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septiembre 04, 2012

POEMAS DE ENRIQUE MOLINA




MIENTRAS CORREN LOS GRANDES DÍAS

Arde en las cosas un terror antiguo, un profundo y secreto soplo,
un ácido orgulloso y sombrío que llena las piedras de grandes agujeros,
y torna crueles las húmedas manzanas, los árboles que el sol consagró;
las lluvias entretejidas a los largos cabellos con salvajes perfumes
y su blanda y ondeante música;
los ropajes y los vanos objetos; la tierna madera dolorosa en los tensos violines
y honrada y sumisa en la paciente mesa, en el infausto ataúd, 
a cuyo alrededor los ángeles impasibles y justos se reúnen a recoger su parte de muerte;
las frutas de yeso y la íntima lámpara donde el atardecer se condensa,
y los vestidos caen como un seco follaje a los pies de la mujer desnudándose,
abriéndose en quietos círculos en torno a sus tobillos como un espeso estanque
sobre el que la noche flamea y se ahonda, recogiendo ese cuerpo melodioso,
arrastrando las sombras tras los cristales y los sueños tras los semblantes dormidos;
en tanto, junto a la tibia habitación, el desolado viento plañe bajo las hojas de la hiedra.
¡Oh Tiempo! ¡Oh, enredadera pálida! ¡Oh, sagrada fatiga de vivir...!
Oh, estéril lumbre que en mi carne luchas! Tus puras hebras trepan por mis huesos,
envolviendo mis vértebras tu espuma de suave ondular.
Y así, a través de los rostros apacibles, del invariable giro del Verano,
a través de los muebles inmóviles y mansos, de las canciones de alegre esplendor,
todo habla al absorto e indefenso testigo, a las postreras sombras trepadoras,
de su incierta partida, de las manos transformándose en la gramilla estival.
Entonces mi corazón lleno de idolatría se despierta temblando,
como el que sueña que la sombra entra en él y su adorable carne se licúa
a un son lento y dulzón, poblado de flotantes animales y neblinas,
y pasa la yema de sus dedos por sus cejas, comprueba de nuevo
sus labios y mira una vez más sus desiertas rodillas,
acariciando en torno sus riquezas, sin penetrar su secreto,
mientras corren los grandes días sobre la tierra inmutable.

(de “Las cosas y el delirio”, 1941.)


 
AMANTES VAGABUNDOS

Nunca tuvimos casa ni paciencia ni olvido
Pero un poco más lejos hacia nada
Están las lámparas de viaje
Temblando suavemente
Los hoteles de garganta amarilla siempre rota
Y sus toscas vajillas para el suicidio o la melancolía
-¡Oh el errante graznido sobre la cumbrera!
Dormíamos al azar con montañas o chozas
Bajo las altas destrucciones del cielo prontas a arder con un fuego inasible
Junto al árbol de paso que se aleja
A menudo asomados a ventanas en ruinas
A balcones en llamas o en cenizas

En esos lechos de comarca
La lluvia es igual a los besos te desnudabas
Girando dulcemente en la oscuridad con la rotación de la tierra
Belleza impune belleza insensata
Pero sólo una vez sólo una vez
Juega el amor sus dados de ladrón del destino:
Si pierdes puedes saborear el orgullo
De contemplar tu porvenir en un puñado de arena.
¡Cuántos rostros abandonados!
¡Cuántas puertas de viaje entreabriendo su llanto!
Cuántas mujeres que la luz ahoga
Sueltan sus cabelleras de región indeleble besada por el viento
Con aves inmóviles posadas para siempre en su mirada
Con el silbo de un tren que arranca lentamente sus raíces de hierro.
Con la lucha de todo abandono y de toda esperanza
Con los grandes mercados donde pululan cifras injurias legumbres y almas cerradas sobre sus negros sacos de semilla
Y los andenes disueltos en una espuma férrea
-Desvarío tiempo y consumación-
Tumba de viejos días
Bella como el deseo en las venas terrestres
Su fuego es la nostalgia
La celosía del trópico tras la cual hay arañas cortinas en jirones y una vieja victrola con la misma canción inacabable
Pero los amantes exigen frustraciones tormentos
Peligros más sutiles:
Su pasado es incomprensible y se pierde como el mendigo
Dejado atrás en el paradero borrascoso.


EL AIRE LIBRE

El aire libre hecho de adiós como el olvido
Tejiendo espumas en el corazón
Hecho de fuego azul y de imprevisto cuando emerge vestido de terciopelo salvaje sobre los detritus
Con sus labios en forma de tormenta
En un lugar desierto
Entre las negras ramas que cristalizan en el corazón
Deja ver sin embargo a través de sus grietas
Un caballero en ruinas comido por las ratas
Y dos piernas de mujer enmalladas en seda sombría que se alejan sobre las cornisas hasta perderse en el viento.
Con la fosforescencia del deseo infinito

Allá lejos donde las esfinges del mar alzan sus rostros de sal verde
Tatuados por el sol
Abriendo sus abanicos feroces entre las arenas
Cada noche las cuerdas de cristal y las poleas furiosas suspendidas del techo
Balanceaban su péndulo sobre mi cabeza
En una selva transparente de puertas tornasoladas girando hasta la locura
Por las que entran y salen figuras de mujeres completamente envueltas en raíces
Entre las radiantes desdichas talladas en la niebla de cambiar de lugar:
Comidas del páramo ceremonias terrestres
Relámpagos perdidos en el confín de un beso
Y el sortilegio de la desesperación insaciable
Con su bala de plata
Para la caza de los grandes pájaros que se alzan suavemente de toda caricia
Al paso de la ciega que rige los adioses humanos a través de las promesas de amor
¡Ay! ella sueña con voz tan dulce bajo las palmeras
En la ciudad lacustre -el ruinoso vampiro roncando en su ataúd de viejas aguas-
Rodeado de prostitutas y espumas en esas callejuelas del viento donde agita sus aletas pálidas a la luz de la luna con un gemido más hondo que la melancolía
Pero la costa está llena de garras azules
O de chozas que exhalan una canción irresisitible al tocarlas la sombra
En el aire grasiento

Allá lejos
Donde la leche terrestre solo alimenta criaturas solemnes de largas trenzas tejidas con las hierbas suspendidas del sueño
Donde ruedan las profundas corrientes
De fuera del mundo
Se desliza la barca alada de la noche inflando sus andrajos inmensos entre las serpientes del cielo
Con sus solemnes máscaras de cera colgando en las bordas
Y los demonios que ocultaba el follaje
Iguales a un camino cualquiera
A una taza de restaurante incierto
A una gota de lluvia en un vidrio extranjero
O un poco de ropa misteriosa caída desde lo alto de una mujer de paso
En su cueva de fuga o de tormenta

Alza la tapa para ver
Pillaje y miseria
Pillaje de cosas en viaje y luces vespertinas
Esta es la factoría del sueño
Factoría de ladrones para reposar al sol
Factoría sin agua para delirar al sol


LA MALETA DE PIEL DE PÁJARO

 
Algunas cosas atraídas por el horizonte
Vuelven a antiguos sitios para descifrar las idea melancólicas
O nos arrastran como el tren en ruinas envuelto en terciopelo de flancos ardientes desgarrados por la ferocidad del recuerdo
Con criaturas de volcán impasible o estepa en la que se ocultan momias
Pasando de mano en mano la negra brasa de la lejanía
El tren ahogado lento con orejas de lluvia
El tren de roncas venas de ceniza
Arrastrando entre sueños su voz que deletrea viejas cartas de amor con la misma locura
Mientras fluye hacia el túnel de ramas del invierno
Cielo de fango y hierro del olvido

 
Una mujer de mirada polvorienta asomada al cristal
Vierte el aceite nocturno en un farol de luz verde como la esmeralda de la juventud que se pierde a lo lejos
Su cabellera de ráfaga en la niebla
Es el torbellino de nieve de mariposas sobre una joven en un trineo dentro de esas esferas inolvidables que agitan los niños
Viajera de perfume viajera de suspiro viajera de lamento
Viajera de sollozo de luna entre las piedras
Deslizándose entre dos inmensos mascarones solitarios en medio del páramo separados entre sí por el rayo
Figuras de proa de abismo:
Una del lado de las cosas imposibles infinitamente tierno
La otra del lado de la pasión jamás vivida
Y siempre ese silbato de tren con ruedas de rosal calcinado
El tren de vagos labios que sonríen
Siempre esa sal de lluvia en las lágrimas
El tren que se deshace el tren de plumas
Rodando tristemente por el humo del alma

 
Tal es la vieja máquina de fuego
Que alimenta la velocidad del tiempo a través de todo latido
Y los vagones tapizados de musgo con un asiento abandonado
Donde viaja un vestido vacío de mujer de lana verde a cuadros
Descolorido en los sitios donde la nostalgia apoyó su cabeza
El tren de collares errantes
El tren de primavera nómade que se deshace en una lluvia negra invisible en la tierra
Manando a borbotones la sangre de las canciones olvidadas:
"No necesito silencio ya no tengo en quién pensar"
A lo largo de las hondonadas salvajes idénticas a besos
Junto a los indios de miel helada apostados al borde de sus tumbas
En el país construido como una enorme choza de cristal y tinieblas purificado por los ácidos de la tormenta
El tren de pesados peñascos que cierran una puerta
El tren de adiós de luz irreparable

 
(Un gemido un encuentro pueden llevar más lejos
La realidad de estos delirios que invocas)


ESCENA DE TORMENTA

Heroína invisible
Vestida de mendiga con coronas salvajes en un antiguo romance
Haz la señal al amante tras la ventana en la casa desierta
Con un candelabro de lobo entreabriendo sus fauces en el viento
En la lejanía de las rosas
Te precipitas al escenario iluminada por la locura
Cantando tu vieja aria de lluvias
Desvanecida por el aplauso de los años
¡Oh! Y sin embargo tu rostro perfumado por el aliento de esas planicies sin fin que se recorren en un beso
No deja sosopechar tu extravío mientras la ola te arrastra entre los enormes telones de la muerte
O escoges esa almendra sombría que no se abre jamás en este lado del mundo
Pero toda la escena está llena de escombros
Y flores rotas sollozos y bebidas bajo esta cúpula de vientre de barco suspendida en ruinas sobre un salón saqueado donde se cruzan los caminos
Con viejas sangre de comedia
De fango
De plumas erizadas por la sal del olvido

¡Pájaro! Yo solo duermo en los rincones a donde llegan los cantos ajenos las voces de los desconocidos y los juramentos de esos mártires hechizados por la ternura de lo imprevisto
Donde nunca se posa el buitre ambiguo de la costumbre
Lejos de la vajilla entre las estatuas mojadas por el mar
Mientras resplandecen de nuevo tus antiguas cabezas
Restauradas un instante a la luz de la luna:
La cabeza sonriente en una jaula de raíces
La cabeza cubierta de lentejuelas nocturnas sobre una piedra de carnaval pintada de escarlata
La cabeza de cielo de abismo en la que una gaviota no cesa nunca de caer
Cuando te llamo algunas noches muy lejos
Con una emoción sin nombre a la vista de una bujía o de una hoja de afeitar cuyo significado se pierde de pronto como tus pisadas
Y el espectáculo de la dicha me exalta como esoso mensajes celestes que impulsan a la manada a perseverar en la injuria del hambre
¡Pájaro! Nada más bello que la piedad materna perdiéndose en el alba hacia un lugar futuro donde los días dejarán caer todo su peso con una lágrima

He allí los cerdos del vals al claro de luna

Yo me unía a los cazadores de piojos
A los saqueadores de tumbas
A los desesperados por la esperanza
En los lugares cálidos como la tempestad
En las guaridas donde aúllan los trenes
Donde las grandes serpientes que cruzan el cielo
Se enlazan en mi corazón formando un monograma misterioso
Deslumbrador como el infierno

(de “Costumbres errantes o La redondez de la tierra”, 1951.)


 
CIRCE 

Solo contra la tierra
este sudor de instintos ha deshecho mi rostro de pájaro confuso
extraviado en los restaurantes de los tejados bajo la mañana sin oficio
convertido de pronto en la bestia inocente que ronca entre las flores
una mano de adiós
un golpe de olas en el alma

Disfrazado de playas y ciudades que pasan
las promesas se olvidan como en sueños
como un reverbero de moscas sobre tales países sin escrúpulos ni socorro
en las eternas fogatas del tiempo
entre las plagas de la inconstancia
mientras se coagula al sol un vino de archipiélagos
—oh carne sobrenatural con tu incomprensible gemido
celeste torturado y salvajemente vivo en las venas—
ahora que revisto la piel del cerdo fosforescente
el olfato del camino
su relámpago de mujeres dormidas exhalando el perfume penetrante de la tristeza
de plumas de sexo barridas por el viento

Pero te recobro
oscuro corazón de prisionero y te desafío
ciego corazón humano
con el hechizo de la corriente
vacilaciones, éxtasis y terrores
y el musgo de abismo que brilla entre dos bocas que se besan
para ser nuevamente sólo un hombre sin más amparo que tu furia
sin otro cielo que tu aliento
como una blasfemia deslumbrante como un lazo demente tendido a los más puros vampiros de la tierra


ITINERARIOS

Tu cuerpo y el lazo de seda rústica que conduce a las plantaciones de la costa
al sudor de tu cabellera quemada por las nubes
a los instantes inolvidables
—tantas naciones de nómada y de clandestinidad
tantos homenajes a una belleza salvaje
que exigen el desorden—
                                           ¡oh raza de labios de abandono
hechizada por la vehemencia!
y nuestra fuerza de profundos besos y tormentas
para el infierno de los amantes
hasta volver a su placer fantasma
a su ola de hierro de ayer detrás del mundo!

Aquellos hoteles…

Todas las rampas de la vida cambiante
la velocidad del amor el mágico filtro de la excomunión
la hambrienta luz del desencuentro en nuestras venas de azote
cartas desamparadas antiguas prosas de la noche de los abrazos
y el solitario frenesí de las palmeras
cuando en la ausencia
creciendo hacia mi pecho el fondo de la tierra me devuelve de golpe todas nuestras caricias
el nudo furioso de la pasión en las negras argollas del tiempo
aquellos moblajes de desvalijamiento y de lluvias
luz de senos en el mar y sus gaviotas y músicas
sobre un altar de desunión con grandes lunas fascinantes sin más pradera que tus ojos
país incorruptible
país narcótico
con risas del alcohol del viento
y tu pelo sobre mi cara
y las cálidas bestias doradas por el trópico
y el jadeo abrasador de la ola que vuelca en tu corazón su grito de espasmo y de caída
y de nuevo esos lugares intactos para el sol
y de nuevo esos cuerpos ilesos para el amor
en medio del perezoso meteoro del día
levantando hacia el alma aquel esplendor
los paroxismos el lecho de las dunas y de la corriente con sus besos en marcha
y las tareas de los amantes mientras la llamarada de la muerte brillaba alrededor de sus cuerpos
como un afrodisíaco
avivando el deseo
el hambre
aquella furia de ayer detrás del mundo!


HERMANO VAGABUNDO MUERTO

¿... Pero me importas ahora mientras giras en el infinito caracol de la escalera con una sobrenatural máscara de moscas tu rabiosa voracidad de vivir y la botella roja de tu aliento destapada de golpe por las nubes…?

(Acorralado por las raíces se ha vestido un corsé de hierro lleno de espinas como los cactus gigantes con su excara humana pasada a los cantos rodados y a las derivas del Gulf-Stream y la brecha del muro por la que penetra un detritus del sol sobre su pecho en Nueva Orleans
su cabeza de Rotterdam
el enjambre de hambrientos proyectos fulminados por las harpías del muelle
la ácida espectral risa del agua y el oficial andrajoso en la baranda del puente con todo el estruendo de sus sueños como de niño cuando miraba solitario desde el patio los pájaros intraducibles!)

Estabas vivo y sorbiendo el aire a grandes alas fuera de los dormitorios sin domicilio ni constancia 
ni orden jerárquico ni comunión ni el suave confort de la castración ni ojos parapetados tras un muro de ratas en oficinas negras como vísceras

Sólo con labios sin dominación los tentáculos del sol estrangulándote en el desván de las olas con un sofocado violoncelo un desgarrador latigazo desde la luna
en esa exaltación de la memoria la sangre a ciegas en humeantes andamiajes de rostros panoplias amigos desconocidos muchedumbres y esperanzas inicuas en la eterna sombra de venas al filo del mundo cubierto de cálidos cuerpos que brillan con el olor del África en los riñones y su reguero de lujuria para los otros —sus amos— en noches ajenas como astros

Toda tu biografía sin cabeza ni honras fúnebres como no sea tu alma insaciable y toda la vecindad explotando con su escándalo como una lámpara estrellada contra el muro
en la pocilga en los subterráneos ardientes
donde silba el verano y toda una exasperación de lenguas nómadas cantando en la yema de los dedos tus prácticas sexuales como la resaca penetrando y retirándose de lechos y susurros nocturnos hasta los huesos y los grandes senos desnudos rojos como la demencia pero tú aún envuelto por la mujer bajo el sello carnal del adiós con una llama del Templo de Salomón en los labios una llama violeta del amanecer de la concupiscencia cuando las últimas aves de la noche de los estragos levantan su vuelo para siempre!

¡Oh la magnífica sensualidad penetrando bajo los más negros techos a través de todos los muros y mandamientos
contra la enorme masa de estas ropas usadas toda la vida 
y el muñón de la mano cortada con su chorro de fuego sobre la sábana hirviente de las estrellas!

Y también con tus comestibles tu mesa tendida en lo restaurantes anómalos
tu viejo vino desesperado para rociar el hierro de cada ancla que se levanta la carcajada de cada puerta abierta que da al viento y toda tu voracidad como una eterna tortuga de llamas posándose sobre tu vientre a través de la tierra y la carne
con el bienestar de morder y mascar trozos cálidos ensaladas y frutas con tales órganos y ácidos y los rayos de la comida como un fantástico himno del fin del diluvio puesto a hervir con la sopa y los racimos de la salvación!

Oh cuando vivías y tu cuerpo hacía fermentar una mujer como una levadura de galaxias bajo su cabellera.
y su exhalado grito de manigua entre las prendas remotas y espejos hasta abrirse como una devorante madrépora de sueño
entre los rubros de una ciudad
en su cálido alveolo rodeado de gentes amenazadoras tan condenadas como tu misma cólera y el relámpago de tus besos hasta saltar como una rota vena del mar contra el mamparo en la feroz alegría de la mañana
Todo aquello de cada uno y que es mi propia vida sin embargo porque también me pertenece tu tumba y tu maleta destartalada por el insomnio fraternidad y conjuro a través de la nada
¡todo lo que he amado y perdido sin extinguirse jamás y aferrado a mi cuello con la garra amarilla de las palmeras!

¿Y quién te ha disfrazado ahora con ese rostro de vidrio sanguinario embutido en el raso de la muerte para evolucionar en el corazón de tales caballeros asistentes con tu sombría aleta de escualo a ras del día mientras te devora las mejillas el vitriolo de tu barba…?

Pero los difuntos se alejan —simplemente— a escarbar en el ronco depósito de lunas al extremo del mar 
envueltos en esa misma lona de pasayo fúnebre que se escurre 
pidiendo a gritos una cerveza y una hostia

¿Y acaso me importa nada entonces
aquí
ahora que la menta de la lluvia ilumina nuestras bocas como mil años de recuerdos
y dejamos un rastro profundo a través de las catástrofes y los despojos del amor
sobre la tierra
en nuestro único reino
ahora que aún compartimos caricias corrupciones países de tormenta con ardientes desconocidas de sonrisas sombrías llenas de flores
esas nalgas estivales que reverberan entre los proverbios del campo...?

LOS DIBUJOS DEL MURO

De lámpara a lámpara, de día a muerte, con plegarias de raíces que se desprenden, el fuego de los rostros se reparte a lugares hambrientos que aúllan, a labios que los conjuran con nombres de ídolos, habitaciones, ataúdes, hoteles del sol como un brazo de mar tendido hacia las supersticiones y el olvido.

Rostros que llevan más lejos que cualquier camino, se incendian entre los tapices, jalonan los bordes del mundo.

Rostros hacia la tierra como un muerto, hacia la noche como una linterna, hacia el alma como una galaxia de pasión, viudeces, romances agrios, climas, separaciones.

Rostros barridos por el viento pero cuyos hechizos retornan como un zodíaco de piedras palpitantes, cuya ternura cruel desliza una amenaza de paisajes, un ondular de sábanas y humos, voces entrelazadas a la geografía y al sacrilegio, tinieblas del corazón de los muertos, expresiones de cópulas, amaneceres pasionales, bocas lluviosas que exaltan la intemperie, sonrisas entrevistas como una brasa instantánea sobre la palma viva del instante.

Facciones de naufragio en el infierno adorable de las superficies, entre las inspiraciones súbitas de lugares que se evaden con sus sílabas de esperma, su clima de flores migratorias, astros, y sus cimientos errantes fundidos por las lágrimas.

Rostros vampiros al olor de mi sangre.
Rostros de espuma contra el filo de Dios, de un dios de concha de tortuga y de pedernal de tótenes, oh bellos rostros sin otro juez que sus gestos, pintarrajeados con los aceites de la tierra, nuestros únicos trofeos sobre el derrumbe inacabable de los elogios, entre las frustraciones embriagadoras de nuestras vidas.

Ahora que brillan en su carne bajo la aurora de sus cabellos, ahora que desnudan sus facciones eternas entre los tesoros humeantes de la cosecha.

TIERRA TATUADA ANTES DE DORMIR

Abanicos de plátanos que se abren en la noche
las bordas del cielo con las calabazas del Amazonas y el olor de los jíbaros
fértiles cabelleras que devoran los hombros de servidoras salvajes como sueños
paisajes nocturnos ardorosos como machos
espacios y ortopedias anónimas perdidas en aires de provincia
muebles sofismas cónyuges artesanías gualdrapas catecismos y falsas ceremonias dominicales
fuegos y partidas de las que se desprenden andenes y campanas
canallas y aserraderos restos de olas piedras y hostias
casullas y lagartijas vestiduras insanas bisturíes calcetines sagrados y hojas de afeitar
senos remotos orejas trozos de ópera nucas actitudes espectrales con sexos vivos inexistentes
colgaduras berlinas de duelo sandwiches y guarniciones de plazas fuertes desconocidas
canciones anómalas muías y sacerdotes leporinos con sotanas viscosas de las que salta un mono azul visible de lejos
mercaderías tropicales escalinatas estaciones baldías y nupcias en pueblerinos deshabitados a los que arriban lentos fardos por el río con pájaros embalsamados y ebrios de campaña cubiertos de orquídeas y puñaladas
luces de tren casuarinas ausencias inexplicables y expediciones de infancia extraviadas en enormes helechos
canela marina playas plumas adulterios ropas sacudidas en los tejados y la estatuaria del cielo
cornetines especies lentejuelas genitales y tribus aullando con piedras preciosas incrustadas en el vientre
ladridos...
zodíacos...

¡Oh recuperación de la inocencia cosas en libertad desnudez de fin del mundo corriente de sargazos y de límites que se desfondan!
Es un conglomerado de nubes y relaciones instantáneas una vacilación de reinos una tierra indecisa poblada de linternas cuyas luces atraen a esas mulatas abrasadoras formadas un instante por el aliento de la estación y el brillo del camino bajo la luna
Vínculos inusitados objetos deformes y lugares hirvientes entre los muros de un ataúd de fuego
Un vago inventario de alma
Un continente que oscila entre la luz y el sueño
¡Y tantas maniobras del oleaje tanto territorio que se desvanece en espumas alrededor de mi lecho derramando todos sus milagros y sus confusiones en este gran cuenco nocturno de antes de dormirme en el gran cielo central de la mujer lejanísima que ahora respira una vez más como una isla de pasión entre mis brazos!


INADAPTACIÓN

Mi brazo de mar no cabe en la cocina mi otra mano del Golfo de México tiene una fosforescencia de travesía y un garfio de estibador clavado en la palma y se abre como un delta para derramar su reguero de luciérnagas y estremecimientos

Maldito sea y tampoco mis labios tienen conducta ni sentido como una herida desesperada que mezcla en la sombra todas las brazas del ocio y de la noche
y tan ávidos
que bajo sus besos suelen dormir bellos cuerpos inciertos ¡tantas llamas exhalando el destello de la demencia y el olor de las dársenas!

También mi cabeza es inapta como un hormiguero usado como velador como una esperanza en este lugar de desencuentros como un indicador de caminos en este país de élitros rotos y de insectos aplastados por la luz
Estéril como un médano de mi lengua saborea el mar ponderando la delicia de la alimaña que orina en un cáliz
A cada paso pueden cortarme los pies pueden clavarme como a un murciélago sobre la puerta dorada del día
¡Y yo no tengo costumbres ni abuelos porque bebo mi vino y lo injurio para bendecir sus grandes resortes secretos que levantan en vilo el peso muerto de la tierra!


COMARCA PROPIA

Mi país es falso y sin techos cavando en la tierra como un perro
cavando en el cielo
cavando en el alma ¿para qué? En su rincón con la espuma de las moscas. ¡Estrellas! De noche es inútil encogerse como un feto.
No por eso deja de oírse el señorío famélico de los órganos y su rezo
¡aunque uno vuelva a aquellos días y a la negra circundada por el sudor de las flores del mundo
a aquellas caricias que hacían blasfemar de placer a los cocheros fúnebres!

Fundado en la corriente mi país desnudo hace con sus dientes y sus anzuelos un rumor de supersticiones bajo los plátanos
¡entonces una ola radiante como la siesta de la primera masturbación al pie del molino como el primer descubrimiento de un astro hembra entre los pliegues del sueño!
Y no me importa
llorar en su piedra país errante mío farsante
¿Por qué rechazaré tanto un cuerpo que quiero? 
¿Por qué desearé tanto un cuerpo que abandono..?
País cocodrilo perpetuo al acecho al sol en el bello fango
País droga
¡Partenón de hierbas podridas y estrellas con tu gracia tantálica y esas vastas y ociosas imágenes salvajes del infinito cubiertas de lianas...!

 (de “Amantes Antípodas”, 1961.)



 

MEMORIA 

Extinguidas aquellas frenéticas caricias
Pasada la luna del ceremonial de los besos
Se abre una jaula de demencia
Los bellos gatos de espasmo que aúllan enterrados vivos
Y un foco de imágenes extintas se instala en tu médula
Como una peste real. En la sombra
La mujer se desviste y penetra a su lecho
Y emprende su vuelo nupcial hasta las últimas hogueras del cielo
Y él madura a su lado para la muerte
En el cálido invernáculo de sus sonrisas junto a su rostro que desaparece
Jamás despertarán sobre sus besos
A lo largo de gomosas colinas en ondulantes dormitorios
Donde brota una hierba indeleble
Caminos llenos de anzuelos
Un vestido que late sin nadie
Un retrato con dientes de fuego
Sonriendo a través de los muros

¿Y quién no reverencia esas gracias en pena
Abrazos vacíos dichas de fracaso y de vértigo
Que me adulan como el demonio para despellejarme
Para homenajearme con países quemados sobre el corazón..?

Entonces
De esas enormes lunas que fermentan
En un calor de maleza tropical
Lleno de piernas de mujer
La luz de una lengua se expande
Y de nuevo estamos perdidos
De nuevo imploramos a ídolos de orgullo y desamparo
De sexos despiadados
Con irrecuperables sonrisas eternas
Trozos de paisaje
Bocas de sacrilegio que no piden socorro
 
Que no tienen socorro. 


(de “Las bellas furias”, 1966)


EL EROTISMO Y LAS GAVIOTAS 

Ahora pido evidencias, certidumbres.

En mi extraño escenario, pasiones y las aves remotas,
surgen paraderos, lugares troncos, idilios,
el sol está partido en dos por la avidez,
mutaciones y la pescadería donde la muerte brilla con escamas,
al borde de la ruta, después de las represas salineras.
La mujer del azar se contempla en su espejo,
con sensuales bucles, en el oscuro bosque de su amor,
flexible y voraz, su cuerpo regido por la luna
se alzó sobre el viento y el cielo,
lejano como estrellas, pero sólo después
vacilaciones, dudas y reproches
para una triste crónica donde ríe la mosca
en la edad triturada.
Reminiscentes caricias flotantes entre adioses
hacen temblar las cosas con un ardor irónico.
¿Pero entonces
tampoco existió el fuego,
el mundo relatado por una voz querida?
Parejos amantes, a ciegas en la ira y el esplendor del tiempo,
el mozo del hotel recogió las maletas,
de ciudad en ciudad, de idioma en idioma, en medio de rostros
movedizos.
Al despertar aparecía el fantasma;
sonriente,
con senos de una melosa consistencia, con dientes brillantes,
insistente y perfumado en la cálida atmósfera,
se tendía en la playa con languidez, hablaba de las pequeñas cosas
del día,
volando en torno a mi alma con la luz de los mares,
(con el sabor del whisky, hacia el cuerpo del hombre.
¿No hay un guijarro entonces,
una naranja, un puñado de arena
que reclame la herencia sin destino del sueño y el olvido?

Has oído el exaltante chasquido del agua
como una boca que rememora de muy lejos,
inmensidad y huesos lavados por el sol,
brillando y ondulando y salpicando las rocas,
un solo instante, un suspiro y las nubes vacías.

Y ahora, por Dios, nada de imprecisiones,
el viento,
sobre la mesa revientan espumas, los muros no existen,
el viento,
las gaviotas exhalan su graznido en el pálido extremo del día,
ella se esfuma en la terraza con su copa y un lento cigarrillo en los
labios,
el viento,
los rostros son ahora más tensos, desaparecen de golpe,
nadie responde, hay un orden extraño, fuera de lugar,
el viento,
la costa, la noche, zonas espléndidas y asesinas,
sólo el viento, el viento con sus garras equívocas.

(de “Los últimos soles”, 1980.)



ELEGÍA

Esos cuerpos que alguna vez latieron en mis brazos
cuando el sol era un lento reverbero en su piel,
cuando sus cabelleras se volcaban como oleadas de fiebre y de nostalgia,
ahora perduran sólo como una vibración
o una angustia indeleble en el fondo del alma
mientras va la gaviota por las playas.
Relucen ya tan lejos llenos de tentaciones desesperadas,
se irisan en la espuma del mar,
llaman con el recuerdo de su piel y su aliento
y vuelven a hechizarnos como lagos dormidos
o tibias sombras prisioneras de la tierra.

Fueron cuanto tuvimos de más ardiente y hondo
-los dones más intensos de este mundo-,
arrasaron al corazón con las más altas llamas
hasta dejarnos en un ciego abandono
a orillas de su huella de brasas invisibles.

Cuerpos enamorados que una vez fueron míos,
palpitando con sus tiernas reverberaciones,
con la inolvidable tersura de sus espaldas
y sus bocas ansiosas, sus muslos de esplendor y mediodía.

Así abrieron de par en par el mundo,
llamaron a la tormenta y al relámpago, se deslizaron
por todos los rituales de la pasión,
y fueron arrastrados por la vorágine de los días
hasta perderse silenciosamente
como todos los dones más altos de esta vida
en el voraz horizonte donde nos extraviamos como niños errantes,
como todas las dádivas para siempre fugaces
que el azar y el destino nos dieron un instante.

El brillo nómade del mundo
como un ascua en el alma una joya del tiempo
se abre tan sólo al paso de ciertos hechos tormentosos
arrastrados por la corriente
hasta las escaleras cortadas por el mar
en ciertos antros de lujuria de bordes sombríos
poblados por estatuas de reyes
casi irreconocibles entre el reverberar de las antorchas cuya
luz es la hiedra que cubre los muros
¡Oh corazón corazón orgulloso!
entrégate al fantasma apostado en la puerta

Ahora que tan bien te conozco
sin otra sed que tu memoria
criatura melancólica que tocas mi alma de tan lejos
invoca en las alcobas el éxtasis y el terror
el lento idioma indomable de la pasión por el infierno
y el veneno de la aventura con sus crímenes
¡Oh! invoca una vez más el gran soplo de antaño
en estas cámaras de piedra enlazada a tu amante
y ambos envueltos en la lona de los días perdidos como el
muerto en el mar
y prontos a deshacerse en las hogueras instantáneas
sobre lechos de un metal misterioso que brilla en las tinieblas
bajo la zarpa de los candelabros
y el coro de pájaros lascivos girando con furia en las habitaciones
selladas por el hierro de otras noches

Pues tales antros solemnes cubiertos de flores carnívoras
con mármoles que se pudren a la sombra de cabelleras opulentas
se balancean labrados pomposamente desde el portal hasta
la cúpula
como la nave anclada sobre el abismo
agitando con lentitud sus espejos para adormecer a la mujer
desnuda entre los verdugos que incineran el corazón
de la noche
y el zaguán donde se cruzan la lluvia y la frustración
los camareros con el rostro podrido por el tufo de las flores
acumuladas en los pasillos infinitos
el rumor de los suspiros sofocados
los besos entretejidos en nácar tristísimo
la hierba sin nombre en que se hunden sus huéspedes
repiten una vez más entre la sombra
la leyenda del amor que nunca muere



SITUACIÓN

Una extraña ave acuática
de largas patas amarillas y palmípedas,
el pico turquesa
y un manojo de plumas insertado en el cráneo
cada noche
prodiga la melodía de su garganta polvorienta,
consume su pálido cirio a la espera de alguna desdicha
y baila sin prisa sobre mi esternón
cuando me duermo.
Baila condenada
como si zapateara
sobre la tierra entera,
hasta el fin del mundo,
como si acarreara sangre en la atmósfera
hacia mi angustiado corazón.
En vano profiero palabras feroces,
plegarias, agito las hojas,
los muros de la casa,
el remolino de recuerdos
y lo seres extraños que pasan por mis sueños
para cerrar la luz de mis flores perdidas;
la muerdo, la desplumo,
la azoto,
y apenas si cae de ella una gota de sangre.
Sólo el amanecer la disipa,
pero retorna nuevamente
con la noche,
crispada, hambrienta,
desde los despojos de la memoria,
cada vez más furiosa
a bailar sobre mi esternón.


POEMA TRES

La mujer de los pechos oscilantes
deja posar sobre ellos
a las mariposas,
al temblor de las hojas en la brisa,
al aullido del gato nocturno.
Sus dientes destilan un licor muy dulce,
se producen también circunstancias incitadoras de
fantasías
y hay más descripciones.
¿Qué se ha visto?
Madonas inasibles yacentes en pantanos perfumados,
sinfonías de lo profundo del ser en los más hondos
soles corporales,
vestigios de la dicha
cuya llama se irisa en la médula, un clamor
en la concavidad desolada del día.

Ella cubre sus muslos y sus brazos
con jaleas salvajes,
aceite de palmera sobre la arena suave,
a sus espaldas el insondable paisaje del océano,
vendedora de choclos calientes y jugo de ananá,
invoca la endemoniada dicha de vivir en un país de
la ribera de las moscas.
Frutas agujereadas, amores inhóspitos, deserciones,
pasajeros que esperan en vano que el tren se
detenga
mientras corre sin fin a través de los campos
polvorientos.


La luna que tan dulcemente se dora en el campo
es mi madre cuando tocaba el violín
entre las lagunas y el pasto dormido,
en un campo tan dilatado,
rodeada de montes de naranjos
y el terco, invencible olor de los azahares.
Levantaba la lámpara en la noche
cuando llegaban los ladrones, y el diablo
que afilaba sus pezuñas en el techo
ya no podía pasar por las rendijas de las oraciones,
entre los hierros del rosario.
La veía de pie, con un vestido
blanco como el desierto, playa tierna del alma,
envuelta en una música del origen del mundo,
con venados rojos, duendes, tesoros,
viajes inmensos para los niños del asombro.
Y la ondulante melodía
se grababa con grandes corazones
en la corteza de los eucaliptus.
Tocaba el violín, daba órdenes
al loro, a las ánimas, a las lagunas,
a las oscuras criollas de cocina
de espesas trenzas donde dormía el relámpago.





POEMA CINCO

La lluvia
se desliza por las plumas del día,
siempre inconclusa
como una muchacha
llena de astucias y caricias
libre para conjurar
lo más hondo y furtivo del deseo.

¿Cómo saber, entre los laberintos de la sangre,
en dónde está la clave
de ciertos momentos extrañamente adorables y crueles
cuando las Esfinges disputan en nuestros corazones?

El lecho se mece en la corriente
hasta tornarse niebla,
palabras a la deriva, un pálido hueco.
Amanece, en las casas se enciende fuego,
los elementos dispares del día
inician su batalla, sus injurias,
tales islas emergen a la miseria, al tránsito,
los trabajos llegan con su capucha de tortura,
pero aún flota un gran esplendor, una delicia
incierta
en las constelaciones que aún tiemblan en el cielo
de los besos.
Los amantes que juntos yacieron se separan
bajo el trueno de la mañana.
Ahora saben que su vínculo es terrible
con el último embrujo de sus caricias.


POEMA SIETE

Sobre el viejo recolector de pedruscos
se posa un pájaro,
sobre el hombre de los tatuajes
cristalizan las aguas de tantas travesías,
rudas orgías, ceremonias para partir,
lujuria y avidez en un reino sin pausa.
En vano intenta ver su imagen:
¿sentado junto al fuego? ¿dormido en la cueva?
¿en donde está ese antro, esa promesa?
¿en qué totalidad indecible de un sueño?
Una mujer semidesnuda sale del monte,
y el hombre a quien el mundo enardeció,
con la arena, con la miga del pan, con la piel de
las cosas
deja un mensaje para nadie,
penetra a su propia soledad, a su tormenta.

POEMA DIEZ

Las estatuas de sal que tanto hemos amado
tras el gemido de Sodoma y Gomorra,
sus cuerpos se deshacen si las ciñen tus brazos.
Amantes desoladas como un paisaje ciego,
en cuyos pechos, recién salidos del océano,
nacía la sed. ¿Pero qué maldición cayó sobre ellas,
sino la maldición a las bodas de la carne y el sueño,
cuerpos y ceremonias, cabelleras y susurros
en los tibios secretos de la noche,
deslumbramientos de la travesía?
Todo cuanto la urdimbre sombría del pecado
condena: la pasión, la poesía, la línea del amor
grabada en la palma de la mano, el linaje
de increíbles amantes fundidos en su propio laberinto.
Sin embargo, en la más luminosa estela del corazón
donde nada es mentira,
perdura la gloria de esas paras mujeres orgullosas,
blancas como la muerte, con rouge en los labios.



POEMA TRECE

Bien sé cómo es ella, secreta y perversa
como un ángel del bosque, se hunde
en mi sangre, canta en la noche
como un río que corre debajo de las piedras.
Pero lo que invoca, lo que rescata,
está más allá de la piedad de sus besos,
vasto como el sueño, tormentoso
como su cuerpo lascivo.
Lo que se alcanza de sus confesiones
desnuda los deseos, súplicas, un vuelo
hacia cuerpos solares en un cielo mortal.
El viento es tibio en sus cabellos,
en su garganta herida. Todo en ella
es insomne como su latido desdeñoso,
consagrado a las grandes singladuras de Ahab.
Nunca llegará donde la esperas, en una quemadura,
en un altar demente de memorias perdidas
o aves migratorias. Nunca llegará.
Cuando trae la bebida de los náufragos.
Se escurre
entre los grandes secretos de su sueño.


ALGÚN VESTIGIO DE TU PASO

La dulzura de recordar el sol en la espiral del sueño
y el vano poder de haber ido tan lejos.

Es tan extraño perdurar, oir aún
la grave letanía de los huesos y el hechizo del mundo.

Déjame ver, déjame ver:
alguien me condujo hasta aquí y se oculta,

cubierto de grandes praderas, de climas,
refugios baldíos, luces que brillan

en el faro donde la tierra termina.
Salido de lugares inciertos, de trópicos y lluvias,

voraz como fuego, intruso,
la huella de sus dientes y sus besos en la manzana.

¿De quién es ese rostro desconocido entrevisto
donde se pierde? Es incierto y ansioso

extraviado en la fábula oscura de mi vida.
Adiós, sombra mía.




ENRIQUE MOLINA (ARGENTINA, 1910-1996)

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