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octubre 28, 2009

CINCO MÁS DE DENISE LEVERTOV












AL LECTOR


Mientras lees, un oso blanco
orina sin prisa tiñendo la nieve
de azafrán,


y mientras lees,
muchos dioses
se acuestan entre hiedras: sus ojos de obsidiana
observan las generaciones de hojas,

y mientras lees
el mar da vuelta su páginas negras,
da vuelta
sus páginas negras.






CELEBRACIÓN



Brillante, este día - el joven virtuoso de los días.
Sombra de la mañana cortada por las tijeras más filosas,
por manos diestras. Y cada prodigio del verde-
sean helechos o líquenes o agujas
o puntas impacientes de brotes en arbustos desgarbados-
es más verde que nunca. ¡Y el modo en que los pinos
elevan sus piñas nuevas a la luz para la bendición,
un derecho festivo, y entonan los cantos oceánicos
que el viento transcribe para ellos!
Un día que reluce en el frío
como una banda de bronces tocando
por la calle de una aldea empolvada de carbón,
contrariando por completo
los reclamos de la penumbra razonable.




INTRUSIÓN



Cuando me corté las manos
y me crecieron nuevas


algo que mis antiguas manos habían anhelado
vino pidiendo que lo acunen.


Cuando los ojos que me arranqué
se marchitaron, y me crecieron nuevos


algo por lo que mis antiguos ojos habían llorado
vino pidiendo compasión.




PLACERES



Me gusta descubrir
lo que no se ve
a simple vista, pero está

dentro de algo de otra naturaleza,
en reposo,
escindido.
Las plumas de vidrio, ocultas

en la pulpa blanca: espinas de calamar
que arranco y dejo en el colador
cuchillada a cuchillada—

afiladas por la velocidad como para traspasar
el corazón, pero frágiles, la materia
desmintiendo el diseño. O una fruta, el mamey,

envueltos en áspera piel marrón, la carne
rosa-ámbar, y el carozo:
el carozo una gema de madera, tallado y

pulido, de color nuez, con la forma
de una castaña de Pará, pero grande,
tan grande como para llenar
la palma hambrienta de una mano.

Me gusta el tallo jugoso que crece
rodeado por la hoja más basta,
y el resplandor amarillo
-manteca
de la copa estrecha donde la campanilla
se abre fría y azul en una mañana calurosa.



ENTERADA



Al encontrar la puerta descubrí
a las hojas de la enredadera
hablando en abundantes
cuchicheos.
Mi presencia las hizo
silenciar su aliento verde,
avergonzadas, del modo en que
los humanos se paran, abrochándose el saco,
como si se estuvieran yendo, como si
la conversación hubiese terminado
justo antes de que llegaras.
Me gustó,
no obstante, el
atisbo
de sus gestos oscuros.
Me gustó el sonido de tan
privadas voces. La próxima vez
me moveré con cautela como la luz del sol, abriré
la puerta de a poco, y escucharé a escondidas
tranquilamente.





(Las versiones son mías)


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