septiembre 30, 2010

POEMAS DE ARTURO CARRERA








        LA TARDECITA



Se acerca la primavera,

Marcia me odia, tanto
como yo amo a Lesbia, y
Catulo la amaba...

Ella dice que es obscena
la manera de referirme a mis amigos;
que soy, en resumidas cuentas de collar,
una máscara ya obscena y amenamente
indeseable

Una máscara del teatro de la infelicidad.

Pero estamos en el campo.

El sol alto y tardío.
El sexo en los cogollos del almendro.
La luna por despuntar...

...el durazno japonés relampagueante,
brillante rosado como nunca ví. Vacío,

vacío vertiginoso como tu voz brillante
contra el viento iluminado y el infierno musical
de tus estupideces.

Tu voz brillante. Tu voz ¡poética!

¿Recuerdas que dijiste que la prioridad del artista
estaba en hacerse reventar por los chongos
de Floresta y después "narrarlo" mientras
se posa, ante un pintor, como una mariposa
americana?

El cielo es una lámina que finge un color,
una desgracia, unos dibujos maravillosos para el feliz

embaucamiento de unos niños que involuntariamente
suspenden la credulidad; coléricos.

Oh poeta,
el pequeño vestigio de una tormenta atormentadora
te alimenta con su rayo

Te arrimás a los pies de un fulgor que quema como aquel
caballo blanco que veo, ahora, pegado a su destello

Estúpido caballo criollo del lenguaje.

Una mujer entrevé tu Vacío en su boca estrepitosa

Oh inebriante perrito faldero
llorando aún por la pérdida de su mamá
en las letrinas de Roma en una época cruel, en una época
de niños Heligábalos tan putos como él,
tan degenerados superiores como él. ¿Debí decir que
citaba a Pessoa (mucho más, mucho más inteligente que
yo. Más claro y menos oscuro en las razones de la amistad
obscena con la tierra y el aire y el sol y la eternidad)?

¿se acerca la primavera?

Sí, se acerca la revolución
de las florecillas de la amable locura
con sus sospechas escarlatas, con su Rimbaud, con sus
mejores mujeres y sus lolitas en flor también
a la sombra de un despertar anaranjado del verano
en medio de cada insoportable estación.

De todas maneras,
una carcajada embrujada por la dicha "engama" los
colores;
unas manos frágiles precipitan la luz que sostiene
las formas de unas serranías y unos árboles amarillos,

¿Vendrá?

Todas las formas en todas las formas y la cabeza en la
pica de la certidumbre,

la angustiosa serenidad momentánea de la certidumbre,

Una cierta sombra en las fantasías del amor. Unas
sombrías

siluetas en la cabeza abigarrada y pulsante,
la cabeza, la cabeza del amante

sea quien sea. La primavera.
El cielo como una lámpara en la mesita de luz y
el día como una noche dispuesta para el obsceno Dolor
y siempre unos niños bailando en un claro de mi sangre:
un arco iris del deseo en mis venas.

El cuerpo estratificado en el lecho ácido del pino,
las semillas turgentes bajo sus madres arraigadas;
el silbo de unas perdices mientras avanzo hacia la casa
cerrada y el galgo y las tunas mordidas por los toros.

El secreto en el aura de Alicia, la casera, que espanta
las vacas con su Citroën amarillo y sus alaridos
expertos.

El celo. Tres rojas muchachas y yo. El celo sereno,
el celo en la cabellera solar de la mujer

¿El hombre de mármol
quejumbroso?

¿Vendrá?

Todas las parteras oirían su nacimiento
si se decidiera a verse nacer,
estímulo de la pintura. Estímulo de las
estéticas anarquistas de la pasión...
Confuso esclavo de la maldad evaporando en la sombra
toda la Literatura y todo el Mal.

-Pero no pronuncies esa palabra obscena, por favor,
Arturito...

Ni dispongas puntos suspensivos donde políticamente
no hay suspenso.
Estamos en el campo y aquí me quedaría hasta ver
amanecer y que la vaca me dé la teta con sus innumerables
pezones...

Terco poeta como la luna en el agua que se agita,
el día se agita como yo.
Estamos en el campo.

-¿Qué somos?
-A-mi-gui-tos...

Sonrisa en el coral de las sonrisas que miradas
difícilmente se disuelven en el aire obsceno.
Obsceno el tacto del pico de los patos.
Obscena la algarabía de la quietud.
Obscena la tarde con sus mates lavados.
Obscena la invitación a la pintura en caballete.
Obsceno el caballete en el desván del campo.

Obsceno el diálogo más que el monólogo y más obsceno
que este coloquio entre perros de interior...

Obscena la mirada a la leña y el hacha,
obsceno el conejo con sus orejas enterradas en el barro;
obsceno el juego de repetir
la hartura de la pintura...
Del campo.

¿Vendrá?

Su caballito volvió solo al lugar

Espacio perfumado
no importa con qué
Estiércol de la atención humeante y perfumada

La mirada bosta circular de las vacas
como un cráter lunar en el aire
en el verde del aire-césped

Sangre en la pared.

Sangre en la nariz de la niñita que sale del agua,

Sangre escondida en los hilillos equidistantes
de las venas poéticas

Y es todo lo que no nos debería faltar.


CREPUSCULO ARGENTINO

        a Elina y Alejandro Carrafancq


El campo,

un espacio donde los niños
confunden la belleza con la felicidad;

la luz los atonta, el flash doméstico
y natural los oculta en catacumbas, agujeros
negros, blancos conventos insonorizados,
sin follaje...
oh pequeños religiosos de la exigencia:

una sonrisita fosforescente y acústica
y un abracito afectado que se conoce
en esa especie de Vacío Mundo

en otra más lejana galáctica
insaciable risita que lucha.

Todas las astillas cósmicas.
Todos los hilos agámicos.
Todas las taciturnas
vocecitas en la luz amarilla,
intensa, de azufre fosforescente
y de luciérnaga que agoniza.

nosotros en ese campo expulsado
donde la fatiga es imprevista
con sus misteriosos eclipses...

La insistencia de un pánico silvestre
y los diminutivos con que Arturito recorre
su paciencia, su olvido en todo lo que se
afinca como parpadeo.

Las cajas del sueño donde el poder dormir
como volver a morir se precipita; el aire
se funde con la luz oscura y el agua con
los desplazamientos del rumor acuático

imanes, imanes de felicidades remotas mímicas
en los estados de belleza pura, y variaciones
mágicas con dedos de reptil, pero ese reptil

de miniatura africana
que salta continuamente en el hirviente
desierto de arena para no escaldarse y
vivir al unísono,

para que el día entre en él por todas sus
semejantes, ínfimas, innumerables huellas
para que la presencia insaciable del día
no lo adormezca;

sin embargo,
a ellos otros espero, anhelo,
anillo sus múltiples exigencias.

Puedo envejecer esperándolos en otra humanidad
y puedo otra vez nacer; estar como un fruto
en corona, esperando el picotazo de otros
mundos,

la vida de cada minúscula noche hacia el mar.

Ellos,
bienes dormidos bajo estatuas de olmos, gnomos,
tesoros en cofres de pirotecnias perpetuas,
aún en el vacío insonoro, atraídos como ranas
En la inquietud de los estanques o el mar,

sobre la vasta ola roma, sin cresta, alzándose
silenciosa sobre el amor:

minutos sin ley ni astros
tiempos sin cuerpo ni deseo
espacios donde se cortan los afectos
a cada exiguo pie de un hombre.

Son niños siempre y
niños en un festín donde
se desconocen los nombres

Niños arrancados del cuerpo y
del corazón, como raicillas que
ya hubieran echado en otros niños
su ligazón; en otros pensamientos
su dolorosa espesura.

Niños explosiones acústicas
Niños ortigas del verano; a un punto
en la seda
vienen a mirar faisanes;

un círculo luminoso donde caen
todas las remotas ideologías naturales
y todas nuestras cósmicas huellas
estrelladas: los niños.

Duelo de no pertenecer
duelo de las sabidurías desconocidas
sin órganos
sin ostentación y sin goces

duelo de apartarse dudando del patio
de la dicha: donde allí todo nos
sosegaba como sofocado dolor

aquí todo nos despierta
aquí somos el sobresalto del lince
aquí el sueño oculta
la alegría del secreto

Aquí la verdad solitaria derrumba
el placer
y el placer no sostiene
el secreto no sostiene
el despertar no me sostiene,
su realidad,
es más devastadora que el deseo

¿Qué es?

Es la desesperación
que nos impone como un sueño
el vacío, el campo...

Vaho amarillo y los diablitos
riéndose. Arrastran un perrito,
escriben una eme majestuosa;
las brujas-lolita con sus mechones
eléctricos y sus malcriadas muñecas,

la voz del perrito; los dientes de las cosas;
la acústica estirpe china del súbito día

(el té).

Los niños.
Sus rasos borran la única fiesta,
la única mentira, la única verdad,
la única risa.

No te alejes más.
No te alejes más.

¿Qué haré sin los ojillos de tu faisán?
Sin tus gestos como picotazos dorados.

Mi desesperación clavada en el deseo
como un colibrí salvaje en la

gigantesca flor acuática. La hipertrófica
magnolia del deseo:

un limón escarlata y óxido de hierro la van
centrando con sus suavísimos ganchos:
la abeja allí se empolva, los zánganos
conocen y reconocen: desconocen

El campo, la noche y
sus caretas de olores
que no enmascaran, los
mensajes cortados y los
gritos suntuosos;
la noche con sus señales
de amores de alfalfas y
alfabetos de sapos y
telarañas.

Magnolia del zorrino
con su chorro de humos acres

¿Nada sostendría?
¿Nada consentiría en su risa de chaparrones
de blancos y agrios fuegos
luminosos?

Es la madrugada: ¿pero cómo...?

Los niños se duermen:
fácilmente se duermen sobre estos clavos
de azúcar, fakires del infinito turbulento.

El campo tiembla.
El campo nuestro. (...el delirio, los surcos
de la lava del alba. El agua donde amanecemos.

Los terrores poderosos giran en torno a
objetos sin valor. ¿Te acordás? Fase del
desprecio, incluso por el no...

El No de un amarillo vibratorio,
los girasoles en el vozarrón del día
y el humo del atardecer, los ojos
en la cabeza leñosa
en el espumoso anaranjado del sol.

No te alejes más.
No te alejes más.

el deseo desdibuja en su plumosa tierra
un espacio: "que no te despierten todavía,
y que no hiervan la leche todavía".

Multiplicidades. Multiplicidades
secretas

Lo que pasa durante la tarde
como los pequeños frutos de las intensidades
se abre, como un último frutillo
en las fogatas anaranjadas

Deja que bajo nuestra incertidumbre
croe lo incierto: el agro de la espera,
la niñita que baila... la patria de San Juan
y esas inquisitorias cartas que quemaste
para cocer la langosta y las habas:

La pintura es la extensión más sutil


        LA FAMILIA


Sobre la familia
de un dibujo cortado en
los colores

El vientre cortado,
los juguetes.

¿Para qué volver a la unidad?

La naturaleza era la imitación del padre,
la mirada ilimitada de la Madre: y el amor,
aunque probablemente no era el amor, reclamó
una breve caída sobre otros silenciosos
tiempos.

Reclamó los niños que se hundían
en el follaje estrenduoso,
en la espuma de las ramas. Reclamó todo
lo que fingía, para sí breves vidas, y
toda la pequeña presencia que ardía,
todas las misteriosas nominaciones, todas
las mentiras fugaces de unos gestos en púas:

el campo destruyó el dolor
y eso se percibía como prueba de soledad
en el paisaje.

Después el pisoteo,
la masacre del deseo: el no poder
reducir a común denominador materno
el padre malo y el abuelo tramposo.

La mirada dulcísima en esa noche
que sólo se abriría para dormir...
que acaso ya no sostenía
un ritmo: grillos esquizofrénicos.

¿Amantes?

Cuerpo fascinante y pequeña dominación.
Vibración de unas caricias que todavía crujen
en nosotros como suavísimos derrumbes de luz.

¿Amantes?

Y en la felicidad de los gritos
¿quién consintió apoderarse
de un nombre único pero querellante?

¿Quién, durante la vida,
en el vapor urticante
de todo un secreto?

EL AGUA ROSILLA

        in memoriam Silvia Redondo


¿suena un teléfono?
Es imposible, aquí, en el campo.

A menos que obedezcamos
a otras razones, a otras malas costumbres
iconográficas.

Es un pájaro que suena igual;
o la mixtura informe de dos frases
trinadas, que saltan a la vez de un gaznate
abierto al cielo,
a otro...
volcando una materia multicolor y
tan densa en "estados" que...

Ningún orden nos vincula al pasado.
No obstante...Eramos el sentido
de una desaparición, la pérdida absoluta
del sentido: nos buscábamos como piedades
escondidas, todavía invisibles, todavía
impalpables.

feliz fue la noche confusa y feliz

el vaivén de nuestros cuerpos
alarmados por el último beso. El último beso
y mientras ella desenvolvía sus puntas de secreto
en la oscuridad lechosa él bebía Tang

y fue feliz la noche fue feliz

El último beso.

(no pudo disimularse en lo pequeño:
se simuló en lo más enigmático de
una ostentación: el humillo
de un nombre.)

Amantes confundidos. Amantes en el
agua del jardín de los deseos que se
bifurcan:

volados los cuerpos y
la utilería del amor

deseo pequeño
deseo pequeño
deseo pequeño
deseo y poder
y sumisión...

animal necesariamente
en la esponjosa sombra
de las miniaturas:

del brevísimo instante en que aparecemos
como títeres de la confusión alada entre
dichosos por hastío,
por hambre.

a cada paso nuestra secreta carga y
nuestro falso deber.

el hormiguero del sueño, el sueño
de tu hermosa tierra (dentro de lo posible)
el hormiguero y la desaparición:

El campo,
pasto o brizna de luz,
hormiga o escarabajo tanque

Y el perro Arturo que fue tu lazarillo
en Roma, y compartió las fugas en tu duelo
paterno, molecular: pasional, Arturo

¿dónde estarás, ahora? ¿Contra qué valla
de sombras sin espinas dejarás caer a tu
amo?

El sol se extingue bruscamente y un insectito
con lunares negros, bruscamente anaranjado
se posa en mi muñeca: "Mirá, papá. Una
vaquita de sanatorio." -dice Ana.

Más pequeño que nuestro retrato en la cerrazón
y más pequeño que el mundo sostenido por lo
que desaparece. La hierba, la luz, la piel, el agua.
Espacio con olor a vainillas.

espacio del vómito instantáneo de un niño
ácido del niño como esperanza: (secreto aliento
aplastado en la desesperación esperanzada...)

Espacio perfumado y espacio medroso
Espacio sombrío de las tímidas frutillas
Espacio de los tilos y las naranjas

espacio del cerezo escarchado picado por
los pájaros.

Espacio y espacio
donde tenso se abre el secreto
de una palabra y
de todas las deliciosas porquerías
de los niños.

Espacio para el barullo de lo pequeño
que no desaparecerá por el envión de la mañana
y espacio para la enumeración cada vez más simple y
más imperfecta

sintaxis de multiplicidades de olvidos

Atrajo para ellos
la vida para sí:
la vida-juguete
la vida-moscardón tornasol
zumbando en la viruta de otra luz
y las lisísimas hojas del verano
soplado en la luz

sonajero, sonajero
de un secreto mortal
que únicamente los niños comprendían.

Fuiste la risita contraída
en la recova del caracol

la risita de los niños del sol
y otro sol en otros niños mutantes:
la diferente paternidad pueril
de lo viviente

Con ellos, hacías, escribías
con abrelatas del deseo
esta vez cada vez más vivir
y en lo viviente, espacio,
cada vez más oir
el secreto de lo vivido

Oh,
por tu culpa debí enloquecer
puesto que vivir
es sólo presentir
el deseo.

los niños no lo saben
los niños lo presienten
en su rotunda sensatez de pequeños.

los gritos, las risitas,
las carcajadas en el agua porosa
y el sol en las piedras azucaradas:

Vos los obligabas a que saltaran la barrera
donde un señor estaba con su sombrero negro
y una señora posaba con su sombrilla salitrosa.

Mujeres, niñas, reinas:
todas con sus posesiones felices estentóreas.

¿Te acordás de los patos arlequinados?
¿Te acordás que hundí el dedito meñique en el tintero
el primer día escolar?
¿Y el día que me cagué encima, y corriste alertando
el aquelarre de las constantinoplas tías?

¡Oh madonas de una sombra cuadrada y aciaga!
(madaminas
del alba y del azar junto a los niños) Dueñas del
ocaso cuando las estrellas se preparan en vano, para
guiñarle el ojo a las gallinas.

¿Te acordás de Olga Rapún, los ataques en malón, el
vidrio en la Yale? ¿La envidia afrontada al miedo
de jugar?

el miedo a ser aun más niños, y a la usurpación de
ellos (sin vos), en una memoria enterrada que yo
exhumo en tiras, en franjas y en fragmentos para
vos.

Ya que con todas tus fuerzas comprendiste su energía,
la velocidad remota de sus guiños. Gritos y bailes.
Supiste separarte de lo pequeño perpetuamente un
momento

Separándote casi eternamente un momento
de toda tu muerte en llamas y separando con ellos
del orgullo reificado de lo grande,
la contaminación de lo pequeño y
los pequeños

los chicos gozaban
los chicos entraban en la boca del amor,
la boca del confín de los poderosos donde salta
la gran dentadura
de la locura...

¿Y aquellos novios en aras de un deseo inicial?

Todavía impalpables...
...invisibles todavías.

Demasiado correr hacia el extremo de la noche y
corriendo en tu horroroso silencio hacia
ningún extremo y en todos,

Todas las palabras
se deslizaban allí

los niños detienen esa escintilación de lo mundano
en su brevísimo pico de tristeza.

Saltando sobre la arena tiñen, borran, opacan
en la luz las formas y los efectos
Los niños pegados a la gran costa y a la
dulcísima espuma del Mal.

Anita dramatizaba el movimiento de una ola
avanzando y encrespando en su alegría
una mirada celeste turbulenta.

Fermín cortaba las olas más altas
con su pitito.

.........................................................................................

Estamos hechos para soportar el estallido
de la muerte en la infancia: Aún no,
no termines, no acabes, todavía

.........................................................................................

alguien quiso que todo quedara
al alcance de un pescador orgulloso
de su trabajo con el agua.

El silencio,
el silencio

el silencio del agua
cuando es presa
de los niños

El agua.

de Arturo y Yo. Ediciones Ultimo Reino (1984).


ARTURO CARRERA  (Buenos, Aires, 1948)



septiembre 14, 2010

MAROSA DI GIORGIO




5


     Deja tu comarca entre las fieras y los lirios. Y ven a mí esta noche oh, mi amado, monstruo de almíbar, novio de tulipán, asesino de hojas dulces. Así, aquella noche lo clamaba yo, de portal en portal, junto a la pared pálida como un hueso, todo llena de un miedo irisado y de un oscuro amor. Ya era la edad en que las abuelas habían retrocedido a moradas de subtierra y sólo sus almas perduraban encadenadas a las lámparas estremeciendo mariposas verdes y amarillas a la hora de los fuegos y los rezos.
¡Oh, mi amor! lo clamaba yo, de puerta en puerta, de muro en muro– perdí mis trenzas, estoy desnuda, se cayó el sándalo de los medallones, la luna paró sobre las chimeneas su trineo de coral. Y no vienes, hombre, rosa, crimen, corazón. Voy a quebrar las almendras, a comer alabastro amargo. Voy a matar los panales. Me has hecho imaginar inútilmente tus médulas de sándalo, tu corazón de fuego. Ahora, reirán de mí las muertas que se acuerdan de tu amor. Así mentía yo, abrazada a su melena de oro, a su terrible miel. Él hablaba una lengua casi inteligible; pero, un rocío voraz, una lepra de flores, le terminaba el rostro. Y dentro estaban el azúcar y las cruces y los espejos con olor a jacintos. Nos acercamos a la mesa. Las abuelas renacieron en las lámparas. Le dije que iba a guardarlo, que iba a besarlo, que iba a guardar su corazón entre las piñas y los livores y las medallas. Otra vez jardín y sombras y columnas rotas y los cisnes serios como hombres. Empecé a matarlo. Porque no digas mi amor a nadie –a entreabrirle los pétalos del pecho, a sacarle el corazón. Él se apoyó en mi brazo, le latía con locura el almíbar de los dedos. Empezó a morir. Cerca del bosque empezó a morir. Rompí a llorar. Voy  a matar los panales; voy a quebrar las almendras, a comer alabastro amargo. Su muerte siguió a lo largo del bosque. Quise recogerla en mi saya, reunirla en mis brazos, abrazarla. Voy a tener hijos de almíbar y de pétalos y no podrán besarte, oh, mi novio de miel, mi tulipán. Lloraba desesperadamente. Quería juntar los pétalos, reconstruir la miel, sacarlo de la muerte, ganarlo para siempre, que no tuviera fin este poema.


(De “Humo”, Los Papeles Salvajes I)


13


     Al ver las cosas resolvió irse. No al jardín, ni al otro más lejano; ni a otro país ni a la muerte. Tomó otro método. Una mañana, en el alba, saltó del lecho, oíamos un silbido y un volido como de loro y de lechuza. Y se posó allá entre la sala y la cocina. Es decir se veía dónde estaba y no se sabía dónde estaba. Quedó fija, pero, flotó. Flotó fija. Los rizos hasta el suelo, el batón rosado, el mantón rosado. Mamá le rezó, le preguntó: -¿Dónde vas? ¿Qué te pasa? ¿Frío? ¿Fuego? ¿Nieve? ¿No quieres comer, dormir, casarte? ¿Qué te duele? Primero, se ocultó todo a los vecinos. Luego, se llevaba a las visitas a ver eso. Poco ya recordaban de la infanta, pues, su actual estado desdibujaba la anterior presencia.
     Hasta que empezó a tornarse un diseño, a desleírse; yo ví a mamá con un pincel reforzando el contorno; al fin, sólo se vieron ojos; mamá los circundaba fuertemente con un lápiz de oro y la vi con uñas como pinzas rasguñar el revoque y hurgar en los ladrillos. “Se fue”, dijo.
     En el hogar crepitaban leños. Y cerca del techo volaron unas mariposas, como ebrias, como si hubiesen bebido algo oscuro y desconocido.


22


     Vino atravesando los aires, la cara blanca como cubierta con un trapo, las alas negras, grandes, que parecían de águila, sobre las arboledas malditas, los pantanos. Semejaba un druida, un poeta, un designio; cruzó la ventana hasta donde ella dormía, los brazos y el pelo tocando el suelo; las piernas entreabiertas.
     Él se aplicó, se adosó.
     Y por alguna destreza suya hizo que ella siguiera dormida. Ella soñó que se había casado y ése era el minuto nupcial; entregó toda su sangra, con miedo y sin retaceos. Él sorbía por varios rumbos. Luego, se alzó, se despegó, y pasó la ventana, por donde ya cruzaban flores fatales, recién hechas, rosas, dalias, camelias, bromelias, y miosotis, las plantas que dan bichos de luz…Él volaba con un rumor de otros mundos, de planeta, la cara blanca goteaba, las alas negras ondeando como si fueran a subir más alto que la luna. Iba molesto, azorado.
      Ella, ya, definitivamente muerta, estiró las piernas y las retrajo, y el rostro, igual, abrió y cerró los ojos y estaba muerta.


 (De “Mesa de Esmeralda”, Los Papeles Salvajes II)




27

     Una mariposa me hizo un guiño. No muy grande; las hojas ovales; mitad en blanco, mitad en negro. Como si viniera de una boda a medias, de una muerte a medias; de una mujer enferma.
¿Por qué te paraste sobre la jarra como un retrato?¿ Por qué vas y vienes, si dije que te fueses para siempre?
     Pero, no.
     A cada instante, la saco de mi cabello. Flota sobre la sopa como muerta.
     Los domingos se va al sitio de los astros; no sé cómo la diviso. Y vuelve a la caída sombría de los jueves.
     ¿Por qué no apagas tu fantástico clavel blanco?
     ¿Por qué no apagas tu fantástico clavel negro?
      No sé qué hacer. No puedo andar por el mundo.
      La gente dice “Tiene una mariposa en su vida”.
      La gente dice “ Está maldita”. “Está tristísima”.
      Quisiera renacer.
                                                                                    Sin eso…

 (De “ En todos los vestidos bordaban nomeolvides”, Los Papeles Salvajes II)

     ***

 Qué especie misteriosa la de los ángeles. Cuando nací oí decían “Ángel”, “Ángeles”, u otros nombres. “Nardo”, “Lirio”. Es puma que crece sobre las ramas, cerámica finísima aumentando sola. Nardo. Lirio.
     Y en los ojos de los perros, también, hay ángeles.
     O eran altos, vestidos de pluma y gasa, alas larguísimas, ojos grises. Nos acompañaban a la escuela (cada uno disponía de uno), al baile de las niñas, a mis bodas sucesivas, paralelas, que ya conté.
     Cuando los novios eran lagartos, eucaliptos o claveles.
     Y a la boda mayor con el Gato Montés; mi madre tenía miedo y me llevaba de la mano, y papá no se atrevió a ir.
     Ellos sobrevolaban cerca. La entrada del bosque, la cocina, la hornacina donde había pequeñas calaveras, palomas cazadas.
     Presenciaron el ceremonial y el rito.
     Y con su silencioso poderío me salvaron.

*

51

Vi un animal forrado de otro animal y por los orificios aún le salían patas de pez y espinas de niño. Y todas sus telas y mallas eran finas y tensas y tersas, muy bien hechas. El color, rosa, perla o gris.
Estaba en el aire y en el suelo.
Yo quise agarrarlo y creí que lo había hecho, pero, nada de eso sucedió. Además, el aire se cerraba con manzanos. Era un círculo perfecto. Las manzanas se precipitaban unas tras otras, blancas o rojas; como bombas o cajas. Y cuando habían caído todas, una nueva floración daba a luz más bombas y cajas. Y la luna entre las hojas, un disco delgadísimo que giraba sin cesar e inmóvil por supuesto: la melodía decía "Nadie toque nada; no intente entrar, ni irse: está bien, así".

(De "El mar de Amelia", Los papeles salvajes II)
*


     A la noche empezó a soplar viento; en verdad, eran jazmines que venían, y eso parecía el viento. A ras de tierra, por el aire, a través de los árboles, puertas y ventanas; semejaron eludirme, pero, uno me golpeó en el pie; varios, seis, se me acomodaban en la cara, tal rápida corona (se deshizo). Yo estaba junto a la mesa, inmóvil, trazada con un lápiz.
     Los Jazmines eran grandes y brillantes como hechos con huevos y con lágrimas.
     Los familiares parecieron preguntarme silenciosamente y con alguna ira:
     Aprendiste tantas cosas y ahora no puedes explicar? Se inició alguna conversación en lo oscuro, varias conversaciones, pero se interrumpían porque todo era inútil y nada podía detener a los jazmines.


(De “ Carros fúnebres cargados de sandías”, Los Papeles Salvajes II)






MAROSA DI GIORGIO ( Salto, URUGUAY. 1932-2004)