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octubre 17, 2006

EL JARDIN DEL ANGELASTRO




I

La mujer con sombrero se corrompió / en pleno solsticio de verano. / Primero se probó uno / y otro frente al espejo oval / que invariablemente le fruncía el ceño: / —Este te hace zíngara // —Este estrella fugada / —Este te levanta la pollera y husmea. / No conforme con ninguno / se alejó del espejo y del sombrerero / aunque él la corría arrastrando una boa / que se le enredaba entre las piernas / poniendo en riesgo su escasa integridad / mientras insistía en llamarla a los gritos. // En el jardín nevaba lila / como siempre en diciembre / y la mujercita —que a fuerza/ de ser llamada REINA había empequeñecido— / se acurrucó en la hamaca y se mecía / mirando con tristura el asiento vacante / cuando el Angelastro / que la vichaba desde arriba / sacudió la glicina con tantas ganas / que comenzó a nevar más / y más, hasta enterrarla. / Hecho lo cual el susobicho / consciente de su atropello se descolgó / de la rama más alta / no sin quebrarse un alita / dispuesto a escarbar hasta verle / asomar la punta de la nariz. / Ahí nomás / le insufló sus alientos afrodisíacos / y de la nieve no quedó /más que un charquito flúo. // —Uy qué vibraciones, Angelastro macabro, /pervertido y maleducado!— le reprochó / en tanto retorcía los calzones / y los colgaba a secar al sol. / Él se deshizo en fornicaciones/ términos médicos y morfológicos / (los cuales eran su especialidad)/pero no la convenció ni medio. // En eso salió el sombrerero / portando mantel y tetera de porcelana, / listo para tender la mesa / bajo la violeta parra. / —Tiempo! arbitró, haciendo sonar el pito /que le colgaba más por coquetería que por utilidad. /Hora del té. / Eso fue demasiado. / La constipada barajó la indirecta / y cedió por eludida. Menos mal / le quedaba un paraguas sin abrir / y procedió a darle uso para salir flotando / sobre los tejados. // El Angelastro, por más que batió / y batió el alita sana, /no consiguió sino perder algunas plumas / que el sombrerero se apresuró a juntar/ para coserle a su boa. // La mujercita a esas alturas / ya se llamaba a sí misma Mary Poppins/ y pomposamente fue a aterrizar / al otro lado de la ruta. /  Se desprendió las hojas secas y suspiró: / —Bien pude haber salido mal parida / como la virgen tocaya... /Y después se alejó cantando / al mejor estilo Julie Andrews.


II

 
El Angelerdo se quedó / sin trabajo a partir de los hechos. / Quiso pedir subsidio por invalidez / y los santos lo sacaron / vendiendo estampitas: “Qué te creés / que estamos en la antigua Grecia” ”Qué es /eso de arrastrarle el ala a una señora terrestre / por muy voladora que parezca” // Por esos días empezó a desentenderse / de los otros entes celestes que / le gastaban bromas pesadas / por el alita mocha. / Al final metió la aureola / en la mochila y se fue. // En eso estaba, bajando la escalera de Jacob / cuando la Poppins lo interceptó en un descanso: / —No puede ser que nos separemos así / antes de habernos encontrado/ —le espetó. A lo cual / él no supo qué responder. / Por supuesto ella lo tomó como un agravio / y se dio vuelta entera / mascullando entremeses como paspado / maricón y otros términos freudianos. // En el transcurso de la bajada volvieron/ a encontrarse en ocasiones. /Algunas se ignoraron, otras / se lanzaron miradas / improperios / las peores, objetos contundentes. / Uno de los cuales fue a horadar el paraguas / devolviéndola al rol de doncella en apuros. / "Esta es la mía", pensó el Angelisto / y sin más preámbulos realizó / un picado admirable / (teniendo en cuenta su precaria condición) / e hizo tierra justo / para recibirla en sus brazos. // La damisela perdió el conocimiento en la caída / para volverlo a encontrar en el triangulito / del escote del Angelindo / por donde asomaban unos pelitos muy viriles. / —Dicen que los ángeles no tienen... / —empezó a parlotear ni bien recuperada / pero él no la dejó seguir / y antes de que se arrepintiera se la llevó a los pastos / donde por largo rato se vio / un revuelo de plumas / y unos extraños fulgores / como fuegos de artificio.

III


De esperarse era que Oropéndola / adquirido nuevo nombre tras sucesivas / sesiones de frotamientos angelicales / trastocara también sus formas y sus fondos. /—Al final vos buscás lo mismo que todos:/una mujer con alas /—dicho lo cual batió sus ídem / como por vanidad o efectismo / y alzó el vuelo entre los pastizales / dejando al Angelento patizambo y maniroto / ante tremebundo vituperio. / Él, dado que su conocimiento de las féminas / se reducía a los anuncios de “Siempre libre”, / se sentó a esperar que cambiara de parecer con la luna / como había observado ocurría / con las más de las mortales. // Entretanto Oropéndola sintió tumultos en el vientre / un como rumor de peces. Y santiguóse:/ —¡Angelorro libidinal, descuidado y procreativo! / El plumaje recién estrenado se le alborotaba / con los espasmos y contorsiones del bajobombo / —Menudo qui... / —no pudo terminar, pues ya asomaba entre sus belfos el huevo. / Con sorpresa avistó al primogénito / digno de zares, tales sus pedrerías, turquesas y oropeles. / Pero el impulso del recienvenido / la había arrojado lejos / tendida sobre la espalda / y al levantarse dolorida comprobó / —no sin alaridos, ladridos y otros alardes— / que las negrísimas alas / habíanse desprendido porsiemprejamás. // Por fortuna el sombrerero/ todavía oficiaba de anticuario / y amante como era de coleccionar naderías / se las aceptó en canje por una capa seminueva. / —Tomá, ponetelá. Mirá si vas a andar así / que no se sabe bien qué sos / y a qué género pertenecés. /A Caperucita empezaron a rodarle/ redondas lágrimas que al tocar el suelo/ se convertían en jabones de glicerina/ que ella recogía y guardaba amorosamente junto a su Fabergé. // —Daaale. Deciiiiime que llevás en la canastiiita / —inquirió el sombrerero / con una risa llena de dientes. / Y ella, viendo que empezaba a despuntar la luna llena, / se apuró a despedirse para huir / toda prisa y tropiezos por el camino del bosque.

IV

El bosque abrió la boca / y se tragó a Caperucita. / Como a Jonás en la intimidad de la ballena / la recibieron toda clase de colgajos / y babas y líquenes que se le adherían a la piel. /—Esto parece obra de Julio Verne / —susurró a Fabergé, que continuaba sin salir del cascarón / dormido en el fondo de la canasta. // La mujercita caminó, corrió y revoloteó entre las orquídeas / hasta que al fin se declaró perdida. / Súbitamente se encontró cara a cara con el árbol / un ejemplar que la dejó sin respiración / así de hermoso él, con un tronco lleno de nudos / y una melena negra arriba / de la que provenían extraños rumores y perfumes. // Caperucita se quitó los zapatos y apoyó un pie en las raíces salientes, / luego el otro, guardando el equilibrio / puesto que el árbol en cuestión había crecido / en la margen de un río de corriente voraz. // Ni bien estuvo firme extendió los brazos / cuanto le fue posible y se abrazó / a la humedad del tronco que daba la impresión / de haberla estado esperando. // Fue al alzar la cabeza cuando vio los frutitos / raros, de un color naranja como de terciopelo. / Estiró un dedo y los tocó en toda su redondez / estaban cubiertos de un vellito suavísimo / y bajo su tacto se encogían levemente. // Lo único importante entonces era alcanzarlos. Tanto / que en un intento la canasta / se le zafó del brazo y fue a dar de lleno a la corriente / previo bambolearse un buen trecho entre las piedras. / Caperucita ni lo notó dada su hipnosis / se estiró y estiró hasta rozar / los frutos con los labios. //  Sacó la lengua y lamió / hasta que empezaron a gotear una miel / que se le escurría por el cuello / mojándole los muslos. / Fue ahí cuando el árbol la rodeó con sus ramas / y la frotó con otros frutos ocultos / tan fragantes y flagrantes que embobaban los sentidos. // Los jugos del árbol bañaron a la mujercita / que abría las piernas y la boca / entonando sonidos como ruegos o canciones salvajes. / Así permanecieron, ella / arañando las lianas/ que la sujetaban con fuerza y la enroscaban / y se le metían por debajo del corpiño. Él, / estrenando prolongaciones para hurgarla / y hendirla y perforarla mejor. // Hasta que no se pudo más / e hincó los dientes en los frutos / que primero sangraron y después / se deshicieron en lágrimas mientras el árbol / se sacudía, y a cada sacudida / le temblaban las hojas y las flores / empezando a caer como una lluvia lila. // —Ahora sí te reconozco —le reclamó con la voz todavía entrecortada—/ Angelárbol mendaz, engreído y traicionero./Y sin esperar respuesta se lanzó río abajo / a la corriente espumosa que se la llevó / en andas en un santiamén.



Sandra Toro



 

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