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diciembre 22, 2014

RETRATO DEL HOMBRE CIVILIZADO - EMIL CIORAN



El encarnizamiento por borrar del paisaje humano lo irregular, lo imprevisto y lo deforme, linda con la indecencia. Sin duda es deplorable que todavía devoren en ciertas tribus a los ancianos estorbosos; sin embargo, no hay que olvidar que el canibalismo representa, tanto un modelo de economía cerrada, como una costumbre que, algún día, seducirá al atestado planeta. y a pesar de que se persiga sin piedad a los antropófagos, no me conmueve que vivan en el terror y que terminen por desaparecer, minoría ya de por sí, desprovista de confianza en sí misma, incapaz de abogar por su propia causa. Distinta en extremo me parece la situación de los analfabetos, considerable masa apegada a sus tradiciones y privaciones y a la que se castiga con una injustificable virulencia. Pues, a fin de cuentas, ¿es un mal no saber leer ni escribir? Francamente no lo creo. E incluso pienso que deberemos vestir luto por el hombre cuando desaparezca el último iletrado. 
El interés de los hombres civilizados por los pueblos que se llaman atrasados es muy sospechoso. Incapaz de soportarse más a sí mismo, el hombre civilizado descarga sobre esos pueblos el excedente de males que lo agobian, los incita a compartir sus miserias, los conjura para que afronten un destino que él ya no puede afrontar solo. A fuerza de considerar la suerte que han tenido de no "evolucionar", experimenta hacia ellos los resentimientos de un audaz desconcertado y falto de equilibrio. ¿Con qué derecho permanecen aparte, fuera del proceso de degradación al cual él se encuentra sometido desde hace tanto tiempo sin poder liberarse? La civilización, su obra, su locura, le parece un castigo que pretende infligir a aquellos que han permanecido fuera de ella. "Vengan a compartir mis calamidades; solidarícense con mi infierno", es el sentido de su solicitud, es el fondo de su indiscreción y de su celo. Excedido por sus taras y, más aún, por sus "luces", sólo descansa cuando logra imponérselas a los que están felizmente exentos. El hombre civilizado ya procedía así incluso en la época en que no era ni tan "ilustrado" ni estaba tan harto, sino entregado a la avaricia y a su sed de aventuras y de infamias. Los españoles, por ejemplo, en la cúspide de su carrera, debieron sentirse tan oprimidos por las exigencias de su fe y los rigores de la Iglesia, que se vengaron de ellos mediante la Conquista. 
¿Alguien trata de convertir a otro? No será jamás para salvarlo, sino para obligarlo a padecer, para exponerlo a las mismas pruebas por las que atravesó el impaciente convertidor: ¿vigilia, plegaria tormento? Pues que al otro le ocurra lo mismo, que suspire, que aúlle, que se debata en medio de iguales torturas. La intolerancia es propia de espíritus devastados cuya fe se reduce a un suplicio más o menos buscado que desearían ver generalizado, instituido. La felicidad del prójimo no ha sido nunca ni un móvil ni un principio de acción, y sólo se la invoca para alimentar la buena conciencia y cubrirse de nobles pretextos: el impulso que nos guía y que precipita la ejecución de cualquiera de nuestros actos, es casi siempre inconfesable. Nadie salva a nadie; no se salva uno más que a sí mismo, aunque se disfrace con convicciones la desgracia que se quiere otorgar. Por mucho prestigio que tengan las apariencias, el proselitismo deriva de una generosidad dudosa, en sus efectos que una abierta agresividad. Nadie está dispuesto a soportar solo la disciplina que ha asumido ni el yugo que ha aceptado. La venganza asoma bajo la alegría del misionero y del apóstol. Su aplicación en convertir no es para liberar sino para convertir. 
En cuanto alguien se deja envolver por una certeza, envidia en otros las opiniones flotantes, su resistencia a los dogmas y a los slogans, su dichosa incapacidad de atrincherarse en ellos. Se avergüenza secretamente de pertenecer a una secta o a un partido, de poseer una verdad y de haber sido su esclavo, y así, no odiará a sus enemigos declarados, a los que enarbolan otra verdad, sino al Indiferente culpable de no perseguir ninguna. Y si para huir de la esclavitud en que se encuentra, el Indiferente busca refugio en el capricho o en lo aproximado, hará todo lo posible por impedírselo, por obligarlo a una esclavitud similar, idéntica a la suya. El fenómeno es tan universal que sobrepasa el ámbito de las certezas para englobar el del renombre. Las Letras, como era de esperarse, proporcionarán la penosa ilustración. ¿Qué escritor que goce de una cierta notoriedad no acaba por sufrir a causa de ella, por experimentar el malestar de ser conocido o comprendido, de tener un público, por restringido que sea? Envidioso de los amigos que se pavonean en la comodidad del anonimato, se esforzará por sacarlos de él, por turbar su apacible orgullo con el fin de que también ellos experimenten las mortificaciones y ansiedades del éxito. Para alcanzarlo, cualquier maniobra le parecerá legítima, y a partir de entonces su vida se convierte en una pesadilla. Los aguijonea, los obliga a producir y a exhibirse, contraría sus aspiraciones a una gloria clandestina, sueño supremo de los delicados y de los abúlicos. Escriban, publiquen, les repite con rabia, con impudicia. Y los desgraciados se empeñan en ello sin pensar en lo que les aguarda. Sólo el escritor famoso lo sabe. Los espía, pondera sus tímidas divagaciones violencia y desmesura, con un calor furibundo, y, para precipitarlos en el abismo de la actualidad, les encuentra o les inventa admiradores o discípulos, o una turba de lectores, asesinos omnipresentes e invisibles. Perpetrado el crimen, se tranquiliza y se eclipsa, colmado por' el espectáculo de sus protegidos presa de los mismos tormentos y vergüenzas que él, vergüenzas y tormentos resumidos en la fórmula de no recuerdo qué escritor ruso: "Se podría perder la razón ante la sola idea de ser leído". 
Así como el autor atacado contaminado por la celebridad se esfuerza por contagiar a los que no la han alcanzado, así el hombre civilizado, víctima de una conciencia exacerbada, se esfuerza por comunicar sus angustias a los pueblos refractarios a sus divisiones internas, pues ¿cómo aceptar que las rechacen, que no sientan ninguna curiosidad por ellas? No desdeñará entonces ningún artificio para doblegarlos, para hacerlos que se parezcan a él y que recorran su mismo calvario: los maravillará con los prestigios de su civilización que les impedirán discernir lo que podría tener de bueno y lo que tiene de malo. Y sólo imitarán sus aspectos nocivos, todo lo que hace de ella un azote concertado y metódico. ¿Esos pueblos eran inofensivos y perezosos? Pues desde ahora querrán ser fuertes y amenazadores para satisfacción de su bienhechor que se interesará en ellos y les brindará "asistencia", satisfecho al contemplar cómo se enredan en los mismos problemas que él y cómo se encaminan hacia la misma fatalidad. Volverlos complicados, obsesivos, locos. Su joven fervor por los instrumentos y el lujo, por las mentiras de la técnica, le asegura al civilizado que ya se convirtieron en unos condenados, en compañeros de su mismo infortunio, capaces de asistirlo ahora a él, de cargar sobre sus hombros una parte del peso agobiante, o, al menos, de cargar uno tan pesado como el suyo. A eso llama "promoción", palabra escogida para disfrazar su perfidia y sus llagas. 
Ya sólo encontramos restos de humanidad en los pueblos que, distanciados de la historia, no tienen ninguna prisa por alcanzarla. A la retaguardia de las naciones, no tocados por la tentación del proyecto, cultivan sus virtudes anticuadas, se afanan por permanecer fuera de época. Son "retrógrados", no cabe duda, y permanecerían gustosos en su estancamiento si tuvieran los medios para hacerlo. Pero el hábil complot que los "avanzados" traman contra ellos no se lo permite. Una vez desencadenado el proceso de degradación, furiosos por no haber podido oponerse a él, se dedicarán, con el desenfado de los neófitos, a acelerar su curso, a provocar el horror, según la ley que hace que prevalezca siempre el nuevo mal sobre el antiguo bien. y querrán ponerse al día aunque sólo sea para demostrar a los otros que también ellos saben lo que es caer, y que incluso pueden, en materia de decadencia, sobrepasarlos. ¿De qué sirve asombrarse o quejarse? ¿No están los simulacros por encima de la esencia, la trepidación por encima del reposo? ¿Acaso no se diría que asistimos a la agonía de lo indestructible? Cualquier paso adelante, cualquier forma de dinamismo lleva consigo algo de satánico: el "progreso" es el equivalente moderno de la Caída, la versión profana de la condenación, y los que creen en él son sus promotores. Y todos nosotros no somos más que réprobos en marcha, predestinados a lo inmundo, a esas máquinas, a esas ciudades que únicamente un desastre exhaustivo podría suprimir. Esa sería la oportunidad de demostrar cuán útiles son nuestros inventos, y rehabilitarlos. 
Si el "progreso" es un mal tan grande, ¿cómo es posible que no hagamos nada para desembarazarnos de él? ¿lo deseamos realmente? En nuestra perversidad es lo "máximo" que perseguimos y deseamos: búsqueda nefasta, contraria en todo punto a nuestra dicha. Uno no avanza ni se "perfecciona" impunemente. Sabemos que el movimiento es una herejía, y por eso mismo nos atrae y nos lanzamos en él, depravados irremediablemente, prefiriéndolo a la ortodoxia de la quietud. Estábamos hechos para vegetar, para florecer en la inercia, y no para perdernos en la velocidad y en la higiene responsable de la abundancia de esos seres desencarnados y asépticos, de ese hormigueo de fantasmas donde todo bulle y nada está vivo. Al organismo le es indispensable una cierta dosis de mugre (fisiología y suciedad son términos intercambiables), por ello la perspectiva de una higiene a escala universal inspira legítimas aprehensiones. Debimos conformarnos, piojosos y serenos, con la compañía de las bestias, estancarnos a su lado durante algunos milenios más, respirar el olor de los establos y no el de los laboratorios, morir de nuestras enfermedades y no de nuestros remedios, dar vueltas alrededor de nuestro vacío y hundirnos en él suavemente. Hemos sustituido la ausencia, que debió haber sido una tarea y una obsesión, por el acontecimiento, y todo acontecimiento nos mancha y nos corroe puesto que surge a expensas de nuestro equilibrio y de nuestra duración. Mientras más se reduce nuestro futuro, más nos dejamos sumergir por lo que nos arruina. Estamos tan intoxicados con la civilización, nuestra droga, que nuestro apego a ella presenta todos los síntomas de una adicción, mezcla de éxtasis y de odio. Tal como van las cosas, no hay duda de que acabará con nosotros, y ya no podemos renunciar a ella, o liberarnos, hoy menos que nunca. ¿Quién vendrá en nuestra ayuda? ¿Un Antistenes, un Epicuro, un Crisipo que ya encontraban demasiado complicadas las costumbres antiguas? ¿qué pensarían de las nuestras, y quién de ellos, transportado a nuestras metrópolis, tendría suficiente temple como para conservar su serenidad? Más sanos y más equilibrados en todos los aspectos, los antiguos podrían haber prescindido de una sabiduría que, no obstante, elaboraron: lo que nos descalifica para siempre es que a nosotros ni nos importa ni tenemos la capacidad para elaborar una. ¿Acaso no es significativo que entre los modernos el primero en denunciar con vigor los estragos de la civilización, por amor a la naturaleza, haya sido lo contrario de un sabio? Le debemos el diagnóstico de nuestro mal a un insensato, más marcado que cualquiera de nosotros, un maniático comprobado, precursor y modelo de nuestros delirios. y no menos significativo me parece el reciente acontecimiento del psicoanálisis, terapéutica sádica, preocupada más por irritar nuestros males que por calmarlos, y singularmente experta en el arte de sustituir nuestros ingenuos malestares por malestares alambicados. 
Cualquier necesidad, al dirigirse hacia la superficie de la vida para escamoteamos las profundidades, le confiere un precio a lo que no tiene ni sabría tenerlo. La civilización, con todo su aparato, está fundamentada en nuestra propensión a lo irreal y a lo inútil. Si consintiéramos en reducir nuestras necesidades, en no satisfacer más que las indispensables, ésta se hundiría de inmediato. Así, para durar, se reduce a crearnos siempre nuevas necesidades, multiplicándolas sin descanso, pues la práctica general de la ataraxia le traería consecuencias más graves que las de una guerra de destrucción total. La civilización, al agregarle a los inconvenientes fatales de la naturaleza los inconvenientes gratuitos, nos obliga a sufrir doblemente, diversifica nuestros tormentos y refuerza nuestras desgracias, y que no vengan a machacarnos que ella nos ha curado del miedo. De hecho, la correlación es evidente entre la multiplicación de nuestras necesidades y el acrecentamiento de nuestros terrores. Nuestros deseos, fuente de nuestras necesidades, suscitan en nosotros una constante inquietud, intolerable de una manera muy diferente al escalofrío que se siente ante algún peligro de la naturaleza. Ya no temblamos a ratos, temblamos sin parar. ¿Qué hemos ganado con trocar miedo por ansiedad? ¿Y quién no escogería entre un pánico instantáneo y otro difuso y permanente? La seguridad que nos envanece disimula una agitación ininterrumpida que envenena nuestros instantes, los presentes y los futuros, haciéndolos inconcebibles. Feliz aquel que no resiente ningún deseo, deseo que se confunde con nuestros terrores. Uno engendra a los otros en una sucesión tan lamentable como malsana. Esforcémonos mejor en aguantar el mundo y en considerar cada impresión que recibimos como una impresión impuesta que no nos concierne que soportamos como si no fuera nuestra. "Nada de lo que sucede me concierne, nada es mío", dice el Yo cuando se convence de que no es de aquí, que se ha equivocado de universo y que su elección se sitúa entre la impasibilidad y la impostura. 
Resultado de las apariencias, cada deseo, al hacernos dar un paso fuera de nuestra esencia, nos ata a un nuevo objeto y limita nuestro horizonte. Sin embargo, a medida que se exaspera, el deseo nos permite entender esa sed mórbida de la que emana. Si deja de ser natural y nace de nuestra condición de civilizados, es impuro y perturba y mancha nuestra sustancia. Es vicio todo lo que se agrega a nuestros imperativos profundos, todo lo que nos deforma y perturba sin necesidad. Hasta la risa y la sonrisa son vicios. En cambio, es virtud lo que nos induce a vivir a contra corriente de nuestra civilización, lo que nos invita a comprometer y a sabotear su marcha. En cuanto a la felicidad —si es que esta palabra tiene un sentido—, consiste en la aspiración a lo mínimo y a la ineficacia, en el más acá erigido en hipóstasis. Nuestro único recurso: renunciar, no sólo al fruto de nuestros actos, sino a los actos mismos, constreñirse a la improducción, dejar inexploradas una buena parte de nuestras energías y de nuestras oportunidades. Culpables de querer realizarnos más allá de nuestras capacidades y de nuestros méritos, fracasados por ineptos para el verdadero cumplimiento, nulos a fuerza de tensión, grandes por agotamiento, por la dilapidación de nuestros recursos, nos prodigamos sin tener en cuenta nuestras posibilidades y nuestros límites. De ahí nuestro hastío, agravado por los mismos esfuerzos que hemos desplegado para acostumbrarnos a la civilización, a todo lo que implica de corrupción tardía. Que también la naturaleza esté corrompida es algo que no negamos; pero esta corrupción sin fecha es un mal inmemorial e inevitable al que nos hemos acostumbrado, mientras que el de la civilización viene de nuestras obras o de nuestros caprichos, y tanto más agobiante cuanto que nos parece fortuito, marcado por la opción o la fantasía, por una fatalidad premeditada o arbitraria. Con razón o sin ella, creemos que este mal pudo no surgir, que dependía de nosotros el que no se produjera. Lo que acaba por hacérnoslo más odioso de lo que es. Nos descorazona tener que soportarlo y enfrentar sus sutiles miserias cuando pudimos habernos contentado con aquellas útiles miserias vulgares, pero soportables, con las que la naturaleza nos ha dotado ampliamente. 
Si pudiéramos abstenernos de desear, de inmediato estaríamos a salvo de un destino; con el sacrificio de nuestra identidad, reacios a amalgamarnos al mundo, superiores a los seres, a las cosas, a nosotros mismos, obtendríamos la libertad, inseparable de un entrenamiento de anonimato y de abdicación. "Soy nadie, he vencido mi nombre", exclama aquel que, no queriendo rebajarse a dejar huella, trata de conformarse a la prescripción de Epicuro: "Esconde tu vida". Siempre regresamos a los antiguos cuando se trata de ese arte de vivir cuyo secreto hemos perdido en dos mil años de sobre naturaleza y de caridad compulsiva. Regresamos a la ponderación antigua en cuanto decae el frenesí que el cristianismo nos ha inculcado; la curiosidad que despiertan los sabios antiguos corresponde a una disminución de nuestra fiebre, a un regreso hacia la salud. Y volvemos a ellos porque el intervalo que nos separa del universo es más vasto que el universo mismo y, por ello, nos proponen una forma de desapego que inútilmente buscaríamos en los santos. 
Al transformarnos en frenéticos, el cristianismo nos preparaba, a pesar de sí mismo, a engendrar una civilización de la que él es víctima: ¿acaso no creó en nosotros demasiadas necesidades, demasiadas exigencias? Necesidades y exigencias interiores en su inicio, que iban a degradarse y a volverse exteriores, así como el fervor del que emanaban tantas plegarias suspendidas bruscamente, y que, al no poder ni desvanecerse ni quedar sin empleo, se puso al servicio de dioses de recambio forjando símbolos a la medida de su nulidad. Estamos entregados a una falsificación de infinito, a un absoluto sin dimensión metafísica, sumergidos en la velocidad a falta de estarlo en el éxtasis. Esa chatarra jadeante, réplica de nuestra inquietud, y esos espectros que la conducen, ese desfile de autómatas, esa procesión de alucinados, ¿a dónde van, qué buscan?, ¿qué espíritu de demencia los impulsa? Cada vez que estoy a punto de absolver a los hombres civilizados, cada vez que tengo dudas sobre la legitimidad de la aversión o del terror que me inspiran, me basta con pensar en las carreteras campestres de un día domingo para que la imagen de esa gusanera motorizada me reafirme en mi asco o en mis temores. En medio de esos paralíticos al volante que han abolido el uso de las piernas, el caminante parece un excéntrico o un proscrito: pronto será visto como un monstruo. No más contacto con el suelo: todo lo que en él se hunde se nos ha vuelto extraño e incomprensible. Desarraigados, incapaces de congeniar con el polvo o con el lodo, hemos logrado la hazaña de romper, no sólo con la intimidad de las cosas, sino con su misma superficie. En este punto la civilización aparecería como un pacto con el diablo, si es que el hombre tuviera todavía un alma que vender. 
¿Es realmente para ganar tiempo que se inventaron esos aparatos? Más desprovisto, más desheredado que el troglodita, el hombre civilizado no tiene un instante para sí; incluso sus ocios son enfebrecidos o agobiantes: un presidiario con licencia que sucumbe en el aburrimiento de no hacer nada y en la pesadilla de las playas. Cuando se han recorrido comarcas donde el ocio es de rigor y donde todos lo ejercen, se adapta uno mal a un mundo donde nadie lo conoce ni sabe gozarlo, donde nadie respira. El ser esclavizado por las horas, ¿es todavía un ser humano? ¿Tiene derecho a llamarse libre cuando sabemos que se ha sacudido todas las esclavitudes salvo la esencial? A merced del tiempo que alimenta y nutre con su propia sustancia, el hombre civilizado se extenúa y debilita para asegurar la prosperidad de un parásito o de un tirano. Calculador a pesar de su locura, se imagina que sus preocupaciones y problemas aminorarían si pudiera "programárselos" a pueblos "subdesarrollados" a los que le reprocha no entrar "al aro", es decir, al vértigo. Para mejor precipitarlos en él, les inyectará el veneno de la ansiedad y no los dejará en paz hasta que observe en ellos los mismos síntomas de ajetreo. Con el fin de realizar su sueño de una humanidad sin aliento, perdida y atada al reloj, recorrerá los continentes, siempre en busca de nuevas víctimas sobre quienes verter el excedente de su febrilidad y de sus tinieblas. Mirándolo se adivina la verdadera naturaleza del infierno: ¿acaso no es ahí el lugar donde el tiempo es condena eterna? 
De nada sirve someter al universo y apropiárnoslo: mientras no hayamos triunfado sobre el tiempo, seguiremos siendo esclavos. Ahora bien, esa victoria se adquiere merced a la renuncia, virtud hacia la que nuestras conquistas nos vuelven particularmente ineptos, de manera que, mientras más numerosas son, más se intensifica nuestra sujeción. La civilización nos enseña cómo apoderarnos de las cosas, cuando debería iniciarnos en el arte de despojarnos de ellas, pues no hay libertad ni "verdadera vida" si no se aprende a renunciar. Me apodero de un objeto, me considero su dueño, y, de hecho, sólo soy su esclavo, como también soy esclavo del instrumento que fabrico y manejo. No hay nueva adquisición que no signifique una cadena más, ni hay factor de poder que no sea causante de debilidad. Hasta nuestros dones contribuyen a encadenarnos; el espíritu que se eleva por encima de los demás es menos libre: confinado en sus facultades y en sus ambiciones, prisionero de sus talentos, los cultiva a sus expensas, los hace valer a costa de su salvación. Nadie se libera si se obliga a ser alguien o algo. Todo lo que poseemos o producimos, todo lo que se sobrepone a nuestro ser, nos desnaturaliza y ahoga. Y qué error, qué herida haberle adjudicado la existencia a nuestro mismo ser cuando hubiéramos podido, inmaculados, preservarlo en lo virtual y en lo invulnerable. Nadie se cura del mal de nacer, plaga capital si es que existe una. Y aceptamos la vida y soportamos todas sus pruebas sólo porque tenemos la esperanza de curarnos algún día. Los años pasan, la llaga permanece. 
Mientras más se diferencia y complica la civilización, más maldecimos los lazos que nos atan a ella. Según Solovieiv, la civilización llegará a su fin (que será, según el filósofo ruso, el fin de todo) en la plenitud del "siglo más refinado". Lo cierto es que nunca estuvo tan amenazada ni fue tan odiada como en los momentos en que parecía mejor establecida, según atestiguan los ataques, en pleno Siglo de las Luces, contra sus costumbres y prestigios, contra todas las conquistas que la enorgullecían. "En los siglos cultos se convierte en una especie de religión adorar lo que se admiraba en los siglos vulgares", anota Voltaire, no muy apto para comprender las razones de tal entusiasmo. En todo caso, fue en la época de los salones cuando el "retorno a la naturaleza" se impuso, igual como la ataraxia sólo podía ser concebida en un tiempo en que, cansados de divagaciones y de sistemas, los espíritus preferían las delicias de un jardín a las controversias del ágora. La búsqueda de la sabiduría proviene siempre de una civilización harta de sí misma. Cosa curiosa: nos es difícil imaginar el proceso que llevó al mundo antiguo a la saciedad, el objeto ideal de nuestras nostalgias. Por lo demás, comparado al innombrable hoy, cualquier época nos parece bendita. Al apartarnos de nuestro verdadero destino, entramos, si es que no estamos ya en él, en el siglo final, en ese siglo refinado por excelencia (complicado hubiera sido el adjetivo exacto) que será necesariamente en el que, a todos los niveles, nos encontraremos en la antípoda de lo que deberíamos haber sido. 
Los males inscritos en nuestra condición son superiores a los bienes; e incluso si se equilibraran, nuestros problemas no estarían resueltos. Tal y como sugiere la civilización, estamos aquí para debatirnos con la vida y la muerte, y no para esquivarlas. Y aunque la civilización consiguiera, secundada por la inútil ciencia, eliminar todos los azotes, o, para engatusarnos, empresa de disimulo, de encubrimiento de lo insoluble, nos prometiera otros planetas a guisa de recompensa, sólo lograría acrecentar nuestra desconfianza y nuestra desesperación. Mientras más se agita y se pavonea, más envidiamos las edades que tuvieron el privilegio de ignorar las facilidades y las maravillas con que nos gratifica sin cesar. "Con un poco de pan, de cebada y de agua, se puede ser tan feliz como Júpiter", repetía el sabio que nos conminaba a esconder nuestra vida. ¿Es manía citarlo siempre? ¿Y a quién dirigirse entonces, a quién pedir consejo? ¿A nuestros contemporáneos?, esos indiscretos, esos intranquilos culpables de habernos convertido, al deificar las confesiones, el apetito y el esfuerzo, en unos fantasmas líricos, insaciables y extenuados. Lo único que excusa su furia es que no se derive de un nuevo instinto, ni de un impulso sincero, sino del pánico ante un horizonte cerrado. Muchos de nuestros filósofos que se asoman, aterrados, al porvenir, no son más que los intérpretes de una humanidad que, sintiendo que los instantes se le escapan, trata de no pensar en ello —sin dejar de pensar. Sus sistemas ofrecen la imagen y el desenvolvimiento discursivo de esa obsesión. Lo mismo ocurre con la Historia, quien solicita su interés cuando ya el hombre tiene todas las razones para dudar que aún le pertenezca y siga siendo su agente. De hecho todo ocurre como si, escapándosele, la Historia, él comenzara una carrera no histórica, breve y convulsionada, que relegaría a nivel de tonterías las calamidades que hasta ahora lo enorgullecían tanto. Su dosis de ser se adelgaza a cada paso que avanza. Sólo existimos gracias al retroceso, gracias a la distancia que mantenemos entre las cosas y nosotros mismos. Moverse es entregarse a lo falso y a lo ficticio, es practicar una discriminación abusiva entre lo posible y lo fúnebre. Al grado de movilidad que hemos llegado, ya no somos dueños ni de nuestros gestos ni de nuestra suerte. Seguramente nos preside una providencia negativa cuyos designios, a medida que nos aproximamos a nuestro fin, se hacen cada vez más impenetrables pero que se develarían sin esfuerzo ante cualquiera que solamente quisiera detenerse y salir de su papel para contemplar, aunque fuera por un instante, el espectáculo de esa trágica horda sin aliento a la cual pertenece. 
Y, pensándolo bien, el siglo final no será el más refinado, ni siquiera el más complicado, sino el más apresurado, aquel en que, disuelto el ser en el movimiento, la civilización, en un supremo ímpetu hacia lo peor, se desmenuzará en el torbellino que suscitó. Y puesto que nada puede impedirle ya que se hunda él, renunciemos a ejercer nuestras virtudes en su contra, sepamos distinguir, incluso en los excesos en los que se complace, algo exaltante que nos invite a moderar nuestras indignaciones y a revisar nuestro desdén. Así nos parecerán menos odiosos esos espectros, esos alucinados al reflexionar sobre los móviles inconscientes y las profundas razones de su frenesí: ¿acaso no sienten que el plazo que les ha sido acordado se reduce día con día v que el desenlace está cerca? ¿y no es para alejar esta idea por lo que se en la velocidad? Si estuvieran seguros de algún otro porvenir no tendrían ningún motivo para huyendo de sí mismos: reducirían su ritmo y se instalarían sin temor en una expectativa indefinida. Pero ni siquiera se trata de este porvenir o de otro cualquiera, puesto que simplemente no tienen ninguno; esa es una oscura certeza informulada que surge del enloquecimiento de la sangre, que temen enfrentar, que quieren olvidar apresurándose, yendo cada vez más rápido y negándose un solo instante para sí mismos. Las máquinas son el resultado, y no la causa, de tanta prisa, de tanta impaciencia. No son ellas las que empujan al hombre civilizado hacia su perdición; es porque ya iba hacia ellas que las inventó como medios, como auxiliares para perderse más rápida y eficazmente. No contento con ir hacia ella, quería rodar. En este sentido, pero sólo en éste, las máquinas le permiten "ganar tiempo". Y las distribuye, las impone a los "atrasados" para que puedan seguirlo, adelantarse incluso en la carrera hacia el desastre, en la instauración de una locura universal y mecánica. y con el fin de asegurar este acontecimiento, se encarniza nivelando, uniformando el paisaje humano, borrando las irregularidades y proscribiendo las sorpresas. Lo que quisiera es que reinara la anomalía, la anomalía rutinaria y monótona, convertida en reglamento de conducta, en imperativo. A los que se escabullan los acusa de oscurantistas o extravagantes, y no se dará por vencido hasta que los introduzca en el camino correcto, es decir en sus errores de hombre civilizado. Los primeros en negarse son los iletrados, y por ello los obligará a aprender a leer y a escribir, con el fin de que, atrapados en la trampa del saber, ninguno escape a la desgracia común. Tan grande es la obnubilación del hombre civilizado, que no concibe que se pueda optar por un género de perdición distinta a la suya. Desprovisto del descanso necesario para ejercitarse en la autoironía, se priva también de cualquier recurso contra sí mismo, y tanto más nefasto resulta para los demás. Agresivo y conmovedor, no deja de tener algo patético: es comprensible que, frente a lo inextricable que lo aprisiona, sienta uno cierto malestar en atacarlo y denunciarlo, sin contar con que siempre es de mal gusto hablar de un incurable, aunque sea odioso. Sin embargo, si nos negáramos al mal gusto, ¿aún podríamos emitir juicio alguno? 

(De  La caída en el tiempo. Planeta-Agostini, Barcelona, 1986. Traducción de Esther Seligson)


EMIL M. CIORAN (RUMANIA, 1911-1995)

noviembre 04, 2014

JORGE LUIS BORGES - LAS DOS MANERAS DE TRADUCIR

Foto: Pepe Fernández

     Suele presuponerse que cualquier texto original es incorregible de puro bueno, y que los traductores son unos chapuceros irreparables, padres del frangollo y de la mentira. Se les infiere la sentencia italiana de traduttore traditore y ese chiste basta para condenarlos. Yo sospecho que la observación directa no es asesora en ese juicio condenatorio (aquí me ha salido una especie de alegoría legal, pero sin querer) y que los opinadores menudean esa sentencia por otras causas. Primero, por su fácil memorabilidad; segundo, porque los pensamientos o seudopensamientos dichos en forma de retruécano parecen prefigurados y como recomendados por el idioma; tercero, por la confortativa costumbre de alacranear; cuarto, por la tentación de ponerse un poco de ingenio. En cuanto a mí, creo en las buenas traducciones de obras literarias (de las didácticas o especulativas, ni hablemos) y opino que hasta los versos son traducibles. El venezolano Pérez Bonalde, con su traducción ejemplar de El cuervo de Poe, nos ministra una prueba de ello. Alguien objetará que la versión de Pérez Bonalde, por fidedigna y grata que sea, nunca será para nosotros lo que su original inglés es para los norteamericanos. La objeción es difícil de levantar; también los versos de Evaristo Carriego parecerán más pobres al ser escuchados por un chileno que al ser escuchados por mí, que les maliciaré las tardecitas orilleras, los tipos y hasta pormenores de paisaje no registrados en ellos, pero latentes: un corralón, una higuera detrás de una pared rosada, una fogata de San Juan en un hueco. Es decir, a un forastero no le parecerán más pobres; serán más pobres. Su caudal representativo será menor.
     Las dificultades de traducir son múltiples. Ya el universalmente atareado Novalis (Werke, página 207, parte tercera de la edición de Friedemann) señaló que cada palabra tiene una significación peculiar, otras connotativas y otras enteramente arbitrarias. En prosa, la significación corriente es la valedera y el encuentro de su equivalencia suele ser fácil. En verso, mayormente durante las épocas llamadas de decadencia o sea de haraganería literaria y de mera recordación, el caso es distinto. Allí el sentido de una palabra no es lo que vale, sino su ambiente, su connotación, su ademán. Las palabras se hacen incantaciones y la poesía quiere ser magia. Tiene sus redondeles mágicos y sus conjuros, no siempre de curso legal fuera del país. La palabra “luna”, que para nosotros ya es una invitación de poesía, es desagradable entre los bosquímanos que la consideran poderosa y de mala entraña y no se atreven a mirarla cuando campean. De la palabra “gaucho”, tan privilegiada en estas repúblicas por nuestro criollismo, un judío me confesó que la encontraba realmente cómica y que su conchabo sólo sería aguantable en un verso que se viese obligado a rimar con “caucho”. La palabra “súbdito” (esta observación pertenece a Arturo Costa Álvarez) es decente en España y denigrante en América.
     Los epítetos “gentil”, “azulino”, “regio”, “filial”, eran de eficacia poética hace veinte años, y ahora ya no funcionan y sólo sobreviven algunos en los poetas de San José de Flores o Bánfield. Es cosa averiguada que cada generación literaria tiene sus palabras predilectas: palabras con gualicho, palabras que encajonan inmensidad y cuyo empleo, al escribir, es un grandioso alivio para las imaginaciones chambonas. En seguida se gastan y el escritor que las ha frecuentado mucho (el hombre avanzado, el muy contemporáneo, el moderno) corre el albur de pasar después por un simulador o un maniático. Eso suele convenirle: toda perfección, hasta la perfección del mal gusto, puede ubicar a un hombre en la fama. Ser cursi inmortalmente es una manera de sobrevivir como las demás.
     Hay obras llanísimas de leer que, para traducir, son difíciles. Aquí va una estrofa del Martín Fierro, quizá la que más me gusta de todas, por hablar de felicidad:

El gaucho más infeliz
Tenía tropilla de un pelo.
No le faltaba un consuelo
y andaba la gente lista.
Tendiendo al campo la vista,
Sólo vía hacienda y cielo.

La dificultad estriba en la palabra “consuelo”. El diccionario de argentinismos no la considera, ni falta que hace. He oído decir que ese consuelo es algunos pesos. A mí no me convence: ha de ser alguna muchacha, más bien...
     Universalmente, supongo que hay dos clases de traducciones. Una practica la literalidad, la otra la perífrasis. La primera corresponde a las mentalidades románticas; la segunda a las clásicas. Quiero razonar esta afirmación, para disminuirle su aire de paradoja. A las mentalidades clásicas les interesará siempre la obra de arte y nunca el artista. Creerán en la perfección absoluta y la buscarán. Desdeñarán los localismos, las rarezas, las contingencias. ¿No ha de ser la poesía una hermosura semejante a la luna: eterna, desapasionada, imparcial? La metáfora, por ejemplo, no es considerada por el clasicismo ni como énfasis ni como una visión personal, sino como una obtención de verdad poética, que, una vez agenciada, puede (y debe) ser aprovechada por todos. Cada literatura posee un repertorio de esas verdades, y el traductor sabrá aprovecharlo y verter su original no sólo a las palabras, sino a la sintaxis y a las usuales metáforas de su idioma. Ese procedimiento nos parece sacrílego y a veces lo es. Nuestra condenación, sin embargo, peca de optimismo, pues la mayoría de las metáforas ya no son representaciones, son maquinales. Nadie, al escuchar el adverbio “espiritualmente” piensa en el aliento, soplo o espíritu; nadie ve diferencia alguna (ni siquiera de énfasis) entre las locuciones “muy pobre” y “pobre como las arañas”.
     Inversamente, los románticos no solicitan jamás la obra de arte, solicitan al hombre. Y el hombre (ya se sabe) no es intemporal ni arquetípico, es Diego Fulano, ¿no?, es Juan Mengano, es poseedor de un clima, de un cuerpo, de una ascendencia, de un hacer algo, de un no hacer nada, de un presente, de un pasado, de un porvenir y hasta de una muerte que es suya. ¡Cuidado con torcerle una sola palabra de las que dejó escritas!
     Esa reverencia del yo, de la irreemplazable diferenciación humana que es cualquier yo, justifica la literalidad en las traducciones. Además, lo lejano, lo forastero, es siempre belleza. Novalis ha enunciado con claridad ese sentimiento romántico: La filosofía lejana resuena como poesía. Todo se vuelve poético en la distancia: montes lejanos, hombres lejanos, acontecimientos lejanos, y lo demás. De eso deriva lo esencialmente poético de nuestra naturaleza. Poesía de la noche y de la penumbra (Werke, III, 213). Gustación de la lejanía, viaje casero por el tiempo y por el espacio, vestuario de destinos ajenos, nos son prometidos por las traslaciones literarias de obras antiguas: promesa que suele quedarse en el prólogo. El anunciado propósito de veracidad hace del traductor un falsario, pues éste, para mantener la extrañez de lo que traduce se ve obligado a espesar el color local, a encrudecer las crudezas, a empalagar con las dulzuras y a enfatizarlo todo hasta la mentira.
     En cuanto a las repetidas versiones de libros famosos, que han fatigado y siguen fatigando las prensas, sospecho que su finalidad verdadera es jugar a las variantes y nada más. A veces, el traductor aprovecha los descuidos o los idiotismos del texto para verle comparaciones. Este juego, bien podría hacerse dentro de una misma literatura. ¿A qué pasar de un idioma a otro? Es sabido que el Martín Fierro empieza con estas rituales palabras: “Aquí me pongo a cantar — al compás de la vigüela.” Traduzcamos con prolija literalidad: “En el mismo lugar donde me encuentro, estoy empezando a cantar con guitarra” y con altisonante perífrasis: “Aquí, en la fraternidad de mi guitarra, empiezo a cantar” y armemos luego una documentada polémica para averiguar cuál de las dos versiones es peor. La primera, ¡tan ridícula y cachacienta”, es casi literal.

(La Prensa, 1 de agosto de 1926. Recogido en Textos recobrados 1919-1930, Buenos Aires, Emecé, 1997, 256-259)


octubre 25, 2014

EL OFICIO DEL TRADUCTOR - TOMÁS SEGOVIA


Soy un traductor literario, de humanidades, un traductor universitario. En estas palabras de clausura voy a hablar desde ese punto de vista, no sin antes decir que me ha gustado mucho lo que ha pasado en este congreso, porque pocas veces he visto abordar la traducción principalmente desde el punto de vista de la solidaridad, de la utilidad humana de la traducción. Eso, además, implica pensar la traducción como una práctica; y yo siempre he pensado que la traducción es un oficio, ni siquiera una profesión, sino más bien un oficio; y no un conocimiento, sino un saber. De eso voy a hablar, de la traducción como un oficio.
***
A lo largo de los años, he visto cómo se ha ido profesionalizando cada vez más la traducción. En este congreso hemos visto abundantes ejemplos de ello. Es inevitable que se profesionalice viendo las cifras que nos han mencionado hace un momento con gráficas que crecen vertiginosamente. Sin embargo, un traductor como yo no deja de sentir cierta nostalgia de que el oficio se vuelva profesión, porque ya no se trata de lo mismo: un oficio es algo de lo que no se puede hacer disciplina académica, por un lado, y una cosa que escapa hasta donde se puede al Estado, a las autoridades, al poder, por otro.
Todavía en Grecia la medicina era un oficio; un médico era aquella persona que la gente creía que era médico, que la gente pensaba que tenía ciertas facultades especiales y acudían a él para curarse. Hoy en día, un médico es un señor al que el Estado autoriza para curar; hoy en día los médicos ya no podrían ser esas personas que la gente cree que curan. Existen, pero se llaman curanderos, con toda clase de farsantes, de engaños. ¿Qué es lo que se trata de controlar, profesionalizando un oficio? La filosofía también era un oficio en Grecia. Por supuesto que a nadie se le ocurriría decir que, vistos con los criterios de hoy, Platón y Aristóteles eran charlatanes —como ellos mismos decían de los sofistas—, pero también ellos eran charlatanes porque no podían ostentar un título. Esos oficios se van profesionalizando, pero incluso en el caso de la medicina, de vez en cuando, tenemos nostalgia de cuando era un oficio; de vez en cuando, añoramos al médico de cabecera, añoramos al médico interesado. Incluso hay slogans en la profesión médica de que el médico debe pensar en el paciente y no en la categoría de la enfermedad, es decir, que debe tratar de rescatar una relación directa con el paciente, una relación artesanal con el paciente.
Para un traductor como yo, esa profesionalización acarrea algunas pérdidas. Es decir, cuando no es el público el que decide quién es un buen traductor, sino que es la Academia —o sea, el Estado, uno de los brazos del Estado— quien decide quién es buen traductor, esto se controla mejor, pero en el buen y en el mal sentido de la palabra. Inmediatamente acarrea burocratización, peligro de politización y grave peligro de manipulación, por supuesto. De modo que aquí ya interviene el poder. Desde el momento en que se trata de una profesión regulada, hay jerarquías, y se producen luchas por esas jerarquías: luchas de poder.
***
Para hablar de la traducción como un oficio, yo había pensado abordarlo mediante un concepto que no ha aparecido en estas discusiones con su nombre, pero sí ha aparecido. Cuando se ha hablado de solidaridad y de usos sociales de la traducción, casi siempre se ha mencionado a la vez la calidad y se ha hablado de que la calidad no está peleada con el compromiso, entre otras cosas. Ahora bien, a la calidad se une un concepto, que es el de corrección, y creo que no se ha hablado de eso, aunque me parece que, para la traducción como oficio, se trata de un concepto pertinente y que, además, nos puede introducir en varios aspectos de la traducción, incluso en aspectos jurídicos porque, cuando un traductor termina su traducción, con lo primero que se va a topar es con un corrector.
Hasta hace poco, los editores solían tener correctores, y solía suceder que el corrector era un profesional mientras que el traductor era muchas veces un artesano. El traductor ejercía un oficio, y luego venía el corrector a ejercer una profesión. Es decir, muchas veces el corrector era un empleado fijo de la editorial, mientras que el traductor era un señor que a menudo hacía muchas otras cosas y, de vez en cuando, traducía un libro porque era muy difícil vivir solamente de traducir libros. Incluso los traductores que traducían para instituciones, como la mayoría de los organizadores de este congreso, tenían que pasar por un corrector. Además, acabamos de oír que eso está en vías de convertirse no en una práctica sino en una «normatividad», es decir, está a punto de burocratizarse. Por tanto, lo primero con que uno se encuentra es con un corrector. Ahora bien, ese corrector, ¿qué estatuto jurídico tiene? Si la traducción es eso que llaman una «propiedad intelectual», concepto contra el que yo he escrito varios artículos porque me parece que es un derecho y que llamarlo propiedad no solo confunde muchísimo las cosas sino que acarrea tremendos problemas de todo tipo —incluidos problemas de viudas, ya que se han mencionado antes las cartas de Octavio Paz; de propietarios intelectuales, en fin, de propietarios heredados—, debido a la idea de que eso es una propiedad. En todo caso, si le llaman propiedad —a mi modo de ver impropiamente—, si le llaman propiedad, ¿cómo es que hay un corrector?
Al autor de un libro, no solo según las leyes sino según las normas, un editor no se atreve a corregirle sin pedirle permiso, no manda una novela de García Márquez a un corrector, por ejemplo. Y si acaso algún corrector hace alguna corrección, le piden permiso al autor, pero a un traductor le mete mano todo el mundo y eso no es ilegal. Yo creo que sí. En México, por ejemplo, a mí me ha sucedido (yo he traducido casi siempre para México, claro, muy poco para editoriales españolas). Y me ha sucedido incluso que publiquen una traducción mía sin avisarme, con mi nombre y el del corrector, como traductores: «traducción de Tomás Segovia y fulano de tal», y eso sin haberme dicho nada. Supongo que el corrector ha cambiado mi texto, y a veces se producen cosas graves, como cambiar la terminología, lo que me ha sucedido también con alguna traducción.
Eso muestra que ese estatuto del traductor igualado con el del autor — bueno, un escalón más abajo, pero en el sentido de tener derechos de autor ¿no?, propiedad intelectual—, en muchos países no se cumple. En México casi nunca se cumple, a pesar de que México está en la Unesco, y por lo tanto ha suscrito esas declaraciones que son de las Naciones Unidas; pero no se cumplen, no se pagan regalías a los traductores. Se paga «a tanto alzado», como dicen ellos, a tanto la página y se acabó. Por ejemplo, esa traducción que tanto indignaba a Octavio Paz, mi traducción de Lacan, lleva treinta y tantas ediciones, y nunca me han pagado una sola regalía. Son problemas legales de la traducción, problemas laborales, a los cuales se asoma uno al pensar en el concepto de corrección. Aparte también existen otros aspectos lingüísticos, de corrección.
¿Qué es la corrección? ¿Cómo corrige un corrector? A mí a veces me gusta llamarlo, a ese empleado que tiene la editorial para revisar lo que yo he traducido, me gusta llamarlo «corruptor de estilo», porque muchas veces es un corruptor de estilo. Porque ¿qué es la corrección? Existe una tendencia moderna, defendida por gente lúcida sobre estas cuestiones, en el sentido de que no hay corrección; la lengua es un fenómeno histórico, social, evoluciona, cambia. La corrección es siempre un prejuicio, es purismo; a veces incluso se describe como un autoritarismo con algún trasfondo político, de clases, de poder, de dominio. Y en efecto, algo hay de eso.
No cabe duda de que corregir es un acto más o menos autoritario que implica jerarquías de autoridad y de hegemonía, pero a mi modo de ver la corrección también es otra cosa; no se trata solo de un criterio académico, de unas normas o reglas que unos cuantos señores deciden más o menos arbitrariamente o más o menos autoritariamente. Yo diría que es al revés: la corrección, como norma, es más bien antiacadémica, o por lo menos no es necesariamente académica, más bien la academia tiende a convertir las normas en reglas. No sé si se entiende el matiz; es una noción más bien lingüística la que estoy usando, no necesariamente ortodoxa. La noción de norma a mí me ha interesado mucho, entre otras cosas, porque tengo un muy buen amigo que vosotros conocéis muy bien, Luis Fernando Lara, que ha meditado mucho sobre la norma.
Un teórico poco conocido, que ya murió hace tiempo, el hispanista alemán Klaus Heger, elaboró una cuestión sobre la norma que a mí me parece convincente y es que la norma no implica una jerarquía de los hablantes como seres sociales, independientemente de la lengua, sino que la norma proviene de la lengua misma, o sea que proviene de los hablantes pero como hablantes, no como ciudadanos. Dicho de otro modo, lo que Heger propone es que el ejercicio de una lengua, la práctica de una lengua tiene implícitamente unos ideales; ideales no en el sentido de idealización, sino unos ideales en el sentido de lo que la cursilería moderna llamaría «imaginario», un imaginario de la lengua. Que en la práctica de la lengua existe un modelo implícito, inconsciente, que puede hacerse consciente pero que no es necesariamente consciente. Eso es lo que implica el simple latiguillo archifrecuente en toda lengua hablada: «mejor dicho»; dices algo, y dices «mejor dicho». Si hay una manera de «decir mejor» es que hay un modelo de mejor y peor dicho, hay un mejor y peor dicho. Y eso no porque lo decidan o no los académicos, sino porque el hablante tiene un cartabón inconsciente de lo que está mejor dicho y de lo que está peor dicho.
Si todo esto se objetiva, se puede volver inmediatamente autoritario y se puede volver purismo. Cuando yo hablaba de esto a unos señores a los que llamábamos «alumnos de traducción» —como si se pudiera dar un curso de traducción, que yo creo que no se puede, pero los he dado porque no había más remedio que darlos—, lo que les decía era, por ejemplo: si tú dices en una clase de anatomía, o de traumatología: «Cuando a un señor se le parte la pata», es incorrecto; pero si en un campo de fútbol dices «Me produjeron un trauma en la epífisis del peroné», también es incorrecto, porque la norma de un futbolista no es la misma que la norma de un profesor de anatomía, y esa norma está incluida en la lengua, no es la que dan los académicos. La mayoría de las veces uno puede percibir esa norma, pero los académicos no la perciben. Es la norma que está implícita en la lengua. Sí hay una corrección en la lengua; ahora bien, se trata de una corrección en ese sentido de la palabra, no de una regla dada por esa autoridad, sino en el de dilucidar lo que el ideal de lengua propone.
En español en particular, como lengua de traducción, es especialmente importante o, al menos, especialmente interesante porque traducir al español es traducir a veintiuna lenguas y es un problema que los traductores literarios y humanísticos conocen muy bien, y los traductores técnicos un poco menos, pero incluso entre los traductores técnicos o traductores institucionales, aparece constantemente ese problema de que el español sea veintiuna lenguas, por lo menos, sin contar la de los chicanos y la de los restos de español que quedan en Filipinas. Por ejemplo, traduciendo algún tratado internacional, en la ONU o en la Unión Europea, si se tradujera «este artículo entrará en vigor» o «estará en vigor hasta diciembre de 2008», un mexicano va a entender que empezará en diciembre de 2008. No hay más remedio que aceptar algunas normas, por lo que no hay más remedio que decir que en el español real, a pesar de la diferencia de las veintiuna lenguas, hay una norma implícita de español común, hay un ideal de español común que permite —aunque los mexicanos, que en este caso estarían en minoría, protesten— decir que lo correcto es que «hasta» significa «término de un periodo que empieza en un 'desde' implícito», mientras que para un mexicano «hasta» significa «comienzo de un periodo de tiempo». Cuando en México se dice «llega hasta las tres» lo que se quiere decir es «no antes de las tres». ¿Se puede corregir un texto mexicano que diga «llega hasta las tres» cuando lo que se quiere decir en la norma general es «no llega hasta las tres»? Yo diría que, una vez más, depende del contexto práctico; si es un texto para uso de mexicanos, no, no se puede corregir eso, pero si es un texto para uso de varios países de lengua española, yo creo que sí se puede.
Todo esto está lleno de problemas espinosos, porque existe esa corrección referida a una norma general del español, y yo creo que la hay, una norma general del español. Es español culto, por supuesto, pero el español culto no es pecado. Cuando yo era estudiante, decías «español culto» y todo el mundo torcía el gesto porque había que hablar «español inculto», o sea, popular, democrático. Pero el español culto no es un pecado. A Cervantes no le podemos regañar por escribir como escribía; me parece que tenía cierto derecho a escribir mejor que Quevedo, por ejemplo.
Sin embargo, no se trata solamente de la cuestión del español culto, sino que dentro de lo que podemos llamar español culto, de una norma general, también aparecen esos problemas de corrección. Por ejemplo, todavía, en el terreno de la traducción, sigue habiendo una hegemonía, por lo menos, digámoslo entre comillas, «política», del español de España. Todo el mundo dice de dientes para afuera que el español de España lo habla menos del diez por ciento de los hablantes y que, por tanto, la norma de la Península no puede ser la norma universal. Sin embargo, lo sigue siendo. Es difícil, pero no imposible, que un mexicano o un colombiano acepten una corrección de su norma colombiana o mexicana. Pero es muy difícil que un español acepte una corrección de su norma española. Por ejemplo, ahora hace un rato, al desayunar quise tomar jugo de naranja y no había, pero, además, se llamaba «zumo de naranja». Para el noventa y tantos por ciento de los hispanohablantes, esto es un disparate. El zumo es lo que rezuma, y las frutas que exprimimos no son frutas «zumosas» sino frutas «jugosas». Sin embargo, es imposible que un español corrija lo de zumo, ni siquiera por una norma española. Mi abuela, no ya mi abuela sino mi padre, jamás hubiera dicho «zumo de naranja». Eso es una innovación en el español peninsular. Son esas modas pedantes que se imponen; algún pedante dice que zumo es más elegante que jugo e inmediatamente corre como mancha de aceite. No hay cursilería que no prospere en la norma lingüística. En México, por ejemplo, para que vean que en todas partes cuecen habas o en todas partes corren babas, una cursilería que se impuso como mancha de aceite, es que a algún cultillo se le ocurrió decir: «No se dice vaso de agua, los vasos no son de agua, son de vidrio»; y entonces todo el mundo en México en los cafés pide «Por favor, un vaso con agua». No tardó ni seis meses en imponerse, todo el mundo a repetir eso: «un vaso con agua».
Estas cuestiones sobre la corrección muestran ese carácter artesanal de la traducción, que es también el carácter artesanal de la lengua misma. La lengua misma es el terreno general de todas las significaciones y el sistema al que pueden traducirse todas las significaciones. Por eso a mí me parece que para un traductor la traducción obviamente es un oficio. De todas formas, no digo yo que no haya que leer teoría de la traducción y aprenderla, como también es conveniente si se es escritor leer lo que dicen los académicos. Ahora bien, un escritor no se va a reprimir por lo que le diga un académico, o no debería hacerlo, pese a que algunos sí lo hagan —en realidad, no se reprimen por lo que dicen los académicos sino más bien por lo que dicen los teóricos, que son más teóricos todavía que los académicos—. Los académicos, a su manera, también son artesanos; los teóricos, no. Hay escritores que se reprimen por lo que dicen los teóricos; allá ellos, pero es saludable que un escritor conozca la teoría, le ayuda a tener ciertas miradas sobre el lenguaje, sin duda alguna a tomar conciencia de muchas cosas, aunque, desde luego, no tiene que aprender a escribir de la teoría; es al revés: la teoría es la que tiene que tomar de la práctica su sabiduría. Un traductor siempre está incómodo leyendo teoría de la traducción, entre otras cosas porque casi siempre lee uno teorías traducidas, y a menudo mal traducidas, porque generalmente los teóricos son muy malos traductores.
Lo que sucede todo el tiempo es que la teoría inevitablemente está tomando la traducción en un sentido metafórico pero uno podría decir, jugando pero jugando como juegan ellos, como juegan los teóricos, «metafóricamente metafórico», y eso es peligrosísimo. Para un teórico la traducción es algo mucho más general que lo que es para nosotros, es decir, tomar un texto de una lengua y pasarlo a otra lengua, o a veces, si incluimos dentro de la traducción la interpretación simultánea, también esta —a mí siempre me ha parecido extraño que se llame interpretación, porque interpretar, también la traducción interpreta, y el texto interpreta más que lo que llamamos interpretación, pero son tecnicismos de terminología que ya nos los aclararán las normas—. La cuestión es que para un teórico, eso que nosotros hacemos que es traducir, tomar un texto y pasarlo a otra lengua, no es más que un caso, pero traducción es otra cosa, algo más general. La lengua traduce ideas o conceptos o estructuras o formas, o logos diseminado, en fin, algo traduce.
La lengua traduce algo, dentro de la lengua el significante traduce el significado, y luego en la acción también, un gesto traduce un sentimiento, o una intención, o una política traduce una ideología. Pero traducir es metafórico, en ese sentido, o al revés, pero da igual. También Derrida nos ha tratado de explicar que es al revés, que lo que es metafórico es llamar traducir a pasar de una lengua a otra porque en realidad traducir lo que significa es transferir el poder o cosas de esas. La cuestión es que lo están tomando en un sentido metafórico, pero luego esa metáfora se usa metafóricamente, y entonces llega un momento en que de esa metáfora, de la idea de que traducir es un montón de cosas, no solo traducir interlingüísticamente o intersemióticamente como dirían ellos, sino que de ahí empiezan a deducir cosas sobre la traducción misma, sobre la traducción práctica; entonces la ventaja es que un teórico, por ejemplo, Umberto Eco, tiene que hablar de verdad de traducción, lo primero que dice es «Bueno, yo he hecho teoría de la traducción pero ahora vamos a hablar de práctica, olvidémoslo».
Sí, hay que olvidar, pero es que hay que olvidar como hay que olvidar en la lengua, porque la traducción yo creo que es, junto con la creación literaria, la experiencia más radical de una lengua, y en cierto sentido más radical aún que la creación, porque por el hecho de estar mirando dos lenguas a la vez se tiene la doble visión que da tener dos ojos, y hay una visión en profundidad que a veces el creador no tiene. A veces un escritor tiene intuiciones de su lengua maravillosas, pero otras veces le falta un poco de perspectiva porque la está viendo con un solo ojo, en una sola lengua.
En mi carrera literaria me ha asombrado hasta qué punto algunos amigos míos escritores no veían el trasfondo de la lengua, no veían la lengua en profundidad; no tenían esa conciencia, en ese sentido en que hablaba yo antes de la norma de Heger. Yo a veces he pensado que si puede uno atreverse a decir las cosas, es que hay una conciencia inconsciente, que es por ejemplo una conciencia implícita, la de esa norma en el sentido hegeriano, no hegeliano sino hegeriano, de norma lingüística que es que cuando alguien le pregunta a otro en cualquier nivel lingüístico, aunque sea entre analfabetos de barrio bajo, cuando le preguntas «¿Qué quieres decir?» es que está implicando que hay mejores y peores maneras de decir. Ahora, de eso que está implicando en cierto modo es consciente, es consciente de que hay ciertos niveles de lengua, que no podría pedir un mejor nivel si no tiene conciencia de que hay un mejor nivel o mejores niveles. Pero de esa conciencia no es consciente. O sea, si uno le pregunta «¿En qué estás pensando cuando dices lo que quieres decir, cuando preguntas en qué estás pensando?», no sabría contestar, pero de su comportamiento uno podría deducir que está pensando en eso, está pensando en niveles de decir mejor o peor. A eso le podríamos llamar, salvando la paradoja, una conciencia inconsciente. Y eso pasa continuamente en la lengua.
En la lengua, cuando uno toma conciencia de esa conciencia inconsciente generalmente se paraliza, suele uno paralizarse. Y si uno le va a decir a una persona «Pásame el salero» y empieza a pensar «imperativo de segunda persona, pronombre personal...», se acaba, no puede hablar. Para hablar hay que pasar la gramática al segundo plano, a ese inconsciente, ese consciente inconsciente. Y eso es lo que nos pasa en la traducción con la teoría: cuando traducimos, hay que dejar la teoría en el cajón porque si tenemos la teoría delante de los ojos nos va a ocurrir como a los escritores que tienen la teoría delante de los ojos, que pueden ganar premios incluso —son premios académicos, todos—, pero son ilegibles; y creo que eso también nos pasa a los traductores.
Más o menos de esto era de lo que yo quería hablar aquí, un poco para remover en el plano de la traducción como oficio, que me parece que es lo que ha estado como en presupuesto en este congreso, es decir, que estábamos pensando en la traducción como un oficio, me parece a mí.

Muchas gracias.


(Actas del IV Congreso. El español, lengua de traducción para la cooperación y el diálogo. Toledo, 2008)


octubre 08, 2014

MÁS POEMAS DE KATHERINE MANSFIELD



Soledad

Ahora es Soledad, en vez de Sueño,
la que viene de noche a sentarse a mi lado en la cama.
Como una nena cansada me acuesto a esperar sus pasos,
la veo cómo sopla suavemente la vela y se sienta
inmóvil, ni muy a la izquierda ni muy a la derecha.
Se da vuelta y, exhausta, exhausta, cabecea.
Ella también está vieja; ella también supo dar pelea.
Por eso va coronada de laureles.

En la oscuridad triste la marea baja lenta 
a dar contra una costa insatisfecha, estéril.
Sopla un viento extraño...después, el silencio. Me conformo
con acercarme a Soledad, darle la mano
y aferrarme a ella, esperando, hasta que la tierra estéril
se colme de la atroz monotonía de la lluvia.


La tormenta

Corrí al bosque a buscar un refugio,
sin aliento, casi llorando,
puse los brazos alrededor de un árbol
apoyé la cabeza en la corteza áspera 
y le dije “protegeme, soy una niña perdida”.
Y el árbol me roció la cara y el pelo con gotas de plata.
De los confines de la tierra se alzó un viento
que azotó al bosque,
una ola enorme y verde tronó y estalló sobre mi cabeza.
Supliqué, imploré: “¡cuidame, por favor!”
El viento me arrancó la capa y la lluvia me golpeó.
Pequeños ríos rasgaron el suelo anegando los arbustos.
La tierra cayó presa de un frenesí: parecía que se ahogaba
burbujeando en una cueva del espacio. Y solamente yo—
más ínfima que la más ínfima mosca— estaba viva y aterrada.
Después, por qué razón lo ignoro, me sentí triunfal.
Está bien, matame —grité, y corrí a la intemperie.
Y la tormenta terminó: el sol extendió sus alas
y flotó, sereno, en el lago plateado del cielo.
Me toqué el rostro: enrojecido
y los árboles se balancearon al unísono y, delicadamente, rieron.

El pájaro herido

En la cama amplia 
bajo la cobija verde bordada con hojas y flores 
siempre en suave movimiento
ella es como un pájaro herido que flota en un estanque.
El cazador lanzó su dardo
y le dio en el pecho.
Le dio, pero no la mató.

¡Levántenme — levántenme, ohalas mías,
no estoy herida de muerte!
Abajo seguía quieta.
La buena gente se acercó con canastas al borde del estanque
“¡Lo que el pobre pájaro quiere es que le den bien de comer!”
Las bolsas y bolsillos, a reventar
con cáscaras y sobras del almuerzo de los criados.
¡Oh, tan contentos de poder ayudar!
“En el pasado, tú sabes tú sabes, siempre volaste tan alto.
Bajabas tan poco a las cornisas, tan rara vez
compartías las migas deliciosas que te arrojaban al patio.
Aquí hay un fragmento delicado y aquí un poquito más
como nuevo. Y aquí, un bocado que da gusto
y torta y pan y pan y pan y pan”
De noche — en la cama amplia 
con las hojas y las flores
ondulando suavemente en la oscuridad
ella es como un pájaro herido que flota en un estanque.
Tímida, tímida, levanta la cabeza entre las alas.
En el cielo, dos estrellas
flotan — brillan—
¡Oh, agua, no me cubras!
¡Podría mirar y mirar esas estrellas hermosas!
Levántenme — levántenme, oh, alas mías
no estoy herida de muerte...


Malade

El hombre de la habitación de al lado
padece mi mismo mal.
De noche, cuando me despierto, lo oigo dar vueltas.
Después él tose
y toso yo.
Se hace un silencio, y toso. Y él vuelve a toser.
Así, un rato largo.
Hasta que siento que somos como dos gallos
llamándose en un falso amanecer.
Desde granjas distantes y escondidas.


Mariposas

En el fondo de nuestros platos de avena
había, pintada, una mariposa azul
y todas las mañanas jugábamos a ver quién la alcanzaba primero.
Después la abuela decía: "No se coman a la pobre mariposa".
Y eso nos hacía reír.
Lo decía siempre, y siempre nos hacía reír.
Era como una bromita tierna.
Yo estaba segura de que un buen día
la mariposa iba a salir volando del plato,
con la risita más diminuta del mundo,
y a posarse en el regazo de la abuela.


El encuentro

Empezamos a hablar,
nos miramos, después nos alejamos.
Las lágrimas seguían subiendo a mis ojos.
Pero no pude llorar.
Quise agarrarte la mano
pero mi mano temblaba.
Seguías contando los días
que faltaban para volvernos a encontrar.
Aunque en el corazón los dos sentíamos 
que nos estábamos separando para siempre.
El tictac del reloj llenaba el cuarto en silencio.
Escuchá —te dije— se oye tan alto 
como el galope de un caballo en un camino solitario,
tan alto como un caballo que galopa en la noche.
Me hiciste callar en tus brazos.
Y el sonido del reloj sofocó nuestros latidos.
No puedo irme —dijiste— todo lo que vive  en mí
está acá para siempre.
Después te fuiste.
El mundo cambió. El sonido del reloj fue esfumándose,
menguando, se convirtió en algo nimio.
Yo susurré en la oscuridad “Si se detiene, moriré”.


Flores secretas

¿Para mí el amor es una luz? ¿Una luz constante,
un lámpara  bajo cuya aureola pálida sueño
con viejos libros de amor? ¿O es un fanal,
un fulgor que me llega de lejos
desde una montaña oscura? ¿Es una estrella mi amor?
¡Ah allá arriba, tan alto, tan brillante y tan fría!
El fuego baila. ¿Es mi amor un fuego
que salta del crepúsculo, embarrado y audaz?
No, le tendría miedo, demasiado fría soy 
para un amor así de rápido y hambriento. Hay un resplandor
de oro en los pétalos de esta flor cuando se cierran
que es más genuinamente mío, más parecido a mi deseo.
Los pétalos de la flor se cierran. El sol los olvida.
Crecen en un bosque sombrío
donde los árboles negros se mecen oscuramente 
de acá para allá. ¿Quién va a mirar cómo brillan
cuando haya soñado mi sueño? Ah, mi querido,
andá a buscarlos, recogelos uno por uno para mí.


La brecha

Una brecha de silencio nos separa
yo estoy de un lado y vos del otro
no puedo verte ni oírte —pero sé que estás—
siempre te llamo con un nombre infantil
y simulo que el eco de mi grito es tu voz.
Cómo podemos cruzar la brecha con una palabra o una caricia, nunca.
Una vez pensé que íbamos a llenarla con nuestras lágrimas
ahora la quiero devastar con nuestra risa.




Loneliness 

Now it is Loneliness who comes at night
Instead of Sleep, to sit beside my bed.
Like a tired child I lie and wait her tread,
I watch her softly blowing out the light.
Motionless sitting, neither left or right
She turns, and weary, weary droops her head.
She, too, is old; she, too, has fought the fight.
So, with the laurel she is garlanded.
Through the sad dark the slowly ebbing tide
Breaks on a barren shore, unsatisfied.
A strange wind flows... then silence. I am fain
To turn to Loneliness, to take her hand,
Cling to her, waiting, till the barren land
Fills with the dreadful monotone of rain.


The Storm 

I ran to the forest for shelter,
Breathless, half sobbing
I put my arms round a tree
Pillowed my head against the rough bark
Protect me, I said. I am a lost child.
But the tree showered silver drops on my face and hair.
A wind sprang up from the ends of the earth
It lashed the forest together
A huge green wave thundered and burst over my head.
I prayed, implored, "Please take care of me!"
But the wind pulled at my cloak and the rain beat upon me.
Little rivers tore up the ground and swamped the bushes.
A frenzy possessed the earth: I felt that the earth was drowning
In a bubbling cavern of space. I alone--
Smaller than the smallest fly--was alive and terrified.
Then for what reason I know not, I became triumphant.
Well kill me – I cried – and ran out into the open.
But the storm ceased: the sun spread his wings
And floated serene in the silver pool of the sky.
I put my hands over my face: I was blushing
And the trees swung together and delicately laughed.


The Wounded Bird 

In the wide bed
Under the green embroidered quilt
With flowers and leaves always in soft motion
She is like a wounded bird resting on a pool.
The hunter threw his dart
And hit her breast,
Hit her but did not kill.
O my wings, lift me--lift me
I am not dreadfully hurt!
Down she dropped and was still.
Kind people come to the edge of the pool with baskets
"Of course what the poor bird wants is plenty of food!"
Their bags and pockets are crammed almost to bursting
With dinner scrapings and scraps from the servants' lunch.
Oh! how pleased they are to be really giving!
"In the past, you know you know, you were always so fly-away.
So seldom came to the windowsill, so rarely
Shared the delicious crumbs thrown into the yard.
Here is a delicate fragment and here a tit-bit
As good as new. And here's a morsel of relish
And cake and bread and bread and bread and bread."
At night – in the wide bed
With the leaves and flowers
Gently weaving in the darkness
She is like a wounded bird at rest on a pool.
Timidly, timidly she lifts her head from her wing.
In the sky there are two stars
Floating – shining –
Oh, waters – do not cover me!
I would look long and long at those beautiful stars!
O my wings – lift me – lift me
I am not so dreadfully hurt. . .


Malade

 man in the room next to mine
has the same complaint as I.
When I wake in the night I hear him turning.
And then he coughs.
And I cough.
And after a silence I cough. And he coughs again.
This goes on for a long time.
Until I feel we are like two roosters
calling to each other at false dawn.
From far-away hidden farms.


Butterfly Laughter

In the middle of our porridge plates
There was a blue butterfly painted
And each morning we tried who should reach the
butterfly first.
Then the Grandmother said: "Do not eat the poor
butterfly."
That made us laugh.
Always she said it and always it started us laughing.
It seemed such a sweet little joke.
I was certain that one fine morning
The butterfly would fly out of our plates,
Laughing the teeniest laugh in the world,
And perch on the Grandmother's lap. 


The Meeting

We started speaking,
Looked at each other, then turned away.
The tears kept rising to my eyes.
But I could not weep.
I wanted to take your hand
But my hand trembled.
You kept counting the days
Before we should meet again.
But both of us felt in our hearts
That we parted for ever and ever.
The ticking of the little clock filled the quiet room.
"Listen," I said. "It is so loud,
Like a horse galloping on a lonely road,
As loud as a horse galloping past in the night."
You shut me up in your arms.
But the sound of the clock stifled our hearts' beating.
You said, "I cannot go: all that is living of me
Is here for ever and ever."
Then you went.
The world changed. The sound of the clock grew fainter,
Dwindled away, became a minute thing.
I whispered in the darkness. "If it stops, I shall die."


Secret Flowers

Is love a light for me? A steady light,
A lamp within whose pallid pool I dream
Over old love-books? Or is it a gleam,
A lantern coming towards me from afar
Down a dark mountain? Is my love a star?
Ah me!- so high above so coldly bright!
The fire dances. Is my love a fire
Leaping down the twilight muddy and bold?
Nay, I'd be frightened of him. I'm too cold
For quick and eager loving. There's a gold
Sheen on these flower petals as they fold
More truly mine, more like to my desire.
The flower petals fold. They are by the sun
Forgotten. In a shadowy wood they grow
Where the dark trees keep up a to-and-fro
Shadowy waving. Who will watch them shine
When I have dreamed my dream? Ah, darling mine,
Find them, gather them for me one by one.


The Gulf

A gulf of silence separates us from each other
I stand at one side of the gulf -you at the other
I cannot see or hear you -yet know that you are there-
Often I call you by childish name
And pretend that the echo to my crying is your voice.
How can we bridge the gulf -never by speech or touch
Once I thought we might fill it quite up with our tears
Now I want to shatter it with our laughter.




Versiones en castellano de Sandra Toro



KATHERINE MANSFIELD (NUEVA ZELANDA, 1888-1923)