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noviembre 10, 2009

OTROS CINCO POEMAS DE DENISE LEVERTOV


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HIMNO A EROS


Oh Eros, silencioso sonriente, escúchame.
Deja que la sombra de tus alas
me acaricie.
Deja que tu presencia
me envuelva, como si la oscuridad
fuese un vellón.
Déjame ver esa oscuridad
lámpara en mano,
esta patria se convierte
en la otra patria
sagrada para el deseo.
Amodorrado dios,
detén las ruedas de mi pensamiento
para que sólo escuche
la nieve silenciosa de
tu abrazo.
Encierra a mi amado conmigo
en el anillo de humo de tu poder,
para que seamos, el uno para el otro,
figuras de fuego
figuras de humo
figuras de carne
vistas nuevamente en el ocaso.





SOBRE EL MISTERIO DE LA ENCARNACIÓN




Es cuando, por un momento, nos enfrentamos
con lo peor de nuestra naturaleza y nos estremece saber
de la mancha en nosotros, que ese espanto
rompe la cáscara del entendimiento y penetra en el corazón:
no en una flor, ni en un delfín,
ni en otra forma inocente,
sino en esta criatura vanidosa, segura
de que ninguna más que ella fue hecha a imagen de Dios.
Y Dios (compadeciéndose de nuestro
total fracaso para evolucionar) nos confía
como huésped, como hermana,
a la Palabra.




CANCIÓN PARA ISHTAR



La luna es una puerca
que gruñe en mi garganta
Su enorme brillo me atraviesa
y el barro de mi pozo reluce
y estalla en burbujas de plata

Ella es una puerca
y yo, una cerda y una poeta

Cuando abre sus labios blancos
para devorarme, le devuelvo el mordisco
y la luna se sacude de risa

En lo negro del deseo
nos hamacamos y gruñimos, gruñimos 
y brillamos




CAEDMON



Los demás hablaban como si
la conversación fuera una danza.
Tosca, yo, iba a romper la ronda
con mis pies torpes.
Pronto aprendí
a agazaparme
junto a la puerta:
cuando empezaba la charla
me despintaba la boca
y me escabullía
de nuevo en el establo
con las bestias cálidas,
muda entre los ruidos corporales
de los más simples.
Veía, al agitar
el aire iluminado,
las motas de oro moviéndose
de la sombra a la sombra,
lentas en ese despertar
de suspiros hondos y serenos.
Las vacas
masticaban, se revolvían o se quedaban quietas. Y yo
estaba en casa y sola a la vez.
Hasta que el ángel
súbito me aterrorizó —una luz que borró
mi rayo endeble,
un bosque de antorchas, plumas de fuego, chispas volando:
pero las vacas tranquilas
como siempre. Y no se incendió nada,
                      excepto yo, cuando esa mano de fuego
me tocó los labios, abrasó mi lengua
y arrastró mi voz
                         hasta la pista de baile.




CONTRABANDO



El árbol del conocimiento era el árbol de la razón.
Por eso es que probarlo
nos arrojó del Edén. Esa fruta
era para secar y moler hasta volverla un polvo fino,
un condimento para usar una pizca a la vez.
Probablemente Dios tenía pensado hablarnos
más adelante de este nuevo deleite.
Y nos llenamos la boca,
atragantándonos de pero y cómo y si,
y de nuevo pero, sin saber.
Resulta tóxico en grandes cantidades, los vapores
se nos enroscaron en la cabeza y a nuestro alrededor
en una nube densa que endureció como acero,
un muro entre nosotros y Dios, Que era el Paraíso.
No es que Dios no sea razonable, es que la razón
en semejante exceso fue tiranía
y nos encerró entre sus límites, una celda lustrada donde
se reflejaban nuestros rostros. Del otro lado
de ese espejo vive Dios,
pero a través de la hendija, donde la valla no alcanza
a tocar el piso, se las arregla
para colarse —una luz que se filtra,
esquirlas de fuego, una música que se oye,
se pierde y después se oye otra vez.
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Versiones en castellano de Sandra Toro

DENISE LEVERTOV (Inglaterra, 1923-1997)







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