

la mancha de sangre entre los nudillos:
inexplicablemente indolora.
una vez que la descubras va a empezar a doler,
en miniatura.
nunca vas a saber qué la causó.
te la olvidás.

el teléfono que se atiende a la duodécima llamada:
silencio sin respiración, malicioso, cruel.
y cuelga.
y vos te quedás ahí, sola.
después te olvidás.

y la visita inexplicable de tu papá:
con dos días de aviso y diez horas de exceso de velocidad.
lluvia, viento de 80 km/h, todo el camino con mala suerte,
el tráfico atascado y un limpiaparabrisas roto
no lo pararon.

Un apretón de manos torpe.
Cómo están—?
Estás muy—!
Qué bueno que—!
Hasta cuándo—?
se tiene que ir a la mañana,
tiene que volver.
en una taller a dos cuadras le están arreglando el limpiaparabrisas.

¿sintió la muerte
y por eso vino corriendo a vernos?
¿ya adivinaba que a su muerte
detrás de esas sonrisas nerviosas,
iba a tener que aguantar un tumulto de recuerdos?

nada de lo que se sabe explica esa visita,
ni la forma nueva y rara en la que se comportó
—tocándonos, apretándonos el brazo, sonriendo.
la visita fue una excusa.
las palabras que rodearon nuestro contacto fueron una excusa.
inexplicable, que ese idioma que inventamos pueda ser un medio
para acercarnos, para poder tocarnos,
y después volvernos a alejar.

caminó hasta la ventana
contó veinte pisos hasta la calle
vertiginosa y bullente como un pantano
invisible desde esta altura
pero había una calle ahí abajo
y él lo sabía

vino con el departamento
y los recibidores y vestíbulos con vigilancia
y el portero
enfundado
en su uniforme
y el televisor con pantalla plana
y dos entradas: trasera y frontal

sabía que estaba ahí
y él acá, veinte pisos arriba
de la bruma inquieta del pantano 
sabía que los camiones que iban al puente
seguían pasando cerca 
podía sentirlos retumbar
en las suelas de sus zapatos
así que sabía

que el piso por el que caminaba
era el techo de otro
y esa noche todo eso era normal 
cuantificable
un alquiler de dos años porque
cualquiera que se precie
con plena vista 
al río
—balcón corrido de cinco por tres vale
$200 de depósito
totalmente alfombrado
con heladera no-frost—
la puerta del balcón trabada pero
puede mirar veinte pisos abajo
desde el antepecho
y ver cómo se enroscan y adelgazan los vapores del pantano 
y el chapoteo en la base
y el milagro a pagar
de a un centímetro por vez



El suicida

No decía gracias
No se despedía con la mano
No tiraba un beso al aire
una montaña de regalos desenvueltos
la cama hecha
sin hambre

siempre en otro lugar

aunque en ese otro lugar lloviera
aunque las calles estuvieran llenas de desconocidos
aunque nosotras nos esclavizáramos en casa y
cocináramos y lloráramos y
colgáramos adornos
y perfumáramos la oscuridad
¿acaso se sorprendió?
¿acaso dio las gracias?


¿se sentía agradecido?...... ¿sabía?
¿era humano?
¿estaba ahí?


siempre en otro lugar:
no dijo gracias
no dio un beso
el cepillo de dientes, duro por el desuso
el perrito, llorando en la sala
la batería del auto, muerta
los pulóveres, desenredados

¿era humano?

¿A dónde se fue?



Mujeres para las que la vida es la comida, hombres para los que la vida es el dinero

Lunes a media mañana, ella contempla tranquila
igual que la lluvia en ese patio angosto
usa pantuflas de franela
toma café
piensa—

                —se asoma al patio lleno de pozos y de yuyos
a las caras que se empiezan a formar
en el barro ondulante
en el linóleo
donde las tablas se defienden solas

Las mujeres para las que la vida es la comida
rompen huevos con cuidado 
limpian las sobras de los platos
desenvuelven a cuatro manos las compras 

Miércoles a la noche: él saca los tachos a la vereda 
aunque son de plástico resistente con tapa desmontable
Jueves a la mañana: el camión de la basura rezonga a las 7
El viernes el shopping está abierto hasta las 9
las bolsas de las compras se vaciaron
casi a cuatro manos

Hombres para los que la vida es el dinero
con sábados de horas extras
la vianda preparada y traída de vuelta
sin abrir para el domingo a la mañana

Mujeres para las que la vida es la comida
porque no marcan tarjeta
porque no usan reloj
suspiran satisfechas de estar solas
mirando el patio a media mañana
a mitad de semana
para la media tarde ya está todo olvidado

hay noches largas
paneles de debate sobre el aborto, la moda, el trabajo redituable
hay escenas de amor donde los personajes hacen mímica de las pasiones
animados, atractivos, tontos, lunáticos
a quienes los primeros planos muestran siempre jóvenes
las mujeres para las que la vida es la comida
los hombres para los que la vida es el dinero
se agitan con esos desconocidos que se abrazan lloran  mal-
interpretan olvidan mueren lloran se vuelven a abrazar
mientras los espectadores miran se agitan suspiran y
a eso de las 10.30 empiezan a bostezar, nunca 
después de medianoche, ni siquiera los sábados,
viendo actuar a sus alter ego sin vergüenza. 

¿Dónde están las revelaciones prometidas?
¿Por qué las mostraron tantas veces?
Miles de kilómetros al norte hay chicos de piernas largas
que en primavera hacen dedo 
y en verano se broncean  
con pulgares que insisten
y ojos que suplican
¿Nos llevan? ¿Nos llevan, eh? 

y para cuando vuelven no cambió nada
el linóleo parece más viejo
el pollo a la hawaiana es nuevo
las chicas se lavan el pelo más seguido
los chicos saltan los charcos
en el estacionamiento de la GM
no hay nadie que los mire con envidia

las madres se agachan
y de un golpe acomodan la puerta del horno 
los platos están listos, lavados,
y a media mañana la casa queda silenciosa
llueva en la parte de atrás
o no 
llueve el alivio del vacío 
simple, terrible, rutinario
en paz



Motivo, metáfora

La lluvia
gotea negra
horas, días,
así que me escondo acá.
En esta jaula estrecha.
Las palabras son barrotes
que confinan, pero 
allá me ahogaría.
Me ahogué.




Poema del barrilete

¡Alguna cosa
hay en el alma
norteamericana
que sube con los 
barriletes que suben!
¡Algo lleno del rugido del 
viento que hace subir al barrilete
que sube por encima de los tejados, las copas
de los árboles y las cabezas atónitas! Y sin embargo—
también hay algo que le falta al alma
norteamericana para venerar al
barrilete que no puede subir.
Yo lo vi, le temí
y por eso
te tengo.

Barrilete con la cola
enredada en la 
antena de TV.
Barrilete que sube de
un modo espectacular
en el crepúsculo y
después cae
vertical
a tus pies.

en un 
manojo.



Sesión fotográfica
—en memoria de Jim Jacobs

Te moriste un miércoles. El viernes
me arrastraron en limusina a sacarme fotos
para un artículo de una revista, por la calle Charles
cerca de Varick, con el olor a basura flotando en el aire.
¡25 de marzo y tanto calor como en mayo! “Mi objetivo”,
explica el fotógrafo, “es una imagen completamente
natural”. Los cinco asistentes, todos hombres,
se mueven en la penumbra como bailarines.

Durante años guardaste el secreto de que te estabas muriendo.
La enfermedad... ese nombre aterrador. La quimioterapia
las transfusiones y todo lo demás. Ahorrándonos, 
podría decirse que con trampa, la pena prematura.

Treinta minutos hicieron falta para maquillarme.
El dolor no se suda por ningún poro, ni
la pobre alma se revela.
Cubierta de pasta, pintura y rubor... estoy a salvo.
“Mire adentro de la lente”, repite con paciencia 
el fotógrafo, “míreme”.



Vi a una mujer que entraba en una vidriera


Vi a una mujer que entraba en una vidriera
como si entrara en el cielo.

Vi a su muerte avanzar a encontrarse con ella,
oscurecida por el vidrio impecable.
Flores de cornejo la arrastraban, con un aire drogado de lilas,
era la fachada antigua de la belleza,
enceguecedora,
ciega: la transparencia
que, al tocarla, se vuelve opaca.

El friso que pisaba se dobló de furia
deshaciéndose en piezas de puzzle sobre su cabeza.


***

Vi a una mujer que entraba en el sol, confiada y compuesta,
serena hasta el final.

Vi a una mujer que entraba en algo que parecía nada.
Como solemos decirnos.

El truco de la belleza está en ser inalcanzable,
una galaxia de reflejos rutilantes,
cada pieza del puzzle en su lugar.
No esta lluvia de vidrios y de sangre
sobre la cabeza sorprendida.

Las profundidades insondables hacia las que avanzaba se volvieron
la superficie más simple,
dolor y ruido.


***

Vi a una mujer que entraba en su propio cuerpo destrozado
como si fuera una novia.

Vi su alma pegada al suelo porque el espacio
no podía aguantarla encima.

Vi cómo la ventana al final enmarcaba solamente lo que estaba ahí,
más allá del marco,
que no podía caerse.

La garganta se me llenó de sangre:
si hubieras visto con cuánta rapidez.



El nacimiento milagroso

Navidad: La Casa a la Deriva en un océano de nieve vasto y blanco.
Este diciembre negro es una zanja que arriba parpadea 
pero acá, bajo el techo de tus padres, las caras de hojaldre
se llenan de agujeros de tenedor
y las caras de reloj son redondas y suaves como botones.

Esta es la temporada de la espera y de la esperanza,
y del hambre que se aviva intensamente y quiere ser satisfecho.
Esta es la temporada del nacimiento milagroso,
del cuento más viejo
de estos años,
siglos—
del pino cortado que se eriza hasta el techo,
del olor a frío, a noche, a bosques rebeldes y dóciles
como los bosques de un cuento para niños.

El árbol se mantiene espléndido en una lata de agua poco profunda,
parece que fuera a vivir para siempre
—verde-especiado, con agujas afiladas—
¡y tantos oropeles, tantos abalorios que resplandecen
en las ramas, un destello de vidrio
de estalactitas, el cabello del ángel,
guirnaldas de luces de colores enchufadas a un toma!
Y abajo del árbol, los regalos envueltos en papeles brillantes 
con moños satinados, regalos sobre regalos—
el delirio de un chico esparcido sobre la alfombra.

Afuera la nieve vuela como las colas y las crines de los caballos blancos.
Adentro, galletas que son estrellas, corazones y diamantes,
y el olor de un pavo que se cuece lento en su jugo.

Hay cuentos que a los chicos no les cuentan,
sobre abuelas que se mueren en secreto del corazón
o de cáncer mientras hacen compras durante meses para esta temporada
—lo caro que es el amor, el papel plateado
que es el amor, todo ese esfuerzo de la alegría y el amor
abierto demasiado pronto por los dedos de un chico.
Y ahí está, de repente, tu padre,
joven otra vez,
entrando a la cocina, con el viento detrás
con la nieve derritiéndosele en el pelo rebelde
y un paquete en los brazos.

¿Desde dónde y hasta dónde puede redimirse este mundo?
No es una pregunta para chicos.
Estás sentada a la mesa larga con los demás.
Estos años. El techo cargado de nieve. Luces de velas,
olor a cera roja, Oh tomad y comed, el reloj habla
de su tiempito redondo una vez
y otra y otra—
esto es todo lo que hay y esto es todo.
Tuyo es el milagro del nacimiento.



Esta es la época del año

Esta es la época del año en que los maridos se acuestan
en sus hamacas paraguayas por última vez
mientras leen La Nación a la luz menguante del otoño
antes de que el crepúsculo suba desde la tierra
antes de no saber si alguna vez la tierra
va a torcer su eje hacia la luz, el gran horno
de la luz, va a hacer que los maridos se den vuelta hacia a la luz
en sus hamacas paraguayas mientras leen La Nación.


Versiones en castellano de Sandra Toro.




Love Anecdote

As he falls in love he extracts from her the secrets
of her “former life.”

As he extracts from her the secrets of her “former life”
he falls in love.

It is wild, dizzy, winey-tart. It is an interrogation.
Tell me, he says. Please tell me.
Don’t be ashamed. Don’t be hesitant. It is human, he says,
he begs, it defines you, it is not my greed.
Don’t lie.

He is devoted. He is insatiable.
His shadow sprawls rich and bloated from his feet,
to her. But I’m sure you have forgotten something, he says,
the first frown, the knife-blade, between the perfect brows,
that can’t be the entire story, he says.
It’s scarcely more than an anecdote. It doesn’t convince.

He is tender, he is the shining wing of a great plane,
he is oblivion, all hunger, unquenchable thirst, devoted.
There is more to it, he says calmly, you are not telling me
the truth, he says, you are lying, he says, don’t you know
no revelation disgusts me?

As her “former life” drains away his love subsides.
Soon it will be companionable, and then brotherly.
And then it will be nothing at all.

Tonight, however, he is fierce with love, and willing
to beg. You have forgotten a great deal, he says, please
don’t lie to me, he says, what is it, he asks.
He always asks.



Ancient Snapshots

In these ancient snapshots Sunday is always ablaze.
If it is Christmas, your father is hurrying to hide
the fir tree beneath the cellar stairs.
Grandfather’s whiskers brush near, a steely wool.
Uncle is eating with his mouth moistly open, the teeth
too big. And there are whispers you can’t hear.
Prayers for the dead not to be recorded.

(When we were children, you say. If we were children.)

In these documents it is your strategy to remember nothing.
Those slow-munching jaws, those balloon pupae.
“Life phenomena.”
(The snapshots show you all curls and dimples and shy
shadowed eyes. It is always noon and a tide of light.
You are always smiling, blind.)

Look —there are creatures swimming as if idly
out of the room’s dark corners. Rising from the mud.
There are avuncular whiskers, gruff jutting underlips,
pewter eyes that seem to wink,
although they do not.

A Swedish biochemist says it is his life’s wish
to know life. As in “life phenomena.”

In these ancient snapshots there are no explanations,
no captions. There is no speech.
Surprised in silence, and usually smiling,
the beloved dead.

When we were children.



Night

                                                                    We call Night the privation of relish
                                                                      in the appetite for all things.
                                                                                          St. John of the Cross


She remembers the episode taking place at night.
It is a night-time tale, an allegory perhaps,
she is seized from behind, a forearm across her neck,
snug beneath her chin. She is a child of eleven.

It happens so quickly, it always happens so quickly,
she hasn’t time to scream. And then she hasn’t breath.
It is night, she has began to choke, she is losing
consciousness, she will forget.
Forgetting is generally recommended.

Her weight, in opposition to his, must be slight.
She will choke, she can’t scream or sob, if she faints
perhaps his anger will be placated.
Nor does she tug roughly at the arm. Nor claw at the face.
(In fact there is no face, because it is night.)

He will not harm her. She is tall for her age, so
he might have been misled.
She often lies. She can’t be trusted.
When she falls to the pavement (they are in an underpass
beneath the railroad tracks) he will release her.
She is not clinically “molested.”
There is no blood except from her scraped knees.
There is no scar or enduring wound
except the night-time tale, the memory.

It is always night, she cannot remember it as night,
though wasn’t it afternoon?—she was returning home
from school, descending the steps from the street,
an old route, absolutely safe by daylight.

Still, she remembers the episode taking place at night.
In which she will be proved, twenty years later, a liar.
As for the rest of the tale—isn’t it fictitious?

You’ve always had a queer imagination, she is told.



Occult

the blood-smear across the knuckles:
painless, inexplicable.
once you discover it pain will begin,
in miniature.
never will you learn what caused it.
you forget it.

the telephone answered on the twelfth ring:
silence without breath, cunning, stark.
and then he hangs up.
and you stand there, alone.
then you forget.

and your father's inexplicable visit:
two days' notice, a ten-hour reckless drive.
rains, 80 mph winds, bad luck all the way,
traffic backed up, a broken windshield wiper,
and no stopping him.

clumsy handshakes.
How are—?
You seem—!
How good to —!
How long will—?
he must leave in the morning,
must get back.
a gas station two blocks away repairs the wiper.

did he sense death,
and so he raced to us?
did he already guess at his death
behind those nervous fond smiles,
the tumult of memories he had to bear?

nothing we know can explain his visit,
or the new, strange way he moved among us—
touching us, squeezing our arms, smiling.
the visit was an excuse.
the words that surrounded our touching were an excuse.
inexplicable, that the language we invent may be a means
to get us closer, to allow us to touch one another,
and then to back away.


He walked to the window
stared down twenty stories to the street
gaseous and dizzy as a swamp
not visible at this height
but there had been a street down there
and he knew

It came with the apartment
and the guarded foyers and halls
and the doorman
holstered
beneath the uniform
the television split-screening
front and rear entrances

He knew it was all there
and he was here twenty stories above
the unsetteled swamp-mist
he knew the trucks bound for the bridge
were still passing near
he could feel them rumbling
in the soles of his feet
so he knew

the floor he walked on
was someone's ceiling
and it was all normal tonight
and countable
a two-year lease because
a desirable
with full view of
river-
a five-by-three balcony through the door is
$200 deposit
fully carpeted
self-defrosting refriger-
the balcony door is stuck but
He can stare twenty stories down
from the windowsill
watching the swamp smokes curl and thin
and the swamp lapping at the base
and the unpaid-for miracle
one inch at a time



 (Fabulous Beasts, Louisiana State University Press, 1975).


The Suicide

didn't thank
didn't wave goodbye
didn't flutter the air with kisses
a mound of gifts unwrapped
bed unmade
no appetite

always elsewhere

though it was raining elsewhere
though strangers peopled the streets
though we at home slaved and
baked and wept and
hung ornaments
and perfumed the dark
did he marvel
did he thank

was he grateful        did he know
was he human
was he there

always elsewhere:
didn't thank
didn't kiss
toothbrush stiffened with unuse
puppy whining in the hall
car battery dead
sweaters unraveled

was that human?

Went where?



Women whose Lives are Food, Men whose Lives are Money

Mid-morning Monday she is staring
peaceful as the rain in that shallow back yard
she wears flannel bedroom slippers
she is sipping coffee
she is thinking—
                            —gazing at the weedy bumpy yard
at the faces beginning to take shape
in the wavy mud
in the linoleum
where floorboards assert themselves

Women whose lives are food
breaking eggs with care
scraping garbage from the plates
unpacking groceries hand over hand

Wednesday evening: he takes the cans out front
tough plastic with detachable lids
Thursday morning: the garbage truck whining at 7
Friday the shopping mall open till 9
bags of groceries unpacked
hand over certain hand

Men whose lives are money
time-and-a-half Saturdays
the lunchbag folded with care and brought back home
unfolded Monday morning

Women whose lives are food
because they are not punch-carded
because they are unclocked
sighing glad to be alone
staring into the yard, mid-morning
mid-week
by mid-afternoon everything is forgotten

There are long evenings
panel discussions on abortions, fashions, meaningful work
there are love scenes where people mouth passions
sprightly, handsome, silly, manic
in close-ups revealed ageless
the women whose lives are food
the men whose lives are money
fidget as these strangers embrace and weep and mis-
            understand and forgive and die and weep and embrace
and the viewers stare and fidget and sigh and
begin yawning around 10:30
never made it past midnight, even on Saturdays,
watching their brazen selves perform

Where are the promised revelations?
Why have they been shown so many times?
Long-limbed children a thousand miles to the west
hitch-hiking in spring, burnt bronze in summer
thumbs nagging
eyes pleading
Give us a ride, huh? Give us a ride?

and when they return nothing is changed
the linoleum looks older
the Hawaiian Chicken is new
the girls wash their hair more often
the boys skip over the puddles
in the GM parking lot
no one eyes them with envy

their mothers stoop
the oven doors settle with a thump
the dishes are rinsed and stacked and
by mid-morning the house is quiet
it is raining out back
or not raining
the relief of emptiness rains
simple, terrible, routine
at peace



 (Women Whose Lives Are Food, Men Whose Lives Are Money, Louisiana State University Press, 1978).




Kite Poem

Some-
thing there
is in the American
soul that soars with
kites that soar! Some-
thing alive with the roar
of the wind lifting the kite
that soars above rooftops, tree-
tops, and awestruck heads! And yet—
Something there is not in the
American soul to adore the
kite that fails to soar.
I've seen it, I've
feared it, and
so have you.

The kite whose tail
is tattered in the
TV antenna.
The kite that rises
thrillingly
at dawn
then crashes
vertically
at your feet.

in a
heap


Photography Session


—in memory of Jim Jacobs

You died on Wednesday. On Friday
I’m hauled by limousine to be photographed
for a magazine feature, Charles Street
near Varick, a garbagey smell to the air.
March 25 and warm as May! “My object,”
the photographer explains, “is an utterly
natural image.” His five assistants, all male,
move like dancers in the semi-dark.

For years you’d kept your dying a secret.
The illness . . . its dread name. Chemotherapy
and blood transfusions and the rest. Sparing
us, one might say cheating us of premature sorrow.

Thirty minutes were required to make up my face.
Pain doesn’t sweat at any pore, nor
does the meager soul reveal itself.
Layered in paste, paint, rouge . . . I’m safe.
“Look into the lens,” the photographer says
patiently, repeatedly, “—look at me.”



(The Time Traveler)


I Saw a Woman Walking Into a Plate Glass Window 

I saw a woman walking into a plate glass window
as if walking into the sky.

I saw her death striding forward to meet her, 
shadowed in flawless glass.
Dogwood blossoms drew her, a lilac-drugged air, 
it was beauty's old facade, 
blinding, 
blind: the transparency
that, touched, turns opaque.

The frieze into which she stepped buckled in anger
and dissolved in puzzle parts about her head.

*          *          *

I saw a woman walking into sunshine confident and composed
and tranquil to the last.

I saw a woman walking into something that had seemed nothing.
As we commonly tell ourselves.

The trick to beauty is its being unassimilable, 
a galaxy of glittering reflections, 
each puzzle part in place.
Not this raining of glass and blood
about the amazed head.

The unfathomable depths into which she stepped became
the merest surface, 
Pain and noise.

*          *          *

I saw a woman walking into her broken body
as if she were a bride.

I saw her soul struck to the ground because mere space
could not bear it aloft.

I saw how the window at last framed only what was there, 
beyond the frame, 
that could not fall.

My throat filled with blood: 
you would not have believed how swiftly.




The miraculous birth

Christmas: The House Adrift in a wide white ocean of snow.
Black December is a ditch winking overhead,
but here beneath your parents’ roof the piecrust faces
are dimpled by forks
and the clock faces are round and smooth as buttons.

This is the season of waiting and of expectation
and of hunger keenly roused to be satisfied.
This is the season of the miraculous birth,
the oldest story,
these years,
centuries—
the fresh-trimmed spruce bristling to the ceiling,
smelling of cold, of night, of forests wild and tamed
as forests in a child’s picture book.

The splendid tree is balanced in a shallow tin of water
looking as if it would live forever—
green-spicy, sharp-needled—
and such tinsel, such trinkets ablaze
on the boughs, a glass-glitter
of icicles, angel’s hair,
strings of colored lights plugged to a socket!
And beneath the tree presents wrapped in shiny paper,
satiny bows, gifts heaped upon gifts—
a child’s fever-dream spilled on the carpet

Outside, snow flying like white horses’ manes and tails;
inside cookies that are stars, hearts, diamonds,
the smell of a turkey roasting slow in its fat.

There are stories children are not told,
of grandmothers dying in secret of their hearts
or of cancer shopping for months for this season—
the costly boxed gifts that are love, the stiff silver paper
that is love, all the effort of joy, love—
torn open too quickly by a child’s fingers.
And there suddenly is your father,
young again,
entering the kitchen, the wind behind him,
snow melting in his wild dark hair,
a carton of presents in his arms.

From what and to what could this world be redeemed?
is not a child’s question.
You are sitting at the long table with the others.
Those years. The roof weighted with snow. Candle flames,
the smell of red wax, O take and eat; the clock tells
its small rounded time again
and again, again—
this is all there is and this is everything.
The miraculous birth is your own.



This is the season 

This is the season when the husbands lie
in their hemp-woven hammocks for the last time
reading The Nation in waning autumn light
before dusk rises from the earth
before the not-knowing if ever again the earth
will turn on its axis to the light, the great furnace
of the light, will return the husbands to the light
in their hemp-woven hammocks reading The Nation.






JOYCE CAROL OATES (EE. UU., 1938).