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marzo 24, 2015

LA GAYA SCIENZA (frags.) - FRIEDRICH NIETSZCHE



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Desde la distancia

Esta montaña convierte a toda la región dominada por ella en algo de múltiples maneras excitante y lleno de sentido: luego que nos hemos dicho esto por centésima vez, somos tan irracionales y nos sentimos tan agradecidos frente a ella, que creemos que es ella la que otorga esta excitación, y que ha de ser en sí misma lo más excitante de la región —y así es como ascendemos a ella y quedamos defraudados. Repentinamente ella misma pierde su encanto así como todo el paisaje en torno nuestro, debajo de nosotros; habíamos olvidado que algunas magnitudes, al igual que algunas bondades, sólo quieren ser vistas a una cierta distancia, y de todas maneras, desde abajo y no desde arriba —sólo así producen efecto. Tal vez en tu cercanía conoces a hombres que deben mirarse a sí mismos sólo desde una cierta lejanía, para poder encontrarse soportables, atractivos, fortalecedores; el conocimiento de sí mismos les está contraindicado.

16

Sobre el puente

En el trato con personas que son pudorosas frente a sus sentimientos, uno tiene que poder disimular; sienten un odio repentino contra aquel que las sorprende en un sentimiento cariñoso, entusiasta, exaltado, como si les hubiesen visto sus secretos. Si uno quiere hacerles bien en tales momentos, entonces hay que hacerles reír o decirles alguna broma helada, malévola —con ello se enfrían sus sentimientos y vuelven a ser dueñas de sí mismas. Efectivamente, coloco la moral delante de la historia. Alguna vez hemos estado tan cerca uno del otro que nada más parecía impedir nuestra amistad y hermandad, y sólo quedaba aún entre nosotros un pequeño puente. En el preciso momento que querías poner los pies en él, te pregunté: «¿Quieres cruzar hacia mí por el puente?» —pero en ese instante tú no quisiste avanzar más; y cuando te pregunté nuevamente, callaste. Desde entonces se abalanzaron entre nosotros montañas y caudalosos torrentes y todo cuanto sólo separa y vuelve extraño, y aun cuando quisiéramos volver el uno al otro, ¡ya no podríamos! Pero si ahora recuerdas aquel pequeño puente, te quedas sin más palabras —sólo con sollozos y asombro.

20

Dignidad de la locura

¡Algunos milenios más sobre la vía del último siglo! —y se hará visible la más alta cordura en todo lo que el hombre hace: pero precisamente con ello la cordura habrá perdido toda su dignidad. Efectivamente es necesario ser cuerdo, pero también tan corriente y tan vulgar como para que un gusto más noble llegue a sentir esta necesidad como una vulgaridad. Y asi como una tiranía de la verdad y de la ciencia estaría en condiciones de hacer subir el precio de la mentira, también una tiranía de la cordura podría hacer crecer un nuevo género de nobleza. Ser noble —eso significaría entonces, tal vez: tener locuras en la cabeza.

28

Hacer daño con lo mejor que se tiene

Nuestras fuerzas nos empujan a veces tan lejos hacia adelante que ya no podemos sobrellevar nuestras debilidades, y perecemos a causa de ellas: aunque prevemos este resultado, no queremos cambiarlo sin embargo. Allí nos volvemos duros contra aquello que en nosotros quiere ser perdonado, y nuestra grandeza es también nuestra implacabilidad. Una vivencia como ésa, que en último término tenemos que pagar con la vida, es un símil para la totalidad de la acción de los grandes hombres sobre otra época y sobre la suya —justamente con lo mejor que hay en ellos, con lo que sólo ellos pueden, aniquilan mucho que es débil, inseguro, que cambia, que quiere; y por esto son dañinos. Y bien puede darse el caso de que, considerado en general, sólo hagan daño, puesto que lo mejor de ellos sólo será adoptado y en cierto modo bebido por aquellos que, como ante una bebida demasiado fuerte, a causa suya pierden su entendimiento y egoísmo: se embriagarán tanto, que habrán de romperse los huesos por todos los caminos errados a que los conduzca la embriaguez.

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Lo que delatan las leyes

Uno se equivoca demasiado cuando estudia las leyes penales de un pueblo como si fueran una expresión de su carácter; las leyes no delatan lo que es un pueblo, sino lo que le es extraño, raro, terrible, extranjero. Las leyes se refieren a las excepciones de la eticidad de la costumbre; y los castigos más duros se refieren a lo que está de acuerdo con la ética de un pueblo m vecino. Así es como entre los Wahabitas existen sólo dos pecados mortales: tener otro Dios que el Dios Wahabita y fumar (entre ellos es designado como «la forma más ignominiosa del beber»). «¿Y qué pasa con la muerte y el adulterio?» —preguntó sorprendido el inglés que supo de este asunto. «¡Bueno, Dios es indulgente y misericordioso!» —dijo el viejo jefe.
Asimismo los antiguos romanos pensaban que una mujer sólo podía pecar mortalmente de dos maneras: por adulterio y también —por beber vino. Catón el viejo opinaba que se había establecido como una costumbre el beso entre parientes, sólo para mantener bajo control a las mujeres en este asunto; un beso significaba: ¿huele a vino? Efectivamente se castigaba con la muerte a las mujeres que eran sorprendidas bebiendo vino: y por cierto no sólo porque bajo el efecto del vino las mujeres olvidasen a veces toda posibilidad de decir no; por sobre todo, temían los romanos al culto orgiástico y dionisiaco por el que eran afectadas de tiempo en tiempo las mujeres del sur de Europa —cuando el vino era aún algo nuevo en Europa—, al que consideraban un extranjerismo desaforado que trastornaba el fundamento de la sensibilidad romana; para ellos era como una traición a Roma, como la incorporación de lo extranjero.

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Acerca de la represión de las pasiones

Cuando alguien se prohíbe a si mismo persistentemente la expresión de las pasiones, como algo que se puede conceder a los seres «ordinarios», toscos» burgueses, campesinos —por consiguiente, cuando no se quiere prohibir la pasión misma, sino sólo su lenguaje y su gesto, se logra no obstante a la vez, precisamente, lo que no se quiere: la represión de la pasión misma, o por lo menos su debilitamiento y transformación; así fue como se lo vivió de la manera más ejemplar en la corte de Luis XIV y en todo lo que dependía de él. La época que le siguió, educada en la represión de la expresión, carecía de las pasiones mismas, y en lugar de ellas poseía una naturaleza agradable, superficial, juguetona —una época afectada por la incapacidad de ser descortés, de tal manera que incluso una ofensa no era admitida ni rechazada más que con palabras obsequiosas. Tal vez nuestro presente ofrece el más asombroso contraste: en todas partes veo, en la vida y en el teatro y no menos que en todo cuanto se escribe, la satisfacción en todos los toscos estallidos y gestos de la pasión —actualmente se exige una cierta convención de lo pasional, ¡y no de la pasión misma! A pesar de eso, en último término se llegará a la pasión, y nuestra descendencia tendrá una ferocidad genuina, y no sólo una ferocidad y rebeldía de las formas.

50

El argumento de la soledad

También entre los más concienzudos es débil el reproche de la conciencia frente al sentimiento: «Esto y aquello están en contra de la buena costumbre de tu sociedad». Una mirada fría, una boca torcida de parte de aquéllos y entre aquéllos y para los que se ha sido educado, es temida hasta por los más fuertes. ¿Qué es lo que allí se teme propiamente? ¡La soledad! ¡En cuanto es el argumento que derrota incluso los mejores argumentos a favor de una persona o de una cosa! —Así habla en nosotros el instinto de rebaño.

52

Lo que otros saben de nosotros

Lo que sabemos de nosotros mismos y mantenemos en la memoria no es tan decisivo para la felicidad de nuestra vida, como se cree. Un día cae sobre nosotros lo que otro sabe de nosotros (o cree saber) —y reconocemos luego que es lo más poderoso. Uno acaba más fácilmente con su mala conciencia, antes que con su mala reputación.

56

El deseo de sufrir

Cuando pienso en el deseo de hacer algo, tal como continuamente hace cosquillas y aguijonea a millones de jóvenes europeos que no pueden soportar ni el aburrimiento ni soportarse a sí mismos, entiendo entonces que en ellos tiene que haber un deseo de sufrir por algo, para sacar de su sufrimiento una posible razón en favor de su acción o de su obra. ¡Se requiere la penuria! De allí procede el griterío de los políticos, las múltiples «condiciones de penurias» de todos los tipos posibles, falsas, inventadas, exageradas, y de allí procede también la ciega disposición a creer en ellas. Este joven mundo exige que debe venir desde fuera o hacerse visible —no algo así como la felicidad, sino la infelicidad; y desde ya su fantasía se atarea con formar un monstruo a partir de allí, para poder luchar luego con un monstruo. Si estos sedientos de penuria sintieran en sí mismos la fuerza para hacerse bien a sí mismos desde su interior, para procurarse algo a sí mismos, entonces sabrían también cómo crearse desde su interior una penuria propia, suya propia. Sus invenciones podrían ser entonces más sutiles, y sus satisfacciones podrían sonar como buena música —¡mientras que ahora el mundo queda plagado con sus gritos de penuria, y en consecuencia, demasiado a menudo, sólo con el sentimiento de penuria! No saben qué hacer consigo mismos —y así es como pintan en la pared la infelicidad de otros: ¡siempre necesitan a otro! ¡Y continuamente a otro otro! Perdón, amigo mío, me he atrevido a pintar en la pared mi felicidad.

79

El atractivo de lo imperfecto

Veo aquí a un poeta que, como muchos otros hombres, ejerce un mayor atractivo mediante sus imperfecciones, antes que a través de todo aquello que bajo sus manos adquiere una forma acabada y perfecta —sí, él debe más bien su ventaja y la fama a su última incapacidad, antes que a la riqueza de su fuerza. Su obra nunca expresa plenamente lo que él propiamente quisiera expresar, lo que quisiera haber visto: pareciera que hubiese degustado la muestra de una visión, pero nunca la visión misma —sin embargo, en su alma subsiste una enorme avidez por esta visión, y desde ella obtiene igualmente su enorme elocuencia del anhelo y del apetito. Con ella eleva a quien le escucha por encima de su obra y de toda «obra», y le da alas para ascender tan alto como jamás pueden ascender los que escuchan: y convertidos de ese modo ellos mismos en poetas y videntes, pagan con admiración al autor de su felicidad, como si los hubiese conducido inmediatamente a avistar su última y más sagrada región, como si él hubiese alcanzado su meta y visto realmente y comunicado su visión. A su fama le viene bien no haber llegado propiamente a la meta.

83

Traducciones

Se puede apreciar el grado de sentido histórico que posee una época por la manera como ella hace las traducciones, y cómo busca incorporarse las épocas y los libros del pasado. Los franceses de la época de Corneille, y también los de la Revolución, se apoderaron de la antigüedad romana de una manera para la cual ya no tendríamos el coraje suficiente —gracias a nuestro superior sentido histórico. Y la antigüedad romana misma: ¡cuán violenta e ingenuamente a la vez puso sus manos sobre todo lo bueno y superior de la antigüedad griega, anterior a ellos! ¡Cómo la tradujeron dentro del presente romano! ¡Cómo hicieron desaparecer intencional y despreocupadamente el polvo de las alas del instante de la mariposa! Así tradujo Horacio a Alceo o a Arquíloco en diferentes momentos, así lo hizo Propercio con Calimaco y Philetas (un poeta del mismo rango de Teócrito, si se nos permite juzgar): ¡qué les importaba que el auténtico creador hubiera vivido esto o aquello, y hubiera inscrito esos signos en su poesía! —como poetas eran contrarios al espíritu rastreador de antigüedades que precede al sentido histórico; como poetas, no daban valor a estas cosas y nombres tan personales ni a todo cuanto era propio de una ciudad, una costa, un siglo —como su vestuario y su máscara—, sino que rápidamente colocaban en su lugar a lo presente y a lo romano. Parecen preguntarnos: «¿No debemos transformar a lo antiguo en algo nuevo para nosotros y poner orden en nosotros dentro de él? ¿No debemos insuflar nuestra alma en este cuerpo muerto? Pues él ya está muerto: ¡cuán odioso es todo lo muerto!» Ellos no conocían el goce del sentido histórico; lo pasado y ajeno les era embarazoso y, en tanto romanos» un estímulo para una conquista romana. De hecho, cuando en aquel tiempo se traducía, se lo hacía como una conquista —no sólo porque se omitía lo histórico; no, se añadía la alusión al presente, sobre todo se borraba el nombre del poeta y en su lugar se colocaba el propio nombre —y no con un sentimiento de robo, sino con la mejor conciencia del imperium Romanum [imperio romano].

113

Para una doctrina de los venenos

¡Se requieren tantas conexiones para que surja un pensamiento científico: y todas estas fuerzas que se necesitan han de ser, en cada caso, inventadas, ejercitadas, cultivadas! Tomadas cada una separadamente, han tenido un efecto muy a menudo completamente diferente al de ahora, en que se limitan mutuamente entre si y se mantienen disciplinadas dentro del pensamiento científico; ellas han actuado como venenos, por ejemplo, el instinto dubitativo, el instinto negador, el instinto expectante, el instinto recolector, el instinto resolutivo. ¡Muchas mortandades de hombres se produjeron antes de que estos instintos aprendiesen a comprender sus vecindades y a sentirse, uno en relación al otro, como funciones de un poder organizador del hombre! ¡Y cuán lejos estamos aún de poder añadir al pensamiento científico también las fuerzas artísticas y la sabiduría práctica de la vida, de que se forme un sistema orgánico más alto, con relación al cual el sabio, el médico, el artista y el legislador, tal como nosotros ahora los conocemos, tendrían que aparecer como precarias vetusteces!

173

Ser profundo y parecer profundo

Quien se sabe profundo, se esfuerza por ser claro: quien quisiera parecer profundo a la multitud, se esfuerza por ser oscuro. Pues la multitud considera profundo todo aquello cuyo fundamento ella no puede ver: ella es tan temerosa y se lanza al agua con tanto disgusto.

240

En el mar

Yo no me construiría ninguna casa (¡y forma parte incluso de mi felicidad el no ser propietario de una casa!). Pero si tuviera que hacerlo, al igual que algunos romanos, la construiría adentrándose en el mar —quisiera tener algunos secretos en común con este hermoso monstruo.

278

El pensamiento de la muerte

Me produce una felicidad melancólica vivir en medio de esta confusión de callejuelas, menesteres, voces: ¡cuánto goce, impaciencia, apetito, cuánta vida sedienta y embriaguez de la vida se hace patente allí en cada instante! ¡Y sin embargo, caerá tan pronto el silencio sobre todos estos bulliciosos, vivientes y sedientos de vida! ¡Cómo lleva cada uno su sombra también detrás de sí, su oscuro compañero de viaje! Siempre sucede como en el último instante anterior a la partida de un barco de emigrantes: como nunca antes surgen tantas cosas que decirse, la hora apremia, el océano espera impaciente con su desierto silencio detrás de todo el bullicio —¡tan ansioso, tan seguro de su presa! Y todos, todos creen que lo sido hasta ahora es nada o muy poco, que el futuro cercano lo es todo: ¡y por eso la prisa, ese griterío, ese ensordecerse y engañarse a si mismos! Cada uno quiere ser el primero en ese futuro —¡y sin embargo, la muerte y el silencio de muerte es lo único seguro y común a todos en este futuro! ¡Cuán extraño es que esta única seguridad y comunidad no ejerza casi ningún poder sobre los hombres, y que sea tanta la distancia que los aleja de sentirse partes de la hermandad de la muerte! ¡Me hace feliz ver que de ninguna manera los hombres quieran pensar el pensamiento de la muerte! Con gusto quisiera hacer algo para que ellos encuentren cien veces más valioso pensar el pensamiento de la vida.

279

La amistad de las estrellas

Éramos amigos y nos hemos vuelto extraños. Pero está bien que sea así, y no queremos ocultarnos ni ofuscarnos como si tuviésemos que avergonzarnos de ello. Somos dos barcos y cada uno tiene su meta y su rumbo; bien podemos cruzarnos y celebrar juntos una fiesta, como lo hemos hecho —y los valerosos barcos estaban fondeados luego tan tranquilos en un puerto y bajo un sol, que parecía como si hubiesen arribado ya a la meta y hubiesen tenido una meta. Pero la fuerza todopoderosa de nuestras tareas nos separó e impulsó luego hacia diferentes mares y regiones del sol, y tal vez nunca más nos veremos —tal vez nos volveremos a ver, pero no nos reconoceremos de nuevo: ¡los diferentes mares y soles nos habrán transformado! Que tengamos que ser extraños uno para el otro, es la ley que está sobre nosotros: ¡por eso mismo hemos de volvernos más dignos de estimación uno al otro! ¡Por eso mismo ha de volverse más sagrado el recuerdo de nuestra anterior amistad! Probablemente existe una enorme e invisible curva y órbita de estrellas, en la que pueden estar contenidos como pequeños tramos nuestros caminos y metas tan diferentes —¡elevémonos hacia este pensamiento! Pero nuestra vida es demasiado corta y demasiado escaso el poder de nuestra visión, como para que pudiéramos ser algo más que amigos, en el sentido de aquella sublime posibilidad. Y así es como queremos creer en nuestra amistad de estrellas, aun cuando tuviéramos que ser enemigos en la tierra.

Traducción de José Jara


(de La ciencia jovial, 1990,  Venezuela: Monte Ávila Editores - Obra original publicada en 1882).



FRIEDRICH NIETSZCHE (ALEMANIA, 1844-1900)





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