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mayo 03, 2015

POEMAS DE THEODORE ROETHKE



Foto: Imogen Cunningham


Dolor

Yo conocí la tristeza inexorable de los lápices,
prolijos en sus cajas, el dolor del peso del bloc y del papel,
toda la miseria de las carpetas manila y del mucílago,
la desolación inmaculada de los espacios públicos,
la recepción solitaria, el baño, el conmutador,
el pathos inalterable del cuenco y el aguamanil,
el ritual del multigraf, el clip, la coma,
la duplicación interminable de vidas y de objetos.
Y vi colarse el polvo de las paredes de las instituciones,
más fino que la harina, vivo, más peligroso que el sílice,
por las extensas tardes de tedio, invisible casi,
dejando una película sobre uñas y cejas frágiles,
glaseando el pelo desteñido, las caras grises y duplicadas de siempre.


Macabro epidérmico

Indiscreto es el que desprecia
el aspecto de su ropaje carnal,--
la tela volátil cosida al hueso,
la vestidura del esqueleto,
la prenda que no es pelaje ni  es pelo,
la capa de maldad y desespero,
el velo violado largamente
por las caricias de la mano y del ojo.
Sin embargo, he aquí mi indecencia:
odio mi traje epidérmico,
la obscenidad de la sangre salvaje,
los jirones de mi anatomía,
y prescindiría gustoso
de los atavíos falsos del sentido,
para dormir desvergonzadamente,
como un fantasma más encarnado y carnal.


Un campo de luz

1
Ven a los lagos, ven al agua estancada,
a los lagos donde flotan las hojas y el musgo,
a las plantas hundidas en la arena.

Un tronco se dio vuelta al contacto de un pie,
un junco largo salió a la superficie,
un ojo miró de costado.

Los vientitos hicieron
un ruido distante,
el valle más suave
clamó por un sonido.

Traté de alcanzar una uva
y las hojas cambiaron,
la silueta de una piedra
se convirtió en almeja

Cayó una lluvia fina
sobre las hojas gruesas;
Yo estaba ahí, solo
en un sopor acuático.


2

Ángel que estás dentro de mí, pregunté,
¿acaso alguna vez maldije el sol?
Habla y atente.

Debajo, debajo de las gavillas,
debajo de las hojas ennegrecidas,
detrás de los emparrados viscosos,
en lo hondo de la hierba que bordea el campo,
en  las tierras bajas que se secan solo en agosto,

¿Fue polvo lo que besé?
Un suspiro llegó de lejos.
Solo, besé la piel de una roca;
y blando como el tuétano, bailé sobre la arena.

3

Visitante, lo sucio abandonó mi mano.
Pude sentir el hocico de la yegua.
Un sendero se fue a pie.
El sol destelló en un pequeño rápido.
Llegó una cosa matinal agitando sus alas.
El gran olmo se llenó de pájaros.

Escucha, amor.
La alondra henchida cantó en el campo;
yo toqué el suelo,  el suelo que calentaron los chorlos,
los listones rieron y las piedras;
los helechos a su modo, y los lagartos pulsátiles,
y las plantas nuevas, todavía incómodas en el suelo,
Los amorosos diminutivos.
¡Pude mirar! ¡Pude mirar!
¡Vi la separación de todas las cosas!
Mi corazón se elevó con la hierba alta;
La maleza me creyó, y  los pájaros que anidaban.
Había nubes en fuga cruzando un rompevientos de cedros,
y una abeja  que salpicaba desde una madreselva empapada de lluvia.
Los gusanos se deleitaban como los reyezuelos.
Y yo anduve, anduve  por el aire liviano,
pasando con la mañana.


En un momento oscuro

En un momento oscuro, el ojo empieza a ver,
me encuentro con mi sombra en la oscuridad que crece;
oigo mi eco en el bosque resonante—
Un señor de la naturaleza llorándole a un árbol.
Vivo entre la garza y el reyezuelo,
las bestias de la colina y las serpientes del cubil.

¿Qué es la locura sino la nobleza del alma
contra las circunstancias? ¡El día se incendia!
Yo sé de la pureza del puro desespero,
de mi sombra clavada contra un muro que suda.
Aquel lugar entre las rocas—¿es una cueva,
o un camino sinuoso? Lo que tengo es el límite.

¡Una constante tormenta de correspondencias!
una noche que vuela con los pájaros, una luna desgarrada,
¡Y en pleno día, la medianoche que vuelve!
Un hombre se aleja para averiguar lo que es—
La muerte del ser en una noche larga y sin lágrimas,
las formas naturales mostrando la luz antinatural.

Oscura, oscura es mi luz y más oscuro, mi deseo.
Mi alma, como una mosca de verano que el calor enloqueció,
se queda zumbando en el umbral. ¿Qué yo soy yo?
Como un hombre caído, me arrastro de mi miedo.
La mente entra en sí misma. Y en la mente, Dios.
Y uno es único, libre en el vértigo del viento.


El despertar

Paseaba yo
a campo abierto,
había sol,
y el clima era feliz.

¡Por acá! ¡Por acá!
relucía la garganta del reyezuelo,
uno a otro
los capullos se cantaban.

Cantaban las piedras,
hasta las más pequeñas,
y como cabritos
las flores saltaban.

Un borde irregular
de margaritas se agitó;
No estaba solo
en un huerto de manzanos.

 Lejos, en el bosque
suspiraba un pichón;
el rocío soltaba
sus olores matinales.

Llegué donde el río
corre sobre las piedras:
mis oídos conocieron
una alegría primordial.

Y todas las aguas
de todos los arroyos
cantaron en mis venas

ese día de verano.


Versiones en castellano de Sandra Toro


Dolor

I have known the inexorable sadness of pencils,
Neat in their boxes, dolor of pad and paper weight,
All the misery of manilla folders and mucilage,
Desolation in immaculate public places,
Lonely reception room, lavatory, switchboard,
The unalterable pathos of basin and pitcher,
Ritual of multigraph, paper-clip, comma,
Endless duplicaton of lives and objects.
And I have seen dust from the walls of institutions,
Finer than flour, alive, more dangerous than silica,
Sift, almost invisible, through long afternoons of tedium,
Dropping a fine film on nails and delicate eyebrows,
Glazing the pale hair, the duplicate grey standard faces.


Epidermal Macabre

Indelicate is he who loathes
The aspect of his fleshy clothes, --
The flying fabric stitched on bone,
The vesture of the skeleton,
The garment neither fur nor hair,
The cloak of evil and despair,
The veil long violated by
Caresses of the hand and eye.
Yet such is my unseemliness:
I hate my epidermal dress,
The savage blood's obscenity,
The rags of my anatomy,
And willingly would I dispense
With false accouterments of sense,
To sleep immodestly, a most
Incarnadine and carnal ghost.

A Field of Light

1

Come to lakes; came to dead water,
Ponds with moss and leaves floating,
Plants sunk in the sand.

A log turned at the touch of a foot;
A long weed floated upward;
An eye tilted.

Small winds made
A chilly noise;
The softest cove
Cried for sound.

Reached for a grape
And the leaves changed;
A stone’s shape
Became a clam.

A fine rain fell
On fat leaves;
I was there alone
In a watery drowse.

2

Angel within me, I asked,
Did I ever curse the sun?
Speak and abide.

Under, under the sheaves,
Under the blackened leaves,
Behind the green viscid trellis,
In the deep grass at the edge of field,
Along the low ground dry only in August,--

Was it dust I was kissing?
A sigh came far.
Alone, I kissed the skin of a stone;
Marrow-soft, danced in the sand.

3

The dirt left my hand, visitor.
I could feel the mare’s nose.
A path went walking.
The sun glittered on a small rapids.
Some morning thing came, beating its wings.
The great elm filled with birds.

Listen, love.
The fat lark sang in the field;
I touched the ground, the ground warmed by the killdeer,
The slat laughed and the stones;
The ferns had their ways, and the pulsing lizards,
And the new plants, still awkward in their soil,
The lovely diminutives.
I could watch! I could watch!
I saw the separateness of all things!
My heart lifted up with the great grasses;
The weeds believed me, and the nesting birds.
There were clouds making a rout of shapes crossing a windbreak of cedars,
And a bee shaking drops from a rain-soaked honeysuckle.
The worms were delighted as wrens.
And I walked, I walked through the light air;
I moved with the morning.

In a Dark Time

In a dark time, the eye begins to see,
I meet my shadow in the deepening shade;
I hear my echo in the echoing wood--
A lord of nature weeping to a tree.
I live between the heron and the wren,
Beasts of the hill and serpents of the den.

What's madness but nobility of soul
At odds with circumstances? The day's on fire!
I know the purity of pure despair,
My shadow pinned against a sweating wall.
That place among the rocks--is it a cave,
Or winding path? The edge is what I have.

A steady storm of correspondences!
A night flowing with birds, a ragged moon,
And in broad day the midnight come again!
A man goes far to find out what he is--
Death of the self in a long, tearless night,
All natural shapes blazing unnatural light.

Dark, dark my light, and darker my desire.
My soul, like some heat-maddened summer fly,
Keeps buzzing at the sill. Which I is I?
A fallen man, I climb out of my fear.
The mind enters itself, and God the mind,
And one is One, free in the tearing wind.



The Waking

I strolled across
An open field;
The sun was out;
Heat was happy.

This way! This way!
The wren's throat shimmered,
Either to other,
The blossoms sang.

The stones sang,
The little ones did,
And the flowers jumped
Like small goats.

A ragged fringe
Of daisys waved;
I wasn't alone
In a grove of apples.

Far in the wood
A nestling sighed;
The dew loosened
Its morning smells.

I came where the river
Ran over stones:
My ears knew
An early joy.

And all the waters
Of all the streams
Sang in my veins
That summer day.


THEODORE ROETHKE (EE. UU., 1908-1963).



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