.

.

febrero 28, 2011

POEMAS DE ROBERTO JUARROZ





(Poesía Vertical I, 9)


Pienso que en este momento
tal vez nadie en el universo piensa en mí,
que solo yo me pienso,
y si ahora muriese,
nadie, ni yo, me pensaría.

Y aquí empieza el abismo,
como cuando me duermo.
Soy mi propio sostén y me lo quito.
Contribuyo a tapizar de ausencia todo.

Tal vez sea por esto
que pensar en un hombre
se parece a salvarlo.



(Poesía Vertical II, 16)


El centro no es un punto.
Si lo fuera, resultaría fácil acertarlo.
No es ni siquiera la reducción de un punto a su infinito.

El centro es una ausencia,
de punto, de infinito y aun de ausencia
y sólo se acierta con ausencia.

Mírame después que te hayas ido,
aunque yo esté recién cuando me vaya.
Ahora el centro me ha enseñado a no estar,
pero más tarde el centro estará aquí.



(Poesía Vertical II, 52)


Si alguien,
cayendo de sí mismo en sí mismo,
manotea para sostenerse de sí
y encuentra entre él y él
una puerta que lleva a otra parte,
feliz de él y de él,
pues ha encontrado su borrador más antiguo,
la primera copia.



(Poesía Vertical II, 77)


En una noche que debió ser lluvia
o en el muelle de un puerto tal vez inexistente
o en una tarde clara, sentado a una mesa sin nadie,
se me cayó una parte mía.
No ha dejado ningún hueco.
Es más: pareciera algo que ha llegado
y no algo que se ha ido.
Pero ahora,
en las noches sin lluvia,
en las ciudades sin muelles,
en las mesas sin tardes,
me siento de repente mucho más solo
y no me animo a palparme,
aunque todo parezca estar en su sitio,
quizá todavía un poco más que antes.
Y sospecho que hubiera sido preferible
quedarme en aquella perdida parte mía
y no en este casi todo
que aún sigue sin caer.



(Poesía Vertical III, 2)



El otro que lleva mi nombre
ha comenzado a desconocerme.
Se despierta donde yo me duermo,
me duplica la persuasión de estar ausente,
ocupa mi lugar como si el otro fuera yo,
me copia en las vidrieras que no amo,
me agudiza las cuencas desistidas,
descoloca los signos que nos unen
y visita sin mí las otras versiones de la noche.

Imitando su ejemplo,
ahora empiezo yo a desconocerme.
Tal vez no exista otra manera
de comenzar a conocernos.




(Poesía Vertical III, 9)


Hay quienes han visto algo entre mis manos.
pero yo no he visto nada.

Una mirada se rompe
contra el cristal de la ventana
por la que pasa todo mirar.
Otra mirada
rompe el cristal de la ventana.
Y otra
convierte un poco de su espacio
en cristal.
Pero hay todavía otra mirada
que vuelve inexistente el cristal de la ventana.

Y yo que no he visto nada entre mis manos
he visto lo mío
entre otras manos que no existen.



(Poesía Vertical III, 20)

A veces comprendemos algo
entre la noche y la noche.
Nos vemos de pronto parados debajo de una torre
tan fina como el signo del adiós
y nos pesa sobre todo desconocer si lo que no sabemos
es adónde ir o adónde regresar.
Nos duele la forma más íntima del tiempo:
el secreto de no amar lo que amamos.

Una oscura prisa,
un contagio de ala
nos alumbra una ausencia desmedidamente nuestra.
Comprendemos entonces
que hay sitios sin luz, ni oscuridad, ni meditaciones,
espacios libres
donde podríamos no estar ausentes.



(Poesía Vertical IV, 26)


Quizá nos quedemos fijados en un pensamiento,
pensándolo para siempre.

Puede ser que la eternidad no sea otra cosa
que concentrarse sin alrededores
en el pensamiento más denso
y quedarse allí como una planta despierta
que coloniza para siempre su minúsculo espacio.
Morir no sería entonces
nada más que el último esfuerzo de la atención,
el abandono de los otros pensamientos.



(Poesía Vertical IV, 48)



Un caos lúcido,
un caos de ventanas abiertas.

Una confusión de vértigos claros
donde la incandescencia se construye
con el movimiento total de la ruptura.

Viajar por las líneas
que se quiebran a cada instante
y rodar como un émbolo sin guía
hacia los núcleos aleatorios
de las cancelaciones primigenias.

Tocar las vértebras sin eje,
los círculos sin centro,
las particiones sin unidad,
los choques sin contacto,
las caídas sin escuadra,
los pensamientos sin quien piense,
los hombres sin más rostro que su dolor.

Y recoger allí la ley de lo casual,
la norma de lo imposible:
cada forma es un borde cortante del caos,
un ángulo perplejo de sus ojos abiertos,
los únicos abiertos.

Porque el caos es la tregua de la nada,
la lucidez sin compromiso,
la intersección aguda
de un espacio sin interés por los objetos
y de un tiempo pensante.




(Poesía Vertical V, 11)


El ojo traza en el techo blanco
una pequeña raya negra.
El techo asume la ilusión del ojo
y se vuelve negro.
La raya se borra entonces
y el ojo se cierra.

Así nace la soledad.



(Poesía Vertical V, 45)


El universo se investiga a sí mismo.
Y la vida es la forma
que emplea el universo
para su investigación.

La flecha se da vuelta
y se clava en sí misma.
Y el hombre es la punta de la flecha.

El hombre se clava en el hombre,
pero el blanco de la flecha no es el hombre.

Un laberinto
sólo se encuentra
en otro laberinto.


(Poesía Vertical V, 55)


Un amor más allá del amor
por encima del rito del vínculo,
más allá del juego siniestro
de la soledad y la compañía.

Un amor que no necesite regreso,
pero tampoco partida.
Un amor no sometido
a los fogonazos de ir y de volver,
de estar despiertos o dormidos,
de llamar o callar.

Un amor para estar juntos
o para no estarlo,
pero también para todas las posiciones intermedias.
Un amor como abrir los ojos.
Y quizás también como cerrarlos.



(Poesía Vertical VI, 19)


Algunos de nuestros gritos
se detienen junto a nosotros
y nos miran fijamente
como si quisieran consolarnos de ellos mismos.
Algunas palabras que hemos dicho
regresan y se paran a nuestro lado
como si quisieran convencernos
de que llegaron a alguna otra parte.

Algunos de nuestros silencios
toman la forma de una mujer que nos abraza
como si quisieran secarnos
el sudor de las ternura solitarias.

Algunas de nuestras miradas
retornan para comprobarse en nosotros
o quizá para permitir que nos miremos desde enfrente
como si quisieran demostrarnos
que lo que nos ocurre
es una copia de lo que no nos ocurre.

Hay momentos y hasta quizá una edad de nuestra imagen
en que todo cuanto sale de ella
vuelve como un espejo a confirmarla
en la propia constancia de sus líneas.

Así se va integrando
nuestro pueblo más secreto.


(Poesía Vertical VI, 26)

La campana está llena de viento,
aunque no suene.
El pájaro está lleno de vuelo,
aunque esté quieto.
El cielo está lleno de nubes,
aunque esté solo.
La palabra está llena de voz,
aunque nadie la diga.
Toda cosa está llena de fugas,
aunque no haya caminos.
Todas las cosas huyen
hacia su presencia.



(Poesía Vertical VIII, 13)


El centro del amor
no siempre coincide
con el centro de la vida.

Ambos centros
se buscan entonces
como dos animales atribulados.
Pero casi nunca se encuentran,
porque la clave de la coincidencia es otra:
nacer juntos.

Nacer juntos,
como debieran nacer y morir
todos los amantes.



(Poesía Vertical IX, 24)


Hay que vivir lo que no tenemos,
por ejemplo la desolada perfección de la palabra,
la sonrisa resistente de los muertos,
el mediodía neto de las medianoches,
los vericuetos desesperados de la espuma
o la rancia vejez de lo recién nacido.

Porque aunque tampoco tengamos
lo que tenemos,
lo que no tenemos
nos abre más la vida.

Desheredados del centro,
la única herencia que nos queda
está en lo descentrado.


(Poesía Vertical X, 22)



Una soledad adentro
y otra soledad afuera.

Hay momentos
en que ambas soledades
no pueden tocarse.
Queda entonces el hombre en el medio
como una puerta
inesperadamente cerrada.

Una soledad adentro.
Otra soledad afuera.
Y en la puerta retumban los llamados.
La mayor soledad
está en la puerta.




(Poesía Vertical X, 44)


Me doy vuelta hacia tu lado,
en el lecho o la vida,
y encuentro que estás hecha de imposible.

Me vuelvo entonces hacia mí
y hallo la misma cosa.

Es por eso
que aunque amemos lo posible,
terminaremos por encerrarlo en una caja,
para que no estorbe más a este imposible
sin el cual no podemos seguir juntos.


(Para Laura otra vez, mientras nos acercamos)



(Poesía Vertical X, 53)


Vagamos en la inconsistencia,
pero hay ciertos abandonos en lo consistente,
ciertos repliegues de lo neutro a lo que no lo es,
ciertas caídas a la densidad
que dormita en las cosas,
en que nos arrebata el vértigo de no ser nada.

Es entonces cuando nace
la más perentoria sensación
que puede experimentar un hombre:
existe un hueco que hay que llenar.

Así suele cambiar a veces una vida
y convertirse en su propio revés.
Hasta que surge en el hombre
una sensación todavía más irreversible:
existe un hueco que hay que vaciar.




(Poesía Vertical XI, 1 Parte 2)


No tenemos un lenguaje para los finales,
para la caída del amor,
para los concentrados laberintos de la agonía,
para el amordazado escándalo
de los hundimientos irrevocables.

¿Cómo decirle a quien nos abandona
o a quien abandonamos
que agregar otra ausencia a la ausencia
es ahogar todos los nombres
y levantar un muro
alrededor de cada imagen?

¿Cómo hacer señas a quien muere,
cuando todos los gestos se han secado,
las distancias se confunden en un caos imprevisto,
las proximidades se derrumban como pájaros enfermos
y el tallo del dolor
se quiebra como la lanzadera
de un telar descompuesto?

¿O cómo hablarse cada uno a sí mismo
cuando nada, cuando nadie ya habla,
cuando las estrellas y los rostros son secreciones neutras
de un mundo que ha perdido
su memoria de ser mundo?

Quizá un lenguaje para los finales
exija la total abolición de los otros lenguajes,
la imperturbable síntesis
de las tierras arrasadas.

O tal vez crear un habla de intersticios,
que reúna los mínimos espacios
entreverados entre el silencio y la palabra
y las ignotas partículas sin codicia
que sólo allí promulgan
la equivalencia última
del abandono y el encuentro

(para Jean Paul Neveu)



(Poesía Vertical XI, 25)


Llaman a la puerta.
Pero los golpes suenan al revés,
como si alguien golpeara desde adentro.

¿Acaso seré yo quien llama?
¿Quizá los golpes desde adentro
quieran atrapar a los de afuera?
¿O tal vez la puerta misma
ha aprendido a ser el golpe
para abolir las diferencias?

Lo que importa es que ya no se distingue
entre llamar desde un lado
y llamar desde el otro.



(Poesía Vertical XII, 8)


Dibujaba ventanas en todas partes.

En los muros demasiado altos,
en los muros demasiado bajos,
en las paredes obtusas, en los rincones,
en el aire y hasta en los techos.

Dibujaba ventanas como si dibujara pájaros.
En el piso, en las noches,
en las miradas palpablemente sordas,
en los alrededores de la muerte,
en las tumbas, los árboles.

Dibujaba ventanas hasta en las puertas.
Pero nunca dibujó una puerta.
No quería entrar ni salir.
Sabía que no se puede.
Solamente quería ver: ver.
Dibujaba ventanas.
En todas partes.



(Poesía Vertical XII, 15)


Buscar una cosa
es siempre encontrar otra.
Así, para hallar algo,
hay que buscar lo que no es.

Buscar al pájaro para encontrar a la rosa,
buscar el amor para hallar el exilio,
buscar la nada para descubrir un hombre,
ir hacia atrás para ir hacia delante.

La clave del camino,
más que en sus bifurcaciones,
su sospechoso comienzo
o su dudoso final,
está en el cáustico humor
de su doble sentido.
Siempre se llega,
pero a otra parte.

Todo pasa.
Pero a la inversa.



(Poesía Vertical XII, 32)



No podemos detener los dibujos que se forman en el aire.
No podemos detener los dibujos que se descuelgan de la noche.
No podemos detener los dibujos que nos incendian el pensamiento.

No sabemos quién traza esos dibujos.
No sabemos por qué esos dibujos adornan
estos vagos suburbios de la nada.
Ni siquiera sabemos si nuestros ojos sirven
para ver esos dibujos.

Pero el hecho que más nos sorprende
es que todas las cosas resulten incompletas,
ya que ninguna existe o se sostiene
sin la complementación de estos dibujos.

No es raro entonces que estos dibujos nos parezcan
más perfectos que el aire,
más habitados que la noche,
más reales que el pensamiento.



(Poesía Vertical XIII, 32)


Cuando el mundo se afina
como si apenas fuera un filamento,
nuestras manos inhábiles
no pueden aferrarse ya de nada.

No nos han enseñado
el único ejercicio que podría salvarnos:
aprender a sostenernos de una sombra.



(Poesía Vertical XIII, 78)


Un hombre solo,
en un cuarto cerrado,
levanta el brazo en un gesto de adiós.

Otro hombre solo,
en un camino desierto,
levanta su brazo en el mismo ademán.

Una sospecha casi imposible
vincula ambos gestos:
la herida de despedirse
se termina de abrir
cuando no hay nada ni nadie
de que despedirse.

Y esos gestos se vuelven
la clave del hombre:
ser despedida pura.



(Poesía Vertical XIV, 10)



Eran para otro mundo.

Todo diálogo, roto.
Todo amor, con costuras.
Todo juego, marcado.
Toda belleza, trunca.
¿Cómo llegaron hasta aquí?

Todo diálogo, verbo.
Todo amor, sin pronombres.
Todo juego, sin reglas.
Toda belleza, entrega.

Algo falla sin duda
en la administración del universo.
¿Criaturas erróneas?
¿Mundos equivocados?
¿Dioses irresponsables?
Eran para otro mundo.



(Poesía Vertical XIV, 27)

Desde esta media luz
o media sombra
¿hacia dónde podemos ir?

Hacia más luz
nos ahoga la armonía.
Hacia más sombra
se pierden nuestros pasos.
Y aquí
no podemos quedar.
No hay otra media luz
o media sombra.

De aquí no se puede ir a ningún sitio.
A menos que encontremos un espacio
donde luz y sombra sean lo mismo



(Poesía Vertical XIV, 76)


Vivir es estar en infracción.
A una ley o a otra.
No hay más alternativas:
no infringir nada es estar muerto.

La realidad es infracción.
La irrealidad también lo es.
Y entre ambas fluye un río de espejos
que no figuran en ningún mapa.

En ese río todas las leyes se disuelven,
todo infractor se vuelve otro espejo.



(Poesía Vertical XIV, 101)


Solemos creer que todo está allí
sólo para ser visto por nosotros
como si nuestra mirada
fuera el único criterio de realidad.

Pero el hombre y su mirada se disuelven
y todo sigue estando allí.

¿Y para qué?
¿Para que lo vea quién?

Tal vez todo está allí
para mostrar que no es preciso
que nadie vea algo para que exista.

Ver es quizás un episodio,
otra cosa que está allí.

Sin embargo, no podemos dejar de sentir
que debe haber algo parecido a la mirada
sosteniendo, como el ojo a los párpados,
ese otro episodio que llamamos realidad.



(Poesía Vertical XIV, 105)


De un abismo a otro abismo.
Así hemos vivido.
Y cuando nos tocaba el interludio
de una zona de aire,
donde es fácil respirar y sostenerse,
añorábamos sin querer el abismo,
que nos ha amamantado con la nada.

Desde el fondo del ser trepa un ensalmo
para pedir, cuando llegue la muerte,
que todo sea un abismo, no otro rumbo.
Tal vez en él nos crezcan alas.

Adentro de un abismo siempre hay otro.
Y si no hay diferencia habrá distancia.
Sólo nos falta hallar y ser tan sólo
la distancia de adentro del abismo.



de POEMAS INÉDITOS


Mutilados o abatidos
o diezmados por los bárbaros,
los bosques van desapareciendo
como hojas del pensamiento.
Y algo nos expulsa ya de los pocos que quedan
como a indeseables criaturas
que se volvieron incapaces
de armar en ellos su tienda.

Hemos perdido la morada más propicia
entre todas las casas del pensar,
la morada que entre otras cosas nos guardaba
dos fundamentos ciertos:
el no pensar que piensa
y el pensar que no piensa.

Hemos perdido las mareas del silencio,
el tamiz de silencio de las hojas,
la forma material del silencio,
el tinte del pensar del silencio
y hasta el pensar del silencio.

Sólo nos queda alzar el propio bosque,
poniendo en lugar de los troncos,
las ramas y las hojas,
este follaje entreverado
de palabras y silencio,
este bosque que también guarda músicas secretas,
este bosque que somos
y donde también a veces canta un pájaro.

Sólo nos queda alzar el propio bosque
para cumplir el rito imprescindible
que completa la vida:
retirase al bosque
y recuperar la soledad.

Y retomar así el largo viaje.




(Fuente: "Obra Completa de Roberto Juarroz, Poesía Vertical", Emecé, Buenos Aires, 2005.)



ROBERTO JUARROZ  (Argentina, 1925-1995)





POEMAS DE YANIS RITSOS





El día de un enfermo




Todo el día, un olor a tablas podridas, húmedas
- se secan y humean al sol. Los pájaros
miran un momento por los tejados y se van.
Por la noche, en la vecina taberna, se reúnen los sepultureros,
comen pescado frito, beben, cantan
una canción con muchos agujeros oscuros. -
Desde allí adentro, comienza a soplar un viento suave
y tiemblan las hojas, las luces y el papel de los anaqueles.






Casi prestidigitador


Desde lejos amortigua la luz, mueve las sillas
sin tocarlas. Se cansa. Se quita el sombrero y se abanica.
Después, muy lentamente, se saca tres naipes
del oído. Disuelve una estrella analgésica verde
en un vaso de agua, removiendo con una cucharilla de plata.
Se bebe el vaso y la cuchara. Se vuelve transparente.
En su pecho se ve un pescado de oro que flota.
Muy cansado, más tarde, se tiende en el sofá, y cierra los ojos.
"En la cabeza tengo un pájaro", dice. "No puedo sacarlo".
La sombra de dos grandes alas llena el cuarto.





Sin confirmar



Siempre creyó en aquella gran luz.
La toco – dice -, no sólo la veo, no la veo,
sólo la toco, la tengo, la soy. Y como anochecía,
y en la habitación ya no se distinguían las mesas, las bandejas,
las marinas, el reloj, nuestras formas,
él, realmente resplandecía todo entero sobre su silla,
y su silla también lucía con sus cuatro patas,
como fijas en una nube. Quisimos
tocarle para estar seguros. Pero no nos atrevimos
a levantarnos de nuestro sitio, porque estábamos agazapados
en lo más alto de una escalera sin escalones,
en una escalera altísima que no habíamos subido.






La subida



Estuvo largo tiempo en el ajeno huerto, y sólo pensaba
en subir a escondidas a la higuera desnuda, para mirar
desde lo alto al mundo, como si fuera una hoja
o un pájaro; pero siempre pasaba alguien
y siempre lo dejaba para luego.
                Una tarde,
miró en derredor suyo - todo desierto -, trepó
a la rama más alta; entonces se oyeron
voces de entre las matas: "¿Qué haces, allí arriba?"
- grandes voces -, y contestó: "Un higo,
quedaba un  higo". La rama se quebró.
Lo levantaron. Tenía la mano derecha agarrotada.
Cuando abrieron sus dedos, no había nada dentro.


(Versiones de Juan Ruiz de Torres)




La Dama de las Viñas
III





Señora de las Viñas, ¿Cómo sostener sobre nuestros hombros tanto cielo
cómo sostener tanto silencio con todos los secretos de los árboles?


Un delfín corta como un relámpago la quietud del mar
como el cuchillo corta el pan sobre la tabla de los pescadores
como el primer rayo de sol corta el sueño.


De piedra en piedra reverbera el camino y de pájaro en pájaro sube la escalinata
y el sol, mitad en el mar, mitad en el cielo, brilla como la naranja
en tu puño y como tu oreja debajo del cabello.


Y así esbelta y fuerte en el centro del mundo
sosteniendo en tu mano izquierda la gran balanza y en la derecha la santa espada
eres la belleza y la gallardía y eres Grecia.


Cuando pasas entre la gramilla rasgando la seda del aire
las rubias fundas del maíz te rozan las axilas
como si te rozara el flamante bigote del pastor
y onda tras onda el escalofrío se pierde entre las espigas
y sonido tras sonido los plátanos se inclinan sobre las fuentes
y las montañas parecen cántaros que esperan ser llenados.


Señora de las Viñas tu rostro se refleja en nuestros pechos
como una blanca nube que ilumina las laderas boscosas
y el río te sigue como un manso león
cuando repartes los rayos en las acequias
cuando repartes a los pastores pólvora y canto
y te llaman hermana de los caballos y los corderitos.


(Traducción de Horacio Castillo)




El guante que llevas...

El guante que llevas
no puedes examinarlo
por dentro.
Tienes que quitártelo
volverlo del revés
entrada la noche
en la estrecha habitación
ya que todo el día habrás saludado
a propios y extraños
con la mano desnuda.


(Versión de Coloma Chamorro, Javier Lentini y Dimitri Papagueorguiu)








La mujer azul


Se mojó la mano en el mar.
Se volvió azul, la mano.
Le gustó.
Se zambulló desnuda en el mar.
Se volvió azul.
Azules también su voz y su silencio.
La mujer azul.
Todos la admiraron.
Nadie la amó.




(Versión de Román Bermejo)



YANIS RITSOS (Γιάννης Ρίτσος) (Grecia, 1909-1990)











febrero 23, 2011

EL RÍO DE LA POSESIÓN - FERNANDO PESSOA

     



     Que somos todos diferentes es un axioma de nuestra humanidad. Sólo nos parecemos de lejos, en la medida, por lo tanto, en que no somos nosotros. La vida es, por eso, para los indefinidos; sólo pueden convivir los que nunca se definen, y son, uno y otro, nadie.
     Cada uno de nosotros es dos, y cuando dos personas se encuentran, se acercan, se unen, es raro que las cuatro puedan estar de acuerdo. El hombre que sueña en cada hombre que actúa, si tantas veces se enfada con el hombre que actúa, ¿cómo no se enfadará con el hombre que obra y el hombre que sueña en el Otro?
     Somos fuerzas porque somos vidas. Cada uno de nosotros tiende hacia sí mismo con escala en los otros. Si tenemos por nosotros mismos el respeto de considerarnos interesantes, (...) Toda aproximación es un conflicto. El otro es siempre el obstáculo para quien busca. Sólo quien no busca es feliz; porque sólo quien no busca, encuentra, visto que quien no busca ya tiene, y tener ya, sea lo que sea, es ser feliz (como no pensar es la parte mejor de ser rico).
     Te miro, dentro de mí, novia supuesta, y ya nos desavenimos antes de que existas. Mi costumbre de soñar claro me da una noción justa de la realidad. Quien sueña demasiado necesita darle realidad al sueño. Quien da realidad al sueño tiene que dar al sueño el equilibrio de la realidad. Quien da al sueño el equilibrio de la realidad sufre de la realidad de soñar tanto como de la realidad de la vida y de lo irreal del sueño como la de sentir la vida irreal.
     Estoy esperándote, en un devaneo, en nuestro cuarto de dos puertas, y te sueño viniendo y en mi sueño entras hasta mí por ¡a puerta de la derecha; si, cuando entras, entras por la puerta de la izquierda, hay ya una diferencia entre tú y mi sueño. Toda la tragedia humana reside en este pequeño ejemplo de cómo aquellos con quien pensamos no son aquellos en que pensamos.
     El amor pide identidad en la diferencia, lo que ya es imposible en la lógica, cuanto más en el mundo. El amor quiere poseer, quiere hacer suyo lo que tiene que quedarse fuera para que él sepa que se vuelve suyo y no es él. Amar es entregarse. Cuanto mayor la entrega, mayor el amor. Pero la entrega total entrega también la conciencia del otro. El amor es, por eso, la muerte, o el olvido, o la renuncia [...]

      En la terraza antigua del palacio, alzada sobre el mar, meditaremos en silencio la diferencia entre nosotros. Yo era príncipe y tú princesa, en la terraza a la orilla del mar. Nuestro amor había nacido de nuestro encuentro, como la belleza nació del encuentro de la luna con las aguas.
     El amor quiere la posesión, pero no sabe lo que es la posesión. Si yo no soy mío, ¿cómo seré tuyo, o tú mía? Sí no poseo mi propio ser, ¿cómo poseeré un ser ajeno? Si ya soy diferente de aquel al que soy idéntico, ¿cómo ser idéntico a aquel de quien soy diferente?
     El amor es un misticismo que quiere ejercitarse, una imposibilidad que sólo es soñada como debiendo ser realizada.

      Metafísico. Pero toda la vida es una metafísica a oscuras, con un rumor de dioses y el desconocimiento de la derrota como única vía.

     La peor astucia conmigo de mi decadencia es mi amor a la nostalgia y a la claridad. Siempre he creído que un cuerpo bello y el ritmo feliz de un andar joven tienen más competencia en el mundo que todos los sueños que hay en mí. Es con una alegría de la vejez por el espíritu como sigo a veces —sin envidia ni deseo— a las parejas ocasionales que la tarde junta y caminan del brazo hacia la conciencia inconsciente de la juventud. Disfruto de ellos como disfruto de una verdad, sin pensar si tiene o no que ver conmigo. Si los comparo conmigo, continúo disfrutándolos, pero como quien disfruta de una verdad que le hiere, uniendo al dolor de la herida la conciencia de haber comprendido a los dioses.

     Soy lo contrario de los espiritualistas simbolistas, para quienes todo ser, y todo acontecimiento, es la sombra de una realidad de la que es sombra apenas. Cada cosa, para mí, es, en vez de un punto de llegada, un punto de partida. Para el ocultista, todo acaba en todo; todo empieza en todo para mí.
     Procedo, como ellos, por analogía y sugestión, pero el jardincito que les sugiere el orden y la belleza del alma, a mí no me recuerda más que el jardín mayor donde pueda ser, lejos de los hombres, feliz la vida que no puede serlo.
     Cada cosa me sugiere, no la realidad de la cual es sombra, sino la realidad hacia la cual es el camino.
     El jardín de la Estrella, por la tarde, es para mí la sugestión de un parque antiguo, en los siglos antes del desencanto del alma.




 (del "Libro del Desasosiego" de Bernardo Soares, 1913-1935)
FERNANDO Antonio Nogueira PESSOA (Portugal, 1888-1935)




febrero 22, 2011

POEMAS DE SYLVIA PLATH





Papi


No servís, no servís
más, zapato negro
donde viví como un pie
treinta años, pobrecita y blanca,
atreviéndome apenas a respirar o a hacer achís.

Papi, hubiera tenido que matarte.
Te moriste antes de que tuviera tiempo——
pesado como mármol, una bolsa llena de Dios,
estatua implacable con un dedo del pie 
gris y grande como una foca de Frisco

y una cabeza donde el Atlántico caprichoso
se vierte, verde arveja sobre azul, 
en las aguas de la hermosa Nauset.
Yo rezaba para recuperarte.
Ach, du.

En la lengua alemana, en el pueblo polaco
pasado por la aplanadora
de guerras, guerras y más guerras.
Pero el nombre del pueblo es vulgar.
Según mi amigo polaco

hay una docena o dos.
Así que nunca pude decir dónde
pusiste tu pie, tu raíz,
nunca pude hablarte.
La lengua se me atoraba en la boca.

Se me atoraba en una trampa de alambre de púas.
Ich, ich, ich, ich
apenas podía hablar.
Te veía en todos los alemanes.
Y el idioma obsceno

una locomotora, una locomotora,
escupiéndome como a una judía.
Una judía para Dachau, para Auschwitz, para Belsen.
Empecé a hablar como judía.
Creo que bien podría ser judía.

Ni las nieves del Tirol, ni la cerveza rubia de Viena
son tan puras y genuinas.
Yo, con mi antepasada gitana, mi mala suerte
y mi mazo de tarot, y mi mazo de tarot
puedo ser un poco judía.

Siempre te tuve miedo,
con tu Luftwaffe y tu argot.
Y tu bigote pulcro
Y tu ojo ario, azul brillante.
Oh vos, Hombre Panzer, hombre-panzer——

No Dios, sino una esvástica
tan negra que ningún cielo se puede filtrar.
Toda mujer adora a un fascista,
la bota en la cara, el corazón bruto,
bruto, de un bruto como vos.

Estás al lado del pizarrón, papi,
en la foto que tengo,
con una hendidura en el mentón en lugar de en el pie
pero no por eso menos diablo, no, 
ni menos el hombre negro que de un mordisco 

partió en dos mi lindo corazón rojo.
Tenía diez años cuando te enterraron.
A los veinte, traté de morirme yo
y volver, volver, volver con vos.
Creí que incluso los huesos servirían.

Pero me sacaron de la bolsa,
y me volvieron a unir, con pegamento.
Después ya supe qué hacer.
Me hice una miniatura de vos,
un hombre de negro con un aire Meinkampf

amante del potro y la tortura.
Y dije sí, sí, acepto.
Así que, papi, por fin, se terminó.
El teléfono negro está arrancado de raíz,
las voces en él no quitan los gusanos.

Quien mata a un hombre, mata a dos——
El vampiro que dijo ser vos
y me chupó la sangre un año,
siete años, si te interesa.
Papi, ya podés ir a acostarte.

Hay una estaca en tu corazón gordo y negro
y a los del pueblo nunca les caíste en gracia.
Están bailando y pisotéandote.
Siempre supieron que eras vos.
Papi, papi, hijo de puta, se terminó.



Corneja negra en tiempo lluvioso

En una rama tiesa allá arriba
se encorva una corneja negra, mojada
arreglando y desarreglando sus plumas bajo la lluvia.
No espero un milagro
ni accidente
que encienda la visión
en mis ojos, ni busco ya
designio alguno en lo inconstante del clima,
pero dejo que las hojas moteadas caigan como caen,
sin ceremonia ni portento.

Aunque en ocasiones, lo admito,
deseo alguna réplica
del cielo mudo, la verdad, no me puedo quejar:
cierta luz menor aún puede
brillar incandescente

desde la mesa o la silla de la cocina
como si de vez en cuando un ardor celestial 
tomara posesión de los objetos más estúpidos ---
santificando así un intervalo
de otro modo inconsecuente

confiriéndole grandeza, dignidad,
amor, podría decirse. De todos modos, ahora ando
con precaución (porque esto podría ocurrir 
incluso en este paisaje  ruinoso y opaco); escéptica
pero cauta, ignorando si

un ángel eligió destellar
de pronto a mi lado. Solo sé que una corneja
arreglando sus plumas negras puede brillar tanto
como para embargar mis sentidos, izar
mis párpados, y conceder

una breve tregua al miedo
de la total neutralidad. Con suerte,
si atravieso empecinada esta estación
de fatiga, podré 
ensamblar un todo

con las partes. Los milagros ocurren,
si se tiene el cuidado de llamar milagros a esos
espasmódicos trucos de la luz. La espera ha vuelto a comenzar. 
La larga espera del ángel,

de ese inusitado, aleatorio descenso.



Una Aparición



La sonrisa de las heladeras me aniquila
¡Corrientes tan azules en las venas de mi amada!
Escucho el ronronear de su enorme corazón.

De su boca salen como besos
los símbolos de conjunción y porcentaje
En su cabeza es lunes: la moral

se lava, se plancha y se entrega.
¿Y yo quién soy para entender estas contradicciones?
yo uso puños blancos y me inclino.

¿Entonces es ésto el amor, esta materia roja
saliendo de la aguja de acero que vuela así de ciega?
Va a hacer tapados y vestiditos

para abrigar a una dinastía.
Cómo se abre y se cierra su cuerpo.
¡Un reloj suizo, con rubíes en las bisagras!

¡Oh, corazón, tanto desorden!
las estrellas se encienden como cifras terribles,
los párpados de ella recitan el abecedario.





Últimas palabras

No quiero una caja cualquiera, quiero un sarcófago
con rayas de tigre, y una cara redonda
como la luna para poder contemplar.
Quiero estar mirándolos cuando vengan
juntando los minerales estúpidos, las raíces.
Ya los veo - con las caras pálidas, lejanas como estrellas.
Ahora no son nada, ni siquiera bebés.
Me los imagino sin padre ni madre, como los primeros dioses.
Se van a preguntar si fui importante.
¡Tendría que azucarar y conservar mis días como frutas!
Mi espejo se está empañando --
Unas pocas respiraciones, y no reflejará nada más.
Las flores y los rostros se blanquean como sábanas.

No confío en el espíritu. Se escapa en sueños
como vapor, a través de la boca o del ojo. No puedo detenerlo.
Un día no volverá. Las cosas no son así.
Se quedan, sus brillitos especiales
se calientan de tanto uso. Casi ronronean.
Cuando se me enfríen las plantas de los pies,
el ojo azul de mi turquesa me va a consolar.
Dejen que me lleve mis ollas de cobre, dejen que mis potes de rouge
florezcan sobre mí como flores nocturnas, perfumadas.
Me van a envolver con vendas, van a guardar mi corazón
bajo mis pies en un paquete prolijo.
Difícilmente me reconoceré. Va a estar oscuro,
y el brillo de estas pequeñas cosas será más dulce que la cara de Ishtar.




Olmo
para Ruth Fainlight


Conozco el fondo, dice. Lo conozco con mi raíz principal;
Es lo que a vos te da miedo.
Yo no le temo: estuve ahí.

¿Lo que escuchas en mí es el mar
Con sus descontentos?
¿O la voz de la nada, tu locura?

El amor es una sombra.
Cómo se miente y se llora detrás de él.
Escuchá: son sus cascos: se escapó, como un caballo.

Así voy a galopar toda la noche, impetuosa,
Hasta que tu cabeza sea una piedra y tu almohada un pequeño prado
Que retumba, retumba.

¿O te traigo el sonido de los venenos?
Esto ahora es la lluvia, el gran silencio.
Y éste, su fruto: blanco de estaño, como el arsénico.

Sufrí la atrocidad de las puestas de sol.
Calcinados hasta la raíz
Mis filamentos al rojo arden y se erizan como una mano de alambre.

Ahora me rompo en pedazos que vuelan como clavas.
Un viento de tal violencia
No va a soportar espectadores: Tengo que gritar.

La luna también es despiadada:  si fuese estéril
Me arrastraría con crueldad.
Su resplandor me humilla. O quizás la atrapé yo.

La dejo ir. La dejo ir.
Menguada y chata como después de una cirugía radical.
Cómo me poseen y me dotan tus pesadillas.

Estoy habitada por un grito.
De noche aletea
Buscando, con sus garras, algo para amar.

Me aterra esta cosa oscura
Que duerme en mi;
Todo el día siento sus movimientos de felpa, su malicia.

Las nubes pasan y se dispersan.
¿Son esos los rostros del amor,  esos pálidos irrecuperables?
¿Por algo así se agita mi corazón ?

Soy incapaz de otro conocimiento.
¿Y esto qué es, este rostro
Homicida estrangulado entre las ramas?

Sus ácidos ofídicos sisean*.
Petrifica la voluntad. Estas son los faltas lentas y aisladas
Que matan, matan, matan.



Cruzando el agua



Lago negro, bote negro, dos personas recortadas en papel negro.
¿Adónde van los árboles negros que beben aquí?
Sus sombras deben cubrir Canadá.

Entre las flores acuáticas se filtra algo de luz
Sus hojas no desean apurarnos:
son redondas, planas y están llenas de avisos oscuros.

Del remo se sacuden mundos fríos.
El espíritu de la negrura está en nosotros, en los peces.
Un tronco levanta una mano pálida para decir adiós.

Las estrellas se abren entre los lirios.
¿No te encandilan sirenas tan inexpresivas?
Este es el silencio de las almas absortas.




Versiones en castellano de Sandra Toro




*El poema fue publicado correctamente en el New Yorker (3 August 1963). Pero la primera edición británica de Ariel y los Collected Poems imprimieron incorrectamente kiss en lugar de hiss y el error fue perpetuado en las ediciones norteamericanas y traducciones al castellano.
(Datos tomados de Tracy Brain, "The Other Sylvia Plath", Longman, London 2001, pp. 24-25.)




Daddy

You do not do, you do not do/Any more, black shoe/In which I have lived like a foot/For thirty years, poor and white,/Barely daring to breathe or Achoo.//Daddy, I have had to kill you./You died before I had time——/Marble-heavy, a bag full of God, /Ghastly statue with one gray toe/Big as a Frisco seal//And a head in the freakish Atlantic /Where it pours bean green over blue/In the waters off beautiful Nauset./I used to pray to recover you./Ach, du.//In the German tongue, in the Polish town/Scraped flat by the roller/Of wars, wars, wars./But the name of the town is common./My Polack friend//Says there are a dozen or two./So I never could tell where you/Put your foot, your root,/I never could talk to you./The tongue stuck in my jaw.//It stuck in a barb wire snare./Ich, ich, ich, ich,/I could hardly speak./I thought every German was you./And the language obscene//An engine, an engine/Chuffing me off like a Jew./A Jew to Dachau, Auschwitz, Belsen./I began to talk like a Jew./I think I may well be a Jew.//The snows of the Tyrol, the clear beer of Vienna/Are not very pure or true./With my gipsy ancestress and my weird luck/And my Taroc pack and my Taroc pack/I may be a bit of a Jew.//I have always been scared of you,/With your Luftwaffe, your gobbledygoo./And your neat mustache/And your Aryan eye, bright blue./Panzer-man, panzer-man, O You——//Not God but a swastika/So black no sky could squeak through./Every woman adores a Fascist,/The boot in the face, the brute/Brute heart of a brute like you.//You stand at the blackboard, daddy,/In the picture I have of you,/A cleft in your chin instead of your foot/But no less a devil for that, no not/Any less the black man who//Bit my pretty red heart in two./I was ten when they buried you./At twenty I tried to die/And get back, back, back to you./I thought even the bones would do.//But they pulled me out of the sack,/And they stuck me together with glue./And then I knew what to do./I made a model of you,/
A man in black with a Meinkampf look//And a love of the rack and the screw./And I said I do, I do./So daddy, I’m finally through./The black telephone’s off at the root,/The voices just can’t worm through.//If I’ve killed one man, I’ve killed two——/The vampire who said he was you/And drank my blood for a year,/Seven years, if you want to know./Daddy, you can lie back now.//There’s a stake in your fat black heart/And the villagers never liked you./They are dancing and stamping on you./They always knew it was you./Daddy, daddy, you bastard, I’m through.


BLACK ROOK IN RAINY WEATHER


On the stiff twig up there/Hunches a wet black rook/Arranging and rearranging its feathers in the rain./I do not expect a miracle/Or an accident// To set the sight on fire/ In my eye, nor seek/ Any more in the desultory weather some design,/ But let spotted leaves fall as they fall,/Without ceremony, or portent.// Although, I admit, I desire,/ Occasionally, some backtalk/ From the mute sky, I can't honestly complain:/ A certain minor light may still/ Lean incandescent// Out of the kitchen table or chair/ As if a celestial burning took/ Possession of the most obtuse objects now and then ---/ Thus hallowing an interval/ Otherwise inconsequent// By bestowing largesse, honor,/ One might say love. At any rate, I now walk/ Wary (for it could happen/ Even in this dull, ruinous landscape); skeptical,/ Yet politic; ignorant// Of whatever angel may choose to flare/ Suddenly at my elbow. I only know that a rook/Ordering its black feathers can so shine/As to seize my senses, haul/ My eyelids up, and grant// A brief respite from fear/ Of total neutrality. With luck,/ Trekking stubborn through this season/ Of fatigue, I shall/ Patch together a content//Of sorts. Miracles occur,/ If you care to call those spasmodic/ Tricks of radiance miracles. The wait's begun again,/The long wait for the angel./For that rare, random descent.




An Appearance

The smile of iceboxes annihilates me./ Such blue currents in the veins of my loved one!/ I hear her great heart purr.// From her lips ampersands and percent signs/ Exit like kisses./ It is Monday in her mind: morals// Launder and present themselves./ What am I to make of these contradictions?/ I wear white cuffs, I bow.// Is this love then, this red material/ Issuing from the steele needle that flies so blindingly?/ It will make little dresses and coats,/ It will cover a dynasty./ How her body opens and shuts --/ A Swiss watch, jeweled in the hinges!// O heart, such disorganization!/ The stars are flashing like terrible numerals./ ABC, her eyelids say.


Last Words

I do not want a plain box, I want a sarcophagus/ With tigery stripes, and a face on it/ Round as the moon, to stare up./ I want to be looking at them when they come/ Picking among the dumb minerals, the roots./ I see them already—the pale, star-distance faces./ Now they are nothing, they are not even babies./ I imagine them without fathers or mothers, like the first gods./ They will wonder if I was important./ I should sugar and preserve my days like fruit!/ My mirror is clouding over —-/ A few more breaths, and it will reflect nothing at all./ The flowers and the faces whiten to a sheet.// I do not trust the spirit. It escapes like steam/ In dreams, through mouth-hole or eye-hole. I can’t stop it./ One day it won’t come back. Things aren’t like that./ They stay, their little particular lusters/ Warmed by much handling. They almost purr./
When the soles of my feet grow cold,/ The blue eye of my turquoise will comfort me./ Let me have my copper cooking pots, let my rouge pots/ Bloom about me like night flowers, with a good smell./ They will roll me up in bandages, they will store my heart/ Under my feet in a neat parcel./ I shall hardly know myself. It will be dark,/ And the shine of these small things sweeter than the face of Ishtar.


Elm

for Ruth Fainlight

I know the bottom, she says. I know it with my great tap root;/ t is what you fear./I do not fear it: I have been there.// Is it the sea you hear in me,
Its dissatisfactions?/ Or the voice of nothing, that was your madness?// Love is a shadow./ How you lie and cry after it./ Listen: these are its hooves: it has gone off, like a horse.// All night I shall gallup thus, impetuously,/ Till your head is a stone, your pillow a little turf,/ Echoing, echoing.// Or shall I bring you the sound of poisons?/ This is rain now, the big hush./ And this is the fruit of it: tin white, like arsenic.// I have suffered the atrocity of sunsets./ Scorched to the root/ My red filaments burn and stand,a hand of wires./ Now I break up in pieces that fly about like clubs./ A wind of such violence/ Will tolerate no bystanding: I must shriek.// The moon, also, is merciless: she would drag me/ Cruelly, being barren./ Her radiance scathes me. Or perhaps I have caught her.// I let her go. I let her go/ Diminished and flat, as after radical surgery./ How your bad dreams possess and endow me./ I am inhabited by a cry./ Nightly it flaps out/ Looking, with its hooks, for something to love.// I am terrified by this dark thing/
That sleeps in me;/ All day I feel its soft, feathery turnings, its malignity.// Clouds pass and disperse./ Are those the faces of love, those pale irretrievables?/ Is it for such I agitate my heart?// I am incapable of more knowledge./ What is this, this face/ So murderous in its strangle of branches? ----// Its snaky acids hiss./ It petrifies the will. These are the isolate, slow faults/ That kill, that kill, that kill.

Crossing the water

Black lake, black boat, two black, cut-paper people./ Where do the black trees go that drink here?/ Their shadows must cover Canada.// A little light is filtering from the water flowers./ Their leaves do not wish us to hurry:/ They are round and flat and full of dark advice.// Cold worlds shake from the oar./ The spirit of blackness is in us, it is in the fishes./ A snag is lifting a valedictory, pale hand;// Stars open among the lilies./ Are you not blinded by such expressionless sirens?/ This is the silence of astounded souls.


 




(De "Collected Poems" Faber and Faber, 1981.)





SYLVIA PLATH (EE.UU, 1932-1963)