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septiembre 03, 2016

ROSMARIE WALDROP - EL CAMPO DEL TERCERO EXCLUIDO (Fragm.)

Foto: Steve Evans


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Incluso si una mujer se sienta frente a un telar, eso no significa que tenga que tejer una cosmogonía ni mantas para cubrir el vacío que lleva debajo. Puede ser simplemente una prenda que, como cualquier centro de atención, absorba la luz disponible de la misma manera que una cascada forma una cortina sólida de ruido que solo deja pasar el tiempo. A ella le enseñaron a imaginarse otras cosas, pero no lo explica, a despreciar la defensa mientras la conciencia huye por los rápidos. La luz converge sobre lo que debe ser el hueco del deseo o del yo incompleto, o nada más que pelusa en el bolsillo. Su hora también va a llegar al romper aguas.



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Es mucho pedir esperar que el dolor cristalice en belleza. Hay que cerrar los ojos para imaginarse el paraíso. El interior del párpado es fértil en imágenes no provocadas por la experiencia, o tal vez su presión sobre el ojo iguale a la plegaria así como la inferencia es un tránsito hacia la afirmación, aun cuando se observen los ritos del amanecer contra un fondo oscuro y vacío. Leí que las condenadas a la horca tienen que usar bombacha de goma y un vestido cosido alrededor de las rodillas porque el útero y los ovarios se desparraman en el impacto con el pozo.



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El sentido de la certeza es quemarse. Aunque la verdad se nos va a seguir escapando, tenemos que poner las manos sobre los cuerpos. Mantenerse a salvo es una muerte distinta, con los instrumentos de defensa carcomiendo por dentro sin igualar el marcador. Como lo hizo el deseo de explorar el laberinto de mi cuerpo al llevarme directo hacia el centro de la nada. Desde donde proyectó mi mundo cotidiano de representación con falsos fuegos artificiales. ¿Habré invertido de más en el espectáculo? ¿En puras fluctuaciones de luz que, como el aleteo de un pájaro, con el tiempo iban a disminuir hasta el punto de desaparecer? ¿Y qué tal si compramos pan o cantamos en la oscuridad? Incluso si la base de nuestras conjeturas es la sombra de la infancia quemada nos conducen hacia el sol como si la lógica no tuviera otra salida.



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Me preocupaba la brecha entre expresión e intención, temiendo que el mundo pudiera ver un cartel fluorescente donde yo había querido mostrar un rostro. La sinceridad no ayuda una vez que admitimos las mentiras dichas en ocasiones nocturnas, incluso en la soledad de nuestro corazón, con el embrujo del deseo inclinando la figura desnuda de la necesidad de seducir al miedo a la posesión. Mucho mejor cultivar la brecha misma con su maleza crecida para ofrecer privacidad y su referencia extraviada. No importa que no sea filosofía sino electrones inexpertos que saltan de órbita en órbita a prepararle el foso a la orquesta, restos de significados que amplifican la sucesión de perspectivas verdes, atributos húmedos, espasmos en los labios.



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En Providence se pueden encontrar especies extintas. Una estatua ecuestre, digamos, marchando con la pata derecha en alto hacia el recuerdo de los turistas. Capturada en su carrera de inmovilidad, pero con la superficie intacta, a la espera de probar que puede resistir el ataque de los ojos, incluso humedecida por el clima real, aunque la atmósfera histórica se mezcle con el agotamiento como la etimología con el uso de una palabra o el hueso con la estructura de la oración. No es de extrañar que se nos haga difícil conocer el camino y tendamos a quedarnos adentro.



26

Yo quería establecerme sobre una superficie, quizás un mapa, donde mi miopía me ayudase a ver los hechos. Pero la gramática es profunda. Aunque solo describa, sumerge la mente en una vorágine sin fondo discernible, con las dimensiones de los posibles arremolinándose sobre el borde fijo de la nada. Como mirar al fondo de unos ojos azules el cielo azul sin siquiera una nube ni una bandada de pájaros de qué agarrarse. ¿Qué buscamos detrás de las palabras como si un cuerpo de información no pudiera también golpearse? Es el esqueleto que se agarra más tiempo de su tierra natal.



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Como si hubiera tenido que navegar para adelante y para atrás, parte de mí se apartó de donde voy, calculando la distancia de los pasillos largos a fin de permitir demoras y dificultades, para mantener la oscuridad mientras me dejaba llevar. De este modo los caracteres chinos parecen ofrecer su secreto sin revelarlo, la invitación a entrar en un laberinto que, como el del corazón, puede que no tenga un centro. Este se suplanta por un estar perdido en el que no me gusta detenerme porque la búsqueda de la motivación solo nos puede conducir hacia abajo hacia el potencial que asusta en proporción a su profundidad y su número de compuertas a la desaparición. Mucho mejor, según me advirtieron, es dejarse llevar por la corriente. La tinta arrastra un lenguaje nuevo, y al final el agua corre clara.


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Quedaron muchas preguntas en el claro donde construimos nuestra vida juntos. Después el tamaño total no dejó espacio para imaginarme en pie fuera de ahí, al borde de un día vacío. Sabía que no me quería ir de ese todo que podría decirse que cargaba con su cimiento tanto como se apoyaba en él, como un árbol genealógico que crece hacia abajo, con las ramas confundiendo gravedad y gravidez. Quería quedarme acostada al lado tuyo, dos longitudes de sentimiento paralelas y comparables, y dejar que las cargas de la estructura empujaran nuestro sueño hacia el momento y la plenitud. Todavía, una tarde abandonada que se estira hacia lugares desconocidos, seductora en su posibilidad, con las puertas abiertas a un caos de culs de sac, de puede-ser, de galopar en el caballo del cuadro. ¿Y hacia dónde? Al espejismo supremo o hacia una pregunta como ¿qué es el amor? ¿Y dónde? ¿Entra a presión o no, trayendo, como la interpretación, su propio espacio desde alguna dimensión alterna? ¿O es como el pasillo de un sueño, que extiende para siempre su concepto hasta un vacío extremo, como el de los átomos?


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Lo que una vez había sido pasión ahora parecía inhibirnos. Nunca más pudimos volver a su marca de agua, con toda esa ambivalencia en el aire. En vez de eso, eras como una piel demasiado delgada, frunciéndote sospechosamente ante cualquier acercamiento, sin notar que yo también estaba en guardia, lista para reintentar tan pronto como la mente se ablandara con el calor y empezase a perder la ropa. Una vez que la diferencia entre igual y ambiguo se borronea, el espacio se interrumpe y desaparece en temblores subcutáneos. Pero sería una lástima si entre nosotros no pasara nada más porque nos memorizamos tan concienzudamente y somos cautos incluso mientras viajamos por los pasajes y callejones del sueño, entre capas de densidad de terciopelo, de vuelta al deseo más íntimo anclado en todas nuestras preguntas y actos, anclado tan hondo que no lo podemos tocar.

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La ofensa estaba en no contestar hasta que la capa más brillante de tensión relucía entre nosotros y el equilibrio de poder empezaba a resbalarse en el hielo. A la velocidad del insulto los relojes van en contra. Traté de evocar el instante en el que supe que ese momento de perder el viento podía no implicar un agujero en la discusión, o en el hielo, para que pudiera respirar el pez. La pelea no hacía falta si, en lugar de medir nuestra relación desde adentro, reconocíamos que cada uno había trazado el límite con maestría, de modo que vos viste un relámpago rojo en zigzag donde yo me recosté en un campo verde. Al avanzar a distintas velocidades contrajimos enfermedades distintas y evaluamos de la forma más negativa el anhelo del otro. Por eso el radio que va de lo emocional al calor corporal se mantenía obstaculizado aunque lleváramos botas y abrigos gruesos. Había que envolverlo con palabras.

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Yo me esforzaba por mantener la perspectiva en la familia y apuntaba periódicamente en tu dirección como los fieles al Oriente. Tu espacio estaba encuadrado de un modo tan distinto al mío que situaba tu “aquí” cerca de la curva del horizonte, inalcanzable hasta para mi oración más larga. Lo único que podía ver era un resplandor como el del Gran Incendio de Londres. Así que ese paisaje se convirtió en una religión de la superficie, que predicaba la divina imperfección y reemplazaba el bautismo por el fuego. Vos pensabas que era improbable que el concepto de pecado original se viese afectado por la electricidad en movimiento más que por la competencia de la gravedad por la manzana. Hasta esa temperatura el asunto de la intimidad no aparecía, pero iba a tener que elevarse para que pudiésemos salir del edificio que ya estaba lleno de humo. Quizás sea más fácil acelerar el proceso de oxidación que aferrarse a las ilusiones de comunicación. Tampoco el signo del agua puede saciar las llamas de mis pulmones. Solamente inhalan un montón de silencio que nos conecta y nos separa de acuerdo con los vericuetos de la trama.

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Con un cuerpo que cae inexorablemente, ¿cómo podemos volver a tejer nuestra red de proximidad y distancia todos los días? Sin embargo, aunque arda por los dos extremos, el tiempo se enrolla alrededor del reloj y la noche reedita los sucesos del día bajo una luz nueva, mostrando tal vez ondas eléctricas en lugar de gotas de lluvia, que brillan sobre una telaraña. La relación no es la semejanza, sino el apretar el gatillo sobre un nervio. Mientras el tiempo toma el atajo más corto a la conciencia, la causa física se para en la puerta. Ahí, como entre dos personas, queda una última brecha que no puede unir ni un pene, un punto en el cual perdemos de vista la erección que atraviesa un horizonte mental. Esto va acompañado de un vértigo leve como cuando saltamos sobre nuestra sombra o contemplamos las olas que lanzan resoluciones incomprensibles a una orilla de un gris cada vez más oscuro. Nos exime de intentar sacar provecho de la atención al ritual, como mirar la araña conduce su recuerdo desde la periferia hasta el orbe central cuando cae la noche.


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Quería de verdad una historia que fuera mía. Como si hubiese alguna evidencia en el deletreo. ¿Pero qué pasaba si mi experiencia era esa clase de nieve que no se acumula? ¿Un amontonamiento de instantes que no ascendía a una dimensión? ¿Qué pasaba si volvía de vagabundear dentro de mis propias fronteras, desnuda, con los rasgos demasiado tenues para el espejo, insuficientes para las demandas de la noche? En una carrera tan larga no pude engañar a las apariencias: los días y las noches se sumaron sin sumar. Nada que repasar en la cama antes de ir a dormir. Hasta la memoria era inutilizable, un paisaje escarpado con gravedad pero sin monumentos, que no atrapaba vista, no impedía su deslizarse hacia el horizonte donde la prosa del mundo cede el paso al buen funcionamiento del miedo. Si la rueda apenas toca tierra la velocidad tiene que ser enorme.


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Yo sabía que lo verdadero o falso es irrelevante en la búsqueda del conocimiento que debe encontrar sus propias formas de evitar caerse mientras avanza hacia los horizontes de la luz. No podemos aspirar a probar la gravedad por el hecho de que coincida con la caída de una manzana cuando la naturaleza de la coincidencia es lo que la mordida de Eva puso en entredicho. Mi avance se frenaba por tu mano que rozaba mi pecho, como el viaje a lo largo del nervio óptico disminuye el torrente de la luz. Pero después la luz no acontece, ni siquiera en la cama. Es esa clase de lenguaje que se desintegra en la comunicación, como vos podrías hacerlo en mi deseo. Es necesario que la atención se enfoque en la plenitud de la sombra para iluminar un cuerpo que pesa sobre el horizonte, pero sin mellar su indiferencia.


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Al final llegué a preferir el riesgo de la caída antes que la arrogancia del suelo firme y me situé en la línea delgada de la traducción, balanceándome precariamente entre el cuerpo al servicio de la lentitud y las clases de cargas eléctricas que zumban en los campos que no pudo pisar nadie. Al volverse la carga contra mi retina del rojo análogo al de un geranio me pregunté si la traducción iba a ser a la aritmética o de vuelta a mi silencio natal. ¿O acaso esta pregunta era reversible, como izquierda o derecha? ¿Y se podía resolver con el modelo de androginia no estándar, repartiendo las zonas sensibles entre los contendientes? Mientras tanto el lenguaje cotidiano pone todo su vigor en mantener la manzana con la costumbre de caer por la curva de un mundo que ya no habilita pies planos y la materia se volvió demasiado porosa para ponérselos encima.



Versiones en castellano de Sandra Toro






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Even if a woman sits at a loom, it does not mean she must weave a cosmogony or clothes to cover the emptiness underneath. It might just be a piece of cloth which, like any center of attention, absorbs the available light the way a waterfall can form a curtain of solid noise through which only time can pass. She has been taught to imagine other things, but does not explain, disdaining defense while her consciousness streams down the rapids. The light converges on what might be the hollow of desire or the incomplete self, or just lint in her pocket. Her hour will also come with the breaking of water.



7

It’s a tall order that expects pain to crystallize into beauty. And we must close our eyes to conceive of heaven. The inside of the lid is fertile in images unprovoked by experience, or perhaps its pressure on the eyeball equals prayer in the same way that inference is a transition toward assertion, even observing rites of dawn against a dark and empty background. I have read that female prisoners to be hanged must wear rubber pants and a dress sewn shut around the knees because uterus and ovaries spill with the shock down the shaft.



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The meaning of certainty is getting burned. Though truth will still escape us, we must put our hands on bodies. Staying safe is a different death, the instruments of defense eating inward without evening out the score. As the desire to explore my body’s labyrinth did, leading straight to the center of nothing. From which projected my daily world of representation with bright fictional fireworks. Had I overinvested in spectacle? In mere fluctuations of light which, like a bird’s wingbeat, must with time slow to the point of vanishing? What about buying bread or singing in the dark? Even if the ground for our assumptions is the umber of burnt childhood we’re driven toward the sun as if logic had no other exit.



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I worried about the gap between expression and intent, afraid the world might see a fluorescent advertisement where I meant to show a face. Sincerity is no help once we admit to the lies we tell on nocturnal occasions, even in the solitude of our own heart, wishcraft slanting the naked figure from need to seduce to fear of possession. Far better to cultivate the gap itself with its high grass for privacy and reference gone astray. Never mind that it is not philosophy, but raw electrons jumping from orbit to orbit to ready the pit for the orchestra, scrap meanings amplifying the succession of green perspectives, moist features, spasms on the lips.




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In Providence, you can encounter extinct species, an equestrian statue, say, left hoof raised in progress toward the memory of tourists. Caught in its career of immobility, but with surface intact, waiting to prove that it can resist the attack of eyes even though dampened by real weather, even though historical atmosphere is mixed with exhaust like etymology with the use of a word or bone with sentence structure. No wonder we find it difficult to know our way about and tend to stay indoors.



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I wanted to settle down on a surface, a map perhaps, where my near-sightedness might help me see the facts. But grammar is deep. Even though it only describes, it submerges the mind in a maelstrom without discernable bottom, the dimensions of possibles swirling over the fixed edge of nothingness. Like looking into blue eyes all the way through to the blue sky without even a cloudbank or flock of birds to cling to. What are we searching behind the words as if a body of information could not also bruise? It is the skeleton that holds on longest to its native land.



31

As if I had to navigate both forward and backward, part of me turned away from where I’m going, taking the distance of long corridors to allow for delay and trouble, for keeping in the dark while being led on. In this way Chinese characters seem to offer their secret without revealing it, invitation to enter a labyrinth which, like that of the heart, may not have a center. It is replaced by being lost which I don’t like to dwell on because the search for motivation can only drive us downward toward potential that is frightening in proportion to its depth and sluicegates to disappearance. It is much better, I have been advised, just to drift with the stream. The ink washes into a deeper language, and in the end the water runs clear.


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Many questions were left in the clearing we built our shared life in. Later sheer size left no room for imagining myself standing outside it, on the edge of an empty day. I knew I didn’t want to part from this whole which could be said to carry its foundation as much as resting on it, just as a family tree grows downward, its branches confounding gravitation and gravidity. I wanted to continue lying alongside you, two parallel, comparable lengths of feeling, and let the stresses of the structure push our sleep to momentum and fullness. Still, a fallow evening stretching into unknown elsewheres, seductive with possibility, doors open onto a chaos of culs-de-sac, of could-be, of galloping off on the horse in the picture. And whereto? A crowning mirage or a question like What is love? And where? Does it enter with a squeeze, or without, bringing, like interpretation, its own space from some other dimension? Or is it like a dream corridor forever extending its concept toward extreme emptiness, like that of atoms?


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What once had been vehemence now seemed to inhibit us. We could never again come to its watermark, with all the ambivalence in the air. You seemed instead like too thin skin, shrinking suspiciously from close-ups, unaware that I was also on my guard, ready to retreat as soon as the mind gets soft with the warmth and begins to shed its clothes. Once you blur the distinction between equal and equivocal, space is interrupted and disappears in subcutaneous shivers. But it would be a pity if nothing more happened between us because we have memorized ourselves too thoroughly and are wary even as we travel through the passes and impasses of sleep, through layers of velvet density, back to the innermost desire anchored in all our questions and actions, anchored so deeply that we cannot touch it.


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The injury was in not responding until the shiniest sheet of tension lay glistening between us and the balance of power started to slip on the ice. At the speed of slight the clocks run counter. I tried to recall the moment when I realized that wind losing momentum may not mean holes in the argument or ice so that the fish can breathe. We needn’t quarrel if, instead of surveying our relation from within, we allowed that we had each drawn the line with flying colors, so that you saw red zigzag lightning where I lay down on a green lawn. Moving at different speeds we contracted different diseases and took the most negative measure of each other’s hunger. This was why the ratio of emotional to body heat remained impaired even though we wore boots and heavy coats. It would take wrapping up in words.


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I worked hard at keeping perspective in the family and periodically faced in your direction as the faithful toward the East. Your space was framed so differently from mine that it located your “here” around the curve of the horizon, unreachable by even my longest sentence. All I could see was a glare as over the Great Fire of London. So that landscape became a religion of surface, teaching divine imperfection and replacing baptism by fire. You thought it was improbable that the concept of original sin was upset by electricity in motion any more than by gravity’s competing for the apple. The question of intimacy did not come up to the temperature, but had to be raised so we could get out of the building already full of smoke. It may be easier to speed the process of oxidation than to hold on to the illusions of communication. Nor can the sign for water quench the flames in my lungs. It only inhales loads of silence which connect and separate us according to the twists and turns of the plot.


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With the body running down inexorably, how can we each day reweave our net of closeness and distance? But though time burns at both ends, it rolls around the clock, and evening replays events of the day in a new light, showing perhaps electric waves instead of raindrops, glittering on a spiderweb. The relation is not resemblance, but pulling the trigger on a nerve. While time takes the shortest cut right into consciousness, physical cause stops at the door. There remains an ultimate gap, as between two people, that not even a penis can bridge, a point at which we lose sight of the erection crossing a horizon in the mind. This is accompanied by slight giddiness as when we jump over our shadow or admire the waves rolling incomprehensible resolutions in a border of darker and darker gray. It dispenses us from trying to draw profit from attention to ritual, like watching the spider ride its memory from periphery to center orb at nightfall.


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I badly wanted a story of my own. As if there were proof in spelling. But what if my experience were the kind of snow that does not accumulate? A piling of instants that did not amount to a dimension? What if wandering within my own limits I came back naked, with features too faint for the mirror, unequal to the demands of the night? In the long run I could not deceive appearances: Days and nights were added without adding up. Nothing to recount in bed before falling asleep. Even memory was not usable, a landscape hillocky with gravitation but without monuments, it did not hold the eye, did not hinder its glide toward the horizon where the prose of the world gives way to the smooth functioning of fear. If the wheel so barely touches the ground the speed must be enormous.


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I knew that true or false is irrelevant in the pursuit of knowledge which must find its own ways to avoid falling as it moves toward horizons of light. We can’t hope to prove gravity from the fact that it tallies with the fall of an apple when the nature of tallying is what Eve’s bite called into question. My progress was slowed down by your hand brushing against my breast, just as travel along the optic nerve brakes the rush of light. But then light does not take place, not even in bed. It is like the kind of language that vanishes into communication, as you might into my desire for you. It takes attention focused on the fullness of shadow to give light a body that weighs on the horizon, though without denting its indifference.


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Finally I came to prefer the risk of falling to the arrogance of solid ground and placed myself on the thin line of translation, balancing precariously between body harnessed to slowness and categories of electric charge whizzing across fields nobody could stand on. Working the charge against my retina into the cognate red of a geranium I wondered if the direction of translation should be into arithmetic or back into my native silence. Or was this a question like right or left, reversible? And could it be resolved on the nonstandard model of androgyny, sharing out the sensitive zones among the contenders? Meanwhile everyday language is using all its vigor to keep the apple in the habit of falling through the curve of the world no longer fits out flat feet and matter’s become too porous to place them on.



(Lawn of Excluded Middle, NY: Tender Buttons, 1993).





ROSMARIE WALDROP (ALEMANIA/EE. UU., 1935).

















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