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septiembre 14, 2010

MAROSA DI GIORGIO




5


     Deja tu comarca entre las fieras y los lirios. Y ven a mí esta noche oh, mi amado, monstruo de almíbar, novio de tulipán, asesino de hojas dulces. Así, aquella noche lo clamaba yo, de portal en portal, junto a la pared pálida como un hueso, todo llena de un miedo irisado y de un oscuro amor. Ya era la edad en que las abuelas habían retrocedido a moradas de subtierra y sólo sus almas perduraban encadenadas a las lámparas estremeciendo mariposas verdes y amarillas a la hora de los fuegos y los rezos.
¡Oh, mi amor! lo clamaba yo, de puerta en puerta, de muro en muro– perdí mis trenzas, estoy desnuda, se cayó el sándalo de los medallones, la luna paró sobre las chimeneas su trineo de coral. Y no vienes, hombre, rosa, crimen, corazón. Voy a quebrar las almendras, a comer alabastro amargo. Voy a matar los panales. Me has hecho imaginar inútilmente tus médulas de sándalo, tu corazón de fuego. Ahora, reirán de mí las muertas que se acuerdan de tu amor. Así mentía yo, abrazada a su melena de oro, a su terrible miel. Él hablaba una lengua casi inteligible; pero, un rocío voraz, una lepra de flores, le terminaba el rostro. Y dentro estaban el azúcar y las cruces y los espejos con olor a jacintos. Nos acercamos a la mesa. Las abuelas renacieron en las lámparas. Le dije que iba a guardarlo, que iba a besarlo, que iba a guardar su corazón entre las piñas y los livores y las medallas. Otra vez jardín y sombras y columnas rotas y los cisnes serios como hombres. Empecé a matarlo. Porque no digas mi amor a nadie –a entreabrirle los pétalos del pecho, a sacarle el corazón. Él se apoyó en mi brazo, le latía con locura el almíbar de los dedos. Empezó a morir. Cerca del bosque empezó a morir. Rompí a llorar. Voy  a matar los panales; voy a quebrar las almendras, a comer alabastro amargo. Su muerte siguió a lo largo del bosque. Quise recogerla en mi saya, reunirla en mis brazos, abrazarla. Voy a tener hijos de almíbar y de pétalos y no podrán besarte, oh, mi novio de miel, mi tulipán. Lloraba desesperadamente. Quería juntar los pétalos, reconstruir la miel, sacarlo de la muerte, ganarlo para siempre, que no tuviera fin este poema.


(De “Humo”, Los Papeles Salvajes I)


13


     Al ver las cosas resolvió irse. No al jardín, ni al otro más lejano; ni a otro país ni a la muerte. Tomó otro método. Una mañana, en el alba, saltó del lecho, oíamos un silbido y un volido como de loro y de lechuza. Y se posó allá entre la sala y la cocina. Es decir se veía dónde estaba y no se sabía dónde estaba. Quedó fija, pero, flotó. Flotó fija. Los rizos hasta el suelo, el batón rosado, el mantón rosado. Mamá le rezó, le preguntó: -¿Dónde vas? ¿Qué te pasa? ¿Frío? ¿Fuego? ¿Nieve? ¿No quieres comer, dormir, casarte? ¿Qué te duele? Primero, se ocultó todo a los vecinos. Luego, se llevaba a las visitas a ver eso. Poco ya recordaban de la infanta, pues, su actual estado desdibujaba la anterior presencia.
     Hasta que empezó a tornarse un diseño, a desleírse; yo ví a mamá con un pincel reforzando el contorno; al fin, sólo se vieron ojos; mamá los circundaba fuertemente con un lápiz de oro y la vi con uñas como pinzas rasguñar el revoque y hurgar en los ladrillos. “Se fue”, dijo.
     En el hogar crepitaban leños. Y cerca del techo volaron unas mariposas, como ebrias, como si hubiesen bebido algo oscuro y desconocido.


22


     Vino atravesando los aires, la cara blanca como cubierta con un trapo, las alas negras, grandes, que parecían de águila, sobre las arboledas malditas, los pantanos. Semejaba un druida, un poeta, un designio; cruzó la ventana hasta donde ella dormía, los brazos y el pelo tocando el suelo; las piernas entreabiertas.
     Él se aplicó, se adosó.
     Y por alguna destreza suya hizo que ella siguiera dormida. Ella soñó que se había casado y ése era el minuto nupcial; entregó toda su sangra, con miedo y sin retaceos. Él sorbía por varios rumbos. Luego, se alzó, se despegó, y pasó la ventana, por donde ya cruzaban flores fatales, recién hechas, rosas, dalias, camelias, bromelias, y miosotis, las plantas que dan bichos de luz…Él volaba con un rumor de otros mundos, de planeta, la cara blanca goteaba, las alas negras ondeando como si fueran a subir más alto que la luna. Iba molesto, azorado.
      Ella, ya, definitivamente muerta, estiró las piernas y las retrajo, y el rostro, igual, abrió y cerró los ojos y estaba muerta.


 (De “Mesa de Esmeralda”, Los Papeles Salvajes II)




27

     Una mariposa me hizo un guiño. No muy grande; las hojas ovales; mitad en blanco, mitad en negro. Como si viniera de una boda a medias, de una muerte a medias; de una mujer enferma.
¿Por qué te paraste sobre la jarra como un retrato?¿ Por qué vas y vienes, si dije que te fueses para siempre?
     Pero, no.
     A cada instante, la saco de mi cabello. Flota sobre la sopa como muerta.
     Los domingos se va al sitio de los astros; no sé cómo la diviso. Y vuelve a la caída sombría de los jueves.
     ¿Por qué no apagas tu fantástico clavel blanco?
     ¿Por qué no apagas tu fantástico clavel negro?
      No sé qué hacer. No puedo andar por el mundo.
      La gente dice “Tiene una mariposa en su vida”.
      La gente dice “ Está maldita”. “Está tristísima”.
      Quisiera renacer.
                                                                                    Sin eso…

 (De “ En todos los vestidos bordaban nomeolvides”, Los Papeles Salvajes II)

     ***

 Qué especie misteriosa la de los ángeles. Cuando nací oí decían “Ángel”, “Ángeles”, u otros nombres. “Nardo”, “Lirio”. Es puma que crece sobre las ramas, cerámica finísima aumentando sola. Nardo. Lirio.
     Y en los ojos de los perros, también, hay ángeles.
     O eran altos, vestidos de pluma y gasa, alas larguísimas, ojos grises. Nos acompañaban a la escuela (cada uno disponía de uno), al baile de las niñas, a mis bodas sucesivas, paralelas, que ya conté.
     Cuando los novios eran lagartos, eucaliptos o claveles.
     Y a la boda mayor con el Gato Montés; mi madre tenía miedo y me llevaba de la mano, y papá no se atrevió a ir.
     Ellos sobrevolaban cerca. La entrada del bosque, la cocina, la hornacina donde había pequeñas calaveras, palomas cazadas.
     Presenciaron el ceremonial y el rito.
     Y con su silencioso poderío me salvaron.

*

51

Vi un animal forrado de otro animal y por los orificios aún le salían patas de pez y espinas de niño. Y todas sus telas y mallas eran finas y tensas y tersas, muy bien hechas. El color, rosa, perla o gris.
Estaba en el aire y en el suelo.
Yo quise agarrarlo y creí que lo había hecho, pero, nada de eso sucedió. Además, el aire se cerraba con manzanos. Era un círculo perfecto. Las manzanas se precipitaban unas tras otras, blancas o rojas; como bombas o cajas. Y cuando habían caído todas, una nueva floración daba a luz más bombas y cajas. Y la luna entre las hojas, un disco delgadísimo que giraba sin cesar e inmóvil por supuesto: la melodía decía "Nadie toque nada; no intente entrar, ni irse: está bien, así".

(De "El mar de Amelia", Los papeles salvajes II)
*


     A la noche empezó a soplar viento; en verdad, eran jazmines que venían, y eso parecía el viento. A ras de tierra, por el aire, a través de los árboles, puertas y ventanas; semejaron eludirme, pero, uno me golpeó en el pie; varios, seis, se me acomodaban en la cara, tal rápida corona (se deshizo). Yo estaba junto a la mesa, inmóvil, trazada con un lápiz.
     Los Jazmines eran grandes y brillantes como hechos con huevos y con lágrimas.
     Los familiares parecieron preguntarme silenciosamente y con alguna ira:
     Aprendiste tantas cosas y ahora no puedes explicar? Se inició alguna conversación en lo oscuro, varias conversaciones, pero se interrumpían porque todo era inútil y nada podía detener a los jazmines.


(De “ Carros fúnebres cargados de sandías”, Los Papeles Salvajes II)






MAROSA DI GIORGIO ( Salto, URUGUAY. 1932-2004)




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