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febrero 14, 2013

POEMAS DE WILLIAM CARLOS WILLIAMS

Foto: Lisa Larsen


Esto es nada más para decir

Me comí 

las ciruelas
que estaban
en la heladera

y que seguro

estabas
guardando
para el desayuno

perdoname

estaban riquísimas
tan dulces
y tan frías


Una canción de amor


¿Qué tengo para decirte
cuando nos encontremos?
Sin embargo—
estoy acá, pensando en vos.

La mancha del amor
se extiende sobre el mundo.
Amarilla, amarilla, amarilla,
devora entre las hojas,
unta de azafrán
las ramas enastadas que se inclinan
pesadamente
contra un cielo blando y violáceo.

No hay luz
—solo una mancha espesa como miel
gotea de hoja en hoja
y de rama en rama,
estropeando los colores
del mundo entero.

Estoy solo.
El peso del amor
me sostuvo
hasta que mi cabeza
dio contra el cielo.

¡Mirame!
Mi pelo chorrea néctar
—los tordos se lo llevan
sobre sus alas negras.
Mirá, mis brazos y
mis manos por fin están
sin hacer nada.

¿Cómo puedo decir
si voy a volver a amarte como ahora
alguna vez?



Paisaje con la caída de Ícaro


Según Brueghel
cuando Ícaro cayó
era primavera

un granjero araba
su tierra
y toda la pompa

del año
se despertaba
cosquilleando cerca

de la orilla del mar
ocupada
en sí misma

sudando bajo el sol
que derretía
la cera de las alas

insignificante
más allá de la costa
hubo

un chapoteo casi imperceptible
eso era
Ícaro, que se ahogaba.



Llegada


Y sin embargo uno llega de algún modo,
termina desabrochando los botones
de un vestido
en una habitación desconocida—
siente el otoño
gotear sus hojas de seda y lino
entre los tobillos de ella.
El cuerpo sórdidamente venoso emerge
retorcido sobre sí
¡como un viento invernal..!



Canción de verano


Luna vagabunda,
sonriéndole con
apenas ironía
a esta
mañana de verano
brillante, húmeda de rocío
—una sonrisa
distante, de indiferencia
somnolienta,
una sonrisa de vagabunda—,
si me comprara
una camisa
de tu color y 
me pusiera corbata
azul-cielo,
¿a dónde me llevarían?



Ventisca


Cae la nieve:
años de furia detrás de
horas que flotan perezosas
—la ventisca
arrastra su peso
más y más hondo ¿tres días
o sesenta años, eh? ¡Después,
el sol! una maraña de
copos azules y amarillos
—árboles que parecen hirsutos
sobresalen en los callejones largos
por encima de una soledad salvaje.
El hombre se da vuelta y allí
—su huella solitaria extendida
sobre el mundo.



Dolencia


Me llaman, y yo voy.
El camino está helado
pasada la medianoche, un polvo
de nieve preso
en las huellas rígidas de los autos.
La puerta se abre.
Sonrío, entro y
me sacudo el frío.
He aquí a una mujer enorme
en su lado de la cama.
Está enferma,
quizás vomita,
quizás está pariendo
a su décimo hijo. ¡Alegría! ¡Alegría!
La noche es un cuarto
oscurecido para los amantes,

¡a través de las persianas el sol
pasa una aguja de oro!
Le aparto el pelo de la cara
y miro su miseria
con compasión.



Destrucción total


Era un día helado.
Enterramos a la gata,
después agarramos la caja y
la prendimos fuego
en el patio de atrás.
Esas pulgas que se escaparon
de la tierra y del fuego
se murieron de frío.


Postludio


Ahora que me desapasioné de ti,
hágase oro la mampostería opaca,
los templos amansados por el sol hasta la ruina
completamente dormidos.
Dame la mano para bailar,
con las olas de Philae yendo y viniendo
como los labios, Lesbiana mía,
flores ornamentales que una vez fueron llama.

Tu pelo es mi Cartago;
mis brazos, el arco
y nuestras palabras, flechas
para disparar a las estrellas
que desde ese mar brumoso
se congregan para destruirnos.

Pero tú, que estás a mi lado,
oh, ¿cómo desafiarte a ti,
que me hieres en la noche
con senos resplandecientes
como Venus y Marte?
La noche que grita Jasón
cuando los aleros ruidosos se sacuden
como olas encima de mí,
triste en la proa de mi deseo.

¡Oh, plegarias en la oscuridad!
¡Oh, incienso para Poseidón!
Calma en la Atlántida.



El lamento de la viuda en primavera


El dolor es mi propio jardín
donde el pasto nuevo
arde como antes muchas veces
ardió pero no
con el fuego frío
que este año me envuelve.
Treinta y cinco años
viví con mi esposo.
Hoy el ciruelo está blanco
de racimos de flores.
Racimos de flores
pesan en las ramas del cerezo
y pintan algunos arbustos
de amarillo y otros de rojo
pero la pena en mi corazón
es más fuerte que ellos
porque, aunque fueron
mi alegría, hoy los veo
y aparto la mirada para olvidar.
Hoy mi hijo me contó
que en la pradera,
junto al bosque cerrado,
a lo lejos, vio
árboles de flores blancas.
Siento que quisiera
ir ahí
y caer en esas flores
y hundirme en el pantano junto a ellas.



Árboles de invierno


¡Todos los detalles complicados
del ataviarse
y desataviarse están completos!
Una luna líquida
avanza suavemente entre
las ramas largas.
Habiendo preparado así sus brotes
contra un viento seguro,
los árboles sabios
duermen de pie en el frío.



El encaje de la Reina Ana


El cuerpo de ella no es tan blanco como
los pétalos de las anémonas ni tan suave —y tampoco
es una cosa tan distante. Es un prado
de zanahorias silvestres, que toma
la tierra por la fuerza, y el pasto
no le crece encima.
La blancura es innegable,
tan blanca como puede ser, con una mota púrpura
en el centro de cada flor.
Cada flor es un palmo
de su blancura. Donde sea
que él apoyó su mano hay
una mancha violeta diminuta. Cada parte
bajo su tacto es un capullo 
hacia el que las fibras de su ser
se extienden, una por una, hasta el final,
hasta que el campo entero es
un deseo blanco, vacío, un solo tallo,
un racimo, flor por flor,
un deseo beato de escrutar la blancura
—o nada.

El asfódelo, esa flor verdosa (Libro I)


Sobre el asfódelo, esa flor verdosa
igual a una marimoña
con su tallo bifurcado
—pero verde y leñoso—,
vengo a cantarte,
querida.
Mucho vivimos juntos,
una vida llena
de flores,
si se quiere. Así que
me alegró enterarme
de que había
flores también
en el infierno.
Hoy
me colma el recuerdo lejano de esas flores
que a los dos nos gustaban,
hasta esta cosa
pobre y descolorida
—vista
de chico—
que los vivos aprecian poco
pero que los muertos ven,
preguntándose entre ellos:
¿de qué me hace acordar
que tiene
la misma forma?
mientras se nos llenan de lágrimas
los ojos.
De amor, de amor constante
hablará
aunque un baño de carmín tan débil
la coloree
para hacerla más creíble.
Hay algo
algo urgente
que te tengo que decir
a vos sola
pero tendrá que esperar
a que brinde
por la alegría de que te acerques,
quizás por última vez.
Así,
con miedo en el corazón,
lo postergo
y sigo hablando
sin atreverme a parar.
Escuchá mientras sigo
hablando contra reloj.
No va
a demorar mucho.
Olvidé,
y sin embargo puedo ver bien claro
algo
en medio del cielo
que oscila alrededor.
¡Y un perfume
le brota!
¡El más dulce!
¡Madreselva! ¡Ahora llega
el zumbido de una abeja!
¡y una avalancha
de memorias hermanas!
Dame tiempo solamente,
tiempo para evocarlas
antes de hablar.
Dame tiempo,
tiempo.
Cuando era chico
guardaba una flor
en un libro
de tanto en tanto
                 hasta que con el tiempo 
tuve una buena colección.
Entre ellas,
el asfódelo,
premonitorio.
Renacido,
te traigo
el recuerdo de esas flores,
que eran dulces
al prensarlas
y mantuvieron
por mucho tiempo
algo de su dulzor.
Es un perfume raro,
un perfume decente
que me lleva
hasta vos.
El color fue
lo primero en irse,
y me trajo
un desafío:
tu querido ser,
tan mortal como yo,
¡la garganta del lirio
para el colibrí!
La riqueza infinita,
pensé,
me abrió los brazos.
Mil trópicos
en una flor de manzano.
La tierra generosa se me ofreció
de buena gana.
¡El mundo entero
se volvió mi jardín!
Pero el mar
del que nadie se ocupa
también es un jardín
cuando el sol lo golpea
y despierta
a las olas.
Yo lo vi,
y vos también,
haciendo avergonzar
a las flores.
Aparte, hay estrellas de mar,
tiesas por el sol,
algas marinas
y otras plantas acuáticas. Las conocíamos,
como a todo lo demás,
porque nacimos junto al mar;
sabíamos de sus setos de rosas
al borde mismo del agua.
Ahí crece la malva imperial
y, en su estación,
las frutillas;
y ahí fuimos después
a recoger
ciruelas silvestres.
No puedo decir
que por tu amor
fui al infierno
pero es donde
supe ir a parar
buscándote.
No me gusta,
yo quería estar
en el cielo. Oíme.
No te vayas.
En mi vida aprendí mucho,
en los libros
y fuera de los libros,
sobre el amor.
No se termina
con la muerte.
Creo que hay
una jerarquía
que se puede alcanzar
en su servicio.
La recompensa
es una flor mágica,
un gato con veinte vidas.
Si nadie hacía el intento,
el que iba a perder
era el mundo.
Para vos y para mí
fue como quien
mira una tormenta que avanza
sobre el agua.
Año tras año,
nos paramos
ante el espectáculo de nuestras vidas
con las manos juntas.
La tormenta se despliega.
Los rayos
juegan con el ruedo de las nubes.
El cielo hacia el norte
es apacible,
de un resplandor azul
mientras la tormenta se acumula
y es una flor que
pronto va a alcanzar
la cima de su florescencia.
Bailamos,
mentalmente,
y leímos un libro.
¿Te acordás?
Era un libro importante.
Y así entraron
los libros a nuestras vidas.
¡El mar! ¡El mar!
Siempre,
cuando pienso en el mar,
me viene a la cabeza
la Ilíada
y la falta pública de Helena
que la engendró.
De no ser por eso
no hubiera habido
poema, y el mundo,
si recordara
unos pétalos carmín
dispersos entre las piedras,
habría dicho sencillamente:
asesinato.
La orquídea sexual que entonces floreció
y que mandó a tantos
apáticos
a la tumba,
legó su memoria
a una raza de tontos
o de héroes
si el silencio es virtud.
Solo el mar
con su multiplicidad
mantiene alguna esperanza.
La tormenta
se malogró, pero nosotros
nos quedamos, detrás de
los pensamientos que se despertaron,
a cimentar
de nuevo nuestras vidas.
Es la razón
la razón
la que tiene que curarse,
próxima a la
intervención de la muerte,
y el deseo vuelve a ser
un jardín.    El poema
es complejo y complejo, el lugar
en nuestra vida
hecho para el poema.
El silencio también lo puede ser,
pero no se va muy lejos
con el silencio.
Volvé a empezar.
Es como el catálogo
de las naves de Homero:
ocupa el tiempo.
Hablo en figuraciones,
tanto como los vestidos
que usás son figuraciones,
de otro modo no podríamos
encontrarnos. Cuando hablo
de flores
es para recordar
que una vez
fuimos jóvenes.
No todas las mujeres son Helena,
ya sé,
pero todas tienen a Helena en el corazón.
Querida,
vos también, por eso
te amo
y si no fuera así, no te podría amar.
Imaginá que hubieras visto
una tierra, toda de mujeres
blancas, de plata.
¿Qué ibas a hacer
sino amarlas?
¡La tormenta estalla
o se disipa! no es
el fin del mundo.
El amor es algo más,
o eso creía,
un jardín que se expande,
—aunque te conocí como mujer
y nunca pensé distinto—
hasta que conquista
el mar entero
con todos sus jardines.
Fue el amor al amor,
el amor que se traga todo lo demás,
un amor agradecido,
un amor de la naturaleza, de la gente,
de los animales,
un amor que engendra
bondad y dulzura,
que me conmovió
y que vi en vos.
Yo debí haber sabido,
pero no supe,
que el lirio del valle
es una flor que hace muy mal
a quien la huele.
Tuvimos nuestros hijos,
rivales en la ofensiva.
Los hice a un lado
por más que los cuidaba
tanto como cualquier hombre
puede cuidar a sus hijos,
según mi parecer.
Entendeme,
después de lo que pasó
tenía que encontrarte,
todavía tengo que encontrarte.
El amor
ante el que te inclinás
conmigo
—una flor,
la flor más frágil—
va a ser nuestro aval
y no porque
seamos muy débiles
para hacerlo de otra forma
sino porque
en la plenitud de mi poder
arriesgué lo que tenía que arriesgar
por eso, para demostrar que
nos amamos,
mientras mis propios huesos sudaban
lo que no te podían gritar
en el acto.
¡Sobre el asfódelo, esa flor verdosa,
vengo a cantarte,
querida!
Mi corazón se despierta
pensando en traerte novedades
de algo
que te preocupa
y que preocupa a muchos hombres. Mirá
lo que suele llamarse novedad,
no vas a encontrarlo si no es
en los poemas que se menospreciaron.
Es difícil
obtener novedades de los poemas
y sin embargo cada día los hombres
mueren miserablemente
por carecer
de eso que está ahí.
Oíme,
que a mí también me preocupa
y a cualquier hombre
que quiera morirse en su cama
y en paz.





Estas versiones en castellano son de Sandra Toro.






This is Just to say 

I have eaten

the plums
that were in
the icebox

and which

you were probably
saving
for breakfast

Forgive me

they were delicious
so sweet
and so cold



A Love Song


What have I to say to you
When we shall meet?
Yet—
I lie here thinking of you.
The stain of love
Is upon the world.
Yellow, yellow, yellow,
It eats into the leaves,
Smears with saffron
The horned branches that lean
Heavily
Against a smooth purple sky.

There is no light—
Only a honey-thick stain
That drips from leaf to leaf
And limb to limb
Spoiling the colours
Of the whole world.

I am alone.

The weight of love
Has buoyed me up
Till my head
Knocks against the sky.

See me!
My hair is dripping with nectar—
Starlings carry it
On their black wings.
See, at last
My arms and my hands
Are lying idle.

How can I tell
If I shall ever love you again
As I do now?


Landscape With The Fall of Icarus


According to Brueghel
when Icarus fell
it was spring

a farmer was ploughing
his field
the whole pageantry

of the year was
awake tingling
near

the edge of the sea
concerned
with itself

sweating in the sun
that melted
the wings' wax

unsignificantly
off the coast
there was

a splash quite unnoticed
this was
Icarus drowning



Arrival


And yet one arrives somehow,
finds himself loosening the hooks of
her dress
in a strange bedroom--
feels the autumn
dropping its silk and linen leaves
about her ankles.
The tawdry veined body emerges
twisted upon itself
like a winter wind . . . !



Summer Song


Wanderer moon
smiling a
faintly ironical smile
at this
brilliant, dew-moistened
summer morning,—
a detached
sleepily indifferent
smile, a
wanderer's smile,—
if I should
buy a shirt
your color and
put on a necktie
sky-blue
where would they carry me?



Blizzard


Snow falls:
years of anger following
hours that float idly down --
the blizzard
drifts its weight
deeper and deeper for three days
or sixty years, eh? Then
the sun! a clutter of
yellow and blue flakes --
Hairy looking trees stand out
in long alleys
over a wild solitude.
The man turns and there --
his solitary track stretched out
upon the world.



Complaint


They call me and I go.
It is a frozen road
past midnight, a dust
of snow caught
in the rigid wheeltracks.
The door opens.
I smile, enter and
shake off the cold.
Here is a great woman
on her side in the bed.
She is sick,
perhaps vomiting,
perhaps laboring
to give birth to
a tenth child. Joy! Joy!
Night is a room
darkened for lovers,
through the jalousies the sun
has sent one golden needle!
I pick the hair from her eyes
and watch her misery
with compassion.



Complete Destruction


It was an icy day.
We buried the cat,
then took her box
and set fire to it
in the back yard.
Those fleas that escaped
earth and fire
died by the cold.



Postlude


Now that I have cooled to you
Let there be gold of tarnished masonry,
Temples soothed by the sun to ruin
That sleep utterly.
Give me hand for the dances,
Ripples at Philae, in and out,
And lips, my Lesbian,
Wall flowers that once were flame.

Your hair is my Carthage
And my arms the bow,
And our words arrows
To shoot the stars
Who from that misty sea
Swarm to destroy us.
But you there beside me—
Oh, how shall I defy you,
Who wound me in the night
With breasts shining
Like Venus and like Mars?
The night that is shouting Jason
When the loud eaves rattle
As with waves above me
Blue at the prow of my desire.

O, prayers in the dark!
O, incense to Poseidon!
Calm in Atlantis.



The Widow’s Lament in Springtime


Sorrow is my own yard
where the new grass
flames as it has flamed
often before, but not
with the cold fire
that closes round me this year.
Thirty-five years
I lived with my husband.
The plum tree is white today
with masses of flowers.
Masses of flowers
load the cherry branches
and color some bushes
yellow and some red,
but the grief in my heart
is stronger than they,
for though they were my joy
formerly, today I notice them
and turn away forgetting.
Today my son told me
that in the meadows,
at the edge of the heavy woods
in the distance, he saw
trees of white flowers.
I feel that I would like
to go there
and fall into those flowers
and sink into the marsh near them.


Winter Trees


All the complicated details
of the attiring and
the disattiring are completed!
A liquid moon
moves gently among
the long branches.
Thus having prepared their buds
against a sure winter
the wise trees
stand sleeping in the cold.



Queen Anne's Lace


Her body is not so white as
anemony petals nor so smooth—nor
so remote a thing. It is a field
of the wild carrot taking
the field by force; the grass
does not raise above it.
Here is no question of whiteness,
white as can be, with a purple mole
at the center of each flower.
Each flower is a hand’s span
of her whiteness. Wherever
his hand has lain there is
a tiny purple blemish. Each part
is a blossom under his touch
to which the fibres of her being
stem one by one, each to its end,
until the whole field is a
white desire, empty, a single stem,
a cluster, flower by flower,
a pious wish to whiteness gone over—
or nothing.



Asphodel, That Greeny Flower (Book I)

Of asphodel, that greeny flower,
like a buttercup
upon its branching stem-
save that it's green and wooden-
I come, my sweet,
to sing to you.
We lived long together
a life filled,
if you will,
with flowers. So that
I was cheered
when I came first to know
that there were flowers also
in hell.
Today
I'm filled with the fading memory of those flowers
that we both loved,
even to this poor
colorless thing-
I saw it
when I was a child-
little prized among the living
but the dead see,
asking among themselves:
What do I remember
that was shaped
as this thing is shaped?
while our eyes fill
with tears.
Of love, abiding love
it will be telling
though too weak a wash of crimson
colors it
to make it wholly credible.
There is something
something urgent
I have to say to you
and you alone
but it must wait
while I drink in
the joy of your approach,
perhaps for the last time.
And so
with fear in my heart
I drag it out
and keep on talking
for I dare not stop.
Listen while I talk on
against time.
It will not be
for long.
I have forgot
and yet I see clearly enough
something
central to the sky
which ranges round it.
An odor
springs from it!
A sweetest odor!
Honeysuckle! And now
there comes the buzzing of a bee!
and a whole flood
of sister memories!
Only give me time,
time to recall them
before I shall speak out.
Give me time,
time.
When I was a boy
I kept a book
to which, from time
to time,
I added pressed flowers
until, after a time,
I had a good collection.
The asphodel,
forebodingly,
among them.
I bring you,
reawakened,
a memory of those flowers.
They were sweet
when I pressed them
and retained
something of their sweetness
a long time.
It is a curious odor,
a moral odor,
that brings me
near to you.
The color
was the first to go.
There had come to me
a challenge,
your dear self,
mortal as I was,
the lily's throat
to the hummingbird!
Endless wealth,
I thought,
held out its arms to me.
A thousand tropics
in an apple blossom.
The generous earth itself
gave us lief.
The whole world
became my garden!
But the sea
which no one tends
is also a garden
when the sun strikes it
and the waves
are wakened.
I have seen it
and so have you
when it puts all flowers
to shame.
Too, there are the starfish
stiffened by the sun
and other sea wrack
and weeds. We knew that
along with the rest of it
for we were born by the sea,
knew its rose hedges
to the very water's brink.
There the pink mallow grows
and in their season
strawberries
and there, later,
we went to gather
the wild plum.
I cannot say
that I have gone to hell
for your love
but often
found myself there
in your pursuit.
I do not like it
and wanted to be
in heaven. Hear me out.
Do not turn away.
I have learned much in my life
from books
and out of them
about love.
Death
is not the end of it.
There is a hierarchy
which can be attained,
I think,
in its service.
Its guerdon
is a fairy flower;
a cat of twenty lives.
If no one came to try it
the world
would be the loser.
It has been
for you and me
as one who watches a storm
come in over the water.
We have stood
from year to year
before the spectacle of our lives
with joined hands.
The storm unfolds.
Lightning
plays about the edges of the clouds.
The sky to the north
is placid,
blue in the afterglow
as the storm piles up.
It is a flower
that will soon reach
the apex of its bloom.
We danced,
in our minds,
and read a book together.
You remember?
It was a serious book.
And so books
entered our lives.
The sea! The sea!
Always
when I think of the sea
there comes to mind
the Iliad
and Helen's public fault
that bred it.
Were it not for that
there would have been
no poem but the world
if we had remembered,
those crimson petals
spilled among the stones,
would have called it simply
murder.
The sexual orchid that bloomed then
sending so many
disinterested
men to their graves
has left its memory
to a race of fools
or heroes
if silence is a virtue.
The sea alone
with its multiplicity
holds any hope.
The storm
has proven abortive
but we remain
after the thoughts it roused
to
re-cement our lives.
It is the mind
the mind
that must be cured
short of death's
intervention,
and the will becomes again
a garden. The poem
is complex and the place made
in our lives
for the poem.
Silence can be complex too,
but you do not get far
with silence.
Begin again.
It is like Homer's
catalogue of ships:
it fills up the time.
I speak in figures,
well enough, the dresses
you wear are figures also,
we could not meet
otherwise. When I speak
of flowers
it is to recall
that at one time
we were young.
All women are not Helen,
I know that,
but have Helen in their hearts.
My sweet,
you have it also, therefore
I love you
and could not love you otherwise.
Imagine you saw
a field made up of women
all silver-white.
What should you do
but love them?
The storm bursts
or fades! it is not
the end of the world.
Love is something else,
or so I thought it,
a garden which expands,
though I knew you as a woman
and never thought otherwise,
until the whole sea
has been taken up
and all its gardens.
It was the love of love,
the love that swallows up all else,
a grateful love,
a love of nature, of people,
of animals,
a love engendering
gentleness and goodness
that moved me
and that I saw in you.
I should have known,
though I did not,
that the lily-of-the-valley
is a flower makes many ill
who whiff it.
We had our children,
rivals in the general onslaught.
I put them aside
though I cared for them.
as well as any man
could care for his children
according to my lights.
You understand
I had to meet you
after the event
and have still to meet you.
Love
to which you too shall bow
along with me-
a flower
a weakest flower
shall be our trust
and not because
we are too feeble
to do otherwise
but because
at the height of my power
I risked what I had to do,
therefore to prove
that we love each other
while my very bones sweated
that I could not cry to you
in the act.
Of asphodel, that greeny flower,
I come, my sweet,
to sing to you!
My heart rouses
thinking to bring you news
of something
that concerns you
and concerns many men. Look at
what passes for the new.
You will not find it there but in
despised poems.
It is difficult
to get the news from poems
yet men die miserably every day
for lack
of what is found there.
Hear me out
for I too am concerned
and every man
who wants to die at peace in his bed
besides. 




WILLIAM CARLOS WILLIAMS (EE.UU.,1883-1963).



2 comentarios:

  1. This Is Just To Say
    William Carlos Williams

    I have eaten
    the plums
    that were in
    the icebox

    and which
    you were probably
    saving
    for breakfast

    Forgive me
    they were delicious
    so sweet
    and so cold

    ResponderEliminar
  2. Gracias, Luis. Acabo de agregar mi versión del poema que acercás.

    ResponderEliminar