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noviembre 27, 2010

POEMAS DE CONSTANTIN KAVAFIS



EL DIOS ABANDONA A ANTONIO

Si de pronto, a medianoche, se oye
pasar un cortejo invisible
con espléndidas músicas, con voces –
tu suerte que ya cede, tus obras
que fracasaron, los proyectos de tu vida
que resultaron todos ilusorios, no llores vanamente.
Como dispuesto desde hace tiempo, como valiente,
despídete de ella, de la Alejandría que parte.
Sobre todo no te engañes, no digas que fue
un sueño, que se engañó tu oído;
no aceptes esas vanas esperanzas.
Como dispuesto desde hace tiempo, como valiente,
como corresponde a quien fue digno de tal ciudad,
acércate resueltamente a la ventana,
y escucha con emoción, pero no
con los ruegos y lamentos de los cobardes,
como un último placer, esos sonidos,
los espléndidos instrumentos del misterioso cortejo,
y despídete de ella, de la Alejandría que pierdes.


LA CIUDAD


Dijiste: ”Iré a otra tierra, iré a otro mar,
Debe existir una ciudad mejor que ésta.
Todo esfuerzo mío es aquí una condena,
y mi corazón –como un muerto– está sepultado.
¿Hasta cuándo mi espíritu permancerá en este marasmo?
Donde vuelvo mis ojos, donde miro
Veo las negras ruinas de mi vida, aquí
Donde tantos años pasé y arruiné y perdí”.

No hallarás sitios nuevos, no hallarás otros mares.
La ciudad te seguirá. Darás vueltas por las mismas
calles. Envejecerás en los mismos barrios,
y en estas mismas casas encanecerás.
Siempre llegarás a esta ciudad. Para otra parte –no lo esperes–
no hay barco para ti, no hay camino.
Al arruinar tu vida aquí, en este pequeño rincón,
en toda la tierra la arruinaste.



ITACA


Cuando emprendas el regreso a Itaca,
ruega que el camino sea largo,
lleno de aventuras, de conocimiento.
A los Lestrigones y los Cíclopes,
al irritado Poseidón, no les temas;
no hallarás tales cosas en tu camino
si tu pensamiento es elevado, si una sublime
emoción embarga tu espíritu y tu cuerpo.
A los Lestrigones y los Cíclopes,
al feroz Poseidón, no los encontrarás
si no los llevas en tu alma,
si tu alma no los pone ante ti.

Ruega que el camino sea largo.
Que sean muchas las mañanas estivales
en que lleno de placer y alegría
entres a puertos vistos por primera vez;
detente en los mercados fenicios
y adquiere hermosas mercancías,
nácar y coral, ámbar y ébano,
y toda clase de perfumes voluptuosos,
todos los perfumes voluptuosos que puedas;
visita muchas ciudades egipcias
para aprender más y más de los sabios.

Ten siempre en tu mente a Itaca.
Tu meta es llegar allí.
Pero no apresures de ninguna manera el viaje.
Mejor que dure muchos años,
y viejo ya ancles en la isla,
rico con cuanto ganaste en el camino,
sin esperar que Itaca te dé riquezas.

Itaca te dio el hermoso viaje.
Sin ella no hubieras salido del camino.
Pero ya no tiene nada para darte.
Y si la encuentras pobre, Itaca no te ha engañado.
Tan sabio como has llegado a ser, con tanta experiencia,
ya habrás comprendido qué significan las Itacas.



LAS VENTANAS


En estos oscuros cuartos donde paso
días pesados, voy de un lado al otro
para hallar las ventanas. – Cuando se abra
una ventana será un consuelo.
Pero las ventanas no aparecen, o yo no puedo
hallarlas. Y quizás sea mejor que no las encuentre.
Quizás la luz sea un nuevo tormento.
Quién sabe qué cosas nuevas mostrará.


ESPERANDO A LOS BÁRBAROS

—¿Qué esperamos reunidos en el ágora?

 Es que hoy llegan los bárbaros.

—¿Por qué el Senado está inactivo?
¿Qué pasa que los Senadores no legislan?

Porque hoy llegan los bárbaros.
¿Qué leyes pueden hacer ya los Senadores?
Los bárbaros legislarán cuando lleguen.

—¿ Por qué nuestro emperador se levantó tan temprano
y está sentado en la puerta principal de la ciudad,
solemne en su trono, luciendo la corona?

Porque hoy llegan los bárbaros.
Y el emperador espera recibir
a su jefe. Hasta ha preparado
un pergamino para entregarle. Allí
ha consignado muchos títulos y nombres.

—¿Por qué nuestros dos cónsules y los pretores salieron
hoy con sus rojas togas bordadas?
¿Por qué llevan brazaletes con tantas amatistas,
y anillos con espléndidas y brillantes esmeraldas,
por qué empuñan hoy preciosos bastones
magníficamente recamados de oro y plata?

Porque hoy llegan los bárbaros,
Y esas cosas deslumbran a los bárbaros.

—¿Por qué los ilustres oradores no vienen como siempre
a echar sus discursos, a decir sus cosas?

Porque hoy llegan los bárbaros,
y a ellos les fastidian la elocuencia y las arengas.

—¿Por qué comienza de pronto esta inquietud
y confusión. (Qué serios se han vuelto los rostros.)
¿Por qué se vacían rápidamente las calles y las plazas
y todos vuelven a sus casas muy pensativos?

Porque anocheció y los bárbaros han llegado.
Y algunos que han venido de las fronteras
dijeron que ya no hay bárbaros.

Y ahora qué será de nosotros sin bárbaros.
Ésos hombres eran alguna solución.


AL ATARDECER


De todos modos no duraría mucho. La experiencia
de los años me lo enseña. Sin embargo, algo apresuradamente
vino la Moira y lo interrumpió.
Fue breve esa hermosa vida.
Pero qué intensos eran los perfumes,
en qué espléndidos lechos nos acostamos,
a qué placer entregamos nuestros cuerpos.

Un eco de los días de placer,
un eco de los días, vino hasta mí,
algo del ardor de nuestra juventud;
volví a tomar una carta en mis manos
y leí una y otra vez hasta que faltó la luz.

Y salí melancólicamente al balcón,
salí para cambiar de pensamientos mirando al menos
un poco de la ciudad amada,
un poco el movimiento de la calle y los negocios.



LOS CABALLOS DE AQUILES

   Cuando vieron muerto a Patroclo,
que era tan viril, y fuerte, y joven,
los caballos de Aquiles comenzaron a llorar:
   su naturaleza inmortal se indignó
al contemplar esa obra de la muerte.
Sacudían sus cabezas y agitaban sus largas crines,
   golpeaban la tierra con los cascos, y lloraban
viendo a Patroclo exánime —aniquilado—
ahora una carne abyecta —su espíritu desvanecido—
   indefenso —sin aliento—
devuelto desde la vida a la gran Nada.

   Vio Zeus  las lágrimas de los caballos
inmortales y se entristeció. “En las bodas de Peleo
—dijo— no debí cometer tal desatino;
   ¡mejor hubiera sido no haberos entregado, desdichados
caballos míos! Qué podíais hacer allá abajo,
entre la mísera humanidad juguete del destino.
   A vosotros, exentos de muerte y de vejez,
os atormentan efímeras desgracias. En sus aflicciones
os han enredado los hombres”. —Pero
   los nobles animales seguían llorando
por la calamidad eterna de la muerte.



VUELVE


Vuelve siempre y tómame,
sensación amada, vuelve y tómame—
cuando despierta la memoria del cuerpo
y un viejo deseo pasa nuevamente por la sangre;
cuando los labios y la piel recuerdan
y las manos sienten que tocan otra vez.

Vuelve siempre y tómame en la noche,
cuando los labios y la piel recuerdan…


EL SOL DE LA TARDE


Este cuarto, qué bien lo conozco.
Ahora se alquila y también el de al lado
para oficinas comerciales. Toda la casa se convirtió
en oficinas de corredores, de comerciantes, de compañías.

Ah, este cuarto, qué familiar me es.

Aquí cerca de la puerta estaba el canapé,
y delante de él una alfombra persa;
al lado la repisa con dos floreros amarillos.
A la derecha, no, enfrente, un armario con espejo.
En el centro la mesa donde escribía,
y las tres grandes sillas de mimbre.
Junto a la ventana estaba la cama
donde nos amamos tantas veces.

Aún deben estar en alguna parte esas pobres cosas.

Junto a la ventana estaba la cama;
el sol de la tarde llegaba hasta el medio.

…Las cuatro de la tarde, nos habíamos separado
sólo por una semana…Ay,
esa semana se volvió eterna.



MELANCOLÍA DE JASÓN, HIJO DE CLEANDRO, POETA EN COMAGENE, 595 D.C.


El envejecimiento de mi cuerpo y mi figura
es herida de terrible puñal.
Ya no resisto más.
A ti recurro, Arte de la Poesía,
que algo sabes de remedios,
intentos de calmar el dolor mediante la Imaginación y el Verbo.
Es herida de terrible puñal.
Tráeme tus remedios, Arte de la Poesía,
y haz —por un instante— que no sienta la herida.


(Versiones de Horacio Castillo)


CUANDO DESPIERTEN

Trata de guardarlas, poeta,
por más que sean pocas aquellas que se detienen.
Las visiones de tu amor.
Ponlas, medio ocultas, entre tus frases.
Trata de retenerles, poeta,
cuando despierten en tu mente
en la noche o en el fulgor del mediodía.


(Versión de Miguel Castillo Didier)


CUANTO PUEDAS

Cuanto puedas
Si imposible es hacer tu vida como quieres,
por lo menos esfuérzate
cuanto puedas en esto: no la envilezcas nunca
por contacto excesivo
con el mundo que agita movedizas palabras.

No la envilezcas nunca
en el tráfago inútil
o en el necio vacío
de los rostros diarios
y al cabo te resulte un huésped importuno.


(Versión de José Ángel Valente)




CONSTANTIN PÉTROU KAVAFIS (Grecia, 1863-1933)






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