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mayo 08, 2011

TEXTOS DE ANTONIN ARTAUD





Correspondencia de la momia






      Esa carne que ya no se tocará en la vida,
      esa lengua que ya no logrará abandonar su corteza,
      esa voz que ya no pasará por las rutas del sonido,
      esa mano que ha olvidado hasta el ademán de tomar, que ya no logra determinar el espacio 
      en el que ha de realizar su aprehensión,
      ese cerebro en fin cuya capacidad de concebir ya no se determina por sus surcos,
      todo eso que constituye mi momia de carne fresca da a dios una idea del vacío en que la compulsión 
      de  haber nacido me ha colocado.
      Ni mi vida es completa ni mi muerte ha fracasado completamente.
      Físicamente no existo, por mi carne destrozada, incompleta, que ya no alcanza a nutrir mi pensamiento.
      Espiritualmente me destruyo a mí mismo, ya no me acepto como vivo. Mi sensibilidad está a ras del suelo, y poco falta para que salgan gusanos, la gusanera de las construcciones abandonadas.
Pero esa muerte es mucho más refinada, esa muerte multiplicada de mí mismo reside en una especie de rarefacción de mi carne. 
La inteligencia ya no tiene sangre. El calamar de las pesadillas da toda su tinta, la que obstruye las salidas del espíritu; es una sangre que ha perdido hasta sus venas, una carne que ignora el filo del cuchillo.
Pero de arriba a abajo de esta carne agrietada, de esta carne no compacta, circula siempre el fuego virtual. Una lucidez enciende de hora en hora sus ascuas que retornan a la vida  y sus flores.
Todo lo que tiene un nombre bajo la bóveda compacta del cielo, todo lo que tiene un frente, lo que es el nudo de un soplo y la cuerda de un estremecimiento, todo eso pasa en las rotaciones de ese fuego en el que se asemejan las olas de la carne misma, de esa carne dura y blanda que un día crece como un diluvio de sangre.
La habéis visto a la momia fijada en la intersección de los fenómenos, esa ignorante, esa momia viviente que lo ignora todo de las fronteras de su vacío, que se espanta de las pulsaciones de su muerte.
La momia voluntaria se halla levantada, y a su alrededor se agita toda realidad. La conciencia como una tea de discordia, recorre el campo entero de su virtualidad obligada.
Hay en esa momia una pérdida de carne, hay en el sombrío lenguaje de su carne intelectual toda una impotencia para conjurar esa carne. Ese sentido que recorre las venas de esa carne mística, en la que cada sobresalto es un modo de mundo y otra especie de engendrar, se pierde y se devora a sí misma en la quemadura de una nada errónea.
¡Ah! ser el padre nutricio de esa sospecha, el multiplicador de ese engendrar y de ese mundo en su devenir, en sus consecuencias de flor.
Pero toda esa carne es sólo comienzos y ausencias y ausencias y ausencia...
Ausencias.


De "Oeuvres complètes (Tome I)"
Versión de Aldo Pellegrini





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Descripción de un estado físico 



         Una sensación de quemadura ácida en los miembros, 
músculos retorcidos e incendiados, el sentimiento de ser un vidrio frágil, 
un miedo, una retracción ante el movimiento y el ruido. 
Un inconsciente desarreglo al andar, en los gestos, 
en los movimientos. 
Una voluntad tendida en perpetuidad para los más simples gestos,
la renuncia al gesto simple, una fatiga sorprendente y central, 
una suerte de fatiga aspirante. Los movimientos a rehacer, 
una suerte de fatiga mortal, de fatiga espiritual 
en la más simple tensión muscular, el gesto de tomar, de prenderse inconscientemente
 a cualquier cosa, sostenida por una voluntad aplicada. 
         
         Una fatiga de principio del mundo, la sensación de estar cargando el cuerpo, un sentimiento de increíble fragilidad, 
que se transforma en rompiente dolor, un estado de entorpecimiento doloroso, de entorpecimiento localizado en la piel, 
que no prohíbe ningún movimiento, pero que cambia el sentimiento interno de un miembro, y a la simple posición vertical 
le otorga el premio de un esfuerzo victorioso. 
Localizado probablemente en la piel, pero sentido como la supresión radical de un miembro y presentando al cerebro sólo imágenes de miembros filiformes y algodonosos, lejanas imágenes de miembros nunca 
en su sitio. 
La suerte de ruptura interna de la correspondencia de todos los nervios. 
          
            Un vértigo en movimiento, una especie de caída oblicua acompañando cualquier esfuerzo, una coagulación de calor 
que encierra toda la extensión del cráneo, o se rompe a pedazos, placas de calor nunca quietas. 
Una exacerbación dolorosa del cráneo, una cortante presión de los nervios, la nuca empeñada en sufrir, las sienes que se cristalizan o se petrifican, una cabeza hollada por caballos. 
            
           Ahora tendría que hablar de la descorporización de la realidad, de esa especie de ruptura aplicada, que parece multiplicarse ella misma entre las cosas y el sentimiento que producen en nuestro espíritu, el sitio que se toman. Esta clasificación instantánea 
de las cosas en las células del espíritu, existe no tanto como un orden lógico, sino como un orden sentimental, afectivo. 
Que ya no se hace: las cosas no tienen ya olor, no tienen sexo. 
Pero su orden lógico a veces se rompe por su falta de aliento afectivo. 
Las palabras se pudren en el llamado inconsciente del cerebro, todas las palabras por no importa qué operación mental, 
y sobre todo aquellas que tocan los resortes más habituales, los más activos del espíritu.

           Un vientre aplanado. 
Un vientre de polvo fino y como en foco. Debajo del vientre una granada reventada. 
La granada expande un flujo de copos que se eleva como lenguas de fuego, un fuego helado.   El flujo se
          agarra del vientre y lo hace girar. 
Pero el vientre no da más vueltas. Son venas de sangre como vino, de sangre combinada con azufre y azafrán pero con un azufre endulzado con agua. 

          Sobre el vientre sobresalen los senos. Y más hacia arriba y en profundidad, pero en otro plano del espíritu un sol enardecido de manera que se podría pensar que es el seno el que arde. Y un pájaro 
         al pie de la granada. 
El sol parece que tuviera una mirada. 
Pero una mirada que estaría mirando el sol. 
Y el aire todo es una como una melodía gélida pero una extensa, honda melodía bien compuesta 
          y secreta y colmada de ramificaciones congeladas. 
Y todo construido con columnas, y con una especie de aguada arquitectónica que une el vientre 
          con la realidad. 
La tela está ahuecada y estratificada. 
La pintura está muy prensada a la tela. 
Es como un círculo que se cierra sobre sí mismo, una suerte de abismo 
en movimiento que se parte por el medio. 
Es como un espíritu que se ve y se ahueca, está modelado y trabajado 
sin cesar por las manos crispadas del espíritu. 
           
           Mientras tanto el espíritu siembra su fósforo. El espíritu está seguro. Tiene un pie bien apoyado 
           en este mundo. 
El vientre, los senos, la granada, son como evidencias testimoniales de la realidad. Hay un pájaro muerto y hay un abundante surgimiento de columnas. 
El aire está plagado de golpes de lápices como de golpes de cuchillos, como de esquirlas de uña mágica. 
El aire está suficientemente alterado. 
Así donde germina una semilla de irrealidad se dispone en células. 
Las células se colocan cada una en su lugar, en abanico, rodeando el vientre, 
delante del sol más lejos del pájaro y sobre ese flujo de agua sulfurosa. 
Pero la arquitectura que sostiene y no dice nada es indiferente a las células. 
Cada célula contiene un huevo donde se destaca el germen. 
Repentinamente nace un huevo en cada célula. 
En cada uno hay un hormigueo inhumano pero límpido,
las diversificaciones de un universo detenido. 
Cada célula contiene bien su huevo y nos lo ofrece; pero al huevo no le importa demasiado 
                 ser elegido o rechazado. 
Algunas células no llevan huevo. En algunas crece una espiral. 
Y en el aire cuelga una espiral más grande pero como azufrada, de fósforo todavía y cubierta
                 de irrealidad. 
Y esta espiral tiene toda la relevancia del pensamiento más potente. 
El vientre lleva a recordar la cirugía y la Morgue, la bodega, la plaza pública y la mesa de
                operaciones. 
El cuerpo del vientre parece tallado en granito o en mármol o en yeso, pero un yeso
                endurecido. 
Hay un casillero para una montaña. 
Las burbujas del cielo dibuja sobre la montaña 
una aureola fresca y translúcida. Alrededor de la montaña el aire es sonoro, compasivo,
                antiguo, prohibido. 
La entrada a la montaña está prohibida. La montaña tiene su lugar en el alma. 
Ella es el horizonte de algo que no deja de retroceder. 
Produce la impresión del horizonte infinito. 
Y yo describo con lágrimas esta pintura porque esta pintura me toca el corazón. 
En ella siento desplegarse mi pensamiento como en un espacio ideal, absoluto, pero un espacio
                que tendría una forma posible de ser insertada en la realidad. 
Caigo en ella del cielo. 
Y alguna de mis fibras se desata y encuentra un lugar en determinados casilleros. 
A ella regreso como a mi fuente, 
allí siento el lugar y la disposición de mi espíritu. 
El que ha pintado esa tela es el más grande pintor del mundo. 
A André Mason lo que es justo. 


De "L'Ombilic des limbes"
Versión de L.S.



*


Texto surrealista



El mundo fisíco todavía está allí. Es el parapeto del yo el que mira y sobre el cual ha quedado un pez color ocre rojizo, un pez hecho de aire seco, de una coagulación de agua que refluye.
Pero algo sucedió de golpe.
Nació una aborrecencia quebradiza, con reflejos de frentes, gastados, y algo como un ombligo perfecto, pero vago y que tenía color de sangre aguada y por delante era una granada que derramaba también sangre mezclada con agua, que derramaba sangre cuyas líneas colgaban; y en esas líneas, círculos de senos trazados en la sangre del cerebro.
Pero el aire era como un vacío aspirante en el cual ese busto de mujer venía en el temblor general, en las sacudidas de ese mundo vítreo, que giraba en añicos de frentes, y sacudía su vegetación de columnas, sus nidadas de huevos, sus nudos en espiras, sus montañas mentales, sus frontones estupefactos. Y, en los frontones de las columnas, soles habían quedado aprisionados al azar, soles sostenidos por chorros de aire como si fueran huevos, y mi frente separaba esas columnas, y el aire en copos y los espejos de soles y las espiras nacientes, hacia la línea preciosa de los seno, y el hueco del ombligo, y el vientre que faltaba.
Pero todas las columnas pierden sus huevos, y en la ruptura de la línea de las columnas nacen huevos en ovarios, huevos en sexos invertidos.
La montaña está muerta, el aire esta eternamente muerto. En esta ruptura decisiva de un mundo, todos los ruidos están aprisionados en el hielo; y el esfuerzo de mi frente se ha congelado.
Pero bajo el hielo un ruido espantoso atravesado por capullos de fuego rodea el silencio del vientre desnudo y privado de hielo, y ascienden soles dados vuelta y que se miran, lunas negras, fuegos terrestres, trombas de leche.
La fría agitación de las columnas divide en dos mi espíritu, y yo toco el sexo mío, el sexo de lo bajo de mi alma, que surge como un triángulo en llamas.

Publicado en "La Révolution Surréaliste", Nº 2 (1925).






El yunque de las fuerzas 


Ese flujo, esa náusea, esas tiras: aquí comienza el fuego. El fuego de lenguas. El fuego tejido en flecos de lenguas, en el reflejo de la tierra que se abre como un vientre que está por parir, con entrañas de miel y azúcar. Con todo su obsceno tajo ese vientre fláccido bosteza, pero el fuego bosteza por encima con lenguas retorcidas y ardientes que llevan en la punta rendijas parecidas a la sed. Ese fuego retorcido como nubes en el agua límpida, con la luz al lado que traza una recta y algunas pestañas. Y la tierra entreabierta por todas partes muestra áridos secretos. Secretos como superficies. La tierra y sus nervios, y sus prehistóricas soledades, la tierra de geologías primitivas, donde se descubren secciones del mundo en una sombra
negra como el carbón. La tierra es madre bajo el hielo del fuego. Ved el fuego en los Tres Rayos, coronado por su melena en la que pululan ojos. Miríadas de miriápodos de ojos. El centro ardiente y convulso de ese fuego es como la punta descuartizada del trueno en la cima del firmamento. Centro blanco de las convulsiones. Un resplandor absoluto en el tumulto de la fuerza. La espantosa punta de la fuerza que se quiebra con estruendo azul.
Los Tres Rayos forman un abanico cuyas ramas caen rectas y convergen hacia el mismo centro. Ese centro es un disco lechoso recubierto por una espiral de eclipses.
La sombra del eclipse forma un muro sobre los zig-zags de la alta albañilería celeste.
Pero por encima del cielo está el Doble-Caballo. La evocación del Caballo se empapa en la luz de la fuerza sobre un fondo de muro deteriorado y exprimido hasta la trama. La trama de su doble pecho. El primero de los dos es mucho más extraño que el otro. Él recoge el resplandor del cual el segundo es sólo la pesada sombra.
Más bajo aún que la sombra del muro, la cabeza y el pecho del caballo proyectan una sombra como si toda el agua del mundo hiciera subir el orificio de un pozo.
El abanico desplegado domina una pirámide de cimas, un inmenso concierto de vértices. Una idea de desierto planea sobre esos vértices por encima de los cuales flota un astro desmelenado, horriblemente, inexplicablemente suspendido. Suspendido como el bien en el hombre o el mal en el comercio de hombre
a hombre, o la muerte en la vida. Fuerza giratoria de los astros.
Pero detrás de esa visión de absoluto, ese sistema de plantas, de estrellas, de terrenos partidos hasta los huesos, detrás de esa ardiente floculación de gérmenes, esa geometría de búsquedas, ese sistema giratorio de vértices, detrás de ese arado hundido en el espíritu y ese espíritu que separa sus fibras, y descubre sus sedimentos, detrás de esa mano de hombre, en fin, que deja impreso su duro pulgar y dibuja sus tanteos, detrás de esa mescolanza de manipulaciones y cerebro y esos pozos en todas las direcciones del alma y esas cavernas en la realidad, se alza la Ciudad amurallada, la Ciudad inmensamente alta a la que no basta todo el cielo para hacerle un techo donde las plantas crecen en sentido inverso y con una velocidad   de astros despedidos.
Esa ciudad de cavernas y de muros que proyecta sobre el abismo absoluto arcos perfectos y subsuelos como puentes.
Cómo se quisiera en la concavidad de esos arcos, en la arcada de esos puentes insertar la curva de un hombro desmesuradamente grande, de un hombro en el cual se difunde la sangre. Y colocar su cuerpo en reposo y su cabeza en la que hormiguean los sueños sobre el reborde de esas cornisas gigantescas donde se escalona el firmamento.
Pues un cielo de Biblia está  allá arriba por donde se deslizan blancas nubes. Pero las suaves amenazas de esas nubes. Pero las tormentas. Y ese Sinaí del que dejan asomar las pavesas. Pero la sombra que hace la tierra y la iluminación apagada  y blancuzca. Pero finalmente esa sombra en forma de cabra y ese macho cabrío. Y el aquelarre de las Constelaciones.
Un grito para recoger todo eso y una lengua para ahorcarme.

Todos esos reflujos comienzan en mí.
Mostradme la inserción de la tierra, la bisagra de mi espíritu, el atroz nacimiento de mis uñas. Un bloque, un inmenso bloque artificial me separa de mi mentira. Y ese bloque tiene el color que cada uno quiere.
El mundo deja allí su baba como el mar sobre las rocas y como yo con los reflujos del amor. 
Perros, habéis terminado de hacer rodar vuestros guijarros sobre mi alma. Yo. Yo. Dad vuelta la página de los escombros. También yo espero el pedregullo celeste y la playa sin márgenes. Es necesario que ese fuego comience en mí. Ese fuego y esas lenguas y las cavernas de mi gestación. Que los bloques de hielo retornen a encallar bajo mis dientes. Tengo el cráneo espeso, pero el alma lisa, un corazón de materia encallada. Carezco de meteoros, carezco de fuelles ardientes. Busco en mi garganta nombres, y algo como la pestaña vibrátil de las cosas. El olor de la nada, un tufo de absurdo, el estiércol de la muerte total. El humor ligero y rarefacto. También yo no espero sino al viento. Que se llame amor o miseria casi no logrará hacerme encallar sino en una playa de osamentas.

De "L'Art et la mort"
Versión de Aldo Pellegrini






ANTONIN ARTAUD (FRANCIA, 1896-1948).



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