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agosto 07, 2016

POEMAS DE RAYMOND CARVER

Foto: Bonnie Schiffman

El regalo


Empezó a nevar tarde anoche. Los copos húmedos
caían detrás de las ventanas, la nieve cubría
las claraboyas. Nos quedamos mirando un rato, sorprendidos
y contentos de estar ahí y en ningún otro lugar.
Cargué la estufa a leña. Ajusté el tiraje.
Nos fuimos a la cama, y enseguida cerré los ojos.
Pero por alguna razón, antes de dormirme,
recordé la escena en el aeropuerto
de Buenos Aires la noche que nos fuimos.
¡Qué callado y vacío estaba ese lugar!
Un silencio mortal, a no ser
por el sonido de los motores
al alejarnos de la puerta de embarque
rodando por la pista sobre la nieve liviana.
Las ventanas del edificio de la terminal, a oscuras.
Nadie a la vista, ni siquiera el personal de tierra. “Es como si
todo el lugar estuviese de luto”, dijiste.

Abrí los ojos. Por tu respiración,
dormías profundamente. Te cubrí con un brazo
y me fui de Argentina a recordar un lugar
donde viví una vez en Palo Alto. No hay nieve en Palo Alto.
Pero tenía una habitación y dos ventanas que daban a la autopista Bayshore.
La heladera estaba cerca de la cama.
Cuando me deshidrataba en medio de la noche,
lo único que tenía que hacer para saciar esa sed era estirarme
y abrir la puerta. La luz del interior me mostraba el camino
a una botella de agua fría. También había un calefactor
en el baño, cerca del lavatorio.
Mientras me afeitaba, el jarro de agua hacía burbujas
sobre la serpentina al lado del frasco de café instantáneo.

Una mañana me senté en la cama, vestido, bien afeitado,
tomando café, y postergué lo que había decidido hacer. Al final,
marqué el número de Jim Houston en Santa Cruz.
Y le pedí 75 dólares. Dijo que no los tenía.
Que la mujer se había ido a México por una semana.
Que no los tenía, en fin. Que ese mes
andaba corto. “Está bien”, le dije, “entiendo”.
Y era así. Hablamos un poco
más, después colgué. A él no le molestó nada.
Terminé el café, más o menos cuando el avión
despegó de la pista hacia el atardecer.
Me acomodé en el asiento y le di una última mirada
a las luces de Buenos Aires. Después cerré los ojos
para el largo viaje de vuelta.

Esta mañana hay nieve por todas partes. Hablamos de eso.
Vos me decís que no dormiste bien. Yo te digo
que tampoco. Vos pasaste una noche horrible. “Yo también”.
Estamos extraordinariamente tranquilos y tiernos el uno con el otro
como si pudiéramos sentir lo desvencijado de nuestro estado mental.
Como si supiéramos lo que el otro siente. Y no,
claro. Nunca se sabe. No importa.
Es la ternura lo que me interesa. Ese es el regalo
esta mañana que me conmueve y me abraza.
Igual que todas las mañanas.



Anatema

Toda la familia sufrió.
Mi esposa, yo, los dos chicos y la perra
a la que los cachorros le habían nacido muertos.
Nuestros affaires, si así se podían llamar, se marchitaban.
A mi mujer la dejó el amante,
el profesor de música manco, que era
su único contacto con el mundo exterior
y con las cosas del espíritu.
Mi novia también dijo que no podía seguir así,
y volvió con el marido.
Nos cortaron el agua.
Todo ese verano la casa fue un horno.
Los durazneros quedaron chamuscados.
Las flores de nuestro jardincito, pisoteadas.
Los frenos del coche se rompieron, y fallaba
la batería. Los vecinos dejaron de hablarnos
y nos cerraban la puerta en la cara.
Los comercios nos devolvían los cheques
después, directamente, el correo
dejó de llegar. Nadie más que el comisario pasaba
de vez en cuando —con uno de nuestros dos
hijos en el asiento de atrás,
suplicando que lo llevaran a cualquier otra parte.
Y más tarde los ratones entraron en tropel a la casa.
Seguidos por una serpiente toro. Mi mujer
la encontró tomando sol en el living
al lado del TV, que no andaba. Lo que le hizo
es una historia aparte. Le cortó la cabeza
ahí mismo, en el suelo.
Y, como seguía retorciéndose,
la cortó en dos. Se veía que no íbamos a aguantar
mucho más. Nos habían vencido.
Queríamos ponernos de rodillas
y decir perdona nuestros pecados, perdónanos
la vida. Pero era tarde.
Demasiado tarde. Nadie nos iba a escuchar.
Tuvimos que ver cuando tiraron la casa abajo,
y dieron vuelta la tierra, y después
nos dispersamos en las cuatro direcciones.



Lluvia

Esta mañana me desperté con la urgencia
terrible de quedarme en la cama todo el día
y leer. La combatí por un minuto.

Después miré la lluvia por la ventana.
Y me rendí. Me puse por entero
en manos de esta mañana lluviosa.

¿Volvería a vivir mi vida otra vez?
¿Cometería los mismos errores imperdonables?
Sí, si tuviera la menor oportunidad. Sí.



Una horquilla y una guadaña

Por un minuto tuve las ventanas abiertas
y había sol. Una brisa
tibia cruzó el cuarto.
(Esto lo conté en una carta).
Después, mientras miraba, oscureció.
El agua empezó a encresparse.
Los botes de pesca dieron media vuelta
y avanzaron, como una pequeña flota.
Sonaron las campanas de viento
del porche. Las copas de nuestros árboles se agitaron.
El caño de la estufa sonó y rechinó
en sus anclajes.
Dije “una horquilla y una guadaña”
Así me hablo a mí mismo.
Diciendo los nombres de las cosas 
amarra, cabrestante, marga, hoja, caldera.
Tu cara, tu boca, tu hombro
¡ahora inconcebibles!
¿Dónde se fueron? Es como
haberlos soñado. Las piedras que trajimos
de la playa están boca arriba,
enfriándose, en la ventana.
Volvé. ¿Me oís?
Mis pulmones están llenos del humo
de tu ausencia.



Río Deschutes

Este cielo, por ejemplo:
cerrado y gris,
pero dejó de nevar,
que ya es algo. Tengo
tanto frío que no puedo doblar
los dedos.
Esta mañana, caminando por el río,
sorprendimos a un tejón
descuartizando a un conejo.
Tenía la nariz ensangrentada,
sangre desde el hocico hasta los ojos agudos:
                                  la destreza no debe confundirse
                                  con la gracia.

Más tarde, ocho patos salvajes vuelan
sin mirar hacia abajo. En el río
Frank Sandmeyer lanza y vuelve a lanzar
la línea pescando truchas. Lleva años
de pescar en este río
pero febrero es el mejor mes
dice.
Enredado, sin guantes,
agarro un ovillo de tanza.
Lejos 
otro hombre cría a mis hijos,
se acuesta con mi mujer, se acuesta con mi mujer.



Tu perro se muere

lo atropella una camioneta
lo encontrás al costado del camino
y lo enterrás.
te sentís mal por eso.
te sentís mal por vos,
pero te sentís mal por tu hija
porque era su mascota,
y lo quería tanto.
siempre estaba cantándole
y lo dejaba dormir en su cama.
escribís un poema sobre eso.
lo titulás como un poema para tu hija,
sobre el perro que atropelló una camioneta
y cómo lo fuiste a buscar
y lo llevaste al bosque
y lo enterraste hondo, muy hondo,
y ese poema resulta ser tan bueno
que casi te alegra que al perrito
lo hayan atropellado, si no nunca
hubieses escrito un poema tan bueno.
después te sentás a escribir
un poema acerca de escribir un poema
acerca de la muerte de ese perro,
pero mientras lo estás escribiendo
oís que una mujer grita
tu nombre, tu nombre de pila,
las dos sílabas,
y se te para el corazón.
después de un minuto, seguís escribiendo.
ella vuelve a gritar.
te preguntás cuánto más va a seguir.



Lo que dijo el doctor

Dijo que no se veía nada bien
que en realidad se veía mal de hecho muy mal
dijo conté treinta y dos en un solo pulmón antes
de dejar de contar
dije me alegro no hubiera querido saber
de ninguno más que hubiera
él dijo es usted un hombre religioso se arrodilla
en un bosque y se permite pedir ayuda
cuando llega a una cascada
con la bruma flotando contra la cara y los brazos
en esos momentos se detiene y pide claridad
dije todavía no pero me propongo empezar hoy mismo
él dijo lo siento mucho dijo
me gustaría tener otra clase de noticias para darle
dije Amén y él dijo algo más
que no escuché y sin saber qué más hacer
y sin querer que él tuviera que repetirlo
ni yo que digerirlo por completo
solamente lo miré
un segundo y me devolvió la mirada entonces
di un salto y le estreché la mano a ese hombre que me acababa de dar
algo que nadie más sobre la tierra me había dado jamás
debería haberle agradecido el haber sido tan fuerte


Miedo

Miedo de ver que estaciona un patrullero.
Miedo de quedarme dormido a la noche.
Miedo de no poder dormir.
Miedo de que resurja el pasado.
Miedo de que el presente levante vuelo.
Miedo del teléfono que suena en plena noche.
Miedo a las tormentas eléctricas.
¡Miedo de la mujer de la limpieza que en la mejilla tiene una cicatriz!
Miedo de los perros que según dicen no muerden.
¡Miedo a la ansiedad!
Miedo de tener que identificar el cuerpo de un amigo.
Miedo de quedarme sin dinero.
Miedo de tener demasiado, aunque la gente no lo crea.
Miedo a los perfiles psicológicos.
Miedo de llegar tarde y miedo de llegar antes que ninguno.
Miedo de ver la letra de mis hijos en los sobres.
Miedo de que se mueran antes que yo y sentirme culpable.
Miedo de tener que vivir con mi madre durante su vejez, y la mía.
Miedo a la confusión.
Miedo a que este día termine con una nota triste.
Miedo a despertarme y ver que no estás.
Miedo de no amar y miedo de no amar lo suficiente.
Miedo de que lo que amo resulte letal para los que amo.
Miedo de la muerte.
Miedo a vivir demasiado.
Miedo de la muerte.

Eso ya lo dije.


Una tarde

Mientras escribe, sin mirar el mar,
siente que la punta de la lapicera empieza a temblarle.
La marea sube por detrás de las tejas.
Pero no es eso. No,
es porque en ese instante ella decide
caminar hasta la habitación sin nada de ropa.
Somnolienta, sin saber con certeza dónde está
por un momento. Se aparta el pelo de la frente.
Se sienta en el inodoro con los ojos cerrados,
la cabeza inclinada. Las piernas abiertas. La ve
cruzar la puerta. Tal vez
se está acordando de lo que pasó esa mañana.
Porque después de un rato, abre un ojo, lo mira.
Y sonríe con dulzura.



Beber al conducir

Estamos en agosto y no
leí un libro en seis meses
salvo por uno que se llama La retirada de Moscú
de Caulaincourt
Igual, estoy contento
paseando en auto con mi hermano
y tomando una lata de Old Crow.
No tenemos en mente ningún lugar adonde ir,
nada más manejamos.
Si cerrara los ojos un minuto,
estaría perdido, pero
con gusto me echaría a dormir para siempre
al costado de esta ruta.
Mi hermano me da un codazo.
En cualquier momento algo va a pasar.



 Versiones en castellano de Sandra Toro.



The Gift

Snow began falling late last night. Wet flakes
dropping past windows, snow covering
the skylights. We watched for a time, surprised
and happy. glad to be here, and nowhere else.
I loaded up the wood stove. Adjusted the flue.
We went to bed, where I closed my eyes at once.
But for some reason, before falling asleep,
I recalled the scene at the airport
in Buenos Aires the evening we left.
How still and deserted the place seemed!
Dead quiet excep
t the sound of our engines
as we backed away from the gate and
taxied slowly down the runway in a light snow.
The windows in the terminal building dark.
No one in evidence, not even a ground crew. “It’s as if
the whole place is mourning,” you said.

I opened my eyes. Your breathing said
you were fast asleep. I covered you with an arm
and went on from Argentina to recall a place
I lives in once in Palo Alto. No snow in Palo Alto.
But I had a room and two windows looking onto the Bayshore Freeway.
They refrigerator stood next to the bed.
When I became dehydrated in the middle of the night,
all I had to do to slake that thirst was reach out
and open the door. The light inside showed the way
to a bottle of cold water. A hot plate
sat in the bathroom close to the sink.
When I shaved, the pan of water bubbled
on the coil next to the jar of coffee granules.

I sat on the bed one morning, dressed, clean-shaven,
drinking coffee, putting off what I’d decided to do. Finally
dialed Jim Houston’s number in Santa Cruz.
And asked for 75 dollars. He said he didn’t have it.
His wife had gone to Mexico for a week.
He simply didn’t have it. He was coming up short
this month. “It’s okay,” I said, “I understand.”
And I did. We talked a little
more, then hung up. He didn’t hate it.
I finished the coffee, more or less, just as the plane
lifted off the runway into the sunset.
I turned in the seat for one last look
at the lights of Buenos Aires. Then closed my eyes
for the long trip back.

This morning there’s snow everywhere. We remark on it.
You tell me you didn’t sleep well. I say
I didn’t either. You had a terrible night. “Me too.”
We’re extraordinarily calm and tender with each other
as if sensing the other’s rickety state of mind.
As if we knew what the other was feeling. We don’t,
of course. We never do. No matter.
It’s the tenderness I care about. That’s the gift
this morning that moves and holds me.
Same as every morning.


Anathema

The entire household suffered.
My wife, myself, the two children, and the dog
whose puppies were born dead.
Our affairs, such as they were, withered.
My wife was dropped by her lover,
the one-armed teacher of music who was
her only contact with the outside world
and the things of the mind.
My own girlfriend said she couldn’t stand it
anymore, and went back to her husband.
The water was shut off.
All that summer the house baked.
The peach trees were blasted.
Our little flower bed lay trampled.
The brakes went out in the car, and the battery
failed. The neighbors quit speaking
to us and closed the doors in our faces.
Checks flew back at us from merchants —
and then mail stopped being delivered
altogether. Only the sheriff got through
from time to time — with one or the other
of our children in the back seat,
pleading to be taken anywhere but here.
And then mice entered the house in droves.
Followed by a bull snake. My wife
found it sunning itself in the living room
next to the dead TV. How she dealt with it
is another matter. Chopped its head off
right there on the floor.
And then chopped it in two when it continued
to writhe. We saw we couldn’t hold out
any longer. We were beaten.
We wanted to get down on our knees
and say forgive us our sins, forgive us
our lives. But it was too late.
Too late. No one around would listen.
We had to watch as the house was pulled down,
the ground plowed up, and then
we were dispersed in four directions.



Rain

Woke up this morning with
a terrific urge to lie in bed all day
and read. Fought against it for a minute.

Then looked out the window at the rain.
And gave over. Put myself entirely
in the keep of this rainy morning.

Would I live my life over again?
Make the same unforgiveable mistakes?
Yes, given half a chance. Yes.



A Forge, and a Scythe

One minute I had the windows open
and the sun was out. Warm breezes
blew through the room.
(I remarked on this in a letter.)
Then, while I watched, it grew dark.
The water began whitecapping.
All the sport-fishing boats turned
and headed in, a little fleet.
Those wind-chimes on the porch
blew down. The tops of our trees shook.
The stove pipe squeaked and rattled
around in its moorings.
I said, "A forge, and a scythe."
I talk to myself like this.
Saying the names of things --
capstan, hawser, loam, leaf, furnace.
Your face, your mouth, your shoulder
inconceivable to me now!
Where did they go? It's like
I dreamed them. The stones we brought
home from the beach lie face up
on the windowsill, cooling.
Come home. Do you hear?
My lungs are thick with the smoke
of your absence. 




Deschutes River

This sky, for instance:
closed, gray,
but it has stopped snowing
so that is something. I am
so cold I cannot bend
my fingers.
Walking down to the river this morning
we surprised a badger
tearing a rabbit.
Badger had a bloody nose,
blood on its snout up to its sharp eyes:
. . . . . . . . . prowess is not to be confused
. . . . . . . . .with grace.

Later, eight mallard ducks fly over
without looking down. On the river
Frank Sandmeyer trolls, trolls
for steelhead. He has fished
this river for years
but February is the best month
he says.
Snarled, mittenless,
I handle a maze of nylon.
Far away —
another man is raising my children,
bedding my wife, bedding my wife.



Your Dog Dies

it gets run over by a van.
you find it at the side of the road
and bury it.
you feel bad about it.
you feel bad personally,
but you feel bad for your daughter
because it was her pet,
and she loved it so.
she used to croon to it
and let it sleep in her bed.
you write a poem about it.
you call it a poem for your daughter,
about the dog getting run over by a van
and how you looked after it,
took it out into the woods
and buried it deep, deep,
and that poem turns out so good
you're almost glad the little dog
was run over, or else you'd never
have written that good poem.
then you sit down to write
a poem about writing a poem
about the death of that dog,
but while you're writing you
hear a woman scream
your name, your first name,
both syllables,
and your heart stops.
after a minute, you continue writing.
she screams again.
you wonder how long this can go on.



What The Doctor Said

He said it doesn't look good
he said it looks bad in fact real bad
he said I counted thirty-two of them on one lung before
I quit counting them
I said I'm glad I wouldn't want to know
about any more being there than that
he said are you a religious man do you kneel down
in forest groves and let yourself ask for help
when you come to a waterfall
mist blowing against your face and arms
do you stop and ask for understanding at those moments
I said not yet but I intend to start today
he said I'm real sorry he said
I wish I had some other kind of news to give you
I said Amen and he said something else
I didn't catch and not knowing what else to do
and not wanting him to have to repeat it
and me to have to fully digest it
I just looked at him
for a minute and he looked back it was then
I jumped up and shook hands with this man who'd just given me
something no one else on earth had ever given me
I may have even thanked him habit being so strong

Fear

Fear of seeing a police car pull into the drive.
Fear of falling asleep at night.
Fear of not falling asleep.
Fear of the past rising up.
Fear of the present taking flight.
Fear of the telephone that rings in the dead of night.
Fear of electrical storms.
Fear of the cleaning woman who has a spot on her cheek!
Fear of dogs I've been told won't bite.
Fear of anxiety!
Fear of having to identify the body of a dead friend.
Fear of running out of money.
Fear of having too much, though people will not believe this.
Fear of psychological profiles.
Fear of being late and fear of arriving before anyone else.
Fear of my children's handwriting on envelopes.
Fear they'll die before I do, and I'll feel guilty.
Fear of having to live with my mother in her old age, and mine.
Fear of confusion.
Fear this day will end on an unhappy note.
Fear of waking up to find you gone.
Fear of not loving and fear of not loving enough.
Fear that what I love will prove lethal to those I love.
Fear of death.
Fear of living too long.
Fear of death.

I've said that.



An Afternoon

As he writes, without looking at the sea,
he feels the tip of his pen begin to tremble.
The tide is going out across the shingle.
But it isn't that. No,
it's because at that moment she chooses
to walk into the room without any clothes on.
Drowsy, not even sure where she is
for a moment. She waves the hair from her forehead.
Sits on the toilet with her eyes closed,
head down. Legs sprawled. He sees her
through the doorway. Maybe
she's remembering what happened that morning.
For after a time, she opens one eye and looks at him.
And sweetly smiles.



Drinking While Driving

It's August and I have not
Read a book in six months
except something called The Retreat from Moscow
by Caulaincourt
Nevertheless, I am happy
Riding in a car with my brother
and drinking from a pint of Old Crow.
We do not have any place in mind to go,
we are just driving.
If I closed my eyes for a minute
I would be lost, yet
I could gladly lie down and sleep forever
beside this road
My brother nudges me.

Any minute now, something will happen.



(All of Us: The Collected Poems, Knopf Doubleday Publishing Group, 2015).


RAYMOND CARVER (EE. UU., 1983-1988).

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