.

.

mayo 06, 2012

LOS PERROS ROMÁNTICOS - ROBERTO BOLAÑO



LOS PERROS ROMÁNTICOS

En aquel tiempo yo tenía veinte años 
y estaba loco. 
Había perdido un país 
pero había ganado un sueño. 
Y si tenía ese sueño 
lo demás no importaba. 
Ni trabajar ni rezar 
ni estudiar en la madrugada 
junto a los perros románticos. 
Y el sueño vivía en el vacío de mi espíritu. 
Una habitación de madera, 
en penumbras, 
en uno de los pulmones del trópico. 
Y a veces me volvía dentro de mí 
y visitaba el sueño: estatua eternizada 
en pensamientos líquidos, 
un gusano blanco retorciéndose 
en el amor. 
Un amor desbocado. 
Un sueño dentro de otro sueño. 
Y la pesadilla me decía: crecerás. 
Dejarás atrás las imágenes del dolor y del laberinto 
y olvidarás. 
Pero en aquel tiempo crecer hubiera sido un crimen. 
Estoy aquí, dije, con los perros románticos 
y aquí me voy a quedar.


AUTORRETRATO A LOS VEINTE AÑOS 

Me dejé ir, lo tomé en marcha y no supe nunca 
hacia dónde hubiera podido llevarme. Iba lleno de miedo, 
se me aflojó el estómago y me zumbaba la cabeza: 
yo creo que era el aire frío de los muertos. 
No sé. Me dejé ir, pensé que era una pena 
acabar tan pronto, pero por otra parte 
escuché aquella llamada misteriosa y convincente. 
O la escuchas o no la escuchas, y yo la escuché 
y casi me eché a llorar: un sonido terrible, 
nacido en el aire y en el mar. 
Un escudo y una espada. Entonces, 
pese al miedo, me dejé ir, puse mi mejilla 
junto a la mejilla de la muerte. 
Y me fue imposible cerrar los ojos y no ver 
aquel espectáculo extraño, lento y extraño, 
aunque empotrado en una realidad velocísima: 
miles de muchachos como yo, lampiños 
o barbudos, pero latinoamericanos todos, 
juntando sus mejillas con la muerte.



RESURRECCIÓN 

La poesía entra en el sueño 
como un buzo en un lago. 
La poesía, más valiente que nadie, 
entra y cae 
a plomo 
en un lago infinito como Loch Ness 
o turbio e infausto como el lago Balatón. 
Contempladla desde el fondo: 
un buzo 
inocente 
envuelto en las plumas 
de la voluntad. 
La poesía entra en el sueño 
como un buzo muerto 
en el ojo de Dios.


EN LA SALA DE LECTURAS DEL INFIERNO

En la sala de lecturas del Infierno    En el club 
de aficionados a la ciencia-ficción 
En los patios escarchados    En los dormitorios de tránsito 
En los caminos de hielo    Cuando ya todo parece más claro 
Y cada instante es mejor y menos importante 
Con un cigarrillo en la boca y con miedo    A veces 
los ojos verdes    Y 26 años     Un servidor 




SONI 

Estoy en un bar y alguien se llama Soni
El suelo está cubierto de ceniza    Como un pájaro 
como un solo pájaro llegan dos ancianos
Arquíloco y Anacreonte y Simónides    Miserables 
refugios del Mediterráneo     No preguntarme que hago 
aquí, no recordar que he estado con una muchacha 
pálida y rica    Sin embargo sólo recuerdo rubor
la palabra vergüenza después de la palabra vacío
Soni Soni!    La tendí de espaldas y restregué 
mi pene sobre su cintura     El perro ladró en la calle 
abajo había un cine y después de eyacular 
pensé «dos cines» y el vacío Arquíloco y Anacreonte 
y Simónides ciñéndose ramas de sauce     El hombre 
no busca la vida, dije, la tendí de espaldas y se
lo metí de un envión     Algo crujió entre las orejas 
del perro    Crac!    Estamos perdidos
Sólo falta que te enfermes, dije     Y Soni
se separó del grupo    La luz de los vidrios sucios
lo presentó como un Dios y el autor 
cerró los ojos


ERNESTO CARDENAL Y YO 

Iba caminando, sudado y con el pelo pegado 
en la cara 
cuando vi a Ernesto Cardenal que venía 
en dirección contraria 
y a modo de saludo le dije: 
Padre, en el Reino de los Cielos 
que es el comunismo, 
¿tienen un sitio los homosexuales? 
Sí, dijo él. 
¿Y los masturbadores impenitentes? 
¿Los esclavos del sexo? 
¿Los bromistas del sexo? 
¿Los sadomasoquistas, las putas, los fanáticos 
de los enemas, 
los que ya no pueden más, los que de verdad 
ya no pueden más? 
Y Cardenal dijo sí. 
Y yo levanté la vista 
y las nubes parecían 
sonrisas de gatos levemente rosadas 
y los árboles que pespunteaban la colina 
(la colina que hemos de subir) 
agitaban las ramas. 
Los árboles salvajes, como diciendo 
algún día, más temprano que tarde, has de venir 
a mis brazos gomosos, a mis brazos sarmentosos, 
a mis brazos fríos. Una frialdad vegetal 
que te erizará los pelos.




SANGRIENTO DÍA DE LLUVIA 

Ah, sangriento día de lluvia 
qué haces en el alma de los desamparados, 
sangriento día de voluntad apenas entrevista: 
detrás de la cortina de juncos, en el barrizal, 
con los dedos de los pies agarrotados en el dolor 
como un animal pequeño y tembloroso: 
pero tu no eres pequeño y tus temblores son de placer, 
día revestido con las potencias de la voluntad, 
aterido y fijo en un barrizal que acaso no sea 
de este mundo, descalzo en medio del sueño que se mueve 
desde nuestros corazones hasta nuestras necesidades, 
desde la ira hasta el deseo: cortina de juncos 
que se abre y nos ensucia y nos abraza.


EL GUSANO 

Demos gracias por nuestra pobreza, dijo el tipo vestido con harapos. 
Lo vi con este ojo: vagaba por un pueblo de casas chatas, 
hechas de cemento y ladrillos, entre México y Estados Unidos. 
Demos gracias por nuestra violencia, dijo, aunque sea estéril 
como un fantasma, aunque a nada nos conduzca, 
tampoco estos caminos conducen a ninguna parte. 
Lo vi con este ojo: gesticulaba sobre un fondo rosado 
que se resistía al negro, ah, los atardeceres de la frontera, 
leídos y perdidos para siempre. 
Los atardeceres que envolvieron al padre de Lisa 
a principios de los cincuenta. 
Los atardeceres que vieron pasar a Mario Santiago, 
arriba y abajo, aterido de frío, en el asiento trasero 
del coche de un contrabandista. Los atardeceres 
del infinito blanco y del infinito negro. 
Lo vi con este ojo: parecía un gusano con sombrero de paja 
y mirada de asesino 
y viajaba por los pueblos del norte de México 
como si anduviera perdido, desalojado de la mente, 
desalojado del sueño grande, el de todos, 
y sus palabras eran, madre mía, terroríficas. 
Parecía un gusano con sombrero de paja, 
ropas blancas 
y mirada de asesino. 
Y viajaba como un trompo 
por los pueblos del norte de México 
sin atreverse a dar el paso, 
sin decidirse 
a bajar al D.F.
Lo vi con este ojo 
ir y venir
entre vendedores ambulantes y borrachos, 
temido, 
con el verbo desbocado por calles 
de casas de adobe. 
Parecía un gusano blanco 
con un Bali entre los labios 
o un Delicados sin filtro. 
Y viajaba de un lado a otro 
de los sueños, 
tal que un gusano de tierra, 
arrastrando su desesperación, 
comiéndosela. 
Un gusano blanco con sombrero de paja 
bajo el sol del norte de México,   
en las tierras regadas con sangre y palabras mordaces 
de la frontera, la puerta del Cuerpo que vio Sam Peckinpah, 
la puerta de la Mente desalojada, el puritito 
azote, y el maldito gusano blanco allí estaba, 
con su sombrero de paja y su pitillo colgando 
del labio inferior, y tenía la misma mirada 
de asesino de siempre. 
Lo vi y le dije tengo tres bultos en la cabeza 
y la ciencia ya no puede hacer nada conmigo. 
Lo vi y le dije sáquese de mi huella so mamón, 
la poesía es más valiente que nadie, 
las tierras regadas con sangre me la pelan, la Mente desalojada 
apenas si estremece mis sentidos. 
De estas pesadillas sólo conservaré 
estas pobres casas, 
estas calles barridas por el viento  y no su mirada de asesino. 
Parecía un gusano blanco con su sombrero de paja 
y su pistola automática debajo de la camisa 
y no paraba de hablar solo o con cualquiera 
acerca de un poblado que tenía 
por lo menos dos mil o tres mil años, 
allá por el norte, cerca de la frontera 
con los Estados Unidos, 
un lugar que todavía existía, 
digamos cuarenta casas, 
dos cantinas, 
una tienda de comestibles, 
un pueblo de vigilantes y asesinos 
como él mismo, 
casas de adobe y patios encementados 
donde los ojos no se despegaban 
del horizonte 
(de ese horizonte color carne 
como la espalda de un moribundo). 
¿Y qué esperaban que apareciera por allí?, pregunté. 
El viento y el polvo, tal vez. 
Un sueño mínimo 
pero en el que empeñaban 
toda su obstinación, toda su voluntad. 
Parecía un gusano blanco con sombrero de paja y un Delicados 
colgando del labio inferior. 
Parecía un chileno de veintidós años entrando en el Café La Habana 
y observando a una muchacha rubia 
sentada en el fondo, 
en la Mente desalojada. 
Parecían las caminatas a altas horas de la noche 
de Mario Santiago.  En la Mente desalojada. 
En los espejos encantados. 
En el huracán del D.F. 
Los dedos cortados renacían 
con velocidad sorprendente. 
Dedos cortados, 
quebrados, 
esparcidos 
en el aire del D.F.


LUPE 


Trabajaba en la Guerrero, a pocas calles de la casa de Julián 
y tenía 17 años y había perdido un hijo. 
El recuerdo la hacía llorar en aquel cuarto del hotel Trébol, 
espacioso y oscuro, con baño y bidet, el sitio ideal 
para vivir durante algunos años. El sitio ideal para escribir 
un libro de memorias apócrifas o un ramillete 
de poemas de terror. Lupe 
era delgada y tenía las piernas largas y manchadas 
como los leopardos. 
La primera vez ni siquiera tuve una erección: 
tampoco esperaba tener una erección. Lupe habló de su vida 
y de lo que para ella era la felicidad. 
Al cabo de una semana nos volvimos a ver. La encontré 
en una esquina junto a otras putitas adolescentes, 
apoyada en los guardabarros de un viejo Cadillac. 
Creo que nos alegramos de vemos. A partir de entonces 
Lupe empezó a contarme cosas de su vida, a veces llorando, 
a veces cogiendo, casi siempre desnudos en la cama, 
mirando el cielorraso tomados de la mano. 
Su hijo nació enfermo y Lupe prometió a la Virgen 
que dejaría el oficio si su bebé se curaba. 
Mantuvo la promesa un mes o dos y luego tuvo que volver. 
Poco después su hijo murió y Lupe decía que la culpa 
era suya por no cumplir con la Virgen. 
La Virgen se llevó al angelito por una promesa no sostenida. 

Yo no sabía qué decirle. 
Me gustaban los niños, seguro, 
pero aún faltaban muchos años para que supiera 
lo que era tener un hijo. 
Así que me quedaba callado y pensaba en lo extraño
que resultaba el silencio de aquel hotel. 
O tenía las paredes muy gruesas o éramos los únicos ocupantes 
o los demás no abrían la boca ni para gemir. 
Era tan fácil manejar a Lupe y sentirte hombre 
y sentirte desgraciado. Era fácil acompasarla 
a tu ritmo y era fácil escucharla referir 
las últimas películas de terror que había visto 
en el cine Bucareli. 
Sus piernas de leopardo se anudaban en mi cintura 
y hundía su cabeza en mi pecho buscando mis pezones 
o el latido de mi corazón. 
Eso es lo que quiero chuparte, me dijo una noche. 
¿Qué, Lupe? El corazón. 


LOS ARTILLEROS 


En este poema los artilleros están juntos. 
Blancos sus rostros, las manos 
entrelazando sus cuerpos o en los bolsillos. 
Algunos tienen los ojos cerrados o miran el suelo. 
Los otros te consideran. 
Ojos que el tiempo ha vaciado. Vuelven 
hacia ellos después de este intervalo. 
El reencuentro sólo les devuelve 
la certidumbre de su unión.


LA FRANCESA 

Una mujer inteligente. 
Una mujer hermosa. 
Conocía todas las variantes, todas las posibilidades. 
Lectora de los aforismos de Duchamp y de los relatos de Defoe. 
En general con un auto control envidiable, 
Salvo cuando se deprimía y se emborrachaba, 
Algo que podía durar dos o tres días, 
Una sucesión de burdeos y valiums 
Que te ponía la carne de gallina. 
Entonces solía contarte las historias que le sucedieron 
Entre los 15 y los 18. 
Una película de sexo y de terror, 
Cuerpos desnudos y negocios en los límites de la ley, 
Una actriz vocacional y al mismo tiempo una chica con extraños rasgos de avaricia. 
La conocí cuando acababa de cumplir los 25, 
En una época tranquila. 
Supongo que tenía miedo de la vejez y de la muerte. 
La vejez para ella eran los treinta años, 
La Guerra de los Treinta Años, 
Los treinta años de Cristo cuando empezó a predicar, 
Una edad como cualquier otra, le decía mientras cenábamos 
A la luz de las velas 
Contemplando el discurrir del río más literario del planeta. 
Pero para nosotros el prestigio estaba en otra parte, 
En las bandas poseídas por la lentitud, en los gestos 
Exquisitamente lentos 
Del desarreglo nervioso, 
En las camas oscuras, 
En la multiplicación geométrica de las vitrinas vacías 
Y en el hoyo de la realidad, 
Nuestro absoluto,  Nuestro Voltaire, 
Nuestra filosofía de dormitorio y tocador. 
Como decía, una muchacha inteligente, 
Con esa rara virtud previsora 
(Rara para nosotros, latinoamericanos) 
Que es tan común en su patria,
En donde hasta los asesinos tienen una cartilla de ahorros 
y ella no iba a ser menos, 
Una cartilla de ahorros y una foto de Tristán Cabral, 
La nostalgia de lo no vivido,  . 
Mientras aquel prestigioso río arrastraba un sol moribundo 
Y sobre sus mejillas rodaban lágrimas aparentemente gratuitas. 
No me quiero morir, susurraba mientras se corría 
En la perspicaz oscuridad del dormitorio, 
Y yo no sabía qué decir, 
En verdad no sabía qué decir, 
Salvo acariciada y sostenerla mientras se movía 
Arriba y abajo como la vida,   
Arriba y abajo como las poetas de Francia 
Inocentes y castigadas, 
Hasta que volvía al planeta Tierra 
Y de sus labios brotaban 
Pasajes de su adolescencia que de improviso llenaban nuestra habitación 
Con duplicados que lloraban en las escaleras automáticas del metro, 
Con duplicados que hacían el amor con dos tipos a la vez
Mientras afuera caía la lluvia 
Sobre las bolsas de basura y sobre las pistolas abandonadas 
En las bolsas de basura, 
La lluvia que todo lo lava 
Menos la memoria y la razón. 
Vestidos, chaquetas de cuero, botas italianas, lencería para volverse loco, 
Para volverla loca, 
Aparecían y desaparecían en nuestra habitación fosforescente y pulsátil, 
Y trazos rápidos de otras aventuras menos íntimas
Fulguraban en sus ojos heridos como luciérnagas. 
Un amor que no iba a durar mucho 
Pero que a la postre resultaría inolvidable. 
Eso dijo, 
Sentada junto a la ventana, 
Su rostro suspendido en el tiempo, 
Sus labios: los labios de una estatua. 
Un amor inolvidable 
Bajo la lluvia, 
Bajo ese cielo erizado de antenas en donde convivían 
Los artesonados del Siglo XVII 
Con las cagadas de palomas del Siglo XX. 
Y en medio 
Toda la inextinguible capacidad de provocar dolor, 
Invicta a través de los años, 
Invicta a través de los amores 
Inolvidables. 
Eso dijo, sí. 
Un amor inolvidable 
Y breve, 
¿Como un huracán?, 
No, un amor breve como el suspiro de una cabeza guillotinada, 
La cabeza de un rey o un conde bretón, 
Breve como la belleza, 
La belleza absoluta, 
La que contiene toda la grandeza y la miseria del mundo 
Y que sólo es visible para quienes aman.


EL MONO EXTERIOR 

¿Te acuerdas del Triunfo de Alejandro Magno, de Gustave Moreau? 
La belleza y el terror, el instante de cristal en que se corta 
la respiración. Pero tú no te detuviste bajo esa cúpula 
en penumbras, bajo esa cúpula iluminada por los feroces 
rayos de armonía. Ni se te cortó la respiración. 
Caminaste como un mono infatigable entre los dioses 
pues sabías −o tal vez no− que el Triunfo desplegaba 
sus armas bajo la caverna de PIatón: imágenes, 
sombras sin sustancia, soberanía del vacío. Tú querías 
alcanzar el árbol y el pájaro, los restos 
de una pobre fiesta al aire libre, la tierra yerma 
regada con sangre, el escenario del crimen donde pacen 
las estatuas de los fotógrafos y de los policías, y la pugnaz vida 
a la intemperie. ¡Ah, la pugnaz vida a la intemperie! 


SUCIO, MAL VESTIDO 

En el camino de los perros mi alma encontró 
a mi corazón. Destrozado, pero vivo, 
sucio, mal vestido y lleno de amor. 
En el camino de los perros, allí donde no quiere ir nadie. 
Un camino que sólo recorren los poetas 
cuando ya no les queda nada por hacer. 
¡Pero yo tenía tantas cosas que hacer todavía! 
Y sin embargo allí estaba: haciéndome matar 
por las hormigas rojas y también 
por las hormigas negras, recorriendo las aldeas 
vacías: el espanto que se elevaba 
hasta tocar las estrellas. 
Un chileno educado en México lo puede soportar todo, 
pensaba, pero no era verdad. 
Por las noches mi corazón lloraba. El río del ser, decían 
unos labios afiebrados que luego descubrí eran los míos, 
el río del ser, el río del ser, el éxtasis 
que se pliega en la ribera de estas aldeas abandonadas. 
Sumulistas y teólogos, adivinadores 
y salteadores de caminos emergieron 
como realidades acuáticas en medio de una realidad metálica. 
Sólo la fiebre y la poesía provocan visiones. 
Sólo el amor y la memoria. 
No estos caminos ni estas llanuras. 
No estos laberintos. 
Hasta que por fin mi alma encontró a mi corazón. 
Estaba enfermo, es cierto, pero estaba vivo. 


*  *  *



                                                                        Soñé con detectives helados en el gran 
                                                                        refrigerador de Los Ángeles 
                                                                        en el gran refrigerador de México D.F. 



LOS DETECTIVES 

Soñé con detectives perdidos en la ciudad oscura. 
oí sus gemidos, sus náuseas, la delicadeza 
de sus fugas. 
Soñé con dos pintores que aún no tenían 
40 años cuando Colón 
descubrió América. 
(Uno clásico, intemporal, el otro 
moderno siempre, 
como la mierda.) 
Soñé con una huella luminosa, 
la senda de las serpientes 
recorrida una y otra vez 
por detectives 
absolutamente desesperados. 
Soñé con un caso difícil, 
vi los pasillos llenos de policías, 
vi los cuestionarios que nadie resuelve, 
los archivos ignominiosos, 
y luego vi al detective 
volver al lugar del crimen 
solo y tranquilo 
como en las peores pesadillas, 
lo vi sentarse en el suelo y fumar 
en un dormitorio con sangre seca 
mientras las agujas del reloj 
viajaban encogidas por la noche 
interminable. 


LOS DETECTIVES PERDIDOS
 
Los detectives perdidos en la ciudad oscura. 
Oí sus gemidos. 
Oí sus pasos en el Teatro de la Juventud. 
Una voz que avanza como una flecha. 
Sombra de cafés y parques 
frecuentados en la adolescencia. 
Los detectives que observan 
sus manos abiertas, 
el destino manchado con la propia sangre. 
Y tú no puedes ni siquiera recordar 
en dónde estuvo la herida, 
los rostros que una vez amaste, 
la mujer que te salvó la vida. 


LOS DETECTIVES HELADOS 

Soñé con detectives helados, detectives latinoamericanos 
que intentaban mantener los ojos abiertos 
en medio del sueño. 
Soñé con crímenes horribles 
y con tipos cuidadosos 
que procuraban no pisar los charcos de sangre 
y al mismo tiempo abarcar con una sola mirada 
el escenario del crimen. 
Soñé con detectives perdidos 
en el espejo convexo de los Arnolfini: 
nuestra época, nuestras perspectivas, 
nuestros modelos del Espanto.


FRAGMENTOS

Detective abrumado ... Ciudades extranjeras 
con teatros de nombres griegos 
los muchachos mallorquines se suicidaron 
en el balcón a las cuatro de la mañana 
las chicas se asomaron al oír el primer disparo 
Dionisios Apolo Venus Hércules... 
Con variedad    El amanecer 
sobre los edificios alineados 
Un tipo que escucha las noticias dentro del coche 
y la lluvia repiquetea sobre la carrocería 
Orfeo... 


EL FANTASMA DE EDNA LIEBERMAN 

Te visitan en la hora más oscura 
todos tus amores perdidos. 
El camino de tierra que conducía al manicomio 
se despliega otra vez como los ojos 
de Edna Lieberman, 
como sólo podían sus ojos 
elevarse por encima de las ciudades 
y brillar. 
Y brillan nuevamente para ti 
los ojos de Edna 
detrás del aro de fuego 
que antes era el camino de tierra, 
la senda que recorriste de noche, 
ida y vuelta, 
una y otra vez, 
buscándola o acaso 
buscando tu sombra. 
Y despiertas silenciosamente 
y los ojos de Edna 
están allí. 
Entre la luna y el aro de fuego, 
leyendo a sus poetas mexicanos 
favoritos. 
¿ y a Gilberto Owen, 
lo has leído?, 
dicen tus labios sin sonido, 
dice tu respiración 
y tu sangre que circula 
como la luz de un faro. 
Pero son sus ojos el faro 
que atraviesa tu silencio.
Sus ojos que son como el libro 
de geografía ideal: 
los mapas de la pesadilla pura. 
Y tu sangre ilumina 
los estantes con libros, las sillas 
con libros, el suelo 
lleno de libros apilados. 
Pero los ojos de Edna 
sólo te buscan a ti. 
Sus ojos son el libro 
más buscado. 
Demasiado tarde 
lo has entendido, pero 
no importa. 
En el sueño vuelves 
a estrechar sus manos, 
y ya no pides nada.


LA VISITA AL CONVALECIENTE
 
Es 1976 y la Revolución ha sido derrotada 
pero aún no lo sabemos. 
Tenemos 22, 23 años. 
Mario Santiago y yo caminamos por una calle en blanco y negro. 
Al final de la calle, en una vecindad escapada de una película de los años cincuenta está la casa de los padres de Darío Galicia.]
Es el año 1976 y a Darío Galicia le han trepanado el cerebro. 
Está vivo, la Revolución ha sido derrotada, el día es bonito 
pese a los nubarrones que avanzan lentamente desde el norte cruzando el valle. 
Darío nos recibe recostado en un diván. 
Pero antes hablamos con sus padres, dos personas ya mayores, el señor y la señora Ardilla que contemplan cómo el bosque se quema desde una rama verde suspendida en el sueño. ] 
Y la madre nos mira y no nos ve o ve cosas de nosotros que nosotros no sabemos. 
Es 1976 y aunque todas las puertas parecen abiertas, 
de hecho, si prestáramos atención, podríamos oír cómo 
una a una las puertas se cierran. 
Las puertas: secciones de metal, planchas de acero reforzado, una a una se van cerrando en la película del infinito. ] 
Pero nosotros tenemos 22 o 23 años y el infinito no nos asusta. 
A Darío Galicia le han trepanado el cerebro, ¡dos veces!, 
y uno de los aneurismas se le reventó en medio del Sueño. 
Los amigos dicen que ha perdido la memoria. 
Así, pues, Mario y yo nos abrimos paso entre películas mexicanas de los cuarenta 
y llegamos hasta sus manos flacas que reposan sobre las rodillas en un gesto de plácida espera.] 
Es 1976 Y es México y los amigos dicen que Darío lo ha olvidado todo, incluso su propia homosexualidad.]   
Y el padre de Darío dice que no hay mal que por bien no venga. 
Y afuera llueve a cántaros:
en el patio de la vecindad la lluvia barre las escaleras  y los pasillos 
y se desliza por los rostros de Tin Tan, Resortes y Calambres 
que velan en la semi transparencia el año de 1976. 
Y Darío comienza a hablar. Está emocionado. 
Está contento de que lo hayamos ido a visitar. 
Su voz como la de un pájaro: aguda, otra voz, 
como si le hubieran hecho algo en las cuerdas vocales. 
Ya le crece el pelo pero aún pueden verse las cicatrices de la trepanación. 
Estoy bien, dice. 
A veces el sueño es tan monótono. 
Rincones, regiones desconocidas, pero del mismo sueño. 
Naturalmente no ha olvidado que es homosexual (nos reímos), 
como tampoco ha olvidado respirar. 
Estuve a punto de morir, dice después de pensarlo mucho. 
Por un momento creemos que va a llorar. 
Pero no es él el que llora. 
Tampoco es Mario ni yo. 
Sin embargo alguien llora mientras atardece con una lentitud inaudita. 
Y Darío dice: el pire definitivo y habla de Vera que estuvo con él en el hospital y de otros rostros que Mario y yo no conocemos y que ahora él tampoco reconoce.]   
El pire en blanco y negro de las películas de los cuarenta-cincuenta. 
Pedro Infante y Tony Aguilar vestidos de policías 
recorriendo en sus motos el atardecer infinito de México. 
Y alguien llora pero no somos nosotros. 
Si escucháramos con atención podríamos oír los portazos de la historia o del destino. 
Pero nosotros sólo escuchamos los hipos de alguien que llora 
en alguna parte. 
Y Mario se pone a leer poemas. 
Le lee poemas a Darío, la voz de Mario tan hermosa mientras afuera cae la lluvia, 
y Darío susurra que le gustan los poetas franceses. 
Poetas que sólo él y Mario y yo conocemos. 
Muchachos de la entonces inimaginable ciudad de París con los ojos enrojecidos por el suicidio.   
¡Cuánto le gustan!   Como a mí me gustaban las calles de México en 1968. 
Tenía entonces quince años y acababa de llegar. 
Era un emigrante de quince años pero las calles de México lo primero que me dicen es que allí todos somos emigrantes, emigrantes del Espíritu.]   
Ah, las hermosas, las nunca demasiado ponderadas, las terribles 
calles de México colgando del abismo 
mientras las demás ciudades del mundo 
se hunden en lo uniforme y silencioso. 
Y los muchachos, los valientes muchachos homosexuales estampados como santos fosforescentes en todos estos años, desde 1968 hasta 1976.]   
Como en un túnel del tiempo, el hoyo que aparece donde menos te lo esperas, 
el hoyo metafísico de los adolescentes maricas que se enfrentan 
  −¡más valientes que nadie!− a la poesía y a la adversidad. 
Pero es el año 1976 y la cabeza de Darío Galicia tiene las marcas indelebles de una trepanación. 
Es el año previo de los adioses 
que avanza como un enorme pájaro drogado 
por los callejones sin salida de una vecindad 
detenida en el tiempo. 
Como un río de negra orina que circunvala la arteria principal de México, 
río hablado y navegado por las ratas negras de Chapultepec, 
río-palabra, el anillo líquido de las vecindades perdidas en el tiempo. 
Y aunque la voz de Mario y la actual voz de Darío
aguda como la de un dibujo animado 
llenen de calidez nuestro aire adverso, 
yo sé que en las imágenes que nos contemplan con anticipada piedad, 
en los iconos transparentes de la pasión mexicana, 
se agazapan la gran advertencia y el gran perdón, 
aquello innombrable, parte del sueño, que muchos años después 
llamaremos con nombres varios que significan derrota. 
La derrota de la poesía verdadera, la que nosotros escribimos con sangre. 
Y semen y sudor, dice Darío. 
Y lágrimas, dice Mario. 
Aunque ninguno de los tres está llorando.


GODZILLA EN MÉXICO

Atiende esto, hijo mío: las bombas caían
sobre la ciudad de México
pero nadie se daba cuenta.
El aire llevó el veneno a través 
de las calles y las ventanas abiertas.
Tú acababas de comer y veías en la tele
los dibujos animados.
Yo leía en la habitación de al lado
cuando supe que íbamos a morir.
Pese al mareo y las náuseas me arrastré
hasta el comedor y te encontré en el suelo.
Nos abrazamos. Me preguntaste qué pasaba
y yo no dije que estábamos en el programa de la muerte
sino que íbamos a iniciar un viaje,
uno más, juntos, y que no tuvieras miedo.
Al marcharse, la muerte ni siquiera
nos cerró los ojos.
¿Qué somos?, me preguntaste una semana o un año después,
¿hormigas, abejas, cifras equivocadas
en la gran sopa podrida del azar?
Somos seres humanos, hijo mío, casi pájaros,
héroes públicos y secretos.

VERSOS DE JUAN RAMÓN

Malherido en un bar que podía ser o podía no ser mi victoria,
como un charro mexicano de finos bigotes negros
y traje de paño con recamados de plata, sentencié
sin mayores reflexiones la pena de la lengua española. No hay
poeta mayor que Juan Ramón Jiménez, dije, ni versos más altos
en la lírica goda del siglo XX que estos que a continuación recito:

       Mare, me jeché arena zobre la quemaúra.
       Te yamé, te yamé dejde er camino... ¡Nunca
       ejtubo esto tan zolo! Laj yama me comían,
       mare, y yo te yamaba, y tú nunca benía!


Después permanecí en silencio, hundido de quijada en mis fantasmas,
pensando en Juan Ramón y pensando en las islas que se hinchan,
que se juntan, que se separan.
Como un charro mexicano del infierno, dijo horas o días más tarde
la mujer con la que vivía. Es posible.
Como un charro mexicano de carbón
entre la legión de inocentes.


DINO CAMPANA REVISA SU BIOGRAFÍA EN EL PSIQUIÁTRICO DE CASTEL PULCI 

Servía para la química, para la química pura. 
Pero preferí ser un vagabundo. 
Vi el amor de mi madre en las tempestades del planeta. 
Vi ojos sin cuerpo, ojos ingrávidos orbitando alrededor de mi lecho. 
Decían que no estaba bien de la cabeza . 
Tomé trenes y barcos, recorrí la tierra de los justos 
en la hora más temprana y con la gente más humilde: 
gitanos y feriantes. 
Me despertaba temprano o no dormía. En la hora 
en que la niebla aún no ha despejado 
y los fantasmas guardianes del sueño avisan inútilmente. 
Oí los avisos y las alertas pero no supe descifrados. 
No iban dirigidos a mí sino a los que dormían, 
pero no supe descifrados. 
Palabras ininteligibles, gruñidos, gritos de dolor, lenguas 
extranjeras oí adonde quiera que fuese. 
Ejercí los oficios más bajos. 
Recorrí la Argentina y toda Europa en la hora en que todos 
duermen y los fantasmas guardianes del sueño aparecen. 
Pero guardaban el sueño de los otros y no supe 
descifrar sus mensajes urgentes. 
Fragmentos tal vez sí, y por eso visité los manicomios 
y las cárceles. Fragmentos, 
sílabas quemantes. 
No creí en la posteridad, aunque a veces 
creí en la Quimera. 
Servía para la química, para la química pura.

PALINGENESIA
 
Estaba conversando con Archibald MacLeish en el bar «Los Marinos»
de la Barceloneta cuando la vi aparecer, una estatua de yeso 
caminando penosamente sobre los adoquines. Mi interlocutor 
también la vio y envió a un mozo a buscarla. Durante los primeros 
minutos ella no dijo una palabra. MacLeish pidió consomé y tapas 
de Mariscos, pan de payés con tomate y aceite, y cerveza San Miguel. 
Yo me conformé con una infusión de manzanilla y rodajas de pan 
integral. Debía cuidarme, dije. Entonces ella se decidió a hablar: 
Los bárbaros avanzan, susurró melodiosamente, una masa disforme, 
grávida de aullidos y juramentos, una larga noche manteada 
para iluminar el matrimonio de los músculos y la grasa. Luego 
su voz se apagó y dedicóse a ingerir las viandas. Una mujer Hambrienta y hermosa, dijo MacLeish, una tentación irresistible]   
para dos poetas, si bien de diferentes lenguas, del mismo indómito 
Nuevo Mundo. Le di la razón sin entender del todos sus palabras 
y cerré los ojos. Cuando desperté MacLeish se había ido. La estatua 
estaba allí, en la calle, sus restos esparcidos entre la irregular 
acera y los viejos adoquines. El cielo, horas antes azul, se había vuelto 
negro como un rencor insuperable. Va a llover, dijo un niño 
descalzo, temblando sin motivo aparente. Nos miramos un rato: 
con el dedo indicó los trozos de yeso en el suelo. Nieve, dijo. 
No tiembles, respondí, no ocurrirá nada, la pesadilla, aunque cercana, 
ha pasado sin apenas tocarnos.


LAS ENFERMERAS
 
Una estela de enfermeras emprenden el regreso a casa. Protegido 
por mis polaroid las observo ir y volver. 
Ellas están protegidas por el crepúsculo. 
Una estela de enfermeras y una estela de alacranes. 
Van y vienen. 
¿A las siete de la tarde? ¿A las ocho 
de la tarde? 
A veces alguna levanta la mano y me saluda. Luego alcanza 
su coche, sin volverse, y desaparece 
protegida por el crepúsculo corno yo por mis polaroid. 
Entre ambas indefensiones está el jarrón de Poe. 
El florero sin fondo que contiene todos los crepúsculos, 
todos los lentes negros, todos 
los hospitales.


LOS CREPÚSCULOS DE BARCELONA

Qué decir sobre los crepúsculos ahogados de Barcelona. ¿Recordáis 
el cuadro de Rusiñol Erik Satie en el seu estudi? Así 
son los crepúsculos magnéticos de Barcelona, como los ojos y la 
cabellera de Satie, como las manos de Satie y como la simpatía 
de Rusiñol. Crepúsculos habitados por siluetas soberanas, magnificencia 
del sol y del mar sobre estas viviendas colgantes o subterráneas 
para el amor construidas. La ciudad de Sara Gibert y de Lola Paniagua, 
la ciudad de las estelas y de las confidencias absolutamente gratuitas. 
la ciudad de las genuflexiones y de los cordeles.


LA GRIEGA

Vimos a una mujer morena construir el acantilado. 
No más de un segundo, como alanceada por el sol. Como 
los párpados heridos del dios, el niño premeditado 
de nuestra playa infinita. La griega, la griega, 
repetían las putas del Mediterráneo, la brisa 
magistral: la que se autodirige, como una falange 
de estatuas de mármol, veteadas de sangre y voluntad, 
como un plan diabólico y risueño sostenido por el cielo 
y por tus ojos. Renegada de las ciudades y de la República, 
cuando crea que todo está perdido a tus ojos me fiaré. 
Cuando la derrota compasiva nos convenza de lo inútil 
que es seguir luchando, a tus ojos me fiaré.


EL SEÑOR WILTSHIRE

Todo ha terminado, dice la voz del sueño, y ahora eres el reflejo 
de aquel señor Wiltshire, comerciante de copra en los mares del sur, 
el blanco que desposó a Uma, que tuvo muchos hijos, 
el que mató a Case y el que jamás volvió a Inglaterra, 
eres como el cojo a quien el amor convirtió en héroe: 
nunca regresarás a tu tierra (¿pero cuál es tu tierra?), 
nunca serás un hombre sabio, vaya, ni siquiera un hombre 
razonablemente inteligente, pero el amor y tu sangre 
te hicieron dar un paso, incierto pero necesario, en medio 
de la noche, y el amor que guió ese paso te salva.


LLUVIA

Llueve y tú dices es como si las nubes
lloraran. Luego te cubres la boca y apresuras
el paso. ¿Cómo si esas nubes escuálidas lloraran?
Imposible. Pero entonces, ¿de dónde esa rabia,
esa desesperación que nos ha de llevar a todos al diablo?
La naturaleza oculta algunos de sus procedimientos
en el Misterio, su hermanastro. Así esta tarde
que consideras similar a una tarde del fin del mundo
más pronto de lo que crees te parecerá tan sólo
una tarde melancólica, una tarde de soledad perdida
en la memoria: el espejo de la Naturaleza. O bien
la olvidarás. Ni la lluvia, ni el llanto, ni tus pasos
que resuenan en el camino del acantilado importan.
Ahora puedes llorar y dejar que tu imagen se diluya
en los parabrisas de los coches estacionados a lo largo
del Paseo Marítimo. Pero no puedes perderte.


LA SUERTE

Él venía de una semana de trabajo en el campo 
en casa de un hijo de puta y era diciembre o enero, 
no lo recuerdo, pero hacía frío y al llegar a Barcelona la nieve 
comenzó a caer y él tomó el metro y llegó hasta la esquina 
de la casa de su amiga y la llamó por teléfono para que 
bajara y viera la nieve. Una noche hermosa, sin duda, 
y su amiga lo invitó a tomar café y luego hicieron el amor 
y conversaron y mucho después él se quedó dormido y soñó 
que llegaba a una casa en el campo y caía la nieve 
detrás de la casa, detrás de las montañas, caía la nieve 
y él se encontraba atrapado en el valle y llamaba por teléfono 
a su amiga y la voz fría (¡fría pero amable!) le decía 
que de ese hoyo inmaculado no salía ni el mas valiente 
a menos que tuviera mucha suerte.


RAYOS X

Si miramos con rayos X la casa del paciente 
veremos los fantasmas de los libros en estanterías silenciosas 
o apilados en el pasillo o sobre veladores y mesas. 
También veremos una libreta con dibujos, líneas y flechas 
que divergen y se intersecan: son los viajes en compañía 
de la muerte. Pero la muerte, pese al soberbio aide-mémoire
aun no a triunfado. Los rayos X nos dicen que el tiempo 
se ensancha y adelgaza como la cola de un cometa 
en el interior de la casa. La vida aún da los mejores 
frutos. Y así como el mar prometió a Jaufré Rudel 
la visión del amor, esta casa cercana al mar promete 
a su habitante el sueño de la torre destruida y construida. 
Si miramos, no obstante, con rayos X el interior del hombre 
veremos huesos y sombras: fantasmas de fiestas 
y paisajes en movimiento como contemplados desde un avión 
en barrena. Veremos los ojos que él vio, los labios 
que sus dedos rozaron, un cuerpo surgido 
de un temporal de nieve. Y veremos el cuerpo desnudo 
tal como él lo vio, y los ojos y los labios que rozó, 
y sabremos que no hay remedio.


EL ÚLTIMO CANTO DE AMOR 
DE PEDRO J. LASTARRIA, ALIAS «EL CHORITO»

Sudamericano en tierra de godos, 
este es mi canto de despedida 
ahora que los hospitales sobrevuelan 
los desayunos y las horas del té 
con una insistencia que no puedo 
sino remitir a la muerte. 
Se acabaron los crepúsculos 
largamente estudiados, se acabaron  
los juegos graciosos que no conducen 
a ninguna parte. Sudamericano 
en tierra más hostil 
que hospitalaria, me preparo 
para entrar en el largo 
pasillo incógnito 
donde dicen que florecen 
las oportunidades perdidas. 
Mi vida fue una sucesión 
de oportunidades perdidas, 
lector de Catulo en latín 
apenas tuve valor para pronunciar 
Sine qua non o Ad hoc 
en la hora más amarga 
de mi vida. Sudamericano 
en hospitales de godos, ¿qué hacer 
sino recordar las cosas amables 
que una vez me acaecieron? 
viajes infantiles, la elegancia 
de padres y abuelos, la generosidad 
de mi juventud perdida y con ella
la juventud perdida de tantos 
compatriotas 
son ahora el bálsamo de mi dolor 
son ahora el chiste incruento 
desencadenado en estas soledades 
que los godos no entienden 
o que entienden de otra manera. 
También yo fui elegante y generoso: 
Supe apreciar las tempestades, 
los gemidos del amor en las barracas 
y el llanto de las viudas, 
pero la experiencia es una estafa. 
En el hospital sólo me acompañan 
mi inmadurez premeditada 
y los resplandores vistos en otro planeta 
o en otra vida. 
La cabalgata de los monstruos 
en donde «El Chorito» 
tiene un papel destacado. 
Sudamericano en tierra de 
nadie, me preparo 
para entrar en el lago 
inmóvil, como mi ojo, 
donde se refractan las aventuras 
de Pedro Javier Lastarria 
desde el rayo incidente 
hasta el ángulo de incidencia, 
desde el seno del ángulo 
de refracción 
hasta la constante llamada 
índice de refracción. 
En plata: las malas cosas 
convertidas en buenas, 
en apariciones gloriosas  las metidas de pata, 
la memoria del fracaso 
convertida en la memoria 
del valor. Un sueño, 
tal vez, pero 
un sueño que he ganado 
a pulso. 
Que nadie siga mi ejemplo 
pero que sepan
que son los músculos de Lastarria 
los que abren este camino. 
Es el córtex de Lastarria, 
el entrechocar de dientes 
de Lastarria, el que ilumina 
esta noche negra del alma, 
reducida, para mi disfrute 
y reflexión, a este rincón 
de habitación en sombras, 
como piedra afiebrada, 
como desierto detenido 
en mi palabra. 
Sudamericano en tierra 
de sombras, 
yo que siempre fui 
un caballero, 
me preparo para asistir 
a mi propio vuelo de despedida.


MI VIDA EN LOS TUBOS DE SUPERVIVENCIA

Como era pigmeo y amarillo y de facciones agradables 
y como era listo y no estaba dispuesto a ser torturado 
en un campo de trabajo o en una celda acolchada 
me metieron en el interior de este platillo volante 
y me dijeron vuela y encuentra tu destino. ¿Pero qué 
destino iba a encontrar? La maldita nave parecía 
el holandés errante por los cielos del mundo, como si 
huir quisiera de mi minusvalía, de mi singular 
esqueleto: un escupitajo en la cara de la Religión, 
un hachazo de seda en la espalda de la Felicidad, 
sustento de la Moral y de la Ética, la escapada hacia adelante 
de mis hermanos verdugos y de mis hermanos desconocidos. 
Todos finalmente humanos y curiosos, todos huérfanos y 
jugadores ciegos en el borde del abismo. Pero todo eso 
en el platillo volador no podía sino serme indiferente. 
O lejano. O secundario. La mayor virtud de mi traidora especie 
es el valor, tal vez la única real, palpable hasta las lágrimas 
y los adioses. Y valor era lo que yo demandaba encerrado en 
el platillo, asombrando a los labradores y a los borrachos 
tirados en las acequias. Valor invocaba mientras la maldita nave 
rielaba por guetos y parques que para un paseante 
serían enormes, pero que para mí sólo eran tatuajes sin sentido, 
palabras magnéticas e indescifrables, apenas un gesto 
insinuado bajo el manto de nutrias del planeta. 
¿Es que me había convertido en Stefan Zweig y veía avanzar 
a mi suicida? Respecto a esto la frialdad de la nave 
era incontrovertible, sin embargo a veces soñaba 
con un país cálido, una terraza y un amor fiel y desesperado. 
Las lágrimas que luego derramaba permanecían en la superficie 
del platillo durante días, testimonio no de mi dolor, sino de 
una suerte de poesía exaltada que cada vez más a menudo
apretaba mi pecho, mis sienes y caderas. Una terraza, 
un país cálido y un amor de grandes ojos fieles 
avanzando lentamente a través del sueño, mientras la nave 
dejaba estelas de fuego en la ignorancia de mis hermanos 
y en su inocencia. Y una bola de luz éramos el platillo y yo 
en las retinas de los pobres campesinos, una imagen perecedera 
que no diría jamás lo suficiente acerca de mi anhelo 
ni del misterio que era el principio y el final 
de aquel incomprensible artefacto. Así hasta la 
conclusión de mis días, sometido al arbitrio de los vientos, 
soñando a veces que el platillo se estrellaba en una serranía 
de América y mi cadáver casi sin mácula surgía 
para ofrecerse al ojo de viejos montañeses e historiadores: 
Un huevo en un nido de hierros retorcidos. Soñando 
que el platillo y yo habíamos concluido la danza peripatética, 
nuestra pobre crítica de la Realidad, en una colisión indolora 
y anónima en alguno de los desiertos del planeta. Muerte 
que no me traía el descanso, pues tras corromperse mi carne 
aún seguía soñando.


JUNTO AL ACANTILADO

En hoteles que parecían organismos vivos. 
En hoteles como el interior de un perro de laboratorio. 
Hundidos en la ceniza. 
El tipo aquel, semidesnudo, ponía la misma canción una y otra vez. 
Y una mujer, la proyección holográfica de una mujer, salía a la terraza 
a contemplar las pesadillas o las astillas. 
Nadie entendía nada. 
Todo fallaba: el sonido, la percepción de la imagen. 
Pesadillas o astillas empotradas en el cielo 
a las nueve de la noche. 
En hoteles que parecían organismos vivos de películas de terror. 
Como cuando uno sueña que mata a una persona 
que no acaba nunca de morir. 
O como aquel otro sueño: el del tipo que evita un atraco 
o una violación y golpea al atracador 
hasta arrojado al suelo y allí lo sigue golpeando 
y una voz (¿pero qué voz?) le pregunta al atracador 
cómo se llama 
y el atracador dice tu nombre 
y tú dejas de golpear y dices no puede ser, ese es mi nombre, 
y la voz (las voces) dicen que es una casualidad, 
pero tú en el fondo nunca has creído en las casualidades. 
Y dices: debemos de ser parientes, tú eres el hijo 
de alguno de mis tíos o de mis primos. 
Pero cuando lo levantas y lo miras, tan flaco, tan frágil, 
comprendes que también esa historia es mentira. 
Tú eres el atracador, el violador, el rufián inepto 
que rueda por las calles inútiles del sueño. 
y entonces vuelves a los hoteles-coleópteros, a los hoteles-araña, 
a leer poesía junto al acantilado.


BÓLIDO

El automóvil negro desaparece 
en la curva del ser. Yo 
aparezco en la explanada: 
todos van a fallecer, dice el viejo 
que se apoya en la fachada. 
No me cuentes más historias: 
mi camino es el camino 
de la nieve, no del parecer 
más alto, más guapo, mejor. 
Murió Beltrán Morales, 
o eso dicen, murió 
Juan Luis Martínez, 
Rodrigo Lira se suicidó. 
Murió Philip K. Dick 
y ya sólo necesitamos 
lo estrictamente necesario. 
Ven, métete en mi cama. 
Acariciémonos toda la noche 
del ser y de su negro coche.


EL ÚLTIMO SALVAJE 

1

Salí de la última función a las calles vacías. El esqueleto 
pasó junto a mí, temblando, colgado del asta 
de un camión de basura. Grandes gorros amarillos 
ocultaban el rostro de los basureros, aun así creí reconocerlo: 
un viejo amigo. ¡Aquí estamos!, me dije a mí mismo 
unas doscientas veces, 
hasta que el camión desapareció en una esquina.

2  

No tenía adonde ir. Durante mucho tiempo 
vagué por los alrededores del cine 
buscando una cafetería, un bar abierto. 
Todo estaba cerrado, puertas y contraventanas, pero 
lo más curioso era que los edificios parecían vacíos, como 
si la gente ya no viviera allí. No tenía nada que hacer 
salvo dar vueltas y recordar 
pero incluso la memoria comenzó a fallarme.


Me vi a mí mismo como «El Último Salvaje» montado en 
una motocicleta blanca, recorriendo los caminos 
de Baja California. A mi izquierda el mar, a mi derecha el mar 
y en mi centro la caja llena de imágenes que paulatinamente 
se iban desvaneciendo. ¿Al final la caja quedaría vacía? 
¿Al final la moto se iría junto con las nubes? 
¿Al final Baja California y «El Último Salvaje» se fundirían 
con el Universo, con la Nada?

4  

Creí reconocerlo: debajo del gorro amarillo de basurero un amigo 
de la juventud. Nunca quieto. Nunca demasiado tiempo en un solo 
registro. De sus ojos oscuros decían los poetas: son como dos volantines 
suspendidos sobre la ciudad. Sin duda el más valiente. Y sus ojos 
como dos volantines negros en la noche negra. Colgado 
del asta del camión el esqueleto bailaba con la letra de nuestra 
juventud. El esqueleto bailaba con los volantines y con las sombras.

5  

Las calles estaban vacías. Tenía frío y en mi cerebro se sucedían 
las escenas de «El Último Salvaje». Una película de acción, con trampa: 
las cosas sólo ocurrían aparentemente. En el fondo: un valle quieto, 
petrificado, a salvo del viento y de la historia. Las motos, el fuego 
de las ametralladoras, los sabotajes, los 300 terroristas muertos, en realidad 
estaban hechos de una sustancia más leve que los sueños. Resplandor 
visto y no visto. Ojo visto y no visto. Hasta que la pantalla 
volvió al blanco, y salí a la calle.

6  

Los alrededores del cine, los edificios, los árboles, los buzones de correo, 
las bocas del alcantarillado, todo parecía más grande que antes 
de ver la película. Los artesonados eran como calles suspendidas en el aire. 
¿Había salido. de una película de la fijeza y entrado en una ciudad 
de gigantes. Por un momento creí que los volúmenes y las perspectivas 
enloquecían. Una locura natural. Sin aristas. ¡Incluso mi ropa 
había sido objeto de una mutación! Temblando, metí las manos 
en los bolsillos de mi guerrera negra y eché a andar.

7  

Seguí el rastro de los camiones de basura sin saber a ciencia cierta 
qué esperaba encontrar. Todas las avenidas 
desembocaban en un Estadio Olímpico de magnitudes colosales.
Un Estadio Olímpico dibujado en el vacío del universo. 
Recordé noches sin estrellas, los ojos de una mexicana, un adolescente 
con el torso desnudo y una navaja. Estoy en el lugar donde sólo 
se ve con la punta de los dedos, pensé. Aquí no hay nadie.

8  

Había ido a ver «El Último Salvaje» y al salir del cine 
no tenía adonde ir. De alguna manera yo era 
el personaje de la película y mi motocicleta negra me conducía 
directamente hacia la destrucción. No más lunas rielando 
sobre las vitrinas, no más camiones de basura, no más 
desaparecidos. Había visto a la muerte copular con el sueño 
y ahora estaba seco.


NI CRUDO NI COCIDO

Como quien hurga en un brasero apagado. 
Como quien remueve los carbones y recuerda. 
La Tempestad de Shakespeare, pero una lluvia sin fin. 
Como quien observa un brasero que exhala gases tóxicos 
en una gran habitación vacía. 
Aunque tal vez la grandeza de la habitación 
resida en la edad del observador. 
En todo caso: vacía, oscura, el suelo desigual, 
con cortinas donde no deberían, 
y muy pocos muebles. 
Como quien mueve las brasas 
y aspira a todo pulmón 
el aire criminal de la infancia. 
Como quien se acuclilla y piensa. 
Como quien remueve el carbón 
bajo La Tempestad de Shakespeare que golpea las calaminas. 
Como el carbón que exhala gases. 
Como las brasas deshojadas como una cebolla 
bajo la batuta del detective latinoamericano. 
Aunque tal vez todos estemos locos 
y nunca haya habido un crimen. 
Como quien camina de la mano 
de un maníaco depresivo. 
Escuchando a la lluvia batir 
los bosques, los caminos. 
Como quien respira junto al brasero 
y su mente remueve las brasas 
una a una. 
Como quien se vuelve a mirar a alguien 
por última vez 
y no lo ve.  Como las brasas que arden 
mientras Ariel y Calibán 
sostienen la soledad del muro del oeste. 
Acuclillados uno frente al otro. 
Como quien busca su rostro 
en el corazón de la cebolla. 
Hurgando, hurgando 
pese al frío y los gases: 
un abrigo de fantasía. 
Como quien remueve el brasero apagado 
con la batuta de un detective 
inexistente. 
Y La Tempestad de Shakespeare 
no aminora en esta isla maldita. 
Ah, como quien remueve las brasas 
y aspira a todo pulmón.


ATOLE

Vi a Mario Santiago y Orlando Guillén 
los poetas perdidos de México 
tomando atole con el dedo

En los murales de una nueva universidad 
llamada infierno o algo que podía ser 
una especie de infierno pedagógico

Pero os aseguro que la música de fondo 
era una huasteca veracruzana o tamaulipeca 
no soy capaz de precisarlo

Amigos míos era el día en que se estrenaba 
«Los Poetas Perdidos de México» 
así que ya se lo pueden imaginar

Y Mario y Orlando reían pero como en cámara lenta 
como si en el mural en el que vivían 
no existiera la prisa o la velocidad

No sé si me explico 
como si sus risas se desplegaran minuciosamente 
sobre un horizonte infinito

Esos cielos pintados por el Dr. Atl, ¿los recuerdas? 
sí, los recuerdo, y también recuerdo 
las risas de mis amigos

Cuando aún no vivían dentro del mural laberíntico 
apareciendo y desapareciendo como la poesía verdadera 
esa que ahora visitan los turistas

Borrachos y drogados como escritos con sangre 
ahora desaparecen por el esplendor geométrico 
que es el México que les pertenece

El México de las soledades y los recuerdos 
el del metro nocturno y los cafés chinos 
el del amanecer y el del atole


EL BURRO

A veces sueño que Mario Santiago 
viene a buscarme con su moto negra. 
Y dejamos atrás la ciudad y a medida 
que las luces van desapareciendo 
Mario Santiago me dice que se trata 
de una moto robada, la última moto 
robada para viajar por las pobres tierras 
del norte, en dirección a Texas, 
persiguiendo un sueño innombrable, 
inclasificable, el sueño de nuestra juventud, 
es decir el sueño más valiente de todos 
nuestros sueños. Y de tal manera 
cómo negarme a montar la veloz moto negra 
del norte y salir rajados por aquellos caminos 
que antaño recorrieran los santos de México, 
los poetas mendicantes de México, 
las sanguijuelas taciturnas de Tepito 
o la colonia Guerrero, todos en la misma senda, 
donde se confunden y mezclan los tiempos: 
verbales y físicos, el ayer y la afasia.

Y a veces sueño que Mario Santiago 
viene a buscarme, o es un poeta sin rostro, 
una cabeza sin ojos, ni boca, ni nariz, 
sólo piel y voluntad, y yo sin preguntar nada 
me subo a la moto y partimos 
por los caminos del norte, la cabeza y yo, 
extraños tripulantes embarcados en una ruta 
miserable, caminos borrados por el polvo y la lluvia, 
tierra de moscas y lagartijas, matorrales resecos 
y ventiscas de arena, el único teatro concebible
para nuestra poesía

Y a veces sueño que el camino 
que nuestra moto o nuestro anhelo recorre 
no empieza en mi sueño sino en el sueño 
de otros: los inocentes, los bienaventurados, 
los mansos, los que para nuestra desgracia 
ya no están aquí. Y así Mario Santiago y yo 
salimos de la ciudad de México que es la prolongación 
de tantos sueños, la materialización de tantas 
pesadillas, y remontamos los estados 
siempre hacia el norte, siempre por el camino 
de los coyotes, y nuestra moto entonces 
es del color de la noche. Nuestra moto 
es un burro negro que viaja sin prisa 
por las tierras de la Curiosidad. Un burro negro 
que se desplaza por la humanidad y la geometría 
de estos pobres paisajes desolados. 
Y la risa de Mario o de la cabeza 
saluda a los fantasmas de nuestra juventud, 
el sueño innombrable e inútil 
de la valentía.

Y a veces creo ver una moto negra 
como un burro alejándose por los caminos 
de tierra de Zacatecas y Coahuila, en los límites 
del sueño, y sin alcanzar a comprender 
su sentido, su significado último, 
comprendo no obstante su música: 
una alegre canción de despedida.

Y acaso son los gestos de valor los que 
nos dicen adiós, sin resentimiento ni amargura, 
en paz con su gratuidad absoluta y con nosotros mismos.
Son los pequeños desafíos inútiles -o que 
los años y la costumbre consintieron 
que creyéramos inútiles-los que nos saludan, 
los que nos hacen señales enigmáticas con las manos, 
en medio de la noche, a un lado de la carretera, 
como nuestros hijos queridos y abandonados, 
criados solos en estos desiertos calcáreos, 
como el resplandor que un día nos atravesó 
y que habíamos olvidado.

Y a veces sueño que Mario llega 
con su moto negra en medio de la pesadilla 
y partimos rumbo al norte, 
rumbo a los pueblos fantasmas donde moran 
las lagartijas y las moscas. 
y mientras el sueño me transporta 
de un continente a otro 
a través de una ducha de estrellas frías e indoloras, 
veo la moto negra, como un burro de otra planeta, 
partir en dos las tierras de Coahuila. 
un burro de otro planeta 
que es el anhelo desbocado de nuestra ignorancia, 
pero que también es nuestra esperanza 
y nuestro valor.

Un valor innombrable e inútil, bien cierto, 
pero reencontrado en los márgenes 
del sueño más remoto, 
en las particiones del sueño final, 
en la senda confusa y magnética 
de los burros y de los poetas.


LOS PASOS DE PARRA

Ahora Parra camina 
ahora Parra camina por Las Cruces 
Marcial y yo estamos quietos y oímos sus pisadas 
Chile es un pasillo largo y estrecho 
sin salida aparente 
EI Flandes indiano que se quema allá a los lejos 
un incendio rodeado de huellas 
o los restos de un incendio 
y los restos de unas huellas 
que el viento va borrando 
o diluyendo 
nadie te da la bienvenida a Dinamarca 
todos estamos haciendo 
lo indecible 
nadie te da la bienvenida a Dinamarca 
aquí está lloviendo 
y las cruces exhiben huellas 
de hormigas y de incendios 
oh el Flandes indiano 
el interminable pasillo de nuestro descontento 
en donde todo lo hecho parece deshecho 
el país de Zurita y de las cordilleras fritas 
el país de la eterna juventud 
sin embargo llueve y nadie se moja 
excepto Parra 
o sus pisadas que recorren 
estos tierrales en llamas 
petrificadas 
estos camposantos arados por bueyes 
inmóviles 
Oh el Flandes indiano de nuestra lengua esquizofrénica
toda pisada deja huella 
pero toda huella es inmóvil 
nada que ver con el hombre o la sombra 
que una vez pasó 
o que en e! último suspiro intentó 
materializar la cobra 
del sueño inmóvil 
o de lo que en el sueño sobra 
representaciones representaciones 
carentes de sustancia 
En el Flandes indiano de la fractura 
infinita 
pero nosotros sabemos que todos 
nuestros asuntos 
son finitos (alegres, sí, feroces, 
pero finitos) 
la revolución se llama Atlántida 
y es feroz e infinita 
mas no sirve para nada 
a caminar, entonces, latinoamericanos 
a caminar a caminar 
a buscar las pisadas extraviadas 
de los poetas perdidos 
en el fango inmóvil 
a perdemos en la nada 
o en la rosa de la nada 
allí donde sólo se oyen las pisadas 
de Parra 
y los sueños de generaciones 
sacrificadas bajo la rueda 
y no historiadas


Jus lo front port vostra bella semblança
                                                                         JORDI DE SANT JORDI

Intentaré olvidar   Un cuerpo que apareció durante la nevada 
Cuando todos estábamos solos    En el parque, en el montículo detrás 
de las canchas de básket    Dije detente y se volvió: 
un rostro blanco encendido por un noble corazón    Nunca 
había visto tanta belleza    La luna se distanciaba de la tierra 
De lejos llegaba el ruido de los coches en la autovía: gente 
que regresaba a casa    Todos vivíamos en un anuncio 
de televisión hasta que ella apartó las sucesivas 
cortinas de nieve y me dejó ver su rostro: el dolor 
y la belleza del mundo en su mirada Vi huellas 
diminutas sobre la nieve    Sentí el viento helado en la cara 
En el otro extremo del parque alguien hacía señales 
con una linterna    Cada copo de nieve estaba vivo 
Cada huevo de insecto estaba vivo y soñaba    Pensé: ahora 
me voy a quedar solo para siempre    Pero la nieve caía 
y caía y ella no se alejaba


MUSA

Era más hermosa que el sol 
y yo aún no tenía 16 años. 
24 han pasado 
y sigue a mi lado.

A veces la veo caminar 
sobre las montañas: es el ángel guardián 
de nuestras plegarias. 
Es el sueño que regresa

con la promesa y el silbido. 
El silbido que nos llama 
y que nos pierde. 
En sus ojos veo los rostros

de todos mis amores perdidos. 
Ah, Musa, protégeme, 
le digo, en los días terribles 
de la aventura incesante.

Nunca te separes de mí. 
Cuida mis pasos y los pasos 
de mi hijo Lautaro. 
Déjame sentir la punta de tus dedos 
otra vez sobre mi espalda, 
empujándome, cuando todo esté oscuro, 
cuando todo esté perdido. 
Déjame oír nuevamente el silbido.

Soy tu fiel amante 
aunque a veces el sueño  me separe de ti. 
También tú eres la reina de los sueños.

Mi amistad la tienes cada día 
y algún día 
tu amistad me recogerá 
del erial del olvido.

Pues aunque tú vengas 
cuando yo vaya 
en el fondo somos amigos 
inseparables.

Musa, a donde quiera 
que yo vaya 
tú vas. 
Te vi en los hospitales

y en la fila 
de los presos políticos. 
Te vi en los ojos terribles 
de Edna Lieberman

y en los callejones 
de los pistoleros. 
¡Y siempre me protegiste! 
En la derrota y en la rayadura.

En las relaciones enfermizas 
y en la crueldad, 
siempre estuviste conmigo. 
Y aunque pasen los años

y el Roberto Bolaño de la Alameda
y la Librería de Cristal 
se transforme, 
se paralice,

se haga más tonto y más viejo 
tú permanecerás igual de hermosa. 
Más que el sol 
y que las estrellas.

Musa, a donde quiera 
que tú vayas 
yo voy. 
Sigo tu estela radiante

a través de la larga noche. 
Sin importarme los años 
o la enfermedad. 
Sin importarme el dolor

o el esfuerzo que he de hacer 
para seguirte.

Porque contigo puedo atravesar 
los grandes espacios desolados

y siempre encontraré la puerta 
que me devuelva 
a la Quimera, 
porque tú estás conmigo,

Musa, 
más hermosa que el sol 
y más hermosa 
que las estrellas.


ENTRE LAS MOSCAS 

Poetas troyanos 
ya nada de lo que podía ser vuestro 
existe

Ni templos ni jardines 
ni poesía

Sois libres 
admirables poetas troyanos


("Los perros románticos", Editorial Lumen. Barcelona, 2000)



ROBERTO BOLAÑO (CHILE, 1953-2003)



2 comentarios:

  1. Bolaño forever!!!! Yo acabo de leer 'Pulso' de Julian Barnes, un pulso en catorce relatos del gran maestro británico. Delicioso, inteligente y conmovedor!!!!!

    ResponderEliminar