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octubre 28, 2009

CINCO MÁS DE DENISE LEVERTOV












AL LECTOR


Mientras leés, un oso blanco
orina sin prisa tiñendo la nieve
de azafrán,


mientras leés, muchos dioses
se acuestan entre las hiedras: ojos de obsidiana
que observan generaciones de hojas,

y mientras leés
el mar da vuelta sus páginas negras,
da vuelta
sus páginas negras.






CELEBRACIÓN



Brillante, este día —el joven virtuoso de los días.
Las sombras de la mañana, cortadas por las tijeras más filosas
con manos diestras. Y cada prodigio de verde
—sean helechos, líquenes o agujas
o las puntas impacientes de los brotes en los arbustos desgarbados—
es más verde que nunca. 
                                             ¡Y el modo en que los pinos
levantan sus piñas nuevas a la luz para la bendición,
un derecho festivo, y entonan el canto oceánico que el viento
transcribe para ellos!
Un día que reluce en el frío
como una banda de bronces que toca por la calle 
de una aldea empolvada de carbón, contrariando por completo
los reclamos de la penumbra razonable.




INTROMISIÓN



Cuando me corté las manos,
y me crecieron nuevas


algo que mis manos antiguas habían anhelado
vino pidiendo que lo acunen.


Cuando los ojos que me arranqué
se marchitaron, y me crecieron nuevos


algo por lo que mis ojos antiguos habían llorado
vino pidiendo compasión.


                                                                     Agosto. 1969.



PLACERES



Me gusta descubrir
lo que no se ve
a simple vista, pero está

dentro de algo de otra naturaleza,
en reposo,
escindido.
Plumas de vidrio, ocultas

en la pulpa blanca: las espinas de calamar
que arranco y dejo
en el colador cuchillada a cuchillada—

          afiladas por la velocidad como para traspasar
          un corazón, pero frágiles, la materia
          desmintiendo el diseño.           O una fruta, el mamey,

envueltos en la piel 
áspera y marrón, la carne
rosa-ámbar y el carozo:
el carozo, una gema de madera, tallada y

pulida, de color nuez, con la forma
de una castaña de Pará, aunque más grande,
grande como para llenar
la palma hambrienta de una mano.

Me gusta el tallo jugoso que crece
rodeado por la hoja más basta,
y el resplandor amarillo 
manteca
de la copa ceñida donde la campanilla
se abre fría y azul en una mañana calurosa.



ENTERADA



Al encontrar la puerta, sorprendí
a las hojas de la enredadera
hablando entre ellas en 
profusos
cuchicheos.
                       Mi presencia las hizo
silenciar su aliento verde,
avergonzadas, igual que cuando
los humanos se paran, abrochándose el saco
como si se estuvieran yendo, como si
la conversación hubiese terminado
justo antes de que uno llegara.
                                                        Me gustó,
no obstante, el
atisbo
de sus gestos oscuros.
Me gustó el sonido de tan
privadas voces. La próxima vez
voy a moverme con cautela, como la luz del sol,
a abrir la puerta de a poco y a escuchar a escondidas,
tranquilamente.





Versiones en castellano de Sandra Toro


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