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abril 18, 2011

POEMAS DE JORGE BOCCANERA




Los papeles del nadador

                                                            a Rodolfo Dada

 

I

Si el nadador tristea,
                     todo el mar es su lágrima,
todo el ruido del mar
                        es su tonada,
todo el mar es de vino.

 


II

 

Prueba otra vez, prueba una y otra vez.
El nadador sube hasta el trampolín,
entre las nubes altas,
los aviones que escriben en el cielo con humo,
las bandadas de patos.
Ya está en puntas de pie, ya flexiona las piernas,
                  estira bien los brazos.

Prueba otra vez, una y otra, una y otra, se
                  concentra, respira,
el agua hace silencio.
La ventolera tira sus manotazos y le arranca el
                  gorrito de baño, escupe en su antiparra.
Pero él insiste y otra vez, prueba una y prueba
                  otra.
Es un ovillo el nadador entre las nubes altas,
el humo que dejaron los aviones,
las plumas de los patos que emigraron al norte.
Puntas de pie, no vayas a fallar.
Vuela en picada el nadador, su dibujo es perfecto,
                  su boca entra al desierto.

 


III
de ser posible, leer con música 
de fondo de  Bob Marley

 

Mal rayo me parta, el cielo está muy resbaloso,
el vino escaso, la caricia extraña en estos días,
tu nombre llega como un golpe de vino a la
                  cabeza,
mal rayo me parta en tan inoportuna ocasión.

Simulo leer un diario bajo el aguacero de tu
                  cuerpo,
bienganado el diluvio, malhaya la tormenta,
pasa un cuerpo flotando bocabajo
y mal rayo me parta tan lejos de tu cuello.

Los cielos se mezclaron en tu boca pequeña,
los gatos se revuelcan en tu mano,
adelante el insomnio es un campo minado,
hay besos enterrados que pueden estallar.

Corro a campo traviesa con fósforos mojados,
¿qué es esta polvareda sino un fantasma tuyo?
El futuro es un traje pero para otro cuerpo,
los espejos del bar no preguntan por mí.

Hoy cargo mis valijas por el fondo del mar,
tengo pocas palabras
mis dos lenguas tropiezan dentro de una botella
y mal rayo me parta en tan inoportuna ocasión.

 


IV


Nadador
la verdad es una piedra pulida por el agua,
una estrella aplastada por algún tren carguero,
yace en el fondo, extraña, entre una multitud de
                 formas ondulantes.
Alguien tejió esa piedra para que te miraras con
                 tu viejo sombrero, tu sonrisa maltrecha.
Alguien dice tu nombre en la oscuridad de esa
                 piedra,
y te narran girando por los espesos caldos del
                 alcohol.
Se agotó la paciencia de tus labios que ahora
                 viven adentro de una piedra.
Los pliegues de tu miedo van a pudrirse allí.
Tu quieres preguntar y para preguntar primero
                 hay que morirse.
Nadie puede bailar en esos pasadizos.
Nadador,
mira como se apagan tus gestos en los bordes
                 redondos de esa piedra.
Empolla en esa piedra la canción del naufragio.



Ella



Viene despacio
       entra
tropieza con mi tos
con mi costumbre de dejar la nuca
en cualquier parte
       viene despacio
ordena mis silencios
desata las palabras necesarias
recibe la correspondencia de mis ojos
       viene despacio
a tender sus manteles de ternura
       viene despacio
apenas hecha humo para no despertarme
se abre paso entre vasos arrojados al día
        retratos de mujeres
noches de bronca y noches de ginebra
       viene despacio
con su enchape celeste subiéndose a mis mástiles
       viene despacio
       entra
se arrodilla al borde de mi alma
y junta los fragmentos de mi risa
después... se vuela azul como la tarde.

  

Envíos


Todo lo que se da llega a destiempo.
           No existe otra manera.
Entre el ojo y la mano hay un abismo.
Entre el quiero y el puedo hay un ahogado.
Un país que asoma su cabeza deforme en una
           carta,
y va a darse a destiempo, nada es lo que
           esperabas.
Y lo que llega envuelto en papel de regalo se irá
           sucio de odio.

Bailamos entre los escombros de una cita.
Dibujamos una taza de café en el desierto.
Vivimos de sumar y de restar:
lo que te da el amor, lo que te quita el miedo.
Al final nos entregan los huesos de un perfume.

Aún así persistimos.
En alguna montaña vive un pez resbaloso.
Entre números rotos se desliza una estrella.





Polvo para morder


I

A veces la palabra
como una copa rota donde morder el polvo
y otras veces un agua
de alumbrar.

Asomada a los cielos, la palabra,
es un tambor de polvo deshecho al primer golpe.
remando en el infierno, la palabra,
es un agua posible sobre un manto de cólera.

 
Entonces, la palabra,
¿polvo, para morder en la oscuridad?
¿Agua, para alumbrar este cuerpo callado?

 

II


 

Una lágrima sola para nombrarlo todo,
escasa es ella
digna de cuidado
Hay una
para la luz que queda, para el aire,
como la última bala contra todo el peligro,
una lágrima sola para toda la vida.

Como todo alimento y para respirar,
esa única bengala en medio de la noche.

Sin embargo este puño la aprieta con dulzura.
Va a hacerla polvo (dicen).
Va a hacerla polvo.




III

 

Bésale las piernas a la poesía
aunque diga que no que aquí nos pueden ver.
Bésale las palabras, hurga su lengua hasta
que abra los brazos y diga ¡Santo Dios!
o hasta que santodios abra los brazos de escándalo.
Bésale a la poesía a la loba
aunque diga que no que hay mucha gente que aquí
nos pueden ver. Bésale las piernas las palabras
hasta que no de más, hasta que pida más
hasta que cante.


V

 

¿Y las palabras?
Funeral, silencio.
El cielo es una esponja que devora los pájaros.
¿Y las palabras?
Como arrumbadas ellas,
como escombros,
como montón o nada que decir,
como basura humeando.
¿Y las palabras?
Unas: como un altar de clavos.
Otras: como luto en las mangas.
Como rotas de amor y para siempre.
Una bestia emplumada mete su hocico, escarba,
pero ellas arrumbadas como huesos pelados o
    nada que decir.
¿Quién arriesgará un ala?
¿Quién meterá su lengua sin temor a una herida?




Cuaderno del suicida


Mis pies parecen palas.
Y mi lengua y mis manos tienen forma de palas.
Si me viese al espejo vería solo
una pala.

Todo lo que yo haga
tendrá forma de fosa.


 

Hada
 

    Se alimenta de carne de venado, de hojas grandes y
             verdes, pero vomita nieve.
    Se desliza a gran velocidad, sube a los altos picos y
             cuenta lo que todos callamos.
    ¿Podría patinar sobre un pie? ¿Dibujar en un pie?
    Voy a decirlo de otro modo: la Sordomuda pasa con su
             cuerpo ladeado para recuperar el equilibrio.
    Aquí todos la aclaman: “no hay palabras, es única”.

    Con su pasamontañas se desliza.
    Clava sus espolones y mi lengua aterida se
             enrolla en viejos miedos.
    Y así ella se alimente de frutas amarillas o de peces
             plateados, siempre vomita nieve.
    Cuando vomite al bosque, yo lo conoceré.
    Ahora está en la pendiente: “no hay palabras, es
             única”.
    Yo rito del trineo, con mi hocico escarchado poco
             puedo decir.
    Para ella los aplausos porque puede bailar, dar
           vueltas como un trompo.
    Y si se lo propone,
    podría leerle los labios a un muñeco de nieve.







JORGE BOCCANERA (ARGENTINA, 1952)





abril 15, 2011

ARTHUR RIMBAUD - DELIRIOS






I


VIRGEN LOCA


EL ESPOSO INFERNAL

Escuchemos la confesión de un compañero
de infierno:
“Oh divino Esposo, mi Señor, no rehuses
la confesión de la más triste de tus siervas.
Estoy perdida, ebria. Soy impura.
¡Qué vida!
“¡Perdón, divino Señor, perdón! ¡Ah!
¡perdón! ¡Cuántas lágrimas! ¡Y cuántas lágrimas
todavía para después, espero!
“¡Más tarde, conoceré al divino Esposo!
Nací sometida a Él. —¡Ahora puede golpearme
el otro!
“Actualmente, ¡estoy en el fondo del
mundo! ¡Oh mis amigas!... no, no son mis
amigas... Jamás hubo delirios ni torturas
semejantes... ¡Qué tontería!
“¡Ah! sufro, grito. Sufro verdaderamen-
te. Cargada con el desprecio de los más
despreciables corazones, todo me está permitido
sin embargo.
“En fin, hagamos esta confidencia, a
condición de poder repetirla otras veinte
veces, —¡tan opaca, tan insignificante!
“Soy esclava del Esposo infernal, de
aquel que perdió a las vírgenes locas. Es
ciertamente ese demonio. No es un espectro,
no es un fantasma. Pero a mí que perdí
la prudencia, que estoy condenada y muerta
para el mundo, —¡no me matarán!—
¡Cómo os lo describiré! Ya ni siquiera sé
hablar. Estoy de luto, lloro, tengo miedo.
¡Un poco de frescura, Señor, si quieres, si
tú así lo quieres!
“Soy viuda... —Era viuda...— pero
sí, antes era muy seria, ¡y no nací para
convertirme en esqueleto!... El era casi
un niño... Sus misteriosas delicadezas me
sedujeron. Olvidé todo deber humano por
seguirlo. ¡Qué vida! La verdadera vida está
ausente. No estamos en el mundo. Yo
voy adonde él va, es necesario. Y él se encoleriza
a menudo conmigo, conmigo, la
pobre alma. ¡El Demonio! —Es un Demonio,
ya lo sabéis, no es un hombre.
“El dice: “No amo a las mujeres. Hay
que reinventar el amor, ya se sabe. Ellas
sólo pueden ambicionar una posición segura.
Obtenida, corazón y belleza se dejan
a un lado: sólo queda frío desdén, único
alimento del matrimonio de hoy. O bien encuentro
mujeres con los signos de la felicidad,
a quienes yo hubiera podido trasformar
en buenas camaradas mías, devoradas
desde el comienzo por brutos sensibles
como hogueras...”

“Le escucho convertir la infamia en una
gloria, la crueldad en un encanto. “Soy de
raza lejana: mis padres eran escandinavos:
se atravesaban las costillas, bebían su propia
sangre. —Yo cubriré de incisiones todo
mi cuerpo, me tatuaré, quiero volverme
horrible como un mongol: ya verás, aullaré
por las calles. Quiero enloquecer de rabia.
Nunca me muestres joyas, me arrastraría
y me retorcería sobre la alfombra.
Mi riqueza, la querría toda manchada de
sangre. Jamás trabajaré...” Muchas noches,
su demonio se apoderaba de mí, y
rodábamos juntos, ¡y yo luchaba con él!
—Otras, a menudo, ebrio, acecha en las
calles o en las casas, para asustarme mortalmente.
“Con toda seguridad me cortarán
la cabeza; será “repugnante”. ¡Oh!, ¡esos
días en que desea andar con aire de crimen!
“A veces habla, en una especie de jerga
enternecida, de la muerte que hace arrepentir,
de desdichados que ciertamente
existen, de trabajos penosos, de despedidas
que desgarran los corazones. En los
tugurios donde nos embriagábamos, lloraba
al pensar en la gente que nos rodeaba,
rebaño de la miseria. Levantaba a los
ebrios en las negras calles. Sentía la piedad
de una mala madre por las criaturas. —Se
alejaba con gentileza de niñita que va al
catecismo. —Simulaba conocerlo todo, ce
mercio, arte, medicina. —Yo lo seguía,
¡como corresponde!

“Veía todo el decorado con que se rodeaba
mentalmente: vestimentas, telas,
muebles; yo le prestaba armas, otro rostro.
Veía cuanto le concernía, como él hubiera
querido crearlo para sí mismo. Cuando su
espíritu parecíame inerte, lo seguía, lejos,
en acciones extrañas y complicadas, buenas
o malas: estaba segura de no penetrar jamás
en su mundo. Junto a su querido cuerpo
dormido, cuántas horas nocturnas he
velado, preguntándome por qué ansiaría
tanto evadirse de la realidad. Jamás ningún
hombre hizo semejante voto. Reconocía
—sin temer por él— que podría representar
un serio peligro para la sociedad.
¿Tendrá acaso secretos para cambiar la
vida.? “No, sólo los busca”, me respondía.
En fin, su caridad está hechizada, y yo soy
su prisionera. Ninguna otra alma tendría
fuerza suficiente —¡fuerza de desesperación!—
para soportarla, para ser protegída
y amada por él. Por lo demás, no lo
imaginaba con otra alma: uno ve a su propio
Ángel, nunca al Ángel de otro, creo.
Yo residía en su alma como en un palacio
que se ha desocupado para no recibir a
una persona tan innoble como vosotros:
eso es todo. ¡Qué vamos a hacerle! Yo
dependía de él enteramente. Pero ¿qué
pretendía con mi opaca y pusilánime existencia?
¡El no conseguía que fuese mejor,
sino haciéndome morir! “Te comprendo.”
Él se encogía de hombros.
 “Así, mi pena se renovaba sin cesar, y
encontrándome cada vez más perdida ante
mis propios ojos —¡como también ante los
de aquellos que hubieran querido fijarse en
mí, si no hubiese estado condenada para
siempre al olvido de todos!— sentía más y
más hambre de su bondad. Con sus besos
y sus cariñosos abrazos aquello era un verdadero
cielo, un sombrío cielo en el que yo
penetraba, y en el cual hubiese querido
que me dejaran, pobre, sorda, muda, ciega.
Ya me iba habituando a ello. Yo nos
veía como dos buenos niños que pueden
pasearse libremente en el Paraíso de la tristeza.
Nos compenetrábamos. Llenos de
emoción, trabajábamos juntos. Pero, despues
de una penetrante caricia, él me decía:
“Qué extraño te parecerá todo lo que
has pasado, cuando ya no esté. Cuando ya
no tengas mi brazo bajo tu cuello, mi corazón
para que reposes, ni esta boca sobre
tus ojos. Porque tendré que irme, muy
lejos, algún día. Pues tengo que ayudar a
otros: es mi deber. Aunque sea tan poco
apetecible... alma querida...” En seguida
yo me presentía, ya lejos de él, presa
de un vértigo que me precipitaba en las
más horribles de las sombras: la muerte.
Le hacía jurar que no me abandonaría.
Veinte veces, hizo esta promesa de amante.
Era tan frívolo como yo cuando le
decía: “Te comprendo”.
 “¡Ah! Jamás me inspiró celos. Creo
que no me abandonará. ¿Qué sucedería?
Carece de relaciones; no trabajará jamás.
Quiere vivir sonámbulo. ¿Bastarían su
bondad y su caridad para darle derecho al
mundo real? Hay instante en que olvido
la miseria en que he caído: él me hará fuerte,
viajaremos, casaremos en los desiertos,
dormiremos sobre el pavimento de ciudades
desconocidas, sin cuidados, sin penas.
O despertaré, y las leyes y las costumbres
habrán cambiado —gracias a su poder mágico—,
el mundo, aunque siga siendo el
mismo, me permitirá entregarme a mis deseos,
a mis alegrías, a mis indolencias. ¡Oh!
la vida de aventuras que existe en los libros
de los niños ¿me la darás como recompensa
por todo lo que he sufrido? No puede.
Ignoro su ideal. Me ha dicho que tiene
penas, esperanzas: no debo inmiscuirme en
eso. ¿El habla con Dios? Tal vez yo debiera
dirigirme a Dios. Estoy en lo más hondo
del abismo, y ya no sé rezar.
“Si me explicase sus tristezas, ¿las comprendería
mejor que sus sarcasmos? Me
ataca, pasa horas enteras avergonzándome
por todo lo que pudo conmoverme en el
mundo, y se indigna si lloro.
“—Ves a ese elegante joven, penetrando
en la hermosa y calma mansión: se llama
Duval, Dufour, Armando, Mauricio, ¿qué
sé yo? Una mujer se ha consagrado a querer
a ese maligno idiota: está muerta, con
seguridad ahora es una santa en el cielo.
Tú me matarás como él mató a esa mujer.
Es nuestro destino, el destino de los corazones
caritativos...” ¡Ay! algunos días
se le antojaba que todos los hombres laboriosos
eran juguetes de delirios grotescos;
se reía largo rato, espantosamente. Luego
recobraba sus modales de joven madre, de
hermana querida. ¡Si fuera menos salvaje,
estaríamos salvados! Pero su dulzura tam-
bien es mortal. Yo estoy sometida a él.
¡Ah! ¡Si seré loca!
“Quizás algún día él desaparezca maravillosamente;
¡pero necesito saber si subirá
a un cielo, y presenciar, aunque sea en parte,
la asunción de mi amiguito!”
¡Vaya una pareja!


II


ALQUIMIA DEL VERBO

¡A mí! La historia de una de mis locuras.
Desde tiempo atrás me vanagloriaba de
poseer todos los paisajes imaginables, y me
parecían irrisorias todas las celebridades de
la pintura y la poesía modernas.
Gustaba de las pinturas idiotas, ornamentos
de puertas, decorados, telas de saltimbanquis,
enseñas, iluminadas estampas
populares; la literatura pasada de moda,
latín de iglesia, libros eróticos sin ortografía,
novelas de nuestras abuelas, cuentos de
hadas, pequeños libros de infancia, viejas
óperas, estribillos bobos, ritmos ingenuos.

Soñaba cruzadas, viajes de descubrímiento

sobre los que no existen relaciones,
repúblicas sin historia, guerras de religión
sofocadas, revoluciones de costumbres, desplazamientos
de razas y de continentes:
creía en todos los encantamientos.

¡Inventaba el color de las vocales! —A

negra, E blanca, I roja, O azul, U verde—.
Regía la forma, el movimiento de cada consonante,
y, con ritmos instintivos, me jactaba
de inventar un verbo poético, accesible,
un día u otro, a todos los sentidos.
Reservaba la traducción.
Al comiendo fue un estudio. Escribía
silencios, noches, anotaba lo inexpresable.
Fijaba vértigos:
Lejos ya de rebaños, de pájaros, de
aldeanos,
¿qué era lo que bebía
entre aquella maleza, de rodillas,
en ese tierno bosque de avellanos
y ese brumoso y tibio mediodía?
¿Qué era lo que bebía
en ese joven Oise,
—¡olmos sin voz, oscurecido cielo, césped
sin una flor!—
en esas amarillas calabazas,
lejos ya de mi choza, tan amada?
Un licor de oro insípido que nos baña en
sudor.
Hacía yo de enseña dudosa de hostería.
—Una tormenta vino a perseguir los cielos.
En la virgen arena
el agua de los bosques se perdía,
y el vendaval de Dios
su granito arrojaba a la marea,
en el atardecer.
Oro veía, llorando —y no pude beber.
Hasta la aurora, en verano,
el sueño de amor perdura.
Bajo el follaje se esfuma
la noche que festejamos.
Allí, en sus vastos talleres
—y ya en mangas de camisalos
Carpinteros trajinan
bajo el sol de las Hespérides.

En espumosos Desiertos

tranquilos arman los techos,
donde, luego, ha de pintar
falsos cielos, la ciudad.
¡Oh, por esos Artesanos
de algún rey de Babilonia
deja, Venus, los Amantes
de alma en forma de corona!
¡Oh Reina de los Rebaños,
obsequiales aguardiente!
¡Que en paz; su fuerza se encuentre,
mientras esperan el baño
en el mar más meridiano!
Las antiguallas poéticas formaban gran
parte de mi alquimia del verbo.
Me habitué a la alucinación simple:
veía con toda nitidez una mezquita en
lugar de una fábrica, una escuela de tambores
erigida por ángeles, calesas por las
rutas del cielo, un salón en el fondo de un
lago; los monstruos, los misterios; un título
de sainete proyectaba espantos ante mí.

¡Después explicaba mis sofismas mági-

cos por medio de la alucinación de las
palabras!
Terminé por encontrar sagrado el desorden
de mi espíritu. Permanecía ocioso,
presa de pesada fiebre: envidiaba la felicidad
de las bestias —las orugas, que representan
la inocencia de los limbos, los
topos ¡el sueño de la virginidad!
Mi carácter se agriaba. Me despedía
del mundo en una especie de romanzas:



CANCIÓN DE LA MÁS ALTA TORRE



¡Que venga! ¡Que venga!

el tiempo que nos prenda.
Tuve tanta paciencia
que por siempre olvidé.
Sufrimientos, temores
a los cielos se elevan.
Y la malsana sed
oscurece mis venas.
¡Que venga! ¡Que venga!
el tiempo que nos prenda.
Tal como una pradera
entregada al olvido,
se expande, florecida
de inciensos y cardones,
al huraño zumbido
de sucios moscardones.
¡Que venga! ¡Que venga!
el tiempo que nos prenda.

Amaba el desierto, los vergeles quemados,

las pequeñas tiendas marchitas, las
bebidas tibias. Me arrastraba por calles
hediondas y, con los ojos cerrados, me ofrecía
al sol, dios de fuego.
“General, si queda un viejo cañón sobre
tus ruinosas murallas, bombardéanos con
bloques de tierra seca. ¡A los cristales de los
espléndidos almacenes! ¡a los salones! Que
la ciudad trague su polvo. Oxida las gárgolas...
Colma los tocadores con polvos
de rubí ardiente...”
¡Oh! ¡el ebrio moscardón en el mingitorio
de la posada, enamorado del sedimento,
y al que un rayo disuelve!

HAMBRE


Si es que algún gusto me queda

es por la tierra y las piedras.
Me desayuno con viento,
peñascos, carbones, hierro.
¡Den vueltas, mis hambres!
Las hambres, ¡que pasten
en prado de sones!
¡Que atraigan la suave,
la alegre ponzoña
de las amapolas!
Coman riscos que alguien quiebra,
antiguas piedras de iglesia
o de diluvios de antaño;
panes de los valles pálidos.

Aullaba bajo la fronda

el lobo escupiendo plumas
de un volátil desayuno:
como él ¡ay! yo me consumo.
Las frutas, las ensaladas,
sólo esperan la cosecha;
pero en el soto la araña
no ingiere más que violetas.
¡Que yo duerma, que yo hierva!
en aras de Salomón.
Corre el caldo por la herrumbre
para mezclarse al Cedrón.
En fin, ¡oh dicha! ¡oh razón!, aparté del
cielo el azul, que es negro, y viví, chispa
de oro, de la luz naturaleza. De alegría,
adoptaba la más bufonesca y extraviada
expresión posible:
¡Se la volvió a encontrar!
¿Qué? la eternidad.
Es el sol mezclado
al mar.
Cumple tu voto alma eterna
pese a los fuegos del día
y de la noche desierta.
Así pues tú te desprendes
de los sufragios humanos
y entusiasmos cotidianos
para alzar vuelo... según.
—Ya se alejó la esperanza,
nunca ya más orietur.
Tan sólo ciencia y paciencia.
El suplicio es sin albur.
Ha sucumbido el mañana.
Brasas ardientes de raso,
es el deber vuestras llamas.
Se la volvió a encontrar.
—¿Qué?— la eternidad.
Es el sol mezclado
al mar.
Me trasformé en una ópera fabulosa:
vi que todos los seres tienen una fatalidad
de dicha: la acción no es la vida, sino una
forma de malgastar una fuerza, un enervamiento.
La moral es la debilidad del cerebro.
Me pareció que, a cada ser, se le debían
muchas otras vidas. Ese señor ignora lo
que hace: es un ángel. Esta familia es una
carnada de perros. Ante muchos hombres,
conversé en voz; alta con un momento de
una de sus otras vidas. —Así, amé a un
cerdo.
Ninguno de los sofismas de la locura
—de la locura que se recluye—, fue olvidado
por mí: podría repetirlos todos, poseo
el sistema.
Mi salud peligró. El terror llegaba. Caía
dormido durante días enteros, y, despierto,
continuaba los sueños más tristes. Me encontraba
maduro para la muerte, y por una
ruta de peligros mi debilidad me conducía
a los confines del mundo y de la Cimeria,
patria de la sombra y de los torbellinos.
Debí viajar, disipar los encantamientos
acumulados en mi cerebro. Sobre el mar,
al que amaba como si él debiera lavarme de
un estigma, veía elevarse la cruz; consoladora.
Yo había sido condenado por el arco
iris. La Dicha era mi fatalidad, mi remordimiento,
mi gusano: mi vida sería siempre
demasiado inmensa para ser consagrada a la
fuerza y a la belleza.
¡La Dicha! Su diente, dulce para la
muerte, me advertía al cantar el gallo —ad
matutinum, al Christus venit—, en las más
sombrías ciudades:
¡Oh estaciones! ¡Oh castillos!
¿qué alma carece de vicios?
El mágico estudio yo hice
de la dicha ineludible.
¡Salud! a ella, cada ves
que canta el gallo francés.
¡Ah! no tendré más codicia.
Se ha encargado de mi vida.
Su encanto invade alma y cuerpo
y dispersa todo esfuerzo.
¡Oh estaciones! ¡Oh castillos!
El instante, ¡ay! de su fuga
será el mismo de la tumba.
¡Oh estaciones! ¡Oh castillos!
Eso ha terminado. Hoy sé saludar a la
belleza.





ARTHUR RIMBAUD
(FRANCIA, 1854-1891)
Traducción de Oliverio Girondo y Enrique Molina


La paginación se corresponde con la edición impresa por Edicom, Bs.As, 1970. 



abril 10, 2011

POEMAS DE WILLY G. BOUILLON



Estragón


A ver quién viene y dice qué son estas cosas y qué se hace con
las torres zozobrantes
Y dónde va aquél y de dónde viene éste y qué decimos y por
qué buscamos y
cómo es por dentro la luz y cómo por dentro la sombra
Y si nos arrojamos igual que una piara de cerdos desde lo alto
Mortuorios en la caída y desdentados ignorando cuál se salva
Si se salva. O quién lo ató a la rueda de eje quebradizo en el que
Sólo intenta, fracasa y se resiente
Entonces se escuchó la trompeta del séptimo ángel
Y luego hubo como un silencio en los cielos y la Tierra
Y los días del hombre fueron 333.333 y nos preguntamos
Quién viene y dice qué son estas cosas y qué hacemos hoy
O mañana o tal vez en la próxima cuaterna parados frente
al mar seco
Qué hacemos con aquellas torres de las que se fue el aire
Sin que nadie sepa cuánto hace que están allí
O si estuvieron o estarán nada más y por siempre
a la intemperie.



Findergan



Una lluvia azul, que cae cada 175.000 años,
es capaz de borrar todos los recuerdos.
Y eso es lo que me ocurrió en el desierto,
O creo que me ocurrió, porque entonces
Sobrevino el olvido. ¿A quién amaba o
había amado? ¿A quién o qué detestaba?
¿Qué había perdido y qué había encontrado?
¿Por qué tenía una cicatriz
en la rodilla izquierda? ¿De quién eran
esas fotografías antiguas, en las que veo
siempre un niño parado frente al mar,
siempre solo?
Pero una vez me pareció
que me asaltaba un fugaz rastro del pasado:
alguien se sentó junto a mí, en una
plaza, saludó tocándose el sombrero
y me preguntó cómo estaba Findergan.
No sabía quién podía llamarse así,
aunque -como hago desde no sé cuándo
para recuperar la memoria- escribí ese nombre
en la pared de mi cuarto. Y después de haberlo leído
todo un día y una noche, creí recordar, vagamente,
que era el nombre de un enano que me cuidaba,
en una playa, mientras yo miraba
el horizonte.




(De "La conciencia", Último Reino, 2006)





Todo y todas las cosas


Camino en una noche
Húmeda y salvaje hacia
Un día húmedo y salvaje.
Pero todo está bien
Si alguien canta
su canción
y si alguien come uvas
bajo la lluvia, y ríe.
Hablaremos de esto.
Y años después
Bastará con recordarlo.



El desierto


Te vi avanzar, desde el horizonte.
Eras un punto oscuro, apenas, porque
entre tú y yo estaba el desierto. Cuando
Vemos que alguien avanza hacia nosotros,
en el desierto, su figura se deforma a cada instante.
Se alarga, se desvanece y su cabeza parece
no estar donde debería estar.
Como era mediodía, no tenías sombra,
Y si la hubieras tenido habría sido sólo
La delgada hoja de un puñal en la arena,
de breves y cegadores relámpagos.
Pero podía imaginar tus cabellos negros,
Agitados por el viento ardoroso
Y tu brazalete, con la serpiente enroscada
en la rama del muérdago.
Quizás llegarías al atardecer, o más tarde,
tal vez en la madrugada, de modo que tuve
mucho tiempo para pensar. ¿Esta era la hora
más peligrosa que había vivido?
¿O fue ayer o hace cien años,
cuando desperté después de apagarse
el fuego, en medio de la mortandad,
y sentí la soledad y el silencio atravesándome
de lado a lado?
Podrías llegar en la madrugada, y así sería
preferible. Valoro ahora más los albores,
en los que ya nada humea y
las torres están rodeadas del silencio propio
de fantasmas que se alejan.
Sabría lo he sabido desde hace mucho- qué
te diría, después de mirarte, callado, un largo momento:
-Nada ha cambiado, te diría. Puedes beber
del cántaro, en el que hay agua de la última lluvia.
Cuéntame una historia.



Caravaggio, julio de 1610
(fragmento)


Dejé atrás Ercole. Poco después,
un pantano feroz y apuñalante
me atravesó de lado a lado. Pero
ni el fangoso cerco ni el lirio pútrido
podían más que el filo del silencio en que
se había ahora convertido el mundo,
como en una batalla sin sobrevivientes.
“Soy el hombre más lejano de sí mismo -pensé-,
pero, a la vez, el más cercano y desposeído, cuya piedad
inmisericorde deshace la luz
de los arcángeles y hace huir
en negra nube a demonios que tal vez
han añorado una plegaria de redenciones”.
Sé que al día le sucederá la noche y a la noche
el día, y que el día y la noche serán sólo
huecos por los que pasa el viento, y que el buitre
me mirará atento, eterno en su voluntad ciega, abrasadora.
Mi hogar original se aleja, hoy, para siempre.


 
WILLY G. BOUILLON (ARGENTINA,  contemporáneo)